Ponerle uniforme a la desnudez

Ponerle uniforme a la desnudez

Cuando nunca has tenido realmente un lugar adonde llegar, la experiencia de pasar unos días en una habitación prestada con vista a una ciudad extraña suele magnificar cada detalle en la memoria. Es difícil describir un lugar cuando no pasas más de un puñado de días en él. Estuve en Mérida una decena de veces por motivo de trabajo. La recuerdo como una gran avenida central rodeada de rincones en los que perderse. Como un mercado repleto de dulces abrillantados y camioncitos de madera. Como un aeropuerto urbano en el que cuentan que solo los pilotos más avezados pueden aterrizar. Como el milagro cada vez menos frecuente de amanecer ante un Pico Bolívar nevado. Como un recorrido en carretera desde El Vigía que, a ciertas horas de la tarde, entre riscos que todo el que ha subido montañas soñaría ascender, adquiere una iluminación majestuosa. Como el único verdadero ambiente de festival de cine que he vivido en Venezuela.

Asistí como periodista al Festival del Cine Venezolano de Mérida en un par de ocasiones, en 2009 y 2015. Nunca duraba lo que querías que durara: generalmente un trío de jornadas en las que tenías que correr de sala a sala en el complejo cinematográfico de un centro comercial para tratar de no perderte alguna de la veintena de películas en cartelera, haciendo cola junto con un montón de chamos universitarios –que, en esa ciudad andina, solían tender hacia la estética emo–, comiéndote una montaña de cotufas como si se te fuera la vida mientras una pantalla –como un partido de fútbol– te da una tregua inviolable de 90 minutos en un universo paralelo. Me suele dar escalofríos leer las noticias recientes sobre el colapso de los servicios públicos y pensar en todos los espacios de Mérida que saboreé como lobo solitario y que probablemente ya no existen.

Tampoco hay ya Festival, al menos no en 2019: para perpetuar el milagro de su supervivencia ininterrumpida desde 2005, se muda por primera vez al Trasnocho Cultural con 13 películas en competición. Un valioso préstamo que le hace Mérida a Caracas: cuídamelo, por favor.      

“El Festival de Mérida fue siempre nuestro Cannes surrealista. Una vez al año, estudiantes, productores y realizadores se trasladaban desde toda Venezuela para asistir masivamente a este encuentro. Las calles y las salas de cine se llenaban de fiesta”, me cuenta hoy la zuliana Patricia Ortega, directora de una de las mejores películas que vi en el Festival por el poderío de sus silencios: El Regreso, inspirada líricamente en una masacre real de habitantes originarios en La Guajira. “Allí, en la montaña, ocurría uno de los encuentros más extraordinarios entre nuestro cine y su público. Presentar tu película en ese festival era festejarla con el alma, sin importar sus imperfecciones. Ningún festival de Caracas ha logrado eso. Ahora esta edición, que lucha por sobrevivir como todos al apocalipsis, se muda a la capital. Lo apoyamos y entregamos nuestras películas como símbolo de resistencia. Sin embargo, el surrealismo se reduce a cóctel. La fiesta ya no es fiesta. No estamos todos. Muchos migraron, otros están a punto de partir y para otros tantos es imposible llegar al festival. Yo misma no podré asistir a la función de mi nueva película, Yo, imposible. La centralización de los recursos le roba la locura y la originalidad al festival”.

“Siempre fue la referencia para todos los festivales de su tipo que se pretendieron y que se pretendan celebrar en Venezuela”, ratifica Sergio Monsalve, que asistió como espectador, como crítico de cine y también como cineasta con el documental Jacinto Convit (2015). “Recuerdo sobre todo la última edición a la que asistí, en la que ya los organizadores intentaban sortear los efectos de la crisis. A pesar de lo accidentado que fue llegar hasta la ciudad, los participantes convivíamos en armonía en nuestros distintos roles”, agrega. “Mérida, siempre profundamente estudiantil, tenía la tradición de recibir a la comunidad cinematográfica de todo el país. Es imposible que se siga haciendo allí: no hay servicios, no hay infraestructura, tampoco hay dinero. Ahora cuenta, por el momento, con el invalorable apoyo del Trasnocho Cultural para seguir adelante”, dice el crítico Alfonso Molina, que ha participado como jurado y, desde la distancia de Bogotá, colabora con la organización.

“Es como si le pusieran un uniforme a alguien que siempre anduvo desnudo. Por el hermoso recuerdo desbocado y auténtico de sus ediciones anteriores, lo tomamos de la mano en estas circunstancias. Ayudándolo a sobrevivir. Con la esperanza de que retorne a sus andanzas, allá donde pertenece entre lagunas y sueños”, prosigue Patricia Ortega. Es difícil concebir a Mérida sin su Festival. Es difícil concebir el Festival sin estar rodeado de Mérida, sus montañas, sus silencios y sus estudiantes intensos. Es necesaria una intervención quirúrgica para que el paciente en terapia intensiva sobreviva en resistencia. Si crees en el cine como experiencia comunitaria, acércate al Trasnocho con el mismo respeto que profesas por lo que consideras sagrado.


Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

De cuando chalequeábamos a los colombianos

De cuando chalequeábamos a los colombianos

Mi primera Copa América como aficionado consciente del fútbol está marcada por un color mítico que probablemente es una falacia de mi memoria de niño miope e impresionable: el Amarillo Naranja, número 917 en la caja de Berol Prismacolor. Así recuerdo la parte superior del uniforme –las tetas de la sirena, en el código de las leyendas– de la selección de Colombia en el torneo de Argentina 1987. Hoy hay YouTube y hay Wikipedia, y me decepciona no encontrar ese uniforme por ninguna parte, solo un amarillo más profano y convencional (Canario #916). Quizás es un efecto visual provocado por el sudor o el agua de la lluvia en la equipación de marca Puma: nótese el ligero cambio de tono de la camiseta a medida que avanza el partido por el tercer puesto.

Aunque 1987 es la época en que los venezolanos nos disfrazamos como los pasteleros número uno de la Canarinha –siempre escuché de chamo muchos comentarios prejuiciosos sobre la presunta vanidad y antipatía de los argentinos, lo que quizás alimentó luego mi identificación por ellos por espíritu de contradicción–, el campeonato mundial ganado por la Argentina del mejor Diego Maradona en México 1986 resulta un acontecimiento trascendente no solo para el balompié sudamericano, sino, de rebote, para el venezolano.

Un ídolo que nos impulsa y nos hunde

Con el Mundial del 86, Argentina y Maradona pone el marcador de títulos históricos 7-5 a favor de nuestro subcontinente sobre Europa. Todavía no sabemos lo despreciable que puede llegar a ser un ídolo para un país martirizado por el fanatismo no deportivo.

Para el siempre precario fútbol de Venezuela, la fiebre de Maradona y del presumible Gol del Siglo da un empujón a dos iniciativas que entonces son muy importantes: RCTV compra al club Caracas FC y empieza a transmitir partidos de nuestra Primera División en televisión, algo entonces inimaginable; también en 1986 se estrenan los “Mundialitos” (énfasis en las comillas) de categoría infantil que se disputan a casa llena en el estadio Olímpico de la UCV, también con difusión de la TV, y de los que emergen jugadores como el guardameta Rafael Dudamel, actual director técnico de la Vinotinto.

La regularidad cronológica en la organización de la Copa América de fútbol ha sido como lo que somos con frecuencia los latinoamericanos: un hermoso bochinche. No tengo elementos contundentes para afirmarlo, pero creo que la apoteosis de la Religión Maradoniana en México 1986 también sirve de disparador a la que para mí es la mejor y más ordenada etapa del torneo continental: la que transcurre entre las ediciones de Argentina 1987 y Colombia 2001. Al menos durante 14 años, la Copa América se celebra religiosamente cada dos años y en una sede fija (entonces una novedad) rotada por orden alfabético. La cercanía entre certamen y certamen, sostengo, permite que las selecciones de Sudamérica tengan un roce competitivo más frecuente y puedan aproximarse al menos un poco al siempre más activo calendario europeo.

El Vinotinto más bonito que solo vieron mis ojos

Cuando se inaugura la Copa América de Argentina el sábado 27 de junio de 1987, soy un niño de 12 años recién cumplidos que escucha Mecano, descubre a Soda Stereo y está a punto de terminar el sexto grado de educación primaria en el colegio Santísima Trinidad –privado, pero de clase media baja, a mucha honra– en la parroquia San José, Caracas. Venezuela, con el que para mí es el color vinotinto más bonito de la historia, una especie de Cardenal 931 (creo que es otra falacia de mi memoria, porque en YouTube no le veo nada de extraordinario a lo que más bien parece el Caoba 937 de casi toda la vida), debuta al día siguiente y Brasil nos mete 5-0.

Con un resultado así todo resulta risible, pero la verdad es que en ese equipo dirigido por Walter “Cata” Roque están algunos jugadores que creo que no merecen el olvido: el guardameta César “Guacharaca” Baena, en algún momento en la mira del Las Palmas español –que entonces suena a Ítaca–, aunque el pase a Europa jamás se concreta; el formidable defensa central Pedro Acosta, luego vinculado a los deportes de resistencia y la gerencia de las canchas de La Guacamaya; el mediocampista Nelson Carrero, un abogado cascarrabias que en el futuro simpatizará con el chavismo; o el brillante delantero merideño Ildemaro Fernández, que según mi profesor de periodismo y comentarista de Venevisión en los Mundiales, Cristóbal Guerra, padece de una tara psicológica que le hace chorrearse literalmente en el elegante pantaloncillo blanco de la Vinotinto de entonces cada vez que le toca disputar un gran evento.

Apenas acaba de caer en mis manos un libro de mi hermano mayor que me inicia en las ciencias ocultas de la táctica: la numerología del 4-3-3 que poco a poco cede su espacio estelar en la moda ante el 4-4-2, para que luego el entrenador argentino Carlos Bilardo innove usando tres defensas centrales. Lo que conozco de fútbol hasta entonces son las selecciones que participan en los Mundiales: es la primera vez en mi vida que veo el color vinotinto y el falso amarillo naranja de Colombia. A Venezuela la eliminan casi de inmediato (pierde 3-1 con Chile dos días después y se despide de la primera ronda de tres grupos de tres equipos, de la que Uruguay está eximida hasta las semifinales, como monarca reinante de la edición de 1983). Y entonces queda el país de al lado: mi apertura a una nueva dimensión de diversión pura.

En 1987, en mi colegio y en muchas partes de Venezuela, la palabra colombiano es equivalente a un insulto. No exagero: entonces hemos recibido a numerosos inmigrantes de ese país, la mayoría de origen humilde, que huyen de la violencia de la guerrilla y de los carteles de droga. Como uno de mis amigos de sexto grado: Carlos Luis. Tiene aspecto de gochito: rechoncho, blanquito, cachetes gorditos y sonrosados y cabello muy liso y negro con la forma de una totuma. Extremadamente noble, callado, tímido y respetuoso. Permanente y estoico blanco de chalequeo y bullying en el salón por su “nacionalidad inferior”. Ir a Colombia, luego de la eliminación de Venezuela, se convierte en un asunto de honor: es mi tributo de solidaridad y despedida a Carlos Luis, al que jamás volveré a ver después de las próximas vacaciones.

René y Carlos, Carlos y René

Francisco “Pacho” Maturana recién ha agarrado las riendas de la selección de Colombia. Clasifica con el arco invicto en la primera fase con cuatro goles de un delantero de origen guajiro: Arnoldo Iguarán. Aquella alineación tiene un par de melenas rizadas de colores contrastantes cuyos dueños serán dos de los futbolistas más entretenidos que jamás veré sobre una cancha de fútbol: el portero René Higuita, célebre por sus expediciones lejos del arco que en el futuro le costarán una imborrable vergüenza en el peor escenario posible; y el mediocampista ofensivo Carlos “Pibe” Valderrama, de físico en extremo lento –casi a ritmo de trote–, de mente de una rapidez superdotada que le erige como uno de los mejores pasadores de balones de todos los tiempos, además de supremo administrador de los ritmos de sus equipos.

La Argentina de Maradona y Brasil tienen una Copa América deslucida: la anfitriona se despide en semifinales ante la Uruguay de Enzo “Príncipe” Francescoli, el ídolo del quinceañero de origen argelino Zinedine Zidane, a la postre campeona con el mínimo esfuerzo. Colombia, el once de juego más vistoso del torneo, queda tercera, da el primer golpe psicológico a la Albiceleste seis años antes del 0-5 de la eliminatoria de Estados Unidos 1994 en el Monumental de Buenos Aires –acontecimiento equivalente al ataque de Pearl Harbor en el imaginario del país sureño– y deja una impresión tan memorable que un célebre dúo pop local elegirá su nombre bajo la inspiración del camiseta 10 de zarcillos de colmillos, medias caídas y rulos teñidos de amarillo chillón como la peluca de un payaso diabólico: Ilya Kuryaki and the Valderramas.

De aquí sale el núcleo que clasifica al Mundial de Italia 1990 y le empata 1-1 a Alemania con un gol en tiempo añadido de Freddy Rincón: la celebración futbolística más impresionante que he sentido jamás en Venezuela. Literalmente, un movimiento sísmico entre la numerosa colonia colombiana que todavía entonces nos acompaña como un cuerpo para muchos patógeno y amenazante.

Recuerdo la palmada de orgullo que le doy a Carlos Luis en la espalda al lunes siguiente a la victoria de Colombia sobre Argentina en la Copa América 1987: por primera vez, que yo sepa, su país no es noticia por el narcotráfico y la violencia del Cartel de Medellín. Los pases del “Pibe” Valderrama hacen olvidar los pases de cocaína por cortesía del capo Pablo Escobar.

Solo espero que en esta Copa América Brasil 2019, en algún colegio colombiano, alguien le dé una palmada a un refugiado venezolano si la Vinotinto llega a ganar al menos un partido.


Por Alexis Correia | @alexiscorreia

la vinotinto huele a política

La Vinotinto huele a política

Imagina a la Vinotinto jugando un partido de la próxima Eliminatoria mundialista de fútbol en Lima, una ciudad en la que dos tercios de sus pobladores evalúa como negativa la inmigración de casi un millón de venezolanos: sería fácil escuchar cánticos que te dolerían en los oídos. Imagina una fecha FIFA en nuestro territorio que se suspende por apagón generalizado o un llamado a sublevación militar (ya han ocurrido al menos dos episodios similares este año en competencias de clubes).

O quizá dos aficiones que se unen para corear juntas contra la dictadura en un Colombia-Venezuela de la Copa América 2020 en Barranquilla, con diputados exiliados en el palco de honor. Prepárate, Rafael Dudamel: quizá vas a tener que poner varias veces tu cargo a la orden en el ciclo mundialista para Qatar 2022.

Quizá te decepcionaré: en las próximas líneas voy a escribir más de lo extradeportivo que de lo deportivo. “Estamos navegando en aguas muy turbias. Se ha politizado todo y soy el director técnico de una selección del país entero”, declaró el seleccionador Dudamel luego de un amistoso memorable (Venezuela-Argentina en Madrid, con visita incluida del representante diplomático en España de Juan Guaidó).

Defíneme política. Apelo por lo más simple: el diccionario de la Academia de la Lengua: “Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos”. O sea, todo lo que implique dejar de estar echado rascándome el ombligo en mi cama. Salir a la calle e interactuar con otras personas es ya, a mi modo de ver, el inicio de un acto político. El que se declara “antipolítico” es un mentiroso que construye de entrada un oxímoron. Por eso lamento decírtelo, si es que piensas lo contrario: el deporte nunca será un territorio políticamente neutro. “Concebir al atleta como castrado político es una visión hipócrita”, me refrenda Ignacio Ávalos, quizás el principal sociólogo del deporte en Venezuela.

Una identidad fragmentada

El elemento político ha estado presente en los cinco ciclos mundialistas previos que han coincidido con los 20 años de esa plaga bíblica llamada chavismo. Voy a contar algo que te sonará sacrílego: después de que vi a Hugo Chávez, Evo Morales y Diego Maradona en la inauguración de la Copa América 2007 en San Cristóbal, nunca sentí demasiadas ganas de que la Vinotinto progresara mucho en ese torneo. Y eso a pesar de que la entrenaba Richard Páez, quizá mi seleccionador venezolano favorito de todos los tiempos (junto con el recién fallecido Carlos Horacio Moreno), por su preferencia por el juego de posesión y su convicción de que el crecimiento deportivo de Venezuela pasaba por la confianza psicológica en que no somos menos que nadie en la Conmebol, aunque hoy quedamos como el único de sus 10 miembros que nunca ha cantado el himno en un Mundial.

Foto: Cortesía

Temía que Chávez se apropiara de cualquier actuación exitosa de un equipo que salía con dos defensas laterales de vértigo como Héctor “Turbo” González y Jorge “Zurdo” Rojas. Espero haber sido el único venezolano que andaba ligando para atrás. Siempre me he preguntado si es posible que tu identidad nacional llegue a fragmentarse tanto que dejes de apoyar a tu propia selección de fútbol.

Estoy convencido de que Qatar 2022 será el ciclo más politizado de nuestra historia futbolística y empequeñecerá cualquier contexto extradeportivo que hayamos presenciado hasta ahora. Al menos hasta el momento en que tecleo esta línea, desde hace cuatro meses vivimos una situación inédita no solo en Venezuela, sino en el planeta, con un gobernante ilegítimo de facto y otro reconocido por más de 50 países que permanece libre en medio de una virtual aniquilación del Parlamento.

Será la primera eliminatoria mundialista completa que jugaremos en medio (o con las secuelas vivas) de una hiperinflación declarada en noviembre de 2017: sí, la política económica es también una decisión política. Además de una emergencia humanitaria compleja que, según la ONU, provocará que casi 5,5 millones de compatriotas hayan huido del país a finales de año: casi 75% de ellos regados en naciones contra las que jugaremos partidos oficiales de fútbol. Lamento si te arruino la ilusión de un escape de la realidad durante 90 minutos: es ingenuo pensar que nada de eso gravitará dentro y fuera de la cancha.

Pedro Infante, ministro de Juventud y Deporte del poder usurpador, es vicepresidente de la Federación Venezolana de Fútbol que sancionó a los capitanes de las oncenas que en Maracaibo se negaron a jugar un partido normal en medio de un apagón nacional (la sede de la final de la Copa América 2007, por cierto, es hoy una ciudad distópica). Por lo que se vio en el amistoso en Madrid y se nota en sus redes sociales, la mayoría de los jugadores más experimentados del plantel está en contra de la dictadura. Rafael Dudamel, que criticó públicamente a Maduro durante las protestas de 2017, ahora juega al acróbata, guardándose las espaldas ante cualquier caída de la cuerda floja.

“La manera en que Dudamel manejó la situación en el amistoso en Madrid no fue bien vista por varios de los ‘pesos pesados’ de la Vinotinto, lo sé de fuente directa. Ese episodio puede marcar su relación con los jugadores, que no se sintieron respaldados”, sopesa el periodista, escritor y comentarista Daniel Chapela. “La posición del seleccionador fue ambigua. Lo que declaró a los medios no se pareció a lo que pasó. Antonio Ecarri –representante de Guaidó– visitó el camerino sin protocolo previo, pero no fue mal recibido por Dudamel. El órdago que se lanzó al poner su cargo a la orden fue una manera de salvar su pescuezo y limpiar su posición, pues su sueldo sigue saliendo de la FVF. Dudamel sabe encima de qué poder político está sentado. De todos modos, es un técnico con personalidad y ascendencia sobre muchos muchachos jóvenes que se formaron con él y lo respetan mucho. Si el grupo le compra su idea y encadena varios resultados positivos como la victoria de preparación ante Argentina, la Vinotinto podría crecerse sobre todo en un torneo corto, donde tendrá más opciones que en una eliminatoria larga. Si los resultados no aparecen, saldrán a la luz todos esos problemas”, agrega.

El Mundial de Qatar 2022 se disputará finalmente con 32 naciones, las 10 selecciones de la Conmebol (la confederación de Sudamérica) competirán por cuatro cupos directos más otro con la alcabala de un repechaje casi siempre accesible contra algún rival de Asia, Oceanía o la América de Panamá hacia arriba. ¿Llegaremos a la fecha 18 con vida? “Es inevitable hablar de la Vinotinto y no pensar en escuadras nacionales de la ex Unión Soviética o la ex Yugoslavia, cuyos planteles estaban pegados con teipe”, desconfía Jovan Pulgarín, analista del portal Prodavinci hoy residenciado en Medellín.

“La situación política interna de Venezuela es muy distinta a esos dos ejemplos, pero nos parecemos en que no hay identificación alguna entre los que ejecutan en la cancha y el ente que los agrupa. Un tema aparentemente trivial como la marca del uniforme muestra que no hay ambiente armónico jugadores-FVF. El tema económico es otro componente explosivo: habrá dificultades en la Federación para conseguir patrocinantes, juegos de preparación y probablemente pagar premios. Espero que no estalle un conflicto en plena competencia. Cruzo los dedos para que los jugadores estén concentrados en lo deportivo. En cuanto a la afición, me cuesta imaginar a un habitante de Maracaibo, por decir algo, adhiriéndose al sueño de ir a nuestro primer Mundial cuando antes tiene que aliviar muchas otras carencias urgentes”, finaliza.

El ejército de los caminantes

Chapela admite que la diáspora que camina por América Latina introduce un elemento novedoso y único: “Ningún país de Sudamérica ha tenido quizá tantos migrantes en otros miembros de Conmebol como Venezuela en este momento. Lo veremos sobre todo cuando la Vinotinto juegue en Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Argentina: no tengo ninguna duda de que nuestros compatriotas van a hacerse sentir. Va a haber mucha gente cerca del hotel de la concentración del equipo e intentando hacer llegar mensajes. Será inversamente proporcional a los pocos enviados que tendrán nuestros medios de comunicación”.

El periodista zuliano Humberto Perozo será uno de los que probablemente lo verá solo por televisión, pero tiende al optimismo: “La presión o el estímulo serán mayores con la gran cantidad de venezolanos presentes en todos los escenarios. Ojalá puedan aprovechar el apoyo. Será un reto mantener lejana la controversia en cualquier partido. Si en el vestuario hay respeto por la figura del entrenador, el equipo puede estar enfocado en jugar, sea cual la posición sobre temas políticos”.

De la época de Richard Páez, las cuñas de Polar, la canción de Caramelos de Cianuro y los Minitintos, recuerdo que estábamos en plena bonanza petrolera (como periodista, llegué a cubrir juegos de la Vinotinto en el exterior) y que bastantes jugadores le sonreían a la intolerancia dicharachera de Chávez, o al menos se hacían los locos. Aunque pocos se declaraban abiertamente como militantes, con algunas excepciones. No los juzgo en retrospectiva: pasar agachado es parte del Kamasutra de la condición humana.    

Rafael Dudamel. Foto: Prensa Vinotinto

“La magnitud del desmadre actual es tal que es imposible la no-politización”, sentencia rotundamente el sociólogo Ignacio Ávalos. “El antropólogo estadounidense Ralph Linton decía que no somos ángeles caídos, sino antropoides erguidos: la idealización del deportista como un ser moralmente superior al resto de la actividad humana es una estupidez. ¿Cómo puedes pedir a los jugadores que no hagan manifestaciones de desacuerdo con la destrucción del tejido social y el aparato productivo de Venezuela? Cuando sales a la cancha no puedes dejar del todo atrás los problemas que padecen tus familiares. Los estadios de Santiago, Lima, Quito o Buenos Aires también serán plataformas de la inevitable protesta política de nuestra diáspora. ¿Qué hacen esos venezolanos con los afectos que dejaron en su país? Nunca podrán reprimir por completo el rencor o la tristeza. En mi opinión, Rafael Dudamel tiene que acompañar a jugadores y aficionados en sus expresiones”.

Vivo en un país que pasa por algo nunca vivido en otra parte –quizás uno de los modelos más refinados de destrucción no bélica de la historia de la humanidad–, más allá de bastantes similitudes con procesos como el de Cuba, y que quizá ningún otro terrícola vivirá. Me dispongo a presenciar un ciclo clasificatorio que será también, probablemente, irrepetible. No soy muy optimista sobre un cupo en Qatar 2022 ni espero demasiada piedad alrededor del rectángulo verde. Habrá seguro muchos insultos de “muertos de hambre”, chistes sexistas, pancartas furtivas censuradas por la FIFA cuyos mensajes contra Maduro crecerán en desesperanza si el despertar democrático de 2019 no encuentra desahogo. ¿O acaso veremos una primavera venezolana en pleno premundial, que se corone con un Gloria al Bravo Pueblo más glorioso que nunca en la Navidad de 2022?

Hagan cotufas. No sé ustedes, pero espero esta Eliminatoria más que el capítulo final de Game of Thrones, y creo que presenciaré una apasionante clase magistral del deporte como inevitable hecho político.


Por Alexis Correia | @alexiscorreia

bella y sin quirófano

Bella y sin quirófano

Una chica de rasgos asiáticos se asoma a la sala de espera y pregunta: ¿Aquí es el casting? Sí, aquí mismo es. ¿Trajiste traje de baño? Pasa, anota tus datos, puedes cambiarte en el cuarto que está al fondo.

A los dos minutos aparece de nuevo ella, la candidata número uno, en tacones y con un bikini que deja claro que su cuerpo de veinte años no ha sido moldeado por cirugía plástica alguna. Mide más de un metro setenta, sus senos son discretos, su piel, canela clara; los ojos seguramente son herencia de un abuelo filipino, y tiene una actitud de mujer que no necesita accesorios para que le lancen piropos.

Párate en el centro, le indica Gloria Chacón, la directora de este casting.

En la habitación sólo estamos Kelly Martínez (la chica uno), Gloria, el camarógrafo, un televisor donde se proyecta la imagen de la modelo, una mesa, una silla y yo.

Ok, así es –dirige Gloria–. Vamos. Sonriendo a cámara. Muestra tus perfiles. Ajá, derecha, de frente, izquierda. Mira a la cámara. Expresión de alegría. Vamos, espontánea, fresca. Chica sexy, divina. Así es, sin exagerar. Pícara, ajá, da unas vueltas. Ahora te vas a poner de espaldas con tus manos hacia atrás. Piernas junticas. Levanta los brazos (el camarógrafo ahora hace un paneo del cuerpo de arriba abajo). Voltea, ajá. Sonríe. Muuuyyyy bien. Estamos listos.

—Tengo familia asiática, de Tailandia: mi bisabuelo –precisa Kelly Martínez–. Mi madre es colombiana; mi padre, de Barinas. Hago modelaje desde hace tres años y no me ha ido mal con mis características físicas. Este medio es muy artificial, todo es fabricado, se exige un patrón de cuerpo perfecto. La publicidad hace que uno quiera cambiar. Tengo muchas amigas que se han operado. Yo me quiero dedicar a desfiles de alta costura, y muchos fotógrafos y diseñadores me dicen que me quede así.

La aspirante número dos espera afuera mientras Kelly se cambia. No hace falta verla en traje de baño para constatar que tiene los senos operados. Son demasiado rígidos, redondos, como trazados con compás: dos globos perfectos de cuatrocientos o quinientos centímetros cúbicos cada uno. En bikini, luce tan despampanante como las chicas que posan junto a la cerveza en las vallas de la autopista.

Vamos, sonriendo a cámara –le indica Gloria–. Ajá, de espaldas, levanta los brazos. Una vuelta. Otra vuelta, más espontánea. Okey, listo.

La modelo no lo sabe, pero la meta real de este casting es calibrar la posible existencia, en un mundo que se nutre de la belleza y de la imagen, de mujeres a las que nunca les hayan practicado cirugía estética. Antes de conocer el desenlace de esta historia, pensaba que iba a ser dificilísimo que aparecieran, en respuesta a la convocatoria para posar en la portada de una revista, modelos “naturales” y al mismo tiempo esculturales, con cuerpos puntaje diez sobre diez. Especulé: seguro aparecen sólo chicas operadas, pues hoy en día en Venezuela (en Caracas, sobre todo) una hermosa sin cirugías es la excepción a la regla.

Gloria Chacón, que es veterana en el negocio, con más de treinta años dirigiendo castings, accedió a apoyarnos en este experimento para determinar cuántas atenderían a un llamado así. Dos días antes, envió la convocatoria a cuanta agencia de talentos y modelos conoce: se buscan modelos de dieciocho a veinticinco años, frescas, espontáneas, con buen cuerpo, para portada de revista y reportaje desplegado.

Frente al estudio donde se desarrolla el casting funciona una oficina de la que entran y salen mujeres de todas las edades cada cinco minutos. Me explican que se trata de un consultorio de medicina estética y que casi siempre desfilan por allí más mujeres que las que acuden a un llamado para un comercial de bebida gaseosa famosa. Suelen salir con labios exagerados, con los pómulos o la frente estirados, con copa treinta y seis B, glúteos nuevos, abdomen reducido. Las filas son tan largas que bajan hasta el primer piso y llegan a la avenida Francisco de Miranda, dice el asistente de Gloria, William Almeida.

Una joven con altura de modelo toca el timbre del consultorio y entreabre la puerta. No, el casting de Marcapasos es ahí al frente, le dicen. Se le escucha decir gracias mientras camina hacia acá. Se anota en la lista. Su nombre es Isis Malpica, de la agencia Bookings, la misma que representa a Kelly Martínez. Ya lleva puesto el bikini bajo la ropa, así que se desviste sin pudor en la sala de espera. Guarda sus zapatos de goma y se calza unos tacones de aguja.

Okey. Disfruta con la cámara. Así, divertida, fresca. Saca el pompis y pon las piernas juntas. Una vuelta y termina en una pose. Excelente.

El lente captura bien su nariz aguileña, la cabellera de Rapunzel, su altura espigada y los movimientos de surfista.

—Crecí en Margarita –dice Isis Malpica–. Siempre he hecho surf. Yo sé que aquí en Venezuela vende más una prótesis que una chica natural, pero no me importa. Estoy en contra de eso, ni siquiera me he pintado el cabello. Es difícil la competencia, lo sé, pero si se quiere ser modelo internacional es mejor no operarse. Empecé a modelar hace cinco años (tiene veinte) y me va muy bien así. Combino la carrera con mis estudios de Derecho en la universidad. ¿Qué pasará cuando la moda de las lolas operadas pase? Llegará el momento en que se cotizarán más las mujeres naturales, ¿no crees?

Ya son las cuatro de la tarde y sólo han venido seis aspirantes. Mañana vendrán más, ya verás, jura Gloria Chacón. Dice que se acaba de enterar de que hicieron hoy otro casting donde el cliente paga diez mil bolívares fuertes a la que quede seleccionada. Mañana nos irá mejor, promete.

El consultorio de enfrente sigue concurrido. Ninguna de las clientas se asoma ni por error a este estudio. Hoy es un día atípico para Gloria, por la poca concurrencia. En otros castings convocados aquí para anuncios de cerveza o de refrescos, han acudido en masa jóvenes “explotadas” (a veces cien por día), como les dicen a las que tienen prótesis muy voluptuosas y caderas de barloventeña.

—La imagen de la belleza venezolana se ha vuelto muy artificial –comenta la veterana directora–. La mayoría de las mujeres tienen el mismo perfil, se ven todas iguales, es un mismo patrón de belleza. Recuerdo que en los años ochenta el canon era la mujer natural, la chica Belmont. Ahora vivimos la moda de las prótesis. Pareciera que la venezolana ha perdido naturalidad y la confianza en sí misma. Pero siento que el estereotipo de la miss está cansando a las agencias y a los clientes. Hemos hecho casting para diseñadores de modas y ha sido casi imposible conseguir modelos con cuerpos sin cirugías, como suelen buscarse en los desfiles internacionales. Pienso que ya se está viendo una tendencia en la moda, y más lento en la publicidad, de buscar mujeres naturales. Porque eso es lo exótico ahora.

La chica número siete tiene una figura de Barbie de un metro setenta y pico. Desde hace un rato está sentada, revisando sus mensajitos de texto. El asistente de Gloria Chacón la reconoce enseguida. ¿Te llamas Andreína Vilacha, cierto? Estuviste en el Miss Venezuela 2006, te recuerdo clarito.

Ella asiente y sonríe.

—Aprendí muchas cosas en ese concurso –cuenta–. Maquillaje, pasarela. Ellos buscan mujeres muy recargadas, que se maquillen mucho, que tengan un cuerpo estilizado. Es pura fantasía. Un año antes de concursar me operé los senos. No tenía nada y era muy coqueta, quería verme mejor con las camisas y trabajé como loca para pagar la operación. En el Miss Venezuela no exigen que te operes, sólo aconsejan cirugía si quieres figurar más.

Maye Brandt en la ronda de preguntas del Miss Venezuela 1980. Foto: Cortesía

Gloria le dice que pase y se muestre en bikini. Comienza todo una vez más:

Bien. Colócate en el centro. Ya sabes cómo es. Tus perfiles, mirando a cámara. Eso es. Ahora las expresiones: fresca, natural, divertida, sensual. Una vuelta, ajá. Listo.

Mientras Andreína Vilacha vuelve a vestirse, recuerdo una cifra que leí hace poco: en este país, de las sesenta mil cirugías plásticas que se practican al año en promedio desde 2006, casi cuarenta mil son implantes mamarios. La Sociedad Venezolana de Cirugía Plástica, Reconstructiva, Estética y Maxilofacial hace estos cálculos de acuerdo con la información suministrada por sus casi cuatrocientos cirujanos afiliados. Pero si se sumaran las intervenciones hechas por cosmetólogos, enfermeros o esteticistas que se atreven a colocar implantes o aun a modelar una nariz, esa cifra se dispararía hasta la estratósfera.

El presidente de esa sociedad, Antonio del Reguero, está alarmado por la proliferación de “intrusos” en el campo de la cirugía estética, debido a la cantidad de riesgos y posibles complicaciones que implica el ser operado por alguien sin la experticia adecuada.

La exconcursante de Miss Venezuela sale del estudio comentando que ella no está de acuerdo con las quinceañeras que piden unas lolas de regalo. Tampoco aprueba que algunas mujeres con senos naturales, de copa treinta y dos o treinta y cuatro, se operen para que su busto adopte forma de prótesis, sólo porque esa forma está de moda. Eso es absurdo, no es correcto forzar las cosas hasta los extremos, critica.

El cirujano Del Reguero aporta un dato interesante: la cirugía mamaria es un fenómeno que en los últimos dos años ha explotado hacia niveles nunca vistos. De hecho, hace tres o cinco, la liposucción era la operación con mayor demanda. Hay mujeres que insisten –dice– en que se les coloquen prótesis de un tamaño nada acorde con su fisonomía, y hay que explicarles que el cuerpo humano tiene límites, que una silicona de más de cuatrocientos centímetros cúbicos puede causar deformidad en la columna, por decir lo menos. Otras mujeres, comenta, exigen implantes cuando sólo podrían requerir una suspensión mamaria; y cuando el médico se niega a intervenir, entonces acuden a los locales que ofertan mejoras estéticas.

Gloria Chacón ve que el reloj marca las cinco y media de la tarde y apaga la cámara. Propone cerrar el casting por hoy, augura que el segundo día será más exitoso. El esteticista del consultorio de enfrente también se desocupó, pero prefiere no emitir comentarios sobre su trabajo. Evade la conversación con excusas varias y se despide, nervioso.

El segundo día de casting amanece más concurrido, como había predicho su directora. La sala de espera se llena ahora de muchachas que responden a los cánones de la belleza mestiza venezolana, esa que crece silvestre y sin intervención de cirujano.

Todas las mujeres aquí sueñan con ser como una miss Venezuela, comenta una de las chicas en voz alta. Sí, pero todas están operadas, le responde otra (y yo rápidamente pienso en otro dato leído: en el certamen de 2005, veintisiete de las veintiocho concursantes se colocaron prótesis mamarias). La conversación sigue su curso: …y en las pasarelas de Europa buscan chicas naturales, sin tanta protuberancia, añade la que hablaba. Yo no me voy a operar sólo por estar en ese concurso o para hacer comerciales, asegura una que está por pasar al casting. Fíjate, yo siento que di un paso para verme mejor físicamente cuando me operé las lolas –replica otra–, la cirugía es buena si se utiliza para un beneficio.

El culto a la hermosura siempre ha existido. No sólo en Venezuela, país famoso porque ha logrado coronar a cinco Miss Universo. Cada cultura ha establecido su propia definición de la belleza, que, según varios autores, es lo que resulta agradable a los sentidos y causa placer. Y lo que se cataloga como bello aquí, no necesariamente lo es en otro continente.

Entre las primeras referencias importantes de ese culto en una mujer, resalta el nombre de Friné, la musa de Praxíteles. En la antigua Grecia, hacia los años trescientos cuarenta antes de Cristo, posó ella numerosas veces para sus esculturas de Afrodita, la diosa del amor y la belleza en la mitología griega. Pero ese patrón cambia en cada época, y las evidencias han quedado bien plasmadas en el arte desde los tiempos de las pinturas rupestres hasta ahora.

El filósofo italiano Umberto Eco ha analizado estas distintas visiones. En su libro Historia de la belleza dice que en la actualidad resulta difícil identificar un ideal específico de lo hermoso, debido a que en esta era predomina “la orgía de la tolerancia, al sincretismo total, al absoluto e imparable politeísmo de la belleza”. El autor plantea que nos instalamos en una esquizofrenia, porque lo que estaba de moda ayer, no lo está hoy. “Corriendo a toda prisa tras las efímeras bellezas impuestas por las modas, somos más esclavos que en el Renacimiento, cuando la gente sólo se fijaba en la cara”.

Lo corrobora en cierta forma Gloria Chacón, a las puertas de este estudio, cuando asoma de repente y llama con prisa a la siguiente candidata, la número diecisiete. Sí, ya anoté sus datos, todas están en la lista, asegura su asistente.

A través de la pared se escucha: mirando a cámara, tus perfiles, de frente, izquierda, derecha, muy bien, listo.

En la variedad está el gusto, reza el dicho. Al hacer un paneo de las chicas en esta sala de espera, pienso en lo diversos que somos, en cómo nos marca nuestro entorno, en cómo una cultura –y los medios de comunicación y la publicidad– moldea nuestras preferencias estéticas. En algunos pueblos del norte de Indochina, entre Birmania y Tailandia, por ejemplo, la belleza se mide por el número de aros que la mujer tiene alrededor del cuello (las llaman mujeres-jirafa). Hay tribus africanas donde los senos flácidos y caídos hasta la cintura son símbolo de belleza femenina. En la India, el uso de tatuajes representa la hermosura en una mujer, y en China honran los pies pequeños y atrofiados.

En cuanto a Venezuela, el parámetro de las mises ya no está tan en boga, por la cantidad de críticas que ha recibido el certamen: como dice el cirujano plástico Jaime Chacón, la calle está generando su propio patrón de belleza. Quizá sea un combate aún no decidido, pues la publicidad sigue vendiendo senos grandes y rígidos (es decir, siliconas de copa treinta y seis), glúteos prominentes, rasgos perfectamente simétricos y cintura pequeña, ahora sólo con labios gruesos y cabello largo y liso. Pero muy pocas buscan ya parecerse al prototipo de la miss Venezuela, asegura el médico.

Las “mujeres jirafa” de Tailandia. Foto: Antonio Domínguez | El País

En los años sesenta y setenta, refiere, sí era ese un modelo valedero, porque eran mises naturales (la primera concursante que se sometió a cirugía plástica fue Maritza Pineda, en 1975). La “fábrica de mujeres”, como llama él al certamen de belleza, impuso años después un canon: extremadamente delgada, por lo que las mamas operadas sobresalen mucho y se ven muy artificiales.

“La mujer venezolana es hiperatractiva, ha manipulado la belleza”, explica el cirujano. “Algunas llegan a consulta y exigen: Doctor, las quiero de quinientos o seiscientos centímetros cúbicos y que salgan desde aquí (desde el esternón). Les muestro fotos de modelos hermosas con senos naturales de distintos tamaños y me dicen: ¡Ay, no, doctor!, no quiero tetas así de caídas. No entienden que esa forma del seno no existe en la naturaleza. La anatomía del cuerpo femenino no es así (un redondo impecable), sino así (un seno con forma de copa de Martini). El arte –continúa Chacón–, ha representado a la mujer con mamas perfectas, pero son venus inalcanzables, idílicas. Las mujeres reales son distintas. Aquí quieren parecerse a una moda, están buscando una belleza que es ficticia y no tienen conciencia de que una cirugía mamaria es para toda la vida. Yo me niego a operar a pacientes cuando piden algo antinatura. Creo en algo que llamo la cirugía verde, y somos varios los cirujanos convencidos de que debemos promover operaciones que mantengan el equilibrio y la armonía del cuerpo humano. Una intervención con resultados lo más naturales posibles”.

Diversos estudios coinciden en esta cifra: más del ochenta por ciento de las mujeres occidentales se sienten insatisfechas con su cuerpo. Chacón y sus colegas calculan que el uno por ciento de las mujeres venezolanas portan prótesis mamarias (ciento veinte mil mujeres, aproximadamente). Otras miles –no hay estadísticas precisas todavía– se han operado la nariz, el mentón, los párpados, los glúteos, se han hecho el lifting, la liposucción. Venezuela figura, junto con Brasil y Estados Unidos, entre los países donde hay más mujeres dispuestas a hacerse cirugía plástica.

Faltan dos horas para que termine este segundo y último día de casting. El consultorio de enfrente está igual que ayer, repleto de gente. Acaba de llegar una mujer altísima, blanca como la sal, cabello castaño claro, ojos rubios y un cuerpo como los que se ven en las calles lujosas de Amsterdam. Pero Kristina de Munter no es holandesa sino de ascendencia alemana. Cuenta que modela desde los catorce años (lo que quiere decir que lleva seis años en esto) y que en varios castings le han sugerido que se ponga prótesis.

—Me siento rara porque soy de las pocas modelos que quedan sin operarse –dice con acento caraqueño–. Yo no quiero hacerlo, me siento cómoda como soy.

Ella todavía no se ha enterado de que esta misma semana comenzó la convocatoria para un concurso de modelaje (Ford Supermodel Venezuela) que exige como primer requisito aspirantes sin cirugías plásticas. El desfile será en octubre y el evento pretende promover así la belleza natural y saludable. La organización no gubernamental Senosayuda, que figura entre los patrocinantes, quiere aprovechar la ocasión para difundir un mensaje: antes de ponerte prótesis, hazte un examen para despistaje de cáncer de mamas.

Algunas agencias de modelos también están promoviendo el estilo de belleza natural. Ese es el sello internacional, argumenta Maylen Henríquez, de la agencia Bookings. “Buscamos exportar chicas con tipologías variadas. Les decimos que no se operen, que no se saquen las cejas, que no se pinten el pelo, porque así van a triunfar afuera. Pienso que el patrón está cambiando poco a poco, de lo artificial a lo natural. Estamos viendo que las jóvenes de catorce años que llegan a la agencia dicen ahora que no quieren operarse. Eso no pasaba hace tres años”.

La agencia King Model aplica una estrategia similar. Su gerente, Israel Barriga, piensa que el mercado de aquí está siguiendo la pauta internacional, que favorece la imagen de la mujer saludable, natural. La moda de la mujer exuberante, explotada, ya no está pagando tanto, dice.

Quedan unas pocas muchachas en la sala de espera. ¿Quién es esa morena allí sentada? ¿Viene al casting?

Sí. Su nombre es Miladys Tarrá, tiene diecinueve años y viene de King Model. Por favor, ponte el traje de baño. Gloria Chacón la hace pasar:

Coloca el número bajo la barbilla, para que se vea el veintidós. Dame una gran sonrisa, mucha frescura, ajá. Mirada pícara, coqueta. Una vuelta con naturalidad. Otra. Así es. Ahora voltéate. Última vuelta. Perfecto.

—Sí, lo juro, estos senos son míos. ¿No parecen? Debe ser la forma del sostén –jura Mileidys Tarra–. Mis glúteos también son míos. El año pasado, los concursos de modelos exigían que una se operara y en algún momento lo consideré. La competencia es demasiado fuerte, porque te recalcan que si no estás operada o súper maquillada no eres nadie. Este año he participado en varios concursos y están buscando chicas sin prótesis. Mis medidas están fuera del prototipo de las mises (ochenta y cinco, sesenta y dos, noventa y dos) y, aun así, las cosas se me están dando bien. De manera que seguiré siendo natural.

Llega el momento de la selección de la chica que saldrá en esta portada. David Maris, el fotógrafo, propone escoger no a una, sino a tres que no estén operadas, pues así podremos mostrar la diversidad de la belleza natural venezolana. La mujer mestiza.

La idea es genial, así que retrocedemos la cinta y el jurado (conformado por Gloria Chacón, David Maris, la directora de arte de esta revista, Victoria Araujo, y la asesora de imagen y mercadeo, Kiki Pertíñez) procede con sus criterios implacables, lapidarios. Una conclusión interesante de este casting es que la mayoría de las que atendieron el llamado no tienen cirugías plásticas. De las veintidós modelos enviadas por las agencias Bookings, King Models, L’Altro Uomo, Niñitos y Top Talent, sólo cinco tenían prótesis mamarias o la nariz intervenida.

Delibera, pues, el jurado: no, esta está muy flaca. Le hacen falta unos kilitos, vamos a recomendarle un médico. Esta tampoco, está operada. Kelly me gusta, representa bien el mestizaje, anótala. Yo voto por Isis: tiene algo increíble, es una chama con mucha naturalidad, puede ser una de las de portada. Lo único es su nariz, pero como dice el diseñador de moda Roberto Cavalli, la belleza de la mujer está en sus imperfecciones. Esta tiene cara de niña, es la propia imagen de la criollita. Ella tiene todo operado, más plástica no puede ser. Esta, nada que ver: es linda, pero me aburre. La alemana es bellísima, mejor que un éxito bailable. Mira esta negra, es espectacular. ¿Cómo es que se llama, Mileidys? Parecen lolas operadas, están paraditas, son perfectas. Hay que confirmar bien con ella si son naturales. Si no, no puede ir en portada. Anótala también.

Y quedan así ellas, las tres. Las tres bellezas naturales y perfectas y venezolanas: Kelly Martínez, Isis Malpica y Mileidys Tarra. Las que anuncian, según todos esperamos, el desbarrancamiento pronto y justo y necesario de las siliconas.


Por Liza López | @lizalopezv

*Texto publicado por primera vez en 2008, en la revista Marcapasos.

pijamada

Sin juicios, sin culpa y sin drama

I

Tendríamos entre once y doce años, un estuche con todos los discos pirateados de RBD y una alta resistencia al sueño. El apartamento del papá de Michelle, en La Yerbera, estaba en remodelación. Tenía una buena vista de San Agustín desde las ventanas de la cocina y mucho suelo libre en la sala para acurrucarse a echar cuentos.

En esa época comprar un paquete de salchichas no implicaba sacrificar diez salarios mínimos y una podía sentirse como la versión criolla de Junior MasterChef mientras esperaba, sin supervisión de un adulto, que las unidades flotaran en el agua hervida. Las pijamas no eran lo más importante, pero sí la excusa perfecta para apropiarse de la noche, desahogar intimidades, volverse tribu.

Convertir el hogar en un “cosmos”, como diría Bachelard.

II

Tres cosas que no hay en una pijamada de niñas: juicios, culpa, (casi) drama. Ingrid Serrano Duque balancea la copa de vino mientras enumera estos aspectos. Trae puesta una franela gris con una cita que reza: “Las madres regalamos alas para volar”. En unos minutos regresará a la tarima para continuar con el cronograma del evento. La plataforma es un híbrido entre un living y un dormitorio (sillas con sábanas, una mesita de té con un florero, una guitarra, una escalera con portarretratos). El equipo de producción quiere que las invitadas se sientan como en casa.

—Se trata de crear un espacio para consentirnos, para nutrirnos con otras mujeres–  prosigue Ingrid.

La de este sábado es la tercera edición de La Pijamada en formato para adultas. Y la primera en la que Serrano y los organizadores –auspiciados por Bajo el Árbol– apuntan a un público femenino más amplio. En otras oportunidades, la actividad puso el foco en las madres (“Pijamada mala mamá”) y los aciertos, vicisitudes y quiebres de la maternidad. Hoy extienden el espectro hacia otros temas: la soltería, los estereotipos, el mentado empoderamiento femenino, los “manifiestos” de la mujer, los hombres. El escenario se alterna con las participaciones de Nathaly Ordaz, Rita Príncipe y Maga Díaz –mención especial a Pata Medina en la selección del repertorio musical– cada una con la intención expresa de comunicar que las mujeres no tienen por ley universal que reñir las unas con las otras, que se puede sintonizar una misma frecuencia, manifestar empatía hacia las demás. Lograr la relación afectiva y horizontal de una manada.   

En el jardín se ven mujeres con pantuflas, pijamas largas, pijamas cortas. El sol de las cuatro hace que algunas se abaniquen el pecho con la mano. Están solas o en compañía de amigas y familiares. Hay quienes se sostienen la barriga cuando ríen y ríen y ríen.  

—Yo soy una virgen de la pijamada –dice María Fernanda.

Su comentario me devuelve al recuerdo en La Yerbera. A la noche y el recipiente con sal. Al grupo de niñas emocionadas que esparce el contenido del envase para formar un círculo y una estrella, porque alguna de ellas escuchó que ese era el ritual para “invocar” a una bruja. Y la bruja nunca aparecerá, pero quedará el vínculo, el sabor del momento cómplice.    

María Fernanda no se cambió –aunque la invitación de Bajo el Árbol indicaba el uso de pijamas o ropa cómoda–, permanece sentada sobre la grama con un atuendo informal. Faltar al código de vestimenta, sin embargo, no la excluye de la pijamada. Lo sé porque los efectos del ambiente (íntimo, distendido, vital) se le reflejan en el rostro.

La experiencia de la pijamada nunca llega tarde. Un preámbulo, quizá, son las famosas visitas al baño en parejas. Por espacio de cinco o diez minutos –dependiendo de la extensión de la fila en el servicio–, las mujeres consumen por cápsulas los impactos cotidianos en la vida de la otra. La conversación fluye en cuatro puntos: son ellas versus sus versiones en el espejo. La brevedad de estos encuentros es lo que supone la diferencia última con la pijamada.

Lo femenino busca las grietas.

III

Presten atención, les voy a contar cómo ser una princesa Disney. Primero: debes tener actitud de que te dejaron varada en plena redoma de Petare. Segundo: la canción, no puede faltar la canción. Tercero: risa estúpida. Cuarto: mirada al horizonte como si vieras a Chávez ardiendo en la quinta paila del infierno; intensa, proyectada. Quinto: vuelta marica. Sexto: final increíble.  

Nathaly Ordaz le sube el volumen al hecho histriónico. Los desastres del país están en mute. En este momento, uno puede hablar del especial de TVes sobre el brownie de caraota, y reírse. Puede pensar en el elemento más importante de la casa, señalar –sin ápice de duda– que es la nevera y, acto seguido, decir: “Y al que deje que se me deshiele un hielo (sic), lo mato”; y reírse. Uno también puede ser un personaje. En la pijamada, las licencias para asumir otra identidad aplican igual que en un carnaval. Y en esta pijamada Amor Propio –como bautizaron al evento– más de una apuesta por una princesa Disney: cinco votos para Mérida (Brave), otros seis para Elsa (reina, lesbiana, soprano superpoderosa de Frozen), tres votos para Mulán (porque los clásicos se respetan).

Al menos la mitad de las asistentes a la jornada tiene hijos. Raquel, que se incorpora de su lugar para participar en una rifa, es mamá de dos varones. “Me estoy enterando hoy de quien es Elsa”, dice. Pero va a estar bien: ya conoce los seis pasos para princesear.

La clave está en saber cuándo darle la vuelta marica a la vida.

IV      

Esta reunión es, tal vez, la tercera fase de la presentación en sociedad: entre el bautismo y la fiesta de quince años está la pijamada. Hay jerarquías (quien pone la casa, pone las reglas de la velada), se estrenan los roles del anfitrión y se asimilan las actitudes aceptadas por el colectivo en un contexto aparentemente sin restricciones. Este último punto ha sido fuente de preocupación para algunos padres, quienes consideran que el tipo de interacción social que involucra una pijama party puede ser perjudicial para sus hijas.

El recelo es comprensible: ¿cuál es en realidad el objetivo de esta fiesta? ¿de dónde provino? Es posible que la costumbre se extendiera desde la cultura anglosajona (el famoso sleepover). En cuanto a su “objetivo” creo que Edward M. Eveld da en el clavo con la expresión “rito de transición”. La pijamada es un largo corredor emocional del que no salimos de la misma manera. Incluso el hecho de que la noche sea –en su mayoría– una característica principal de estos encuentros resulta simbólico: la noche borra los límites físicos, los fusiona en la oscurana, y así facilita el descenso de la psique hacia nuestra propia interioridad. Una vez allí todo es polifonía: mi voz es también la de las otras y viceversa.  

Norma tuvo tres abortos y un divorcio. Es odontóloga. Ha podido mantener a sus dos hijos con su profesión.

Patricia está en sus veintes, estudia Medicina. Un día encontró a un bebé en una bolsa de plástico abandonada en la clínica donde realiza sus prácticas. No le permitieron adoptar al niño pero hoy es su madrina.

En una ocasión, Lilia Carrera compartió con sus sobrinas la receta de su masa de hojaldre. Con ella resolvieron los pasapalos de una fiesta infantil y luego emprendieron un negocio –La Tías– que acaba de cumplir 23 años haciendo el “mejor tequeño de Venezuela”.  

Siempre hay una historia que nos conecta en la pijamada. Y Pata Medina le pone fondo musical. Luego de escuchar a Norma y a Patricia le da play a Brújula, de Gaélica. Antes ha hecho un recorrido por Coldplay, The Killers, Rita Ora, Imagine Dragons, Halsey, Madonna, Maroon 5. El playlist se lo dictan las sensaciones en la atmósfera.

La música funciona como los primeros aromas de la infancia: existen canciones que nos remiten a un instante del pasado y lo perpetúan tantas veces como pulsemos el repeat.

Llegó la noche en Caracas. Ingrid y su equipo despiden el evento y se toman las fotos de rigor. Aprovecho la pausa, antes de que el Sonero Clásico del Caribe suba a la tarima, para consultar impresiones con algunas de las asistentes.

Laura, por ejemplo, echó de menos hablar de sexo, de masturbación femenina, de tabúes sociales. No quiere hijos, está segura de eso. Adriana, sentada a su lado, coincide con ella pero agrega que es necesario ser tolerantes con los temas del otro.

Eso también es ser tribu.

En otras caras la satisfacción es palpable. Algunas mujeres acuden a los baños para cambiarse las pijamas por un conjunto de vestir. Otras van directo a los brazos de sus parejas. Es la segunda fase de la actividad: las puertas de la quinta se abren para dar paso a los hombres. La invitación es a bailar toda la noche.    

Terminó el rito de transición y ahora todos celebran.  

Lo más importante de las pijamadas es, precisamente, lo que viene después.

Por Natasha Rangel | @coyoteDventanas


Endgame

Vivir Endgame en un Estado fallido

Una computadora guindada un viernes a las diez de la mañana en una taquilla de cine. Un par de empleadas desorientadas y desmotivadas, sobre las que no puedo dejar de preguntarme qué habrán desayunado o cómo se habrán transportado desde sus casas hasta aquí.

Un comprobante de compra por Internet en la pantalla de mi smartphone, luego de tres horas de combate de madrugada –lo mismo que durará la película– con mi conexión, la página web de Cinex y el límite de mi tarjeta de crédito, que ya no alcanza para dos empanadas, pero sí para una entrada en el Centro Lido. Luego de lucir mi mejor máscara posible de desesperación, con él me dejan pasar directo a una sala de 150 puestos en la que no hay nadie rompiendo los boletos, para una función subtitulada a las 10:20 am. a la que solo asistirán seis espectadores.

Un combo pequeño de cotufa y Pepsi equivalente a dos tercios del sueldo mínimo mensual para la fecha, y cuya cafeína no me sirve para evitar que el cansancio acumulado por tantos tigres me doblegue la vista durante un puñado de escenas en la superproducción de Hollywood más esperada del año, y quizá de todos los tiempos. Sí, soy un hazmerreír histórico.

No todo el mundo vivió igual el estreno más taquillero de los anales del cine en Caracas, la capital de un Estado fallido que, a pesar de la hiperinflación, la crisis de electricidad y servicios públicos, la emergencia humanitaria compleja y la curiosidad de tener un presidente de facto y otro legítimo –cuatro días después, el segundo de ellos llamó a la población a unirse a una sublevación militar casi sin militares–, también se plegó el pasado viernes 26 de abril a la fiebre global para ver Endgame, la cuarta entrega –y el cierre de la saga de superhéroes– de Avengers.  

“No pudimos comprar las entradas ni en preventa, ni para el día siguiente del estreno. Las páginas estuvieron colapsadas toda la semana”, me cuenta Yimmi Eduardo Castillo, padre de familia y uno de los community managers más reputados de la ciudad. “Sí conseguimos para el día domingo [28 de abril] en Cinex El Recreo. Llegamos medio en la raya y pasó lo que más temíamos: una cola larga para imprimir las entradas compradas por Internet. No nos dio tiempo ni para las cotufas. Al entrar, ya la función había comenzado. Una de las cosas que más me impresionó fue la disposición del público a interactuar con la película: todos gritaban, reían, lloraban, le decían cosas a la pantalla en voz alta. Parecía, en lugar de una sala de cine, la sala de una casa con toda una gran familia. El momento cómico fue cuando mi hija de cuatro años de edad, en una de las escenas de la batalla final, gritó: ‘Thanos es peor que Maduro’. Media sala resonó con la carcajada colectiva”, agrega.

El 26 de abril hubo proyecciones de Endgame en Caracas incluso a las 7:00 am. “Toda la feria del centro comercial El Recreo estaba llena, como tenía años sin verla”, relata uno de mis mejores amigos. En 1994, el Cinex Lido se estrenó con el par de salas de cine con mejor sistema de sonido de Venezuela. Asistí a su primera función, una película sobre Beethoven (Amada inmortal), y mandé a callar a dos doñas en la fila de atrás porque cometieron el sacrilegio de no parar de hablar paja ni siquiera durante la sonata para piano número 14. Hoy, el Lido es un bodrio semidesierto: tanto el cine como el centro comercial. Supongo que los fans serios hicieron cola o apartaron entradas para ver a los Avengers en malls un poco menos decadentes como el Líder, el San Ignacio, el Tolón o el Millennium.

Los que participamos aquel fin de semana en esa enajenación colectiva nos sentimos un poco como los que vemos a Messi y Cristiano Ronaldo jugando fútbol en una misma época: fuimos testigos de algo que quizá solo ocurrirá una vez en nuestro tiempo de vida. Endgame rompió el récord del estreno global más taquillero de la historia, sacándole casi el doble al anterior: precisamente Infinity War (2018), la tercera entrega de Avengers, sin la que es imposible entender el barbarazo que pasó por un país que parece necesitar a Hulk, Thor, Iron-Man y sobre todo al Capitán América para resolver 20 años de dictadura y pérdida progresiva de casi todas las libertades y los bienestares.     

La velocidad era crucial: había que meterse el puñal de tres horas de vengadores antes de que algún malparido difundiera el desenlace en alguna plataforma digital. Lo que llaman en inglés spoilers. Por supuesto, todos sabíamos que los buenos al final ganarían. Lo que nadie quería perderse era el cómo demonios ocurriría. ¿Es éticamente perdonable el furor por Endgame en un país en el que, según Naciones Unidas, un tercio de la población necesita ayuda humanitaria urgente?, se preguntaron algunos Catones Censores en redes sociales. Solo encuentro una explicación para la existencia de esas almas desorientadas: no vieron ese ejercicio de crueldad infinita que representó el final de Infinity War.

Thanos. Imagen cortesía de Antena 3.

Un gigante morado, supuestamente el villano más poderoso que ha conocido universo, desaparecía a la mitad de los seres vivos con un chasquido de dedos como el de Eladio Lárez en Quién Quiere Ser Millonario. Las escenas más perturbadoras del tal Thanos son aquellas en las que sujeta con sus enormes pero muy bien cuidadas manos las cabezas de alguno de los vengadores. En teoría, podría aplastarlas y matar de una vez la culebra, pero uno de los códigos del cine de superhéroes que nunca comprende la gente excesivamente madura es que el villano, de forma absurda, siempre deja vivo al superhéroe. Han ocurrido cosas parecidas en la política venezolana contemporánea.

“Somos nueve amigos, todos del colegio El Ángel, más el hermano de una amiga”, relata Cristian Quintero, liceísta de 16 años. “Desde el día que empezaron a vender la entradas, el 22 de abril, intentamos comprarlas. Ese día salimos temprano, a las 10:00 am., debido a un consejo de profesores, y fuimos a Galería Los Naranjos y al Líder, pero las entradas se habían agotado. Al día siguiente, a las 9:30 am. del 23 de abril, estábamos en clase de Soberanía y desde varios celulares intentábamos comprar las entradas. Estábamos muy estresados pero decidimos intentarlo por enésima vez. A las 11:30 am. nos apareció el código QR junto con la confirmación de la compra: en clase de Historia, gritamos de alegría y nos abrazamos debido a que íbamos a ver la película el día del estreno”.

“Conseguimos entradas para la función de las 12:35 m. del 26 de abril en el Sambil, con el detalle de que ese día salíamos al mediodía”, agrega el liceísta de cuarto año. “Tuvimos que hablar con la profesora guía y decirle la verdad. Al principio, ella se negó, pero le explicamos lo importante que era para nosotros y que ya habíamos pagado por esas entradas. Después de 45 minutos, tras hablar con el director, nos dijo que sí. Comienza la película y no podíamos creer que estábamos ahí. Todos reímos, gritamos, lloramos, fue una experiencia inolvidable. Estoy seguro de que hablaremos de esto en unos 30 o 40 años”.

No me considero un fan 100% serio de lo que se conoce como el “Universo Cinemático Marvel”: solo he visto 16 de las 22 películas (73%) de la franquicia cinematográfica, que arrancó en 2008 con la primera Iron-Man. Soy un adulto bastante manganzón que podría pasar por el papá de Cristian. No debería creer ya en posibilidad alguna de que Hulk venga a Venezuela y batuquee una tanqueta de la Guardia Nacional. Pero esas 16 experiencias forman una parte importante de mi patrimonio cultural y emocional. Sí, llámame infantiloide: el universo Marvel me ha servido de refugio en los años del chavismo.

Hubo un momento de 2017 en que estaba prácticamente desempleado y, por algún prodigio de la Capitana Marvel la diosa laica y malencarada del panteón de Stan Lee, que podría simbolizar el colapso de los monoteísmos patriarcales llegaron a mis manos diez pases de cortesía de Cinex. Los empleé todos en ver diez veces Spider-Man: Homecoming (2017), quizá mi película favorita del Universo Marvel. La escena del ascensor en el obelisco de Washington materializa las fantasías machistas de “jevo-rescata-jeva” que todos los hombres hemos tenido.

El Hombre Araña representa el superpoder no tanto de la fuerza, sino de la flexibilidad, y por eso es un héroe para todos los que hemos intentado hacer yoga. No obstante, si me piden un vengador favorito escojo a Thor, porque tiene el cabello largo, o al menos lo tuvo en algún momento, y yo crecí en la época del hair metal. El sentido del humor del actor Chris Hemsworth me recuerda al de uno de mis mejores amigos y es quizás el personaje del Universo Marvel que ha sufrido más transformaciones físicas, pérdidas materiales y duelos afectivos, a pesar de que es el dios nórdico del trueno y, por tanto, teóricamente imposible de matar.

Soy un venezolano que antes veía muchas películas (hasta diez DVD en un fin de semana, e incluso tuve un intento fracasado de convertirme en empresario de quemaítos) y ahora debe trabajar siete días para alimentar una familia de tres. Me convertí en alguien que últimamente se ha desplazado a un cine casi solamente para ver los estrenos del Universo Marvel, como muchos de los espectadores actuales. Como egresado de una universidad, sé más o menos de historia del séptimo arte, y jamás diré que alguna de esas 22 películas está entre las mejores de todos los tiempos desde un punto de vista artístico. Esto se trata de otra cosa: de generar fidelidad a través de una camaradería de viejos conocidos que viven aventuras nuevas. Un acontecimiento social por entregas, como Betty La Fea. Confieso que caí redondito en la trampa de marketing: es impecable. Por eso, en general, prefiero al capitalismo que al socialismo: te engaña de frente.

El 26 de abril hubo proyecciones de Endgame en Caracas incluso a las 7:00 am. Foto: Efecto Cocuyo

Robert Downey Jr. es uno de los actores más famosos de nuestra generación y además tiene una historia de redención personal irrepetible. Cuando lo veías haciendo un más bien blandengue Charles Chaplin en 1992 (entonces tenía 27 años y todavía no había sido arrestado varias veces por posesión de drogas), tendrías que haber esnifado coca para imaginártelo como estrella del género de superhéroes. Cultura general para ti, millennial y centennial: en las telenovelas venezolanas también tuvimos nuestro Iron-Man, y nada menos que en VTV.

“Vi la película el lunes popular después del estreno, cansada de haber hecho cola en un Mercal toda la mañana bajo una pepa de sol, para encontrarme una sala full de gente y sin aire acondicionado”, cuenta Andreína Gutiérrez, una madre de familia. “Pero yo amé la película. Siento que casi me cambió la vida. Yo quiero hacer lo mismo que hizo el Capitán América”.

¿Y qué hizo Capitán América? ¿Provocar el esperado quiebre dentro de las Fuerzas Armadas? No te lo puedo contar. Si te sobran unos churupos para darte un gusto, te diría que te acerques a ver la última entrega (por ahora) de Avengers. Incluso si no te gusta el cine de superhéroes –y aunque Infinity War me haya parecido bastante más memorable–, te sentirás parte de una cultura global, de algo único, como Lionel Messi metiéndole su gol 600 de tiro libre al Liverpool. Incluso aunque estés atrapado en la Venezuela de 2019, sin posibilidad de emigrar a través de uno de los portales espacio-temporales del Doctor Strange o de viajar al pasado en una escala cuántica como el Hombre Hormiga para hacer que Diosdado cause un poco menos de daño como guachimán de escuela en Monagas.

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia

Escasez de música, festivales y espectáculos

Por años Venezuela fue el apeadero favorito de las bandas y músicos más reconocidos a nivel internacional. Asimismo, los artistas nacionales que estaban más pegados también tenían la oportunidad de tocar en vivo y hacerse sentir en la tierra en la que nacieron. Hoy, sin festivales ni eventos gracias a eso que llamamos crisis, los exponentes internacionales no se presentan aquí.

Entre la década de los 70 y los 90 fueron muchos los artistas y agrupaciones que pisaron escenarios venezolanos. Queen –liderado por el excéntrico Freddie Mercury–, Tina Turner, The Jackson Five, entre otros. Incluso en la primera década de los 2000 era habitual que artistas como Olga Tañón, Shakira y Marc Anthony vinieran a llenar conciertos.

Pero, a partir del año 2012, la realidad cambió.

Cada vez fueron menos los artistas que nos visitaron, hasta llegar al punto en el que Venezuela se borró del mapa. Un país que pasó de ser mentado por su opulencia a ser la referencia occidental de la pobreza y la inseguridad dejó de ser un sitio atractivo y rentable.

La escasez no solo se reflejó en comida y medicinas: también en música y esparcimiento.

Unos que desaparecieron y otros que intentan sobrevivir

¿Quién no se vaciló un toque en la plaza Alfredo Sadel con lo panas? ¿Quién no se dejó llevar por la euforia en un toque de metal en la Plaza Diego Ibarra y pogueó hasta el cansancio? Para los caraqueños, era habitual formar parte de un circuito de espectáculos musicales que, si bien tenía repercusión en todo el país, llegaba a su cénit en los distintos espacios de la capital.

Son cosas que también se han visto fracturadas con esta situación: tradición, esparcimiento, cultura y música.

“Voy a toques desde los 14 años, más o menos, y siempre recuerdo que lo que más me atraía era el ambiente que se sentía. Era algo distinto. Eran sitios de comunión en el que hasta el más nuevo en la movida se integraba”, me dice Jesús Corona, seguidor de la movida del rock caraqueño que tuvo bastante fuerza entre los años 2010 y 2014.

En el portal web Paltoque.com se reseña una lista de 10 festivales nacionales que dijeron adiós a los escenarios. Cabe destacar que la mayoría de ellos estaban ligados al género del rock y otros subgéneros como el metal. Según la reseña, Experiencia Roja fue un evento que concentraba bandas por el estilo y se llevó a cabo en el Poliedro de Caracas y en la base aérea de la Carlota. Su última edición fue en 1998. Otros eventos fueron los Ciclos de Viernes Rebeldes, cuyo último toque se realizó en el año 2014; y el WTFest, que se despidió en el 2011.

A pesar de estos antecedentes tan desalentadores, aún la industria sigue dando patadas de ahogado para hacer cosas con los pocos recursos que tienen.

El Festival Nuevas Bandas todavía se mantiene en pie a pesar de la crisis. De la mano de la fundación que lleva el mismo nombre, y Félix Allueva, su director, se han encargado desde el año 91 de impulsar a las bandas jóvenes. Un cuantioso número de las que hoy están consolidadas salieron de este festival: Caramelos de Cianuro, Viniloversus, La vida Bohème, Okills, Candy 66, Charliepapa, y la lista continua.

“En el 2018, de hecho, el Festival Nuevas Bandas estuvo a punto de no hacerse y mágicamente al final se pudo lograr a través de ciertas alianzas con gente como Amnistía Internacional. Al final todos pusimos un granito de arena y la cosa salió. Hubo algunos años en los que realmente fue difícil realizarlo por falta de presupuesto. En el año 2007, en el 2011 y en el año 2016”, dice Alejandro Férnandez, jefe de prensa de la Fundación.

Asimismo, comenta que la mayoría del presupuesto que se utiliza para organizar el festival proviene de empresas privadas como Polar, Flips y Movistar. “No recibimos ningún tipo de subsidio por parte del Gobierno, sólo hemos recibido apoyo del gobierno Municipal de Chacao que siempre nos sede sus espacios para que montemos el festival”.

Otro que está afanado en no desaparecer es el Union Rock Show. Este festival fue creado en el año 2008 por Mariliz Bettiol y Daniele Nocera, y consiste básicamente en integrar, en varios ciclos de conciertos, a artista de la movida rock y la movida hip hop de todo el país.

En 2017, Daniele Nocera declaró a Caraota Digital lo siguiente:

“En estos momentos es complicado que las empresas desembolsen tanto dinero. Con todo y la falta de patrocinantes, quisimos hacer el Festival para agradecer lo que nos ha dado el rock venezolano. Ahora más que nunca, con todo y la crisis, queremos seguir ayudando. Estamos haciendo este gran esfuerzo para devolverle al público un poco de lo que nos ha dado”.

Antes el evento se realizaba cada año sin falta. Ahora, lo hacen cuando pueden.

Las tarimas también escasean

La consecuencia de esto es un poco obvia: gran parte de de los músicos que hacen vida el país se han quedado prácticamente sin tarimas.

“Es necesario tocar en diferentes escenarios, en diferentes circuitos que con el tiempo se han visto afectados por la situación del país, pues muchos locales han cerrado”, dice Rafael Antolinez Junior, músico venezolano integrante de la banda de rock Le cinéma (ganadora del Festival Nuevas Bandas 2017).

Opina también que a pesar de la crisis es increíble que todavía se estén haciendo buenos shows en los que el público asista masivamente. Para él, esto sucede porque la gente quiere ver algo y distraerse un poco. Dos ejemplos ocurrieron en el 2018, con la primera edición del Paix Fest y con Desorden Público tocando en la Concha Acústica de Bello Monte; banda icónica que, por cierto, cada vez tiene más conciertos fuera del país que dentro.

Precisamente, ese es uno de los grandes dramas de los que se quejan varios artistas nacionales consolidados: la necesidad de tocar en el extranjero para poder vivir de su arte. El país se volvió cada vez más hostil, impío y agresivo para toda forma de creación y esparcimiento. En la tierra en la que alguna vez había tantos festivales como papel tualé en los supermercados, ahora cuesta tanto encontrar espacios para la distracción como limpiarse después de ir al baño.

Pero no son pocos quienes resisten. Mientras haya una tarima con sonido, existirá la esperanza de volver a vivir algo parecido a una época que, aunque no lo parece, no es tan lejana.

Por Khevin Fagúndez  | @Khev_trece

Remesas: un respirador artificial

El país se hizo portátil. Más de tres millones de venezolanos se lo han llevado consigo a distintas latitudes, según cifras de migración de la ONU. El éxodo es inocultable, y, en contraste a la cantidad de gente que se va, el número de divisas que ingresan al país por concepto de remesas ha aumentado proporcionalmente. Muchos de esos emigrantes buscan trabajar de inmediato en sus nuevas latitudes, no solo para sobrevivir, sino para enviar algo de dinero a los familiares que permanecen en el país. Con ese monto, que al cambio en bolívares puede resultar muy superior a un sueldo mínimo, quienes lo reciben pueden todavía subsistir, y es así cómo las remesas acaban amortiguando la crisis económica y social que atraviesa Venezuela.

Producto de una hiperinflación que se acrecienta más, los salarios en el país no solo resultan insuficientes, sino que pierden poder adquisitivo con el pasar de cada día. Ante esto, las remesas aparecen como un imperioso complemento que les permite a muchos jóvenes estudiar, a familias alimentarse y a comercios mantenerse.

Oxígeno para la economía

Presentadas como un “salvavidas” a medida que recrudece la crisis, las remesas son un nuevo elemento incorporado a la realidad venezolana. Según datos del Banco Mundial, la cifra de ingresos al país por este concepto viene aumentando paulatinamente desde 2012, cuando se ubicó en 118 millones de dólares, hasta llegar a los 293 millones registrados en  2017.

No obstante, esa cantidad difiere y por mucho con respecto a otras mediciones, como la realizada por el Fondo Monetario Internacional, según se cita en un informe de Ecoanalítica, que la ubicó entre los 1.000 y 1.500 millones de dólares para ese mismo año. Y difiere también con los datos del Banco de Desarrollo de América Latina, según el cual ingresaron más de 2.000 millones de dólares en remesas durante 2017.

Para 2018, el monto total no quedó rezagado, pues según un estudio realizado por la propia Ecoanalítica, las remesas podrían haber alcanzado los 2.400 millones de dólares. Es indudable que el peso de ese dinero se va asentando en el país, aunque para el director de Econométrica, Henkel García, el total sigue siendo bajo. “Venezuela tiene una economía que necesita anualmente cerca de 1.000 dólares en importaciones por habitante. Hablamos de 30.000 millones de dólares al año. El monto actual representa unos 2.000 millones; es apenas una décima parte”, señala.

A juicio de García, el ingreso de remesas puede aumentar exponencialmente, pero su utilización es lo que marcará su grado de utilidad para el país. “Si su peso para los requerimientos de la economía sigue siendo bajo, habrá que ponerlas en su debida proporción. Lo que sí pueden hacer es una diferencia tremenda a nivel de las familias que las reciben”, acota.

Es ahí donde radica justamente la importancia de las remesas, pues les permite a muchas familias hacer frente a las vicisitudes diarias. Además, con las consecuentes transacciones y gastos, ese dinero extra termina moviendo la economía, o por lo menos haciendo que mantenga algo de ritmo dentro de la prolongada recesión que experimenta desde hace años, y que llevó a que en 2016 se reconociera la crisis con un decreto de emergencia.

En dicha crisis, marcada por la inflación más alta del mundo, el desabastecimiento y la caída del sector petrolero, las remesas vienen entonces a representar un tanque de oxígeno para que la economía siga operando, tal como señala el economista y colaborador de Cedice Libertad, Oscar Torrealba. “Las remesas se están convirtiendo en la segunda fuente de divisas del país”, indica. Lo que, a su juicio, denota dos cosas: “que la crisis se está agudizando y que la economía está estancada, pero también que hay muchos venezolanos productivos afuera”.

Con una economía estancada y una crisis que se agudiza, el panorama para quienes permanecen en el país presenta condiciones poco humanas. En esa resistencia, muchos venezolanos ven un apoyo fundamental en el dinero que les envían familiares desde el extranjero, sin el cual les resultaría casi imposible subsistir.

Amortiguadoras de la sociedad

 

Inflación en dólares. Cortesía: Ecoanalítica.

Las remesas permiten a muchos venezolanos mitigar de cierto modo los embates económicos. No pueden ser el único ingreso para sobrevivir, debido a que la inflación también consume ya el valor de los dólares, como señala Asdrubal Oliveros, director de la firma Ecoanalítica, pero sí pueden ser complementos fundamentales, mayores a los sueldos.

Daniela Buitrago pasa sus días entre la UCV, donde estudia Comunicación Social, y su trabajo. Su familia sufrió en 2018 la ida de su padre a Medellín, quien ahora les manda remesas. Ese dinero resulta fundamental para su subsistencia, según señala, porque le permite seguir estudiando sin tener que recurrir a un segundo trabajo. “Podríamos sobrevivir sin la remesa, pero sería muchísimo más trabajoso: mi mamá tendría que trabajar más, y yo tendría que trabajar más, porque con sueldos mínimos no es posible. La remesa supera ese monto, y estar sin eso sería complicarse más”, indica.

Aunque en su casa las remesas van destinadas a la compra de alimentos y a los imponderables del hogar, agrega también que gracias a estas tuvieron oportunidad de ir al cine en una ocasión, dejando ver con ello otro de los usos que pueden darse a ese dinero, como lo son las actividades de entretenimiento y recreación.

Esta otra destinación es más visible con Angélica Guarenas, madre de familia que trabaja como coordinadora de Permisología y Desarrollo de Nuevos Productos en la empresa Chocolates San José, además de ser profesora de postgrado en la UCV. Su familia recibe remesas desde principios de 2018, provenientes de su pareja, quien emigró a Chile a inicios de 2018. Aunque ese dinero no le resulta esencial porque cuenta con un salario que le permite cubrir las necesidades básicas, según indica, sí que les hace la vida más cómoda. “Si bien yo puedo cubrir los gastos básicos con mi sueldo, los adicionales se cubren es con la remesa. Si quiero hacer algún curso, por ejemplo, se paga con esta”, indica.

Aquí las remesas sí van destinadas a gastos ajenos a la cesta básica, como ella misma expresa. “Sin la remesa no hay entretenimiento, y de hecho es algo que se planifica”, culmina. Esto demuestra una cosa, y es que las remesas están amortiguando además la crisis social del país, tal como señala la también socióloga y profesora universitaria, Verónica Zárraga, pero generando a la par una distorsión ahora a nivel social. “Se está mostrando una realidad que, desde la perspectiva de la sociedad productiva, engaña, genera representaciones que no corresponden”, puntualiza, refiriéndose a ese dinero con el cual se hacen gastos que, de otro modo, no se podrían.

Sin embargo, para Zárraga, esto no es nuevo, pues en su visión las remesas solo vienen a sustituir al petróleo como dinamizador de la economía y la sociedad. Y esta dinámica, agrega, viene dada por la concepción de un Estado manejado desde la beneficencia, y no desde la productividad. Pero en medio de la crisis actual, incluso ese Estado rentista se ha visto en jaque, y, viendo en las remesas un tanque de oxígeno, también él ha querido conectarse a este respirador artificial.

Intromisión del régimen

De las tres casas de cambio habilitadas, Italcambio es la de mayor reconocimiento internacional

Como parte de un intento por atraer las divisas que ingresan al país bajo la figura de remesas, el régimen autorizó en junio a tres casas de cambio para realizar operaciones relacionadas. Tales casas (Italcambio, Grupo Zoom e Insular) recibieron el aval para operar con sus agencias, pero bajo la tasa que estableciera el régimen a través del Banco Central de Venezuela (BCV). Y esa tasa ha permanecido muy por debajo del valor de la divisa en el mercado negro. Además, vale destacar que a fines de julio se derogó la Ley de Ilícitos Cambiarios.

A partir de todo esto podría inferirse una apertura al mercado cambiario, pero la advertencia que recoge el diario El Universal hecha por Antonio Morales, Presidente de la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario (SUDEBAN), parece no indicarlo así: “El envío de remesas desde el exterior debe efectuarse por casas de cambio y no por transferencias entre personas naturales o jurídicas que envían dinero por medio de la banca electrónica sin pagar las tasas correspondientes”.

No obstante, con un control de cambio establecido desde hace 15 años, y por la desconfianza que genera en sí el régimen, tampoco es probable que la gran parte de las remesas se canalicen a través de esa vía. “Se eliminó la Ley de Ilícitos Cambiarios, pero la gente no puede enviar las remesas por el medio que quiera, sino que tiene que hacerlo por los medios oficiales, al tipo de cambio oficial”, argumenta el economista Oscar Torrealba.

Para el además profesor universitario, esa necesidad del régimen de encausar las remesas por medios “oficiales”, se debe a la posibilidad de acceder con ellas a divisas extranjeras. “La urgencia de divisas se incrementa a medida que la economía produce menos, porque así se depende más de las importaciones. Al depender más de las importaciones, se depende más de las divisas, y como las importaciones están siendo prácticamente centralizadas por el gobierno, al final del día quien necesita más divisas es el gobierno”, añade.

Lo más probable es que la informalidad siga reinando en este sentido. Muchos de esos venezolanos que envían remesas deben someterse a trabajos forzosos, y lo que buscan es que esa porción de salario que pueden mandar sea aprovechada al máximo por sus familiares en el país.

Afuera también es difícil

José Manuel Rodríguez es uno de los tantos jóvenes venezolanos que se ha marchado del país para buscar un futuro. En febrero de este año abandonó la carrera de Estudios Internacionales en la UCV, para emigrar a Buenos Aires, donde obtuvo una beca en una universidad privada. Sus padres permanecieron en Venezuela y, desde junio, cuando consiguió trabajo en un laboratorio de ideas (think thank), él les ha enviado remesas para que puedan sobrevivir en medio del caos.

Subsistir con un salario mínimo, o no muy distante de este, es un reto duro en cualquier país. Las necesidades básicas elementales quizás quedan cubiertas (salvo en casos como el de Venezuela), pero se vuelve cuesta arriba hacer otros gastos. Y si encima toca desprenderse de un pequeño monto del salario, todo se torna más difícil aún. “Lo que esas personas le pueden enviar a sus familiares es lo mínimo, porque ellos también necesitan comer allá. Y está el tema de la salud, a muchos se les deteriora por la depresión”, comenta la socióloga Zárraga.

Este no es el caso de Rodríguez, según indica él mismo, pues no se siente limitado por enviar dinero a sus padres: en detrimento de las cosas que puede comprarse, le satisface mandarles dinero sabiendo que lo necesitan. “Desde que llegué he querido comprarme un teléfono, por ejemplo, pero no he ahorrado, porque en vez de hacerlo les he mandado dinero a ellos. La satisfacción por un teléfono nuevo es la misma que tengo por saber que están mejor”, relata a la distancia.

Finalmente, Rodríguez comenta que no contempla enviar remesas por los canales ahora legales, pues no le convendría, debido a que la tasa de cambio “oficial” tiene un valor asignado que, establecido por el régimen, no le compite al valor real en el mercado. Y así como él, son muchos los venezolanos que preferirán seguir usando los canales informales, en esta avalancha que significa el envío de remesas y que no se detendrán mientras el éxodo continúe.

La expansión y la dependencia

Las remesas no solo permanecerán en tanto continúe la migración, sino que se irán acrecentando. Sin embargo, para Henkel García esto no representa una solución de mediano-corto plazo para la economía venezolana, porque ese dinero enviado va enfocado a nivel de las personas y no a nivel macroeconómico.

A nivel social, por otra parte, el efecto de las remesas podría ser no del todo positivo de cara al futuro, tal como lo señala la socióloga Verónica Zárraga. “Creo que se puede generar un arraigo pernicioso para la sociedad venezolana”, comenta, aludiendo a la posibilidad de la dependencia a estas en un futuro post crisis.

Las remesas se posicionan como un nuevo elemento en la realidad de muchos venezolanos. Su peso no solo es económico sino también social. Y viendo en ellas a una muleta de divisas con la cual apoyarse, el propio régimen ha tratado de canalizarlas a través de sus organismos cómplices. Es decir, el resultado del éxodo, en un fenómeno paradójico, podría ser ahora uno de los sostenedores del régimen. Al menos por algo más de tiempo.

Dentro de la crisis, las remesas vienen a generar distorsiones y espejismos. Ahora al país lo sostiene, en buena parte, un dinero no trabajado aquí por los venezolanos. Y esa es, tal vez, la mayor paradoja socioeconómica en la Venezuela de fines de 2018, donde la inflación interanual finalmente se queda con el récord de la más alta en la historia de América Latina, y donde muchos venezolanos ya no ven soluciones a su cada vez más deteriorado nivel de vida, por lo que parten a otras tierras sin olvidarse de quienes aún permanecen en el país.

 

Por Anderson Ayala Giusti | @Anderson2_0

El arte que envuelve al barrio El Calvario

El Hatillo, uno de los cinco municipios de Caracas, es una zona turística por excelencia. El movimiento que tiene los fines de semana es radicalmente distinto al que se presenta de lunes a viernes, porque personas de toda la ciudad vienen a disfrutar de la arquitectura, arte, gastronomía y oferta cultural que ofrece. Protagonistas de ese flujo natural de esparcimiento citadino son su casco histórico, su pueblo colonial y el Centro Comercial Paseo El Hatillo. Sin embargo, los habitantes de la urbe a menudo tienden a ignorar la presencia de un lugar destacado a nivel artístico y creativo,  que ofrece una vista que permite observar a toda la zona desde lo alto: El Calvario.

El Calvario es una barriada ubicada por encima del pueblo de El Hatillo. Desde el casco histórico, el centro comercial, o cualquiera de las locaciones regadas por la zona, se puede ver a la distancia. Se le entra o por arriba, en la intersección de la bajada que se dirige a Los Naranjos; o por abajo, desde la avenida El Progreso. Es un lugar fascinante, con una humildad inusitada: pese a tener un microcosmos artístico envidiable para otras comunidades, una identidad maciza como el acero y un acervo de tradiciones sumamente rico, mantiene una actitud silenciosa en la ciudad de Caracas. Sea por problemas de comunicación, físicos o electrónicos, su aislamiento es un problema que requiere de soluciones.

Una visita a El Calvario  es una de esas experiencias que te abren los ojos respecto al país. Ver las abundantes muestras artísticas que tienen lugar en sus calles resulta cautivador, y, también, contemplar una comunidad con una identidad tan macada, con un orgullo local tan radiante, te hace ver a Venezuela de una forma distinta, y te permite reconciliarte con la esperanza de un mañana posible. Cheo Carvajal, destacado periodista especializado en el área de urbanismo y miembro de Ciudad Laboratorio, nos concedió el honor de explicarnos el porqué del arraigo de sus habitantes:

Yo creo que El Calvario es un barrio que nació, por ser periférico y tener una larguísima historia, anterior a los años 50, y que empezó cuando se construyeron los campos de golf a partir de la hacienda que había allí, ya que la gente que trabajaba allí tuvo ese espacio para poblar. El señor José Gonzales, que tiene alrededor de setenta años, dice que su mamá nació allí, que su abuela nació allí: hay una larga tradición sobre el territorio, que siempre estuvo emparentada por el pueblo, hasta que en algún momento se separó por lo agresivo de la avenida Progreso, lo divide tanto física como mentalmente. Los tres sectores conforman una imagen de comunidad completa que es muy fuerte, quizás porque su capilla fue la primera construcción de El Hatillo”.

La organización civil Ciudad Laboratorio ha sido protagonista del proceso de integración entre Caracas y el barrio. En su experiencia, ha desempañado varios proyectos en conjunción con la comunidad. Además, hace cuatro años tomaron la iniciativa de crear El Calvario a Puertas Abiertas, que se llevó a cabo por primera vez en compañía de Vive El Hatillo y la Asociación Civil Asoraíces. Hay que destacar que no es la única tarea que han cargado sobre sus hombros: han realizado talleres de revalorización de patrimonio, gestionado actividades culturales, y establecido vínculos con varias instituciones para la elaboración de una amplia variedad de proyectos que se han venido llevando a cabo. Como dice Cheo, “nosotros no somos los dueños de El Calvario”.

Actualmente, hay muchísimos esfuerzos que se desarrollan en estas calles. No son pocos los planes por atraer a los transeúntes. Por revalorizar su tradición. Por hacerlo parte de la ciudad.

 

Caminando por El Calvario

“Nuestra apuesta a El Calvario es abordar o dar respuesta a los diferentes problemas que hemos encontrado a través de nuestros programas educativos. Realmente, aquí en Caracas cada barriada es un mundo distinto, no puedes comparar a La Vega con Antímano, mucho menos con El Calvario, que en muchos sentidos se siente como un pueblo, es muy chiquito, son aproximadamente tres o cuatro hectáreas, de 200 y pico de casas. Es una comunidad muy consolidada, ellos no han vuelto a crecer desde 1984, ellos no crecen a nivel físico, si lo hacen, es montando más pisos en las casas, no pueden ocupar otros terrenos porque no hay espacio”.

Laura Guerrero, licenciada en Psicología, nos narró esa situación –y el panorama completo– con sorpréndete detallismo. La misión que ella y su equipo vienen desarrollando nació en el 2016, cuando tuvo lugar la primera edición de El Calvario a Puertas Abiertas, iniciativa dirigida por Caracas Ciudad Laboratorio con la idea de hacer al ciudadano recuperar su calle, su ciudad, que aprenda a vivirla. Además de su potencial turístico, esta barriada tiene muchísimas opciones en el plano cultural, pues en cada esquina hay un artista, un escultor, un pintor o un orfebre, es una comunidad destacada en ese plano.

La principal dificultad de la comunidad, comentada tanto por Guerreo como por Carvajal, es su división. Pese a que todos los ciudadanos hablan del barrio unitariamente, muchos mencionan que existen tres zonas marcadamente diferenciadas: El Calvario bajo, el medio y el alto; circunstancia que inició cuando Hidrocapital era conocida como Electricidad de Caracas. Por motivos pragmáticos, se vieron en la obligación de asignar las “fronteras” para facilitar el trabajo de la empresa. Tiempo después, cuando se iniciaron las juntas comunales, la fragmentación se acrecentó; y hoy en día, la cohesión social es un asunto a resolver.

Asistí a El Calvario A Puertas Abiertas realizado el 22 de diciembre de 2018. Desde las 10:00 am hasta las 7:30 pm se desarrollaron presentaciones de música, danza, cine, literatura oral, además de exposiciones de artes visuales y actividades recreativas en las diferentes paradas del barrio. En total, hubo treinta y cuatro estaciones, dos de ellas en el pueblo de El Hatillo.

Mis pies estaban en el suelo; y mis ojos, perdidos. Perdidos entre el infinito de opciones visuales. En el sector bajo, dos locales llamaban la atención: una tienda de máscaras de los Diablos del Yare y el taller de un artista de estilo Pop-Art. En el sector medio, un tallador se acercaba al grupo para mostrar su trabajo; además, un señor invitaba a todos los visitantes a entrar en su casa para ver su enorme nacimiento realizado con papel mache (el cual ocupaba toda una sala); y también, mostraba con orgullo una pared donde estaban todos los dibujos hechos por su hijo de catorce años de edad, la mayoría, con fuerte influencia del anime. Y en el alto, tres dibujantes urbanos mostraban sus ilustraciones a los transeúntes.

La historia de la fragmentación podrá entrar por un oído, pero abandona la mente cuando empieza el recorrido. En las tres zonas hay murales, todos con una diversidad cromática avasalladora. Ese día, cantidades de personas  recorrían sus callejones, y en cada estación, el colectivo de pupilas se asombraba. Formas abstractas, grafitis con personajes pintorescos, enormes alas angelicales: todo un arsenal de creatividad. En El Calvario, el arte es un elemento unificador.

Otro problema de la comunidad es el total desconocimiento de los ciudadanos de Caracas sobre ella. Tiende a ser frustrante mencionar a El Calvario en –por ejemplo– Las Mercedes, San Agustín, Montalbán o Los Dos Caminos, pues la gente siempre lo asocia con el que se encuentra en El Centro. Es necesario potenciar su visibilidad. Además, debido a su reducido tamaño, los espacios públicos escasean. Comúnmente, en ellos se desarrollan múltiples actividades, pero no hay una ambientación apropiada para el disfrute de todas las edades. Ambos aspectos requieren medidas.

Entre el frenesí y el reposo, el deseo por alzar la voz manipulaba cada expresión del recorrido. En una de las paradas, los habitantes de una casa invitaban a los transeúntes a entrar para contemplar una colección de cámaras analógicas. Muchas personas llevaban adornos festivos; como por ejemplo, una chica que en su cabeza portaba un par cachos de renos de Santa (de felpa).

Sonaba la música, en varias estaciones los instrumentistas se hacían escuchar. Repentinamente,  aparecía una cantante ofreciendo un concierto móvil desde una moto que recorría el barrio. Más adelante, todos bailaban  al son de la salsa. El espíritu carnavalesco lanzaba flechas entre los habitantes, hacía que las calles se movieran.  Dos muchachos iban documentando la rumba con un enorme equipo de filmación. Al verme bordear el aparato me dijeron: “Tranquilo, hermano. Nosotros estamos grabando a las personas que nos visitan”.

La arquitectura local te atrapa. Pasear por El Calvario es penetrar un laberinto de caminos estrechos, callejones sin salida, escaleras entre casas, y, por supuesto, colores, muchos colores. Como en todas las comunidades de este tipo, no existió ningún diseño urbanístico previo a la realización del poblado. Pero El Calvario no solo brilla por la obra del hombre, también lo hace por su naturaleza, que se puede distinguir con facilidad. No es necesario caminar mucho para ver zonas verdes.

El barrio se ubica en una montaña, por lo tanto, en casi todas las viviendas del lugar hay un balcón, un techo o una ventana para contemplar la urbe hatillana y su ambientación verde. Es un complejo de miradores.

Blancas, azules, naranjas, amarillas y verdes, la melanina urbana es cambiante pero coherente. Los tamaños también varían, pero la concordancia jamás se siente irrespetada. Por donde pises, verás techos con tejas rojas, puertas arcaicas y letreros anunciando qué se vende en ese local. Además, están los murales. El Calvario es una guacamaya de concreto. En esa marea de diversidad cromática, a consecuencia de la ausencia de un conflicto visual, el gusto experimenta una inusual satisfacción.

Una doble transformación

La propuesta realizada por la ONG es abordar cada dificultad mediante programas educativos. La apuesta se proyecta para los próximos dos o tres años. Se pretende colaborar con la comunidad para hacer que El Calvario llegue a su potencial máximo. El objetivo es marcar presencia en sus tres sectores, mediante cursos para modificar algunos espacios callejeros colectivamente (que incluyen diseño, fotografía, planifiación, etc), que duran tres o cuatro meses. Observar, imaginar y transformar, ese es su lema. Parte de ese ciclo contempla un diálogo con los habitantes, saber qué necesidades sienten para poder atenderlas. Por ejemplo, se viene realizando una intervención de más de 100 metros cuadrados que uniría al barrio con el Pueblo de El Hatillo, todo con ayuda de los ciudadanos de la comunidad.

Las actividades realizadas por los voluntarios de la ONG son varias, involucran una consciencia social materializada en arduos ejemplos creativos. Se pueden mejorar problemas urbanísticos, pero manteniendo el respeto por la identidad y las tradiciones de El Calvario. Uno de los pasos de su segunda fase –imaginar– fue realizar maquetas donde se señalen las proyecciones a mejorar en el lugar. Los integrantes de la comunidad pudieron realizarlas libremente, seleccionando fragmentos del complejo y señalando que detalles debían tratarse. Cada integrante tuvo que realizar una cooperación de ojo,  corazón y del cerebro. De hecho, el espacio físico no es la única meta de Trazando Espacios, también lo es la espiritual, como dijo Laura Guerrero cuando se le pregunto al respecto:

“Trazando Espacios Identidad busca crear intervenciones artísticas que estén en las paradas espontáneas a partir de elementos e ideas de El Calvario. Estamos trabajando en una escalera condenada, que no lleva a ningún lado, y la primera intervención que se plantea es a través de un cuento que se llama Al otro lado de la orilla, que es sobre una niñita a la que siempre le han dicho que no se relacione con la gente que no sea de su isla, un poco como Moana, y ella empieza a darse cuenta de que en la otra orilla hay otro niño, y empiezan a hablar con una conversación a través de botellas; usamos esa historia para hacer un puente, colocando ladrillos entre varias personas hasta fusionar las dos ciclas, eso se haría para  tratar el tema de la cohesión social”.

Durante la totalidad del recorrido quedó demostrado que el barrio, en sus tres niveles, está en la búsqueda de un fluido contacto con el resto del ecosistema caraqueño. Allende a la barriada, hay toda una ciudad que debe descubrirla, que no conoce las sorpresas que le aguardan entre los callejones cromáticos. Quizás, aquel día en específico sus integrantes realizaron actividades, expusieron sus  vidas, hicieron relucir sus actos creativos, pero su esencia, cultura e identidad pertenecen a la cotidianidad. A diario, El Calvario crece, reinventa su imagen y se proyecta para el futuro. Hoy más que nunca, podría decirse que está en etapa de expansión. No en vano el periodista Cheo Carvajal habló de los frutos de la labor de Ciudad Laboratorio y de Trazando Espacios:

“Ahora es que se vienen a ver los frutos de lo que hemos hecho con Ciudad Laboratorio, que es la integración y el reconocimiento del barrio como parte de la ciudad. Buscamos hacer procesos orgánicos e internos de integración con la comunidad. Este año se hicieron muchos talleres desde hace varios meses. El Calvario a Puertas Abiertas no es un evento, es un proceso de relación e interacción mucho más profundo, que busca la integración no solo social sino también espacial, que el habitante sienta que es una oferta valiosa para cualquier habitante de Caracas”.

Por Diego Alejandro Torres Pantin  | @sr_mowgli

el cáncer también es una historia de princesas

El cáncer también es una historia de princesas

Yerlin Rincón tenía diez años cuando le diagnosticaron cáncer. Todo comenzó por un dolor en la pierna derecha. Al principio su familia pensó que era una excusa para no ir al colegio, pero las quejas de Yerlin aumentaban así que, finalmente, terminaron por consultar a un traumatólogo. Dieron inicio, como es habitual, los interminables exámenes médicos. Sin embargo, el osteosarcoma que se había alojado en su rodilla pasaría un par de meses más sin ser descubierto.

El 25 de agosto de 2016 es un día que la familia de Yerlin no olvidará nunca: fue cuando la internaron por primera vez en el Hospital de Guanare, una zona rural de Venezuela ubicada en el estado Portuguesa. “Eso fue en la mañana”, dice Jennifer Rincón, hermana de Yerlin, “estábamos jugando, se sentó en la cama y oímos un sonido que venía de su rodilla”. Después del “crack” llegaron los gritos, el llanto y el ingreso a urgencias.

Así comenzó Yerlin su larga travesía en busca de un diagnóstico. Después de que una tomografía evidenciara la presencia de una lesión ocupante de espacio (LOE), el siguiente paso era realizar una biopsia. Para ello, llevar a cabo una intervención quirúrgica era inevitable. Como a casi cualquier niño, a Yerlin no le gustaban los hospitales: “Ella le temía a todo lo que tuviera que ver con quirófanos o inyecciones”, asegura Jennifer, por eso su mamá y sus dos hermanas se las ingeniaron para que nunca estuviera sola. “De esta vamos a salir”, se repetían unas a otras.

Tras un mes de espera, los primeros resultados: “Biopsia no concluyente”. No hay diagnóstico. Era necesario repetir la prueba y tomar una nueva muestra, someter a Yerlin otra vez a una intervención. Pero lo peor de todo era perder más tiempo. Cuando el diagnóstico por fin llegó, en noviembre, más de dos meses después de aquel 25 de agosto, las células cancerosas ya se habían expandido por el cuerpo de Yerlin: los osteosarcomas son altamente metastásicos.

Desde que su familia puede recordar, el sueño de Yerlin era ser Miss Venezuela. A los seis años notó que su estatura sobrepasaba por mucho a la media: sus piernas largas prometían servir como un trampolín a las pasarelas. Por eso, cuando los doctores asomaron la posibilidad de una amputación, el golpe fue brutal, la vida parecía estarles jugando una broma cruel. Sin embargo, todos los que conocieron a Yerlin dicen lo mismo: siempre se mantuvo hermosa. Hasta el día de su muerte, e incluso después, Yerlin sería conocida en el Hospital de Guanare como Miss Portuguesa 2024.

Yerlin Rincón antes de su enfermedad. Portuguesa, Venezuela. Foto: Archivo familiar

“Ese era el año en el que hubiera podido participar en el concurso”, explica Claret De Gouveia, Miss Amazonas 2016, “en el 2024 Yerlin habría tenido 18 años y, claro, habría representado a Portuguesa, su estado natal”.

Claret, sin embargo, participó en el concurso cuando tenía 24 años. Las condiciones estaban dadas: estaba en la edad, había terminado su carrera, “¿por qué no?”, pensó, y entonces lo hizo. Su participación fue especial, no dejó a nadie indiferente: recién graduada de médico cirujano, sería conocida como “la Miss Doctora”.

“Mientras estuvo hospitalizada, Yerlin se entretenía viendo programas de mises, le encantaban, se emocionaba mucho”, cuenta Jennifer. Ese año vio el paso de Claret por el concurso sin imaginar que pocas semanas después se volverían inseparables.

Sucedió cuando Yerlin fue trasladada a Caracas. En el Hospital de Guanare los recursos eran limitados, además no había una unidad de oncología pediátrica. No podían atender un caso como el suyo y por eso la enviaron a casa. Su familia, que se resistía a la idea de quedarse con los brazos cruzados, buscó la manera de hacer un traslado a la capital. Gracias a una tía consiguieron una cama en el Hospital Militar, uno de los pocos centros de salud abastecidos en Venezuela. Una vez allí, Yerlin recibió la mejor atención, aunque sólo se tratara de cuidados paliativos. Su pediatra, el doctor Gustavo Yánez, lo asegura: “Yerlin tuvo una muerte tranquila, no le faltó nada, cumplió todos los sueños que te puedas imaginar”.

Él personalmente se encargaría de que así fuera.

“Era de mi tierra natal, era una niña preciosa, tenía porte de Miss, ¡y quería ser Miss, de paso!”, recuerda el doctor Yánez. Para él fue inevitable involucrarse con su historia. Cuando en el Hospital Militar descubrieron la pasión de Yerlin por el Miss Venezuela, le presentaron al doctor Gustavo. Él, con suficientes contactos para regalarle a la niña el mejor día de su vida, le aseguró a la familia que pronto tendría una sorpresa para Yerlin, así que intercambiaron números de teléfono y quedaron en contacto.

El doctor Gustavo había conocido a Miss Amazonas, Claret de Gouveia, hace algunos meses. Fue un encuentro casual en un centro comercial. Sin embargo, el contacto se mantuvo ya que, entre otras cosas, él y Claret compartían la misma profesión. Cuando la llamó para contarle la historia de Yerlin, ella no dudó en involucrarse, y con ella también otras de las mises que ese año hacían vida en el concurso.

Especialmente se involucraría, junto con Claret, Melanie Gerber, que para la fecha era Miss Anzoategui. Cuando le contaron el caso se sumó a la causa y hoy, casi un año después de su primer encuentro con Yerlin, confiesa que conocerla fue lo mejor que le pudo haber pasado: “Gracias a ella hoy soy una persona totalmente diferente, obviamente para mejor”. Para describir la relación que las unió, le basta una palabra: “Mágico, fue algo mágico”, dice.

Las hadas madrinas existen

Poco tiempo después, llegó la sorpresa: “El doctor Gustavo llamó a mi mamá y le dijo que arreglara a Yerlin porque iban a ir unas mises a visitarla”, cuenta Jennifer. Después de un rato, comenzaron a llegar.

Con Anyela Galante, Miss Venezuela Mundo, Yessica Duarte, Miss internacional Venezuela, y Andrea Rosales, Miss Tierra Venezuela. Foto: Archivo familiar.

Jennifer recuerda la reacción de su hermana: “Cuando las vio, muy altas, bonitas… Se emocionó muchísimo. Le llevaron una banda que decía ‘Miss Portuguesa’, le llevaron regalos, almorzaron juntas… Ese día fue grandioso para ella, nos dijo que había sido uno de los más felices de su vida”.

Yerlin junto a Claret, Melanie y el Dr. Yánez Foto: Archivo familiar.

“¡El hospital se llenó de reinas de belleza!”, recuerda el doctor Yánez, “traían coronas y bandas originales, ropa, maquillaje… ¡Esa niña no lo podía creer! Me decía ‘¡Doctor, me duele el corazón!’. Antes de esto, Yerlin era una niña que anímicamente estaba muerta, estaba en una progresión de la enfermedad total, muy desanimada, y ese gesto, cumplir su sueño de sentirse como una Miss, la devolvió a la vida”.

Aunque ese día Yerlin disfrutó con todas las mises, hubo dos con las que tuvo una relación especial. Claret y Melanie llegaron a la vida de Yerlin para quedarse. Ambas, a partir de ese momento, se convertirían en sus hadas madrinas, como ella las llamaba.

“Estuvimos conociendo su caso: Yerlin era de una familia de bajos recursos. Dependían de la salud pública y, claro, en medio de una crisis sanitaria, era muy complicado para su mamá costearle los tratamientos, acceder a quimioterapias, además de haber tropezado con muchas trabas diagnósticas”, explica la doctora Claret.

Por eso decidió canalizar el uso de sus redes sociales en pro del caso de Yerlin.

Claret siempre quiso ser médico y su motivación fue la misma desde que tiene memoria: “Ayudar a las personas”. Cuando terminó la carrera decidió tachar el Miss Venezuela de su checklist. Al principio, lo hizo por hobby, pero una vez dentro del concurso se dio cuenta del alcance comunicacional que tenían las mises en su país. A partir de ese momento comenzó a utilizarlo como un brazo más de su profesión.

“Durante el Miss Venezuela, y después, tuve la posibilidad de apoyar a muchos pacientes. Me di cuenta de que podía involucrarme y apoyar buenas causas y eso para mí es muy reconfortante”, asegura Claret. Sin embargo, hace énfasis en que “tampoco podemos olvidar que el Miss Venezuela es un concurso de belleza, no de almas caritativas, entonces en algún punto yo no pude trascender tanto como hubiese querido, aunque me doy por bien servida”, explica.

Y así fueron mezclando la salud con la belleza para ayudar a Yerlin: no sólo conseguían proveer todo aquello que necesitaba para su tratamiento, como agujas, medicinas, o exámenes específicos, Melanie y Claret iban también a jugar, a divertirla y, especialmente, a recordarle que era bella a pesar de todas las inseguridades que pudiera sentir por los cambios que había generado en ella su condición.

“Queríamos conseguir dos cosas: procurar que no le faltase nada médico y conseguir que viviera esa fantasía de cualquier niña de diez años que en lo que debe pensar es en sus muñecas, en jugar, en sus cosas, y no en un diagnóstico tan duro como el que tuvo”, afirma Claret. Por eso en sus últimos meses de vida Yerlin tuvo más abundancia de la que jamás se imaginó: muñecas, vestidos, maquillaje… y muchos amigos.

Pero posiblemente el momento favorito de todos los que vivieron esta historia fue la celebración del cumpleaños número once de Yerlin. Ella, que nunca había celebrado un cumpleaños con piñata, no sólo tuvo una gigante esta vez, además la agasajaron con cinco tortas diferentes, con muchísimos regalos, con visitas especiales de personas a las que siempre había soñado conocer, con música y, por supuesto, con la presencia de sus seres queridos y de todos los niños del servicio de oncología.

Yerlin Rincón junto con el doctor Gustavo Yánez, Claret De Gouveia, Melanie Gerber y Keysi Sayago, actual Miss Venezuela. Foto: Archivo familiar.

Fue un diez de febrero. Claret y Melanie se encargaron de organizar la fiesta de Yerlin. “El día de su cumpleaños ella estaba muy feliz. Su fiesta fue de Frozen, que le encantaba, la disfrazaron de Elsa. Además, estaba con nosotros, con su familia. Yerlin estaba feliz. Esa noche, antes de dormir, nos dijo que había sido uno de sus mejores cumpleaños”, recuerda con nostalgia su hermana, Jennifer.

Para ese momento Yerlin ya no tenía cabello. También había perdido su pierna derecha, un mes antes, tras afrontar la amputación a la que tanto temía. Pero su último cumpleaños fue muy feliz. Después de todo, para eso son las hadas madrinas.

El luto

“Usualmente pensamos que el luto hace referencia a la muerte de alguien, pero, en realidad, el luto se genera cuando tú pierdes algo”, explica la doctora De Gouveia, “cuando tú pierdes la cotidianidad, elaboras un luto; cuando pierdes tu cabello, elaboras un luto; cuando pierdes la posibilidad de sentirte bonita, atraviesas por un luto también”.

Mientras su familia se enfrentaba al luto que suponía perder a la integrante más pequeña y hermosa de la casa, Yerlin batallaba con uno distinto: su propio reflejo que se había convertido en un extraño. Ella era otra, se sentía otra en esa cama de hospital: notaba los cambios que generaba en su cuerpo una agresiva quimioterapia, la pérdida de peso, de movilidad, los mechones de cabello que se caían en la ducha y, además, la posibilidad de perder una de sus largas piernas de modelo amenazaba con destruir sus sueños.

“Cuando se enteró de que iba a perder su cabello comenzó a llorar. Fue una noticia muy dura para ella”, cuenta Jennifer, “le ofrecimos cortárnoslo todas, le explicamos que le iba a volver a crecer, le dijimos que se iba a ver igual de hermosa, que iba a parecer una de sus muñecas… Le dijimos muchas cosas hasta que fue perdiendo el miedo”.

Después de un tiempo, sería la misma Yerlin quien tomaría la decisión de cortar su larga cabellera. “Hermana, córtame el cabello porque me molesta muchísimo. Córtamelo por los hombros”, le pidió a Jennifer, y su hermana así lo hizo. Poco tiempo después, Jennifer, o Pepe, como le decía Yerlin, recibió una solicitud que jamás hubiera podido imaginar: “pásame la máquina, Pepe. Me molesta mucho el cabello y además me da calor”.

Las versiones coinciden: a pesar de perder todo su cabello, Yerlin continuaba hermosa. Su rostro se resistía a perder el encanto. A veces, cuando se miraba en el espejo, incluso ella lo notaba. Otros días, más difíciles, más opacos, necesitaba un empujón para mantener el ánimo. La presencia de Melanie y de Claret era vital en esas ocasiones.

Yerlin Rincón junto con su hermana, Jennifer Rincón, y Melanie Gerber. Foto: Archivo familiar.

En sus visitas, además de jugar, conversar y tomarse muchas fotos, enseñaban a Yerlin a maquillarse, aunque siempre le insistían en que a ella no le hacía falta. Las sesiones de maquillaje, de manicura o pedicura, conseguían que Yerlin se reconciliara con su imagen, hacían más llevadera la situación.

Un día, Claret y Melanie aparecieron en el hospital con un regalo muy especial para Yerlin: “Hablamos con Ivo Contreras para donarle una peluca, él es quien hace las pelucas para el Miss Venezuela. Le hicimos una lo más parecida posible a su cabello original. La cara de felicidad de esa niña cuando se la dimos… ¡No te la puedes imaginar!”, recuerda Melanie.

“El cabello en Venezuela se cotiza a un precio muy elevado. Las extensiones o las pelucas pueden llegar a costar 800 o 900 USD, un monto muy alto para un venezolano común”, afirma Claret, “pero para estos pacientes tener acceso a estas herramientas representa la posibilidad de mantenerse dentro de una cierta normalidad, aferrarse a lo familiar que han tenido toda la vida, porque desde que nacemos tenemos cabello. En medio de tantos cambios, poder aferrarnos a algo es imprescindible”, asegura la doctora y, en ese sentido, gracias a todos los apoyos que recibía, Yerlin logró conservar, por lo menos hasta cierto punto, la normalidad en su vida.

Pero después llegó la amputación, un golpe fatal. “Mi otra hermana ya había comenzado a asomarle que existía la posibilidad de que perdiera su piernita. Le decía que tenía un animalito ahí que le estaba haciendo daño y que tenían que sacárselo para que estuviera más tiempo con nosotras”, recuerda Jennifer.

Claret, por su parte, afirma que la posibilidad de perder la pierna era quizá lo que más le preocupaba a Yerlin: “Yo creo que ella, gracias a Dios, no alcanzaba a tener plena consciencia de su enfermedad. No concientizaba morir, su miedo era perder la pierna y la posibilidad de ir al concurso. Para Yerlin el Miss Venezuela era un sueño: era la posibilidad de conocer Caracas, era la posibilidad de tener mejores ingresos para su familia, porque asumía que era súper rentable; el Miss Venezuela para ella era sentirse famosa, era ese sueño de la grandeza. Y por eso, finalmente, su preocupación de cara a la enfermedad no era tanto morir: era no poder participar en el concurso”.

Yerlin Rincón con la peluca donada por Ivo Contreras. Foto: Archivo familiar.

“Yerlin me preguntaba: ‘pero ¿yo de verdad voy a poder modelar como ustedes con una pierna así?”, recuerda Melanie, y luego, cuando trata de explicar la belleza de Yerlin, no consigue las palabras. “Yo le insistía siempre en que era una niña hermosa, en que tenía una sonrisa preciosa, en que no le hacía falta maquillaje para verse como una princesa… Y Yerlin era nuestra princesa”, dice al final.

Entre su familia, sus hadas madrinas y el doctor Gustavo, emprendieron entonces una labor larga pero que daría buenos resultados. Buscaron fotos de modelos diferentes, modelos amputadas, modelos con vitíligo, modelos de diferentes tallas, modelos con rasgos físicos inusuales, y así comenzaron a mostrarle a Yerlin que la belleza era mucho más que el patrón que ella conocía. “Si ellas se sienten bellas es porque lo son, no simplemente porque alguien les diga que sí o que no”, le explicaba Claret, “¡si se sienten así, lo son y punto!”.

“Comenzamos a buscar historias para motivarla y también comenzamos a mostrarle prótesis”, dice su hermana. El problema de los fondos, que en Venezuela suponen una importante complicación, sería solventado con ayuda de Melanie y Claret. Lo importante era permitir que Yerlin tuviera opciones, o que por lo menos lo sintiera así.

“Si te arrebatan algo de tu cuerpo, tú quieres restaurarlo de una u otra manera”, puntualiza el doctor Gustavo Yánez. “Muchos dicen que esto es solamente una fachada de la persona, y puede ser, pero esa persona valora el hecho de sentir que sigue siendo quien siempre ha sido”, explica Yánez.

“La gente tiende a percibir la belleza o la imagen como algo superfluo, como algo banal, pero no se dan cuenta del impacto que puede tener. Aunque la belleza es subjetiva, sentirse bien con uno mismo empieza por reconocer lo que ves en el espejo. Cuando a ti te gusta lo que ves frente al espejo, eso cambia tu vida”, reflexiona, también, Claret, la “Miss Doctora”. “El maquillaje, la peluca o la posibilidad de tener acceso a una prótesis, eran distractores para que Yerlin mantuviera su ánimo y su energía”, asegura De Gouveia.

Al final, Yerlin terminó por aceptar también la amputación. “Si es por estar más tiempo con ustedes”, decía… Y así lo hizo.

Su cirugía fue programada para enero. Todo estaba listo y parecía estar bajo control. Sin embargo, sus exámenes preoperatorios deparaban un nuevo trago amargo para Yerlin y su familia: “Cuando revisamos sus exámenes de sangre, resulta que la niña presentaba un VIH positivo contraído por una trasfusión sanguínea”, recuerda el doctor Yánez, “eso complicaba mucho más las cosas, claro, porque suponía tratar con antirretrovirales a una paciente con la condición de Yerlin, que recibía quimioterapia”.

Una de las primeras trasfusiones de sangre que recibió Yerlin en el hospital de Guanare estaba infectada. “No pudieron saberlo porque no había reactivos”, explica Jennifer, que también denuncia que este centro de salud se encuentra en condiciones críticas. “Para mi mamá fue muy duro porque ya se sumaba el cáncer más el VIH. Nuestras esperanzas disminuían, era muy fuerte”, recuerda Jennifer.

A Yerlin, por su parte, nunca se lo dijeron. Cuando llegaron los resultados le aseguraron que todo estaba bien. “Eran demasiadas malas noticias para una niña”, dice su hermana.

Morir como Yerlin

Ella ya lo sabía, cuenta su hermana Jennifer, “algunos días antes dejó escrito en notas que le dolía mucho y que sabía que se iba a ir al cielo con Dios”. Su madre, la señora Rosa, también tenía ese semblante triste de quien siente que la vida de un ser amado se le escapa de las manos. “Me dijo que sentía que su angelito se le estaba yendo”, recuerda Melanie Gerber.

Y tenía razón.

Yerlin, sus hermanas y su madre se encomendaron a Dios. Sus hadas madrinas también. Después de tantos meses atravesando esa dura enfermedad, todos aquellos que la querían estaban dispuestos a aceptar que había llegado el final del camino. Se consolaban, como de alguna u otra forma lo hacen todos, con la idea de que “ahí”, adonde quiera que Yerlin fuera después, ya no habría dolor, no habría cansancio.

La historia clínica de Yerlin bien podría ser una oda a la injusticia: su osteosarcoma, que al final se alojó en ambas rodillas, hizo metástasis en pulmón. Posteriormente afectaría también a otros órganos. Tendría que enfrentar una amputación de la pierna derecha. A su condición de base se sumaría un VIH positivo contraído a través de una trasfusión sanguínea contaminada. Sufriría también un ACV. Finalmente, tras una semana de deterioro, Yerlin moriría de un paro cardiorrespiratorio el 3 de junio del 2017.

Sin embargo, es posible que nadie que lea estas líneas pudiera atravesar ese largo camino como lo hizo Yerlin: esa niña guapa y de once años que jamás dejó de sonreír. Por eso la muerte de Yerlin tuvo, y mantiene hoy, un aura de dignidad. Porque frente a la injusticia, que le arrebató incluso su último aliento, Yerlin fue feliz.

Yerlin mantuvo la fe en la vida, en la vida como una luz más allá de ella y sus circunstancias. A pesar de su enfermedad, de las dificultades, del dolor o del miedo, Yerlin Rincón venció el cáncer: “Nosotros le ganamos al cáncer, indistintamente de que Yerlin falleciera, porque la hicimos la niña más feliz del mundo”, reflexiona Melanie.

Como siempre pasa, la vida continuó después de la muerte de Yerlin, y aunque nada sigue igual, todo parece lo mismo. A pesar de que su muerte fue dura, todos los involucrados en esta historia han aprendido que en el recuerdo también hay vida.

Así, Yerlin ha encontrado la manera de seguir viviendo. Y lo hace a través de un legado: de las donaciones que aún recibe el doctor Yánez, por ejemplo, o de la fundación Somos Vida, gestionada también por Yánez y que se encarga de apoyar a pacientes oncológicos infantiles. Yerlin sigue viviendo en Melanie y en Claret, en la idea de la belleza con propósito. Yerlin sigue viviendo en la unión de su familia.

Hace un mes, la peluca que tantas alegrías le brindó a Yerlin fue donada. La recibió una chica de 15 años con alopecia idiopática. “Era como ver a Yerlin otra vez”, recuerda el doctor Gustavo, y quien escribe, entonces, no puede evitar pensar en una frase: “donde hay esperanza hay vida”. Sí, y donde hay amor, también.

Epílogo: las niñas son mises y los niños son peloteros

“En Venezuela, las mises son percibidas como las mujeres intocables”, afirma Melanie Gerber, Miss Anzoátegui 2016, y puede que esta sea la razón de que el sueño de convertirse en reina de belleza sea tan cotizado entre muchas niñas. “Sobre todo en las poblaciones rurales, si eres niña, tu familia quiere que seas Miss, y si eres niño, quieren que seas pelotero”, explica Claret de Gouveia, Miss Amazonas 2016.

Sin embargo, y más allá de la belleza, Claret y Melanie se quedan con la misma sensación tras su paso por el certamen: el alcance y el poder comunicacional que tienen las mises, herramientas que, lamentablemente, se diluyen en aguas de vanidad.

En un contexto como el venezolano, que atraviesa conflictos políticos y sociales importantes, Melanie Gerber considera que una Miss debería tener el tacto de querer conectar con la gente y ayudarla, transmitir mensajes más profundos que simplemente la belleza.

“Si te soy sincera, yo, al final, no quería ser Miss Venezuela porque sabía que no me iba a permitir llegar tanto a las personas como lo hago ahora”, dice Melanie, que actualmente continúa apoyando pacientes y tiene planes de crear una fundación en conjunto con Claret.

“Yo durante el concurso sufrí un accidente y quedé con una cicatriz en mi pierna derecha”, cuenta Claret, “la maquillé y no se notó nunca. Nadie se enteró, pero termina el Miss Venezuela y a mí lo que me queda es la cicatriz”, afirma. Sin embargo, después de compartir con Yerlin Rincón se olvidó de sus complejos: “Ella tenía un problema mucho más importante en su pierna derecha, y era que la iba a perder”.

Claret asegura que su encuentro con Yerlin fue providencial. Además de ser un “cable a tierra”, sembró en ella algo más: la importancia de la belleza con propósito, la importancia de la belleza por mucho más que la belleza en sí misma.

Yerlin y otro paciente oncológico en compañía del Dr. Yánez, Claret, Melanie y una enfermera del servicio. Foto: Archivo familiar.

Por Gabbi Consuegra | @gabbiconsu