Los Oscar y el dilema de la popularidad

Hace 90 años, en un teatro estadounidense, decidieron honrar a toda una industria con un premio que finalmente se llamó Oscar. Con el tiempo, este reconocimiento ha cobrado un valor incomparable para cada profesional y artista del mundo cinematográfico. Para los guionistas, directores, actores y otros, una nominación a una de las categorías significaba uno de los reconocimientos más grandes al trabajo y esfuerzo. O eso es lo que nos ha demostrado cada año una academia que desea mantener la importancia de la estatuilla por encima de los otros ocho premios relacionados a la industria.

La popularidad traducida en rating televisivo presiona a una organización actualmente desesperada por obtener más atención en cada temporada de premios. Un ejemplo de ello fue la decisión hace 15 años de adelantar la premiación, que normalmente era entre finales de marzo y abril, a finales de febrero y comienzos de marzo para evitar coincidir con las finales nacionales de basket universitario (NCAA).

#OscarSoWhite y la necesidad de ser políticamente correcto

El hashtag #OscarSoWhite se posicionó en el trending topic mundial en la edición de 2016, al ser el segundo año consecutivo en el cual ningún actor de color fue nominado. La falta de diversidad fue la excusa que usaron varios actores, productores y directores para no asistir a la presentación. El host designado para esa gala fue Chris Rock, quien se manifestó a través de un breve monólogo: “No se trata de racismo, solo necesitamos mejores papeles, queremos nuestras oportunidades, es eso y no una sola vez”.

Nos encontramos en un momento de cambios constantes, donde no solo se reclaman mejores salarios, también se reclaman mejores oportunidades para trabajar, sin distinciones de género, raza o religión. La industria cinematográfica americana posee un gremio que también lo solicita, argumentando que la mayoría de los que votan y son parte de la academia que define a los nominados y ganadores son en su mayoría caucásicos y hombres, lo que en opinión de muchos responde a un estereotipo racista, que no permite que las premiaciones sean más diversas.

El año siguiente fueron nominados y premiados varios artistas y películas de otras razas o géneros, incluso en la categoría de mejor película, donde ganó Moonlight. Esto dejó en evidencia que las críticas afectaron el juicio de las siguientes ediciones. 2018, por su parte, fue un año bueno para los mexicanos con el premio a mejor director para Guillermo del Toro, al hacer realidad un proyecto que tenía muchos años planificando: La forma del agua. La academia, sin embargo, obtuvo su peor rating en 40 años de la emisión de los premios.

Premio a la película más popular

En cada edición la academia se preocupa de que las personas se mantengan en su asiento desde el principio hasta el final. En redes sociales, la gente se queja de lo larga y a veces aburrida que les parece la transmisión. Incluso cuando generalmente los presentadores hacen chistes y bromas en los intermedios.

En esas quejas, se fomentó una propuesta para la edición de este año: añadir la categoría de Mejor Película “Popular”, para nominar películas que no necesariamente son artísticamente brillantes pero que puedan atraer a más público. Esa decisión trajo críticas de los más conservadores y cuestionamientos sobre lo que en realidad eran los Premios Oscar.

La organización se pronunció y dejó en claro que no era el momento idóneo para ello y que estarían conversando y evaluando cómo sería la definición de esa categoría a futuro. Pero han dejado un pequeño experimento, en mi opinión, es la nominación de Black Panther en algunas de las categorías, incluyendo mejor película.

Una película de superhéroes –y de franquicia– en un momento difícil donde se busca atrapar la atención de las personas y de un nuevo público, o, dicho de otra forma, hacer los premios más masivos. Esto me hace pensar que hace un par de años vimos pasar Batman: The Dark Night sin que tuviera una nominación que bien podría haber recibido, por su notable calidad.

Categorías fuera de la transmisión en vivo

Otra de las decisiones criticadas para este año fue dejar algunas categorías de los premios solo para los cortes publicitarios, acortando así la duración de la gala a tres horas. Y dejando los momentos más importantes de esos discursos para la retransmisión. Las categorías que quedarán designadas para los comerciales serán Mejor Maquillaje y Peluquería, Mejor Cortometraje, Mejor Montaje y Mejor Fotografía o Cinematografía. Guillermo del Toro ha cuestionado un poco el hecho de que la categoría de Montaje o Fotografía queden fuera de la premiación habitual.

Son momentos de cambios en uno de los premios más tradicionales de la industria americana, saben que deben afrontar y probar otras cosas para mantener una tradición que en diez años cumplirá un siglo. Mantener el mismo prestigio y la popularidad por tanto tiempo no es algo fácil de lograr. Solo sé que la necesidad de que todo sea corto, conciso, con pocas palabras y con poca duración para que sea de fácil consumo a las nuevas generaciones, nos hará perder en algún momento cosas importantes.

 

Por Julio César Blanco

 

Tener esperanza aunque no haya señales

Cuando Lizandro me invitó a escribir sobre mi experiencia como psicólogo ejerciendo en sectores populares de Caracas, lo primero que hice fue pensar en los aprendizajes que me han dejado las personas con las que he tenido la oportunidad de trabajar. Creo que todas tienen un punto en común que las une: en los Barrios de Caracas aprendí que el verdadero significado de la resistencia era tener paciencia, a pesar de que todo apuntase al desespero.

Para demostrar este punto, voy a contar tres historias que considero representativas de mi argumento central. Una durante mi primer trabajo como psicólogo en la parte alta de La Vega y dos trabajando en la organización social Caracas Mi Convive. Creo que la narrativa, como la música, tiene la capacidad de transmitir cosas más allá de la intención original del autor. Espero que los que lean este artículo puedan sacar nuevas conclusiones de las historias que voy a compartir.

Uno de mis primeros trabajos, como psicólogo, fue en la parte alta de La Vega en un centro de salud. Mi labor incluía ver pacientes, en su mayoría niños y adolescentes, y realizaba sesiones de asesoramiento con un grupo de madres que trabajaban en un hogar de cuidado diario que quedaba en frente a este centro. Simultáneamente, estaba cursando la especialización en psicología clínica-comunitaria en la Universidad Católica Andrés Bello.

Unos meses antes de terminar el post-grado, decidí hacer mi tesis de especialización sobre la experiencia de una madre que había perdido a su hijo en un enfrentamiento armado. Por las estadísticas de violencia y las historias de mis pacientes, consideraba que había muchos casos en La Vega que no estaban siendo visibilizados. Inspirado por la metodología de Alejandro Moreno y sus conclusiones sobre el matricentrismo[1] de la familia popular venezolana, decidí hacer una historia de vida con una madre que llamé bajo el seudónimo: Flor Campos.

Una de las conclusiones principales que propuse escuchando el relato de Flor es que la cultura venezolana, aunque girase al rededor de los temas de la maternidad, muchas veces no entendía o aprobaba expresiones emocionales relacionadas a lo femenino. Flor se sentía, en ocasiones, muy juzgada por su familia y su comunidad por la manera en la que vivía el duelo. Le decían constantemente que llorar tanto a un hijo no estaba bien, que lo tenía que dejar descansar. Esto hacía que se sintiera culpable por llorar, prefiriendo contactar con su pérdida en privado. En ocasiones, como reflejo propio del realismo mágico latinoamericano, sentía muy cercana su presencia, lo sentía tan cerca que a veces dudaba de si realmente había muerto, lo que le generaba mucha angustia. Cuando compartía estos sentimientos conmigo me preguntaba constantemente si pensaba que ella estaba “loca”, como si yo tuviera la potestad de hacer juicios de valor sobre sus sentimientos más profundos.

Escuchar la historia de Flor me generó un gran sentido de responsabilidad, sentía que ella, con su relato, me había dado mucho para mi desarrollo profesional y tenía que retribuírselo de alguna manera. Por ello, decidí crear un grupo psicoterapéutico de corta duración con Flor y otras madres que habían vivido experiencias similares.

En el grupo, muchas de las madres se identificaron con ella: sus expresiones de pérdida no eran bien recibidas por sus familias y la comunidad, en donde les insistían que lo mejor era  dejar descansar a sus hijos. Especialmente, una de las madres estaba de acuerdo con esa forma de lidiar con el duelo: había perdido a su hijo hace 28 años y sentía que lo mejor era no estar mucho tiempo pensando en él.

En una de las sesiones, las madres comenzaron a contar sobre pequeñas cosas que hacían para recordar a sus hijos, desde tener altares dedicados a ellos en sus casas, hasta dejar su cuarto intacto. La madre que había sufrido la pérdida hace 28 años comenzó a relatar que ella y el joven tenían una canción que les gustaba cantar juntos. De vez en cuando, mientras lavaba su ropa, ponía esa canción y la comenzaba a cantar con la esperanza de que él volviera. Lo que más me sorprendió y conmovió fue que después de 28 años de su entorno diciéndole cómo tenía que vivir su pérdida, todavía buscaba espacios donde seguía siendo fiel a ella misma. Cantar esa canción, en privado, era un pequeño acto de resistencia ante una comunidad que no la comprendía.

La segunda experiencia ocurrió mientras realizaba una investigación cualitativa sobre víctimas secundarias de asesinatos extrajudiciales. Desde el Monitor de Víctimas[2], los datos estaban mostrando que al alrededor de un tercio de las muertes violentas que ocurrían en la zona metropolitana de Caracas eran producto de las acciones de fuerzas de seguridad del Estado. Ante esto, decidimos que teníamos que ir más allá de los números y recoger los testimonios de estos familiares. Un equipo de psicólogos de Caracas Mi Convive fuimos a diferentes comunidades del municipio Libertador a recoger los relatos de padres, madres, hermanas y hermanos que habían perdido a un familiar en manos de las fuerzas de seguridad del Estado en el marco de las OLP. El análisis de estos testimonios terminó siendo un libro que llamamos: Cuando suben los de negro, por el nombre que usaban dentro de las comunidades para referirse a los funcionarios.

FOTO: Carlos Ramírez

Una de las particularidades de esta investigación es que tuvimos la oportunidad de hacer las entrevistas dentro de las casas de los mismos familiares. Una de las participantes, Nancy, vivía en un edificio cerca del centro de Caracas y nos contó con detalle cómo ocurrió el día que mataron a su hijo de 19 años de edad. Nancy tenía una gran capacidad para poner en palabras lo que pensaba y sentía, nos mostraba exactamente los sitios de su apartamento donde a su hijo le gustaba estar y, cuando llegó al momento de contar cómo llegó la OLP a su casa, nos pidió que la acompañáramos a las escaleras de su edificio.

En las escaleras estaban todavía las marcas de las balas que asesinaron al joven. Nancy nos explicaba, después un vecino nos lo confirmó, que ni ella ni nadie en la comunidad querían remover las marcas de las balas, porque algún día se iba a hacer justicia:

Pero yo sé que un día a mí me van a entrevistar en Venevisión y yo voy a decir todo cómo es y se va a hacer justicia.

Esta entrevista fue realizada a mediados del 2018, un poco después de las falsas elecciones del 20 de mayo, en un momento donde parecía que el régimen tenía el control de todo y que no había manera de sacarlos del poder. Escuchar esa historia me permitió darme cuenta de que resistir a una dictadura no solamente implica ir a manifestaciones o hacer denuncias públicas. Resistir implica hacer pequeños actos todos los días con la esperanza, como nos dice Nancy, de que algún día se vaya a hacer justicia, aunque de momento no haya ninguna señal de que esto vaya a ocurrir.

La tercera experiencia pasó hace unas semanas, estaba acompañando a hacerle seguimiento a un programa de la organización que se llama “Vamos Convive”. Vamos es un programa de inserción laboral y mentoría a jóvenes varones de sectores populares en situación de riesgo de caer en la criminalidad. De acuerdo con los datos del Monitor De Víctimas, el 65% de las muertes violentas en Caracas, ocurridas en el 2018, fueron varones entre las edades de 15 y 29 años que vivían parroquias como Antímano, El Valle, Sucre y Petare.

Uno de los beneficiarios del programa, Miguel, estaba haciendo una pasantía en un café ubicado en el este de Caracas. Fuimos hasta allá a hablar con él y sus supervisores. Sus supervisores nos dieron muy buenos comentarios de él y nos contaron que muchas veces, voluntariamente, se queda horas extra trabajando. Al parecer, cuando los operativos del FAES[3] se intensifican en su comunidad, él prefiere quedarse trabajando para no ser la próxima víctima. A pesar de que todo el aparato represivo del régimen se ha encargado de retratar a los jóvenes de sectores populares como criminales, Miguel se aferra a desenmascarar ese estereotipo. Va todos los días a su trabajo como un acto de resistencia y paciencia de que sí existe una alternativa para él que no sea la delincuencia o ser víctima de las fuerzas de seguridad.

Recientemente los venezolanos hemos recuperado la esperanza de un cambio, después de la marcha del 23 de enero conversaba con mis amigos sobre lo primero que haríamos si se acaba la dictadura. No recordaba la última vez que nos permitimos hablar de eso.

Una vez un paciente del psicoanalista inglés Donald W. Winnicott le dijo, en sesión, esta frase: “La única vez que sentí esperanza fue cuando me dijiste que no veías ninguna esperanza, pero continuaste conmigo de todas maneras”. Hoy me siento esperanzado de un cambio, pero no siento un desespero porque tenga que ocurrir de la noche a la mañana, ver como estas personas se aferraron a sus seres queridos y a sí mismos, a pesar de que todas las señales de su entorno les decían lo contrario, me ha permitido entender que el camino hacia un cambio es igual de inspirador que finalmente lograrlo.

“Cuando suben los de negro”, libro con análisis de testimonios.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90

 


[1] Matricentrismo hace referencia a la tesis propuesta por el psicólogo Alejandro Moreno, que la familia popular venezolana cobra sentido alrededor de la figura de la madre. Donde las mujeres ejercen el rol principal de soporte emocional y financiero en las familias de los sectores populares del país.

[2] Monitor de Víctimas es un proyecto entre el portal Runrun,es y Caracas Mi Convive donde, por medio de un trabajo cooperativo de investigación periodística y líderes comunitarios, se contabilizan diariamente los homicidios en la zona metropolitana de Caracas.

[3] Fuerzas de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana

No más apologías a la juventud

La apología a la juventud me aburre. Me parece tan lamentable como quien desecha a los ancianos por ser ancianos. Cuando en una conversación con Pep Guardiola, organizada por un banco español, David Trueba dijo que “los jóvenes están sobrevalorados”, sentí que alguien le daba forma a mis ideas. ¿Qué mérito hay en ser joven? Ninguno. En ser viejo tampoco, pero al menos está claro en que la persona en cuestión se las arregló para sobrevivir por un buen puñado de años. Esa tendencia a sentirse importante por estar saliendo de la adolescencia, para mí es un sinsentido tan grande como creer que una raza o una nacionalidad es superior a la otra.

El optimismo con el que se sentencia que “los jóvenes son el futuro” me parece chocante. Cuando la pronuncia un joven, pienso: ¿sabrá que durante 2019 años todas las generaciones dijeron exactamente lo mismo y, por lo que sé, el mundo sigue bastante enfermo? Cuando la pronuncia alguien que ya no se siente joven, pienso: ¿qué le da derecho a cargar en otros la responsabilidad que él ya no se atreve a asumir? En ambos casos, el estómago se me revuelve: que el mundo mejore es algo que depende, por igual, de todos quienes hoy estamos vivos. O eso creo.

Hace tiempo se viralizó una nota sobre el biólogo colombiano Humberto Maturana. En una conferencia, declaró: “Los niños, niñas y jóvenes se van a transformar con nosotros, con los mayores, con los que conviven, según sea esa convivencia. El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia. Nosotros hoy somos el futuro de la humanidad. Los niños se transforman con nosotros. Van a reflexionar, van a mentir, van a decir la verdad, van a estar atentos a lo que ocurre, van a ser tiernos, si nosotros los mayores, con los que conviven, decimos la verdad, no hacemos trampa, o somos tiernos”.

Si la discusión pasa a términos económicos, conviene recordar que estadísticamente la población más productiva tiene entre 30 y 50 años. Personas que todavía vivirán entre tres y cinco décadas más. Son ellos, en su mayoría, quienes controlan el motor económico de los países, ocupan cargos políticos y las sillas de mayor peso dentro de las empresas. En teoría –y solo en teoría– son quienes tomarán decisiones más transcendentales. El mañana, visto en perspectiva, podría depender más de ellos que de cualquier adolescente que se crea importante. O al que quieran endilgarle un peso que no le corresponde cargar.

Los prejuicios sobre la edad me fastidian. En la historia hay tantas personas exitosas de 20 años, como de 40 y 70. Así como muchos que destacaron a lo largo de toda su vida. Enaltecer cualquier etapa sobre las demás, se me antoja tan ingenuo como pretender evaluar la calidad profesional de una persona fijándose en su género, nacionalidad o raza. He conversado con chamos de 15 años que se pavonean hablando de sus cualidades y de lo que les depara el futuro. Exigen que el mundo sea más benévolo para con sus intereses, pues “el mañana depende de ellos”. También, me he topado con personas de cabello blanco, sin muchas lecturas encima, poca actividad profesional y que ningún esfuerzo han hecho por actualizarse, pero hablan como si su palabra fuera ley, “porque estas canas no han sido de gratis”.

Me parece, y cada día me parece más, que hay que tener mucho cuidado con sentirse importante o especial. Con creerse inteligente o digno de honores. Creo, y cada día lo creo más, que esas cosas hay que demostrarlas en vez de repetírselas a los otros. La calidad de las acciones es el argumento más contundente.

De resto, quizá convenga tener presente una frase de Manuel Vázquez Montalbán: “¡Joder con la nueva generación! Son como nosotros”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

House of Cards: cuando la realidad atrofia la ficción

Con un dejo de broma, suelo preguntarme en voz alta si Kevin Spacey de verdad actuaba cuando interpretaba a Frank Underwood en House of Cards. No solo por el nivel de su performance, sino porque el papel de hijo de puta siempre le queda tan bien que pone a uno a dudar de qué tanto hay del humano dentro del personaje.

Al parecer, los medios y la Justicia estadounidense desde el 2017 se están haciendo la misma pregunta: Kevin enfrenta acusaciones de abuso sexual y, por esta razón, en la cima de una de las series contemporáneas de más éxito tuvo que entregar el trono.

La sexta temporada de House of Cards se copia un poco de la realidad y pone en tela de juicio la “honorabilidad” del ex presidente Underwood. Los que presenciamos los cuestionamientos a la ética del personaje lo hacemos con el morbo que genera callar la verdad en beneficio de un malhechor. Pero la serie va un paso más allá y se convierte, en su última temporada, en una apología feminista que, por momentos, parece más hembrismo que otra cosa.

Procuro recordar que nadie es imprescindible. No me gusta casarme con personajes ni en la series, ni en las películas y mucho menos en los libros. Creo que toda historia bien narrada puede, llegado el momento, prescindir de quien había sido su protagonista y seguir funcionando de forma diferente pero eficaz. Esto, por supuesto, demanda astucia y tino. Ambas cosas que, en mi opinión, no tuvieron los guionistas de House of Cards para resolver un problema que bien pudo haber resultado imposible de solucionar para cualquiera.

La serie vive en ese espacio gris en el que se encuentran la realidad y la ficción, haciendo guiños a su propio universo. Aunque Kevin Spacey recibió los mayores elogios desde el inicio, la producción dependía tanto en la misma medida de su talento como del de Robin Wright para dar vida a Claire. Entre ambos se tejía un duelo en el que actores y personajes se necesitaban para mantener el eje de la historia.

Lo más importante de House of Cards es el subtexto: el relato de una pareja que baila entre la ambición y la felicidad, en detrimento de la segunda.

Sin Frank (que es eliminado de la serie de una forma, si me lo permiten, un tanto forzada), la historia cambia totalmente. Se convierte en la reivindicación de la mujer en un mundo dominado por los hombres. Pero lejos de ser una heroína, Claire emprende una venganza que a veces resulta más cruenta que la de Frank. Si este pretendía que el mundo saldara su “deuda” con él al ubicarlo como hijo de una familia proletaria, ella quiere hacer pagar a todo el país por las vejaciones que recibió de parte de los hombres.

La serie poco a poco se va distorsionando, al igual que sus personajes, las situaciones y la verosimilitud. Llega un momento de la sexta temporada en la que los hechos parecen más propios de Narcos (o de la política latinoamericana) que de la elegancia con la que se elaboró la producción. El final, por (mal)intenso, cojea. El rol de Frank dentro de la narración pretende tomarlo Doug Stamper, como para terminar de pintar el simulacro de la familia disfuncional: el hijo putativo que quiere vengarse de la arpía que siempre amarró las alas de su padre.

Días antes de que terminara el 2018 –y semanas previas a que empezara su juicio–, Kevin Spacey lanzó un video en redes sociales en el que interpretaba a Frank, haciendo un juego entre la realidad y la ficción mientras hablaba de las cosas por las que no pagó Underwood y de las acusaciones que recibió Kevin. El video puede interpretarse de dos formas. O bien como una manera de hacer un abrebocas a una posible nueva temporada de la serie, si es que las condiciones lo permiten; o acaso como una forma de alborotar la admiración de su público en momentos en los que su imagen está tan deteriorada como la ética en la política. En ambos casos, hubo quien con crueldad opinó que ese breve monólogo era mejor que toda la sexta temporada de House of Cards. A mí, que respeto mucho los esfuerzos de todo creador, me cuesta ser tan tajante: hasta Shakespeare se hubiese visto en problemas para solucionar, de forma solvente, un problema que supera la ficción.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Juan Guaidó o cómo eludir la ideología en 30.000 caracteres

Me piden escribir unas líneas sobre Juan Guaidó, prácticamente mi primer gran reto de “vamos a ver qué tan machito nos salió el chamo”. No puedo evitar sentir un enorme estrés y un par de escalofríos. El estrés es porque ni siquiera puedo encontrar el origen de la palabra aguda Guaidó en Google. Pregunto en mi muro en Facebook, que casi siempre me es útil como herramienta de inteligencia colectiva. Un amigo de apellido catalán descarta que venga de esos lados: “Probablemente es más bien valenciano (de España) o canario”.

Los escalofríos son porque, cuando oigo hablar del presidente de la Asamblea Nacional y ahora también presidente interino de Venezuela, casi siempre le atribuyen dos virtudes que para mí no son virtudes.

“Es joven”. Tiene 35 años de edad: Nerón tenía 27 cuando incendió Roma, aunque leo en la Wikipedia gringa que esa autoría también es cuestionable, como casi todo en política.

“Carece de pasado”. Vaya afirmación terrible para los que sostenemos, junto al difunto Teodoro Petkoff, que solo los estúpidos no cambian de opinión. Un hombre sin pasado. Vaya sentencia de muerte en vida para los que creemos que cualquiera que haya cometido un error, pongamos, Henrique Capriles Radonsky, siempre está a tiempo de resurgir de sus cenizas, explicar lo de Odebrecht y poseer un futuro. Así sea un futuro dándole a la función de silenciar en las redes sociales.

Si me permiten otro escalofrío, me da demasiado miedo que cada palabra escrita sobre Juan Gerardo Antonio Guaidó Márquez sea siempre tan precaria. Que ni siquiera le podamos nombrar todavía “Persona del Mes”, porque apenas estamos a 23. Que el ingeniero guaireño esté a apenas un rústico del Sebin de distancia de que todas nuestras especulaciones sobre sus cualidades reales de liderazgo para encabezar la transición queden en un ejercicio de lo que pudo ser y no será semejante a la expulsión de Amorebieta en la Copa América 2015. De que se le recuerde como  la anécdota de otro político prometedor que terminó preso en una tumba, una embajada o en un exilio desdentado. Aunque, convengamos, a estas alturas ha pasado más tiempo sin esposas, con su esposa, del que la mayoría sospechamos cuando se lo llevó el Sebin el domingo 13 y, si en su palabra creemos, hizo entrar en razón a los gorilas y les quitó la capucha a punta de decencia y promesas de que mañana mismo, luego de la amnistía, nos veremos en el paraíso.

El Barack de La Guaira

Para que no me digan que solo estoy lleno de temores, hay algo de Juan Guaidó que me reconforta: es pulcro, tieso, formal y derechito, como Barack Obama, y hace una pareja mediática. Maneja los símbolos de un país hambriento de respeto y de valor en la palabra. Trata a la gente de “hermanos y hermanas”, como esos evangélicos que hacen el encomiable esfuerzo de ponerse corbata un domingo, discrepemos o no de sus prédicas. Basta ver si eso será suficiente para que, en el grupo de WhatsApp de los generales, todos digan: “Cónchale, sí, vale, seamos institucionales”, que dudo mucho que eso funcione así.

Me pregunto si Juan Guaidó habría querido que llegara este 23 de enero, o si en el fondo sintió la misma secreta aversión que le tengo a las fechas excepcionales, en las que quisiera refugiarme a ver canales de películas en una habitación de hotel de mala muerte de Catia La Mar y no estar escribiendo sobre Juan Guaidó.

Muchas cosas se han escrito del sobreviviente de la tragedia de Vargas desde el 10 de enero, él mismo las ha escrito hasta en inglés, pero yo solo me voy a centrar en dos documentos: una entrevista casi rompedora de himen que le hizo Víctor Amaya en Tal Cual y un perfil de Valeria Pedicini en El Estímulo. Suman en total más de 30.000 caracteres entre ambos textos, y hay algo que me llamó poderosamente la atención: en ninguno de ellos aparece la palabra “ideología”. Puede ser responsabilidad de periodistas que no preguntaron o no averiguaron, pero no deja de ser sintomático de un país en el que el tema de las ideas de fondo pasa siempre un poco agachado por temor a ir en contra de la narrativa de que somos la patria de Bolívar llena de riquezas por repartir. ¿Qué quiere Guaidó para Venezuela? ¿Una economía de libre mercado con democracia parlamentaria? ¿O todo se limita a ser mejor persona que los quistes humanos que no nos podemos sacar de encima?

Leo en El Estímulo esta cita de Miguel Pizarro: “En la política hay gente que filosofa mucho y hace poco –destacado mío–. Guaidó desde la universidad ha estado del lado de los que hacen y no solo de los que dicen”. Caramba. Guaidó no filosofa mucho. Leo en la entrevista de Tal Cual, cuando le preguntan si Voluntad Popular es un movimiento político de tendencia radical (sic): “Creo que da más responsabilidad la carga histórica que la partidista”. Caramba. A Guaidó no parece importarle mucho la ideología de su propio partido. ¿Deberíamos empezar a preocuparnos, incluso antes de que se plantee la remota esperanza de que conduzca al país a unas elecciones libres y justas, en las que pudiera plantearse la posibilidad de que él mismo se lance e inicie su ruta hacia el Churchillinfinito y más allá?

Hay varios tipos de liderazgo. Hay el que hace más que los demás. Hay el que pega más gritos. Hay el que sabe más. Hay el que aparece en las listas de líderes del futuro y corre el inevitable riesgo de terminar como casi todos los integrantes de la selección sub 20 de Egipto 2009. Hay otro tipo de líder: al que le lanzan una vaina encima después de que sale de la nada, porque todos los otros que podían ser líderes han sido sacados de combate, y tiene que ir improvisando, resolviendo sobre la marcha y encontrando cualidades colectivas y propias que ni él mismo sospechaba, un poco como el Jesucristo que hacía milagros tirándola a pegar, estilo Willem Dafoe en La última tentación de Cristo.

Me gusta pensar que así es y será Juan Guaidó. Creo en él porque juega para mi mismo equipo, empezando por ahí. Porque pertenece a una generación que para mí siempre tendrá un elemento mítico y casi sagrado, la de los estudiantes de 2007, incluso tomando en cuenta que es la misma de Robert Serra, Héctor Rodríguez y Ricardo Sánchez: la última que se atrevió a hacer algo después de la mía, que no se atrevió a hacer nada para evitar el Niágara del chavismo. Porque es de los que ya no tiene prácticamente nada que perder, exceptuando el beso de una esposa y de una hija, que tampoco es tan poca cosa. Me arriesgo a creer en Guaidó, a pesar de que, 30 mil caracteres después, sé muy poco de lo que realmente piensa. Así andaremos de necesitados de alguien en quien creer.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

 

Carta a Caracas de Diego Alejandro Torres Pantin

Carta de un fotógrafo a la ciudad de Caracas

Ser fotógrafo en Caracas es algo que mucha gente catalogaría como aventurero. En países normales, los delincuentes son seres que se arriesgan, que luchan en un ambiente hostil en el que ellos tienen que esconderse debido a sus actividades; pero en cambio, aquí son las personas comunes quienes deben actuar con disimulo. A diario se escucha la frase: “No saques el teléfono, te lo van a robar”. Entonces, ¿cómo es posible andar  con una cámara en la capital de Venezuela?

Vivir en Patrialandia es una experiencia difícil, incomprensible para todo el que no haya estado nunca en la Venezuela actual. Una de las cosas más complicadas que nos ha tocado sufrir es el incremento descontrolado de la inseguridad en las décadas del chavismo, la cual terminó sometiendo a la población. Por lo tanto, ser fotógrafo en Caracas es desafiar a las estadísticas. Aquí, la discreción es el principio supremo de todo portador de una cámara, pero también, lo son la prudencia y la intuición. Hay que permitir que la lógica y el instinto te guíen en esta ciudad de peligros.

Sacar una cámara en Caracas siempre trae el dilema: “¿Se puede?”. La respuesta varía. Depende de la zona, el momento, y las circunstancias. En lo personal, a mí me gusta hacer retratos callejeros, siempre en jardines o lugares públicos: me fascina. No me gusta la fotografía de estudio. Entonces eso involucra una serie de condiciones, reglas que uno se impone para sobrevivir. Hacer una instantánea puede convertirse en un tormento, porque es difícil distinguir entre la paranoia y la prudencia.

Hay que aprender a leer los momentos. Esa es la norma básica de la fotografía, pero en Venezuela, su definición se expande. Es por eso que yo nunca hago fotos de noche, como también procuro ver la afluencia de personas caminando por el área, evaluar si hay algún guardia de seguridad allí, entre otras cosas. Y hay zonas en las que no saco la cámara bajo ningún concepto. Luchamos contra una limitación acosadora, es un tema que persigue sin dar descanso. También procuro no sacar a mi “bebé” todos los días. Y lo más importante: no guardarla en un bolso de marca lindo y presentable, sino en una lonchera vieja y sucia que no llama la atención de ningún delincuente. Mientras más discreción, mejor.

Es indispensable tener mucho cuidado con las locaciones. En Caracas no existe ningún sitio en el que el miedo no esté presente, pero no en todos afecta en igual medida. Existen pocas excepciones; y aun así, bajar la guardia no está permitido. Por ende, siempre busco sitos cerrados donde el sol también sea un transeúnte. Centros comerciales, casas, balcones, terrazas: lugares que permitan el paso de la luz natural, pero no de los motorizados.

El tema de la inseguridad en Caracas es trágico. Conozco a personas que no se atreven a salir de sus casas, literalmente, viven en una prisión voluntaria. También tengo conocimiento de otras que no pueden salir sin llevar consigo un nerviosismo crónico, y cada movimiento que ven cuando están fuera de sus hogares lo interpretan como un posible intento de robo o secuestro. Pero si el fotógrafo necesita una comunicación con el mundo externo, ¿qué puede hacer en esta ciudad? La respuesta es simple: aceptar la situación y enfrentar sus miedos, hacerse una estrategia para desenvolverse procurando evitar los peligros.

Muchas veces me han dicho: “Hey, ten cuidado con la cámara, no la andes sacando”. Es un consejo sabio. Esta es la ciudad del crimen. Pero… ¿qué ganaría yo dejando mi cámara prisionera en mi hogar?, ¿cuál sería el punto de ser fotógrafo? En los dos años que tengo haciendo fotos callejeras he vivido experiencias increíbles, de esas que siempre recordaré. No puedo despreciar las anécdotas que he presenciado. Siempre estaré agradecido con las personas que he tenido el gusto de conocer. Además, las sesiones que me han salido han sido gracias a la actividad al aire libre –o relativamente libre- que he hecho. Sin temor a equivocarme, no ha sido una mala decisión sumergirme en Caracas con mi equipo.

Evidentemente, sería irresponsable aconsejar desligarse de la preocupación y confiar ciegamente en la suerte. No, la primera regla para ejercer el oficio en un país como Venezuela es no olvidar nunca el peligro. Y no se trata solo de ser consciente del miedo, también hay que convertirlo en un aliado. Es un gran motivador para aprender a trabajar rápido, o quizás, hacerlo en situaciones de mucho estrés. Quiero creer que en un futuro a National Geograpich, o a algún medio similar, le encantará escuchar esta historia antes de emplearme.

Todos los días sueño con el día en que pueda levantarme, tomar mi cámara y salir a hacer fotos por la ciudad sin ningún problema. Sin embargo, la realidad es otra, y sé que en estos tiempos esa idea resulta utópica. Ahora, también es una  fantasía pensar que dejando la cámara en casa, y limitándome a sacarla en situaciones excepcionales, voy a progresar. Solo la práctica hace posible el avance. Y tristemente, esta es la realidad que nos ha tocado vivir.

Caracas es una capital hermosa, quien la conoce de verdad, puede asegurarlo, pero en estos tiempos, su belleza se hace difícil de ver. No pienso bajar la retaguardia, a paso firme, pienso seguir haciendo fotos de forma discreta, para nutrirme de los rostros de sus transeúntes, porque sin lugar a dudas, eso también es vivir la ciudad.

Gracias, Caracas.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli 

Alerta roja: el totalitarismo de extrema izquierda no es un mito

Tengo un amigo que recién leyó 1984 el año pasado. Es venezolano y vive en Buenos Aires. Se fue para allá luego de padecer la crisis que instaló el régimen. En Venezuela fue profesor universitario y trabajó en una prestigiosa unidad de investigación. En Argentina se desempeña como repartidor, actividad para la cual tuvo que aprender algo esencial que sus años de estudio no le enseñaron: manejar bicicleta. Aunque trabaja fuera de su área, y en algo que espera que no le toque hacer mucho más tiempo, dice ser feliz: en el súper mercado siempre se consiguen sus galletas preferidas y al fin se pudo mudar solo con su novia. Esta última, por cierto, está de fiesta: ahora encuentra toallas sanitarias sin sentir que emprende la búsqueda de las ocho esferas del dragón.

Mi amigo, como dije, recién leyó 1984 en el 2018, lo cual es una especie de guiño irónico: 34 años después del futuro apocalíptico pronosticado por George Orwell, él concluyó que había vivido su propia versión de la novela en Venezuela. ¿Adivinan quién sería nuestro Gran Hermano?

Este 10 de enero, quienes han creado un Estado-mágico en el que se vive según su antojo y sus normas se autoproclamarán amos supremos del país por más tiempo, pese a que la mayoría de la población los rechaza y a que la palabra elecciones se deformó hasta leerse como fraude. Así lo entiende la mayor parte de la comunidad internacional, que manifiesta abiertamente su rechazo hacia el régimen totalitario de Venezuela y hacia sus representantes, por lo que amenaza con aumentar las sanciones que ya empezaron en el 2018.

Sabemos que 1984 aún no ha llegado porque en la población todavía existe la esperanza de cambio. Lejos de ser autómatas que siguen órdenes –aunque muchos no están lejos de llegar a ese estado de disociación–, hay una importante cantidad de venezolanos en Venezuela que hacen frente a la crisis y a sus problemas con creatividad, estoicismo y convicción. Lo que, sin duda, es una elegante forma de resistir los embates de ese gigantesco pulpo rojo que amenaza con meter sus tentáculos en cada hogar. En un territorio destruido, hay muchos que están empeñados en construir país.

Mi amigo, digámosle Luis, sintió que una flor se moría dentro de su estómago cuando llegó al final de la novela de Orwell. ¿Esa sensación es el futuro que nos espera a los venezolanos? Él quiere creer que no, pero hay dos cosas que no conviene soslayar. Uno, es innegable que ese movimiento político y social que empezó a secuestrar al país hace 20 años se inspiró en los peores regímenes totalitarios y en la narrativa apocalíptica de obras como 1984. Y dos, nada garantiza tanto una decepción como las expectativas exageradas.

Hace tiempo que renuncié a pronosticar. Venezuela me ha enseñado algo: todo es posible. Pero quien a estas alturas no sepa que el Niño Jesús son sus padres, está condenado a recibir más golpes (estos sí metafóricos) que los diputados opositores en la Asamblea.

El 10 de enero es una fecha más en el calendario. Una fecha en la que un régimen busca seguir dando pataletas de ahogado, para extender su reinado lo más posible y llevarse por delante (entiéndase matar, secuestrar o anular) a cualquiera que se oponga. Una fecha en la que alimentará una narrativa que ya se cae por el peso de la realidad. Y una fecha en la que, al fin, la mayor parte del resto del mundo terminará de rechazar oficialmente lo que representa.

Pero eso no significa que un meteorito va a caer de ipso facto y extinguirá a los dinosaurios.

La oposición venezolana necesita construir una narrativa creíble y que represente a la inmensa mayoría que rechaza al régimen pero que, al mismo tiempo, los ve con escepticismo. Necesita documentar y denunciar en todo el planeta lo que sucede en el país, y debe cohesionarse para conectarse con las personas. Todo esto si no quiere escenificar la precuela de una ficción en la que la palabra oposición ya no aparece en el diccionario.

Por estos días Jair Bolsonaro asumió la presidencia en Brasil. Sus declaraciones y su desfachatez lo hacen ver como el otro polo político de aquél presidente venezolano que llegara al poder en 1999. Por eso, y por sus simpatías con Trump, muchas agencias internacionales de noticias se refieren a él como el presidente de “extrema derecha”. Lejos de querer ir en contra de tal afirmación, solo me resulta curioso que esas mismas agencias no menten al régimen venezolano y a toda su estructura fraudulenta con los sustantivos adecuados. O que no lo hagan, al menos, con tanta insistencia.

Luis quedó destrozado al terminar el libro. Ojalá logremos que todos sepan que, si algo no cambia pronto, el 2020 venezolano puede quedar en 1984.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Cinco motivos por los que El Futuro Promete

Era la una de la tarde del primero de diciembre en Caracas, caminaba por Chacaíto hacia El Rosal después de mi último almuerzo de 2018 en un restaurante vegetariano que ya no podía pagar y, aparentemente, no tenía razón alguna para pensar que el futuro me prometía algo alentador. Este mismo día, en México, el aprendiz de Fidel –dispuesto a demostrar que es más Fidel que el mismo Fidel– tuiteó una foto discotequera, con el hashtag #SomosContinuidad, en la que lo único que no me causó un miedo terrible fue el traje formal boliviano de Evo, siempre objeto de envidia para los que consideramos las prendas del cuello como lo más detestable de la masculinidad.

Unas 40 horas antes, Nicolás Maduro le echó más gasolina al incendio de la inflación más descontrolada del mundo con un nuevo aumento de sueldo sin ningún respaldo fiscal. El lunes siguiente se reuniría en Caracas con Erdogan y esa misma noche viajaría a Moscú para pedirle real a Putin. El jonrón Pepsi de los autócratas.

Llegué a la 1:30 de la tarde al Centro Cultural Chacao y todavía no habían dado puerta, aunque en el flyer publicado en redes social se anunciaba el comienzo del evento para la 1:40 pm. Como suelo hacer, me senté sobre el suelo sucio en algún rincón donde pudiera apoyar mi espalda contrahecha contra algo firme.

No me enteraría hasta el lunes siguiente, pero estaba asistiendo a una de mis primeras asignaciones en Revista OJO, una publicación que intenta recuperarme como redactor y que ese día organizaba El Futuro Promete: un ejercicio multidisciplinario con el que OJO cerraba el 2018.

Quizá el futuro sí guardaba algo alentador.

Llegó Valentina Oropeza, que sería panelista en representación de Prodavinci en una de las mesas de conversación del evento. Valentina no está 100% consciente de ello, no tiene tiempo para estarlo, pero, además de una de las periodistas de investigación más arrechas de este país, es una de las personas más importantes de mi vida. Me arrancó del suelo y del sopor y ya éramos dos para esperar bajo una de las cosas más espectaculares que no le han arrebatado todavía a Caracas: un cielo azul de diciembre.

Y sí, El Futuro Promete no comenzó a la hora, como tantas cosas –como casi todo– en este país: un lugar en el que los planes cambian a cada minuto. Y sí, invité a Valentina y otras dos periodistas a tomar un café y comer brownies en el cafetín del Teatro Chacao, con lo que se me fue como el 10% de mi quincena. Y sí, cuando el comediante-bardo Ricardo Del Búfalo se colgó su guitarra y abrió el evento, el auditorio todavía estaba adivinando a qué jugábamos y su presentación no resultó tan emotiva como la que realizara en el Aula Magna de la UCV. Pero recién estábamos empezando la jornada, cómo negarlo, ya empezaba a prometer.

Y es que, aunque debo decir que probablemente mi punto de vista no es demasiado imparcial, estas son cinco razones por las que creo que El Futuro Promete fue algo más que una flexión naïf del adormecido músculo del optimismo: fue un encuentro que nos pintó un panorama posible y realista sobre el presente y el futuro. Un encuentro que de pana deseo que se convierta en institución en los años que vendrán.

Ricardo del Búfalo
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque mostró cómo los medios de comunicación podemos reinventarnos

El portal La vida de nos se aleja intencionadamente de la noticia, mientras que El Bus TV lo hace de la tecnología. Armando.Info ha terminado con prácticamente toda su plana mayor de periodistas en el exilio, por sus denuncias de corrupción. Y Prodavinci extrae cifras del subsuelo de un desierto de data oficial. De todos estos emprendimientos aprendimos lecciones para la propia reinvención que le toca a Revista Ojo en 2019. Y sentimos cómo el aire infló nuestros pulmones: en el periodo más duro de la historia del país, son muchos los que en vez de desfallecer se han reinventado.

Sí se puede.

“Estamos un poco cansados del tópico de que la gente ya no lee. ¡Oye, hay de todo allá afuera! Muchos están dispuestos a leerte, dependiendo de cómo los seduzcas”, aseguró Albor Rodríguez, que en La vida de nos se propuso construir un “tapiz de vidas individuales que, juntas, muestran el espíritu de la Venezuela de hoy”.

Esto se escuchó en la charla Reinventarse para seguir comunicando, moderada por Juan Pablo Chourio.

En El Bus TV, se dijo, no aguardan por la audiencia: salen a buscarla con un encuadre de cartón, remedo de los antiguos noticieros de la televisión abierta ahora autocensurados. Antes se montaban a combatir la desinformación en camionetas por puesto; ahora, en plena debacle del transporte público, abren ventanas de conciencia a los que esperan en paradas de buses o colas de panaderías. “Una mezcla de rigor periodístico y puesta en escena”, lo resumió Claudia Lizardo, uno de los personajes camaleónicos de El Futuro Promete.

“En Prodavinci elaboramos contenidos que quizás jamás llegarán a las personas afectadas: contamos de un pueblo de Falcón que lleva 17 años sin agua de tubería, pero donde tampoco hay Internet. La gente nos pregunta: ¿y ese reportaje de qué nos va a servir? Y contestamos que lo que les pasa a ellos lo sufrimos nosotros también. Dejamos registro y generamos empatía”, reflexionó Oropeza.

Patricia Marcano, de Armando.Info, reveló que la censura ha debilitado la noción de competencia entre medios digitales: se observan ahora como aliados, más que como rivales.

Quizá, en el fondo, así tendremos que observarnos todos los venezolanos para hacer del futuro algo más prometedor.

De izquierda a derecha: Claudia Lizardo (El Bus TV), Patricia Marcano (ArmandoInfo), Albor Rodríguez (La vida de Nos), Valentina Oropeza (Prodavinci)
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque enfatizó la importancia de narrarnos en medio de la atomización del tejido social

“Tenemos necesidad de contar historias porque nos preparan para la vida”, lo puso en dos platos la sabiduría de Héctor Torres, editor de La vida de nos, en la conversación ¿Cómo se narra a Venezuela?, conducida por Lizandro Samuel.

“La angustia tiene un lado bueno: nos ayuda a encontrar soluciones. La desesperación te lleva a intentar lo que jamás hubieras ensayado en condiciones normales”, explicó el narrador y diseñador gráfico Lucas García París, que agregó: “Todos somos una historia en desarrollo, y si no estás consciente de ello, te vuelves la historia de otro”.

Héctor Torres, por su parte, dijo no sentirse preocupado de que todavía no palpemos algo así como el Por quién doblan las campanas de los 20 años de revolución: “La literatura urgente no es necesariamente la mejor, estoy seguro de que estos tiempos van a generar narrativas maravillosas”. El futuro promete y así dijo creerlo también uno de los mejores narradores del periodismo vernáculo, Óscar Medina: “Hay respuesta a la censura y al ahogo, esta se irá consolidando y multiplicando. No solo promete el futuro de la narrativa venezolana: ya lo estamos viendo”, sentenció el director de UB Magazine, sobre la multiplicación de formatos de resistencia.

Una época dura está dejando como resultado a notables narradores de ficción y no ficción, que se reinventan para contar historias.

De izquierda a derecha: Lucas García Paris, Héctor Torres, Lizandro Samuel, Óscar Medina
Foto: Gabriela Escalante

3 Porque abrió una rendija para conectarnos

Liana Malva tiene razones para sentirse tan azul de la tristeza como la nación Na’vi de la película Avatar cuando le derriban su Árbol de las Almas. Cantautora, se crió en la Gran Sabana. Hoy se desgarra viendo cómo, bajo la tracción destructora del Arco Minero, los ríos en que se bañó y los hábitats con los que conversó son contaminados y arrasados. Pese a esto, dijo: “Es cuestión de tiempo para que logremos invertir el polo negativo en Venezuela”.

Liana era una de las voces de la Mesa país, que ya caída la noche juntó a cinco experiencias aparentemente distintas: un trío de rectas de humo en el nuevo panorama digital de medios, compuesto por un narrador y dos periodistas (Lizandro Samuel, Víctor Amaya, Erick Lezama), un emprendedor de la recarga de las exprimidas baterías de los celulares venezolanos (Omar Viña), y una cantautora.

Quizás ocurre que, contrario a lo que solemos pensar, para la naturaleza humana rendirse sea lo verdaderamente cuesta arriba, en vez de persistir. En todo caso, estos panelistas mostraron tener en común la alergia al discurso derrotista.

“Como dice el preparador físico Lorenzo Buenaventura, jugar se trata de competir bien cuando no estás bien (…). No puedo sacar a todos los niños venezolanos de la pobreza, pero sí puedo ser mejor ciudadano, hombre, narrador”, estableció así una metáfora deportiva Samuel, que también es entrenador de fútbol.

“Con o sin crisis, con o sin dictadura, las oportunidades estarán: lo importante es ver bien el panorama y tomar decisiones lo más inteligentes posibles”, recomendó Amaya, director de Tal Cual Digital y Revista Clímax, que no cuestionó a los que eligen emigrar.

“No me veo en otro país, no haciendo periodismo. Nos hemos creado espacios que nos habían arrebatado”, contestó Lezama, que participó en un proyecto de La vida de nos en el que se retrató a chamos con cáncer del hospital JM de los Ríos, quienes muestran más entereza que casi cualquier adulto.

“Ser emprendedor no tiene nada de mágico: es una golpiza constante. Pero si aquí le echas pichón, eres la persona que quieres ser”, concluyó Viña.

 

  1. Porque sonó a futuro

Así sea tocando con ollas vacías y material de desecho (que no es el caso), la música seguirá sonando en Venezuela: esta también es una forma de narrarnos. En El Futuro Promete, entre conversación y conversación, tocaron algunas de las bandas que darán de qué hablar dentro o fuera de Venezuela en los próximos años.

¿O quizás es que hubo conversaciones entre concierto y concierto?

Confieso que no conocía a Nomásté, un septeto integrado exclusivamente por chicas caraqueñas que hace un repaso soberbio por el ska, el jazz y varios géneros tropicales: me despertaron de mi letargo permanente y terminaron de electrizar lo que todavía estaba apagado. Días después cerrarían 2018 como teloneras de Desorden Público.

De un estrato socioeconómico totalmente distinto (son egresados del colegio Claret), Anakena sirvió guayabas y sanguchitos de Diablito y Cheez Whiz en pachanga de plácida digestión para cerrar el evento, mostrando por qué fue la ganadora del recientemente reactivado Festival Nuevas Bandas.

Claudia Lizardo, la hija del legendario rockero sanantoñero PTT Lizardo, quien sólo se atrevió a salir del clóset con una voz propia en la música luego de que su padre sufrió un ACV, se desdobló después de ser panelista por El Bus TV y conmovió con su sensibilidad única. Caso similar fue el de Liana Malva, la fuerza emergida de la naturaleza de El Paují.

La selección musical demostró que la música surge en cualquier rincón del país.

  1. Porque fue un acontecimiento indefinible

Porque El Futuro Promete no fue ni una conferencia, ni un concierto, ni una feria de arte, sino que fue todo al mismo tiempo.

Porque la podías pasar bien aunque llegaras al Centro Cultural Chacao con o sin nada de bolívares soberanos en la cuenta bancaria.

Porque había buena vibra aunque fueras un dinosaurio, en plena crisis de edad madura, entre un montón de centennials sin pelos faciales ni estreñimientos de sentimientos.

Porque además de reflexiones tan densas que las podías cortar con un cuchillo y propuestas musicales que sonaban a novedad y a embotellamiento destrancado, podías toparte con instalaciones artísticas como las de Dayana Maldonado y Abraham Rosales, que han encontrado musas en el papel moneda desechable de la hiperinflación y las montañas de sobrantes textiles de las fábricas de ropa, respectivamente.

Porque podías estar un rato o quedarte durante todo el cuarto de día que duró el evento y siempre te ibas a llevar algo puesto.

Porque me gustaría asociar El Futuro Promete al desafío de Prometeo: arrebatarle el fuego vital a las macabras deidades de la Pax Totalitaria.

 

 

 

Por Alexis Correia

 

Libros que me acompañaron en el 2018

Escribí una lista con mis lecturas de 2018 y un amigo me comentó, parafraseando lo que suele decirse en el mundo de la aviación y los aterrizajes: “Cualquier año del que salgas caminando con tus dos pies fue un buen año”. Yo lo trasladé a mis lecturas y decidí que cualquier año del que uno saliera con un par de buenas lecturas, sería un buen año. Pero más allá de eso, llamó mi atención la forma en que esas lecturas podían convertirse en un hilo conductor para repasar ese año que ya casi termina. Según la lista que elaboré, el mes de enero comenzó con Una librería en Berlín, de Françoise Frenkel, y mi mente divagó hasta una tarde lejana, mientras caminaba con mi amiga Roxana por una calle en Valencia, y entrábamos a una librería porque yo estaba buscando algo para comprarme por Navidad. Vimos los anaqueles casi vacíos, hablamos en voz baja sobre los pocos libros que exhibían, los precios altos, y la rareza de que aún quedaran esos espacios literarios en una economía tan agujereada. Roxana, mucho más práctica que yo, se decidió por el título más cercano, lo llevó hasta el mostrador y pidió que lo facturaran. “Es tu regalo de Navidad”, me dijo, entregándome el libro.

Volví a pensar en ello más adelante, cuando comencé a leer la novela de Frenkel, y me dejé arrastrar por una historia interesante sobre una mujer francesa que se empecinaba en abrir una librería en Berlín repleta de literatura francesa. Todo esto sucedía al principio de los años 30, al inicio del ascenso de los nazis al poder, y describe las vicisitudes que la mujer tuvo que pasar luego en defensa de su sueño y para escapar de un régimen autocrático que masticaba lo que hubiese de bueno en los anaqueles de cualquier negocio o tienda comercial. Pero lo más interesante fue descubrir que el rastro de la autora se ha mantenido en el misterio después de publicar la novela con una editorial suiza en 1945. La reimpresión actual está prologada por Patrick Modiano en 2017.

Pero hay otros fragmentos de mi rompecabezas literario. A través de Mercado Libre pude conseguir mi siguiente lectura: Invisible, de Paul Auster; y si bien las páginas finales me dejaron con un sabor agridulce, es indudable que se trata de un excelente Auster, con una trama intrigante en la que hice muy pocas pausas. Avancé con el volumen de relatos de Raymond Carver: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Simplicidad aparente. Prosa limpia. Historias cortas que muestran una superficie engañosa porque dejan entrever una profundidad bien disimulada a través de rápidos diálogos y descripciones concisas. Mi admiración por Carver se amplió con este libro; y en contraposición a su brevedad, preferí seguir con Evelyn Waugh y su Retorno a Brideshead. Una belleza. Una prosa bien cuidada que deja suponer una atención al texto que pocos autores modernos suelen conceder a sus obras. El catolicismo de una aristocrática familia inglesa en decadencia. El final de la Segunda Guerra Mundial. La enrevesada historia de los Flyte y sus decisiones y consecuencias. Allí subrayé muchas líneas a las que he vuelto con frecuencia. Y ayudó el hecho de haber visto, algunos años atrás, una miniserie inglesa basada en ese libro. El resultado fílmico y literario, juntos en mi cabeza de una vez por todas, representó una sonrisa mayúscula. Porque sucede que existe un riesgo en esas adaptaciones y no siempre el resultado es memorable. No me sucedía esto desde que, luego de quedar muy impresionado por la película Las horas, me empecinara como un loco en conseguir la novela de Michael Cunningham.

Y ya que estamos en ello, deslizándonos en esa transición de la página a la pantalla, debo decir aquí que disfruté de otra coincidencia favorable. Había visto ya la versión que Luca Guadagnino había hecho de la novela de André Aciman, Llámame por tu nombre, y quedé tan impresionado que de inmediato quise ponerle las manos al libro. ¿Por qué una coincidencia favorable? Porque mi hermana me escribió para avisarme que pasaría un par de semanas en Madrid, con su esposo, y me pasó el enlace a una librería especializada en literatura gay, agregando que podía escoger uno o dos títulos para regalármelos. Sí, fue una coincidencia muy favorable, porque de inmediato busqué y confirmé que la novela de Aciman estaba en el catálogo de esa librería y, no contento con ello, me animé a sumar una novela corta de Mircea Cartarescu, Lulu, donde el escritor rumano (al que ya le tenía ganas) desarrolla una interesante trama llena de matices ambiguos sobre la sexualidad del protagonista y el peso y la densidad que pueden tener ciertos recuerdos de la adolescencia. Mi hermana disfrutó mucho de su viaje a Madrid, por supuesto, pero creo que al final yo salí ganando más con ese viaje inesperado que hicieron a mediados del año.

Lo que no recuerdo con exactitud es el momento cuando decidí volver a las novelas de Agatha Christie, a la serie de historias que escribió con la señorita Marple de protagonista. La autora inglesa está entre mis relecturas de cada año porque disfruto mucho con sus enigmas, sus misterios elaborados con una precisión asombrosa, y hago este comentario desde mi posición como lector y escritor, al hacer una lectura simultánea. Agatha Christie solía escribir y publicar una o dos novelas por año, y lo hizo durante varias décadas, sin bajar el ritmo, ni siquiera durante los bombardeos aéreos sobre Londres. La impresión que tengo de ella es la de una mujer disciplinada, aplicada a su trabajo narrativo, imaginativa, laboriosa. Otros me han comentado que les parece literatura menor, novelas de segunda categoría, porque casi siempre sobrevuela las mismas situaciones: la presentación de los sospechosos, el crimen, la investigación, y al final, con mucho orgullo, sus protagonistas lanzan un discurso ampuloso para demostrar quién lo ha hecho, cómo lo hizo y por qué fue cometido el asesinato.

En alguna parte he leído que a la señora Christie se le considera esnobista y arrogante porque solía situar el escenario de sus misterios entre las clases altas inglesas, pero se olvida que eso era lo que ella conocía, era su ambiente, a lo que estaba habituada, y permitiéndome aquí un paralelismo con Hemingway, Agatha Christie aprovechó ese conocimiento y lo utilizó a su favor para darle color a sus historias. Ella escribió sobre lo que conocía y, desde mi punto de vista, supo hacerlo bastante bien. Esta vez quise concentrarme en las 12 novelas en las que aparece Jane Marple como investigadora casual de los asesinatos ocurridos a su alrededor. 12 novelas en las que la charla aparentemente intrascendente suele representar un peligro para el homicida porque baja las defensas y se traiciona a sí mismo mediante sus respuestas y observaciones. Cada una de esas historias revela la sagacidad y la destreza que tenía Agatha Christie para escribir sobre crímenes, venenos, sospechas y algunos escenarios exóticos.

Pero confieso que soy un lector arbitrario y disperso. Ya casi cerca del final de la serie de las novelas de Agatha Christie, comencé a leer El cuarto de Jacob, de Virginia Woolf, atraído por el ejercicio de modernismo que comienza a perfilarse en esta novela, la tercera que escribió, sobre la vida de un joven inglés, aunque todo lo que llegamos a saber sobre él es a través de las impresiones y experiencias de la gente que lo rodeaba, permitiendo que el protagonismo de Jacob se diluya entre los personajes a su alrededor. Hice un salto hasta el realismo de Henry Miller en Trópico de Cáncer, dispersándome en ese París bohemio, sucio, tangible, vital y palpitante que Miller describe con tanta soltura. Y bajé la velocidad con Piedra de mar, la novela de Francisco Massiani que ya había leído varios años atrás pero a la que necesitaba volver para familiarizarme de nuevo con el dibujo palpable de una juventud venezolana que ni siquiera avizoraba el desastre político que se nos vendría encima varias décadas después.

Sergio Pitol fue un descubrimiento luminoso. Después de leer narrativa durante algunos meses, quise detenerme en los ensayos del autor mexicano. En El arte de la fuga hay textos maravillosos. El libro está dividido en tres partes: “Memoria”, “Escritura” y “Lecturas”, y me permitió un acercamiento gradual a una prosa adictiva a la que me he prometido volver más adelante, tranquilo porque tengo dos volúmenes más de ensayos de Pitol aguardándome en mi biblioteca. Aquí dejé que Sergio Pitol me llevara de la mano para mostrarme sus opiniones sobre otros autores (Tabucchi, Mann, Monsiváis, Faulkner), sobre algunas visitas a ciertos museos, obras de arte, viajes, relecturas, reminiscencias, pequeñas crónicas, fragmentos de su diario, formando con todo ello una densa amalgama rica en apreciaciones que se enlazan unas con otras sin dejar que el lector se entretenga con los espacios en blanco, como un trapecista que siempre se mantiene en el aire.

Hice otra pausa con Iris Murdoch, una autora a la que le debía una lectura: Bajo la red, su primera novela. Ya me había paseado por El mar, el mar, Amigos y amantes, La negra noche y El príncipe negro; pero el acercamiento a la semilla que dio origen a todo lo demás era una tentación muy grande. Quería leer a esa Murdoch primigenia, planteando sus primeras interrogantes filosóficas, y no salí defraudado de esta sátira londinense de principios de los 60. Allí encontré el esbozo de la ironía que permea toda su obra, permitiendo una sutil sonrisa aquí y allá que suele aparecer entre los lectores familiarizados con su prosa. Luego, en un raro viraje del timón, me deslicé hacia la poesía. La biografía sobre Leonora Carrington, escrita por Elena Poniatowska no me gustó mucho, pero se convirtió en la puerta que me dejó avanzar hacia Memorias de abajo, un conjunto de recuerdos surrealistas que me dejó un mejor sabor en la boca. Leonora Carrington como un faro, una hoguera, un vórtice, una llama que devoraba todo a su paso. Una mujer como pocas. Una mente febril y enloquecida con un apetito enorme por la vida. Una mujer de las que ya no existen en el presente.

La poesía atrajo más poesía, y sucedió entonces la llegada de una invitación para participar en un proyecto hermoso: Voz de otra voz, donde tuve la oportunidad de grabar una serie de poemas de la admirada Esdras Parra y sumarlos a esa grandiosa colección que ha manejado Daniela Jaimes-Borges con tanta paciencia y delicadeza. Debido a eso me sumergí en las imágenes, en los susurros, en las cadencias, en las pausas que encontré en las diferentes lecturas que hice de Antigüedad del frío y Aún no, ambos de Esdras Parra. Reconozco que fue un encuentro inesperado y revelador que me ha permitido guardar el eco de esas imágenes y volver a ellas, de vez en cuando, una que otra noche, antes de acostarme a dormir. Pero el gusanillo de la narrativa comenzó a revolverse y decidí concentrarme en una novela corta de una de las autoras que más admiro: Marguerite Duras y Los caballitos de Tarquinia. Es Duras en una época de transición. Todavía no ha alcanzado las cimas de, por ejemplo, El arrebato de Lol V. Stein, pero ya ha dejado atrás la linealidad de Un dique contra el Pacífico o La impudicia. Es Duras porque encuentro aquí la belleza y la importancia de lo que no está dicho, de lo que no está escrito en la página, el juego con las inferencias, las insinuaciones, los espacios en blanco que deja entre las páginas para que sus lectores participen de manera activa, se integren, se sumerjan en una historia aparentemente lenta que se revela sólo a través de sus partes superpuestas y sus silencios.

Elizabeth y su jardín alemán vino después; y luego Zuckerman encadenado, de Philip Roth; y seguí con Tú y yo, de Niccolò Ammaniti, un autor italiano que me habían recomendado mucho y del que lamento no haber conseguido más títulos a mi alcance. ¿Qué podría decir del Bukowski expuesto con tanta crudeza en La senda del perdedor? ¿O de la volubilidad vertida en las cartas de Hunter S. Thompson en El escritor gonzo? ¿Y la ingeniosa trama elaborada en El viaje vertical de Enrique Vila-Matas? Sí, ya en este punto puedo regresar a las frases iniciales de mi nota y repetir que 2018 representó un año de excelentes lecturas y relecturas, con autores a los que me acerqué por primera vez, dejándome sorprender por ellos, y volviendo a otros, leídos con anterioridad, porque simbolizaban un paseo seguro a través de las sombras desconocidas de lo que está por venir. Quedan muchos autores pendientes de mi lista, debo decir; Elena Ferrante, por ejemplo, o Margaret Atwood, pero mi tendencia natural es ver el vaso medio lleno, y en este punto puedo asegurar que sí hubo muchos descubrimientos literarios en 2018, a pesar de la crisis, a pesar del cierre de más librerías, a pesar de la oferta menguada en los anaqueles; y, de todas formas, todavía hay margen para otras sorpresas en 2019. Quiero creer en ello. Entonces respiro profundo y cruzo los dedos antes de abrir el siguiente libro.

 

Por Luis Guillermo Franquíz | @lgfranquiz 

Las maletas del Espíritu de la Navidad

Las puertas del ascensor se abren y mi vecina sale con su paso lento, entre la bolsa de la compra y el bastón. Sonríe y me dice que tenía intenciones de tocarme el timbre para que la ayudara de nuevo con las indicaciones para hacer videollamadas con su teléfono celular.

—¿Y la hoja que te escribí? –le pregunto.

—Es que no sé qué la hice. Se me perdió.

—Bueno… Cuando regrese nos encargamos de eso.

Luego quiere saber si he visto al conserje, porque ella necesita avisarle para que le busque el árbol de Navidad en el maletero del estacionamiento y se lo suba. Le respondo que estaré pendiente y si lo veo le pasaré el mensaje. Nos despedimos con la promesa de vernos más tarde. Ya dentro del ascensor, mientras desciendo a la planta baja, pienso en otra vecina, con sus hijos fuera del país y el enredo de aprender a usar Skype en la computadora que le dejaron en la sala del apartamento. Recuerdo también la última visita que le hice, por algo relacionado con una manguera del lavamanos, y antes de que llegáramos a su baño eché una mirada a las habitaciones vacías, las camas tendidas, las cortinas hasta la mitad y que dejaban esos cuartos con una tenue penumbra. Evoqué las risas pretéritas que compartí allí con sus hijos, el bullicio ahora suplantado por un ancho silencio. Mucho silencio.

Mientras salgo del edificio, y todavía recordando los momentos compartidos con los hijos de mis vecinas, rememoro otro tiempo más lejano, otros diciembres agazapados en mi memoria. Era la Navidad prolongada de mi adolescencia. Las reuniones. Las risas. Las cervezas. La casa de uno de mis amigos que servía como cuartel general de nuestros encuentros. No recuerdo quién llegaba primero ni a qué hora, pero hacia el final de la tarde ya estábamos casi todos sentados en el porche, riéndonos, hablando tonterías, escuchando música, bebiendo café recién colado o ayudando con la elaboración de las hallacas. Cruzo en la esquina de la calle con la visión en mi mente de una mesa grande, cerca de la cocina, llena de vegetales cortados, harina de maíz pintada con aceite de onoto y un despliegue de colores alucinante: rojo, verde, blanco, marrón, amarillo, negro. Y los sabores reunidos en platos pequeños y hondos: aceitunas, cebollas en rodajas, tiras de pimentón, ají dulce, pasas, alcaparras, huevos sancochados, cochino picado en trozos, pollo, carne de vaca. Algunos, más osados, mientras ayudaban, salían de la cocina con un vaso de carato y un pedazo de pan de jamón. No puedo evitar sonreírme en medio de la gente.

Evoco una llamada de mi madre a la dueña de la casa, pidiéndole en broma que me corriera si fastidiaba mucho. Supongo que no era la única mamá que hacía eso. Y la respuesta del otro lado: «No, chica, tranquila; prefiero tener a los muchachos aquí en la casa. Tú sabes cómo es. Ahora te mando unas hallacas». Más tarde regresaba a mi casa con una bolsa llena: cinco o seis hallacas, porque la costumbre era hacerlas contando también las que se regalarían a los amigos y a la familia, a los visitantes y a los vecinos. Era como un intercambio de regalos de Navidad, pero en plan gourmet. La mirada atenta al cambio de luz del semáforo me deja recordar el sabor de los bollos de mi abuela. Yo los llamaba “hallacas en miniatura”, porque se preparaban con la masa que hubiese sobrado y se les agregaban menos ingredientes. Mi abuela los diferenciaba al amarrarlos de dos en dos antes de meterlos a hervir en una olla gigante. Y eran los primeros en desaparecer cada vez que yo regresaba de alguna fiesta en la madrugada porque me los comía fríos de la nevera. Sé que no fui el único en hacerlo.

En esa casa éramos como hijos adoptados por una madre sonriente y cariñosa que solía atiborrarnos de dulces y mucha comida caliente. Ayudábamos con la preparación de las hallacas, celebrábamos hasta la madrugada con juegos de dominó y una cava llena de botellas de cerveza, sacaban una guitarra y cantábamos aguinaldos venezolanos; incluso algunos, los más allegados, nos quedábamos para la cena de Navidad o la despedida del Año Viejo, como si las líneas divisorias entre aquella familia y la nuestra se difuminaran con el sonido estridente de las gaitas decembrinas y los cohetes a la medianoche. Así, con esa idea sujeta en mi mente, detengo mi caminata en la siguiente esquina, a la espera de que cambie la luz del semáforo. Esos amigos de mi adolescencia tampoco están, porque se han regado alrededor del mundo, en otros países y husos horarios. Intercambiamos mensajes virtuales de vez en cuando, pero los hilos tendidos en aquellos diciembres tan lejanos yacen enredados como las luces titilantes de un árbol de Navidad que ya no parpadean con la misma fuerza.

Mientras cruzo la calle me digo a mí mismo que al regresar a mi apartamento debo recodar escribir una nueva lista de instrucciones para mi vecina, y hacerla lo más simple posible, para que pueda comunicarse con sus nietos en Nochebuena. Allí hay otra imagen recurrente: ella no será la única. Pareciera que nuestras celebraciones decembrinas se han transformado en la versión digital de un enorme rompecabezas, con los miembros de cada familia desperdigados en rincones diferentes del planeta, con celebraciones encabalgadas en una sola comunicación que une distintos horarios, con risas agridulces que intentan disimular cualquier llanto postergado, con la evocación visual de viejos aromas y sabores que ya no pueden compartirse en una misma mesa; pero lo seguimos intentando, perseveramos, nos adaptamos al cambio, a las mudanzas, al exilio irreversible de muchos parientes cercanos, haciendo las paces con unas maletas y unas despedidas que pesan como plomo. Lo hacemos porque no tenemos otra alternativa, otra opción, y quizás con el temor agazapado de no saber cuándo una de esas pantallas se apagará para siempre, con el miedo impronunciable de que tal y como están las cosas en Venezuela, ya no nos sorprendería que en cualquier momento el espíritu de la Navidad también haga sus maletas y se convierta en otro recuerdo agazapado en el fondo de una memoria colectiva que se empequeñece cada vez más. Y porque desear ahora “Feliz Navidad” o “Feliz Año Nuevo” pareciera haberse convertido, según provenga, en un chiste de mal gusto o en un verdadero acto de resistencia.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz