Carta abierta a Oriana, la “chama de las tetas”

Querida Oriana: no tienes por qué conocerme, soy un escribidor de fama bastante intermedia. Te conocí, como ya quisiera yo que me conociera una parte importante del país, en la fiebre de un sábado por la noche: el 23-F. Te convertiste en un rostro fresco (sí, yo suelo ver primero las caras) entre imágenes de gandolas que transportaban candela, puentes que separaban, cuerpos que se le atravesaron a perdigones, militares que preferían escapar que reprimir y habitantes originarios tiroteados con arcabuces modernos como en el siglo XVI.

El hecho de que tengas una cuenta en redes sociales y de que te hayas convertido en personaje público me da cierta licencia para escribirte, aunque seguramente te parecerá desagradable que se siga hablando de ti.

Tú misma te has hecho llamar, con ironía, “la chama de las tetas”. Te convertiste en una de las celebridades inesperadas del día en el que, según la promesa del presidente legítimo (e) Juan Guaidó, la ayuda humanitaria debía entrar sí o sí a Venezuela. El aparato de represión de la usurpación no dejó pasar ni una caja de gasas, pero tu caso entró para siempre en mi contrito corazón.

“No es lo que estaba buscando”, suplicas en tu derecho a réplica (por llamarlo de alguna manera). Eso solo lo sabes tú, Oriana, en el fuero más íntimo de tu conciencia: yo creo plenamente en ti (lo de que no eres operada me cuesta un ligeramente más creerlo, aunque ese debate es totalmente prescindible). Quisiste denunciar que estuvieron a punto de asesinarte con una bomba lacrimógena lanzada directamente hacia tu cuerpo, igual que a Juan Pablo Pernalete, durante las protestas en la frontera con Colombia. Te subiste la T-Shirt para mostrar que te habían herido en el pecho. Si en vez de eso hubieras bajado el cuello de la franela, probablemente la habrías rasgado.

Enseñaste también tu ropa interior, obviamente. Unas cuantas personas empezaron a hablar de tus senos turgentes (disculpa el lugar común de soft porno, por favor) y de tus pezones. En cuestión de horas, pasaste de 10.000 a más de 200.000 seguidores en Instagram. La gente empezó a ir hasta abajo, bien hasta abajo, en tu feed de la red social. Te encontraron en la plenitud de tu juventud, radiante como una lámpara LED en un país en penumbras. Encontraron fotos junto a tus padres que se malinterpretaron, y tengo entendido que respondían a un objetivo específico, pero ni siquiera hay por qué justificarlo: en los años 60 la gente hacía esas cosas por paz y amor y no había redes que propagaran la pacatería. Te convertiste hasta en un sticker de WhatsApp.

La chica de Meridiano como institución

Tú no me conoces, repito, Oriana, pero de inmediato simpaticé con tu caso y te defendí en al menos tres chats de grupos de trabajo. Tengo 43 años y en líneas generales me dedico a redactar en medios de comunicación. Hace más o menos una década, de manera anónima, publiqué el Meridianómetro: un blog en el que me dedicaba a comentar (y calificar con puntos del 1 al 10) la foto de la tapa de atrás del diario deportivo Meridiano. Ya quisiera nuestro parlamento tener la fortaleza de esa institución de la babosidad nacional. Mi excusa era mantener, mal que bien, cierta disciplina de escribir a diario sin las ataduras del periodismo. Quizás quería explorar el concepto que entonces tenía de lo femenino, o más bien, de mi visión sobre la imaginería colectiva sobre lo femenino.

El Meridianómetro es parte del legado que arderá con mis cenizas, y que agrupa tanto lo vergonzoso como lo más o menos aceptable. “Yo voy a seguir siendo quien soy: Oriana Gutiérrez. Voy a seguir publicando lo que siempre he publicado”, dices en tu réplica, lo que probablemente es una verdad a medias: algo habrá cambiado en ti luego del 23-F.

Yo hoy no soy el Meridianómetro. Es un pasado que ahora me hace reflexionar sobre cómo he desperdiciado el tiempo. Pero el Meridianómetro fue un momento de una parte de mí que hoy me toca resolver. La esencia del blog es sexista (ponerle puntos a un cuerpo), aunque en él introduje conceptos que entonces me parecían “progresistas”: la defensa de la belleza normal y corriente. La denuncia de la estandarización de lo que socialmente es considerado deseable.

La mitad de los 7.300 millones de seres humanos tiene un par de tetas (en la India son un poco menos: hay 1.108 hombres por cada 1.000 mujeres, debido a los abortos selectivos). ¿Por qué tanto escándalo con unas como las tuyas? Con frecuencia se nos echa en cara a los hombres, Oriana, que jamás sabremos qué es ser madre. Hay algo de lo que a ti probablemente te costará tener conciencia: cómo algunos hombres heterosexuales podemos llegar a venerar a las mujeres y las formas de sus cuerpos.

No estoy diciendo que una mujer no pueda llegar a venerar a un hombre (afirmar tal cosa, por supuesto, también es sexista y discriminador), pero es estadísticamente menos probable que una mujer construya el Taj Mahal por un hombre. Es un mecanismo psicológico que llamamos sublimación, y opera en ambos sexos para canalizar lo que no es otra cosa que el poderosísimo instinto de preservación de una especie que ya no debería angustiarse por eso (lo dicho: somos siete millardos y pico). Ahí encaja también, por ejemplo, la idealización social de la maternidad como el amor más grande del universo, como si una madre estuviera siempre obligada a ser feliz por serlo. Y tantas guerras libradas y ciudades erigidas para enmascarar lo que no es más que un reprimido deseo masculino de reproducción.

Para machos no precisamente alfa como yo, Oriana, las tetas representan todo aquello que nos diferencia y que jamás entenderemos de lo que más adoramos de manera enfermiza. Eso me llevó, en otra publicación, a preguntarle a mujeres las cosas que siempre quise preguntar sobre sus órganos de lactancia materna (y poderosos puntos erógenos) y que jamás me atreví hasta entonces porque no tenía el camuflaje de periodista para desinhibirme. No te puedes imaginar la cantidad de horas que he dedicado, mientras camino en la calle (sobre todo ahora que no puedo comprar aparaticos de música), al pasatiempo de detectar con un radar de rayos X a todo cuerpo femenino que sale a la calle sin sostén. El pequeño milagro del temblor de unos senos libres de esas pantallas atirantadas que sirven como primera barrera de contención. ¡Gran cosota!

Iluminación por la vía de la satisfacción

Como muchos hombres, Oriana, colecciono fotos y videos en un disco duro externo que hubiera arrancado del fuego en caso de incendio. También revistas y DVD en algún rincón de mi casa que prefiero que mi mamá no consiga. No te preocupes, Oriana, no estás ahí (por ahora): con algunos años encima, pienso más en la proximidad de la muerte y otras cosas también han empezado a cambiar. La iluminación de mi conciencia llegó por una vía insólita: mis exploraciones por YouTube en busca del erotismo ingenuo en el que me refugio de mi fobia por el porno rudo. Las youtubers registran hoy retos que se ponen de moda. Por ejemplo: pasar una semana sin sostén.

Donde buscaba excitación, Oriana, terminé encontrando comprensión: mujeres youtubers que hablan abiertamente de lo que sienten (y de cómo son juzgadas socialmente) cuando dejan de usar sostén. Mujeres youtubers que me hicieron comenzar a normalizar lo que hasta entonces era una fijación fetichista estilizada. No me malinterpretes: la excitación ante unos pezones que se marcan siempre estará allí. Soy hombre. Un cuerpo femenino me alborota. Sin embargo, mi mirada en la calle comenzó a cambiar. Veo, por supuesto, pero trato de respetar. Ya no suelto en voz baja comentarios obscenos de depredador inofensivo a seres humanos que no tienen por qué calarse el baboseo de un desconocido, como si el hecho de que fueran mujeres nos diera permiso para agredirlas. Una chica que sale a la calle con un body y más nada abajo ya no es tanto una diosa provocadora y transgresora que debe recibir algún tipo de castigo por la afrenta a mi tranquilidad masculina; aunque, por supuesto, despierta mi placer.

Desde hace un par de años trabajo con mujeres, querida Oriana, que se hacen llamar a sí mismas feministas. No queman sostenes ni están empatadas con otras mujeres. Con frecuencia me hacen pasar roncha, por ejemplo, cuando el Día de la Mujer me mandaron a borrar un tweet presuntamente progre que publiqué en una cuenta corporativa y en el que me refería a los novios y esposos como “aliados que ayudan a las mujeres a cumplir sus roles en el hogar” (dar de comer, lavar, barrer y planchar, me faltó poner). Sin embargo, mi roce constante con ellas también me ha hecho revisar día tras día todo lo que di por sentado desde que, como niño, fui criado en un hogar en el que me malacostumbraron a no asignarme ninguna responsabilidad doméstica.

En medio de un país atrapado en una pulsión por la destrucción, el fanatismo y la muerte, tus fotos y videos se me han convertido en un símbolo de vida. De la complejidad de la vida: no eres la “chama de las tetas”. Eres un ser humano en toda la riqueza de sus dimensiones (incluida la nada despreciable de su aspecto físico y las reacciones sociales que despierta), que merece ser escuchado, respetado y tratado como tal.

“Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco”, dice Fernando Savater en un clásico casi escolar al que retorno cada cierto tiempo: Ética para Amador. Aunque llegué bastante tarde, Oriana, cuenta conmigo como hombre para hacer llegar tu mensaje: “Mis senos los tengo puestos, no me los puedo quitar”. Puedo mirarlos, porque tengo ojos. Puedo disfrutarlos, porque tengo un sexo. Puedo pensarlos, porque tengo fantasías. Lo que nunca se me debería permitir es reducir a ellos tu preciosa persona.

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia 

No me verás arrodillado

En esta puta ciudad
todo se incendia y se va.
Matan a pobres corazones”, Fito Páez.

 

Tengo una pesadez de mierda que me escuece los ánimos. Ayer andaba de mejor humor, pero hoy siento que las energías me las chupó un mosquito gigante. Es miércoles 27 de marzo de 2019 y estoy atravesando el segundo mega apagón de Venezuela.

Una sola expresión me viene a la cabeza: coño de la madre.

Aunque ayer nos pusieron la luz luego del mediodía, no tuve Internet. Pasé dos días incomunicado hasta que, por algún milagro en tiempos de socialismo, mi teléfono se acordó de que tiene algo que se llaman datos y decidió conectarme con el resto de la humanidad. Lo típico: panas de afuera preguntando cómo estoy, los grupos de WhatsApp del trabajo llenos de reportes de gente sin luz o Internet o ambas, gente diciéndome que ya me había enviado la crónica para que la editara y así… el mundo girando mientras te sientes secuestrado por la ineptitud de unos cobardes que hacen del miedo una forma de imposición.

Y paff: se fue la luz de nuevo.

 

Acostumbrarse es una palabra pesada. Puede malinterpretarse. Más bien, uno tiene que saber adaptarse a las circunstancias. Esto no significa que uno las apruebe, que le gusten o que se resigne a ellas: es que, carajo, el plan no puede ser sentarse a quejarse mientras se te va la vida en la inactividad.

Ya tengo tres agendas en mi mente: cosas que hacer sin luz, cosas que hacer con luz pero sin Internet, cosas que hacer cuando todo funciona de forma más o menos decente. Me estoy convirtiendo en un camaleón adaptándome al paisaje y saltando de una tarea a otra.

Ni yo ni Revista Ojo vamos a parar: nadie debe parar.

 

El cuerpo dice lo que la boca calla. Es un lugar común, ¿cierto? Pero cómo te jode este lugar común. Esta pesadez de mierda que siento es su forma de decirme “déjate de pendejadas, que sabes que esto también te afecta”. ¿Y cómo no me va a afectar? Ayer vi a mi roommate llorar desconsoladamente porque, coño, ella no nació en un país así. De mi jeva solo supe durante cinco minutos la madrugada pasada, cuando a las líneas le dio la gana de enlazarnos por una llamada en la que nuestras voces parecían robots: me dijo que tenía más de 24 horas sin luz. Mi mamá me llamó hace rato, para ver si yo podía ayudarla a hacerse una transferencia electrónica de una de sus cuentas a otra: no tiene cómo hacerlo y tampoco cómo comprar comida. Con mi hermana y abuela no me he comunicado, pero sé por mi vieja que están bien. Y de mi abuelo, el que vive en el geriátrico, ni señales.

¿Mi papá? Él sigue defendiendo a la dictadura, así que debe estar gozando de sus días enteros sin luz.

Entonces, ¿cómo no me va a afectar todo esto?

Siento que tengo un ánimo y un temple más fuerte que el de muchos, pero, carajo, jamás me había cansado tanto escribiendo dos páginas.

 

Yo sé que debería estar hablando de la gente que se muere en los hospitales por la ausencia de luz, de las personas que no tienen cómo comer, de los locales cercanos que solo aceptan dólares o de la cantidad de comida que se está dañando en un país con hambruna. Pero, afortunado que soy, esta vez no estoy padeciendo esos problemas en primera persona.

Me preocupa, más bien, cómo se resiente el ánimo tras tanto coñazo.

No puede ser que buena parte de la agenda de mi vida se esté condicionando por tantas y tan imprevisibles dificultades. De chamo jamás pensé que desearía vivir en la repetición de una rutina en la que haya más previstos que imprevistos. Extraño la posibilidad de aburrirme. Pero recuerdo lo que un escritor me dijo hace poco: “Estés donde estés tienes que hacerlo, tienes que hacer tu arte. No puede haber excusas. Tienes que hacerlo”.

Ayer mi roommate se hundía en el sofá con el ánimo de un globo al desinflarse. Sus ojos eran los ladrillos desmoronados de quien trata de levantarse una y otra vez, pero una estúpida bola de demolición insiste en golpearla. Conozco esa mirada. “Esto es un sinsentido muy grande”, gimoteó. Vi sus lágrimas y tuve un fogonazo. Recordé la semblanza que le hizo Leila Guerriero a Fito Páez:

—¿Nunca te gana el sinsentido?

—Es que vivo con él. Supongamos que se llama Jhonny Sin Sentido. Jhonny without sense. Un detective chanta. Le decís “Okey, man, not with my childs”. Y el tipo te respeta, sabe que ahí no se puede meter. Yo no quiero transmitirles a mis hijos mi conocimiento macabro del mundo de Jhonny without sense. Hablo con él en secreto. Y a la vez nos ayuda. Porque nos dice “Che, guarda, porque esto se acaba”. Yo le digo “Todo bien. Mientras tanto, no te metas con mis hijos, porque te cago a piñas”. ¿Y sabés cómo lo cagamos a piñas? Haciendo discos, tocando. Está acogotado, eh. Está agobiado.

Después, con una risa amarga, como si él mismo no creyera en lo que dice:

—Se quiere ir.

 

Ayer tuve energías para ir al gimnasio. Hoy creo que me faltará temple para eso. El cuerpo gime en silencio mientras mi cabeza se seca. Hay un ardor que me quema las manos y un desasosiego que arropa por su letargo.

Leo que el presidente Juan Guaidó convocó a una nueva marcha para el próximo sábado. Otra más. No quiero juzgarme, no quiero desistir, pero me entra una ola de fatiga en el cuerpo. Las ganas de llorar ganan paso, ¿estaré bajando los brazos?

Y algo vuelve a moverse dentro de mí. Es un engranaje que conozco. Que me salva. Que me ha salvado durante los últimos 20 años de sinsentido a los que una cuerda de malandros sometió al país.

Me siento sobre la cama. Camino hacia la computadora. Me pongo a escribir. Y es como si el alma se desperezara, como si la pesadez se diluyera entre un vigor que comienza a empujarme. Termino este testimonio (que si no llega a los lectores, al menos me sirve para espantar al sinsentido) y algo en mí, una obsesión silenciosa, me jala a trabajar, a darle, a seguir.

Edito todo lo que puedo para Ojo. Leo en Internet. Sigo, dale, vamos.

Tal vez Fito tiene razón. Un tipo cuya madre falleció cuando él tenía ocho meses, mientras que su padre se murió un año antes de que su abuela, su tía y la empleada doméstica aparecieran asesinadas. Ese mismo hombre sobrevivió a eso –y a tanto más– para escribir una obra en la que hay frases tan duras como el diamante. Para escribir, entre otras cosas, una canción en la que dice: “No me verás a arrodillado”.

Y, en medio de otro gran apagón (quizá el segundo de los varios que se avecinan), esa es una de mis pocas certezas:

No me verán arrodillado.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Sebin secuestra a Luis Carlos

Pueden secuestrar a cualquiera, pero jamás encerrar una neurona

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que hace exactamente seis meses empezaba a conducir en Caracas un evento tan amenazador para la seguridad del Estado como el ciclo de La Cátedra del Pop, con charlas sobre Game of Thrones, Star Wars, Harry Potter y El Señor de los Anillos.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, al que no hay que investigarle mucho, porque publicaba sus críticas a diario en un timeline de Twitter cuya coherencia y resonancia era mi envidia y la de muchos otros.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, periodista, profesor y activista que integra, con su esposa Naky Soto, un dúo que al verlos juntos en público te hace pensar en parejas míticas como John y Yoko en la portada de Two Virgins: ya lo que pasaba puertas adentro era asunto de ellos. Aunque, lamentablemente, el amor tampoco parecía servir para derrocar un totalitarismo. Acaso para sobrellevarlo.

Detuvieron a Luis Carlos Díaz, que supongo que, después de que dejó de salir al aire con César Miguel Rondón, andaba con la misma incertidumbre laboral con la que andamos todos. Porque quizás César Miguel es demasiado César Miguel y Luis Carlos, un tipo más bien nerd y no precisamente la mata del carisma, no pudo sacarle mucha punta a su rol de escudero y saltar a un programa propio en un país con una radio y una televisión paralizados de miedo y de crisis.

Detuvieron a Luis Carlos, que no es mi amigo personal. Sostuve un par de contrapunteos con él en redes sociales de los que nunca salí bien parado; uno de ellos, si no me falla el disco duro, cuando defendí el caletre y la escritura a mano como métodos de aprendizaje, mientras él pontificaba con frialdad de evangelista cibernético a favor de todas las memorias externas que desalojan espacios ociosos de nuestros cerebros.

Luis Carlos, al menos en mi trato con él, nunca fue demasiado simpático, lo que es una anécdota del tamaño de un átomo frente al pensamiento de imaginarlo desperdiciando las horas bajo un bombillo que (ese sí) nunca se apaga en una celda de El Helicoide.

“El golpe es devastador. Si se llevaron a Luis Carlos, ahora sí pueden detener a cualquiera”, le escuché a alguien en la manifestación de periodistas frente a la Fiscalía un día después de que se lo llevó esposado el Sebin, al parecer cuando manejaba bicicleta por el Country Club de regreso a su casa, desde la emisora Unión Radio.

Fue una manifestación más bien triste, tengo que decirlo, bajo un sol que nos recordaba que no había agua en nuestras casas después del mega-apagón que detuvo las estaciones de bombeo y de cuya planificación acusaron, de forma ridícula, a Luis Carlos. Se sentía la ausencia de los que se han ido del país y el desamparo y la incertidumbre de los que nos hemos quedado, que ni siquiera pudimos imprimir fotos del detenido y tuvimos que conformarnos con cartones de cajas de desecho escritos a marcador.

Los equipos antimotines esperaban, a bastantes metros, que nos disolviera el cansancio del mediodía. No hubo ningún tipo de represión, aunque nos acercamos a gritar consignas hasta la puerta del edificio frente al que comenzaron los 43 muertos de las protestas de 2014 y dentro del que supuestamente estaba Tarek William Saab, fiscal ilegítimo elegido por una írrita asamblea constituyente cuyo propósito ya nadie recuerda. Peor que un perdigón: aquel edificio, al que se supone que deben ir los ciudadanos para que los defiendan, daba la impresión de estar vacío. Ni un rostro se asomaba por los cristales.

En la Venezuela de 2019 se pueden llevar detenido a una persona que se dedica a las ideas porque pronosticó en sus redes que habría un apagón informático y ocurrió un apagón eléctrico, y cualquiera puede sacar con pinzas y fuera de contexto sus palabras para amenazarlo en el programa de TV del que preside la constituyente que no elabora una constitución.

El mensaje es claro: ten miedo. Duda antes de escribir “dictadura”. Duda antes de escribir “régimen”. Duda antes de escribir “presidente encargado” (si son astutos, se fijarán que he eludido antes esos términos). Y sí: hay miedo. He pensado hoy en lo que haría si me vinieran a tumbar la puerta. No he podido evitar pensar si publiqué algo demasiado comprometedor en el semiabandono caótico de mis redes personales.

Luego de aquellos instantes mágicos alrededor de la concentración gigantesca del dos de febrero en Las Mercedes, el autoritarismo parece vivir una etapa de reagrupación. La historia humana es tan impredecible que puedes salir aparentemente más fortalecido y prepotente de uno de los apagones más grandes de que se tenga registro desde que Thomas Alva Edison inventó el corrientazo.

Se pueden llevar a cualquiera por decir o escribir cualquier cosa. Los mecanismos con los que cuenta la represión aterran por su sofisticación: está registrado todo lo que hemos comprado, vendido, hablado, chateado, publicado, quizás lo que hemos amado y pensado. En la manifestación para que liberaran a Luis Carlos no supe qué hacer y me puse a cantar las letanías que, escritas en un block, repetían las activistas que se hacen llamar piloneras. Seguiremos llenando el vacío con palabras. Seguiremos tejiendo lazos de solidaridad aunque no servían al mediodía del martes para enjuagar el rictus de dolor en la cabeza calva de Naky Soto.

Palabras, afectos, ideas, cuerpos desnudos: es lo único que tenemos para resistir. Nuestra vida se ha vuelto como la salsa de Luis Enrique que dice: yo no sé mañana. Quizás estaré sumergido en la noche más oscura e interminable de mi vida, la del apagón del siete de marzo de 2019. Quizás habré sido despojado de mis afectos, de mis certezas, de mis hábitos, de mis rutinas. Quizás estaré viendo el techo en una celda o me sentiré un afortunado temeroso por no ser demasiado famoso. Lo que puedo asegurar es que, en mi última barrera de protección, la de mis neuronas, seguiré convencido de mi profundo desacuerdo con los que llevan 20 años apoyándose en una presunta superioridad moral para aterrorizar, desnaturalizar, destruir, desmoralizar y violentar la Venezuela imperfecta pero libre en la que crecí.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

El tipo que hizo lo que tenía que hacer

Una de las mejores escenas del Joker de Christopher Nolan, interpretado por Heath Ledger, se presenta en la comisaría de Gotham City, cuando el terrorista es detenido y, para liberarse, provoca a uno de los oficiales diciéndole que había torturado a sus amigos antes de asesinarlos y que, cuando una persona está a punto de morir de manera cruel y despiadada, muestra lo que realmente es.

“Así que básicamente yo conocí a tus amigos mejor que tú”, expresa el villano en tono burlesco.

Quizás eso fue lo que pasó aquel lunes 15 de enero de 2018: Venezuela conoció al verdadero Óscar Alberto Pérez. Sin helicópteros, ni cámaras, ni banderas, ni constituciones, ni asaltos al estilo del Capitán América. Sólo su desesperación y un teléfono a través del cual pedía piedad y exigía su legítimo derecho de ser juzgado por fiscales de la nación, mientras recibía plomo por parte de los matones de la dictadura.

Esa fue la segunda vez que vi algo humano en aquel apuesto sujeto de ojos verdes que enviaba mensajes desde la clandestinidad y que sólo mostraba fortaleza. La primera fue en un artículo publicado por Daniel Lara Farías en La Cabilla, donde este columnista afirmaba que fue profesor de Pérez, a quienes todos le apodaban el “gato”.

“Uno normalmente recuerda a los buenos alumnos y a los malos alumnos. De Óscar Pérez me acuerdo, sin duda. Era uno de esos alumnos que intervenía y preguntaba y discutía. Ni más ni menos que eso. Una o dos veces más supe de él en sus andanzas de ‘comando’ y todo aquello. Ni una opinión política, ni una genialidad sobre el país. No. Un hijo de papá que llegó a policía igual que papá y que le pagaron el curso de piloto con dinero del Estado. Solo eso”, escribió Lara Farías.

“Hago esta incómoda y fatua introducción para poder explicar mi incredulidad, agnosticismo y escepticismo a propósito de las acciones de Óscar Pérez desde el día que salió montado en un helicóptero lanzando explosivos sobre ciertos puntos de Caracas. Me pareció, desde todo punto de vista, una acción desesperada, ridícula y fuera de lugar que una persona con un recurso tan valioso como una aeronave hiciera una ridiculez y no una acción policial real, porque se supone que el señor es policía. Sencillamente, me decepcionó su accionar (…). La pantallería posterior confirma mis sospechas: pura paja. El tipo quiere ser youtuber o instagramer o quién sabe qué. Pero allí no hay sustancia, ni proyecto de país”, agregó.

Yo no sé si el “gato” quería ser youtuber o instagramer. Lo que sí pude confirmar es lo que quería ese lunes: entregarse con la esperanza de volver a ver a Sebastián, Santiago y Dereck, sus hijos. Pero lo acribillaron.

“Sebastián, Santiago, Dereck, saben que hemos hecho esto es por ustedes, por todos los niños de Venezuela. Espero verlos muy pronto, los amo hijos, los amo”, decía en uno de los desgarradores videos.

El asesinato cruel y cobarde de Pérez y su equipo se produjo en medio de publicaciones en redes sociales de una gran cantidad de personas que llamaban show a su masacre, e incluso se burlaban porque se le había acabado “la novela”. Ni siquiera el video de su madre exigiendo que se le respetaran sus derechos los conmovió.

En esos mensajes pude observar a ciudadanos completamente dañados, igual que sus gobernantes. Pero también vi a esos paranoicos que exigen constantemente a sus oficiales que se rebelen contra la dictadura o se quejan de que sean su sostén, pero en cuanto sale algún grupo rebelde optan por la opción más fácil: “es un pote de humo”. Porque no fue sólo Pérez, también otros como Caguaripano, el general Vivas o los de Cotiza.

Cuando Donald Trump habló de este ex inspector, y le dio un micrófono a su mamá para que se expresara durante un discurso en Miami el pasado 18 de febrero, sentí pena por los dirigentes opositores que no hicieron lo mismo en su momento y recordé las veces que mis amigos, no interesados en política, me preguntaban qué coño tenía que pasar para que saliéramos de la pesadilla chavista y mi respuesta siempre fue la misma: cuando todos hagan lo que tienen que hacer.

Porque al final eso fue Óscar Pérez: un venezolano que desde su posición cumplió con su deber al desconocer a Maduro, tomar las armas, llamar a la rebelión y defender la Constitución; esto no es algo que le pides a un civil, a un periodista, a un artista o a un sacerdote. Es algo que le pides a un policía o militar, porque posee entrenamiento pagado por el Estado y juró defender a su gente. Y él estuvo a la altura del compromiso.

Afortunadamente, por estos días muchos hacen su trabajo: Juan Guaidó le planta cara a la pandilla de Maduro y recorre las calles de Caracas con valentía y el traje de un civil que asumió legítimamente ser presidente encargado de Venezuela; la comunidad internacional lo blinda frente al régimen; los ciudadanos, orgullosos de ser llamados así y no “pueblo”, toman las calles; la Conferencia Episcopal de Venezuela, en un gesto de dignidad que aún muchos esperamos de Francisco, desconocen al usurpador y condenan sus violaciones de derechos humanos; algunas universidades hacen lo propio.

Pero, ¿y la FANB para cuándo?

Con suerte el discurso de Trump, la ley de amnistía y el espíritu de Óscar empujará a muchos para que se pongan del lado correcto de la historia.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

Tener paciencia cuando se padece una dictadura

Salir de un gobierno autocrático, dictatorial, no es cosa de un día para otro. Requiere de muchos pasos pequeños, de muchas idas y venidas, de muchos movimientos estratégicos que pueden parecer desviarse del objetivo inicial. En otras palabras, liberar a un país de sus secuestradores requiere de mucho tiempo. Sin embargo, pareciera que a buena parte de los venezolanos les cuesta entender (o aceptar) lo que eso implica.

La verdad es que no puedo juzgar a nadie. Es difícil pedirle paciencia a quien ha padecido veinte años de la máxima crueldad imaginable. No es fácil pedirle calma y sosiego a quien vive en carne propia la agresiva lentitud de todos los procesos burocráticos a los que está expuesto día a día. Parece casi una locura pedirle más aguante a quienes notan cómo el deterioro carcome lentamente la infraestructura de un país que supo brillar en su región y más allá. Es muy complejo pedirle calma a quien no puede soportar un día más en que la miseria llama a su puerta y reclama las vidas de sus familiares, amigos y conocidos.

No es fácil tampoco defender la consigna de “esta es una lucha que requiere de mucho tiempo”. La digo y de inmediato se encienden las alarmas, porque suena peligrosamente similar a esas afirmaciones de “estamos apenas en la etapa inicial de la Revolución”, con la que, por años, los voceros del poder han intentado justificar sus fallos y desatenciones. Es lógico preguntarse por qué se empieza ahora, qué se estuvo haciendo durante dos décadas, qué tan crudo estaba el plan para deshacerse del régimen. Entiendo por qué se generan esas suspicacias (unas mejor fundadas que otras) acerca de la posible complicidad de actores de la oposición venezolana (hoy gobierno transicional) con las facciones del movimiento chavista. Y la suspicacia pareciera ser combatible solo con hechos contundentes, continuos, irrebatibles, palpables.

¿Los tenemos? Mejor aún, ¿sabemos identificarlos y apreciarlos?

Pienso en dos condiciones de nuestra sociedad que nos llevan a la impaciencia respecto a la velocidad del proceso de restauración de la democracia en Venezuela. Primero, el cliché: somos una sociedad inmediatista. Basta con revisar un poco la forma en que nos referimos al posible fin del régimen de Nicolás Maduro: “caída”, “tumbar”, “derrocar”. Incluso hablamos de soluciones que, de la forma en que nos las imaginamos, rayan en lo fantástico, en lo épico: “intervención”, “invasión”, “levantamiento”. Es de esperarse que una característica que ha sido tan constante en la radiografía de la sociedad venezolana esté atravesada por el contexto y la historia contemporánea. Como comentaba unas líneas atrás, estamos condicionados por el desgaste, el hartazgo, la impaciencia. Resulta incluso sano querer que la pesadilla termine de una vez; nos habla de que, a pesar del “modo automático” en el que se desenvuelven muchos venezolanos, hay consciencia de que la realidad es lo suficientemente nefasta como para desear su final inminente.

El problema es que, mientras van pasando los días y ninguno de esos escenarios se cumple, la ansiedad va en aumento exponencial y se hace difícil mantener la compostura. La gente espera contundentes golpes a la mesa todos los días, a toda hora. Sienten que un día en el que no se hace un anuncio de gran envergadura, un día en el que no se llenan las calles gritando consignas en contra del dictador, un día en el que alguna instancia internacional no se pronuncia, es un día perdido. A pesar de los esfuerzos, muchos sienten que el reloj de arena que corre en su contra sigue ahogándolos sin clemencia y que la cuerda de rescate para salir de ese atolladero no es lo suficientemente larga como para ayudarlos a escapar.

Por otro lado, hay una mezcla muy particular entre la desconfianza creciente, que también nos ha definido como venezolanos por décadas, y una necesidad (para nada exclusiva en nuestro país, sino una tendencia global) a estar siempre informados sobre los eventos que nos interesan. Ante la falta de ese anuncio importante, de esa noticia que “rompa la Internet”, que nos haga detenernos para compartirla en un grupo de WhatsApp o en nuestro timeline de Twitter, las suspicacias se alimentan, toman fuerzas y se posesionan de nosotros. “Se enfrió el movimiento”, comenzamos a escuchar. Se propaga una sensación angustiante, el desasosiego que produce pensar que, una vez más, nos quedaremos a las puertas (o tal vez más lejos) de lograr el cambio tan anhelado para nuestro país. Estar expuestos a tanta información en tiempo real termina mancillando nuestra capacidad de postergar la gratificación, de esperar un poco más para recibir una noticia más sustanciosa.

Los tiempos de la política son muy distintos a los tiempos de la vida cotidiana; se trata de algo complejo de asimilar y digerir cuando el deterioro que nos rodea se lleva lo mejor de nosotros a una velocidad trepidante. A esto se le suma que la costumbre de leer en formato de tweet, de esperar ese comentario en 280 caracteres, nos entorpece la capacidad de leer las narrativas completas, de encontrar en el todo de la noticia esas pequeñas victorias estratégicas que se encuentran un poco escondidas detrás de los movimientos de uno y otro bando. Parece más fácil despertar con el tweet que anuncia la caída del régimen que esperar con paciencia el desarrollo del proceso de cese de usurpación y gobierno de transición que nos lleve a las ansiadas elecciones libres.

Grandes movilizaciones seguidas de días de aparente silencio. Anuncios impactantes seguidos de días de incertidumbre, de pocas noticias. ¿Significa eso que dejan de pasar cosas? ¿Tenemos que enterarnos de todo? El 24 de enero escribía en Twitter que necesitaba una transmisión en vivo de una cámara instalada en el pecho de Juan Guaidó. Necesitaba seguir en tiempo real todo lo que sucedía alrededor de la figura del presidente encargado para poder calmar mis ansias y constatar que, efectivamente, estaba pasando algo. ¿Nos sentimos todos así? ¿Hay alguna solución?

La idea inicial de este texto era plantear un “cómo manejar la angustia” con respecto a lo que pasa o deja de pasar en Venezuela en estos días que corren. Siento que fallé. Fallé porque, como venezolano, también soy propenso a caer en la desesperación de tanto en tanto. Porque me da miedo esa “tensa calma” que me reportan muchas de las personas con quienes me comunico en Caracas. Es como ser espectador de una partida de ajedrez sin saber mucho del juego: sabemos que habrá un ganador, que eventualmente el encuentro terminará, que un rey será puesto en jaque mate, pero no tenemos idea de por dónde o cuándo vendrá la jugada decisiva, porque solo vemos los movimientos pero no la estrategia que tiene cada jugador en su cabeza.

Mientras tanto, lo único sensato que se me ocurre recomendar es protegerse de noticias insidiosas y/o falsas. Seguir a comunicadores serios que se dan a la tarea de confirmar fuentes (de entrada se me ocurren las cuentas de Twitter de Luis Carlos Díaz, Naky Soto, Arepita, Revista OJO, por ejemplo). Aunque parezca contradictorio, una solución puede ser buscar los resúmenes que dan estos actores al final de cada jornada noticiosa. Algunos dan los bullets necesarios para tener el panorama general. Otros se extienden un poco más y aventuran algunos análisis que nos pueden dar más luces con respecto a lo que pasa (Prodavinci, Caracas Chronicles, como dos ejemplos a los que puedo hacer referencia de memoria). Puede que el remedio contra el exceso de información basura sea informarse de forma consciente, saludable, responsable.

Todo esto puede irse al caño fácilmente cuando vemos las declaraciones de Nicolás Maduro y sus secuaces, dando a entender que el día de una negociación de su salida del poder está lejos. Parece entonces que los movimientos de los peones que están de nuestro lado son espurios, apenas relevantes. Pero de nuevo, hay que hacer el ejercicio de tener paciencia, de entender que es un trabajo que requiere de tiempo y estrategia para que tenga los resultados deseados.

Yo sé que puede parecer fácil pedir paciencia desde la distancia, pero es lo único sensato que puedo aconsejar.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

y líbranos del militar

Y líbranos del militar, amén

La noche que me pegaron el tiro en la nuca yo estaba saliendo de mi oficina, y escuché un griterío proveniente de los pisos de abajo. Iba por un guayoyo cuando me invadió como un escalofrío por detrás de las orejas. ¡Yo solo quería un guayoyo!, ¿pueden creerlo? Yo solo iba a buscar mi taza, a beberme mi café, a terminar la cobertura y después salir; e irme a mi casa a ver a mi mujer, a mi chamo, y después dormir, dormir para después irme al trabajo y tomar más café y reportar más noticia y así hasta jubilarme, hasta envejecer, con mi chamo ya grande, mi mujer ya vieja. Pero no. El escalofrío me atajó a mitad del pasillo, de espaldas a aquel sujeto de botas, pantalones camuflados y boina. Hubo un eco ensordecedor. Hubo presión en mi frente. Escuché a mi chamo llorar al fondo, a mi mujer pidiéndome que por favor me levantase del suelo, que el guayoyo se me iba a enfriar. Yo solo estaba cumpliendo con mi trabajo de informar, pero mi mujer, mi chamo, mi carrera, mi puta vida, se esfumaron en la disminución del sonido, en mi capacidad de entender lo que estaba sucediendo, ¿pueden creerlo?

Mi nombre fue Edgar González y, para 1992, era padre de un bebé de cinco meses, esposo recién casado y periodista de Venezolana de Televisión. Esa noche de 1992, la noche que me asesinaron, quedé allí tendido, a mitad de pasillo, con la cabeza apuntando hacia la puerta del cuarto de grabación. A través de las pantallas del canal, vi al jefe del alzamiento declarando su supremacía castrense al costo de la sangre de quienes, como la democracia, presenciábamos nuestro miserable desfallecimiento.

Desde la vez que Alfonso sintonizó a Chávez en un desfile militar por cadena de radio y televisión, quiso enlistarse en los cuarteles. A pesar de las opiniones de su mamá, decidió abandonar la carrera y presentarse en Fuerte Tiuna, inscribirse en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y defender la patria de Bolívar. Su mamá, sentada en una de las sillas del comedor, se tapa el rostro con las dos manos. Entre los mocos y la saliva, ella insiste en encerrarlo para no dejarlo ir. Pero Alfonso está convencido. Le atrapa la idea quijotesca del combate a quemarropa, el repique del tránsito marcial sobre las aceras de concreto. Reclutarse para la República contribuiría al bienestar social, al éxito de la Revolución, y para él, la Revolución es la voz indiscutible del pueblo. A Alfonso lo vendrá a buscar un taxi. Le pide a su “vieja” que por favor le crea, que los militares no son matones como ella dice, que le explique, que no se le atraviese. Que él ya no es un chamo. Ella se resiste, y él sale sin habérsele echado la bendición. Sin habérsele servido el café que tanto le gusta.

Así que así: Alfonso sale, sale a su encuentro con el país, con el presidente y sus libertadores, productos todos de esa herencia histórica que sucumbe ante la prestancia militarista de años de polvorazos retóricos, de acciones pretorianas mal infundadas. Alfonso está con Chávez porque Chávez es la Revolución, y para él, Alfonso, la Revolución es la voz indiscutible del pueblo.

Para principios de la década de los noventa, en Venezuela las discrepancias entre el sector castrense y la dirigencia política de la época se evidenciaron en las intentonas golpistas del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Esto, como resultado del descontento, por parte de las fuerzas armadas, con respecto al protagonismo arbitrario de los partidos tradicionales: Acción Democrática (AD), el social-cristiano (Copei), y el Movimiento al Socialismo (MAS). Específicamente, después de los disturbios procurados en Caracas en 1989, incrementó la preocupación por el desarrollo material del país, y con ello el rescate del caudillo como única forma de control social capaz de resolver las deficiencias estructurales del Estado. Los militares, apoyados por el beneplácito de las masas populares, se reafirmaron en el compromiso de “poner control” sobre las discordancias manifiestas entre las élites civiles, acarreando la pérdida del respaldo hacia la “democracia representativa” y labrando nuevas vías para el ejercicio del poder –en aras del siglo XXI.

El depósito absoluto de la confianza en los cuarteles y el descrédito de las autoridades civiles pertenecientes a la “Cuarta República” propició, ya con Hugo Chávez en el gobierno, el cope de los uniformados en diversos ámbitos del desenvolvimiento público, que no necesariamente obedecía a las funciones originarias del quehacer miliciar: operativos de alimentación como Mercal, Pdval; gerencia de cargos en la administración de Pdvsa; organización y custodia de actos culturales como ferias del libro, conciertos; monitoreo de jornadas de salud como la fundadora misión Barrio Adentro, jornadas de vacunación, etc. Sin duda que este piloteo de las labores del Estado en sus distintas ramas benefició la consolidación de un chavismo de insignia, donde los funcionarios del denominado Alto Mando respondían al Ejecutivo no solo por concepto de devoción ideológica, sino también por resguardo de sus intereses como clase empresarial consolidada. El resto de las fuerzas armadas, es decir, el soldado promedio, entraba en el reparto de dádivas que obtenía, asimismo, la clase media venezolana: dólares Cadivi, préstamos para vivienda y vehículo, equipamiento de hogares y demás trapos de agua caliente que preservaron la ecuación política del país durante los primeros catorce años de Revolución.

Una ecuación que duró hasta la desaparición física de Hugo Chávez en 2013, por supuesto. A partir de allí, el declive de la economía, aunado a la ausencia del comandante –en su sentido estricto, es decir, del personaje que comandaba por legitimidad de la fuerza–, ha desencadenado el deterioro progresivo de las estructuras de orden cívico-militar anteriormente aceptada (o por lo menos respetada) por la mayoría de la población. De ese modo arribamos al panorama actual que nos compete, en días donde se percibe un resquebrajamiento en el interior de los cuerpos militares a consecuencia de una crisis que, sin dudas, impacta los bolsillos de todos los estratos de la sociedad. Observamos, con igual importancia, una “crisis de lealtad”. A pesar del respaldo de ciertos uniformados claves, Maduro no posee la honra del ejercito entero, ya que, aparte de no ser militar de profesión, no llegó al poder por vía del combate. La filosofía castrence es un arma de doble filo: instaura y des-instaura a través de las pasiones.

Entonces, la luz de este túnel de religiosidades cuartelarias sería la devolución, a los civiles, de las riendas del país. Aspiración potencialmente posible, cabe destacar, gracias a la sorpresiva ratificación del civilismo en Venezuela con Juan Guaidó en el contexto nacional e internacional del año en curso. Un joven de corbata y flux azul marino, de discurso fresco y sin adornos, ganándose las voluntades del pueblo en dimensiones casi olvidadas. No obstante, el hecho de seguir dejándole la estocada final a los militares para derrocar a Maduro nos coloca en servicio de los vicios históricos ya descritos; para que la transición hacia una democracia sea efectiva, el rol de las fuerzas armadas deberá ser como articulador de las clases civiles disidentes y no como pieza de desenlace en el juego político al que se está apostando. Ello se refiere a las fuerzas armadas al servicio de la dirigencia, no como factor dirigente. Dicho lo cual, de continuar esta yuxtaposición de intereses, es decir, la protagonización de los uniformados por sobre los destinos del país, el quiebre del orden actual deberá ser externo; una presión –bélica o no– que no dependa del mecanismo de uso interno del poder nacional.

En todo caso, el matiz de la crisis venezolana es un factor que “beneficia” la jugada política de Guaidó y sus civiles disidentes, por cuanto el soldado común es también gente, y padece de estragos y penurias. A la muestra están las deserciones que hemos presenciado en la frontera colombo venezolana desde los acontecimientos ligados al fracaso de la ayuda humanitaria.

El 27 de noviembre de 1992, el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200, encabezado por el teniente-coronel Hugo Rafael Chávez Frías desde la cárcel, intentó derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez para constituir una junta pretoriana que enrumbase los destinos de Venezuela. Los rebeldes, ya con el fracaso de un primer golpe a cuestas, secuestraron varios medios de comunicación nacionales con la finalidad de transmitir el mensaje del jefe de la comitiva. La planta más afectada, la de Venezolana de Televisión, hoy es recordada como “la masacre del canal 8”, al haberse asesinado a trabajadores inocentes: maquilladores, camarógrafos, reporteros, escenógrafos. Nucas que se ajusticiaron en pro de la usurpación del orden constitucional, guayoyos que quedarán allí servidos, enfriándose para siempre.

Lo peor es que yo, Edgar, Edgar González, periodista, fui el primero en salir a apoyar a los uniformados de febrero, a festejar que el ejército rindiese honor a su juramento: acabar la corrupción, la charlatanería. La gente apostaba por lo mismo, por el triunfo de los rebeldes; mis vecinos, el taxista, mis compañeros del canal, el adeco, el copeyano. Mi mujer. Para el carnaval de 1992, mi mujer disfrazó a nuestro bebé de soldadito. Y no fuimos los únicos, ¿pueden creer esa vaina? Chacao estaba repleto de pequeños payasitos combatientes. Reíamos, y había papelillos, y bombas, y música, y mi chamo que lo llamábamos “Huguito”. Celebrábamos las caravanas del cambio sin saber que estábamos sacrificando nuestras propias garantías. Nadie nunca reparó en las falacias del líder; nos dejamos apuntar el fusil a expensas del futuro.

Ahora se me entumecen las palabras porque es que los muertos no hablan, no hacen reclamos, no se levantan del suelo. No alertan a los vivos. Ojalá y los muertos pudiésemos confesar aquello que presenciamos antes de cerrar los ojos. Ojalá, ojalá.

Ojalá y los muertos pudiésemos aconsejar a nuestros chamos ya grandes.

Ojalá y pudiésemos pedirles que se bajen del taxi.


Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

El doloroso nacimiento de la nueva Venezuela

¡Hola! Si eres un lector de menos de 25 años, quiero contarte que vengo de la década de los 80. Nací en 1975, específicamente, y la verdad es que no recuerdo haber pasado ninguna necesidad grave en mi infancia, más allá de que el Niño Jesús nunca me trajera el osito más caro que yo elegía en los folletos de las jugueterías que venían encartados en los periódicos del domingo, sino un peluche más tapa amarilla. Uno de mis recuerdos más nítidos de esa época es que, en el camino a mi colegio de primaria en San José del Ávila (Caracas), alguien escribió en un muro un grafiti en modo Caps Lock: ¡VIVA 1986!

Me cuesta imaginar a alguien pintando hoy en Venezuela un ¡VIVA 2019!, la verdad.

Lo más parecido a una polarización que vi en mi niñez fue la guerra de las Malvinas: recuerdo que una mañana de 1982, en un descampado en el que se nos torturaba a los gorditos que no podíamos hacer la vuelta canela durante las clases de Educación Física, formé parte de una batalla campal entre argentinos y británicos. Me pregunto si, en un rincón de Buenos Aires, hoy hay compañeritos de salón jugando a la invasión estadounidense de Venezuela.

Crecí en un cuadro relativamente feliz de “familia modélica de padres inmigrantes de origen europeo, que le echaron pichón y pudieron comprar apartamento propio”. Incluso llegamos a tener un terreno con una casa en Higuerote, provisto de una piscina que hizo mi papá con sus propias manos, y que luego debimos vender porque era desvalijada sistemáticamente cada semana por los propios barloventeños que contratábamos para cuidarla. En ese contexto, lo más extraño de mi niñez fue que, a pesar de lo anterior, en mi casa se escuchaba regularmente a Alí Primera.

Convengamos: por si no conoces su obra y te has dejado lavar el cerebro a la inversa por el rechazo que hoy genera todo lo relacionado con el chavismo y por la pavosidad congénita de sus hijos Servando y Florentino, Alí Primera fue un cantautor extraordinario –quizás el más polifacético de la historia de la música latinoamericana de protesta– que, entre la rabia y la ternura, paseaba su vozarrón con soltura por casi todos los géneros populares venezolanos. Te podías aprender sus discos de pe a pa como las canciones de la misa y sus cassettes eran la banda sonora de nuestro viaje de dos horas de los sábados a Higuerote.

Eso sí: en lo ideológico, Alí era un ñángara de mensajes abiertamente insurreccionales. No dejo de sentir escalofríos al pensar que versos como los de Canción bolivariana, que yo escuchaba mientras hacía bolitas de vainilla con la crema de las galletas Oreo en asiento trasero del Fiat de mi papá, eran los mismos que en ese instante inspiraban en los cuarteles a Hugo Chávez con su contradictorio caldo de nacionalismo decimonónico y marxismo trasnochado: “La burguesía es hija de la Colonia y viceversa; la opresión está reunida en masa bajo un solo estandarte; si la lucha por la libertad se dispersa no habrá victoria en el combate”.

Sí, “combate” se refería explícitamente a oposición armada a gobernantes democráticamente elegidos, contra los que una logia semi religiosa se alzó en armas en dos madrugadas de febrero y noviembre de 1992, esta última con los únicos bombardeos desde aviones que hasta ahora he presenciado en mi vida. Aunque entonces fui un chamo de 17 años que formaba parte de una franca minoría (los que pensábamos que las medidas de apertura de la economía señalaban hacia el camino indicado y que era mejor que Carlos Andrés Pérez completara su período presidencial), no dejo de pensar que el hecho de que Alí Primera se escuchara libremente en mi sala de estar –sin que nadie me alertara sobre la importancia de separar música y letra– era un síntoma de que algo no andaba bien. Que no se nos había enseñado lo suficiente ni en la casa ni en la escuela a valorar el frágil experimento de civilidad, siempre bajo la sombra del militarismo que comenzó en 1958.

Y sí: si me preguntas, nunca en el chavismo he visto cacerolazos tan estruendosos como los que le dedicaron a CAP.

La síntesis que vendrá

Toda esta interminable introducción es para decirte algo que, si conoces lo que publicamos y has llegado hasta aquí, probablemente ya sabes: que toda pretensión de revivir lo que tuvimos en Venezuela hasta la mamarrachada de juramento en la toma de posesión de 1999 –los símbolos y los formalismos son más importantes de lo que sueles pensar, amante de la acción– no solo es técnicamente imposible, sino poco deseable. Porque, y disculpa que me apoye en la dialéctica marxista de inspiración hegeliana, solo nos queda esperar la síntesis que traerá el choque de tesis y antítesis.

Lo que vendrá después de estas dos décadas de irresponsabilidad histérica –si es que viene algo después, que jamás lo podremos asegurar con total certeza– será forzosamente diferente a los 40 años que tuvimos antes de ellas.

Permíteme citarte la placa del monumento de las Tres Culturas de México DF, mi argumento favorito contra los tirapiedras que idealizan en idioma castellano un presunto edén prehispánico, como los que derribaron la estatua de Cristóbal Colón de Plaza Venezuela el 12 de octubre de 2004: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

Disculpa las citas un poco de liceo, pero voy con otro de mis gallos: “La existencia humana ha sido en toda época y momento un juego peligroso, y eso vale para las primeras tribus que se agruparon junto al fuego hace millares de años y para quienes hoy tenemos que cruzar la calle cuando vamos a comprar el periódico”, recuerda Fernando Savater en Ética para Amador, aunque en Venezuela ya no tengamos prácticamente hoy periódico que comprar.

Nuestra naturaleza está marcada por la insatisfacción permanente y el conflicto. Hoy algunos de nosotros aplaudimos que cualquier medio es válido con tal de quitarle al chavismo sus herramientas de destrucción. Quizás dentro de 20 años veremos llegar al parlamento a políticos de izquierda cuya campaña se basará en denunciar que “lo ocurrido en 2019 estuvo viciado en su génesis por la bendición del imperialismo estadounidense”. No lo sabemos, jamás se inventará la máquina del tiempo. El chavismo quizás podrá ser derrotado por completo, no así la insatisfacción que le alimentó.

Cuando fui niño nunca dejé de tener un vaso de leche y un pedazo de pan con mantequilla, pero siempre fui un privilegiado: pásate algún día por los periódicos de 1988, para que veas cómo, durante el Gobierno del adeco Jaime Lusinchi, los controles de la economía y la escasez de productos básicos (menos duros que lo que vivimos hoy día, por supuesto) derivaron en el segundo de los cuatro grandes shocks de la psicología del Estado de Bienestar venezolano: el Viernes Negro de 1983, el Caracazo de 1989, la intentona militar de 1992 y la crisis bancaria de 1994, la que terminó de torcer para mal el destino de una familia: la mía, que hasta entonces podía pagarse unas vacaciones en ferry para Margarita cada par de años, de las que regresábamos no solo con ropa nueva comprada en la zona franca sino con un par de tomos nuevos de mis enciclopedias de zoología.

“Aunque las autoridades reconocen que son justas las demandas de los médicos, cuyo ingreso no alcanza ni para comprar la cesta de alimentos, también alegan que no tienen presupuesto para satisfacer el aumento exigido”. Esa cita, seguro te debes haber dado cuenta, no puede ser de 2019, sino de la huelga de médicos de los hospitales públicos de diciembre de 1996, en la que se inspira parcialmente la película La Hora Cero (2010). Por supuesto, 1996 ya no era el esplendor de la Cuarta República, sino su decadencia. Pero el recordatorio es válido, en medio de la aberración económica de dimensión planetaria de la administración Maduro, para recordarnos que casi nunca la mayoría de la gente ha estado satisfecha con lo que tiene en la cuenta bancaria. Aunque salta a la vista que, al menos en 1996, no teníamos en Miraflores a fanáticos que negaban sistemáticamente la realidad de los problemas ni sus limitaciones para resolverlas.

La Venezuela que vendrá de esta pesadilla, si es que terminamos de salir de ella –o alcanzamos algún punto de equilibrio de normalización de lo horrible–, será forzosamente el parto doloroso de algo que no se parecerá a nada de lo que tuvimos antes. Probablemente nos hará mejores a los que hemos vivido este eclipse de la racionalidad occidental, pero los que vendrán después tendrán que experimentar sus propios aprendizajes. Nos corresponderá dejarles la enseñanza de proteger a esa bebé siempre amenazada de hambre que se llama libertad.

FOTO: Jon Cárdenas

 

Por Alexis Correia |  @alexiscorreia

 

Los Oscar y el dilema de la popularidad

Hace 90 años, en un teatro estadounidense, decidieron honrar a toda una industria con un premio que finalmente se llamó Oscar. Con el tiempo, este reconocimiento ha cobrado un valor incomparable para cada profesional y artista del mundo cinematográfico. Para los guionistas, directores, actores y otros, una nominación a una de las categorías significaba uno de los reconocimientos más grandes al trabajo y esfuerzo. O eso es lo que nos ha demostrado cada año una academia que desea mantener la importancia de la estatuilla por encima de los otros ocho premios relacionados a la industria.

La popularidad traducida en rating televisivo presiona a una organización actualmente desesperada por obtener más atención en cada temporada de premios. Un ejemplo de ello fue la decisión hace 15 años de adelantar la premiación, que normalmente era entre finales de marzo y abril, a finales de febrero y comienzos de marzo para evitar coincidir con las finales nacionales de basket universitario (NCAA).

#OscarSoWhite y la necesidad de ser políticamente correcto

El hashtag #OscarSoWhite se posicionó en el trending topic mundial en la edición de 2016, al ser el segundo año consecutivo en el cual ningún actor de color fue nominado. La falta de diversidad fue la excusa que usaron varios actores, productores y directores para no asistir a la presentación. El host designado para esa gala fue Chris Rock, quien se manifestó a través de un breve monólogo: “No se trata de racismo, solo necesitamos mejores papeles, queremos nuestras oportunidades, es eso y no una sola vez”.

Nos encontramos en un momento de cambios constantes, donde no solo se reclaman mejores salarios, también se reclaman mejores oportunidades para trabajar, sin distinciones de género, raza o religión. La industria cinematográfica americana posee un gremio que también lo solicita, argumentando que la mayoría de los que votan y son parte de la academia que define a los nominados y ganadores son en su mayoría caucásicos y hombres, lo que en opinión de muchos responde a un estereotipo racista, que no permite que las premiaciones sean más diversas.

El año siguiente fueron nominados y premiados varios artistas y películas de otras razas o géneros, incluso en la categoría de mejor película, donde ganó Moonlight. Esto dejó en evidencia que las críticas afectaron el juicio de las siguientes ediciones. 2018, por su parte, fue un año bueno para los mexicanos con el premio a mejor director para Guillermo del Toro, al hacer realidad un proyecto que tenía muchos años planificando: La forma del agua. La academia, sin embargo, obtuvo su peor rating en 40 años de la emisión de los premios.

Premio a la película más popular

En cada edición la academia se preocupa de que las personas se mantengan en su asiento desde el principio hasta el final. En redes sociales, la gente se queja de lo larga y a veces aburrida que les parece la transmisión. Incluso cuando generalmente los presentadores hacen chistes y bromas en los intermedios.

En esas quejas, se fomentó una propuesta para la edición de este año: añadir la categoría de Mejor Película “Popular”, para nominar películas que no necesariamente son artísticamente brillantes pero que puedan atraer a más público. Esa decisión trajo críticas de los más conservadores y cuestionamientos sobre lo que en realidad eran los Premios Oscar.

La organización se pronunció y dejó en claro que no era el momento idóneo para ello y que estarían conversando y evaluando cómo sería la definición de esa categoría a futuro. Pero han dejado un pequeño experimento, en mi opinión, es la nominación de Black Panther en algunas de las categorías, incluyendo mejor película.

Una película de superhéroes –y de franquicia– en un momento difícil donde se busca atrapar la atención de las personas y de un nuevo público, o, dicho de otra forma, hacer los premios más masivos. Esto me hace pensar que hace un par de años vimos pasar Batman: The Dark Night sin que tuviera una nominación que bien podría haber recibido, por su notable calidad.

Categorías fuera de la transmisión en vivo

Otra de las decisiones criticadas para este año fue dejar algunas categorías de los premios solo para los cortes publicitarios, acortando así la duración de la gala a tres horas. Y dejando los momentos más importantes de esos discursos para la retransmisión. Las categorías que quedarán designadas para los comerciales serán Mejor Maquillaje y Peluquería, Mejor Cortometraje, Mejor Montaje y Mejor Fotografía o Cinematografía. Guillermo del Toro ha cuestionado un poco el hecho de que la categoría de Montaje o Fotografía queden fuera de la premiación habitual.

Son momentos de cambios en uno de los premios más tradicionales de la industria americana, saben que deben afrontar y probar otras cosas para mantener una tradición que en diez años cumplirá un siglo. Mantener el mismo prestigio y la popularidad por tanto tiempo no es algo fácil de lograr. Solo sé que la necesidad de que todo sea corto, conciso, con pocas palabras y con poca duración para que sea de fácil consumo a las nuevas generaciones, nos hará perder en algún momento cosas importantes.

 

Por Julio César Blanco

 

Tener esperanza aunque no haya señales

Cuando Lizandro me invitó a escribir sobre mi experiencia como psicólogo ejerciendo en sectores populares de Caracas, lo primero que hice fue pensar en los aprendizajes que me han dejado las personas con las que he tenido la oportunidad de trabajar. Creo que todas tienen un punto en común que las une: en los Barrios de Caracas aprendí que el verdadero significado de la resistencia era tener paciencia, a pesar de que todo apuntase al desespero.

Para demostrar este punto, voy a contar tres historias que considero representativas de mi argumento central. Una durante mi primer trabajo como psicólogo en la parte alta de La Vega y dos trabajando en la organización social Caracas Mi Convive. Creo que la narrativa, como la música, tiene la capacidad de transmitir cosas más allá de la intención original del autor. Espero que los que lean este artículo puedan sacar nuevas conclusiones de las historias que voy a compartir.

Uno de mis primeros trabajos, como psicólogo, fue en la parte alta de La Vega en un centro de salud. Mi labor incluía ver pacientes, en su mayoría niños y adolescentes, y realizaba sesiones de asesoramiento con un grupo de madres que trabajaban en un hogar de cuidado diario que quedaba en frente a este centro. Simultáneamente, estaba cursando la especialización en psicología clínica-comunitaria en la Universidad Católica Andrés Bello.

Unos meses antes de terminar el post-grado, decidí hacer mi tesis de especialización sobre la experiencia de una madre que había perdido a su hijo en un enfrentamiento armado. Por las estadísticas de violencia y las historias de mis pacientes, consideraba que había muchos casos en La Vega que no estaban siendo visibilizados. Inspirado por la metodología de Alejandro Moreno y sus conclusiones sobre el matricentrismo[1] de la familia popular venezolana, decidí hacer una historia de vida con una madre que llamé bajo el seudónimo: Flor Campos.

Una de las conclusiones principales que propuse escuchando el relato de Flor es que la cultura venezolana, aunque girase al rededor de los temas de la maternidad, muchas veces no entendía o aprobaba expresiones emocionales relacionadas a lo femenino. Flor se sentía, en ocasiones, muy juzgada por su familia y su comunidad por la manera en la que vivía el duelo. Le decían constantemente que llorar tanto a un hijo no estaba bien, que lo tenía que dejar descansar. Esto hacía que se sintiera culpable por llorar, prefiriendo contactar con su pérdida en privado. En ocasiones, como reflejo propio del realismo mágico latinoamericano, sentía muy cercana su presencia, lo sentía tan cerca que a veces dudaba de si realmente había muerto, lo que le generaba mucha angustia. Cuando compartía estos sentimientos conmigo me preguntaba constantemente si pensaba que ella estaba “loca”, como si yo tuviera la potestad de hacer juicios de valor sobre sus sentimientos más profundos.

Escuchar la historia de Flor me generó un gran sentido de responsabilidad, sentía que ella, con su relato, me había dado mucho para mi desarrollo profesional y tenía que retribuírselo de alguna manera. Por ello, decidí crear un grupo psicoterapéutico de corta duración con Flor y otras madres que habían vivido experiencias similares.

En el grupo, muchas de las madres se identificaron con ella: sus expresiones de pérdida no eran bien recibidas por sus familias y la comunidad, en donde les insistían que lo mejor era  dejar descansar a sus hijos. Especialmente, una de las madres estaba de acuerdo con esa forma de lidiar con el duelo: había perdido a su hijo hace 28 años y sentía que lo mejor era no estar mucho tiempo pensando en él.

En una de las sesiones, las madres comenzaron a contar sobre pequeñas cosas que hacían para recordar a sus hijos, desde tener altares dedicados a ellos en sus casas, hasta dejar su cuarto intacto. La madre que había sufrido la pérdida hace 28 años comenzó a relatar que ella y el joven tenían una canción que les gustaba cantar juntos. De vez en cuando, mientras lavaba su ropa, ponía esa canción y la comenzaba a cantar con la esperanza de que él volviera. Lo que más me sorprendió y conmovió fue que después de 28 años de su entorno diciéndole cómo tenía que vivir su pérdida, todavía buscaba espacios donde seguía siendo fiel a ella misma. Cantar esa canción, en privado, era un pequeño acto de resistencia ante una comunidad que no la comprendía.

La segunda experiencia ocurrió mientras realizaba una investigación cualitativa sobre víctimas secundarias de asesinatos extrajudiciales. Desde el Monitor de Víctimas[2], los datos estaban mostrando que al alrededor de un tercio de las muertes violentas que ocurrían en la zona metropolitana de Caracas eran producto de las acciones de fuerzas de seguridad del Estado. Ante esto, decidimos que teníamos que ir más allá de los números y recoger los testimonios de estos familiares. Un equipo de psicólogos de Caracas Mi Convive fuimos a diferentes comunidades del municipio Libertador a recoger los relatos de padres, madres, hermanas y hermanos que habían perdido a un familiar en manos de las fuerzas de seguridad del Estado en el marco de las OLP. El análisis de estos testimonios terminó siendo un libro que llamamos: Cuando suben los de negro, por el nombre que usaban dentro de las comunidades para referirse a los funcionarios.

FOTO: Carlos Ramírez

Una de las particularidades de esta investigación es que tuvimos la oportunidad de hacer las entrevistas dentro de las casas de los mismos familiares. Una de las participantes, Nancy, vivía en un edificio cerca del centro de Caracas y nos contó con detalle cómo ocurrió el día que mataron a su hijo de 19 años de edad. Nancy tenía una gran capacidad para poner en palabras lo que pensaba y sentía, nos mostraba exactamente los sitios de su apartamento donde a su hijo le gustaba estar y, cuando llegó al momento de contar cómo llegó la OLP a su casa, nos pidió que la acompañáramos a las escaleras de su edificio.

En las escaleras estaban todavía las marcas de las balas que asesinaron al joven. Nancy nos explicaba, después un vecino nos lo confirmó, que ni ella ni nadie en la comunidad querían remover las marcas de las balas, porque algún día se iba a hacer justicia:

Pero yo sé que un día a mí me van a entrevistar en Venevisión y yo voy a decir todo cómo es y se va a hacer justicia.

Esta entrevista fue realizada a mediados del 2018, un poco después de las falsas elecciones del 20 de mayo, en un momento donde parecía que el régimen tenía el control de todo y que no había manera de sacarlos del poder. Escuchar esa historia me permitió darme cuenta de que resistir a una dictadura no solamente implica ir a manifestaciones o hacer denuncias públicas. Resistir implica hacer pequeños actos todos los días con la esperanza, como nos dice Nancy, de que algún día se vaya a hacer justicia, aunque de momento no haya ninguna señal de que esto vaya a ocurrir.

La tercera experiencia pasó hace unas semanas, estaba acompañando a hacerle seguimiento a un programa de la organización que se llama “Vamos Convive”. Vamos es un programa de inserción laboral y mentoría a jóvenes varones de sectores populares en situación de riesgo de caer en la criminalidad. De acuerdo con los datos del Monitor De Víctimas, el 65% de las muertes violentas en Caracas, ocurridas en el 2018, fueron varones entre las edades de 15 y 29 años que vivían parroquias como Antímano, El Valle, Sucre y Petare.

Uno de los beneficiarios del programa, Miguel, estaba haciendo una pasantía en un café ubicado en el este de Caracas. Fuimos hasta allá a hablar con él y sus supervisores. Sus supervisores nos dieron muy buenos comentarios de él y nos contaron que muchas veces, voluntariamente, se queda horas extra trabajando. Al parecer, cuando los operativos del FAES[3] se intensifican en su comunidad, él prefiere quedarse trabajando para no ser la próxima víctima. A pesar de que todo el aparato represivo del régimen se ha encargado de retratar a los jóvenes de sectores populares como criminales, Miguel se aferra a desenmascarar ese estereotipo. Va todos los días a su trabajo como un acto de resistencia y paciencia de que sí existe una alternativa para él que no sea la delincuencia o ser víctima de las fuerzas de seguridad.

Recientemente los venezolanos hemos recuperado la esperanza de un cambio, después de la marcha del 23 de enero conversaba con mis amigos sobre lo primero que haríamos si se acaba la dictadura. No recordaba la última vez que nos permitimos hablar de eso.

Una vez un paciente del psicoanalista inglés Donald W. Winnicott le dijo, en sesión, esta frase: “La única vez que sentí esperanza fue cuando me dijiste que no veías ninguna esperanza, pero continuaste conmigo de todas maneras”. Hoy me siento esperanzado de un cambio, pero no siento un desespero porque tenga que ocurrir de la noche a la mañana, ver como estas personas se aferraron a sus seres queridos y a sí mismos, a pesar de que todas las señales de su entorno les decían lo contrario, me ha permitido entender que el camino hacia un cambio es igual de inspirador que finalmente lograrlo.

“Cuando suben los de negro”, libro con análisis de testimonios.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90

 


[1] Matricentrismo hace referencia a la tesis propuesta por el psicólogo Alejandro Moreno, que la familia popular venezolana cobra sentido alrededor de la figura de la madre. Donde las mujeres ejercen el rol principal de soporte emocional y financiero en las familias de los sectores populares del país.

[2] Monitor de Víctimas es un proyecto entre el portal Runrun,es y Caracas Mi Convive donde, por medio de un trabajo cooperativo de investigación periodística y líderes comunitarios, se contabilizan diariamente los homicidios en la zona metropolitana de Caracas.

[3] Fuerzas de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana

No más apologías a la juventud

La apología a la juventud me aburre. Me parece tan lamentable como quien desecha a los ancianos por ser ancianos. Cuando en una conversación con Pep Guardiola, organizada por un banco español, David Trueba dijo que “los jóvenes están sobrevalorados”, sentí que alguien le daba forma a mis ideas. ¿Qué mérito hay en ser joven? Ninguno. En ser viejo tampoco, pero al menos está claro en que la persona en cuestión se las arregló para sobrevivir por un buen puñado de años. Esa tendencia a sentirse importante por estar saliendo de la adolescencia, para mí es un sinsentido tan grande como creer que una raza o una nacionalidad es superior a la otra.

El optimismo con el que se sentencia que “los jóvenes son el futuro” me parece chocante. Cuando la pronuncia un joven, pienso: ¿sabrá que durante 2019 años todas las generaciones dijeron exactamente lo mismo y, por lo que sé, el mundo sigue bastante enfermo? Cuando la pronuncia alguien que ya no se siente joven, pienso: ¿qué le da derecho a cargar en otros la responsabilidad que él ya no se atreve a asumir? En ambos casos, el estómago se me revuelve: que el mundo mejore es algo que depende, por igual, de todos quienes hoy estamos vivos. O eso creo.

Hace tiempo se viralizó una nota sobre el biólogo colombiano Humberto Maturana. En una conferencia, declaró: “Los niños, niñas y jóvenes se van a transformar con nosotros, con los mayores, con los que conviven, según sea esa convivencia. El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia. Nosotros hoy somos el futuro de la humanidad. Los niños se transforman con nosotros. Van a reflexionar, van a mentir, van a decir la verdad, van a estar atentos a lo que ocurre, van a ser tiernos, si nosotros los mayores, con los que conviven, decimos la verdad, no hacemos trampa, o somos tiernos”.

Si la discusión pasa a términos económicos, conviene recordar que estadísticamente la población más productiva tiene entre 30 y 50 años. Personas que todavía vivirán entre tres y cinco décadas más. Son ellos, en su mayoría, quienes controlan el motor económico de los países, ocupan cargos políticos y las sillas de mayor peso dentro de las empresas. En teoría –y solo en teoría– son quienes tomarán decisiones más transcendentales. El mañana, visto en perspectiva, podría depender más de ellos que de cualquier adolescente que se crea importante. O al que quieran endilgarle un peso que no le corresponde cargar.

Los prejuicios sobre la edad me fastidian. En la historia hay tantas personas exitosas de 20 años, como de 40 y 70. Así como muchos que destacaron a lo largo de toda su vida. Enaltecer cualquier etapa sobre las demás, se me antoja tan ingenuo como pretender evaluar la calidad profesional de una persona fijándose en su género, nacionalidad o raza. He conversado con chamos de 15 años que se pavonean hablando de sus cualidades y de lo que les depara el futuro. Exigen que el mundo sea más benévolo para con sus intereses, pues “el mañana depende de ellos”. También, me he topado con personas de cabello blanco, sin muchas lecturas encima, poca actividad profesional y que ningún esfuerzo han hecho por actualizarse, pero hablan como si su palabra fuera ley, “porque estas canas no han sido de gratis”.

Me parece, y cada día me parece más, que hay que tener mucho cuidado con sentirse importante o especial. Con creerse inteligente o digno de honores. Creo, y cada día lo creo más, que esas cosas hay que demostrarlas en vez de repetírselas a los otros. La calidad de las acciones es el argumento más contundente.

De resto, quizá convenga tener presente una frase de Manuel Vázquez Montalbán: “¡Joder con la nueva generación! Son como nosotros”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel