Pequeñas diferencias

En la década de los 60, en plena lucha armada de la izquierda aleccionada por Cuba, ocurrió un hecho muy sonado: el asesinato de Alberto Lovera por parte de la policía política de entonces, no recuerdo si era todavía la Digepol o ya le habían cambiado el nombre a Disip. Quien levantó la bandera que impulsó la investigación fue el diputado José Vicente Rangel, que luego reuniría sus escritos en un folletín panfletario llamado Expediente Negro. Tuve ese libro en mi poder, y por él pude saber lo que ocurrió. Al profesor lo mataron a golpes y luego lo lanzaron al mar desde el Morro de Lecherías, encadenado a un pico. Una caída de muchos metros, pero no tantos como los que separan el décimo piso del Sebín del pavimento. JVR tuvo una tribuna de excepción en el hemiciclo de la AN. Tuvo prensa, tuvo acceso a los expedientes, al cuerpo de Lovera. Hoy, los diputados no tienen esas facilidades. No pueden enfrentarse al poder, porque corren el riesgo de terminar igual que Fernando Albán. No pueden escribir el Expediente Rojo. Me pregunto si Rangel no habrá recordado su libro al enterarse de este caso. Supongo que no, porque la consciencia la tiene apagada cuando no se trata de un muerto de su bando.

 

Por Mirco Ferri | @mircoferri 

El registro silencioso

Hay que imaginarse el momento en que la Divina comedia existe como manuscrito inacabado, cuando aún no se ha convertido en el poema que despierta la admiración del mundo entero. Dante está escribiendo digamos el canto cuarto, y todo es posible; puede coger una pulmonía y morir antes, incluso, de haber acabado el Infierno. La visión de la totalidad, por supuesto, ya está latente en su cabeza, pero de ahí a su segura plasmación en el papel hay todavía un largo y peligroso camino; bacterias y virus -y también los enemigos políticos- no andan ociosos.

Me gusta imaginarme ese momento, y no sólo por razones de naturaleza filológica. En cierto sentido, el mundo siempre se halla en esa misma condición -en la condición de un manuscrito inacabado-, incluso aunque nos parezca que ninguna obra maestra está fraguándose en este preciso instante.

Adam Zagajewski.

 

Por lo menos desde los años setenta, sin olvidar los avatares de la lucha armada, se ha llevado un registro de la violencia en Venezuela. Hablo de un registro desde la literatura, contenido en poemas, cuentos, novelas, piezas dramáticas y, más recientemente, desde la crónica. Si nos remontamos hacia un pasado más remoto, hacia el siglo XIX por ejemplo, los ejemplos pueden ser incontables, en especial desde los testimonios en la prensa nacional, clandestina o no. Con la llegada de la paz gomecista, las cosas cambiaron: el auge y conciencia de lo social, vinculado en muchos casos con las teorías políticas de izquierda, orientaron su atención hacia los avatares del ciudadano común, y sus vínculos con elementos esenciales: el hambre, la explotación del Capital, las enfermedades; todo esto como reflejo del abandono (esa forma de violencia) de las masas por parte de los responsables de las políticas de Estado. Su temática es variada y hace énfasis desde los setenta en el crecimiento desbordado de los barrios, en la vida en las abarrotadas cárceles, en la violencia desatada por la guerra de las drogas, y el protagonismo del delincuente, quien luego mutará hacia nuevas denominaciones: capo, pran, etc.

En nuestro país hay un registro de la violencia, destacándose desde la década ya mencionada y subiendo con cada década posterior: los ochenta, los noventa. Israel Centeno y José Roberto Duque son dos nombres esenciales, en especial en las primeras etapas de sus obras (la de Centeno se crece con los años). Hay entonces, sí, un registro de la violencia pero, ¿lo hay del autoritarismo? ¿De la dictadura o lo dictatorial? Desde Pérez Jiménez no recogimos nada, a razón de los años de la democracia (llena de violencia, y de su registro, claro está). Pero es quizás con la llegada de Hugo Chávez al poder que podemos empezar a contar un testimonio de lo autoritario y con el gobierno de Nicolás Maduro, de lo dictatorial.

Tardamos años en comenzar un registro de lo autoritario. Las bravuconadas de Jaime Lusinchi son un juego de niños frente a los desplantes del fallecido Teniente Coronel. Nos permitió recopilar sus palabras gracias a todos sus programas de los domingos, hoy poco citados y olvidados (solo recordados con énfasis por los especialistas). Pero no hablamos del afán verborreico del nativo de Sabaneta: hablamos de sus acciones autoritarias y despóticas, que aplastaron a millones de venezolanos. Hablamos de esas acciones que acarrearon consecuencias para un país entero y que inauguraron diferentes categorías de ciudadanos, dependiendo de la orientación política que signara a cada uno. Dentro de estas acciones autoritarias, podemos recordar la movida de alfombra en la dirección de los Museos en el país, la Biblioteca Nacional y otras instancias culturales. La transformación (negativa, pobre, comprobamos en estos últimos años) de un aparato cultural sostenido desde el apoyo del Estado desde finales de los sesenta y que, a pesar de sus taras y vilezas, arrojó resultados positivos y dignos de emularse en otras naciones latinoamericanas (el sistema de Bibliotecas Públicas, por ejemplo; no hablemos de Biblioteca Ayacucho o Monte Ávila editores).  Como un rey Midas en verde oliva, Hugo Chávez desbarató una gerencia eficiente e instaló un aparato más burocrático e inútil que cualquiera que ha tenido presencia en nuestra historia cultural.

Vayamos más hondo. El paso del registro de la violencia a lo autoritario tardó mucho en Venezuela. Demasiado, dirían algunos. El de la violencia sigue firme, pues la misma señorea en nuestra pobre república como un antiguo dios; el del autoritarismo ha sido más lento. Y nada reclama más un ciudadano de acción a las letras que eso: la lentitud del proceso, la lentitud, la lentitud. Lo poco inmediato del registro de las cosas, del testimonio, del modelo lector. No lo olvidemos: los escritores dan las palabras necesarias para expresar lo que sentimos y que no sabemos cómo expresar del todo.

Sigamos bajando. Recordemos que hablamos de autoritarismo, algo que habíamos dejado atrás desde hace décadas y que volvió, parece, para instalarse nuevamente como forma de gobierno. Y todo autoritarismo es un gargajo consecuente en la cara. Mancha, además, el idioma, la palabra, pervirtiéndola. Es él quien le hace el camino a lo dictatorial y a lo tiránico. ¿Cómo registramos lo autoritario, desde el campo literario? ¿La respuesta de los escritores ha sido contundente y marcada a través de los años  por una visión profunda de los acontecimientos que vivimos? ¿Hay un registro de lo autoritario por la palabra desde el comienzo del chavismo? Recordemos que el orden de escritura no es siempre el de la publicación: estos registros se han desarrollado a la largo del tiempo y muestran carne dolida por esos tiempos nefastos. La poesía, más que la narrativa ficcional, ha vinculado el proceso político que significó el chavismo con aquello presente en nuestro imaginario más profundo y en nuestro inconsciente.

¿Ha hecho su labor?

La narrativa lo ha hecho con nuestra historia (Suniaga, Vegas, etc). Debemos esperar a esta década que ya avanza hacia su final para encontrar textos en donde la crítica del autoritarismo esté presente de manera enfática: autores como Gisela Kozak, por ejemplo, o Alberto Barrera Tyzska. ¿No es demasiado tarde? ¿Tenía que morir Chávez para poder hacerlo? ¿No leímos con claridad que el chavismo fue siempre un autoritarismo? ¿O simplemente olvidamos que la literatura y su proceso creativo llevan sus tiempos, su orden, su proceso particular, muy diferente del que puede observarse en otros registros de la memoria?

¿Qué es real? ¿Qué es falso de todo esto? ¿Hubo autocensura de editoriales o escritores? De los primeros, lo dudo. Ahí está la larga labor de editorial Alfa, entre otras. ¿Y de los escritores? ¿Dudaron de la simiente siniestra del chavismo? ¿Cuántos vivieron el espejismo democrático del Comandante o, peor aún, del socialismo del siglo XXI?

Lleguemos al fondo. El registro de lo autoritario nos preparó para el registro de la dictadura. Las dudas, los aciertos de las obras escritas y publicadas durante los últimos años nos dan un muestrario bastante claro de lo que somos: nostalgia de tiempos mejores (¿¡los años noventa!?), de un país desaparecido ya, de ese crepúsculo sensual y triste que antecedió la llegada de la noche; crítica despiadada del ser nacional; la vuelta perenne al campo para reconocernos nuevamente; el fracaso de la modernidad en nosotros; el Centauro permanente avanzando siempre entre haciendas calcinadas; el barrio y su exaltación o desprecio; la derrota de la clase media. La lista es larga y sin final y de cada parte de esta lista hay un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro.

El registro de la dictadura, de lo dictatorial se está haciendo ahora y podemos leerlo en Twitter, Instagram, Facebook. Podemos, también, testimoniar el trabajo en silencio de otros autores; y también podemos registrar el triunfo mudo del terror: son muchos escritores quienes se quedaron sin palabras para testimoniar este tiempo infeliz. Un silencio llena su boca y sus manos. Pero en algún momento, escribirá. En dos, cinco, diez años. Y vendrán sus palabras para recordarnos lo acontecido.

El registro de lo dictatorial nos recuerda la subversión que significa también toda palabra. Nada más conservador que el idioma, y nada más rebelde.

Las palabras son peligrosas. Peligrosísimas. Y dan el golpe de campana de una época.

Para honrar la memoria de tantos muertos, heridos, encarcelados. Y nunca olvidar.

 

Por Ricardo Ramírez Requena  |  @maqroll30

Nosotros los de adentro

Venezuela ya no es un paisaje.

Todos los días un pedazo de pared se derrumba, un vecino se aleja, pasa un carro a llevarse los afectos, cierra la bodega de la cuadra, se acaban temprano los periódicos. La noche se inaugura con más alardes y menos bombillos. Promete ser más toque de queda, ofrece meternos más miedo. Y estamos nosotros, los de adentro, mirando.

Amanece sin darnos cuenta –las ventanas tienen que estar cerradas–, el despertador anuncia el mismo ritual, el cuerpo sigue sus normas, sus horarios. Pocas cosas allá afuera nos muestran algo distinto, algo que respire. Comemos, hablamos lo de siempre, el televisor nos escupe los desagrados del día, los celulares nos sitúan a pocos segundos de la desesperanza. Y nada ocurre. Seguimos nosotros, los de adentro, esperando.

Salimos. La calle está dura y caliente, como esperábamos. Todo el mundo grita, todo se desplaza con arrebato, hoy el caos tampoco cambió sus métodos. Arrechera, distracción y aceleramiento. Voces, grafitis, arengas en esténcil, proclamas bañadas de orine, hashtags y letanías con megáfono. Liberen a Leopoldo, Enmienda Ya, Aquí no se rinde nadie, El pueblo resteado con Maduro, y nosotros, todavía adentro, sordos.

De pronto un choque, un insulto perdido, un asalto rutinario. Los conos rojos, la matraca, los refugiados de Farmatodo, la guerra del fin del mundo en las puertas del Central Madeirense. Los guardias en las bombas de gasolina, los cigarros revendidos, la carne con sobreprecio y el tráfico de cabillas. Queremos descansar, pero el oasis se quedó sin luz. Queremos cumplir nuestro deber, pero se cayó el sistema. Y nosotros, que nunca salimos, paralizados.

El día se nos acabó muy rápido. Nos acompañan el monóxido suicida de los autobuses, la ropa remojada por la proliferación de axilas, el sentir que no cabemos entre tantos uniformes, el aceptar que regresamos más vacíos, que lo que trajimos ni siquiera alcanzó para invitarle a alguien un café con leche. Lo sabemos: el telecajero nos tiene otra burla preparada mañana. Un montón de papeles sin valor nos llenarán otra vez los bolsillos para martillarnos esta absurda abundancia. Y aquellos, que se parecen tanto a nosotros, mintiendo.

No. Venezuela ya no es un paisaje. Nosotros tampoco.

Lo que nos pasa como país es idéntico a lo que nos pasa como personas: no sabemos quiénes somos, olvidamos cómo llegamos aquí, vivimos de acontecimientos sin conquistar jamás el triunfo de una historia particular. Para salvarnos de la compulsión, la desgana y la falsa fiesta no hace falta correr, sino reconocernos.

Esa imperiosa necesidad de amarnos. El desafío de merecer.

 

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra 

Emmys 2018: ¿otro capítulo repetido?

Las entregas de premios siempre han generado polémica. En algunos casos por hacer evaluaciones indulgentes que le restan oportunidades a productos que realmente lo merecen. En otros, por ofrecer un entretenimiento encartonado: aunque a veces se venden como una sátira al poder, en realidad suelen ser un tributo a lo más destacado de la cultura mainstream.

Los Premios Emmy surgen como un reconocimiento a la industria televisiva, como un punto de valor para series que han destacado y han establecido algo distinto. La estatuilla hace alusión a la creatividad, mediante una referencia a la musa que crea historias; y al atómo, como una metáfora del entretenimiento como ciencia. Sin embargo, ¿realmente los Emmys premian lo más icónico o se han ido estancando en el tiempo?

Una industria que muta

La televisión ha cambiado drásticamente con el pasar de los años. Las propuestas seriales se han alejado del estándar en el que capítulo tras capítulo se repetían casos que no eran bien hilvanados dentro de una trama superior. Ello ha derivado en una mayor competitividad, en un cambio constante.

HBO lideró por 18 años las nominaciones de los Emmys. La casa de contenidos exclusivos tenía claro que la calidad y la exclusividad poseían un valor para su audiencia. Sin embargo, desde el surgimiento de las cadenas de streaming y del alza de Netflix, la competencia se ha afianzado cada vez más, al punto de posicionarse esta última como el líder televisivo, obteniendo este año 117 nominaciones a los Emmy; mientras que HBO logró 108.

Popularidad: ¿ven las series?

Entender los resultados de los recientes Emmys permite ver cómo la industria apenas reconoce grandes producciones que quedan a la sombra de un éxito de la cultura pop.

Game of Thrones vuelve a afianzarse como mejor serie dramática, tras una temporada marcada por fanservice y una baja con respecto a calidad. Genera dudas qué criterios usó el jurado para seleccionar a las producciones premiadas, tomando en consideración que Stranger Things fue tomada como una serie dramática o que quedaron por debajo series como This is Us o The Handmaiden Tale, un relato con un mensaje social y dramático con mucho más peso que el de Game of Thrones.

Aunado a ello, también causa ruido el criterio tras seleccionar a William Bridges y Charlie Brooker por USS Callister en Black Mirror, por encima de Twin Peaks, trabajo de David Lynch que construye una realidad tras cada marco, mucho más calculada, con una intencionalidad superior.

Pese a esto, en el segmento de comedia no se repitieron los ganadores habituales, levantándose The Marvelous Mrs. Maisel como comedia del año y Barry como mejor actor de comedia. Historias que rompen el paradigma o la popularidad de la sitcom típica que plantean The Big Bang Theory o Modern Family.

Es importante tomar en cuenta que estos premios apuntan a éxitos masivos, que generalmente no carecen de calidad pero que sí invisibilizan a series con un valor superior, tal como sucede con productos como Atlanta. ¿Existe un carácter repetitivo en la selección de los ganadores? ¿Caducaron los premios y ya no son una guía para los espectadores ni son relevantes para la opinión pública?

Nos vemos en la próxima.

 

PD: para ver la lista completa de nominados y ganadores, recomiendo este sitio.

 

Por Daniel Klíe | @Chdnk

The Big Bang Theory: ¿ríete del “nerd”?

La obsesión guía el particular modo de vida de estos personajes. Coleccionan figuras de acción, rememoran momentos clave de un programa o una película, viven enfrascados dentro del mundo que proponen los píxeles que frecuentan: según la sociedad son un nerds; personas que les cuesta socializar, que encajan solo bajo sus propios códigos. The Big Bang Theory es en teoría eso, cuatro amigos con aficiones en común y con determinados problemas para encajar. ¿La serie explora en profundidad esta situación o se limita a normalizar la figura del nerd?

The Big Bang Theory apareció por primera vez en 2007 de la mano de Chuck Lorre (creador de Two and a Half Man y otras comedias de esas que ves en Warner). La serie comienza con la llegada de Penny, una chica aspirante a actriz, al apartamento vecino al que comparten Sheldon y Leonard, dos físicos bastante peculiares.

Antes de avanzar es necesario hacer un inciso, Sheldon Cooper padece de síndrome de Asperger (aunque sus creadores lo nieguen): le cuesta entender e interpretar las emociones o el sarcasmo, por lo que tiene una perspectiva un tanto distinta del mundo. A partir de este comienzo vemos cómo la serie podría haber sido más, cómo podría haberse desarrollado profundizando en un tema un poco tabú y que aún no se comprende del todo en la sociedad. Pero… no.

Sheldon las primeras temporadas se expone como un personaje asexual, como un individuo que no encaja en las dinámicas sociales “normales”. La oportunidad potencial de profundizar en los problemas de un personaje distinto se desaprovecha al convertirlo en un mero bufón, que se limita a usar términos complicados de la ciencia y al que los creadores banalizan al usarlo para generar una risa enlatada.

El auge de lo nerd

Los protagonistas de la serie son fundamentalmente cuatro nerds: Leonard, el individuo que más encaja en lo que la sociedad considera “normal”, pero que aun así es malo con las chicas (y desfallece en sus reiterados intentos de seducción); Sheldon, el personaje radical; Howard, un judío pervertido muy inteligente, que en ocasiones es desprestigiado por Sheldon por no tener un doctorado y por ser ingeniero; y Raj, el factor afeminado y chalequeable del grupo: un nativo de la India que se sumerge sin contemplaciones en la sociedad consumista norteamericana.

A través de las diferencias entre estos cuatro amigos conocemos cómo funciona la dinámica del show y vemos cómo estos nerds viven aislados en sus aficiones; pero, ¿la serie de verdad explora temas tabús dentro del área friki, tales como el feminismo o la homosexualidad?

Suenan los grillos de fondo.

The Big Bang es disfrutable por la mayoría de personas, puede ser catalogada como la “sitcom que catapultó a los nerds” e hizo que dejaras de ver al primo otaku como a un extraterrestre. O eso dicen sus creadores y críticos más favorables, mientras otros se cuestionan si la producción no se enmarca dentro del cliché y si termina siendo una sátira más de lo nerd.

Es importante considerar que el auge de la serie se dio en medio de la modernización de Marvel y de la instauración de propuestas cada vez más asociadas a la cultura pop, lo que le permitió subirse a esa ola y convertirse en una referencia popular.

Risas enlatadas. ¿Dónde está el chiste?

Al principio la serie iba de aficiones y diferencias, pero a medida que avanza gira en torno a la vida amorosa de cada uno de los protagonistas y en la minimización de sus parejas. Allí es donde empieza a perder fuerza –y quizás sentido– el producto.

La comedia suele basar su fórmula en exagerar términos que no entiende su audiencia (o alguien del sketch): en poner al científico o al nerd a  forzar el chiste, para volver así al gag una y otra vez.

Sheldon y compañía van normalizándose a lo largo de las temporadas, cada vez se hacen más comunes y aunque mantienen una que otra costumbre, anteponen los lazos afectivos de sus vidas, cosa que podría ser lógica pero que levanta las siguientes dudas: ¿tiene sentido continuar con la serie?, ¿perdió la producción su enfoque original?, ¿qué tratan de transmitir los realizadores?

Las sitcoms hacen eso, colocan un estereotipo para empatizar con la audiencia; sin embargo, The Big Bang Theory se pierde entre las tangentes y hasta se ve salpicado con un tema que causa polémica: el machismo.

Penny, Bernardette y Amy son la representación femenina en la serie, personajes con cierto desarrollo pero que invitan a preguntarse si este sitcom toma en consideración que el ámbito friki ha cambiado y que dentro de una mesa de rol también puede haber una chica.

En Penny, por ejemplo, se ahonda el tema de su carrera, búsqueda laboral y de sus ambiciones. Pero al juntarla con Leonard solo termina siendo un bosquejo de la “chica al lado”, de –en teoría– la clásica rubia.

Es lógico que exagerar la controversia de la serie nos pone en un terreno ambiguo, pero hay que considerar que las referencias que usa muchas veces son solo una pantalla verde: generan empatía con un sector, pero sin dejar de repetir la fórmula de situaciones que con el paso de las temporadas comienzan a normalizarse y a hacerse cada vez más corrientes, alejándose de la posibilidad de explorar perspectivas distintas en áreas que aún pueden explotarse dentro de la ficción.

En resumen, no muestra en toda su dimensión social qué son el grupo de nerds, tal como hace IT Crowd u otras series del género, sino que se conforma con mostrar una fórmula cliché con distinto envoltorio.

Nos vemos en la próxima.

 

Por Daniel Klíe@Chdnk

¿Y si vuelve el tracaleo?

Suelo recordar aquél largo viaje que hice a Puerto Ordaz, por tierra, para ver a la Vinotinto. Al llegar al terminal, una palabra a la que estamos acostumbrados los venezolanos se impuso: colapso. No había pasaje de avión para Caracas hasta dentro de varias semanas. Los pasajes por tierra solo se vendían el mismo día y la ciudad acababa de recibir a varios miles de aficionados.

En medio del bululú, un tipo con los bíceps tan hinchados como la vena de su frente gritó: “¡Coño de la madre!, ¡todos te piden algo!, ¡todos quieren algo! ¡Que si dame tanto y te consigo esto! ¡Todos quieren plata, uno tiene que viajar con una maleta llena de dinero!”.

Los lentes negros del hombre acabaron en el piso, mientras sus brazos hacían gestos de niño harto que no se correspondían con su franela negra ajustada de mira qué bueno estoy. En el terminal no había pasajes, pero alguien –con supuestas influencias– ofrecía conseguirte un puesto en equis línea por tantos bolívares.

Me preguntan en Revista OJO si con el nuevo cono monetario, con el retorno del efectivo a las calles, se reactivará esa vieja costumbre criolla del tracaleo. Del no hay, no se puede, pero si me da algo para el cafecito yo le resuelvo. En un país en el que el trabajo más que una fuente de dignidad era considerado un trámite para el placer, martillar simplificaba el asunto y enaltecía la mentada viveza venezolana, esa que permite hacer de un negocio casi cualquier actividad. Si en las crisis hay unos que lloran y otros que venden pañuelos; en Venezuela, cuando hay efectivo hay unos que martillan, y cuando no hay aparecen otros que lo venden.

La escasez de billetes que nos ha golpeado en todo el 2018 generó una actividad que cuesta explicar a los panas extranjeros: la compra de efectivo. Así, un billete se vendía hasta un 300% más costoso que el monto que representaba. Y en un país en el que hay talleres mecánicos sin puntos de venta, en el que el precio de los alimentos varía según la forma de pago y los autobuseros no conocen las cuentas bancarias, tener ocupado el bolsillo con algo más que las tarjetas débito y de crédito es importante.

De esta forma, cierto alivio inundó a más de uno cuando los bancos empezaron a repartir el nuevo cono monetario. Aunque, ya se sabe, aquí las noticias duran minutos: dos semanas después, el monto de retiro diario permitido por cada entidad bancaria va en descenso. En cosa de días, son muchos los que necesitan más billetes que los que el banco les ofrece.

Por eso, cuando me preguntan en Revista OJO si va a volver el tracaleo, el dame tanto y te resuelvo, el billete como motor de calles en las que pulula la desidia, yo más bien me pregunto cuánto tiempo durará la fluida circulación de efectivo. Y, en un país con hiperinflación, por cuantas semanas (¿días?, ¿horas?) esos billetes tendrán algún valor significativo.

Sobre eso reflexionaba mientras iba en un taxi. El chofer me contaba que hace poco lo había detenido una patrulla por cometer una infracción que ni siquiera tenía muy claro cuál había sido. El taxista escuchó paciente al oficial y le dijo que okey, que le pusiera la multa.

—Bueno, ciudadano, pero si usted me colabora con algo entonces yo me olvido de la infracción.

—¿Con algo? No tengo nada, oficial. Por favor, póngame mi multa.

—¿Sabe qué pasa? Que me quedé sin hojas. Entonces no se la puedo poner.

—…

—¿Será que me llevo el carro detenido?

—¿Detenido? Usted no puede hacer eso.

—Por lo mismo. ¿Entonces por qué no me ayuda?

—Aquí tiene mi cartera oficial: yo ni efectivo tengo. Revise.

—Ah, por eso no se preocupe. Yo me monto aquí con usted, mi compañero se sube a la patrulla, y entre los dos lo guiamos a un abasto de unos amigos. Ellos nos prestan el punto: usted pasa la tarjeta y listo, ese dinero lo reclamamos nosotros después, ¿me entiende?

 

Por Mark Rhodes

Dejemos de victimizarnos

Sin ánimos de ser chocante, quiero compartir una opinión:

Yo solo quiero decir que lo que pasa con Venezuela es triste. Sí.

Te toca el corazón. Sí.

Aunque uno sea crítico, y esté claro que todos los venezolanos somos responsables de este desastre.

Pero también creo que debemos dejar de victimizarnos, aunque sea difícil.

Enterarnos de que no somos los primeros en ser desplazados del propio país.

(Ni seremos los últimos, por desgracia)

Resulta que Venezuela no es Cuba: resultó ser peor.

Venezuela tampoco es el mejor país del mundo: es, simplemente, nuestro país. Con lo bueno y lo malo.

Que cargamos con el resentimiento de a quien le quitan algo valioso.

(Al menos ese es mi caso)

Que esta situación nos dará una lección de humildad, culturalmente hablando.

(Espero que así sea)

Que aprenderemos que un país no es rico por sus recursos, sino por el potencial y desempeño de su gente en el día a día.

(Ya viene siendo hora, ¿no?)

Que no somos el centro del universo y no todos nos tienen que ayudar.

(Bájese de esa nube o dese coñazo limpio contra la vida)

Que sí, es lamentable: usted tenía su vida proyectada.

(Bueno, mire, yo iba a hacer un posgrado, trabajar qué jode, comprarme una casita y viajar por el mundo. Y como yo muchos más, que andan haciendo cosas que nunca se imaginaron…)

Que extraña a su familia.

(Todos. Todos, coño. Pero ya tomamos esta decisión)

Que extraña a sus perritos.

(Mejor ni hablemos de esto)

Emigramos. Sea por lo que fuera y de la manera que pudimos hacerlo. Tomamos la oportunidad.

Otros se han quedado porque aún creen.

Otros se irán.

Y muchos otros se quieren ir, pero no pueden.

La situación de Venezuela ya es un drama en sí mismo, pero, por favor, no nos pasemos.

Donde hay vida hay esperanza, solo debemos construírnosla nosotros.

 

Por Orianna Robles Trujillo@Sra_Chiguira

No es la guerra de Siria, es Venezuela

A los ocho años llegué a sentarme sobre el mueble de la casa de una de mis tías y mantener la vista en un punto fijo durante minutos. Lo mío no era un estado meditativo digno de los lamas, aunque tampoco me habrían podido comparar con el protagonista de El diente roto. Más bien me encontraba en ese extraño limbo en el que las fantasías te secuestran para evitar que el aburrimiento taladre el medio de tu frente hasta derretirte el cerebro.

Era una época agradable: me podía aburrir.

La adultez me recibió en medio de la peor crisis de la historia de Venezuela. Y si no estaba preparado para asumir las riendas de mi vida, el país me empujaría a hacerlo del mismo modo que un maestro de natación brusco enseña a su pupilo: tirándolo al agua. O aprendía a nadar o me ahogaba.

Pocos desastres fueron tan anunciados y, al mismo tiempo, tan inesperados como el de Venezuela. Si las medidas económicas, políticas y sociales empleadas a principios de siglo presagiaban un desastre; es probable que ni el más pesimista de los venezolanos creyera que ese desastre incluiría la escasez de papel tualé. Ni los personajes de los Rugrats podrían haber imaginado la aventura que significaría vivir aquí.

En los últimos cuatro años, la realidad se impuso al discurso oficialista. Al mismo tiempo que el pesimismo aplastó aquello de que, por muy mal que se hicieran las cosas, “Venezuela jamás será como Cuba”. En algún momento, quienes creyeron en salvadores y se arrodillaron para besar la bota militar despertaron del hechizo al que los tenían embobados: el rugir de sus estómagos superó el lavado de cerebro al que habían sido sometidos. En algún momento, quienes insistían ante cada nuevo exabrupto que “ya no podemos estar peor” tuvieron que comprender que la realidad supera cualquier expectativa.

El diario ABC de España titula: “No es la guerra de Siria, es Venezuela”. Y muestra a una familia –y de fondo a muchas otras– que migran de forma forzosa. Envueltos en sabanas, los protagonistas de la imagen parecen árabes que se enfrentan al desierto mientras decenas de bombas estallan tras de sí. En un país con una situación de conflicto tan compleja como la que vive Siria, es lógico que millones de habitantes se conviertan en refugiados que buscan –pocas veces de forma tan literal– su lugar en el mundo.

Pero, ¿qué hace que una nación, como Venezuela, que históricamente fue receptora de migrantes, sea comparada con el país asiático?

El pie de foto reza: “Miles de familia huyen del régimen de Maduro y su receta ‘milagrosa’: hambre, represión, paros, tiroteos y la bancarrota”. A eso habría que sumarle corrupción, escasez, delincuencia, colapso del transporte, precariedad en los servicios básicos. Y, por si fuera poco, hace unos días se registró un temblor que dejó a más de uno peor que cuando el dictador que tiene secuestrado al país se prepara para dar un discurso.

Es decir, en Venezuela uno se puede morir de casi cualquier cosa: menos de aburrimiento.

¿Deberíamos sentirnos afortunados?

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

El pan de Carlota

Carlota tiene más de 40 años y lleva más de la mitad de su vida limpiando casas, trabajando en conserjerías o haciendo lo propio en empresas. Después de unos años alternando clientes, se alivió cuando estableció una relación fija con una papelería que le pagaba suficiente para vivir sin demasiado estrés.

Hasta que el Socialismo del siglo XXI llegó.

Carlota vive en Petare, trabaja en Las Mercedes. Y, con el tiempo, su relación laboral con la papelería pasó a mezclarse con la amistad que fraguan los años de trato continuo. Así, Carlota vio crecer a los dos hijos del jefe, vio los cambios de fachada del local, vio a la familia adoptar un perro que moriría de cáncer, vio al jefe divorciarse y casarse nuevamente… En fin, tantas cosas que hicieron que, sin saberlo, ese trabajo –al que iba tres veces por semana– se convirtiera en un componente esencial de su vida.

Un componente que de dos años para acá devino dolor de cabeza.

Mientras el salario mínimo en Venezuela era de poco más de cinco millones de bolívares mensuales (cincuenta bolívares soberanos), a Carlota le venían pagando 500 mil Bs por jornada de limpieza. Esto sumaba unos cuatro millones al mes; es decir, poco menos del salario mínimo. Y si por ahí ya iba mal, la cosa se complicó cuando la bolsa de pan de sándwich que compraba semanalmente –para que comieran ella, su hija y su nieta– empezó a costar tres millones y medio. O sea, casi lo mismo que lo que le pagaban en la papelería.

Carlota también trabaja en la conserjería de un edificio: ahí vive. Y ahí cobraba tres salarios mínimos, por lo que estaba ganando 15 millones al mes. O sea que entre la papelería y la conserjería, podía comprarse cuatro bolsas de sándwich. Y quizá alguito de vegetales, más alguito de verduras y tal vez –si caía un tigrito– unos huevos –que era la única proteína a la que podía aspirar–. Fue entonces cuando se decidió  a conversar con el señor Pérez, el dueño de la papelería.

Le dijo que lo que ganaba con él no le rendía, que si no podía subirle los honorarios lo mejor era que dejaran las cosas hasta ahí y ella se buscaba otra cosa, pues eso no le estaba resultando rentable y en Venezuela los precios suben más rápido que cualquier sueldo.

Cuando el señor Pérez escuchó aquella mujer cuarentona decir eso, sintió que un elefante lo aplastaba contra el piso: ¿cómo era posible que tras 20 años de relación laboral, ahora surgiera aquella incomodidad? Le dijo a Carlota que tranquila, que él entendía, pero que no se apresuraran: le prometió un aumento de, mínimo, el 200 por ciento; a ver si sus honorarios mensuales llegaban a alrededor de los 20 millones. Eso sería el mínimo, le dijo, pero iba a tratar de que fuese un poquito más.

Eso fue el miércoles 15 de agosto.

El señor Pérez llegó a su casa con esa migraña que tanto lo persigue desde que en Venezuela la palabra hiperinflación se puso de moda. Ya de por sí tenía días mareado: la reconversión monetaria, que ocurriría el lunes siguiente y le eliminaría cinco ceros a la moneda, lo estaba volviendo loco de tanto recalcular precios.

Es verdad, hasta hace cinco años mantenía contratados a seis empleados que ganaban el doble del salario mínimo. De un año para acá, tuvo que reducir la nómina a tres empleados y empezar a pagarles el mínimo de los beneficios. Pero, coño, no podía –no quería– perder a Carlota: la consideraba un afecto cercano. Le subiría el salario, sí, aunque su margen de ganancias por la papelería era cada vez más estrecho, aunque en realidad cada vez dependía más de los 30 dólares mensuales que le mandaba su hijo de 19 años que trabaja de mesonero y repartidor en Buenos Aires.

Así que el viernes en la mañana le anunció a Carlota que ahora le pagaría, por cada día que fuese, unos cinco millones de bolívares.

Para ambos, eso fue una “buena noticia” que duró demasiado poco.

El viernes 17 de agosto, Nicolás Maduro –el hombre que tiene secuestrado el cargo de presidente de la República– anunció unas nuevas medidas económicas, que aparte de confirmar la mentada reconversión monetaria elevaron el salario mínimo hasta 180 millones de bolívares al mes (1.800 bolívares soberanos). El aumento fue de 35 veces su valor.

O, dicho de otro modo, todas las empresas tendrán un aumento de 35 veces más gastos.

O, dicho de otro modo, todos los productos y servicios deberán multiplicar su costo por 35 para que sigan siendo rentables.

O, dicho de otro modo, Venezuela tendrá la inflación diaria más alta del mundo. Quién sabe, quizá la más altas de la historia.

Al régimen le gusta hacer ruido, que se hable de él. Es, en efecto, una estrategia comunicacional que funciona: capta la atención de los medios, eclipsa las tragedias cotidianas, y se mantiene como el protagonista del drama país. Al régimen le gusta que todo gire en torno a ellos: sabe que vives mientras tengas presencia en las conversaciones cotidianas y mueres cuando la indiferencia te aplasta.

Por eso el régimen y sus exponentes son ruidosos y les encanta producir noticias ruidosas: para opacar el resto de las historias.

Quien entiende de política, sabe de qué hablo.

Y la prensa le sigue el juego sin darse cuenta de que es un títere manejado por intenciones oscuras. Habla y habla del aumento, habla y habla de los exabruptos de Maduro, habla y habla de todo lo que hace, dice o deja de hacer el régimen.

Y las personas, incluso las que lo adversan, hacen lo mismo.

Y creen que eso es estar informado. Que es como pensar que “informarse” es describir la forma detallada en la que un pedófilo violó a un niño, sin entender que eso solo alimenta el morbo de otros pedófilos. Sin entender que el protagonista de ese drama es el niño: no su agresor.

Por eso cuando me enteré del aumento del salario mínimo, mientras estaba en casa del señor Pérez, sentí algo raro dentro de mí. Algo raro que no era rabia, sino tristeza. Lo entendí cuando él nos dijo a mí y a su hija que iba cerrar la papelería. Que ya no tenía sentido ese esfuerzo. Que vivirían de las remesas y que abrazaría su jubilación: que para eso ahorró alguito –en verdes, claro– durante esos años.

Me sentí mal por él. Pero de inmediato pensé en Carlota: ya no podría comprar ni siquiera una bolsa de sándwich al mes.

 

Por Mark Rhodes

Cajas selladas

Donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

La Librería Lugar Común abrió sus puertas por primera vez hace siete años. Desde entonces, lo que era un espacio más propio de las calles bonaerenses que de una Caracas cada vez más deprimida devino cadena. Hoy día, existen tres sedes más en Caracas (una en Plaza Venezuela y dos en Las Mercedes), además de una en Mérida y otra en Margarita. Pero ninguna –ninguna– tiene el aura de la primogénita: la de Altamira.

La misma que ahora es solo un montón de cajas selladas.

A ver si nos entendemos. En el mismo espacio opaco y desteñido que se muestra en la foto, se realizaron 1.500 eventos gratuitos, talleres y jornadas de discusión. ¿Se entiende? 1.500. Lo que equivale a pasar más de dos tercios del año haciendo mucho más que vender libros. Es decir, había más espacio para el desarrollo intelectual y artístico en ese reducido local que en muchas universidades.

En ese mismo lugar que ahora parece un depósito que exhibe su intimidad ante el mundo, pasaban día tras día centenas de personas que se sentían seducidas por una fachada que invitaba a la opinión reposada en medio de la verborrea caraqueña. En una urbe en la que el tiempo agoniza entre retrasos del Metro y colas infinitas, sentarse a tomar un café y leer un libro era posible en una esquina de Altamira que, de tan concurrida, se convirtió en un Lugar Común.

Como una pequeña Caracas, confluían ahí desde señoras que buscaban –sin mucho éxito– el último hit de Paulo Coelho hasta jóvenes que salivaban con tomos de la poesía de Walt Whitman en inglés original. Lo mismo pasaba un arquitecto a comprar un libro sobre su oficio que valía el equivalente a 25 salarios mínimos, como un bachiller que se sentaba a leer lo último de Punto Cero en el sofá durante toda la tarde: un poco porque disfrutaba estar ahí, otro poco porque ni ahorrando durante todo el año podía comprarlo.

Muchos de esos libros, que en la foto se intuye que rumian su desasosiego dentro de cajas que parecen cárceles, vieron impotentes cómo la librería –pese a sus 20 candados– fue robada dos veces. Y cómo sobrevivió a dos batallas campales: las protestas del 2014 y 2017.

Donde muchos ven cajas cerradas, yo veo el recuerdo de aquél taller de crónica que realicé en el 2014 mientras, afuera, varias barricadas trancaban las vías cercanas. Desde los vidrios que ahora exponen la tristeza, observé hileras de fuego que resguardaban a descamisados manifestantes dispuestos a tirar desde piedras hasta su propia vida a policías y guardias. Con esa imagen en mi retina, subí al segundo piso de la librería –donde estaban las aulas– para adquirir las herramientas que cuatro años después me ayudarían a convertirme en editor en jefe de Revista OJO. Por poner un ejemplo.

Quizá por todo esto, en una entrevista, Garcilaso Pumar –quien fuera el rostro visible de Lugar Común– contó que su esposa le dijo que el cierre de la sede de Altamira es lo más cerca que van a estar de participar en su propio entierro. Como, pienso yo, si un vivo orara frente a su propia tumba.

Tal vez buena parte de los caraqueños que aman los libros se sienten un poco así. No tanto porque se baje de forma definitiva una santamaría, sino porque es otra santamaría que se baja: la ciudad luce cada vez menos amigable para los amigos de la cultura.

La librería fue también ejemplo del aumento de la crisis. Si en época de vacas gordas podía vender centenas de libros durante un día, ahora que no hay vacas y muchos se debaten entre comer o leer (o se debatían: de un tiempo para acá, los libros pueden ser más costosos que la comida) no hubo cómo comprar el local que alquilaba: el que era su hogar. Sin acuerdo con los arrendadores, cerrar era la única opción. Y así, aunque la cadena se mantiene firme, acaba de perder a su eslabón más valioso. Al más icónico.

Por eso, repito, donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

Otra flor que se quema en medio de un incendio rojo como el fuego. Rojo como la Revolución.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel