De los Dioses del balón a los grandes obreros del siglo XXI

Todos vimos lo que ocurrió sobre la estepa rusa durante el tiempo que duró el mundial de fútbol. Semana a semana quisimos comprender el tenor de estos duelos futbolísticos y muy pronto nos dimos cuenta de que la matemática, la fría estadística y el montón de datos que hoy se generan a partir del juego, de la pura actividad física de los cuerpos, de los perfiles y del historial de las escuadras, no bastan por sí solos para sintetizar lo que estaba ocurriendo sobre el césped de la tierra de Putin y del hombre post-soviético.

Tal como viene ocurriendo cada cuatro años con la organización de los Mundiales, el complicado entramado que produce una pelota y veintidós hombres corriendo tras de ella, escapa completamente a lo fáctico y se transusbstancia en un imaginario que se desborda y no admite que se le circunscriba al exclusivo territorio de lo deportivo. Un partido es siempre más que un partido. Un jugador es mucho más que su fama inmediata, puesto que entran en juego complicadas operaciones de diferenciación y comparación que hacen del fútbol una verdadera gramática de lo universal, en el que las pasiones, las idiosincrasias, la política, la ideología, la literatura o el arte se reordenan de acuerdo a una lógica planetaria y espectacular del partido de turno.

¿Cómo es esto posible? ¿Por qué un partido termina siendo juzgado en los mismos términos heroicos del David contra el Goliat, entre la potencia y la colonia, entre la Europa aria y la de los inmigrantes, entre las invasiones napoleónicas o del poder nazi y las consecuentes derrotas imperiales sobre la estepa? ¿Por qué un duelo latinoamericano con una nación europea abre todos los torrentes para pensar la historia del capitalismo y la dominación de los imperios de turno a lo largo de la modernidad? ¿Por qué en un mundial siempre se activa el discurso de lo patriótico, el de la dignidad de los pequeños y hasta la idea de hacerse respetar como no se puede hacer respetar a una nación pequeña, endeudada o débil en una mesa de negociación política o económica?

Más allá de que el fútbol sea un deporte de los vivos y por tanto su juego se preste a las imágenes o metáforas  más vitales, sigo pensando que este “espesor” con que nos involucramos en un Mundial, con todo un arsenal de hipótesis, referencias históricas y literarias, se ha venido acentuando a medida que la sociedad líquida, donde lo evanescente toma primacía, logra imponerse de manera incontestable. Ya lo decía Monsiváis en los años 90: la patria dura 90 minutos, el Estado-nación es un partido de la selección nacional, todo lo demás forma parte del espectáculo.

El fútbol, en el contexto líquido de nuestra civilización, ha venido adquiriendo una lógica de museo, donde importan de manera relevante sus archivos,  por la originalidad o por el contexto específico donde se les puede articular. A partir del fútbol, o gracias a él, se establece un discurso de la inmortalidad, puesto que posee todos los elementos para que se elabore una narración que enlaza pasado y futuro, orígenes y destino a partir de las hazañas de una selección nacional y de sus jugadores. Al punto de que una selección, en el contexto de un mundial, es mirada, evaluada y juzgada como una intervención estética que remite a varios tiempos, como un performance o instalación donde pasado, presente y futuro acaecen en 90 minutos.

¿Cuál es la imagen de Rusia 2018?

Durante cuatro semanas asistimos a un torneo épico sobre la estepa y buscamos figuras e imágenes que pudiera describir cómo fracasaban uno a uno los grandes favoritos (Alemania, España, Argentina, Brasil, Uruguay, los “dueños y señores” de los grandes archivos del museo futbolístico). Pasamos de Tolstoi a Dostoievski para entender que las derrotas no sólo ocurren sobre el espacio de la estepa sino que también tienen resonancias en la mente, donde hay crímenes de los que nunca logramos reponernos, por culpa o por castigo. Quizá la solución rusa no esté en esa alma dostoievskiana ni en el absurdo de una derrota imprevista, como si se tratara de un cuento cómico de Gogol o de Bulgakov. Según Dostoievski, el alma rusa siempre desafina, tarde o temprano se excede, no se acopla, es carnavalesca por sus diversos atuendos, sufre de agorafobia y por eso mira lo de afuera con fascinación para después expulsarlo en forma de crimen. De allí que el Mundial haya oscilado entre la épica fallida de los grandes, el crimen de los pequeños y lo cómico de una final con faltas inexistentes, errores de arquero y goles imprevistos en los primeros treinta minutos.

La solución rusa, la que al final se impuso en este Mundial, hay que buscarla no en la literatura sino en el arte y sus vanguardias. Después de tantos partidos, la materia informe con la que se inicia un Mundial se termina reduciendo a su expresión mínima y definitiva. Esta es propiamente la solución rusa, una versión suprematista de Kazimir Malevich que materializa las pasiones humanas, los tiempos y la historia en una imagen única y eterna. Las vanguardias artísticas pensaron un arte que nunca desaparecería, un arte que tenía por hábitat el futuro, lo que nadie podía ver, salvo el artista.

Malevich, puede decirse en este caso, miraba ya en 1913 una final de fútbol entre Francia y Croacia que se realizaría en el futuro, un domingo de julio de 2018, sobre el geométrico césped de un estadio en Moscú. Malevich, en ese sentido, mira que lo verdaderamente eterno del fútbol y de la vida es que haya una diferencia definitiva, la que se establece entre un ganador y un perdedor, no importa cuál. Malevich, en su Cuadrado negro sobre fondo blanco (1913), representa el valor mismo del archivo, el triunfo de una forma o del marco que la diferencia o la separa definitivamente de lo profano y de lo mortal, de la corrupción del instante.

Malevich no sabía en realidad la menudencia del caso que pintaba en 1913, la crónica de color en la que una selección de hijos franceses de la migración logra ganar en 2018 un campeonato Mundial. Pero en cambio describió perfectamente el mecanismo de lo que queda protegido, en nombre del ganador, en un archivo futbolístico. Lo demás se corrompe en el tiempo y pasa al olvido, tal como ocurre con esos juegos inexplicables que definen el tercer y cuarto puesto de un Mundial. Esa mirada de Malevich, la que describe con su arte lo que sobrevivirá al tiempo, es lo que diferencia a todo artista del profeta.

Maradona versus Messi, lo eterno y lo ligero

Si puede materializarse esta idea del archivo de larga duración y de lo efímero en el fútbol, quizá debamos recurrir a la áspera comparación entre Maradona y Messi. La gente tiene más de veinte o treinta años puteando a Maradona por periquero, por fidelista, por chavista, por violencia doméstica, por alcohólico, por marginal orillero, por mafioso, por vividor, por impresentable y el tipo sigue allí como si nada, siendo la referencia única del fútbol argentino en los Mundiales.

Maradona es el ejemplo perfecto de alguien que se ha asegurado un puesto estable en la historia de los archivos. Eso lo hace no-biodegradable, tiene un cortafuegos que lo inmuniza completamente de sus propios excesos y de las críticas que, de paso, lo dejan más vivo que muerto en las redes sociales. Sobrevive a todo, Maradona, como las cucarachas que, se dice, son capaces de superar una desértica era post-nuclear.

El tema es que Messi es el consentido del fútbol actual, la estrella que durante años lo ha logrado todo en el contexto de los torneos de clubes. Pero Messi tiene un problema definitivo: no podrá entrar como figura original en los archivos de la selección argentina. Y pensar que Messi era el único mortal que podía disputarle –de hacerse Argentina campeona del mundo– el puesto que tiene Maradona en la exclusiva zona de la inmortalidad.

Si Messi lo lograba, para bien de la salud mental del pueblo argentino, el arquetipo mítico del sur estaría bastante completo: la figura dionisíaca encarnada en Diego y el apolineo casi autista que materializa Messi. Si lo lograba, las pasiones se repartirán de aquí en adelante en un sano equilibrio cósmico: inspiración o disciplina; carisma o vida interior; maníaco-depresivo o autista. Instinto o matemática. Pero no pudo ser. Esto augura próximos Mundiales con un Maradona a sus anchas, en plan de inmortal indiscutible. Ya seguiremos viéndolo meterse todo el vodka del estadio en la grada y después aparecerá inmortalizado en las redes sociales como un Dios ebrio que abraza el sol que hace triunfar a la Argentina del futuro.

¿Messi está condenado al olvido?  Quizá no. Cabe que ese autismo de Messi se deba, precisamente, a una protesta, a una especie de renuncia, de indisposición silenciosa a no querer trasladarse al mundo heroico de los “eternos” que soportan todo, incluso la más patética de las decadencias. A Messi quizá no le alance la condición de superhombre para disputarle un puesto a Maradona en el Olimpo solitario del que lo ganó todo con la selección nacional. Pero quizá fraguó en el largo ciclo con la Albiceleste su propio archivo de larga duración: el Dios que renuncia a ser dios, un incomprendido que no cabe en la escala mortal del Estado nación. Quizá por esa vía, Messi aún tenga vida después de la vida. Un Dios más cruel, si se quiere, que recuerda que intentes lo que intentes nunca dejarás de ser más que un pobre mortal.

El Dios del mercado y los otros divinos

Después que desapareció el maná argentino del Mundial, con la derrota ante Francia, vale la pena insistir en la dimensión de inmortalidad (o larga duración) que tienen algunas figuras del fútbol. Pelé, por ejemplo, es como el Dios de la magia buena, de sus botas brota lo inverosímil como los magos cuando se sacan conejos del sombrero, es el Dios que hace todo fácil y de su leyenda viene esta idea del “jogo bonito” brasileño. Maradona, sabemos, es todo lo contrario, un Dios heroico, de los que se monta al mundo entre los hombros y cuando conecta no hay mortal en pie (ni potencia futbolística) que se le resista.

Pienso también en arquetipos comparables a Maradona, por el espesor heroico que poseen y trascienden, por tanto, el sentido de lo futbolístico. Pienso en Zidane, por ejemplo, el francés de padres franco-argelinos que con alguna traza de ese Otro de las colonias absorbidas o recicladas (berbero), capitalizó con su talento e inteligencia las potencialidades de toda una generación y llevó a la Francia multicutural hasta el campeonato del mundo en 1998. Logro inédito el de Zidane, que no alcanzó Platini, otro francés no tan francés, de origen italiano, que también tuvo un exquisito trato con el balón.

Zidane muestra rasgos de ser de una estirpe distinta a dioses como Pelé o Maradona. Tuvo la osadía de renunciar al tesoro de su propio archivo, archivo único como el de Maradona, y ha reescrito su nombre en los últimos años no como el inmenso jugador que fue sino como el técnico más exitoso que hay en la actualidad, con tres Champions ganadas al hilo.

Maradona también lo intentó, como Zidane (de hecho fue director de la albiceleste en el Mundial de Alemania 2006), pero su fracaso circular y permanente le ha dado paradójicamente otro poder y también una estética, que sirve o alimenta ese extraño maná museístico que nos remite a sentimientos y emociones profundas y arraigadas, casi tribales, del siempre derrotado pero predispuesto a los milagros y a los golpes iluminados de timón.

El “Dios Zidane” parece estar hecho de otra materia. Es el Dios que describiría el coreano-alemán, Chul Han, como el perteneciente a la sociedad del rendimiento. El que se explota a sí mismo con tal de no perder su sitio en el presente. El Dios de lo actual, donde el aura de la versión original (e histórica) se disemina con las tácticas, las versiones y el performance del último éxito, el más reciente. Zidane es el Dios de la movilización permanente de cualidades, del flujo incesante de energía y de los esfuerzos más allá de los límites.

Si hablamos de la autofagia como el acto más radical de todos, Zidane representa quizá al Dios maldito capaz de devorarse o de vaciarse a sí mismo, con tal de que no se consuma su imagen sonriente, del que nada lo atraganta ni nada lo aparta del sentimiento presente de la multitud.

Zidane es el Dios que ha sabido movilizar y gestionar su propio exceso (su dimensión de inmortalidad atada a un hecho exclusivo), por eso es contemporáneo al mercado y sus ofertas, contemporáneo a la fama y al éxito más reciente, el de última hora. El Dios que apuesta y todo le sale bien.

Los obreros calificados y el nuevo protagonismo

La única manera de entender por qué a los dioses del fútbol ya no les basta el archivo museístico para vivir la inmortalidad, puesto que quieren eternizarse en el presente, al estilo Zidane, es aproximarnos al tipo de jugador que hoy captura la atención por ser la pieza más funcional y talentosa de un esquema de juego casi marcial donde triunfa lo colectivo sobre lo individual.

Este Mundial no fue precisamente de goleadores brillantes sino de grandes trabajadores. Volvimos a la era industrial. Eso sí, se trata de una mano de obra sumamente calificada. Hablan con soltura varias lenguas, la de la defensa, la del medio campo y la del ataque. Aprenden, además, muy rápidamente la lengua del contrario. Tienen una conciencia del espacio que los acerca a los mejores geógrafos. Se paran tan bien, y con ellos todo el equipo, que casi nunca un mueble queda fuera de lugar, por tanto son grandes diseñadores de interiores y como de ellos depende toda la estructura, son también los auténticos arquitectos de la obra.

Los grandes trabajadores de este Mundial demostraron tener un conocimiento muy avanzado en artillería militar, poseen técnicas de aviación y cuando les toca bajar, no se acomplejan y regresan a la vida de los humildes albañileros. Lo más inquietante de este perfil laboral es que hacen de la pelota un poema, un pase que nace de sus pies en un momento dado no sólo cambia un resultado matemático sino que reordena las pasiones universales, sin distingo de raza, de género o de clase social.

Están mentalmente preparados para escribir un microcuento con eficacia letal, que noquea rápidamente al contrario, pero a su vez tienen la convicción suficiente para montarse un partido difícil sobre los hombros y tejer una novela complejísima con muchas voces y de varios géneros. ¿Lo mejor de todo? No son robots. Un argumento más para seguir confiando en la humanidad y sus facultades. Este fue el Mundial de los grandes obreros calificados: Modric, quien se llevó el trofeo; De Bruyne, el belga; o Pogba, el negro francés más invisible que tuvo Deschamps en el esquema de ataque de los campeones mundiales 2018.

A fin de cuentas, esta también podría ser la historia de este Mundial: cómo pasamos de los antiguos Dioses a los grandes trabajadores del siglo XXI.

Una revolución secular viene ocurriendo en el fútbol. Y es una ironía que la hayamos visto florecer en la Rusia de Putin y del hombre post-soviético.

 

Por Héctor Bujanda | @bujandah

Champion du monde

 Mientras Paul Pogba alzaba la copa junto a una imagen de su padre fallecido el año pasado, y N’zonzi le acercaba el trofeo al apenado Kanté, quien no sabía cómo pedírselo a sus compañeros para sacarse una foto, en París la locura de desató. Un campeonato del mundo es el escenario ideal para subirse a un poste sin que te tilden de degenerado, también para que el peligro de andar encima de un capo de un carro en movimiento quede en segundo plano. Y es que mientras gritas: ¡Champions du monde!, y caminas hacia la avenida del Campo de los Elíseos, el juicio se puede perder. Francia alcanzó su segunda Copa del Mundo en Rusia no siendo el equipo más atractivo, pero sí el que utilizó todo su talento con una dirección orquestada bajo el compás de la lógica, pues fue el equipo más equilibrado del torneo y el que se impuso a los rivales en cada situación de juego. Francia no fue la selección más carismática, porque ahí Croacia ganó por goleada: en el fútbol, como en la vida, no se puede ser monedita de oro. Al Mundial de Rusia ‘Les Bleus’ no arribó como el máximo favorito, porque ese lastre lo tenían Alemania y Brasil, pero si con un “cuidado con Francia”, ese que asoma un peligro silencioso. La selección francesa fue subcampeona de Europa en 2016 y perdió en el Mundial de Brasil ante la eventual campeona del torneo, por lo que no era paracaidista ni tampoco sorpresa, como sí se podía catalogar a Croacia. La segunda estrella bordada en la camiseta gala recuerda al mundo que las selecciones nacionales integran en un mismo equipo la diversidad de un país. Al igual que hace 20 años, en 1998, la Francia de árabes-blancos-negros volvió a conquistar el trofeo: 14 futbolistas de raíces en otro continente conforman el equipo nacional de un país que salió favorecido en la repartición de África en 1884.

No es mundial de quinielas

No es Mundial de quinielas, tampoco de pulpos pronosticadores, la Copa del Mundo Rusia 2018 emociona por lo sorprendente, lo inesperado. Y es que si el fútbol de clubes fuera como el de selecciones, la élite dominante fuese inalcanzable para la clase media; sin embargo, los juegos de selecciones son otro asunto. Cuando el patriotismo se acrecienta exponencialmente, el país con una de las mayores tasas de asesinatos de periodistas (México) vence a la nación del orden (Alemania). La consecución del éxito promueve el análisis de quienes lo anhelan. De esa manera, se enaltecen todas las prácticas del vencedor: los “10 tips para (…)” y artículos ‘how to’ abundan en la web. Que Alemania haya permitido a sus jugadores tardes libres que incluyeron golf, piscina, sol e incluso excursiones a tribus del Amazonas en Brasil fueron –según exitistas– las claves para el título en 2014. Asimismo, –y de acuerdo a la  recopilación del periodista Ezequiel Fernandez Moores– la selección holandesa que alcanzó dos finales del mundo en la década de 1970 permitió que los jugadores estuvieran acompañados por sus parejas en las concentraciones. En ese orden, también se aplaude (o aplauden) la decisión de futbolistas argentinos que ganaron el Mundial en 1986, quienes tenían reuniones del plante sin incluir al técnico, pues dentro del equipo había quienes tenían diferencias con el entrenador Carlos Bilardo. A final de Rusia, y pese a que la sobriedad venza a la sorpresa, el trabajo de desmenuzar las proezas deportivas ya inició. Nadie se podrá jactarse de decir que la actual campeona iba a quedar eliminada, o que España le costaría tanto avanzar de grupo ni que Argentina estuviese a cuatro minutos de estar eliminada. Mundial de sorpresas que (re)afirman al fútbol como un deporte movilizador de masas inigualable.

La agonía de ganar

Jugar a ganador nunca tuvo tanto sentido como apostarle a Brasil durante las copas del mundo. Cada cuatro años la ilusión se renueva con el 10 de turno que hará los regates que generaciones después reproducirán en YouTube. En la memoria colectiva el carnaval de Río de Janeiro es tan alegre como el juego de la selección canarinha; sin embargo, pese a que el ‘jogo bonito’ se implantó oficialmente desde 1970 cuando Brasil jugó con cinco números 10; es decir, con cinco genios del balompié capaces de hacer arte con un balón, han existido equipos brasileros que preponderan el juego efectivo sin tanto lujo, como cuando ganaron en 1994 o como cuando dirigió el técnico Dunga durante 2010. Las dos grandes decepciones brasileras en su evento, pues son los reyes con cinco copas, ocurrieron paradójicamente en su casa, cuando fueron anfitriones, en el estadio Maracaná y el Mineirao (Belo Horizonte). Y es que allí, ante su público, sufrieron derrotas que quedaron marcadas en el ADN brasilero (1-2 en una final y 1-7 en una semifinal). Las cinco estrella bordadas en su camisa generan una presión inconmensurable en los futbolistas que tienen como ídolos a Pelé, Zico, Garrincha, Bebeto, Romario, Rivaldo, Ronaldo Nazario, Ronaldinho, entre otros. El descalabro del 2014 pareció haberse disipado gracias a la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río en 2016 y el gran premundial rumbo a Rusia, en el que Brasil demostró una sobriedad y superioridad notables. Neymar es la superestrella y el líder que debe cargar en su espalda la ilusión de todo un país. Desde que era un adolescente, y jugaba en el Santos, la prensa lo distinguió de los demás habilidosos. Pero en Brasil muchos son llamados los elegidos que quedan en el camino. La historia de Ney sería distinta porque ha sido de capaz de atender a las exigencias, a triunfar en su país y dar el salto a Europa. Rusia debería ser su Mundial, todos lo esperan, él lo sabe. Es por ello que apenas marcó un gol en el agregado ante Costa Rica, el elegido lloró, lloró de felicidad, por la agonía de ganar.

La deuda del creador

Si bien los guaraníes tienen el aval de haber jugado una actividad muy parecida al fútbol moderno hace tres siglos, son los ingleses que reglamentaron el juego tal y como lo conocemos hoy en 1863. Inglaterra no se midió ante nadie en una competición oficial sino hasta el Mundial de 1950. Y es que el gentleman inglés –según el historiador Ángel Iturriaga– sentía una superioridad futbolística respecto a otros países comparable a la de las estrellas americanas de la NBA vs. los jugadores europeos de los ochenta: los leones británicos no cazaban moscas. Así que mientras el fútbol se popularizó en todos los barrios británicos, y los inmigrantes anglosajones lo jugaban en Sudamérica, siempre se distanciaron del pueblo. Y es que en Argentina, por ejemplo, cuenta el periodista Martín Caparros, los asistentes a los primeros partidos eran hombres y mujeres de la alta sociedad, por lo que se vestían con ropa apropiada para un evento selecto. El carisma latino se adueñó del deporte refinado de los ingleses para darles lugar a pinceladas irreverentes de arte. De esta manera, nació la gambeta, aquel factor sorpresa que se le atribuye en primera instancia a los brasileros, pero que está impregnado en el estilo de juego de los mejores futbolistas sudamericanos. Es por ello que los pross decidieron plantarse ante el mundo en 1950: la historia de la decepción del creador había iniciado. En su segundo partido en una Copa del Mundo, ante Estados Unidos, los colonizadores perdieron ante la antigua colonia 1-0. Inglaterra no pudo demostrar su superioridad sino hasta 1966, cuando ganaron la Copa como organizadores del torneo. Después de aquello, el sinfín de decepciones serían renovadas –casi sin interrupción– cada cuatro años. Y es que no bastó el dominio inglés en competiciones europeas de clubes, ni tampoco contar con figuras mundiales como Steve Mcmanaman, Gary Lineker, Michael Owen, David Beckham, Steven Gerard o Wayne Rooney, el creador del fútbol nunca pudo cumplir con las expectativas desde 1966; sin embargo, hoy, sin súper estrellas y con un equipo más humilde, vuelve a aparecer como una selección que tiene mucho potencial: el creador siempre tendrá cuentas por saldar.

El faraón del pueblo

El talento del egipcio Mohamed Salah no sólo aparece en las canchas, sino que también se hizo presente en la carrera presidencial de su país sin siquiera hacer campaña. Y es que el futbolista sensación de la Premier League inglesa y jugador del Liverpool fue la segunda opción más votada en las elecciones de Egipto de abril pese a que su nombre no apareció entre los candidatos elegibles. Ante la inminente relección de Abdel Fattah –quien se mantiene en el poder desde 2014– un grupo opositor decidió boicotear los escrutinios, por lo que la abstención e incluso la burla se hicieron presentes. De esta manera, casi un millón de electores (4,3% de los sufragios) escribió el nombre del atacante. El fenómeno de Salah en Egipto no pudo ser posible sin la gran actuación del futbolista para devolver a su país a una Copa del Mundo luego de 28 años. Su conexión con los fervientes fanáticos también se hace más cercana gracias a su aporte social. Salah compró una ambulancia y también donó dinero para que se inicie la construcción de una escuela y un hospital en su ciudad natal. El fenómeno Salah se extendió por toda Europa gracias a que ayudó a su equipo a disputar la final de la Champions League. El ágil y habilidoso zurdo celebrará en Rusia el premio al esfuerzo: cuando era niño tenía que tomar entre tres y cinco autobuses para ir a entrenar desde su casa y luego la misma cantidad de vuelta. Un faraón de origen humilde pretenderá reinar en la tierra de los zares.

El secreto vikingo

Un dato demográfico demoledor nos indica que en Islandia vive menos gente que en Petare: 330.000 habitantes. El ex futbolista inglés Gary Lineker no temió en decir que su país había perdido (en los octavos de final de la Eurocopa 2016) ante uno que tiene más volcanes que futbolistas profesionales. El personaje de Islandia quizás más mediático en la actualidad es quien funde de guardaespaldas de Cersei Lennister en Game Of Thrones: ‘La Montaña’. Ante un panorama en donde durante nueve meses el sol casi no se ve y el frío es intenso, practicar fútbol al aire libre es prácticamente imposible, por lo que clasificar a una Copa del Mundo era una quimera que parecía alcanzable sólo si una legión de héroes nórdicos encabezados por Thor se vestían de pantalón corto y medias largas. La misión no pudo haberse llevado a cabo sin una fuerte inversión económica de la federación en infraestructura y formación, pues construyeron siete estadios techados y profesionalizaron a sus técnicos. A partir de allí, el técnico Heimir Hallgrimsson puso en marcha un plan que tenía como objetivo conectar a los fanáticos con el equipo nacional en 2011: en un bar conocido, el entrenador –que también es odontólogo– decidió citar a miembros de un grupo de fanáticos conocido como Tólfan, del cual pertenecían no más de 15 miembros. En aquel pub islandés, el técnico-dentista les comenta a los fanáticos cuál será la alineación que utilizará en el próximo partido y cuál será la estrategia para vencer al rival. La tradición –que sería imposible en las grandes capitales del fútbol– funciona a la perfección en un país en donde existe una app para prevenir salir con un familiar en una noche de copas. Hoy en día, cuando el equipo nacional juega de local, el bar se abarrota de aficionados para asistir a la charla con el entrenador. El fenómeno es tal que en el partido contra Inglaterra en la Eurocopa fue visto por el 99.8% de la población. Un país sin mosquitos, sin hormigas y con la firme creencia en los duendes participará por vez primera en Mundial con un grito de guerra que cautiva por su sincronía y segundos de silencio que también hacen ruido.

El viaje del Guerrero

El viaje de Paolo Guerrero al Mundial de Rusia es el de todo Perú. Y es que el delantero, como la selección, sólo logró suspirar al final, cuando casi era una sentencia irreversible que Guerrero tendría que ver el Mundial desde su casa, el Tribunal Arbitral Deportivo, como un gol en el minuto 90,  aceptó la suspensión de una medida que inhabilitaba al delantero a jugar fútbol durante 14 meses. A apenas 14 días para que inicie el torneo en Moscú, el técnico de Perú podrá contar con su capitán. La travesía del héroe de la Eliminatoria peruano no podía ser una historia con desenlace feliz apresurado, sino que debía tener la misma tensión que tuvo el equipo de fútbol para clasificar a Rusia. Guerrero, de gustos extravagantes y olfato goleador certificado, empezó el calvario de suspensiones en noviembre de 2017 tras salir positivo en una prueba antidopaje. Tras realizar diversos análisis, el futbolista dio positivo al hallar en una muestra de orina un derivado de la cocaína, por lo que el jugador alegó que el resultado se debió a la ingesta de un medicamento contra la gripe. Aunque la opinión pública pueda tener conclusiones disimiles, el futbolista más carismático de Perú fue apoyado hasta por sus próximos rivales (Francia, Australia y Dinamarca), quienes por medio de sus capitanes firmaron una carta de clemencia para que la FIFA lo dejara jugar. La inocencia del jugador no fue cuestionada ni por la afición ni por sus compañeros, pues esperaban que el delantero, como si fuese un defensa más, se librara de sus problemas. Y es que él fue pieza fundamental para el equipo inca –luego de 36 años– vuelva a estar presente en el torneo. Máximo goleador y estrella indiscutible, el futbolista tocó el cielo gracias a un gol que no hubiese sido posible sin su picardía: a menos de 20 minutos para el final, con su equipo perdiendo 1-0 vs. Colombia, en la última fecha de la Eliminatoria, Guerrero calculó que el arquero colombiano tocara un tiro libre indirecto que no podía ser válido sin que aquello sucediera. El viaje peruano cuenta la historia de un guerrero que se desvive por la adrenalina de los minutos finales.