Ca(os)racas sin luz

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Caracas se quedó sin energía a las 12:15 del mediodía del lunes 18 de diciembre. Uno de los cables (puente eléctrico, lo llaman) que une la subestación donde se genera la electricidad con la torre que la transmite se desprendió en Santa Teresa y dejó sin electricidad a la capital y a parte de Vargas. Claro que eso se sabría casi dos horas después (a las 2:11 PM), cuando por fin Corpoelec informó lo que pasaba. Al momento de suceder, las luces y los semáforos se apagaron, los ascensores se detuvieron, las estaciones de metro de la línea 1 y 2 comenzaron a vomitar cantidades ingentes de personas a la calle, y dos de las principales operadoras de telefonía móvil (Movistar y Movilnet) se quedaron sin señal. La receta perfecta para el caos hubiera requerido que en lugar del mediodía todo sucediera entra 4 y 5, hora de salida de los trabajos por excelencia, pero igual el tiempo se encargó de ello. En principio, la tragedia laboral se redujo a hallar la forma de sacar a la gente de los ascensores, lamentarse por todo lo que no se guardó en las computadoras y ver cómo calentar la comida. Ayer, la Caracas trabajadora (lo que queda de ella) comió frío a falta de microondas. Y luego, cuando ya fue evidente que la energía no volvería pronto y los jefes dieron puerta franca, tuvo que ingeniárselas para llegar a sus casas. Y ahí, sí, llegó el caos, que no la luz.

A las 3 de la tarde, Sabana Grande se debatía entre el desfile y la procesión: el boulevard vivía un llenazo que ni cuando había Carnavales con reinas. Caminar rápido era difícil y no andar rozando constantemente al de al lado, imposible. Desde las tiendas, cuevas oscuras con las santamarías a medio bajar, los empleados lo veían todo con resignación y fastidio, y se entendía: una masa de gente caminando tenía poco que ofrecer y menos si, como era el caso, no tenía efectivo para comprar nada. El espectáculo, propiamente, llegaría cuadras después, en Chacaito, el terminal de rutas interurbanas de Caracas por excelencia. Su semáforo, misterios de la vida, era el único que funcionaba en la Francisco de Miranda, pero nunca como ayer había sido tan decorativo: un adorno navideño que cambiaba de color pero al que nadie le hacía caso. A sus pies, personas, carros, autobuses y moto taxis se confundían en una especie de marea caótica, peligrosa y violenta, cuya banda sonora la conformaban una orquesta de cornetas intermitentes de conductores desesperados, las interjecciones asustadas de peatones a punto de ser atropellados y las altisonantes y francas grosería que sin empacho soltaban los que consultaban los precios de las carreras de los mototaxistas, que, a esa hora y en esa circunstancia, no tenían problema en pedir hasta 40 mil bolívares para Altamira, apenas unas cuadras más adelante.

El de las camioneticas inclinadas desafiando la gravedad cual Torre de Pisa y sus pasajeros acróbatas (potenciales talentos del Cirque Du Soleil) que consiguen hacer el viaje apenas agarrándose con dos dedos del tubo, la punta de un solo pie en el escalón y el resto del cuerpo afuera, espectáculos ambos siempre dignos de ver, comenzaba desde el inicio de la Francisco de Miranda. El lado norte era una sola cola de gente que buscaba montarse en alguna. Del lado sur, a partir del Lido, no se formaban líneas sino aglomeraciones, montoncitos de gente que se abalanzaba sobre aquella que osara detenerse. Golpeaban la puerta de atrás –que los conductores, obviamente, nunca abrían– y drenaban toda la frustración con los cobradores, que anunciaban que ya no 700 sino 1000 era el precio a pagar. El abuso criollo –que sus apologetas disfrazan de viveza– llevó a varios a inventar rutas cortas. “Esta llega hasta Altamira”, advertía el conductor en Chacaito, para luego, en Altamira, bajar a todo el mundo y una cuadra después montar a otro montón al que le diría que llegaba sólo hasta Dos Caminos, y así repetida e intermitentemente hasta terminar en Petare habiendo cobrado diez rutas en una.

Pasadas las 4 de la tarde, el metro abrió en Chacao y eso alivió la situación. Aunque arriba todo seguía sin energía, abajo el sistema de transporte funcionaba a su manera: con un torniquete libre por el que pasaba todo el mundo –mientras un operador, inerte, los veía– y un himno salsero al Comandante-que-supuestamente-era-eterno-pero-se-murió, y que sonaba a todo volumen por las cornetas de los andenes. “Nos enseñaste a tener patria, patriotismo y corazón”, rezaba la (¿irónica?) letra entre acordes caribeños. “Viene el socialismo, liberado por aquel…”, advertía. La cara de fastidio de la gente lo decía todo. El caos de arriba lo confirmaba. También el hecho de que la luz se demoraría tres horas más en llegar. El socialismo, efectivamente, había llegado. La veloz aparición del tren, que en procura del tiempo perdido tenía parada mínima y  en menos de 20 segundos escupió y tragó pasajeros, impidió seguir cavilando. Una vez adentro, apareció Rubén Blades con su puntería: “se fue la luz…y sigue el saqueo”.

5 días para cobrar la pensión

Por: Anaís Bello | @AniBelloF 

              Lunes, 13 de noviembre. Centenares de personas madrugaron y hacen filas para cobrar la pensión a las afueras de todos los bancos a nivel nacional. No hay uno que se encuentre solo. El panorama es el mismo en Caracas, San Antonio de los Altos, Los Teques, La Victoria, San Juan de los Morros, Villa de Cura, Cagua, Ortiz y San Fernando de Apure. Un breve recorrido por una parte de Venezuela permite comprobar que en el interior del país la crisis es más aguda y más difícil de sobrellevar. Cajas CLAP sirven como sombrillas ante el inclemente sol. Hay quienes llevan sillas de plásticos, que otorgan algo de comodidad a la espera. A las puertas del banco se amontonan algunos para recibir su dinero. Unos aseguran que ahí se sienten seguros, otros solo buscan algo de sombra y recibir un poco del aire frío que se escapa cada vez que alguien sale.

                  Martes, 14 de noviembre. Las colas por la pensión continúan en buena parte del país. Calabozo, Guárico, no exime esta realidad. La Carrera 12, epicentro comercial de la ciudad, se encuentra atiborrada de personas a la espera de su dinero. Las colas se entremezclan: la del Banco Bicentenario con la del supermercado más cercano. Hombres y mujeres con la piel enrojecida por el sol hablan entre ellos. El calor del llano convierte la espera en una pesadilla hasta para el más valiente. A los lejos, se oye la voz de un predicador. Vocifera que la solución de todos está en entregarse al reino de los cielos. Por momentos, pareciera que la paciencia se agotará y la multitud entrará al banco en una embestida furiosa. Luego, todo se calma. Siempre pasa algún conocido y saluda. La pregunta nunca cambia:

–¿Cuánto están dado?

–Están pagando solo una parte. 60 bolos –responde alguien.

                     Una mueca desfigura su rostro: “No, mijo, 60 bolos no son nada”, dice. Se despide con la mano y se va.

                  Es mediodía. La espera en la calle congestiona todo el centro. Largas colas de carros intentan pasar, pero deben hacerlo lentamente. Tocan cornetas en señal de desespero. Carros mal estacionados, personas en colas, acompañantes y mirones obstaculizan el tránsito. Desde la acera de enfrente, la escena se ve como un desorden envuelto entre sudores y malos olores por la basura acumulada en las calles.

                 En la entrada del Banco Bicentenario hay un forcejeo. La institución mercantil, para mayor comodidad, sacó algunas sillas y las colocó en el estacionamiento próximo. Desde sus asientos los ancianos continúan impávidos en la espera, bajo un sol inclemente.

           Pasan las horas. La cola se mueve y los pensionados salen con escasos billetes, todos del nuevo cono monetario. Muchos se van, pero otros regresan a su lugar de origen, y hacen nuevamente la fila, en una espiral de nunca acabar en busca del preciado y escaso dinero.

                  El atardecer cae en el cielo llanero. Unas nubes naranjas combinan con el azul oscuro de la noche. El banco cerró hace una hora. Poco a poco disminuye el bullicio y se escucha el bajar de las santamarías. Una calle llena de vida se convierte en un desierto repleto de basura y desperdicios dejados por quienes pasaron el día ahí. Frente al banco,aún hay quienes esperan ser atendidos.

–Buenas, disculpe: ¿ustedes pasarán la noche aquí? -pregunto.

–Sí, niña. Aquí estamos desde el viernes -respondió una señora exaltada.

                Son tres días a la espera de poder cobrar 284.011 bolívares repartidos en 177.507 de la pensión básica, 65.541 en bonos contra la “Guerra Económica” y 40.963 correspondientes al retroactivo salarial.

           Un señor saca de un morral una cuerda. Con ayuda de otro hombre improvisa una especie de corral que ata a dos postes. Ahí se resguarda un nutrido grupo de 15 personas. Los que quedan por fuera se acuestan en la acera, sobre los cartones que en la mañana utilizaron para tapar del sol.

–¿Para qué es esto? –pregunto mientras señalo la cuerda–. ¿De quién se protegen?

            Se ríen:

–De los malandros, de la policía y de los vagabundos que vienen a pedir –explica uno de los señores mientras se come un delgado muslo de pollo que sacó de un bolso.

            A partir de ahí inicia una conversación:

–¿Ustedes hacen esta fila para cobrar la pensión o solo en la búsqueda de efectivo? -le pregunto a la señora.

–No, mi amor, esto es para la pensión, los retroactivos y los aguinaldos –responde–. Yo vine aquí porque Maduro dijo que esta semana iba a pagar todo, y resulta que llego y la malandra de la gerente del banco dice que no, que aquí no llegó esa plata y que no me la puede dar. ¡Esto es un abuso!

–¿Por qué están aquí desde el viernes? –indago ingenuamente, ante la mirada de toda la cola.

–Bueno, porque esos abusadores, con la excusa de que no hay efectivo, pagan la pensión en tres partes. Uno tiene que venir tres veces a cobrar sus churupitos. Y eso no es todo: no puedes ni descansar, porque uno deja de cobrar un día y todo le aumenta. Mire, las medicinas para la tensión estaba en 170 bolos la semana pasada, hoy van por 200. Yo no puedo mantener esto, pero tampoco me puedo ir de aquí a comprarlas porque se me colean.

            Mientras habla, la señora es interrumpida:

–¡Eso es pura excusa! –grita un hombre–. Ellos creen que porque uno es viejo y pobre es pendejo. Yo he visto como esa gerente y todos los bancos le dan plata a quien les paga. Sí, muchacha, con estos ojo vi cómo le dieron 500 bolos a un tipo que entró y le dio plata a la gerente y el cajero. Aquí funciona la ley para quien tiene. Pero, ¿cómo hago yo? Me tengo que quedar a esperar. Por los menos no estoy como él.

Inmediatamente señala a un hombre que está acostado en la acera. Duerme. Se ve incómodo. Tiene su boca abierta, por donde desciende un hilo de una saliva blanca y espesa.

–¿Qué tiene? ¿Está bien?

–Bueno, ha tenido dos ataques hoy. Le dijimos que se fuera pa’l hospital y no quiso. Esperemos que sobreviva la noche –dice, resignado, un hombre mayor.

            Ante la mirada de todos, la mujer sigue hablando:

-Mira, yo hoy se lo dije a la gerente: que ella era una abusadora y que se aprovechaba de los viejitos, que Maduro dijo que ella tenía que pagar todo lo que había depositado de una buena vez. Y la muy malandra me gritó y me dijo: “Maduro manda en Caracas, aquí mando yo y pago como me dé la gana”. Yo no me le quedé callada y le dije que aprendiera a tratar con personal, que estudiara. En estos sitios ponen a cualquiera.

            Mientras la mujer habla conmigo aparece una persona y toca su hombro. Intenta ser discreto, pero no puede: “Tú no sabes quién es ella. Mejor quédate callada”, le advierte refiriéndose a mí. Por unos instantes, la señora no sabe qué decir, se pone nerviosa y se despide.

–Bueno, mija, ya tiene lo que quiere –asegura, para luego darme la espalda.

            Agradezco su ayuda. Les deseo buena suerte y me voy.

            7:00 am del miércoles 15 de noviembre. La cola continúa frente del banco. El grupo que estaba en el corral sigue ahí. Esperan que sean las 8 a.m. para poder entrar. Todo indica que sobrevivieron la noche y que, después de cinco días, ya están más cerca de poder cobrar todos los churupos.

Trifulca por un precio viejo

Por: Anaís Bello |  @AniBelloF 

                   Una y media de la tarde. Una mujer entra a una lujosa panadería en San Antonio de los Altos. Viste una camisa azul claro, uno jeans azul marino ajustados y unos zapatos deportivos gris claros. Camina apurada. Parece decidida en lo que quiere. Da una vuelta por todo el establecimiento. Revisa que hay en cada nevera. Primero observa los dulces, luego la lunchería y se detiene a ver como hacen una pizza. Por último, se acerca al mostrador:

–¿Tienes pan? –pregunta

–Si, solo campesino en 6500bs –responde un joven moreno con un delantal blanco cubierto de harina.

            La mujer sonríe. Su rostro muestra una victoria personal. La aguda escasez que atraviesa Venezuela no exime al pan; desde 2015, CONSECOMERCIO y FETRAHARINA han denunciado que el gobierno no importa las cantidades suficientes de trigo panadero, lo que ha aumentado significativamente su valor y lo ha convertido en un producto inaccesible para muchos.

–Dame 6 –pide la mujer.

            Se da media vuelta y camina al mostrador; debajo de un tope de granito reposan chucherías importadas, mayormente chocolates y chicles. También, hay una torre de envases de Nutella que se muestra ostentosa e inalcanzable. La mujer toma una tarjeta.

–Mi amor, anótame la cuenta en la 72 –grita.

            Antes de recoger su pedido se acerca a la nevera de los quesos; examina bandeja a bandeja. Ve los precios. Devuelve cada uno de los productos que toma. Continúa su camino. Se acerca a donde están los jugos. Repite lo mismo. Se alza y toma un sobre de Nestea. Verifica el cartelito del precio. Se voltea incrédula. Toma otro sobre.

            Recoge su pan y se dirige a pagar.

–Son 51.000bs, señora –dice la cajera.

– ¿Cuánto? ¿Por qué tanto? –pregunta sorprendida.

–51.000bs; 6 panes son 39 y los Nestea 12 –explica detenidamente.

–No, chica, tú te pelaste. Ahí dice que el Nestea cuesta 2500bs.

            La cajera, confiada de sus conocimientos, explica que ahí nada cuesta ese precio. Tras 5 aumentos salariales en el 2017, más una inflación acumulada de más del 650%, según el Fondo Monetario Internacional, los precios se han incrementado notablemente, además de estar en una constante fluctuación. “Señora, ¿dónde vive usted?, en este país ni el bolimbomba cuesta 2500”, dice mientras se ríe. La mujer decida se va a donde tomo el Nestea.

–Aquí está. Mira 2500bs. –grita la señora. Mientras señala un cartelito.

            La cajera sonríe. No sabe qué hacer. La cultura del servicio al cliente también escasea en el país. “Mire, señora, si la caja marca este precio, a ese precio lo vendo”, argumenta con un tono de soberbia. Las mujeres discuten. Acusan de llamar al INDEPABIS, ente encargado de la protección al consumidor, cuando otro empleado de la panadería tumba el precio del producto.

–Ey, te vi –grita un hombre que ve toda la escena. Devuelve ese precio. Tú eres un ladrón.

            El trabajador no hace nada. Se ríe. Rompe el papel y lo pisa. Los gritos de los demás clientes se hacen escuchar: abusador, corrupto, ladrón. El joven solo ríe. Responde con cinismo:

–Esta es mi panadería: el Nestea cuesta 6000 y te lo estoy dejando a precio de la semana pasada. Si no te gusta vete a un Mercal.

            En cuestión de segundos la mujer pierde sus estribos y se avalancha hacía el joven. Lo abofetea. Insulta. La cajera no sabe qué hacer, pide al siguiente de la cola que pase. Un hombre mayor sujeta a la señora. La intenta calmar:

–Tranquila, en este país, algún día nos dejarán de gobernar los malandros y todo será como antes.

La primera parada en Caracas

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

“¿Eres de Caracas?”, me pregunta, sonriente, un hombre de acaso 30 años. Está agarrado de la mano con una mujer que, no hay otra, tiene que ser su compañera sentimental. Antes de que mi mente pueda determinar si tengo o no cara de turista, él vuelve hablar: “Nosotros venimos de Puerto Ordaz”. Mi cerebro, que todavía estaba procesando el porqué de su pregunta, activa el chip de todo periodista. “¿Desde cuándo están aquí?”, indago, luego de responderles que sí, que era caraqueño.

–Acabamos de llegar. Quise traerla a ella, que nunca había venido a Caracas –me cuenta el hombre.

–¡¿Y esta es su primera parada?!

–Sí –dice, en coro y entre risas, la pareja del estado Bolívar.

“Bingo”, pienso. Habemus historia.

Alicia Pietri de Caldera se empeñó, desde el principio, en llevarle la contraria a las millones de galerías que, para comienzos de los 70, abrían sus puertas al público a lo largo y ancho del planeta Tierra. La primera dama tuvo una idea que, por contracultural, costaría vender: construir un museo en el que la regla de oro, el lema fundamental, fuese «Prohibido no tocar». Un espacio donde los niños pudiesen seguir los consejos de los nuevos gurús de la pedagogía y empezaran, de una vez por todas, a aprender jugando.

“Lo llamamos museo, pero no se parece a ningún otro”, dijo Alicia tras su fundación en 1982, luego de que un miembro del partido de su marido Rafael (Copei) y por ese entonces presidente, Luis Herrera Campins, le cediera un espacio en Parque Central, complejo caraqueño que nueve años atrás, durante su inauguración, había sido considerado el desarrollo urbano más importante de Latinoamérica.

En pleno 2017 puede que no tenga la estima internacional de antaño, pero Parque Central conserva su grandeza imperecedera, ese latido inmarcesible de un complejo que forma parte del corazón cultural de Caracas. Allí, cerca del Museo de Bellas Artes, del Museo de Ciencias y muy próximo al Museo de Arte Contemporáneo, se encuentra la creación de Alicia Pietri: el Museo de los Niños, dos edificios pintorescos a los que se llega por un boulevard que se encuentra en muy buen estado.

La última vez que habré estado aquí tendría entre seis y siete años, culpa de un plan vacacional. El temor a que unos recuerdos fantásticos queden manchados por la realidad está latente. No es sólo que ya no sea un niño, sino que el país, parece obvio, está mucho peor.

El sitio, a primera vista, luce desolado, triste, dormido. Entro a lo que parece ser una tienda y me recibe una señorita encargada tanto de vender souvenirs como de cobrar la entrada al recinto. Hago preguntas. “Normalmente vienen unas 25-50 personas al día. En vacaciones es cuando más recibimos gente: unas 500 diarias”, me contesta ella, quien había amagado con tener la áspera actitud de un funcionario público cualquiera, pero que termina siendo más cordial de la cuenta. “Tenemos la capacidad de superar esa cantidad de personas en las instalaciones (500), antes era así siempre”, dice, y no logro precisar a qué época en específico se refiere.

Mientras intento pasar por segunda vez la tarjeta de débito para cancelar los 8.000 bolívares que cuesta la entrada, una pareja entra a la tienda. “¿Eres de Caracas?”, me interroga él, y al tiempo descubro que, con el objetivo de que su novia conozca la capital, hicieron un viaje y escogieron como primera parada nada más y nada menos que el Museo de los Niños.

La tarjeta pasa. Tengo mi ticket. Me despido cordialmente de los novios y me dirijo a la otra torre, por donde, según me indica la señorita del mostrador, debo entrar al museo. Un guardia comprueba que haya pagado y me deja ingresar. Subo por un corredor inclinado y, click, ocurre la magia: me siento de seis o siete años otra vez. “Ya he estado aquí”, pienso, mientras me siento como uno de los personajes de la película ‘Querida, encogí a los niños’. Es entrar y comprender la magnitud del sitio, la brillantez de sus creadores y la decisión de la pareja que viajó desde Bolívar: ¿Qué mejor primera parada que el Museo de los Niños?

Adentro, Caracas se congela. Venezuela no está atrasada, tampoco descuidada. Hay, sí, atracciones que no están operativas, pero también carteles bonitos que te explican el porqué: debido a su naturaleza, el Museo de los Niños debe estar en constante actualización y mantenimiento. Y tú te crees el argumento, y te sientes de primer mundo. Adentro no existe tal cosa como Socialismo del Siglo XXI, ni hay mención alguna a Hugo Chávez. De hecho, las computadoras siguen identificando al país como República de Venezuela, sin el Bolivariana. Los bebederos no están operativos, pero ante tanto espectáculo, todo se perdona.

“Yo escucho y olvido. Yo veo y recuerdo. Yo hago y aprendo”. Leo el texto en la pared de la derecha, cruzo la cabeza y veo otra frase: “Prohibido no tocar”. Otra señorita, más bien muchacha, me espera en el puesto de información que está en la primera planta. Me explica que el museo cuenta con dos torres y siete pisos en los que están las áreas de Biología, Comunicación, Ecología, Física y la Aventura Espacial. Me dice que soy bienvenido y que esté atento a los parlantes, pues hay actividades que sólo se abren con cierto quórum.

Adentro, la libertad es plena, el recorrido es anárquico, la interacción es total. Tres lustros después me parece que si el museo ha cambiado, ha sido para mejor. Los recuerdos no se manchan, se optimizan y actualizan. Allí están todavía la molécula, el túnel de colores, el piano gigante, el submarino. Todo en buen estado. Viajo a la luna, conozco el cuerpo humano y me divierto con las ilusiones ópticas que sólo explica la física. Provoca leer, provoca aprender. Mi mente no deja de pensar que el museo es una genialidad, que debe ser uno de los sitios más cuidados de Caracas y que aún 35 años después de su fundación puede que siga siendo un recinto digno del primer mundo.

Tres horas más tarde vuelvo al puesto de información del primer piso con la certeza de que debo volver otro día para pasar, mínimo, el doble de horas allí dentro y hacer un recorrido más pausado, más acucioso. Antes de salir vuelvo a ver a la pareja de Puerto Ordaz, todavía sonriendo. Creo que tenían razón. La primera parada en Caracas debería ser el Museo de los Niños.

Magallanes, por un caraquista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Magallanes es el equipo de las derrotas imposibles, los outs que se pierden y las debacles apocalípticas. La exégesis fatalista del “no se acaba hasta que se termina” y la prueba palpable de que el absurdo existe más allá de Kakfa. Al menos, el Magallanes que yo he conocido. El que con 7 carreras de ventaja -¡7!- y a solo 3 outs -¡3!- perdió una final con Tigres; el que en diciembre de 2008 sufrió un descalabro inexplicable que lo dejó fuera de la clasificación; y el que vive exorcizando los fantasmas de hecatombe que lo rodean en los últimos innings.

Esto, parece, no siempre fue así. Las hemerotecas atestiguan que hubo tiempos mejores, incluso esplendorosos, más temibles que risibles, y cargados de figuras.

Todo comenzó en 1917, en un botiquín de Catia, que era un gueto bares y burdeles. De acuerdo a un diario de la época, un grupo de jóvenes fundó un equipo de beisbol al que le pusieron Magallanes…no se sabe bien por qué. El detallazo de la historia es que nunca hubo registro oficial del nombre.

A partir de ahí comenzó una frenética carrera plagada de desapariciones, reapariciones y cambios de nombre –hasta Oriente se llamaron-, que asentó en sus primeros fanáticos la creencia de que tenían el hado del Ave Fénix y siempre resurgirían de las cenizas. En esos años debutan en la LVBP –seguidos por otra quiebra, para variar– con Alejandro “El Patón” Carrasquel, primer venezolano en la MLB, como pitcher.

Luego de errar por ciudades y estadios, en 1969 por fin hallaron cobijo. Fue en el José Bernardo Pérez de Valencia, en una temporada inolvidable coronada con un campeonato ante Tiburones e inmortalizada en el álbum de las glorias nacionales con el primer título del Caribe para divisa venezolana alguna.

Así se abrió la década de los setenta, de todas, quizás, la más memorable, con 3 títulos y 2 subcampeonatos. Fue la época del “Poder Negro”, una feliz coincidencia de peloteros de raza y casta con fuerza en el madero, en cuyos spikes de novatos habría luego extraordinarios grandeligas como Don Baylor y “La Cobra” Parker.

Terminando la década apareció “El Brujo”, Willie Horton, quien a mediados de la 78-79 tomó las riendas de un Magallanes colista -5to en la tabla- y con su improbable estilo de dirigir lo hizo ganar 21 de los siguientes 30 juegos para titularlos campeones. La guinda la puso en Puerto Rico uno de los del “poder negro”, Mitchell Page, que con un soberbio jonrón en el 9no inning hizo del Magallanes el primer y único equipo venezolano con dos Series del Caribe.

Apoteosis, delirio, júbilo y frenesí. Los magallaneros levitaban como criaturas escogidas, los favoritos de los dioses del beisbol. Lo que no sabían es que a partir de ahí vendría una sequía bárbara y no les quedaría sino echarle agua al caldo de su historia para rendirlo y poder alimentarse de él durante la década venidera.

Los ochenta fueron unos años horribles y hasta 1994 no hubo nada que celebrar, quizás por eso el premio fue tan grande: le ganaron la primera final al Caracas, cosa que repetirían dos temporadas después. Fue el Magallanes de Luís Raven, Álvaro Espinoza, Melvin Mora, Richard Hidalgo, Endy Chávez, entre algunos otros nombres que hoy día siguen produciendo un ligero escalofrío en cualquier espina dorsal caraquista. Se cuenta otro título más en el haber de esa buena década -5 finales y 3 títulos- pero lo verdaderamente importante fue ganarle, y dos veces, al Caracas.

Cíclica como es la historia, a los buenos noventas le han seguido unos medianos dos miles -3 títulos en 17 años, con cinco dolorosos sub-campeonatos, eso sí-, que han metido la finta del resurgir. Los más antiguos recuerdan al Ave Fénix, y a ella se amparan todos.

FANATICADA

Los fanáticos del Magallanes van por la vida de muy populares. Desde que Billo les compuso par de guarachas con pegada, se asumieron, casi, como el culto oficial de Venezuela, la esencia indispensable en la receta clásica de la venezolanidad arquetípica. Solo les falta colgar una jaula con un turpial en el dogout y pasear en hombros a Lila Morillo por el estadio, para completar el rompecabezas del equipo genuinamente venezolano.

Sociológicamente, han sido más populistas que populares. Tienen al pueblo en la boca, su sede en Valencia –cuna del rancio abolengo– y una de las nóminas más altas de la LVBP. La mentada supremacía popular se basa en unas legendarias encuestas que como buenas leyendas muchos citan y nadie precisa y que siempre se estrellan con el hecho de que no son el equipo que lleva más gente al estadio. No en balde han sido los favoritos de los inquilinos de Miraflores, y valgan de muestra los botones de Caldera, Carlos Andrés y Chávez, que de los otros no se sabe.

A falta de poder ser llamados nunca el equipo más ganador de la LVBP -10 títulos son mucha diferencia-, el orgullo Magallanero se edificó siempre sobre la base de haber logrado lo que el Caracas no. Y hubieran podido seguir tan tranquilos en esas, de no ser porque en estos años el Caracas ganó su segunda serie del Caribe, se tituló ante el Magallanes y documentos en mano puso en duda los números de la serie particular.

Las últimas debacles no los han hecho más prudentes, solo un poco más desconfiados. Se reconoce en ellos una cierta aprehensión a creerse las victorias y un desasosiego impenitente cada vez que pasan del séptimo inning. Es un problema de confianza, pero no el único. También está el asunto del orgullo herido y cómo reconstruir el discurso, cosa de dialéctica a fin de cuentas. Lo verdaderamente grave, eso sí, es el delirio de equipo del pueblo, esa fiebre folklórica que en ellos no parece tener cura.

CONCESIÓN

Si algo hubiera que concederle al Magallanes, eso sería la gallardía. Populistas han sido siempre, pero gallardos. Nos han ahorrado la vergüenza del discursito victimista estilo Barca, ese del equipo pobre y humilde que como un David de provincia lucha contra el todopoderoso Goliat de la capital. Y eso, visto lo visto en otras ligas, ya es bastante.

Hugo Chávez o la perdición del poder

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hugo Chávez se fue callado. No pudo pronunciar ese último discurso que cerrara el círculo de sus interminables soliloquios. Su gran pieza retórica, la de despedida, quedó en hipótesis. Ni siquiera pudo decir adiós. Sólo hubo silencio. Un largo e impropio silencio de 87 días. Él, que hizo del gobierno un eterno mitin, que podía hablar sin despeinarse 9 horas seguidas; él, cuyo único talento indiscutible era el de la oratoria, murió en la más discreta mudez.

El oxígeno, al parecer, le faltó en las últimas horas. Sus pulmones de fumador ya no dieron. Pero no fue eso lo que lo mató. Esa fue sólo la consecuencia de un mal que lo aquejó desde mucho tiempo atrás: el poder.

Esa escena inicial, la de él probando y experimentando por primera vez lo que era sentirse poderoso, es imposible de recrear. Difícilmente se pueda saber con exactitud cuál fue ese punto de inflexión, ese hito en su vida. Pero lo cierto es que le gustó. De eso no hay duda. Y así comenzó una carrera desenfrenada que lo llevó a acumular poder como pocos tuvieron en Venezuela.

Chávez era ‘the boss’, el gran beta. Podía hacer lo que le viniera en gana, que es el privilegio de los realmente poderosos. A nadie rendía cuentas, sólo su voluntad bastaba. Desde la pantalla, su sede de gobierno por excelencia, ordenaba, expropiaba, sentenciaba. Era capaz de lo mejor y de lo peor, de darles casa a unos damnificados y de condenar a prisión a una jueza inocente, de becar a niños humildes y de dejar sin empleo a 3000 trabajadores de RCTV, de construir el Cardiológico Infantil y mandar al infierno a un Cardenal que lo criticaba. Gerenciando era mediocre, pero odiando era implacable.

La riqueza y el lujo parecían no atraerle demasiado. Los disfrutó, cómo no. Comió bien, se vistió con ropa fina, usó buenos relojes, se alojó en costosos hoteles y viajó por todo el mundo en un avión de primera. Sin embargo, no parecía darle tanta importancia a eso. Gustarle, le gustaría, pero lo suyo era otra cosa, lo suyo era el poder. Eso sí lo deslumbraba. Eso lo perdió.

Fue habilidoso en reclutar a su personal. Supo leer en ellos frustraciones ancestrales, rencores de cien años, traumas no resueltos, necesidades insatisfechas; y ahí se afincó. A la jueza que forjaba actas la puso a presidir el TSJ, al chofer de metrobús lo llevó a la Cancillería, al economista marxista despreciado por sus colegas de la academia lo nombró Ministro de Economía. Y así creó una corte de eternos agradecidos. No era improvisación, era estrategia, la forma de asegurarse una lealtad inmarcesible. De tener más poder, que de eso se trataba todo.

Manejó a discreción un presupuesto descomunal. Nunca un presidente tuvo tanto dinero a su disposición. Lo repartió, pero sin criterio. Tuvo nobleza en la intención, pero de ahí no pasó. Regaló y no invirtió. Casi todo quedó en humo. Pan para esos gloriosos días de abundancia y hambre para los venideros. Hizo más llevadera de la vida de los pobres, la mejoró en algunos aspectos, pero no los sacó de la pobreza. Afuera usó ese dinero para ganar amistades y establecer alianzas. Como el niño rico de la cuadra pobre, que invita a sus vecinos al club, los mete en las fiestas de su casa y a veces los monta en el carro. Así fue, sobre todo con América Latina y el Caribe. Que haya robado es algo que no consta, que dejó robar a los suyos y se hizo el ‘Don Tancredo’ con las denuncias de corrupción fue evidente. Era de manual: mientras estés bien conmigo, hasta robar puedes, yo te protejo; si te volteas, ya verás. Más lealtad. Más control. Más poder.

Lo tuvo todo. No había quien mandara como él. La nueva ‘dictadura perfecta’, popular y con pinta de democracia, la instauró él. Fidel, su ídolo de infancia, era su pana de adultez, los presidentes de Suramérica lo idolatraban, la izquierda, con sus intelectuales y cantantes, lo mimaba. Líder, hombre fuerte de Venezuela, luz de Latinoamérica, espada de los pobres, azote del imperio, martillo de la oligarquía, heredero legítimo de Bolívar, esperanza del mundo entero.

Estaba en lo más alto, en la cumbre del Olimpo. Y entonces vino el cáncer. Lo que debió ser un ‘cable a tierra’, la ducha helada para bajar la fiebre de grandeza, se convirtió en la gran hazaña que completaría la epopeya y confirmaría que él era un ungido. Y ahí se jodió todo, Zavalita. Porque no fue ni siquiera negación, que todavía. Fue confiar ciegamente en un destino que no estaba escrito, en una propiedad curativa que el poder no tenía, en una inmortalidad que no existía.

Y no hubo quien por su bien le enseñara la roja, lo mandara a las duchas y a descansar. Lo dejaron seguir jugando, a sabiendas que la vida se le iba en ello. Eso fue lo peor. Porque a fin de cuentas él era el enfermo. Podía inventarse fábulas y ficciones, curaciones milagrosas atribuibles los espíritus de la sabana o sueños con un Bolívar que le decía que no moriría. Era comprensible. Pero los otros, los que estaban alrededor suyo, sanos, que sabían lo que pasaba, que veían el deterioro, que lo oían quejarse de los dolores, que lo recogían cuando se desmayaba, ellos, que podían detenerlo, al final resultaron ser el nido de escorpiones del que alguna vez habló Müller Rojas.

El crucifijo lo cargaba siempre en la mano, lo apretaba y besaba cada vez que podía. Peregrinó por cuanto templo y basílica encontró en Venezuela. Dijo que restauraría la Iglesia de La Candelaria, donde reposan los restos de José Gregorio, y que haría un santuario en Táchira para el Santo Cristo de la Grita. A cada santo le prometía una vela. “Estoy aferrado a Cristo”, juraba. Pero en realidad se aferraba al poder. No cedía. Como el joven rico del Evangelio de Mateo, Chávez no pudo desprenderse de lo que tenía -¡es que era tan grande!- para seguir al Jesús que lo llamaba. Pretendió servir a dos señores, poder y Cristo, y eso no era posible. “O aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, había advertido hace casi dos mil años el de Nazaret.

Lealtad tuvo mucha, no así cariño. Porque si lo hubieran querido bien, de verdad, si hubiera habido amor y no temor, afecto y no interés, entonces hubieran impedido que se lanzara al abismo. Que eso al final fue la campaña: un abismo por el que se le terminó de ir la poca salud que le quedaba.

El esfuerzo fue devastador. Ya le costaba caminar. Necesitaba esteroides y altísimas dosis de calmantes para salir en tarima. A cada mitin le seguía una moridera. En cada uno iba dejando un poco de vida. Proverbial fue el cierre en Caracas, bajo el cordonazo de San Francisco. La naturaleza rebelándose, y él guapeando en tarima para que lo obedeciera. La misma soberbia del padre Bolívar haciéndose presente en el hijo putativo. Esa tarde bailó y saltó, y luego no pudo recorrer ninguna de las restantes 6 avenidas.

Al final ganó las elecciones. Lo logró, sí. Aguantó como un varón, también. Pero no le sirvió de nada. “Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿y para quien será todo lo que has acumulado?”. Es la parábola del granero rico que gasta la vida guardando fortuna para él y cuando llega al tope Dios le anuncia que morirá. Es la parábola de la última elección de Hugo Chávez. Porque ni juramentarse pudo. Dos meses después del “triunfo” se fue a Cuba para no volver.

Tuvo una agonía larga y dolorosa. Da la impresión de que la vida se la extendieron más de lo recomendable, sin importar el sufrimiento. Progresivamente fue perdiendo facultades. Por perder perdió hasta el habla. Era un muerto en vida, dependiente de máquinas y cables. Y ni aun así renunció. Ya no podía, tampoco convenía. Así de perverso y retorcido: en lo último de la vida tampoco valió el hombre sino el poder. Sí, el poder, su verdadero amor, su gran obsesión, su definitiva perdición.

Historia de una represión

Por: Valeria Bravo (Estudiante de Primer Semestre de Economía de la UCV)

I

Son las 8 de la mañana del lunes 08 de mayo y estoy en la UCV. Aunque la convocatoria es a las 10, sé que vamos a comenzar con suerte como a las 12 –bendita sea la puntualidad de los venezolanos–, cuando todos lleguen. Veo la universidad sola: con la flexibilización de las asistencias, muchos han decidido no venir.  El ambiente es sobrio pero tenso. Todos tenemos claro que no vamos a alcanzar a unirnos a ninguna de las concentraciones de hoy. Tendremos suerte si salimos de aquí. De hecho, ya nos trancaron Puerta Tamanaco y sabemos que no les importa lanzar bombas al campus con tal de no dejarnos pasar, como pasó el 04 de mayo pasado. Así que esa salida no será nuestra opción.

II

Ya es el medio día y nos estamos concentrando en la plaza techada, cantando con una misma voz y un mismo sentimiento. Poco a poco vamos caminando hasta llegar a la entrada del Aula Magna para reunirnos a esperar nuevas instrucciones. Jamás me había sentido tan orgullosa de escuchar el Gloria al Bravo Pueblo, y, por supuesto, el himno de La Casa que Vence la Sombra, aunque no me lo sé todavía.

Rafaela Requesens (Presidenta de la FCU) y su adjunto Alfredo García dicen que debemos irnos por Puerta Minerva. Allí me doy cuenta de que debería conocer más la Universidad: apenas hoy me entero de la existencia de esta entrada.  Ya varios estudiantes pasaron por ahí y le dieron el visto bueno, así que allá vamos.

III

“Señores soy UCVista desde la cuna,

esta es mi Alma Máter, es mi fortuna,

siempre por Venezuela, los UCVistas van a luchar,

¡LA UCV NO TE VA A ABANDONAR!”

Eso es lo que se escucha en las calles del oeste. Aunque los cantos me llenan de valentía, siento miedo. Es la primera vez que camino por la Av. Victoria –qué suerte que ando con un chamo que se conoce toda esta zona–, y aunque estamos en grupo, no dejo de ver para los lados buscando actividades sospechosas. En fin, debe ser la paranoia.

Nos detenemos, y no alcanzo a ver por qué. Desde adelante nos dicen que Rafaela está hablando con la PNB mientras vemos bajar por el elevado a los murciélagos –ya sabíamos que esto iba a pasar–. Me concentro a ver cuáles podrían ser nuestras vías de escape –otra vez agradezco estar con este muchacho–. Muchos vecinos están tocando las cacerolas, y otros están cerrando los locales. También los de Misión Vivienda nos acompañan: insultándonos, pero nos acompañan.

IV

Veo en cámara lenta cómo salen las primeras bombas hacia nosotros, y aunque sé que correr no es lo que se debe hacer, igual lo hago. Llego hasta una licorería, mientras caigo en cuenta de que dejé de estar con mi muchacho. Me paro unos segundos para respirar dentro de la máscara y escucho cuando él me grita “¡vente!, ¡vente!”. Le agarro la mano –que más nunca le solté– y corremos hasta la bomba de gasolina. Siento el ardor en los ojos y el gas dentro de mí. Pero igual voy a seguir corriendo porque pienso que nada puede ser peor que pararme. Acabamos de encontrar al grupo, todos con el corazón en la mano. Nos echamos agua con bicarbonato, esperamos unos segundos y vemos que siguen lanzando y siguen llegando más y más bombas.

Seguimos corriendo (estoy viendo a un perrito pasar en frente de nosotros y lo único que se me ocurre decirle es “¡corre perrito!”, mientras le paso por encima para no llevármelo por delante) y siguen llegando bombas. Decidimos desviarnos y bajar a la siguiente calle, huyendo de la Victoria siempre. Nos paramos cinco segundos y seguimos corriendo. Escuchamos ‘pam-pam-pam’ y seguimos corriendo sin mirar hacia atrás (yo miro hacia arriba para asegurarme de que nada nos va a caer). Rafaela viene detrás de nosotros, y seguimos corriendo.

Mucha gente cierra las puertas de los edificios. Pero más adelante, mientras nos vamos yendo hacia la derecha, un señor la tiene abierta. Corremos hacia allá y varios se intentan meter, pero el señor no los deja. Estamos empujando y vemos que por la izquierda acaban de llegar cinco motos con dos PNB en cada una. Tienen fusiles de bombas en la mano. “Nos agarraron y nos llevaron al Helicoide”, pienso. Pasan los segundos más largos de mi vida mientras el señor abre las puertas y nos metemos hacia el edificio. Muy valiente, se enfrenta con la PNB y les dice que no pueden entrar y que se queden quietos. Ellos le gritan que se meta hacia adentro y no harán nada. Corremos hasta el estacionamiento mientras los vecinos nos auxilian y les gritan a los policías hasta el mal del que se van a morir.

Estamos ocho en este estacionamiento, pero en otros hay hasta 30. Llamo a mi hermano para ver cómo está y me dice que se encuentra en uno de los estacionamientos. Llamamos al equipo y todos están resguardados en otros estacionamientos también. Esperamos mientras tomamos agua y Rafaela se pone en contacto con su gente para salir de ahí. Pasan 20 minutos, tensos y duros, y salimos para montarnos en dos carros que nos llevarán de vuelta a la universidad. Llegamos y afortunadamente somos los únicos que faltaban. Abrazo a un amigo del colegio que no veía desde hace años lo más fuerte que puedo y nos dirigimos a Odontología, desde donde salimos todos de vuelta a la facultad. Nos sentamos y damos gracias a Dios por estar allí, completos, y no haber sido robados o llevados por los PNB.

El violinista que no quiere ser como Dudamel

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La multiplicación de la gente es el mayor milagro logístico de la oposición y se ha venido repitiendo constantemente desde hace una semana. Como todo milagro que se digne, requiere sufrimiento: el de todos aquellos que entre diez y doce llegan a los puntos de concentración y se hallan prácticamente solos. La imagen de la plaza Francia con apenas personas a las 11:30 de la mañana era tan desoladora como los comentarios de los manifestantes, que parecían a punto de lanzar la toalla porque ‘aquí no hay nadie’, ‘hoy no tenemos fuerza’, ‘así nos van a joder a todos’, ‘la gente no se involucra’, ‘todos están pendiente es de sus trabajos’, ‘hay demasiada gente indiferente’. Los más optimistas explicaban que era día de semana, que sería después de la hora de almuerzo de los trabajos cuando la gente bajaría, que era una convocatoria con demasiados puntos y que cuando todos se unieran entonces sí habría multitud. Sin embargo, la realidad era que alrededor de la plaza se vivía otro día normal de trabajo.

¿En qué momento, Zavalita, se llenó la plaza y hubo gente suficiente para marchar copando los dos canales de la Francisco de Miranda? Llegada casi la 1 de la tarde. ¿Cómo? Ese es el misterio a resolver. De repente apareció gente, y de repente arrancó la marcha, que en esta oportunidad iba rumbo al Ministerio de Educación, despacho de Elías Jaua, a decirle que no a la Constituyente.

II

“Pobrecito, está morado”, exclamó una mujer al ver a Henrique Capriles declarando ante la prensa cuando llegó a Chacaito. No exactamente morado, sino rojísimo, casi fucsia, con trazos blancos de protector y un montón de sudor encima. Fue el Gobernador de Miranda, a la cabecera de la marcha, quien la guio hacia El Bosque, donde sucedió el primer ataque, del que no salió inmune: con los ojos llorosos y ya medio asfixiado, se reunió en mitad de la calle con Juan Andrés Mejía para ver qué hacían. “Este punto es muy malo, no circula el aire y es una sola calle”, explicaba, “yo creo que lo mejor es bajar a la autopista”. En ese momento, entre una bomba y otra, la marcha terminó dividida: un grupo en la autopista y otro en Chacaito, donde por más de tres horas hubo un duro enfrentamiento.

Tanto como la duración (las últimas concentraciones habían sido disueltas de inmediato), llamó la atención el aguante de la gente, que, si bien a unas cuadras del foco de disturbio, se mantuvo casi hasta las cuatro de la tarde resistiendo el embiste de las bombas. Un hombre de cabello blanco, que iba con su camisa en una mano y una piedra en la otra directo al lugar de la confrontación fue el centro de atención durante un buen tiempo. “Primero está mi patria que mi casa”, dijo al consultarle sobre su presencia. Tenía 75 años y ni una pizca de miedo: “Miedo deben tener ellos. Porque no han peleado como unos hombres: pelean como unos cobardes. Cuando matan a una persona, siendo cien, y estando el otro desarmado, eso es un acto elemental de cobardía”.

No era el único anciano dispuesto a pelear adelante. Una curiosa coincidencia se produjo en un cruce: un señor de pelo gris era sacado de allí cargado tras ser herido, mientras otro muy dispuesto le pedía a uno de los jóvenes una bomba molotov. “Es de pintura”, le explicaba el manifestante, sobre las que llevaba en una gavera. “Qué mal”, se lamentaba el hombre, que igual siguió para adelante.

¿Se metieron los cachorros –la banda de menores delincuentes de esa zona– a pelear? La duda fue inevitable al ver la cantidad de niños encapuchados que había ayer en Chacaito, y cuya baja estatura los delataba. “Tengo diez años”, me dijo uno de pasada, aunque en realidad podrían ser menos. “Mi papá me pega y no me quiere.  Estoy aquí por mi cuenta” fue la única respuesta que dio antes de perderse en dirección hacia el humo.

III

En el jueguito del dinosaurio, inmensamente popular gracias al mal servicio de ABBA, Inter y demás operadoras, hay siempre un ave que pasa volando a altura media y obliga a tener que agachar rápidamente al dinosaurio para que no muera. Ayer, eso mismo pasó cerca de la estatua de Martí en Chacaito: un ave hizo agachar, saltar y correr a varias personas. Faltaba un cuarto para las 3 de la tarde cuando el dichoso pájaro sobrevoló lo que en ese momento era zona de guerra. “¡Mosca!”, “Pendiente!”, “¡Arriba!”, se escuchó, y en fracción de segundos había ya escudos levantados, manos en la cabeza, gente caminando agachada de espaldas y otros corriendo. Cuando ese punto negro, centro de todas las miradas, siguió avanzando recto, sin descender ni despedir gas alguno, los suspiros se unieron con las risas y el alivio se hizo presente.

En principio anecdótico, pero tremendamente revelador, ese pequeño incidente fue el mejor termómetro para dar con el grado exacto de tensión que había en Chacaito tras dos horas de duro enfrentamiento entre PNB y manifestantes. No es otra cosa sino la vida lo que se están jugando los que salen a protestar en las calles de Caracas. Y una de esas bombas, según como caiga, puede significar el fin de muchas cosas. Por eso, ninguna precaución parece exagerada.

Ayer, solían ir de cuatro y de a cinco, surcar el aire, caer, explotar y gasear. O caer, herir, explotar y gasear, ya que esas eran las que mandaban hacia donde se encontraba la multitud (y sobre la multitud caían), porque para los jóvenes de la primera línea, los que se enfrentaban directamente con la PNB, las bombas iban de frente a piernas y tobillos, que son las partes que quedan vulnerables ahora que la mayoría tiene escudos de madera. De hecho, durante toda la tarde fueron las tijeras el instrumento más usado por médicos y paramédicos de la Cruz Verde: con ellas cortaban pantalones para descubrir heridas, vendarlas o, en el peor de los casos, confirmar fracturas o fisuras.

Otra constante, tan infortunada como la anterior, fue el robo de cascos, máscaras antigases, bolsos y cualquier pertenencia a los heridos. En medio de la confusión de su llegada, al quitarles los médicos todo lo que tenían encima y ponerlo a un lado de la calle, rápidamente desaparecían para siempre mientras los doctores los atendían. La nobleza y la miseria humana se encontraron ayer, y en grados superlativos, improbablemente cerca en Caracas.

IV

El muchacho tiene 23 años, es moreno y delgado. Viste un pantalón color crema y tiene el torso descubierto. La franela, roja, la usa a modo de capucha para protegerse de los gases. En la cabeza porta un casco pintado con el tricolor nacional y detrás carga la caja de su instrumento. Con una habilidad tremenda, interpreta el Himno Nacional mientras esquiva las bombas. En medio de ese infierno de detonaciones, el Himno se escucha inmenso, conmovedor, celestial. El muchacho tiene los nervios tan templados como las cuerdas de su instrumento. Pero es humano y se encuentra bastante afectado por el gas. Cuando termina, se dobla para escupir. Habla entre jadeos y quejidos. Pero se niega a retirarse. “Estoy aquí porque amo a mi país, y el violín es la única arma que tengo para luchar por él. Toco el Himno porque somos un pueblo que tiene fuerza”, responde. ¿Hasta cuándo? “Hasta que seamos libres. Voy a tocar en las calles hasta que lo seamos”, jura.

Al preguntarle por Armando Cañizales se quiebra. La grabación registra que pasan varios segundos entre la pregunta y la respuesta. Está llorando lágrimas que no son de gas, sino de dolor por el compañero asesinado. “Sí. Yo conocía a Armando. Y a Armando me lo mató este gobierno”. El posesivo lo dice todo. Hay otra pausa larga, esta vez porque tiene arcadas. Pero no vomita. Promete. “Por Armando es que yo voy a luchar hasta que este gobierno salga del país. Porque este gobierno es el que nos ha asesinado”. Otra pausa para escupir. “Nosotros necesitamos un país en el que podamos salir a tocar sin miedo de que nos vayan a robar el instrumento, sin miedo de que nos vayan a matar, y por eso estoy aquí”.

En un instante, la situación en la Francisco de Miranda pasa de tensa a apremiante. Ha retrocedido mucha gente y las luces amarillas de las motos de la PNB se ven más cerca. “Sí. Leí la carta de Dudamel”, responde, “pero no quiero ser como él y tener que esperar a que alguien muera para pronunciarme. No quiero que sea demasiado tarde para salir a luchar por mi país. Yo voy a seguir hasta que todo esto se acabe”. En ese momento, una bomba cae prácticamente en nuestros pies y le pone fin a la entrevista.

V

A las 5 de la tarde, cuando ya la manifestación había terminado, la Plaza Francia de Altamira era una colección de jóvenes lisiados: cojos, golpeados, desmayados, acalambrados, cortados, ‘perdigoneados’, caídos, pisados, quemados, raspados. Quien no tenía un dolor, tenía por lo menos una venda o un yeso. Lo que no les faltaba a ninguno eran historias (más bien hazañas) que contar. Desde el que no se la pensó y se lanzó una de Rambo, se fue solo contra la PNB y logró lanzarles un cohetón (la novedad de ayer), hasta el que atajó en el aire una lacrimógena y la devolvió (dice él) más atrás de los Guardias, pasando por el que perdigones en mano muestra la andanada que recibió y que prendió en candela la bandera que llevaba.

Quien fuera para allá sin saber que son peligrosos terroristas (Reverol dixit) se hallaría bastante confundido al escuchar sus nada temibles logros. Y más confundido aún quedaría si viera lo bien que se llevan, lo cordial que conviven y lo mimados que son por uno de los públicos que más miedo debería tenerles: el de las señoras de bien. Contra todo pronóstico, lejos de generarles terror, asustarlas y alejarlas de la plaza, estos peligrosos terroristas las mueven a la compasión: a esa hora de la tarde hay un montón de ellas auxiliándolos, curándoles las heridas, echándoles bicarbonato, brindándoles analgésicos, colgándoles rosarios, regalándoles galletas, ofreciéndoles agua y jugos, dándoles comida, e, incluso, la bendición, a la que responden ‘amén’, porque lo terrorista, al parecer, no quita lo educado.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

El Centro Comercial que fue y ya no es

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Los sábados eternos quedaron atrás. Aquellas largas colas para entrar al estacionamiento y las interminables vueltas para pescar alguno de sus 508 puestos; ese imán que tenía para los caraqueños y aquel encanto que tanto seducía a los jóvenes; la elegancia de sus tiendas de marca y la exclusividad de sus locales nocturnos; los ríos de gente en sus pasillos y la vida que allí se sentía; todo forma parte de un pasado que hoy suena a mito.

El primer gran centro comercial de Caracas, el Chacaito, envejeció mal y pronto, como las vedettes que en aquellos irrepetibles setenta alcanzaron la fama en su teatro de obras ligeras; como las hombreras y las ropas coloridas que tanto se exhibieron en sus cotizadas vidrieras; como la Caracas posible, pudiente y de referencia.   Read More…

La última noche de Harry

Por: Daniela Salcedo

Mi mamá, al ser divorciada y con tres hijos que alimentar, siempre tuvo que ingeniárselas para pasar tiempo de calidad con nosotros. Por eso, cuando éramos más pequeños, convirtió su cama -que siempre fue más grande, más cómoda, más divertida y más fría o caliente (según conviniese)- en un centro de lectura. Cada noche, mis hermanos y yo nos acomodábamos como podíamos para escucharla leernos algo, e imaginarnos cualquier aventura. La más famosa y la más larga de estas fue la de Harry Potter.

El joven mago nos regaló buenos momentos y años de interesantes conversaciones a la hora de la cena. También, ayudó a mi mamá a distraerse con nosotros y a no ceder ante el estrés que implicaba estar 6 meses desempleada; o no saber el destino del país, que vivía un paro petrolero en el 2002. Por eso, en el camino de regreso, luego de buscar nuestro primer carrito, la decisión fue unánime: se llamaría Harry.

Nuestro Harry era un Ford Fiesta de color arena del año 2001. No dormía en el número 4 de Privet Drive, sino en el puesto de estacionamiento B-4 de nuestro conjunto residencial. Y aunque no volara en escobas ni estudiara hechicería en Hogwarts, Harry era mágico. Su llegada significó no tener que irnos en transporte y llegar una hora y pico después de haber salido del colegio, por ser quienes vivían más lejos. Significó cenas improvisadas por el Auto-Mac. Significó también unos 20 minutos de sueño extra en las mañanas; más viajes y salidas; y peleas divertidísimas entre mis hermanos por ver quién se sentaba adelante. Para mi mamá, significó una meta lograda y una etapa superada. Para mis hermanos, un reto para meterse conmigo sin que mi mamá se diera cuenta. Para mí, menos tiempo cargando las bolsas del mercado.

Mi mamá lo compró en febrero del 2001, con una parte de la liquidación de uno de sus trabajos y la mitad del dinero de la venta del apartamento de mi abuela. Costó 7 millones de los de antes, que son 7 mil bolívares de los de ahora; con los que -producto una inflación acumulada de 7931% desde 1999 al 2015- hoy, con suerte, te puedes comprar un par de ambientadores para auto de los más baratos. La historia de Harry Potter se contó durante diez años en siete libros y ocho películas. La de nuestro Harry fue bastante más corta: para septiembre del mismo año, ya no estaba con nosotros.

Aunque no recuerdo exactamente el día, sé que fue entre semana, pues al día siguiente faltamos al colegio, porque casi no dormimos. Eran probablemente las seis de la tarde e íbamos por el semáforo que está justo antes de llegar a mi edificio por la Avenida Intercomunal de Coche, en Caracas. Como mi hermano Aquiles se sentía mal, mi mamá había apagado el aire acondicionado y bajado tres dedos las ventanas para que entrara brisa natural. No lo vimos acercarse, solo lo vimos apuntando a mi mamá con una pistola que introdujo por el espacio de no más de 10 centímetros entre el vidrio y la goma que rodea la ventana.

“No invente que hay niños, ábreme la puerta y ya”, le dijo el empistolado a mi mamá. Ella, sin dudarlo, le hizo caso. El hombre pasó y, justo después, un segundo hombre abrió mi puerta. Yo me arrimé para darle paso. Se sentó y sacó otra arma. El que conducía tenía el cabello medio grisáceo, parecía de unos 45-50 años; el que estaba junto a mí era más joven, quizás de unos 25 – 30 máximo; ninguno de los dos estaba mal vestido.

Apenas mi mamá vio al segundo hombre ubicarse a mi lado, le pidió al secuestrador pasarse para atrás y que yo me sentara en sus piernas. Al principio no la dejó, pero al cabo de un rato, debido a lo incómodo y sospechoso que debía resultar compartir el asiento de piloto, cedió. Una vez atrás, el secuestrador más joven le puso la pistola en la pierna y empezó a pasarla una y otra vez por su muslo izquierdo, mientras la miraba de arriba abajo. Le pidió los anillos y se los metió en la boca. Mi mamá me apretaba con uno de sus brazos, y con el otro sostenía la mano de Augusto, al tiempo que miraba fijamente a Aquiles, que quedó como el copiloto del ladrón. Mis hermanos miraban por sus ventanas por órdenes del secuestrador más viejo. Yo le rogaba al más joven que no nos hiciera nada.

Condujimos por lo que parecieron horas, hasta que llegamos a uno de los barrios de la carretera de Los Valles del Tuy. “Vamos a quitarles la ropa”, propuso el excitado y joven ladrón. “No, marico, yo también tengo mamá”, le contestó el mayor. Nos hicieron bajar. Todos nos quedamos parados, agarrados de las manos, contemplando a Harry desaparecer entre la noche, sin nosotros adentro y nada que pudiéramos hacer. “Mami, los Gameboys… estaban en los bolsos”, dijo mi hermano inocentemente, entre sorprendido y apesadumbrado, ajeno todavía del tamaño de la pérdida -y a la vez de la suerte- que acabábamos de vivir. Mi mamá no le contestó, miró el fondo de la carretera por unos segundos más y se dispuso a buscar ayuda.

Bajamos y atravesamos un arco donde había varias casas de ladrillos y techos de zinc. Por la hora, tuvimos que tocar la puerta de diferentes casas para que alguien nos abriera. Finalmente una señora lo hizo, nos dejó pasar y despertó a su esposo para que nos diera la cola al puesto de policía más cercano. Ahí, un señor que denunciaba un robo nos hizo el favor de llamar un taxi para que nos llevara a casa de mi abuela, adonde llegamos a salvo.

Para el año 2001, el Observatorio del Delito Organizado de Venezuela registraba 60 casos de secuestro al año; cifra que, para septiembre de 2015, aumentó a 1000 secuestros al año, según la misma fuente. Actualmente, en Caracas se roban 95 vehículos al día, según el Ministerio para Relaciones Interiores Justicia y Paz.

No volvimos a ver a Harry, y tampoco hemos logrado reponerlo. Para marzo del 2002 -fecha en la que el seguro nos devolvió el dinero- la inflación, y más de una deuda que demandaba solvencia, redujo la cifra ya vencida. Aunque compramos nuevos bolsos, cuadernos y Gameboys, seguí extrañando las peleas de mis hermanos, los 20 minutos de sueño extra en la mañana y toda la magia de nuestro Harry Ford Fiesta. Su pérdida significó para todos un mal trago de paranoia, rabia, ansiedad y terror que nos persigue y ahoga hasta el presente.