Empezamos

Cada vez que me monto en el Metro, me hago la misma pregunta: ¿quién fue el que se inventó eso de que Venezuela se está quedando vacía? El país vive una situación histórica de éxodo. Pero decir que las alrededor de tres millones de personas que han migrado equivalen a la mayor parte de la población es un acto de incompetencia matemática: aquí quedamos, al menos, 27 millones.

Cada vez que leo a algún incendiario en redes decir que los que seguimos en Venezuela lo hacemos por masoquismo, por estar dispuestos a morir a manos del régimen o por cualquier otra generalización, recuerdo a esos líderes comunitarios que me cuentan –sin drama, sin victimismo– que en muchos de los sectores populares hay un pensamiento que se impone a los demás: ¿cómo resolver las una o dos comidas a las que pueden aspirar por día?

Y recuerdo también que quienes en eso andan son un porcentaje, si no mayoritario, sí significativo.

El rompecabezas que construye al país está cubierto con un aceite tan imposible de precisar que todos los lugares comunes resbalan por él hasta hundirse en la fosa de las banalidades. Supongo que si nos ponemos místicos podemos imaginar que esta historia la ve desde arriba un narrador omnisciente que es el único que está al tanto de la diversidad de personajes que construyen su relato, además de observar con morboso detalle las consecuencias del aleteo de una mariposa en el oriente del país que luego desencadena un torbellino en la región central.

Para los demás, mortales condenados a narrar desde la posición de testigo, Venezuela es un cúmulo de experiencias que solo desde la introspección podemos capitalizar en herramientas o historias que nos ayuden a construir la mejor versión posible de nuestro futuro.

Me tocó nacer y crecer en un país en el que la mayor violencia, la más atroz tiranía, es la discursiva: la de personas que desde púlpitos en los que simulan poses de divos inaccesibles buscan imponer los parlamentos de un guion que no les pertenece a ellos, sino a los personas que le dan vida.

No pretendo, ni pretenderé, transmitir optimismo ni pesimismo, ni la sensación de que las líneas que salgan de mis dedos son verdades absolutas. Acaso lo único que puedo hacer es transmitir mi punto de vista, mi visión de los pedazos del rompecabezas que tengo la oportunidad de ver. Una visión que a veces se posa en el deterioro del Metro, pero también en ese amigo que vive de hacer lo que ama y gana suficiente dinero con honestidad como para pagarse unas merecidas vacaciones. Con esa actitud llego a Revista OJO, asumo el cargo de Editor en jefe y recojo el testigo que dejó mi querido y respetado Ezequiel Abdala. Más que lanzar sentencias inexorables, aspiro hacer lo que mejor se me da: narrar.

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que le quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”, escribió Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto.

Y mi actitud, hoy, es la de un director técnico al que las ganas de debutar con su nuevo equipo se le desbordan por la mirada.

Ya empezamos.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

 

 

El periodista se despide

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17 

Luego de quedar en la ruina y probar por un mes las delicias de ese viejo continente de donde le viene el segundo apellido, el periodista volvió a Venezuela a pesar de las múltiples presiones que ejercieron sobre él personas muy queridas para disuadirlo. Pero el periodista fue más periodista que nunca (entiéndase: insensato), desoyó las preocupadas advertencias y volvió. Siendo ya pobre y sin la holgura económica que le proporcionaba su otrora abultada cuenta corriente, el periodista tuvo que dejar su característica despreocupación por los asuntos económicos y comenzar a ocuparse de ellos en tiempos de hiperinflación, lo que significó vivir pendiente de quincenas, días de depósito, límites de tarjeta y pagos, todo ello para apena poder comprar los pocos productos que la fortuna le permitía encontrar a precio viejo en algún anaquel perdido.

Y mal que bien, el periodista aguantaba. Había renunciado a prácticamente todo lo que podía renunciar en lo económico, pero se encontraba al frente de una estimulante redacción de brillantes y muy proactivos (y productivos) estudiantes de periodismo, que con su entusiasmo, dedicación y empeño lo motivaban a seguir en la pelea. Y la siguió dando, a veces a extremos suicidas (que a fin de cuenta son los del periodismo), como cuando escribió una serie sobre los bolichicos de Derwick, esos que se robaron $2.000 millones vendiendo chatarra eléctrica como nueva. Allí se topó de frente con los largos y siempre asfixiantes tentáculos del dinero mal habido, sus poderosas conexiones y lo peligrosos que son en un país sin instituciones y con impunidad. Pero ahí seguía y ahí siguió, hasta que ya no pudo más. La hiperinflación revolucionaria lo derrotó. Y cuando tras dos experiencias familiares complicadas, con médicos, clínicas, montos impagables y deudas asfixiantes de por medio, se dio cuenta no tanto de lo precaria de su situación -que ya lo sabía- sino de lo vulnerable, de lo peligrosamente vulnerable que era, tuvo que ser responsable y tomar la decisión, por él y los suyos, de irse de Venezuela. Y como ha tenido que hacerlo, le ha tocado ponerse memorioso para dejar constancia de la breve y feliz historia de un medio muy sui generis, que en una de las épocas más duras -si no la más- ha hecho, a su discreta y particular manera, lo que otros, más grandes y con mucha más trayectoria y recursos, se negaron a hacer: informar.

¿Por que tuvo Revista OJO, aquella deliciosa revista cultural y universitaria tan bien dirigida por el brillante Jesús Torrivilla, que convertirse en un medio digital e informativo? El periodista, que fue a quien le tocó sacar las dos últimas ediciones impresas y luego hacer la transición a lo digital y estar al frente de ella por casi cuatro años, lo puede decir con propiedad: por compromiso. Cierto que el papel glasé se había acabado en Venezuela, que la imprenta había pasado semanas parada por falta de repuestos y que los costos se hicieron impagables. Pero ello sólo habría obligado a un cambio de formato y nada más. Sin embargo, lo hubo también de contenido. Y ello se debió a la improbable y afortunada coincidencia de unos directivos comprometidos con Venezuela, y de un periodista que quería, y no es perogrullada visto lo que hacen otros ‘colegas’, hacer periodismo.

Esa, no se le olvidará nunca al periodista, fue la respuesta de Verónica Ruiz del Vizo en una reunión editorial que apuntaba a ser de liquidación y despedida -se había acabado el papel y la revista no saldría más, nos informaba-, y que terminó por ser de resurrección y bienvenida. “¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Periodismo!”, monologó la fundadora, para luego, siempre pionera, decir que tendríamos como caballito de batalla Instagram -en ese momento una red social de fotos que parecía hecha para todo menos para informar con texto-, darnos ella un hashtag de su cosecha -#JóvenesInformados- y toda la libertad del mundo para hacer el periodismo que quisiéramos, que terminó siendo uno combativo, independiente, irreverente, faltón, retador, a veces escandaloso y otras tantas radical pero siempre contrastado y sobre todo bien escrito, como tenía que ser (no había de otra) el medio dirigido por el periodista, que se había pasado el bachillerato diagramando tabloides en la última página de sus cuadernos y la universidad leyendo clásicos en la biblioteca, que en los viajes compraba (y disfrutaba) tanto ‘The New Yorker‘ como ‘The New York Post‘, y que ahora tenía un cuadrado en blanco en una red social para hacer las portadas de tabloide que siempre había querido y 1.500 caracteres (hoy son ya 2.200) para escribir los textos que tenía en deuda tras tanto leer.

Como lo son siempre los años de fundación, aquellos primeros de Revista OJO en digital fueron preciosos, o así los recuerda el periodista. Todo tuvo que iniciar de cero. No había nada hecho y todo se podía inventar. Ensayo y error mediante, recuerda el periodista, fueron dando con lo importante: los horarios, la diagramación, los temas y las secciones. Todo sometido al juicio implacable de los likes, pero, sobre todo, al de los comentarios, tan o más efectivos que los viejos termómetros de mercurio. Y así, poco a poco, se fue creando alrededor de Revista OJO una comunidad de lectores, pequeña pero alturada, más de argumentos que de insultos, que acabó por darle ese toque genuino, de special one, que es el que finalmente la ha caracterizado. Y ya una vez hecho todo, habiendo descubierto (que no inventado) el agua tibia, lo que quedó fue seguir informando. En Venezuela se hizo silencio, pero Revista OJO habló. Los medios o desaparecieron o se moderaron (esa forma de desaparecer aún estando), voltearon para otro lado, pero el pequeño OJO siguió aguzado, viendo, contando e informando. En los años más duros, y de eso puede gloriarse el periodista, en Revista OJO se escribió tanto de lo que se podía como de lo que no, porque el criterio, traducido a pregunta, nunca fue ¿podemos escribir de…?, sino ¿tenemos que escribir de…? Y con esa sola pregunta, el periodista y sus compañeros informaron, no sin miedo algunas veces (porque lo hubo), de narcotráfico y bolichicos, de ladrones de cuello rojo, blanco y hasta amarillo, de clanes y carteles, de testaferros y sancionados, de Diosdado y de Maduro, y de todo lo que quisieron y consideraron importante, sin olvidarse nunca de la cultura, que fue (y es) otra forma de resistir. Durante casi cuatro años, todos los domingos el periodista firmó una reseña de libros, y entre semana, junto con sus compañeros, cientos de breves reseñas biográficas de hombres notables; hasta una serie sobre los Premios Nobel Latinoamericanos se hizo, sin olvidar los muy populares y demandados tips de gramáticas de #HayQueSaber, luego convertidos en taller universitario. La apuesta era clara: inspirar, elevar y enriquecer a unos lectores a los que la revolución quería ignorantes.

Y cuando en abril de 2017 la calle se encendió y hubo que volver a preguntarse qué hacer, la respuesta no varió: periodismo. Y periodismo implicó dejar la oficina y salir a cubrir las marchas. El periodista, entonces, pasó de editor con aire acondicionado a reportero de guerra con chaleco antibalas, máscara antigas y casco blindado. Fueron tres meses duros (durísimos), de violencia, barbarie y sangre, de represión desmedida, de una agresión física, y de mucho horror. Pero ahí estuvo el periodista, en la línea de fuego, escribiendo para Revista OJO, haciendo crónica y dejando para la posteridad el relato en prosa de lo que era estar allí, lo que se sentía, lo que se veía, lo que se vivía. Y no sólo escribiendo, también reportando. Porque estar a la altura implicó, en días cuando la televisión y la radio no dijeron nada, aprovechar las ventajas de la tecnología (e invertir en internet portátil) para hacer transmisiones en directo vía Instagram Live y ser un OJO más a través del cual Venezuela y el mundo pudieran ver. Eso fue puro periodismo y compromiso, las dos palabras que marcaron y siguieron marcando Revista OJO. Porque cuando la represión y el desencanto sofocaron la calle, el periodista y su equipo siguieron en combate. A la constituyente la llamaron fraudulenta y desde entonces una (f) ha antecedido (norma de estilo) a sus funcionarios y cargos; de frente y en voz alta hicieron (y trataron de responder por dos semanas) una pregunta peligrosa y subversiva pero necesaria: ¿por qué no cayó?; a los presos políticos les dedicaron una larga serie para visibilizar sus casos; en las presidenciales, a pesar de las amenazas de Tibisay, llamaron a la abstención, y siguieron, para resumir, siendo puro periodismo y compromiso.

¿Hubo en Venezuela otro periodista, no propietario de medio, tan libre como él? El periodista no lo sabe, pero quisiera pensar que sí. Quisiera pensar que otros colegas suyos también disfrutaron del alivio que da no tener compromisos ni deudas con nadie, escribir sin presión, titular sin coacción, elegir tema y jerarquizar sin agenda, y publicar sin tener que pedirle permiso a nadie más que a la conciencia y a los principios. Que ese, en muy resumidas cuentas, fue su improbable día a día en Revista OJO por casi cuatro años, y por el cual no puede hacer otra cosa, habiendo ya llegado el final de su tiempo al frente, sino agradecer de corazón a todos aquellos que lo hicieron posible: empezando por los directivos, VRdV y OS, que dejaron el medio en sus manos y le dieron libertad total para hacer con él lo que quisiera; continuando por sus muchos y muy talentosos (y queridos) compañeros, cómplices con él en esa aventura arriesgada e insensata; y terminando por los lectores, que con su fidelidad, sus siempre cariñosos elogios, sus oportunas y necesarias críticas, y sus muy alturados comentarios, hicieron posible el sueño de un periodista que quiso ser libre (y hacer periodismo libre) en tiempos de dictadura…y lo consiguió en un medio llamado, honra y loor por siempre, Revista OJO.