Fusilamiento en el puente (y otras historias)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

El mejor termómetro para medir la convocatoria de una marcha es la cola que deja. Y la del sábado pasado marcó una temperatura bajísima. Exactamente quince minutos después de que la marcha arrancara de Parque Cristal, la vida en la Francisco de Miranda era la de cualquier sábado al mediodía: camioneticas y carros transitando, gente caminando, negocios abiertos. No había rastro y ni siquiera sospecha que de allí hubiera salido manifestación alguna. Lo mismo en Altamira: todo estaba absolutamente normal. Fue apenas en Chacao, a mediados de Chacao, y luego de transitar a paso veloz un buen número de cuadras, que el indicio de una marcha se hizo presente: estaban sentadas en un banco dos personas de gorra tricolor. Habría entonces que transitar dos cuadras más para toparse con un par de patrullas que cerraban la calle y luego llegar a Chacaito para encontrarse, allí sí, con la manifestación, que había caminado rapidísimo (otro indicador infalible: marcha grande camina lento) y estaba ya comenzando a bajar a Las Mercedes.

La Alfredo Sadel, su destino final, fue una pequeña reunión de lugares comunes. La vista desde la tarima era desoladora: apenas y un pequeño grupo de personas, inflado por una bandera gigante extendida en toda su dimensión bajo un sol inclemente. Hubo micrófono abierto, cantada de himno, proclamación de consignas y par de discursos de Freddy Guevara y Delsa Solórzano, pero nada reseñable. Solo la comprobación del radical divorcio que hay entre pueblo y dirigencia, en el peor de los momentos posibles.

II

Las malas ideas siempre vienen precedidas de una advertencia. La vida avisa. Y la fotógrafa de pelo largo (imposible reconocerla con todo el equipo anti motín encima) dijo “¿para qué?” inmediatamente antes de que un grupo de casi veinte trabajadores de la prensa decidiéramos cruzar el puente de Las Mercedes. Su pregunta tenía respuesta: lo hacíamos para poder ver algo. Aproximadamente quince minutos tenían enfrentándose en el comienzo de Las Mercedes, por el CVA, un pequeño grupo de la resistencia con otro grupo (pequeño también) de la GNB, luego de concluida la marcha. En ese pésimo punto, donde no hay con qué cubrirse y la GNB desde arriba tiene vista y ángulo para hacer lo que le da la gana, habíamos estado en todos los lugares posibles hasta que terminamos en esa especie de túnel que está debajo de la autopista, desde donde se oía todo y no se veía nada. Y cuando ya la situación pareció calmarse, entonces decidimos cruzar. “¿Para qué?” dijo la fotógrafa de pelo largo, pero igual se vino con nosotros. Y entonces comenzó una andanada de disparos en ráfaga en contra nuestra: desde arriba, la GNB jugaba a fusilarnos.

Los sonidos eran tres y violentos: un ‘po’ seco (el de la detonación), un ‘pin’ metálico (el de cuando los perdigones pegaban de las barandas del puente) y un ‘zzzz’ fugaz (el de cuando pasaban zumbando cerca). Se sucedían incesantemente, en paralelo y por todas partes: así se escuchaba la banda sonora de nuestro ajusticiamiento, a la que se sumaban interjecciones, gritos y exclamaciones. Si lo planificaron o no, eso sería especular, pero lo calcularon bien: comenzaron a disparar en el momento exacto en el que devolverse dejaba de ser opción y cruzar el puente todavía se llevaría tiempo. La aparición de los perdigones tuvo, además, dos efectos físicos: nos encogió a los periodistas (que empezamos a correr agachados y apretándonos unos con otros) y alargó el puente (cuyo trayecto se nos hizo interminable). En el cruce, ardor en la pierna: un perdigonazo. El dolor al momento es intenso, pero puntual y localizado. El jean amortigua bastante y bien. No pasa así con la camisa blanca del periodista español que está a mi lado, que en un instante comienza a teñirse de rojo en la manga del brazo derecho, donde le dieron.

Al otro lado del puente las caras son de desconcierto. Casi nadie entiende y mucho menos cree lo que nos acaba de pasar: nos dispararon desde arriba cruzando un puente. Todos hacemos conteo de daños. Casi todos tenemos algo, pero el más grave es el español, al que atienden los paramédicos. Un fotógrafo joven se quita el casco y enseña la huella que dejaron dos perdigonazos contra éste: le voló la pintura y lo hundió un poco. Él lo ve entre incrédulo y turbado. Entonces, saca un rosario tricolor, lo besa y se lo enrolla en la muñeca.

III

No copiosamente, pero llora. Es una mujer ya mayor, delgada, de pelo corto y canoso, que se lamenta por un nombre que la grabadora no registra pero que pertenece a quien probablemente sea su esposo: un hombre entrado en años al que la GNB, en una redada sorpresa, se acaba de llevar en Colinas de Bello Monte. Y es que luego de perder la pelea en Las Mercedes, un grupo todavía más pequeño de jóvenes encapuchados decidió irse hasta la Principal de Colinas a drenar su frustración: armaron dos endebles barricadas y comenzaron a lanzar piedras contra la autopista, desde donde la GNB, que pasaba cada cierto tiempo por allí, les disparaba perdigones. Durante dos horas, el enfrentamiento fue cíclico y rutinario, pero cuando la prensa comenzó a retirarse, entonces sí la GNB se paró en la autopista y disparó incluso un par de lacrimógenas. Volvió entonces la prensa y con ella una calma de casi veinte minutos, que se vieron interrumpidos por la llegada abrupta de una brigada en moto de la GNB.

La emboscada fue breve pero efectiva, diríase quirúrgica. Aparecieron de repente y atraparon a casi seis jóvenes, algunos de ellos emblemáticos. Allí cayó el que guerreaba con el torso descubierto y se pintaba consignas sobre éste (“No soy guarimbero, soy venezolano”, decía la de su por ahora último día en libertad). Sobreviviente de un sinfín de ataques y emboscadas, cayó probablemente en la manifestación más tonta e innecesaria de todas en las que participó. Le cubrieron el rostro con la bandera tricolor que usaba para manifestar y se lo llevaron entre dos Guardias. Lo mismo a un anciano de pelo blanco, bandana negra y guantes de esqueleto, el hombre por quien la mujer lloraba. En un segundo les cambió la vida a todos. Sin la efervescencia mediática de otrora, con la calle gélida, su detención quedó en anécdota, en denuncia de twitter, en lamento de unos conocidos que ni siquiera sabían bien sus nombres ni a quien avisar.

IV

El muchacho tiembla de la rabia. Respira violentamente, más bien resuella. Tiene un palo en la mano y los ojos fijos en un fotógrafo sobre el que concentra todo su odio y vierte una cantidad inmoderada de insultos. La escena termina siendo la más irracional de una jornada que no se había caracterizado por su moderación. Pero las post-emboscadas (y las post-represiones) son siempre así: momentos de frustración, dolor y rabia, en los que los últimos demonios se terminan de desatar.

Inmediatamente después de la redada de la GNB, Poli-Baruta apareció con dos patrullas para remover los escombros y deshacer las barricadas que trancaban la principal de Colinas. Los que sobrevivieron a la Guardia fueron saliendo uno a uno de sus escondites, y la emprendieron inmediatamente contra los funcionarios de la Policía Municipal. “Cómplices”, “choros”, “vendidos”, les decían; “nosotros hacemos nuestro trabajo”, se justificaban. La situación se tornó entre trágica y cómica cuando de un lado cuatro policías cargaban una lámina de zinc que trancaba la vía para arrojarla al Guaire, y del otro lado un manifestante la jalaba para que no lo hicieran. En la acera, algunos vecinos los seguían increpando.

Fue mientras captaba e inmortalizaba uno de esos momentos, cuando un fotógrafo fue abordado por un muchacho de la resistencia. Que parara inmediatamente, le exigía, que nada de fotos con la cara descubierta, que borrara inmediatamente las que acababa de tomar. Lo que empezó como la ya clásica discusión prensa-resistencia, terminó de repente en una trifulca violenta, en la que al fotógrafo le partieron un palo de madera en el casco mientras otro muchacho le tiraba una de sus dos cámara al suelo. La rápida acción de otro fotógrafo logró recuperar el equipo, pero no así los ánimos, que se caldearon a niveles solares. Hubo amenazas de muerte, insultos y puños. Y aunque  algunos vecinos y periodistas intentaron mediar, la situación no mejoró ni culminó hasta la retirada de toda prensa, que se fue abucheada por algunos y con la promesa de no volver a cubrir Colinas más nunca.

V

Aunque jura que tiene dieciséis, bien podrían ser unos cuantos menos sus años. Por el aspecto, entraría en lo que el estereotipo denominaría “de la calle” y el prejuicio aconsejaría tener lejos. Pero es pilas y simpático. Caminó de Colinas a Chacao con nosotros, se puso todos nuestros cascos y alucinó cuando le dijimos que parecía un asistente técnico. En la puerta de unos chinos nos increpó con gracia: “Na’guará: no tienen plata pa’regalarme una malta, pero sí para tomar cerveza ustedes”. Se la terminó ganando. Del local, pestilente pero barato, se adueñó. Era él quien les silbaba a los chinos para pedirles más rondas, en las que aprovechaba para meter de contrabando en la orden una malta (otra) para él. Pero no abusaba. Lo hacía con gracia. “Ese pana lo que pasa es que estaba periqueado”, nos dijo sobre el de Colinas. “Y allá se quedaron dándole una coñaza por eso que le hizo al fotógrafo”. Contó que había estado preso varias veces, pero que siempre lo soltaban por ser menor, aunque con unos cuantos golpes encima. Fue uno de los que cayó en aquel famoso autobús anaranjado detenido en Plaza Venezuela un sábado. En su versión, un infiltrado de la resistencia, que insultó desde el bus a unos PNB, fue el culpable de todo. Dijo que vio torturas y hasta una cosa peor en la sede de la policía política, pero todo tan difícil de confirmar como su edad o la historia de que vive en Chacao con toda su familia y que cuando no guarimbea cursa III año de un bachillerato del que no parece tener noción. Lo cierto es que era simpático, cargó unas cuantas maltas a la cuenta, y, como siempre, ninguno sabe si lo volverá a ver.

El trancazo que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El trancazo que no fue estuvo convocado por dos diputados jóvenes, que aparte del nombre (Juan) y el cargo han compartido también el primer frente de las protestas: Requesens y Guaidó. Lo hicieron en un tono de súplica, casi de ruego: “Le pedimos al pueblo, a aquellos que nos echan sus abrazos y regaños, que lo sigan haciendo, pero que también nos acompañen en las calles (…) les pedimos que no abandonemos las calles ni el compromiso que hemos venido teniendo. Sigamos movilizándonos”. Estuvo aderezado, además, por dos hechos de alcance sucedidos en la madrugada: el asalto al Hemiciclo de Sesiones por parte de la GNB, Delcy Rodríguez y Darío Vivas, y la destitución vía TSJ del Alcalde de Chacao, Ramón Muchacho, con sentencia de 15 meses de cárcel.

En cualquier otro momento, habría bastado apenas uno de esos sucesos para encender la calle a niveles de la Roma de Nerón. El martes, sin embargo, no alcanzaron los tres juntos para cerrar, si quiera, la mitad de las avenidas que en cualquier otro trancazo se cerraron en el municipio al que le acaban de quitar el Alcalde. El trancazo no es que fracasó estrepitosamente, es que sencillamente no pasó, no ocurrió, no fue, y dejó en evidencia lo que desde hace días ya se advertía con bastante claridad: la total desconexión, el divorcio absoluto, entre la gente y los líderes de oposición.

El antecedente más inmediato fue el viernes pasado, en una marcha que estuvo a punto de no ser (se pospuso dos veces) y sólo al final terminó siendo, y bastante pequeña (“¿la suspendieron otra vez?”, nos preguntó a los periodistas una señora ante la poca cantidad de gente que había). Ese día, en Plaza Altamira, donde apenas había dos diputados (la mayoría de ellos se concentró en Parque Cristal, hay que decirlo), el discurso de la anti-política (o de la anti-dirigencia, para ser más precisos) fue pronunciado con ferocidad por espontáneos y aplaudido a rabiar por los presentes. Dos cosas criticaban: la inacción (ese fue el primer acto de calle luego de la elección de la Constituyente, y tuvo lugar seis días después) y la convocatoria a las regionales.

En la  marcha, el diputado Carlos Paparoni (herido con una metra en la pierna y revolcado por la ballena hasta quedar inconsciente en la autopista en manifestaciones anteriores) fue abucheado, insultado e increpado por los manifestantes mientras transitaba la Francisco de Miranda. Era el mismo Paparoni que mes y medio antes, brazo en cabestrillo, arrastraba gente al Distribuidor Altamira entre aplausos, vítores y aclamaciones incluso de los mismos encapuchados. Pero los tiempos cambiaron radicalmente.

Lo que se recoge en la calle es que la gente está entre decepcionada y dolida. Ese sábado todavía había rabia, pero ya mudó a otro estadio: la indiferencia. ‘Si lo que les importa es una cuota de poder’, razonan varios, ‘pues que vean cómo la obtienen y no cuenten más con nosotros’. Es difícil determinar si ese es el sentir de la mayoría del pueblo opositor, pero sí por lo menos de los más ligados a la resistencia, que eran los que todavía salían a la calle (que, dicho sea, se había ido vaciando paulatinamente gracias a la represión, sobre todo desde que comenzaron las emboscadas en moto, hará cosas de dos meses).

La mala noticia es que la dictadura sigue, y aunque en discursos se diga que está en su peor momento, el de la oposición no luce mejor: ha perdido, pareciera, todo vínculo con la gente. Se habla sola y a sí misma. No convence, no persuade, no convoca, no tiene con qué resistir y mucho menos con qué defenderse. A Chacao, probablemente el más opositor de los municipios (o al menos al que mayor cantidad de protestas ha congregado) y en el que se encuentran lugares emblemáticos de la lucha, le quitaron el alcalde sin protesta ni costo alguno. Y eso ya lo dice todo.

Unión o tragedia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

“Acaban de tomar La Carlota”, dice el hombre. “¿Sí?”, le pregunta la mujer. “Sí. Y están reportando varios heridos”. Silencio. “Dicen que hay varios militares muertos”, agrega. “Y en Valencia los helicópteros están disparándole a la gente”, continúa. “¿Pero por qué?”, cuestiona la mujer. “Bueno, por lo del alzamiento”, le responde. “¿Entonces sí es una cosa seria?”, inquiere. “Claro. Es un golpe”, afirma él. Son marido y mujer, y forman parte de los privilegiados (madrugadores todos) que consiguieron entrar al Aula Magna de la UCAB. Están sentados adelante y a la derecha, justo donde terminan los puestos de la prensa, y eso ya es mucho lujo: a las 10 de la mañana del domingo no cabe una persona en el recinto y afuera todavía hay una cola grande de gente. Los encargados de logística y protocolo hacen un esfuerzo descomunal por habilitar rápidamente otra sala con una transmisión en directo del evento que nadie se quiere perder: el encuentro entre los principales líderes de la oposición y del chavismo crítico. El problema es que el ruido de sables enturbia el ambiente. Cuando por fin los hasta ayer enemigos, hoy sólo adversarios, han decidido acercarse y unirse, parece que todo se precipita y los militares entran en escena. Las informaciones son confusas y el único termómetro para medir su gravedad es la presencia de los ponentes: si asisten todos, el golpe habrá quedado en whatsapp.

II

Pasadas las 10:30 AM ya se sabe que el golpe, si lo hubo, fracasó. Sentados en perfecto orden están, a la izquierda, José Luis Cartaya (coordinador operativo de la MUD), Ángel Oropeza (secretario general de la MUD), Henrique Capriles (líder de la oposición), Julio Borges (presidente del Parlamento), Freddy Guevara (primer vicepresidente de la AN); y a la derecha Nicmer Evans (ex secretario de Marea Socialista), María Gabriela Ramírez (ex Defensora del Pueblo), Eustoquio Contreras (ex diputado del PSUV), Miguel Rodríguez Torres (ex hombre de inteligencia de Chávez y ex Ministro del Interior de Maduro) y Germán Ferrer (ex diputado del PSUV y pareja de la Fiscal Luisa Ortega Díaz). El Aula Magna los recibió a todos con una sonora ovación en la que Henrique Capriles –“¡Flaco, te amo!”– se llevó la mejor parte, y tras la cual el rector Virtuoso les lanzó de una un desafío bolivariano: “’¡Que cesen los partidos y se consolide la unión!’, dijo el Libertador. Pues bien, hoy necesitamos que se consolide un liderazgo comprometido para construir la unión nacional que nos saque de esto”.

III

En un concurso de imitadores de Fidel, Eustoquio Contreras, el primero de los ponentes, se habría llevado la medalla de oro: en el podio se para, apoya y gesticula igual que el Castro de discursos eternos en la Plaza de La Habana. Como el fallecido dictador cubano, Contreras también es buen orador: sabe enfatizar y callar, también hacer uso de los suspensos. Y tiene, además, agilidad mental y rapidez para improvisar con gracia –“¡aquí estamos en 350!”, replicará cuando le digan que su tiempo terminó–. Diputado del PSUV hasta ayer, ahora integra con Germán Ferrer el llamado Bloque Parlamentario Socialista. “Chávez nos enseñó que los enemigos eran los que atacaban la Constitución del 99 y los aliados los que la defendían”, dice, haciendo uso de la paradoja. Pero no se queda en el legado. “En estos 17 años no pudimos llenar las expectativas y nuestros males se han agravado”, reconoce. “Tenemos una co-responsabilidad histórica en los problemas del país”. Ante la situación, su propuesta es una: “Hacer el gran esfuerzo de entendernos”, dice, para luego elogiar unas palabras que iban en ese sentido dichas por quien el califica como “un gran líder de este país”, que resulta ser Henrique Capriles, quien al final le da la mano sonreído y agradecido.

IV

Freddy Guevara será, durante toda la jornada, el más serio de la oposición. Mientras Borges y Capriles se mostrarán siempre prestos a asentir y aplaudir prácticamente cualquier cosa que digan los otros, Freddy lo hará sólo con lo que está de acuerdo y sin excesivo entusiasmo. Es el segundo al bate y arranca revelando una pregunta que le llega vía mensaje: “¿Qué haces sentado con gente que te hizo tanto daño?”, a la que le da una respuesta pública: “Porque hay una responsabilidad histórica superior por articular acciones que nos permitan frenar la barbarie (…) estamos en un momento determinante que requiere la unión de todo el país”. Luego sacará a flote ese profesor que siempre lleva dentro y comenzará, pedagógicamente, a explicar cómo caen las dictaduras, por qué es imposible que se sostenga una si la mayoría está dispuesta a cambiar y el papel que juega en ello la Constituyente: “Este es el inicio del desencadenante histórico de una rebelión que nos llevará a la libertad”.

Su discurso se ve interrumpido por un barullo. “Parece que llegó”, dice Freddy y ve a Ángel Oropeza. “Parece que es así”. Y cuando todo el mundo piensa en el SEBIN, por la puerta lateral inferior aparece Luisa Ortega Díaz. “La mujer antorcha”, como la llaman sus detractores, es de figura esbelta y estilizada. Alta (pero ayudada con tacones, dicho sea) y de brazos largos y delgados, luce frágil. La recibe una sonora ovación de aplausos, a los que responde alzando las manos y sonriendo, con la boca abierta y los ojitos chinos. Vieja conocida, es la ex Defensora del pueblo la primera que se acerca a saludarla. Luego hacen lo propio Nicmer Evans (beso en el cachete y apretón de manos), Miguel Rodríguez Torres (abrazo, apretón de manos, y apretón de cachetes), Germán Ferrer (beso y mano cariñosa de ella en su cara) y el rector de la UCAB, con quien comparte unas breves palabras. Luego de ello, Gerardo Blyde, diligente como nunca, sale de entre el público para subirla a la tarima y buscarle una silla, que es puesta en el mero centro de los ponentes, como para no achacarle tendencia alguna.

Entonces Freddy vuelve a retomar su discurso y se aprovecha de la presencia de la Fiscal para ello. “Si la falsa constituyente nombra a Taerk William Saab como Fiscal usurpador, todo el pueblo de Venezuela reconoce a Luisa Ortega Díaz como la única Fiscal General de Venezuela”. Lo dice gritando y el público responde aplaudiendo rabiosamente. Sonriente, ojos chinos y boca abierta otra vez, la Fiscal, que desde que se sentó había estado ojeando una Constitución, le extiende un brazo cual Miss, le dice gracias y se levanta a recibir su ovación, mientras Freddy sigue metiendo candela. “Así como Julio Borges es presidente de la Asamblea, Luisa Ortega es la Fiscal General y todo el país se une a defender la Constitución”. Los aplausos continúan hasta que Ortega se sienta. Entonces Freddy se mete en honduras lingüísticas (“el primer paso para la desobediencia es la verbalización”) y termina prometiendo una Miraflores (“pero no para sacar a Maduro sino para juramentar a un nuevo presidente”).

V

La Fiscal Constitucional Legítima de la República, como la presenta el ceremonioso ceremoniero, no es (y nunca será) una buena oradora. De ella, apenas y se pueden sacar fragmentos, oraciones sueltas y aisladas. Su intervención arranca mal y continúa mal, pero, improbablemente, termina bien. Comienza intentado hacer un chiste sobre las dificultades con el micrófono y su altura (“lo que pasa es que tengo mucho tamaño, estatura y tamaño, ¿ok? Como el pueblo de Venezuela”). Ayudada de un papelito y de una Constitución se larga a hablar: a la Constituyente la califica de ilegítima, ilegal e inconstitucional, dice que solo ha traído miedo y represión, comenta que su votación fue “muy pequeña” e informa que en el Ministerio Público hay denuncias de 25 instituciones públicas que obligaron a sus trabajadores a votar. El momento cumbre es cuando se rebela contra su destitución: “Yo desconozco esa remoción. Yo sigo siendo la Fiscal General de Venezuela”, dice, y ahí sí el auditorio se viene abajo. A los diputados les manda un recadito (“no se dejen quitar ese espacio”) y a la oposición otro, a propósito de una caricatura que vio y le pareció graciosa: “Si en las elecciones participa la oposición, entonces las elecciones no van; si no participa la oposición, sí van. Alerta con eso. Muy Buenos días”.

VI

Para ser tan feminista, como lo demostrará luego en su discurso, la ex Defensora del Pueblo, Gabriela del Mar, luce un vestido que bien podría infartar a cualquiera de sus compañeras de ideología: rosado, corto y con escote. Con todo ese cliché en tela encima, se lanza un discurso en el que todo (to-do) está abordado desde la perspectiva de la mujer. Habla de médicos y médicas, soldados y soldadas. Se va a lo anecdótico y parte de la historia de una casa en Delta Amacuro para hablar de las dificultades que en todos los ámbitos tiene la mujer en sus distintos roles y el trabajo que pasa. De su intervención, el lomito informativo está en la denuncia que hace sobre el estado del violinista Wuilly Arteaga, quien es, informa, la primera víctima de la vice fiscal Harrington y quien, desde que fue aprehendido no ha podido ver a su madre ni tampoco cambiarse de ropa. “Para mí fue muy difícil venir acá y compartir con gente a la que hemos adversado”, admite, para luego explicar que lo hizo, sobre todo, por la Constitución, que, claro, es mujer y madre: la madre de toda la Venezuela, también mujer ella, se entiende.

VII

Julio Borges, que había llegado con una gorra de la Virgen del Valle en la cabeza y se había mostrado cordial y simpático con cuanto orador hablaba en la tribuna, sorpresivamente se lanza un discurso de brega: “Nos toca seguir en las calles luchando”, dice. Menciona de pasada el hecho militar (“que no vengan con cuentos chinos: para mí es claro que la FAN es un reflejo de la crisis”) y pasa a ofrecer su lectura de la situación actual: “Este es un gobierno caído al que solo le importa aferrarse al poder, y cuando eso pasa es que está en las últimas”. Su discurso es interrumpido por la salida de la Fiscal, que se va por la puerta lateral y acompañada de Rodríguez Torres, quien sale a despedirla y decirle sabrá Dios qué. “Estamos en el mejor momento, y cuando se escriba la historia se recordará cómo en estos tiempos difíciles sacamos lo mejor de nosotros”, dice optimista. Para el final se reserva la anécdota de una reunión secreta entre Juan Pablo II y Lech Walesa: “Tienes prohibidas tres cosas”, le habría dicho el papa al líder polaco: “Odiar, matar y rendirte”, enumera Borges. “Y los venezolanos también”, apostilla para cerrar uno de los pocos discursos en los que milagrosamente no se equivocó.

VIII

Miguel Rodríguez Torres es un hombre imperturbable. Si hubiera nacido griego habría pertenecido a la escuela de Zenón de Citio: la del estoicismo. Durante todo el evento fue imposible encontrar en él un gesto de aprobación o de desagrado. Ni siquiera un rictus o una mueca: siempre la misma mirada al frente, siempre la misma expresión impenetrable, siempre ese misterio insondable. Es también un hombre de pocas palabras: de todos los oradores es el único que habla menos de 12 minutos. Arranca explicando la crisis con la que musicalizada podía ser una versión moderna de Songo-le-dio-a-Borondongo: la Fiscal dijo que el TSJ era ilegítimo, el TSJ ilegítimo dijo que la Asamblea estaba en desacato, la Asamblea en desacato declaró la falta del presidente, el presidente faltante se saltó al pueblo con una Constituyente sectaria que terminó destituyendo a la Fiscal. “En este país nadie sabe quién manda: es un país anarquizado y caotizado por la decisión del liderazgo político”, es su diagnóstico. En su opinión no hay vía rápida para resolver la crisis (“cualquier vía rápida nos llevará a errores”) y la única manera que hay para ello es la unidad: “el primer objetivo para salir de todo esto es lograr la unidad superior de todos los venezolanos (…) solo en unidad podremos recuperar esto”. En su discurso las palabras tácticas y estrategia se repiten, así como la jerga militar (“esta crisis es multifactorial y transcompleja”). El giro inesperado lo da al final, cuando habla del espíritu y de su creencia en Dios. “Todo hay que construirlo sobre la roca del amor y del perdón, que no de la impunidad. El gran reto es vacunarnos contra el resentimiento: si no, la guarimba llegará a Miraflores y los de Miraflores se irán a la guarimba”.

IX

Henrique Capriles es el último de los oradores, el responsable del colofón. Blanquísimo como un Michael Jackson cualquiera y flaco como siempre, había llegado embojotado en una chaqueta verde y una gorra tricolor, pero para hablar se desprende de todo ello. Lo que no suelta son sus teléfonos, que los coloca en el podio para transmitir en vivo. Recibe una ovación tremenda, mucho mayor que la de la Fiscal. Aunque el discurso se le queda largo y llega a ser en ocasiones disperso, su núcleo es el mismo de siempre: el de esa mayoría popular y electoral que se empeñó en construir y que una vez obtenida se vio frustrada porque no le permitieron votar razón por la cual tuvo que irse a las calles. “Somos una fuerza popular que quiere elecciones libres y democráticas, que se quiere expresar, pero a la que le han cerrado todas las puertas y por eso ha tenido que lanzarse a las calles”.

De las Fuerzas Armadas dice que sufren lo mismo que el resto del pueblo y que salvo sus altos rangos todos están también pasándola mal. Allí ve a Rodríguez Torres, que le sostiene la mirada pero imperturbable ni asiente ni desmiente. “¡Qué vueltas da la vida!”, exclama, “hoy somos nosotros los que defendemos una constitución que no redactamos”, dice. “No vinimos a defender el proyecto de nadie, sino todo lo contrario: el de todo un país”, aclara.

Cuando el ceremoniero va a advertirle que se le acaba el tiempo, alguien en el público le grita: “¡Déjalo que hable!”. Entonces Capriles recoge la exclamación y aprovecha para quedar bien: “No, señor. Aquí estamos en democracia. No hay privilegiados. Todos somos iguales”, pero igual se toma –“voy a tener que hacer lo de Eustoquio” – casi 15 minutos más en los que reconocerá errores –“aquí se trató también de invisibilizar la mayoría que tuvo el presidente Chávez”–, lamentar la suerte de Venezuela –“este país se está destruyendo, se va al suelo”–, pronosticar catástrofes –“aquí lo que viene es hambre”–, y, sobre todo, lanzar una propuesta seguida de una dura advertencia: “Hagamos un frente común en defensa de la patria: si no lo hacemos, después será tarde. Estamos a un paso de que la gente se aleje de la política”.

Con esas palabras cierra el acto. A los ponentes la Universidad les da una caja con regalos y allí termina todo. En el ambiente queda la advertencia de Capriles que, cuando afuera la gente se lamente de que el golpe no haya sido golpe y su esperanza matutina se haya visto frustrada, entonces se confirmará.  Y eso, como bien advirtió, “sería trágico”.

Caracas pre-apocalipsis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Si yo fuera un mesías habría sacado ya a Maduro y aparecido la comida”: En Sabana Grande camina una cantidad considerable de gente a las 4:30 de la tarde del 29 de julio. No exactamente una multitud, y mucho menos de lo que es usual un sábado, pero hay gente. Un hombre disfrazado de Spiderman se trepa en un árbol mientras un vendedor de globos pasa tentando niños y arruinando padres. Hay buhoneros vendiendo conservas de coco y mangos verdes, que ya no se inmutan cuando un escuadrón de la PNB (uniforme negro y escopetas en ristre) pasa por una de las calles. Hace rato que la policía renunció a ser guardiana del espacio público para dedicarse netamente a reprimir, y los buhoneros lo saben.

En el boulevard hay una cola gigante, que lo atraviesa de norte a sur: la de la heladería Poma. Puede que haya más de cien personas esperando por un helado. ¿Por qué? “Porque son económicos y buenos”, explica uno de los últimos de la cola: 8 mil bolívares cuesta la barquilla gigante de dos sabores. De repente, Sabana Grande es una cuadra de gente comiendo dos bolas de helado.

Todos los bares del Callejón de la Puñalada se encuentran cerrados (¿milagro de la ley seca?). Allí sólo están los artesanos. Una cuadra más adelante, cerca del metro, dos mujeres sostienen una pancarta con letras tricolores: son evangélicas, y, salvo el oficialista, ese es el único proselitismo que se permite en el boulevard.

“A los 7 años me descubrieron el secreto de la gallina negra no montada”, explica un hombre, que se jacta de saber, además, para que sirve un cordón umbilical, una placenta, qué tipo de brujería se puede hacer con un espermatozoide de hombre o con un mechón de cabello. “¿Qué es la erisipela?”, pregunta, y sólo un señor responde. “¿Sabe usted como se cura?”, lo interpela. “Mire, maestro: ni los médicos lo saben. La erisipela se cura con un sapo cruzado 7 veces con un cuchillo y sal”. La gente alucina. El hombre hace un círculo de agua y pide que se pongan alrededor de él. Promete que va a hacer un amuleto de prosperidad. Les pide un billete a cada uno de los que estan allí y les explica que por los billetes les están metiendo brujería. Que si la plata se les va es porque de seguro alguien les montó un trabajo en un billete. Todos asienten. Pero no se preocupen, dice, yo estoy aquí para desmontar esos trabajos. Ya van a ver. Pero cuidado. No soy un mesías. Si lo fuera, ya habría sacado a Maduro y aparecido la comida, suelta antes de iniciar su ritual.

“Vine a comprar esto antes de que se acabe el mundo”: En el Centro Comercial Chacaito lo que hay son empleados haciendo tiempo. En la mesa de una pizzería están sentados todos los mesoneros hablando: no hay ni un cliente. Tampoco en una panadería improbablemente lujosa y con aires europeos. Y ni siquiera en la Parada Inteligente. Sólo la venta de cinnamon rolls tiene gente. De resto, el CCC es un desierto. Y desérticos (pero de productos) están también algunos pasillos del Central Madeirense de allí. Emblemático por ser el supermercado cuyo saqueo registraron en directo las cámaras de TV durante El Caracazo, previo al apocalipsis lo único que sobra allí es carne, alcohol (que no se puede vender, lo aclara un cartel), detergentes y chucherías. De lentejas quedan cinco paquetes, de arroz puede que diez, y de pasta ninguno. Las verduras, hortalizas, legumbres y frutas brillan también por su ausencia: apenas unos plátanos verdes y alguna otra cosa. La nevera de bebidas tiene apenas tres jugos y de resto es blanca. En la caja, dos conocidos se saludan. “¿Qué haces aquí?”, pregunta uno. “Vine a comprar esto antes de que se acabe el mundo”, suelta el otro con ironía. La cajera se ríe. Probablemente no es la primera vez que lo escucha.

“Hoy estamos aquí: mañana no sabemos”: Cualquier día y a cualquier hora, el Sambil es una peregrinación constante y continua de personas. Sin embargo, a las 6 de la tarde la cantidad de gente es mínima. Tanto, que el centro comercial luce apacible y visitable. Ello, si no fuera por el considerable número de tiendas cerradas. En la caja de una de ellas, un empleado aprovecha el internet para ver una película en YouTube: lleva por lo menos (el video lo delata) 40 minutos en eso. En Wendys hay apenas una mesa ocupada, en Arturo’s dos. Conseguir puesto en la feria de comida (una proeza cualquier día) parece algo de trámite: sobran para escoger. Ni Cinex ni Cines Unido tienen cola, y eso ya podría decirlo todo. Pero la verdadera prueba de fuego de la soledad del Sambil la da el despiste de un colega, que deja su teléfono en la terraza y se da cuenta cinco minutos después: al volver, el teléfono seguía donde lo dejó. Evidentemente, nadie había pasado. Es precisamente allí, en la terraza, donde escuchamos las maromas publicitarias del empleado de DiverXity, que tiene apenas ocupados tres puestos de la montaña rusa y dos del tornado: “Aprovechen, aprovechen: hoy estamos aquí, mañana no sabemos”. Y aunque quizás fuera sin intención, todos piensan que sí, que con la Constituyente mañana no sabemos.

“Si vienen los gringos nos van a dar machete”: El anochecer en la Francisco de Miranda da miedo. Sobre todo entre Chacao y Altamira. La avenida está trancada, sucia y destrozada. En cada esquina hay basura y escombros. En algunas, aceite. Prácticamente nadie camina por las calles y la sensación es de tierra arrasada, de devastación total. Apenas una panadería y un puesto de perros calientes prestan servicio. Son los únicos. Pero para quien quisiera grabar una película de miedo, la gran avenida caraqueña se prestaría.

En el tramo entre Altamira y Los Palos Grandes la situación mejora un poco: transitan algunos carros y hay gente caminando. En el único kiosco abierto hay una cola de casi 5 personas, y esa, dada la soledad de las cuadras anteriores, parece una multitud. Los agrupa la nicotina. Del kiosco sólo salen cajas de cigarros. Las compras de a tres y de a cuatro. ¿Es que viene el fin del mundo? Un indigente en silla de ruedas y con un sombrero mugriento dice que no. “Van a terminar viniendo son los gringos, y esos sí nos van a dar machete”.

Aumenta la resistencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La piedra se estrella contra el escudo de la GNB y el plástico se estalla: pasa de transparente a blanco. Un funcionario la agarra y la devuelve. La escena se repite por lo menos quince veces y en paralelo: una lluvia de piedras surca el cielo y rompe el suelo de la principal de Bello Campo. La GNB parece haberse quedado sin municiones y aplica la del Talión: piedra por piedra. El problema es cuando llegan las molotov. Fuego volando por el aire, como el que habrán visto los que padecieron la séptima plaga en Egipto. Sonido de cristal roto y una llama que se extiende en el piso y a veces en el uniforme de algún funcionario. Los guardias se culpan y pelean entre ellos. Hay gritos, insultos y discrepancia. Un superior trata de poner orden, mientras otro nos desaloja: “Vaya prensa para adelante, a ver si van a seguir lanzando candela con ustedes allí”. Parece buscar un respiro que no llega. “¡Quítate, prensa. Quítate, prensa!” es la única deferencia de los manifestantes, que sólo advierten pero no dejan de lanzar cosas. Caminamos pegados a una pared, agachados y tratando de esquivar todo lo que viene. Un mortero nos estalla cerca. Retumbe, chisporroteo y calor. Todos ilesos. Entonces, llega la arremetida. En grupos de a cinco, los Guardias traspasan la barrera de sus escudos disparando en horizontal. Perdigones, metras y tuercas cruzan a gran velocidad el aire. Los manifestantes se esconden en las calles adyacentes. La Guardia avanza. Son las 5 de la tarde del miércoles 26 de julio, estamos a cuatro días de la Constituyente, y en Bello Campo se vive una batalla campal desde las 2.

Como en todo conflicto, hay siempre algunas treguas, que así como vienen se van. Y es lo que pasa casi a las 6 de la tarde. Tras unos minutos de calma, de repente unas detonaciones, de repente manifestantes que huyen y de repente manifestantes que se regresan. La Guardia, que parecía haber vuelto a tomar el control de la situación, lo pierde en un instante. Una nube de humo blanco es lo que hay donde están los funcionarios. Y no es de lacrimógenas precisamente, que cada vez usan menos. Es de algún mortero que estalló donde era. Al blanco se le suma el anaranjado de las molotov. Una pared de dos pisos de escudos es lo que se asoma cuando el humo se va. Los guardias están atrincherados tras ella. Atrincherados y nada más. Su única acción es retroceder. Y por cada metro que lo hacen, los manifestantes celebran. “¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? Libertad!”. La consigna se escucha tremenda en ese momento. Borracho de júbilo, un encapuchado se adelanta solo. Se le para a metros a los Guardias, los reta (“a ver si me puedes dar, gafo”), los insulta (“cubanos mamagüevos”) y les baila. Un par de detonaciones es lo que recibe por respuesta. Cae al suelo agarrándose la oreja, se levanta y corre asustado.

Entonces viene otra arremetida, esta sí feroz: las detonaciones se suceden a granel y por todas partes. Y no es tanto donde suenan como donde pegan. El árbol que en ese momento nos cubre a por lo menos ocho periodistas parece que se encoje. Algo pega en él y vuelan astillas. Cuales tortugas, todos tratamos de meter la cabeza en los hombros. Nos pegamos lo más que podemos. Intentamos encogernos con el árbol. En los zapatos, en las piernas y en los brazos constantemente sentimos el roce violento de cosas. El problema es no saber de qué. El alivio es no tener ardor ni dolor. Lo preocupante es la falta de control. Cuando ya la Guardia está a nuestra altura, tenemos que volver a subir. Corriendo y pegados a la pared, como siempre. Los manifestantes están casi todos en la calle que da al Barrio Santa Cruz y en la Francisco de Miranda. La GNB apunta y dispara hacia allá. Pero de repente, así como cambia el viento, lo hace también la situación: del cielo cae candela y nuevamente en magnitudes bíblicas. Los Guardias solo atienen a replegarse detrás de los escudos. Vuelven a montar una pared de dos pisos de plástico. Pero hay fuego como para una hoguera medieval. De los techos más insospechados comienzan a aparecer encapuchados arrojando molotov. En su mayoría caen delante de los escudos, pero algunas lo hacen detrás. Una quema la tanqueta, que se ha mostrado tan pesada como inútil. Y otra quema a un guardia, que se mueve en todas las direcciones para apagar el fuego que lo abrasa. Un muchacho enciende un triki-traki y lo deja en el suelo en dirección a la Guardia. El pirotécnico avanza veloz, se mete entre los escudos y en segundos los verdes saltan para apagarlo. El fuego no cesa y ante nuestros ojos se sucede el improbable espectáculo de una GNB absolutamente sobrepasada. El aprieto por el que están pasando los funcionarios es claro y los manifestantes lo notan. Comienzan a llamarse unos a otros y cada vez van apareciendo más.

Tal vez efecto óptico producido por lo estrecho de la calle, pero en el barrio Santa Cruz parece haber un verdadero ejército de manifestantes. Y están comenzando a salir. Si cruzan la calle y bajan, a los Guardias les va a tocar correr. No parece que les pueda quedar de otra. Son puro humo en ese momento. Las bombas no han cesado de caer ni los morteros de explotar. Y los del Santa Cruz están avanzando. Pero de repente un ronroneo. Al principio un rumor lejano, luego un sonido inequívoco y unas luces amarillas que lo confirman: son las motos. Las temidas motos. Es escucharlas y echar todos los manifestantes a correr. En segundos, la legión de la PNB está allí con su uniforme nuevo en versión negra. Pasan haciendo ruido, disparando y llevándose todo por el medio. Operación arrase, que llaman. Al rato no queda prácticamente nada. La GNB respira: cinco minutos más y no la contaban. Es miércoles 26 de julio, estamos a cuatro días de la Constituyente, y la resistencia parece haber subido de nivel.

Volvió la resistencia

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Primero cae una lluvia de piedras y luego empieza una ráfaga de detonaciones. Los militares avanzan, apuntan y disparan de frente. Los encapuchados se encojen detrás de los escudos. Los perdigones pegan en la madera, la laceran y rebotan. Cuando son metras o rolineras, el ruido es más seco y el impacto mayor. Termina la ráfaga y por el aire vuelta una molotov. Se estrella contra el suelo y deja una línea de fuego. La tanqueta dispara un par de bombas. Salen duro y de frente, y caen detrás de los escuderos. Inmediatamente son devueltas. Un tubo verde se asoma desde un escudo. Detonación y humo: una rolinera pegada a un fosforito sale disparada. “El te-cho se va a caerrr. Porrr favor bajarrr del te-cho”, dice una voz italiana que sale de un parlante. El techo de la cauchera Goodyear tiembla. Hay varios encapuchados encima de él. Unas motos de la GNB suben de la autopista, pasan y disparan. Los encapuchados corren. Una barricada de alambres púas les impide el paso a las motos, que se devuelven. Los manifestantes regresan. Algunos se saltan la barricada, corren, cogen impulso y sueltan piedras. Son pocas las que llegan hasta donde está la Guardia. Un uniformado agarra una que le cae cerca y la devuelve. Nuevamente se escuchan detonaciones. Perdigones y metras cruzan a toda velocidad el aire. Alguien se queja. Le dieron a una periodista. En ese momento prensa está de lado y a la altura de la Guardia. No en la línea de tiro. El disparo ha sido intencional. Indigna pero no sorprende: minutos atrás, en la Autopista Francisco Fajardo, varios periodistas fueron heridos aposta, y cada tanto tiempo la GNB nos arroja (con la mano, por lo menos) algunas bombas a los pies. Es sábado 22 de julio y tras más de dos semanas sin hacerlo, Caracas ha vuelto a marchar y vive una improbable jornada larga de resistencia en el inicio de la Libertador en Bello Campo.

¿Por qué extraño mecanismo la que parecía que iba a ser otra marcha corta y breve, de dispersión rápida y poco alcance, ha terminado convertida en esa improbable, dura y larga jornada de resistencia? Imposible saberlo.

Cuando tras más de una hora la GNB se prepara para la arremetida final, manda a mover de sitio a la prensa. No la quiere atrás suyo, sino entre los manifestantes y ellos. “Váyanse para adelante, que ustedes son  también resistencia y no les van a hacer nada”, ordena un uniformado. “Vas a pasarla bien cuando te caiga una molotov”, le advierte socarronamente un guardia a un periodista (y en efecto pasaría horas después con un fotógrafo al que una molotov le prendió en llamas el zapato y parte del pantalón). La prensa se mueve en bloque y queda en la línea de fuego. Aunque parada de lado y nunca en el medio, las lacrimógenas, las piedras y las molotov a veces caen cerca, y los perdigones, metras y rolineras pasan rozando e hiriendo.

El momento en el que la GNB lanza su operación arrase y pasa con las motos disparando es siempre confuso y peligroso. Esta vez lo hace tras quitar las barricadas. Los manifestantes corren dejando la vida en la carrera mientras una legión de motos los persigue. A la prensa le pasan por el lado y muchas veces con la escopeta de frente, en posición horizontal. Y a veces la disparan. En la esquina del Burger King de Bello Campo una fotógrafa grita fuerte. La recogen entre un montón de sangre. Los paramédicos se la llevan hasta el Burger King y la atienden. “Esto te va a doler, pero es necesario”, advierte el que la trata. Le aprieta duro la piel del brazo y de la herida sale disparada una bola negra. Es un perdigón. “Tienes otros más adentro, pero esos deben sacártelos en una clínica para no hacerte daño”, informa, mientras ella sigue sangrando. Se la llevan a una clínica.

Inmediatamente se forma un alboroto. De una construcción sale un rescatista gritando que lo acaban de robar. Había entrado allí para auxiliar a un manifestante que se había caído del techo. Al verlo solo, los Guardias lo agredieron. “Tres funcionarios empezaron a lanzarme golpes y despojarme de lo que tenía. Me rompieron el chaleco y la muslera. Me insultaban de ‘mamaguevo’ para arriba. Me daban cascazos por la cabeza y la espalda, hasta que llegó un Teniente y vio lo que estaban haciendo y les ordenó que pararan. Entonces recuperar mis cosas”, relató al OJO. El incidente caldea los ánimos y varios rescatistas se le alzan a la GNB y terminan amenazando con quitarse todos el uniforme y pelearse en la calle.

Ya para ese momento la principal de Bello Campo está prácticamente despejada. Un grupo de la GNB emboscó por arriba y corrió a los manifestantes, que en su mayoría se encuentran escondidos en las transversales. “¡Vean cómo destruyen la ciudad!”, grita un guardia mientras recoge las barricadas y destrozos que hay en la calle. “¡Eso es lo único que hacen, destruir la ciudad!”. El mensaje no parece ir dirigido a nadie en específico, o puede que fuera a todos en general. La mayoría de sus compañeros se encuentran en lo mismo. Otros pasan por cuanta rendija, esquina o escondite haya, en procura de algún manifestante escondido.

Transcurridos veinte minutos, la GNB abandona la escena y poco a poco comienzan a abrirse las rejas de los edificios y a salir manifestantes. También de las transversales y paralelas. La construcción de ‘El Recreo–La Castellana’ se convierte en objetivo: logran abrir la puerta y entonces un grupo importante de encapuchados entra. Los encargados bajan corriendo por las escaleras, pero es tarde. Ya están sacando todo los escombros. “Esto es para hacer barricadas”, explican los encapuchados. De la sacada de escombros se pasa rápiamente al saqueo de lo que haya: se pierde un radio, sacan varios cables, entre otras cosas que no sirven para barricadas. La línea entre resistencia y hampa es estrecha. Los obreros dicen que si no aparece el radio los van a botar de la construcción. Algunos de los líderes de los encapuchados se paran en la puerta y dan un discurso sobre la incoherencia de querer cambiar al país saqueando. Entonces comienzan a organizarse para impedir que sigan llevándose cosas que no sean escombros. “Aquí nadie saquea nada”, dice un hombre de unos sesenta años y golpea el suelo con una vara. A un muchacho que llevaba escondidos unos cables en el short lo detienen y lo obligan a devolverse. No todos están de acuerdo. “Esto es la guerra y se vale saquear lo que sea”, grita indignada una muchacha con la cara cubierta con un pañuelo morado. Le caen encima varios y ella no se deja: los que piden que no se saquee son todos unos cobardes que no hacen nada por el país, en la guerra estamos y en la guerra se saquea, el que no quiera enterarse que hay guerra que se vaya a comer sus flores en otro lado donde no estorbe. El intercambio de palabras crece. La muchacha tiembla de la rabia, está fuera de sí. Se abraza a una prima y empieza a llorar. Se le acerca una mujer que le hace cruces en la cabeza y ora sobre ella, cual si de un exorcismo se tratara. Es una escena surrealista. Más cuando pasado un rato y sentada en un escalón, la muchacha se enmienda la plana: no, no está bien saquear, dice.

Mientras arriba rescatistas y motorizados discuten con los que quiere poner una guaya de metal en la Francisco de Miranda, abajo, en la Libertador, comienza nuevamente otro enfrentamiento, tan violento como el primero, mucho más breve que éste, más largo que cualquiera de los que haya habido en las últimas dos semanas y definitivo ya: tras ese, todos los manifestantes se replegarían y guardarían por la jornada. De camino a Altamira, tras el cómputo de la cantidad de colegas heridos en la cobertura, lo que saldría a relucir en la conversación de los periodistas era la de días que hacía que una pauta de calle no duraba tanto, desde la mañana hasta la puesta del sol. Y es que al parecer, volvió la resistencia.

Así nació el gobierno paralelo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando se escriba la historia, los libros habrán de contar que la génesis de ese gobierno que ejerció funciones en paralelo con el de la dictadura tuvo lugar no en el Hemiciclo de Sesiones de la Asamblea Nacional, sino en una plaza pública (la Alfredo Sadel) en la que con andamios, mucha tela negra, sillas de salón de fiesta, mesas revestidas, cornetas colgantes y unas tarimas improvisadas, se llevó a cabo el acto de designación y juramentación de los nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia.

No lo dirán los libros, pero el presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, encabezó la sesión vestido con una chaqueta crema de cuadros que parecía sacada de una película de los años sesenta y lo hacía lucir, con sus lentes de pasta, como el arquetipo del padre de ese tipo de films. Tampoco lo dirán los libros, pero tenía corbata vinotinto, y eso era lo único en lo que coincidía con Freddy Guevara, que para la ocasión optó por un traje negro. Sobre el podio de presidencia (en realidad una mesa con una tela azul encima) lo que había esta vez era agua (atrás parecen haber quedado los tiempos en los que Borges podía tomar Coca-Cola) y un par de micrófonos.

Reflejando lo que está en las actas, los libros dirán que se llevaron a cabo dos sesiones distintas, aunque para los que desde afuera las acompañaron (la plaza estaba llena de gente) en realidad lo que hubo no fue más que un solo acto con un intermedio. El sentido común no conoce de burocracia, ya se sabe; y a los actos administrativos del poder esta le sobra, también se sabe.

En la primera sesión hablaron los dos Freddy: Superano (que no dijo nada reseñable) y Guevara (“¿Dónde está el pueblo de Caracas?”, su saludo de animador de feria), quien pidió un minuto no de silencio sino de aplausos para los muertos y anunció que algún día la AN hará una ley para que no despidan a nadie por pensar distinto. Le siguió Carlos Berrizbeitia, presidente del Comité de Postulaciones, que de traje negro y cabello engominado leyó un discurso en el que expuso la cantidad de irregularidades que hubo en la designación hecha por la AN anterior de los magistrados (ex – magistrados ya, según Borges): el que presidía el Comité de Postulaciones renunció para postularse él; fueron designadas varias personas que no llenaban los requisitos; hubo un diputado que votó por él mismo para magistrado. “Estamos haciendo historia: hoy arrancamos un camino en la reinstitucionalización del país”, dijo, para luego comenzar a nombrar uno por uno y con los dos nombres y los dos apellidos a los nuevos 33 magistrados (13 principales y 20 suplentes).

“Aprobado por unanimidad”, dijo Borges sobre el orden del día, y el recinto se vino abajo en aplausos. “¡Sí se pudo!” comenzaron a gritar los diputados y la gente. “Aprobado por unanimidad”, volvió a insistir el presidente de la Asamblea, que reiteró (muy a su estilo de cubrirse las espaldas siempre) que todo era apegado y conforme a la Constitución y se hacía con 2/3 de los diputados. Entonces, se cerró la sesión y una comisión integrada por los diputados Edgar Zambrano, Ismael García y Sonia Medina fue a buscar a los hombres y mujeres sobre cuyos hombros caería la responsabilidad de comenzar a reinstitucionalizar a Venezuela, quienes se encontraban en el edificio del Consejo Municipal (“El cumplir con las formalidades asegura que todo se ajusta a derecho”, apostilló Borges).

No lo contarán tampoco los libros, pero en el intermedio entre una sesión y otra un grupo de trabajadores de protocolo comenzó a colocar sillas en una especie de tarima lateral, en la que se ubicaron tres filas de sillas revestidas con telas blancas (arrugadas y manchadas) y cinta azul, y cuatro sillas con tela azul y cinta blanca. Mientras los de protocolo hacían su trabajo, dos de los hijos del presidente de la Asamblea Nacional subían al palco a hablar con su papá, que estaba pletórico. Luego, cuando Borges se paró a hablar con alguien, se quedaron con Freddy Guevara, que se dedicó, pedagogo hasta en los gestos, a explicarles por un buen rato sabría Dios qué con un folleto blanco.

Cuando los magistrados llegaron lo hicieron con la bandera por delante, entre aplausos, vítores y aclamaciones. Todos iban elegantes (hombres de traje, y mujeres de taller) y arreglados (peinados de peluquería incluso), y fueron ubicados por el personal de protocolo en su palco lateral. La diputada Sonia Medina tuvo una breve y nada destacable intervención, y fue la encargada de irlos llamando para la juramentación. Burocracia de burocracias, al final el palco que con tanto esmero habían armado (y cuidado) los de protocolo volvió a quedar vació ya que el acto de juramento tuvo lugar entre los diputados, de cara al presidente de la Asamblea.

Cuando los tuvo en frente, Borges aprovechó para hacer una “breve reflexión” en la que cual padre fundador y con tono grandilocuente pretendió hacer una apología a la justicia y a la actuación de la Asamblea (todo lo que pasa en Venezuela es porque la ley no impera ni gobierna, no hay justicia, y ahora nosotros estamos dando un paso para que la haya) y dejó en evidencia sus fallas como orador (“Podríamos hablar horas hablando”, “Venezuela será conocido”, “gracias diputados y diputados”). Entonces, derecha levantada todos, Borges les tomó el juramento. Y quizás tampoco lo cuenten los libros, pero el sí juro (que en realidad fue un “sí juramos”) hubo de ser dicho dos veces, a petición del presidente de la AN (“más fuerte, por favor”), que de tan contento se comió ese siempre entrañable (y amenazador) “si no, que os lo demanden” que viene después de la recompensa que Dios, la patria y el pueblo pueden dar si hacen bien su trabajo. En su lugar, Borges los felicitó (“admiramos su valentía, su compromiso y su entrega con Venezuela”) y se cubrió las espaldas (otra vez): “Quedan juramentados como magistrados y magistradas en nombre de la representación popular ejercida por el pueblo venezolano en diciembre de 2015”. Y allí estallaron los aplausos y vivas, Ismael subió la bandera, y mientras se saludaban, abrazaban, apretaban, felicitaban e incluso animaban entre ellos, comenzó a sonar el himno, que emocionadísimos entonaron magistrados, diputados y asistentes (pueblo, si nos ponemos muy retóricos, como seguramente se pondrán los libros), testigos todos del singular y trascendental hecho del nacimiento de un gobierno paralelo del que puede que algún día hablen los historiadores.

Historia de dos ciudades

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 11:26 (hora del reloj del metro) llega el tren al andén de Miranda, y a las 11:45 (hora de mi reloj, porque el de la estación estaba apagado) los pasajeros pisamos el de Capitolio. Son diecinueve minutos que para justificar lo radicalmente opuestas de ambas realidades debieron durar por lo menos las diecinueve horas de un vuelo Nueva Jersey – Singapur. Y es que mientras Los Palos Grandes era desde las seis de la mañana silencio, soledad, vacío y barricadas, el centro de Caracas, sencillamente, era el centro de Caracas: con su decadencia y suciedad perennes, sus “se compra oro, oro, oro, se compra, se compra, se compra oro” acosando a cuanto viandante pasaba, sus vendedores de hierbas milagrosas, objetos raros y revistas viejas, sus tiendas abiertas, y todo el folklorismo chavista en su máxima expresión.

“No se equivoquen: territorio socialista” advertía un cartel, ubicado en la entrada de un mini-centro comercial (ahora llamado comunal, claro está) que se encuentra en frente de la Asamblea Nacional (de mayoría opositora) y al lado de un Wendy’s (de propiedad imperialista), y en el que en varios rincones y locales se ejerce la siempre progre y humanista actividad de compra-venta de metales preciosos y moneda extranjera (“euro, dólares, se compran euros y dólares, euros y dólares”) al precio justo del mercado negro (Dólar Today). A una cuadra, en la Plaza Bolívar, una mujer deja la garganta en una consigna que evidencia no sólo capacidad crítica sino también conciencia y sobre buen criterio: “Uh ah / Maduro no se va / ahí lo puso Chávez / y allí se quedará”. Luego de eso, presenta a un candidato a la Constituyente, que decide que en vez de lanzar un discurso (¿pa’qué?) él lo que va es a cantar música llanera. Y allí se lanza el hombre. Invita a votar el 30 (“llueva, truene o relampaguee”) y arranca con su corrío, que es en verdad (a todos nos quedó claro) lo que le gusta.

Mientras tanto, en la catedral (que en Europa no pasaría de capilla) termina la misa. Los obispos tienen convocada una jornada de ayuno y oración para el viernes en la mañana (“[hay una] clase de demonios sólo sale con ayuno y oración”, dice San Mateo en su Evangelio), y las viejitas (¿quiénes, sino viejitas, pueden darse el lujo de ir a misa entre semana a las 11 de la mañana?) están prestas y dispuestas al combate espiritual. Afuera, el frente de mujeres anti-imperialistas (no pasan de 50), alborotadas con Trump, prometen dar también su combate con las armas que sean necesarias en defensa de la patria.

Y no en defensa de la patria sino de la plaza están varios milicianos, que uniforme colgando y sombrerito de campaña encima, cuidan sus accesos, aunque bien les vendría hacerlo también con sus pisadas: de tan frágiles que se les ve (ni las viejitas de la misa, pues) una caída podría ser grave. Como grave es que en menos de una cuadra haya otro acto: frente al edificio de la Alcaldía de Libertador también se reúne un grupo de camisas rojas a sabrá Dios qué, porque su audio (bajito) es opacado por el de las mujeres antiimperialistas.

Por la avenida Urdaneta, en la esquina del BCV, se encuentra también otra tarima, montada bajo el amparo de un Chávez inflable. El que tiene la palabra no habla en ese momento de política, sino de dinero: explica cómo van a pagar sabrá él qué bono. Más que un mitin, parece una reunión sindical: todos son compañeros de trabajo de un MINPOPO-algo (la miopía y el no querer ver fijamente a nadie para no lucir muy sospechoso atentaron contra el rigor periodístico, lo siento) bordado en la chaqueta. Y más adelante, a una cuadra de Miraflores, por el Fermin Toro, otra tarima, de todas la más nutrida y con transmisión (según reflejaba el televisor de la pollera de la esquina), en cadena nacional.

¿Y el paro? Aparte del de los empleados públicos (ellos los primeros en no trabajar), hablar de paro ayer en el centro era muy discutible. Salvo el que hicieron los trabajadores de La casa de los espaguetis (abierta, pero con un letrero que advertía que “por falta de personal no estaremos trabajando”) y algunos comercios y tiendas (entre el 30% y 40% de los que se encontraban allí), de resto, la vida en el centro siguió como si tal, con transporte público incluido (con más demora y en menor cantidad pero lo había), aunque, eso sí, con menos gente y tránsito: la Baralt, la Urdaneta, la Universidad y las Fuerzas Armadas, avenidas complicadísimas de cruzar donde las haya, se podían atravesar fácilmente sin esperar semáforo ni rallado (misión suicida en una jornada normal). No faltaban tampoco las colas (los bancos estuvieron abarrotados por pensionistas, así como aquellos minimercados donde había productos regulados) y sí las trancas: entre El Silencio y Bellas Artes no había una calle cerrada (ni siquiera en La Candelaria, tan conflictiva de noche). Sobraban los efectivos policiales: en donde más y en donde menos había siempre un grupo de PNB con su uniforme nuevo, revisando teléfonos y dándose lepes. Donde curiosamente no estaban era en la sede de la Urdaneta de la Fiscalía. No es que hicieran falta tampoco: la reja estaba cerrada casi completamente y un vigilante de corbata y traje negro revisaba todas las credenciales de quienes pretendían entrar, no fuera cosa que se apareciera Harrington.

Para encontrar la primera barricada, había que caminar hasta Chacaito, cruzando un boulevard de Sabana Grande que parecía tener, incluso, más comercios abiertos que el mismo centro. Entonces, allí sí, empezando la Francisco de Miranda, una tremenda cinta amarilla que la cruzaba a todo lo ancho y decía peligro marcaba claramente la frontera en la que (del Guaire para arriba) comenzaba la otra ciudad: la que estaba en paro, con las santamarías abajo y las calles cerradas. Es la Caracas que protesta contra la dictadura, la que lleva 111 días en franca rebelión y en la que encontrar algo abierto era prácticamente imposible. En la Francisco de Miranda el ambiente nunca fue cómodo y siempre estuvo tenso: la posibilidad de la llegada de la GNB o de la PNB para que hicieran destrozos estuvo siempre latente al caminar por ella. No así en las calles paralelas de Chacao, Altamira y Los Palos Grandes: una verbena no hubiera sido más fraterna. En cada calle trancada había vecinos compartiendo y conviviendo, como nunca se hace en Caracas.

La Plaza Altamira, otrora el punto en el que desembocaba (y pasaba) todo, daba miedo de lo sola que estaba. Apenas tres almas transitaban por ella en la tarde. A lo lejos algunas bolsas de basura trancaban las avenidas adyacentes. Pero no había ni rastro de la gloria, los llenazos, y la épica que se vivía hace apenas algunas semanas. Dudaría cualquiera que alguna vez ese fue el epicentro político de Caracas, el sitio imprescindible en toda pauta periodística. La acción (la poca que ha habido desde la liberación de Leopoldo) se ha mudado dos cuadras al oeste: a Bello Campo. Abajo, en la avenida Libertador, hubo dos batallas campales entre GNB y manifestantes, dignas de lo que eran los enfrentamientos hace aproximadamente un mes: bombas, tanqueta y perdigones, eso que la resistencia pasó casi setenta días combatiendo, y a lo que le tiene bien agarrada la medida. Tanto, que los hicieron retroceder: a punta de Molotov les quemaron la tanqueta a los guardias, y no hubo nada que hacer: las barricadas gigantes impidieron el paso de las motos y no les quedó sino retirarse.

Cayó entonces la noche, y colorín, colorado, sola, vacía, apagada y postrada ante el hampa, las dos Caracas se han igualado y esta historia terminado.

OTRAS HISTORIAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#29A: 12 horas con la esperanza de Venezuela

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio”

#18M: Agua, perdigones y miedo.

#20M: Relato de una agresión.

#20M: 50 días después.

#29M: La tragedia de Altamira.

#30M: El heroismo y el interés

#01J: Son esbirros.

#02J: El terrorista, el muchacho, el rescatista y el periodista

#07J: Un titán que muere.

#19J: Deshonra en Altamira.

#22J: El día de la frustración.

#24J: “¡Los queremos vivos!”

#29J: La cámara revolucionaria

-#02Jul: El niño y el periodista

-#09Jul: 100 días y mil preguntas

-#16Jul: Entre tiros y alegrías

Entre tiros y alegría

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 5:45 de la mañana todavía no había salido el sol en Caracas, pero sí los miembros de uno de los Puntos Soberanos de El Hatillo, que enjundiosos y con fundamento estaban ya a esa hora cargando sillas, armando mesas, poniendo toldos y preparando todo para recibir a aquellos que quisieran dejar de manifiesto, papeleta mediante, su rechazo a la Constituyente de la dictadura. Es el llamado ‘día D’, vendido como el que marcará un antes y un después en la historia política de la nación, y ellos quieren que en su centro todo salga bien. Por ello, hora y quince antes, ya están allí. No son los únicos: en un incipiente recorrido mañanero la escena se repite en por lo menos tres centros más. Es mucha convicción lo que se necesita para madrugar un domingo, y también para permanecer en cola, bajo el sol inclemente de las 12 del mediodía. Es ese el que achicharra a las cientos de personas que a esa hora copan la Plaza Los Palos Grandes. Allí, desde la mañana, la afluencia ha sido masiva, y no sorprende: ubicada en una de las urbanizaciones más opositoras de la ciudad, es uno de los puntos neurálgicos, dotado hasta con rescatistas.

A falta de buen sueldo, prensa tiene privilegios como el de saltarse la cola. Basta mostrar la credencial y una urgencia apremiante por contar cosas para que inmediatamente lo pasen a uno. El proceso es sencillo: entregar la cédula, responder con un bolígrafo las tres preguntas de la papeleta (a la vista de todos, eso sí), doblarla, depositarla en la caja, firmar el cuaderno y estampar la huella. Hecho incluso con calma, no dura ni siquiera un minuto. De souvenir se recibe un papel con un texto que está a medio camino entre el juramento y la proclama, y tiene una línea en blanco para llenar con nombre propio. En el escrito, yo-elector “me comprometo solemnemente a participar en la tarea libertadora”, rechazo la Constituyente, ratifico que la AN renueve los poderes y apoyo la realización de elecciones libres.

Siendo hora de almuerzo, los miembros de mesa comen en turnos. Allí los alimentan con arroz con pollo. No es comprado en un restaurant, sino casero. Lo llevan en un envase de plástico grandísimo, que parece más bien un cajón de oficina, y lo van sirviendo en platos de cartón. En un descuido, un indigente se roba un pote de jugo de naranja. Cuando alguien se da cuenta, ya el hombre está a casi dos cuadras.

A muchas más cuadras está la plaza Brion, el segundo punto más grande de la ciudad, con 50 mesas desplegadas en dos filas a lo largo de ella. A las 2 de la tarde, los voluntarios todavía tienen energía suficiente para preguntarle a la gente que camina por Chacaito (es increíble la cantidad de gente que camina un domingo por allí) si ya votaron o no. Están los que dicen que sí y los que sencillamente se hacen los locos y siguen. Hasta la una de la tarde, hora del último corte, habían votado en ese punto 11.018 personas. Ya no están todas las mesas llenas en paralelo, pero el flujo de gente sigue siendo continuo.

Agrupados arriba, los trabajadores de los medios esperan con paciencia a Lilian Tintori, quien ha elegido ese lugar, en el que en 2014 se entregara su esposo, para votar. Llega en una caravana de cuatro grandes camionetas (tres negras y una blanca) y camina escoltada por la mamá de Leopoldo, varios militantes de Voluntad Popular y la animadora Norelis Rodríguez. Frente a una de las mesas, fotógrafos, periodistas y curiosos hacen un pasillo, que Lilian atraviesa para votar. Dos señoras tratan de fotografiarla, pero resulta imposible: hay demasiada gente. Sólo los fans de Norelis consiguen la ansiada gráfica: ida Lilian (y con ella los fotógrafos), Rodríguez queda sola y allí aprovechan.

Un rebullicio semejante se formó en Colinas de Bello Monte un par de horas antes con la llegada de Henrique Capriles. El líder opositor avanzó entre aplausos, vítores y apretujamiento. “Un fotógrafo me puso el pie encima para poder hacerle las fotos”, recuerda una voluntaria sobre el episodio que alteró la dinámica de verbena de pueblo que se vive en la urbanización: a las 3 de la tarde hay una redoma tomada por varios jóvenes que rapean en medio de la calle y con la música a todo volumen. En una escalera, jurando que no los ve nadie, cuatro de ellos fuman marihuana. En la calle que lleva al Punto Soberano, los vecinos, sillas afuera, conversan plácidamente, como si de orientales se tratara. Comparten refrescos y comida, mientras los niños pasean en bicicleta y juegan en la calle. Es un ambiente distinto y ameno. El Punto Soberano todavía tiene cola. Hasta las dos de la tarde habían participado 5.228 personas.

Ambiente radicalmente opuesto el de Catia, que a las 4 de la tarde es puro nervio y tensión. Una moto sin placa se atraviesa en medio de la calle y detiene el tráfico de los que intentamos ingresar a la Avenida Sucre. No media explicación alguna, sólo el revólver que el motorizado lleva en la cintura a la vista de todos. A medida que pasan los minutos comienzan a llegar más: todos en motos sin placa y con armas a la vista. Son los temidos paramilitares chavistas, que eufemísticamente se agrupan bajo el nombre de colectivos. Puede que alguno de ellos, quién sabe, sea el que casi dos horas antes asesinó allí mismo a una mujer e hirió a varias personas cuando abrieron fuego contra el Punto Soberano que se encontraba frente a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, que tenemos a la derecha. Es la fiesta patronal del templo, y a esa hora está asediado. Afuera están la PNB (que no hace nada), el DGCIM (que tampoco hace nada), los paramilitares (que hacen todo) y un grupo de personas vestidas de rojo hablando (insultado) con un parlante. Adentro, secuestradas, hay casi 500 personas, que al momento de producirse el tiroteo buscaron refugio allí y ahora no pueden salir. Entre ellos está el Cardenal de Caracas, que a las 3 de la tarde iba a celebrar la misa mayor y terminó también atrapado. Las oraciones no son exactamente de acción de gracias, sino de petición de protección.

Una jaula de la PNB se detiene frente a la puerta oeste del templo, de la que comienzan a salir los primeros secuestrados directo al vehículo. Cuando se llena, la jaula sale del templo escoltada por una buena cantidad de efectivos policiales, ante la mirada siempre desafiante de los motorizados sin placa y con armas. Es realmente alucinante: en lugar de dispersar a los paramilitares, la PNB, siempre proclive a echar bombas lacrimógenas, lo que hace es desalojar a los ciudadanos de sus espacios. El DGCIM sólo observa. Y los paramilitares a sus anchas. A todos (que hace rato escondimos ya los carnets y equipos de prensa) nos queda claro quién manda en la zona y lo imperioso que es para nosotros salir cuánto antes (es decir: cuando al motorizado que tiene trancada la calle le dé la gana de abrirla) de allí. Y eso hacemos cuando al rato, con el revolver siempre a la vista y la seguridad que proporciona saberse impune, por fin lo hace. Catia, desgraciadamente, es un lamento de gente buena secuestrada por matones.

La UCV, por el contrario, es una fiesta. Tiene cornetas a full volumen, desde las cuales suenan Fonseca, Chino y Nacho, y Guaco. Es el punto más grande de toda Caracas (52 mesas) y a las cinco de la tarde (una después de la hora oficial de cierre) aún continúa atendiendo gente, que no ha dejado de llegar. El ambiente es festivo y optimista, y se presta incluso para los chistes: “Ahorita viene un político alto y fuerte” anuncian desde un micrófono cuando llega Freddy Guevara, siempre con su franela obamita de Leopoldo y su metro cincuenta de altura. “Ya superamos la cifra de las primarias de la oposición”, informa, y aunque son pocos los que saben el número real que ello significa, todos celebran contentos.

La autopista lleva toda la tarde libre y por ella circulan pocos carros. En las avenidas del este hay caravanas de motorizados con banderas y pitos, que cornetean constantemente. Caracas se ve apacible y posible, puede que incluso adorable, indudablemente vivible. Es un espejismo, claro. Un paréntesis cívico de un domingo de plebiscito, que se vuelve a romper en Altamira, cuando un comando del SEBIN tranca por minutos la avenida Juan Pablo Pernalete. Son dos camionetas sin placa alrededor de las cuales hay por lo menos 20 motorizados. En la parte sur de la Plaza Francia hay solo niños de la calle y vendedoras de Kino, que ven extrañados a los agentes sin saber qué hacer. Luego de unos minutos arrancan sin hacer(les) nada. Pasean por Los Palos Grandes y luego se van para Chacao.

El espejismo vuelve en Parque Miranda, donde la fiesta es más bulliciosa que en la UCV. No hay música, pero afuera la gente canta consignas, suena pitos y ondea banderas. También detienen a los carros y motos que pasan por la Rómulo Gallegos, y al que diga que no ha votado, lo mandan para adentro. Son casi las 6 de la tarde, y de las 30 mesas que había en ese centro, quedan un par abiertas para los rezagados. La mesa 10 no es una de ellas: a las 5:28 PM, dice el acta, cerró. A esa hora, sus miembros van contando una a una las papeletas. De las 252, sólo una persona no votó con el triple SI, sino NO, SI, NO. Las 251 restantes son iguales. Terminada la cuenta, uno de los miembros llena el acta, y todos los demás la firman. Estampada las rúbricas, comienzan a recoger todo. Aunque consta en el documento que la mesa abrió a las 7:36 AM, la jornada de todos ellos comenzó también antes, cuando tuvieron que abrir el centro. Llegadas las casi 12 horas, todos se van contentos y con la satisfacción del deber cumplido.

¿Se acabaron las multitudes?

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Despavorido. Ese es el mejor adjetivo para describir cómo corre ese grupo de estudiantes de la UCAB por la autopista Francisco Fajardo. Lo curioso es que nadie los persigue. Lo verdaderamente revelador es que nadie los persigue. Lo único importante es que nadie los persigue. Y sin embargo corren hacia la salida de Las Mercedes dejando la vida en la carrera. ¿Por qué? Porque tras bajar con mucho ímpetu por Chacao hasta la Francisco Fajardo, de repente se han encontrado solos. La GNB, disparando desde el distribuidor Cienpiés, levantó una pared de humo blanco en el acceso a la autopista, que logró dividir la marcha. En la Fajardo solo quedamos la prensa y ellos. Arriba, el resto de la gente. Por eso, cuando voltean y se ven íngrimos allí, entre asfalto y sol, pegan la carrera de su vida. O mejor dicho: por su vida. Es el día 97 de protesta y muchas cosas han cambiado.

Esa carrera que los estudiantes corren con pavor, no ya ante un perseguidor real sino simplemente ante la posibilidad de su aparición, ilustra muy bien la fase en la que se encuentra la calle, que se puede resumir en las cinco letras que conforman la palabra miedo o, según el grado de cada quien, en las seis de la palabra terror. No es (o no pareciera ser) la indiferencia, la tan indignadamente voceada indiferencia, la que ha vaciado (enfriado, dicen algunos) progresivamente las avenidas, sino el miedo, ese que tenían esos jóvenes (quizás el penúltimo reducto de la resistencia callejera) que corrían por salir pronto de la autopista antes de que pudiera llegar algún cuerpo policial que los detuviera en masa y metiera, por ejemplo, en la cava de un camión, como ya pasó la semana pasada con sus compañeros de la USB.

No se vale tildarlos de cobardes o miedosos: son los mismos que mes y medio atrás todavía se batían en jornadas de hasta tres y cuatro horas de resistencia en la autopista. Pero los tiempos (y los métodos represivos) han cambiado. Ahora hay pocos rinocerontes y ballenas, y muchas motos. Ante la lentitud y el peso de los blindados, los cuerpos de seguridad optan por la velocidad y la ligereza del vehículo de dos ruedas, que les permite aparecer rápidamente y en multitud casi en cualquier lugar, sobre todo para emboscar, su actividad favorita de hace unos días para acá. Llegan siempre haciendo estruendo y disparando: lacrimógenas, perdigones o lo que tengan, imposible saberlo nunca con certeza. Se escucha primero la detonación y luego el ruido del impacto. Gustan hacerlo de sorpresa, y al que agarran mal parado no lo perdonan.

Así pasaron el jueves por Chacao, luego de dividir la marcha. “Si nos reprimen, trancamos”, era la pauta de la oposición. Y aunque intentaron hacerlo (amagaron al menos) la operación barrida de los ejércitos motorizados pudo más. Fue cosa de veinte minutos para que luego de la fugaz no-toma de la autopista, las calles del municipio estuvieran libres de nuevo. La PNB apareció por la Francisco de Miranda y luego se metió por todas las calles paralelas y adyacentes. Ya aquello de correr de una avenida a una calle menor para refugiarse ha dejado de existir: se meten en ellas también. Lo mismo en los Centros Comerciales, que eran oasis en medio de los desiertos de represión: al Sambil le arrojaron bombas igual que al CCCT.

Apenas y las de Altamira fueron las únicas que siguieron cerradas, pero por un reducido grupo de jóvenes, prácticamente la última fortaleza de coraje: no llegaban a 30 pero trancaron por casi cuatro horas la ahora llamada Av. Juan Pablo Pernalete. Tuvieron un conato de enfrentamiento con la GNB, que a media tarde hizo acto de presencia y se llevó detenidos a algunos; y luego, ya casi llegando la noche, un enfrentamiento (éste sí) con ribetes de épica: cuando tras unas horas de indiferencia, los uniformados por fin decidieron destrancar del Distribuidor (al parecer no siempre les apetece que esté libre como las avenidas) disparando bombas y metras de plomo, el grupito de jóvenes, a punta de molotov y morteros, los hizo retroceder. Victoria celebrada pero efímera: a los minutos, y por detrás, bajando de Altamira norte, apareció otro ejército de motorizados que barrió con todo y todos: entiéndase, los (pocos) manifestantes que quedaban y los (muchos) transeúntes que caminaban.

De subida y revisando las fotos, surgió entre los fotógrafos la pregunta: ¿aquellos días de actos multitudinarios se acabaron para siempre?

Ninguno tuvo respuesta.