“Yo era el niño raro que se sentaba a leer libros en las fiestas”

De dizque gustos opuestos (literatura y fútbol) pero armoniosos para él, el nuevo editor de Revista OJO, Lizandro Samuel, no puede hablar de sus principios sin que Xavi Hernández le de un pase a Mario Vargas Llosa: “La primera imagen que me vino a la mente [cuando apareció la oportunidad de trabajar en OJO] es la que narra MartiPerarnau en su libro HerrPep. Cuando Guardiola está de vacaciones en Nueva York y cierra el contrato con el Bayern de Múnich,él [Joseph Guardiola] está almorzando y empieza inmediatamente a ver el salero e imaginar si Philip Lahm puede jugar en esta posición. Esa fue inmediatamente mi reacción cuando surgió la oportunidad: imaginarme todas las cosas qué eran posibles de hacer: empecé a desbordar motivación”.

Para Lizandro, OJO siempre fue un medio de comunicación que no sólo llena un espacio vacío en Venezuela, sino que también es capaz de ser una ventana para las firmas emergentes del país. Cuando le tocó personificar a la revista, se la imaginó así: “OJO sería uno de mis mejores amigos o, por lo menos, sería de las personas más cool que conozco. Me imagino a OJO como alguien joven que usa franela de colores: el chico más inteligente de la clase que es amigo de todo el mundo”.

Su nuevo puesto lo asume con la misma ilusión de quien encuentra su primer trabajo, aunque ya ha pasado por diversos medios, casi siempre, como colaborador: Diario Líder en Deportes, Foro Vinotinto, TheLines, Nalgas y Libros, Clímax,La Vida de Nos, entre otros.

Y es que el nuevo editor vive de encender el reflector en donde otros pasan de largo: “Hay que construir historias que ponganel foco sobre las personas, sobre el día a día. Hay que hacer entender que nosotros no somos estadísticas ni números, sino que cada uno es un nombre, un ser humano y una historia distinta y ahí es en donde hay que estar bastante OJO”.

Desde pequeño se obsesionó con la literatura: “Yo era el niño raro que se sentaba a leer en las fiestas”. Y en la adolescencia se enamoró del balompié: “Así como muchos hablan de su universidad y de los colegios a los que fueron, mi formación humana, moral y ética me la dio el fútbol”. Si de algo estaba seguro, era de que no quería que sus pasiones se quedaran como hobbies: “Me abrí paso escribiendo y me puse a pensar que tenía que encontrar la manera de hacer de mi pasión algo rentable, sino quería morir de hambre”.

Al niño raro que se sentaba aleer en las fiestas familiares y que en la adolescenciadisfrutaría de patear balones, ahora le toca sentarse en la silla de editor de una revista que narra los relatos que los poderosos quieren ocultar.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Ezequiel Abdala: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”

Ezequiel Abdala es una persona de costumbres. Y es que si postergó su ingreso como editor de la Revista OJO, una vez adentro no quiso irse hasta que las circunstancias lo abrumaron: “Yo no quería ser editor, quería seguir siendo periodista porque estaba muy cómodo en Hoy Qué Hay. Postergué muchísimo mi entrada porque sabía que iba a significar un cambio en la dinámica de trabajo. Ya no iba a tener tanta calle porque era un cargo que requería un poco menos de calle”. Pese a que tenía el rol asignado, en un principio no lo asumió a tiempo completo: “Me inventé una organización en la que éramos tres editores para evitar que eso [el cargo de editor] recayera sobre mí”.

La llegada de Ezequiel como editor a la Revista fue en el epílogo de la era impresa y el inicio de la digital. Si pensó que su estadía como editor sería breve, pues se equivocó. Cuando se acabó la edición impresa, hubo una reunión con la directiva en la que Eze –como le dicen sus conocidos–pensó que sería la última. “Entonces, ¿qué vamos a hacer?”, fue una pregunta que surgió en la reunión y se contestó con la misma contundencia con la que las madres mandan a sus hijos al colegio: “Periodismo”. A partir de aquella sentencia, en OJO se comunicó lo que en la mayoría de los medios se callaba por la censura. “Construimos de la nada algo que no existía. Fue a Vero [Verónica Ruiz del Vizo] a quien se le ocurrió el hashtag ‘Jóvenes Informados’”.

Desde España, su nueva residencia, recordará a OJO como un medio que –incluso antes de su llegada– siempre le gustó: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”. Y es que allí tuvo licencia para innovar. Una edición de deportes para una revista cultura era disruptivo; sin embargo, el enfoque logró combatir los estereotipos y “poner letra –y de la buena– al deporte”, como escribió en aquel editorial de la edición 27.

Ser editor no lo condenó de forma exclusiva a la oficina, también pudo sentir la adrenalina que se experimentó en la ola de protestas de 2017. En la calle, junto a los manifestantes y represores, descubrió otra parte del periodismo. Fue bajo una lluvia de bombas lacrimógenas, persecuciones en moto y detonaciones de perdigones que Eze realizó uno sus textos (emocionalmente) más difíciles de escribir: Un titán que muere, por ejemplo. “Me tocó a mí ver a Neomar Lander morirse prácticamente a mis pies. Ese día horrible lo recuerdo muy claro. Esa imagen de Neomar [de 17 años] con un cráter gigante en el pecho, los médicos intentando revivirlo y la gente gritando de horror hace que se erice mi piel cada vez que leía la nota”

Periodismo de oficina, de calle, cultural, contestón, irreverente y con valores resumen una etapa inolvidable para él: “OJO me ha dado casi que todas las satisfacciones periodísticas que he querido”.

La nostalgia de partir le invade en un momento en el que se siente derrotado por la situación. Si bien sabe que de él no dependía la continuidad del régimen, le hubiese gustado irse cuando Nicolás Maduro cayera. “Me hubiera encantado irme de Venezuela con Maduro afuera. Me hubiera encantado ser testigo de la caída de Maduro y haber vivido todo esto”.

Despedirse de una manera tan abrupta no es lo que le hubiese encantado, pero sí la que le tocaba. “Mi ida de aquí no estaba en principios en mis planes, pero que haya sido una cosa tan intempestiva (para mí) ha sido una derrota. No ha sido una derrota mía como tal porque yo no podía tumbar el Gobierno, sino una derrota de todos los venezolanos”.

Aunque siente que “la película –para él– terminó y ganaron los malos” se reconforta saber que todavía hay gente buena: “Creo que se queda un equipo talentosísimo”, por lo que le pide al nuevo editor dos cosas: “Que se siga metiendo en la candela y que aproveche, y exprima muchísimo más, al equipo”.

En su entrevista de despedida, Ezequiel también tiene palabras para los lectores: “Me hicieron sonrojar muchísimas veces porque son gente demasiado linda, cariñosa y desmedida en el halago”.

“Sé que cuando alce vuelo, al otro lado de la montaña, se queda un montón de gente querida”. Ezequiel Abdala fue editor de Revista OJO hasta el 26 de junio de 2018.

 

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

 

“El cine es como magia”

#Entrevista por: Juan Pablo Chourio | @juanpa_ch

De la Universidad Simón Bolívar a la Escuela Nacional de Cine, de la publicidad al cortometraje, de la exactitud de los números a la complejidad del arte. Así fue el tránsito de Daniel Rodríguez, quien es director de fotografía de su casa productora (Tramoyero Films) y acaba de culminar su primer cortometraje, ‘La mujer de la grieta’. Su pasión por el séptimo arte empezó con una película que le encantó tanto que sólo mencionarla le causa emoción: “Yo me enamoré completamente del cine cuando vi ‘The Matrix’. A mí se me explotó el cerebro, no podía creer lo que estaba viendo. Es una de mis películas favoritas de niño, de grande y de siempre”. Pese a que había descubierto su adicción por el cine, decidió estudiar en la USB ingeniería antes que nada: “Saliendo de bachillerato tenía que estudiar ingeniería (en producción) porque me gustaban los números. Me encantó mi carrera y la Simón, fue lo máximo, pero una vez graduado no sentí que era lo mío. Así que me acerqué al lado audiovisual para desarrollar mi carrera ahí. Uno de los mejores sitios que conseguí en Caracas que dieran clases y cursos de cine era la Escuela Nacional, en donde hice un par de cursos de dirección de fotografía para publicidad”. En ese momento, a un año de haberse graduado, Daniel intuía cuál era su pasión y se preparaba para trabajar en ella; sin embargo, faltaba un empujón para dedicarse a tiempo completo y abandonar su trabajo de entonces: “Tenía un trabajo y una vida estable, pero siempre tenía la piquiña de algo más y todavía no descubría qué era. Fue mi mejor amigo Luis Bond (cofundador de Tramoyero films) que siempre anduvo claro que lo suyo era el cine. Así que desde siempre me fue metiendo en este mundo”.

Junto a Luis Bond y Xenia Marcinko, Daniel Rodríguez funda Tramoyero films: “La casa productora se creó con metas para hacer cine, pero como toda nuestra experticia era de publicidad, empezamos a ganar experiencia y dinero trabajando en ello”. Tras acumular rodaje en este apartado, Tramoyero films decide trabajar en su primer cortometraje, ‘La mujer de la grieta’, que será presentada en el Indie Passion Film Fest de Miami entre el 1 y 4 de noviembre. “La mujer de la grieta (grabada en Caracas) es rara porque Luis y yo que la escribimos nos gustan las historias extrañas. Indirectamente toca muchos temas que pensábamos que no iba a tocar, pero es la historia de Anabella (una chica de veintitantos) que está con su mejor amiga y el novio en una casa en un bosque para un escape de fin de semana. Estando en esa casa descubre cosas que no le gustan. Ella trata de solucionar los problemas, pero se vuelven cada vez peor. Es tratar de hacer las cosas bien, pero terminas arruinándolo”.

Pese a que Daniel entiende la coyuntura venezolana actual, dejó claro que hacer cine es cuesta arriba en todos lados: “En todos lados hacer cine es muy cuesta arriba porque necesitas muchos recursos. Estás haciendo una inversión a algo que no necesariamente tendrá una inversión de vuelta. Se necesitan que muchas cosas se adhieran para que salga bien. Hacer cine en Venezuela tiene sus pros y sus contras. A favor tiene que el equipo técnico en Venezuela es muy bueno, está bien formado. El tema de cambio de dólares a bolívares te beneficia si tienen los dólares. La parte negativa es que mucha gente calificada se ha ido. No hay muchos recursos, no puedes conseguir todo. Para las pautas necesitas guardias de seguridad cosa que no pasa en otra parte del mundo”.

Para quien disfruta con Kubrick y Tarantino, pero inició como ingeniero “el cine es como magia”. Así resume la experiencia de su primer cortometraje: “No teníamos nada y fuimos creando. El cine es crear porque creas una historia desde la nada. Nació dentro de mí y lo puedes poner afuera para que la genta lo vea, lo podrá querer u odiar, pero es una creación tuya y me parece súper mágico”.

Los tesoros ocultos en los templos del centro

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Una vieja tradición que nos viene de la España colonial lleva a los fieles católicos a visitar siete templos entre la tarde del Jueves y la del Viernes Santo para hacer memoria de los siete lugares a los que fue traslado Jesús desde la Última Cena hasta el Calvario. En épocas más seguras, las visitas eran de noche y los templos permanecían abiertos hasta la bien entrada ella. Ahora se suelen hacer mientras dure el sol del jueves o en en la mañana del viernes  Lo que no ha cambiado, sin embargo, es la preferencia de los caraqueños por los templos del centro de Caracas, que a pesar de tener ya una basta competencia en toda la ciudad, siguen siendo los más visitados. ¿Por qué? Probablemente porque son las iglesias más viejas de la capital y están llenas de historia. Y aunque el tiempo,  el descuido, el mal gusto y las remodelaciones han ido sepultando sus tesoros, todavía sus viejos muros e imágenes tienen mucho que decirnos y mostrarnos. Aquí una guía de cosas para ver -y sorprenderse- si se les visita.

CATEDRAL

Es la madre de todas las iglesias de Caracas, pero bien bien podría ser la hija o hijastra: para ser catedral es bastante modesta y discreta, y no deslumbra ni resalta. Su estilo es más bien colonial, con algo de barroco en las capillas laterales.

LA CRUZ QUE PARÓ EL TERREMOTO

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Cuenta la leyenda que cuando la centenaria cruz pontificial que encabeza su fachada  tocó el suelo, el terremoto de 1967 paró. Quedó enterrada en el asfalto, viendo al Ávila, y durante 2 días fue el centro de atracción de los caraqueños, que peregrinaban y hacían cola para ver y rezar ante ella. Para sacarla fue necesario remover toda la pieza de asfalto con un gato hidráulico y volverla a construir. “Durante todo el recorrido se posó al lado de la cruz una paloma blanca, que no dejó de supervisar el proceso de restauración”, contó el pintor Alirio Rodríguez, encargado de la restauración. La pieza de asfalto sobre la que quedó su huella se encuentra actualmente en la Capilla del Santo Cristo de la Misericordia de El Valle

EL ALMA DE BOLÍVAR 

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La capilla la fundó en 1689 uno de los familiares de Bolívar, y desde entonces perteneció a su familia. Allí recibieron sepultura sus antepasados y en su última visita a Caracas el mismo Simón Bolívar rezó allí ante los restos de sus familiares. En aquella ocasión, emitió un decreto ordenando que se hiciera un monumento, que finalmente fue construido un siglo después, en Toledo, España, en el que se representa a su alma rezando ante la tumba de sus padres y esposa. Durante 34 años, antes de ser llevado al Panteón, sus restos descansaron allí. Hoy, queda allí su alma.

LA CÁTEDRA DE UROSA

Todo obispo y toda catedral tienen una. Se le llama Cátedra o Sede Episcopal, es una especie de trono o silla presidencial eclesiástica. Es símbolo de autoridad (desde ella el obispo gobierna la diócesis) y de primacía (desde ella el obispo preside a la comunidad cristiana). La de Caracas es de mármol blanco y terciopelo rojo, y puede que dentro de poco tenga nuevo ocupante.

EL ÚLTIMO CUADRO DE MICHELENA

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De haberse terminado, hubiera sido una obra preciosa (la luz del rayo de luna y la mesa en herradura que va cambiando según la perspectiva de quién lo vea así lo prometían). Sin embargo, la muerte se atravesó entre Michelena y este cuadro de la Última Cena, por lo que quedó inconcluso, y así se exhibe en la capilla donde están las tumbas de los arzobispos de Caracas. Se trata de un gran lienzo enmarcado en madera que él murió pintando en la misma Catedral y sobre el cual, cuenta la leyenda, tosió sangre. Que quedara sin terminar ha permitido a los expertos en arte conocer mejor la técnica de Michelena.

BASÍLICA DE SANTA TERESA Y SANTA ANA

Ostenta la dignidad de ‘Basílica’, lo que la hace especial entre todas las iglesias caraqueñas. Fue un regalo de Guzmán Blanco a su esposa Ana Teresa -de allí le viene el nombre-. Arquitectónicamente es muy rara -tiene dos fachadas-, litúrgicamente no es tan funcional, pero dentro alberga una gran cantidad de tesoros y es la sede de la mayor devoción de los caraqueños: el Nazareno de San Pablo.

DOS IGLESIAS JUNTAS


Quizás la cosa más curiosa que alguien pueda encontrar en la Basílica de Santa Teresa es su propia estructura: dos iglesias neoclásicas unidas por una cúpula debajo de la cual se sitúa el altar mayor. Tiene, de hecho, dos fachadas distintas: la de Santa Teresa y la de Santa Ana, y eso la hace casi única en el mundo. Una está siempre abierta (la de Santa Ana) y la otra (la de Santa Teresa) cerrada. No es muy funcional para el culto y es un caso paradigmático de espacio mal aprovechado: se le entra por la puerta trasera y en las misas del Nazareno más de la mitad de la feligresía suele quedar por detrás del altar.

EL ÓRGANO

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Es uno de los pocos –poquísimos– órganos tubulares que todavía funciona en Caracas. Es de la marca Cavaillé-Coll, y data de 1885. Tiene un motor eléctrico y gran potencia para los bajos. Durante la Semana Santa, se toca con todos sus registros, y su sonido potente y envolvente retumba por toda la Basílica.

EL BALDAQUINO

Dícese de un pabellón en forma de domo que apoyado sobre cuatro columnas se erige sobre los altares mayores de las iglesias grandes. El más famoso es el de la Basílica de San Pedro, hecho por Bernini. Santa Teresa es la única iglesia del centro -y puede que de Caracas y quizás de Venezuela-, con uno de ellos. Está hecho de mármol.

LA CÚPULA

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Aunque el tiempo ha hecho de las suyas, es digna de admirar por dentro.

EL HUESO DE SANTA TERESA

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Fue una de las más grandes santas de la cristiandad y una de las pocas mujeres que por sus escritos ha alcanzado el título de Doctora de la Iglesia: Santa Teresa de Ávila. En uno de los altares laterales de la basílica, debajo de su imagen de yeso, hay un relicario con un hueso suyo. Tomando en cuenta que murió en 1582, tiene por lo menos 434 años.

EL NAZARENO DE SAN PABLO

Es el rockstar de la Semana Santa caraqueña. La imagen más venerada, la que más devoción genera y la que más gente congrega. Su fama, inmortalizada por Andrés Eloy en un poema, data de los años mil seiscientos -1696, para ser exactos- cuando una peste de vómito negro azotó Caracas y lo sacaron en procesión; al pasar por la esquina de Miracielos, la cruz se enredó en un limonero, los caraqueños lo entendieron como una señal providente, hicieron limonada con ellos y se sanaron. A partir de allí, los Miércoles Santos no fueron iguales: cada vez que sale -tras 15 misas, que comienzan a las 12 de la noche y se celebran cada hora hasta las 3 de la tarde- , lo hace en loor de multitudes debajo de un arco de 5.000 orquídeas moradas. Dicen los más viejos que cada año se inclina un poco, y que cuando su cruz toque el suelo el mundo se acabará.

LAS ESTATUAS DE OJOS BLANCOS

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Son de mármol y han de valer millones. Representan a Santa Ana y a Santa Teresa. Sin embargo, el blanco de sus ojos, sin ningún tipo de relieve ni expresión,  producen un poco de miedo.

EL MISTERIO DE SAN JUSTINO

Autor: Brisa del Mar - Venezuela (Flikr)

Autor: Brisa del Mar – Venezuela (Flikr)

Son lo más misterioso -e ignorado- de la Basílica de Santa Teresa: los huesos de San Justino. Aunque en la placa que los acompañan se dice que era un “soldado romano y martir de los primeros siglos”, la verdad es que era un samaritano de origen romano, más filósofo que soldado, autor de los primeros textos de apologética (defensa de la fe) católica. Murió martir en el año 162 por negarse a ofrecer incienso a los dioses romanos, según consta en su acta martirial. ¿Cómo sus restos llegaron de la Roma del siglo II a la Caracas del XIX? Misterio tan grande como el de qué fue lo que pasó con esos huesos en los 80’s: hasta esa época se encontraban exhibidos en la Basílica en una urna de cristal, que luego desapareció. En 1986 volvieron a exhibirse, pero esta vez en el pequeño cofre de bronce ubicado debajo del altar mayor en el que todavía se encuentran. ¿Qué pasó allí? Misterio indescifrable.

BASÍLICA MENOR SANTA CAPILLA

Es el templo más bello de toda Caracas, y puede que de Venezuela. Una improbable joya arquitectónica enclavada en el centro de la capital, en el lugar donde se celebró la primera misa de Caracas. La mandó a construir Guzmán Blanco con la idea de que fuera una réplica menor de la ‘Saint Chapelle’ parisina, y aunque quedó en idea -la diferencia entre ambas es abismal- no deja de ser preciosa.

EL (MAL) GUSTO DE JACKELINE FARÍA

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En 2011, cuando Jackeline Faría era Jefa del Gobierno del Distrito Capital, ‘Santa Capilla’, que se estaba cayendo, fue restaurada y rescatada por esta institución. Aparte de incompleta –sólo arreglaron la nave central–, la restauración demostró el mal gusto y poco criterio estético de quienes la llevaron a cabo, que pintaron de color salmón (¡¡¡!!!) un templo gótico.

EL DEMONIO

Demonio

Dicen que está allí precisamente para alejarlo. Se le ve siendo torturado y vencido por el Arcángel Miguel. Y es una de las pocas iglesias que tiene a Satanás en su fachada.

LAS PUERTAS

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De buena madera y mejor talla. En ellas están representados algunos pasajes insignes del evangelio.

LAS OJIVAS

Foto: TripAdvisor

Bóvedas ojivales, cruceros y tragaluces. Todo eso que uno jamás pensó ver en Caracas.

EL ALTAR

Foto de 'El Universal'

Foto de ‘El Universal’

De mármol esculpido. Toda una obra maestra. En el centro, una imagen de la patrona de Francia: ‘Notre Dame de París’ (Nuestra Señora de París).

EL CUADRO QUE SÍ TERMINÓ MICHELENA

En 1897, un año después de terminar de pintar a Miranda en la Carraca, a Arturo Michelena le encomiendan dos cuadros para Santa Capilla: ‘La multiplicación de los panes y los peces’ y ‘Las bodas de Caná’. El primero lo termina y el segundo queda incompleto. El 17 de octubre de ese año bendicen el cuadro en Santa Capilla y desde ese año se encuentra en la nave derecha de la Basílica Menor, donde se le puede -y debe- apreciar.

LA CRUZ MILAGROSA

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Llegó al país en 1927, después de la cuarta peregrinación de venezolanos a Jerusalén. Tiene muchos devotos –y placas de agradecimiento– y es un impelable de la Semana Santa caraqueña.

LA ORTOGRAFÍA DE LOS ABUELOS

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Cientos de placas de mármol se encuentran en este templo, muchas de las cuales, como la que ilustra la foto, dan cuenta de cómo escribían nuestros mayores.

IGLESIA DE LAS MERCEDES

Puede que sea el tercer o cuarto templo más viejo de Caracas. Su primera construcción data de 1614: era apenas una ermita de madera hecha por mulatos. Sucesivos terremotos la fueron destruyendo, hasta que en 1857 se reconstruye con la estructura que tiene ahora. Es uno de los templos más altos de Caracas, y destaca por la solidez de sus muros y columnas de piedra gris. Pertenece a la orden de los Capuchinos.

LA VIRGEN QUE DETUVO LOS TEMBLORES

Amaneciendo el 29 de octubre de 1900, un terremoto -otro de tantos- y sus réplicas azotaron a la ciudad capital. Durante todo el día temblores y lluvias se sucedieron, siendo el de las 7 de la noche uno de los más fuertes. “¡Fin de mundo!”, pensaron los caraqueños. Los frailes capuchinos -que algo sabrían después de tantas destrucciones del templo- decidieron entonces sacar en procesión a la Virgen de las Mercedes, y santo remedio: se terminaron los terremotos y las lluvias. En agradecimiento, los caraqueños mandaron a hacer una imagen de mármol, que está en la entrada del templo. “Los católicos de Caracas agradecidos a la Santísima Virgen María”, dice la inscripción. Desde ese entonces, se le tiene como ‘Abogada de los Terremotos’.

LA ESCALERA MÁS ESTRECHA DE CARACAS

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No será una obra magna de la ingeniería, pero igual tiene su gracia. Una gran y estrecha escalera de caracol, hecha de madera, desde la cual se subía hasta el órgano…cuando lo usaban.

LOS OJOS DE SANTA LUCÍA

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Primero ordenaron llevarla a un prostíbulo para que la violaran, y no pudieron moverla ni con cuerdas; luego la intentaron quemar en la hoguera, y no ardió; después le sacaron los ojos, y siguió viendo; finalmente la decapitaron y murió. Así narra la tradición el martirio de Santa Lucía, cuya estatua de yeso, con sus ojos en un plato, se encuentra en esta iglesia.

IGLESIA NUESTRA SEÑORA DE ALTAGRACIA

Otro de los templos históricos de la capital. Fue la quinta iglesia de Caracas (1668), y en su momento, puede que la más bella. “La iglesia parroquial de Altagracia es la mejor de todas y su fábrica honraría hasta a las principales ciudades de Francia”, escribió en su momento el diplomático francés Francisco Depons, quien estuvo de visita en el país entre 1800 y 1804. Está llena de buen mármol, pero muy mal conservada. Al visitarla es imposible no sentir que ha sido víctima de mucho descuido y mal gusto.

EL PÚLPITO DE MÁRMOL

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Antes de que llegaran los micrófonos y cornetas, las homilías y sermones se pronunciaban desde allí para garantizar que todos escucharan. El de esta iglesia, que todavía se conserva, es una obra de arte: todo de mármol, con un ángel impecablemente esculpido, que desde abajo indica que se oiga al que habla. Durante años, su delicado dedo señaló al Padre José Vicente Lozano, famoso predicador de la época, quien desde allí hizo llorar por muchos Viernes Santos a nuestros bisabuelos con sus elocuentes y muy concurridos sermones de las 7 palabras.

LOS ALTARES…DE MÁRMOL Y ORO

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Los altares de las naves laterales (lo que queda de ellos después del Concilio), atestiguan que debió ser una iglesia de caraqueños pudientes: mármol blanco, verde y rosado; mosaicos de piedras preciosas y oro. Todo de un valor incalculable, aunque parece que nadie se ha dado cuenta.

MAYOR DOLOR DE CRISTO

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Es una de las imágenes más antiguas (y sangrientas) del país. Llegó de España en 1864 y desde entonces estuvo por varios templos (San José, Santa Rosalía) hasta finalmente terminar en Altagracia.

EL TECHO EN RUINAS

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No se está cayendo, pero pareciera. Es la pintura –y no el concreto, yeso, o de lo que quiera que esté hecho– lo que se ha ido abajo. Y así lleva años sin restaurar. Para meditar sobre el tiempo y su inclemencia, sobre el descuido y la desidia.

LAS TUMBAS CENTENARIAS

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Caminando por el templo no es raro toparse con las tumbas de algunos caraqueños, supone uno que insignes, que se encuentran enterrados allí. Las fechas denotan la antigüedad de los mismos.

IGLESIA DE SAN FRANCISCO

Es prácticamente una iglesia-museo, y allí se encuentran los que los expertos consideran los 17 retablos más hermosos del siglo XVIII venezolano. El tener a la cabeza al más rojo-rojito de los curas de Caracas (el P. Numa Molina, SJ) llevó a que fuera impecablemente resaturada y a que constantemente tenga mantenimiento. Única iglesia del centro que es custodiada y vigilada por la GNB. Puede competir de tú-a-tú con cualquier templo mexicano o suramericano, e incluso europeo.

LA CRUZ SANTA

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Todo su retablo mayor es una joya, y se le podría dedicar un aparte a cada imagen. Sin embargo, nada más valioso que la cruz que lo encabeza, que dentro contiene  las reliquias de 14 santos distintos. A la hora de un exorcismo, sería harto efectiva.

EL SANTO QUE HA GRADUADO A MEDIA CARACAS

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Dicen que vivió sesenta años en el desierto alimentándose de dátiles y agua, y del pan y vino que un ángel le bajaba los domingos. El cabello y la barba le crecieron tanto que se convirtieron en su única ropa. San Onofre se llama, santo del trabajo y los estudios, y tiene en Caracas cofradía propia y una legión de seguidores que año a año les dejan sus medallas de graduación.

LA (DESCONOCIDA) EMPERATRIZ DE CARACAS

Foto: El Universal

 

Es la reina de Caracas. El título se lo confirió en 1988 el Cardenal José Alí Lebrún, quien la coronó canónicamente en la Plaza Bolívar. Una placa –y la corona de oro– dan testimonio de ello. ‘Nuestra Señora de la Soledad’, se llama, y es además una imagen única: la original se quemó en España y de allá tuvieron que venir a hacer una réplica para poder seguirla venerando en Madrid.

EL CONFESIONARIO DE SEÑORITAS

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Puede que sea el confesionario más antiguo de la capital. Data de mil setecientos y tanto. Tiene a San Francisco arriba y a varios ángeles a los lados. Rococó se llama a su delicado estilo, que explica muy bien por qué antes los hombres se confesaban de frente y las mujeres en estos muebles.

EL SANTO SEPULCRO

Foto: El Universal

Era, quizás, la única procesión que podía acercársele -en número de devotos- a la del Nazareno de San Pablo: la del Santo Sepulcro de San Francisco. La imagen, antiquísima, data de la época de Guzmán Blanco -era del convento de las Concepcionistas, que el ilustre afrancesado cerró-, y sigue saliendo, con menos fieles pero igual costumbre, todos los Viernes Santos.

Lorena Pereira: “Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando era pequeña, en la casa de Lorena Pereira no sonaba un despertador sino un cuatro. Lo tocaba su padre a las 5 de la mañana, y de esa singular manera las despertaba a ella y a su hermana cuando tenían que ir al colegio. Con tales amaneceres, su vocación musical prácticamente no necesita explicación. Todavía menos con el dato de que esa casa estaba en Barquisimeto, la ciudad musical de Venezuela, y de que ese padre que tocaba el cuatro y su esposa eran (son) instrumentistas y cantantes. Una familia musical, como la define ella ahora, en la que hay también tíos y primos dedicados al oficio, y en la que lo extraño hubiera sido que la pequeña Lorena, que a los 10 años cantaba boleros, que pertenecía al Coro Sinfónico de Venezuela y a los Niños Cantores, y que participaba en cuanto festival o concurso musical había en una ciudad cuya fama se debe a ellas ellos, no hubiera sido cantante. Pero lo es. Y ahora, luego de una travesía como corista de artistas archi conocidos y de unas cuantas presentaciones haciendo covers en Miami, donde vive desde 2014, ha decidido que es el momento de sacar su propio disco y mostrarle al mundo lo que tiene que ofrecer.

-¿Cuál es tu meta?

-Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música. Yo no busco reconocimiento de la gente por ‘xs’ cosa, sino que realmente disfruten lo que estoy haciendo. Me tardé un poco en creerme el rollo de que la gente podía disfrutar de mi talento como artista principal porque siempre estuve detrás del artista. Y no por tener baja autoestima, sino porque nunca me lo había planteado de esa manera.

-¿Cómo es la música que quieres mostrar?

-Es una música que deja al descubierto mi personalidad. Yo me considero alegre, optimista y sensible. Y así tal cual como soy va mi disco: va a haber merengue, salsa, reggae, un poco de pop.

-¿Siempre quisiste ser cantante?

Sí. Siempre. Desde niña. Era algo como natural. No fue una sorpresa realmente.

-¿Te venía moldeando la familia?

-Sí. Sobre todo por parte de mamá, donde hasta mi abuela, que era músico. Lo mismo mis tíos. Tengo un primo que estuvo en Salserín. Mis papás son músicos activos actualmente. Cantantes e instrumentistas.

-¿En qué momento descubres o confirmas que tienes madera para ello?

-Eso se dio de una manera súper natural. No recuerdo que me haya sentado un momento o haya puesto mi cabeza sobre la almohada y haya dicho: esto es lo que quiero hacer y vivir de esto. Todo se fue dando de una manera natural.

-¿Qué es la música para ti?

-Es todo. Es mi vida. En mi vida no hay sentido alguno si no existe la música. Es mi refugio. Mis ganas de salir adelante. Mi empuje, mi impulso, mi añoranza. La música ha sido el impulso para todo. En una palabra: todo.

-¿Cuánta música escuchas al día?

-Imposible saberlo. Siempre estoy escuchando música. Si no tengo el radio puesto, puedo estar cantando de forma inconsciente. Mi esposo dice que canto hasta dormida. Escucho reggaetón, ballenato, bolero, bossa nova, música cubana, venezolana, brasilera. Escucho de todo.

-¿Pero debe haber algún género que no te guste?

-Jamás van a encontrar en un playlist mío música grupera mexicana, tampoco trap. No los soporto. El reggaetón antes no me gustaba y, aunque no lo escucho mucho, aprendí a valorarlo un poquito cuando me tocó interpretarlo, porque no es fácil. Ya no lo desecho por completo.

¿Cuál es tu género favorito?

-El pop balada. Ese es el género en el que me muevo como pez en el agua. Que más disfruto. Que me llena. No tengo que estar triste para escucharlo ni me pone triste tampoco. Puede ser una canción de despecho, de desamor, sin embargo no cambia mi estado de ánimo. Es mi favorito tanto para escucharlo como para interpretarlo.

-Hablemos de canciones. Dime una canción que te haga llorar

-Es algo loco pero la canción que me quiebra es un tango que se llama “Nostalgia” porque me trae muchos recuerdos de mi abuela, que me la cantaba.

-…una que te haga feliz

-“Son de la loma”. Porque me recuerda las guatacas que se formaban en la casa. Y me remonta a esos momentos tan bonitos

-…una que te recuerde a Venezuela

-“Venezuela”, literal. No puedo escucharla porque se me parte el corazón cada vez que la escucho.

…una canción que te recuerde a Barquisimeto

-“El retorno”. De Isaac del Moral. Es una canción a Barquisimeto, que interpreté muchas veces de muchachita y hace que se me quiebre la voz, pero no de tristeza sino de nostalgia, de esos momentos bonitos.

-…una que te recuerde a la infancia

-Coye, mira. La de ‘El club de los tigritos’. Ese fue el ‘Somos tú y yo’ de mi época.

…una que te recuerde a la adolescencia

-“Primer amor”, de Servando y florentino.

-…una canción para enamorarse

-“Bachata rosa”, de Juan Luis Guerra

-…una para despecharse

-“Buen perdedor”, de Franco de Vita

-…una que te haga bailar

-“El cuarto de tula”

…una que tengas pegada ahorita.

-No te vas, de Nacho.

-¿Los cantantes son buenos bailarines?

-En mi caso considero que soy una buena bailarina, sin técnica y sin tener que estar haciendo maromas, sino una bailarina que sencillamente deja llevar por el momento. Me encanta sobre todo bailar salsa.

-Hablemos ahora de los artistas con los que has trabajado, porque veo que has sido corista de una cantidad considerable de ellos. Yo te voy a dar el nombre y tú me los describes en una palabra:

-Marc Anthoni

-…fuego

-Marco Antonio Solís

-…caballerosidad.

-Natalia Jiménez

-…sublime

-Alejandro Fernández

-…elocuente

-Farruko

-…una sorpresa. Porque cuando a mí me dicen que voy a trabajar con él yo digo: ‘ok’. Y veo que el tipo canta. Y lo hace muy bien. Y eso fue una sorpresa súper grata.

-Víctor Manuel

-…swing

-Jean Carlo Canela

-…novedad

-Miguel Bosé

-…experiencia

-Rosario Flores

…mira, yo te puedo decir mil cosas de esa mujer, pero lo que más sentí en ella fue el arraigo a su tierra. Ella se siente orgullosa y eso me impactó muchísimo. Es perseverante, luchadora por sus raíces: no tiene que estar haciendo reggaetón ni nada de eso, hay para todos los gustos.

-¿Cuán satisfecha te encuentras en este momento?

-Plena. Plena. Por todas las cosas que he logrado y los proyectos que tengo en camino.

[Puedes escuchar “Ven”, el primer sencillo de Pereira aquí]

La casa de la tempestad

Por: Emmanuel Rincón |  @emmarincon
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Observar desde afuera como tu casa se derrumba, presenciar desde adentro como tus anhelos se destruyen, vivir en la ansiedad de aquellos recuerdos donde la prosperidad era tangible. El esfuerzo de nuestros ancestros reducido a cenizas, aquel país de luz que hoy gobierna la turbiedad.
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El desplome de la economía, lo absurdo de los abusos, el dominio de los imbéciles, y la pasividad de los derrotados ¿Cuánto tiempo más se prolongará el dolor? ¿Cuántos cuerpos más deberán convertirse en cadáveres antes del cambio?
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Una revolución capaz de transformar las más grandes riquezas en miseria, un hombre que decidió cortarles las piernas a todos sus conciudadanos; un séquito de adoradores de la injusticia que corean las barbaries como glorias. Hombres cabizbajos, mujeres vulneradas, padres avergonzados, hijos agobiados, familias famélicas, es un mapa del dolor, millones de cerebros conducidos a la frustración y la desesperanza.
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La quiebra es la palabra más utilizada: la quiebra moral, la quiebra espiritual, la quiebra económica. El éxodo como resolución de un conflicto interno: el éxodo del dolor, el éxodo del hambre, el éxodo de la verdad.
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No pasa un día en que no haya llantos, no pasa un día en que no haya dolores, no pasa un día en que no gobierne la frustración. Desde afuera se observa como la casa se incendia con la impotencia de no poder calmar la tempestad, desde adentro el maremoto acongoja a quien lo experimenta en carne viva. Son treinta millones de hilos rojos que de a poco se cortan en medio de la hecatombe. Y el miedo, el terrible miedo de sentir que, de pronto, ya no habrá un hogar al cual volver, ya no habrá un sitio de abrazos y reencuentros, ya no habrán ilusiones, y en lugar de ello solo quedarán cicatrices, cicatrices del dolor.

Sofía Ímber: “No hay nada mejor que el periodismo”

Por: Ángel Zambrano Cobo
Foto Natalia Brand / Asistente: Anita Carli

A eso de las once de la noche no quedaban empleados en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Un farol de Parque Central iluminaba el nombre del museo sobre la fachada. Por la puerta principal salió alguien con un martillo en la mano. Lo hizo de noche, porque de día probablemente el personal del museo no lo hubiera permitido. A la mañana siguiente todos se dieron cuenta de que alguien había arrancado diez letras a martillazos que dejaron una sombra debajo de las seis palabras «Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Así, “a carajazos”, Sofía Ímber abandonó la fachada de su obra más importante.

“A carajazos… Nadie del museo se enteró cuándo quitaron mi nombre de la fachada”, Sofía Ímber no muestra rencor cuando cuenta esto, ni siquiera rabia. Ella, que dedicó veintiocho años de su vida a un museo que ya no lleva su nombre, narra este hecho como algo del pasado que dejó de tener importancia o que nunca la tuvo; dice, incluso, que esto no le sorprendió: “Ningún acto fascista me es extraño en este momento; el que me hayan botado no me dolió, porque a uno le duelen las cosas según de quien vienen, y eso fue casi un aplauso”.

Todo lo dice con esa voz ronca que va y viene; habla bajito, dice, por los años que trabajó en la televisión. Su metro y medio de estatura comienza con unos zapaticos marrón claro mínimos y termina con cabello corto, como de hombre. Las piernas, la izquierda sobre la derecha, no se descruzan nunca. Sus manos, que son una cédula de identidad, dicen que nació en el año 1924; con la diestra acaricia al perro que se queda sentado a su lado durante toda la entrevista. El otro perro, como quien ya ha escuchado suficientes entrevistas de su dueña, se retira apenas ella responde el «¿qué tal?» inicial.

“Estoy sobreviviendo, como todos los venezolanos”. Sin importar la pregunta, siempre termina por referirse al entorno nacional; su pasado periodístico la lleva siempre por el camino de la realidad. Evoca el oficio acompañándose de un suspiro y una sonrisa: “No hay nada mejor que el periodismo, es una maravilla; lo recuerdo con mucho placer”. Entonces sonríe más intensamente y esa segunda sonrisa tumba, de un golpe y sin permiso, su reputación de dura, de intransigente.

“Sé amar, no sé odiar. Aunque parezca una frase hecha, lo que digo es auténticamente cierto. Me parece horrible odiar; me gusta trabajar con la gente, respetar el trabajo del otro: darles la posibilidad de crecer a todos”. Así, un museo que al comienzo sólo era conformado por ella y los ochocientos metros cuadrados de construcción, ahora tiene veintiún mil metros cuadrados, doscientos doce empleados y una colección permanente de cuatro mil diecinueve obras. La ilusión de darles a los venezolanos el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina se hizo realidad gracias a Sofía Imber; que la convirtió, como dice ella, en “el contemporáneo”.

También en su casa hay algo de ese ambiente; ésta tiene más de museo que lo que tiene de casa: tres esculturas aquí, cinco cuadros allá y algo de artesanía también abundan por doquier; al respecto comenta la entrevistada: “Éstas son obras que he coleccionado durante varios años”. No hay suficiente pared para todos los cuadros; detrás de Sofía hay una estantería que está –del piso al techo– repleta de libros de arte, pero, cubriendo la mayoría de los libros, hay seis cuadros que no encontraron un lugar junto a los otros: éstos cuelgan desde el tramo más alto del estante y parece imposible sacar un libro, ya que los libros son la pared de esos cuadros. “Tengo que levantar los cuadros para bajar los libros de la estantería; es un gran trabajo, pero todo cuesta trabajo”, dice con naturalidad.

Ya va atardeciendo y Sofía Ímber insiste en prender las luces para vencer la creciente oscuridad; se levanta con dificultad, “por la rodilla mala”. Ya menos oscuro todo, se vuelve a sentar junto al perro que todavía parece escuchar con interés, se voltea a ver los libros secuestrados por los cuadros y devuelve la mirada hacia el frente.

Cuando rememora sube los ojos, como buscando su pasado en el techo de la habitación. Por un rato guarda silencio; un silencio que nunca llega a ser incómodo, que no se apresura a romper, y que sólo es interrumpido por los pájaros, que cantan a todo dar antes de que anochezca. “No hay mejor despertar que el de los pájaros; no es como los despertadores. Cuando Carlos y yo teníamos el programa teníamos que llegar al estudio a las 4:45 de la madrugada, poníamos cinco despertadores para no quedarnos dormidos. En los treinta y tres años que tuvimos que llegar a esa hora, nunca llegamos tarde”.

Durante esos treinta y tres años, ella y su esposo Carlos Rangel despertaban al país con el programa Buenos días; “uno sigue consiguiéndose a gente que en aquella época era todavía muy joven y que te cuenta cómo su papá lo sentaba en frente de la televisión a ver el programa. En él no se llegaba a los términos de ahora, de tanta discusión y pelea. Hoy yo preguntaría en el programa cómo debe ser la educación en un país tan rico y tan pobre como Venezuela; el periodista trabaja dentro del momento político en el que vive. Yo tendría invitados que supieran explicar esto que estamos viviendo. Los programas deben ser así, deben tener un sentido, como las instituciones”.

Lo que fue bueno para Buenos días fue bueno para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. “Dirigí el museo como si fuera un periódico porque el museo, como los medios, tiene que estar ahí para la gente. Se pueden leer los cuadros como lees la página de un diario. El que entra en un museo es atravesado por ese museo; aunque no le guste lo que ve, lo observado crea un efecto en él”, esto lo dice con la seguridad de quien dirigió un museo durante veintiocho años. “Nuestro museo tenía la meta absoluta de estar ahí para la gente, de ser para ellos. Quisimos lograr que hubiera un intercambio constante y lo hicimos plenamente; invitamos a la gente del barrio a que viera las exposiciones, hicimos salas especiales para ciegos. El museo fue una institución viva”, aunque todo esto sea parte de su pasado, se sienten en su voz las ganas del presente.

A esa voz no le duele el pasado; pasa por él como se pasa por las páginas que ya se leyeron, que ya aportaron lo que tenían que aportar. “Recuerdo todo de Carlos; me hace mucha falta, fue mi gran compañero de vida, pero no me duele esa pérdida: no es un pérdida porque todavía lo tengo conmigo”. En la cara de Sofía Ímber perduran las sonrisas: su sonrisa; ni ella ni su dueña son dolientes del pasado, porque en todo ve futuro: un futuro que se niega a predecir, o incluso a recomendar. “Los jóvenes saben el papel que tienen que desempeñar en este país, ellos mismos encontrarán su camino sin que nadie se los muestre. Dar consejos es un poco necio, porque nadie hace caso; yo doy consejos y nadie me hace caso, a mí me han dado muchísimos que no he seguido”. De los pocos a los que les ha hecho caso, acaso el único, está uno del escritor inglés Bertrand Russell: «no hay que temer pertenecer a una pequeña minoría». Ella confiesa que esa es su frase preferida: “La uso cada día; si no lo hiciera, no hubiera podido levantar el museo ni nada en la vida. Uno no debe tener miedo de decir cosas distintas, ni de ser diferente. Nunca fui una persona conformista, por eso me han botado de tantos sitios”.

Desde la esquina de ese sofá de cuero azul todo está claro para Sofía Imber; responde todo con la seguridad de sus ochenta y tres años y sólo pronuncia un “no sé” en toda la entrevista. Lleva un reloj en la muñeca derecha y otro en la izquierda, los dos marcando la misma hora: “Eso sí no sé por qué; desde que pude comprarme el segundo, siempre tengo los dos puestos”. Ella mira a los ojos con una sonrisa, divertida ante la pregunta para la cual, por fin, no tiene una respuesta.

Se despide con la misma sonrisa que inauguró al saludar. Casi por accidente suelta algo que suena mucho a consejo y poco a necedad: “Cuando se escribe, a uno le gusta lo que escribió y se hace con honestidad no importa si no le gusta a los demás”.

Una boda atípica y tópica

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un país donde los blackberrys son parte de la canasta básica y se arma un dramón con episodios de depresión colectiva ante la falsa ida de Zara, que a 24 parejas les dé por casarse en el Sambil un 14 de febrero es algo que no extraña pero que hay que ver.

Así que en una tarde-noche tan linda como esa estaba yo en la terraza de la feria, convertida por obra y gracia de la decoración en recinto nupcial con telas colgantes y, claro, alfombra roja, que eso no puede faltar nunca. Alrededor de ella, en sillas doradas y vinotinto, estaban los emocionados familiares, que con sus trajes largos, faldas, chaquetas, corbatas, alisados, copetes de peluquería y una que otra joya, le conferían al evento un insospechado carácter solemne.

A eso de las 7:00 PM el fondo de violines fue cortado por una Daniela Kosán que de tan acostumbrada a las audiencias virtuales de la TV cuando se vio con casi 200 personas en frente se volvió puro nervio y no supo qué hacer. Adoptó los modos de la televisión -mirada fija en un punto abstracto del horizonte, tono impersonal y frío, dicción neutra- mientras el público, un tanto desconcertado, no entendía si la cosa era con ellos o con quien. Apoyada en unas fichas, explicó que todo tenía validez legal y les dio la bienvenida a los novios.

Con la marcha nupcial de Wagner y el público de pie fueron entrando las parejas. Como en botica, hubo de todo. Desde conyugues a los que más que el Código Civil lo que les aplicaba era la LOPNA, hasta unos a los que el Código Penal ya les otorgaba el beneficio de casa por cárcel. Vestidas de blanco ¿pureza? -salvo una que fue de morado y otra de amarillo- iban las damas, mientras los caballeros alternaron entre el terno y el smoking, con algún destello folklórico en versión liqui-liqui.

El discurso de bienvenida lo dio el Alcalde de Chacao, Emilio Graterón, quien desde su soltería, no sé si cotizada, les reveló a los novios “el secreto” del matrimonio: “que cada día en la mañanita se levanten pensando qué harán para hacer feliz al otro (…) que nunca se acuesten bravos“. Y para evitar que algún impertinente le preguntara dónde estaba la esposa que validara la eficacia del método, remató la intervención con su “average de familia felices”: “he casado a más de 3000 parejas y hasta ahora ninguna se ha divorciado”.

Terminado el discurso, la registradora leyó los sempiternos derechos y deberes, y comenzó la boda. La logística ordenaba que el Alcalde llamara a las parejas, Daniela Kosan les leyera la fórmula de imposición de los anillos para que la repitieran, el Alcalde hiciera la pregunta de rigor -¿Aceptas a…?- y los declarara formalmente en matrimonio. Y así fue en la práctica, pero con algunas diferencias.

Quizás porque tenía al lado a una Miss o porque había dos reflectores iluminándolos y una cámara grabándolos, Graterón se mimetizó también en animador de TV. Con un tono alto y claro que iba a medio camino entre Winston Vallenilla y Daniel Sarcos fue como llamó a las parejas. Sin embargo, la onomástica vernácula, extravagante y esperpéntica, le fue arruinando el momento: a Doralis le dijo Dorelis, a Marleti, Merelbi; a Quereigua, Querigua; a Yulide, Yulidiet, a Edwar, Ender; a Irima, Irma. Y entre error y corrección, una risita nerviosa de la Kosan, que del susto preguntaba dos y tres veces cómo era en realidad el nombre para cuando le tocara decirlo.

Y no es que ella la tuviera fácil, ya que le tocó lidiar con ese otro toro bravo que es la desbordante efusividad y espontaneidad del venezolano, responsable de que todos los conyugues le cambiaran la fórmula que ella, paciente, neutra y asépticamente, se encargaba de repetir. Así, en lugar del nombre de la novia se escucharon: muñeca, chiquita, mi amor bello, entre otros. El anillo, para algunos, no fue símbolo de “amor y fidelidad”, sino de “mi amor y mi gratitud” o “de todas las cosas que hemos pasado”. Pero para terror de muchos y suspicacia de todos lo más profanado de la fórmula fue fidelidad. Hubo desde el que simplemente se la saltó, hasta el que la confundió con “felicidad”, pasando por el que tartamudeó -“fi..fidelidad”-, el que no pudo -“filedi, filedidad”-, el que la cambió -“fideleidad”- y el que acaso traicionado por el subconsciente se rió -“de mi jajaja fidelidad jajajaja”-.

Como lo que errando empieza errando termina, el remate de la faena tampoco le salió bien a Graterón, que por andar pendiente de engolarse y adornarse le preguntó a José si tomaba como esposo a Vilmari, a Kermilis si tomaba como esposa a Jorge Luís, y a Marleti -que se casaba con Tomás- si aceptaba a Richard. Y allí, en las respuestas, otro desborde de espontaneidad: “Sí. La tomo, la recibo, todo”, “Claro, por supuesto, yo acepto” y el infaltable lagrimeo, que, contrario a lo esperado, salió de los ojos de un caballero.

Finalizado el acto vino el brindis. Ríos caudalosos de dorada y burbujeante champaña fueron repartidos generosamente entre todos los invitados, al punto de que no fueron pocos los que repitieron. Lo mismo pasó con los tequeños, el roast beef, las empanaditas y los pastelitos, agarrados hasta de a cinco por los presentes, pero cuya abundancia le hizo honor, y de qué forma, al lugar común sobre la suntuosidad de las bodas organizadas por judíos. Eso por no hablar de la mesa de quesos, también bien abastecida pero literalmente saqueada con una fiereza que ya le daría envidia a Atila.

Luego de hacerse esperar unos cuantos minutos, apareció en tarima la sorpresa de la noche: Oscarcito, que vestido con chaqueta de pana y pajarita era casi el arquetipo del duende irlandés. Como toda estrella, salió al escenario con lentes de sol, pero más pudo la oscuridad del sitio -martirio de todos los fotógrafos- que su vanidad, así que rápidamente se tuvo que deshacer de ellos. De lo que nunca se deshizo fue de la pista sobre la cual cantaba, cuya voz remasterizada lo dejó más de una vez en evidencia ya que ésta iba por un lado y él por otro. Sin embargo eso no fue obstáculo para que recibiera unos cuantos aplausos adolescentes por sus tres canciones.

Con él se terminó de ir lo interesante de la noche. Después siguió una orquesta con los típicos temas de bodas. Algunos bailaron un rato, otros se quedaron sentados tratando de disimular las protuberancias que originaban las bolas de queso en los bolsillos y otros compartieron con sus familias. Todos, eso sí, legal y bien casados, en una ceremonia que aunque atípica terminó siendo entrañable y venezolanamente tópica.

El templo del 23

Por Mariana Souquett | @nanasouquett 

3:00 pm. El Metrobús que minutos antes había llegado a la estación El Silencio del Metro de Caracas, frente al Liceo Fermín Toro, arranca con solo siete pasajeros en dirección La Planicie, parroquia 23 de Enero, en el oeste de la capital. Su ruta, habilitada en marzo de 2015 para «llevar al pueblo» a visitar los restos de Hugo Chávez, es gratuita y hace una sola parada: El Cuartel de la Montaña.

«Santo Hugo Chávez del 23», un pequeño altar en honor al difunto presidente Hugo Chávez, es lo primero que se ve al bajar del autobús. Solo una persona de las que iban a bordo de la unidad cruzó la calle y subió hasta la entrada del fortín pintado de beige y rojo que terminó de construirse en 1906. Desde el 15 de marzo de 2013 —diez días después del fallecimiento de Chávez— la estructura diseñada por los arquitectos Alejandro Chataing y Jesús Rosales Bosque se convirtió en un mausoleo.

4F se ve en la cima de una colina del barrio. Un militar y un vecino hablan sobre el aumento de la inseguridad en la zona. Más adelante, está Chávez adolescente, Chávez golpista y Chávez adulto. La cara de quien fuera el presidente de Venezuela entre 1999 e inicios de 2013 se repite una y otra vez en los muros que conducen a la edificación que durante el siglo XX fungió como sede de la Academia Militar de Venezuela (1910-1950), del Ministerio de la Defensa (1950-1981) y como Museo Histórico Militar.

3:20 pm. Solo un hombre aguarda para entrar al Cuartel. Lleva una camisa de la Universidad Bolivariana y la Misión Sucre. Dice que está esperando a otros compañeros para entrar y cumplir con un trabajo de la Escuela de Comunicación Social. «Cuando le di la mano a Chávez en el 2008 se me salieron las lágrimas», recuerda el estudiante, quien se identifica como José Urbina, de 54 años. A pesar de que vive en el 23 de Enero, no había ido a visitar al mandatario después de su muerte.

«Aquí está nuestro comandante, nuestro libertador, y todos los que lo cuidan con amor», dice la miliciana Velásquez, una de las guías del Cuartel, al grupo de nueve personas al que acompaña en el tour. Insiste en que diariamente asisten alrededor de 400 personas de todo el mundo, aunque en la hoja del registro de ese día las firmas no llegan al final de la primera página. Más que visitantes, los vecinos del 23 cruzan el Cuartel para ir a comprar a un Pdval (Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos). Hay brisa, calma, un tenso silencio y poco sol.

33 banderas ondean en «El Bosque de las Banderas», un pasillo ceremonial ubicado después de la «Placita del eterno retorno», un semicírculo con banquitos, antes de la entrada al Cuartel. La frase contentiva del famoso «por ahora» pronunciado por Chávez al fracasar el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992 está escrita en una placa de granito justo en la entrada, a la izquierda. Al frente, en una placa similar, están sus últimas palabras públicas.

Calas rojas adornan el pie del sarcófago de granito que está situado sobre «La Flor de los cuatro elementos», monumento construido en seis días específicamente para albergar los restos del aquí venerado líder. Cuatro soldados de la guardia de honor, vestidos de rojo cuales patriotas de la independencia —con sombreros negros, guantes blancos y sables—, lo custodian. Uno de los cuatro guardias de honor tiene cara de hastío. El lugar huele, quizás por las flores, a cementerio.

En el fondo, a la izquierda, hay un cuadro de Chávez sonriente. En el centro, donde antes —según consta en fotos— había una estatua de Simón Bolívar, está el retrato de El Libertador reconstruido digitalmente. A la derecha, un Chávez pensante. El lugar da la sensación de un eterno velorio, pero sin mucha gente. Aunque al frente y desde hace cuatro años hay una pequeña capilla para orar, todo el Cuartel de la Montaña se asemeja a una iglesia, un templo para rendir culto al oriundo de Sabaneta.

3:45 pm. «¡Pase lo que pase… tenemos patria… patria perpetua… patria para siempre!», grita una voz chillona en el acto de cambio de guardia, hecho que la miliciana define como un homenaje en agradecimiento al «Comandante Supremo de la Revolución Bolivariana».

En el Cuartel de la Montaña no se puede estar solo. «Van a pasar por donde yo pase, van a pisar por donde yo pise», expresa la miliciana. Cada tres minutos hace un recordatorio que, más que una advertencia, suena a amenaza: «Pueden tomar todas las fotos que quieran, pero no grabar videos ni hacer fotos con flash. Todo lo que hagan, como estar grabando, se ve en las cámaras».

3:50 pm. El grupo entra al «Callejón de nuestro comandante», un salón oscuro con fotos de paisajes de Venezuela acompañadas por frases del «comandante». También quedan algunas armas, charreteras y banderas de la Guerra Federal, reliquias de la época en la que el Cuartel fue solo un Museo. Mientras, la miliciana, una viejita que se ufana de ser abogada penalista, insiste: Chávez sacó a la gente de los barrios, les dio casa y «multiplicó» a los niños y a los abuelos; la Cuarta República no le dejó nada a la gente; Venezuela no quiere guerra, pero sí la paz. Todo el recorrido es una especie de evangelización, de adoctrinamiento en el que las mismas frases son repetidas con constancia.

Una voz la interrumpe. «Me perdonan. No porque dé esta opinión dejaré de ser chavista, porque seguiré chavista hasta que me muera. Pero lo que yo quiero es que no hagan más apartamentos en la ciudad. Háganlos para los pueblos para que la gente busque sembrar. Aquí hay un poco ‘e malandros que metieron de los cerros que no quieren trabajar», afirma una de las participantes del grupo.

El tono de la sargento Velásquez cambia. La premisa «Aquí no se habla mal de Chávez», posicionada por el Gobierno y visible en toda Caracas, no está escrita en el Cuartel, pero sí está implícita, sobreentendida. La miliciana replica desafiante pero acepta la crítica, e insta a la mujer a escribirle por Twitter al presidente Nicolás Maduro, «el hijo de Chávez».

4:12 pm. Alrededor del «Callejón» hay otros salones que cuentan e ilustran la vida de Chávez. «La sala de ese niño gigante» contiene recreaciones de situaciones de su vida. Del otro lado, un salón contiene fotos de él en cualquier escenario. «Chávez vivirá siempre. ¿Verdad que todos somos Chávez?», pregunta la sargento mientras todos, menos una joven, responden que sí. «Mira, princesa, ¿tú eres Chávez?», le repregunta directamente. La joven tarda unos segundos en responder, pero dice que no y continúa tomando fotos.

«Crean en Dios y crean en Chávez», contesta tajante la miliciana.

4:20 pm. «Yo voy pasando la manito y ustedes también, no pueden tirar fotos», indica la guía. En fila india y siguiendo los pasos de la sargento, los nueve turistas tocan el féretro. «Me dieron ganas de llorar. Me aguanté las lágrimas», dice José Urbina.

Pasan cinco minutos. Suenan cuatro campanadas y media. Un soldado enciende el cañón donde todos los días a la misma hora —la de la muerte de Chávez— se dispara una bala de salva. «¡Fuego!», exclama otro miliciano. Hay un fuerte sonido y el ambiente se llena de pólvora. Algunos asistentes aplauden y gritan emocionados.

Comienza a llover. La intensidad arrecia y los turistas no se pueden ir. «¿Están viendo esta bendición de Chávez? Esta lluvia es un regalo de nuestro Comandante», expresa la sargento Velásquez. Al ver que se hace tarde, decide cruzar dos palitos de madera y comienza a elevarle oraciones a Hugo Chávez para que así deje de llover y las personas puedan irse. Eventualmente escampa, y los asistentes comienzan a retirarse. Y la miliciana les hace una última petición: «Recuerden vivo al Comandante y apoyen siempre al presidente Nicolás Maduro».

Federico Santelmo: El ingeniero que se enamoró del teatro

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

Federico Santelmo conoció la viralidad el lunes 13 de noviembre de 2017, cuando la Real Academia Española le aclaró en un tuit una duda un tanto peculiar: “El diccionario académico de americanismos registra las grafías «mamahuevo» y «mamagüevo»”. Días atrás, Santelmo había visto que la RAE estaba respondiendo preguntas y se le ocurrió hacer una consulta que fuese tan jocosa como interesante. Tras un breve ejercicio creativo, la idea que le vino a la mente no fue otra que precisar, a ciencia cierta, cuál era la forma correcta de escribir una de las groserías más utilizadas en Venezuela.

Federico publicó el tuit un viernes y en ese momento algunos de sus seguidores se rieron, un par más le dio like y ahí terminó todo. No obstante, la RAE apareció el lunes siguiente para responder la pregunta y aquello se salió de control: “Cuando veo que me contestan digo: ‘Oye, qué cool’. Di like, las gracias y ya; pero en eso empezaron con like, retuit, like, retuit, like, retuit… Justo en ese momento estaba con Carito y le dije: ‘Mira, como que a la gente le está gustando’. A partir de ahí fue algo absurdo. Dejé de tener control al respecto. Las notificaciones se volvieron locas. Hubo gente que me escribió por Whatsapp diciéndome que le habían mandado el tuit por siete grupos distintos. Después apareció en los portales de noticias. Me metía en Instagram y también estaba allí”.

La singular consulta le había dado la vuelta al mundo, pero, ¿quién era el hombre detrás de la pregunta? ¿Un ingeniero? ¿Un especialista en marketing? ¿El editor y fundador de un medio de comunicación? ¿Un actor de improvisación teatral? El currículo de Federico Santelmo, @fedesiete, decía todo lo anterior. No obstante, las distinciones más importantes de su vida no eran, a decir verdad, los títulos otorgados por la Universidad Simón Bolívar, el Politecnico di Torino o el diplomado realizado en la Universidad Metropolitana. Tampoco el haber tenido un cargo global en Pfizer o haber fundado el grupo @NochesDeImpro. Vista su carrera, las credenciales más significativas de Santelmo eran la maestría en curiosidad y el postgrado en inventiva que había venido cultivando desde hacía más de diez años.

Esas eran las dos características que le daban cierta coherencia a su a priori incomprensible hoja de vida y eran, a su vez, una buena forma de resumir a qué se dedicaba Federico. “Los retos me atraen muchísimo. Crear desde la nada. Me parece interesante construir algo y que luego permanezca. No es que me aburra y cambie, aunque puede ser (risas), sino que me gusta la oportunidad de crear algo desde cero y de utilizar el pensamiento creativo aplicado estratégicamente”.

A principios de su carrera profesional, Santelmo comenzó a pasearse por diversas áreas que le permitían usar ambos lados del cerebro. El hemisferio izquierdo del análisis, la estrategia y el razonamiento lógico; y el hemisferio derecho de la curiosidad, la pasión y el desahogo creativo. “Uno no siempre está claro de lo que quiere, pero si uno va buscando y probando… Ahí está el caso del maestro Abreu: fue político, economista, también fue músico y se dedicó a diferentes ramas hasta que en un momento dijo: ‘Ya va, ¿y si yo combino todo esto? Y así creó el Sistema de Orquestas. Pero hasta que no llega ese instante no sabes [a qué te vas a dedicar]”.

Por mucho tiempo, Federico estuvo probando trabajos y ecosistemas laborales hasta que llegó a la improvisación teatral, momento en el que se dio cuenta de que ese oficio no lo abandonaría más nunca en su vida. ¿Cómo fue a parar a las tablas? La historia es la siguiente: Santelmo vio un día por televisión Whose Line Is It Anyway? y no pudo creer lo bueno que era aquello –“lloraba de la risa”, afirma rememorando su época de estudiante en la USB–. Luego, años después, lo invitaron a ver una obra de Improvisto y le provocó experimentar en ese mundo, pero no hizo nada al respecto. Así pasó el tiempo hasta que el destino lo puso en el lugar y en el momento indicado. Hizo proyectos de marketing precisamente con el fundador de Improvisto y no desaprovechó la oportunidad para preguntar cuándo harían talleres: Federico quería estar en tarima.

“A partir de ahí no paré nunca”, afirma Santelmo. Fue a su primer taller y le pasó como al niño que va a jugar a casa del primo que tiene PlayStation: quedó fiebrúo, con ganas de más. “Como estudiante te sientes muy frustrado, porque, claro, aprendes muchas cosas y no tienes tanto tiempo para ejercitarlas. Entonces, yo tuve la suerte de que apenas terminé el taller una de las estudiantes me llamó y me dijo: ‘Vamos a hacer un grupo nosotros’. Entrenamos con Rey Vecchionacce al principio y luego éramos seis personas como buscando, ensayando, y empezamos a participar en ventanas que estaban abiertas en ese momento”.

Una de esas ventanas era participar en las Improcaimaneras, competencias de improvisación que se hacían (y se hacen) en plazas. Allí, Santelmo y sus compañeros siguieron empapándose en el arte escénico y fueron conociendo más y más gente. Luego empezó el Match de Improvisación en el Ateneo de Caracas y el equipo se inscribió para seguir haciendo shows amateurs. A todas estas, Federico tenía en mente la mítica frase de Malcolm Gladwell: para llegar a dominar cualquier actividad se requieren 10.000 horas de trabajo.

No obstante, Santelmo, para ese entonces (2013), estaba trabajando en Pfizer. Y no sólo eso: al año siguiente rechazaría una oferta de Improvisto para formar parte del elenco porque todavía no estaba dispuesto a dejarlo todo. En la reconocida empresa farmacéutica hacía ‘multichannel marketing’ y él estaba encantado. Le gustaba la organización, el mundo corporativo y su cultura. Ambientes que, según cuenta, lo ayudaron a adquirir muchísimas herramientas a las que aún recurre cuando se tiene que sentar a planificar un nuevo proyecto.

El problema fue que mientras en Pfizer iba escalando posiciones, el país comenzaba a irse en picada. A partir de 2016 él ya ocupaba un cargo global, pero era cada vez más difícil mantener el foco. Su equipo de trabajo residía en Nueva York y él, estando en Venezuela, sentía que vivía en una burbuja.

Desde hacía un par de años Santelmo había estado construyendo en paralelo un proyecto de improvisación teatral (#NochesDeImpro) y en 2017, finalmente, decidió que ya era momento de dejarlo todo. Renunció, agarró su liquidación, la juntó con los ahorros que tenía y se fue a Nueva York, pero no para reunirse con su antiguo equipo de Pfizer, sino para asistir a tres cursos intensivos de improvisación en tres escuelas diferentes. Faltaban, todavía, muchas horas de Gladwell.

Luego de su paso por la Gran Manzana y un par de talleres más en Bogotá, Federico volvió a Venezuela con un mar de conocimientos que ansiaba compartir tanto con sus compañeros de tablas, como con el público en general.

Con más de cuatro años de experiencia, este ingeniero devenido en actor ya dicta talleres de artes escénicas y continúa creando desde el teatro con Noches de Impro, un show que nació en 2015 en La Quinta Bar y que ya ha llegado a diversas salas del país. Su meta, en la actualidad, es educar, enseñar y practicar con cientos (y miles) de personas que quieran atreverse, como él, a estar en tarima y seguir contribuyendo con una industria todavía incipiente.