chigüire bipolar el futuro promete

Revista OJO ayuda a Chigüire Bipolar a contratar a nuevo pasante subpagado

El primer lunes de diciembre me agarró con una noticia que me desconcertó: “Usuarios exigen perniles para desalojar tren averiado”. Me quedé frente a la pantalla de la computadora por un buen rato. ¿Era una noticia real? Varios medios le hacían eco y explicaban lo siguiente: como ya es costumbre (a estas alturas, lo raro es que el Metro no tenga retraso), un tren con fallas estaba provocando que miles de personas llegaran tarde a su destino esa mañana. El tren en cuestión no dio más y, en Bellas Artes, los funcionarios pidieron que se desalojara.

Pero la gente se negó.

La gente dijo basta: no más.

Y, como burlándose del poder, exigieron los perniles que prometió el régimen para Navidad: o se los daban o no se bajaban.

No saben cuántas veces he fantaseado con una escena parecida que deviene película de Tarantino.

Pero este no fue el caso: luego de una hora, la gente empezó desalojar.

Chigüere Bipolar es, a mi entender, uno de los mejores medios de comunicación que hay en Venezuela. Una de las apuestas mejor logradas, pulidas y más creativas. Tanto, que su desafío cotidiano ahora es encontrar formas de hacer una sátira que supere a la realidad, esto en un país en el que un ex escolta presidencial se roba ciento de miles de dólares, se compra una casa en la misma urbanización en la que vive Bill Gates, es participe de una movida corrupta que ayuda a quebrar a la misma nación en la que los niños se mueren de sarampión por falta de medicinas, y luego le dice al juez que todo lo que hizo lo hizo por ayudar a Venezuela.

¿Cómo se hace humor en un país tan absurdo?

El sábado primero de diciembre, Revista OJO celebró –en el Centro Cultural Chacao– El Futuro Promete: un evento cargado de arte, labor social, ideas y medios de comunicación. Chigüire Bipolar fue uno de los invitados. Daniel Enrique Pérez, el editor que está en Caracas, dio una ponencia explicando el proceso creativo en el animal más rebelde –y padecido– de Venezuela.

Más de 40 personas se animaron, luego, a crear titulares de noticias satíricas que postularon a un concurso que premió al más destacado.

Una de las modas hater más ladillas que ha pululado en el país es la de despreciar al humor y los humoristas. Yo no sé quién dijo que tener cara de culo y llevar una corbata que ahorca al cuello hace a alguien una persona más seria, inteligente o atractiva. O peor aún: yo no sé quién dijo que eso puede ayudar de algún modo a salir de la crisis en la que estamos.

Si el humor (que es distinto a la comicidad) es una forma de pensar, la risa es una manera de liberar tensión. Y en este país, todos necesitamos pensar más y relajarnos un poco. ¿Cómo, si no, se puede arrancar la semana sabiendo que decenas de personas se negaron a desalojar un tren y que, para hacerlo, pidieron a cambio perniles?

¿Se imaginan los niveles de hartazgo y frustración que hay que acumular para llegar a ese punto?

Por eso, en lo particular, celebro que exista el Chigüire: para que cuando ya sienta que no pueda llorar más de arrechera o de tristeza, al menos pueda llorar de risa. Porque en este circo, o nos quedamos secos o ahogamos a los problemas.

Este fue el titular que ganó el concurso hecho en El Futuro Promete y la noticia que los panas de Chigüire crearon a partir de él:

UCV resuelve crisis del agua con lágrimas de bachilleres que no lograron entrar

La Universidad Central de Venezuela (UCV), principal casa de estudios del país, podrá comenzar a ser conocida pronto como “La Casa que Venció a la Sequía y al Mal Manejo de los Recursos Hídricos” gracias a un trabajo realizado por profesores y estudiantes de su Facultad de Ciencias, que permitió aprovechar las lágrimas vertidas por los estudiantes que no lograron ser admitidos para llenar los embalses de todo el territorio nacional.

El profesor Ricardo Quiñones fue el encargado de demostrar al público los resultados de esta investigación: “Para nuestra sorpresa, hay sectores de los jardines de la universidad que se mantienen verdecitos, a pesar de no haber sido regados en años. Y ahí nos dimos cuenta que era justo en los sitios donde ponen las carteleras con las listas de nuevos ingresos. Porque, a pesar de la crisis universitaria, los bachilleres siguen soñando con entrar a estudiar aquí. Pero no todos pueden, por supuesto. Entonces comenzamos a pensar qué podíamos hacer con esos millones y millones de litros de lágrimas que caían al suelo, que se desperdiciaban. Y construimos un tubo recolector que reúne todo ese torrente y lo vierte a las cuencas de las represas. ¡Bingo! Todas las represas subieron a un nivel cercano al óptimo” afirmó el profesor Quiñones, mientras le prestaba su pañuelo a una joven que quiso entrar a estudiar Comunicación Social, todavía no sabemos bien por qué.

Fuentes extraoficiales aseguran que el Gobierno Nacional estudia robarse esta idea. Nuestro informante afirmó que el tema se trató ayer en una reunión del Gabinete. “Esta gente quiere poner tubos recolectores como los que inventaron en la UCV en las colas de las pensiones, en las protestas después de lanzar las lacrimógenas, incluso donde los mismos profesores abren sus recibos de pago. El plan de ellos es tener agua suficiente para convertir a Venezuela en el principal exportador de agua del mundo” comentó nuestra fuente, mientras nos sugería poner un tubo recolector en el escritorio del pasante subpagado.

Ya saben: si luego leen en Gaceta Oficial que el régimen implementará tubos recolectores en las calles, sepan que la idea fue del pasante subpagado que Chigüire Bipolar contrató por un día en El Futuro Promete.

 

Por Mark Rhodes

The Haunting of Hill House: habitando el purgatorio

El miedo puede ser representado mediante diferentes máscaras con un carácter camaleónico: atormenta a una persona desde lo más interno y la destruye modificando su esencia. Detrás de una historia familiar el miedo adquiere múltiples formas ante un maltrato, una pérdida o un simple recuerdo cada vez más lejano; sin embargo, ¿qué pasa si el hogar donde creciste alguna vez fue la principal razón de tus pesadillas, el motivo que impulsó cada respiración entrecortada y cada tormento? Esta es la premisa principal de La Maldición de Hill House.

Basada en la novela de terror gótico de Shirley Jackson, publicada en 1959, cuenta la historia de la familia Crain: dos padres junto a sus cinco hijos habitan una mansión embrujada con un propósito fundamental: restaurar la casa para luego venderla.

Esta nueva versión de Netflix se toma algunas libertades y permite añadir otros elementos a la ecuación. La dirección va de la mano del estadounidense Mike Flanagan –reconocido por haber realizado Oculus, Somnia y Gerald’s Game–, a quien el terreno de lo sombrío y lúgubre le resulta familiar.

Miedo a la pérdida

El mercadeo de la producción la posiciona como la serie “más aterradora” y perturbadora del año; en ese sentido, el manejo del terror la establece como una propuesta bastante psicológica e interna, generando diferentes capas de miedos a través del tiempo.

El ritmo es pausado y permite ir tejiendo un entramado argumental para comprender las motivaciones y el cambio de los personajes, esto lo hace narrando en dos tiempos: flashbacks que muestran cuando los hermanos habitaron la casa; y el futuro que los aguarda.

La diversidad de personajes permite entender una visión diferente de la casa embrujada y del conflicto que plantea Flanagan. Los cinco hermanos tienen un rol distinto en la familia, mientras que los padres buscan cómo acercarse a los mismos sin remarcar la preferencia o empatía especial que sienten por algún hijo específico.

A lo largo de la serie es posible entender una percepción diversa del miedo, que cobra fuerza en el pánico a figurar en un papel determinado dentro la sociedad, o en el de lidiar con los problemas: es allí donde el espanto o el susto se transforma en algo mucho más aterrador.

La casa se vuelve un personaje más, un escenario con vida propia al representar más que un limbo entre los vivos y los muertos, un purgatorio donde las almas penan y buscan redención. La demencia se cuela en la esencia de cada uno de los Crain y atormenta cada una de sus células.

Hay un mensaje denso sobre la vida y la muerte, sobre lidiar con las pérdidas y entender qué tanto ha transcurrido desde que fuimos niños.

Más que recomendada.

Nos vemos en la próxima.

 

Daniel Klíe | @Chdnk

 

Beisbol en tiempos de hambruna

Mi nombre es Carlos. Tengo 18 años y nací en Caracas, Venezuela. Mi papá me colocó ese nombre en honor a Carlos Martínez, ex beisbolista venezolano de las Grandes Ligas que hizo historia en mi país con la camiseta de los Tiburones de La Guaira, en un equipo mítico al que llamaban La Guerrilla y que contaba con ilustres figuras como Luis Salazar, Oswaldo Guillén y Gustavo Polidor, entre otros.

La vida no pudo ser más ingrata para mi papá, cuando a mis diez años dejé de batallar entre Leones, Magallanes y Tiburones para hacerme fanático definitivo de los Navegantes del Magallanes. Loco, siendo caraqueño e hijo de un guairista; pero la pasión desenfrenada de mi mamá y el hecho de que es el único equipo del país que representa a todos los estados terminó generando en mí algo especial.

La verdad es que mi equipo no ha fallado. Puedo recordar gestas históricas, como una escalera bateada por Michael Ryan ante los Tigres de Aragua, un no-hit no-run de Anthony Lerew ante los Leones del Caracas y varios campeonatos con participaciones en las Series del Caribe. Por mi equipo pasaron José Altuve y Rougned Odor antes de llegar a las Grandes Ligas, y he tenido el privilegio de ver a Pablo Sandoval o Endy Chávez usando mi misma camiseta. Fastidiar a mi papá con la mala racha que atraviesan los Tiburones es uno de mis pasatiempos favoritos cuando llega el mes de octubre y empieza la pelota en los diferentes estadios de Venezuela.

Sin embargo, los últimos años han tenido un aire a derrota particular, y no precisamente por lo acontecido dentro del diamante. En un país cada vez más hundido en la crisis humanitaria y la falta de comida y servicios básicos para la subsistencia del venezolano, los estadios de beisbol han perdido su toque y asistencias abismales. Salvo en partidos puntuales, en los graderíos se refleja la desolación de un pueblo que no puede pagar el entretenimiento y la comida al mismo tiempo.

Sin embargo, el ambiente se sigue sintiendo. Por las redes sociales, el venezolano respira beisbol y lo disfruta como lo que siempre ha sido: parte de su vida. Tanto en la Postemprada de MLB –que cuenta con varios venezolanos en los mejores rósters del beisbol norteamericano– como en las siete plazas del beisbol en Venezuela, este deporte ofrece una salida para las mentes atrapadas en la crisis del país. No solo por lo que ocurre desde el terreno, sino por lo que se ve en la televisión y por el ambiente en la calle.

Pero como todo deporte, exige dinero.

Petróleos de Venezuela (PDVSA) aprobó para el desarrollo de la temporada 2018/19 un monto de 12 millones de dólares, en concepto de patrocinios para que pueda llevarse a cabo el béisbol organizado, algo que ha generado el repudio de una porción de la población, que consideraría mejor destinar ese dinero en organizaciones para la beneficencia, que surtan de alimentos e insumos a quienes no tienen acceso a ellos. Sin embargo, esa lógica carece de factores que mucha gente no toma en cuenta.

Alrededor del que es por muchos considerado el deporte rey de Venezuela hay una incontable cantidad de trabajadores. Están, en primer lugar, aquellos que laboran en el estadio, para que albergue día tras día un nuevo partido: arreglan y organizan la logística para los múltiples vendedores que esperan todo un año para llenar de color las tribunas y llevarle a la fanaticada una amplia variedad de snacks, cervezas y pasapalos que acompañan una tarde/noche perfecta de beisbol venezolano.

Arriba, en las casetas de transmisión y en los palcos del terreno de juego, fotógrafos y periodistas esperan durante ocho meses la voz del Play Ball para trabajar en representación de los diversos medios, llevando cobertura de cada uno de los equipos.

Es egoísta aprobar 12 millones de dólares para el desarrollo de una temporada de beisbol, pero cuando nueve gerencias (ocho equipos y la liga) trabajan por ocho meses para poder llevarles a los venezolanos un producto de calidad durante cuatro meses más, comprendemos que sería igualmente egoísta quitarles todo eso porque hay otras prioridades.

Y el trabajo no se limita a luchar contra la crisis para poder dar un espectáculo de primer nivel; sino que abarca también la realización de clínicas deportivas, obras benéficas y colaboraciones a hospitales infantiles y refugios del país. Conocidos son los casos de equipos que donan su boletería o parte de la misma a hospitales infantiles, organizaciones contra el cáncer (de mama en su mayoría) y fundaciones para niños o personas de la calle.

Porque sí, es verdad que el beisbol es un negocio, pero cuando se vive en un país donde la fanaticada canta en casi todos los partidos en contra del Gobierno, y al salir del estadio hay gente con una lata pidiendo una migaja de papel moneda devaluado –o de comida, si es posible–, te das cuenta como directivo que debes extender la mano al prójimo.

Y sí, sería egoísta que los convenios entre clubes de beisbol y organizaciones benéficas dejaran de tener validez porque un grupo de personas considera negativo que se lleve a cabo la temporada.

Son, quizás, los menos afectados, pero es egoísta para un jugador cancelar la temporada que ya tenía en planes disputar. Puede ser que para los peloteros de grandes ligas no sea relevante, ya que vienen por más sentimentalismo que dinero; o para las viejas estrellas que ya tienen un colchón económico considerable, ¿pero para las jóvenes promesas? ¿Dónde queda el trabajo de un chamo que se esforzó durante años para poder llegar a un equipo de la LVBP si de un día para otro deciden cancelar la temporada? ¿No es una falta de respeto a su trabajo también? Podrías estar decidiendo (de mala manera) el destino de un futuro big leaguer venezolano. Pero eso no es relevante.

La jerga popular califica a la temporada de beisbol en los tiempos de la hambruna como pan y circo, para ocultarle a la gente una crisis de la cual no se puede escapar.

El deporte debe ser siempre el motor de lo positivo de un país. En Venezuela, quizás PDVSA no gaste doce millones de dólares en darle comida a la gente de la calle o pagar una quimioterapia, pero de una forma u otra, el beisbol puede ser ese puente que salve una vida en un hospital o mantenga vivo a un fotógrafo cuyo trabajo es ir todas las noches al estadio a trabajar para el equipo.

 

Fabrizio Cuzzola@FabriCuzzo22

La Guacamaya al vuelo

La ciudad es su espacio natural, en principio. La ciudad es también su espacio físico, lo que ha ido construyendo el hombre, con sus divisiones, sus zonas de prohibición, sus edificaciones, sus intervenciones a la naturaleza. La ciudad es el momento histórico en que se experimenta, porque el tiempo y las decisiones políticas y sociales modifican el espacio físico y la forma en que interactúa con el espacio natural. La ciudad es también su gente; la ciudad es primordialmente su gente.

La Guacamaya casi podía pasar por un local cualquiera de Chacao, de Caracas, de Venezuela o del mundo… si no fuera por la gente que hacía vida dentro de esas paredes. Tanto quienes te atendían como quienes compartían contigo allí generaban una vibra que no se encontraba en ningún otro lugar de la ciudad. Siempre que entraba comentaba “esta es la Caracas en la que quiero vivir”, y aunque (como siempre me pasa) sonara como un chiste, era una de las sensaciones más sinceras que he experimentado jamás.

En La Guacamaya siempre eras uno más. Y eso no quiere decir que eras “uno más del montón” y por eso te tratarían como un ciudadano de segunda. Todo lo contrario. En La Guacamaya eras “uno más de la familia” y desde el día uno Manuel y los muchachos te recibían como si tuvieras años yendo al local. Eso me hizo dudar la primera vez que fui. La clásica suspicacia caraqueña: “¿por qué este tipo me trata tan bien?, ¿será que ya he venido antes?, ¿será que es amigo de mi mamá y no lo recuerdo?, ¿será que la birra es tan cara aquí que el tipo te endulza tratándote bien?” Pero no, no era nada de eso. Era algo mucho más sencillo. Era iniciar una cadena de buena energía. Era la ejecución más precisa, perfecta y lograda de un principio que suena muy sencillo, pero que no es tan comúnmente puesto en práctica: si tratas bien a tus clientes, no solo van a volver, sino que van a volver con más gente.

Y eso hacíamos quienes nos volvíamos asiduos a La Guacamaya: llevábamos más gente; siempre. Cómo no hacerlo, si una vez pasabas esa puerta que siempre parecía estar cerrada, entrabas en un refugio que te protegía de todo lo que podía estar mal en la ciudad. Era un sitio donde no importaba el precio de la cerveza, pues solía ser más barata que en otros sitios decentes. Era un sitio donde podías poner la música que quisieras sin entrar en ningún conflicto. Si eras de los de más confianza, se te permitía pasar a la cocina y saludar por allá también. Cualquiera podía dejar sus cosas a buen resguardo detrás del mostrador. Si no había mesas te conseguían un lugar en la barra, o un banquito… o al carajo, ¿quién no se sentó o apoyó las birras en el archivador? No importaba, siempre y cuando uno pudiera compartir un poco de esa atmósfera, todo estaba bien.

Mientras voy recordando, surge ante mis ojos una frase que suena un poco cursi, un poco forzada, pero no veo otra forma de expresarlo: La Guacamaya era un lugar donde estaba bien ser joven. Hay que entender algo: ser joven en Caracas ya ni siquiera es algo comprensible. Somos una generación que ha envejecido a un paso avasallante. No llegamos a treinta años y hablamos de “nuestra juventud” como si fuese algo remoto, arcaico, difuso, casi como si dudáramos de que alguna vez existió. No nos permitimos los riesgos de ser veinteañeros, no nos permitimos tampoco los sueños de esta etapa. Pero ahí en ese sitio el miedo se disipaba un poco, nos permitíamos más licencias, recordábamos que aún podíamos disfrutar y disfrutarnos. Era el lugar y el momento.

Les mostré La Guacamaya a tantas personas como pude. Compañeros de la universidad, colegas escritores, alumnos que luego se convirtieron en amigos. En algún punto ya sabía que me estaría yendo de Caracas pronto y el mensaje era sencillo y directo: quiero dejarte una de las cosas que más aprecio de la ciudad. Todos lo entendieron. Siguieron yendo, apropiándose de ese espacio, haciéndolo también su refugio y su modelo de la ciudad que querían, de la ciudad joven donde podían ser felices entre birras.

Que este local no vaya a ser el mismo me duele. Aunque seguirá abierto con unos nuevos dueños, estoy totalmente seguro de que la energía cambiará. Ahora habrá un fantasma respirando en las esquinas del bar. El fantasma de lo que fue. Lo más paradójico, para mí, es que siempre he pensado en Caracas como la ciudad de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber llegado a ser, de lo que fue y no se mantuvo. Así que la venta de La Guacamaya significa la caída de uno de los bastiones que sostenía mi construcción de la ciudad, y a la vez perpetúa lo más central de mi imaginario de Caracas: su construcción a medias, su interrupción abrupta.

En La Guacamaya hice lo más cercano a una despedida un par de días antes de despegar hacia Buenos Aires. Recibí los abrazos más sentidos de amigos cercanos. El mismo Manuel se acercó y me regaló sus mejores deseos, me hizo sentir como que me despedía de un familiar, de un amigo entrañable. Ese día, ya con unas cuantas cervezas en la cabeza, recuerdo haber mirado alrededor, dejarme llevar por los sonidos, por las risas, por las botellas chocando unas contra otras… recuerdo haber sentido, por un instante, que era feliz. Deseé que esa sensación fuera extrapolable a toda la ciudad, a todo el país. Quise que la excusa para no irme fuese tan sencilla como “no puedo dejar La Guacamaya”. Pero, después de todo, era un refugio y no podía mantener la cabeza bajo la tierra toda la vida.

Me llevo momentos indelebles. Me llevo la sensación de haber formado parte de una leyenda caraqueña que vivirá por mucho tiempo. Me llevo la dicha de poder haber sentido ese lugar como mío aunque no era de los más habituales. Porque esa era la magia: cualquiera que entraba se sentía especial. Cualquiera que entraba sentía que tenía un lugar en ese sitio y en esa ciudad que parece querer expulsarnos a todos.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

 

Un país torturado

A dice que no terminó de leer la entrevista a Lorent Saleh que publicó El Mundo de España: no aguantó. Pensar que la sede del Sebin de Plaza Venezuela es una postal cotidiana en sus recorridos al trabajo le da escalofríos: ahí donde ella agarra la camioneta, están destrozando la vida de decenas de inocentes con las únicas herramientas que parecen tecnológicamente actualizadas en el país: las de tortura. La crudeza del testimonio de Saleh llenó de pesadillas el sueño de más de un venezolano. Saber que los horrores que no vemos son peores que la paliza que nos ofrece el país a diario es una golpiza de la que no es fácil levantarse. Y es que ese es el problema: ojalá el testimonio de Saleh viviera solo en las pesadillas. Pero no. Vive en cada niño que se muere de hambre, en cada enfermo que no consigue sus medicinas, en cada familia rota por la migración y en cada bala que perfora otro corazón inocente. Enumerar las tragedias contemporáneas del país es hacer un inventario de demonios. Lorent Saleh estuvo secuestrado y fue sistemáticamente torturado por orden de las mismas personas que parecen empeñadas en dañar la vida de todos los venezolanos: de torturar a todo un país. El delito de Saleh fue estar en contra de la tiranía, velar por el cumplimiento de los derechos humanos, no ser un títere más dentro de una comedia que cada vez más hace quedar a 1984 como un libro infantil. A, repito, no pudo terminar de leer la entrevista que le hicieron al joven activista. Pero Saleh sí que parece determinado a finalizar lo que empezó: recuperar la democracia y transformar sus dramáticas experiencias en recursos para ser una mejor persona e impactar de forma más positiva a su entorno. Ese es el mejor mensaje que le puede enviar a sus torturadores, que le podemos enviar todos a quienes quieren eliminarnos: aquí estamos. Aquí seguimos.

 

Mark Rhodes

Postales del aguante

1: Nosotros

A la calle, a la cama, al cuerpo, a la conversación: a todas partes llevamos la ruina de un país. Y duele. Duele enfrentarse a este exilio cotidiano. “El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida”, decía Cioran, y nos ponemos de frente a una verdad que encandila: vivir aquí es inventarse un país todos los días, es poner barandas de distracción a los lados para salvarse del vértigo.

2: Sostenerse

Compartimos la bitácora de una desorientación colectiva: no tenemos a dónde ir. El país que conocíamos, se lo llevaron. Uno sale a encontrarse con una ciudad entristecida, llena de caras cansadas, expectantes: aquí no pasas, ya este lugar se fue, dice el otro que nos levanta una cerca, y sentimos que todos los días nos arrebatan algo. La batalla más dura: la del país por dentro, ese último suelo que cuidamos para que no se desprenda.

3: “…y todavía”

No sabemos de dónde viene tanta noche. Queremos que amanezca. Llueve en el camino, hay derrumbes, no nos dejan mirar atrás. Hay que seguir andando, nos decimos, porque querer más no puede ser motivo de vergüenza. El país no es el monstruo que vemos allá afuera. Y la llama de la voluntad insiste y alumbra. ¿De dónde salimos tan tercos? ¿Qué es esto que todavía nos sostiene?

4: Buscar, buscar

Todo tiene un nombre, todo en apariencia existe: los lugares, los discursos, las imágenes, la historia, las instituciones, pero condenados por la derrota interior de sus significados. Todo imita la realidad de las tiendas: abiertas y en pie, pero vaciadas por dentro. La herencia de este tiempo: lo ido, lo impropio, lo extraño.

5: Antifaces no

No sabemos dónde mirar y tropezamos. Hemos perdido nuestra propiedad sobre los significados del país. El Poder burló los órdenes, la confianza, los acuerdos sobre los que podría realizarse, la aspiración democrática. Ya nada es lo que era: ni la política, ni el comercio, ni la educación, ni los medios, ni los espacios de habla pública. Nada escapa de la prisión de la pantomima y la representación. Lo que nos queda: decir sin máscaras, valerse de un lenguaje propio, honesto, desvestido.

6: ¿?

¿Irse a dónde? Podremos llevarnos fuera, quizás, pero ¿qué hacemos con el país que nos persigue? ¿Qué le decimos para dejar de forcejear por la mañana? ¿De qué me despido? ¿A quién le doy la espalda?

7: Aquí

Habría que comenzar por dejar los gritos, recoger los escombros de la memoria, encender las velas y resistir.

 

Zakarías Zafra | @zakariaszafra

No hay que ser mezquinos con Teodoro

El escritor John Manuel Silva es liberal y nunca ha simpatizado con la izquierda: ni la dictatorial ni la democrática. Pero aun así no duda en reconocer el valor de la obra de un pensador fundamental de la Venezuela del siglo XX.

Es como obvio que por Teodoro Petkoff tengo pocas simpatías políticas, pero si tuviera que decir algo suyo con lo que me identifiqué, y por lo que siempre le tuve un enorme respeto, es por lo honesto de su tránsito del socialismo soviético a una cruzada a favor del socialismo más democrático. Fue él, y no Allende, por citar un caso, quien realmente reconcilió los ideales (a mi entender errados) de la izquierda con el espíritu tolerante y abierto obligado a la diversidad que implica la democracia.

Gracias a eso, fue odiado en la U.R.S.S. desde donde se practicó una sistemática campaña de asesinato civil (character assassination) que a juzgar por algunos mensajes por ahí que insisten en la participación de Petkoff en el asalto al Tren del Encanto, entre otras mentiras descaradas, tuvo bastante éxito. El comunismo siempre actuó así, lo hizo con Víctor Raúl Haya de la Torre, con Mario Vargas Llosa, con Jorge Edwards y con cualquiera que, aun desde la izquierda, disintiera de la línea dictada por Moscú.

Me cuesta identificarme con las ideas políticas de Teodoro, tanto las que defendía cuando era comunista como su paso hacia la izquierda más democrática. Me habría gustado una rectificación general y sincera, como la de Vargas Llosa, por citar un caso conocido. Me cuesta admirar su errada teoría de las “dos” izquierdas y también su insistencia en fallidos modos de lucha contra el chavismo. Pero… no podría ser mezquino en el reconocimiento de un pensador fundamental en la Venezuela del siglo XX, responsable de haber civilizado a mucha de la izquierda más radical, voz reconocida en su denuncia de los crímenes del comunismo y, al final de sus días, creador de un periódico que enfrentó con bastante coraje al chavismo (aunque no siempre a su ideología), razón por la que murió acosado y perseguido en los últimos años de su vida, en los que hasta pretendieron despojarlo de su ciudadanía, en una criminal persecución ordenada por Diosdado Cabello.

En tal sentido, y como una vez dijo Emeterio Gómez, creo que la historia debe ser bastante justa con la obra de Teodoro Petkoff y el balance, al menos en lo referido a su persona, es el de un hombre esencialmente bueno y honesto. Eso merece mucho respeto.

 

Por John Manuel Silva |  @johnmanuelsilva

Pequeñas diferencias

En la década de los 60, en plena lucha armada de la izquierda aleccionada por Cuba, ocurrió un hecho muy sonado: el asesinato de Alberto Lovera por parte de la policía política de entonces, no recuerdo si era todavía la Digepol o ya le habían cambiado el nombre a Disip. Quien levantó la bandera que impulsó la investigación fue el diputado José Vicente Rangel, que luego reuniría sus escritos en un folletín panfletario llamado Expediente Negro. Tuve ese libro en mi poder, y por él pude saber lo que ocurrió. Al profesor lo mataron a golpes y luego lo lanzaron al mar desde el Morro de Lecherías, encadenado a un pico. Una caída de muchos metros, pero no tantos como los que separan el décimo piso del Sebín del pavimento. JVR tuvo una tribuna de excepción en el hemiciclo de la AN. Tuvo prensa, tuvo acceso a los expedientes, al cuerpo de Lovera. Hoy, los diputados no tienen esas facilidades. No pueden enfrentarse al poder, porque corren el riesgo de terminar igual que Fernando Albán. No pueden escribir el Expediente Rojo. Me pregunto si Rangel no habrá recordado su libro al enterarse de este caso. Supongo que no, porque la consciencia la tiene apagada cuando no se trata de un muerto de su bando.

 

Por Mirco Ferri | @mircoferri 

El registro silencioso

Hay que imaginarse el momento en que la Divina comedia existe como manuscrito inacabado, cuando aún no se ha convertido en el poema que despierta la admiración del mundo entero. Dante está escribiendo digamos el canto cuarto, y todo es posible; puede coger una pulmonía y morir antes, incluso, de haber acabado el Infierno. La visión de la totalidad, por supuesto, ya está latente en su cabeza, pero de ahí a su segura plasmación en el papel hay todavía un largo y peligroso camino; bacterias y virus -y también los enemigos políticos- no andan ociosos.

Me gusta imaginarme ese momento, y no sólo por razones de naturaleza filológica. En cierto sentido, el mundo siempre se halla en esa misma condición -en la condición de un manuscrito inacabado-, incluso aunque nos parezca que ninguna obra maestra está fraguándose en este preciso instante.

Adam Zagajewski.

 

Por lo menos desde los años setenta, sin olvidar los avatares de la lucha armada, se ha llevado un registro de la violencia en Venezuela. Hablo de un registro desde la literatura, contenido en poemas, cuentos, novelas, piezas dramáticas y, más recientemente, desde la crónica. Si nos remontamos hacia un pasado más remoto, hacia el siglo XIX por ejemplo, los ejemplos pueden ser incontables, en especial desde los testimonios en la prensa nacional, clandestina o no. Con la llegada de la paz gomecista, las cosas cambiaron: el auge y conciencia de lo social, vinculado en muchos casos con las teorías políticas de izquierda, orientaron su atención hacia los avatares del ciudadano común, y sus vínculos con elementos esenciales: el hambre, la explotación del Capital, las enfermedades; todo esto como reflejo del abandono (esa forma de violencia) de las masas por parte de los responsables de las políticas de Estado. Su temática es variada y hace énfasis desde los setenta en el crecimiento desbordado de los barrios, en la vida en las abarrotadas cárceles, en la violencia desatada por la guerra de las drogas, y el protagonismo del delincuente, quien luego mutará hacia nuevas denominaciones: capo, pran, etc.

En nuestro país hay un registro de la violencia, destacándose desde la década ya mencionada y subiendo con cada década posterior: los ochenta, los noventa. Israel Centeno y José Roberto Duque son dos nombres esenciales, en especial en las primeras etapas de sus obras (la de Centeno se crece con los años). Hay entonces, sí, un registro de la violencia pero, ¿lo hay del autoritarismo? ¿De la dictadura o lo dictatorial? Desde Pérez Jiménez no recogimos nada, a razón de los años de la democracia (llena de violencia, y de su registro, claro está). Pero es quizás con la llegada de Hugo Chávez al poder que podemos empezar a contar un testimonio de lo autoritario y con el gobierno de Nicolás Maduro, de lo dictatorial.

Tardamos años en comenzar un registro de lo autoritario. Las bravuconadas de Jaime Lusinchi son un juego de niños frente a los desplantes del fallecido Teniente Coronel. Nos permitió recopilar sus palabras gracias a todos sus programas de los domingos, hoy poco citados y olvidados (solo recordados con énfasis por los especialistas). Pero no hablamos del afán verborreico del nativo de Sabaneta: hablamos de sus acciones autoritarias y despóticas, que aplastaron a millones de venezolanos. Hablamos de esas acciones que acarrearon consecuencias para un país entero y que inauguraron diferentes categorías de ciudadanos, dependiendo de la orientación política que signara a cada uno. Dentro de estas acciones autoritarias, podemos recordar la movida de alfombra en la dirección de los Museos en el país, la Biblioteca Nacional y otras instancias culturales. La transformación (negativa, pobre, comprobamos en estos últimos años) de un aparato cultural sostenido desde el apoyo del Estado desde finales de los sesenta y que, a pesar de sus taras y vilezas, arrojó resultados positivos y dignos de emularse en otras naciones latinoamericanas (el sistema de Bibliotecas Públicas, por ejemplo; no hablemos de Biblioteca Ayacucho o Monte Ávila editores).  Como un rey Midas en verde oliva, Hugo Chávez desbarató una gerencia eficiente e instaló un aparato más burocrático e inútil que cualquiera que ha tenido presencia en nuestra historia cultural.

Vayamos más hondo. El paso del registro de la violencia a lo autoritario tardó mucho en Venezuela. Demasiado, dirían algunos. El de la violencia sigue firme, pues la misma señorea en nuestra pobre república como un antiguo dios; el del autoritarismo ha sido más lento. Y nada reclama más un ciudadano de acción a las letras que eso: la lentitud del proceso, la lentitud, la lentitud. Lo poco inmediato del registro de las cosas, del testimonio, del modelo lector. No lo olvidemos: los escritores dan las palabras necesarias para expresar lo que sentimos y que no sabemos cómo expresar del todo.

Sigamos bajando. Recordemos que hablamos de autoritarismo, algo que habíamos dejado atrás desde hace décadas y que volvió, parece, para instalarse nuevamente como forma de gobierno. Y todo autoritarismo es un gargajo consecuente en la cara. Mancha, además, el idioma, la palabra, pervirtiéndola. Es él quien le hace el camino a lo dictatorial y a lo tiránico. ¿Cómo registramos lo autoritario, desde el campo literario? ¿La respuesta de los escritores ha sido contundente y marcada a través de los años  por una visión profunda de los acontecimientos que vivimos? ¿Hay un registro de lo autoritario por la palabra desde el comienzo del chavismo? Recordemos que el orden de escritura no es siempre el de la publicación: estos registros se han desarrollado a la largo del tiempo y muestran carne dolida por esos tiempos nefastos. La poesía, más que la narrativa ficcional, ha vinculado el proceso político que significó el chavismo con aquello presente en nuestro imaginario más profundo y en nuestro inconsciente.

¿Ha hecho su labor?

La narrativa lo ha hecho con nuestra historia (Suniaga, Vegas, etc). Debemos esperar a esta década que ya avanza hacia su final para encontrar textos en donde la crítica del autoritarismo esté presente de manera enfática: autores como Gisela Kozak, por ejemplo, o Alberto Barrera Tyzska. ¿No es demasiado tarde? ¿Tenía que morir Chávez para poder hacerlo? ¿No leímos con claridad que el chavismo fue siempre un autoritarismo? ¿O simplemente olvidamos que la literatura y su proceso creativo llevan sus tiempos, su orden, su proceso particular, muy diferente del que puede observarse en otros registros de la memoria?

¿Qué es real? ¿Qué es falso de todo esto? ¿Hubo autocensura de editoriales o escritores? De los primeros, lo dudo. Ahí está la larga labor de editorial Alfa, entre otras. ¿Y de los escritores? ¿Dudaron de la simiente siniestra del chavismo? ¿Cuántos vivieron el espejismo democrático del Comandante o, peor aún, del socialismo del siglo XXI?

Lleguemos al fondo. El registro de lo autoritario nos preparó para el registro de la dictadura. Las dudas, los aciertos de las obras escritas y publicadas durante los últimos años nos dan un muestrario bastante claro de lo que somos: nostalgia de tiempos mejores (¿¡los años noventa!?), de un país desaparecido ya, de ese crepúsculo sensual y triste que antecedió la llegada de la noche; crítica despiadada del ser nacional; la vuelta perenne al campo para reconocernos nuevamente; el fracaso de la modernidad en nosotros; el Centauro permanente avanzando siempre entre haciendas calcinadas; el barrio y su exaltación o desprecio; la derrota de la clase media. La lista es larga y sin final y de cada parte de esta lista hay un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro.

El registro de la dictadura, de lo dictatorial se está haciendo ahora y podemos leerlo en Twitter, Instagram, Facebook. Podemos, también, testimoniar el trabajo en silencio de otros autores; y también podemos registrar el triunfo mudo del terror: son muchos escritores quienes se quedaron sin palabras para testimoniar este tiempo infeliz. Un silencio llena su boca y sus manos. Pero en algún momento, escribirá. En dos, cinco, diez años. Y vendrán sus palabras para recordarnos lo acontecido.

El registro de lo dictatorial nos recuerda la subversión que significa también toda palabra. Nada más conservador que el idioma, y nada más rebelde.

Las palabras son peligrosas. Peligrosísimas. Y dan el golpe de campana de una época.

Para honrar la memoria de tantos muertos, heridos, encarcelados. Y nunca olvidar.

 

Por Ricardo Ramírez Requena  |  @maqroll30

Nosotros los de adentro

Venezuela ya no es un paisaje.

Todos los días un pedazo de pared se derrumba, un vecino se aleja, pasa un carro a llevarse los afectos, cierra la bodega de la cuadra, se acaban temprano los periódicos. La noche se inaugura con más alardes y menos bombillos. Promete ser más toque de queda, ofrece meternos más miedo. Y estamos nosotros, los de adentro, mirando.

Amanece sin darnos cuenta –las ventanas tienen que estar cerradas–, el despertador anuncia el mismo ritual, el cuerpo sigue sus normas, sus horarios. Pocas cosas allá afuera nos muestran algo distinto, algo que respire. Comemos, hablamos lo de siempre, el televisor nos escupe los desagrados del día, los celulares nos sitúan a pocos segundos de la desesperanza. Y nada ocurre. Seguimos nosotros, los de adentro, esperando.

Salimos. La calle está dura y caliente, como esperábamos. Todo el mundo grita, todo se desplaza con arrebato, hoy el caos tampoco cambió sus métodos. Arrechera, distracción y aceleramiento. Voces, grafitis, arengas en esténcil, proclamas bañadas de orine, hashtags y letanías con megáfono. Liberen a Leopoldo, Enmienda Ya, Aquí no se rinde nadie, El pueblo resteado con Maduro, y nosotros, todavía adentro, sordos.

De pronto un choque, un insulto perdido, un asalto rutinario. Los conos rojos, la matraca, los refugiados de Farmatodo, la guerra del fin del mundo en las puertas del Central Madeirense. Los guardias en las bombas de gasolina, los cigarros revendidos, la carne con sobreprecio y el tráfico de cabillas. Queremos descansar, pero el oasis se quedó sin luz. Queremos cumplir nuestro deber, pero se cayó el sistema. Y nosotros, que nunca salimos, paralizados.

El día se nos acabó muy rápido. Nos acompañan el monóxido suicida de los autobuses, la ropa remojada por la proliferación de axilas, el sentir que no cabemos entre tantos uniformes, el aceptar que regresamos más vacíos, que lo que trajimos ni siquiera alcanzó para invitarle a alguien un café con leche. Lo sabemos: el telecajero nos tiene otra burla preparada mañana. Un montón de papeles sin valor nos llenarán otra vez los bolsillos para martillarnos esta absurda abundancia. Y aquellos, que se parecen tanto a nosotros, mintiendo.

No. Venezuela ya no es un paisaje. Nosotros tampoco.

Lo que nos pasa como país es idéntico a lo que nos pasa como personas: no sabemos quiénes somos, olvidamos cómo llegamos aquí, vivimos de acontecimientos sin conquistar jamás el triunfo de una historia particular. Para salvarnos de la compulsión, la desgana y la falsa fiesta no hace falta correr, sino reconocernos.

Esa imperiosa necesidad de amarnos. El desafío de merecer.

 

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra