Hugo Chávez o la perdición del poder

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hugo Chávez se fue callado. No pudo pronunciar ese último discurso que cerrara el círculo de sus interminables soliloquios. Su gran pieza retórica, la de despedida, quedó en hipótesis. Ni siquiera pudo decir adiós. Sólo hubo silencio. Un largo e impropio silencio de 87 días. Él, que hizo del gobierno un eterno mitin, que podía hablar sin despeinarse 9 horas seguidas; él, cuyo único talento indiscutible era el de la oratoria, murió en la más discreta mudez.

El oxígeno, al parecer, le faltó en las últimas horas. Sus pulmones de fumador ya no dieron. Pero no fue eso lo que lo mató. Esa fue sólo la consecuencia de un mal que lo aquejó desde mucho tiempo atrás: el poder.

Esa escena inicial, la de él probando y experimentando por primera vez lo que era sentirse poderoso, es imposible de recrear. Difícilmente se pueda saber con exactitud cuál fue ese punto de inflexión, ese hito en su vida. Pero lo cierto es que le gustó. De eso no hay duda. Y así comenzó una carrera desenfrenada que lo llevó a acumular poder como pocos tuvieron en Venezuela.

Chávez era ‘the boss’, el gran beta. Podía hacer lo que le viniera en gana, que es el privilegio de los realmente poderosos. A nadie rendía cuentas, sólo su voluntad bastaba. Desde la pantalla, su sede de gobierno por excelencia, ordenaba, expropiaba, sentenciaba. Era capaz de lo mejor y de lo peor, de darles casa a unos damnificados y de condenar a prisión a una jueza inocente, de becar a niños humildes y de dejar sin empleo a 3000 trabajadores de RCTV, de construir el Cardiológico Infantil y mandar al infierno a un Cardenal que lo criticaba. Gerenciando era mediocre, pero odiando era implacable.

La riqueza y el lujo parecían no atraerle demasiado. Los disfrutó, cómo no. Comió bien, se vistió con ropa fina, usó buenos relojes, se alojó en costosos hoteles y viajó por todo el mundo en un avión de primera. Sin embargo, no parecía darle tanta importancia a eso. Gustarle, le gustaría, pero lo suyo era otra cosa, lo suyo era el poder. Eso sí lo deslumbraba. Eso lo perdió.

Fue habilidoso en reclutar a su personal. Supo leer en ellos frustraciones ancestrales, rencores de cien años, traumas no resueltos, necesidades insatisfechas; y ahí se afincó. A la jueza que forjaba actas la puso a presidir el TSJ, al chofer de metrobús lo llevó a la Cancillería, al economista marxista despreciado por sus colegas de la academia lo nombró Ministro de Economía. Y así creó una corte de eternos agradecidos. No era improvisación, era estrategia, la forma de asegurarse una lealtad inmarcesible. De tener más poder, que de eso se trataba todo.

Manejó a discreción un presupuesto descomunal. Nunca un presidente tuvo tanto dinero a su disposición. Lo repartió, pero sin criterio. Tuvo nobleza en la intención, pero de ahí no pasó. Regaló y no invirtió. Casi todo quedó en humo. Pan para esos gloriosos días de abundancia y hambre para los venideros. Hizo más llevadera de la vida de los pobres, la mejoró en algunos aspectos, pero no los sacó de la pobreza. Afuera usó ese dinero para ganar amistades y establecer alianzas. Como el niño rico de la cuadra pobre, que invita a sus vecinos al club, los mete en las fiestas de su casa y a veces los monta en el carro. Así fue, sobre todo con América Latina y el Caribe. Que haya robado es algo que no consta, que dejó robar a los suyos y se hizo el ‘Don Tancredo’ con las denuncias de corrupción fue evidente. Era de manual: mientras estés bien conmigo, hasta robar puedes, yo te protejo; si te volteas, ya verás. Más lealtad. Más control. Más poder.

Lo tuvo todo. No había quien mandara como él. La nueva ‘dictadura perfecta’, popular y con pinta de democracia, la instauró él. Fidel, su ídolo de infancia, era su pana de adultez, los presidentes de Suramérica lo idolatraban, la izquierda, con sus intelectuales y cantantes, lo mimaba. Líder, hombre fuerte de Venezuela, luz de Latinoamérica, espada de los pobres, azote del imperio, martillo de la oligarquía, heredero legítimo de Bolívar, esperanza del mundo entero.

Estaba en lo más alto, en la cumbre del Olimpo. Y entonces vino el cáncer. Lo que debió ser un ‘cable a tierra’, la ducha helada para bajar la fiebre de grandeza, se convirtió en la gran hazaña que completaría la epopeya y confirmaría que él era un ungido. Y ahí se jodió todo, Zavalita. Porque no fue ni siquiera negación, que todavía. Fue confiar ciegamente en un destino que no estaba escrito, en una propiedad curativa que el poder no tenía, en una inmortalidad que no existía.

Y no hubo quien por su bien le enseñara la roja, lo mandara a las duchas y a descansar. Lo dejaron seguir jugando, a sabiendas que la vida se le iba en ello. Eso fue lo peor. Porque a fin de cuentas él era el enfermo. Podía inventarse fábulas y ficciones, curaciones milagrosas atribuibles los espíritus de la sabana o sueños con un Bolívar que le decía que no moriría. Era comprensible. Pero los otros, los que estaban alrededor suyo, sanos, que sabían lo que pasaba, que veían el deterioro, que lo oían quejarse de los dolores, que lo recogían cuando se desmayaba, ellos, que podían detenerlo, al final resultaron ser el nido de escorpiones del que alguna vez habló Müller Rojas.

El crucifijo lo cargaba siempre en la mano, lo apretaba y besaba cada vez que podía. Peregrinó por cuanto templo y basílica encontró en Venezuela. Dijo que restauraría la Iglesia de La Candelaria, donde reposan los restos de José Gregorio, y que haría un santuario en Táchira para el Santo Cristo de la Grita. A cada santo le prometía una vela. “Estoy aferrado a Cristo”, juraba. Pero en realidad se aferraba al poder. No cedía. Como el joven rico del Evangelio de Mateo, Chávez no pudo desprenderse de lo que tenía -¡es que era tan grande!- para seguir al Jesús que lo llamaba. Pretendió servir a dos señores, poder y Cristo, y eso no era posible. “O aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, había advertido hace casi dos mil años el de Nazaret.

Lealtad tuvo mucha, no así cariño. Porque si lo hubieran querido bien, de verdad, si hubiera habido amor y no temor, afecto y no interés, entonces hubieran impedido que se lanzara al abismo. Que eso al final fue la campaña: un abismo por el que se le terminó de ir la poca salud que le quedaba.

El esfuerzo fue devastador. Ya le costaba caminar. Necesitaba esteroides y altísimas dosis de calmantes para salir en tarima. A cada mitin le seguía una moridera. En cada uno iba dejando un poco de vida. Proverbial fue el cierre en Caracas, bajo el cordonazo de San Francisco. La naturaleza rebelándose, y él guapeando en tarima para que lo obedeciera. La misma soberbia del padre Bolívar haciéndose presente en el hijo putativo. Esa tarde bailó y saltó, y luego no pudo recorrer ninguna de las restantes 6 avenidas.

Al final ganó las elecciones. Lo logró, sí. Aguantó como un varón, también. Pero no le sirvió de nada. “Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿y para quien será todo lo que has acumulado?”. Es la parábola del granero rico que gasta la vida guardando fortuna para él y cuando llega al tope Dios le anuncia que morirá. Es la parábola de la última elección de Hugo Chávez. Porque ni juramentarse pudo. Dos meses después del “triunfo” se fue a Cuba para no volver.

Tuvo una agonía larga y dolorosa. Da la impresión de que la vida se la extendieron más de lo recomendable, sin importar el sufrimiento. Progresivamente fue perdiendo facultades. Por perder perdió hasta el habla. Era un muerto en vida, dependiente de máquinas y cables. Y ni aun así renunció. Ya no podía, tampoco convenía. Así de perverso y retorcido: en lo último de la vida tampoco valió el hombre sino el poder. Sí, el poder, su verdadero amor, su gran obsesión, su definitiva perdición.

Historia de una represión

Por: Valeria Bravo (Estudiante de Primer Semestre de Economía de la UCV)

I

Son las 8 de la mañana del lunes 08 de mayo y estoy en la UCV. Aunque la convocatoria es a las 10, sé que vamos a comenzar con suerte como a las 12 –bendita sea la puntualidad de los venezolanos–, cuando todos lleguen. Veo la universidad sola: con la flexibilización de las asistencias, muchos han decidido no venir.  El ambiente es sobrio pero tenso. Todos tenemos claro que no vamos a alcanzar a unirnos a ninguna de las concentraciones de hoy. Tendremos suerte si salimos de aquí. De hecho, ya nos trancaron Puerta Tamanaco y sabemos que no les importa lanzar bombas al campus con tal de no dejarnos pasar, como pasó el 04 de mayo pasado. Así que esa salida no será nuestra opción.

II

Ya es el medio día y nos estamos concentrando en la plaza techada, cantando con una misma voz y un mismo sentimiento. Poco a poco vamos caminando hasta llegar a la entrada del Aula Magna para reunirnos a esperar nuevas instrucciones. Jamás me había sentido tan orgullosa de escuchar el Gloria al Bravo Pueblo, y, por supuesto, el himno de La Casa que Vence la Sombra, aunque no me lo sé todavía.

Rafaela Requesens (Presidenta de la FCU) y su adjunto Alfredo García dicen que debemos irnos por Puerta Minerva. Allí me doy cuenta de que debería conocer más la Universidad: apenas hoy me entero de la existencia de esta entrada.  Ya varios estudiantes pasaron por ahí y le dieron el visto bueno, así que allá vamos.

III

“Señores soy UCVista desde la cuna,

esta es mi Alma Máter, es mi fortuna,

siempre por Venezuela, los UCVistas van a luchar,

¡LA UCV NO TE VA A ABANDONAR!”

Eso es lo que se escucha en las calles del oeste. Aunque los cantos me llenan de valentía, siento miedo. Es la primera vez que camino por la Av. Victoria –qué suerte que ando con un chamo que se conoce toda esta zona–, y aunque estamos en grupo, no dejo de ver para los lados buscando actividades sospechosas. En fin, debe ser la paranoia.

Nos detenemos, y no alcanzo a ver por qué. Desde adelante nos dicen que Rafaela está hablando con la PNB mientras vemos bajar por el elevado a los murciélagos –ya sabíamos que esto iba a pasar–. Me concentro a ver cuáles podrían ser nuestras vías de escape –otra vez agradezco estar con este muchacho–. Muchos vecinos están tocando las cacerolas, y otros están cerrando los locales. También los de Misión Vivienda nos acompañan: insultándonos, pero nos acompañan.

IV

Veo en cámara lenta cómo salen las primeras bombas hacia nosotros, y aunque sé que correr no es lo que se debe hacer, igual lo hago. Llego hasta una licorería, mientras caigo en cuenta de que dejé de estar con mi muchacho. Me paro unos segundos para respirar dentro de la máscara y escucho cuando él me grita “¡vente!, ¡vente!”. Le agarro la mano –que más nunca le solté– y corremos hasta la bomba de gasolina. Siento el ardor en los ojos y el gas dentro de mí. Pero igual voy a seguir corriendo porque pienso que nada puede ser peor que pararme. Acabamos de encontrar al grupo, todos con el corazón en la mano. Nos echamos agua con bicarbonato, esperamos unos segundos y vemos que siguen lanzando y siguen llegando más y más bombas.

Seguimos corriendo (estoy viendo a un perrito pasar en frente de nosotros y lo único que se me ocurre decirle es “¡corre perrito!”, mientras le paso por encima para no llevármelo por delante) y siguen llegando bombas. Decidimos desviarnos y bajar a la siguiente calle, huyendo de la Victoria siempre. Nos paramos cinco segundos y seguimos corriendo. Escuchamos ‘pam-pam-pam’ y seguimos corriendo sin mirar hacia atrás (yo miro hacia arriba para asegurarme de que nada nos va a caer). Rafaela viene detrás de nosotros, y seguimos corriendo.

Mucha gente cierra las puertas de los edificios. Pero más adelante, mientras nos vamos yendo hacia la derecha, un señor la tiene abierta. Corremos hacia allá y varios se intentan meter, pero el señor no los deja. Estamos empujando y vemos que por la izquierda acaban de llegar cinco motos con dos PNB en cada una. Tienen fusiles de bombas en la mano. “Nos agarraron y nos llevaron al Helicoide”, pienso. Pasan los segundos más largos de mi vida mientras el señor abre las puertas y nos metemos hacia el edificio. Muy valiente, se enfrenta con la PNB y les dice que no pueden entrar y que se queden quietos. Ellos le gritan que se meta hacia adentro y no harán nada. Corremos hasta el estacionamiento mientras los vecinos nos auxilian y les gritan a los policías hasta el mal del que se van a morir.

Estamos ocho en este estacionamiento, pero en otros hay hasta 30. Llamo a mi hermano para ver cómo está y me dice que se encuentra en uno de los estacionamientos. Llamamos al equipo y todos están resguardados en otros estacionamientos también. Esperamos mientras tomamos agua y Rafaela se pone en contacto con su gente para salir de ahí. Pasan 20 minutos, tensos y duros, y salimos para montarnos en dos carros que nos llevarán de vuelta a la universidad. Llegamos y afortunadamente somos los únicos que faltaban. Abrazo a un amigo del colegio que no veía desde hace años lo más fuerte que puedo y nos dirigimos a Odontología, desde donde salimos todos de vuelta a la facultad. Nos sentamos y damos gracias a Dios por estar allí, completos, y no haber sido robados o llevados por los PNB.

El violinista que no quiere ser como Dudamel

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

La multiplicación de la gente es el mayor milagro logístico de la oposición y se ha venido repitiendo constantemente desde hace una semana. Como todo milagro que se digne, requiere sufrimiento: el de todos aquellos que entre diez y doce llegan a los puntos de concentración y se hallan prácticamente solos. La imagen de la plaza Francia con apenas personas a las 11:30 de la mañana era tan desoladora como los comentarios de los manifestantes, que parecían a punto de lanzar la toalla porque ‘aquí no hay nadie’, ‘hoy no tenemos fuerza’, ‘así nos van a joder a todos’, ‘la gente no se involucra’, ‘todos están pendiente es de sus trabajos’, ‘hay demasiada gente indiferente’. Los más optimistas explicaban que era día de semana, que sería después de la hora de almuerzo de los trabajos cuando la gente bajaría, que era una convocatoria con demasiados puntos y que cuando todos se unieran entonces sí habría multitud. Sin embargo, la realidad era que alrededor de la plaza se vivía otro día normal de trabajo.

¿En qué momento, Zavalita, se llenó la plaza y hubo gente suficiente para marchar copando los dos canales de la Francisco de Miranda? Llegada casi la 1 de la tarde. ¿Cómo? Ese es el misterio a resolver. De repente apareció gente, y de repente arrancó la marcha, que en esta oportunidad iba rumbo al Ministerio de Educación, despacho de Elías Jaua, a decirle que no a la Constituyente.

II

“Pobrecito, está morado”, exclamó una mujer al ver a Henrique Capriles declarando ante la prensa cuando llegó a Chacaito. No exactamente morado, sino rojísimo, casi fucsia, con trazos blancos de protector y un montón de sudor encima. Fue el Gobernador de Miranda, a la cabecera de la marcha, quien la guio hacia El Bosque, donde sucedió el primer ataque, del que no salió inmune: con los ojos llorosos y ya medio asfixiado, se reunió en mitad de la calle con Juan Andrés Mejía para ver qué hacían. “Este punto es muy malo, no circula el aire y es una sola calle”, explicaba, “yo creo que lo mejor es bajar a la autopista”. En ese momento, entre una bomba y otra, la marcha terminó dividida: un grupo en la autopista y otro en Chacaito, donde por más de tres horas hubo un duro enfrentamiento.

Tanto como la duración (las últimas concentraciones habían sido disueltas de inmediato), llamó la atención el aguante de la gente, que, si bien a unas cuadras del foco de disturbio, se mantuvo casi hasta las cuatro de la tarde resistiendo el embiste de las bombas. Un hombre de cabello blanco, que iba con su camisa en una mano y una piedra en la otra directo al lugar de la confrontación fue el centro de atención durante un buen tiempo. “Primero está mi patria que mi casa”, dijo al consultarle sobre su presencia. Tenía 75 años y ni una pizca de miedo: “Miedo deben tener ellos. Porque no han peleado como unos hombres: pelean como unos cobardes. Cuando matan a una persona, siendo cien, y estando el otro desarmado, eso es un acto elemental de cobardía”.

No era el único anciano dispuesto a pelear adelante. Una curiosa coincidencia se produjo en un cruce: un señor de pelo gris era sacado de allí cargado tras ser herido, mientras otro muy dispuesto le pedía a uno de los jóvenes una bomba molotov. “Es de pintura”, le explicaba el manifestante, sobre las que llevaba en una gavera. “Qué mal”, se lamentaba el hombre, que igual siguió para adelante.

¿Se metieron los cachorros –la banda de menores delincuentes de esa zona– a pelear? La duda fue inevitable al ver la cantidad de niños encapuchados que había ayer en Chacaito, y cuya baja estatura los delataba. “Tengo diez años”, me dijo uno de pasada, aunque en realidad podrían ser menos. “Mi papá me pega y no me quiere.  Estoy aquí por mi cuenta” fue la única respuesta que dio antes de perderse en dirección hacia el humo.

III

En el jueguito del dinosaurio, inmensamente popular gracias al mal servicio de ABBA, Inter y demás operadoras, hay siempre un ave que pasa volando a altura media y obliga a tener que agachar rápidamente al dinosaurio para que no muera. Ayer, eso mismo pasó cerca de la estatua de Martí en Chacaito: un ave hizo agachar, saltar y correr a varias personas. Faltaba un cuarto para las 3 de la tarde cuando el dichoso pájaro sobrevoló lo que en ese momento era zona de guerra. “¡Mosca!”, “Pendiente!”, “¡Arriba!”, se escuchó, y en fracción de segundos había ya escudos levantados, manos en la cabeza, gente caminando agachada de espaldas y otros corriendo. Cuando ese punto negro, centro de todas las miradas, siguió avanzando recto, sin descender ni despedir gas alguno, los suspiros se unieron con las risas y el alivio se hizo presente.

En principio anecdótico, pero tremendamente revelador, ese pequeño incidente fue el mejor termómetro para dar con el grado exacto de tensión que había en Chacaito tras dos horas de duro enfrentamiento entre PNB y manifestantes. No es otra cosa sino la vida lo que se están jugando los que salen a protestar en las calles de Caracas. Y una de esas bombas, según como caiga, puede significar el fin de muchas cosas. Por eso, ninguna precaución parece exagerada.

Ayer, solían ir de cuatro y de a cinco, surcar el aire, caer, explotar y gasear. O caer, herir, explotar y gasear, ya que esas eran las que mandaban hacia donde se encontraba la multitud (y sobre la multitud caían), porque para los jóvenes de la primera línea, los que se enfrentaban directamente con la PNB, las bombas iban de frente a piernas y tobillos, que son las partes que quedan vulnerables ahora que la mayoría tiene escudos de madera. De hecho, durante toda la tarde fueron las tijeras el instrumento más usado por médicos y paramédicos de la Cruz Verde: con ellas cortaban pantalones para descubrir heridas, vendarlas o, en el peor de los casos, confirmar fracturas o fisuras.

Otra constante, tan infortunada como la anterior, fue el robo de cascos, máscaras antigases, bolsos y cualquier pertenencia a los heridos. En medio de la confusión de su llegada, al quitarles los médicos todo lo que tenían encima y ponerlo a un lado de la calle, rápidamente desaparecían para siempre mientras los doctores los atendían. La nobleza y la miseria humana se encontraron ayer, y en grados superlativos, improbablemente cerca en Caracas.

IV

El muchacho tiene 23 años, es moreno y delgado. Viste un pantalón color crema y tiene el torso descubierto. La franela, roja, la usa a modo de capucha para protegerse de los gases. En la cabeza porta un casco pintado con el tricolor nacional y detrás carga la caja de su instrumento. Con una habilidad tremenda, interpreta el Himno Nacional mientras esquiva las bombas. En medio de ese infierno de detonaciones, el Himno se escucha inmenso, conmovedor, celestial. El muchacho tiene los nervios tan templados como las cuerdas de su instrumento. Pero es humano y se encuentra bastante afectado por el gas. Cuando termina, se dobla para escupir. Habla entre jadeos y quejidos. Pero se niega a retirarse. “Estoy aquí porque amo a mi país, y el violín es la única arma que tengo para luchar por él. Toco el Himno porque somos un pueblo que tiene fuerza”, responde. ¿Hasta cuándo? “Hasta que seamos libres. Voy a tocar en las calles hasta que lo seamos”, jura.

Al preguntarle por Armando Cañizales se quiebra. La grabación registra que pasan varios segundos entre la pregunta y la respuesta. Está llorando lágrimas que no son de gas, sino de dolor por el compañero asesinado. “Sí. Yo conocía a Armando. Y a Armando me lo mató este gobierno”. El posesivo lo dice todo. Hay otra pausa larga, esta vez porque tiene arcadas. Pero no vomita. Promete. “Por Armando es que yo voy a luchar hasta que este gobierno salga del país. Porque este gobierno es el que nos ha asesinado”. Otra pausa para escupir. “Nosotros necesitamos un país en el que podamos salir a tocar sin miedo de que nos vayan a robar el instrumento, sin miedo de que nos vayan a matar, y por eso estoy aquí”.

En un instante, la situación en la Francisco de Miranda pasa de tensa a apremiante. Ha retrocedido mucha gente y las luces amarillas de las motos de la PNB se ven más cerca. “Sí. Leí la carta de Dudamel”, responde, “pero no quiero ser como él y tener que esperar a que alguien muera para pronunciarme. No quiero que sea demasiado tarde para salir a luchar por mi país. Yo voy a seguir hasta que todo esto se acabe”. En ese momento, una bomba cae prácticamente en nuestros pies y le pone fin a la entrevista.

V

A las 5 de la tarde, cuando ya la manifestación había terminado, la Plaza Francia de Altamira era una colección de jóvenes lisiados: cojos, golpeados, desmayados, acalambrados, cortados, ‘perdigoneados’, caídos, pisados, quemados, raspados. Quien no tenía un dolor, tenía por lo menos una venda o un yeso. Lo que no les faltaba a ninguno eran historias (más bien hazañas) que contar. Desde el que no se la pensó y se lanzó una de Rambo, se fue solo contra la PNB y logró lanzarles un cohetón (la novedad de ayer), hasta el que atajó en el aire una lacrimógena y la devolvió (dice él) más atrás de los Guardias, pasando por el que perdigones en mano muestra la andanada que recibió y que prendió en candela la bandera que llevaba.

Quien fuera para allá sin saber que son peligrosos terroristas (Reverol dixit) se hallaría bastante confundido al escuchar sus nada temibles logros. Y más confundido aún quedaría si viera lo bien que se llevan, lo cordial que conviven y lo mimados que son por uno de los públicos que más miedo debería tenerles: el de las señoras de bien. Contra todo pronóstico, lejos de generarles terror, asustarlas y alejarlas de la plaza, estos peligrosos terroristas las mueven a la compasión: a esa hora de la tarde hay un montón de ellas auxiliándolos, curándoles las heridas, echándoles bicarbonato, brindándoles analgésicos, colgándoles rosarios, regalándoles galletas, ofreciéndoles agua y jugos, dándoles comida, e, incluso, la bendición, a la que responden ‘amén’, porque lo terrorista, al parecer, no quita lo educado.

OTRAS CRÓNICAS DE PROTESTA

#5A: Tiros, gases y coraje en la autopista

#7A: Resistencia (e impotencia) en la autopista

#8A: Empanadas de pabellón para la guerra

#10A: La resistencia continúa

#19A: Un ataque criminal

#20A: Historia de una post-marcha.

#22A: La conquista del oeste

#24A: Plantón a la violencia

#26A: “A Juan Pernalete le dispararon de frente”

#27A: “Si el pueblo no tiene paz, que la dictadura no tenga paz”

#01M: El derrumbe de dos mitos

#03M: “Los venezolanos no somos este odio” 

El Centro Comercial que fue y ya no es

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Los sábados eternos quedaron atrás. Aquellas largas colas para entrar al estacionamiento y las interminables vueltas para pescar alguno de sus 508 puestos; ese imán que tenía para los caraqueños y aquel encanto que tanto seducía a los jóvenes; la elegancia de sus tiendas de marca y la exclusividad de sus locales nocturnos; los ríos de gente en sus pasillos y la vida que allí se sentía; todo forma parte de un pasado que hoy suena a mito.

El primer gran centro comercial de Caracas, el Chacaito, envejeció mal y pronto, como las vedettes que en aquellos irrepetibles setenta alcanzaron la fama en su teatro de obras ligeras; como las hombreras y las ropas coloridas que tanto se exhibieron en sus cotizadas vidrieras; como la Caracas posible, pudiente y de referencia.   Read More…

La última noche de Harry

Por: Daniela Salcedo

Mi mamá, al ser divorciada y con tres hijos que alimentar, siempre tuvo que ingeniárselas para pasar tiempo de calidad con nosotros. Por eso, cuando éramos más pequeños, convirtió su cama -que siempre fue más grande, más cómoda, más divertida y más fría o caliente (según conviniese)- en un centro de lectura. Cada noche, mis hermanos y yo nos acomodábamos como podíamos para escucharla leernos algo, e imaginarnos cualquier aventura. La más famosa y la más larga de estas fue la de Harry Potter.

El joven mago nos regaló buenos momentos y años de interesantes conversaciones a la hora de la cena. También, ayudó a mi mamá a distraerse con nosotros y a no ceder ante el estrés que implicaba estar 6 meses desempleada; o no saber el destino del país, que vivía un paro petrolero en el 2002. Por eso, en el camino de regreso, luego de buscar nuestro primer carrito, la decisión fue unánime: se llamaría Harry.

Nuestro Harry era un Ford Fiesta de color arena del año 2001. No dormía en el número 4 de Privet Drive, sino en el puesto de estacionamiento B-4 de nuestro conjunto residencial. Y aunque no volara en escobas ni estudiara hechicería en Hogwarts, Harry era mágico. Su llegada significó no tener que irnos en transporte y llegar una hora y pico después de haber salido del colegio, por ser quienes vivían más lejos. Significó cenas improvisadas por el Auto-Mac. Significó también unos 20 minutos de sueño extra en las mañanas; más viajes y salidas; y peleas divertidísimas entre mis hermanos por ver quién se sentaba adelante. Para mi mamá, significó una meta lograda y una etapa superada. Para mis hermanos, un reto para meterse conmigo sin que mi mamá se diera cuenta. Para mí, menos tiempo cargando las bolsas del mercado.

Mi mamá lo compró en febrero del 2001, con una parte de la liquidación de uno de sus trabajos y la mitad del dinero de la venta del apartamento de mi abuela. Costó 7 millones de los de antes, que son 7 mil bolívares de los de ahora; con los que -producto una inflación acumulada de 7931% desde 1999 al 2015- hoy, con suerte, te puedes comprar un par de ambientadores para auto de los más baratos. La historia de Harry Potter se contó durante diez años en siete libros y ocho películas. La de nuestro Harry fue bastante más corta: para septiembre del mismo año, ya no estaba con nosotros.

Aunque no recuerdo exactamente el día, sé que fue entre semana, pues al día siguiente faltamos al colegio, porque casi no dormimos. Eran probablemente las seis de la tarde e íbamos por el semáforo que está justo antes de llegar a mi edificio por la Avenida Intercomunal de Coche, en Caracas. Como mi hermano Aquiles se sentía mal, mi mamá había apagado el aire acondicionado y bajado tres dedos las ventanas para que entrara brisa natural. No lo vimos acercarse, solo lo vimos apuntando a mi mamá con una pistola que introdujo por el espacio de no más de 10 centímetros entre el vidrio y la goma que rodea la ventana.

“No invente que hay niños, ábreme la puerta y ya”, le dijo el empistolado a mi mamá. Ella, sin dudarlo, le hizo caso. El hombre pasó y, justo después, un segundo hombre abrió mi puerta. Yo me arrimé para darle paso. Se sentó y sacó otra arma. El que conducía tenía el cabello medio grisáceo, parecía de unos 45-50 años; el que estaba junto a mí era más joven, quizás de unos 25 – 30 máximo; ninguno de los dos estaba mal vestido.

Apenas mi mamá vio al segundo hombre ubicarse a mi lado, le pidió al secuestrador pasarse para atrás y que yo me sentara en sus piernas. Al principio no la dejó, pero al cabo de un rato, debido a lo incómodo y sospechoso que debía resultar compartir el asiento de piloto, cedió. Una vez atrás, el secuestrador más joven le puso la pistola en la pierna y empezó a pasarla una y otra vez por su muslo izquierdo, mientras la miraba de arriba abajo. Le pidió los anillos y se los metió en la boca. Mi mamá me apretaba con uno de sus brazos, y con el otro sostenía la mano de Augusto, al tiempo que miraba fijamente a Aquiles, que quedó como el copiloto del ladrón. Mis hermanos miraban por sus ventanas por órdenes del secuestrador más viejo. Yo le rogaba al más joven que no nos hiciera nada.

Condujimos por lo que parecieron horas, hasta que llegamos a uno de los barrios de la carretera de Los Valles del Tuy. “Vamos a quitarles la ropa”, propuso el excitado y joven ladrón. “No, marico, yo también tengo mamá”, le contestó el mayor. Nos hicieron bajar. Todos nos quedamos parados, agarrados de las manos, contemplando a Harry desaparecer entre la noche, sin nosotros adentro y nada que pudiéramos hacer. “Mami, los Gameboys… estaban en los bolsos”, dijo mi hermano inocentemente, entre sorprendido y apesadumbrado, ajeno todavía del tamaño de la pérdida -y a la vez de la suerte- que acabábamos de vivir. Mi mamá no le contestó, miró el fondo de la carretera por unos segundos más y se dispuso a buscar ayuda.

Bajamos y atravesamos un arco donde había varias casas de ladrillos y techos de zinc. Por la hora, tuvimos que tocar la puerta de diferentes casas para que alguien nos abriera. Finalmente una señora lo hizo, nos dejó pasar y despertó a su esposo para que nos diera la cola al puesto de policía más cercano. Ahí, un señor que denunciaba un robo nos hizo el favor de llamar un taxi para que nos llevara a casa de mi abuela, adonde llegamos a salvo.

Para el año 2001, el Observatorio del Delito Organizado de Venezuela registraba 60 casos de secuestro al año; cifra que, para septiembre de 2015, aumentó a 1000 secuestros al año, según la misma fuente. Actualmente, en Caracas se roban 95 vehículos al día, según el Ministerio para Relaciones Interiores Justicia y Paz.

No volvimos a ver a Harry, y tampoco hemos logrado reponerlo. Para marzo del 2002 -fecha en la que el seguro nos devolvió el dinero- la inflación, y más de una deuda que demandaba solvencia, redujo la cifra ya vencida. Aunque compramos nuevos bolsos, cuadernos y Gameboys, seguí extrañando las peleas de mis hermanos, los 20 minutos de sueño extra en la mañana y toda la magia de nuestro Harry Ford Fiesta. Su pérdida significó para todos un mal trago de paranoia, rabia, ansiedad y terror que nos persigue y ahoga hasta el presente.

Así se sobrevive en Caracas

“Hay escenas cotidianas en Caracas que nunca dejan de sorprender. Estás frente al volante, atrapado en el tráfico del mediodía, y de pronto sientes un golpe en la ventana. Un motociclista golpea el vidrio con el cañón de una pistola mientras exige: ‘El teléfono o disparo’. Una amenaza similar se repite, con un puñal próximo a las costillas de alguien, en medio del barullo a la salida del metro”. Así arranca una crónica publicada el pasado 04 de diciembre por la periodista venezolana Cristina Marcano en el diario ‘El País’ de Madrid, en la que narra cómo  es (sobre)vivir en una de las ciudades más peligrosas del planeta. “Pocos países te pueden hacer sentir, tan a menudo, como un animal. Pocos, tan primitivo, indefenso y acechado. En Venezuela vivir con temor es imprescindible. No puedes descuidarte un segundo. Nos desplazamos en esta jungla como ciervos acosados por depredadores implacables. Aquí, el canal Animal Planet podría documentar, abundantemente, la coreografía del miedo en nuestra especie. Cuando el venezolano sale de su refugio, automáticamente, entra en estado de alerta. Su lenguaje corporal refleja el nerviosismo de los seres vulnerables, de quienes saben que cada día corren el riesgo de convertirse en la próxima víctima”, se lee en el texto. “Los venezolanos –continúa Marcano– radiografiamos al prójimo con desconfianza, evitamos usar el teléfono móvil en la calle y no solemos acercarnos a orientar a conductores supuestamente extraviados. La aprensión permanente es casi un amuleto. La paranoia, parte de nuestra identidad. ¿Cómo no temer en un país donde los delincuentes han atacado cuarteles policiales con granadas, donde asesinan policías y militares para robarles las armas?”.

Puedes terminar leer la crónica completa aquí.

Otra marcha que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si la vida fuera como las fábulas de Esopo y cada acontecimiento tuviera una lección moral, la que la oposición podría sacar de sus últimos tres jueves de protesta es que dividida no moviliza gente. La fábula de la soledad (por llamarla de alguna manera) podría ser contada por Henry Ramos Allup, cuya voz de abuelo queda muy bien para una historia moralizante, pero como no se le ha visto en ninguno de esos eventos, tendría que ser Stalin González, gordo como una marmota pero fiel como un perro de taller (estamos hablando de Esopo, tiene que haber alusiones animales, entiendan), quien cuente cómo ninguna de las actividades (dos del Movimiento Estudiantil y una de Primero Justicia) llevadas a cabo estos tres jueves ha podido convocar más de 500 personas, y eso siendo generosos.

Ayer había una buena causa (exigir la apertura de un canal humanitario para que las toneladas de medicamentos que aguardan en puerto la venia del gobierno entren al país) y un buen incentivo (el TSJ había prohibido protestar en sentencia dictada la noche anterior), pero no había gente. Apenas y un grupito de camisas y banderas aurinegras que caminaban detrás de una cadeneta de diputados (Marquina, Borges, Guanipa, Olivares, Pizarro, Stalin G) y de un camión. Un grupito que se daba fuerza al canto de una consigna retadora que sonaba a chiste (“Maduro, Maduro / ése es el detalle / hay que echarle bolas / pa’sacarnos de la calle”), y a la que parecía que había que cambiarle la preposición para hacerla veraz: “hay que echarle bolas pa’sacarnos a la calle”. Y efectivamente.

Baste decir que en PDVDSA ni se molestaron en salir, y que en Misión Vivienda apenas y fue una señora la que asomó su bandera roja, pero ni un triki-traki, un matasuegras, una musiquita revolucionaria a full volumen, nada. Indiferencia total. Desprecio absoluto.

Incluso yo, que ayer más periodista que nunca andaba ojo avisor y libreta en mano buscando algún detalle, alguna cosa interesante, algo que anotar y luego contar, cuando tuve en frente, inmenso y tentador, el letrero de la pastelería Tivoli, me dejé seducir. Conste que iba a la cabeza de la marcha y muy por delante de la cadeneta de dirigente, y que la Tivoli no estaba llena. Una pizza, un ojo de buey y un agua fue el botín con el que salí para encontrarme (justo en ese primer bocado de pizza) con una de esas calles que José Vicente soñó en el paro: una que estaba absolutamente normal. Carros iban y venían, las camioneticas (ahora lloro cada vez que las veo) pasaban, la gente caminaba, la vida seguía a su ritmo y yo no encontraba vestigio de marcha alguna.

¿Y el camión?

¿Y la gente?

¿Y los justicieros?

Le pregunté a una liceista (¿o debería decirle colegiala?) de La Consolación si había visto una marcha de gente pasando por allí y me dijo que no.

-¿¡No!? (ojos como dos huevos fritos)

-No, ni idea.

Perdido como siempre, me detuve a pensar dónde era que estaba exactamente y dónde era que queda la Nunciatura, sin encontrar respuesta. Le pregunté a un señor: sube una cuadra y cruza, me dijo. Lo hice con la esperanza de encontrar a alguien de la marcha, pero nada. No había nadie en esa transversal. El tránsito fluido, y todo a su ritmo. Por pura fe en quien me dio la dirección caminé y caminé y caminé, y cuando empezaba a dudar de si me habían mandado adónde no era vi a lo lejos la avenida cerrada. Llegué, y efectivamente: la Nunciatura. Y allí  el montoncito de gente.

Fue en ese momento que caí en cuenta, en verdadera cuenta, de lo pobre de la convocatoria. No voy a exagerar diciendo que se trató de una epifanía, porque tampoco: pequeña se veía; pero sí me sorprendió lo efímero y fugaz de su impacto, incapaz de generar no digo ya una conmoción, siquiera una breve congestión, de dejar algo a su paso. Pero nada. Es que ni basura, ni un afiche. Repito, nada. Como esos aguaceros de Florida, que de repente estallan y de repente escampan y en segundos todos se seca. Así fue. Unos minutos en una pastelería, y ya no había, no quedaba ni el rastro. Como si nunca hubiera sucedido.

Dentro de la Nunciatura, Ocariz, Borges, Guanipa, Pizarro, Olivares y Ángel Medina se reunieron con el embajador del Papa. El cielo encapotado anunciaba tempestad. Desde el camión pedían, rogaban, que la gente se quedara. Los reporteros de la tele improvisaban el set colectivo para tomar las declaraciones, mientras una mujer advertía a alguno de los dirigentes (“pendiente: que ese hombre que está allí con esa cámara es del SEBIN y lleva rato haciéndote tomas”): era un chamito camuflado entre los fotógrafos.  Minutos después salieron los dirigentes. Olivares dijo poco, pero Ocariz, que era la estrella, se envalentonó. “Sean serios, pónganse los pantalones, la palabra vale, cumplan con nosotros”, increpaba al gobierno al tiempo que le exigía a Unasur que hiciera cumplir lo acordado en el diálogo. Entonces, en un segundo, se desató la lluvia. Y en otro segundo, todo se había acabado. Los dirigentes a sus carros, los justicieros a su autobús o al metro, y los periodistas a lo mismo. Sin despedirse, sin decir chao, sin nada. Todo tan efímero como esta otra marcha, la tercera que no fue.

03N: La marcha que no fue

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si al estilo de ‘Good Bye Lenin’ alguna provecta doña de El Cafetal  (perdón por el cliché) hubiese caído desmayada el miércoles pasado al terminar la marcha y se hubiera recuperado hoy en la mañana, sabemos que sus pobres hijos habrían tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para explicarle por qué esa D roja gigante que estaba marcada en el calendario señalando que este 03-N era la fecha límite hubo que correrla unos días más. Pero si pensamos que la doña ya no es de El Cafetal sino de la Avenida Libertador, y que, movida por el efecto balsámico y curativo que tienen las consignas contra Maduro para una opositora tan firme como ella, se despertaba a golpe de 11 de la mañana cuando la marcha pasaba frente a su casa, entonces su vástagos -que, es lógico, tuvieron que dejarla sola porque hoy era su día de compra- habrían tenido que tirar la Harina Pan y el jabón al suelo para socorrer a su madre, quien habría caído fulminada por lo visto en el balcón. ¿Por qué? Porque lo que habría visto al asomarse sería, y como mucho (contemos con el efecto alucinógeno de algún medicamento intravenoso que exagera la percepción) a dos cuadras de personas marchando frente a su casa. Nada más. Eso fue lo que en la mañana de hoy congregó la convocatoria del Movimiento Estudiantil, a la que se plegaron Voluntad Popular y Vente Venezuela. Una protesta que si algo hizo fue dejar en evidencia el estado de paranoia en el que vive la dictadura, que no solo cerró seis estaciones de metro (las que van de Plaza Venezuela a Capitolio), sino que también desplegó un amplio e innecesario número de efectivos de la Policía Nacional y la Guardia Nacional, y hasta apostó a un grupo de partidarios en La Candelaria esperando un ataque que nunca se produjo.

Poco antes de dar las 11, era María Corina Marchado quien llamaba la atención del grupo congregado en El Bosque. Sencilla pero impecable de pies a cabeza, vestida de blanco y siempre seria, declaraba a los medios. Lo hacía bajo un sol inclemente y un extraño enjambre de libélulas (¿caballitos del diablo?), que fueron la constante durante toda la marcha. Siguió en sus trece sobre el diálogo y la ruta de destitución de Maduro. En realidad dijo poco nuevo y al terminar salió disparada de la mano de dos gigantones.

Unos metro más adelante, sobre una pick-up azul, Hasler Iglesias, vestido con la camiseta del equipo de fútbol de la UCV (pero que más bien parecía de Colombia o Ecuador) informaba que se iría la Nunciatura Apostólica a entregar un documento, que todo se haría en paz y tranquilidad. Como diez minutos les tomó organizar a los manifestantes detrás de la pancarta que llevaba la delantera. “Hay más heladeros que gente”, decía entre sorprendido y decepcionado un heladero que veía ampliada su competencia y reducido su público, a la vez que aseguraba que igual seguiría porque “yo sí soy escuálido, no como los otros heladeros que son chavistas”.

Un enjambre de cámaras a lo lejos anunciaba que había noticia: Lilian Tintori declaraba. Más producida que María Corina –rímel, base y boca pintada–, con unas pronunciadas patas de gallo que delataban la vigilia de anoche, y su ya usual trenza rubia, la esposa de Leopoldo, también de blanco, tenía colgado un rosario grande cuya cruz blandía ante las cámaras. Era, dicho sea, la cruz de San Benito, que es la que usan los exorcistas porque, dicen ellos, suele dar mejores resultados en esas lides de sacar demonios. Tampoco dijo nada nuevo, pero insistió en denunciar la situación de Leopoldo y otros presos políticos, confinados en régimen de aislamiento absoluto, sin la posibilidad de ver a familiares ni abogados. Al terminar de hablar Lilian, la marcha ya estaba tres o cuatro cuadras por delante, por lo que ella corrió junto con toda la gente de Voluntad Popular, que, dicho sea, para ser los peligrosos terroristas que dice Maduro, bien normales que parecen y hasta de anaranjado chillón visten como quien no tiene nada que ocultar.

Durante el trayecto por la Libertador todo se desarrolló normal, hasta pasar frente a PDVSA. En la estatal petrolera aguardaba un grupo de unas cien personas vestidas de rojo, con unas gaitas a todo volumen y la consigna “Si se prende el peo / con Maduro me resteo” a voz en cuello. Los separaba de la marcha la Guardia Nacional, y algunos efectivos de la PNB que con un megáfono ordenaban avanzar, recordando, como para que nadie se perdiera, que “su fin es la Nunciatura”. De resto, y salvo dos cohetones frente a uno de los edificios de Misión Vivienda, todo transcurrió en calma.

La poca concurrencia fue comentario general a lo largo de la marcha. “Vengan, bajen, marchen con nosotros. Después no van a poder. El momento es ahora”, arengaba una mujer con una bandera desde la acera a la gente que estaba en una panadería. “No hacemos nada aplaudiéndolos, hay que unírseles. Ellos son el futuro y se la están jugando por nosotros”, continuaba su exhortación. Aplausos fueron los que sobraron en la funeraria Vallés, frente a la cual pasó la marcha. Al hacerlo, el camión calló y todos marcharon con las manos levantadas. Desde los muros del caserón, los seres queridos de los deudos, de riguroso negro y morado, se asomaron para felicitarlos, aplaudirlos y vitorearlos: “Vivan los muchachos”, gritaron.

Quizás unidos por la nostalgia o hermanados por la camaradería, pero seguro recordando que hubo tiempos mejores y convocatorias mayores, algunos de los viejos dirigentes del Movimiento Estudiantil caminaron juntos. Stalin González (gordo), Juan Requesens (más gordo todavía), David Smolansky (ya de fuertecito a gordo), Manuel Olivares (acercándose a la frontera) y Miguel Pizarro (flaco y desgarbado), hoy todos ellos -menos Smolansky, que es Alcalde- diputados de la Asamblea Nacional (las vueltas que dio la vida), recorrieron unidos buena parte del trayecto. No fueron los únicos. También estuvieron José Guerra, Luis Florido, Manuela Bolívar, Juan Guaidó, Gabi Arellano, Freddy Guevara y Juan Andrés Mejía. El protagonismo, sin embargo, era delos estudiantes, que iban a la cabeza de la marcha y no dudaban en hacer de su independencia una consigna: “No soy Capriles / no soy Maduro / soy estudiante que defiende su futuro”.

Y no habían terminado de pisar la Nunciatura cuando ya el Nuncio estaba saliendo. Escoltado por otro sacerdote y dos PNB que poco pudieron hacer ante la avalancha de camarógrafos y periodistas (mea máxima culpa), Monseñor Aldo Giordano escuchó en boca de Hasler Iglesias, presidente de la FCU de la UCV, las peticiones del Movimiento, a saber: libertad para los estudiantes detenidos y perseguidos, que lleguen los medicamentos, y se establezca un cronograma electoral. El embajador del Papa les dio unas palabras, la bendición y la mano, y se dirigió de regreso a la Nunciatura. Antes de entrar fue detenido por una alcabala de Voluntad Popular, que en la persona de Smolansky le entregó una carpeta manila con la petición de que cese la persecución en contra del partido.

Después de eso, poco quedó. La gente de Zurda Konducta fastidiando a algunos dirigentes -“¿cuál es el miedo de contarse?”, le espetaba Manuela Bolívar a la cámara-, pero en plan simpático esta vez. Se habló de organizar otro día una vigilia frente a la Nunciatura, y poco a poco todos se fueron yendo, con la promesa, eso sí, de no abandonar la calle -“la semana que viene tendremos acciones de nuevo”, prometió Iglesias, tras felicitar al movimiento por el logro de haber hecho escuchar su voz ante el Nuncio-. En las inmediaciones de Plaza Venezuela estaba un ejército de Policías y Guardias, con sus escudos y demás equipos antimotines, prestos y dispuestos a restablecer un orden que finalmente nunca se rompió, y quizás tan perplejos como la señora del principio, esperando todos, este 03N, la marcha que no fue.

La joyería literaria de Caracas

Por : Ezequiel Abdala | @eaa17
Fotos: Ashley Garrido | @ashgarrido

“Somos el reducto cultural y educacional más importante de América”. Así de tajante es Carlos Ugueto, librero del puente de las Fuerzas Armadas, quien en su auto-elogio continental mete tanto a la América del norte como a la del sur, y se explaya explicando que eso que allí pasa de lunes a lunes, en Argentina sucede, si acaso, los domingos, y en Estados Unidos se limita a ventas de garajes. No, jura él, no hay en todo el continente algo como esto que los caraqueños tenemos debajo del famoso puente de la avenida que atraviesa Caracas de norte a sur, de sur a norte, de San Agustín a Cotiza, del Mercado de las Flores a El Helicoide.

Ugueto no se equivoca al hablar de reducto. En una de sus acepciones es definido como lugar de refugio y conservación. Y si bien la intemperie de una gran avenida no pareciera ser el sitio más idóneo para preservar libros en buen estado, lo cierto es que allí están conservadas, hablemos mejor de guardadas, auténticas joyas literarias. “Libros que ya no se editan más, que ya no llegan más. Hay hasta Biblias en ediciones de siglos pasados”, dice.

Un primer y somero recorrido permite notar algo que no es posible hallar ya en las librerías venezolanas: variedad. Con solo un vistazo es notable la gran oferta de títulos y géneros, diametralmente opuesta a las hileras uniformes y monocordes que hay ahora en las grandes cadenas de librerías. Autores -y editoriales- que uno lleva años sin ver en ellas están allí, tan campantes. Y no se trata, precisamente, de imposibles: son Tolstoi, Dostoyevski, Balzac o Dickens, por ejemplo, quienes conviven con las novedades del momento.

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“Ahorita lo que está de moda es la ciencia ficción. Los clásicos han ido decayendo un poco, y en su lugar lo que la gente busca son ese tipo de libros, historias de vampiros o de autoayuda”, me dice Javier Colmenares, quien es ya parte de la segunda generación de libreros de las Fuerzas Armadas. Su padre, toda una referencia, comenzó en el negocio en los 80’s, cuando los libros se guardaban en cajones de latón con cadenas y candados. “Era horrible: nos robaban los libros. Los indigentes se orinaban en las noches. Era una lucha constante”, rememora de aquella dura época.

Hoy todo es diferente: los cajones han dado paso a kioscos ordenados, numerados y pintados. El espacio, nacido en la improvisación y crecido en la tradición, adquirió en 2011 la dignidad de un nombre propio –“Resistencia Literaria”, se llama ahora–, luego de una inversión de 8 millones de bolívares del Gobierno del Distrito Capital. Pero no todo es color de rosas: Caracas sigue siendo Caracas y el centro, el centro. Allí, en plena avenida, dos parqueros están a punto de matarse por parar una camioneta. Hay gritos destemplados, insultos altisonantes y una amenaza de muerte: “No va a haber próxima vez, porque par de puñaladas es lo que te voy a meter, mamagüevo”, amenaza, y bien serio, un parquero a otro, yéndose, parece, a buscar el puñal.

“Las mujeres son las que más roban”, comenta Colmenares y su compañera de trabajo asiente. Nos interrumpe un liceísta de camisa azul que viene, en pleno enero, a buscar un libro de Artística que debió adquirir en octubre. “Quiero cambiar”, dice, y el librero le pregunta qué trae. Le da su libro de Artística del año pasado, Colmenares lo revisa, verifica que esté completo, y le hace la oferta: ‘dame éste, más 300 bolívares’. Trato hecho. Ése, el de los intercambios, es otro de los tipos de transacciones que se dan allí, junto con la compra de libros, a la que muchos puestos están abiertos.

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Otro estudiante, éste universitario, pregunta por textos de programación. Colmenares lo lleva adentro, y lo deja revisando. Al rato sale con dos gruesos volúmenes que suman 10.000 BsF. “¿Tienen punto?”, pregunta. “Claro”, le responde. Atrás también quedaron los tiempos en los que sólo había efectivo: ahora en la mayoría de los puestos se puede pagar con débito. Claro que allí los billetes todavía tienen su utilidad, ya que no faltan –más bien abundan– las mesas de ofertas, desordenadas, heterogéneas y variadas ellas, con un libro a cien, tres por doscientos, y precios semejantes.

En lo que sí no hay variedad es en la respuesta a la pregunta sobre quién es el autor extranjero más buscado bajo el puente: Gabriel García Márquez. Después de él, cada quien tienen su nombre J. K. Rowling para unos, Tolkien para otros, Verónica Roth para los demás, Deepak Chopra, Riso y Coelho, la trinidad de la autoayuda, para los necesitados, que son muchos. El libro imposible de conseguir es ‘Rayuela’, por el que todos claman. En cuanto a autores venezolanos, el primer lugar se lo disputan Rómulo Gallegos y Eduardo Liendo –“los que piden en el colegio”, explica uno de ellos–, aunque no faltan los nombres de Uslar Pietri y Herrera Luque. “¡Todavía quedan lectores!”, exclama aliviado uno de los libreros cuando alguien le compra una antología de cuentos de Guillermo Meneses editada por Monteávila. “Pero son pocos”, remata.

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Cuando un motorizado se detiene a preguntar por el Plan de la Patria, Colmenares me hace una infidencia: “Chávez fue un gran vendedor de libros. A nosotros nos fue muy bien con él. Hablaba de un libro y al día siguiente venían muchos a buscarlo. Aquí no tienes idea de la cantidad de ejemplares que se vendieron de ‘Las venas abiertas de América Latina’, o textos de Marx. Incluso de Vargas Llosa, que una vez lo recomendó antes de que se pelearan”. El fenómeno, sin embargo, duró lo que el presidente. “Ya casi no se vende nada de eso. Ni siquiera los libros sobre él, o de Fidel, de repente viene algún estudiante buscando algo de dialéctica, pero parece que el fenómeno terminó”, comenta.

Para explicarme su oficio, me cuenta lo que le pasó hace poco en Tecniciencias: a tres empleados –cajera, vendedor y portero sabio– les preguntó por ‘Las cuitas del joven Werther’, de Goethe, y todos le dijeron que no, que lo sentían mucho, pero que no lo tenían. El libro, no obstante, estaba en uno de los estantes, sólo que titulado simplemente Werther. “Esa es la diferencia entre un vendedor de libros y un librero. Nosotros sabemos lo que tenemos, y somos consejeros, maestros, guías. Hay que tener buena memoria y leer mucho para poder ser un buen librero”.

Entre sus tesoros, Colmenares me enseña un libro de Shakespeare fechado en 1872, y otro más viejo aún, fechado en 1807. Las obras completas de Pirandello y una revista porno de 2007 que mandaron a recoger apenas salió porque Diosa Canales aparece allí con 17 años –“yo le escribí ofreciéndosela, pero nunca me respondió. Está para el que la quiera por 5.000 bolívares”– reposan en su cofre. Luis Olivares, otro librero, me habla de dos históricos libros de historia que tiene en primera edición y en todos sus tomos: uno de la vida Pública de Simón Bolívar y otro de la Batalla de Carabobo.

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En una segunda vuelta, más detenida, se puede observar la pesada ‘Moby Dick’, de Melville (1.000 BsF); la primera edición de Seix Barral de ‘La guerra del fin del mundo’, de Vargas Llosa (800 BsF), el clandestino ‘Archipiélago Gulag’, de Solzhenitsyn; ‘Un hombre’, de la Oriana Fallaci escritora; los famosos y elogiados ‘Tres tristes tigres’, de Cabrera Infante (200 BsF); la voluminosa ‘Historia de dos ciudades’, de Dickens (600 BsF),  el entrañable ‘Un mundo para Julius‘ de Bryce Echenique (600 BsF); el místico ‘Péndulo de Foucault’, de Umberto Eco (1.000 BsF); cuatro novelas y varios cuentos de Faulkner recopilados en una  de las legendarias ediciones de Aguilar (300 BsF), las obras escogidas de un montón de clásicos como Balzac, Flaubert, Dostoyevski, un libro de principios del siglo pasado de un presbítero que firmaba como Juan Bosco y luego sería un popular santo (100 BsF), entre otros muchas otras joyas, desaparecidas de las librerías, pero disponibles, y a precios accesibles, a una cuadra del metro de La Hoyada, en “el reducto cultural de América”, la joyería literaria de Caracas.

Adiós, Andrea

Por: Tomás Marín  | @erpinufitu

Siempre acostumbro a quedarme viendo los créditos de las películas cuando finalizan, pero hoy no puedo. Ya son las nueve y tú, que vives lejos, debes irte pronto a tu casa para tratar de evitar cualquier infortunio en el largo camino.

Si ésta fuese una ciudad normal, hubiese argüido cualquier excusa o estratagema para continuar a tu lado, por lo menos durante una hora más. Te hubiese invitado un helado, un chocolate o a caminar; pero vivimos en Caracas y hay que resguardarse temprano para protegernos de los males mayores, de las desventuras y de las acechanzas que infestan esta capital que, a pesar de todo, aún emana, de vez en cuando (muy de vez en cuando), su toque de magia.

Es divertido hablar contigo, es genial escuchar tu voz vanagloriando las metáforas y símiles utilizados en la película recién disfrutada, que, inteligentemente, da su visión, mediante simpáticos personajes caricaturescos y multicolores, de la complejidad de la mente humana. En mi mano, mientras tanto, llevo conmigo el cartón de cotufas que, lleno hasta la mitad, me da lástima botar y que le ofreceré a mi papá (que siempre tiene hambre) en cuanto arribe a mi casa.

Para ser viernes, hay poca gente en el Centro San Ignacio. Las escaleras mecánicas, fieles a su tradición, se hallan en huelga laboral y, mientras bajamos por su estructura inmóvil, trato de ver, al mismo tiempo, tu pelo amarillo, tus ojos oliva y tu cintillo azul. Estás preciosa, siempre has estado preciosa, pero hoy has superado tu propia marca.

La calurosa taquilla del estacionamiento hoy se me hace más gris que nunca. A su luz de sala de tortura y a sus siempre amargados empleados de caja, se suma el hecho de que, posiblemente, esta sea la última vez que te vea en mi vida. Te ofreces a pagar mi ticket y yo, por no llevarte la contraria (y por miedo a que no me alcance el poquísimo efectivo que llevo), te respondo que sí.

Te acompaño hasta tu carro a través del larguísimo pasillo de columnas pintadas. El mío está relativamente cerca también, solamente medio piso más abajo. Los bombillos largos y blanquecinos nos hacen ver marmóreos y, bajo cierto modo, un tanto tenebrosos. Parecemos dos personajes de Film Noir que van hablando despreocupados mientras la cámara los sigue a través de un espeso travelling.

Hemos llegado y nos abrazamos para la despedida. Tardo unos segundos en asimilar que estás llorando, aunque sé que lo haces porque los cambios que vienen a tu vida, aunque son buenos, son bruscos, muy bruscos. Si por mí fuese, hubiese pasado veinte años allí, encaneciendo contigo aunque mi ticket tuviese cientos de miles de horas de sobretiempo. Pero ya son las nueve y tú, que vives lejos, debes irte pronto a tu casa para tratar de evitar cualquier infortunio del largo camino.

Al momento de salir, veo tu cara a través del cristal semi-empañado, pienso en bajarme y besarte la frente como símbolo (utilizado frecuentemente en los años del Renacimiento) de que confío en ti y apuesto por tu triunfo en lo que sea que emprendas. Siempre te he admirado aunque nunca te lo he dicho. De hecho, te admiré antes de saber tu nombre. Más no lo puedo hacer, la fila de vehículos se mueve y no me queda otro remedio que seguir avanzando hasta salir del estacionamiento. Tu carro plateado se va volviendo cada vez más diminuto al momento en el que, frente al Mundo del Pollo, nuestros caminos se bifurcan y yo parafraseo en mi mente a Cortázar: Adiós, Andrea, adiós.