La casa de la tempestad

Por: Emmanuel Rincón |  @emmarincon
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Observar desde afuera como tu casa se derrumba, presenciar desde adentro como tus anhelos se destruyen, vivir en la ansiedad de aquellos recuerdos donde la prosperidad era tangible. El esfuerzo de nuestros ancestros reducido a cenizas, aquel país de luz que hoy gobierna la turbiedad.
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El desplome de la economía, lo absurdo de los abusos, el dominio de los imbéciles, y la pasividad de los derrotados ¿Cuánto tiempo más se prolongará el dolor? ¿Cuántos cuerpos más deberán convertirse en cadáveres antes del cambio?
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Una revolución capaz de transformar las más grandes riquezas en miseria, un hombre que decidió cortarles las piernas a todos sus conciudadanos; un séquito de adoradores de la injusticia que corean las barbaries como glorias. Hombres cabizbajos, mujeres vulneradas, padres avergonzados, hijos agobiados, familias famélicas, es un mapa del dolor, millones de cerebros conducidos a la frustración y la desesperanza.
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La quiebra es la palabra más utilizada: la quiebra moral, la quiebra espiritual, la quiebra económica. El éxodo como resolución de un conflicto interno: el éxodo del dolor, el éxodo del hambre, el éxodo de la verdad.
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No pasa un día en que no haya llantos, no pasa un día en que no haya dolores, no pasa un día en que no gobierne la frustración. Desde afuera se observa como la casa se incendia con la impotencia de no poder calmar la tempestad, desde adentro el maremoto acongoja a quien lo experimenta en carne viva. Son treinta millones de hilos rojos que de a poco se cortan en medio de la hecatombe. Y el miedo, el terrible miedo de sentir que, de pronto, ya no habrá un hogar al cual volver, ya no habrá un sitio de abrazos y reencuentros, ya no habrán ilusiones, y en lugar de ello solo quedarán cicatrices, cicatrices del dolor.

Una boda atípica y tópica

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En un país donde los blackberrys son parte de la canasta básica y se arma un dramón con episodios de depresión colectiva ante la falsa ida de Zara, que a 24 parejas les dé por casarse en el Sambil un 14 de febrero es algo que no extraña pero que hay que ver.

Así que en una tarde-noche tan linda como esa estaba yo en la terraza de la feria, convertida por obra y gracia de la decoración en recinto nupcial con telas colgantes y, claro, alfombra roja, que eso no puede faltar nunca. Alrededor de ella, en sillas doradas y vinotinto, estaban los emocionados familiares, que con sus trajes largos, faldas, chaquetas, corbatas, alisados, copetes de peluquería y una que otra joya, le conferían al evento un insospechado carácter solemne.

A eso de las 7:00 PM el fondo de violines fue cortado por una Daniela Kosán que de tan acostumbrada a las audiencias virtuales de la TV cuando se vio con casi 200 personas en frente se volvió puro nervio y no supo qué hacer. Adoptó los modos de la televisión -mirada fija en un punto abstracto del horizonte, tono impersonal y frío, dicción neutra- mientras el público, un tanto desconcertado, no entendía si la cosa era con ellos o con quien. Apoyada en unas fichas, explicó que todo tenía validez legal y les dio la bienvenida a los novios.

Con la marcha nupcial de Wagner y el público de pie fueron entrando las parejas. Como en botica, hubo de todo. Desde conyugues a los que más que el Código Civil lo que les aplicaba era la LOPNA, hasta unos a los que el Código Penal ya les otorgaba el beneficio de casa por cárcel. Vestidas de blanco ¿pureza? -salvo una que fue de morado y otra de amarillo- iban las damas, mientras los caballeros alternaron entre el terno y el smoking, con algún destello folklórico en versión liqui-liqui.

El discurso de bienvenida lo dio el Alcalde de Chacao, Emilio Graterón, quien desde su soltería, no sé si cotizada, les reveló a los novios “el secreto” del matrimonio: “que cada día en la mañanita se levanten pensando qué harán para hacer feliz al otro (…) que nunca se acuesten bravos“. Y para evitar que algún impertinente le preguntara dónde estaba la esposa que validara la eficacia del método, remató la intervención con su “average de familia felices”: “he casado a más de 3000 parejas y hasta ahora ninguna se ha divorciado”.

Terminado el discurso, la registradora leyó los sempiternos derechos y deberes, y comenzó la boda. La logística ordenaba que el Alcalde llamara a las parejas, Daniela Kosan les leyera la fórmula de imposición de los anillos para que la repitieran, el Alcalde hiciera la pregunta de rigor -¿Aceptas a…?- y los declarara formalmente en matrimonio. Y así fue en la práctica, pero con algunas diferencias.

Quizás porque tenía al lado a una Miss o porque había dos reflectores iluminándolos y una cámara grabándolos, Graterón se mimetizó también en animador de TV. Con un tono alto y claro que iba a medio camino entre Winston Vallenilla y Daniel Sarcos fue como llamó a las parejas. Sin embargo, la onomástica vernácula, extravagante y esperpéntica, le fue arruinando el momento: a Doralis le dijo Dorelis, a Marleti, Merelbi; a Quereigua, Querigua; a Yulide, Yulidiet, a Edwar, Ender; a Irima, Irma. Y entre error y corrección, una risita nerviosa de la Kosan, que del susto preguntaba dos y tres veces cómo era en realidad el nombre para cuando le tocara decirlo.

Y no es que ella la tuviera fácil, ya que le tocó lidiar con ese otro toro bravo que es la desbordante efusividad y espontaneidad del venezolano, responsable de que todos los conyugues le cambiaran la fórmula que ella, paciente, neutra y asépticamente, se encargaba de repetir. Así, en lugar del nombre de la novia se escucharon: muñeca, chiquita, mi amor bello, entre otros. El anillo, para algunos, no fue símbolo de “amor y fidelidad”, sino de “mi amor y mi gratitud” o “de todas las cosas que hemos pasado”. Pero para terror de muchos y suspicacia de todos lo más profanado de la fórmula fue fidelidad. Hubo desde el que simplemente se la saltó, hasta el que la confundió con “felicidad”, pasando por el que tartamudeó -“fi..fidelidad”-, el que no pudo -“filedi, filedidad”-, el que la cambió -“fideleidad”- y el que acaso traicionado por el subconsciente se rió -“de mi jajaja fidelidad jajajaja”-.

Como lo que errando empieza errando termina, el remate de la faena tampoco le salió bien a Graterón, que por andar pendiente de engolarse y adornarse le preguntó a José si tomaba como esposo a Vilmari, a Kermilis si tomaba como esposa a Jorge Luís, y a Marleti -que se casaba con Tomás- si aceptaba a Richard. Y allí, en las respuestas, otro desborde de espontaneidad: “Sí. La tomo, la recibo, todo”, “Claro, por supuesto, yo acepto” y el infaltable lagrimeo, que, contrario a lo esperado, salió de los ojos de un caballero.

Finalizado el acto vino el brindis. Ríos caudalosos de dorada y burbujeante champaña fueron repartidos generosamente entre todos los invitados, al punto de que no fueron pocos los que repitieron. Lo mismo pasó con los tequeños, el roast beef, las empanaditas y los pastelitos, agarrados hasta de a cinco por los presentes, pero cuya abundancia le hizo honor, y de qué forma, al lugar común sobre la suntuosidad de las bodas organizadas por judíos. Eso por no hablar de la mesa de quesos, también bien abastecida pero literalmente saqueada con una fiereza que ya le daría envidia a Atila.

Luego de hacerse esperar unos cuantos minutos, apareció en tarima la sorpresa de la noche: Oscarcito, que vestido con chaqueta de pana y pajarita era casi el arquetipo del duende irlandés. Como toda estrella, salió al escenario con lentes de sol, pero más pudo la oscuridad del sitio -martirio de todos los fotógrafos- que su vanidad, así que rápidamente se tuvo que deshacer de ellos. De lo que nunca se deshizo fue de la pista sobre la cual cantaba, cuya voz remasterizada lo dejó más de una vez en evidencia ya que ésta iba por un lado y él por otro. Sin embargo eso no fue obstáculo para que recibiera unos cuantos aplausos adolescentes por sus tres canciones.

Con él se terminó de ir lo interesante de la noche. Después siguió una orquesta con los típicos temas de bodas. Algunos bailaron un rato, otros se quedaron sentados tratando de disimular las protuberancias que originaban las bolas de queso en los bolsillos y otros compartieron con sus familias. Todos, eso sí, legal y bien casados, en una ceremonia que aunque atípica terminó siendo entrañable y venezolanamente tópica.

El templo del 23

Por Mariana Souquett | @nanasouquett 

3:00 pm. El Metrobús que minutos antes había llegado a la estación El Silencio del Metro de Caracas, frente al Liceo Fermín Toro, arranca con solo siete pasajeros en dirección La Planicie, parroquia 23 de Enero, en el oeste de la capital. Su ruta, habilitada en marzo de 2015 para «llevar al pueblo» a visitar los restos de Hugo Chávez, es gratuita y hace una sola parada: El Cuartel de la Montaña.

«Santo Hugo Chávez del 23», un pequeño altar en honor al difunto presidente Hugo Chávez, es lo primero que se ve al bajar del autobús. Solo una persona de las que iban a bordo de la unidad cruzó la calle y subió hasta la entrada del fortín pintado de beige y rojo que terminó de construirse en 1906. Desde el 15 de marzo de 2013 —diez días después del fallecimiento de Chávez— la estructura diseñada por los arquitectos Alejandro Chataing y Jesús Rosales Bosque se convirtió en un mausoleo.

4F se ve en la cima de una colina del barrio. Un militar y un vecino hablan sobre el aumento de la inseguridad en la zona. Más adelante, está Chávez adolescente, Chávez golpista y Chávez adulto. La cara de quien fuera el presidente de Venezuela entre 1999 e inicios de 2013 se repite una y otra vez en los muros que conducen a la edificación que durante el siglo XX fungió como sede de la Academia Militar de Venezuela (1910-1950), del Ministerio de la Defensa (1950-1981) y como Museo Histórico Militar.

3:20 pm. Solo un hombre aguarda para entrar al Cuartel. Lleva una camisa de la Universidad Bolivariana y la Misión Sucre. Dice que está esperando a otros compañeros para entrar y cumplir con un trabajo de la Escuela de Comunicación Social. «Cuando le di la mano a Chávez en el 2008 se me salieron las lágrimas», recuerda el estudiante, quien se identifica como José Urbina, de 54 años. A pesar de que vive en el 23 de Enero, no había ido a visitar al mandatario después de su muerte.

«Aquí está nuestro comandante, nuestro libertador, y todos los que lo cuidan con amor», dice la miliciana Velásquez, una de las guías del Cuartel, al grupo de nueve personas al que acompaña en el tour. Insiste en que diariamente asisten alrededor de 400 personas de todo el mundo, aunque en la hoja del registro de ese día las firmas no llegan al final de la primera página. Más que visitantes, los vecinos del 23 cruzan el Cuartel para ir a comprar a un Pdval (Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos). Hay brisa, calma, un tenso silencio y poco sol.

33 banderas ondean en «El Bosque de las Banderas», un pasillo ceremonial ubicado después de la «Placita del eterno retorno», un semicírculo con banquitos, antes de la entrada al Cuartel. La frase contentiva del famoso «por ahora» pronunciado por Chávez al fracasar el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992 está escrita en una placa de granito justo en la entrada, a la izquierda. Al frente, en una placa similar, están sus últimas palabras públicas.

Calas rojas adornan el pie del sarcófago de granito que está situado sobre «La Flor de los cuatro elementos», monumento construido en seis días específicamente para albergar los restos del aquí venerado líder. Cuatro soldados de la guardia de honor, vestidos de rojo cuales patriotas de la independencia —con sombreros negros, guantes blancos y sables—, lo custodian. Uno de los cuatro guardias de honor tiene cara de hastío. El lugar huele, quizás por las flores, a cementerio.

En el fondo, a la izquierda, hay un cuadro de Chávez sonriente. En el centro, donde antes —según consta en fotos— había una estatua de Simón Bolívar, está el retrato de El Libertador reconstruido digitalmente. A la derecha, un Chávez pensante. El lugar da la sensación de un eterno velorio, pero sin mucha gente. Aunque al frente y desde hace cuatro años hay una pequeña capilla para orar, todo el Cuartel de la Montaña se asemeja a una iglesia, un templo para rendir culto al oriundo de Sabaneta.

3:45 pm. «¡Pase lo que pase… tenemos patria… patria perpetua… patria para siempre!», grita una voz chillona en el acto de cambio de guardia, hecho que la miliciana define como un homenaje en agradecimiento al «Comandante Supremo de la Revolución Bolivariana».

En el Cuartel de la Montaña no se puede estar solo. «Van a pasar por donde yo pase, van a pisar por donde yo pise», expresa la miliciana. Cada tres minutos hace un recordatorio que, más que una advertencia, suena a amenaza: «Pueden tomar todas las fotos que quieran, pero no grabar videos ni hacer fotos con flash. Todo lo que hagan, como estar grabando, se ve en las cámaras».

3:50 pm. El grupo entra al «Callejón de nuestro comandante», un salón oscuro con fotos de paisajes de Venezuela acompañadas por frases del «comandante». También quedan algunas armas, charreteras y banderas de la Guerra Federal, reliquias de la época en la que el Cuartel fue solo un Museo. Mientras, la miliciana, una viejita que se ufana de ser abogada penalista, insiste: Chávez sacó a la gente de los barrios, les dio casa y «multiplicó» a los niños y a los abuelos; la Cuarta República no le dejó nada a la gente; Venezuela no quiere guerra, pero sí la paz. Todo el recorrido es una especie de evangelización, de adoctrinamiento en el que las mismas frases son repetidas con constancia.

Una voz la interrumpe. «Me perdonan. No porque dé esta opinión dejaré de ser chavista, porque seguiré chavista hasta que me muera. Pero lo que yo quiero es que no hagan más apartamentos en la ciudad. Háganlos para los pueblos para que la gente busque sembrar. Aquí hay un poco ‘e malandros que metieron de los cerros que no quieren trabajar», afirma una de las participantes del grupo.

El tono de la sargento Velásquez cambia. La premisa «Aquí no se habla mal de Chávez», posicionada por el Gobierno y visible en toda Caracas, no está escrita en el Cuartel, pero sí está implícita, sobreentendida. La miliciana replica desafiante pero acepta la crítica, e insta a la mujer a escribirle por Twitter al presidente Nicolás Maduro, «el hijo de Chávez».

4:12 pm. Alrededor del «Callejón» hay otros salones que cuentan e ilustran la vida de Chávez. «La sala de ese niño gigante» contiene recreaciones de situaciones de su vida. Del otro lado, un salón contiene fotos de él en cualquier escenario. «Chávez vivirá siempre. ¿Verdad que todos somos Chávez?», pregunta la sargento mientras todos, menos una joven, responden que sí. «Mira, princesa, ¿tú eres Chávez?», le repregunta directamente. La joven tarda unos segundos en responder, pero dice que no y continúa tomando fotos.

«Crean en Dios y crean en Chávez», contesta tajante la miliciana.

4:20 pm. «Yo voy pasando la manito y ustedes también, no pueden tirar fotos», indica la guía. En fila india y siguiendo los pasos de la sargento, los nueve turistas tocan el féretro. «Me dieron ganas de llorar. Me aguanté las lágrimas», dice José Urbina.

Pasan cinco minutos. Suenan cuatro campanadas y media. Un soldado enciende el cañón donde todos los días a la misma hora —la de la muerte de Chávez— se dispara una bala de salva. «¡Fuego!», exclama otro miliciano. Hay un fuerte sonido y el ambiente se llena de pólvora. Algunos asistentes aplauden y gritan emocionados.

Comienza a llover. La intensidad arrecia y los turistas no se pueden ir. «¿Están viendo esta bendición de Chávez? Esta lluvia es un regalo de nuestro Comandante», expresa la sargento Velásquez. Al ver que se hace tarde, decide cruzar dos palitos de madera y comienza a elevarle oraciones a Hugo Chávez para que así deje de llover y las personas puedan irse. Eventualmente escampa, y los asistentes comienzan a retirarse. Y la miliciana les hace una última petición: «Recuerden vivo al Comandante y apoyen siempre al presidente Nicolás Maduro».

Ca(os)racas sin luz

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Caracas se quedó sin energía a las 12:15 del mediodía del lunes 18 de diciembre. Uno de los cables (puente eléctrico, lo llaman) que une la subestación donde se genera la electricidad con la torre que la transmite se desprendió en Santa Teresa y dejó sin electricidad a la capital y a parte de Vargas. Claro que eso se sabría casi dos horas después (a las 2:11 PM), cuando por fin Corpoelec informó lo que pasaba. Al momento de suceder, las luces y los semáforos se apagaron, los ascensores se detuvieron, las estaciones de metro de la línea 1 y 2 comenzaron a vomitar cantidades ingentes de personas a la calle, y dos de las principales operadoras de telefonía móvil (Movistar y Movilnet) se quedaron sin señal. La receta perfecta para el caos hubiera requerido que en lugar del mediodía todo sucediera entra 4 y 5, hora de salida de los trabajos por excelencia, pero igual el tiempo se encargó de ello. En principio, la tragedia laboral se redujo a hallar la forma de sacar a la gente de los ascensores, lamentarse por todo lo que no se guardó en las computadoras y ver cómo calentar la comida. Ayer, la Caracas trabajadora (lo que queda de ella) comió frío a falta de microondas. Y luego, cuando ya fue evidente que la energía no volvería pronto y los jefes dieron puerta franca, tuvo que ingeniárselas para llegar a sus casas. Y ahí, sí, llegó el caos, que no la luz.

A las 3 de la tarde, Sabana Grande se debatía entre el desfile y la procesión: el boulevard vivía un llenazo que ni cuando había Carnavales con reinas. Caminar rápido era difícil y no andar rozando constantemente al de al lado, imposible. Desde las tiendas, cuevas oscuras con las santamarías a medio bajar, los empleados lo veían todo con resignación y fastidio, y se entendía: una masa de gente caminando tenía poco que ofrecer y menos si, como era el caso, no tenía efectivo para comprar nada. El espectáculo, propiamente, llegaría cuadras después, en Chacaito, el terminal de rutas interurbanas de Caracas por excelencia. Su semáforo, misterios de la vida, era el único que funcionaba en la Francisco de Miranda, pero nunca como ayer había sido tan decorativo: un adorno navideño que cambiaba de color pero al que nadie le hacía caso. A sus pies, personas, carros, autobuses y moto taxis se confundían en una especie de marea caótica, peligrosa y violenta, cuya banda sonora la conformaban una orquesta de cornetas intermitentes de conductores desesperados, las interjecciones asustadas de peatones a punto de ser atropellados y las altisonantes y francas grosería que sin empacho soltaban los que consultaban los precios de las carreras de los mototaxistas, que, a esa hora y en esa circunstancia, no tenían problema en pedir hasta 40 mil bolívares para Altamira, apenas unas cuadras más adelante.

El de las camioneticas inclinadas desafiando la gravedad cual Torre de Pisa y sus pasajeros acróbatas (potenciales talentos del Cirque Du Soleil) que consiguen hacer el viaje apenas agarrándose con dos dedos del tubo, la punta de un solo pie en el escalón y el resto del cuerpo afuera, espectáculos ambos siempre dignos de ver, comenzaba desde el inicio de la Francisco de Miranda. El lado norte era una sola cola de gente que buscaba montarse en alguna. Del lado sur, a partir del Lido, no se formaban líneas sino aglomeraciones, montoncitos de gente que se abalanzaba sobre aquella que osara detenerse. Golpeaban la puerta de atrás –que los conductores, obviamente, nunca abrían– y drenaban toda la frustración con los cobradores, que anunciaban que ya no 700 sino 1000 era el precio a pagar. El abuso criollo –que sus apologetas disfrazan de viveza– llevó a varios a inventar rutas cortas. “Esta llega hasta Altamira”, advertía el conductor en Chacaito, para luego, en Altamira, bajar a todo el mundo y una cuadra después montar a otro montón al que le diría que llegaba sólo hasta Dos Caminos, y así repetida e intermitentemente hasta terminar en Petare habiendo cobrado diez rutas en una.

Pasadas las 4 de la tarde, el metro abrió en Chacao y eso alivió la situación. Aunque arriba todo seguía sin energía, abajo el sistema de transporte funcionaba a su manera: con un torniquete libre por el que pasaba todo el mundo –mientras un operador, inerte, los veía– y un himno salsero al Comandante-que-supuestamente-era-eterno-pero-se-murió, y que sonaba a todo volumen por las cornetas de los andenes. “Nos enseñaste a tener patria, patriotismo y corazón”, rezaba la (¿irónica?) letra entre acordes caribeños. “Viene el socialismo, liberado por aquel…”, advertía. La cara de fastidio de la gente lo decía todo. El caos de arriba lo confirmaba. También el hecho de que la luz se demoraría tres horas más en llegar. El socialismo, efectivamente, había llegado. La veloz aparición del tren, que en procura del tiempo perdido tenía parada mínima y  en menos de 20 segundos escupió y tragó pasajeros, impidió seguir cavilando. Una vez adentro, apareció Rubén Blades con su puntería: “se fue la luz…y sigue el saqueo”.

5 días para cobrar la pensión

Por: Anaís Bello | @AniBelloF 

              Lunes, 13 de noviembre. Centenares de personas madrugaron y hacen filas para cobrar la pensión a las afueras de todos los bancos a nivel nacional. No hay uno que se encuentre solo. El panorama es el mismo en Caracas, San Antonio de los Altos, Los Teques, La Victoria, San Juan de los Morros, Villa de Cura, Cagua, Ortiz y San Fernando de Apure. Un breve recorrido por una parte de Venezuela permite comprobar que en el interior del país la crisis es más aguda y más difícil de sobrellevar. Cajas CLAP sirven como sombrillas ante el inclemente sol. Hay quienes llevan sillas de plásticos, que otorgan algo de comodidad a la espera. A las puertas del banco se amontonan algunos para recibir su dinero. Unos aseguran que ahí se sienten seguros, otros solo buscan algo de sombra y recibir un poco del aire frío que se escapa cada vez que alguien sale.

                  Martes, 14 de noviembre. Las colas por la pensión continúan en buena parte del país. Calabozo, Guárico, no exime esta realidad. La Carrera 12, epicentro comercial de la ciudad, se encuentra atiborrada de personas a la espera de su dinero. Las colas se entremezclan: la del Banco Bicentenario con la del supermercado más cercano. Hombres y mujeres con la piel enrojecida por el sol hablan entre ellos. El calor del llano convierte la espera en una pesadilla hasta para el más valiente. A los lejos, se oye la voz de un predicador. Vocifera que la solución de todos está en entregarse al reino de los cielos. Por momentos, pareciera que la paciencia se agotará y la multitud entrará al banco en una embestida furiosa. Luego, todo se calma. Siempre pasa algún conocido y saluda. La pregunta nunca cambia:

–¿Cuánto están dado?

–Están pagando solo una parte. 60 bolos –responde alguien.

                     Una mueca desfigura su rostro: “No, mijo, 60 bolos no son nada”, dice. Se despide con la mano y se va.

                  Es mediodía. La espera en la calle congestiona todo el centro. Largas colas de carros intentan pasar, pero deben hacerlo lentamente. Tocan cornetas en señal de desespero. Carros mal estacionados, personas en colas, acompañantes y mirones obstaculizan el tránsito. Desde la acera de enfrente, la escena se ve como un desorden envuelto entre sudores y malos olores por la basura acumulada en las calles.

                 En la entrada del Banco Bicentenario hay un forcejeo. La institución mercantil, para mayor comodidad, sacó algunas sillas y las colocó en el estacionamiento próximo. Desde sus asientos los ancianos continúan impávidos en la espera, bajo un sol inclemente.

           Pasan las horas. La cola se mueve y los pensionados salen con escasos billetes, todos del nuevo cono monetario. Muchos se van, pero otros regresan a su lugar de origen, y hacen nuevamente la fila, en una espiral de nunca acabar en busca del preciado y escaso dinero.

                  El atardecer cae en el cielo llanero. Unas nubes naranjas combinan con el azul oscuro de la noche. El banco cerró hace una hora. Poco a poco disminuye el bullicio y se escucha el bajar de las santamarías. Una calle llena de vida se convierte en un desierto repleto de basura y desperdicios dejados por quienes pasaron el día ahí. Frente al banco,aún hay quienes esperan ser atendidos.

–Buenas, disculpe: ¿ustedes pasarán la noche aquí? -pregunto.

–Sí, niña. Aquí estamos desde el viernes -respondió una señora exaltada.

                Son tres días a la espera de poder cobrar 284.011 bolívares repartidos en 177.507 de la pensión básica, 65.541 en bonos contra la “Guerra Económica” y 40.963 correspondientes al retroactivo salarial.

           Un señor saca de un morral una cuerda. Con ayuda de otro hombre improvisa una especie de corral que ata a dos postes. Ahí se resguarda un nutrido grupo de 15 personas. Los que quedan por fuera se acuestan en la acera, sobre los cartones que en la mañana utilizaron para tapar del sol.

–¿Para qué es esto? –pregunto mientras señalo la cuerda–. ¿De quién se protegen?

            Se ríen:

–De los malandros, de la policía y de los vagabundos que vienen a pedir –explica uno de los señores mientras se come un delgado muslo de pollo que sacó de un bolso.

            A partir de ahí inicia una conversación:

–¿Ustedes hacen esta fila para cobrar la pensión o solo en la búsqueda de efectivo? -le pregunto a la señora.

–No, mi amor, esto es para la pensión, los retroactivos y los aguinaldos –responde–. Yo vine aquí porque Maduro dijo que esta semana iba a pagar todo, y resulta que llego y la malandra de la gerente del banco dice que no, que aquí no llegó esa plata y que no me la puede dar. ¡Esto es un abuso!

–¿Por qué están aquí desde el viernes? –indago ingenuamente, ante la mirada de toda la cola.

–Bueno, porque esos abusadores, con la excusa de que no hay efectivo, pagan la pensión en tres partes. Uno tiene que venir tres veces a cobrar sus churupitos. Y eso no es todo: no puedes ni descansar, porque uno deja de cobrar un día y todo le aumenta. Mire, las medicinas para la tensión estaba en 170 bolos la semana pasada, hoy van por 200. Yo no puedo mantener esto, pero tampoco me puedo ir de aquí a comprarlas porque se me colean.

            Mientras habla, la señora es interrumpida:

–¡Eso es pura excusa! –grita un hombre–. Ellos creen que porque uno es viejo y pobre es pendejo. Yo he visto como esa gerente y todos los bancos le dan plata a quien les paga. Sí, muchacha, con estos ojo vi cómo le dieron 500 bolos a un tipo que entró y le dio plata a la gerente y el cajero. Aquí funciona la ley para quien tiene. Pero, ¿cómo hago yo? Me tengo que quedar a esperar. Por los menos no estoy como él.

Inmediatamente señala a un hombre que está acostado en la acera. Duerme. Se ve incómodo. Tiene su boca abierta, por donde desciende un hilo de una saliva blanca y espesa.

–¿Qué tiene? ¿Está bien?

–Bueno, ha tenido dos ataques hoy. Le dijimos que se fuera pa’l hospital y no quiso. Esperemos que sobreviva la noche –dice, resignado, un hombre mayor.

            Ante la mirada de todos, la mujer sigue hablando:

-Mira, yo hoy se lo dije a la gerente: que ella era una abusadora y que se aprovechaba de los viejitos, que Maduro dijo que ella tenía que pagar todo lo que había depositado de una buena vez. Y la muy malandra me gritó y me dijo: “Maduro manda en Caracas, aquí mando yo y pago como me dé la gana”. Yo no me le quedé callada y le dije que aprendiera a tratar con personal, que estudiara. En estos sitios ponen a cualquiera.

            Mientras la mujer habla conmigo aparece una persona y toca su hombro. Intenta ser discreto, pero no puede: “Tú no sabes quién es ella. Mejor quédate callada”, le advierte refiriéndose a mí. Por unos instantes, la señora no sabe qué decir, se pone nerviosa y se despide.

–Bueno, mija, ya tiene lo que quiere –asegura, para luego darme la espalda.

            Agradezco su ayuda. Les deseo buena suerte y me voy.

            7:00 am del miércoles 15 de noviembre. La cola continúa frente del banco. El grupo que estaba en el corral sigue ahí. Esperan que sean las 8 a.m. para poder entrar. Todo indica que sobrevivieron la noche y que, después de cinco días, ya están más cerca de poder cobrar todos los churupos.

Trifulca por un precio viejo

Por: Anaís Bello |  @AniBelloF 

                   Una y media de la tarde. Una mujer entra a una lujosa panadería en San Antonio de los Altos. Viste una camisa azul claro, uno jeans azul marino ajustados y unos zapatos deportivos gris claros. Camina apurada. Parece decidida en lo que quiere. Da una vuelta por todo el establecimiento. Revisa que hay en cada nevera. Primero observa los dulces, luego la lunchería y se detiene a ver como hacen una pizza. Por último, se acerca al mostrador:

–¿Tienes pan? –pregunta

–Si, solo campesino en 6500bs –responde un joven moreno con un delantal blanco cubierto de harina.

            La mujer sonríe. Su rostro muestra una victoria personal. La aguda escasez que atraviesa Venezuela no exime al pan; desde 2015, CONSECOMERCIO y FETRAHARINA han denunciado que el gobierno no importa las cantidades suficientes de trigo panadero, lo que ha aumentado significativamente su valor y lo ha convertido en un producto inaccesible para muchos.

–Dame 6 –pide la mujer.

            Se da media vuelta y camina al mostrador; debajo de un tope de granito reposan chucherías importadas, mayormente chocolates y chicles. También, hay una torre de envases de Nutella que se muestra ostentosa e inalcanzable. La mujer toma una tarjeta.

–Mi amor, anótame la cuenta en la 72 –grita.

            Antes de recoger su pedido se acerca a la nevera de los quesos; examina bandeja a bandeja. Ve los precios. Devuelve cada uno de los productos que toma. Continúa su camino. Se acerca a donde están los jugos. Repite lo mismo. Se alza y toma un sobre de Nestea. Verifica el cartelito del precio. Se voltea incrédula. Toma otro sobre.

            Recoge su pan y se dirige a pagar.

–Son 51.000bs, señora –dice la cajera.

– ¿Cuánto? ¿Por qué tanto? –pregunta sorprendida.

–51.000bs; 6 panes son 39 y los Nestea 12 –explica detenidamente.

–No, chica, tú te pelaste. Ahí dice que el Nestea cuesta 2500bs.

            La cajera, confiada de sus conocimientos, explica que ahí nada cuesta ese precio. Tras 5 aumentos salariales en el 2017, más una inflación acumulada de más del 650%, según el Fondo Monetario Internacional, los precios se han incrementado notablemente, además de estar en una constante fluctuación. “Señora, ¿dónde vive usted?, en este país ni el bolimbomba cuesta 2500”, dice mientras se ríe. La mujer decida se va a donde tomo el Nestea.

–Aquí está. Mira 2500bs. –grita la señora. Mientras señala un cartelito.

            La cajera sonríe. No sabe qué hacer. La cultura del servicio al cliente también escasea en el país. “Mire, señora, si la caja marca este precio, a ese precio lo vendo”, argumenta con un tono de soberbia. Las mujeres discuten. Acusan de llamar al INDEPABIS, ente encargado de la protección al consumidor, cuando otro empleado de la panadería tumba el precio del producto.

–Ey, te vi –grita un hombre que ve toda la escena. Devuelve ese precio. Tú eres un ladrón.

            El trabajador no hace nada. Se ríe. Rompe el papel y lo pisa. Los gritos de los demás clientes se hacen escuchar: abusador, corrupto, ladrón. El joven solo ríe. Responde con cinismo:

–Esta es mi panadería: el Nestea cuesta 6000 y te lo estoy dejando a precio de la semana pasada. Si no te gusta vete a un Mercal.

            En cuestión de segundos la mujer pierde sus estribos y se avalancha hacía el joven. Lo abofetea. Insulta. La cajera no sabe qué hacer, pide al siguiente de la cola que pase. Un hombre mayor sujeta a la señora. La intenta calmar:

–Tranquila, en este país, algún día nos dejarán de gobernar los malandros y todo será como antes.

La primera parada en Caracas

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

“¿Eres de Caracas?”, me pregunta, sonriente, un hombre de acaso 30 años. Está agarrado de la mano con una mujer que, no hay otra, tiene que ser su compañera sentimental. Antes de que mi mente pueda determinar si tengo o no cara de turista, él vuelve hablar: “Nosotros venimos de Puerto Ordaz”. Mi cerebro, que todavía estaba procesando el porqué de su pregunta, activa el chip de todo periodista. “¿Desde cuándo están aquí?”, indago, luego de responderles que sí, que era caraqueño.

–Acabamos de llegar. Quise traerla a ella, que nunca había venido a Caracas –me cuenta el hombre.

–¡¿Y esta es su primera parada?!

–Sí –dice, en coro y entre risas, la pareja del estado Bolívar.

“Bingo”, pienso. Habemus historia.

Alicia Pietri de Caldera se empeñó, desde el principio, en llevarle la contraria a las millones de galerías que, para comienzos de los 70, abrían sus puertas al público a lo largo y ancho del planeta Tierra. La primera dama tuvo una idea que, por contracultural, costaría vender: construir un museo en el que la regla de oro, el lema fundamental, fuese «Prohibido no tocar». Un espacio donde los niños pudiesen seguir los consejos de los nuevos gurús de la pedagogía y empezaran, de una vez por todas, a aprender jugando.

“Lo llamamos museo, pero no se parece a ningún otro”, dijo Alicia tras su fundación en 1982, luego de que un miembro del partido de su marido Rafael (Copei) y por ese entonces presidente, Luis Herrera Campins, le cediera un espacio en Parque Central, complejo caraqueño que nueve años atrás, durante su inauguración, había sido considerado el desarrollo urbano más importante de Latinoamérica.

En pleno 2017 puede que no tenga la estima internacional de antaño, pero Parque Central conserva su grandeza imperecedera, ese latido inmarcesible de un complejo que forma parte del corazón cultural de Caracas. Allí, cerca del Museo de Bellas Artes, del Museo de Ciencias y muy próximo al Museo de Arte Contemporáneo, se encuentra la creación de Alicia Pietri: el Museo de los Niños, dos edificios pintorescos a los que se llega por un boulevard que se encuentra en muy buen estado.

La última vez que habré estado aquí tendría entre seis y siete años, culpa de un plan vacacional. El temor a que unos recuerdos fantásticos queden manchados por la realidad está latente. No es sólo que ya no sea un niño, sino que el país, parece obvio, está mucho peor.

El sitio, a primera vista, luce desolado, triste, dormido. Entro a lo que parece ser una tienda y me recibe una señorita encargada tanto de vender souvenirs como de cobrar la entrada al recinto. Hago preguntas. “Normalmente vienen unas 25-50 personas al día. En vacaciones es cuando más recibimos gente: unas 500 diarias”, me contesta ella, quien había amagado con tener la áspera actitud de un funcionario público cualquiera, pero que termina siendo más cordial de la cuenta. “Tenemos la capacidad de superar esa cantidad de personas en las instalaciones (500), antes era así siempre”, dice, y no logro precisar a qué época en específico se refiere.

Mientras intento pasar por segunda vez la tarjeta de débito para cancelar los 8.000 bolívares que cuesta la entrada, una pareja entra a la tienda. “¿Eres de Caracas?”, me interroga él, y al tiempo descubro que, con el objetivo de que su novia conozca la capital, hicieron un viaje y escogieron como primera parada nada más y nada menos que el Museo de los Niños.

La tarjeta pasa. Tengo mi ticket. Me despido cordialmente de los novios y me dirijo a la otra torre, por donde, según me indica la señorita del mostrador, debo entrar al museo. Un guardia comprueba que haya pagado y me deja ingresar. Subo por un corredor inclinado y, click, ocurre la magia: me siento de seis o siete años otra vez. “Ya he estado aquí”, pienso, mientras me siento como uno de los personajes de la película ‘Querida, encogí a los niños’. Es entrar y comprender la magnitud del sitio, la brillantez de sus creadores y la decisión de la pareja que viajó desde Bolívar: ¿Qué mejor primera parada que el Museo de los Niños?

Adentro, Caracas se congela. Venezuela no está atrasada, tampoco descuidada. Hay, sí, atracciones que no están operativas, pero también carteles bonitos que te explican el porqué: debido a su naturaleza, el Museo de los Niños debe estar en constante actualización y mantenimiento. Y tú te crees el argumento, y te sientes de primer mundo. Adentro no existe tal cosa como Socialismo del Siglo XXI, ni hay mención alguna a Hugo Chávez. De hecho, las computadoras siguen identificando al país como República de Venezuela, sin el Bolivariana. Los bebederos no están operativos, pero ante tanto espectáculo, todo se perdona.

“Yo escucho y olvido. Yo veo y recuerdo. Yo hago y aprendo”. Leo el texto en la pared de la derecha, cruzo la cabeza y veo otra frase: “Prohibido no tocar”. Otra señorita, más bien muchacha, me espera en el puesto de información que está en la primera planta. Me explica que el museo cuenta con dos torres y siete pisos en los que están las áreas de Biología, Comunicación, Ecología, Física y la Aventura Espacial. Me dice que soy bienvenido y que esté atento a los parlantes, pues hay actividades que sólo se abren con cierto quórum.

Adentro, la libertad es plena, el recorrido es anárquico, la interacción es total. Tres lustros después me parece que si el museo ha cambiado, ha sido para mejor. Los recuerdos no se manchan, se optimizan y actualizan. Allí están todavía la molécula, el túnel de colores, el piano gigante, el submarino. Todo en buen estado. Viajo a la luna, conozco el cuerpo humano y me divierto con las ilusiones ópticas que sólo explica la física. Provoca leer, provoca aprender. Mi mente no deja de pensar que el museo es una genialidad, que debe ser uno de los sitios más cuidados de Caracas y que aún 35 años después de su fundación puede que siga siendo un recinto digno del primer mundo.

Tres horas más tarde vuelvo al puesto de información del primer piso con la certeza de que debo volver otro día para pasar, mínimo, el doble de horas allí dentro y hacer un recorrido más pausado, más acucioso. Antes de salir vuelvo a ver a la pareja de Puerto Ordaz, todavía sonriendo. Creo que tenían razón. La primera parada en Caracas debería ser el Museo de los Niños.

Magallanes, por un caraquista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Magallanes es el equipo de las derrotas imposibles, los outs que se pierden y las debacles apocalípticas. La exégesis fatalista del “no se acaba hasta que se termina” y la prueba palpable de que el absurdo existe más allá de Kakfa. Al menos, el Magallanes que yo he conocido. El que con 7 carreras de ventaja -¡7!- y a solo 3 outs -¡3!- perdió una final con Tigres; el que en diciembre de 2008 sufrió un descalabro inexplicable que lo dejó fuera de la clasificación; y el que vive exorcizando los fantasmas de hecatombe que lo rodean en los últimos innings.

Esto, parece, no siempre fue así. Las hemerotecas atestiguan que hubo tiempos mejores, incluso esplendorosos, más temibles que risibles, y cargados de figuras.

Todo comenzó en 1917, en un botiquín de Catia, que era un gueto bares y burdeles. De acuerdo a un diario de la época, un grupo de jóvenes fundó un equipo de beisbol al que le pusieron Magallanes…no se sabe bien por qué. El detallazo de la historia es que nunca hubo registro oficial del nombre.

A partir de ahí comenzó una frenética carrera plagada de desapariciones, reapariciones y cambios de nombre –hasta Oriente se llamaron-, que asentó en sus primeros fanáticos la creencia de que tenían el hado del Ave Fénix y siempre resurgirían de las cenizas. En esos años debutan en la LVBP –seguidos por otra quiebra, para variar– con Alejandro “El Patón” Carrasquel, primer venezolano en la MLB, como pitcher.

Luego de errar por ciudades y estadios, en 1969 por fin hallaron cobijo. Fue en el José Bernardo Pérez de Valencia, en una temporada inolvidable coronada con un campeonato ante Tiburones e inmortalizada en el álbum de las glorias nacionales con el primer título del Caribe para divisa venezolana alguna.

Así se abrió la década de los setenta, de todas, quizás, la más memorable, con 3 títulos y 2 subcampeonatos. Fue la época del “Poder Negro”, una feliz coincidencia de peloteros de raza y casta con fuerza en el madero, en cuyos spikes de novatos habría luego extraordinarios grandeligas como Don Baylor y “La Cobra” Parker.

Terminando la década apareció “El Brujo”, Willie Horton, quien a mediados de la 78-79 tomó las riendas de un Magallanes colista -5to en la tabla- y con su improbable estilo de dirigir lo hizo ganar 21 de los siguientes 30 juegos para titularlos campeones. La guinda la puso en Puerto Rico uno de los del “poder negro”, Mitchell Page, que con un soberbio jonrón en el 9no inning hizo del Magallanes el primer y único equipo venezolano con dos Series del Caribe.

Apoteosis, delirio, júbilo y frenesí. Los magallaneros levitaban como criaturas escogidas, los favoritos de los dioses del beisbol. Lo que no sabían es que a partir de ahí vendría una sequía bárbara y no les quedaría sino echarle agua al caldo de su historia para rendirlo y poder alimentarse de él durante la década venidera.

Los ochenta fueron unos años horribles y hasta 1994 no hubo nada que celebrar, quizás por eso el premio fue tan grande: le ganaron la primera final al Caracas, cosa que repetirían dos temporadas después. Fue el Magallanes de Luís Raven, Álvaro Espinoza, Melvin Mora, Richard Hidalgo, Endy Chávez, entre algunos otros nombres que hoy día siguen produciendo un ligero escalofrío en cualquier espina dorsal caraquista. Se cuenta otro título más en el haber de esa buena década -5 finales y 3 títulos- pero lo verdaderamente importante fue ganarle, y dos veces, al Caracas.

Cíclica como es la historia, a los buenos noventas le han seguido unos medianos dos miles -3 títulos en 17 años, con cinco dolorosos sub-campeonatos, eso sí-, que han metido la finta del resurgir. Los más antiguos recuerdan al Ave Fénix, y a ella se amparan todos.

FANATICADA

Los fanáticos del Magallanes van por la vida de muy populares. Desde que Billo les compuso par de guarachas con pegada, se asumieron, casi, como el culto oficial de Venezuela, la esencia indispensable en la receta clásica de la venezolanidad arquetípica. Solo les falta colgar una jaula con un turpial en el dogout y pasear en hombros a Lila Morillo por el estadio, para completar el rompecabezas del equipo genuinamente venezolano.

Sociológicamente, han sido más populistas que populares. Tienen al pueblo en la boca, su sede en Valencia –cuna del rancio abolengo– y una de las nóminas más altas de la LVBP. La mentada supremacía popular se basa en unas legendarias encuestas que como buenas leyendas muchos citan y nadie precisa y que siempre se estrellan con el hecho de que no son el equipo que lleva más gente al estadio. No en balde han sido los favoritos de los inquilinos de Miraflores, y valgan de muestra los botones de Caldera, Carlos Andrés y Chávez, que de los otros no se sabe.

A falta de poder ser llamados nunca el equipo más ganador de la LVBP -10 títulos son mucha diferencia-, el orgullo Magallanero se edificó siempre sobre la base de haber logrado lo que el Caracas no. Y hubieran podido seguir tan tranquilos en esas, de no ser porque en estos años el Caracas ganó su segunda serie del Caribe, se tituló ante el Magallanes y documentos en mano puso en duda los números de la serie particular.

Las últimas debacles no los han hecho más prudentes, solo un poco más desconfiados. Se reconoce en ellos una cierta aprehensión a creerse las victorias y un desasosiego impenitente cada vez que pasan del séptimo inning. Es un problema de confianza, pero no el único. También está el asunto del orgullo herido y cómo reconstruir el discurso, cosa de dialéctica a fin de cuentas. Lo verdaderamente grave, eso sí, es el delirio de equipo del pueblo, esa fiebre folklórica que en ellos no parece tener cura.

CONCESIÓN

Si algo hubiera que concederle al Magallanes, eso sería la gallardía. Populistas han sido siempre, pero gallardos. Nos han ahorrado la vergüenza del discursito victimista estilo Barca, ese del equipo pobre y humilde que como un David de provincia lucha contra el todopoderoso Goliat de la capital. Y eso, visto lo visto en otras ligas, ya es bastante.

Hugo Chávez o la perdición del poder

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hugo Chávez se fue callado. No pudo pronunciar ese último discurso que cerrara el círculo de sus interminables soliloquios. Su gran pieza retórica, la de despedida, quedó en hipótesis. Ni siquiera pudo decir adiós. Sólo hubo silencio. Un largo e impropio silencio de 87 días. Él, que hizo del gobierno un eterno mitin, que podía hablar sin despeinarse 9 horas seguidas; él, cuyo único talento indiscutible era el de la oratoria, murió en la más discreta mudez.

El oxígeno, al parecer, le faltó en las últimas horas. Sus pulmones de fumador ya no dieron. Pero no fue eso lo que lo mató. Esa fue sólo la consecuencia de un mal que lo aquejó desde mucho tiempo atrás: el poder.

Esa escena inicial, la de él probando y experimentando por primera vez lo que era sentirse poderoso, es imposible de recrear. Difícilmente se pueda saber con exactitud cuál fue ese punto de inflexión, ese hito en su vida. Pero lo cierto es que le gustó. De eso no hay duda. Y así comenzó una carrera desenfrenada que lo llevó a acumular poder como pocos tuvieron en Venezuela.

Chávez era ‘the boss’, el gran beta. Podía hacer lo que le viniera en gana, que es el privilegio de los realmente poderosos. A nadie rendía cuentas, sólo su voluntad bastaba. Desde la pantalla, su sede de gobierno por excelencia, ordenaba, expropiaba, sentenciaba. Era capaz de lo mejor y de lo peor, de darles casa a unos damnificados y de condenar a prisión a una jueza inocente, de becar a niños humildes y de dejar sin empleo a 3000 trabajadores de RCTV, de construir el Cardiológico Infantil y mandar al infierno a un Cardenal que lo criticaba. Gerenciando era mediocre, pero odiando era implacable.

La riqueza y el lujo parecían no atraerle demasiado. Los disfrutó, cómo no. Comió bien, se vistió con ropa fina, usó buenos relojes, se alojó en costosos hoteles y viajó por todo el mundo en un avión de primera. Sin embargo, no parecía darle tanta importancia a eso. Gustarle, le gustaría, pero lo suyo era otra cosa, lo suyo era el poder. Eso sí lo deslumbraba. Eso lo perdió.

Fue habilidoso en reclutar a su personal. Supo leer en ellos frustraciones ancestrales, rencores de cien años, traumas no resueltos, necesidades insatisfechas; y ahí se afincó. A la jueza que forjaba actas la puso a presidir el TSJ, al chofer de metrobús lo llevó a la Cancillería, al economista marxista despreciado por sus colegas de la academia lo nombró Ministro de Economía. Y así creó una corte de eternos agradecidos. No era improvisación, era estrategia, la forma de asegurarse una lealtad inmarcesible. De tener más poder, que de eso se trataba todo.

Manejó a discreción un presupuesto descomunal. Nunca un presidente tuvo tanto dinero a su disposición. Lo repartió, pero sin criterio. Tuvo nobleza en la intención, pero de ahí no pasó. Regaló y no invirtió. Casi todo quedó en humo. Pan para esos gloriosos días de abundancia y hambre para los venideros. Hizo más llevadera de la vida de los pobres, la mejoró en algunos aspectos, pero no los sacó de la pobreza. Afuera usó ese dinero para ganar amistades y establecer alianzas. Como el niño rico de la cuadra pobre, que invita a sus vecinos al club, los mete en las fiestas de su casa y a veces los monta en el carro. Así fue, sobre todo con América Latina y el Caribe. Que haya robado es algo que no consta, que dejó robar a los suyos y se hizo el ‘Don Tancredo’ con las denuncias de corrupción fue evidente. Era de manual: mientras estés bien conmigo, hasta robar puedes, yo te protejo; si te volteas, ya verás. Más lealtad. Más control. Más poder.

Lo tuvo todo. No había quien mandara como él. La nueva ‘dictadura perfecta’, popular y con pinta de democracia, la instauró él. Fidel, su ídolo de infancia, era su pana de adultez, los presidentes de Suramérica lo idolatraban, la izquierda, con sus intelectuales y cantantes, lo mimaba. Líder, hombre fuerte de Venezuela, luz de Latinoamérica, espada de los pobres, azote del imperio, martillo de la oligarquía, heredero legítimo de Bolívar, esperanza del mundo entero.

Estaba en lo más alto, en la cumbre del Olimpo. Y entonces vino el cáncer. Lo que debió ser un ‘cable a tierra’, la ducha helada para bajar la fiebre de grandeza, se convirtió en la gran hazaña que completaría la epopeya y confirmaría que él era un ungido. Y ahí se jodió todo, Zavalita. Porque no fue ni siquiera negación, que todavía. Fue confiar ciegamente en un destino que no estaba escrito, en una propiedad curativa que el poder no tenía, en una inmortalidad que no existía.

Y no hubo quien por su bien le enseñara la roja, lo mandara a las duchas y a descansar. Lo dejaron seguir jugando, a sabiendas que la vida se le iba en ello. Eso fue lo peor. Porque a fin de cuentas él era el enfermo. Podía inventarse fábulas y ficciones, curaciones milagrosas atribuibles los espíritus de la sabana o sueños con un Bolívar que le decía que no moriría. Era comprensible. Pero los otros, los que estaban alrededor suyo, sanos, que sabían lo que pasaba, que veían el deterioro, que lo oían quejarse de los dolores, que lo recogían cuando se desmayaba, ellos, que podían detenerlo, al final resultaron ser el nido de escorpiones del que alguna vez habló Müller Rojas.

El crucifijo lo cargaba siempre en la mano, lo apretaba y besaba cada vez que podía. Peregrinó por cuanto templo y basílica encontró en Venezuela. Dijo que restauraría la Iglesia de La Candelaria, donde reposan los restos de José Gregorio, y que haría un santuario en Táchira para el Santo Cristo de la Grita. A cada santo le prometía una vela. “Estoy aferrado a Cristo”, juraba. Pero en realidad se aferraba al poder. No cedía. Como el joven rico del Evangelio de Mateo, Chávez no pudo desprenderse de lo que tenía -¡es que era tan grande!- para seguir al Jesús que lo llamaba. Pretendió servir a dos señores, poder y Cristo, y eso no era posible. “O aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, había advertido hace casi dos mil años el de Nazaret.

Lealtad tuvo mucha, no así cariño. Porque si lo hubieran querido bien, de verdad, si hubiera habido amor y no temor, afecto y no interés, entonces hubieran impedido que se lanzara al abismo. Que eso al final fue la campaña: un abismo por el que se le terminó de ir la poca salud que le quedaba.

El esfuerzo fue devastador. Ya le costaba caminar. Necesitaba esteroides y altísimas dosis de calmantes para salir en tarima. A cada mitin le seguía una moridera. En cada uno iba dejando un poco de vida. Proverbial fue el cierre en Caracas, bajo el cordonazo de San Francisco. La naturaleza rebelándose, y él guapeando en tarima para que lo obedeciera. La misma soberbia del padre Bolívar haciéndose presente en el hijo putativo. Esa tarde bailó y saltó, y luego no pudo recorrer ninguna de las restantes 6 avenidas.

Al final ganó las elecciones. Lo logró, sí. Aguantó como un varón, también. Pero no le sirvió de nada. “Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿y para quien será todo lo que has acumulado?”. Es la parábola del granero rico que gasta la vida guardando fortuna para él y cuando llega al tope Dios le anuncia que morirá. Es la parábola de la última elección de Hugo Chávez. Porque ni juramentarse pudo. Dos meses después del “triunfo” se fue a Cuba para no volver.

Tuvo una agonía larga y dolorosa. Da la impresión de que la vida se la extendieron más de lo recomendable, sin importar el sufrimiento. Progresivamente fue perdiendo facultades. Por perder perdió hasta el habla. Era un muerto en vida, dependiente de máquinas y cables. Y ni aun así renunció. Ya no podía, tampoco convenía. Así de perverso y retorcido: en lo último de la vida tampoco valió el hombre sino el poder. Sí, el poder, su verdadero amor, su gran obsesión, su definitiva perdición.

Historia de una represión

Por: Valeria Bravo (Estudiante de Primer Semestre de Economía de la UCV)

I

Son las 8 de la mañana del lunes 08 de mayo y estoy en la UCV. Aunque la convocatoria es a las 10, sé que vamos a comenzar con suerte como a las 12 –bendita sea la puntualidad de los venezolanos–, cuando todos lleguen. Veo la universidad sola: con la flexibilización de las asistencias, muchos han decidido no venir.  El ambiente es sobrio pero tenso. Todos tenemos claro que no vamos a alcanzar a unirnos a ninguna de las concentraciones de hoy. Tendremos suerte si salimos de aquí. De hecho, ya nos trancaron Puerta Tamanaco y sabemos que no les importa lanzar bombas al campus con tal de no dejarnos pasar, como pasó el 04 de mayo pasado. Así que esa salida no será nuestra opción.

II

Ya es el medio día y nos estamos concentrando en la plaza techada, cantando con una misma voz y un mismo sentimiento. Poco a poco vamos caminando hasta llegar a la entrada del Aula Magna para reunirnos a esperar nuevas instrucciones. Jamás me había sentido tan orgullosa de escuchar el Gloria al Bravo Pueblo, y, por supuesto, el himno de La Casa que Vence la Sombra, aunque no me lo sé todavía.

Rafaela Requesens (Presidenta de la FCU) y su adjunto Alfredo García dicen que debemos irnos por Puerta Minerva. Allí me doy cuenta de que debería conocer más la Universidad: apenas hoy me entero de la existencia de esta entrada.  Ya varios estudiantes pasaron por ahí y le dieron el visto bueno, así que allá vamos.

III

“Señores soy UCVista desde la cuna,

esta es mi Alma Máter, es mi fortuna,

siempre por Venezuela, los UCVistas van a luchar,

¡LA UCV NO TE VA A ABANDONAR!”

Eso es lo que se escucha en las calles del oeste. Aunque los cantos me llenan de valentía, siento miedo. Es la primera vez que camino por la Av. Victoria –qué suerte que ando con un chamo que se conoce toda esta zona–, y aunque estamos en grupo, no dejo de ver para los lados buscando actividades sospechosas. En fin, debe ser la paranoia.

Nos detenemos, y no alcanzo a ver por qué. Desde adelante nos dicen que Rafaela está hablando con la PNB mientras vemos bajar por el elevado a los murciélagos –ya sabíamos que esto iba a pasar–. Me concentro a ver cuáles podrían ser nuestras vías de escape –otra vez agradezco estar con este muchacho–. Muchos vecinos están tocando las cacerolas, y otros están cerrando los locales. También los de Misión Vivienda nos acompañan: insultándonos, pero nos acompañan.

IV

Veo en cámara lenta cómo salen las primeras bombas hacia nosotros, y aunque sé que correr no es lo que se debe hacer, igual lo hago. Llego hasta una licorería, mientras caigo en cuenta de que dejé de estar con mi muchacho. Me paro unos segundos para respirar dentro de la máscara y escucho cuando él me grita “¡vente!, ¡vente!”. Le agarro la mano –que más nunca le solté– y corremos hasta la bomba de gasolina. Siento el ardor en los ojos y el gas dentro de mí. Pero igual voy a seguir corriendo porque pienso que nada puede ser peor que pararme. Acabamos de encontrar al grupo, todos con el corazón en la mano. Nos echamos agua con bicarbonato, esperamos unos segundos y vemos que siguen lanzando y siguen llegando más y más bombas.

Seguimos corriendo (estoy viendo a un perrito pasar en frente de nosotros y lo único que se me ocurre decirle es “¡corre perrito!”, mientras le paso por encima para no llevármelo por delante) y siguen llegando bombas. Decidimos desviarnos y bajar a la siguiente calle, huyendo de la Victoria siempre. Nos paramos cinco segundos y seguimos corriendo. Escuchamos ‘pam-pam-pam’ y seguimos corriendo sin mirar hacia atrás (yo miro hacia arriba para asegurarme de que nada nos va a caer). Rafaela viene detrás de nosotros, y seguimos corriendo.

Mucha gente cierra las puertas de los edificios. Pero más adelante, mientras nos vamos yendo hacia la derecha, un señor la tiene abierta. Corremos hacia allá y varios se intentan meter, pero el señor no los deja. Estamos empujando y vemos que por la izquierda acaban de llegar cinco motos con dos PNB en cada una. Tienen fusiles de bombas en la mano. “Nos agarraron y nos llevaron al Helicoide”, pienso. Pasan los segundos más largos de mi vida mientras el señor abre las puertas y nos metemos hacia el edificio. Muy valiente, se enfrenta con la PNB y les dice que no pueden entrar y que se queden quietos. Ellos le gritan que se meta hacia adentro y no harán nada. Corremos hasta el estacionamiento mientras los vecinos nos auxilian y les gritan a los policías hasta el mal del que se van a morir.

Estamos ocho en este estacionamiento, pero en otros hay hasta 30. Llamo a mi hermano para ver cómo está y me dice que se encuentra en uno de los estacionamientos. Llamamos al equipo y todos están resguardados en otros estacionamientos también. Esperamos mientras tomamos agua y Rafaela se pone en contacto con su gente para salir de ahí. Pasan 20 minutos, tensos y duros, y salimos para montarnos en dos carros que nos llevarán de vuelta a la universidad. Llegamos y afortunadamente somos los únicos que faltaban. Abrazo a un amigo del colegio que no veía desde hace años lo más fuerte que puedo y nos dirigimos a Odontología, desde donde salimos todos de vuelta a la facultad. Nos sentamos y damos gracias a Dios por estar allí, completos, y no haber sido robados o llevados por los PNB.