Cinco motivos por los que El Futuro Promete

Era la una de la tarde del primero de diciembre en Caracas, caminaba por Chacaíto hacia El Rosal después de mi último almuerzo de 2018 en un restaurante vegetariano que ya no podía pagar y, aparentemente, no tenía razón alguna para pensar que el futuro me prometía algo alentador. Este mismo día, en México, el aprendiz de Fidel –dispuesto a demostrar que es más Fidel que el mismo Fidel– tuiteó una foto discotequera, con el hashtag #SomosContinuidad, en la que lo único que no me causó un miedo terrible fue el traje formal boliviano de Evo, siempre objeto de envidia para los que consideramos las prendas del cuello como lo más detestable de la masculinidad.

Unas 40 horas antes, Nicolás Maduro le echó más gasolina al incendio de la inflación más descontrolada del mundo con un nuevo aumento de sueldo sin ningún respaldo fiscal. El lunes siguiente se reuniría en Caracas con Erdogan y esa misma noche viajaría a Moscú para pedirle real a Putin. El jonrón Pepsi de los autócratas.

Llegué a la 1:30 de la tarde al Centro Cultural Chacao y todavía no habían dado puerta, aunque en el flyer publicado en redes social se anunciaba el comienzo del evento para la 1:40 pm. Como suelo hacer, me senté sobre el suelo sucio en algún rincón donde pudiera apoyar mi espalda contrahecha contra algo firme.

No me enteraría hasta el lunes siguiente, pero estaba asistiendo a una de mis primeras asignaciones en Revista OJO, una publicación que intenta recuperarme como redactor y que ese día organizaba El Futuro Promete: un ejercicio multidisciplinario con el que OJO cerraba el 2018.

Quizá el futuro sí guardaba algo alentador.

Llegó Valentina Oropeza, que sería panelista en representación de Prodavinci en una de las mesas de conversación del evento. Valentina no está 100% consciente de ello, no tiene tiempo para estarlo, pero, además de una de las periodistas de investigación más arrechas de este país, es una de las personas más importantes de mi vida. Me arrancó del suelo y del sopor y ya éramos dos para esperar bajo una de las cosas más espectaculares que no le han arrebatado todavía a Caracas: un cielo azul de diciembre.

Y sí, El Futuro Promete no comenzó a la hora, como tantas cosas –como casi todo– en este país: un lugar en el que los planes cambian a cada minuto. Y sí, invité a Valentina y otras dos periodistas a tomar un café y comer brownies en el cafetín del Teatro Chacao, con lo que se me fue como el 10% de mi quincena. Y sí, cuando el comediante-bardo Ricardo Del Búfalo se colgó su guitarra y abrió el evento, el auditorio todavía estaba adivinando a qué jugábamos y su presentación no resultó tan emotiva como la que realizara en el Aula Magna de la UCV. Pero recién estábamos empezando la jornada, cómo negarlo, ya empezaba a prometer.

Y es que, aunque debo decir que probablemente mi punto de vista no es demasiado imparcial, estas son cinco razones por las que creo que El Futuro Promete fue algo más que una flexión naïf del adormecido músculo del optimismo: fue un encuentro que nos pintó un panorama posible y realista sobre el presente y el futuro. Un encuentro que de pana deseo que se convierta en institución en los años que vendrán.

Ricardo del Búfalo
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque mostró cómo los medios de comunicación podemos reinventarnos

El portal La vida de nos se aleja intencionadamente de la noticia, mientras que El Bus TV lo hace de la tecnología. Armando.Info ha terminado con prácticamente toda su plana mayor de periodistas en el exilio, por sus denuncias de corrupción. Y Prodavinci extrae cifras del subsuelo de un desierto de data oficial. De todos estos emprendimientos aprendimos lecciones para la propia reinvención que le toca a Revista Ojo en 2019. Y sentimos cómo el aire infló nuestros pulmones: en el periodo más duro de la historia del país, son muchos los que en vez de desfallecer se han reinventado.

Sí se puede.

“Estamos un poco cansados del tópico de que la gente ya no lee. ¡Oye, hay de todo allá afuera! Muchos están dispuestos a leerte, dependiendo de cómo los seduzcas”, aseguró Albor Rodríguez, que en La vida de nos se propuso construir un “tapiz de vidas individuales que, juntas, muestran el espíritu de la Venezuela de hoy”.

Esto se escuchó en la charla Reinventarse para seguir comunicando, moderada por Juan Pablo Chourio.

En El Bus TV, se dijo, no aguardan por la audiencia: salen a buscarla con un encuadre de cartón, remedo de los antiguos noticieros de la televisión abierta ahora autocensurados. Antes se montaban a combatir la desinformación en camionetas por puesto; ahora, en plena debacle del transporte público, abren ventanas de conciencia a los que esperan en paradas de buses o colas de panaderías. “Una mezcla de rigor periodístico y puesta en escena”, lo resumió Claudia Lizardo, uno de los personajes camaleónicos de El Futuro Promete.

“En Prodavinci elaboramos contenidos que quizás jamás llegarán a las personas afectadas: contamos de un pueblo de Falcón que lleva 17 años sin agua de tubería, pero donde tampoco hay Internet. La gente nos pregunta: ¿y ese reportaje de qué nos va a servir? Y contestamos que lo que les pasa a ellos lo sufrimos nosotros también. Dejamos registro y generamos empatía”, reflexionó Oropeza.

Patricia Marcano, de Armando.Info, reveló que la censura ha debilitado la noción de competencia entre medios digitales: se observan ahora como aliados, más que como rivales.

Quizá, en el fondo, así tendremos que observarnos todos los venezolanos para hacer del futuro algo más prometedor.

De izquierda a derecha: Claudia Lizardo (El Bus TV), Patricia Marcano (ArmandoInfo), Albor Rodríguez (La vida de Nos), Valentina Oropeza (Prodavinci)
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque enfatizó la importancia de narrarnos en medio de la atomización del tejido social

“Tenemos necesidad de contar historias porque nos preparan para la vida”, lo puso en dos platos la sabiduría de Héctor Torres, editor de La vida de nos, en la conversación ¿Cómo se narra a Venezuela?, conducida por Lizandro Samuel.

“La angustia tiene un lado bueno: nos ayuda a encontrar soluciones. La desesperación te lleva a intentar lo que jamás hubieras ensayado en condiciones normales”, explicó el narrador y diseñador gráfico Lucas García París, que agregó: “Todos somos una historia en desarrollo, y si no estás consciente de ello, te vuelves la historia de otro”.

Héctor Torres, por su parte, dijo no sentirse preocupado de que todavía no palpemos algo así como el Por quién doblan las campanas de los 20 años de revolución: “La literatura urgente no es necesariamente la mejor, estoy seguro de que estos tiempos van a generar narrativas maravillosas”. El futuro promete y así dijo creerlo también uno de los mejores narradores del periodismo vernáculo, Óscar Medina: “Hay respuesta a la censura y al ahogo, esta se irá consolidando y multiplicando. No solo promete el futuro de la narrativa venezolana: ya lo estamos viendo”, sentenció el director de UB Magazine, sobre la multiplicación de formatos de resistencia.

Una época dura está dejando como resultado a notables narradores de ficción y no ficción, que se reinventan para contar historias.

De izquierda a derecha: Lucas García Paris, Héctor Torres, Lizandro Samuel, Óscar Medina
Foto: Gabriela Escalante

3 Porque abrió una rendija para conectarnos

Liana Malva tiene razones para sentirse tan azul de la tristeza como la nación Na’vi de la película Avatar cuando le derriban su Árbol de las Almas. Cantautora, se crió en la Gran Sabana. Hoy se desgarra viendo cómo, bajo la tracción destructora del Arco Minero, los ríos en que se bañó y los hábitats con los que conversó son contaminados y arrasados. Pese a esto, dijo: “Es cuestión de tiempo para que logremos invertir el polo negativo en Venezuela”.

Liana era una de las voces de la Mesa país, que ya caída la noche juntó a cinco experiencias aparentemente distintas: un trío de rectas de humo en el nuevo panorama digital de medios, compuesto por un narrador y dos periodistas (Lizandro Samuel, Víctor Amaya, Erick Lezama), un emprendedor de la recarga de las exprimidas baterías de los celulares venezolanos (Omar Viña), y una cantautora.

Quizás ocurre que, contrario a lo que solemos pensar, para la naturaleza humana rendirse sea lo verdaderamente cuesta arriba, en vez de persistir. En todo caso, estos panelistas mostraron tener en común la alergia al discurso derrotista.

“Como dice el preparador físico Lorenzo Buenaventura, jugar se trata de competir bien cuando no estás bien (…). No puedo sacar a todos los niños venezolanos de la pobreza, pero sí puedo ser mejor ciudadano, hombre, narrador”, estableció así una metáfora deportiva Samuel, que también es entrenador de fútbol.

“Con o sin crisis, con o sin dictadura, las oportunidades estarán: lo importante es ver bien el panorama y tomar decisiones lo más inteligentes posibles”, recomendó Amaya, director de Tal Cual Digital y Revista Clímax, que no cuestionó a los que eligen emigrar.

“No me veo en otro país, no haciendo periodismo. Nos hemos creado espacios que nos habían arrebatado”, contestó Lezama, que participó en un proyecto de La vida de nos en el que se retrató a chamos con cáncer del hospital JM de los Ríos, quienes muestran más entereza que casi cualquier adulto.

“Ser emprendedor no tiene nada de mágico: es una golpiza constante. Pero si aquí le echas pichón, eres la persona que quieres ser”, concluyó Viña.

 

  1. Porque sonó a futuro

Así sea tocando con ollas vacías y material de desecho (que no es el caso), la música seguirá sonando en Venezuela: esta también es una forma de narrarnos. En El Futuro Promete, entre conversación y conversación, tocaron algunas de las bandas que darán de qué hablar dentro o fuera de Venezuela en los próximos años.

¿O quizás es que hubo conversaciones entre concierto y concierto?

Confieso que no conocía a Nomásté, un septeto integrado exclusivamente por chicas caraqueñas que hace un repaso soberbio por el ska, el jazz y varios géneros tropicales: me despertaron de mi letargo permanente y terminaron de electrizar lo que todavía estaba apagado. Días después cerrarían 2018 como teloneras de Desorden Público.

De un estrato socioeconómico totalmente distinto (son egresados del colegio Claret), Anakena sirvió guayabas y sanguchitos de Diablito y Cheez Whiz en pachanga de plácida digestión para cerrar el evento, mostrando por qué fue la ganadora del recientemente reactivado Festival Nuevas Bandas.

Claudia Lizardo, la hija del legendario rockero sanantoñero PTT Lizardo, quien sólo se atrevió a salir del clóset con una voz propia en la música luego de que su padre sufrió un ACV, se desdobló después de ser panelista por El Bus TV y conmovió con su sensibilidad única. Caso similar fue el de Liana Malva, la fuerza emergida de la naturaleza de El Paují.

La selección musical demostró que la música surge en cualquier rincón del país.

  1. Porque fue un acontecimiento indefinible

Porque El Futuro Promete no fue ni una conferencia, ni un concierto, ni una feria de arte, sino que fue todo al mismo tiempo.

Porque la podías pasar bien aunque llegaras al Centro Cultural Chacao con o sin nada de bolívares soberanos en la cuenta bancaria.

Porque había buena vibra aunque fueras un dinosaurio, en plena crisis de edad madura, entre un montón de centennials sin pelos faciales ni estreñimientos de sentimientos.

Porque además de reflexiones tan densas que las podías cortar con un cuchillo y propuestas musicales que sonaban a novedad y a embotellamiento destrancado, podías toparte con instalaciones artísticas como las de Dayana Maldonado y Abraham Rosales, que han encontrado musas en el papel moneda desechable de la hiperinflación y las montañas de sobrantes textiles de las fábricas de ropa, respectivamente.

Porque podías estar un rato o quedarte durante todo el cuarto de día que duró el evento y siempre te ibas a llevar algo puesto.

Porque me gustaría asociar El Futuro Promete al desafío de Prometeo: arrebatarle el fuego vital a las macabras deidades de la Pax Totalitaria.

 

 

 

Por Alexis Correia

 

Libros que me acompañaron en el 2018

Escribí una lista con mis lecturas de 2018 y un amigo me comentó, parafraseando lo que suele decirse en el mundo de la aviación y los aterrizajes: “Cualquier año del que salgas caminando con tus dos pies fue un buen año”. Yo lo trasladé a mis lecturas y decidí que cualquier año del que uno saliera con un par de buenas lecturas, sería un buen año. Pero más allá de eso, llamó mi atención la forma en que esas lecturas podían convertirse en un hilo conductor para repasar ese año que ya casi termina. Según la lista que elaboré, el mes de enero comenzó con Una librería en Berlín, de Françoise Frenkel, y mi mente divagó hasta una tarde lejana, mientras caminaba con mi amiga Roxana por una calle en Valencia, y entrábamos a una librería porque yo estaba buscando algo para comprarme por Navidad. Vimos los anaqueles casi vacíos, hablamos en voz baja sobre los pocos libros que exhibían, los precios altos, y la rareza de que aún quedaran esos espacios literarios en una economía tan agujereada. Roxana, mucho más práctica que yo, se decidió por el título más cercano, lo llevó hasta el mostrador y pidió que lo facturaran. “Es tu regalo de Navidad”, me dijo, entregándome el libro.

Volví a pensar en ello más adelante, cuando comencé a leer la novela de Frenkel, y me dejé arrastrar por una historia interesante sobre una mujer francesa que se empecinaba en abrir una librería en Berlín repleta de literatura francesa. Todo esto sucedía al principio de los años 30, al inicio del ascenso de los nazis al poder, y describe las vicisitudes que la mujer tuvo que pasar luego en defensa de su sueño y para escapar de un régimen autocrático que masticaba lo que hubiese de bueno en los anaqueles de cualquier negocio o tienda comercial. Pero lo más interesante fue descubrir que el rastro de la autora se ha mantenido en el misterio después de publicar la novela con una editorial suiza en 1945. La reimpresión actual está prologada por Patrick Modiano en 2017.

Pero hay otros fragmentos de mi rompecabezas literario. A través de Mercado Libre pude conseguir mi siguiente lectura: Invisible, de Paul Auster; y si bien las páginas finales me dejaron con un sabor agridulce, es indudable que se trata de un excelente Auster, con una trama intrigante en la que hice muy pocas pausas. Avancé con el volumen de relatos de Raymond Carver: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Simplicidad aparente. Prosa limpia. Historias cortas que muestran una superficie engañosa porque dejan entrever una profundidad bien disimulada a través de rápidos diálogos y descripciones concisas. Mi admiración por Carver se amplió con este libro; y en contraposición a su brevedad, preferí seguir con Evelyn Waugh y su Retorno a Brideshead. Una belleza. Una prosa bien cuidada que deja suponer una atención al texto que pocos autores modernos suelen conceder a sus obras. El catolicismo de una aristocrática familia inglesa en decadencia. El final de la Segunda Guerra Mundial. La enrevesada historia de los Flyte y sus decisiones y consecuencias. Allí subrayé muchas líneas a las que he vuelto con frecuencia. Y ayudó el hecho de haber visto, algunos años atrás, una miniserie inglesa basada en ese libro. El resultado fílmico y literario, juntos en mi cabeza de una vez por todas, representó una sonrisa mayúscula. Porque sucede que existe un riesgo en esas adaptaciones y no siempre el resultado es memorable. No me sucedía esto desde que, luego de quedar muy impresionado por la película Las horas, me empecinara como un loco en conseguir la novela de Michael Cunningham.

Y ya que estamos en ello, deslizándonos en esa transición de la página a la pantalla, debo decir aquí que disfruté de otra coincidencia favorable. Había visto ya la versión que Luca Guadagnino había hecho de la novela de André Aciman, Llámame por tu nombre, y quedé tan impresionado que de inmediato quise ponerle las manos al libro. ¿Por qué una coincidencia favorable? Porque mi hermana me escribió para avisarme que pasaría un par de semanas en Madrid, con su esposo, y me pasó el enlace a una librería especializada en literatura gay, agregando que podía escoger uno o dos títulos para regalármelos. Sí, fue una coincidencia muy favorable, porque de inmediato busqué y confirmé que la novela de Aciman estaba en el catálogo de esa librería y, no contento con ello, me animé a sumar una novela corta de Mircea Cartarescu, Lulu, donde el escritor rumano (al que ya le tenía ganas) desarrolla una interesante trama llena de matices ambiguos sobre la sexualidad del protagonista y el peso y la densidad que pueden tener ciertos recuerdos de la adolescencia. Mi hermana disfrutó mucho de su viaje a Madrid, por supuesto, pero creo que al final yo salí ganando más con ese viaje inesperado que hicieron a mediados del año.

Lo que no recuerdo con exactitud es el momento cuando decidí volver a las novelas de Agatha Christie, a la serie de historias que escribió con la señorita Marple de protagonista. La autora inglesa está entre mis relecturas de cada año porque disfruto mucho con sus enigmas, sus misterios elaborados con una precisión asombrosa, y hago este comentario desde mi posición como lector y escritor, al hacer una lectura simultánea. Agatha Christie solía escribir y publicar una o dos novelas por año, y lo hizo durante varias décadas, sin bajar el ritmo, ni siquiera durante los bombardeos aéreos sobre Londres. La impresión que tengo de ella es la de una mujer disciplinada, aplicada a su trabajo narrativo, imaginativa, laboriosa. Otros me han comentado que les parece literatura menor, novelas de segunda categoría, porque casi siempre sobrevuela las mismas situaciones: la presentación de los sospechosos, el crimen, la investigación, y al final, con mucho orgullo, sus protagonistas lanzan un discurso ampuloso para demostrar quién lo ha hecho, cómo lo hizo y por qué fue cometido el asesinato.

En alguna parte he leído que a la señora Christie se le considera esnobista y arrogante porque solía situar el escenario de sus misterios entre las clases altas inglesas, pero se olvida que eso era lo que ella conocía, era su ambiente, a lo que estaba habituada, y permitiéndome aquí un paralelismo con Hemingway, Agatha Christie aprovechó ese conocimiento y lo utilizó a su favor para darle color a sus historias. Ella escribió sobre lo que conocía y, desde mi punto de vista, supo hacerlo bastante bien. Esta vez quise concentrarme en las 12 novelas en las que aparece Jane Marple como investigadora casual de los asesinatos ocurridos a su alrededor. 12 novelas en las que la charla aparentemente intrascendente suele representar un peligro para el homicida porque baja las defensas y se traiciona a sí mismo mediante sus respuestas y observaciones. Cada una de esas historias revela la sagacidad y la destreza que tenía Agatha Christie para escribir sobre crímenes, venenos, sospechas y algunos escenarios exóticos.

Pero confieso que soy un lector arbitrario y disperso. Ya casi cerca del final de la serie de las novelas de Agatha Christie, comencé a leer El cuarto de Jacob, de Virginia Woolf, atraído por el ejercicio de modernismo que comienza a perfilarse en esta novela, la tercera que escribió, sobre la vida de un joven inglés, aunque todo lo que llegamos a saber sobre él es a través de las impresiones y experiencias de la gente que lo rodeaba, permitiendo que el protagonismo de Jacob se diluya entre los personajes a su alrededor. Hice un salto hasta el realismo de Henry Miller en Trópico de Cáncer, dispersándome en ese París bohemio, sucio, tangible, vital y palpitante que Miller describe con tanta soltura. Y bajé la velocidad con Piedra de mar, la novela de Francisco Massiani que ya había leído varios años atrás pero a la que necesitaba volver para familiarizarme de nuevo con el dibujo palpable de una juventud venezolana que ni siquiera avizoraba el desastre político que se nos vendría encima varias décadas después.

Sergio Pitol fue un descubrimiento luminoso. Después de leer narrativa durante algunos meses, quise detenerme en los ensayos del autor mexicano. En El arte de la fuga hay textos maravillosos. El libro está dividido en tres partes: “Memoria”, “Escritura” y “Lecturas”, y me permitió un acercamiento gradual a una prosa adictiva a la que me he prometido volver más adelante, tranquilo porque tengo dos volúmenes más de ensayos de Pitol aguardándome en mi biblioteca. Aquí dejé que Sergio Pitol me llevara de la mano para mostrarme sus opiniones sobre otros autores (Tabucchi, Mann, Monsiváis, Faulkner), sobre algunas visitas a ciertos museos, obras de arte, viajes, relecturas, reminiscencias, pequeñas crónicas, fragmentos de su diario, formando con todo ello una densa amalgama rica en apreciaciones que se enlazan unas con otras sin dejar que el lector se entretenga con los espacios en blanco, como un trapecista que siempre se mantiene en el aire.

Hice otra pausa con Iris Murdoch, una autora a la que le debía una lectura: Bajo la red, su primera novela. Ya me había paseado por El mar, el mar, Amigos y amantes, La negra noche y El príncipe negro; pero el acercamiento a la semilla que dio origen a todo lo demás era una tentación muy grande. Quería leer a esa Murdoch primigenia, planteando sus primeras interrogantes filosóficas, y no salí defraudado de esta sátira londinense de principios de los 60. Allí encontré el esbozo de la ironía que permea toda su obra, permitiendo una sutil sonrisa aquí y allá que suele aparecer entre los lectores familiarizados con su prosa. Luego, en un raro viraje del timón, me deslicé hacia la poesía. La biografía sobre Leonora Carrington, escrita por Elena Poniatowska no me gustó mucho, pero se convirtió en la puerta que me dejó avanzar hacia Memorias de abajo, un conjunto de recuerdos surrealistas que me dejó un mejor sabor en la boca. Leonora Carrington como un faro, una hoguera, un vórtice, una llama que devoraba todo a su paso. Una mujer como pocas. Una mente febril y enloquecida con un apetito enorme por la vida. Una mujer de las que ya no existen en el presente.

La poesía atrajo más poesía, y sucedió entonces la llegada de una invitación para participar en un proyecto hermoso: Voz de otra voz, donde tuve la oportunidad de grabar una serie de poemas de la admirada Esdras Parra y sumarlos a esa grandiosa colección que ha manejado Daniela Jaimes-Borges con tanta paciencia y delicadeza. Debido a eso me sumergí en las imágenes, en los susurros, en las cadencias, en las pausas que encontré en las diferentes lecturas que hice de Antigüedad del frío y Aún no, ambos de Esdras Parra. Reconozco que fue un encuentro inesperado y revelador que me ha permitido guardar el eco de esas imágenes y volver a ellas, de vez en cuando, una que otra noche, antes de acostarme a dormir. Pero el gusanillo de la narrativa comenzó a revolverse y decidí concentrarme en una novela corta de una de las autoras que más admiro: Marguerite Duras y Los caballitos de Tarquinia. Es Duras en una época de transición. Todavía no ha alcanzado las cimas de, por ejemplo, El arrebato de Lol V. Stein, pero ya ha dejado atrás la linealidad de Un dique contra el Pacífico o La impudicia. Es Duras porque encuentro aquí la belleza y la importancia de lo que no está dicho, de lo que no está escrito en la página, el juego con las inferencias, las insinuaciones, los espacios en blanco que deja entre las páginas para que sus lectores participen de manera activa, se integren, se sumerjan en una historia aparentemente lenta que se revela sólo a través de sus partes superpuestas y sus silencios.

Elizabeth y su jardín alemán vino después; y luego Zuckerman encadenado, de Philip Roth; y seguí con Tú y yo, de Niccolò Ammaniti, un autor italiano que me habían recomendado mucho y del que lamento no haber conseguido más títulos a mi alcance. ¿Qué podría decir del Bukowski expuesto con tanta crudeza en La senda del perdedor? ¿O de la volubilidad vertida en las cartas de Hunter S. Thompson en El escritor gonzo? ¿Y la ingeniosa trama elaborada en El viaje vertical de Enrique Vila-Matas? Sí, ya en este punto puedo regresar a las frases iniciales de mi nota y repetir que 2018 representó un año de excelentes lecturas y relecturas, con autores a los que me acerqué por primera vez, dejándome sorprender por ellos, y volviendo a otros, leídos con anterioridad, porque simbolizaban un paseo seguro a través de las sombras desconocidas de lo que está por venir. Quedan muchos autores pendientes de mi lista, debo decir; Elena Ferrante, por ejemplo, o Margaret Atwood, pero mi tendencia natural es ver el vaso medio lleno, y en este punto puedo asegurar que sí hubo muchos descubrimientos literarios en 2018, a pesar de la crisis, a pesar del cierre de más librerías, a pesar de la oferta menguada en los anaqueles; y, de todas formas, todavía hay margen para otras sorpresas en 2019. Quiero creer en ello. Entonces respiro profundo y cruzo los dedos antes de abrir el siguiente libro.

 

Por Luis Guillermo Franquíz | @lgfranquiz 

Las maletas del Espíritu de la Navidad

Las puertas del ascensor se abren y mi vecina sale con su paso lento, entre la bolsa de la compra y el bastón. Sonríe y me dice que tenía intenciones de tocarme el timbre para que la ayudara de nuevo con las indicaciones para hacer videollamadas con su teléfono celular.

—¿Y la hoja que te escribí? –le pregunto.

—Es que no sé qué la hice. Se me perdió.

—Bueno… Cuando regrese nos encargamos de eso.

Luego quiere saber si he visto al conserje, porque ella necesita avisarle para que le busque el árbol de Navidad en el maletero del estacionamiento y se lo suba. Le respondo que estaré pendiente y si lo veo le pasaré el mensaje. Nos despedimos con la promesa de vernos más tarde. Ya dentro del ascensor, mientras desciendo a la planta baja, pienso en otra vecina, con sus hijos fuera del país y el enredo de aprender a usar Skype en la computadora que le dejaron en la sala del apartamento. Recuerdo también la última visita que le hice, por algo relacionado con una manguera del lavamanos, y antes de que llegáramos a su baño eché una mirada a las habitaciones vacías, las camas tendidas, las cortinas hasta la mitad y que dejaban esos cuartos con una tenue penumbra. Evoqué las risas pretéritas que compartí allí con sus hijos, el bullicio ahora suplantado por un ancho silencio. Mucho silencio.

Mientras salgo del edificio, y todavía recordando los momentos compartidos con los hijos de mis vecinas, rememoro otro tiempo más lejano, otros diciembres agazapados en mi memoria. Era la Navidad prolongada de mi adolescencia. Las reuniones. Las risas. Las cervezas. La casa de uno de mis amigos que servía como cuartel general de nuestros encuentros. No recuerdo quién llegaba primero ni a qué hora, pero hacia el final de la tarde ya estábamos casi todos sentados en el porche, riéndonos, hablando tonterías, escuchando música, bebiendo café recién colado o ayudando con la elaboración de las hallacas. Cruzo en la esquina de la calle con la visión en mi mente de una mesa grande, cerca de la cocina, llena de vegetales cortados, harina de maíz pintada con aceite de onoto y un despliegue de colores alucinante: rojo, verde, blanco, marrón, amarillo, negro. Y los sabores reunidos en platos pequeños y hondos: aceitunas, cebollas en rodajas, tiras de pimentón, ají dulce, pasas, alcaparras, huevos sancochados, cochino picado en trozos, pollo, carne de vaca. Algunos, más osados, mientras ayudaban, salían de la cocina con un vaso de carato y un pedazo de pan de jamón. No puedo evitar sonreírme en medio de la gente.

Evoco una llamada de mi madre a la dueña de la casa, pidiéndole en broma que me corriera si fastidiaba mucho. Supongo que no era la única mamá que hacía eso. Y la respuesta del otro lado: «No, chica, tranquila; prefiero tener a los muchachos aquí en la casa. Tú sabes cómo es. Ahora te mando unas hallacas». Más tarde regresaba a mi casa con una bolsa llena: cinco o seis hallacas, porque la costumbre era hacerlas contando también las que se regalarían a los amigos y a la familia, a los visitantes y a los vecinos. Era como un intercambio de regalos de Navidad, pero en plan gourmet. La mirada atenta al cambio de luz del semáforo me deja recordar el sabor de los bollos de mi abuela. Yo los llamaba “hallacas en miniatura”, porque se preparaban con la masa que hubiese sobrado y se les agregaban menos ingredientes. Mi abuela los diferenciaba al amarrarlos de dos en dos antes de meterlos a hervir en una olla gigante. Y eran los primeros en desaparecer cada vez que yo regresaba de alguna fiesta en la madrugada porque me los comía fríos de la nevera. Sé que no fui el único en hacerlo.

En esa casa éramos como hijos adoptados por una madre sonriente y cariñosa que solía atiborrarnos de dulces y mucha comida caliente. Ayudábamos con la preparación de las hallacas, celebrábamos hasta la madrugada con juegos de dominó y una cava llena de botellas de cerveza, sacaban una guitarra y cantábamos aguinaldos venezolanos; incluso algunos, los más allegados, nos quedábamos para la cena de Navidad o la despedida del Año Viejo, como si las líneas divisorias entre aquella familia y la nuestra se difuminaran con el sonido estridente de las gaitas decembrinas y los cohetes a la medianoche. Así, con esa idea sujeta en mi mente, detengo mi caminata en la siguiente esquina, a la espera de que cambie la luz del semáforo. Esos amigos de mi adolescencia tampoco están, porque se han regado alrededor del mundo, en otros países y husos horarios. Intercambiamos mensajes virtuales de vez en cuando, pero los hilos tendidos en aquellos diciembres tan lejanos yacen enredados como las luces titilantes de un árbol de Navidad que ya no parpadean con la misma fuerza.

Mientras cruzo la calle me digo a mí mismo que al regresar a mi apartamento debo recodar escribir una nueva lista de instrucciones para mi vecina, y hacerla lo más simple posible, para que pueda comunicarse con sus nietos en Nochebuena. Allí hay otra imagen recurrente: ella no será la única. Pareciera que nuestras celebraciones decembrinas se han transformado en la versión digital de un enorme rompecabezas, con los miembros de cada familia desperdigados en rincones diferentes del planeta, con celebraciones encabalgadas en una sola comunicación que une distintos horarios, con risas agridulces que intentan disimular cualquier llanto postergado, con la evocación visual de viejos aromas y sabores que ya no pueden compartirse en una misma mesa; pero lo seguimos intentando, perseveramos, nos adaptamos al cambio, a las mudanzas, al exilio irreversible de muchos parientes cercanos, haciendo las paces con unas maletas y unas despedidas que pesan como plomo. Lo hacemos porque no tenemos otra alternativa, otra opción, y quizás con el temor agazapado de no saber cuándo una de esas pantallas se apagará para siempre, con el miedo impronunciable de que tal y como están las cosas en Venezuela, ya no nos sorprendería que en cualquier momento el espíritu de la Navidad también haga sus maletas y se convierta en otro recuerdo agazapado en el fondo de una memoria colectiva que se empequeñece cada vez más. Y porque desear ahora “Feliz Navidad” o “Feliz Año Nuevo” pareciera haberse convertido, según provenga, en un chiste de mal gusto o en un verdadero acto de resistencia.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz 

Hombres, dejemos de ser tan idiotas

Ada Hegerberg está en lo que, de seguro, será uno de los momentos cumbres de su vida. Está recibiendo el Balón de Oro, el premio que por décadas ha señalado al mejor jugador de fútbol masculino y que ahora, por primera vez en su historia, se entrega también a la mejor jugadora de la categoría femenina del deporte más popular del mundo. Es un reconocimiento justo a una temporada bestial por parte de la jugadora noruega, su nombre va a quedar registrado en los libros al ser la primera mujer en recibir el galardón, es un paso importante en el camino a la igualdad de géneros. ¿Qué se le ocurre entonces al presentador del evento? Preguntarle a Ada si sabe hacer twerking.

Suena tan absurdo que, cuando un amigo envió la noticia en un grupo de WhatsApp, mi primera reacción fue la negación. Quise pensar que era mentira, que era un chiste, y no abrí el link (todavía a día de hoy no he visto el video; vergüenza ajena, le llaman). “Tiene que ser mentira”, les dije a mis amigos, pero de inmediato rectifiqué: “aunque pensándolo bien, no, la verdad es que los hombres somos así de idiotas, así que sí creo que haya pasado”.

Negarlo no lo hacía desaparecer. De verdad había sucedido. Una de esas escenas que te dejan desarmado y sin argumentos ante el planteamiento de que los hombres básicamente oprimen a las mujeres en su accionar diario y en su uso cotidiano del lenguaje. En la medida de lo posible trato de luchar contra las generalizaciones; me parecen tan peligrosas como son cómodas para nuestro sistema nervioso. Al cerebro le gustan las generalizaciones porque ayudan a ahorrar energía e invertirla en otros procesos un poco más complejos o novedosos. Por eso nos encantan los prejuicios: son formas fáciles de encasillar el mundo y continuar con nuestra vida. “Todos los hombres son unos opresores” es una generalización que, a mi entender, pasa incluso a deshumanizar a los hombres, a verlos como meros reproductores de un sistema que les ha enseñado a no tratar a las mujeres como iguales. Intento desmontar esa generalización, demostrar que hay quienes estamos dispuestos a ser un poco más sensibles con nuestra aproximación a las mujeres y  nuestra experiencia en general. Me gusta apostar a que, poco a poco, los hombres estamos más atentos a nuestras conductas y a la forma en que interactuamos con los demás para ser menos hostiles con nuestro entorno, menos ofensivos tal vez. Pero luego aparecen estas escenas y no me quedan argumentos. Debo callar, suspirar y, mirando al suelo, decir “sí, los hombres somos unos idiotas”.

Pudiéramos decir que este señor que presentaba la gala, un DJ cuyo nombre no conocía y tampoco me molestaré en buscar, estaba respondiendo a un patrón de conducta que está muy fuertemente arraigado; pudiéramos decir que estaba “respondiendo a los estándares del patriarcado”, sea lo que sea que eso significa. En cierto punto entiendo ese planteamiento y hasta lo comparto. El tipo siguió el guion de lo que un macho alfa debe hacer en una situación donde hay público y una mujer atractiva: hacer un chiste que suene un tanto ingenioso y que, de ser posible, la ponga a ella un poco en ridículo.

Sin embargo, esa hipótesis me deja de convencer cuando veo la poca responsabilidad que recae sobre presentador. Verlo así sería suponer que este señor no tenía otra opción sino hacer un chiste y hacer ese chiste en particular. Pero es 2018, señor DJ, hay que avisparse. Me niego a creer que este señor pensó su chiste y no le sonó ninguna alarma. Me cuesta creer que a este punto, con todo lo que se ha hablado, debatido y discutido sobre la causa feminista y la lucha por los derechos de las mujeres, este tipo no se detenga un momento a medir lo que dice. Algunos lo verán como autocensura y, también, hasta cierto punto, lo entiendo. Pero no se trata de censurarse, se trata de entender que la comunicación incluye a más personas y que esas personas deben ser consideradas y tomadas en cuenta en el momento en que decidimos hacer algún comentario o emitir alguna opinión. Es cuestión de estar conscientes del contexto en el que estamos hablando.

Podemos decir también que, después de todo, lo que estaba haciendo era un chiste. Una vez más, no se me hace difícil comprender este argumento; es una explicación que yo mismo he usado muchas veces para defender a personajes mucho más detestables, incluso. Pero no podemos quedarnos con una explicación tan reduccionista y que de cierta forma aliviana la culpa del presentador de la gala. Porque si asumimos que solo hizo un chiste, entonces estamos atribuyéndole un tono exagerado a la respuesta seca y cortante de Ada Heberberg y estamos desacreditando todo el revuelo y la indignación que causó esta escena.

Foto: France Football

Hay una máxima de oro en el mundo de la comedia: el timing. No sólo se trata de tener un muy buen chiste, sino que debe de rematarse en el momento adecuado para que produzca el efecto deseado. Y ahí fue donde me parece que el señor DJ falló estrepitosamente. Timing tuvo Hegerberg, para rematar en el momento adecuado y lograr los más de cuarenta goles que marcó en la temporada pasada. Timing tuvieron los organizadores del Balón de Oro; en mi opinión nunca es tarde para comenzar a reconocer a quienes se lo merecen. El timing del presentador dejó mucho que desear. Era hace unos sesenta años cuando incluso la misma Ada se habría reído de su gracia en televisión abierta. Hoy no. Ya no tienen cabida el tipo de preguntas que se les hacía a las chicas que aparecían en las páginas internas de PlayBoy hace veinte o treinta años.

Como pudiera haberse esperado, el señor luego pidió disculpas y publicó una fotografía de él hablando con Hegerberg, tratando de quitarle tensión al asunto. Pero igual la mancha quedó allí. Porque aunque de verdad no lo hubiese hecho con mala intención, logró demostrar algo que sigue presente y que es bueno no olvidarlo: muchos hombres siguen sin tomarse realmente en serio a las mujeres.

Es una lástima, pero pareciera que aún es más fácil pedir perdón que pedir permiso. Me cuesta creer que aún seamos tan idiotas como gremio, pero aparentemente es así. Hombres: dejemos de ser tan idiotas. Ayudémonos un poco entre nosotros. Así ayudamos al mundo también.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

La izquierda de las misses

Cuando me contrataron dije: “Va, es tan extraño que me divierte”. Acto seguido me arrepentí. Después me puse malvada, pensé redactar glosas con mensajes escondidos y otras conspiraciones libertarias, para ver si destruía alguno de nuestros tantos complejos, basados en la belleza de mujeres imposibles. Al final entendí que era solo un trabajo, me conquistó mi buen equipo y empecé a aprender.

Todos los días descubro más detalles que hacen de este país una obra trágica en loop Caribe. La belleza idealizada que enorgullece en automático a miles de venezolanos creó narcomodelos y suicidas que compadezco, demasiadas chicas dan su vida por aparecer en la televisión que mis padres comunistas nunca me dejaron ver pero siempre tuvimos. Si en este país las peluquerías abren a las 6:00 am. y existen más de diez en un mismo centro comercial, es por causa del Miss Venezuela, que seguro representa la mitad de nuestra estética. Queriendo cambiar al mundo y viendo cómo nada cambiará, archivo el contenido que no usaremos en este nuevo show y me pregunto a cada tanto cuándo fue que nos convertimos en la Venezuela del espectáculo.

Desde el 52 estamos en estas, cuando Pan American Airways creó el Miss Venezuela para llevar a “la mujer más bella del país” a modelar en el también recién estrenado Miss Universo. Miss Bolívar se fue a desfilar en traje de baño a California, mientras que Pérez Jiménez rondaba la presidencia y Ruiz Pineda moría asesinado quizás por agentes de la Seguridad Nacional, la temida SN. En el 53 se repitió el concurso, cuando el primer canal del país, la Televisora Nacional, comenzaba sus transmisiones. Ese mismo año Pérez Jiménez era nombrado presidente y Pinto Salinas era asesinado por la SN, mientras los colegios católicos les prohibían a sus alumnas participar en el inmoral concurso. Por mala o buena suerte, yo estudié en un colegio de esos, y a los 15 años, mientras mis amiguitas se operaban las tetas con el permiso y el dinero de sus padres, a mí no me dejaban hacerme un piercing en la nariz porque, imagínate, ¿cómo que a los 15 años un piercing?

Candidatas al primer Miss Universo. 1952

En 1954 no hubo concurso, el país andaba extraño. Estados Unidos le otorgaba la Legion of Merita Pérez Jiménez, moría Armando Reverón y nacía Hugo Chávez. Un año más tarde y en plena dictadura se realizó el tercer Miss Venezuela. Cuentan que Wolfgang Larrazábal alegó que por ser militar, macho y jurado, decidía que la ganadora era Mireya Casas. Carola Reverón de Behrens, también jurado, replicó que decidiría el aplauso del público. Susana Duijm ganó para convertirse en la primera Miss Mundo latinoamericana. Mientras Ernest Hemingway venía al país a ver una corrida de toros se coronaba a la cuarta reina, y en 1957, año en que Perón sufría un atentado en Caracas y Walt Disney visitaba Venezuela, se entregó la quinta corona. Con Hemingway y Disney mis padres, contradictoriamente, nunca tuvieron problemas.

La dictadura estaba haciendo sus desastres, el Congreso anunció que habría elecciones, Pérez Jiménez refutó y dijo que más bien haría un plebiscito y claro que ganó. Las universidades protestaron, quemaron leyes y retratos del gordito. La UCV fue clausurada temporalmente. 1958 comenzó con el 23 de enero, el gordito se fue con su Vaca Sagrada, y Richard Nixon visitó al país que lo recibió con piedras y tubos por haber apoyado al prófugo. El greengo se fue por donde vino, rescatado por sus marines y sus paracaidistas. Rómulo Betancourt ganó las elecciones y nació Elluz Peraza, segunda Miss que renunció por amor para casarse al día siguiente de haberse coronado, y divorciarse cuatro años después. La primera fue María José Yellici, que abdicó a petición de su novio Guillermo Zuloaga, quien le propuso una boda que nunca pasó.

Con el dólar a 4,30 Betancourt sufre un atentado, detallazo del dictador dominicano Trujillo. Al año siguiente Cabrujas y Chalbaud comenzaron a trabajar para RCTV, con el propósito de intentar una televisión menos estúpida. Nacieron Maritza Sayalero, Irene Sáez, Andrés Galarraga, Henri Falcón y el Conde del Guácharo. Un año más tarde nació Maye Brandt, Miss Venezuela 1980, quien después de casarse con Jean Carlo Simancas, se suicidó en 1982. Abundan versiones. En 1980 el Miss Venezuela aparecía por segunda vez a todo color, el país estaba tan emocionado que hasta la Policía Metropolitana le hizo un regalo a su nueva reina: la nombró agente femenino honoraria, con uniforme y una pistola 3.65 cargada. Cuentan que al leer un comentario de María Conchita Alonso en el que decía que Simancas se casó con Brandt por despecho, la chica no aguantó, llamo a Irena Sáez, ella no contestó, y se disparó con su regalo. La versión entre los técnicos del canal es que Maye consiguió a Jean Carlo en la cama con Yani Chimaras y esto detonó su muerte. Chimaras se convirtió a la larga en un número más de la Venezuela revolucionaria que él mismo defendía. Estuvo en medio de un secuestro justo el día en el que grabaría el último episodio de la novela Ciudad Bendita. Desagradables ironías venezolanas.

Maye Brandt

En el 63 nacieron Astrid Carolina Herrera y Bárbara Palacios. Teodoro Petkoff se escapó del séptimo piso del Hospital Militar, a donde, cuentan, lo habían llevado cuando lo encarcelaron, después de beber medio litro de sangre para fingir enfermedad. Este guion no para. En el 67 la guerrilla está bien activa. Mariela Pérez Branger es finalista en el Miss Universo, Venezuela anda esperando otra corona pero con lo que se conseguirá, días después, será con el famoso -y trágico- temblor del 67. Secuestran al niño Vegas, en Caracas se prohíbe por inmoral la proyección del Último tango en París, se suicida Allende y García Márquez le dona su premio por Cien años de soledad a José Vicente Rangel, quien pierde las elecciones. Imaginen por quién votó mi familia.

Aquí nacen misses cuando se mueren intelectuales y se escapan comunistas por túneles de tierra, aunque algunos se apagan por torturados, como el padre de Jorge Rodríguez. El mismo año en que nacieron Alicia Machado y Jacqueline Aguilera, perdimos a Aquiles Nazoa y murieron todos los miembros del Órfeon Universitario en un accidente de avión. Repetimos la frase del buen país que nunca llega, como la buena televisión que se asomó. Si mis padres me hubieran dejado prenderla, quizá hubiera querido ser Miss, y mientras mis amigas se alisaban los rizos a los 12 años yo hubiera estado haciendo lo mismo. Solo me acerqué a la TV los pocos años que María trabajó en casa, cuando escuchaba la telenovela que ella estaba viendo mientras me peinaba mi afro catire y mal visto. Algo aprendí para poder defenderme en este país melodramático, de intentos fallidos y non sense. Y quizá gracias a eso hoy tengo un buen trabajo.

 

Por Mariana Maduro

chigüire bipolar el futuro promete

Revista OJO ayuda a Chigüire Bipolar a contratar a nuevo pasante subpagado

El primer lunes de diciembre me agarró con una noticia que me desconcertó: “Usuarios exigen perniles para desalojar tren averiado”. Me quedé frente a la pantalla de la computadora por un buen rato. ¿Era una noticia real? Varios medios le hacían eco y explicaban lo siguiente: como ya es costumbre (a estas alturas, lo raro es que el Metro no tenga retraso), un tren con fallas estaba provocando que miles de personas llegaran tarde a su destino esa mañana. El tren en cuestión no dio más y, en Bellas Artes, los funcionarios pidieron que se desalojara.

Pero la gente se negó.

La gente dijo basta: no más.

Y, como burlándose del poder, exigieron los perniles que prometió el régimen para Navidad: o se los daban o no se bajaban.

No saben cuántas veces he fantaseado con una escena parecida que deviene película de Tarantino.

Pero este no fue el caso: luego de una hora, la gente empezó desalojar.

Chigüere Bipolar es, a mi entender, uno de los mejores medios de comunicación que hay en Venezuela. Una de las apuestas mejor logradas, pulidas y más creativas. Tanto, que su desafío cotidiano ahora es encontrar formas de hacer una sátira que supere a la realidad, esto en un país en el que un ex escolta presidencial se roba ciento de miles de dólares, se compra una casa en la misma urbanización en la que vive Bill Gates, es participe de una movida corrupta que ayuda a quebrar a la misma nación en la que los niños se mueren de sarampión por falta de medicinas, y luego le dice al juez que todo lo que hizo lo hizo por ayudar a Venezuela.

¿Cómo se hace humor en un país tan absurdo?

El sábado primero de diciembre, Revista OJO celebró –en el Centro Cultural Chacao– El Futuro Promete: un evento cargado de arte, labor social, ideas y medios de comunicación. Chigüire Bipolar fue uno de los invitados. Daniel Enrique Pérez, el editor que está en Caracas, dio una ponencia explicando el proceso creativo en el animal más rebelde –y padecido– de Venezuela.

Más de 40 personas se animaron, luego, a crear titulares de noticias satíricas que postularon a un concurso que premió al más destacado.

Una de las modas hater más ladillas que ha pululado en el país es la de despreciar al humor y los humoristas. Yo no sé quién dijo que tener cara de culo y llevar una corbata que ahorca al cuello hace a alguien una persona más seria, inteligente o atractiva. O peor aún: yo no sé quién dijo que eso puede ayudar de algún modo a salir de la crisis en la que estamos.

Si el humor (que es distinto a la comicidad) es una forma de pensar, la risa es una manera de liberar tensión. Y en este país, todos necesitamos pensar más y relajarnos un poco. ¿Cómo, si no, se puede arrancar la semana sabiendo que decenas de personas se negaron a desalojar un tren y que, para hacerlo, pidieron a cambio perniles?

¿Se imaginan los niveles de hartazgo y frustración que hay que acumular para llegar a ese punto?

Por eso, en lo particular, celebro que exista el Chigüire: para que cuando ya sienta que no pueda llorar más de arrechera o de tristeza, al menos pueda llorar de risa. Porque en este circo, o nos quedamos secos o ahogamos a los problemas.

Este fue el titular que ganó el concurso hecho en El Futuro Promete y la noticia que los panas de Chigüire crearon a partir de él:

UCV resuelve crisis del agua con lágrimas de bachilleres que no lograron entrar

La Universidad Central de Venezuela (UCV), principal casa de estudios del país, podrá comenzar a ser conocida pronto como “La Casa que Venció a la Sequía y al Mal Manejo de los Recursos Hídricos” gracias a un trabajo realizado por profesores y estudiantes de su Facultad de Ciencias, que permitió aprovechar las lágrimas vertidas por los estudiantes que no lograron ser admitidos para llenar los embalses de todo el territorio nacional.

El profesor Ricardo Quiñones fue el encargado de demostrar al público los resultados de esta investigación: “Para nuestra sorpresa, hay sectores de los jardines de la universidad que se mantienen verdecitos, a pesar de no haber sido regados en años. Y ahí nos dimos cuenta que era justo en los sitios donde ponen las carteleras con las listas de nuevos ingresos. Porque, a pesar de la crisis universitaria, los bachilleres siguen soñando con entrar a estudiar aquí. Pero no todos pueden, por supuesto. Entonces comenzamos a pensar qué podíamos hacer con esos millones y millones de litros de lágrimas que caían al suelo, que se desperdiciaban. Y construimos un tubo recolector que reúne todo ese torrente y lo vierte a las cuencas de las represas. ¡Bingo! Todas las represas subieron a un nivel cercano al óptimo” afirmó el profesor Quiñones, mientras le prestaba su pañuelo a una joven que quiso entrar a estudiar Comunicación Social, todavía no sabemos bien por qué.

Fuentes extraoficiales aseguran que el Gobierno Nacional estudia robarse esta idea. Nuestro informante afirmó que el tema se trató ayer en una reunión del Gabinete. “Esta gente quiere poner tubos recolectores como los que inventaron en la UCV en las colas de las pensiones, en las protestas después de lanzar las lacrimógenas, incluso donde los mismos profesores abren sus recibos de pago. El plan de ellos es tener agua suficiente para convertir a Venezuela en el principal exportador de agua del mundo” comentó nuestra fuente, mientras nos sugería poner un tubo recolector en el escritorio del pasante subpagado.

Ya saben: si luego leen en Gaceta Oficial que el régimen implementará tubos recolectores en las calles, sepan que la idea fue del pasante subpagado que Chigüire Bipolar contrató por un día en El Futuro Promete.

 

Por Mark Rhodes

The Haunting of Hill House: habitando el purgatorio

El miedo puede ser representado mediante diferentes máscaras con un carácter camaleónico: atormenta a una persona desde lo más interno y la destruye modificando su esencia. Detrás de una historia familiar el miedo adquiere múltiples formas ante un maltrato, una pérdida o un simple recuerdo cada vez más lejano; sin embargo, ¿qué pasa si el hogar donde creciste alguna vez fue la principal razón de tus pesadillas, el motivo que impulsó cada respiración entrecortada y cada tormento? Esta es la premisa principal de La Maldición de Hill House.

Basada en la novela de terror gótico de Shirley Jackson, publicada en 1959, cuenta la historia de la familia Crain: dos padres junto a sus cinco hijos habitan una mansión embrujada con un propósito fundamental: restaurar la casa para luego venderla.

Esta nueva versión de Netflix se toma algunas libertades y permite añadir otros elementos a la ecuación. La dirección va de la mano del estadounidense Mike Flanagan –reconocido por haber realizado Oculus, Somnia y Gerald’s Game–, a quien el terreno de lo sombrío y lúgubre le resulta familiar.

Miedo a la pérdida

El mercadeo de la producción la posiciona como la serie “más aterradora” y perturbadora del año; en ese sentido, el manejo del terror la establece como una propuesta bastante psicológica e interna, generando diferentes capas de miedos a través del tiempo.

El ritmo es pausado y permite ir tejiendo un entramado argumental para comprender las motivaciones y el cambio de los personajes, esto lo hace narrando en dos tiempos: flashbacks que muestran cuando los hermanos habitaron la casa; y el futuro que los aguarda.

La diversidad de personajes permite entender una visión diferente de la casa embrujada y del conflicto que plantea Flanagan. Los cinco hermanos tienen un rol distinto en la familia, mientras que los padres buscan cómo acercarse a los mismos sin remarcar la preferencia o empatía especial que sienten por algún hijo específico.

A lo largo de la serie es posible entender una percepción diversa del miedo, que cobra fuerza en el pánico a figurar en un papel determinado dentro la sociedad, o en el de lidiar con los problemas: es allí donde el espanto o el susto se transforma en algo mucho más aterrador.

La casa se vuelve un personaje más, un escenario con vida propia al representar más que un limbo entre los vivos y los muertos, un purgatorio donde las almas penan y buscan redención. La demencia se cuela en la esencia de cada uno de los Crain y atormenta cada una de sus células.

Hay un mensaje denso sobre la vida y la muerte, sobre lidiar con las pérdidas y entender qué tanto ha transcurrido desde que fuimos niños.

Más que recomendada.

Nos vemos en la próxima.

 

Daniel Klíe | @Chdnk

 

Beisbol en tiempos de hambruna

Mi nombre es Carlos. Tengo 18 años y nací en Caracas, Venezuela. Mi papá me colocó ese nombre en honor a Carlos Martínez, ex beisbolista venezolano de las Grandes Ligas que hizo historia en mi país con la camiseta de los Tiburones de La Guaira, en un equipo mítico al que llamaban La Guerrilla y que contaba con ilustres figuras como Luis Salazar, Oswaldo Guillén y Gustavo Polidor, entre otros.

La vida no pudo ser más ingrata para mi papá, cuando a mis diez años dejé de batallar entre Leones, Magallanes y Tiburones para hacerme fanático definitivo de los Navegantes del Magallanes. Loco, siendo caraqueño e hijo de un guairista; pero la pasión desenfrenada de mi mamá y el hecho de que es el único equipo del país que representa a todos los estados terminó generando en mí algo especial.

La verdad es que mi equipo no ha fallado. Puedo recordar gestas históricas, como una escalera bateada por Michael Ryan ante los Tigres de Aragua, un no-hit no-run de Anthony Lerew ante los Leones del Caracas y varios campeonatos con participaciones en las Series del Caribe. Por mi equipo pasaron José Altuve y Rougned Odor antes de llegar a las Grandes Ligas, y he tenido el privilegio de ver a Pablo Sandoval o Endy Chávez usando mi misma camiseta. Fastidiar a mi papá con la mala racha que atraviesan los Tiburones es uno de mis pasatiempos favoritos cuando llega el mes de octubre y empieza la pelota en los diferentes estadios de Venezuela.

Sin embargo, los últimos años han tenido un aire a derrota particular, y no precisamente por lo acontecido dentro del diamante. En un país cada vez más hundido en la crisis humanitaria y la falta de comida y servicios básicos para la subsistencia del venezolano, los estadios de beisbol han perdido su toque y asistencias abismales. Salvo en partidos puntuales, en los graderíos se refleja la desolación de un pueblo que no puede pagar el entretenimiento y la comida al mismo tiempo.

Sin embargo, el ambiente se sigue sintiendo. Por las redes sociales, el venezolano respira beisbol y lo disfruta como lo que siempre ha sido: parte de su vida. Tanto en la Postemprada de MLB –que cuenta con varios venezolanos en los mejores rósters del beisbol norteamericano– como en las siete plazas del beisbol en Venezuela, este deporte ofrece una salida para las mentes atrapadas en la crisis del país. No solo por lo que ocurre desde el terreno, sino por lo que se ve en la televisión y por el ambiente en la calle.

Pero como todo deporte, exige dinero.

Petróleos de Venezuela (PDVSA) aprobó para el desarrollo de la temporada 2018/19 un monto de 12 millones de dólares, en concepto de patrocinios para que pueda llevarse a cabo el béisbol organizado, algo que ha generado el repudio de una porción de la población, que consideraría mejor destinar ese dinero en organizaciones para la beneficencia, que surtan de alimentos e insumos a quienes no tienen acceso a ellos. Sin embargo, esa lógica carece de factores que mucha gente no toma en cuenta.

Alrededor del que es por muchos considerado el deporte rey de Venezuela hay una incontable cantidad de trabajadores. Están, en primer lugar, aquellos que laboran en el estadio, para que albergue día tras día un nuevo partido: arreglan y organizan la logística para los múltiples vendedores que esperan todo un año para llenar de color las tribunas y llevarle a la fanaticada una amplia variedad de snacks, cervezas y pasapalos que acompañan una tarde/noche perfecta de beisbol venezolano.

Arriba, en las casetas de transmisión y en los palcos del terreno de juego, fotógrafos y periodistas esperan durante ocho meses la voz del Play Ball para trabajar en representación de los diversos medios, llevando cobertura de cada uno de los equipos.

Es egoísta aprobar 12 millones de dólares para el desarrollo de una temporada de beisbol, pero cuando nueve gerencias (ocho equipos y la liga) trabajan por ocho meses para poder llevarles a los venezolanos un producto de calidad durante cuatro meses más, comprendemos que sería igualmente egoísta quitarles todo eso porque hay otras prioridades.

Y el trabajo no se limita a luchar contra la crisis para poder dar un espectáculo de primer nivel; sino que abarca también la realización de clínicas deportivas, obras benéficas y colaboraciones a hospitales infantiles y refugios del país. Conocidos son los casos de equipos que donan su boletería o parte de la misma a hospitales infantiles, organizaciones contra el cáncer (de mama en su mayoría) y fundaciones para niños o personas de la calle.

Porque sí, es verdad que el beisbol es un negocio, pero cuando se vive en un país donde la fanaticada canta en casi todos los partidos en contra del Gobierno, y al salir del estadio hay gente con una lata pidiendo una migaja de papel moneda devaluado –o de comida, si es posible–, te das cuenta como directivo que debes extender la mano al prójimo.

Y sí, sería egoísta que los convenios entre clubes de beisbol y organizaciones benéficas dejaran de tener validez porque un grupo de personas considera negativo que se lleve a cabo la temporada.

Son, quizás, los menos afectados, pero es egoísta para un jugador cancelar la temporada que ya tenía en planes disputar. Puede ser que para los peloteros de grandes ligas no sea relevante, ya que vienen por más sentimentalismo que dinero; o para las viejas estrellas que ya tienen un colchón económico considerable, ¿pero para las jóvenes promesas? ¿Dónde queda el trabajo de un chamo que se esforzó durante años para poder llegar a un equipo de la LVBP si de un día para otro deciden cancelar la temporada? ¿No es una falta de respeto a su trabajo también? Podrías estar decidiendo (de mala manera) el destino de un futuro big leaguer venezolano. Pero eso no es relevante.

La jerga popular califica a la temporada de beisbol en los tiempos de la hambruna como pan y circo, para ocultarle a la gente una crisis de la cual no se puede escapar.

El deporte debe ser siempre el motor de lo positivo de un país. En Venezuela, quizás PDVSA no gaste doce millones de dólares en darle comida a la gente de la calle o pagar una quimioterapia, pero de una forma u otra, el beisbol puede ser ese puente que salve una vida en un hospital o mantenga vivo a un fotógrafo cuyo trabajo es ir todas las noches al estadio a trabajar para el equipo.

 

Fabrizio Cuzzola@FabriCuzzo22

La Guacamaya al vuelo

La ciudad es su espacio natural, en principio. La ciudad es también su espacio físico, lo que ha ido construyendo el hombre, con sus divisiones, sus zonas de prohibición, sus edificaciones, sus intervenciones a la naturaleza. La ciudad es el momento histórico en que se experimenta, porque el tiempo y las decisiones políticas y sociales modifican el espacio físico y la forma en que interactúa con el espacio natural. La ciudad es también su gente; la ciudad es primordialmente su gente.

La Guacamaya casi podía pasar por un local cualquiera de Chacao, de Caracas, de Venezuela o del mundo… si no fuera por la gente que hacía vida dentro de esas paredes. Tanto quienes te atendían como quienes compartían contigo allí generaban una vibra que no se encontraba en ningún otro lugar de la ciudad. Siempre que entraba comentaba “esta es la Caracas en la que quiero vivir”, y aunque (como siempre me pasa) sonara como un chiste, era una de las sensaciones más sinceras que he experimentado jamás.

En La Guacamaya siempre eras uno más. Y eso no quiere decir que eras “uno más del montón” y por eso te tratarían como un ciudadano de segunda. Todo lo contrario. En La Guacamaya eras “uno más de la familia” y desde el día uno Manuel y los muchachos te recibían como si tuvieras años yendo al local. Eso me hizo dudar la primera vez que fui. La clásica suspicacia caraqueña: “¿por qué este tipo me trata tan bien?, ¿será que ya he venido antes?, ¿será que es amigo de mi mamá y no lo recuerdo?, ¿será que la birra es tan cara aquí que el tipo te endulza tratándote bien?” Pero no, no era nada de eso. Era algo mucho más sencillo. Era iniciar una cadena de buena energía. Era la ejecución más precisa, perfecta y lograda de un principio que suena muy sencillo, pero que no es tan comúnmente puesto en práctica: si tratas bien a tus clientes, no solo van a volver, sino que van a volver con más gente.

Y eso hacíamos quienes nos volvíamos asiduos a La Guacamaya: llevábamos más gente; siempre. Cómo no hacerlo, si una vez pasabas esa puerta que siempre parecía estar cerrada, entrabas en un refugio que te protegía de todo lo que podía estar mal en la ciudad. Era un sitio donde no importaba el precio de la cerveza, pues solía ser más barata que en otros sitios decentes. Era un sitio donde podías poner la música que quisieras sin entrar en ningún conflicto. Si eras de los de más confianza, se te permitía pasar a la cocina y saludar por allá también. Cualquiera podía dejar sus cosas a buen resguardo detrás del mostrador. Si no había mesas te conseguían un lugar en la barra, o un banquito… o al carajo, ¿quién no se sentó o apoyó las birras en el archivador? No importaba, siempre y cuando uno pudiera compartir un poco de esa atmósfera, todo estaba bien.

Mientras voy recordando, surge ante mis ojos una frase que suena un poco cursi, un poco forzada, pero no veo otra forma de expresarlo: La Guacamaya era un lugar donde estaba bien ser joven. Hay que entender algo: ser joven en Caracas ya ni siquiera es algo comprensible. Somos una generación que ha envejecido a un paso avasallante. No llegamos a treinta años y hablamos de “nuestra juventud” como si fuese algo remoto, arcaico, difuso, casi como si dudáramos de que alguna vez existió. No nos permitimos los riesgos de ser veinteañeros, no nos permitimos tampoco los sueños de esta etapa. Pero ahí en ese sitio el miedo se disipaba un poco, nos permitíamos más licencias, recordábamos que aún podíamos disfrutar y disfrutarnos. Era el lugar y el momento.

Les mostré La Guacamaya a tantas personas como pude. Compañeros de la universidad, colegas escritores, alumnos que luego se convirtieron en amigos. En algún punto ya sabía que me estaría yendo de Caracas pronto y el mensaje era sencillo y directo: quiero dejarte una de las cosas que más aprecio de la ciudad. Todos lo entendieron. Siguieron yendo, apropiándose de ese espacio, haciéndolo también su refugio y su modelo de la ciudad que querían, de la ciudad joven donde podían ser felices entre birras.

Que este local no vaya a ser el mismo me duele. Aunque seguirá abierto con unos nuevos dueños, estoy totalmente seguro de que la energía cambiará. Ahora habrá un fantasma respirando en las esquinas del bar. El fantasma de lo que fue. Lo más paradójico, para mí, es que siempre he pensado en Caracas como la ciudad de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber llegado a ser, de lo que fue y no se mantuvo. Así que la venta de La Guacamaya significa la caída de uno de los bastiones que sostenía mi construcción de la ciudad, y a la vez perpetúa lo más central de mi imaginario de Caracas: su construcción a medias, su interrupción abrupta.

En La Guacamaya hice lo más cercano a una despedida un par de días antes de despegar hacia Buenos Aires. Recibí los abrazos más sentidos de amigos cercanos. El mismo Manuel se acercó y me regaló sus mejores deseos, me hizo sentir como que me despedía de un familiar, de un amigo entrañable. Ese día, ya con unas cuantas cervezas en la cabeza, recuerdo haber mirado alrededor, dejarme llevar por los sonidos, por las risas, por las botellas chocando unas contra otras… recuerdo haber sentido, por un instante, que era feliz. Deseé que esa sensación fuera extrapolable a toda la ciudad, a todo el país. Quise que la excusa para no irme fuese tan sencilla como “no puedo dejar La Guacamaya”. Pero, después de todo, era un refugio y no podía mantener la cabeza bajo la tierra toda la vida.

Me llevo momentos indelebles. Me llevo la sensación de haber formado parte de una leyenda caraqueña que vivirá por mucho tiempo. Me llevo la dicha de poder haber sentido ese lugar como mío aunque no era de los más habituales. Porque esa era la magia: cualquiera que entraba se sentía especial. Cualquiera que entraba sentía que tenía un lugar en ese sitio y en esa ciudad que parece querer expulsarnos a todos.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

 

Un país torturado

A dice que no terminó de leer la entrevista a Lorent Saleh que publicó El Mundo de España: no aguantó. Pensar que la sede del Sebin de Plaza Venezuela es una postal cotidiana en sus recorridos al trabajo le da escalofríos: ahí donde ella agarra la camioneta, están destrozando la vida de decenas de inocentes con las únicas herramientas que parecen tecnológicamente actualizadas en el país: las de tortura. La crudeza del testimonio de Saleh llenó de pesadillas el sueño de más de un venezolano. Saber que los horrores que no vemos son peores que la paliza que nos ofrece el país a diario es una golpiza de la que no es fácil levantarse. Y es que ese es el problema: ojalá el testimonio de Saleh viviera solo en las pesadillas. Pero no. Vive en cada niño que se muere de hambre, en cada enfermo que no consigue sus medicinas, en cada familia rota por la migración y en cada bala que perfora otro corazón inocente. Enumerar las tragedias contemporáneas del país es hacer un inventario de demonios. Lorent Saleh estuvo secuestrado y fue sistemáticamente torturado por orden de las mismas personas que parecen empeñadas en dañar la vida de todos los venezolanos: de torturar a todo un país. El delito de Saleh fue estar en contra de la tiranía, velar por el cumplimiento de los derechos humanos, no ser un títere más dentro de una comedia que cada vez más hace quedar a 1984 como un libro infantil. A, repito, no pudo terminar de leer la entrevista que le hicieron al joven activista. Pero Saleh sí que parece determinado a finalizar lo que empezó: recuperar la democracia y transformar sus dramáticas experiencias en recursos para ser una mejor persona e impactar de forma más positiva a su entorno. Ese es el mejor mensaje que le puede enviar a sus torturadores, que le podemos enviar todos a quienes quieren eliminarnos: aquí estamos. Aquí seguimos.

 

Mark Rhodes