La lista de los 100 libros imprescindibles del ‘ABC’

No están todos los que son ni son todos los que están. Hay omisiones escandalosas e inclusiones sospechosas. Sin embargo, a la lista que bajo el pomposo nombre de “Los 100 mejores libros de la literatura universal” presentó hace dos días el diario madrileño ‘ABC’ hay que echarle un vistazo. Se trata, como el nombre lo indica, de una selección hecha por un grupo de 50 expertos, entre escritores, críticos y personalidades de la cultura española, de cien libros imprescindibles que todos deberíamos conocer. Para su elaboración se les pidió llenar una encuesta con los que en su opinión eran los 10 mejores títulos de la literatura, ordenándolos de mayor a menor, y dándoles un puntaje (al primero diez, al segundo nueve, al tercero ocho), de cuya totalización salió finalmente la lista publicada, que está encabezada, cómo no, por ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha’, seguido por ‘La Odisea’, ‘La Iliada’, ‘La Divina Comedia’, ‘La Biblia’, ‘En busca del tiempo perdido’, ‘La Eneida’, ‘Ensayos’ (Montaigne) y ‘Madamme Bovary’, que conforman el top 10 de una selección en la que, como se ve, abundan los clásicos. Sin embargo, hay también lugar para algunos escritores contemporáneos y latinoamericanos. García Márquez encabeza la lista de los autores de nuestra tierra con ‘Cien años de soledad’ (puesto 24) y ‘El amor en los tiempos del cólera’ (53). Las ‘Ficciones’ de Borges aparecen en el puesto 33, por debajo de ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann; y ‘Pedro Páramo’, de Rulfo, se ubica en el puesto 41. Los norteamericanos aparecen también, aunque casi al final. ‘Moby Dick’ (72), de Melville, ‘Santuario’ (81) y ‘Absalon, absalon’ (83), de Falulkner, ‘El gran Gatsby’ (84), de Fitzgeralt, y ‘La invención de la soledad’ (88), de Paul Auster, son los que representan a la literatura del norte en una lista de la que se pueden sacar recomendaciones interesantes y que puedes ver completa a continuación:

  1. «EL QUIJOTE». Miguel de Cervantes.267 puntos.

  2. «LA ODISEA». Homero.148 puntos.

  3. «LA ILÍADA». Homero. 93 puntos.

  4. «La Divina Comedia». Dante Alighieri. 86 puntos.

  5. «Hamlet». William Shakespeare. 63 puntos.

  6. «La Biblia». 61 puntos.

  7. «En busca del tiempo perdido». Marcel Proust. 59 puntos.

  8. «La Eneida». Virgilio. 58 puntos.

  9. «Ensayos».Michel de Montaigne. 55 puntos.

  10. «Madame Bovary». Gustave Flaubert.

  11. «Cumbres borrascosas». Emily Brontë. 46 puntos.

  12. «Edipo Rey». Sófocles. 46 puntos.

  13. «El rey Lear». William Shakespeare. 41 puntos.

  14. «Las mil y una noches». Anónimo. 32 puntos.

  15. «Poesía» (incluyendo «Canto espiritual»). San Juan de la Cruz. 30 puntos.

  16. «Macbeth». William Shakespeare. 30 puntos.

  17. «De rerum natura». Lucrecio. 29 puntos.

  18. «La vida es sueño». Calderón de la Barca. 28 puntos.

  19. «Epopeya de Gilgamesh». Anónimo. 28 puntos.

  20. «Ulises». James Joyce. 26 puntos.

  21. «Antígona». Sófocles. 25 puntos.

  22. «Fedón». Platón. 25 puntos.

  23. «La Regenta». Leopoldo Alas «Clarín». 23 puntos.

  24. «Cien años de soledad». Gabriel García Márquez. 22 puntos.

  25. «Cancionero». Petrarca. 20 puntos.

  26. «Poemas». Emily Dickinson. 19 puntos.

  27. «Léxico familiar». Natalia Ginzburg. 19 puntos.

  28. «Ana Karenina». León Tolstói. 18 puntos.

  29. «Lazarillo de Tormes». Anónimo. 18 puntos.

  30. «Guerra y paz». León Tolstói. 17 puntos.

  31. «La vida del Buscón». Francisco de Quevedo. 16 puntos.

  32. «El mar, el mar». Iris Murdoch. 16 puntos.

  33. «Ficciones». Jorge Luis Borges. 15 puntos.

  34. «La montaña mágica». Thomas Mann. 15 puntos.

  35. «Poesía». Antonio Machado. 15 puntos.

  36. «Fedro». Platón. 15 puntos.

  37. «Las moradas». Santa Teresa de Jesús. 14 puntos.

  38. «El hombre sin atributos». Robert Musil. 14 puntos.

  39. «El proceso». Franz Kafka. 13 puntos.

  40. «La metamorfosis». Franz Kafka. 13 puntos.

  41. «Pedro Páramo». Juan Rulfo. 13 puntos.

  42. «Decamerón». Boccaccio. 13 puntos.

  43. «La Celestina». Fernando de Rojas. 13 puntos.

  44. «La tempestad». William Shakespeare. 13 puntos.

  45. «Los hermanos Karamazov». Fiódor Dostoyevski. 12 puntos.

  46. «Crimen y castigo». Fiódor Dostoyevski. 12 puntos.

  47. «Rojo y negro». Henri Beyle Stendhal. 12 puntos.

  48. «Emma». Jane Austen. 12 puntos.

  49. «Poeta en Nueva York». Federico García Lorca. 11 puntos.

  50. «Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy».Laurence Sterne. 11 puntos.

  51. «Soledades». Luis de Góngora. 11 puntos.

  52. «La ciudad de las damas». Christine de Pizan. 11 puntos.

  53. «El amor en los tiempos del cólera». Gabriel García Márquez. 10 puntos.

  54. «Hojas de Hierba». Walt Whitman. 10 puntos.

  55. «Los demonios». Fiódor Dostoyevski. 10 puntos.

  56. «El corazón de las tinieblas». Joseph Conrad. 10 puntos.

  57. «El cantar de los cantares». Anónimo. 10 puntos.

  58. «Grandes esperanzas». Charles Dickens. 10 puntos.

  59. «Orlando». Virginia Woolf. 10 puntos.

  60. «Los papeles póstumos del Club Pickwick». Charles Dickens. 10 puntos.

  61. «Sóngoro cosongo». Nicolás Guillén. 10 puntos.

  62. «Una habitación propia». Virginia Woolf. 10 puntos.

  63. «All of Us: The Collected Poems». Raymond Carver. 10 puntos.

  64. «Metafísica». Aristóteles. 10 puntos.

  65. «La realidad y el deseo». Luis Cernuda. 10 puntos.

  66. «Cordero blanco, halcón gris». Rebecca West. 10 puntos.

  67. «Curial e Güelfa». Anónimo. 10 puntos.

  68. «América Hispánica (1492-1898)». Guillermo Céspedes del Castillo. 10 puntos.

  69. «La señora Dalloway». Virginia Woolf. 9 puntos.

  70. «Frankenstein». Mary Shelley. 9 puntos.

  71. «Una temporada en el infierno». Arthur Rimbaud. 9 puntos.

  72. «Moby Dick». Herman Melville. 9 puntos.

  73. «Cuentos completos». Antón Chéjov. 9 puntos.

  74. «Coplas por la muerte de su padre». Jorge Manrique. 9 puntos.

  75. «Ada o el ardor». Vladimir Nabokov. 9 puntos.

  76. «El leopardo de las nieves». Peter Matthiessen. 9 puntos.

  77. «La siesta de M. Andesmas». Marguerite Duras. 9 puntos.

  78. «Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas». Domingo Faustino Sarmiento. 9 puntos.

  79. «El peregrino ruso». Anónimo. 9 puntos.

  80. «Calila e Dimna». Anónimo. 9 puntos.

  81. «Santuario». William Faulkner. 8 puntos.

  82. «Fortunata y Jacinta». Benito Pérez Galdós. 8 puntos.

  83. «¡Absalón, Absalón!». William Faulkner. 8 puntos.

  84. «El gran Gatsby». F. Scott Fitzgerald. 8 puntos.

  85. «La Cartuja de Parma». Henry Beyle Stendhal. 8 puntos.

  86. «Guzmán de Alfarache». Mateo Alemán. 8 puntos.

  87. «Poesía». Miguel de Unamuno. 8 puntos.

  88. «La invención de la soledad». Paul Auster. 8 puntos.

  89. «El año de la muerte de Ricardo Reis». José Saramago. 8 puntos.

  90. «Los Evangelios». Varios autores. 8 puntos.

  91. «Los Upanishads». Anónimo. 8 puntos.

  92. «Cartas a Lucilio». Séneca. 8 puntos.

  93. «Medea». Eurípides. 8 puntos.

  94. «Elizabeth Costello». J. M. Coetzee. 8 puntos.

  95. «El idiota». Fiódor Dostoyevski. 8 puntos.

  96. «La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental». Edmund Husserl. 8 puntos.

  97. «Orgullo y prejuicio». Jane Austen. 7 puntos.

  98. «Poesía». Cátulo. 7 puntos.

  99. «Cantar de los nibelungos». Anónimo. 7 puntos.

  100. «Esperando a Godot». Samuel Beckett. 7 puntos.

 

“La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad”

Después de (o junto con) Goethe fue ‘el’ escritor de Alemania y uno de los clásicos indiscutibles de la literatura europea y universal. Hijo de un rico comerciante alemán y de una exuberante brasileña, Thomas Mann, nacido en Lübeckel 06 de junio de 1875, se vio desde pequeño entre dos aguas: la de la rigidez del padre, que lo quería como heredero y cabeza de sus negocios, y la flexibilidad de la madre, que estimulaba constantemente eso que él llegó a llamar “mi manía por fabular cosas”. Finalmente fue el lado humanístico de la madre el que se terminó imponiendo y Mann no hizo en su vida otra cosa sino escribir, escribir y escribir. Y aunque él sentía que no lo hacía todo lo bien que podía y vivía frustrado en busca de eso que se llama perfección, la crítica era menos severa y más benevolente y caía rendida ante cada nueva obra que publicaba. No sin quejarse, eso sí, sobre la extensión de sus textos, auténticos mamotretos que la mayoría de las veces llegaban a superar las mil páginas, tenían que publicarse en dos tomos, y que él, obstinadamente y desoyendo a editores y amigos, se negaba a acortar. Ello lo hacía, también, un escritor lento, que redactaba a su ritmo y sin aceptar presiones, y que se tomaba todo su tiempo entre una obra y otra, en procura de lograr crear, al menos una vez, alguna obra de arte, tarea a la que le entregó su vida y esfuerzos. ‘La montaña mágica, ‘Muerte en Venecia’ o ‘Los Buddenbrook’ (que le mereció el Nobel en 1933), se hallan en esa categoría. De los alemanes de su generación, fue uno de los pocos que puede gloriarse de haberse opuesto a Hitler desde antes de su ascenso al poder, lo que le valió el exilio en 1933. Es en esa experiencia horrible donde hay que buscar la génesis de la frase que hoy encabeza nuestro post: en el aprendizaje de que hay virtudes (la tolerancia, por ejemplo) que mal entendidas terminan siendo criminales.

RESEÑA: Los muertos – James Joyce

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hay quien considera este relato como uno de los mejores de toda la historia de la literatura. Forma parte del célebre libro Dublineses, de James Joyce, y es, de hecho, el más largo y más famosos de todos, y el único de los quince que cuenta con una adaptación cinematográfica más o menos exitosa.

Casi todo transcurre en una fiesta: la que una vez al año ofrecen dos ancianas solteronas para agasajar a sus amigos y familiares. Por una noche, la vieja casa se llena de vida. Hay baile, bebida, comida, gente, fiesta. Por unas horas, la vida se detiene y la realidad deja de ser lo que es. Todos muestran sus mejores caras, se visten con la mejor ropa, beben los mejores licores, comen la mejor comida. Todos, de algún modo, son (pretenden ser) felices, evitan los roces y las complicaciones, bailan y se ríen.

Pero hay también preocupación. La de las dos anfitrionas por dos de sus invitados: uno, usualmente ebrio, que representa el desorden; y otro, su adorado sobrino Gabriel, encargado de dar el discurso y trinchar el ganso, quien sabe actuar siempre acorde a las circunstancias y que, aunque llega con retraso, representa el orden y el saber estar.

Entre conversaciones triviales, bailes comida, críticas, el discurso, cuchicheos, miradas, gestos de aprobación y desaprobación, entre todo eso de lo que se nutre cualquier fiesta, transcurre toda la velada. Y hasta allí la historia no pareciera tener mayor sentido sino la de pintarnos un fresco de la sociedad de entonces. Pero viene el giro inesperado en el que se hace presente la pluma del genio.

Es casi al final de la fiesta. Gabriel voltea y ve a su mujer. La ve más preciosa que nunca. La desea como nunca. Y pasa todo el camino de regreso evocando tiempos mejores, tiempos verdaderamente mejores, de cuando eran felices. Y desea poseerla. Y hace planes de lo que será la noche en el hotel. Pero al llegar, nada sale como es. Su esposa no es exactamente su esposa. Algo la ha cambiado. ¿Por qué? Porque en la fiesta escuchó una canción que una vez le dedicó un enamorado enfermo que dio la vida por esperarla a ella. Y entonces viene lo mejor, el monólogo final: una extraordinaria reflexión sobre el paso el tiempo, lo irrecuperable de todo aquello que con él se va, que él se lleva, y la decadencia inevitable de una vida que irremediablemente termina en muerte. Y ahí, sí, tiene sentido que se pueda considerar este cuento como uno de los mejores de la literatura.

Los muertos

Autor: James Joyce

Páginas: 94

Año: 1914

Calificación: 9/10

RESEÑA: La fiesta del chivo – Mario Vargas Llosa

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“¡Esto no se le hace a un viejo como yo!”.

Así, cuenta la leyenda, y la cuenta Carlos Alberto Montaner, se expresó Gabriel García Márquez al terminar de leer ‘La Fiesta del Chivo’. “No estaba enfadado. Era franca admiración”, apostilla el periodista cubano. Y se entiende. La reacción de Gabo es la que podría tener cualquier lector al llegar al punto y final de esta maravillosa novela a la que puede que no le alcancen todavía los ya numerosos elogios que ha recibido, y que sin lugar a dudas se trata de una verdadera obra maestra.

El título lo debe a un merengue dominicano que se cantó tras la muerte de Rafael Leónidas Trujillo, alias “El Chivo”, quien encabezó en República Dominicana una de las dictaduras más sangrientas y represivas de Latinoamérica. Esa tiranía es magistralmente retratada por Vargas Llosa en esta novela, en la que se vale de tres ejes de narración distintos: el de Urania Cabrales, una mujer que tras décadas de ausencia vuelve a Dominicana a reencontrarse con su padre, un ex alto funcionario de la dictadura; la de los hombres que conspiran para asesinar a Trujillo; y la del propio Trujillo, que en esta novela, a diferencia, por ejemplo, del dictador de Conversación en La Catedral, tiene su propia voz.

En cuanto a estructura y tiempos, la novela engrana como un reloj suizo: a la perfección. Vargas Llosa es aquí más maestro que nunca en el uso de esos elementos. Son XXIV capítulos en los que se van alternando Urania, los conspiradores y el dictador; capítulos en los que la intriga se maneja a la perfección y que suelen terminar con algún acontecimiento o revelación capaz de cortar el aliento. Es realmente magnífico cómo Mario organiza y divide la historia, que se lee, si no de un tirón, sí muy rápido porque es prácticamente imposible parar.

Fiel a su estilo, el tiempo en esta novela no es nunca lineal sino que va pasando del presente al pasado y viceversa; son saltos más sutiles, que suceden con menos brusquedad que en otras novelas, y que están perfectamente enhebrados, que no quedan forzados ni desentonan. Vuelve nuevamente Vargas Llosa a hacer uso de ese narrador en segunda persona, especie de conciencia de los personajes, que ya es casi marca de fábrica y que queda muy bien.

Con respecto a la historia, no por muy lugar común será menos cierto decir que se trata de una radiografía del poder. Porque efectivamente. Aquí Vargas Llosa desnuda, devela y pone a la vista todas las estructuras, los actores y elementos en los que se sostuvo esa tiranía criminal. Pero más aún: la desnuda, la deja en evidencia, denuncia todo su horror, cómo reprimía, cómo mataba, cómo destruía, cómo sabía oler la debilidad moral de las personas y aprovecharse de ella, cómo penetró en la sociedad y logró ponerla de rodillas y humillarla, aterrorizarla, cómo se gestó un enfermizo culto a la personalidad del dictador, un hombre del que se decía que no sudaba ni dormía.

En general, el retrato psicológico de todos los personajes es fantástico, pero resalta sobre todo el de Trujillo: hombre despiadado y vanidoso, fuerte y severo, que se burlaba y despreciaba a sus colaboradores, con quienes jugaba y hacía experimentos sociales cual si fueran ratas de laboratorio, disciplinado como el que más, omnipresente. Y, claro, el de Urania Cabrales, sorpresa que Mario tiene preparada para las últimas páginas, que yo no pienso revelar, y con quien cierra, redondo, de manera perfecta, una obra maestra de la literatura.

 

La fiesta del chivo

Autor: Mario Vargas Llosa

Año: 2000

Páginas: 518

Calificación: 10/10

Dickinson, la excentricidad del genio

Vestida de blanco y encerrada en su habitación, Emily Dickinson (fallecida un día como hoy, pero en 1886) pasó los últimos 15 años de su vida enfocada en la producción de una obra que sólo fue reconocida póstumamente. De quien se convirtió en una de las poetisas más importantes de Estados Unidos se puede decir que su excentricidad fue tan grande como su legado. Después de tener una breve, pero rica educación inicial, Edward Dickinson, su padre, la incentivó a estudiar en una universidad –sólo para mujeres– en una época en donde el sexo femenino no tenía casi oportunidades, allí permaneció por un curso. Fue en ese momento, entre los 16 y 17 años, que Emily se dejó retratar por última vez. Más allá de quienes alegan que su reclusión en la casa paterna se debe a su temor obsesivo ante los espacios abiertos, Emily pasó siete años cuidando a su mamá antes de morir. Asimismo, pese a las oportunidades académicas que le brindó su padre, este le exigía cuidados preferenciales. Y es que se dice que Edward sólo comía el pan que amasaba su hija. Desde entonces y desde su habitación, germinarían ideas geniales que lograrían una obra bien acabada que se transformó en escuela de las próximas generaciones de poetas. Tal era su excentricidad que, cuando tenía visitas, hablaba siempre desde su dormitorio con la puerta cerrada. Gracias a la condición económica de su padre, quien logró ser diputado del Congreso en Washington, Emily no tuvo la necesidad de salir a buscar trabajo para sobrevivir, por lo que se dedicó a los cuidados de la casa y a la escritura exclusivamente para ella. Negada a publicar, pues pertenecía a esa corriente que no le gustaba divulgar nada de su trabajo, llegó a escribir 300 poemas al año. A lo largo de su vida alcanzó los 1.800 poemas que abordan la muerte y el amor como temas principales. Pese a su negación a ser pública, Emily Dickinson permanece, a 132 años de su muerte, viva en la historia de la poesía.

RESEÑA: Carta a un niño que nunca nació – Oriana Fallaci

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A uno le dicen Oriana Fallaci y lo primero que piensa es en la aguerrida periodista de preguntas largas y entrevistados imposibles. Sin embargo, la mítica periodista italiana también fue autora de otros libros que nada tenían que ver con el periodismo, como es el caso de Carta a un niño que no llegó a nacer, que más que un título lo que tiene es un titular en el que en pocas palabras ya queda todo resumido: una carta escrita por ella para un bebé que no nació. Fin del misterio.

Como suele suceder con las cartas, ésta también es dura, durísima, como un puño en el estómago. Nace de cuando a Fallacci, atea, feminista, mujer moderna e independiente, soltera, en el top de su carrera, le informan que se encuentra embarazada y ella comienza a escribirle a ese hipotético hijo:

“Anoche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Yo estaba con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y, de pronto, en esa oscuridad se encendió un relámpago de certeza: sí, ahí estabas. Existías. Fue como sentir en el pecho un disparo de fusil. Se me detuvo el corazón (…) Ahora me hallo aquí, encerrada bajo llave en un miedo que me empapa el rostro, los cabellos y los pensamientos. Y en este miedo me pierdo. Trata de comprender: no es miedo a los demás, que no me preocupan. No es miedo a Dios, en quien no creo, ni al dolor, que no temo. Es miedo a ti”.

Como se lee, más que pluma, lo que Falacci usa es un bisturí, de modo que el libro termina siendo una autopsia, una disección cruda y visceral. Es un libro más sentimental que racional, cosa que no deja de sorprender en una mujer a la que uno tiene por dura. Aquí, sin embargo, se nos muestra frágil y dubitativa, sobrepasada por un hecho, la maternidad, sobre el que ella tiene poco control, y que por el contrario la controla a ella, cosa que la mata. La vemos pasar de la alegría a la tristeza, de querer tenerlo a no, de tener la certeza de que toma la decisión correcta, a dudar de si estará bien o mal, de hacer una cosa y luego la contraria. Vemos a un ser humano en una genuina experiencia humana, contradiciéndose y pasando por los más variopintos sentimientos, que van desde la ternura hasta la impiedad, de la rabia al odio.

Los monólogos de Fallaci son sencillamente desgarradores. Están escritos con sangre. Independientemente de que uno esté o no de acuerdo con lo que ella dice, no puede dejar de celebrar la sinceridad que hay en ellos. Allí le escribe a su hijo sobre la vida, el amor, la libertad, el dolor. Le cuenta fábulas de su infancia. Trata de prevenirlo sobre cómo es el mundo al que viene. Da su visión del mismo. Se descubre. Y todo con una pluma tan afilada como una daga, que se clava en las vísceras del lector. Sí, eso es este libro: una puñalada.

FICHA

Título: Carta a un niño que nunca nació

Autor: Oriana Fallaci

Año: 1975

Páginas: 100

Calificación: 8 / 10

Así recordamos a José Ortega y Gasset

Al filósofo español con mayor notoriedad del siglo XX no sólo se le reconoce por ser un notable intelectual, sino que también se le aplaude su capacidad para comunicar un mensaje accesible para las masas. Y es que José Ortega y Gasset (nacido un día como hoy, pero en 1883) quiso –por encima de todas las cosas– que sus enseñanzas llegarán: “La claridad es la cortesía del filósofo”. En las aulas de Letras, Filosofía y Comunicación Social es imposible que este nombre pase desapercibido, pues de su pensamiento se desprende una corriente imprescindible para la academia. Ortega, quien estudió en España y Alemania, tomó aspectos del realismo clásico y del subjetivismo moderno para crear el raciovitalismo. De esta manera, integró razón y vida; es decir, el ser pensante y el mundo pensado. Pese a que son dos posiciones que se mantienen aisladas, para Ortega es distinto: la realidad primera es la coexistencia del yo y del mundo. Sumergido en la España del siglo XX, pero con la fortuna de haber vivido en Alemania, logró comprender el desfase cultural y científico de su país en comparación al resto de Europa, por lo que tuvo una notable vocación pedagógica. Para él, lo que tenía que tener España para mejorar (y seguramente toda Latinoamérica en la actualidad) era disciplina, un método y raciocinio. Intelectual multidisciplinario, se formó durante su juventud en ambientes en donde se respiraba mucha política y periodismo. El legado de Ortega y Gasset no se puede resumir a unos premios de periodismo que llevan su nombre, sino que su obra logró trascender hasta nuestros días.

El éxito a veces tarda en llegar

Forjador de la técnica del monólogo dramático, Robert Browning (nacido un día como hoy, pero en 1812) se convirtió en uno de los máximos exponentes de la poesía inglesa del siglo XIX. Estudioso por su cuenta y aprendiz de la vida, el poeta sólo recibió clases formales hasta los 14 años. Y es que su relación con la escolarización nunca llegó a buenos términos. No desaprovechó la condición socioeconómica de su padre (empleado de la banca bien remunerado) ni su obsesiva afición por coleccionar libros raros. Su progenitor le brindó un espacio en donde la literatura y las artes ocupaban una parte fundamental en el desarrollo intelectual de los hombres. Empeñado en escribir, decidió dedicarse a las letras. Su objetivo no era otro, sino que trascender gracias a piezas originales, ambiciosas y muy extensas, por lo que fue imán de críticas debido a que –parte de su obra– era difícil de entender. Nunca se desanimó y tendría un éxito tardío, pero eterno. Tras 30 años de trabajo obsesivo, Browning logró alcanzar la trascendía que buscaba gracias a The Ring and the Book. El extenso poema, basado en un asesinato en la Roma de 1960, estaba compuesto por 12 volúmenes que fueron publicados entre 1868 y 1869. Su mayor obra con la que consiguió no sólo riqueza, sino reconocimiento fue producto de la perseverancia que nunca lo abandonó. Con su estilo y sus formas, Browning logró formar parte de la historia de la poesía del siglo XIX: “Un momento de éxito compensa el fracaso de años”.

RESEÑA: Suave es la noche – Francis Scott Fitzgerald

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Es oro todo lo que brilla? ¿Es de verdad tan feliz esa fabulosa pareja, aplaudida y envidiada, que veranea en un balneario de Niza en los años de la entreguerra y que una incipiente actriz hollywoodense en ascenso contempla con admiración desde su tumbona? Con esa escena (la de la actriz llegando a la playa y contemplando a sus vecinos de hotel) arranca esta magnífica novela de Francis Scott Fitzgerald, que se adentra en la vida de una opulenta pareja de multimillonarios para mostrar todas sus grietas, pegos y remedos.

No se trata, cuidado, de una versión escrita de ‘Los ricos también lloran’, ni tampoco de una de esas obras comprometidas que nos muestran lo vacía que es la vida de los ricos para que nos sintamos bien siendo todos pobres. Nada de eso. Esto es literatura, y como tal se aleja de los estereotipos para adentrarse en la vida. Que sea una pareja de millonarios, que nos muestre parajes de clase alta, que se desenvuelva en esos ambientes, todo ello viene dado por quien lo escribe: un hombre que se caracterizó por narrar la vida desde allí.

‘Suave es la noche’, título que nace de unos versos del inglés John Keats, fue una novela que le costó sangre, sudor y lágrimas a Fitzgerald, que estuvo escribiendo, borrando, cambiando y reescribiendo durante 9 años, y que aún después de publicada restructuró completamente en futuras ediciones. Es un libro producto de los muy duros años que vivió cuando quedó en la ruina, su esposa Zelda hubo de ser internada en un psiquiátrico y él comenzó a coquetear con el alcohol. Todo ello está plasmado expresamente en la historia. Mucho de ello es la historia: la de una ruina, la de un fracaso.

En su arranque tenemos a esa pareja de millonarios norteamericanos que a los ojos ingenuos de una joven actriz lo tienen todo. No sólo a sus ojos, sino también a los de los otros veraneantes, que los idolatran y se sienten, casi, tocados por un ángel cuando los invitan a las fiestas que organizan. Es en una de esas fiestas cuando una invitada hace el descubrimiento de algo de lo que no nos enteraremos sino hasta varias páginas después, pero que es el primer indicio de que no todo marcha bien. La simpatía de Richard, el hombre de la pareja, que siempre sabe estar bien y hacer a todos sentir bien, es la que hará que el asunto no pase a mayores. El problema, sin embargo, es que esa simpatía, con el pasar de las páginas, se agota. Y era ella la que lo sostenía todo: desde el matrimonio hasta sus relaciones sociales, pasando, incluso, por su profesión. Y sin ella, todo se viene a pique.

¿Era genuina esa simpatía? ¿Era auténtico lo que hacía? ¿Había convicción en sus obras? ¿Qué lo movía? Esas son varias de las preguntas que surgen durante la lectura, toda vez que la intención de la novela estaría (en condicional, porque de esto nunca se puede estar seguro) en llevarnos (o llamarnos) a buscar lo auténtico, lo verdadero de la vida y no perdernos en ficciones de cartón piedra. “Hay mucho de su propia vida en este atormentado relato de la opulencia destructiva y del idealismo malogrado”, declaró sobre ‘Suave es la noche’ Zelda de Fitzgerald. Y habría que reordenar un poco la frase: el idealismo malogrado por la opulencia destructiva. En eso se podría resumir (y muy bien) este magnífico libro.

Suave es la noche

Autor: Francis Scott Fitzgerald

Fecha: 1933

Páginas: 526

Calificación: 7/10

RESEÑA: La vida invisible – Juan Manuel de Prada

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘La vida invisible’, de Juan Manuel de Prada, es un libro magnífico que puede (y debe) ser leído tanto por los que gustan de las buenas historias como por quien quiera darse un baño de buena prosa. Se trata de una novelaza (así, con superlativo peruano) que vale tanto por el fondo como por la forma, por lo que cuenta y por como lo cuenta, y que lo deja a uno con la misma sensación que se tiene al salir de cualquier catedral europea: la de que se estuvo, independientemente del estilo y de los gustos, ante algo grande.

La historia es la de un escritor, Alejandro Lozada, que en vísperas de su boda y apenas días después del 11-S viaja a Chicago a dictar una conferencia literaria. En el viaje conoce a dos personajes que terminarán por cambiarle completamente la vida: Elena, una joven con la que tiene una especie de affair no consumado y termina obsesionándose con él; y Chambers, un veterano de guerra que le proporciona las grabaciones de sus conversaciones con Fanny Riffel, una antigua estrella de revistas eróticas (pin-up-model) a la que un día encontró recluida en un ancianato, y cuya historia quiere que escriba. De regreso a Madrid, Lozada, que pretende que todo lo que pasó en Chicago quede sepultado, comienza a reconstruir y escribir la sórdida historia de Fanny Rimmel, a la par que empieza a sufrir los embates del acoso de Elena, lo que terminará, a él, que quería que todo quedara sepultado, obligándolo a dar un giro radical en su vida.

Es un resumen muy escueto para un libro muy grande en el que pasa mucho, muchísimo más. Y aunque aquí pudiera parecer que se trata de una novela policial o de misterio, hay que aclarar que ‘La vida invisible’ no tiene absolutamente nada de eso. Lo que De Prada hace a partir de esa historia es construir una novela que es atravesada transversalmente y en todas sus páginas por grandes temas como la expiación y la culpa, los secretos, y la locura. Es tremenda la aproximación que hace De Prada a ese mundo, el de la vida invisible.

Ahora bien, la forma del libro. En estructura es bastante simple: no hay narraciones simultáneas ni paralelas, tampoco saltos bruscos en el tiempo, o cambios intempestivos de narrador. Los narradores, además, están bastante bien definidos: en primera persona cuando él narra, en tercera cuando le pasa el testigo al otro. Pero la prosa de De Prada. Eso sí es otro tema. Eso sí es otra cosa. Es un libro con un lenguaje rico, suculento, culto. La cantidad de palabras y sobre todo de adjetivos es extraordinaria. Para ir anotando y aprendiendo. Es fantástico como para todo De Prada tiene una imagen, y buena, además, que es lo que más sorprende. Eso es digno de admirar, aplaudir y celebrar,  aunque puede suceder que haya partes en las que tanto adorno retórico se vuelva cansón. He allí su único defecto: que como las catedrales barrocas llega a abrumar y uno necesita respirar; aunque, como hemos aprendido tras ya tantos años de escasez, es mejor que sobre a que falte. Y a esta muy recomendable novela le sobra genio y prosa.

La vida invisible

Autor: Juan Manuel de Prada

Año: 2003

Páginas: 636

Calificación: 9/10