virginidad

Los hombres esperan que haya sangre

Well, girls see more blood than boys

Ygritte — Game of Thrones.

 

Tal vez empezar este artículo con una afirmación no sea lo más acertado. Puede que fuera más correcto lanzar una pregunta al aire, digamos: “¿Los hombres [aún] esperan que haya sangre?”. La duda aumenta si dirigimos la interrogante hacia el otro género —el nuestro—: ¿Las mujeresesperan que haya sangre?

Hablo de sexo, por supuesto.

En concreto, de esa idea abstracta que es “la virginidad” y que parece haberse reforzado en el inconsciente colectivo con símbolos como las tres rosas —la famosa prueba del pañuelo en la boda gitana—; el imaginario de las novelas románticas o la creencia “ciega” en la prueba de la virginidad, que todavía se aplica en al menos 20 países y que determina si una mujer puede o no ser repudiada luego de no sangrar durante la noche de bodas, entre otras cosas —algunas víctimas de violación, por ejemplo, también son sometidas a este examen ginecológico para comprobar si el acto “realmente” ocurrió.

De manera que nuestro cuestionamiento inicial requiere ir a un escalón previo: “¿Qué es la virginidad?”.

Cuando Leonardo Pérez, miembro de la Asociación Civil de Planificación Familiar (Plafam), hizo esta pregunta frente a los asistentes del taller de educación integral en sexualidad, se produjo un silencio general en el salón. Nadie quería apuntar lo “obvio”.

—Se le dice virgen a quien nunca ha tenido una experiencia sexual —aventuró alguien.

—¿Y cuántos tipos de relaciones sexuales existen? ¿los niños nunca han tenido una experiencia sexual? ¿por qué es importante la virginidad? —insistió Leonardo.

La virginidad es importante porque asegura —en algunas culturas— que una mujer se case.

La virginidad está ligada a la honra de la familia.

La virginidad determina la “pureza” de un cuerpo femenino.

Queridos niños y niñas, nos mintieron a todos.

La Organización de las Naciones Unidas tiene su propia respuesta: “El término virginidad no es ni médico ni científico. El concepto de virginidad es una construcción social, cultural y religiosa, que en realidad refleja una discriminación contra mujeres y niñas”.

Son dos chamos. La chemise azul advierte que van entre segundo y tercer año de bachillerato. Conversan a viva voz por la avenida Urdaneta del centro de Caracas, con el ánimo de quien quiere hacerse eco en la multitud.

—… yo me asusté, loco, porque la carajita sangró cuando se lo metí. Entonces es que sí era ¿verdad?

—¡Claro, menor! Mira, yo una vez estuve con una loca que sangró que jode. De pana te lo digo: esa no era virgo, era virguísimo.

Es martes, al mediodía.

Resulta curioso: escuchar la palabra menstruación es, para muchos, como intervenir la 5ta Sinfonía de Beethoven con una pedorreta. Una herejía. La menstruación es un desecho del coño del que es mejor no hablar. Pero el coño, solo solito, “llama como un animal marino. Llama al hombre. Llama al macho íngrimo e íntimo e íntegro, despertándolo de su sueño”, escribió Milagros Mata Gil.

Si se trata de la conquista del coño, todo el mundo tiene un comentario, una anécdota, una recomendación.

Y lo más importante de todo es: no hay conquista sin sangre.

Entonces, hay que tumbar la barrera, quebrarla, penetrarla, romperla, hay que abatir al coño y para ello solo es necesario un paso pequeñísimo: deshacerse del himen.

El santo himen que, como buen dios, no sangra. Entre otras cosas, porque es una membrana delgadita y frágil como la fantasía de quienes creen en los orgasmos fingidos.

Nunca falta una excusa: usaste tampones, hiciste ejercicios muy fuertes, te metiste los dedos en ese huequito que tu mamá te dijo que jamás debías tocar. Empiezas a buscar en internet los tipos de himen que existen. Complaciente, anular, labiado, semilunar… alguno de esos debe explicar por qué no sucedió nada, por qué el coño no lanzó ninguna señal que compense la expresión dudosa de tu pareja.

“Pero sí, soy virgen, lo juro”.

Te sientes mal. ¿Qué palabra debes usar para reclamar esta traición? ¿Por qué tu coño, totona, concha, cochofla, papo, cocoya y tantos “ona”, no sangró?

Porque lubricaste, mi amor.

Porque lo pasaste bien.

Porque la penetración no fue tan brusca como para lastimarte el cérvix.

Porque no muchas mujeres sangran en su primera vez y esto puede estar relacionado con tensión y rudeza al momento del coito, o con otros factores de salud, como infecciones, inflamación o enfermedades.

Porque esa sangre que buscas no es para ti, sino para reparar el orgullo de lo que entra duro y sale flácido de esa cuevita indomable que tienes entre las piernas.

 

Por Natasha Rangel | @coyoteDventanas

Si no van ayudar no estorben

En el orbe mundo trivializan la tragedia venezolana porque no comprenden su profundidad. Creo que el grado de perversión de quienes la perpetran está fuera del registro de la perversidad conocida. La historia está llena de atrocidades que un pueblo invasor lleva a cabo contra otro mientras lo somete, lo conquista y lo coloniza. También está llena de tiranos arrasadores capaces de borrar sin el menor recato a sus adversarios y opositores, amén de a todo aquél que funcione como chivo expiatorio. El catálogo del odio y de las atrocidades es enorme y es fácil creer que está completo. Pero no. Faltaba la contribución venezolana.

En Venezuela hay un tipo de horror inédito que mezcla elementos propios del caudillismo y de las dictaduras militares latinoamericanas con la ética y la estética narco, así como con los modales sanguinarios de gobernantes de países como Sierra Leona, Haití y Uganda, aparte, claro, de Cuba, el gran modelo de la tiranía venezolana.

Observen estos ejemplos:

En la cárcel de Tocorón, en el estado Aragua, hay una discoteca a la que asisten estrellas de la música internacional. Los anuncios de esas presentaciones se hacen con total normalidad a través de las redes sociales.

Los tiranos inventaron unos operativos de seguridad pública llamados OLP (Operativos para la Liberación del Pueblo) en los que los efectivos armados portan máscaras de carnaval con la forma de una calavera. Repito: máscaras de carnaval, no máscaras antigases o pasamontañas de uso profesional.

Durante la segunda semana de 2019 fallecieron cuatro pacientes en el Hospital Universitario de Caracas porque se fue la luz en todo el edificio. Una semana después, los periódicos reseñaban la presencia de una bailarina exótica en la oficina del director de la institución, quien celebraba su cumpleaños junto a colegas y amigos.

En Venezuela, los servicios públicos no funcionan. Hay agua corriente tres días a la semana. Hay ciudades enteras sin luz durante horas varios días a la semana. Hay apagones constantes siempre adjudicados a maniobras de sabotaje o a accidentes producidos por animales. Hay problemas de suministro de gas doméstico. Hay zonas de Venezuela donde la red telefónica dejó de funcionar y no hay quién la repare.

No hay material para tramitar pasaportes. Si eres venezolano, se te venció o se te perdió, no hay manera de tramitar otro porque no hay material. Si se te pierde o se te vence estando en otro país, no hay nada que hacer porque en las oficinas consulares tampoco hay cómo reponerlo. Sin un documento de identidad una persona no existe.

Las instituciones educativas venezolanas de todos los niveles tienen que adaptar sus horarios a las exigencias de los racionamientos de agua y luz.

Las «soluciones» que proponen los tiranos llevan implícita una burla a sus víctimas. Ante la falta de medicinas, los tiranos recomiendan «sembrar acetaminofén». Ante los apagones, los tiranos decretan «días no laborables». Ante la falta de agua corriente, los tiranos proponen «bañarse rápido y con conciencia».

La política económica de los tiranos ha desencadenado un proceso de hiperinflación que erosiona todos los rincones de la vida venezolana. Los precios de cada producto aumentan de una semana para otra y, en algunos casos, de un día para otro. No hay dinero en efectivo y la distorsión económica es tal bajo el gobierno más nacionalista y más preocupado por los pobres, que los venezolanos han terminado por usar dólares en abastos, panaderías, farmacias y supermercados… Hoy hay cientos de miles de personas pasando hambre porque no hallan cómo adquirir los alimentos.

Podría continuar hablando de la escasez de medicinas, del cierre de miles de empresas, del desempleo y del éxodo de miríadas de venezolanos, pero mejor dejémoslo hasta aquí.

Creo que la ruina es ostensible y no hace falta explicar por qué Venezuela tiene que quitarse de encima esta tiranía.

 

Por Roberto Echeto

La Caracas de Piedra de mar y mi Caracas: medio siglo de involución

“La niebla se fue abriendo y aparecieron las luces de la ciudad. Las calles eran ríos de luces y se veían muy bonitas”, describe Corcho, el narrador y protagonista, mientras desciende de noche junto con Kika en el teleférico que antecedió al actual Sistema Warairarepano. Termino de releer en 2019 Piedra de Mar, una novela corta publicada en 1968 cuyos protagonistas oyen Beethoven y Harry Belafonte, echado en el suelo de la cocina un domingo a las cinco de la mañana: es el lugar de mi casa en el que menos atormenta el trap a todo volumen que han estado colocando unos vecinos –probablemente de la misma edad que Corcho– toda la madrugada.

Vivo en la misma ciudad de las páginas del libro que acabo de terminar, Caracas. Es asombroso que haya electricidad para leer: ya mi país ha sufrido al menos cinco apagones nacionales, desde el siete de marzo, que han dejado virtualmente devastada a –por ejemplo– Maracaibo, la segunda metrópolis venezolana. No por obvio debo dejar de registrarlo: comparada con la que narró el recién fallecido Francisco Massiani, mi Caracas parece medio siglo después un peor lugar para vivir. Lo que no es atribuible exclusivamente al proceso político que comenzó con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999: en varias partes del mundo, muchos hijos estamos teniendo en este siglo XXI la sensación de que nuestro nivel de bienestar es inferior al de nuestros padres.

La acción –que tiene mucha inacción– de este clásico de lecturas de bachillerato transcurre en un puñado impreciso de días en la capital de Venezuela, con un par de expediciones al vecino estado que el chavismo ahora llama La Guaira: el topónimo Vargas, al igual que El Ávila, ha sido proscrito del lenguaje oficialista. Nunca se indica con precisión la ubicación del apartamento en el que vive arrimado Corcho (aféresis de Carecorcho), el que pertenece a los padres de su amigo José. Sí se dice que frecuenta la Calle Real de Sabana Grande, que no será convertida en bulevar peatonal hasta la llegada del Metro a principios de los años 80. También los alrededores de la actual estación del subterráneo en Bellas Artes y una discoteca llamada El Hipopótamo, que al parecer quedaba en Los Palos Grandes.

La novela está ambientada casi con toda seguridad durante el gobierno del adeco Raúl Leoni (1964-1969), el segundo del período de democracia representativa, aunque a un lector de la Venezuela de 2019 como yo le sorprende la casi absoluta ausencia de referencias políticas: apenas en la 164 de las 168 páginas de mi edición, Corcho sugiere que Carolina –objeto de su infatuación– fue enviada a estudiar a España por sus padres debido al temor a “líos en la universidad” (el allanamiento de la UCV ocurrirá en 1969: estábamos en la resaca criolla del Mayo Francés). También encontramos alguna salpicadura sutil acerca de los frecuentes atentados urbanos de la guerrilla en aquellos años y a cierta atmósfera de represión policial.

Pero, en general, el debate político del momento lleva una capa de invisibilidad en los diálogos de los personajes de Massiani, aunque sería mentira afirmar que sus jóvenes carecen de desesperanza y no se plantean el exilio: “Debe ser muy bueno estudiar afuera (…). Me gustaría irme. Me gustaría irme lejos y no volver más”, anticipa el “Me iría demasiado” la futura psicóloga Kika.

Si hay algo que me conmueve y perturba de Piedra de Mar es la noción de que fue escrita en una era anterior al smartphone: de hecho, uno de los conflictos centrales de la novela ocurre debido a la imposibilidad de comunicación directa entre Corcho y el centro de su obsesión enfermiza, la chama buenota que no le para bola: el joven que ha renunciado a sus estudios universitarios termina escalando al apartamento de Carolina cual Spider-Man, labrando un desencuentro de fatídico desenlace –por culpa de una cucaracha– que hoy probablemente se habría resuelto con un par de mensajes en WhatsApp.

FOTO: Vasco Szinetar

Los personajes de Massiani tienen tres opciones para entretenerse: cine, libros y discos de vinil. ¿Son más cultos que nosotros? He allí un buen debate. No soy muy joven y no puedo ya compararme con Corcho, Lagartija, Marcos, Flautín y Kika, pero mis hábitos de lectura se han reducido de forma considerable, en gran parte porque paso mucho más tiempo pendiente de Internet y las redes sociales. Sin embargo, estos últimos hábitos también son una fuente de conocimiento que no debe despacharse a priori. ¿Tengo más conciencia de un mayor número de ámbitos de la experiencia humana, pero soy menos profundo?

El cine está mucho más presente en los espacios urbanos de la Caracas de Massiani que en mi Caracas de 2019, lo que no puede atribuirse solo a la destrucción de la empresa privada: en casi todo el mundo ha ocurrido un repliegue de la exhibición fílmica a los búnkers de los centros comerciales. Las plataformas streaming y la posibilidad de descargar contenido se imponen. En todo caso, esa sensación de extrañamiento e irrealidad al salir de una función, que tan magistralmente describe Pancho cuando Corcho sale de un filme francés en Las Palmas, la seguimos experimentando en formato digital en el presente, aunque yo solo haya podido ver una película en 2019: la de Capitana Marvel.

La Caracas de Massiani es más cosmopolita, al margen de que la globalización haya avanzado a paso de aplanadora durante este medio siglo en el resto de la Tierra. En sus recorridos por Sabana Grande, Corcho entra a una librería (Suma) en la que percibe el olor de “libros recién llegados por montones”. Hojea una revista en francés, bucea a una catira italiana, está enamorado de una jeva que tiene cachifa gallega (¡insólito!) y le da un codazo sin querer a la hija pequeña de un español después de trancar un teléfono monedero. La gente sale del país, y, en la mayoría de los casos, regresa: los padres de José están en Nueva York, Carolina acaba de regresar de España, al enano Marcos se le pegó un beibi después de su último viaje a Miami.

La única ruta que se ha estrenado por estas semanas en Maiquetía es la Caracas-Teherán, de Mahan, una aerolínea sancionada por Estados Unidos.

Más novedades: en una playa de La Guaira se practica esquí acuático, mientras que Corcho puede salir a las diez de la noche a comprar cigarrillos en un bar de la esquina de su casa que abre hasta madrugada, lo que en 2019 se me haría inconcebible: por donde vivo, con la excepción de las rumbas de trap, no hay ni perros callejeros a un kilómetro a la redonda después de las ocho de la noche.

¿Tienen preocupaciones económicas los personajes de Massiani? Sí: son jóvenes en edad universitaria, casi todos desempleados y mantenidos por sus padres, universalmente esa clasificación taxonómica no nada en la prosperidad. Lagartija, uno de los amigos de Corcho, “está limpio” (sic), al menos para irse con su novia de tragos; mientras que el protagonista se queda sin dinero después de ser expulsado de una fiesta de traje formal en Altamira y debe caminar a su casa en esmoquin bajo la lluvia. Pero ninguno de los personajes parece al borde de la desnutrición, más allá de sus hábitos alimenticios desordenados: José llega al auxilio de su pana y le brinda dos “tostadas” (denominación habitual en aquella época de la arepa asada, que la diferenciaba de la arepa frita) de queso amarillo.

Sabemos que para 1974, cuando se introduce el salario mínimo en Venezuela, el ingreso básico era de alrededor de 450 bolívares, que equivalían a unos 100 dólares. En Piedra de Mar, para una entrada de cine basta un “fuerte”, desaparecida moneda de cinco bolívares. Un café cuesta un bolívar; y una caja de cigarrillos, dos bolívares. Marcos acaba de pagar un carro nuevo.

El alter ego de Pancho Massiani va a la urbanización El Silencio a comprar camisetas de fútbol, una de las grandes pasiones del escritor (1944-2019) en la vida real. Pierde un zapato y esto es más un motivo de vergüenza que una pérdida material incuantificable. Que yo recuerde, como profesional de clase media, no he comprado ninguna prenda de ropa en los últimos seis años, aparte de medias (para la época de Piedra de Mar, el paltó y corbata son casi obligatorios en los jóvenes); además, en 2019 he prescindido de una de las comidas completas diarias: el hábito de José de empujarse un sánduche a las tres de la mañana me resultaría desconsiderado y abusivo en un hogar donde tenemos todo contado.

Aunque tuviera recursos vía remesas para camisetas de fútbol, me encontraría con santamarías de color gris grafiteadas si busco las tiendas deportivas de Caracas que frecuentaba hasta la década pasada.

Por edad, yo podría ser padre de Corcho. Hoy me resultaría ridículo llamar “pajarito” a mi pene, utilizo mucho menos la muletilla “que si” y sería acusado de violencia de género en redes si expresara mi deseo de arrastrar a un despecho por Sabana Grande como una carreta. Pero en general entiendo casi todo lo que me quiere decir el Pancho de 1968. No solo lo comprendo: sigo sin resolver por completo el Cubo Mágico de la seducción al sexo opuesto, admiro en otros “una felicidad sencilla que me impide creer que mi soledad es inevitable” y, al igual que Corcho, con frecuencia me equilibro al filo de una acera muy delgada entre la pulsión irresistible por la muerte y unas enormes ganas de pelear mi derecho a vivir. Con todos sus defectos, eso hace universal a Piedra de Mar.

Aunque se haya quemado el túnel de bambú que une al Country Club con El Bosque (uno de mis lugares favoritos para pasar caminando, aunque sea muy peligroso), bajo este cielo lleno de la insoportable calina de abril también hay algo de la Caracas que Pancho amó. Por ejemplo, el placer de compartir unas papas fritas y un jugo de melón con un pana en Sabana Grande, una tarde de evasión y fútbol luego de un apagón nacional.

 

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia

Mis domingos con El Nacional

Era una rutina invariable: los domingos representaban la oportunidad de levantarme más tarde debido a cualquier fiesta a la que hubiese acudido la noche anterior. Mi familia era pequeña y ya estaban ocupados con el desayuno-almuerzo para el momento en que yo salía de mi habitación a la búsqueda de la primera taza de café. De vez en cuando rememoro esas comidas con una sonrisa de nostalgia. Vuelvo a vernos, alrededor del largo mesón del corredor, cada uno llenando su plato según su gusto particular: arepas, huevos fritos, tocinetas, caraotas negras, chorizos de ajo, jugo de naranja y café con leche. Esos domingos comíamos bastante y luego de organizar la cocina y lavar los platos, cada quien buscaba su rincón predilecto para leer los periódicos dominicales. Papá no escatimaba con ellos y en mi casa nunca faltaron durante cada fin de semana: El Nacional, El Universal, 2001, El Aragüeño, El Nuevo País, Tal Cual, El Siglo; además de los dos periódicos locales: El Nacionalista y La Prensa del Llano.

Ya sea por la posterior mudanza, por la enfermedad y muerte de mi madre y mi abuela, por el costo aumentado de los periódicos, por la censura, por los cierres consecutivos; en fin, sea por la razón que haya sido, esas lecturas de domingo no se efectuaron más, pero a mí me agrada recordarlas de vez en cuando, por lo que significaban, por lo que representaban, por lo que simbolizaban dentro de mi rutina del fin de semana. Papá solía acostarse en el chinchorro del corredor principal, frente a la puerta de la casa, con los perros echados en el piso, debajo de él. Mi abuela se acostaba en el otro chinchorro, en el corredor lateral, y mi madre se sentaba en uno de los sillones de hierro, junto a ella. Yo variaba el puesto, iba y venía, buscaba otra taza de café; pero lo que abundaba en esas tardes de domingo, después del desayuno-almuerzo, era el silencio de las lecturas simultáneas de mi familia.

Nos turnábamos los periódicos. Comentábamos las noticias. Sugeríamos ciertas lecturas. Nos levantábamos para beber agua o más café. Si cierro los ojos puedo escuchar de nuevo el rumor del papel al ser doblado para leer mejor algún artículo, o el inconfundible sonido al pasar de una página a la siguiente. Los dedos manchados de tinta. Papá levantándose del chinchorro para darle comida a los perros. Pero lo que más recuerdo es el silencio expandido en toda la casa porque cada uno estaba inmerso en una lectura diferente. No pretendo decir aquí que éramos una familia culta o bien leída, sólo intento recrear el placer de esos domingos con cada uno de nosotros ocupado en leer e informarse sobre lo que ocurría en el país y en el mundo. Era eso: nos gustaba estar informados. Por supuesto, de vez en cuando caíamos en el lugar común: Papá leyendo absorto las páginas deportivas de El Nacional y yo entretenido con las noticias culturales y literarias del Cuerpo C del mismo periódico. Porque debo agregar aquí que teníamos nuestras manías; por ejemplo, yo leía el periódico comenzando con el último cuerpo, es decir, leía desde la última página a la primera con los titulares. Papá, como ya dije, prefería el Cuerpo B, con los deportes, y el Cuerpo A, por las noticias nacionales y los artículos de opinión. Mientras eso sucedía, mi madre y mi abuela podían estar ocupadas leyendo las revistas de cada periódico y cruzando comentarios sobre las recetas de cocina que leían allí.

Hoy puedo decir que disfruté, que disfrutamos, de muchos domingos de calmada y silenciosa lectura. Y éramos una de esas familias que, obligadas a jerarquizar, hubiésemos preferido (y así nos tocó hacerlo, pero más adelante) siempre leer El Nacional por encima de todos los demás. Y no se trataba sólo de las lecturas dominicales, sino de los agregados, de lo tangencial, porque aún conservo la colección de música clásica y los CD de ópera que el periódico ofrecía por un precio adicional. Y los libros. No olvidemos los libros de El Nacional, en hermosísimas ediciones de tapa dura y con títulos imprescindibles de la literatura. Atesoro con cuidado una serie de narrativa hispanoamericana muy bien editada, tapa blanda, de 16 volúmenes. Lo que quiero decir, torpemente, es que El Nacional representaba la oportunidad no sólo de leer un periódico, sino de ampliar la cultura a través de múltiples colecciones y encartados que no podrían pasar desapercibidos. Eso quiero decirlo con claridad.

Estoy seguro de que muchos de ustedes tienen historias similares, recuerdos parecidos, o anécdotas que transitan el mismo camino. El Nacional formaba parte de nuestras vidas, de nuestras lecturas, de nuestras opiniones, de nuestras diferencias. Ningún periódico debería cerrar, por razones económicas o de censura. Justo anoche vi la película The Post, con Meryl Streep haciendo el papel de Katharine Graham, la poderosa editora de The Washington Post, durante la toma de decisiones para publicar lo que luego denominarían Los Papeles del Pentágono. Y fue como mirarme(nos) en un espejo. La censura. Las estratagemas políticas. Las decisiones judiciales. El olfato periodístico para intuir las noticias. La ebullición interna de un periódico en su lucha por informar y decir la verdad. Quizás asumo una postura idealista (sí, es mi karma), pero se me aguaron los ojos hacia el final de la película. Pero también pesa mi yo realista: Miguel Henrique Otero no es Katharine Graham, ni El Nacional es The Washington Post. Eso sólo sucede en mi cabeza.

Ahora proliferan las ediciones digitales, las tabletas, los teléfonos celulares, y si bien es cierto que no tengo nada en contra de esos avances tecnológicos, al mismo tiempo debo reconocer que una parte de mí añora y quisiera volver a disfrutar de aquellos domingos silenciosos de feliz lectura de periódicos, de dedos manchados de tinta, de multiplicidad de opiniones, de noticias contrastadas, de artículos y notas interesantes, de revistas y horóscopos fallidos. Soy un nostálgico, forma parte de mi naturaleza. Hoy lamento el cierre de El Nacional, pero esa misma parte idealista o ingenua (que ustedes tendrán que disculpar) prefiere creer que vendrán tiempos mejores y menos filosos para el periodismo venezolano. El Nacional se queda conmigo, entre mis recuerdos, con mis sonrisas y en mis relecturas de todos esos libros que alguna vez alguien tuvo la brillante idea de ofrecernos por un monto adicional que a nadie empobrecía. Me quedo con eso. Es mi escogencia puertas adentro.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz 

El fin de las palabras

Siempre les decía a mis alumnos en la universidad: existe una guerra de lenguaje y el chavismo nos está revolcando en ella. Casi desde el primer día, a veces de una forma más explícita, otras veces de manera más subrepticia, han ido modificando la forma en la que hablamos y, por ende, la forma en la que terminamos pensando esta realidad que nos rodea. Desde algo tan aparentemente tonto como hablar de “conversatorios” en lugar de “charlas” o “tertulias”, hasta el hecho de que se me ericen los vellos de la nuca cuando me dicen que en tal o cual zona de Buenos Aires suelen pasar muchos “colectivos”. Con el tiempo hemos terminado pensando en sus propios términos y eso es algo más difícil de corregir que la economía o el sistema eléctrico; se trata de la piedra fundacional de nuestro entendimiento.

Una vez leí una analogía interesante: el lenguaje es al ser humano lo que el agua es al pez. Es el medio en el que se mueve, es el entorno que de alguna forma lo alimenta. También es ese todo envolvente en el que se desarrolla y que, en muchas ocasiones, ni siquiera nota que está ahí. Hay que detenerse y hacer un esfuerzo para desentrañar lo que esconden las palabras, las intenciones políticas que pueden ocultar, las herramientas de transformación social que llevan guardadas dentro de sí como si se trataran de pequeños caballos de Troya.

No solo es que el chavismo ha distorsionado lo que vemos, sino que también se ha encargado de manipular a su antojo dos de los marcos más importantes para comprender el presente: la historia y el lenguaje. Que veinte años después sigamos hablando de “dirigentes de oposición” no es cualquier cosa. Que por mucho tiempo hayamos asumido como positivo el término “escuálidos” es una victoria mayúscula para el lado oficialista. Palabras como esas aseguran la existencia de, por lo menos, la idea del chavismo por mucho tiempo. Eran opositores a qué, preguntarán las personas en el futuro. No se podrá explicar el término “escuálidos” sin explicar antes al chavismo. Las palabras guardan dentro de sí partes del alma de las personas, de los movimientos políticos, de los momentos históricos.

Este régimen se ha caracterizado por los controles que aplican y el lenguaje no fue ninguna excepción en este sentido. En principio, la forma en que sus dirigentes se comunicaban a la población, disminuyendo el nivel de su discurso con la excusa de acercarse a las clases menos pudientes, pero también bajando la barra de lo que debía ser el nivel de comunicación en general, al punto en que si una figura política intenta utilizar un lenguaje más sofisticado, más cuidado, genera sospechas. La otra parte de la estrategia fue el deterioro de la educación en general. Como se ha documentado, al chavismo no le hizo falta cerrar escuelas, destruir centros educativos ni nada por el estilo, fue tan simple como descuidar los centros de educación. Escuelas públicas en el olvido, condiciones laborales deplorables para los maestros en general, presiones sobre los colegios privados, cambios en las normativas para impedir que los alumnos repitieran grados. Todo esto ha llevado a la formación de personas a quienes cada vez les interesa menos el uso correcto del lenguaje, lo que las lleva a ser mucho más fáciles de manipular a través de las diferentes capas que puede tener una sola palabra.

Sin embargo, en estos últimos días en los que la dictadura ha estado mostrando otra de sus caras más horribles, se ha presentado un nuevo problema. Estos tweets de Jean Mary Curro creo que lo explican muy bien:

(tweet 1, tweet 2).

Ante cada nueva forma de romper a los venezolanos, de acabar con el país, nos vamos quedando sin palabras para describir el horror, el dolor, la tristeza, la desesperación. Y tiene sentido: si son nuevas formas de mostrarnos la maldad, sería lógico tener nuevas palabras para describir la maldad; pero, ¿de dónde las sacamos?

Me da miedo ese panorama en el que el lenguaje se nos quede demasiado corto como para describir estos años de oscuridad (física y simbólica). Me da miedo porque esto es algo de lo que tenemos que hablar hasta que ya no podamos más. Este mal se exorciza con más palabras, palabras coherentes, articuladas, bien pronunciadas. Este mal se exorciza con un discurso consistente, lleno de datos y  hechos corroborados, con los signos de puntuación puestos donde van y un buen uso de los paréntesis cuando corresponden. Pero si todo lo que vemos ha escapado ya las formas que tenemos para comunicarlo, habrá que hacer un trabajo más arduo aún para liberarnos de estos fantasmas.

Pienso en 1984, de George Orwell. Pienso en ese libro todos los días desde antes incluso de leerlo. Pienso en el plan del Partido para instaurar la neolengua y convertirla en una especie de jerigonza sin color, solo una nube gris de sonidos a los que se les puede atribuir un solo significado otorgado por el Partido. En cierta medida me parece que el chavismo logró alcanzar ese nivel: reducir el lenguaje lo suficiente como para que no tengamos ni siquiera cómo describir con claridad lo que nos pasa, ni mucho menos esbozar las soluciones o estrategias de salida.

Por eso aplaudo el trabajo de quienes relatan día a día lo que sucede en Venezuela: escritores, periodistas, comunicadores en general; aquellos que intentan ponerle orden a esta historia. Aplaudo también el trabajo de quienes intentan validar y reforzar la voz de quienes viven este desastre en carne propia, porque el espacio en el que te permiten relatar tu sufrimiento con libertad y comprensión es importantísimo para comenzar a sanar y aprender a vivir con un capítulo de tu historia que te va a acompañar por siempre. Aplaudo el trabajo de quienes “consumen” estas experiencias, porque es nuestra responsabilidad que cada vivencia resuene con fuerza y nos enseñe sobre los días más duros de nuestra historia. Todos estos personajes nos ayudan a volver a apropiarnos del lenguaje en una forma que no responde a una relación clientelar con el poder ejercido por el chavismo. Necesitamos tener las palabras, todas las palabras posibles, para expeler el mal de Venezuela.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

Nosotros podemos narrar nuestra tragedia

“Que nadie les robe el relato de su libertad”, Alejandro Sanz.

 

El Diario en ruinas, de Ana Teresa Torres, debería ser un bestseller mundial. Al menos por estos días, en los que Venezuela ocupa tanto espacio en los medios de todo el planeta. Me encantaría verlo liderando las listas de venta de las principales ciudades hispanas, quizás así habría menos desubicados irrespetando el drama de los venezolanos: quienes quieren hacer ver que lo que ocurre en mi país es una guerra de ideologías, no saben que la sobrina de mi compañera de trabajo falleció porque no consiguió insulina para tratarse la diabetes.

Son tantos los escritores y artistas que han hablado de la importancia de la compasión al momento de acometer su oficio, que uno creería que cualquiera que tenga la fortuna de vivir de escribir –o de vivir escribiendo– ya habría entendido el valor de hablar con el corazón. Leer los comentarios de muchos escritores, intelectuales y profesores sobre lo que pasa en Venezuela me ha demostrado que no son pocos quienes, con los libros, más que buscar luz y sensibilidad, pretenden masturbarse intelectualmente. El problema es que las fantasías que ocurren durante el onanismo nunca se parecen a la realidad.

 Ana Teresa Torres es una de las escritoras más importantes de nuestra historia. En el 2018 publicó, con editorial Alfa, un diario en el que hace un recuento de la destrucción perpetrada desde 1999. Si usted aspira a comprender el presente, le recomiendo detenerse en esas páginas: muestran cómo un régimen falsamente democrático devino totalitarismo. En medio de eso, se desató la hambruna más fuerte que ha padecido el país, la hiperinflación más alta de la historia y una situación de violencia que hace ver a Ciudad Gótica como un paraíso.

Nada de eso lo insertaron en mi cabeza los gringos. Eso lo ha padecido mi estómago: por falta de comida o por tener que procesar tantos asesinatos. Es una lástima que mi sistema digestivo no comprenda a Marx y Lenin.

Diario en ruinas es, también, uno de los varios libros que pueden ayudar a explicar un país que parece de mentira. Desde principios de siglo, aparecieron numerosas publicaciones que, desde diferentes enfoques, dan cuenta de la destrucción a la que hemos sido sometidos. Me gustaría hacerles llegar esos registros históricos a tantos sabios de redes o a medios que permiten que sus colaboradores defiendan lo indefendible (yo creo en la libertad de expresión, pero no dejo de preguntarme si los mismos editores que publican justificaciones a la dictadura permitirían que una estrellita de su plantel alabara en sus páginas al nazismo o hiciese una diatriba contra los negros). El caso es que no puedo: la destrucción perpetrada por el totalitarismo prácticamente acabó con la industria editorial. Aunque no está de más recordar que en Internet se consiguen bastantes escritos. Sería bueno que cualquiera que pretendiera escribir sobre Venezuela los revisara antes de soltar su opinión.

Me incomoda, sobre todo, la posición tibia de los que rechazan al régimen usurpador pero ven todo a través del lente de la ideología. Ni una educación cristiana pesa tanto como una formación de izquierda. Concluí que prefiero el silencio del que se asume ignorante, que la opinión del que se cree sabio.

Leyendo el diario de Ana Teresa, me llamó la atención la gran cantidad de esfuerzos que se hicieron desde el entorno de la cultura para visibilizar los excesos de un militar que gobernó siguiendo los antojos de sus tripas. Me llamó la atención, digo, porque no es lo que más se recuerde de esos primeros años de oscuridad. Mientras miles de personas leían las reflexiones de gente como Ana Teresa, millones consumían la propaganda del Gobierno. En un país en el que el conocimiento es despreciado, la universidad un trámite para lograr un buen trabajo y el arte –con frecuencia– un asunto de élites, no es de extrañar, tampoco, que el régimen no se preocupara tanto por los escritores e intelectuales que le adversaban: sabían que la ignorancia y el desprecio estaban de su lado.

Me parece que será trabajo de las nuevas generaciones honrar la obra de quienes deben ser nuestros referentes, hacer de la literatura algo popular y lograr que leer sea un acto que trascienda el periódico. Quizás así podamos, de cara al mundo, visibilizar a nuestros talentos y evitar que, en los grandes medios, contraten a personas que no viven en Venezuela, que no han venido a Venezuela en años –o que acaso vinieron por dos semanas– para explicar lo que nos pasa.

Más allá de los tuits irresponsables de Jon Lee Anderson y Andrés Hoyos o de la ya famosa columna de Almudena Grandes, me resulta curiosa la opinión –o las palabras, los matices– de otros autores, algunos de los cuales poseedores de una obra –o prosa– que respeto y admiro. Cuando Gabriela Wiener dice, en el Diario La República de Perú, que la solución al conflicto venezolano debe “salir de sus propias tripas”, me resulta sencillo entender lo que quiere decir y hasta afirmar que me parece más o menos sensato. Hasta que recuerdo que tengo 20 años viviendo en un país progresivamente destruido, bajo el yugo de un régimen totalitario que bloqueó toda opción de disidencia y en el que el nivel de sometimiento es tan absurdo que el temor de una guerra civil resulta ingenuo: las armas están, y siempre han estado, del lado del poder. En 2014 y –sobre todo– en 2017 quedó claro que de nuestras tripas solo puede salir dolor.

¿Se imaginan que la comunidad internacional hubiese dicho no, lo que hace Hitler está mal, pero fuchi los gringos: la solución de los judíos tiene que nacer de sus tripas. Ellos solos deben resolver su problema?

Lo irónico es que en la misma columna afirma que ningún Gobierno internacional realmente siente interés en la tragedia de los venezolanos. No le pienso discutir eso, pero cuando leo cosas así, como víctima de un régimen totalitario, siento que a muchos escritores que escriben sobre Venezuela les importamos menos que a Trump o Bolsonaro.

Es curioso que, cuando se menciona el interés de tantos países de reconocer a Juan Guaidó como lo que es: presidente encargado, se piense en petróleo y no en que, por ejemplo, el éxodo de millones de venezolanos significa un problema para todo el continente: a Perú, Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y Argentina están entrando a diario cientos de miles de personas en situación de emergencia humanitaria.

No es un asunto de gustos ni de chauvinismo: solo pido respeto para el país en el que nací, crecí, me hice hombre y en el que todos hemos despedido a tantos: algunos porque se van, otros porque no tienen cómo curarse un resfriado, varios más porque los matan.

Dentro de Venezuela hay narradores muy valiosos, que bien podrían escribir las crónicas de estos tiempos para los principales portales del mundo. Héctor Torres, Fedosy Santaella, Krina Ber, Juan Carlos Méndez Guédez o Rodrigo Blanco Calderón alguna vez han sido contactados para eso.

Y es que si lo que se quiere tener es la visión contrastada de alguien que no vive en el país, más fructífero sería pagarle el viaje de ida y vuelta a alguno de los numerosos escritores que tenemos viviendo fuera. O, sí, enviar a cualquier buen narrador para que investigue y patee las calles, pero no por una semana ni dos.

Quizá Gabriela Wiener acertó cuando –refiriéndose a numerosos políticos– decía que en realidad a nadie le importan los venezolanos: muchos medios de comunicación, periodistas, escritores e intelectuales le están dando la razón. Para ellos, solo somos una oportunidad más de usar las palabras guerra fría. O de gritar que lo nuestro no es socialismo y que los usurpadores en realidad no son de izquierda.

Mientras tanto, nosotros padecemos en primera persona nuestro Diario en ruinas. Y no dejo de pensar en la importancia de que, como venezolanos, sepamos narrar nuestra historia. Durante 20 años nos han querido imponer un relato único. Se me ocurre que la mejor forma de rebeldía es aprender a echar nuestro cuento.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Carta abierta a Oriana, la “chama de las tetas”

Querida Oriana: no tienes por qué conocerme, soy un escribidor de fama bastante intermedia. Te conocí, como ya quisiera yo que me conociera una parte importante del país, en la fiebre de un sábado por la noche: el 23-F. Te convertiste en un rostro fresco (sí, yo suelo ver primero las caras) entre imágenes de gandolas que transportaban candela, puentes que separaban, cuerpos que se le atravesaron a perdigones, militares que preferían escapar que reprimir y habitantes originarios tiroteados con arcabuces modernos como en el siglo XVI.

El hecho de que tengas una cuenta en redes sociales y de que te hayas convertido en personaje público me da cierta licencia para escribirte, aunque seguramente te parecerá desagradable que se siga hablando de ti.

Tú misma te has hecho llamar, con ironía, “la chama de las tetas”. Te convertiste en una de las celebridades inesperadas del día en el que, según la promesa del presidente legítimo (e) Juan Guaidó, la ayuda humanitaria debía entrar sí o sí a Venezuela. El aparato de represión de la usurpación no dejó pasar ni una caja de gasas, pero tu caso entró para siempre en mi contrito corazón.

“No es lo que estaba buscando”, suplicas en tu derecho a réplica (por llamarlo de alguna manera). Eso solo lo sabes tú, Oriana, en el fuero más íntimo de tu conciencia: yo creo plenamente en ti (lo de que no eres operada me cuesta un ligeramente más creerlo, aunque ese debate es totalmente prescindible). Quisiste denunciar que estuvieron a punto de asesinarte con una bomba lacrimógena lanzada directamente hacia tu cuerpo, igual que a Juan Pablo Pernalete, durante las protestas en la frontera con Colombia. Te subiste la T-Shirt para mostrar que te habían herido en el pecho. Si en vez de eso hubieras bajado el cuello de la franela, probablemente la habrías rasgado.

Enseñaste también tu ropa interior, obviamente. Unas cuantas personas empezaron a hablar de tus senos turgentes (disculpa el lugar común de soft porno, por favor) y de tus pezones. En cuestión de horas, pasaste de 10.000 a más de 200.000 seguidores en Instagram. La gente empezó a ir hasta abajo, bien hasta abajo, en tu feed de la red social. Te encontraron en la plenitud de tu juventud, radiante como una lámpara LED en un país en penumbras. Encontraron fotos junto a tus padres que se malinterpretaron, y tengo entendido que respondían a un objetivo específico, pero ni siquiera hay por qué justificarlo: en los años 60 la gente hacía esas cosas por paz y amor y no había redes que propagaran la pacatería. Te convertiste hasta en un sticker de WhatsApp.

La chica de Meridiano como institución

Tú no me conoces, repito, Oriana, pero de inmediato simpaticé con tu caso y te defendí en al menos tres chats de grupos de trabajo. Tengo 43 años y en líneas generales me dedico a redactar en medios de comunicación. Hace más o menos una década, de manera anónima, publiqué el Meridianómetro: un blog en el que me dedicaba a comentar (y calificar con puntos del 1 al 10) la foto de la tapa de atrás del diario deportivo Meridiano. Ya quisiera nuestro parlamento tener la fortaleza de esa institución de la babosidad nacional. Mi excusa era mantener, mal que bien, cierta disciplina de escribir a diario sin las ataduras del periodismo. Quizás quería explorar el concepto que entonces tenía de lo femenino, o más bien, de mi visión sobre la imaginería colectiva sobre lo femenino.

El Meridianómetro es parte del legado que arderá con mis cenizas, y que agrupa tanto lo vergonzoso como lo más o menos aceptable. “Yo voy a seguir siendo quien soy: Oriana Gutiérrez. Voy a seguir publicando lo que siempre he publicado”, dices en tu réplica, lo que probablemente es una verdad a medias: algo habrá cambiado en ti luego del 23-F.

Yo hoy no soy el Meridianómetro. Es un pasado que ahora me hace reflexionar sobre cómo he desperdiciado el tiempo. Pero el Meridianómetro fue un momento de una parte de mí que hoy me toca resolver. La esencia del blog es sexista (ponerle puntos a un cuerpo), aunque en él introduje conceptos que entonces me parecían “progresistas”: la defensa de la belleza normal y corriente. La denuncia de la estandarización de lo que socialmente es considerado deseable.

La mitad de los 7.300 millones de seres humanos tiene un par de tetas (en la India son un poco menos: hay 1.108 hombres por cada 1.000 mujeres, debido a los abortos selectivos). ¿Por qué tanto escándalo con unas como las tuyas? Con frecuencia se nos echa en cara a los hombres, Oriana, que jamás sabremos qué es ser madre. Hay algo de lo que a ti probablemente te costará tener conciencia: cómo algunos hombres heterosexuales podemos llegar a venerar a las mujeres y las formas de sus cuerpos.

No estoy diciendo que una mujer no pueda llegar a venerar a un hombre (afirmar tal cosa, por supuesto, también es sexista y discriminador), pero es estadísticamente menos probable que una mujer construya el Taj Mahal por un hombre. Es un mecanismo psicológico que llamamos sublimación, y opera en ambos sexos para canalizar lo que no es otra cosa que el poderosísimo instinto de preservación de una especie que ya no debería angustiarse por eso (lo dicho: somos siete millardos y pico). Ahí encaja también, por ejemplo, la idealización social de la maternidad como el amor más grande del universo, como si una madre estuviera siempre obligada a ser feliz por serlo. Y tantas guerras libradas y ciudades erigidas para enmascarar lo que no es más que un reprimido deseo masculino de reproducción.

Para machos no precisamente alfa como yo, Oriana, las tetas representan todo aquello que nos diferencia y que jamás entenderemos de lo que más adoramos de manera enfermiza. Eso me llevó, en otra publicación, a preguntarle a mujeres las cosas que siempre quise preguntar sobre sus órganos de lactancia materna (y poderosos puntos erógenos) y que jamás me atreví hasta entonces porque no tenía el camuflaje de periodista para desinhibirme. No te puedes imaginar la cantidad de horas que he dedicado, mientras camino en la calle (sobre todo ahora que no puedo comprar aparaticos de música), al pasatiempo de detectar con un radar de rayos X a todo cuerpo femenino que sale a la calle sin sostén. El pequeño milagro del temblor de unos senos libres de esas pantallas atirantadas que sirven como primera barrera de contención. ¡Gran cosota!

Iluminación por la vía de la satisfacción

Como muchos hombres, Oriana, colecciono fotos y videos en un disco duro externo que hubiera arrancado del fuego en caso de incendio. También revistas y DVD en algún rincón de mi casa que prefiero que mi mamá no consiga. No te preocupes, Oriana, no estás ahí (por ahora): con algunos años encima, pienso más en la proximidad de la muerte y otras cosas también han empezado a cambiar. La iluminación de mi conciencia llegó por una vía insólita: mis exploraciones por YouTube en busca del erotismo ingenuo en el que me refugio de mi fobia por el porno rudo. Las youtubers registran hoy retos que se ponen de moda. Por ejemplo: pasar una semana sin sostén.

Donde buscaba excitación, Oriana, terminé encontrando comprensión: mujeres youtubers que hablan abiertamente de lo que sienten (y de cómo son juzgadas socialmente) cuando dejan de usar sostén. Mujeres youtubers que me hicieron comenzar a normalizar lo que hasta entonces era una fijación fetichista estilizada. No me malinterpretes: la excitación ante unos pezones que se marcan siempre estará allí. Soy hombre. Un cuerpo femenino me alborota. Sin embargo, mi mirada en la calle comenzó a cambiar. Veo, por supuesto, pero trato de respetar. Ya no suelto en voz baja comentarios obscenos de depredador inofensivo a seres humanos que no tienen por qué calarse el baboseo de un desconocido, como si el hecho de que fueran mujeres nos diera permiso para agredirlas. Una chica que sale a la calle con un body y más nada abajo ya no es tanto una diosa provocadora y transgresora que debe recibir algún tipo de castigo por la afrenta a mi tranquilidad masculina; aunque, por supuesto, despierta mi placer.

Desde hace un par de años trabajo con mujeres, querida Oriana, que se hacen llamar a sí mismas feministas. No queman sostenes ni están empatadas con otras mujeres. Con frecuencia me hacen pasar roncha, por ejemplo, cuando el Día de la Mujer me mandaron a borrar un tweet presuntamente progre que publiqué en una cuenta corporativa y en el que me refería a los novios y esposos como “aliados que ayudan a las mujeres a cumplir sus roles en el hogar” (dar de comer, lavar, barrer y planchar, me faltó poner). Sin embargo, mi roce constante con ellas también me ha hecho revisar día tras día todo lo que di por sentado desde que, como niño, fui criado en un hogar en el que me malacostumbraron a no asignarme ninguna responsabilidad doméstica.

En medio de un país atrapado en una pulsión por la destrucción, el fanatismo y la muerte, tus fotos y videos se me han convertido en un símbolo de vida. De la complejidad de la vida: no eres la “chama de las tetas”. Eres un ser humano en toda la riqueza de sus dimensiones (incluida la nada despreciable de su aspecto físico y las reacciones sociales que despierta), que merece ser escuchado, respetado y tratado como tal.

“Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco”, dice Fernando Savater en un clásico casi escolar al que retorno cada cierto tiempo: Ética para Amador. Aunque llegué bastante tarde, Oriana, cuenta conmigo como hombre para hacer llegar tu mensaje: “Mis senos los tengo puestos, no me los puedo quitar”. Puedo mirarlos, porque tengo ojos. Puedo disfrutarlos, porque tengo un sexo. Puedo pensarlos, porque tengo fantasías. Lo que nunca se me debería permitir es reducir a ellos tu preciosa persona.

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia 

No me verás arrodillado

En esta puta ciudad
todo se incendia y se va.
Matan a pobres corazones”, Fito Páez.

 

Tengo una pesadez de mierda que me escuece los ánimos. Ayer andaba de mejor humor, pero hoy siento que las energías me las chupó un mosquito gigante. Es miércoles 27 de marzo de 2019 y estoy atravesando el segundo mega apagón de Venezuela.

Una sola expresión me viene a la cabeza: coño de la madre.

Aunque ayer nos pusieron la luz luego del mediodía, no tuve Internet. Pasé dos días incomunicado hasta que, por algún milagro en tiempos de socialismo, mi teléfono se acordó de que tiene algo que se llaman datos y decidió conectarme con el resto de la humanidad. Lo típico: panas de afuera preguntando cómo estoy, los grupos de WhatsApp del trabajo llenos de reportes de gente sin luz o Internet o ambas, gente diciéndome que ya me había enviado la crónica para que la editara y así… el mundo girando mientras te sientes secuestrado por la ineptitud de unos cobardes que hacen del miedo una forma de imposición.

Y paff: se fue la luz de nuevo.

 

Acostumbrarse es una palabra pesada. Puede malinterpretarse. Más bien, uno tiene que saber adaptarse a las circunstancias. Esto no significa que uno las apruebe, que le gusten o que se resigne a ellas: es que, carajo, el plan no puede ser sentarse a quejarse mientras se te va la vida en la inactividad.

Ya tengo tres agendas en mi mente: cosas que hacer sin luz, cosas que hacer con luz pero sin Internet, cosas que hacer cuando todo funciona de forma más o menos decente. Me estoy convirtiendo en un camaleón adaptándome al paisaje y saltando de una tarea a otra.

Ni yo ni Revista Ojo vamos a parar: nadie debe parar.

 

El cuerpo dice lo que la boca calla. Es un lugar común, ¿cierto? Pero cómo te jode este lugar común. Esta pesadez de mierda que siento es su forma de decirme “déjate de pendejadas, que sabes que esto también te afecta”. ¿Y cómo no me va a afectar? Ayer vi a mi roommate llorar desconsoladamente porque, coño, ella no nació en un país así. De mi jeva solo supe durante cinco minutos la madrugada pasada, cuando a las líneas le dio la gana de enlazarnos por una llamada en la que nuestras voces parecían robots: me dijo que tenía más de 24 horas sin luz. Mi mamá me llamó hace rato, para ver si yo podía ayudarla a hacerse una transferencia electrónica de una de sus cuentas a otra: no tiene cómo hacerlo y tampoco cómo comprar comida. Con mi hermana y abuela no me he comunicado, pero sé por mi vieja que están bien. Y de mi abuelo, el que vive en el geriátrico, ni señales.

¿Mi papá? Él sigue defendiendo a la dictadura, así que debe estar gozando de sus días enteros sin luz.

Entonces, ¿cómo no me va a afectar todo esto?

Siento que tengo un ánimo y un temple más fuerte que el de muchos, pero, carajo, jamás me había cansado tanto escribiendo dos páginas.

 

Yo sé que debería estar hablando de la gente que se muere en los hospitales por la ausencia de luz, de las personas que no tienen cómo comer, de los locales cercanos que solo aceptan dólares o de la cantidad de comida que se está dañando en un país con hambruna. Pero, afortunado que soy, esta vez no estoy padeciendo esos problemas en primera persona.

Me preocupa, más bien, cómo se resiente el ánimo tras tanto coñazo.

No puede ser que buena parte de la agenda de mi vida se esté condicionando por tantas y tan imprevisibles dificultades. De chamo jamás pensé que desearía vivir en la repetición de una rutina en la que haya más previstos que imprevistos. Extraño la posibilidad de aburrirme. Pero recuerdo lo que un escritor me dijo hace poco: “Estés donde estés tienes que hacerlo, tienes que hacer tu arte. No puede haber excusas. Tienes que hacerlo”.

Ayer mi roommate se hundía en el sofá con el ánimo de un globo al desinflarse. Sus ojos eran los ladrillos desmoronados de quien trata de levantarse una y otra vez, pero una estúpida bola de demolición insiste en golpearla. Conozco esa mirada. “Esto es un sinsentido muy grande”, gimoteó. Vi sus lágrimas y tuve un fogonazo. Recordé la semblanza que le hizo Leila Guerriero a Fito Páez:

—¿Nunca te gana el sinsentido?

—Es que vivo con él. Supongamos que se llama Jhonny Sin Sentido. Jhonny without sense. Un detective chanta. Le decís “Okey, man, not with my childs”. Y el tipo te respeta, sabe que ahí no se puede meter. Yo no quiero transmitirles a mis hijos mi conocimiento macabro del mundo de Jhonny without sense. Hablo con él en secreto. Y a la vez nos ayuda. Porque nos dice “Che, guarda, porque esto se acaba”. Yo le digo “Todo bien. Mientras tanto, no te metas con mis hijos, porque te cago a piñas”. ¿Y sabés cómo lo cagamos a piñas? Haciendo discos, tocando. Está acogotado, eh. Está agobiado.

Después, con una risa amarga, como si él mismo no creyera en lo que dice:

—Se quiere ir.

 

Ayer tuve energías para ir al gimnasio. Hoy creo que me faltará temple para eso. El cuerpo gime en silencio mientras mi cabeza se seca. Hay un ardor que me quema las manos y un desasosiego que arropa por su letargo.

Leo que el presidente Juan Guaidó convocó a una nueva marcha para el próximo sábado. Otra más. No quiero juzgarme, no quiero desistir, pero me entra una ola de fatiga en el cuerpo. Las ganas de llorar ganan paso, ¿estaré bajando los brazos?

Y algo vuelve a moverse dentro de mí. Es un engranaje que conozco. Que me salva. Que me ha salvado durante los últimos 20 años de sinsentido a los que una cuerda de malandros sometió al país.

Me siento sobre la cama. Camino hacia la computadora. Me pongo a escribir. Y es como si el alma se desperezara, como si la pesadez se diluyera entre un vigor que comienza a empujarme. Termino este testimonio (que si no llega a los lectores, al menos me sirve para espantar al sinsentido) y algo en mí, una obsesión silenciosa, me jala a trabajar, a darle, a seguir.

Edito todo lo que puedo para Ojo. Leo en Internet. Sigo, dale, vamos.

Tal vez Fito tiene razón. Un tipo cuya madre falleció cuando él tenía ocho meses, mientras que su padre se murió un año antes de que su abuela, su tía y la empleada doméstica aparecieran asesinadas. Ese mismo hombre sobrevivió a eso –y a tanto más– para escribir una obra en la que hay frases tan duras como el diamante. Para escribir, entre otras cosas, una canción en la que dice: “No me verás a arrodillado”.

Y, en medio de otro gran apagón (quizá el segundo de los varios que se avecinan), esa es una de mis pocas certezas:

No me verán arrodillado.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Sebin secuestra a Luis Carlos

Pueden secuestrar a cualquiera, pero jamás encerrar una neurona

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que hace exactamente seis meses empezaba a conducir en Caracas un evento tan amenazador para la seguridad del Estado como el ciclo de La Cátedra del Pop, con charlas sobre Game of Thrones, Star Wars, Harry Potter y El Señor de los Anillos.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, al que no hay que investigarle mucho, porque publicaba sus críticas a diario en un timeline de Twitter cuya coherencia y resonancia era mi envidia y la de muchos otros.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, periodista, profesor y activista que integra, con su esposa Naky Soto, un dúo que al verlos juntos en público te hace pensar en parejas míticas como John y Yoko en la portada de Two Virgins: ya lo que pasaba puertas adentro era asunto de ellos. Aunque, lamentablemente, el amor tampoco parecía servir para derrocar un totalitarismo. Acaso para sobrellevarlo.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que supongo que, después de que dejó de salir al aire con César Miguel Rondón, andaba con la misma incertidumbre laboral con la que andamos todos. Porque quizás César Miguel es demasiado César Miguel y Luis Carlos, un tipo más bien nerd y no precisamente la mata del carisma, no pudo sacarle mucha punta a su rol de escudero y saltar a un programa propio en un país con una radio y una televisión paralizados de miedo y de crisis.

Detuvieron a Luis Carlos, que no es mi amigo personal. Sostuve un par de contrapunteos con él en redes sociales de los que nunca salí bien parado; uno de ellos, si no me falla el disco duro, cuando defendí el caletre y la escritura a mano como métodos de aprendizaje, mientras él pontificaba con frialdad de evangelista cibernético a favor de todas las memorias externas que desalojan espacios ociosos de nuestros cerebros.

Luis Carlos, al menos en mi trato con él, nunca fue demasiado simpático, lo que es una anécdota del tamaño de un átomo frente al pensamiento de imaginarlo desperdiciando las horas bajo un bombillo que (ese sí) nunca se apaga en una celda de El Helicoide.

“El golpe es devastador. Si se llevaron a Luis Carlos, ahora sí pueden detener a cualquiera”, le escuché a alguien en la manifestación de periodistas frente a la Fiscalía un día después de que se lo llevó esposado el Sebin, al parecer cuando manejaba bicicleta por el Country Club de regreso a su casa, desde la emisora Unión Radio.

Fue una manifestación más bien triste, tengo que decirlo, bajo un sol que nos recordaba que no había agua en nuestras casas después del mega-apagón que detuvo las estaciones de bombeo y de cuya planificación acusaron, de forma ridícula, a Luis Carlos. Se sentía la ausencia de los que se han ido del país y el desamparo y la incertidumbre de los que nos hemos quedado, que ni siquiera pudimos imprimir fotos del detenido y tuvimos que conformarnos con cartones de cajas de desecho escritos a marcador.

Los equipos antimotines esperaban, a bastantes metros, que nos disolviera el cansancio del mediodía. No hubo ningún tipo de represión, aunque nos acercamos a gritar consignas hasta la puerta del edificio frente al que comenzaron los 43 muertos de las protestas de 2014 y dentro del que supuestamente estaba Tarek William Saab, fiscal ilegítimo elegido por una írrita asamblea constituyente cuyo propósito ya nadie recuerda. Peor que un perdigón: aquel edificio, al que se supone que deben ir los ciudadanos para que los defiendan, daba la impresión de estar vacío. Ni un rostro se asomaba por los cristales.

En la Venezuela de 2019 se pueden llevar detenido a una persona que se dedica a las ideas porque pronosticó en sus redes que habría un apagón informático y ocurrió un apagón eléctrico, y cualquiera puede sacar con pinzas y fuera de contexto sus palabras para amenazarlo en el programa de TV del que preside la constituyente que no elabora una constitución.

El mensaje es claro: ten miedo. Duda antes de escribir “dictadura”. Duda antes de escribir “régimen”. Duda antes de escribir “presidente encargado” (si son astutos, se fijarán que he eludido antes esos términos). Y sí: hay miedo. He pensado hoy en lo que haría si me vinieran a tumbar la puerta. No he podido evitar pensar si publiqué algo demasiado comprometedor en el semiabandono caótico de mis redes personales.

Luego de aquellos instantes mágicos alrededor de la concentración gigantesca del dos de febrero en Las Mercedes, el autoritarismo parece vivir una etapa de reagrupación. La historia humana es tan impredecible que puedes salir aparentemente más fortalecido y prepotente de uno de los apagones más grandes de que se tenga registro desde que Thomas Alva Edison inventó el corrientazo.

Se pueden llevar a cualquiera por decir o escribir cualquier cosa. Los mecanismos con los que cuenta la represión aterran por su sofisticación: está registrado todo lo que hemos comprado, vendido, hablado, chateado, publicado, quizás lo que hemos amado y pensado. En la manifestación para que liberaran a Luis Carlos no supe qué hacer y me puse a cantar las letanías que, escritas en un block, repetían las activistas que se hacen llamar piloneras. Seguiremos llenando el vacío con palabras. Seguiremos tejiendo lazos de solidaridad aunque no servían al mediodía del martes para enjuagar el rictus de dolor en la cabeza calva de Naky Soto.

Palabras, afectos, ideas, cuerpos desnudos: es lo único que tenemos para resistir. Nuestra vida se ha vuelto como la salsa de Luis Enrique que dice: yo no sé mañana. Quizás estaré sumergido en la noche más oscura e interminable de mi vida, la del apagón del siete de marzo de 2019. Quizás habré sido despojado de mis afectos, de mis certezas, de mis hábitos, de mis rutinas. Quizás estaré viendo el techo en una celda o me sentiré un afortunado temeroso por no ser demasiado famoso. Lo que puedo asegurar es que, en mi última barrera de protección, la de mis neuronas, seguiré convencido de mi profundo desacuerdo con los que llevan 20 años apoyándose en una presunta superioridad moral para aterrorizar, desnaturalizar, destruir, desmoralizar y violentar la Venezuela imperfecta pero libre en la que crecí.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

El tipo que hizo lo que tenía que hacer

Una de las mejores escenas del Joker de Christopher Nolan, interpretado por Heath Ledger, se presenta en la comisaría de Gotham City, cuando el terrorista es detenido y, para liberarse, provoca a uno de los oficiales diciéndole que había torturado a sus amigos antes de asesinarlos y que, cuando una persona está a punto de morir de manera cruel y despiadada, muestra lo que realmente es.

“Así que básicamente yo conocí a tus amigos mejor que tú”, expresa el villano en tono burlesco.

Quizás eso fue lo que pasó aquel lunes 15 de enero de 2018: Venezuela conoció al verdadero Óscar Alberto Pérez. Sin helicópteros, ni cámaras, ni banderas, ni constituciones, ni asaltos al estilo del Capitán América. Sólo su desesperación y un teléfono a través del cual pedía piedad y exigía su legítimo derecho de ser juzgado por fiscales de la nación, mientras recibía plomo por parte de los matones de la dictadura.

Esa fue la segunda vez que vi algo humano en aquel apuesto sujeto de ojos verdes que enviaba mensajes desde la clandestinidad y que sólo mostraba fortaleza. La primera fue en un artículo publicado por Daniel Lara Farías en La Cabilla, donde este columnista afirmaba que fue profesor de Pérez, a quienes todos le apodaban el “gato”.

“Uno normalmente recuerda a los buenos alumnos y a los malos alumnos. De Óscar Pérez me acuerdo, sin duda. Era uno de esos alumnos que intervenía y preguntaba y discutía. Ni más ni menos que eso. Una o dos veces más supe de él en sus andanzas de ‘comando’ y todo aquello. Ni una opinión política, ni una genialidad sobre el país. No. Un hijo de papá que llegó a policía igual que papá y que le pagaron el curso de piloto con dinero del Estado. Solo eso”, escribió Lara Farías.

“Hago esta incómoda y fatua introducción para poder explicar mi incredulidad, agnosticismo y escepticismo a propósito de las acciones de Óscar Pérez desde el día que salió montado en un helicóptero lanzando explosivos sobre ciertos puntos de Caracas. Me pareció, desde todo punto de vista, una acción desesperada, ridícula y fuera de lugar que una persona con un recurso tan valioso como una aeronave hiciera una ridiculez y no una acción policial real, porque se supone que el señor es policía. Sencillamente, me decepcionó su accionar (…). La pantallería posterior confirma mis sospechas: pura paja. El tipo quiere ser youtuber o instagramer o quién sabe qué. Pero allí no hay sustancia, ni proyecto de país”, agregó.

Yo no sé si el “gato” quería ser youtuber o instagramer. Lo que sí pude confirmar es lo que quería ese lunes: entregarse con la esperanza de volver a ver a Sebastián, Santiago y Dereck, sus hijos. Pero lo acribillaron.

“Sebastián, Santiago, Dereck, saben que hemos hecho esto es por ustedes, por todos los niños de Venezuela. Espero verlos muy pronto, los amo hijos, los amo”, decía en uno de los desgarradores videos.

El asesinato cruel y cobarde de Pérez y su equipo se produjo en medio de publicaciones en redes sociales de una gran cantidad de personas que llamaban show a su masacre, e incluso se burlaban porque se le había acabado “la novela”. Ni siquiera el video de su madre exigiendo que se le respetaran sus derechos los conmovió.

En esos mensajes pude observar a ciudadanos completamente dañados, igual que sus gobernantes. Pero también vi a esos paranoicos que exigen constantemente a sus oficiales que se rebelen contra la dictadura o se quejan de que sean su sostén, pero en cuanto sale algún grupo rebelde optan por la opción más fácil: “es un pote de humo”. Porque no fue sólo Pérez, también otros como Caguaripano, el general Vivas o los de Cotiza.

Cuando Donald Trump habló de este ex inspector, y le dio un micrófono a su mamá para que se expresara durante un discurso en Miami el pasado 18 de febrero, sentí pena por los dirigentes opositores que no hicieron lo mismo en su momento y recordé las veces que mis amigos, no interesados en política, me preguntaban qué coño tenía que pasar para que saliéramos de la pesadilla chavista y mi respuesta siempre fue la misma: cuando todos hagan lo que tienen que hacer.

Porque al final eso fue Óscar Pérez: un venezolano que desde su posición cumplió con su deber al desconocer a Maduro, tomar las armas, llamar a la rebelión y defender la Constitución; esto no es algo que le pides a un civil, a un periodista, a un artista o a un sacerdote. Es algo que le pides a un policía o militar, porque posee entrenamiento pagado por el Estado y juró defender a su gente. Y él estuvo a la altura del compromiso.

Afortunadamente, por estos días muchos hacen su trabajo: Juan Guaidó le planta cara a la pandilla de Maduro y recorre las calles de Caracas con valentía y el traje de un civil que asumió legítimamente ser presidente encargado de Venezuela; la comunidad internacional lo blinda frente al régimen; los ciudadanos, orgullosos de ser llamados así y no “pueblo”, toman las calles; la Conferencia Episcopal de Venezuela, en un gesto de dignidad que aún muchos esperamos de Francisco, desconocen al usurpador y condenan sus violaciones de derechos humanos; algunas universidades hacen lo propio.

Pero, ¿y la FANB para cuándo?

Con suerte el discurso de Trump, la ley de amnistía y el espíritu de Óscar empujará a muchos para que se pongan del lado correcto de la historia.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_