¡Abajo el pesimismo!, por Hasler Iglesias

¿Cuántas veces en los últimos días nos hemos topado con personas que sólo hablan negativamente e incluso reclaman cuando se habla de cosas positivas -que aún subsisten- porque dicen que eso no es importante, que sólo hay que hablar de la crisis, de los problemas y del desorden?

Estamos viviendo una crisis, eso es indudable. Una crisis a todo nivel que se cierne sobre la economía y la política, pero también sobre nuestra dimensión humana y relacional.  Read More…

Así reseñó la prensa la entrega de Leopoldo

Hace un año Caracas estaba convulsionada. Reinaban la expectativa y la incertidumbre. Leopoldo López había anunciado, vía vídeo, que se entregaría a la justicia, y ríos de gente colmaban la avenida Francisco de Miranda para ser testigos de tal acontecimiento. Se pensaba que sería un punto de quiebre, que podría marcar un antes y un después, pero la realidad terminó siendo distinta. Un repaso de las portadas de los diarios que reseñaron lo sucedido ese día puede servir para reflexionar sobre lo que se esperaba y lo que finalmente pasó.

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El 7 recuperamos una oportunidad, no un país

Por Joseph Artiles – @joartilesl

Me da nauseas escuchar debates sobre qué candidato causa el llanto o la emoción de tanta o cuánta gente. La misma que me produce escuchar sobre el “furor” que siente la gente cuando se aproxima el nuevo salvador de la patria. ¡Basta!

Es hora de tomarnos en serio el futuro de nuestro país, de entender que nadie va a regalarnos la paz, si no estamos dispuestos a construirla nosotros; que no tendremos orden, si no respetamos todas las leyes, y no sólo las que nos convienen; que la apertura comienza por dejar de ver con asco (esa que noto en la cara de muchos amigos al ver a alguien de rojo) a quien no está de acuerdo con tus opiniones.

No tengo ninguna duda de que fue nuestra indulgencia la que permitió que el país llegara al estado en que hoy lo vemos: Fuimos nosotros quienes, repetidas veces, elegimos a Hugo Chávez. Fuimos nosotros quienes ignoramos el deber ciudadano en el 2005 por obedecer a un traste de político al que, además, aun hoy aplaudimos. También nosotros hemos aceptado burlas de todos los entes del gobierno no sólo por 14, sino por varios años más, sin tomar acciones. ¿Por miedo o flojera? ¿Acaso importa?. Así, con el mismo letargo, también pretendemos que, por elegir un nuevo presidente, el panorama de un giro de 180 grados, sin esfuerzo alguno.

Me pregunto si quienes dicen que el 7 de octubre “recuperaremos” un país de apertura, bondad, dignidad, paz, justicia, etc, creen que están votando por un semi-dios que nos traerá felicidad instantánea al ser electo, sin siquiera haber asumido la presidencia. Me da un poco de miedo pensar la decepción que vendrá el 10, 11 o 12 de octubre (o incluso en marzo ya con nuevo presidente), cuando amanezcan con la noticia de algún familiar muerto, la inflación por el cielo y el país quebrado.

“Todos quieren vivir en una gran nación, pero casi nadie está dispuesto a trabajar para construirla”. Estas palabras, que leí una vez de un amigo, se repiten hoy tormentosamente en mi cabeza. Ese parece ser el patrón de vida en Venezuela, donde anteponemos el amor y el maldito furor que nos hace sentir un presidente o un candidato, a la decisión racional que representa la elección de un primer mandatario. Un país en el que se escucha el orgullo detrás del “Amo a Capriles” y el “Amo a Chávez” por igual.

Por otra parte, me alegra saber que hay quienes están claros, sobre todo porque en este grupo está el candidato que me representa, que ha dicho en repetidas ocasiones que él no viene a salvar el mundo, que viene a construir un país con la ayuda del pueblo – entiéndase que sin esta el proyecto no tendrá vida–. Lástima que hay quienes se niegan a escucharlo, aun cuando lo apoyan.

Ya hemos tenido suficiente amor en nuestra política, a ver si ahora nos dan un poco de trabajo, de sudor, de esfuerzo, en fin, cosas con las que podamos (todos incluidos) empezar a construir la vida que queremos y así dejar de conformarnos con lo que hasta ahora nos hemos merecido: un par de regalos, una casa mal construida y un sueldo por aplaudir. Construyamos una política en la que los sentimientos tengan tanto valor como el color de piel. En el que nuestras decisiones no sean manipulables. Que nuestros dirigentes entiendan que los votos se ganan con trabajo, que el poder es una concesión que les damos por un rato y que, si no lo aprovechan para beneficiarnos, se lo podemos quitar igual de fácil.

Para esto, tenemos que comenzar a tomarnos en serio a nosotros mismos y dejar de poner en un altar a quienes no han sido beatificados ni por el sudor de una jornada de trabajo. Sin duda hay un camino. El primer paso en él lo damos este domingo, castigando al negar el voto a quienes no han cumplido, pero exigiendo al otorgárselo a quienes ahora deberán responder. Si no asumimos la responsabilidad, estaremos en la entrada de un camino que no podremos recorrer.

Votar no es para flojos

Por Roberto Echeto

Hay gente que no vota porque no le da la gana, porque lo ve como una pérdida de tiempo, porque le parece que se trata de una acción que legitima y le da poder a unos políticos que no están preparados ni quieren ni saben cómo mejorar las vidas de las personas, y, al final, por si fuera poco, terminan despilfarrando, cuando no robando o malversando, los dineros públicos.

Hay gente que no vota porque detesta pasarse horas en una cola, porque siente que no vale la pena el esfuerzo, porque prefiere concentrarse en sus propios asuntos, porque el día está muy bonito y no hay tráfico ni tumultos y sería bueno pasarlo en la playa o en casa de algún pana que haga una parrilla y la pasemos del carajo.

Hay gente que no vota porque dice que ningún candidato llena sus expectativas ni lo representa ni le gusta ni lo conoce ni sabe si está preparado para hacerlo bien o no.

Hay gente que no vota porque teme represalias si vota por quien en verdad quiere votar. Por eso se queda en su casa, echado en el sofá o en la cama, viendo series de acción o comedias donde la vida es sencilla.

Hay gente que no vota porque cree que entre el voto y la solución de las cuitas de un país no existe ninguna relación; que las elecciones son un trámite, una ceremonia absurda para entronizar políticos locos y bla, bla, bla, bla, bla…

Hay gente que no vota porque le incomoda tener que dejar constancia de sus convicciones políticas y ciudadanas.

(Todo hay que decirlo: hay gente a la que no le gusta desarrollar opiniones propias sobre política ni sobre ningún otro asunto).

Hay gente que no vota porque cree que se puede hacer política desde la abstención; en otras palabras: que la nada es buena para enfrentar las políticas de los gobernantes que no le gustan.

Votar les parece un ejercicio inútil a más personas de las que nos imaginamos. Son los indiferentes, los que no sienten el compromiso, los que creen que la democracia es un regalo o, peor, una exquisitez intangible que nada tiene que ver con sus vidas.

«¿Para qué voy a votar, si siempre es lo mismo?» es el lema de ésos que se hacen los locos y dejan pasar la oportunidad de participar en algo más importante que ellos mismos.

Estamos de acuerdo: votar no es la fiesta feliz de la que hablan los canales de televisión durante las jornadas electorales. Votar es un ejercicio de templanza que se concreta luego de sortear un sinfín de obstáculos y de absurdos que convierten en difícil todo lo que debería ser fácil.

Votar en nuestro país es una demostración de carácter.

Elegir a nuestros funcionarios públicos es un acto que exige responsabilidad, capacidad de abstracción y meditación, seriedad, rigor, un sentido de pertenencia, de civismo, de deber.

Y ya sabemos que no todo el mundo cultiva semejantes virtudes.

Votar no trata sobre sumarse al coro de fanáticos de un líder político ni sobre decidir qué candidato tiene la sonrisa más arrolladora.

Votar es un eslabón más en la construcción del equilibrio que permite que los distintos sectores de una sociedad interactúen, dialoguen y lleguen a acuerdos que les permitan elegir a sus gobernantes y crear condiciones para vivir en la decencia y prosperar en paz.

Por eso quien se sustrae a la discusión de los asuntos públicos, quien no participa de ninguna manera en los debates que se multiplican a su alrededor, erosiona su propia condición de ciudadano y le deja el camino abierto a cualquier tirano para que le robe su voz y comience a dictarle sus creencias, sus gustos, sus sueños, su vida y hasta su muerte.

Y lo peor es que lo hace feliz de la vida, convencido de su genialidad.

Texto cortesía del autor, publicado originalmente en su blog http://robertoecheto.blogspot.com/

Qué pasa cuando tu banda favorita se vuelve popular

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

El tío rockero siempre te echa este cuento: antes, para descubrir nueva música, había que esperar a que uno de tus panas viajara y se comprara los discos que, de regreso, pasaban de mano en mano como objetos de culto, como la evidencia efímera de un ruido emocionante, melódico y redentor. Conocer novedades no era tan fácil. Había que estar pendiente de la radio y de lo que pusiera el disc jokey. No estaba soundcloud para ser fanático de las grabaciones caseras de una banda en Portland que molesta hasta a los padres de los chamos pero que tú amas, tanto, que quisieras mandarles un cuatro de la colonia Tovar, para que completen su formación de banjo, sintetizador y xilófono.

Compartir música siempre ha sido complicidad. Cuando llega el momento de la vida en que uno deja de escuchar “de todo un poquito, de pana que a mí me gusta todo tipo de música, Bob Marley, Ricardo Arjona, Black Eyed Peas [¿todavía existen?]”, empezamos a tomar parte de los rituales. De ordenar con cuidadoso preciosismo la biblioteca del iTunes, de bajarte el EP completo de un artista para conocer verdaderamente su sonido. De reunirte para poner ese disco. Son ceremonias que asientan amistades y consolidan relaciones. Es música entre pecho y espalda, armonioso fanatismo, fruición del rock.

Encontrar una nueva banda no es completamente sencillo. Ahora todo el mundo tiene Internet. Pitchfork pasó de moda, pero la mayoría de tus panas lo revisa en secreto. Cada quien tiene su lista de blogs, sus twitteros patria o muerte. Hay demasiadas banditas. Y festivales. Y listas de discos, recopilaciones. Pero cada tanto ocurre el fogonazo: escuchaste un sencillo, viste el video que hicieron en la sala de su casa con gatos que toman té Darjeeling, o los panas tocan nada más guitarra y batería y suenan a ese punk de adolescente, a esa maldita fuerza vital a la que todos los grupos indie renunciaron por los corbatines, pantalones brinca pozos y pose ecologista. Coño. Esta es la banda.

Le pasas a un pana los links. Qué brutal. Y solo es el LP, cuatro canciones. De vez en cuando lees reviews de los tipos. Todos son laudatorios, sobre todo, de blogs que conservan un aura underground, sin descubrir, que jamás saldrían recomendados en una revista dominical. Si tienes la suerte de que están en tu ciudad, vas a los toques. Aunque lo mejor sería que eso no pasara. Este es otro tema, pero imaginemos que no forman parte de ningún circuito. Que las tres fanáticas locas que tienen son oscuras y están buenas, con pantalones rotos y mirada esquiva. Tripeas en ese concierto. Hacen un pogo triste en el que das coñazos como venganzas.

Después se va armando la catástrofe contradictoria. Porque pensaste: más personas deberían conocerlos, tienen un talento increíble. Pero te arrepientes. Porque las otras personas son un universo innoble. De eso te das cuenta de inmediato, cuando pasa la euforia del editor, la de Max Brod cuando creyó en los borradores inacabados de Kafka.

Las giras atraen cada vez a más gente. Los periodistas se vuelcan con tu mismo furor a escribir sobre ellos. Primero los que tú respetas. Dices: tengo oído para el futuro. En la radio de la BBC los encumbran. Les dan más presupuesto a sus videos, a sus experimentos conceptuales. Pero empiezas a sospechar cuando llega a otras manos menos afines. Se difunde tanto que escuchas al insoportable de la universidad echándoselas porque descubrió una banda arrechísima, guón. Entras en negación. ¿Cómo mi sensibilidad, tan trabajada en horas de escucha, navegación y lectura se va a parecer a la de este tipo? ¿Cómo coincidimos en esto? ¿Será que soy igual a él? Es un espejo distorsionado y deshonroso.

Para muchos, el peor miedo hipster se confirma. Es una puñalada amarga. Soy tan guevón para que me guste esa banda y soy el doble para que me deje de gustar ahora que todo el mundo la conoce. Es descubrir que tengo gustos pedestres, que no soy ningún Max Brod, que soy el tipo con corbata que vio la plata detrás del Código Da Vinci. Qué miedo al mercado. De pronto ocurre lo peor: los adolescentes la encuentran. Gritos incontrolados, conciertos masivos, MTV, Grammys. Salen a tocar con lentes de sol en un bar. El acabose. Y el espiral: soy tres veces imbécil, aquello sublime está manchado porque todo el mundo ahora dispone de lo mismo. Tengo los mismos gustos que ellos, soy una distopía socialista, todo igual, todo paupérrimo.

Dices de su primer disco: qué bueno, pero qué pendejo. Menos mal que el segundo es una mierda. Menos mal que en su otro video se vendieron.  Comienza el proceso de buscar argumentos para romper la relación. Para sepultar en una carpeta esos mp3 infames. Te pones a escuchar Sigur Rós. Los Rolling Stones. Apuestas seguras del pasado. Qué ladilla la moda. A buscar otra vez lo que hicieron los Flaming Lips en los ochenta. Y Youtube de nuevo. Y qué bolas que hasta en El Propio reseñaron el tercer disco de esos panas. Mi primita los oye. Van a dar un concierto en Bolivia. Le vendieron una canción a una propaganda de Graffiti y pegó. El vocalista se empató con Katy Perry. ¿Dónde quedó la arrechera contra el mundo, la indignación contestataria? La respuesta quizás no la encuentres nunca, amigo, solo no dejes que te llamen melómano, al menos hasta que pases los cuarenta.