Murió Philip Roth, el gigante de la literatura norteamericana

 Si en el Nobel hubiera justicia, estas letras comenzarían diciendo que ha muerto un merecido ganador del premio. Como no la hay, al talentoso Phillip Roth habrá que despacharlo, simplemente, con la etiqueta de eterno candidato, que no lo demerita ni le quita un ápice de altura a su grandeza y genio. Para escribirlo rápido y pronto: ese escritor que anoche falleció de una insuficiencia cardíaca era ‘el gigante’ o ‘el último gigante’ de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX; un hombre que fue calificado como el novelista más dotado de su generación, y cuyo apellido no sólo no desentona sino que merece estar, con toda justicia, al lado de los de Dos Passos, Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner o Bellow. Nacido en New Jersey en 1933, hijo de un matrimonio de emigrantes judíos de Europa del Este, Roth fue un hombre que vivió enteramente de la literatura: primero como profesor universitario y luego como escritor. De prosa sobria y elegante, poco dado al retuécano y a los giros retóricos, irónico cuando hacía falta, implacable todo el tiempo, Roth publicó en total 31 obras, la mayoría de ellas novelas, que fueron las que le dieron fama y premios: desde el Púlitzer hasta el National Book Award, pasando por el Príncipe de Asturias, sólo la Academia Sueca se resistió a su talento. Sus temas, lo resumió muy bien hoy ‘The New Yorker’ (donde publicó por primera vez y colaboró hasta el final), eran la familia judía, el sexo, los ideales americanos, la traición de los ideales americanos, el fanatismo político y la identidad persona. Pocos escritores como él para entender el alma norteamericana, que expuso, diseccionó y juzgó con ojos implacables. En 2012, en un acto de inusual lucidez, se retiró de la escritura: “[tuve] la fuerte sospecha de que había dado lo mejor de mi trabajo, y que cualquier otra cosa sería inferior (…) Todo talento tiene sus condiciones; su naturaleza, su finalidad, su fuerza; también su plazo, su ejercicio, su tiempo de vida. No todo el mundo puede ser productivo para siempre”, explicó, para luego hacer el balance de su obra y, quizás sin saberlo, su mejor epitafio: “Hice lo mejor que pude con lo que tenía”.

Murió Tom Wolfe, padre del nuevo periodismo.

Aparecía siempre vestido de traje blanco, lo conocían como el Balzac de Park Avenue, rechazó una oferta para estudiar en Princeton cuando joven, quiso ser beisbolista y no pudo, fue uno de los padres del nuevo periodismo, y esta mañana murió. Hablamos de Tom Wolfe (no confundir con Thomas Wolfe, que también era gringo pero mucho más viejo), uno de los mejores periodistas y escritores de los últimos tiempos. Nacido en 1931 en un hogar de Virginia conformado por un agrónomo y una diseñadora, Wolfe estudió literatura y periodismo en la Universidad de Washington and Lee luego de rechazar la oferta (darse ese lujo) de ingresar a Princeton. Una vez graduado intentó ser pelotero profesional, pero el béisbol le dijo en el terreno de juego que no tenía condiciones. Entonces se dedicó a escribir…pero a su estilo. En una época de redacciones planas, dominadas por la pirámide invertida y sus cinco preguntas (qué, cuándo, dónde, quién y por qué), Wolfe fue uno de los primeros que se decantó por un estilo más literario y personal, que posteriormente sería conocido como “Nuevo Periodismo”, al que le dedicó un libro y del que se le consideró uno de los pioneros. ‘The Washington Post’, ‘Esquire’ y ‘The New York Herald Tribune’ fueron alguno de los diarios que tuvieron su firma, aunque el grueso de su obra periodística está en formato libro y consta de grandes reportajes y crónicas en los que retrata a la gente de su tiempo. Ese mismo afán lo trasladó a la literatura, campo en el que también incursionó con éxito, destacándose como un escritor realista y uno de los mejores taxidermistas (por aquello de diseccionar y congelar) de la sociedad contemporánea. ‘La hoguera de las vanidades’ fue su opus magnan, una obra inolvidable cuya reseña puedes leer aquí:

https://www.revistaojo.com/2016/09/11/la-hoguera-de-las-vanidades-tom-wolfe/

Pompeyo Márquez | Santos Yorme

Cuenta la leyenda que fue una de las grandes obsesiones (y frustraciones) de Pedro Estrada, aquel policía elegante y cruel, implacable y frío, cuyo nombre estremecía de miedo a Venezuela. Dicen que hasta el último día que estuvo al frente de la Seguridad Nacional, Estrada se devanó los sesos intentando dar con aquel misterioso personaje que apodaban Santos Yorme, responsable de que se siguieran editando, publicando y repartiendo los órganos informativos del Partido Comunista. Y aunque Don Pedro decomisó imprentas y multígrafos, infiltró agentes en reuniones, allanó ‘conchas’, repartió sobornos, ofreció recompensas, y secuestró y torturó a compañeros suyos, aunque hizo todo lo que tuvo a su alcance para capturarlo, nunca pudo dar con él. Siempre, en alguna esquina, en alguna plaza del centro, en cualquier lugar de Caracas, aparecía, para su desgracia, algún ejemplar de ‘Tribuna Popular’ que le recordaba que por ahí había un hombre obstinado, que no se arredraba, y que en las condiciones más precarias escribía y publicaba contra la dictadura. Ese hombre, que en realidad se llamaba Pompeyo Márquez, murió en la madrugada de hoy a los 95 años. Y lo hizo, tal y como vivió siempre: con las botas puestas. Primero comunista, después guerrillero, luego socialista y finalmente socialdemócrata, fue, por encima de todo, un hombre que se jugó la vida por sus ideas, y eso es siempre digno de admirar. Fue, también, un tenaz articulista, que se valió de la palabra escrita para exponer sus días. “La lucha unida –escribió en su última columna, publicada hace tres días en ‘Tal Cual’– dirigida por un valiente equipo fogueado en la lucha es lo único que puede poner fin a la dictadura militar. El pueblo venezolano ha dado pruebas de su coraje y de su amor a la libertad, y estos dos valores servirán de escudo para derrocar a la minúscula cúpula que hoy asesina, tortura y desprecia el voto, en una hora tan menguada como nos ha tocado vivir. Hay que insuflar confianza en la fuerza de un pueblo unido para conquistar la democracia y la libertad”. Y así será, guerrero. Descansa en paz.