Visita un mágico lugar llamado “Museo del Equilibrio”

En la Selva Nublada, ubicada en la Sierra Nevada de Mérida, una cabaña de piedras junto a un río, es la casa de Lothar y Natasha, “Museo del Equilibrio”La pareja compró y acondicionó su hogar con la idea de entretener y hospedar a viajeros que se acercarán a Los Andes. 

Los visitantes pueden respirar aire fresco, degustar un suculento menú y relajarse encontrando el equilibrio entre el cuerpo y la mente, gracias a las clases de yoga, el balance en las piedras (apilar piedras una sobre otra en quilibrio), slackline (deporte de equilibrio en el que se usa una cinta que se engancha entre dos puntos fijos y caminar sobre ella), caminatas y la observación de las aves en los senderos del Parque Sierra Nevada, dirigidas por los anfitriones.

Para todo aquel que quiera vivir un experiencia única, pueden reservar una habitación para 2 niños y 2 adultos, con el desayuno incluido o la casa completa para 6 adultos y 2 niños. 

Para más información:

EMAIL: museodelequilibrio@gmail.com
WEB: Facebook: Museodelequilibrio, Twitter: @museoequilibrio, Instagram: Museodelequilibrio

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Hoy nuestro país ha muerto

Manuel Alejandro

Hoy nuestro país ha muerto. No porque no quisiéramos salvarlo, sino porque no hubo con qué hacerlo. No hubo ganas de verlo, ni hubo interés de conocerlo; por el contrario, se prefirió salir a ver qué otro país había y colocar en él todo nuestro amor.

El país murió porque mientras estuvo en convalecencia, preferimos ir a perder nuestra decencia creyendo que no le pasaba nada, cuando la verdad tenía de todo. Y no tenía de todas esas cosas buenas que uno quiere que tenga: tenía insultos, malhumor, suciedad, tenía colas, ojos de envidia, estaba verde de cansancio; le faltó trabajo, su honestidad bajo muchísimo, respiraba aire de carros, comía odio, y no le alcanzó el tiempo de morir bien, porque murió increíblemente rápido.

Muchos se conformaron con salir a ver qué se podía hacer, Otros hicieron lo imposible para curarlo. Nosotros, por el contrario, nos cruzamos de brazos esperando lo mejor (o lo peor, según se vea), ¿los demás?, Ellos estaban disfrutando de la fortuna que nos dejó y muchos celebraban al no saber lo que pasaba.

El país murió de esa doble cara que llevamos todos hoy, una que sabe que “la cuestión está muy arrecha” y la otra que lo único que sabe y conoce es de carros, béisbol, marcas de whisky y nombres de zapatos.

Cuando el país se dio cuenta de que tenía a su lado gente así, dijo que no valía la pena seguir. Se nos fue el país que amábamos y no porque se transformó en otra cosa, se nos fue porque sus amantes más fuertes confundieron el amor con la pasión y ella (porque debemos saber que el país es una de esas mujeres bien plantadas), tan generosa, les dio todo; y Ellos, sus supuestos amantes, le quitaron hasta el nombre.

Algunos abandonaron el país justo cuando más hacía falta, porque no se necesitaba una cura milagrosa ni calculada, sólo pedía compañía fiel y amor sincero. Y ahora que lo pienso, de eso se deben morir los ancianos, de soledad y de falta de amor. Lo triste es que el país no estaba cerca de sus 300 años.

Pero es tanta la impresión y tristeza que nos invade, que sólo podemos ver cómo la entierran en el pozo más profundo de una tierra que parecía tener fin, pero descubrimos, por las malas, que la ignorancia no tiene punto final y mucho menos un entierro definitivo.

Lo que más nos preocupa es que hay gente que baila sobre su tumba tempranamente abierta pero no certeramente cerrada. La tristeza de Nosotros es la alegría de Muchos y estos muchos celebran con gran algarabía el amor que los “amantes del país” le tienen a ella. Celebran la fuga de ideas como quien se gradúa de preescolar, defienden su delgadez con la sensatez de decir que “cada vez comemos más” cuando en realidad sabemos menos, todo intento de Nosotros y los Otros de tomar su mano para llevarla a las estrellas lo castigan como cuando se castiga el haber probado la libertad (con la exclusión y desprecio hacia aquellos que quieren ver otra cosa).

Pero no sigamos profundizando en el tóxico amor en el que ha sucumbido nuestro amado país, la intención de escribir esto es otra, es ver que Nosotros, Muchos, Ellos y Otros no pudimos hacer nada para que tuviera mejor cara.

Mucho menos hicieron sus amigos. El país, siendo una mujer valerosa que impulsó a otros a liberarse de abusadores abusivos, cuando cayó enferma, solo tuvo cartas de dolencia, condolencia y solidaridad. No le sirvió para nada que en su juventud peleara contra los grandes y nos librara de un futuro de servidumbre. A todos se les olvido que fue la única que dio la cara por el barrio. Y lo peor fue que cuando cada uno de sus amigos logró avanzar en el destino que le correspondía, alcanzando la riqueza y gloría que le tocaba, se les olvidó que ella, el país, siempre dio la cara por el barrio.

Sólo recibió cartas que condenaban a los que la dejaron así, pero al final el papel solo sirvió de marco para la acción que nunca llegó, como quien espera un tren en un aeropuerto. Y así se nos fueron los mejores años de una generación que quería hacer de ella una gran mujer o, por lo menos, un gran país.

Hoy, eso de que “se les olvidó”, parece ser una vista gorda (bien gorda, por cierto) para no caer infectados en esta grave enfermedad. Y cuando se le preguntó qué enfermedad tenía, ella (el país) sólo supo responder que era amor. Porque nos amó tanto a Nosotros, a Ellos, a Muchos y a Otros que al final se secó pues no tuvo más nada que darnos y la dejamos sola.

Eso fue lo que la mató, que Nosotros la dejamos sola, que Ellos se llevaron todo lo que tenía, que Muchos no sabían nada y Otros se fueron. Por eso es que hoy nuestro país fallece en manos ajenas, en manos que no conocieron su mejor cara y que ahora añoran. Murió sabiendo que hay gente que nació con ella y esos mismos le entregaron su mejor comportamiento cívico a otro país (eso la hundió) y no aguantó más.

Hoy nuestro país ha muerto y ni si quiera tenemos lágrimas para llorar, sólo tenemos brazos para cruzar y un lamento que revivir…

MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN: Bachaqueo en Misión Vivienda

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La OLP, que no es la Organización para la Liberación de Palestina de Arafat, aunque tenga las mismas siglas, sino la Operación para la Liberación del Pueblo, a la que algunos malintencionados llaman Operación Levantamiento de Popularidad, está resultando, más bien, una liberadora de panaceas (mejor no le han podido venir las siglas).

Las soluciones mágicas de la revolución, las Zonas de Paz (libres de autoridades, repletas de malandros) y las Misiones Viviendas (apartamentos gratis, regalados sin orden, control ni título de propiedad a quien se dijera damnificado), esas yerbas de curanderos rojos maceradas al calor de todas las supersticiones y fobias sociatas, se vienen abajo con cada allanamiento.

Ayer, en uno de los Complejos de Misión Vivienda de la Avenida Bolívar, testigo de llenazos multitudinarios y aleccionadores soliloquios del único inmortal que se murió, donde la marea roja se desbordaba como tsunami, allí, en el complejo urbanístico Ojos de Chávez, la OLP liberó bultos de productos regulados: desodorantes, azúcar, servilletas, jabón, toallas sanitarias, harina pan, entre otros.

Entonces resulta que los depósitos de acaparamiento, los cuarteles desde donde se libra la feroz guerra económica que nos enflaquece, no están en los sótanos de Fedecámaras sino en Misión Vivienda. Paramilitares colombianos enviados por Uribe para bachaquear, ya se sabe. A los que la revolución dio techo, facilidades y negocio fácil, habría que agregar. Tiene gracia la cosa. Los Ojos de Chávez llenos de bachaqueros. Es una metáfora deliciosa.

Trópico de Cáncer – Henry Miller

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Paris era un burdel. Ese, a modo de Hemingway –que indudablemente titulaba mejor–, bien pudiera haber sido el nombre de Trópico de Cáncer, primera novela de Henry Miller, a la que la censura, siempre inteligente, le dio ese aire mítico de obra prohibida –lo estuvo en EE.UU durante 27 años– que tanto mejora  y vende algunos libros.

Uno entiende que hablar tanto y tan seguido de sexo y además de forma tan desenfadada, como si cualquier cosa, y con un lenguaje descarnado –aunque sospecho que la traducción del Círculo de Lectores algo suavizó o perdió– haya podido generar revuelo en los puritanos años treinta de los USA; no obstante, visto con ojos de ahora, lo de novela porno habría que entrecomillarlo: tanto por lo de novela –Miller nunca la consideró tal, y razón, creo, no le faltaba– como por lo de porno. Porque Trópico de Cáncer no es sino el desordenado diario de un americano que huye de la Gran Depresión y se refugia en el París de la entre-guerra. Un americano pobre y muy aficionado a los burdeles, que se mueve en el París más sórdido. Un americano, otro más, con aspiraciones de escritor en la más literaria de las ciudades. Un americano inconforme, lleno de dudas y preguntas, que no se contiene y plasma el papel, sin delicadeza, pudor ni estructura, tal como le viene, todo lo que piensa y vive.

¿Obra cumbre de la literatura americana? Así la consideraron en su momento importantes escritores –George Orwell, T.S. Elliot–, que evidentemente sabían más que yo, pero de grandeza, lo que se dice grandeza, le encontré poco: un libro provocador, escrito por un rebelde sin cortapisas, con algunas anécdotas interesantes y uno que otro monólogo memorable. Prosa correcta, no muy deslumbrante. Eso y poco más. Imprescindible para quien quiera conocer a fondo la bohemia y el París de callejón.

Fútbol vs Béisbol

Por: Juan Sanoja – @JuanSanoja

Más de 22 millones de personas en Estados Unidos miraron la tarde-noche histórica de Tim Howard en el Fonte Nova que acabó en desilusión por los goles de Lukaku y De Bruyne. Es decir, la eliminación de la selección nacional de USA, en Brasil 2014, fue vista por tres millones de personas más de las que prendieron el televisor para observar el MVP de David Ortiz tras la consagración de los Medias Rojas de Boston en el mejor béisbol del mundo.

Es el poder del fútbol. Capaz de generar mayor expectativa que la Serie Mundial, en el propio país de las barras y las estrellas.

Una supremacía que tal vez devenga de la sencillez de su práctica, de la capacidad de ser jugado sin mayores medios que un par de piedras y un pote de jugo, aunque el palo de escoba y la chapa sean suficientes para rebatir el argumento desde el otro lado de la acera.

Quizá la hegemonía no tenga tanto que ver con qué se necesita para practicarlo, sino con quiénes puedan jugarlo. El fútbol (moderno) es un deporte donde los estereotipos tienen poca cabida a la hora de elegir un buen tipo para determinado rol, a diferencia del béisbol, por más que Altuve nos grite lo contrario. El 9 del equipo puede medir dos metros o tener 30 centímetros menos de estatura y hacer los mismos goles. Podemos encontrar centrales más altos que Justin Verlander o excelsos cabeceadores con sólo 1.76 m, como es el caso de Fabio Cannavaro.

La simpleza también la encontramos en el desarrollo: un deporte de escasas reglas. Libertad que paradójicamente se torna compleja en el decurso mismo del juego, bautizado por Dante Panzeri como una dinámica de lo impensado. Mientras que en el béisbol siempre se recorrerá el mismo diamante para anotar una carrera, en el fútbol los entrenadores se han vuelto locos construyendo cuadrados mágicos, W, M y arbolitos de navidad en búsqueda del gol. El propio Billy Bean, que revolucionó el deporte en donde Jeter se hizo leyenda y que ahora es fanático de la actividad que inmortalizó a Di Stéfano, reconoce la dificultad que conllevaría implementar el concepto de Moneyball –“properly allocate credit and blame to a player”– en el balompié, por su fluidez e interdependencia entre futbolistas.

Es aquí donde emerge uno de los puntos que le confiere a (¿casi?) toda lectura del juego el carácter de subjetiva, chispa que enciende la mecha de todo debate futbolero, lugar donde unos comulgan y otros se confiesan en la única religión que no tiene ateos. Cualidad del deporte que permite generar un sinfín de análisis respetables. Porque cuando un bateador entra en un slump, más allá de factores intangibles como el ambiente del dogout o lo que pueda aportar el coach de bateo, la culpa es sólo de él. En cambio, en el fútbol, si un atacante no toca un balón en todo el encuentro es más que factible que el reproche recaiga en sus otros 10 compañeros.

Poner la lupa para señalar responsables de una mala racha resulta, en muchas ocasiones, una tarea temeraria.

En el fútbol importan tanto los nombres propios como la organización de los mismos. Una disposición en el campo que no tiene mayor prohibición que la de no superar los 11 jugadores. Una especie de sudoku que hoy en día va del 1 al 5, menos para Pep Guardiola, que lo completó con el 3-7-0. En béisbol no pudiésemos prescindir del campocorto con el fin de tener un jardinero más. La flexibilidad iría por el lado de alterar los factores en el lineup para cambiar el producto o desplazar sutilmente el cuadro. Una gama que se queda corta ante la infinidad de posibilidades que caben entre las dos arquerías. Razón por la cual muchos preferimos jugar a ser José Mourinho o Jürgen Klopp, que fantasear con mandar un toque para sentirnos Ozzie Guillén o Buddy Bailey.

El fútbol es esa disciplina que permite que la frase “donde el mejor no siempre gana” se aleje del lugar común, dado que el camino no pocas veces nos lleva a un fin ilógico. Todo esto sin entrar en el tópico de la belleza, gasolina para el debate y la teoría, que se divide en escuelas como las de Menotti y Bilardo.

Academias culturales que también se distribuyen en países, donde el deporte de selecciones no tiene comparación con práctica deportiva alguna. Sólo la suma de disciplinas participantes en los Juegos Olímpicos sería capaz de hacerle frente a la popularidad de una Copa del Mundo.

Difícil sería también equiparar la variedad futbolística que propone la guía de programación en la mayoría de los fines de semana del año con lo que pueda brindar el béisbol. Uno es capaz de llevarte a Inglaterra para ver un Manchester United – Chelsea, tras haberte ofrecido un Real Madrid – Barcelona de la liga española, para luego culminar con un Milan – Fiorentina como postre italiano. Esto sin tomar en cuenta los partidos de Rosales, Rondón, Vizcarrondo y compañía, y sin contar con la posibilidad de ir a ver en directo a Rómulo Otero. Por su parte, el deporte en el que Cabrera es Messi (o por lo menos así lo idealizamos) con suerte nos pudiese convidar un Clásico de otoño el día antes o después de una inconmensurable, eso sí, ida al estadio para presenciar un Caracas – Magallanes.

E igual o más importante que la pluralidad en sí de la agenda de transmisiones es el número de competiciones que disputa cada equipo. Un seguidor del deporte más hermoso del mundo se quedaría con hambre de triplete al ver ganar a su equipo la Serie Mundial. Esperaría por levantar también la Copa y la Champions que confirme la superioridad de su divisa en otro formato y a nivel continental. Sí, la Serie del Caribe se queda corta, tomando en cuenta que el equipo que gana el campeonato local llega desarmado a la liga de campeones caribeña.

Gol vs. Jonrón con carrera. Salvar un tanto en la línea de meta vs. Atrapada acrobática para impedir un cuadrangular. ¿El regate? Un caño no encontraría comparación ni con una jugada a mano limpia.

Por estas y otras razones más el fútbol es el deporte número uno del mundo. Tan grande como para ser una de las 50 economías del planeta o para absorber a innovadores de otros deportes como el señor Bean, que le dijo a sus amigos patriotas que el resto del mundo no podía estar equivocado.

Por estas y otras razones más, aunque esta temporada vuelva a ligar por última vez un hit de Bob Abreu con el control del televisor en la mano, me decanto por el fútbol. Una pasión que nació de la mano del boom vinotinto y que espera llegar a su clímax en Rusia 2018.

¡Abajo el pesimismo!, por Hasler Iglesias

¿Cuántas veces en los últimos días nos hemos topado con personas que sólo hablan negativamente e incluso reclaman cuando se habla de cosas positivas -que aún subsisten- porque dicen que eso no es importante, que sólo hay que hablar de la crisis, de los problemas y del desorden?

Estamos viviendo una crisis, eso es indudable. Una crisis a todo nivel que se cierne sobre la economía y la política, pero también sobre nuestra dimensión humana y relacional.  Read More…

Así reseñó la prensa la entrega de Leopoldo

Hace un año Caracas estaba convulsionada. Reinaban la expectativa y la incertidumbre. Leopoldo López había anunciado, vía vídeo, que se entregaría a la justicia, y ríos de gente colmaban la avenida Francisco de Miranda para ser testigos de tal acontecimiento. Se pensaba que sería un punto de quiebre, que podría marcar un antes y un después, pero la realidad terminó siendo distinta. Un repaso de las portadas de los diarios que reseñaron lo sucedido ese día puede servir para reflexionar sobre lo que se esperaba y lo que finalmente pasó.

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El 7 recuperamos una oportunidad, no un país

Por Joseph Artiles – @joartilesl

Me da nauseas escuchar debates sobre qué candidato causa el llanto o la emoción de tanta o cuánta gente. La misma que me produce escuchar sobre el “furor” que siente la gente cuando se aproxima el nuevo salvador de la patria. ¡Basta!

Es hora de tomarnos en serio el futuro de nuestro país, de entender que nadie va a regalarnos la paz, si no estamos dispuestos a construirla nosotros; que no tendremos orden, si no respetamos todas las leyes, y no sólo las que nos convienen; que la apertura comienza por dejar de ver con asco (esa que noto en la cara de muchos amigos al ver a alguien de rojo) a quien no está de acuerdo con tus opiniones.

No tengo ninguna duda de que fue nuestra indulgencia la que permitió que el país llegara al estado en que hoy lo vemos: Fuimos nosotros quienes, repetidas veces, elegimos a Hugo Chávez. Fuimos nosotros quienes ignoramos el deber ciudadano en el 2005 por obedecer a un traste de político al que, además, aun hoy aplaudimos. También nosotros hemos aceptado burlas de todos los entes del gobierno no sólo por 14, sino por varios años más, sin tomar acciones. ¿Por miedo o flojera? ¿Acaso importa?. Así, con el mismo letargo, también pretendemos que, por elegir un nuevo presidente, el panorama de un giro de 180 grados, sin esfuerzo alguno.

Me pregunto si quienes dicen que el 7 de octubre “recuperaremos” un país de apertura, bondad, dignidad, paz, justicia, etc, creen que están votando por un semi-dios que nos traerá felicidad instantánea al ser electo, sin siquiera haber asumido la presidencia. Me da un poco de miedo pensar la decepción que vendrá el 10, 11 o 12 de octubre (o incluso en marzo ya con nuevo presidente), cuando amanezcan con la noticia de algún familiar muerto, la inflación por el cielo y el país quebrado.

“Todos quieren vivir en una gran nación, pero casi nadie está dispuesto a trabajar para construirla”. Estas palabras, que leí una vez de un amigo, se repiten hoy tormentosamente en mi cabeza. Ese parece ser el patrón de vida en Venezuela, donde anteponemos el amor y el maldito furor que nos hace sentir un presidente o un candidato, a la decisión racional que representa la elección de un primer mandatario. Un país en el que se escucha el orgullo detrás del “Amo a Capriles” y el “Amo a Chávez” por igual.

Por otra parte, me alegra saber que hay quienes están claros, sobre todo porque en este grupo está el candidato que me representa, que ha dicho en repetidas ocasiones que él no viene a salvar el mundo, que viene a construir un país con la ayuda del pueblo – entiéndase que sin esta el proyecto no tendrá vida–. Lástima que hay quienes se niegan a escucharlo, aun cuando lo apoyan.

Ya hemos tenido suficiente amor en nuestra política, a ver si ahora nos dan un poco de trabajo, de sudor, de esfuerzo, en fin, cosas con las que podamos (todos incluidos) empezar a construir la vida que queremos y así dejar de conformarnos con lo que hasta ahora nos hemos merecido: un par de regalos, una casa mal construida y un sueldo por aplaudir. Construyamos una política en la que los sentimientos tengan tanto valor como el color de piel. En el que nuestras decisiones no sean manipulables. Que nuestros dirigentes entiendan que los votos se ganan con trabajo, que el poder es una concesión que les damos por un rato y que, si no lo aprovechan para beneficiarnos, se lo podemos quitar igual de fácil.

Para esto, tenemos que comenzar a tomarnos en serio a nosotros mismos y dejar de poner en un altar a quienes no han sido beatificados ni por el sudor de una jornada de trabajo. Sin duda hay un camino. El primer paso en él lo damos este domingo, castigando al negar el voto a quienes no han cumplido, pero exigiendo al otorgárselo a quienes ahora deberán responder. Si no asumimos la responsabilidad, estaremos en la entrada de un camino que no podremos recorrer.

Votar no es para flojos

Por Roberto Echeto

Hay gente que no vota porque no le da la gana, porque lo ve como una pérdida de tiempo, porque le parece que se trata de una acción que legitima y le da poder a unos políticos que no están preparados ni quieren ni saben cómo mejorar las vidas de las personas, y, al final, por si fuera poco, terminan despilfarrando, cuando no robando o malversando, los dineros públicos.

Hay gente que no vota porque detesta pasarse horas en una cola, porque siente que no vale la pena el esfuerzo, porque prefiere concentrarse en sus propios asuntos, porque el día está muy bonito y no hay tráfico ni tumultos y sería bueno pasarlo en la playa o en casa de algún pana que haga una parrilla y la pasemos del carajo.

Hay gente que no vota porque dice que ningún candidato llena sus expectativas ni lo representa ni le gusta ni lo conoce ni sabe si está preparado para hacerlo bien o no.

Hay gente que no vota porque teme represalias si vota por quien en verdad quiere votar. Por eso se queda en su casa, echado en el sofá o en la cama, viendo series de acción o comedias donde la vida es sencilla.

Hay gente que no vota porque cree que entre el voto y la solución de las cuitas de un país no existe ninguna relación; que las elecciones son un trámite, una ceremonia absurda para entronizar políticos locos y bla, bla, bla, bla, bla…

Hay gente que no vota porque le incomoda tener que dejar constancia de sus convicciones políticas y ciudadanas.

(Todo hay que decirlo: hay gente a la que no le gusta desarrollar opiniones propias sobre política ni sobre ningún otro asunto).

Hay gente que no vota porque cree que se puede hacer política desde la abstención; en otras palabras: que la nada es buena para enfrentar las políticas de los gobernantes que no le gustan.

Votar les parece un ejercicio inútil a más personas de las que nos imaginamos. Son los indiferentes, los que no sienten el compromiso, los que creen que la democracia es un regalo o, peor, una exquisitez intangible que nada tiene que ver con sus vidas.

«¿Para qué voy a votar, si siempre es lo mismo?» es el lema de ésos que se hacen los locos y dejan pasar la oportunidad de participar en algo más importante que ellos mismos.

Estamos de acuerdo: votar no es la fiesta feliz de la que hablan los canales de televisión durante las jornadas electorales. Votar es un ejercicio de templanza que se concreta luego de sortear un sinfín de obstáculos y de absurdos que convierten en difícil todo lo que debería ser fácil.

Votar en nuestro país es una demostración de carácter.

Elegir a nuestros funcionarios públicos es un acto que exige responsabilidad, capacidad de abstracción y meditación, seriedad, rigor, un sentido de pertenencia, de civismo, de deber.

Y ya sabemos que no todo el mundo cultiva semejantes virtudes.

Votar no trata sobre sumarse al coro de fanáticos de un líder político ni sobre decidir qué candidato tiene la sonrisa más arrolladora.

Votar es un eslabón más en la construcción del equilibrio que permite que los distintos sectores de una sociedad interactúen, dialoguen y lleguen a acuerdos que les permitan elegir a sus gobernantes y crear condiciones para vivir en la decencia y prosperar en paz.

Por eso quien se sustrae a la discusión de los asuntos públicos, quien no participa de ninguna manera en los debates que se multiplican a su alrededor, erosiona su propia condición de ciudadano y le deja el camino abierto a cualquier tirano para que le robe su voz y comience a dictarle sus creencias, sus gustos, sus sueños, su vida y hasta su muerte.

Y lo peor es que lo hace feliz de la vida, convencido de su genialidad.

Texto cortesía del autor, publicado originalmente en su blog http://robertoecheto.blogspot.com/

Qué pasa cuando tu banda favorita se vuelve popular

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

El tío rockero siempre te echa este cuento: antes, para descubrir nueva música, había que esperar a que uno de tus panas viajara y se comprara los discos que, de regreso, pasaban de mano en mano como objetos de culto, como la evidencia efímera de un ruido emocionante, melódico y redentor. Conocer novedades no era tan fácil. Había que estar pendiente de la radio y de lo que pusiera el disc jokey. No estaba soundcloud para ser fanático de las grabaciones caseras de una banda en Portland que molesta hasta a los padres de los chamos pero que tú amas, tanto, que quisieras mandarles un cuatro de la colonia Tovar, para que completen su formación de banjo, sintetizador y xilófono.

Compartir música siempre ha sido complicidad. Cuando llega el momento de la vida en que uno deja de escuchar “de todo un poquito, de pana que a mí me gusta todo tipo de música, Bob Marley, Ricardo Arjona, Black Eyed Peas [¿todavía existen?]”, empezamos a tomar parte de los rituales. De ordenar con cuidadoso preciosismo la biblioteca del iTunes, de bajarte el EP completo de un artista para conocer verdaderamente su sonido. De reunirte para poner ese disco. Son ceremonias que asientan amistades y consolidan relaciones. Es música entre pecho y espalda, armonioso fanatismo, fruición del rock.

Encontrar una nueva banda no es completamente sencillo. Ahora todo el mundo tiene Internet. Pitchfork pasó de moda, pero la mayoría de tus panas lo revisa en secreto. Cada quien tiene su lista de blogs, sus twitteros patria o muerte. Hay demasiadas banditas. Y festivales. Y listas de discos, recopilaciones. Pero cada tanto ocurre el fogonazo: escuchaste un sencillo, viste el video que hicieron en la sala de su casa con gatos que toman té Darjeeling, o los panas tocan nada más guitarra y batería y suenan a ese punk de adolescente, a esa maldita fuerza vital a la que todos los grupos indie renunciaron por los corbatines, pantalones brinca pozos y pose ecologista. Coño. Esta es la banda.

Le pasas a un pana los links. Qué brutal. Y solo es el LP, cuatro canciones. De vez en cuando lees reviews de los tipos. Todos son laudatorios, sobre todo, de blogs que conservan un aura underground, sin descubrir, que jamás saldrían recomendados en una revista dominical. Si tienes la suerte de que están en tu ciudad, vas a los toques. Aunque lo mejor sería que eso no pasara. Este es otro tema, pero imaginemos que no forman parte de ningún circuito. Que las tres fanáticas locas que tienen son oscuras y están buenas, con pantalones rotos y mirada esquiva. Tripeas en ese concierto. Hacen un pogo triste en el que das coñazos como venganzas.

Después se va armando la catástrofe contradictoria. Porque pensaste: más personas deberían conocerlos, tienen un talento increíble. Pero te arrepientes. Porque las otras personas son un universo innoble. De eso te das cuenta de inmediato, cuando pasa la euforia del editor, la de Max Brod cuando creyó en los borradores inacabados de Kafka.

Las giras atraen cada vez a más gente. Los periodistas se vuelcan con tu mismo furor a escribir sobre ellos. Primero los que tú respetas. Dices: tengo oído para el futuro. En la radio de la BBC los encumbran. Les dan más presupuesto a sus videos, a sus experimentos conceptuales. Pero empiezas a sospechar cuando llega a otras manos menos afines. Se difunde tanto que escuchas al insoportable de la universidad echándoselas porque descubrió una banda arrechísima, guón. Entras en negación. ¿Cómo mi sensibilidad, tan trabajada en horas de escucha, navegación y lectura se va a parecer a la de este tipo? ¿Cómo coincidimos en esto? ¿Será que soy igual a él? Es un espejo distorsionado y deshonroso.

Para muchos, el peor miedo hipster se confirma. Es una puñalada amarga. Soy tan guevón para que me guste esa banda y soy el doble para que me deje de gustar ahora que todo el mundo la conoce. Es descubrir que tengo gustos pedestres, que no soy ningún Max Brod, que soy el tipo con corbata que vio la plata detrás del Código Da Vinci. Qué miedo al mercado. De pronto ocurre lo peor: los adolescentes la encuentran. Gritos incontrolados, conciertos masivos, MTV, Grammys. Salen a tocar con lentes de sol en un bar. El acabose. Y el espiral: soy tres veces imbécil, aquello sublime está manchado porque todo el mundo ahora dispone de lo mismo. Tengo los mismos gustos que ellos, soy una distopía socialista, todo igual, todo paupérrimo.

Dices de su primer disco: qué bueno, pero qué pendejo. Menos mal que el segundo es una mierda. Menos mal que en su otro video se vendieron.  Comienza el proceso de buscar argumentos para romper la relación. Para sepultar en una carpeta esos mp3 infames. Te pones a escuchar Sigur Rós. Los Rolling Stones. Apuestas seguras del pasado. Qué ladilla la moda. A buscar otra vez lo que hicieron los Flaming Lips en los ochenta. Y Youtube de nuevo. Y qué bolas que hasta en El Propio reseñaron el tercer disco de esos panas. Mi primita los oye. Van a dar un concierto en Bolivia. Le vendieron una canción a una propaganda de Graffiti y pegó. El vocalista se empató con Katy Perry. ¿Dónde quedó la arrechera contra el mundo, la indignación contestataria? La respuesta quizás no la encuentres nunca, amigo, solo no dejes que te llamen melómano, al menos hasta que pases los cuarenta.