Lorena Pereira: “Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando era pequeña, en la casa de Lorena Pereira no sonaba un despertador sino un cuatro. Lo tocaba su padre a las 5 de la mañana, y de esa singular manera las despertaba a ella y a su hermana cuando tenían que ir al colegio. Con tales amaneceres, su vocación musical prácticamente no necesita explicación. Todavía menos con el dato de que esa casa estaba en Barquisimeto, la ciudad musical de Venezuela, y de que ese padre que tocaba el cuatro y su esposa eran (son) instrumentistas y cantantes. Una familia musical, como la define ella ahora, en la que hay también tíos y primos dedicados al oficio, y en la que lo extraño hubiera sido que la pequeña Lorena, que a los 10 años cantaba boleros, que pertenecía al Coro Sinfónico de Venezuela y a los Niños Cantores, y que participaba en cuanto festival o concurso musical había en una ciudad cuya fama se debe a ellas ellos, no hubiera sido cantante. Pero lo es. Y ahora, luego de una travesía como corista de artistas archi conocidos y de unas cuantas presentaciones haciendo covers en Miami, donde vive desde 2014, ha decidido que es el momento de sacar su propio disco y mostrarle al mundo lo que tiene que ofrecer.

-¿Cuál es tu meta?

-Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música. Yo no busco reconocimiento de la gente por ‘xs’ cosa, sino que realmente disfruten lo que estoy haciendo. Me tardé un poco en creerme el rollo de que la gente podía disfrutar de mi talento como artista principal porque siempre estuve detrás del artista. Y no por tener baja autoestima, sino porque nunca me lo había planteado de esa manera.

-¿Cómo es la música que quieres mostrar?

-Es una música que deja al descubierto mi personalidad. Yo me considero alegre, optimista y sensible. Y así tal cual como soy va mi disco: va a haber merengue, salsa, reggae, un poco de pop.

-¿Siempre quisiste ser cantante?

Sí. Siempre. Desde niña. Era algo como natural. No fue una sorpresa realmente.

-¿Te venía moldeando la familia?

-Sí. Sobre todo por parte de mamá, donde hasta mi abuela, que era músico. Lo mismo mis tíos. Tengo un primo que estuvo en Salserín. Mis papás son músicos activos actualmente. Cantantes e instrumentistas.

-¿En qué momento descubres o confirmas que tienes madera para ello?

-Eso se dio de una manera súper natural. No recuerdo que me haya sentado un momento o haya puesto mi cabeza sobre la almohada y haya dicho: esto es lo que quiero hacer y vivir de esto. Todo se fue dando de una manera natural.

-¿Qué es la música para ti?

-Es todo. Es mi vida. En mi vida no hay sentido alguno si no existe la música. Es mi refugio. Mis ganas de salir adelante. Mi empuje, mi impulso, mi añoranza. La música ha sido el impulso para todo. En una palabra: todo.

-¿Cuánta música escuchas al día?

-Imposible saberlo. Siempre estoy escuchando música. Si no tengo el radio puesto, puedo estar cantando de forma inconsciente. Mi esposo dice que canto hasta dormida. Escucho reggaetón, ballenato, bolero, bossa nova, música cubana, venezolana, brasilera. Escucho de todo.

-¿Pero debe haber algún género que no te guste?

-Jamás van a encontrar en un playlist mío música grupera mexicana, tampoco trap. No los soporto. El reggaetón antes no me gustaba y, aunque no lo escucho mucho, aprendí a valorarlo un poquito cuando me tocó interpretarlo, porque no es fácil. Ya no lo desecho por completo.

¿Cuál es tu género favorito?

-El pop balada. Ese es el género en el que me muevo como pez en el agua. Que más disfruto. Que me llena. No tengo que estar triste para escucharlo ni me pone triste tampoco. Puede ser una canción de despecho, de desamor, sin embargo no cambia mi estado de ánimo. Es mi favorito tanto para escucharlo como para interpretarlo.

-Hablemos de canciones. Dime una canción que te haga llorar

-Es algo loco pero la canción que me quiebra es un tango que se llama “Nostalgia” porque me trae muchos recuerdos de mi abuela, que me la cantaba.

-…una que te haga feliz

-“Son de la loma”. Porque me recuerda las guatacas que se formaban en la casa. Y me remonta a esos momentos tan bonitos

-…una que te recuerde a Venezuela

-“Venezuela”, literal. No puedo escucharla porque se me parte el corazón cada vez que la escucho.

…una canción que te recuerde a Barquisimeto

-“El retorno”. De Isaac del Moral. Es una canción a Barquisimeto, que interpreté muchas veces de muchachita y hace que se me quiebre la voz, pero no de tristeza sino de nostalgia, de esos momentos bonitos.

-…una que te recuerde a la infancia

-Coye, mira. La de ‘El club de los tigritos’. Ese fue el ‘Somos tú y yo’ de mi época.

…una que te recuerde a la adolescencia

-“Primer amor”, de Servando y florentino.

-…una canción para enamorarse

-“Bachata rosa”, de Juan Luis Guerra

-…una para despecharse

-“Buen perdedor”, de Franco de Vita

-…una que te haga bailar

-“El cuarto de tula”

…una que tengas pegada ahorita.

-No te vas, de Nacho.

-¿Los cantantes son buenos bailarines?

-En mi caso considero que soy una buena bailarina, sin técnica y sin tener que estar haciendo maromas, sino una bailarina que sencillamente deja llevar por el momento. Me encanta sobre todo bailar salsa.

-Hablemos ahora de los artistas con los que has trabajado, porque veo que has sido corista de una cantidad considerable de ellos. Yo te voy a dar el nombre y tú me los describes en una palabra:

-Marc Anthoni

-…fuego

-Marco Antonio Solís

-…caballerosidad.

-Natalia Jiménez

-…sublime

-Alejandro Fernández

-…elocuente

-Farruko

-…una sorpresa. Porque cuando a mí me dicen que voy a trabajar con él yo digo: ‘ok’. Y veo que el tipo canta. Y lo hace muy bien. Y eso fue una sorpresa súper grata.

-Víctor Manuel

-…swing

-Jean Carlo Canela

-…novedad

-Miguel Bosé

-…experiencia

-Rosario Flores

…mira, yo te puedo decir mil cosas de esa mujer, pero lo que más sentí en ella fue el arraigo a su tierra. Ella se siente orgullosa y eso me impactó muchísimo. Es perseverante, luchadora por sus raíces: no tiene que estar haciendo reggaetón ni nada de eso, hay para todos los gustos.

-¿Cuán satisfecha te encuentras en este momento?

-Plena. Plena. Por todas las cosas que he logrado y los proyectos que tengo en camino.

[Puedes escuchar “Ven”, el primer sencillo de Pereira aquí]

Sofía Ímber: “No hay nada mejor que el periodismo”

Por: Ángel Zambrano Cobo
Foto Natalia Brand / Asistente: Anita Carli

A eso de las once de la noche no quedaban empleados en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Un farol de Parque Central iluminaba el nombre del museo sobre la fachada. Por la puerta principal salió alguien con un martillo en la mano. Lo hizo de noche, porque de día probablemente el personal del museo no lo hubiera permitido. A la mañana siguiente todos se dieron cuenta de que alguien había arrancado diez letras a martillazos que dejaron una sombra debajo de las seis palabras «Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Así, “a carajazos”, Sofía Ímber abandonó la fachada de su obra más importante.

“A carajazos… Nadie del museo se enteró cuándo quitaron mi nombre de la fachada”, Sofía Ímber no muestra rencor cuando cuenta esto, ni siquiera rabia. Ella, que dedicó veintiocho años de su vida a un museo que ya no lleva su nombre, narra este hecho como algo del pasado que dejó de tener importancia o que nunca la tuvo; dice, incluso, que esto no le sorprendió: “Ningún acto fascista me es extraño en este momento; el que me hayan botado no me dolió, porque a uno le duelen las cosas según de quien vienen, y eso fue casi un aplauso”.

Todo lo dice con esa voz ronca que va y viene; habla bajito, dice, por los años que trabajó en la televisión. Su metro y medio de estatura comienza con unos zapaticos marrón claro mínimos y termina con cabello corto, como de hombre. Las piernas, la izquierda sobre la derecha, no se descruzan nunca. Sus manos, que son una cédula de identidad, dicen que nació en el año 1924; con la diestra acaricia al perro que se queda sentado a su lado durante toda la entrevista. El otro perro, como quien ya ha escuchado suficientes entrevistas de su dueña, se retira apenas ella responde el «¿qué tal?» inicial.

“Estoy sobreviviendo, como todos los venezolanos”. Sin importar la pregunta, siempre termina por referirse al entorno nacional; su pasado periodístico la lleva siempre por el camino de la realidad. Evoca el oficio acompañándose de un suspiro y una sonrisa: “No hay nada mejor que el periodismo, es una maravilla; lo recuerdo con mucho placer”. Entonces sonríe más intensamente y esa segunda sonrisa tumba, de un golpe y sin permiso, su reputación de dura, de intransigente.

“Sé amar, no sé odiar. Aunque parezca una frase hecha, lo que digo es auténticamente cierto. Me parece horrible odiar; me gusta trabajar con la gente, respetar el trabajo del otro: darles la posibilidad de crecer a todos”. Así, un museo que al comienzo sólo era conformado por ella y los ochocientos metros cuadrados de construcción, ahora tiene veintiún mil metros cuadrados, doscientos doce empleados y una colección permanente de cuatro mil diecinueve obras. La ilusión de darles a los venezolanos el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina se hizo realidad gracias a Sofía Imber; que la convirtió, como dice ella, en “el contemporáneo”.

También en su casa hay algo de ese ambiente; ésta tiene más de museo que lo que tiene de casa: tres esculturas aquí, cinco cuadros allá y algo de artesanía también abundan por doquier; al respecto comenta la entrevistada: “Éstas son obras que he coleccionado durante varios años”. No hay suficiente pared para todos los cuadros; detrás de Sofía hay una estantería que está –del piso al techo– repleta de libros de arte, pero, cubriendo la mayoría de los libros, hay seis cuadros que no encontraron un lugar junto a los otros: éstos cuelgan desde el tramo más alto del estante y parece imposible sacar un libro, ya que los libros son la pared de esos cuadros. “Tengo que levantar los cuadros para bajar los libros de la estantería; es un gran trabajo, pero todo cuesta trabajo”, dice con naturalidad.

Ya va atardeciendo y Sofía Ímber insiste en prender las luces para vencer la creciente oscuridad; se levanta con dificultad, “por la rodilla mala”. Ya menos oscuro todo, se vuelve a sentar junto al perro que todavía parece escuchar con interés, se voltea a ver los libros secuestrados por los cuadros y devuelve la mirada hacia el frente.

Cuando rememora sube los ojos, como buscando su pasado en el techo de la habitación. Por un rato guarda silencio; un silencio que nunca llega a ser incómodo, que no se apresura a romper, y que sólo es interrumpido por los pájaros, que cantan a todo dar antes de que anochezca. “No hay mejor despertar que el de los pájaros; no es como los despertadores. Cuando Carlos y yo teníamos el programa teníamos que llegar al estudio a las 4:45 de la madrugada, poníamos cinco despertadores para no quedarnos dormidos. En los treinta y tres años que tuvimos que llegar a esa hora, nunca llegamos tarde”.

Durante esos treinta y tres años, ella y su esposo Carlos Rangel despertaban al país con el programa Buenos días; “uno sigue consiguiéndose a gente que en aquella época era todavía muy joven y que te cuenta cómo su papá lo sentaba en frente de la televisión a ver el programa. En él no se llegaba a los términos de ahora, de tanta discusión y pelea. Hoy yo preguntaría en el programa cómo debe ser la educación en un país tan rico y tan pobre como Venezuela; el periodista trabaja dentro del momento político en el que vive. Yo tendría invitados que supieran explicar esto que estamos viviendo. Los programas deben ser así, deben tener un sentido, como las instituciones”.

Lo que fue bueno para Buenos días fue bueno para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. “Dirigí el museo como si fuera un periódico porque el museo, como los medios, tiene que estar ahí para la gente. Se pueden leer los cuadros como lees la página de un diario. El que entra en un museo es atravesado por ese museo; aunque no le guste lo que ve, lo observado crea un efecto en él”, esto lo dice con la seguridad de quien dirigió un museo durante veintiocho años. “Nuestro museo tenía la meta absoluta de estar ahí para la gente, de ser para ellos. Quisimos lograr que hubiera un intercambio constante y lo hicimos plenamente; invitamos a la gente del barrio a que viera las exposiciones, hicimos salas especiales para ciegos. El museo fue una institución viva”, aunque todo esto sea parte de su pasado, se sienten en su voz las ganas del presente.

A esa voz no le duele el pasado; pasa por él como se pasa por las páginas que ya se leyeron, que ya aportaron lo que tenían que aportar. “Recuerdo todo de Carlos; me hace mucha falta, fue mi gran compañero de vida, pero no me duele esa pérdida: no es un pérdida porque todavía lo tengo conmigo”. En la cara de Sofía Ímber perduran las sonrisas: su sonrisa; ni ella ni su dueña son dolientes del pasado, porque en todo ve futuro: un futuro que se niega a predecir, o incluso a recomendar. “Los jóvenes saben el papel que tienen que desempeñar en este país, ellos mismos encontrarán su camino sin que nadie se los muestre. Dar consejos es un poco necio, porque nadie hace caso; yo doy consejos y nadie me hace caso, a mí me han dado muchísimos que no he seguido”. De los pocos a los que les ha hecho caso, acaso el único, está uno del escritor inglés Bertrand Russell: «no hay que temer pertenecer a una pequeña minoría». Ella confiesa que esa es su frase preferida: “La uso cada día; si no lo hiciera, no hubiera podido levantar el museo ni nada en la vida. Uno no debe tener miedo de decir cosas distintas, ni de ser diferente. Nunca fui una persona conformista, por eso me han botado de tantos sitios”.

Desde la esquina de ese sofá de cuero azul todo está claro para Sofía Imber; responde todo con la seguridad de sus ochenta y tres años y sólo pronuncia un “no sé” en toda la entrevista. Lleva un reloj en la muñeca derecha y otro en la izquierda, los dos marcando la misma hora: “Eso sí no sé por qué; desde que pude comprarme el segundo, siempre tengo los dos puestos”. Ella mira a los ojos con una sonrisa, divertida ante la pregunta para la cual, por fin, no tiene una respuesta.

Se despide con la misma sonrisa que inauguró al saludar. Casi por accidente suelta algo que suena mucho a consejo y poco a necedad: “Cuando se escribe, a uno le gusta lo que escribió y se hace con honestidad no importa si no le gusta a los demás”.

Federico Santelmo: El ingeniero que se enamoró del teatro

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

Federico Santelmo conoció la viralidad el lunes 13 de noviembre de 2017, cuando la Real Academia Española le aclaró en un tuit una duda un tanto peculiar: “El diccionario académico de americanismos registra las grafías «mamahuevo» y «mamagüevo»”. Días atrás, Santelmo había visto que la RAE estaba respondiendo preguntas y se le ocurrió hacer una consulta que fuese tan jocosa como interesante. Tras un breve ejercicio creativo, la idea que le vino a la mente no fue otra que precisar, a ciencia cierta, cuál era la forma correcta de escribir una de las groserías más utilizadas en Venezuela.

Federico publicó el tuit un viernes y en ese momento algunos de sus seguidores se rieron, un par más le dio like y ahí terminó todo. No obstante, la RAE apareció el lunes siguiente para responder la pregunta y aquello se salió de control: “Cuando veo que me contestan digo: ‘Oye, qué cool’. Di like, las gracias y ya; pero en eso empezaron con like, retuit, like, retuit, like, retuit… Justo en ese momento estaba con Carito y le dije: ‘Mira, como que a la gente le está gustando’. A partir de ahí fue algo absurdo. Dejé de tener control al respecto. Las notificaciones se volvieron locas. Hubo gente que me escribió por Whatsapp diciéndome que le habían mandado el tuit por siete grupos distintos. Después apareció en los portales de noticias. Me metía en Instagram y también estaba allí”.

La singular consulta le había dado la vuelta al mundo, pero, ¿quién era el hombre detrás de la pregunta? ¿Un ingeniero? ¿Un especialista en marketing? ¿El editor y fundador de un medio de comunicación? ¿Un actor de improvisación teatral? El currículo de Federico Santelmo, @fedesiete, decía todo lo anterior. No obstante, las distinciones más importantes de su vida no eran, a decir verdad, los títulos otorgados por la Universidad Simón Bolívar, el Politecnico di Torino o el diplomado realizado en la Universidad Metropolitana. Tampoco el haber tenido un cargo global en Pfizer o haber fundado el grupo @NochesDeImpro. Vista su carrera, las credenciales más significativas de Santelmo eran la maestría en curiosidad y el postgrado en inventiva que había venido cultivando desde hacía más de diez años.

Esas eran las dos características que le daban cierta coherencia a su a priori incomprensible hoja de vida y eran, a su vez, una buena forma de resumir a qué se dedicaba Federico. “Los retos me atraen muchísimo. Crear desde la nada. Me parece interesante construir algo y que luego permanezca. No es que me aburra y cambie, aunque puede ser (risas), sino que me gusta la oportunidad de crear algo desde cero y de utilizar el pensamiento creativo aplicado estratégicamente”.

A principios de su carrera profesional, Santelmo comenzó a pasearse por diversas áreas que le permitían usar ambos lados del cerebro. El hemisferio izquierdo del análisis, la estrategia y el razonamiento lógico; y el hemisferio derecho de la curiosidad, la pasión y el desahogo creativo. “Uno no siempre está claro de lo que quiere, pero si uno va buscando y probando… Ahí está el caso del maestro Abreu: fue político, economista, también fue músico y se dedicó a diferentes ramas hasta que en un momento dijo: ‘Ya va, ¿y si yo combino todo esto? Y así creó el Sistema de Orquestas. Pero hasta que no llega ese instante no sabes [a qué te vas a dedicar]”.

Por mucho tiempo, Federico estuvo probando trabajos y ecosistemas laborales hasta que llegó a la improvisación teatral, momento en el que se dio cuenta de que ese oficio no lo abandonaría más nunca en su vida. ¿Cómo fue a parar a las tablas? La historia es la siguiente: Santelmo vio un día por televisión Whose Line Is It Anyway? y no pudo creer lo bueno que era aquello –“lloraba de la risa”, afirma rememorando su época de estudiante en la USB–. Luego, años después, lo invitaron a ver una obra de Improvisto y le provocó experimentar en ese mundo, pero no hizo nada al respecto. Así pasó el tiempo hasta que el destino lo puso en el lugar y en el momento indicado. Hizo proyectos de marketing precisamente con el fundador de Improvisto y no desaprovechó la oportunidad para preguntar cuándo harían talleres: Federico quería estar en tarima.

“A partir de ahí no paré nunca”, afirma Santelmo. Fue a su primer taller y le pasó como al niño que va a jugar a casa del primo que tiene PlayStation: quedó fiebrúo, con ganas de más. “Como estudiante te sientes muy frustrado, porque, claro, aprendes muchas cosas y no tienes tanto tiempo para ejercitarlas. Entonces, yo tuve la suerte de que apenas terminé el taller una de las estudiantes me llamó y me dijo: ‘Vamos a hacer un grupo nosotros’. Entrenamos con Rey Vecchionacce al principio y luego éramos seis personas como buscando, ensayando, y empezamos a participar en ventanas que estaban abiertas en ese momento”.

Una de esas ventanas era participar en las Improcaimaneras, competencias de improvisación que se hacían (y se hacen) en plazas. Allí, Santelmo y sus compañeros siguieron empapándose en el arte escénico y fueron conociendo más y más gente. Luego empezó el Match de Improvisación en el Ateneo de Caracas y el equipo se inscribió para seguir haciendo shows amateurs. A todas estas, Federico tenía en mente la mítica frase de Malcolm Gladwell: para llegar a dominar cualquier actividad se requieren 10.000 horas de trabajo.

No obstante, Santelmo, para ese entonces (2013), estaba trabajando en Pfizer. Y no sólo eso: al año siguiente rechazaría una oferta de Improvisto para formar parte del elenco porque todavía no estaba dispuesto a dejarlo todo. En la reconocida empresa farmacéutica hacía ‘multichannel marketing’ y él estaba encantado. Le gustaba la organización, el mundo corporativo y su cultura. Ambientes que, según cuenta, lo ayudaron a adquirir muchísimas herramientas a las que aún recurre cuando se tiene que sentar a planificar un nuevo proyecto.

El problema fue que mientras en Pfizer iba escalando posiciones, el país comenzaba a irse en picada. A partir de 2016 él ya ocupaba un cargo global, pero era cada vez más difícil mantener el foco. Su equipo de trabajo residía en Nueva York y él, estando en Venezuela, sentía que vivía en una burbuja.

Desde hacía un par de años Santelmo había estado construyendo en paralelo un proyecto de improvisación teatral (#NochesDeImpro) y en 2017, finalmente, decidió que ya era momento de dejarlo todo. Renunció, agarró su liquidación, la juntó con los ahorros que tenía y se fue a Nueva York, pero no para reunirse con su antiguo equipo de Pfizer, sino para asistir a tres cursos intensivos de improvisación en tres escuelas diferentes. Faltaban, todavía, muchas horas de Gladwell.

Luego de su paso por la Gran Manzana y un par de talleres más en Bogotá, Federico volvió a Venezuela con un mar de conocimientos que ansiaba compartir tanto con sus compañeros de tablas, como con el público en general.

Con más de cuatro años de experiencia, este ingeniero devenido en actor ya dicta talleres de artes escénicas y continúa creando desde el teatro con Noches de Impro, un show que nació en 2015 en La Quinta Bar y que ya ha llegado a diversas salas del país. Su meta, en la actualidad, es educar, enseñar y practicar con cientos (y miles) de personas que quieran atreverse, como él, a estar en tarima y seguir contribuyendo con una industria todavía incipiente.

Luis Eduardo González: “Una condición física no define nuestra vida; nuestra actitud sí” PARTE II

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

[Puedes leer la primera parte aquí]

INTUICIÓN DE MADRE

“Le dieron en la pierna”

“Está herido de bala”. Eso fue lo que le dijo la presidenta del Centro de Estudiantes de la USB a la mamá de Luís Eduardo, en una llamada traumática y accidentada que se cortó no más ser pronunciada la última palabra porque en el Seguro Social de Vargas no había cobertura. “Fue desesperante –cuenta su mamá–. Yo salgo corriendo donde mi mamá, su abuela, y le digo: ‘Mami, mami, hirieron a Luis de bala. No sé dónde’. Pedimos varios teléfonos prestados para llamar a la muchacha que nos avisó, cinco o seis teléfonos distintos, y no había manera: no caía la llamada. No hallábamos ya qué teléfono buscar cuando ella me manda un mensaje: ‘Tranquila. Está herido de bala’. Yo le pregunto: ‘¿Dónde?’. ‘Le dieron en la pierna, la bala entró y salió y rozó solamente carne’. Entonces, yo me quedo tranquila y viajo ese mismo lunes. Llego a las 5 de la tarde a Caracas, y no puedo bajar a La Guaira porque no conozco bien eso por allá. Espero al siguiente día, que un amigo de mi hija me llevó. Llegué a las 7 de la mañana, él estaba enyesado completo en el Seguro. Él pensaba que habían pasado muchas horas. Pero yo le aclaro que no. Él me decía que no lo fuera a dejar solo, que me necesitaba”, recuerda.

Para ese momento, diagnóstico y pronóstico no podían ser más optimistas: la bala no había tocado hueso, apenas rozado carne, así como había entrado había salido y sería cosa de algunos días apenas. “Allí dije: relajado, esto me va a tomar unas dos semanas para recuperarme y luego a la calle otra vez”. Sin embargo, a la madre algo no le cuadraba: “Yo decía, ¿si no le tocó hueso, por qué lo tienen enyesado completo? Y además el pie se lo veía demasiado pálido. Ese mismo día yo le pregunto por qué lo tiene así. ‘Es por la inflamación’, me dice él. Le pregunto si siente los dedos y me dice que no, pero que la doctora le había explicado que eso era normal, y que si en 21 días seguía sin sensibilidad, entones debía ir a terapia. Pero a mí el pie me preocupaba: estaba amarillo y sin color. Los tres días siguientes fue hielo y hielo en esa pierna. Pero al cuarto día, le levanto la sábana y empieza a botar una sangre con muy mal olor, y cuando destapan ya tenían necrosado el pie. Allí sí volaron rapidito: iban a meterlo a quirófano, y cuando llega el estudio dicen que no lo pueden meter porque podría perder la pierna o él morir desangrado, ya que había una arteria afectada. Entonces, lo despachan al Pérez Carreño”.

LA PEOR NOTICIA QUE ALGUIEN PUEDE RECIBIR

“Me estaba muriendo en vida. Me estaba volviendo loco”

Si hay un lugar del cual Luis tiene malos recuerdos, ése es el Hospital Pérez Carreño: “Cuando llegué, me tiraron al suelo en una tabla de esas de los paramédicos. Estuve en el suelo un buen rato. Yo lo que pedía era que me levantaran del suelo. Porque aunque yo no estaba bien, estar tirado me hacía sentir peor”, recuerda. Es allí donde tras una evaluación médica, un doctor le informa que le deben amputar la pierna:

-Cuando me dan la noticia, fue (largo silencio)

-¿Qué te dicen?

-Que me tienen que amputar la pierna.  Fue algo loco porque si me estaban diciendo que al cuarto día me daban de alta y todo estaba bien, ¿cómo me iban a decir que me iban a amputar la pierna? Eso me tumba totalmente. La verdad me estaba volviendo loco. Fue horrible. No tengo palabras para describirlo. Fue como estar otra vez en medio de una balacera y que el blanco volviera a ser yo.

¿Cuál de los dos momentos fue peor: el tiro o la noticia?

-La noticia

-¿Cómo se recibe una noticia así?

-No sé. Es que fue tan fuerte. Tan duro. Y fue así: inmediato. Yo me hacía como el despistado: el doctor me decía que no había nada que hacer, y yo le preguntaba que a qué se refería con eso. ‘Que tenemos que amputarla’. Me estaba muriendo en vida. Literal. Lloré horriblemente. Como no tienes idea. Me estaba muriendo por dentro. Sentía demasiado dolor. Que se me venía el mundo encima. Yo creo que esa es la peor noticia que alguien puede recibir. Es como que se te muera un familiar.

UNA DOLOROSA ESPERANZA

“Yo levantaba la pierna y podía ver a través de ella”

La peor noticia del mundo vino seguida de una esperanza: la conocida de un amigo de Luis hace inmediatamente gestiones para que lo reciban en el Clínico. Allí, una cirujano cardiovascular lo examina y le dice que tiene 95% de la pierna muerta y sólo hay un 5% de probabilidad de salvarla, pero que ella tomaría el riesgo. Ese mismo día, 21 de julio, Luis entra a quirófano a las 2 de la tarde y la cirugía, en apariencia, es un éxito. Esperan las 48 horas de rigor, y la pierna responde. Se abre una esperanza que pasa por el camino doloroso –y hasta tortuoso– de unas curas diarias de dos meses que tenían que ser hechas a carne viva y sin anestesia, y que hicieron que en alguna ocasión Luis se desmayara de dolor: “Yo tenía la pierna abierta por ambos lados: la levantaba y veía a través de ella. Yo veía cómo la doctora metía la mano en la pierna y sacaba músculos que estaban necrosados. Y todo eso en carne viva, con un dolor de la tierra al cielo. Sin embargo, yo pensaba que si todo ese dolor era para volver a caminar y tener mi pierna, pues había que echarle bola. No había de otra”.

Durante todo ese tiempo, Luis Eduardo es testigo de la inmensa precariedad que hay en el hospital –“había gente que moría por no poder costear un antibiótico”–, pero también de la solidaridad con que unos y otros se ayudaban. Sus compañeros de la Resistencia y de estudio, incluidos algunos profesores, vendían malta y chucherías en las afueras del Clínico para ayudarlo con los costos, que eran bastante elevados: “Yo recibía 3 antibióticos 3 veces al día, eran 9 dosis al día. Y costaban entre 300 y 400 mil bolívares; es decir, que yo necesitaba aproximadamente 2,5 millones diarios en medicinas. Pero a mí me llegaron ángeles”, recuerda. Y por tener ángeles, él también procuró convertirse en uno: “Yo estuve súper grave, pero había personas que llegaban a mi habitación a solicitar un antibiótico. Y yo lo necesitaba pero no me importaba. Le decía: ‘mamá, si lo necesita dáselo’. Y así hacíamos. Si teníamos un antibiótico que otro necesitaba, lo regalábamos, porque la verdad es que yo me sentía mal, pero me hacía sentir peor ver que otros morían por no tener un antibiótico”.

Exactamente a una semana de cumplirse los dos meses de la intervención quirúrgica, Luis comienza a sentir un malestar. Son las 3 de la madrugada del jueves 14 de septiembre cuando se despierta temblando. “Tenía taquicardia y un dolor insoportable en el pecho que no me dejaba respirar casi. Además, sentía un frío incontrolable y aunque mi mamá me ponía mantas y mantas no paraba de temblar. La mandíbula se me estaba desviando, tenía los labios blancos y las uñas moradas. Yo sentía que me moría”, narra. A las 4:30 de la mañana logran estabilizarlo y hacer que duerma, pero a las dos horas los síntomas vuelven y más fuertes. “Yo decía: hasta aquí llegué. Era loco, algo que no podía controlar”. 6 mil mililitros de solución -6 litros- recibe ese día. “No te imaginas lo hinchado que estaba. No podía abrir los ojos. No podía ni siquiera hablar, cerrar la mano, nada”. Y cuando por más medicamentos que le ponen no hay manera de que la tensión le suba de 40, los médicos deciden psarlo a terapia intensiva, intubarlo y conectarlo a un respirador artificial: acababa de sufrir un shock séptico. El panorama con el que se encuentran los doctores es desalentador: “El foco de infección –explica una de las que lo atendió– era el tobillo. Allí tenía una mancha negra debajo de la cual había una artritis séptica macabra, que había hecho que ya el pie no estuviera articulado con la pierna. Nosotros tapamos eso, quitamos lo negro e hicimos lo único que se podía: amputar”.

LA AMPUTACIÓN

“Si ya antes me estaba muriendo, allí ya me había muerto”

Entre el jueves 14 de septiembre y el lunes 18 hay cuatro días que a Luís Eduardo se le borraron de la memoria, que sencillamente no vivió. Son cuatro días fundamentales en los que pasa por un shock séptico, un ingreso a terapia intensiva, una intervención quirúrgica para amputarle la pierna, la noticia de que se la han amputado y la visita solidaria de familiares y amigos. Sin embargo, no guarda memoria de ninguno de ellos. Y por eso, cuando el lunes en la mañana se despierta, debe darse cuenta por sí mismo y afrontar completamente solo el insoslayable hecho de que le falta una pierna:

-¿Puedes recordar ese momento?

-Sí. Yo despierto el lunes y poco comienzo a estar consiente, pero aún estaba intubado. En la tarde me extuban y ahí ya puedo yo por lo menos sentarme. Y cuando me siento veo que la cama hay un vacío y cuando quito la sábana veo que la pierna ya no estaba. Y eso fue: si ya antes me estaba muriendo, ya allí me había muerto.

¿Ha sido el peor momento de tu vida?

-Sí

-¿Y estabas completamente solo?

-Sí.

-¿Qué es lo primero que te viene a la mente allí?

-En ese momento yo me pregunto: ¿qué me pasó? Cuando veo que mi pierna no está, empiezo a llamar a los doctores: que por qué no siento la pierna. Yo no aceptaba lo que había pasado. Cuando desperté tenía un vendaje más corto: pensé que era la rodilla, que la pierna se me había partido y la tenía doblada hacia atrás. Eso fue lo primero que me llegó al a mente. Y  yo decía que no sentía la pierna, que la pierna se me había partido. Y un médico de terapia me dice que no: que me la tuvieron que amputar. En el instante no lloré. Fue como entrar en coma. Porque era como que no sentía ganas ni de llorar ni de gritar. Fue una especie de coma. Fue un shock sentimental todo loco, que ni yo mismo sabía cómo me sentía.

-¿Quién es, de los tuyos, a la primera persona que ves?

-A mí mamá. Y lo primero que le dije fue que por qué ella dejó que esto pasara. Porque una de las cosas que yo le había hecho saber a ella y a todos era que si yo tenía que morir para no perder la pierna, que me dejaran morir, porque yo no quería vivir sin una pierna. Fue algo que les recalqué y se lo dije con toda la sinceridad del mundo: que no quería que me amputaran, que me dejaran morir si esa era la solución para yo conservar la pierna. Y cuando despierto y no está, fue así como rencor, resentimiento, de por qué habían dejado que pasara esto cuando yo no quería. En ese momento no entendía que fue la decisión para mantenerme con vida. Y obviamente mi mamá no iba a preferir que yo muriera a salvarme la pierna. Pero la verdad no lo entendía en ese momento: Era tanta rabia, tanto resentimiento. Yo le decía a mi mamá que por qué había dejado que pasara eso, que por qué había dejado me hicieran eso.

AYUDAR, AYUDAR, AYUDAR

“No voy a parar de ayudar al que pueda”

Entre el momento de la amputación y su salida del Clínico pasa casi un mes, en el que Luis Eduardo tuvo obligatoriamente que resignarse a su nueva realidad. Y entre todas las cosas, lo que más le dolía era el fútbol. “Lo único en lo que pensaba, lo que en verdad me agobiaba, era saber que no podría jugar fútbol”, dice. Lateral derecho de toda la vida (“desde que entré en el colegio”) su recuerdo más bonito de ese deporte es, paradójicamente, una derrota 12-1. Pero es que ese uno se lo metieron al equipo de la Escuela de Talentos, el mejor de Portuguesa: “Nosotros celebramos que al equipo más difícil, a los que nos daban clases, le hayamos metimos un gol. Estábamos demasiado alegres y no sé: éramos felices”, rememora. Admirador de Tomás Rincón (“siempre ha llevado el nombre de Venezuela en alto y es un duro”), y de Neymar (“la humidad que tiene ese tipo, berro. Le echa y sabe”), un día se encontró con que ya no podría ser como ninguno de ellos en la cancha: “Era como que me estuvieran quitando la mitad del corazón, porque el fútbol era mi vida”. ¿Cómo se hace, pues, para levantarse y superar algo así? Escrito se lee sencillo, pero es un proceso que toma tiempo. Tal como Luis Eduardo lo cuenta, en su caso la ecuación consistió en dejar de pensar en todo lo que no podría hacer de allí en adelante –el fútbol, por ejemplo– y enfocarse en el mundo nuevo que paradójicamente se le abría, en aquellas cosas que antes no hacía y que a partir de ese momento podría hacer y disfrutar; y entre ellas, una especialmente: ayudar a otros. Esa ha sido su gran motivación y la clave para superar el duro proceso que vivió:

-Los primeros días pensabas en el fútbol y en todo lo que no podías hacer, ¿pero qué pasó luego?

-Logré entender de que la vida no terminaba allí. Que si bien había muchas cosas que ya no podía hacer, había también mil y un cosas que antes no hacía y que ahora podía. Y entendí también que había muchas personas en mi misma condición o en peores condiciones que podían hallar en mí una motivación. Entonces, decidí usar mi situación para motivar a otros, para ser una referencia de inspiración y de lucha para muchos. Porque una condición física no decide nuestra vida. Nuestra vida la define la actitud que tomamos frente a las adversidades, y eso es lo que ahora tengo clavado en la mente, y no voy a parar de ayudar al que pueda: aquí estoy haciendo todo lo posible para ayudar a aquellos que estén dentro de mis posibilidades. Y es lo que me ha ayudado a superar la pérdida de la pierna: encontrar en la ayuda a los demás un motivo, que es lo que más me llena.

-Entiendo que eres creyente, ¿esta experiencia afectó tu relación con Dios?

-Yo estuve resentido los primeros días, porque yo le pedía demasiado a Dios que no me tuvieran que amputar la pierna, y lo que le preguntaba era por qué. ¿Por qué a nosotros, que lo que estábamos era luchando por una causa buena? ¿Por qué a mí, que desde pequeño vengo haciendo actividades benéficas, que he hecho cosas buenas por otras personas? Yo decía: ¿por qué a las personas buenas les tiene que pasar esto, y hay otros que son unos monstruos y están disfrutando de una vida plena?

-¿Y lograste hallar la respuesta?

-Mira, como te digo los primeros días yo ni quería saber nada de Dios. Hubo una fractura demasiado grande con Él: yo decía que no existía y tenía una rabia demasiado grande, pero después entendí que fue necesario que yo pasara por esto para comprender muchas cosas y que Dios manda sus mejores batallas a sus mejores guerreros. Hoy me encuentro aquí y Dios me ha dado una cachetada como diciéndome: mira todo lo que te estoy mandando en recompensa por lo que pasaste. Y la verdad es que la recompensa y el aprendizaje han sido demasiado grandes.

-¿Qué cosas has aprendido?

 -Que la vida no termina por situaciones. Yo perdí una pierna y pensé que hasta allí llegaba mi vida, que iba a ser un estorbo, y ahorita entendí que una condición física no es limitante para nadie. Ahora puedo hacer mil y un cosas, llegar a más personas, y el cambio que quise hacer en Venezuela, ahora estoy llevándolo de persona en persona y con el favor de Dios ahora  serán miles a los que voy a poder llegar a raíz de esto. Ahora veo la vida distinta y la valoro como no tienes idea.

-Si el Luis Eduardo de ahorita pudiera tener en frente al del año pasado, ¿qué consejo le daría?

-Que se diera cuenta de todo lo que puede hacer sin necesidad de pasar por una situación tan grave. Que aunque no tenemos mucha diferencia, ahorita soy una mejor persona de lo que era antes. Pero que pudiera serlo y llegar a serlo sin tener la necesidad de pasar por una tragedia como esta.

-¿Esto ha logrado sacar una mejor versión de ti?

-Totalmente.

-¿Qué es lo más importante de la vida?

-La familia. Y no incluyo solo la de sangre, sino también a los amigos. Los amigos en mi vida han jugado un papel fundamental. Yo soy demasiado pana. Siempre lo he dicho. Yo no tengo enemigos: yo tengo amigos innumerables, y ahora muchísimo más: tengo amigos más íntimos, que son mi familia, pero la familia de amigos se sigue extendiendo cada vez más. Y he llegado a conocer a una infinidad de personas increíbles.

EL ABRAZO DEL PERDÓN

“Si lo tuviera en frente le daría un abrazo”

No tener puesto el cinturón de seguridad fue lo que provocó el reencuentro de Luis Eduardo con Poli Vargas, el cuerpo oficial de donde salió el hombre que le disparó. Ver el uniforme le revolvió (y devolvió) todos los malos recuerdos. “Me daban ganas de vomitarles en la cara. De decirles todo lo que sentía. Sacar toda la rabia. Sin embargo la mamá de una amiga que iba con nosotros me hizo entender que esas son las piedras que Dios me pone en el camino para que entienda que nosotros debemos diferenciar al bueno del malo, y que sin duda alguna nosotros seguimos siendo los buenos a pesar de que los malos están claros de que son malos y que les gusta ser malos”.

-Ahora, Luis, si tuvieras en frente no a algún oficial de Poli Vargas, sino directamente al hombre que te disparó, ¿qué le dirías?

– (Silencio). No sé, suena extraño, pero créeme esto: le daría un abrazo. Y le diría que qué lástima que en ese momento haya tomado la decisión de disparar. Porque yo fui el blanco, pero también pudo haber sido su hermano, su hijo o algún familiar. Y ya que está a tiempo, hasta lo ayudaría a cambiar de forma de pensar, porque todos en el fondo, muy en el fondo, tenemos dentro a la buena persona que podemos ser, y lo que hace falta es que, en cierto modo, como en este caso, alguien ayude a sacarla de ese fondo y a darse cuenta de que es, de que puede ser, una buena persona. Pero sin duda, también lo pondría detrás de las rejas ya que debe pagar por lo que hizo. Igual, bueno, la justicia que no hace el hombre la hace Dios. Hay un Dios muy grande que mira hacia abajo y que todo lo sabe.

[PS: Luego de la entrevista, Luis Eduardo, gracias a un crowfounding, pudo recolectar el dinero para comprar la próstesis de pierna que necesitaba para volver a caminar. Ahora que puede hacerlo, se dedica a realizar actividades benéficas en pro de otras personas que han pasado por situaciones como la suya. Se le puede seguir en Instagram a través de la cuenta: @luisedgonzalez]

Luis Eduardo González: “Yo sentía que protegía a la gente” PARTE I

Las dos veces que se vio cara a cara con la muerte, Luis Eduardo González (19) tuvo muy presente la frase que estaba escrita en uno de los varios escudos que tuvo, y que decía, debajo de una estampa de la Virgen del Valle, que ‘si uno muere haciendo lo correcto, sabrá que su muerte no fue en vano, porque habrá logrado algún cambio’. De autor desconocido, la frase fue para él consuelo y alivio la madrugada en la que, para disolver un trancazo en el que participaba, un efectivo de Poli-Vargas le disparó un tiro en la pierna que casi lo desangra, y luego, también, cuando un shock séptico, sufrido de madrugada dos meses después, lo llevó a terapia intensiva y obligó a amputarle la pierna. “En esos momentos yo recordaba lo que decía mi escudo y pensaba: al menos estaba haciendo algo bueno. No me dieron un tiro robando o por andar en algo indebido, sino por estar luchando por lo correcto”, rememora sentado en el sofá de un apartamento en Las Acacias este joven de 19 años, una de las tantas víctimas anónimas de la represión gubernamental durante las protestas que sucedieron entre abril y julio de este año, y quien tuvo a bien compartir su historia con el equipo periodístico de Revista OJO en una extensa y enriquecedora entrevista cuya primera parte puedes a continuación

Por: Ezequiel Abdala |@eaa17

Esta es una historia cotidiana y a su vez extraordinaria. Una historia de la calle, que me pudo suceder a mí que la escribo, a ti que la lees, o a cualquier persona que entre abril y julio haya salido a protestar contra la dictadura. Le terminó pasando a Luis Eduardo González, un joven cuya biografía puede ser la de cualquiera de su generación: nacido en marzo 1998, año fundacional de la revolución, vivió con su familia en Sanare, estado Lara, hasta cumplir la mayoría de edad, cuando en procura de estudios superiores y de una mejor calidad de vida dejó el terruño materno. Comercio Internacional fue la carrera elegida y el núcleo de la USB en Vargas el lugar donde estudiarla, por lo que se residenció en Naiguatá, donde alternaba los estudios con el trabajo de bar tender en el club Tanaguarenas los fines de semana. Tranquila pero llena de inconformidades era su vida (así la describe él), porque aunque nacido en revolución (hijo cronológico de ella, de hecho)  vino al mundo con un espíritu crítico que le impedía estar conforme con la realidad. “No poder salir a la esquina con el teléfono sin tener el miedo de que te lo roben, no poder estar en la calle después de las 10 de la noche porque no hay garantía de que vayas a llegar con bien, ver gente pasando hambre y muriendo de desnutrición, comiendo de la basura, a profesionales con salarios de miseria…” eran las principales razones de su insatisfacción, esa que lo llevó a salir a protestar en la calle apenas se le presentó la oportunidad.

LA PRIMERA MARCHA

“No me asusté sino que me dieron ganas de ayudar”

19 de abril de 2017. Es el día cuando una marea humana se lanza a la autopista y es reprimida con una ferocidad criminal. Es el día en que la gente, desesperada, se arroja al Guaire para escapar. Es el día de las decenas de asfixiados y heridos. Es el día, también, de la primera marcha de Luis Eduardo. “Yo fui como cualquier chamo, como sociedad civil, porque todavía no me había unido a la Resistencia. Estuve detrás de ellos y vi muy de cerca la brutal represión, todo lo que pasaba”, rememora. Contrario a lo que pudiera pensarse, el horror no lo intimidó sino que lo impulsó: “No me asusté sino que me dieron ganas de estar allí adelante y ayudar: yo decía que podía hacer algo más, ser uno más que estuviera al frente y relevara a alguno que cayera. Lo que pasó en esa marcha me motivó demasiado”. Tanto, que dos días después, el viernes 21 de abril, se unió formalmente a la Resistencia: “Yo simplemente salí, alguien me regaló un escudo, y me uní”. Así de fácil.

En su primer contacto serio con las lacrimógenas –“ese día yo no tenía máscara ni nada, y me cubría era con una franela” –, quien le vino a la mente fue su hermano: “Él estuvo 5 meses en una escuela militar, y cuando me hablaba de las lacrimógenas me decía: ‘tú sientes que es un humo que te va a matar’. Y ese día, cuando estaba al frente, yo decía: ‘mi hermano tenía toda la razón del mundo’”. Ese viernes de asfixia –“yo no duraba ni 5 minutos al frente cuando ya me estaba ahogando”– Luis Eduardo entraba y salía constantemente de la zona de combate para tomar aire. Es en una de esas salidas cuando se consigue con sus compañeros de clase: “Cuando los vi, dije: ‘con ellos me quedo’, y me uní al grupo de choque de la USB como tal”. A partir de allí comenzó una nueva etapa en su vida.

LA PLEGARIA DEL ESCUDERO

“Nunca salíamos sin hacer la oración y darnos un abrazo”

Aunque su primer escudo lo recibió por casualidad, en Luis Eduardo estaba acendrada la vocación de escudero: “Era como tener la vida de muchas personas en tus manos. Yo sentía que  protegía a la gente y que ellos se sentían protegidos por nosotros: porque los perdigones pegaban en mi escudo, y no en el ojo o cuerpo de alguien más”. Como escudero tuvo varios escudos, que solía esconder en el techo de un kiosco que estaba en Chacaito. Sin embargo, hubo uno que lo marcó: tenía una imagen de la Virgen del Valle y una frase que le llegó desde que la leyó por primera vez: “Si uno muere haciendo lo correcto, sabrá que su muerte no fue en vano, porque habrá logrado algún cambio”, y que luego tuvo siempre presente.

Como grupo de choque, su función comenzaba con el conflicto. Se mantenían entre los marchistas, y una vez que las movilizaciones se topaban con los cordones de la GNB o la PNB y arrancaba la represión, allí salían ellos al frente. Lo hacían entre vítores y aplausos, como verdaderos héroes. Y ese es, de hecho, uno de sus recuerdos más felices: “Era una de las cosas que más me gustaba: recibir el aplauso de las personas desde atrás, y que todo el mundo te bendijera. No sabes la cantidad de crucifijos que tenía en el cuello, de gente que me los colgaba. Las abuelitas que me abrazaban y me besaban. Eso me llenaba demasiado porque yo sentía que ellas estaban seguras con nosotros. Que tenían todas las esperanzas puestas en nosotros. Y eso  era lo que nos hacía estar allí al frente”.

Estar al frente significaba, también, vérselas con los militares y los policías. “Yo sentía una total lástima por ellos, al ver cómo desperdiciaban su vida en eso: que su historia profesional fuera enfrentarse a unos chamos con escudos de madera. Lo veía y pensaba: qué pena dan. Pensar que en el mundo hay ejércitos que se baten en guerras, en cosas más serias. Y ellos, que también estaban pasando por lo mismo que nosotros, desperdiciaban su carrera así. Nuestros escudos eran más fuertes que la moral de cualquiera de ellos”, reflexiona. “Pero yo no sentía miedo, sino ganas de proteger”, explica.

-Dame 3 imágenes o 3 momentos de aquellos días de resistencia…

-Un abrazo de grupo. Una oración antes de salir. Y un saludo que era como el de pelotero, que hacíamos siempre al salir: chocar el casco de la cabeza con el del escudero que teníamos más cerca. Era algo que siempre hacíamos. Nunca salíamos sin hacer la oración, darnos un abrazo y chocar el casco, porque nunca sabíamos si íbamos a regresar.

-¿Qué pedían en esta oración?

-Que Dios escuchara nuestras plegarias, y que, sabiendo que nosotros estábamos luchando por el bien, se nos diera la oportunidad de lograr el cambio sin necesidad de que hubiera tantos sacrificios humanos.

-¿Te tocó que algún compañero no regresara?

No. Nunca. Hubo muchos heridos y eso. Pero todos regresamos siempre, gracias a Dios. En nuestro grupo hubo uno que tuvo fractura de cráneo por una lacrimógena; otro que recibió un disparo cuando mataron a Fabian Urbina; el que arroyó la tanqueta era de la universidad también. Pero gracias a Dios siempre volvimos todos. Y ninguno murió.

-Eran muy unidos, entonces…

-Allí al frente éramos como una familia: todos cuidábamos de todos, y todos estábamos pendiente de que nadie cayera. Por eso el 21 fue una inspiración tan grande. Allí dije: este es mi lugar y de aquí nadie me saca. Me sentía como en casa estando al frente, porque sentía que estaba luchando por lo correcto.

AUMENTA EL PELIGRO

 “Yo dije que iba a estar hasta el fin”

El 06 de julio, en el Distribuidor Altamira, Luis Eduardo fue herido por varios perdigones. Hasta el balazo, ese había el momento más angustioso de la protesta: “Fue algo tan inesperado. Estábamos bajando por el Distribuidor. No teníamos ni 10 minutos caminando, y de pronto vimos que la gente corría, pero no veíamos gases ni nada. Y de repente la GNB llegó en moto disparando perdigones a todos. Fue brutal: demasiados disparos. Fuimos decenas los heridos: señoras mayores que cayeron, chamos. Una cosa loca”, recuerda. En total, recibió 12 impactos en todo el cuerpo. “Pero yo lo tomé relajado”, dice, al punto que pidió que no le avisaran a nadie de la familia. Su madre, sin embargo, lo intuyó: “Ese día yo tuve el sueño de que estaba muerto en una barricada. E inmediatamente cuando amaneció lo llamé. Ya estaba herido, pero no me lo dijo”, cuenta. Y es que hasta Sanare, donde vivía, le llegaba la información: “Cada vez que salía al abasto, al supermercado, sus amigos me decían: ‘Mira Chucho anda metido en las barricadas’. Y yo les decía: ‘Sí, yo no sé en qué piensa. Sé que él está inconforme con lo que pasa, pero él tiene que ver que los políticos no le ha dado el tamaño que tiene: ése se lo he dado yo con mucho sacrificio”.

Pero Chucho, su Chucho, pensaba en cualquier cosa menos en abandonar la calle. “Nunca pasó por mi mente dejar de salir. Yo dije que iba a estar hasta el fin de los días, cuando lográramos el objetivo”. Palabras más, palabras menos, esa fue su respuesta (y la de sus compañeros) cuando los líderes del grupo de la USB los reunieron para preguntarles qué hacer dado el aumento salvaje de la represión. “Nos plantearon dejar de salir o disminuir las salidas: y las disminuimos. Porque ninguno se veía en casa viendo como caían los demás. Todos estábamos decididos a seguir saliendo, y comenzamos a hacerlo dos o tres veces por semana”

AQUELLA MADRUGADA

“Allí dije: ‘morí’”

Plebiscito y hora cero. Eso dijeron los políticos, aunque no explicaron exactamente en qué consistía aquello. La lógica decía que se trataría de una fase superior de lucha, y fue por eso que la propia madrugada del 17 de julio, Luis Eduardo y su grupo salieron a trancar el puente de Naiguatá: “Decidimos hacerle frente al llamado de que había de empezar la Hora Cero como tal y montamos una barricada en el puente que conecta Vargas con Naiguatá, entonces llegó la Guardia Nacional, pero no eran nada agresivos. De pronto apareció la Policía del Estado Vargas, una especie de grupo comando que ellos tienen, que en Vargas es conocido y al que todos le temen, que se le conoce como el grupo de Goncalves. Yo no los conocía porque era nuevo en la zona, pero todo el mundo decía: ‘nos van a matar, llegó el grupo de Goncalves’. Y así fue: ellos bajándose de los carros y disparando a diestra y siniestra”. Era aproximadamente la 1:30 de la madrugada cuando la bala impactó en su pierna.

-¿Qué se siente que a uno le den un tiro?

-Es horrible. La verdad es que no hay palabras para describirlo. Tú sientes que vas a morir en el primer instante que recibes el tiro.

-¿Qué diferencia hay entre el tiro y el perdigón?

-El perdigón te duele al rato cuando ya despiertas, y la bala te está avisando que vas a morir en el instante, inmediatamente.

-Puedes recordar lo que pasó inmediatamente después de que recibiste el balazo…

-Al recibirlo, perdí la vista: casi ni veía. Luego, quedé sordo: no escuchaba nada. Era como un sonido que me aturdía desde adentro: yo hablaba y ni yo mismo me escuchaba. Y no habían pasado ni diez segundos cuando me desmayé. Allí dije: ‘morí’. Porque sentía cómo me estaba desvaneciendo. Una sensación horrible.

-¿Qué pasa luego?

-Mis compañeros, arriesgando su vida, porque los policías no dejaban de disparar, me agarraron, me cargaron, me montaron en una moto y me llevaron al dispensario de Naiguatá. Yo despierto allí, despistado y sin noción de lo que estaba pasando: veía a todos corriendo y no entendía nada, porque aún no escuchaba. Fue al rato cuando comencé a hacerlo y fue peor: oía que decían ‘se nos va’, que no se podía parar el sangrado, que la bala había roto una arteria. Y cuando me levantaban la pierna yo veía cómo salían los chorros de sangre. Me habían colocado un torniquete pero no había sido efectivo, porque el sangrado era muy grande. Cuando logran parar el sangrado, llaman a una ambulancia, que llegó como hora después, pero se espichó pasando la barricada y tuve que esperar como hasta las  5 de la mañana a que llegara otra.

-¿Creías que te morías?

-En ese momento sí.

-¿Y qué siente, qué piensa uno, cuando cree que se muere?

-Yo pensaba, dentro de mí, que me estaba muriendo y presentía algo súper malo. A mi amigo Luis Reyes, que estuvo en todo momento conmigo, yo le preguntaba si me iba a morir, que me dijera la verdad. Yo no podía ni levantar los brazos. Estaba demasiado débil por la pérdida de sangre. Y él me decía: ‘no, guaro, no le pares bolas que tú vas a salir vivo de esto’. Lo que hacía era echarme chistes. Yo le decía: ‘estamos hablando serios, deja tu payasada’. Pero una vez que me empezó a hablar y a intentar desviarme de lo que estaba pasando yo empecé a entender que las cosas podían mejorar. Pero yo pensaba: ‘¿qué le voy a decir a mí mamá?’.

[Parte II de la entrevista: aquí]

Juan Andrés Belgrave: “La improvisación es muy noble”

Puede decirse, con total seguridad, que Juan Andrés Belgrave es un gurú de las artes escénicas. Empezó con el Grupo Teatral Skena haciendo obras de comedia en el colegio, luego hizo algo de televisión en Televen, fue uno de los pioneros de la improvisación en Venezuela y en la actualidad participa en películas de la talla de Papita, Maní y Tostón.

Cuenta Juan Andrés que sus inicios en la improvisación fueron junto a Alejandra Otero y Corina Perera, en un grupo en el que, al principio, no tenían mucha idea de lo que estaban haciendo. Sólo contaban con un libro hecho por los creadores de un famoso show de improvisación estadounidense (‘Whose Line Is It Anyway?’) y con los ejercicios que allí se describían fueron aprendiendo poco a poco gracias a la metodología más antigua de la historia: ensayo y error.

Así fue hasta que escucharon en la radio que el argentino Jorge Parra dictaría un taller sobre improvisación y todo el grupo decidió inscribirse.

Meses más tarde, con las enseñanzas ahí adquiridas y bajo la tutela de Parra, nacería Improvisto, un espectáculo que ya lleva más de una década llenando salas por toda Venezuela y en cuyo elenco actual Juan Andrés tiene el título honorífico de ser el único fundador en tarima.

Con él hablamos sobre los secretos detrás de la improvisación, sobre las diferencias que tiene ese tipo de teatro con el stand-up y sobre algunos de sus proyectos. También descubrimos que su película favorita es toda la saga de Star Wars y que su ídolo, según dijo, es Jesucristo.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Está difícil, porque eso fue hace ya como 12 años. A ver… estaba estudiando Comunicación Social, ya había hecho teatro con Skena, había hecho un poquito de televisión también en Televen (Planeta de 6, Taima) y había estado en otro grupo de improvisación que se llamaba ImproSaurios, en el que estaba Corina Perera, Alejandra Otero y un amigo que está ahorita en Canadá haciendo impro.

Estábamos en la impro y no teníamos idea de qué estábamos haciendo, nada más teníamos un libro en inglés sobre los tipos estos que hacían ‘Whose Line Is It Anyway?’, un programa de Drew Carey en el que hacían improvisaciones por televisión. ¡Era genial! Y con los ejercicios del libro, más o menos de lo que entendíamos, íbamos haciendo la cosa. Ahí apareció Jorge Parra por radio diciendo que iba dar un taller de impro y nos metimos todos. Así empezó Improvisto.

Estuve desde el primer taller con Mondongo, pero me fui desde el 2006 al 2010, porque estaba estudiando cine, impro, stand-up, teatro y clown en Buenos Aires.

–¿Cuándo y por qué empezaste con la comedia?

–Siempre, siempre hice comedia. El primer grupo de teatro, donde aprendí todo, fue con Skena, en el colegio. Se hacía un montaje por año y todas las obras que hacíamos al final eran de comedia. Entonces desde ahí empecé, después hice stand-up y en las obras siempre me llamaban para cosas de comedia. Cuando no era comedia no me iba muy bien.

–Lo tuviste claro desde el principio…

–Yo quería hacer de todo, y trato de formarme para hacer de todo, pero se me da más fácil la comedia, (soy) muy payaso, muy payaso.

–¿Siempre fuiste extrovertido?

–No en el día a día, pero sí en el escenario.

–¿Se puede a ser cómico, a improvisar?

–Claro, claro. Tienes que hacer talleres, tienes que leer, tienes que estudiar, pero lo mejor va a ser estar en el escenario y tener ‘horas de vuelo’, como le llamamos nosotros. Lo que ayuda mucho, para la impro específicamente, es conectarse con la manera como uno era cuando jugaba de chico. No sé si te acuerdas de policía y ladrón: si jugabas con un pana tuyo y sacabas tu pistola de mentira, que era tu mano, y disparabas y tu compañero no se moría, no querías jugar más con él porque no sabía jugar. Pasa lo mismo con la impro. O sea, tienes que meterte en el trip. Si tú lo ves, el público lo ve. Es genial.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–El día a día depende porque no tengo un trabajo fijo. Si no que lo que hago es, como quien dice, matar tigres siempre en lo mismo: aparte de Improvisto hago otras obras de teatro, hago funciones de stand-up, ahorita estoy grabando una película, hace poco estrené Solteras Indisponibles, ahorita se estrena Papita, Maní y Tostón 2 y normalmente estoy en ensayos, o en grabaciones o en funciones. No hay una rutina fija, pero normalmente es salir a ensayar o a una función o a una grabación. Es básicamente eso.

Los días de función tengo que llegar para acá (Centro Cultural BOD) una hora antes. Nos preparamos un poco, salimos a repartir los papelitos, nos ponemos las bragas, calentamos y a función.

–¿Tienes un ritual específico antes de cada función?

–Tengo como una manera de calentar, que es la que me ayuda a estar listo, que incluye un poco de yoga y de activar la mente y el juego. Nos gusta mucho cuando empieza el show, mientras está sonando la canción de Improvisto de entrada, ponernos locos y hacer el típico grito con la mano arriba y después nos abrazamos y nos damos una nalgada.

Han pasado muchos grupos en Improvisto y con cada grupo van como mutando los rituales. En otras épocas, te podría decir que del 2010 al 2015, a juro teníamos que jugar fuchi y éramos unos duros.

Los cambios de grupo tienen que ver con la dinámica de lo que está pasando en el país. La gente se va y si no se va, crece y va a hacer otras cosas. Viene mucha gente que hace stand-up comedy y para el stand-up tú tienes tu cosa muy cuadrada, tus chistes preparados, los pruebas, los preparas, los pruebas, los preparas y también te falta un poquito de impro. Entonces muchos comediantes vienen y hacen improvisación, pero como para tener la técnica. Es como un camino y no un fin.

Hay actores de teatro que también lo hacen. Ahorita en Los Ángeles la impro es lo que está como de moda. Todo el mundo, actores de toda la vida como Kevin Spacey, descubrieron que en la impro está el rush y la adrenalina de inventar y de crear en el momento y de mantener el personaje y de adherirle cosas al personaje con lo que pasa con el público, que es una energía que no puede obviar.

–¿Qué es lo más difícil a la hora de improvisar?

–El contigo mismo. A nosotros nos inculcó (Domingo) Mondongo la idea de ver la impro como un deporte. Nosotros ensayamos toda la semana, pero en realidad no ensayamos, no hay ningún texto que ensayar. ¿Entonces qué se hace? Se entrena. Así como en el fútbol, el entrenamiento no es solo jugar el partido, el entrenamiento es pelota parada, tiro de esquina, cabezazo, centros, y pasa un poco lo mismo acá. Entonces nosotros decimos que somos un equipo que sale a la cancha a jugar. Y la gente se pregunta: ajá y ¿cuál es el equipo contrario? Nosotros mismos. Si nosotros logramos vencer nuestros prejuicios y nuestros miedos para simplemente jugar y disfrutar, la gente va a disfrutar. Es muy noble la impro, no como el stand-up, en el que a veces tienes todo planeado y lo probaste en la Quinta Bar, en Teatro Bar, en una casa de familia y llegas a las Risas Azules y no hay ni una risa.

–¿Hace cuánto no haces stand-up?

–Como un año, un año (noviembre 2017). Yo tenía una rutina de stand-up de media hora y a veces me pedían que la llevara a 40-45 minutos, entonces yo la llenaba con impro y funcionaba mucho más la impro que el stand-up. Así que le quitaba diez minutos al stand-up y se los ponía a la impro y después le quitaba diez minutos más y, al final, mi show es todo impro ahora.

–Te retiraste ya…

–No me retiré. Muchos amigos me llaman para reunirme con ellos y rebotar material. Con eso me va súper bien. De hecho, me llamó Marcel Rasquin y estamos escribiendo una peli de comedia súper chévere, porque me va bien escribiendo, pero con material que ya está ahí. Pero crear de la nada, sentado en mi casa, no me funciona. Necesito estar ahí con la adrenalina y…

–¿Nunca llegaste al nivel en stand-up que tienes en la impro?

–No llegué, pero ojo: no me he muerto todavía, vamos a ver si hay chance de llegar más adelante.

–¿Mejor y peor momento en escenario?

–De los dos hay muchos. Recuerdo que el viernes había un título que se llamaba ‘Cuando tú quieras me llamas’ y esa improvisación salió genial. Era un tipo que se enamoraba de una mujer en una telenovela y va a consultarse con una bruja y la bruja también se enamora de él y le saca las cartas, que eran: un reloj, un ladrón y un fuego. Entonces la bruja lo interpreta todo mal y sigue la impro y la gente como que ‘pero bueno, ¿dónde está el título?’ y al final el tipo ve las cartas y dice: ‘Ya lo entiendo. El reloj es el cuando, el ladrón es el tuki y el fuego son las llamas. Cuando tuki eras me llamas’. Pfff. A veces esas cosas salen y yo digo que es el Dios de la impro que te deja tener esos momentos de gloria.

A los momentos chimbos creo que uno los deja pasar, no los registro. Registro qué salió mal para no volverlo a hacer. Lo chimbo es que tus panas se vayan y tengas que jugar con gente nueva y entonces al principio no tienes muchas ganas y después les agarras cariño y se te van otra vez y es como ‘Nooooo’.

–¿Tu género favorito y uno que no te guste tanto?

–Me encantan todos, pero siempre estoy esperando que llegue ‘Musical’. Y uno que no me gusta tanto es ‘Extranjero con traducción’ o ‘Contrarreloj’. Además de que hay como maldiciones del Dios de la impro. En ‘Contrarreloj’ nosotros sufrimos y cuando no sale es diez mil veces peor. Tienes poco tiempo, entonces no quieres que se pierdan los chistes y hay vértigo y el vértigo es difícil de controlar en la impro, pero ese ya es otro tema.

–¿Cómo se controla?

–El vértigo es tu peor enemigo en la impro. Es cuando tienes la sensación de que no estás bien parado y el tiempo se ralentiza y todo lo escuchas raro y ves a la gente del público y empieza a darte como nervios y quieres irte. A mí no me pasa hace diez años, pero cuando la función no está fluyendo… porque la función de impro sube, baja, sube, baja, pero cuando tiene mucho rato abajo y todos tus compañeros y tú están mal y la función no está fluyendo ahí sí empiezas a sentir el vértigo de ‘¿Cómo nos salimos de este hueco? ¿Cómo?’. Entonces está el peligro de que empieces a hacer chistes de culo, pipí, totona y eso puede ser totalmente contraproducente, pero uno está buscando el chiste fácil para tratar de salir del hueco. Ese momento es horrible. Pero casi siempre sale uno que se pone la banda de capitán y saca la función adelante.

–¿Improvisto en una palabra?

–Jugar.

–¿Algún hobby?

–Me gusta cocinar, me gusta estar con la familia, viajar y jugar PlayStation.

–¿Canción?

–Scatmans World.

–¿Artista?

–Fito Páez.

–¿Película?

–¿Tiene que ser una sola? Lo que pasa es que me gusta mucho la saga de Star Wars, entonces como son muchas películas.

–¿Serie?

–Curb your enthusiasm.

–¿Actor?

–Robert Downey Jr.

–¿Frase?

–Lo importante no es mear mucho, sino hacer espuma.

–¿Ídolo?

–Jesucristo. Te quedaste loco, ¿no?

–¿Alter ego?

–Rastafari.

–¿Comida?

–Hamburguesa.

–¿Algún libro?

–Del salto al vuelo.

 

 

Nadia María: “Búrlate de ti primero y verás cómo nadie nunca se podrá burlar de ti”

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

La Nadia María  es aún más pana en persona de lo que parece en tarima… y pensar que todo ese sentido del humor, y todo ese talento para hacer reír a la gente, estuvo confinado, durante un tiempo, en una oficina del departamento de Recursos Humanos de una empresa de tecnología.

Allí era la encargada de reclutar personal hasta que alguien en Improvisto levantó el teléfono y le ofreció ser parte del elenco. Pero había una condición: tenía que dejarlo todo. Sin garantía de éxito, pero con la certeza de que su lugar en el mundo no estaba frente a un escritorio, Nadia tomó la decisión que, para ese momento, lucía más arriesgada: dejar de trabajar con sueldo fijo.

Todo cambió en aquel mes. Dejó la oficina, comenzó a vivir sola, terminó con su novio y empezó a dedicarse a la improvisación. Un período convulso que, sin embargo, tuvo un final feliz.

En la actualidad tiene la responsabilidad de dirigir, producir y actuar en el mismo show que años atrás veía desde público y con el que soñaba, algún día, formar parte para vivir la experiencia desde el otro lado del teatro.

Hace ya unas semanas tuvimos la oportunidad de conversar con ella y esto fue lo que nos dijo:

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Trabajaba en Recursos Humanos en IBM. Era el cliché de una persona de Recursos Humanos: o sea, era la gorda de la oficina que reclutaba personal. Eso era yo (risas), antes de llegar a Improvisto.

–¿Cuándo y por qué decidiste apostar por la comedia, por la improvisación?

–Yo comencé en la comedia con la técnica de clown, porque era voluntaria de Doctor Yaso. De ahí me fui conectando con la improvisación y comencé con el Impro Match.

Yo ya veía Improvisto porque Impro Match era como el equipo chiquito de Improvisto, como la liga B, y yo ya quería estar en Improvisto. Iba a todas las funciones. Siempre decía: quiero estar ahí. Justamente cuando estaba trabajando en IBM me llamaron y me preguntaron si quería estar en Improvisto, pero tenía que dejarlo todo.

–¿Y podías, económicamente, dejarlo todo?

–No, pero lo hice, porque yo sabía que mi lugar no era en una oficina, porque estaba sumamente frustrada y dije: ‘Mira, ya está, con la liquidación puede que viva un rato’. Fue un momento de cambio completamente. Yo dejé de trabajar con sueldo fijo, me vine a Improvisto, comencé a vivir sola y terminé con mi novio, con el que tenía como seis años. Todo me pasó en el mismo mes. Pero ya… Todo salió bien.

–¿Eras introvertida o extrovertida?

–Creo que soy las dos cosas, y siempre ha sido así. Ahora quizá soy mucho más extrovertida que introvertida, pero siempre fui las dos cosas. Según el contexto donde estuviera era una o la otra. En un contexto de confianza soy absurdamente extrovertida y cuando no, soy absurdamente lo opuesto. Es como un tema de lo que quiero en el momento. Es decir, si en el momento me da flojera hablar con la gente, soy la persona más introvertida del mundo entero

–¿Se puede aprender a ser cómico, a improvisar?

–Se puede aprender. Yo creo que existe la gente que nace con eso y esos ya tienen una ventaja. Tú puedes aprender a ser cómico y vas a ser un cómico de librito, como digo yo. Con trabajo, no se te va a notar. Pero tienes que trabajar el triple de lo que trabaja cualquier persona. Y también tienes que entender cuando no lo puedes hacer y ya. Es decir, ¿se puede aprender? Sí, pero no todo el mundo.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–Mi día a día es una corredera absurda. Yo siento que desde que estoy en el mundo de la comedia trabajo más que cuando estaba en una oficina. Yo produzco Improvisto, soy directora de Improvisto, soy actriz de Improvisto… Entonces estoy todo el día en este tema: reuniones con clientes, vendiendo funciones privadas. Hasta hace nada hacía radio, entonces también tenía que dedicarle su tiempo…

Un día normal mío es trabajar, es entrenar, porque entreno, ¡gracias! (risas)… hago ejercicios y ensayo con Improvisto.

Un día de función es: descansar todo el día hasta que tenga que venir al show.

–¿Tienes algún ritual prefunción?

–Creo que me paso el suiche cuando me estoy maquillando: en esos cinco minutos que me siento frente al espejo ya comienzo a meterme en el mood de actriz. Cuando me pongo la braga hago un par de estiramientos, siempre muy muy individual, y me empiezo a conectar con el juego yo con yo. Y luego hacemos nuestro ritual del grupo completo y vamos con todo. Pero no es taaaaan un ritual así que tenga. Es súper sencillo.

–¿Qué es lo más difícil a la hora de improvisar?

–Creo que estar pendiente de todo lo que pasa. Para mí un buen improvisador tiene el cerebro fracturado como en mil pedazos y tienes que hacer millones de cosas a la vez. Tienes que llevar la historia, tienes pensar en la propuesta que vas a hacer y escuchar las propuestas de tus compañeros, tienes que ver lo que está pasando en el público, tienes que ver qué hace falta o qué sobra en el escenario, tienes que ver cuándo puedes lanzar una buena propuesta… Hacer todo eso al mismo tiempo, sin que se te note, para mí es lo más difícil y creo que cuando un improvisador llega a ese nivel ya está consolidado.

–¿Qué haces para mejorar día tras día?

–Veo mucha comedia, trato de leer un montón, siempre estoy indagando. Cuando viajo, intento ver ideas del lugar al que voy, tanto de impro como de stand-up, que son las dos cosas que yo hago.

De vez en cuando, muy esporádicamente, dicto un taller para nutrirme de la gente que lo cursa, porque no hay nada más bueno para enriquecerte que la pureza con la que entran las personas a hacer un taller, porque entran sin vicios. Entonces ahí tú ves qué se está viendo en el momento, sales del cajón de Improvisto, porque somos una secta y todos pensamos y hablamos igual. Ahí ves un montón de cosas y todo eso te va nutriendo.

Y, obviamente, estudiar muchísimo. El Internet ayuda mucho, cuando hay (risas).

–¿En qué te estás fijando ahorita?

–Por ejemplo: ahorita llegué súper fiebrúa porque estuve recientemente en Los Ángeles (Estados Unidos) y fui al UCB, que es una escuela de improvisación allá, de donde salió Chelsea Peretti. Estuve como en cuatro shows y vine loca del nivel de impro que estaban haciendo.

Me compré el libro de técnicas de improvisación de ellos y ahorita estoy como descubriendo… O sea, hay como un paso por encimo del clásico “Yes I do” de la improvisación. Entonces es como ‘Wow, esto es como un reload de lo que ya sabemos de la impro’. A parte de que nosotros conocimos la improvisación por un argentino que lo trajo para acá y lo fuimos puliendo.

–¿Qué viste que nos pudieses contar?

–Vi dos shows que me encantaron. El más pro de ellos, que justamente es de donde viene Chelsea Peretti y toda esta gente, es un long-form clásico, pero el nivel de impro que ellos estaban haciendo ahí era increíble. ¡Ver cómo la capa de chiste no era la primera! Hubo una cosa que me resultó demasiado significativa, porque a mí en Improvisto me chalequean… es decir, yo soy un chiste fácil para todos los actores de Improvisto: yo salgo a escena y con meterse con mi gordura ya tienen y hay un chiste en el público y eso es así. Ya tengo experiencia con eso y no me molesta. Pero en el show que vi había una improvisadora que es increíble, que es una gordita que siempre tiene como una matica de coco en el pelo, y ella sale al escenario y lo primero que yo pienso cuando ella sale es justamente en el chiste que me hubiesen hecho a mí si hubiese sido yo la que hubiese salido en Improvisto y eso pasó desapercibido y vino una capa superior a ese chiste y fue y que: ‘Okay, es aquí donde deberíamos estar nosotros en este momento’. Me encantó ese.

Y me gustó otro de Impro que los disparadores eran música que la gente tenía en el celular. Le pedían el celular al público y había como un DJ que iba mezclando, entonces esos eran los disparadores para hacer las improvisaciones y me pareció increíble lo que pasaba con esa música.

–¿Cúales han sido tu mejor y tu peor momento en el escenario?

–Yo creo que los buenos momentos son muchos. Evidentemente, la primera vez que jugué fue mi mejor momento en escena porque yo deseaba estar en este show desde que tengo uso de razón. Estaba súper nerviosa, pero tienes un equipo que no te deja morir y eso es una tranquilidad que no te da el stand-up. En el stand-up te mueres ahí de un infarto y ya (risas).

Otra, sin duda, fue la primera vez que tocamos suelo en Miami y agotamos esa función. Fue increíble sentir el público. La primera vez que agotamos el Aula Magna en la central fue otro momento en el que se te aguan los ojos en la tarima… Hay un montón así.

Y malos momentos… creo que cuando no estás conectado con el juego, que es como que le ves la costura a todo. Es como: ‘Dios mío, esta puede ser, lejos, la peor función que hemos tenido en la vida’. Para mí, ese momento fue en Costa Rica: era un público que no hacía click con nosotros, o yo no sé si eran otro tipo de persona…

–Ese es el riesgo de hacer giras, ¿no?

–Claro, porque aparte nosotros estábamos invitados en un festival y había mucha gente de Costa Rica, entonces había que buscar la manera de adaptar este idioma para la gente de Costa Rica y ellos no son eufóricos como el venezolano, sino que son mucho más pasivos. De hecho salimos y fue y que: ‘Buen show, buen show’. Y nosotros y que: ‘Pero no demostraron que era bueno (risas)’. Ese, creo, fue uno de los peores shows de mi vida. Al menos el que más me costó.

–¿Tu género favorito de Improvisto y uno que no te guste tanto?

–Mi género favorito es ‘Contrarreloj’, que es uno que se hace en tres tiempos: se hace una presentación de cuatro minutos, luego de dos minutos y luego de un minuto. Y el otro es ‘Musical’. A pesar de que no canto, me gusta mucho porque yo soy una rapera frustrada. Entonces cada vez que tengo oportunidad de lanzarme una lírica (risas), lo hago.

–¿Vives de esto?

–Vivo de esto absurdamente. Completamente vivo del humor gracias a Dios. Vivo de Improvisto y del stand-up. Esas son las dos cosas que hago y espero vivir de eso hasta que me muera, porque no pienso regresar a una oficina por ahora.

–¿Improvisto en una palabra o en una frase?

–Trabajo.

–¿Un hobby?

–Comer.

–¿Una canción?

–No Rain, de Blind Melon.

–¿Artista?

–Pharrell.

–¿Película?

–Uff. Creo que la saga de Harry Potter siempre será mi película, pero estoy demasiado con La la land ahorita. Es que vengo de Los Ángeles, entonces todo es La la land allá. A parte de que descubrí por qué la película se llama La la land.

–¿Por qué?

–Se llama La la land porque a la gente de LA (Los Ángeles) le dicen que anda en las nubes y todos son “La la land”. O sea, el ‘La’ es de LA (Los Ángeles). Lo usan cuando, por ejemplo, te preguntan algo y tú respondes y que: “No, es que yo prefiero el café de la esquina (voz de sifrina)”. Entonces te dicen: “Tú y tu La la land”.

–¿Serie?

–Game of Thrones.

–¿Actor?

–Leonardo Di Caprio. Y actriz: Susan Sarandon.

–¿Frase?

–Búrlate de ti primero y verás cómo nadie nunca se podrá burlar de ti.

–¿Comida?

–Papitas fritas.

–¿Ídolo?

–Creo que Jerry Seinfeld es uno a juro, por todo lo que significa, y de acá, Emilio Lovera, porque trabaja incansablemente.

–¿Alter ego?

–Una asesina (risas).

–¿Un libro?

–El último libro que me compré es el de Técnica de Improvisación de UCB y el último que me leí fue Una Vacante Disponible, de J.K. Rowling, que también es bueno. Una novela para adultos que está buena, buena, buena.

 

Asdrúbal Oliveros: “Ni el narcotráfico es tan rentable como el dólar a 10”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desde las oficinas de Ecoanalítica, Caracas se ve habitable, bonita y hasta próspera. El gran ventanal de su sala de reuniones da precisamente para La Castellana, zona de mucho verde y edificios bajos, coronada por un Ávila majestuoso. Casi al frente, el movimiento de máquinas sobre un terreno de tamaño considerable anuncia que en unos años habrá allí erigida la torre de una aseguradora. Y si uno se quedara con la imagen de ese instante, Caracas sería una señora capital que aparte de ser bonita, progresa. Mera ficción que se derrumba a los minutos, al conversar de economía con el director de la consultora, Asdrúbal Oliveros. La que en principio iba a ser una entrevista de una pregunta para #SurfeandoLaCrisis, terminó convertida en un considerable y muy didáctico coloquio sobre la situación real de Venezuela. Había que aprovechar: no todas las tardes se tiene en frente a un economista que se sabe explicar y hacerse entender. Y aunque estaba en la víspera de un viaje y con un sinfín de tareas encima, Oliveros sacó tiempo para contestar varias de nuestras muchas inquietudes. A continuación, una entrevista de lectura imprescindible para saber por qué estamos cómo estamos y qué podemos esperar para el futuro reciente:

-Asdrúbal, ¿fue la de los años recientes la mayor bonanza económica de la historia de Venezuela?

-Mira, de alguna forma sí. Porque las bonanzas previas, aunque en términos reales cuando las deflactas fueron un poco más grandes, no duraron tanto. Esa es una que comenzó en 2004 y se alargó hasta 2008, fue bastante larga.

-Ahora, si eso fue así, ¿qué lógica tiene, cómo se explica, que en los años de mayor bonanza nos hayamos endeudado tanto y estemos a punto ahora de entrar en ‘default’?

-Eso es un tema que tiene muchas aristas. Durante los años del control de cambio, que arrancó en 2003, el gobierno diseñó un sistema en el que usaba el apetito de la gente por tener dólares para endeudarse “barato”. El sistema pernicioso que el gobierno generó fue el siguiente: emitía deuda, y esa era una manera que la gente tenía para tener dólares. Y fue el peor endeudamiento posible: tú generabas un pasivo del Estado (que hoy nos está siendo bastante pesado), y esa plata no se reinvertía en el país o servía para financiar planes de desarrollo, sino que principalmente terminaba en el bolsillo de muchos venezolanos, que lo que hacían era sacarla del país. Entonces, ¿cuál es la realidad que tienes hoy? Un país con una posición externa extremadamente vulnerable, prácticamente sin liquidez, sin dinero, sin dólares, endeudado y sin capacidad de responder a esa deuda. Por eso caemos en el default. Pero a su vez, tienes un sector privado y unos particulares con mucha plata afuera. Porque esa es la otra realidad: el sector privado venezolano y los particulares, durante el boom, lograron sacar mucho dinero. Nosotros calculamos que el sector privado tiene fuera de Venezuela el equivalente a más de 320 mil millones de dólares. Eso en este momento es casi el tres veces PIB de Venezuela. De hecho, esa plata que tienen muchos privados afuera y muchos particulares ha sido uno de los mecanismos de mucha gente para poder sobrevivir a la crisis: han tenido que cambiar esos dólares para poder soportar estos años de dura crisis. Y esa plata, una muy buena parte de ella, salió vía endeudamiento, lo cual es un total sinsentido.

-¿Es eso lo que llaman fuga de capitales?

-Tiene que ver con fuga de capitales, sólo que fue una fuga de capitales que se financió con deuda, y fue más perniciosa. Porque terminas teniendo un estado endeudado, con altísimos pasivos, y no le ves el queso a la tostada a ese dinero: desarrollo, infraestructura, vialidad, etc. Venezuela debió haber estado a la cabeza de América Latina en cuando a desarrollo por el boom que recibió y el endeudamiento en que se comprometió, y eso no es así: porque terminó en bolsillo de particulares afuera.

-¿En verdad existe un dólar a 10 bolívares o es un mito?

-Existe y es una distorsión. Para que tengas una idea: el 91% de las importaciones del Estado se hacen a 10 bolívares por dólar. Y cerca de un 22% de las privadas se hacen a 10 bolívares por dólar. Esas son cifras de 2017. Cuando tú ponderas eso: por tamaño, lo que es el sector público, el sector privado, te termina dando que cerca el 84% de las importaciones del país se financian con dólar a 10.

-Pero eso no se ve reflejado en los precios de la calle…

-Bueno, porque ese 84% que se importa a 10 queda finalmente diluido por corruptelas, ya que muchas de esas importaciones no tienen impacto directo en los anaqueles y en la red de abastecimiento, porque muchas de ellas son importaciones del sector petrolero y de empresas estadales, o son las cajas Clap. Entonces, al final la peor distorsión que tienes en esta economía, entre muchas, es que el grueso de las importaciones son a 10, pero el marcador es el dólar negro, que aunque financia la mitad de las importaciones privadas, eso es alrededor de un 14-15% del total. Entonces, ese 15%, que te puede parecer poco, se convierte en el marcador de una economía con todas las distorsiones que eso genera.

-Ahora: me dan un dólar a 10, lo vendo a 80 mil en el mercado paralelo y tengo para comprar 8 mil dólares a diez. ¿Hay en el mundo un negocio más rentable que ese?

-Yo te diría que no. Ni siquiera el narcotráfico es tan rentable, porque además es ilegal y quien lo hace se juega la vida. Con el dólar a 10 no, porque tiene una estructura legal que lo ampara. De alguna manera, es un sistema de protección que lamentablemente está detrás del Estado. Y por eso es que también, y yo siempre lo digo, el control de cambio no lo puedes ver desde la lógica económica. Por supuesto, yo soy economista y entiendo que lo tienes que quitar y todo lo que uno siempre dice. Pero al final, el gobierno, cuando uno intenta entender por qué lo mantiene y no lo quita, es porque la lógica es política. Hay una cantidad de actores y de grupos que se están alimentando de esto, y que para Maduro es muy difícil quitar. Al final tiene que ver con cuotas de poder.

-¿Son siempre malos los controles?

-Mira, yo siempre he dicho que el control de precios es uno de tres trillizos: el control en sí, la corrupción y el arbitraje. ¿Qué es el arbitraje? Eso que tú acabas de describir. Ni que pongas al Papa Francisco a administrar las divisas podría hacerlo correctamente ya que el incentivo es muy grande. Si a mí me venden a 10 pero yo sé que tú estás dispuesto a pagar a 80 mil, yo tengo todos los incentivos para venderlo. Lo mismo pasa con la harina, con los productos regulados, etc. Toda estructura de control en la que el precio es ficticio y está por debajo de la estructura de costo termina en estos sistemas de mercado negro. Efectivamente, hay mucho de corrupción en este proceso. Nosotros hicimos un estudio, que lamentablemente no hemos podido actualizar porque no se ha actualizado la data del BCV. Pero entre 2003 y 2012 calculamos que la sobrefacturación de importaciones era más o menos equivalente a 69,5 millardos de dólares. Es decir: son importaciones que se declararon pero no llegaron. Y tienen que ver con este sistema. Y ya de mucho antes esto venía ocurriendo. Y fue prácticamente desde que nació el control.

-Ahora, en el caso específico del control de cambios, que Venezuela no es el único país que lo tiene y hay algunos en los que hasta pareciera que funciona. ¿Son necesarios? ¿Son una buena medida?

-Los controles de cambio no son buenos ni malos: son una excepción. Hay momento en los que los tienes que aplicar, pero en cosas de muy corta duración. Obviamente, Venezuela en 2003, después de la paralización de la industria petrolera, lo necesitaba. Pero ya por ejemplo en 2005 o 2006 era lógico quitarlo: tenías una economía con bajo riesgo país, Chávez iba a su reelección, la oposición iba al proceso, tenías activos en reserva para defender el tipo de cambio, etc. Pero Chávez decidió no hacerlo porque el control de cambio es un arma política muy poderosa, que le permitía tener sometido al sector privado al Estado; adicionalmente, le permitía al Estado financiarse muy barato, porque como esos bolívares quedaban represados internamente, el Estado se apropiaba de ellos para su financiamiento. Entonces fue una decisión estrictamente política mantener el control de cambio más allá del tiempo prudencial que lo ameritaba.

-Vayamos al otro extremo del control: Dólar Today, ¿el dólar cuesta lo que dice esa página?

-Mira, es un tema complejo que tiene que ver un poco con el dólar al que puedes acceder. En una economía en la que funcionaran las cosas bien y estuvieran medianamente sanas y con los desequilibrios más o menos ordenados, el tipo de cambio no sería esa distorsión tan terrible, que no hay quien pueda aguantar. Pero es que Venezuela está lejos de ser eso. Entonces, la única forma en la que tú puedes aspirar a tener un tipo de cambio de alguna manera que responda más a condiciones de país, de oferta y demanda, un tipo de cambio sano, tiene que pasar necesariamente por cambiar el modelo político y económico. Con este no es posible.

-¿Todo pasa entonces por un cambio de gobierno?

-Yo ya soy escéptico de que Maduro pueda implementar las reformas que la economía requiere para superar este problema. Hasta ahora se ha negado y no parece dispuesto. Y el tiempo pesa. Cada día que pasa se profundizan las distorsiones y hace pensar que el tipo de cambio que termine quedando, en una economía abierta de mercado, va a ser cada vez va a ser más alto, así no sea Dólar Today.

-Entre 10 y 84 [NDLR: precio del dólar el día de la entrevista], ¿el verdadero estará más cerca de…?

-Es que es muy difícil saberlo, porque tiene que ver con las reformas que tú apliques. Pero yo te diría que si de alguna manera haces un plan amplio de reforma, y también depende de un factor clave, que es plata: si obtienes liquidez, dólares para defender la moneda, el tipo de cambio va a ser mucho más bajo. Lo que sí vas a tener inicialmente, y ese es un efecto psicológico importante, es que cuando liberes la moneda, el tipo de cambio, la tasa, se va a pegar, va a seguir a la paralela, porque es la de las expectativas, y luego, dependiendo de las políticas que se implementen, esa tasa paralela va a ir cediendo. ¿Hasta dónde puede ceder? Va a depender del compromiso de los ‘policy maker’, de los que están allí detrás, en las reformas, en la plata que logren levantar. Entonces puede ser que la caída sea muy abrupta o muy lenta. Por eso es muy difícil decir cuánto va a ser el tipo de cambio. Ahora, lo que sí te puedo decir, 100% seguro, es que va a seguir siendo mucho menor de lo que dice Dólar Today

-¿Venezuela es recuperable, Asdrúbal?

-Bueno, mira, yo creo que todos los países son recuperables. La historia está llena de ejemplos de países devastados que se levantaron y hoy son potencia. Y así como los países no tocan fondo, tampoco están condenados al fracaso per se. Eso para mí es fundamental. Ahora, hay cosas que se van a recuperar más rápido que otras. Yo creo que nos queda todavía una especie de bono, de bendición celestial, de unos 30-40 años, en los que el petróleo va a seguir jugando un rol importante como fuente energética, y tenemos que aprovecharlos para hacer las transformaciones institucionales, políticas, económicas y sociales del país. Porque probablemente después de 30-40 años ya el petróleo no va a ser lo que era, y tendremos que aprender a vivir de otras cosas y hacer ese salto a una sociedad post-petrolera, que hoy Venezuela no está preparada para eso. Entonces, ese es un reto que tendremos en frente.

-¿Cómo sería esa recuperación del país?

– Venezuela va a requerir varia etapas: una primera de emergencia y de estabilización, y luego otra reformas más profundas y estructurales. Esto quizás suena cínico, pero como estamos tan caídos en el foso, que en la medida en la que uno empiece a hacer las cosas bien va a ver rápidamente los cambios. En una economía que está en este grado de deterioro, hay muchos elementos en los que en el mismo día uno vas a ver cambios. Eso no quiere decir que de la noche a la mañana Venezuela se vaya a recuperar, pero creo que lo que falta, y por eso hay tanta desesperanza, es esa senda, esa luz al final del túnel que te diga: vamos corrigiendo cosas para enrumbar al país. Y eso es posible: pero insisto con otro modelo político y económico, que no tenemos en este momento, y es el principal escollo que hay actualmente.

-Hay nuevo gobierno, forman gabinete, te nombran Ministro de Economía, ¿cuáles deberían ser las medidas a tomar?

-Para mí hay 5 frentes claves a los que deberían estar orientadas las medidas. El primero, el cambiario: ir a un proceso de unificación cambiaria, de una sola tasa competitiva de mercado. El segundo, el fiscal, que pasa por una reforma importante del Estado y tiene que ver con elementos institucionales también, porque tienes un estado hipertrofiado y con un déficit descomunal con el que es imposible tener una economía y unos indicadores sanos. El tercero, el precio: hoy el principal elemento de distorsión de la economía, y sobre todo para la gente, es la inflación, entonces parte importante de ese plan es estabilizar precios y reducir la tasa de inflación; yo diría que esa debe ser la prioridad dadas las condiciones de precariedad que tiene mucha gente hoy en Venezuela: hay obligatoriamente que recudir el tema inflacionario, y eso pasa por una reducción de controles, el rol del sector privado, el tema  productivo, el tema importador. El cuarto, el frente petrolero, que es medular y pasa por una reforma importante de PDVSA: volverla a llevar a su rol clave, que es la producción de crudo. Y por último, pero no menos importante, el tema social: tienes una crisis social grave y tú no puedes estabilizar la economía si no ofreces una política social que ayude a personas vulnerables que en las condiciones actuales no se pueden sostener por sí mismas y están en la pobreza extrema.

-¿Eso no son las misiones y el carnet de la patria?

-No. De ninguna manera: yo hablo de una política social distinta, no clientelar, que no esté atada a la devoción al partido/Estado, sino que de alguna manera le permita a la gente superar la pobreza: transferencias directas, empoderamiento del ciudadano, temas de emprendimiento;  eso es fundamental, es un eje clave, porque si no logras resolver el tema social, cualquier gobierno que venga a futuro no va a tener estabilidad política, entonces eso te va a generar una tensión, una fuente de conflicto importante, que si eres pragmático y con visión de futuro, debes minimizar.

-Ahora, el argumento de mucha gente para mantener los controles es que si se liberan los precios estos se dispararán y llegarán a la estratósfera. ¿Es eso cierto?

Mira, eso era hace algunos años. Si me hubieras hecho esa entrevista en 2012, probablemente te hubiera dicho que es un peligro. Hoy ese peligro no existe: muchos de los precios que ves en las calle, más allá de la bolsa Clap, son más caros de lo que verías en una economía libre. La gente ya está pagando unos precios exorbitantes. Entonces yo más bien creo que una de las consecuencias positivas que tendría una liberación de precios es que muchas cosas o pueden bajar o por lo menos no van a seguir creciendo. Porque hoy todo está marcado por la escasez y la distorsión cambiaria, y todo está atado a las expectativas cambiarias: si tu expectativa es que el $ en una semana está en 100 mil y en 6 meses en 500 mil, te podrás imaginar por donde irán los precios. Ahora, si yo postulo una política cambiaria en la que logro estabilizar un tipo de cambio, eso va a tener una incidencia. De modo que yo no comparto esa tesis. Yo creo que con un programa de estabilización, más bien, en promedio los precios van a bajar.

Ahora, hay cosas que están muy rezagadas: servicios, por ejemplo; eso lo tendrán que ajustar. Pero lo que a la gente más le afecta, que son alimentos, no necesariamente va a tener un salto importante. Pero sí vamos a tener que pagar por los servicios. En el caso del tipo de cambio es lo mismo: con una política coherente en la que el tipo de cambio responda al mercado, tampoco es que vas a tener unas salidas ingentes de capitales, porque tampoco es que haya muchos capitales para salir. Pero digamos que tiene que ver con cómo comunica. Por eso uno de los roles fundamentales en cualquier equipo de gobierno que llegue acá, primero es la credibilidad, que la gente perciba que están preparados para llevar a cabo las reformas, el compromiso de ese equipo con las reformas, y la estrategia comunicacional, porque eso es lo que te permite moderar la expectativas.

-¿Cómo ve Asdrúbal Oliveros el 2018?

-Mira, yo te diría que lamentablemente depende un poco de las condiciones políticas. Si seguimos en este modelo no hay perspectiva de mejora. 2018 es un año en el que van a estar 3 elementos económicos claves que hacen pensar que va a ser un año muy complicado, más incluso de lo que hemos tenido: la hiperinflación, el default de la deuda y la fuerte caída de la producción petrolera, que no se detiene y que afecta el flujo. Esos 3 factores conviven. Y agrégales una crisis social latente que está creciendo. El problema del transporte, del efectivo, de la bombona de gas. Al final la gente ha perdido total calidad de vida y eso es una bomba de tiempo que de alguna manera va a generar un clima de tensión. Y en el medio de esa crisis económica y social tienes un contexto político en el que el gobierno va a buscar la reelección. Ese es el cuadro que tienes. Va a ser un año muy complejo y muy difícil, con muchos elementos de incertidumbre, pero creo que en lo que son números económicos yo no tengo lamentablemente para pensar que vayamos a tener algún desempeño positivo.

Jonathan Collet: ‘Uno está acostumbrado a negar y en la improvisación siempre hay que decir sí’

Jonathan Collet (@jotylodije) está convencido de que a este país, entre otras cosas, le hace falta gente que haga lo que le apasione. Él tomó esa decisión hace casi diez años y desde ese momento se ha dedicado a las artes escénicas. Luego de comenzar con una compañía en el CELARG y de graduarse en la Escuela de Teatro Musical de Caracas, Jonathan trabajó en un show de improvisación con @yasirijilla, conoció a @lanadiamaria y el destino hizo el resto: tuvo la oportunidad, como invitado, de participar en algunas funciones de Improvisto la temporada pasada y hoy en día ya forma parte del elenco.

En esta entrevista, Collet cuenta cuál es su ritual antes de cada show (en el que a veces incluye algún tipo de meditación), explica qué es lo más difícil a la hora de improvisar y afirma que, “aunque suene muy místico”, ahorita en este país necesitas, a juro, encontrar lo bueno en todo lo malo.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Estoy dedicado al teatro desde el 2009 más o menos. Comencé en una compañía en el CELARG. Estuve 5-6 años ahí y luego me gradué en la Escuela de Teatro Musical de Caracas. En paralelo a eso la improvisación llegó a mi vida. Y, bueno, yo soy como el ‘nuevón’ del grupo ahorita. Llevo nada más esta temporada.

–¿Cómo entraste al elenco?

–Por recomendaciones. Me empezaron a ver mientras estaba en otro show de improvisación, que era Impro Teatro, y allí tuve la oportunidad de trabajar con Yasirijilla y conocer a Nadia. Uno en este medio a fin de cuentas conoce a todo el mundo. La temporada pasada me llamaron como invitado y ahorita me dieron la oportunidad de estar fijo con ellos.

–¿Eres introvertido o extrovertido? 

–Yo soy más salido que una gaveta, más salido que un balcón (risas). Suelo ser más reservado con mi vida privada a veces, pero normalmente en este medio, en el que uno se siente tan cómodo y está tan tranquilo, yo soy más salido que el carrizo.

–¿Se puede aprender a ser cómico, a improvisar?

–Mira, no sé si a ser cómico. Esa es una de las cosas a las que yo siempre le he tenido mucho respeto. Como te digo, yo me formé como actor de teatro, no como comediante ni como improvisador. Y una de las cosas que a mí me parecen más peludas es hacer comedia. De hecho le tengo mucho respeto y mucho miedo a la comedia, pero creo que sí se puede conocer la técnica y ver qué es lo que te funciona. Yo siento que cada quien tiene su humor y tiene como su gancho.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–(Risas) Mi día a día es una locura. Yo también bailo y estoy en un staff de profesores de una escuela. Entonces mi rutina es estar todo el día metido con el arte. Estudio también en las mañanas. Así que en las mañanas voy a clases, luego voy para la escuela, donde me la paso bailando como hasta las 10 de la noche y de ahí a mi casa a lavar ropa, a cocinar, los quehaceres normales del hogar…

Y en un día de función trabajo también a veces. Por ejemplo, los sábados me toca hasta las 3-4 de la tarde y después de ahí a patear calle, a agarrar autobús y llegar para acá (Torreo BOD). Yo soy de los que trato siempre de estar súper temprano porque me gusta estar en las tablas, y eso también lo aprendí como parte de la formación que tuve cuando comencé a hacer teatro: sentir el ambiente y estar con el grupo. Pienso que esos momentos son muy importantes.

Es agotador, pero es divino a fin de cuentas, porque es lo que a uno le hace feliz, y el cuerpo lo agradece.

–¿Tienes algún tipo de ritual prefunción específico?  

–Coye, dependiendo del día. Es decir, sí me gusta calentar mucho el cuerpo, también por el hecho de que tengo formación por la parte de baile y me parece demasiado importante ese aspecto y más en Improvisto, que tienes que estar dinámico porque si te apagas el público simplemente te elimina. Mi ritual normalmente es, como te digo, llegar a las tablas, sentir el ambiente del teatro… Yo soy bien místico con eso. Si me siento como flojo con la voz, de repente caliento un poco esa parte. Si siento algún tipo de molestia, trato de calmarme, de hacer algún tipo de meditación para relajarme. De resto, nada, empezar a compartir con la gente porque yo siento que eso en tarima se nota demasiado.

–¿Qué es lo más difícil a la hora de improvisar?

–Una de las cosas que a mí me pasó cuando comencé a hacer impro es que me empecé a dar cuenta de que uno está acostumbrado a siempre negar y que el principio de la improvisación, por el contrario, es decir siempre: “sí y…”. O sea, es agregar y buscar qué hay más allá. No sé si lo más difícil, pero lo que más se me complicó al principio, y que es lo que normalmente más se le complica a la gente, es precisamente eso: aprender a aceptar y a no negar tanto. Y la escucha: uno aquí siempre tiene que estar conectado y atento, tener los sentidos totalmente abiertos.

–¿Ese “sí y…” es la clave para ir en contra de la sociedad?, que quizás reprime la creatividad…

–No sé si ir en contra. Mas bien creo que la clave está en utilizar esa fuerza a favor de uno, precisamente como un “sí y…”. Utilizar esa negación que te da la sociedad y darle la vuelta a la tortilla.

–¿Qué haces para mejorar día tras día?

–Uno como actor, no sólo como improvisador, tiene una herramienta que para mí es mágica, que es observar. Yo soy burda de freak por la calle y voy observando gente. Yo soy de los que ve a alguien muy particular en la calle y necesita escanearlo, ver por qué es así. Eso te va nutriendo… Ver películas, ver documentales, leer sobre ejercicios o grupos de improvisación afuera del país… En verdad todo te nutre como persona, como ser humano, como improvisador, como actor, como doctor, como lo que sea.

–¿Mejor y peor momento en tarima?

–Hubo una función hace unas semanas que el título era “¿Para qué está el culo, sino para darlo?” y, claro, la gente normalmente se va por lo común, por el chiste tonto, y nosotros le dimos la vuelta y estábamos hablando del culito de las empanadas. Era una fábrica de empanadas y tal… y yo cerré la historia con un: “Mi abuelo siempre lo decía: que el culo está para darlo” y la gente como “¡Wow! ¡Le diste la vuelta!”. Eso fue brutal.

Y uno así nefasto… Berro, no sé. Es que creo que hasta los nefastos uno se los termina disfrutando. Ayer estuve de cabeza en escena como si fuera una mesa y me agarraron de sopita: la mesa no se movía y llegó un punto en que estaba sufriendo y que ‘¡mieeeeeh!’, pero eso es parte del juego.

A lo mejor es una manera hippie y tonta de ver las cosas malas, pero siento que ahorita en este país, aunque suene muy místico, necesitas ver, incluso en lo malo, la parte buena. Porque si no, vamos a agarrarnos todos juntos cantando y nos lanzamos al metro y trancamos este país (risas).

–¿Cuál es tu género favorito de Improvisto y cuál te gusta menos?

–Me gusta demasiado ‘Musical’, también porque tengo formación en ese tipo de teatro, aunque irónicamente antes odiaba los musicales. Y uno que me cuesta mucho más es ‘Relato y Acción’, me da un poquito de pánico. También por el hecho de que tienes en tarima a una persona del público.

Hay muchos géneros que todavía no he jugado, porque es mi primera temporada.

–¿Vives de esto?

–Sí, vivo de esto. Es algo que me hace feliz, que me apasiona. Yo recuerdo siempre a mi papá. Él era médico y decía: “Coño, esta es mi pasión, yo no hago esta vaina por dinero”. Y eso creo que es lo que hace falta muchas veces en este país. A uno lo acostumbran a ‘sal, estudia, haz, haz’. Y es como: No, date el chance de conocer qué carrizo es lo que tu quieres para que la partas, para que si quieres ser el recogecables o el tipo que barre la esquina, la gente no piense ni siquiera en quién le va a barrer la esquina y ya te esté llamando a ti. Eso es lo que debería pasar.

–¿Improvisto en una frase?

–Oportunidad de crecer.

–¿Un hobby?

–Dormir (risas).

–¿Una canción?

–Too Good at Goodbyes, de Sam Smith.

–¿Artista?

–Ahorita a Sam Smith lo tengo en las venas.

–¿Película?

–Noviembre, una película española en formato documental que me cambió la vida. La recomiendo. Véanla. Es brutal.

–¿Serie?

–Friends o Stranger Things.

–¿Actor?

–Will Smith.

–¿Frase?

–Pa’ lante, marica (risas).

–¿Plato de comida?

–Cualquier plato italiano.

–¿Libro?

–El psicoanalista o el Arte de amar, de Erich Fromm.

Alessandra Hamdan: “Es mejor ser chévere que ser grande”

Alessandra Hamdan estudió Derecho (UCV), tiene alma de profesora, aprendió a bailar hip hop y ahora se gana la vida, entre otras cosas, improvisando cada fin de semana. Y decimos que tiene alma de profesora no porque imparta talleres en La Escuela de Humor, que también, sino por la cantidad de conceptos, explicaciones y ejemplos que soltó en tan poco tiempo y respondiendo a tan pocas preguntas.

Hamdan cree que Héctor Lavoe tenía razón y simplifica la mítica frase del cantante puertorriqueño: es mejor ser chévere que ser grande. Su alter ego, dice, podría ser algo así como Missy Elliott y su película favorita es esa que le dio el segundo Oscar a Tom Hanks por allá en 1995: Forrest Gump.

En esta entrevista nos cuenta, además, el momento más incómodo (y gracioso) que ha vivido durante función alguna: un episodio que involucra a Juan Andrés Belgrave, un desodorante aerosol y una braga que ‘olía malísimo’.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Bueno, estudié Derecho en la Universidad Central de Venezuela, estaba haciendo producción de teatro en el grupo Skena y participaba esporádicamente en el match de improvisación, que es un formato deportivo. También formé parte de otro grupo que se llamaba ‘Perdón, ahí vamos de nuevo’, que lo dirigía Freddy Merentes, pero no seguimos porque muchos se fueron a estudiar impro a Chicago. Además de eso estuve bailando hip hop, hasta que me llamaron de Improvisto hace tres años y todavía pertenezco al elenco.

–Te llamó Domingo y te dijo…

–Salió una muchacha llamada Marianna Michinel del elenco y creo que en ese caso al grupo le estaba faltando una actriz que fuese muy física.

Improvisto es como el fútbol. Digamos que el director, Domingo Mondongo, veía quién tenía el talento y qué podía aportar cada uno al escenario. Dentro del equipo hay muchas personas que hacen comedia y que hacen impro, pero cada uno tiene un fuerte. En mi caso es el cuerpo, lo físico, el baile: yo sé bailar locking, waacking, que son géneros del funk style y el hip hop. Eso en la improvisación quizás es una mezcla muy atípica y creo que por esa razón me llamaron.

Obviamente ya cuando entras al show vas cambiando según lo que tú sabes aportar. También hago clown: estuve recibiendo talleres en España, en Argentina, con Tomate, con Walter Velázquez, que son como mi formación. Una mezcla de todas esas cosas fue lo que intenté aportar al show. En Improvisto ya manejaban la técnica del clown y creo que fue por eso que pensaron que podía estar en el elenco.

–¿Se puede aprender a ser cómico, a improvisar?

–A improvisar por supuesto: tiene sus técnicas, tiene sus fundamentos. Todas las personas que tienen el interés pueden hacerlo. No necesitas ni siquiera ser actor. Evidentemente si lo eres y quieres aprender la técnica de la impro vas a tener más herramientas que alguien que no tiene el fogueo sobre las tablas, pero cualquiera puede hacerlo. Por supuesto, tener muchas horas de vuelo en el escenario y muchísimas presentaciones y ensayos, te permite ir entendiéndote.

Ojo, en la improvisación no es necesario ser todo el tiempo cómico: no por el hecho de improvisar vas a hacer comedia. De hecho, hay muchos formatos de improvisación que son de drama y que son muy interesantes, que tienen que ver con lo que se llama long-form.

–¿Cómo definirías el formato de Improvisto?

–En Improvisto hay una mezcla de cosas: improvisación, clown e incluso técnicas de stand-up comedy; pero no es el único formato. Hay muchos en el mundo: solos de impro, catch, match, está el formato de maestro en donde se eliminan competitivamente cuatro actores…

Nosotros hacemos improvisaciones que duran 8-10 minutos y que son historias que armamos según el título que nos dé el público. Con la técnica del payaso, que usa la exageración, la mimetización y el juego, de pronto en el escenario podemos, por ejemplo, abrir una puerta como en las comiquitas, tal cual como en Tom y Jerry. Con ese tipo de juegos se puede construir una historia que sea una telenovela. Eso nada más lo puedes ver en Improvisto.

Ahora, si en un formato de long-form tú ves que hay un conflicto en una familia y de pronto sale un extraterrestre, te parece raro, porque no es tan real. Hay formatos que son más realistas. En Improvisto, por ejemplo, se vale todo. Y es fino jugar en el show por eso: es muy caricaturesco, debido a que se apuntó a que fuese así hace doce años, cuando había muchos actores que dominaban la técnica del circo y la del payaso.

–¿Tienes algún ritual prefunción?

–Calentamiento del cuerpo y un ritual de siempre que hacemos nosotros que es vernos a las caras y gritar antes de entrar al escenario para tener la energía de un equipo de fútbol. Es una locura porque la gente quizás no lo entiende. Compartimos camerino con otros y se quedan y que: “Oye, estos están locos”. En este ritual nos tenemos que ver a los ojos. Hacemos como un círculo de energía y de allí arranca el show.

–¿Cuáles han sido tu mejor y tu peor momento en el escenario?

–El mejor fue en una función que hicimos en la Universidad Metropolitana. Yo estaba entrando, era nueva y me tocó entrompar. Digamos que en Improvisto tú vas escalando: al principio tienes más pena, sabes menos, te dejas guiar por los demás porque tú no le quieres arruinar las propuestas a ellos. Al principio tú eres como una persona que sirve a los demás. En mi caso fui in crescendo: en lo que me sentía más cómoda jugaba más y así iba. Pero, bueno, en la Metropolitana me tocó protagonizar y tocó como un baile de hip hop. Recuerdo que ese día le di con todo y el público se volvió realmente loco, loco, loco. Y fue como uff.

Y el peor momento fue cuando tuve que jugar toda una función con una braga que olía malísimo, al punto de que Juan Andrés tuvo que buscar un desodorante aerosol para echarme. Parecía una cucaracha (risas). Era muy incómodo, porque obviamente es muy físico el trabajo de los actores. Para mí fue incomodísimo. Yo decía: ‘¡Dios mío, qué vergüenza!’. Y ojo: me bañé, quiero que lo sepan (risas).

–¿Cuál es el género que más te gusta y el que menos?

–Mis favoritos son ‘Contrarreloj’, ‘Musical’ y ‘Telenovela’. Y los que menos: ‘Dos sílabas’, que es muy difícil, y ‘¿Qué dijiste?’.

–¿Improvisto en una frase?

–Ser tú mismo.

–¿Un hobby?

–Bailar o hacer stand-up.

–¿Una canción?

–Sex Machine.

–¿Un artista?

–James Brown.

–Película.

–Forrest Gump.

–Serie.

–No soy una persona de serie nuevas: me gusta mucho Friends.

–Actor o actriz

–De improvisación, Charo López, que es una argentina que me parece una dura. Y me gusta Emma Stone, Natalie Portman…

–¿Una frase?

–Es mejor ser chévere que ser grande, algo así, como la de Héctor Lavoe.

–¿Ídolo o modelo a seguir?

–Malena Pichot, Charo López… son muy fieles a su trabajo y me gustaría seguir ese camino.

–¿Un alter ego?

–Algo así como Missy Elliott.

–¿Plato de comida?

–Cualquier tipo de pizza.

–¿Libro?

–Cualquier poemario de Mario Benedetti.