Los tesoros ocultos en los templos del centro

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Una vieja tradición que nos viene de la España colonial lleva a los fieles católicos a visitar siete templos entre la tarde del Jueves y la del Viernes Santo para hacer memoria de los siete lugares a los que fue traslado Jesús desde la Última Cena hasta el Calvario. En épocas más seguras, las visitas eran de noche y los templos permanecían abiertos hasta la bien entrada ella. Ahora se suelen hacer mientras dure el sol del jueves o en en la mañana del viernes  Lo que no ha cambiado, sin embargo, es la preferencia de los caraqueños por los templos del centro de Caracas, que a pesar de tener ya una basta competencia en toda la ciudad, siguen siendo los más visitados. ¿Por qué? Probablemente porque son las iglesias más viejas de la capital y están llenas de historia. Y aunque el tiempo,  el descuido, el mal gusto y las remodelaciones han ido sepultando sus tesoros, todavía sus viejos muros e imágenes tienen mucho que decirnos y mostrarnos. Aquí una guía de cosas para ver -y sorprenderse- si se les visita.

CATEDRAL

Es la madre de todas las iglesias de Caracas, pero bien bien podría ser la hija o hijastra: para ser catedral es bastante modesta y discreta, y no deslumbra ni resalta. Su estilo es más bien colonial, con algo de barroco en las capillas laterales.

LA CRUZ QUE PARÓ EL TERREMOTO

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Cuenta la leyenda que cuando la centenaria cruz pontificial que encabeza su fachada  tocó el suelo, el terremoto de 1967 paró. Quedó enterrada en el asfalto, viendo al Ávila, y durante 2 días fue el centro de atracción de los caraqueños, que peregrinaban y hacían cola para ver y rezar ante ella. Para sacarla fue necesario remover toda la pieza de asfalto con un gato hidráulico y volverla a construir. “Durante todo el recorrido se posó al lado de la cruz una paloma blanca, que no dejó de supervisar el proceso de restauración”, contó el pintor Alirio Rodríguez, encargado de la restauración. La pieza de asfalto sobre la que quedó su huella se encuentra actualmente en la Capilla del Santo Cristo de la Misericordia de El Valle

EL ALMA DE BOLÍVAR 

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La capilla la fundó en 1689 uno de los familiares de Bolívar, y desde entonces perteneció a su familia. Allí recibieron sepultura sus antepasados y en su última visita a Caracas el mismo Simón Bolívar rezó allí ante los restos de sus familiares. En aquella ocasión, emitió un decreto ordenando que se hiciera un monumento, que finalmente fue construido un siglo después, en Toledo, España, en el que se representa a su alma rezando ante la tumba de sus padres y esposa. Durante 34 años, antes de ser llevado al Panteón, sus restos descansaron allí. Hoy, queda allí su alma.

LA CÁTEDRA DE UROSA

Todo obispo y toda catedral tienen una. Se le llama Cátedra o Sede Episcopal, es una especie de trono o silla presidencial eclesiástica. Es símbolo de autoridad (desde ella el obispo gobierna la diócesis) y de primacía (desde ella el obispo preside a la comunidad cristiana). La de Caracas es de mármol blanco y terciopelo rojo, y puede que dentro de poco tenga nuevo ocupante.

EL ÚLTIMO CUADRO DE MICHELENA

Iglesias

De haberse terminado, hubiera sido una obra preciosa (la luz del rayo de luna y la mesa en herradura que va cambiando según la perspectiva de quién lo vea así lo prometían). Sin embargo, la muerte se atravesó entre Michelena y este cuadro de la Última Cena, por lo que quedó inconcluso, y así se exhibe en la capilla donde están las tumbas de los arzobispos de Caracas. Se trata de un gran lienzo enmarcado en madera que él murió pintando en la misma Catedral y sobre el cual, cuenta la leyenda, tosió sangre. Que quedara sin terminar ha permitido a los expertos en arte conocer mejor la técnica de Michelena.

BASÍLICA DE SANTA TERESA Y SANTA ANA

Ostenta la dignidad de ‘Basílica’, lo que la hace especial entre todas las iglesias caraqueñas. Fue un regalo de Guzmán Blanco a su esposa Ana Teresa -de allí le viene el nombre-. Arquitectónicamente es muy rara -tiene dos fachadas-, litúrgicamente no es tan funcional, pero dentro alberga una gran cantidad de tesoros y es la sede de la mayor devoción de los caraqueños: el Nazareno de San Pablo.

DOS IGLESIAS JUNTAS


Quizás la cosa más curiosa que alguien pueda encontrar en la Basílica de Santa Teresa es su propia estructura: dos iglesias neoclásicas unidas por una cúpula debajo de la cual se sitúa el altar mayor. Tiene, de hecho, dos fachadas distintas: la de Santa Teresa y la de Santa Ana, y eso la hace casi única en el mundo. Una está siempre abierta (la de Santa Ana) y la otra (la de Santa Teresa) cerrada. No es muy funcional para el culto y es un caso paradigmático de espacio mal aprovechado: se le entra por la puerta trasera y en las misas del Nazareno más de la mitad de la feligresía suele quedar por detrás del altar.

EL ÓRGANO

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Es uno de los pocos –poquísimos– órganos tubulares que todavía funciona en Caracas. Es de la marca Cavaillé-Coll, y data de 1885. Tiene un motor eléctrico y gran potencia para los bajos. Durante la Semana Santa, se toca con todos sus registros, y su sonido potente y envolvente retumba por toda la Basílica.

EL BALDAQUINO

Dícese de un pabellón en forma de domo que apoyado sobre cuatro columnas se erige sobre los altares mayores de las iglesias grandes. El más famoso es el de la Basílica de San Pedro, hecho por Bernini. Santa Teresa es la única iglesia del centro -y puede que de Caracas y quizás de Venezuela-, con uno de ellos. Está hecho de mármol.

LA CÚPULA

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Aunque el tiempo ha hecho de las suyas, es digna de admirar por dentro.

EL HUESO DE SANTA TERESA

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Fue una de las más grandes santas de la cristiandad y una de las pocas mujeres que por sus escritos ha alcanzado el título de Doctora de la Iglesia: Santa Teresa de Ávila. En uno de los altares laterales de la basílica, debajo de su imagen de yeso, hay un relicario con un hueso suyo. Tomando en cuenta que murió en 1582, tiene por lo menos 434 años.

EL NAZARENO DE SAN PABLO

Es el rockstar de la Semana Santa caraqueña. La imagen más venerada, la que más devoción genera y la que más gente congrega. Su fama, inmortalizada por Andrés Eloy en un poema, data de los años mil seiscientos -1696, para ser exactos- cuando una peste de vómito negro azotó Caracas y lo sacaron en procesión; al pasar por la esquina de Miracielos, la cruz se enredó en un limonero, los caraqueños lo entendieron como una señal providente, hicieron limonada con ellos y se sanaron. A partir de allí, los Miércoles Santos no fueron iguales: cada vez que sale -tras 15 misas, que comienzan a las 12 de la noche y se celebran cada hora hasta las 3 de la tarde- , lo hace en loor de multitudes debajo de un arco de 5.000 orquídeas moradas. Dicen los más viejos que cada año se inclina un poco, y que cuando su cruz toque el suelo el mundo se acabará.

LAS ESTATUAS DE OJOS BLANCOS

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Son de mármol y han de valer millones. Representan a Santa Ana y a Santa Teresa. Sin embargo, el blanco de sus ojos, sin ningún tipo de relieve ni expresión,  producen un poco de miedo.

EL MISTERIO DE SAN JUSTINO

Autor: Brisa del Mar - Venezuela (Flikr)

Autor: Brisa del Mar – Venezuela (Flikr)

Son lo más misterioso -e ignorado- de la Basílica de Santa Teresa: los huesos de San Justino. Aunque en la placa que los acompañan se dice que era un “soldado romano y martir de los primeros siglos”, la verdad es que era un samaritano de origen romano, más filósofo que soldado, autor de los primeros textos de apologética (defensa de la fe) católica. Murió martir en el año 162 por negarse a ofrecer incienso a los dioses romanos, según consta en su acta martirial. ¿Cómo sus restos llegaron de la Roma del siglo II a la Caracas del XIX? Misterio tan grande como el de qué fue lo que pasó con esos huesos en los 80’s: hasta esa época se encontraban exhibidos en la Basílica en una urna de cristal, que luego desapareció. En 1986 volvieron a exhibirse, pero esta vez en el pequeño cofre de bronce ubicado debajo del altar mayor en el que todavía se encuentran. ¿Qué pasó allí? Misterio indescifrable.

BASÍLICA MENOR SANTA CAPILLA

Es el templo más bello de toda Caracas, y puede que de Venezuela. Una improbable joya arquitectónica enclavada en el centro de la capital, en el lugar donde se celebró la primera misa de Caracas. La mandó a construir Guzmán Blanco con la idea de que fuera una réplica menor de la ‘Saint Chapelle’ parisina, y aunque quedó en idea -la diferencia entre ambas es abismal- no deja de ser preciosa.

EL (MAL) GUSTO DE JACKELINE FARÍA

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En 2011, cuando Jackeline Faría era Jefa del Gobierno del Distrito Capital, ‘Santa Capilla’, que se estaba cayendo, fue restaurada y rescatada por esta institución. Aparte de incompleta –sólo arreglaron la nave central–, la restauración demostró el mal gusto y poco criterio estético de quienes la llevaron a cabo, que pintaron de color salmón (¡¡¡!!!) un templo gótico.

EL DEMONIO

Demonio

Dicen que está allí precisamente para alejarlo. Se le ve siendo torturado y vencido por el Arcángel Miguel. Y es una de las pocas iglesias que tiene a Satanás en su fachada.

LAS PUERTAS

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De buena madera y mejor talla. En ellas están representados algunos pasajes insignes del evangelio.

LAS OJIVAS

Foto: TripAdvisor

Bóvedas ojivales, cruceros y tragaluces. Todo eso que uno jamás pensó ver en Caracas.

EL ALTAR

Foto de 'El Universal'

Foto de ‘El Universal’

De mármol esculpido. Toda una obra maestra. En el centro, una imagen de la patrona de Francia: ‘Notre Dame de París’ (Nuestra Señora de París).

EL CUADRO QUE SÍ TERMINÓ MICHELENA

En 1897, un año después de terminar de pintar a Miranda en la Carraca, a Arturo Michelena le encomiendan dos cuadros para Santa Capilla: ‘La multiplicación de los panes y los peces’ y ‘Las bodas de Caná’. El primero lo termina y el segundo queda incompleto. El 17 de octubre de ese año bendicen el cuadro en Santa Capilla y desde ese año se encuentra en la nave derecha de la Basílica Menor, donde se le puede -y debe- apreciar.

LA CRUZ MILAGROSA

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Llegó al país en 1927, después de la cuarta peregrinación de venezolanos a Jerusalén. Tiene muchos devotos –y placas de agradecimiento– y es un impelable de la Semana Santa caraqueña.

LA ORTOGRAFÍA DE LOS ABUELOS

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Cientos de placas de mármol se encuentran en este templo, muchas de las cuales, como la que ilustra la foto, dan cuenta de cómo escribían nuestros mayores.

IGLESIA DE LAS MERCEDES

Puede que sea el tercer o cuarto templo más viejo de Caracas. Su primera construcción data de 1614: era apenas una ermita de madera hecha por mulatos. Sucesivos terremotos la fueron destruyendo, hasta que en 1857 se reconstruye con la estructura que tiene ahora. Es uno de los templos más altos de Caracas, y destaca por la solidez de sus muros y columnas de piedra gris. Pertenece a la orden de los Capuchinos.

LA VIRGEN QUE DETUVO LOS TEMBLORES

Amaneciendo el 29 de octubre de 1900, un terremoto -otro de tantos- y sus réplicas azotaron a la ciudad capital. Durante todo el día temblores y lluvias se sucedieron, siendo el de las 7 de la noche uno de los más fuertes. “¡Fin de mundo!”, pensaron los caraqueños. Los frailes capuchinos -que algo sabrían después de tantas destrucciones del templo- decidieron entonces sacar en procesión a la Virgen de las Mercedes, y santo remedio: se terminaron los terremotos y las lluvias. En agradecimiento, los caraqueños mandaron a hacer una imagen de mármol, que está en la entrada del templo. “Los católicos de Caracas agradecidos a la Santísima Virgen María”, dice la inscripción. Desde ese entonces, se le tiene como ‘Abogada de los Terremotos’.

LA ESCALERA MÁS ESTRECHA DE CARACAS

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No será una obra magna de la ingeniería, pero igual tiene su gracia. Una gran y estrecha escalera de caracol, hecha de madera, desde la cual se subía hasta el órgano…cuando lo usaban.

LOS OJOS DE SANTA LUCÍA

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Primero ordenaron llevarla a un prostíbulo para que la violaran, y no pudieron moverla ni con cuerdas; luego la intentaron quemar en la hoguera, y no ardió; después le sacaron los ojos, y siguió viendo; finalmente la decapitaron y murió. Así narra la tradición el martirio de Santa Lucía, cuya estatua de yeso, con sus ojos en un plato, se encuentra en esta iglesia.

IGLESIA NUESTRA SEÑORA DE ALTAGRACIA

Otro de los templos históricos de la capital. Fue la quinta iglesia de Caracas (1668), y en su momento, puede que la más bella. “La iglesia parroquial de Altagracia es la mejor de todas y su fábrica honraría hasta a las principales ciudades de Francia”, escribió en su momento el diplomático francés Francisco Depons, quien estuvo de visita en el país entre 1800 y 1804. Está llena de buen mármol, pero muy mal conservada. Al visitarla es imposible no sentir que ha sido víctima de mucho descuido y mal gusto.

EL PÚLPITO DE MÁRMOL

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Antes de que llegaran los micrófonos y cornetas, las homilías y sermones se pronunciaban desde allí para garantizar que todos escucharan. El de esta iglesia, que todavía se conserva, es una obra de arte: todo de mármol, con un ángel impecablemente esculpido, que desde abajo indica que se oiga al que habla. Durante años, su delicado dedo señaló al Padre José Vicente Lozano, famoso predicador de la época, quien desde allí hizo llorar por muchos Viernes Santos a nuestros bisabuelos con sus elocuentes y muy concurridos sermones de las 7 palabras.

LOS ALTARES…DE MÁRMOL Y ORO

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Los altares de las naves laterales (lo que queda de ellos después del Concilio), atestiguan que debió ser una iglesia de caraqueños pudientes: mármol blanco, verde y rosado; mosaicos de piedras preciosas y oro. Todo de un valor incalculable, aunque parece que nadie se ha dado cuenta.

MAYOR DOLOR DE CRISTO

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Es una de las imágenes más antiguas (y sangrientas) del país. Llegó de España en 1864 y desde entonces estuvo por varios templos (San José, Santa Rosalía) hasta finalmente terminar en Altagracia.

EL TECHO EN RUINAS

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No se está cayendo, pero pareciera. Es la pintura –y no el concreto, yeso, o de lo que quiera que esté hecho– lo que se ha ido abajo. Y así lleva años sin restaurar. Para meditar sobre el tiempo y su inclemencia, sobre el descuido y la desidia.

LAS TUMBAS CENTENARIAS

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Caminando por el templo no es raro toparse con las tumbas de algunos caraqueños, supone uno que insignes, que se encuentran enterrados allí. Las fechas denotan la antigüedad de los mismos.

IGLESIA DE SAN FRANCISCO

Es prácticamente una iglesia-museo, y allí se encuentran los que los expertos consideran los 17 retablos más hermosos del siglo XVIII venezolano. El tener a la cabeza al más rojo-rojito de los curas de Caracas (el P. Numa Molina, SJ) llevó a que fuera impecablemente resaturada y a que constantemente tenga mantenimiento. Única iglesia del centro que es custodiada y vigilada por la GNB. Puede competir de tú-a-tú con cualquier templo mexicano o suramericano, e incluso europeo.

LA CRUZ SANTA

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Todo su retablo mayor es una joya, y se le podría dedicar un aparte a cada imagen. Sin embargo, nada más valioso que la cruz que lo encabeza, que dentro contiene  las reliquias de 14 santos distintos. A la hora de un exorcismo, sería harto efectiva.

EL SANTO QUE HA GRADUADO A MEDIA CARACAS

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Dicen que vivió sesenta años en el desierto alimentándose de dátiles y agua, y del pan y vino que un ángel le bajaba los domingos. El cabello y la barba le crecieron tanto que se convirtieron en su única ropa. San Onofre se llama, santo del trabajo y los estudios, y tiene en Caracas cofradía propia y una legión de seguidores que año a año les dejan sus medallas de graduación.

LA (DESCONOCIDA) EMPERATRIZ DE CARACAS

Foto: El Universal

 

Es la reina de Caracas. El título se lo confirió en 1988 el Cardenal José Alí Lebrún, quien la coronó canónicamente en la Plaza Bolívar. Una placa –y la corona de oro– dan testimonio de ello. ‘Nuestra Señora de la Soledad’, se llama, y es además una imagen única: la original se quemó en España y de allá tuvieron que venir a hacer una réplica para poder seguirla venerando en Madrid.

EL CONFESIONARIO DE SEÑORITAS

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Puede que sea el confesionario más antiguo de la capital. Data de mil setecientos y tanto. Tiene a San Francisco arriba y a varios ángeles a los lados. Rococó se llama a su delicado estilo, que explica muy bien por qué antes los hombres se confesaban de frente y las mujeres en estos muebles.

EL SANTO SEPULCRO

Foto: El Universal

Era, quizás, la única procesión que podía acercársele -en número de devotos- a la del Nazareno de San Pablo: la del Santo Sepulcro de San Francisco. La imagen, antiquísima, data de la época de Guzmán Blanco -era del convento de las Concepcionistas, que el ilustre afrancesado cerró-, y sigue saliendo, con menos fieles pero igual costumbre, todos los Viernes Santos.

Lorena Pereira: “Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando era pequeña, en la casa de Lorena Pereira no sonaba un despertador sino un cuatro. Lo tocaba su padre a las 5 de la mañana, y de esa singular manera las despertaba a ella y a su hermana cuando tenían que ir al colegio. Con tales amaneceres, su vocación musical prácticamente no necesita explicación. Todavía menos con el dato de que esa casa estaba en Barquisimeto, la ciudad musical de Venezuela, y de que ese padre que tocaba el cuatro y su esposa eran (son) instrumentistas y cantantes. Una familia musical, como la define ella ahora, en la que hay también tíos y primos dedicados al oficio, y en la que lo extraño hubiera sido que la pequeña Lorena, que a los 10 años cantaba boleros, que pertenecía al Coro Sinfónico de Venezuela y a los Niños Cantores, y que participaba en cuanto festival o concurso musical había en una ciudad cuya fama se debe a ellas ellos, no hubiera sido cantante. Pero lo es. Y ahora, luego de una travesía como corista de artistas archi conocidos y de unas cuantas presentaciones haciendo covers en Miami, donde vive desde 2014, ha decidido que es el momento de sacar su propio disco y mostrarle al mundo lo que tiene que ofrecer.

-¿Cuál es tu meta?

-Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música. Yo no busco reconocimiento de la gente por ‘xs’ cosa, sino que realmente disfruten lo que estoy haciendo. Me tardé un poco en creerme el rollo de que la gente podía disfrutar de mi talento como artista principal porque siempre estuve detrás del artista. Y no por tener baja autoestima, sino porque nunca me lo había planteado de esa manera.

-¿Cómo es la música que quieres mostrar?

-Es una música que deja al descubierto mi personalidad. Yo me considero alegre, optimista y sensible. Y así tal cual como soy va mi disco: va a haber merengue, salsa, reggae, un poco de pop.

-¿Siempre quisiste ser cantante?

Sí. Siempre. Desde niña. Era algo como natural. No fue una sorpresa realmente.

-¿Te venía moldeando la familia?

-Sí. Sobre todo por parte de mamá, donde hasta mi abuela, que era músico. Lo mismo mis tíos. Tengo un primo que estuvo en Salserín. Mis papás son músicos activos actualmente. Cantantes e instrumentistas.

-¿En qué momento descubres o confirmas que tienes madera para ello?

-Eso se dio de una manera súper natural. No recuerdo que me haya sentado un momento o haya puesto mi cabeza sobre la almohada y haya dicho: esto es lo que quiero hacer y vivir de esto. Todo se fue dando de una manera natural.

-¿Qué es la música para ti?

-Es todo. Es mi vida. En mi vida no hay sentido alguno si no existe la música. Es mi refugio. Mis ganas de salir adelante. Mi empuje, mi impulso, mi añoranza. La música ha sido el impulso para todo. En una palabra: todo.

-¿Cuánta música escuchas al día?

-Imposible saberlo. Siempre estoy escuchando música. Si no tengo el radio puesto, puedo estar cantando de forma inconsciente. Mi esposo dice que canto hasta dormida. Escucho reggaetón, ballenato, bolero, bossa nova, música cubana, venezolana, brasilera. Escucho de todo.

-¿Pero debe haber algún género que no te guste?

-Jamás van a encontrar en un playlist mío música grupera mexicana, tampoco trap. No los soporto. El reggaetón antes no me gustaba y, aunque no lo escucho mucho, aprendí a valorarlo un poquito cuando me tocó interpretarlo, porque no es fácil. Ya no lo desecho por completo.

¿Cuál es tu género favorito?

-El pop balada. Ese es el género en el que me muevo como pez en el agua. Que más disfruto. Que me llena. No tengo que estar triste para escucharlo ni me pone triste tampoco. Puede ser una canción de despecho, de desamor, sin embargo no cambia mi estado de ánimo. Es mi favorito tanto para escucharlo como para interpretarlo.

-Hablemos de canciones. Dime una canción que te haga llorar

-Es algo loco pero la canción que me quiebra es un tango que se llama “Nostalgia” porque me trae muchos recuerdos de mi abuela, que me la cantaba.

-…una que te haga feliz

-“Son de la loma”. Porque me recuerda las guatacas que se formaban en la casa. Y me remonta a esos momentos tan bonitos

-…una que te recuerde a Venezuela

-“Venezuela”, literal. No puedo escucharla porque se me parte el corazón cada vez que la escucho.

…una canción que te recuerde a Barquisimeto

-“El retorno”. De Isaac del Moral. Es una canción a Barquisimeto, que interpreté muchas veces de muchachita y hace que se me quiebre la voz, pero no de tristeza sino de nostalgia, de esos momentos bonitos.

-…una que te recuerde a la infancia

-Coye, mira. La de ‘El club de los tigritos’. Ese fue el ‘Somos tú y yo’ de mi época.

…una que te recuerde a la adolescencia

-“Primer amor”, de Servando y florentino.

-…una canción para enamorarse

-“Bachata rosa”, de Juan Luis Guerra

-…una para despecharse

-“Buen perdedor”, de Franco de Vita

-…una que te haga bailar

-“El cuarto de tula”

…una que tengas pegada ahorita.

-No te vas, de Nacho.

-¿Los cantantes son buenos bailarines?

-En mi caso considero que soy una buena bailarina, sin técnica y sin tener que estar haciendo maromas, sino una bailarina que sencillamente deja llevar por el momento. Me encanta sobre todo bailar salsa.

-Hablemos ahora de los artistas con los que has trabajado, porque veo que has sido corista de una cantidad considerable de ellos. Yo te voy a dar el nombre y tú me los describes en una palabra:

-Marc Anthoni

-…fuego

-Marco Antonio Solís

-…caballerosidad.

-Natalia Jiménez

-…sublime

-Alejandro Fernández

-…elocuente

-Farruko

-…una sorpresa. Porque cuando a mí me dicen que voy a trabajar con él yo digo: ‘ok’. Y veo que el tipo canta. Y lo hace muy bien. Y eso fue una sorpresa súper grata.

-Víctor Manuel

-…swing

-Jean Carlo Canela

-…novedad

-Miguel Bosé

-…experiencia

-Rosario Flores

…mira, yo te puedo decir mil cosas de esa mujer, pero lo que más sentí en ella fue el arraigo a su tierra. Ella se siente orgullosa y eso me impactó muchísimo. Es perseverante, luchadora por sus raíces: no tiene que estar haciendo reggaetón ni nada de eso, hay para todos los gustos.

-¿Cuán satisfecha te encuentras en este momento?

-Plena. Plena. Por todas las cosas que he logrado y los proyectos que tengo en camino.

[Puedes escuchar “Ven”, el primer sencillo de Pereira aquí]

La casa de la tempestad

Por: Emmanuel Rincón |  @emmarincon
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Observar desde afuera como tu casa se derrumba, presenciar desde adentro como tus anhelos se destruyen, vivir en la ansiedad de aquellos recuerdos donde la prosperidad era tangible. El esfuerzo de nuestros ancestros reducido a cenizas, aquel país de luz que hoy gobierna la turbiedad.
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El desplome de la economía, lo absurdo de los abusos, el dominio de los imbéciles, y la pasividad de los derrotados ¿Cuánto tiempo más se prolongará el dolor? ¿Cuántos cuerpos más deberán convertirse en cadáveres antes del cambio?
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Una revolución capaz de transformar las más grandes riquezas en miseria, un hombre que decidió cortarles las piernas a todos sus conciudadanos; un séquito de adoradores de la injusticia que corean las barbaries como glorias. Hombres cabizbajos, mujeres vulneradas, padres avergonzados, hijos agobiados, familias famélicas, es un mapa del dolor, millones de cerebros conducidos a la frustración y la desesperanza.
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La quiebra es la palabra más utilizada: la quiebra moral, la quiebra espiritual, la quiebra económica. El éxodo como resolución de un conflicto interno: el éxodo del dolor, el éxodo del hambre, el éxodo de la verdad.
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No pasa un día en que no haya llantos, no pasa un día en que no haya dolores, no pasa un día en que no gobierne la frustración. Desde afuera se observa como la casa se incendia con la impotencia de no poder calmar la tempestad, desde adentro el maremoto acongoja a quien lo experimenta en carne viva. Son treinta millones de hilos rojos que de a poco se cortan en medio de la hecatombe. Y el miedo, el terrible miedo de sentir que, de pronto, ya no habrá un hogar al cual volver, ya no habrá un sitio de abrazos y reencuentros, ya no habrán ilusiones, y en lugar de ello solo quedarán cicatrices, cicatrices del dolor.

Sofía Ímber: “No hay nada mejor que el periodismo”

Por: Ángel Zambrano Cobo
Foto Natalia Brand / Asistente: Anita Carli

A eso de las once de la noche no quedaban empleados en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Un farol de Parque Central iluminaba el nombre del museo sobre la fachada. Por la puerta principal salió alguien con un martillo en la mano. Lo hizo de noche, porque de día probablemente el personal del museo no lo hubiera permitido. A la mañana siguiente todos se dieron cuenta de que alguien había arrancado diez letras a martillazos que dejaron una sombra debajo de las seis palabras «Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Así, “a carajazos”, Sofía Ímber abandonó la fachada de su obra más importante.

“A carajazos… Nadie del museo se enteró cuándo quitaron mi nombre de la fachada”, Sofía Ímber no muestra rencor cuando cuenta esto, ni siquiera rabia. Ella, que dedicó veintiocho años de su vida a un museo que ya no lleva su nombre, narra este hecho como algo del pasado que dejó de tener importancia o que nunca la tuvo; dice, incluso, que esto no le sorprendió: “Ningún acto fascista me es extraño en este momento; el que me hayan botado no me dolió, porque a uno le duelen las cosas según de quien vienen, y eso fue casi un aplauso”.

Todo lo dice con esa voz ronca que va y viene; habla bajito, dice, por los años que trabajó en la televisión. Su metro y medio de estatura comienza con unos zapaticos marrón claro mínimos y termina con cabello corto, como de hombre. Las piernas, la izquierda sobre la derecha, no se descruzan nunca. Sus manos, que son una cédula de identidad, dicen que nació en el año 1924; con la diestra acaricia al perro que se queda sentado a su lado durante toda la entrevista. El otro perro, como quien ya ha escuchado suficientes entrevistas de su dueña, se retira apenas ella responde el «¿qué tal?» inicial.

“Estoy sobreviviendo, como todos los venezolanos”. Sin importar la pregunta, siempre termina por referirse al entorno nacional; su pasado periodístico la lleva siempre por el camino de la realidad. Evoca el oficio acompañándose de un suspiro y una sonrisa: “No hay nada mejor que el periodismo, es una maravilla; lo recuerdo con mucho placer”. Entonces sonríe más intensamente y esa segunda sonrisa tumba, de un golpe y sin permiso, su reputación de dura, de intransigente.

“Sé amar, no sé odiar. Aunque parezca una frase hecha, lo que digo es auténticamente cierto. Me parece horrible odiar; me gusta trabajar con la gente, respetar el trabajo del otro: darles la posibilidad de crecer a todos”. Así, un museo que al comienzo sólo era conformado por ella y los ochocientos metros cuadrados de construcción, ahora tiene veintiún mil metros cuadrados, doscientos doce empleados y una colección permanente de cuatro mil diecinueve obras. La ilusión de darles a los venezolanos el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina se hizo realidad gracias a Sofía Imber; que la convirtió, como dice ella, en “el contemporáneo”.

También en su casa hay algo de ese ambiente; ésta tiene más de museo que lo que tiene de casa: tres esculturas aquí, cinco cuadros allá y algo de artesanía también abundan por doquier; al respecto comenta la entrevistada: “Éstas son obras que he coleccionado durante varios años”. No hay suficiente pared para todos los cuadros; detrás de Sofía hay una estantería que está –del piso al techo– repleta de libros de arte, pero, cubriendo la mayoría de los libros, hay seis cuadros que no encontraron un lugar junto a los otros: éstos cuelgan desde el tramo más alto del estante y parece imposible sacar un libro, ya que los libros son la pared de esos cuadros. “Tengo que levantar los cuadros para bajar los libros de la estantería; es un gran trabajo, pero todo cuesta trabajo”, dice con naturalidad.

Ya va atardeciendo y Sofía Ímber insiste en prender las luces para vencer la creciente oscuridad; se levanta con dificultad, “por la rodilla mala”. Ya menos oscuro todo, se vuelve a sentar junto al perro que todavía parece escuchar con interés, se voltea a ver los libros secuestrados por los cuadros y devuelve la mirada hacia el frente.

Cuando rememora sube los ojos, como buscando su pasado en el techo de la habitación. Por un rato guarda silencio; un silencio que nunca llega a ser incómodo, que no se apresura a romper, y que sólo es interrumpido por los pájaros, que cantan a todo dar antes de que anochezca. “No hay mejor despertar que el de los pájaros; no es como los despertadores. Cuando Carlos y yo teníamos el programa teníamos que llegar al estudio a las 4:45 de la madrugada, poníamos cinco despertadores para no quedarnos dormidos. En los treinta y tres años que tuvimos que llegar a esa hora, nunca llegamos tarde”.

Durante esos treinta y tres años, ella y su esposo Carlos Rangel despertaban al país con el programa Buenos días; “uno sigue consiguiéndose a gente que en aquella época era todavía muy joven y que te cuenta cómo su papá lo sentaba en frente de la televisión a ver el programa. En él no se llegaba a los términos de ahora, de tanta discusión y pelea. Hoy yo preguntaría en el programa cómo debe ser la educación en un país tan rico y tan pobre como Venezuela; el periodista trabaja dentro del momento político en el que vive. Yo tendría invitados que supieran explicar esto que estamos viviendo. Los programas deben ser así, deben tener un sentido, como las instituciones”.

Lo que fue bueno para Buenos días fue bueno para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. “Dirigí el museo como si fuera un periódico porque el museo, como los medios, tiene que estar ahí para la gente. Se pueden leer los cuadros como lees la página de un diario. El que entra en un museo es atravesado por ese museo; aunque no le guste lo que ve, lo observado crea un efecto en él”, esto lo dice con la seguridad de quien dirigió un museo durante veintiocho años. “Nuestro museo tenía la meta absoluta de estar ahí para la gente, de ser para ellos. Quisimos lograr que hubiera un intercambio constante y lo hicimos plenamente; invitamos a la gente del barrio a que viera las exposiciones, hicimos salas especiales para ciegos. El museo fue una institución viva”, aunque todo esto sea parte de su pasado, se sienten en su voz las ganas del presente.

A esa voz no le duele el pasado; pasa por él como se pasa por las páginas que ya se leyeron, que ya aportaron lo que tenían que aportar. “Recuerdo todo de Carlos; me hace mucha falta, fue mi gran compañero de vida, pero no me duele esa pérdida: no es un pérdida porque todavía lo tengo conmigo”. En la cara de Sofía Ímber perduran las sonrisas: su sonrisa; ni ella ni su dueña son dolientes del pasado, porque en todo ve futuro: un futuro que se niega a predecir, o incluso a recomendar. “Los jóvenes saben el papel que tienen que desempeñar en este país, ellos mismos encontrarán su camino sin que nadie se los muestre. Dar consejos es un poco necio, porque nadie hace caso; yo doy consejos y nadie me hace caso, a mí me han dado muchísimos que no he seguido”. De los pocos a los que les ha hecho caso, acaso el único, está uno del escritor inglés Bertrand Russell: «no hay que temer pertenecer a una pequeña minoría». Ella confiesa que esa es su frase preferida: “La uso cada día; si no lo hiciera, no hubiera podido levantar el museo ni nada en la vida. Uno no debe tener miedo de decir cosas distintas, ni de ser diferente. Nunca fui una persona conformista, por eso me han botado de tantos sitios”.

Desde la esquina de ese sofá de cuero azul todo está claro para Sofía Imber; responde todo con la seguridad de sus ochenta y tres años y sólo pronuncia un “no sé” en toda la entrevista. Lleva un reloj en la muñeca derecha y otro en la izquierda, los dos marcando la misma hora: “Eso sí no sé por qué; desde que pude comprarme el segundo, siempre tengo los dos puestos”. Ella mira a los ojos con una sonrisa, divertida ante la pregunta para la cual, por fin, no tiene una respuesta.

Se despide con la misma sonrisa que inauguró al saludar. Casi por accidente suelta algo que suena mucho a consejo y poco a necedad: “Cuando se escribe, a uno le gusta lo que escribió y se hace con honestidad no importa si no le gusta a los demás”.

Una boda atípica y tópica

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un país donde los blackberrys son parte de la canasta básica y se arma un dramón con episodios de depresión colectiva ante la falsa ida de Zara, que a 24 parejas les dé por casarse en el Sambil un 14 de febrero es algo que no extraña pero que hay que ver.

Así que en una tarde-noche tan linda como esa estaba yo en la terraza de la feria, convertida por obra y gracia de la decoración en recinto nupcial con telas colgantes y, claro, alfombra roja, que eso no puede faltar nunca. Alrededor de ella, en sillas doradas y vinotinto, estaban los emocionados familiares, que con sus trajes largos, faldas, chaquetas, corbatas, alisados, copetes de peluquería y una que otra joya, le conferían al evento un insospechado carácter solemne.

A eso de las 7:00 PM el fondo de violines fue cortado por una Daniela Kosán que de tan acostumbrada a las audiencias virtuales de la TV cuando se vio con casi 200 personas en frente se volvió puro nervio y no supo qué hacer. Adoptó los modos de la televisión -mirada fija en un punto abstracto del horizonte, tono impersonal y frío, dicción neutra- mientras el público, un tanto desconcertado, no entendía si la cosa era con ellos o con quien. Apoyada en unas fichas, explicó que todo tenía validez legal y les dio la bienvenida a los novios.

Con la marcha nupcial de Wagner y el público de pie fueron entrando las parejas. Como en botica, hubo de todo. Desde conyugues a los que más que el Código Civil lo que les aplicaba era la LOPNA, hasta unos a los que el Código Penal ya les otorgaba el beneficio de casa por cárcel. Vestidas de blanco ¿pureza? -salvo una que fue de morado y otra de amarillo- iban las damas, mientras los caballeros alternaron entre el terno y el smoking, con algún destello folklórico en versión liqui-liqui.

El discurso de bienvenida lo dio el Alcalde de Chacao, Emilio Graterón, quien desde su soltería, no sé si cotizada, les reveló a los novios “el secreto” del matrimonio: “que cada día en la mañanita se levanten pensando qué harán para hacer feliz al otro (…) que nunca se acuesten bravos“. Y para evitar que algún impertinente le preguntara dónde estaba la esposa que validara la eficacia del método, remató la intervención con su “average de familia felices”: “he casado a más de 3000 parejas y hasta ahora ninguna se ha divorciado”.

Terminado el discurso, la registradora leyó los sempiternos derechos y deberes, y comenzó la boda. La logística ordenaba que el Alcalde llamara a las parejas, Daniela Kosan les leyera la fórmula de imposición de los anillos para que la repitieran, el Alcalde hiciera la pregunta de rigor -¿Aceptas a…?- y los declarara formalmente en matrimonio. Y así fue en la práctica, pero con algunas diferencias.

Quizás porque tenía al lado a una Miss o porque había dos reflectores iluminándolos y una cámara grabándolos, Graterón se mimetizó también en animador de TV. Con un tono alto y claro que iba a medio camino entre Winston Vallenilla y Daniel Sarcos fue como llamó a las parejas. Sin embargo, la onomástica vernácula, extravagante y esperpéntica, le fue arruinando el momento: a Doralis le dijo Dorelis, a Marleti, Merelbi; a Quereigua, Querigua; a Yulide, Yulidiet, a Edwar, Ender; a Irima, Irma. Y entre error y corrección, una risita nerviosa de la Kosan, que del susto preguntaba dos y tres veces cómo era en realidad el nombre para cuando le tocara decirlo.

Y no es que ella la tuviera fácil, ya que le tocó lidiar con ese otro toro bravo que es la desbordante efusividad y espontaneidad del venezolano, responsable de que todos los conyugues le cambiaran la fórmula que ella, paciente, neutra y asépticamente, se encargaba de repetir. Así, en lugar del nombre de la novia se escucharon: muñeca, chiquita, mi amor bello, entre otros. El anillo, para algunos, no fue símbolo de “amor y fidelidad”, sino de “mi amor y mi gratitud” o “de todas las cosas que hemos pasado”. Pero para terror de muchos y suspicacia de todos lo más profanado de la fórmula fue fidelidad. Hubo desde el que simplemente se la saltó, hasta el que la confundió con “felicidad”, pasando por el que tartamudeó -“fi..fidelidad”-, el que no pudo -“filedi, filedidad”-, el que la cambió -“fideleidad”- y el que acaso traicionado por el subconsciente se rió -“de mi jajaja fidelidad jajajaja”-.

Como lo que errando empieza errando termina, el remate de la faena tampoco le salió bien a Graterón, que por andar pendiente de engolarse y adornarse le preguntó a José si tomaba como esposo a Vilmari, a Kermilis si tomaba como esposa a Jorge Luís, y a Marleti -que se casaba con Tomás- si aceptaba a Richard. Y allí, en las respuestas, otro desborde de espontaneidad: “Sí. La tomo, la recibo, todo”, “Claro, por supuesto, yo acepto” y el infaltable lagrimeo, que, contrario a lo esperado, salió de los ojos de un caballero.

Finalizado el acto vino el brindis. Ríos caudalosos de dorada y burbujeante champaña fueron repartidos generosamente entre todos los invitados, al punto de que no fueron pocos los que repitieron. Lo mismo pasó con los tequeños, el roast beef, las empanaditas y los pastelitos, agarrados hasta de a cinco por los presentes, pero cuya abundancia le hizo honor, y de qué forma, al lugar común sobre la suntuosidad de las bodas organizadas por judíos. Eso por no hablar de la mesa de quesos, también bien abastecida pero literalmente saqueada con una fiereza que ya le daría envidia a Atila.

Luego de hacerse esperar unos cuantos minutos, apareció en tarima la sorpresa de la noche: Oscarcito, que vestido con chaqueta de pana y pajarita era casi el arquetipo del duende irlandés. Como toda estrella, salió al escenario con lentes de sol, pero más pudo la oscuridad del sitio -martirio de todos los fotógrafos- que su vanidad, así que rápidamente se tuvo que deshacer de ellos. De lo que nunca se deshizo fue de la pista sobre la cual cantaba, cuya voz remasterizada lo dejó más de una vez en evidencia ya que ésta iba por un lado y él por otro. Sin embargo eso no fue obstáculo para que recibiera unos cuantos aplausos adolescentes por sus tres canciones.

Con él se terminó de ir lo interesante de la noche. Después siguió una orquesta con los típicos temas de bodas. Algunos bailaron un rato, otros se quedaron sentados tratando de disimular las protuberancias que originaban las bolas de queso en los bolsillos y otros compartieron con sus familias. Todos, eso sí, legal y bien casados, en una ceremonia que aunque atípica terminó siendo entrañable y venezolanamente tópica.

El templo del 23

Por Mariana Souquett | @nanasouquett 

3:00 pm. El Metrobús que minutos antes había llegado a la estación El Silencio del Metro de Caracas, frente al Liceo Fermín Toro, arranca con solo siete pasajeros en dirección La Planicie, parroquia 23 de Enero, en el oeste de la capital. Su ruta, habilitada en marzo de 2015 para «llevar al pueblo» a visitar los restos de Hugo Chávez, es gratuita y hace una sola parada: El Cuartel de la Montaña.

«Santo Hugo Chávez del 23», un pequeño altar en honor al difunto presidente Hugo Chávez, es lo primero que se ve al bajar del autobús. Solo una persona de las que iban a bordo de la unidad cruzó la calle y subió hasta la entrada del fortín pintado de beige y rojo que terminó de construirse en 1906. Desde el 15 de marzo de 2013 —diez días después del fallecimiento de Chávez— la estructura diseñada por los arquitectos Alejandro Chataing y Jesús Rosales Bosque se convirtió en un mausoleo.

4F se ve en la cima de una colina del barrio. Un militar y un vecino hablan sobre el aumento de la inseguridad en la zona. Más adelante, está Chávez adolescente, Chávez golpista y Chávez adulto. La cara de quien fuera el presidente de Venezuela entre 1999 e inicios de 2013 se repite una y otra vez en los muros que conducen a la edificación que durante el siglo XX fungió como sede de la Academia Militar de Venezuela (1910-1950), del Ministerio de la Defensa (1950-1981) y como Museo Histórico Militar.

3:20 pm. Solo un hombre aguarda para entrar al Cuartel. Lleva una camisa de la Universidad Bolivariana y la Misión Sucre. Dice que está esperando a otros compañeros para entrar y cumplir con un trabajo de la Escuela de Comunicación Social. «Cuando le di la mano a Chávez en el 2008 se me salieron las lágrimas», recuerda el estudiante, quien se identifica como José Urbina, de 54 años. A pesar de que vive en el 23 de Enero, no había ido a visitar al mandatario después de su muerte.

«Aquí está nuestro comandante, nuestro libertador, y todos los que lo cuidan con amor», dice la miliciana Velásquez, una de las guías del Cuartel, al grupo de nueve personas al que acompaña en el tour. Insiste en que diariamente asisten alrededor de 400 personas de todo el mundo, aunque en la hoja del registro de ese día las firmas no llegan al final de la primera página. Más que visitantes, los vecinos del 23 cruzan el Cuartel para ir a comprar a un Pdval (Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos). Hay brisa, calma, un tenso silencio y poco sol.

33 banderas ondean en «El Bosque de las Banderas», un pasillo ceremonial ubicado después de la «Placita del eterno retorno», un semicírculo con banquitos, antes de la entrada al Cuartel. La frase contentiva del famoso «por ahora» pronunciado por Chávez al fracasar el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992 está escrita en una placa de granito justo en la entrada, a la izquierda. Al frente, en una placa similar, están sus últimas palabras públicas.

Calas rojas adornan el pie del sarcófago de granito que está situado sobre «La Flor de los cuatro elementos», monumento construido en seis días específicamente para albergar los restos del aquí venerado líder. Cuatro soldados de la guardia de honor, vestidos de rojo cuales patriotas de la independencia —con sombreros negros, guantes blancos y sables—, lo custodian. Uno de los cuatro guardias de honor tiene cara de hastío. El lugar huele, quizás por las flores, a cementerio.

En el fondo, a la izquierda, hay un cuadro de Chávez sonriente. En el centro, donde antes —según consta en fotos— había una estatua de Simón Bolívar, está el retrato de El Libertador reconstruido digitalmente. A la derecha, un Chávez pensante. El lugar da la sensación de un eterno velorio, pero sin mucha gente. Aunque al frente y desde hace cuatro años hay una pequeña capilla para orar, todo el Cuartel de la Montaña se asemeja a una iglesia, un templo para rendir culto al oriundo de Sabaneta.

3:45 pm. «¡Pase lo que pase… tenemos patria… patria perpetua… patria para siempre!», grita una voz chillona en el acto de cambio de guardia, hecho que la miliciana define como un homenaje en agradecimiento al «Comandante Supremo de la Revolución Bolivariana».

En el Cuartel de la Montaña no se puede estar solo. «Van a pasar por donde yo pase, van a pisar por donde yo pise», expresa la miliciana. Cada tres minutos hace un recordatorio que, más que una advertencia, suena a amenaza: «Pueden tomar todas las fotos que quieran, pero no grabar videos ni hacer fotos con flash. Todo lo que hagan, como estar grabando, se ve en las cámaras».

3:50 pm. El grupo entra al «Callejón de nuestro comandante», un salón oscuro con fotos de paisajes de Venezuela acompañadas por frases del «comandante». También quedan algunas armas, charreteras y banderas de la Guerra Federal, reliquias de la época en la que el Cuartel fue solo un Museo. Mientras, la miliciana, una viejita que se ufana de ser abogada penalista, insiste: Chávez sacó a la gente de los barrios, les dio casa y «multiplicó» a los niños y a los abuelos; la Cuarta República no le dejó nada a la gente; Venezuela no quiere guerra, pero sí la paz. Todo el recorrido es una especie de evangelización, de adoctrinamiento en el que las mismas frases son repetidas con constancia.

Una voz la interrumpe. «Me perdonan. No porque dé esta opinión dejaré de ser chavista, porque seguiré chavista hasta que me muera. Pero lo que yo quiero es que no hagan más apartamentos en la ciudad. Háganlos para los pueblos para que la gente busque sembrar. Aquí hay un poco ‘e malandros que metieron de los cerros que no quieren trabajar», afirma una de las participantes del grupo.

El tono de la sargento Velásquez cambia. La premisa «Aquí no se habla mal de Chávez», posicionada por el Gobierno y visible en toda Caracas, no está escrita en el Cuartel, pero sí está implícita, sobreentendida. La miliciana replica desafiante pero acepta la crítica, e insta a la mujer a escribirle por Twitter al presidente Nicolás Maduro, «el hijo de Chávez».

4:12 pm. Alrededor del «Callejón» hay otros salones que cuentan e ilustran la vida de Chávez. «La sala de ese niño gigante» contiene recreaciones de situaciones de su vida. Del otro lado, un salón contiene fotos de él en cualquier escenario. «Chávez vivirá siempre. ¿Verdad que todos somos Chávez?», pregunta la sargento mientras todos, menos una joven, responden que sí. «Mira, princesa, ¿tú eres Chávez?», le repregunta directamente. La joven tarda unos segundos en responder, pero dice que no y continúa tomando fotos.

«Crean en Dios y crean en Chávez», contesta tajante la miliciana.

4:20 pm. «Yo voy pasando la manito y ustedes también, no pueden tirar fotos», indica la guía. En fila india y siguiendo los pasos de la sargento, los nueve turistas tocan el féretro. «Me dieron ganas de llorar. Me aguanté las lágrimas», dice José Urbina.

Pasan cinco minutos. Suenan cuatro campanadas y media. Un soldado enciende el cañón donde todos los días a la misma hora —la de la muerte de Chávez— se dispara una bala de salva. «¡Fuego!», exclama otro miliciano. Hay un fuerte sonido y el ambiente se llena de pólvora. Algunos asistentes aplauden y gritan emocionados.

Comienza a llover. La intensidad arrecia y los turistas no se pueden ir. «¿Están viendo esta bendición de Chávez? Esta lluvia es un regalo de nuestro Comandante», expresa la sargento Velásquez. Al ver que se hace tarde, decide cruzar dos palitos de madera y comienza a elevarle oraciones a Hugo Chávez para que así deje de llover y las personas puedan irse. Eventualmente escampa, y los asistentes comienzan a retirarse. Y la miliciana les hace una última petición: «Recuerden vivo al Comandante y apoyen siempre al presidente Nicolás Maduro».

Federico Santelmo: El ingeniero que se enamoró del teatro

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

Federico Santelmo conoció la viralidad el lunes 13 de noviembre de 2017, cuando la Real Academia Española le aclaró en un tuit una duda un tanto peculiar: “El diccionario académico de americanismos registra las grafías «mamahuevo» y «mamagüevo»”. Días atrás, Santelmo había visto que la RAE estaba respondiendo preguntas y se le ocurrió hacer una consulta que fuese tan jocosa como interesante. Tras un breve ejercicio creativo, la idea que le vino a la mente no fue otra que precisar, a ciencia cierta, cuál era la forma correcta de escribir una de las groserías más utilizadas en Venezuela.

Federico publicó el tuit un viernes y en ese momento algunos de sus seguidores se rieron, un par más le dio like y ahí terminó todo. No obstante, la RAE apareció el lunes siguiente para responder la pregunta y aquello se salió de control: “Cuando veo que me contestan digo: ‘Oye, qué cool’. Di like, las gracias y ya; pero en eso empezaron con like, retuit, like, retuit, like, retuit… Justo en ese momento estaba con Carito y le dije: ‘Mira, como que a la gente le está gustando’. A partir de ahí fue algo absurdo. Dejé de tener control al respecto. Las notificaciones se volvieron locas. Hubo gente que me escribió por Whatsapp diciéndome que le habían mandado el tuit por siete grupos distintos. Después apareció en los portales de noticias. Me metía en Instagram y también estaba allí”.

La singular consulta le había dado la vuelta al mundo, pero, ¿quién era el hombre detrás de la pregunta? ¿Un ingeniero? ¿Un especialista en marketing? ¿El editor y fundador de un medio de comunicación? ¿Un actor de improvisación teatral? El currículo de Federico Santelmo, @fedesiete, decía todo lo anterior. No obstante, las distinciones más importantes de su vida no eran, a decir verdad, los títulos otorgados por la Universidad Simón Bolívar, el Politecnico di Torino o el diplomado realizado en la Universidad Metropolitana. Tampoco el haber tenido un cargo global en Pfizer o haber fundado el grupo @NochesDeImpro. Vista su carrera, las credenciales más significativas de Santelmo eran la maestría en curiosidad y el postgrado en inventiva que había venido cultivando desde hacía más de diez años.

Esas eran las dos características que le daban cierta coherencia a su a priori incomprensible hoja de vida y eran, a su vez, una buena forma de resumir a qué se dedicaba Federico. “Los retos me atraen muchísimo. Crear desde la nada. Me parece interesante construir algo y que luego permanezca. No es que me aburra y cambie, aunque puede ser (risas), sino que me gusta la oportunidad de crear algo desde cero y de utilizar el pensamiento creativo aplicado estratégicamente”.

A principios de su carrera profesional, Santelmo comenzó a pasearse por diversas áreas que le permitían usar ambos lados del cerebro. El hemisferio izquierdo del análisis, la estrategia y el razonamiento lógico; y el hemisferio derecho de la curiosidad, la pasión y el desahogo creativo. “Uno no siempre está claro de lo que quiere, pero si uno va buscando y probando… Ahí está el caso del maestro Abreu: fue político, economista, también fue músico y se dedicó a diferentes ramas hasta que en un momento dijo: ‘Ya va, ¿y si yo combino todo esto? Y así creó el Sistema de Orquestas. Pero hasta que no llega ese instante no sabes [a qué te vas a dedicar]”.

Por mucho tiempo, Federico estuvo probando trabajos y ecosistemas laborales hasta que llegó a la improvisación teatral, momento en el que se dio cuenta de que ese oficio no lo abandonaría más nunca en su vida. ¿Cómo fue a parar a las tablas? La historia es la siguiente: Santelmo vio un día por televisión Whose Line Is It Anyway? y no pudo creer lo bueno que era aquello –“lloraba de la risa”, afirma rememorando su época de estudiante en la USB–. Luego, años después, lo invitaron a ver una obra de Improvisto y le provocó experimentar en ese mundo, pero no hizo nada al respecto. Así pasó el tiempo hasta que el destino lo puso en el lugar y en el momento indicado. Hizo proyectos de marketing precisamente con el fundador de Improvisto y no desaprovechó la oportunidad para preguntar cuándo harían talleres: Federico quería estar en tarima.

“A partir de ahí no paré nunca”, afirma Santelmo. Fue a su primer taller y le pasó como al niño que va a jugar a casa del primo que tiene PlayStation: quedó fiebrúo, con ganas de más. “Como estudiante te sientes muy frustrado, porque, claro, aprendes muchas cosas y no tienes tanto tiempo para ejercitarlas. Entonces, yo tuve la suerte de que apenas terminé el taller una de las estudiantes me llamó y me dijo: ‘Vamos a hacer un grupo nosotros’. Entrenamos con Rey Vecchionacce al principio y luego éramos seis personas como buscando, ensayando, y empezamos a participar en ventanas que estaban abiertas en ese momento”.

Una de esas ventanas era participar en las Improcaimaneras, competencias de improvisación que se hacían (y se hacen) en plazas. Allí, Santelmo y sus compañeros siguieron empapándose en el arte escénico y fueron conociendo más y más gente. Luego empezó el Match de Improvisación en el Ateneo de Caracas y el equipo se inscribió para seguir haciendo shows amateurs. A todas estas, Federico tenía en mente la mítica frase de Malcolm Gladwell: para llegar a dominar cualquier actividad se requieren 10.000 horas de trabajo.

No obstante, Santelmo, para ese entonces (2013), estaba trabajando en Pfizer. Y no sólo eso: al año siguiente rechazaría una oferta de Improvisto para formar parte del elenco porque todavía no estaba dispuesto a dejarlo todo. En la reconocida empresa farmacéutica hacía ‘multichannel marketing’ y él estaba encantado. Le gustaba la organización, el mundo corporativo y su cultura. Ambientes que, según cuenta, lo ayudaron a adquirir muchísimas herramientas a las que aún recurre cuando se tiene que sentar a planificar un nuevo proyecto.

El problema fue que mientras en Pfizer iba escalando posiciones, el país comenzaba a irse en picada. A partir de 2016 él ya ocupaba un cargo global, pero era cada vez más difícil mantener el foco. Su equipo de trabajo residía en Nueva York y él, estando en Venezuela, sentía que vivía en una burbuja.

Desde hacía un par de años Santelmo había estado construyendo en paralelo un proyecto de improvisación teatral (#NochesDeImpro) y en 2017, finalmente, decidió que ya era momento de dejarlo todo. Renunció, agarró su liquidación, la juntó con los ahorros que tenía y se fue a Nueva York, pero no para reunirse con su antiguo equipo de Pfizer, sino para asistir a tres cursos intensivos de improvisación en tres escuelas diferentes. Faltaban, todavía, muchas horas de Gladwell.

Luego de su paso por la Gran Manzana y un par de talleres más en Bogotá, Federico volvió a Venezuela con un mar de conocimientos que ansiaba compartir tanto con sus compañeros de tablas, como con el público en general.

Con más de cuatro años de experiencia, este ingeniero devenido en actor ya dicta talleres de artes escénicas y continúa creando desde el teatro con Noches de Impro, un show que nació en 2015 en La Quinta Bar y que ya ha llegado a diversas salas del país. Su meta, en la actualidad, es educar, enseñar y practicar con cientos (y miles) de personas que quieran atreverse, como él, a estar en tarima y seguir contribuyendo con una industria todavía incipiente.

Luis Eduardo González: “Una condición física no define nuestra vida; nuestra actitud sí” PARTE II

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

[Puedes leer la primera parte aquí]

INTUICIÓN DE MADRE

“Le dieron en la pierna”

“Está herido de bala”. Eso fue lo que le dijo la presidenta del Centro de Estudiantes de la USB a la mamá de Luís Eduardo, en una llamada traumática y accidentada que se cortó no más ser pronunciada la última palabra porque en el Seguro Social de Vargas no había cobertura. “Fue desesperante –cuenta su mamá–. Yo salgo corriendo donde mi mamá, su abuela, y le digo: ‘Mami, mami, hirieron a Luis de bala. No sé dónde’. Pedimos varios teléfonos prestados para llamar a la muchacha que nos avisó, cinco o seis teléfonos distintos, y no había manera: no caía la llamada. No hallábamos ya qué teléfono buscar cuando ella me manda un mensaje: ‘Tranquila. Está herido de bala’. Yo le pregunto: ‘¿Dónde?’. ‘Le dieron en la pierna, la bala entró y salió y rozó solamente carne’. Entonces, yo me quedo tranquila y viajo ese mismo lunes. Llego a las 5 de la tarde a Caracas, y no puedo bajar a La Guaira porque no conozco bien eso por allá. Espero al siguiente día, que un amigo de mi hija me llevó. Llegué a las 7 de la mañana, él estaba enyesado completo en el Seguro. Él pensaba que habían pasado muchas horas. Pero yo le aclaro que no. Él me decía que no lo fuera a dejar solo, que me necesitaba”, recuerda.

Para ese momento, diagnóstico y pronóstico no podían ser más optimistas: la bala no había tocado hueso, apenas rozado carne, así como había entrado había salido y sería cosa de algunos días apenas. “Allí dije: relajado, esto me va a tomar unas dos semanas para recuperarme y luego a la calle otra vez”. Sin embargo, a la madre algo no le cuadraba: “Yo decía, ¿si no le tocó hueso, por qué lo tienen enyesado completo? Y además el pie se lo veía demasiado pálido. Ese mismo día yo le pregunto por qué lo tiene así. ‘Es por la inflamación’, me dice él. Le pregunto si siente los dedos y me dice que no, pero que la doctora le había explicado que eso era normal, y que si en 21 días seguía sin sensibilidad, entones debía ir a terapia. Pero a mí el pie me preocupaba: estaba amarillo y sin color. Los tres días siguientes fue hielo y hielo en esa pierna. Pero al cuarto día, le levanto la sábana y empieza a botar una sangre con muy mal olor, y cuando destapan ya tenían necrosado el pie. Allí sí volaron rapidito: iban a meterlo a quirófano, y cuando llega el estudio dicen que no lo pueden meter porque podría perder la pierna o él morir desangrado, ya que había una arteria afectada. Entonces, lo despachan al Pérez Carreño”.

LA PEOR NOTICIA QUE ALGUIEN PUEDE RECIBIR

“Me estaba muriendo en vida. Me estaba volviendo loco”

Si hay un lugar del cual Luis tiene malos recuerdos, ése es el Hospital Pérez Carreño: “Cuando llegué, me tiraron al suelo en una tabla de esas de los paramédicos. Estuve en el suelo un buen rato. Yo lo que pedía era que me levantaran del suelo. Porque aunque yo no estaba bien, estar tirado me hacía sentir peor”, recuerda. Es allí donde tras una evaluación médica, un doctor le informa que le deben amputar la pierna:

-Cuando me dan la noticia, fue (largo silencio)

-¿Qué te dicen?

-Que me tienen que amputar la pierna.  Fue algo loco porque si me estaban diciendo que al cuarto día me daban de alta y todo estaba bien, ¿cómo me iban a decir que me iban a amputar la pierna? Eso me tumba totalmente. La verdad me estaba volviendo loco. Fue horrible. No tengo palabras para describirlo. Fue como estar otra vez en medio de una balacera y que el blanco volviera a ser yo.

¿Cuál de los dos momentos fue peor: el tiro o la noticia?

-La noticia

-¿Cómo se recibe una noticia así?

-No sé. Es que fue tan fuerte. Tan duro. Y fue así: inmediato. Yo me hacía como el despistado: el doctor me decía que no había nada que hacer, y yo le preguntaba que a qué se refería con eso. ‘Que tenemos que amputarla’. Me estaba muriendo en vida. Literal. Lloré horriblemente. Como no tienes idea. Me estaba muriendo por dentro. Sentía demasiado dolor. Que se me venía el mundo encima. Yo creo que esa es la peor noticia que alguien puede recibir. Es como que se te muera un familiar.

UNA DOLOROSA ESPERANZA

“Yo levantaba la pierna y podía ver a través de ella”

La peor noticia del mundo vino seguida de una esperanza: la conocida de un amigo de Luis hace inmediatamente gestiones para que lo reciban en el Clínico. Allí, una cirujano cardiovascular lo examina y le dice que tiene 95% de la pierna muerta y sólo hay un 5% de probabilidad de salvarla, pero que ella tomaría el riesgo. Ese mismo día, 21 de julio, Luis entra a quirófano a las 2 de la tarde y la cirugía, en apariencia, es un éxito. Esperan las 48 horas de rigor, y la pierna responde. Se abre una esperanza que pasa por el camino doloroso –y hasta tortuoso– de unas curas diarias de dos meses que tenían que ser hechas a carne viva y sin anestesia, y que hicieron que en alguna ocasión Luis se desmayara de dolor: “Yo tenía la pierna abierta por ambos lados: la levantaba y veía a través de ella. Yo veía cómo la doctora metía la mano en la pierna y sacaba músculos que estaban necrosados. Y todo eso en carne viva, con un dolor de la tierra al cielo. Sin embargo, yo pensaba que si todo ese dolor era para volver a caminar y tener mi pierna, pues había que echarle bola. No había de otra”.

Durante todo ese tiempo, Luis Eduardo es testigo de la inmensa precariedad que hay en el hospital –“había gente que moría por no poder costear un antibiótico”–, pero también de la solidaridad con que unos y otros se ayudaban. Sus compañeros de la Resistencia y de estudio, incluidos algunos profesores, vendían malta y chucherías en las afueras del Clínico para ayudarlo con los costos, que eran bastante elevados: “Yo recibía 3 antibióticos 3 veces al día, eran 9 dosis al día. Y costaban entre 300 y 400 mil bolívares; es decir, que yo necesitaba aproximadamente 2,5 millones diarios en medicinas. Pero a mí me llegaron ángeles”, recuerda. Y por tener ángeles, él también procuró convertirse en uno: “Yo estuve súper grave, pero había personas que llegaban a mi habitación a solicitar un antibiótico. Y yo lo necesitaba pero no me importaba. Le decía: ‘mamá, si lo necesita dáselo’. Y así hacíamos. Si teníamos un antibiótico que otro necesitaba, lo regalábamos, porque la verdad es que yo me sentía mal, pero me hacía sentir peor ver que otros morían por no tener un antibiótico”.

Exactamente a una semana de cumplirse los dos meses de la intervención quirúrgica, Luis comienza a sentir un malestar. Son las 3 de la madrugada del jueves 14 de septiembre cuando se despierta temblando. “Tenía taquicardia y un dolor insoportable en el pecho que no me dejaba respirar casi. Además, sentía un frío incontrolable y aunque mi mamá me ponía mantas y mantas no paraba de temblar. La mandíbula se me estaba desviando, tenía los labios blancos y las uñas moradas. Yo sentía que me moría”, narra. A las 4:30 de la mañana logran estabilizarlo y hacer que duerma, pero a las dos horas los síntomas vuelven y más fuertes. “Yo decía: hasta aquí llegué. Era loco, algo que no podía controlar”. 6 mil mililitros de solución -6 litros- recibe ese día. “No te imaginas lo hinchado que estaba. No podía abrir los ojos. No podía ni siquiera hablar, cerrar la mano, nada”. Y cuando por más medicamentos que le ponen no hay manera de que la tensión le suba de 40, los médicos deciden psarlo a terapia intensiva, intubarlo y conectarlo a un respirador artificial: acababa de sufrir un shock séptico. El panorama con el que se encuentran los doctores es desalentador: “El foco de infección –explica una de las que lo atendió– era el tobillo. Allí tenía una mancha negra debajo de la cual había una artritis séptica macabra, que había hecho que ya el pie no estuviera articulado con la pierna. Nosotros tapamos eso, quitamos lo negro e hicimos lo único que se podía: amputar”.

LA AMPUTACIÓN

“Si ya antes me estaba muriendo, allí ya me había muerto”

Entre el jueves 14 de septiembre y el lunes 18 hay cuatro días que a Luís Eduardo se le borraron de la memoria, que sencillamente no vivió. Son cuatro días fundamentales en los que pasa por un shock séptico, un ingreso a terapia intensiva, una intervención quirúrgica para amputarle la pierna, la noticia de que se la han amputado y la visita solidaria de familiares y amigos. Sin embargo, no guarda memoria de ninguno de ellos. Y por eso, cuando el lunes en la mañana se despierta, debe darse cuenta por sí mismo y afrontar completamente solo el insoslayable hecho de que le falta una pierna:

-¿Puedes recordar ese momento?

-Sí. Yo despierto el lunes y poco comienzo a estar consiente, pero aún estaba intubado. En la tarde me extuban y ahí ya puedo yo por lo menos sentarme. Y cuando me siento veo que la cama hay un vacío y cuando quito la sábana veo que la pierna ya no estaba. Y eso fue: si ya antes me estaba muriendo, ya allí me había muerto.

¿Ha sido el peor momento de tu vida?

-Sí

-¿Y estabas completamente solo?

-Sí.

-¿Qué es lo primero que te viene a la mente allí?

-En ese momento yo me pregunto: ¿qué me pasó? Cuando veo que mi pierna no está, empiezo a llamar a los doctores: que por qué no siento la pierna. Yo no aceptaba lo que había pasado. Cuando desperté tenía un vendaje más corto: pensé que era la rodilla, que la pierna se me había partido y la tenía doblada hacia atrás. Eso fue lo primero que me llegó al a mente. Y  yo decía que no sentía la pierna, que la pierna se me había partido. Y un médico de terapia me dice que no: que me la tuvieron que amputar. En el instante no lloré. Fue como entrar en coma. Porque era como que no sentía ganas ni de llorar ni de gritar. Fue una especie de coma. Fue un shock sentimental todo loco, que ni yo mismo sabía cómo me sentía.

-¿Quién es, de los tuyos, a la primera persona que ves?

-A mí mamá. Y lo primero que le dije fue que por qué ella dejó que esto pasara. Porque una de las cosas que yo le había hecho saber a ella y a todos era que si yo tenía que morir para no perder la pierna, que me dejaran morir, porque yo no quería vivir sin una pierna. Fue algo que les recalqué y se lo dije con toda la sinceridad del mundo: que no quería que me amputaran, que me dejaran morir si esa era la solución para yo conservar la pierna. Y cuando despierto y no está, fue así como rencor, resentimiento, de por qué habían dejado que pasara esto cuando yo no quería. En ese momento no entendía que fue la decisión para mantenerme con vida. Y obviamente mi mamá no iba a preferir que yo muriera a salvarme la pierna. Pero la verdad no lo entendía en ese momento: Era tanta rabia, tanto resentimiento. Yo le decía a mi mamá que por qué había dejado que pasara eso, que por qué había dejado me hicieran eso.

AYUDAR, AYUDAR, AYUDAR

“No voy a parar de ayudar al que pueda”

Entre el momento de la amputación y su salida del Clínico pasa casi un mes, en el que Luis Eduardo tuvo obligatoriamente que resignarse a su nueva realidad. Y entre todas las cosas, lo que más le dolía era el fútbol. “Lo único en lo que pensaba, lo que en verdad me agobiaba, era saber que no podría jugar fútbol”, dice. Lateral derecho de toda la vida (“desde que entré en el colegio”) su recuerdo más bonito de ese deporte es, paradójicamente, una derrota 12-1. Pero es que ese uno se lo metieron al equipo de la Escuela de Talentos, el mejor de Portuguesa: “Nosotros celebramos que al equipo más difícil, a los que nos daban clases, le hayamos metimos un gol. Estábamos demasiado alegres y no sé: éramos felices”, rememora. Admirador de Tomás Rincón (“siempre ha llevado el nombre de Venezuela en alto y es un duro”), y de Neymar (“la humidad que tiene ese tipo, berro. Le echa y sabe”), un día se encontró con que ya no podría ser como ninguno de ellos en la cancha: “Era como que me estuvieran quitando la mitad del corazón, porque el fútbol era mi vida”. ¿Cómo se hace, pues, para levantarse y superar algo así? Escrito se lee sencillo, pero es un proceso que toma tiempo. Tal como Luis Eduardo lo cuenta, en su caso la ecuación consistió en dejar de pensar en todo lo que no podría hacer de allí en adelante –el fútbol, por ejemplo– y enfocarse en el mundo nuevo que paradójicamente se le abría, en aquellas cosas que antes no hacía y que a partir de ese momento podría hacer y disfrutar; y entre ellas, una especialmente: ayudar a otros. Esa ha sido su gran motivación y la clave para superar el duro proceso que vivió:

-Los primeros días pensabas en el fútbol y en todo lo que no podías hacer, ¿pero qué pasó luego?

-Logré entender de que la vida no terminaba allí. Que si bien había muchas cosas que ya no podía hacer, había también mil y un cosas que antes no hacía y que ahora podía. Y entendí también que había muchas personas en mi misma condición o en peores condiciones que podían hallar en mí una motivación. Entonces, decidí usar mi situación para motivar a otros, para ser una referencia de inspiración y de lucha para muchos. Porque una condición física no decide nuestra vida. Nuestra vida la define la actitud que tomamos frente a las adversidades, y eso es lo que ahora tengo clavado en la mente, y no voy a parar de ayudar al que pueda: aquí estoy haciendo todo lo posible para ayudar a aquellos que estén dentro de mis posibilidades. Y es lo que me ha ayudado a superar la pérdida de la pierna: encontrar en la ayuda a los demás un motivo, que es lo que más me llena.

-Entiendo que eres creyente, ¿esta experiencia afectó tu relación con Dios?

-Yo estuve resentido los primeros días, porque yo le pedía demasiado a Dios que no me tuvieran que amputar la pierna, y lo que le preguntaba era por qué. ¿Por qué a nosotros, que lo que estábamos era luchando por una causa buena? ¿Por qué a mí, que desde pequeño vengo haciendo actividades benéficas, que he hecho cosas buenas por otras personas? Yo decía: ¿por qué a las personas buenas les tiene que pasar esto, y hay otros que son unos monstruos y están disfrutando de una vida plena?

-¿Y lograste hallar la respuesta?

-Mira, como te digo los primeros días yo ni quería saber nada de Dios. Hubo una fractura demasiado grande con Él: yo decía que no existía y tenía una rabia demasiado grande, pero después entendí que fue necesario que yo pasara por esto para comprender muchas cosas y que Dios manda sus mejores batallas a sus mejores guerreros. Hoy me encuentro aquí y Dios me ha dado una cachetada como diciéndome: mira todo lo que te estoy mandando en recompensa por lo que pasaste. Y la verdad es que la recompensa y el aprendizaje han sido demasiado grandes.

-¿Qué cosas has aprendido?

 -Que la vida no termina por situaciones. Yo perdí una pierna y pensé que hasta allí llegaba mi vida, que iba a ser un estorbo, y ahorita entendí que una condición física no es limitante para nadie. Ahora puedo hacer mil y un cosas, llegar a más personas, y el cambio que quise hacer en Venezuela, ahora estoy llevándolo de persona en persona y con el favor de Dios ahora  serán miles a los que voy a poder llegar a raíz de esto. Ahora veo la vida distinta y la valoro como no tienes idea.

-Si el Luis Eduardo de ahorita pudiera tener en frente al del año pasado, ¿qué consejo le daría?

-Que se diera cuenta de todo lo que puede hacer sin necesidad de pasar por una situación tan grave. Que aunque no tenemos mucha diferencia, ahorita soy una mejor persona de lo que era antes. Pero que pudiera serlo y llegar a serlo sin tener la necesidad de pasar por una tragedia como esta.

-¿Esto ha logrado sacar una mejor versión de ti?

-Totalmente.

-¿Qué es lo más importante de la vida?

-La familia. Y no incluyo solo la de sangre, sino también a los amigos. Los amigos en mi vida han jugado un papel fundamental. Yo soy demasiado pana. Siempre lo he dicho. Yo no tengo enemigos: yo tengo amigos innumerables, y ahora muchísimo más: tengo amigos más íntimos, que son mi familia, pero la familia de amigos se sigue extendiendo cada vez más. Y he llegado a conocer a una infinidad de personas increíbles.

EL ABRAZO DEL PERDÓN

“Si lo tuviera en frente le daría un abrazo”

No tener puesto el cinturón de seguridad fue lo que provocó el reencuentro de Luis Eduardo con Poli Vargas, el cuerpo oficial de donde salió el hombre que le disparó. Ver el uniforme le revolvió (y devolvió) todos los malos recuerdos. “Me daban ganas de vomitarles en la cara. De decirles todo lo que sentía. Sacar toda la rabia. Sin embargo la mamá de una amiga que iba con nosotros me hizo entender que esas son las piedras que Dios me pone en el camino para que entienda que nosotros debemos diferenciar al bueno del malo, y que sin duda alguna nosotros seguimos siendo los buenos a pesar de que los malos están claros de que son malos y que les gusta ser malos”.

-Ahora, Luis, si tuvieras en frente no a algún oficial de Poli Vargas, sino directamente al hombre que te disparó, ¿qué le dirías?

– (Silencio). No sé, suena extraño, pero créeme esto: le daría un abrazo. Y le diría que qué lástima que en ese momento haya tomado la decisión de disparar. Porque yo fui el blanco, pero también pudo haber sido su hermano, su hijo o algún familiar. Y ya que está a tiempo, hasta lo ayudaría a cambiar de forma de pensar, porque todos en el fondo, muy en el fondo, tenemos dentro a la buena persona que podemos ser, y lo que hace falta es que, en cierto modo, como en este caso, alguien ayude a sacarla de ese fondo y a darse cuenta de que es, de que puede ser, una buena persona. Pero sin duda, también lo pondría detrás de las rejas ya que debe pagar por lo que hizo. Igual, bueno, la justicia que no hace el hombre la hace Dios. Hay un Dios muy grande que mira hacia abajo y que todo lo sabe.

[PS: Luego de la entrevista, Luis Eduardo, gracias a un crowfounding, pudo recolectar el dinero para comprar la próstesis de pierna que necesitaba para volver a caminar. Ahora que puede hacerlo, se dedica a realizar actividades benéficas en pro de otras personas que han pasado por situaciones como la suya. Se le puede seguir en Instagram a través de la cuenta: @luisedgonzalez]

Luis Eduardo González: “Yo sentía que protegía a la gente” PARTE I

Las dos veces que se vio cara a cara con la muerte, Luis Eduardo González (19) tuvo muy presente la frase que estaba escrita en uno de los varios escudos que tuvo, y que decía, debajo de una estampa de la Virgen del Valle, que ‘si uno muere haciendo lo correcto, sabrá que su muerte no fue en vano, porque habrá logrado algún cambio’. De autor desconocido, la frase fue para él consuelo y alivio la madrugada en la que, para disolver un trancazo en el que participaba, un efectivo de Poli-Vargas le disparó un tiro en la pierna que casi lo desangra, y luego, también, cuando un shock séptico, sufrido de madrugada dos meses después, lo llevó a terapia intensiva y obligó a amputarle la pierna. “En esos momentos yo recordaba lo que decía mi escudo y pensaba: al menos estaba haciendo algo bueno. No me dieron un tiro robando o por andar en algo indebido, sino por estar luchando por lo correcto”, rememora sentado en el sofá de un apartamento en Las Acacias este joven de 19 años, una de las tantas víctimas anónimas de la represión gubernamental durante las protestas que sucedieron entre abril y julio de este año, y quien tuvo a bien compartir su historia con el equipo periodístico de Revista OJO en una extensa y enriquecedora entrevista cuya primera parte puedes a continuación

Por: Ezequiel Abdala |@eaa17

Esta es una historia cotidiana y a su vez extraordinaria. Una historia de la calle, que me pudo suceder a mí que la escribo, a ti que la lees, o a cualquier persona que entre abril y julio haya salido a protestar contra la dictadura. Le terminó pasando a Luis Eduardo González, un joven cuya biografía puede ser la de cualquiera de su generación: nacido en marzo 1998, año fundacional de la revolución, vivió con su familia en Sanare, estado Lara, hasta cumplir la mayoría de edad, cuando en procura de estudios superiores y de una mejor calidad de vida dejó el terruño materno. Comercio Internacional fue la carrera elegida y el núcleo de la USB en Vargas el lugar donde estudiarla, por lo que se residenció en Naiguatá, donde alternaba los estudios con el trabajo de bar tender en el club Tanaguarenas los fines de semana. Tranquila pero llena de inconformidades era su vida (así la describe él), porque aunque nacido en revolución (hijo cronológico de ella, de hecho)  vino al mundo con un espíritu crítico que le impedía estar conforme con la realidad. “No poder salir a la esquina con el teléfono sin tener el miedo de que te lo roben, no poder estar en la calle después de las 10 de la noche porque no hay garantía de que vayas a llegar con bien, ver gente pasando hambre y muriendo de desnutrición, comiendo de la basura, a profesionales con salarios de miseria…” eran las principales razones de su insatisfacción, esa que lo llevó a salir a protestar en la calle apenas se le presentó la oportunidad.

LA PRIMERA MARCHA

“No me asusté sino que me dieron ganas de ayudar”

19 de abril de 2017. Es el día cuando una marea humana se lanza a la autopista y es reprimida con una ferocidad criminal. Es el día en que la gente, desesperada, se arroja al Guaire para escapar. Es el día de las decenas de asfixiados y heridos. Es el día, también, de la primera marcha de Luis Eduardo. “Yo fui como cualquier chamo, como sociedad civil, porque todavía no me había unido a la Resistencia. Estuve detrás de ellos y vi muy de cerca la brutal represión, todo lo que pasaba”, rememora. Contrario a lo que pudiera pensarse, el horror no lo intimidó sino que lo impulsó: “No me asusté sino que me dieron ganas de estar allí adelante y ayudar: yo decía que podía hacer algo más, ser uno más que estuviera al frente y relevara a alguno que cayera. Lo que pasó en esa marcha me motivó demasiado”. Tanto, que dos días después, el viernes 21 de abril, se unió formalmente a la Resistencia: “Yo simplemente salí, alguien me regaló un escudo, y me uní”. Así de fácil.

En su primer contacto serio con las lacrimógenas –“ese día yo no tenía máscara ni nada, y me cubría era con una franela” –, quien le vino a la mente fue su hermano: “Él estuvo 5 meses en una escuela militar, y cuando me hablaba de las lacrimógenas me decía: ‘tú sientes que es un humo que te va a matar’. Y ese día, cuando estaba al frente, yo decía: ‘mi hermano tenía toda la razón del mundo’”. Ese viernes de asfixia –“yo no duraba ni 5 minutos al frente cuando ya me estaba ahogando”– Luis Eduardo entraba y salía constantemente de la zona de combate para tomar aire. Es en una de esas salidas cuando se consigue con sus compañeros de clase: “Cuando los vi, dije: ‘con ellos me quedo’, y me uní al grupo de choque de la USB como tal”. A partir de allí comenzó una nueva etapa en su vida.

LA PLEGARIA DEL ESCUDERO

“Nunca salíamos sin hacer la oración y darnos un abrazo”

Aunque su primer escudo lo recibió por casualidad, en Luis Eduardo estaba acendrada la vocación de escudero: “Era como tener la vida de muchas personas en tus manos. Yo sentía que  protegía a la gente y que ellos se sentían protegidos por nosotros: porque los perdigones pegaban en mi escudo, y no en el ojo o cuerpo de alguien más”. Como escudero tuvo varios escudos, que solía esconder en el techo de un kiosco que estaba en Chacaito. Sin embargo, hubo uno que lo marcó: tenía una imagen de la Virgen del Valle y una frase que le llegó desde que la leyó por primera vez: “Si uno muere haciendo lo correcto, sabrá que su muerte no fue en vano, porque habrá logrado algún cambio”, y que luego tuvo siempre presente.

Como grupo de choque, su función comenzaba con el conflicto. Se mantenían entre los marchistas, y una vez que las movilizaciones se topaban con los cordones de la GNB o la PNB y arrancaba la represión, allí salían ellos al frente. Lo hacían entre vítores y aplausos, como verdaderos héroes. Y ese es, de hecho, uno de sus recuerdos más felices: “Era una de las cosas que más me gustaba: recibir el aplauso de las personas desde atrás, y que todo el mundo te bendijera. No sabes la cantidad de crucifijos que tenía en el cuello, de gente que me los colgaba. Las abuelitas que me abrazaban y me besaban. Eso me llenaba demasiado porque yo sentía que ellas estaban seguras con nosotros. Que tenían todas las esperanzas puestas en nosotros. Y eso  era lo que nos hacía estar allí al frente”.

Estar al frente significaba, también, vérselas con los militares y los policías. “Yo sentía una total lástima por ellos, al ver cómo desperdiciaban su vida en eso: que su historia profesional fuera enfrentarse a unos chamos con escudos de madera. Lo veía y pensaba: qué pena dan. Pensar que en el mundo hay ejércitos que se baten en guerras, en cosas más serias. Y ellos, que también estaban pasando por lo mismo que nosotros, desperdiciaban su carrera así. Nuestros escudos eran más fuertes que la moral de cualquiera de ellos”, reflexiona. “Pero yo no sentía miedo, sino ganas de proteger”, explica.

-Dame 3 imágenes o 3 momentos de aquellos días de resistencia…

-Un abrazo de grupo. Una oración antes de salir. Y un saludo que era como el de pelotero, que hacíamos siempre al salir: chocar el casco de la cabeza con el del escudero que teníamos más cerca. Era algo que siempre hacíamos. Nunca salíamos sin hacer la oración, darnos un abrazo y chocar el casco, porque nunca sabíamos si íbamos a regresar.

-¿Qué pedían en esta oración?

-Que Dios escuchara nuestras plegarias, y que, sabiendo que nosotros estábamos luchando por el bien, se nos diera la oportunidad de lograr el cambio sin necesidad de que hubiera tantos sacrificios humanos.

-¿Te tocó que algún compañero no regresara?

No. Nunca. Hubo muchos heridos y eso. Pero todos regresamos siempre, gracias a Dios. En nuestro grupo hubo uno que tuvo fractura de cráneo por una lacrimógena; otro que recibió un disparo cuando mataron a Fabian Urbina; el que arroyó la tanqueta era de la universidad también. Pero gracias a Dios siempre volvimos todos. Y ninguno murió.

-Eran muy unidos, entonces…

-Allí al frente éramos como una familia: todos cuidábamos de todos, y todos estábamos pendiente de que nadie cayera. Por eso el 21 fue una inspiración tan grande. Allí dije: este es mi lugar y de aquí nadie me saca. Me sentía como en casa estando al frente, porque sentía que estaba luchando por lo correcto.

AUMENTA EL PELIGRO

 “Yo dije que iba a estar hasta el fin”

El 06 de julio, en el Distribuidor Altamira, Luis Eduardo fue herido por varios perdigones. Hasta el balazo, ese había el momento más angustioso de la protesta: “Fue algo tan inesperado. Estábamos bajando por el Distribuidor. No teníamos ni 10 minutos caminando, y de pronto vimos que la gente corría, pero no veíamos gases ni nada. Y de repente la GNB llegó en moto disparando perdigones a todos. Fue brutal: demasiados disparos. Fuimos decenas los heridos: señoras mayores que cayeron, chamos. Una cosa loca”, recuerda. En total, recibió 12 impactos en todo el cuerpo. “Pero yo lo tomé relajado”, dice, al punto que pidió que no le avisaran a nadie de la familia. Su madre, sin embargo, lo intuyó: “Ese día yo tuve el sueño de que estaba muerto en una barricada. E inmediatamente cuando amaneció lo llamé. Ya estaba herido, pero no me lo dijo”, cuenta. Y es que hasta Sanare, donde vivía, le llegaba la información: “Cada vez que salía al abasto, al supermercado, sus amigos me decían: ‘Mira Chucho anda metido en las barricadas’. Y yo les decía: ‘Sí, yo no sé en qué piensa. Sé que él está inconforme con lo que pasa, pero él tiene que ver que los políticos no le ha dado el tamaño que tiene: ése se lo he dado yo con mucho sacrificio”.

Pero Chucho, su Chucho, pensaba en cualquier cosa menos en abandonar la calle. “Nunca pasó por mi mente dejar de salir. Yo dije que iba a estar hasta el fin de los días, cuando lográramos el objetivo”. Palabras más, palabras menos, esa fue su respuesta (y la de sus compañeros) cuando los líderes del grupo de la USB los reunieron para preguntarles qué hacer dado el aumento salvaje de la represión. “Nos plantearon dejar de salir o disminuir las salidas: y las disminuimos. Porque ninguno se veía en casa viendo como caían los demás. Todos estábamos decididos a seguir saliendo, y comenzamos a hacerlo dos o tres veces por semana”

AQUELLA MADRUGADA

“Allí dije: ‘morí’”

Plebiscito y hora cero. Eso dijeron los políticos, aunque no explicaron exactamente en qué consistía aquello. La lógica decía que se trataría de una fase superior de lucha, y fue por eso que la propia madrugada del 17 de julio, Luis Eduardo y su grupo salieron a trancar el puente de Naiguatá: “Decidimos hacerle frente al llamado de que había de empezar la Hora Cero como tal y montamos una barricada en el puente que conecta Vargas con Naiguatá, entonces llegó la Guardia Nacional, pero no eran nada agresivos. De pronto apareció la Policía del Estado Vargas, una especie de grupo comando que ellos tienen, que en Vargas es conocido y al que todos le temen, que se le conoce como el grupo de Goncalves. Yo no los conocía porque era nuevo en la zona, pero todo el mundo decía: ‘nos van a matar, llegó el grupo de Goncalves’. Y así fue: ellos bajándose de los carros y disparando a diestra y siniestra”. Era aproximadamente la 1:30 de la madrugada cuando la bala impactó en su pierna.

-¿Qué se siente que a uno le den un tiro?

-Es horrible. La verdad es que no hay palabras para describirlo. Tú sientes que vas a morir en el primer instante que recibes el tiro.

-¿Qué diferencia hay entre el tiro y el perdigón?

-El perdigón te duele al rato cuando ya despiertas, y la bala te está avisando que vas a morir en el instante, inmediatamente.

-Puedes recordar lo que pasó inmediatamente después de que recibiste el balazo…

-Al recibirlo, perdí la vista: casi ni veía. Luego, quedé sordo: no escuchaba nada. Era como un sonido que me aturdía desde adentro: yo hablaba y ni yo mismo me escuchaba. Y no habían pasado ni diez segundos cuando me desmayé. Allí dije: ‘morí’. Porque sentía cómo me estaba desvaneciendo. Una sensación horrible.

-¿Qué pasa luego?

-Mis compañeros, arriesgando su vida, porque los policías no dejaban de disparar, me agarraron, me cargaron, me montaron en una moto y me llevaron al dispensario de Naiguatá. Yo despierto allí, despistado y sin noción de lo que estaba pasando: veía a todos corriendo y no entendía nada, porque aún no escuchaba. Fue al rato cuando comencé a hacerlo y fue peor: oía que decían ‘se nos va’, que no se podía parar el sangrado, que la bala había roto una arteria. Y cuando me levantaban la pierna yo veía cómo salían los chorros de sangre. Me habían colocado un torniquete pero no había sido efectivo, porque el sangrado era muy grande. Cuando logran parar el sangrado, llaman a una ambulancia, que llegó como hora después, pero se espichó pasando la barricada y tuve que esperar como hasta las  5 de la mañana a que llegara otra.

-¿Creías que te morías?

-En ese momento sí.

-¿Y qué siente, qué piensa uno, cuando cree que se muere?

-Yo pensaba, dentro de mí, que me estaba muriendo y presentía algo súper malo. A mi amigo Luis Reyes, que estuvo en todo momento conmigo, yo le preguntaba si me iba a morir, que me dijera la verdad. Yo no podía ni levantar los brazos. Estaba demasiado débil por la pérdida de sangre. Y él me decía: ‘no, guaro, no le pares bolas que tú vas a salir vivo de esto’. Lo que hacía era echarme chistes. Yo le decía: ‘estamos hablando serios, deja tu payasada’. Pero una vez que me empezó a hablar y a intentar desviarme de lo que estaba pasando yo empecé a entender que las cosas podían mejorar. Pero yo pensaba: ‘¿qué le voy a decir a mí mamá?’.

[Parte II de la entrevista: aquí]

Juan Andrés Belgrave: “La improvisación es muy noble”

Puede decirse, con total seguridad, que Juan Andrés Belgrave es un gurú de las artes escénicas. Empezó con el Grupo Teatral Skena haciendo obras de comedia en el colegio, luego hizo algo de televisión en Televen, fue uno de los pioneros de la improvisación en Venezuela y en la actualidad participa en películas de la talla de Papita, Maní y Tostón.

Cuenta Juan Andrés que sus inicios en la improvisación fueron junto a Alejandra Otero y Corina Perera, en un grupo en el que, al principio, no tenían mucha idea de lo que estaban haciendo. Sólo contaban con un libro hecho por los creadores de un famoso show de improvisación estadounidense (‘Whose Line Is It Anyway?’) y con los ejercicios que allí se describían fueron aprendiendo poco a poco gracias a la metodología más antigua de la historia: ensayo y error.

Así fue hasta que escucharon en la radio que el argentino Jorge Parra dictaría un taller sobre improvisación y todo el grupo decidió inscribirse.

Meses más tarde, con las enseñanzas ahí adquiridas y bajo la tutela de Parra, nacería Improvisto, un espectáculo que ya lleva más de una década llenando salas por toda Venezuela y en cuyo elenco actual Juan Andrés tiene el título honorífico de ser el único fundador en tarima.

Con él hablamos sobre los secretos detrás de la improvisación, sobre las diferencias que tiene ese tipo de teatro con el stand-up y sobre algunos de sus proyectos. También descubrimos que su película favorita es toda la saga de Star Wars y que su ídolo, según dijo, es Jesucristo.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Está difícil, porque eso fue hace ya como 12 años. A ver… estaba estudiando Comunicación Social, ya había hecho teatro con Skena, había hecho un poquito de televisión también en Televen (Planeta de 6, Taima) y había estado en otro grupo de improvisación que se llamaba ImproSaurios, en el que estaba Corina Perera, Alejandra Otero y un amigo que está ahorita en Canadá haciendo impro.

Estábamos en la impro y no teníamos idea de qué estábamos haciendo, nada más teníamos un libro en inglés sobre los tipos estos que hacían ‘Whose Line Is It Anyway?’, un programa de Drew Carey en el que hacían improvisaciones por televisión. ¡Era genial! Y con los ejercicios del libro, más o menos de lo que entendíamos, íbamos haciendo la cosa. Ahí apareció Jorge Parra por radio diciendo que iba dar un taller de impro y nos metimos todos. Así empezó Improvisto.

Estuve desde el primer taller con Mondongo, pero me fui desde el 2006 al 2010, porque estaba estudiando cine, impro, stand-up, teatro y clown en Buenos Aires.

–¿Cuándo y por qué empezaste con la comedia?

–Siempre, siempre hice comedia. El primer grupo de teatro, donde aprendí todo, fue con Skena, en el colegio. Se hacía un montaje por año y todas las obras que hacíamos al final eran de comedia. Entonces desde ahí empecé, después hice stand-up y en las obras siempre me llamaban para cosas de comedia. Cuando no era comedia no me iba muy bien.

–Lo tuviste claro desde el principio…

–Yo quería hacer de todo, y trato de formarme para hacer de todo, pero se me da más fácil la comedia, (soy) muy payaso, muy payaso.

–¿Siempre fuiste extrovertido?

–No en el día a día, pero sí en el escenario.

–¿Se puede a ser cómico, a improvisar?

–Claro, claro. Tienes que hacer talleres, tienes que leer, tienes que estudiar, pero lo mejor va a ser estar en el escenario y tener ‘horas de vuelo’, como le llamamos nosotros. Lo que ayuda mucho, para la impro específicamente, es conectarse con la manera como uno era cuando jugaba de chico. No sé si te acuerdas de policía y ladrón: si jugabas con un pana tuyo y sacabas tu pistola de mentira, que era tu mano, y disparabas y tu compañero no se moría, no querías jugar más con él porque no sabía jugar. Pasa lo mismo con la impro. O sea, tienes que meterte en el trip. Si tú lo ves, el público lo ve. Es genial.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–El día a día depende porque no tengo un trabajo fijo. Si no que lo que hago es, como quien dice, matar tigres siempre en lo mismo: aparte de Improvisto hago otras obras de teatro, hago funciones de stand-up, ahorita estoy grabando una película, hace poco estrené Solteras Indisponibles, ahorita se estrena Papita, Maní y Tostón 2 y normalmente estoy en ensayos, o en grabaciones o en funciones. No hay una rutina fija, pero normalmente es salir a ensayar o a una función o a una grabación. Es básicamente eso.

Los días de función tengo que llegar para acá (Centro Cultural BOD) una hora antes. Nos preparamos un poco, salimos a repartir los papelitos, nos ponemos las bragas, calentamos y a función.

–¿Tienes un ritual específico antes de cada función?

–Tengo como una manera de calentar, que es la que me ayuda a estar listo, que incluye un poco de yoga y de activar la mente y el juego. Nos gusta mucho cuando empieza el show, mientras está sonando la canción de Improvisto de entrada, ponernos locos y hacer el típico grito con la mano arriba y después nos abrazamos y nos damos una nalgada.

Han pasado muchos grupos en Improvisto y con cada grupo van como mutando los rituales. En otras épocas, te podría decir que del 2010 al 2015, a juro teníamos que jugar fuchi y éramos unos duros.

Los cambios de grupo tienen que ver con la dinámica de lo que está pasando en el país. La gente se va y si no se va, crece y va a hacer otras cosas. Viene mucha gente que hace stand-up comedy y para el stand-up tú tienes tu cosa muy cuadrada, tus chistes preparados, los pruebas, los preparas, los pruebas, los preparas y también te falta un poquito de impro. Entonces muchos comediantes vienen y hacen improvisación, pero como para tener la técnica. Es como un camino y no un fin.

Hay actores de teatro que también lo hacen. Ahorita en Los Ángeles la impro es lo que está como de moda. Todo el mundo, actores de toda la vida como Kevin Spacey, descubrieron que en la impro está el rush y la adrenalina de inventar y de crear en el momento y de mantener el personaje y de adherirle cosas al personaje con lo que pasa con el público, que es una energía que no puede obviar.

–¿Qué es lo más difícil a la hora de improvisar?

–El contigo mismo. A nosotros nos inculcó (Domingo) Mondongo la idea de ver la impro como un deporte. Nosotros ensayamos toda la semana, pero en realidad no ensayamos, no hay ningún texto que ensayar. ¿Entonces qué se hace? Se entrena. Así como en el fútbol, el entrenamiento no es solo jugar el partido, el entrenamiento es pelota parada, tiro de esquina, cabezazo, centros, y pasa un poco lo mismo acá. Entonces nosotros decimos que somos un equipo que sale a la cancha a jugar. Y la gente se pregunta: ajá y ¿cuál es el equipo contrario? Nosotros mismos. Si nosotros logramos vencer nuestros prejuicios y nuestros miedos para simplemente jugar y disfrutar, la gente va a disfrutar. Es muy noble la impro, no como el stand-up, en el que a veces tienes todo planeado y lo probaste en la Quinta Bar, en Teatro Bar, en una casa de familia y llegas a las Risas Azules y no hay ni una risa.

–¿Hace cuánto no haces stand-up?

–Como un año, un año (noviembre 2017). Yo tenía una rutina de stand-up de media hora y a veces me pedían que la llevara a 40-45 minutos, entonces yo la llenaba con impro y funcionaba mucho más la impro que el stand-up. Así que le quitaba diez minutos al stand-up y se los ponía a la impro y después le quitaba diez minutos más y, al final, mi show es todo impro ahora.

–Te retiraste ya…

–No me retiré. Muchos amigos me llaman para reunirme con ellos y rebotar material. Con eso me va súper bien. De hecho, me llamó Marcel Rasquin y estamos escribiendo una peli de comedia súper chévere, porque me va bien escribiendo, pero con material que ya está ahí. Pero crear de la nada, sentado en mi casa, no me funciona. Necesito estar ahí con la adrenalina y…

–¿Nunca llegaste al nivel en stand-up que tienes en la impro?

–No llegué, pero ojo: no me he muerto todavía, vamos a ver si hay chance de llegar más adelante.

–¿Mejor y peor momento en escenario?

–De los dos hay muchos. Recuerdo que el viernes había un título que se llamaba ‘Cuando tú quieras me llamas’ y esa improvisación salió genial. Era un tipo que se enamoraba de una mujer en una telenovela y va a consultarse con una bruja y la bruja también se enamora de él y le saca las cartas, que eran: un reloj, un ladrón y un fuego. Entonces la bruja lo interpreta todo mal y sigue la impro y la gente como que ‘pero bueno, ¿dónde está el título?’ y al final el tipo ve las cartas y dice: ‘Ya lo entiendo. El reloj es el cuando, el ladrón es el tuki y el fuego son las llamas. Cuando tuki eras me llamas’. Pfff. A veces esas cosas salen y yo digo que es el Dios de la impro que te deja tener esos momentos de gloria.

A los momentos chimbos creo que uno los deja pasar, no los registro. Registro qué salió mal para no volverlo a hacer. Lo chimbo es que tus panas se vayan y tengas que jugar con gente nueva y entonces al principio no tienes muchas ganas y después les agarras cariño y se te van otra vez y es como ‘Nooooo’.

–¿Tu género favorito y uno que no te guste tanto?

–Me encantan todos, pero siempre estoy esperando que llegue ‘Musical’. Y uno que no me gusta tanto es ‘Extranjero con traducción’ o ‘Contrarreloj’. Además de que hay como maldiciones del Dios de la impro. En ‘Contrarreloj’ nosotros sufrimos y cuando no sale es diez mil veces peor. Tienes poco tiempo, entonces no quieres que se pierdan los chistes y hay vértigo y el vértigo es difícil de controlar en la impro, pero ese ya es otro tema.

–¿Cómo se controla?

–El vértigo es tu peor enemigo en la impro. Es cuando tienes la sensación de que no estás bien parado y el tiempo se ralentiza y todo lo escuchas raro y ves a la gente del público y empieza a darte como nervios y quieres irte. A mí no me pasa hace diez años, pero cuando la función no está fluyendo… porque la función de impro sube, baja, sube, baja, pero cuando tiene mucho rato abajo y todos tus compañeros y tú están mal y la función no está fluyendo ahí sí empiezas a sentir el vértigo de ‘¿Cómo nos salimos de este hueco? ¿Cómo?’. Entonces está el peligro de que empieces a hacer chistes de culo, pipí, totona y eso puede ser totalmente contraproducente, pero uno está buscando el chiste fácil para tratar de salir del hueco. Ese momento es horrible. Pero casi siempre sale uno que se pone la banda de capitán y saca la función adelante.

–¿Improvisto en una palabra?

–Jugar.

–¿Algún hobby?

–Me gusta cocinar, me gusta estar con la familia, viajar y jugar PlayStation.

–¿Canción?

–Scatmans World.

–¿Artista?

–Fito Páez.

–¿Película?

–¿Tiene que ser una sola? Lo que pasa es que me gusta mucho la saga de Star Wars, entonces como son muchas películas.

–¿Serie?

–Curb your enthusiasm.

–¿Actor?

–Robert Downey Jr.

–¿Frase?

–Lo importante no es mear mucho, sino hacer espuma.

–¿Ídolo?

–Jesucristo. Te quedaste loco, ¿no?

–¿Alter ego?

–Rastafari.

–¿Comida?

–Hamburguesa.

–¿Algún libro?

–Del salto al vuelo.