Nadia María: “Búrlate de ti primero y verás cómo nadie nunca se podrá burlar de ti”

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

La Nadia María  es aún más pana en persona de lo que parece en tarima… y pensar que todo ese sentido del humor, y todo ese talento para hacer reír a la gente, estuvo confinado, durante un tiempo, en una oficina del departamento de Recursos Humanos de una empresa de tecnología.

Allí era la encargada de reclutar personal hasta que alguien en Improvisto levantó el teléfono y le ofreció ser parte del elenco. Pero había una condición: tenía que dejarlo todo. Sin garantía de éxito, pero con la certeza de que su lugar en el mundo no estaba frente a un escritorio, Nadia tomó la decisión que, para ese momento, lucía más arriesgada: dejar de trabajar con sueldo fijo.

Todo cambió en aquel mes. Dejó la oficina, comenzó a vivir sola, terminó con su novio y empezó a dedicarse a la improvisación. Un período convulso que, sin embargo, tuvo un final feliz.

En la actualidad tiene la responsabilidad de dirigir, producir y actuar en el mismo show que años atrás veía desde público y con el que soñaba, algún día, formar parte para vivir la experiencia desde el otro lado del teatro.

Hace ya unas semanas tuvimos la oportunidad de conversar con ella y esto fue lo que nos dijo:

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Trabajaba en Recursos Humanos en IBM. Era el cliché de una persona de Recursos Humanos: o sea, era la gorda de la oficina que reclutaba personal. Eso era yo (risas), antes de llegar a Improvisto.

–¿Cuándo y por qué decidiste apostar por la comedia, por la improvisación?

–Yo comencé en la comedia con la técnica de clown, porque era voluntaria de Doctor Yaso. De ahí me fui conectando con la improvisación y comencé con el Impro Match.

Yo ya veía Improvisto porque Impro Match era como el equipo chiquito de Improvisto, como la liga B, y yo ya quería estar en Improvisto. Iba a todas las funciones. Siempre decía: quiero estar ahí. Justamente cuando estaba trabajando en IBM me llamaron y me preguntaron si quería estar en Improvisto, pero tenía que dejarlo todo.

–¿Y podías, económicamente, dejarlo todo?

–No, pero lo hice, porque yo sabía que mi lugar no era en una oficina, porque estaba sumamente frustrada y dije: ‘Mira, ya está, con la liquidación puede que viva un rato’. Fue un momento de cambio completamente. Yo dejé de trabajar con sueldo fijo, me vine a Improvisto, comencé a vivir sola y terminé con mi novio, con el que tenía como seis años. Todo me pasó en el mismo mes. Pero ya… Todo salió bien.

–¿Eras introvertida o extrovertida?

–Creo que soy las dos cosas, y siempre ha sido así. Ahora quizá soy mucho más extrovertida que introvertida, pero siempre fui las dos cosas. Según el contexto donde estuviera era una o la otra. En un contexto de confianza soy absurdamente extrovertida y cuando no, soy absurdamente lo opuesto. Es como un tema de lo que quiero en el momento. Es decir, si en el momento me da flojera hablar con la gente, soy la persona más introvertida del mundo entero

–¿Se puede aprender a ser cómico, a improvisar?

–Se puede aprender. Yo creo que existe la gente que nace con eso y esos ya tienen una ventaja. Tú puedes aprender a ser cómico y vas a ser un cómico de librito, como digo yo. Con trabajo, no se te va a notar. Pero tienes que trabajar el triple de lo que trabaja cualquier persona. Y también tienes que entender cuando no lo puedes hacer y ya. Es decir, ¿se puede aprender? Sí, pero no todo el mundo.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–Mi día a día es una corredera absurda. Yo siento que desde que estoy en el mundo de la comedia trabajo más que cuando estaba en una oficina. Yo produzco Improvisto, soy directora de Improvisto, soy actriz de Improvisto… Entonces estoy todo el día en este tema: reuniones con clientes, vendiendo funciones privadas. Hasta hace nada hacía radio, entonces también tenía que dedicarle su tiempo…

Un día normal mío es trabajar, es entrenar, porque entreno, ¡gracias! (risas)… hago ejercicios y ensayo con Improvisto.

Un día de función es: descansar todo el día hasta que tenga que venir al show.

–¿Tienes algún ritual prefunción?

–Creo que me paso el suiche cuando me estoy maquillando: en esos cinco minutos que me siento frente al espejo ya comienzo a meterme en el mood de actriz. Cuando me pongo la braga hago un par de estiramientos, siempre muy muy individual, y me empiezo a conectar con el juego yo con yo. Y luego hacemos nuestro ritual del grupo completo y vamos con todo. Pero no es taaaaan un ritual así que tenga. Es súper sencillo.

–¿Qué es lo más difícil a la hora de improvisar?

–Creo que estar pendiente de todo lo que pasa. Para mí un buen improvisador tiene el cerebro fracturado como en mil pedazos y tienes que hacer millones de cosas a la vez. Tienes que llevar la historia, tienes pensar en la propuesta que vas a hacer y escuchar las propuestas de tus compañeros, tienes que ver lo que está pasando en el público, tienes que ver qué hace falta o qué sobra en el escenario, tienes que ver cuándo puedes lanzar una buena propuesta… Hacer todo eso al mismo tiempo, sin que se te note, para mí es lo más difícil y creo que cuando un improvisador llega a ese nivel ya está consolidado.

–¿Qué haces para mejorar día tras día?

–Veo mucha comedia, trato de leer un montón, siempre estoy indagando. Cuando viajo, intento ver ideas del lugar al que voy, tanto de impro como de stand-up, que son las dos cosas que yo hago.

De vez en cuando, muy esporádicamente, dicto un taller para nutrirme de la gente que lo cursa, porque no hay nada más bueno para enriquecerte que la pureza con la que entran las personas a hacer un taller, porque entran sin vicios. Entonces ahí tú ves qué se está viendo en el momento, sales del cajón de Improvisto, porque somos una secta y todos pensamos y hablamos igual. Ahí ves un montón de cosas y todo eso te va nutriendo.

Y, obviamente, estudiar muchísimo. El Internet ayuda mucho, cuando hay (risas).

–¿En qué te estás fijando ahorita?

–Por ejemplo: ahorita llegué súper fiebrúa porque estuve recientemente en Los Ángeles (Estados Unidos) y fui al UCB, que es una escuela de improvisación allá, de donde salió Chelsea Peretti. Estuve como en cuatro shows y vine loca del nivel de impro que estaban haciendo.

Me compré el libro de técnicas de improvisación de ellos y ahorita estoy como descubriendo… O sea, hay como un paso por encimo del clásico “Yes I do” de la improvisación. Entonces es como ‘Wow, esto es como un reload de lo que ya sabemos de la impro’. A parte de que nosotros conocimos la improvisación por un argentino que lo trajo para acá y lo fuimos puliendo.

–¿Qué viste que nos pudieses contar?

–Vi dos shows que me encantaron. El más pro de ellos, que justamente es de donde viene Chelsea Peretti y toda esta gente, es un long-form clásico, pero el nivel de impro que ellos estaban haciendo ahí era increíble. ¡Ver cómo la capa de chiste no era la primera! Hubo una cosa que me resultó demasiado significativa, porque a mí en Improvisto me chalequean… es decir, yo soy un chiste fácil para todos los actores de Improvisto: yo salgo a escena y con meterse con mi gordura ya tienen y hay un chiste en el público y eso es así. Ya tengo experiencia con eso y no me molesta. Pero en el show que vi había una improvisadora que es increíble, que es una gordita que siempre tiene como una matica de coco en el pelo, y ella sale al escenario y lo primero que yo pienso cuando ella sale es justamente en el chiste que me hubiesen hecho a mí si hubiese sido yo la que hubiese salido en Improvisto y eso pasó desapercibido y vino una capa superior a ese chiste y fue y que: ‘Okay, es aquí donde deberíamos estar nosotros en este momento’. Me encantó ese.

Y me gustó otro de Impro que los disparadores eran música que la gente tenía en el celular. Le pedían el celular al público y había como un DJ que iba mezclando, entonces esos eran los disparadores para hacer las improvisaciones y me pareció increíble lo que pasaba con esa música.

–¿Cúales han sido tu mejor y tu peor momento en el escenario?

–Yo creo que los buenos momentos son muchos. Evidentemente, la primera vez que jugué fue mi mejor momento en escena porque yo deseaba estar en este show desde que tengo uso de razón. Estaba súper nerviosa, pero tienes un equipo que no te deja morir y eso es una tranquilidad que no te da el stand-up. En el stand-up te mueres ahí de un infarto y ya (risas).

Otra, sin duda, fue la primera vez que tocamos suelo en Miami y agotamos esa función. Fue increíble sentir el público. La primera vez que agotamos el Aula Magna en la central fue otro momento en el que se te aguan los ojos en la tarima… Hay un montón así.

Y malos momentos… creo que cuando no estás conectado con el juego, que es como que le ves la costura a todo. Es como: ‘Dios mío, esta puede ser, lejos, la peor función que hemos tenido en la vida’. Para mí, ese momento fue en Costa Rica: era un público que no hacía click con nosotros, o yo no sé si eran otro tipo de persona…

–Ese es el riesgo de hacer giras, ¿no?

–Claro, porque aparte nosotros estábamos invitados en un festival y había mucha gente de Costa Rica, entonces había que buscar la manera de adaptar este idioma para la gente de Costa Rica y ellos no son eufóricos como el venezolano, sino que son mucho más pasivos. De hecho salimos y fue y que: ‘Buen show, buen show’. Y nosotros y que: ‘Pero no demostraron que era bueno (risas)’. Ese, creo, fue uno de los peores shows de mi vida. Al menos el que más me costó.

–¿Tu género favorito de Improvisto y uno que no te guste tanto?

–Mi género favorito es ‘Contrarreloj’, que es uno que se hace en tres tiempos: se hace una presentación de cuatro minutos, luego de dos minutos y luego de un minuto. Y el otro es ‘Musical’. A pesar de que no canto, me gusta mucho porque yo soy una rapera frustrada. Entonces cada vez que tengo oportunidad de lanzarme una lírica (risas), lo hago.

–¿Vives de esto?

–Vivo de esto absurdamente. Completamente vivo del humor gracias a Dios. Vivo de Improvisto y del stand-up. Esas son las dos cosas que hago y espero vivir de eso hasta que me muera, porque no pienso regresar a una oficina por ahora.

–¿Improvisto en una palabra o en una frase?

–Trabajo.

–¿Un hobby?

–Comer.

–¿Una canción?

–No Rain, de Blind Melon.

–¿Artista?

–Pharrell.

–¿Película?

–Uff. Creo que la saga de Harry Potter siempre será mi película, pero estoy demasiado con La la land ahorita. Es que vengo de Los Ángeles, entonces todo es La la land allá. A parte de que descubrí por qué la película se llama La la land.

–¿Por qué?

–Se llama La la land porque a la gente de LA (Los Ángeles) le dicen que anda en las nubes y todos son “La la land”. O sea, el ‘La’ es de LA (Los Ángeles). Lo usan cuando, por ejemplo, te preguntan algo y tú respondes y que: “No, es que yo prefiero el café de la esquina (voz de sifrina)”. Entonces te dicen: “Tú y tu La la land”.

–¿Serie?

–Game of Thrones.

–¿Actor?

–Leonardo Di Caprio. Y actriz: Susan Sarandon.

–¿Frase?

–Búrlate de ti primero y verás cómo nadie nunca se podrá burlar de ti.

–¿Comida?

–Papitas fritas.

–¿Ídolo?

–Creo que Jerry Seinfeld es uno a juro, por todo lo que significa, y de acá, Emilio Lovera, porque trabaja incansablemente.

–¿Alter ego?

–Una asesina (risas).

–¿Un libro?

–El último libro que me compré es el de Técnica de Improvisación de UCB y el último que me leí fue Una Vacante Disponible, de J.K. Rowling, que también es bueno. Una novela para adultos que está buena, buena, buena.

 

Jonathan Collet: ‘Uno está acostumbrado a negar y en la improvisación siempre hay que decir sí’

Jonathan Collet (@jotylodije) está convencido de que a este país, entre otras cosas, le hace falta gente que haga lo que le apasione. Él tomó esa decisión hace casi diez años y desde ese momento se ha dedicado a las artes escénicas. Luego de comenzar con una compañía en el CELARG y de graduarse en la Escuela de Teatro Musical de Caracas, Jonathan trabajó en un show de improvisación con @yasirijilla, conoció a @lanadiamaria y el destino hizo el resto: tuvo la oportunidad, como invitado, de participar en algunas funciones de Improvisto la temporada pasada y hoy en día ya forma parte del elenco.

En esta entrevista, Collet cuenta cuál es su ritual antes de cada show (en el que a veces incluye algún tipo de meditación), explica qué es lo más difícil a la hora de improvisar y afirma que, “aunque suene muy místico”, ahorita en este país necesitas, a juro, encontrar lo bueno en todo lo malo.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Estoy dedicado al teatro desde el 2009 más o menos. Comencé en una compañía en el CELARG. Estuve 5-6 años ahí y luego me gradué en la Escuela de Teatro Musical de Caracas. En paralelo a eso la improvisación llegó a mi vida. Y, bueno, yo soy como el ‘nuevón’ del grupo ahorita. Llevo nada más esta temporada.

–¿Cómo entraste al elenco?

–Por recomendaciones. Me empezaron a ver mientras estaba en otro show de improvisación, que era Impro Teatro, y allí tuve la oportunidad de trabajar con Yasirijilla y conocer a Nadia. Uno en este medio a fin de cuentas conoce a todo el mundo. La temporada pasada me llamaron como invitado y ahorita me dieron la oportunidad de estar fijo con ellos.

–¿Eres introvertido o extrovertido? 

–Yo soy más salido que una gaveta, más salido que un balcón (risas). Suelo ser más reservado con mi vida privada a veces, pero normalmente en este medio, en el que uno se siente tan cómodo y está tan tranquilo, yo soy más salido que el carrizo.

–¿Se puede aprender a ser cómico, a improvisar?

–Mira, no sé si a ser cómico. Esa es una de las cosas a las que yo siempre le he tenido mucho respeto. Como te digo, yo me formé como actor de teatro, no como comediante ni como improvisador. Y una de las cosas que a mí me parecen más peludas es hacer comedia. De hecho le tengo mucho respeto y mucho miedo a la comedia, pero creo que sí se puede conocer la técnica y ver qué es lo que te funciona. Yo siento que cada quien tiene su humor y tiene como su gancho.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–(Risas) Mi día a día es una locura. Yo también bailo y estoy en un staff de profesores de una escuela. Entonces mi rutina es estar todo el día metido con el arte. Estudio también en las mañanas. Así que en las mañanas voy a clases, luego voy para la escuela, donde me la paso bailando como hasta las 10 de la noche y de ahí a mi casa a lavar ropa, a cocinar, los quehaceres normales del hogar…

Y en un día de función trabajo también a veces. Por ejemplo, los sábados me toca hasta las 3-4 de la tarde y después de ahí a patear calle, a agarrar autobús y llegar para acá (Torreo BOD). Yo soy de los que trato siempre de estar súper temprano porque me gusta estar en las tablas, y eso también lo aprendí como parte de la formación que tuve cuando comencé a hacer teatro: sentir el ambiente y estar con el grupo. Pienso que esos momentos son muy importantes.

Es agotador, pero es divino a fin de cuentas, porque es lo que a uno le hace feliz, y el cuerpo lo agradece.

–¿Tienes algún tipo de ritual prefunción específico?  

–Coye, dependiendo del día. Es decir, sí me gusta calentar mucho el cuerpo, también por el hecho de que tengo formación por la parte de baile y me parece demasiado importante ese aspecto y más en Improvisto, que tienes que estar dinámico porque si te apagas el público simplemente te elimina. Mi ritual normalmente es, como te digo, llegar a las tablas, sentir el ambiente del teatro… Yo soy bien místico con eso. Si me siento como flojo con la voz, de repente caliento un poco esa parte. Si siento algún tipo de molestia, trato de calmarme, de hacer algún tipo de meditación para relajarme. De resto, nada, empezar a compartir con la gente porque yo siento que eso en tarima se nota demasiado.

–¿Qué es lo más difícil a la hora de improvisar?

–Una de las cosas que a mí me pasó cuando comencé a hacer impro es que me empecé a dar cuenta de que uno está acostumbrado a siempre negar y que el principio de la improvisación, por el contrario, es decir siempre: “sí y…”. O sea, es agregar y buscar qué hay más allá. No sé si lo más difícil, pero lo que más se me complicó al principio, y que es lo que normalmente más se le complica a la gente, es precisamente eso: aprender a aceptar y a no negar tanto. Y la escucha: uno aquí siempre tiene que estar conectado y atento, tener los sentidos totalmente abiertos.

–¿Ese “sí y…” es la clave para ir en contra de la sociedad?, que quizás reprime la creatividad…

–No sé si ir en contra. Mas bien creo que la clave está en utilizar esa fuerza a favor de uno, precisamente como un “sí y…”. Utilizar esa negación que te da la sociedad y darle la vuelta a la tortilla.

–¿Qué haces para mejorar día tras día?

–Uno como actor, no sólo como improvisador, tiene una herramienta que para mí es mágica, que es observar. Yo soy burda de freak por la calle y voy observando gente. Yo soy de los que ve a alguien muy particular en la calle y necesita escanearlo, ver por qué es así. Eso te va nutriendo… Ver películas, ver documentales, leer sobre ejercicios o grupos de improvisación afuera del país… En verdad todo te nutre como persona, como ser humano, como improvisador, como actor, como doctor, como lo que sea.

–¿Mejor y peor momento en tarima?

–Hubo una función hace unas semanas que el título era “¿Para qué está el culo, sino para darlo?” y, claro, la gente normalmente se va por lo común, por el chiste tonto, y nosotros le dimos la vuelta y estábamos hablando del culito de las empanadas. Era una fábrica de empanadas y tal… y yo cerré la historia con un: “Mi abuelo siempre lo decía: que el culo está para darlo” y la gente como “¡Wow! ¡Le diste la vuelta!”. Eso fue brutal.

Y uno así nefasto… Berro, no sé. Es que creo que hasta los nefastos uno se los termina disfrutando. Ayer estuve de cabeza en escena como si fuera una mesa y me agarraron de sopita: la mesa no se movía y llegó un punto en que estaba sufriendo y que ‘¡mieeeeeh!’, pero eso es parte del juego.

A lo mejor es una manera hippie y tonta de ver las cosas malas, pero siento que ahorita en este país, aunque suene muy místico, necesitas ver, incluso en lo malo, la parte buena. Porque si no, vamos a agarrarnos todos juntos cantando y nos lanzamos al metro y trancamos este país (risas).

–¿Cuál es tu género favorito de Improvisto y cuál te gusta menos?

–Me gusta demasiado ‘Musical’, también porque tengo formación en ese tipo de teatro, aunque irónicamente antes odiaba los musicales. Y uno que me cuesta mucho más es ‘Relato y Acción’, me da un poquito de pánico. También por el hecho de que tienes en tarima a una persona del público.

Hay muchos géneros que todavía no he jugado, porque es mi primera temporada.

–¿Vives de esto?

–Sí, vivo de esto. Es algo que me hace feliz, que me apasiona. Yo recuerdo siempre a mi papá. Él era médico y decía: “Coño, esta es mi pasión, yo no hago esta vaina por dinero”. Y eso creo que es lo que hace falta muchas veces en este país. A uno lo acostumbran a ‘sal, estudia, haz, haz’. Y es como: No, date el chance de conocer qué carrizo es lo que tu quieres para que la partas, para que si quieres ser el recogecables o el tipo que barre la esquina, la gente no piense ni siquiera en quién le va a barrer la esquina y ya te esté llamando a ti. Eso es lo que debería pasar.

–¿Improvisto en una frase?

–Oportunidad de crecer.

–¿Un hobby?

–Dormir (risas).

–¿Una canción?

–Too Good at Goodbyes, de Sam Smith.

–¿Artista?

–Ahorita a Sam Smith lo tengo en las venas.

–¿Película?

–Noviembre, una película española en formato documental que me cambió la vida. La recomiendo. Véanla. Es brutal.

–¿Serie?

–Friends o Stranger Things.

–¿Actor?

–Will Smith.

–¿Frase?

–Pa’ lante, marica (risas).

–¿Plato de comida?

–Cualquier plato italiano.

–¿Libro?

–El psicoanalista o el Arte de amar, de Erich Fromm.

Alessandra Hamdan: “Es mejor ser chévere que ser grande”

Alessandra Hamdan estudió Derecho (UCV), tiene alma de profesora, aprendió a bailar hip hop y ahora se gana la vida, entre otras cosas, improvisando cada fin de semana. Y decimos que tiene alma de profesora no porque imparta talleres en La Escuela de Humor, que también, sino por la cantidad de conceptos, explicaciones y ejemplos que soltó en tan poco tiempo y respondiendo a tan pocas preguntas.

Hamdan cree que Héctor Lavoe tenía razón y simplifica la mítica frase del cantante puertorriqueño: es mejor ser chévere que ser grande. Su alter ego, dice, podría ser algo así como Missy Elliott y su película favorita es esa que le dio el segundo Oscar a Tom Hanks por allá en 1995: Forrest Gump.

En esta entrevista nos cuenta, además, el momento más incómodo (y gracioso) que ha vivido durante función alguna: un episodio que involucra a Juan Andrés Belgrave, un desodorante aerosol y una braga que ‘olía malísimo’.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Bueno, estudié Derecho en la Universidad Central de Venezuela, estaba haciendo producción de teatro en el grupo Skena y participaba esporádicamente en el match de improvisación, que es un formato deportivo. También formé parte de otro grupo que se llamaba ‘Perdón, ahí vamos de nuevo’, que lo dirigía Freddy Merentes, pero no seguimos porque muchos se fueron a estudiar impro a Chicago. Además de eso estuve bailando hip hop, hasta que me llamaron de Improvisto hace tres años y todavía pertenezco al elenco.

–Te llamó Domingo y te dijo…

–Salió una muchacha llamada Marianna Michinel del elenco y creo que en ese caso al grupo le estaba faltando una actriz que fuese muy física.

Improvisto es como el fútbol. Digamos que el director, Domingo Mondongo, veía quién tenía el talento y qué podía aportar cada uno al escenario. Dentro del equipo hay muchas personas que hacen comedia y que hacen impro, pero cada uno tiene un fuerte. En mi caso es el cuerpo, lo físico, el baile: yo sé bailar locking, waacking, que son géneros del funk style y el hip hop. Eso en la improvisación quizás es una mezcla muy atípica y creo que por esa razón me llamaron.

Obviamente ya cuando entras al show vas cambiando según lo que tú sabes aportar. También hago clown: estuve recibiendo talleres en España, en Argentina, con Tomate, con Walter Velázquez, que son como mi formación. Una mezcla de todas esas cosas fue lo que intenté aportar al show. En Improvisto ya manejaban la técnica del clown y creo que fue por eso que pensaron que podía estar en el elenco.

–¿Se puede aprender a ser cómico, a improvisar?

–A improvisar por supuesto: tiene sus técnicas, tiene sus fundamentos. Todas las personas que tienen el interés pueden hacerlo. No necesitas ni siquiera ser actor. Evidentemente si lo eres y quieres aprender la técnica de la impro vas a tener más herramientas que alguien que no tiene el fogueo sobre las tablas, pero cualquiera puede hacerlo. Por supuesto, tener muchas horas de vuelo en el escenario y muchísimas presentaciones y ensayos, te permite ir entendiéndote.

Ojo, en la improvisación no es necesario ser todo el tiempo cómico: no por el hecho de improvisar vas a hacer comedia. De hecho, hay muchos formatos de improvisación que son de drama y que son muy interesantes, que tienen que ver con lo que se llama long-form.

–¿Cómo definirías el formato de Improvisto?

–En Improvisto hay una mezcla de cosas: improvisación, clown e incluso técnicas de stand-up comedy; pero no es el único formato. Hay muchos en el mundo: solos de impro, catch, match, está el formato de maestro en donde se eliminan competitivamente cuatro actores…

Nosotros hacemos improvisaciones que duran 8-10 minutos y que son historias que armamos según el título que nos dé el público. Con la técnica del payaso, que usa la exageración, la mimetización y el juego, de pronto en el escenario podemos, por ejemplo, abrir una puerta como en las comiquitas, tal cual como en Tom y Jerry. Con ese tipo de juegos se puede construir una historia que sea una telenovela. Eso nada más lo puedes ver en Improvisto.

Ahora, si en un formato de long-form tú ves que hay un conflicto en una familia y de pronto sale un extraterrestre, te parece raro, porque no es tan real. Hay formatos que son más realistas. En Improvisto, por ejemplo, se vale todo. Y es fino jugar en el show por eso: es muy caricaturesco, debido a que se apuntó a que fuese así hace doce años, cuando había muchos actores que dominaban la técnica del circo y la del payaso.

–¿Tienes algún ritual prefunción?

–Calentamiento del cuerpo y un ritual de siempre que hacemos nosotros que es vernos a las caras y gritar antes de entrar al escenario para tener la energía de un equipo de fútbol. Es una locura porque la gente quizás no lo entiende. Compartimos camerino con otros y se quedan y que: “Oye, estos están locos”. En este ritual nos tenemos que ver a los ojos. Hacemos como un círculo de energía y de allí arranca el show.

–¿Cuáles han sido tu mejor y tu peor momento en el escenario?

–El mejor fue en una función que hicimos en la Universidad Metropolitana. Yo estaba entrando, era nueva y me tocó entrompar. Digamos que en Improvisto tú vas escalando: al principio tienes más pena, sabes menos, te dejas guiar por los demás porque tú no le quieres arruinar las propuestas a ellos. Al principio tú eres como una persona que sirve a los demás. En mi caso fui in crescendo: en lo que me sentía más cómoda jugaba más y así iba. Pero, bueno, en la Metropolitana me tocó protagonizar y tocó como un baile de hip hop. Recuerdo que ese día le di con todo y el público se volvió realmente loco, loco, loco. Y fue como uff.

Y el peor momento fue cuando tuve que jugar toda una función con una braga que olía malísimo, al punto de que Juan Andrés tuvo que buscar un desodorante aerosol para echarme. Parecía una cucaracha (risas). Era muy incómodo, porque obviamente es muy físico el trabajo de los actores. Para mí fue incomodísimo. Yo decía: ‘¡Dios mío, qué vergüenza!’. Y ojo: me bañé, quiero que lo sepan (risas).

–¿Cuál es el género que más te gusta y el que menos?

–Mis favoritos son ‘Contrarreloj’, ‘Musical’ y ‘Telenovela’. Y los que menos: ‘Dos sílabas’, que es muy difícil, y ‘¿Qué dijiste?’.

–¿Improvisto en una frase?

–Ser tú mismo.

–¿Un hobby?

–Bailar o hacer stand-up.

–¿Una canción?

–Sex Machine.

–¿Un artista?

–James Brown.

–Película.

–Forrest Gump.

–Serie.

–No soy una persona de serie nuevas: me gusta mucho Friends.

–Actor o actriz

–De improvisación, Charo López, que es una argentina que me parece una dura. Y me gusta Emma Stone, Natalie Portman…

–¿Una frase?

–Es mejor ser chévere que ser grande, algo así, como la de Héctor Lavoe.

–¿Ídolo o modelo a seguir?

–Malena Pichot, Charo López… son muy fieles a su trabajo y me gustaría seguir ese camino.

–¿Un alter ego?

–Algo así como Missy Elliott.

–¿Plato de comida?

–Cualquier tipo de pizza.

–¿Libro?

–Cualquier poemario de Mario Benedetti.

Daniel López: “La clave es saber qué pasa en el escenario para apoyar y proponer desde la música”

Por, Juan Sanoja | @JuanSanoja

A Daniel López también le toca improvisar, pero no con la braga en tarima, sino con la guitarra y el sintetizador que controla a un lado del escenario. Él es el encargado de hacer todos los sonidos que los actores representan durante el espectáculo –abrir una puerta, tocar un timbre, revisar una gaveta– y de ponerle el ambiente musical a cada escena.

Estudió bastantes años guitarra y desde ahí se puso a jammear con varios de sus mejores amigos, quienes veían clases con el mismo profesor. Observando shows de Improvisto, admirando a los actores y realizando talleres, Daniel se fue preparando hasta que le llegó la oportunidad.

En esta entrevista nos explica cómo desde la música incidental puede apoyar a los actores para darle mayor emoción a lo que está ocurriendo en tarima, nos comenta cómo se comunica con el elenco en plena función, nos echa el cuento de cuando le tocó ponerse la braga para subirse al escenario y nos declara, entre otras cosas, que su serie favorita es Stranger Things.

–¿Cómo aprendiste a improvisar desde la música?

–Junto a mis mejores amigos estudié bastantes años guitarra. Todos veíamos clases con el mismo profesor y llegó un punto en el que parte del entrenamiento era jammear (improvisar musicalmente) entre nosotros y cuando nos íbamos para nuestras casas seguíamos practicando lo mismo.

También fue importante entender qué pasaba sobre el escenario gracias a los talleres de improvisación que realicé, además de estar viendo shows y admirando mucho lo que pasaba sobre las tablas. Todo esto me hizo entender cómo funciona la impro y cómo la música apoya eso.

Antes de estar en Improvisto estaba en otro show que se llamaba ‘El cumpleaños de fulanito’ y digamos que fue gran parte de mi training para ver de qué manera apoyaba. Descubrí que en la música incidental si un actor propone una escena que va por algo triste, ciertos acordes pueden hacer que se sienta más lo que él quiere mostrar.

Uno también puede ser el que proponga algo triste y que los actores se vayan por ahí. Por ejemplo, ayer estábamos tocando y hubo un momento como que un actor muerde una cosa y yo con el teclado marqué como unas voces todas angelicales y el actor se enamoró de lo que estaba probando.

–¿A veces ellos se acoplan a ti y a veces tú a ellos?

–Exacto. Las propuestas van de lado y lado. La clave es saber entender qué pasa en el escenario para uno apoyar y proponer desde ahí. Además de mucha comunicación y mucha sinergia entre los actores y el músico.

–Desde tu punto de vista, ¿qué es lo más difícil de improvisar?

–Para los actores es lo que llamamos el vértigo, que es como no saber para dónde va la cosa. Digamos que el músico está en un punto medio entre externo a lo que está pasando, pero no llega a ser parte del público. Es alguien que puede ver la situación desde afuera y desde afuera apoya. Entonces cuando uno sabe que empieza a haber vértigo en los actores, uno también se empieza a llenar de esa energía porque es como, bueno, ¿qué tanto puedo proponer para que no haya más vértigo? ¿De qué manera puedo ayudar para que esto fluya?

Desde la música es muy complicado cuando no hay muy buen entendimiento o cuando un actor se va y está cantando sobre lo que tú estás tocando y pierde la rima. Uno tiene que acoplarse a él en vez de que él se acople a uno. Tienes como que reacoplarte y empezar a tocar para volver a estar en sintonía.

Lo otro es manejar códigos visuales a la hora de yo ver qué me están pidiendo. Si es tocar una puerta o tocar un timbre…

–¿Tienen algunas señas?

–Las señas son más que todo con la visión o desde la pata que me dicen: Mira, aguanta un pelo la música que vamos a hacer tal cosa. Me hacen una seña y yo veo qué carrizo entendí y le entrompo.

–¿Se puede aprender a improvisar?

–Totalmente. Es un músculo, hay que entrenarlo, pero todo el mundo puede improvisar. Hace mucho tiempo entrené bastante impro, inclusive creo que esa es una de las cualidades que más me ha ayudado a hacer música.

Hice muchos talleres. Mi primer básico de impro duró como dos meses con Corina Perera, que estuvo en Improvisto hace mucho tiempo. Luego hice un básico con Ron Chávez y luego hice un taller con Nadie de improvisación deportiva. Y eso me ha ayudado mucho a entender la parte de la tarima.

–¿Tú vas a los entrenamientos con ellos?

–Fijo. Inclusive a veces ni siquiera practicamos cosas de música sino que hago yo cosas de impro con los actores y eso nos permite generar conexión, entender qué es lo que pasa, generar códigos.

–¿Te ha tocado montarte en tarima?

–Me tocó montarme hace poquito por un percance: a uno de los actores se le complicó y tuvimos que hacer un resuelve de última hora. A Ron le sobraba una braga azul y bueno, nada, me mandaron a ponérmela y resolver el trabajo. Gracias a Dios ya tenía bastante training de impro: cuatro talleres, más el entrenamiento diario de Improvisto y conocer el juego de los actores.

Me tocó más que todo jugar al servicio, que es ayudar a las propuestas de mis compañeros y dejarme guiar por ellos, estar ahí para lo que necesiten. Fue bastante divertido, una adrenalina que nunca había sentido como músico del show. Cumplí mis dos funciones: fui músico mientras no estaba en el escenario y cuando estaba en tarima improvisaba y hacía parte de las historias. Creo que entre nosotros hay una sinergia que va mucho más allá de lo que la gente puede ver y que de verdad no importa si eres músico o actor: perteneces a la misma energía. Todos nos comunicamos de la misma manera y eso nos permite jugar y divertirnos, sea cual sea el rol.

No dudo que en algún futuro se repita, capaz bajo otras circunstancias. Sin duda alguna me divirtió muchísimo. Siempre estuve pendiente y siempre estuve claro que el día que tocara resolver el trabajo lo iba hacer con la mejor disposición. Cuando ocurra nuevamente le echaré el doble de ganas que le pude haber echado.

–¿Tienes algún ritual específico que hagas antes de la función?

–Bueno, cuando pruebo sonido me gusta repasar todo lo que puedo hacer. Tengo guitarra, sintetizador y unas secuencias de batería, entonces mientras pruebo los sonidos pruebo los acordes. También si practiqué algo en casa que quiero traer, hago alguna pasada sin que los actores estén, como para también buscar sorprenderlos en el escenario a ellos, que es algo sabroso de la improvisación.

Con la guitarra me gusta calentar, practicar escalas, revisar la afinación y eso también me ayuda a conseguir cosas para la función. Como ritual grupal, me gusta mucho jugar fuchi.

–¿Mejor y peor momento que te ha tocado en improvisto?

–Sinceramente, en esta temporada hubo un musical que fue perfecto. Casi como Broadway. De pana hubo como tres canciones que las pegamos entre todos. Fue un momento muy top.

El peor momento creo que fue una función de la gira que estuve yo bastante bajito y las propuestas musicales que lanzaba no iban para ningún lado o sentía que los actores se perdían. También es que estaba mal posicionado hacia el escenario. Esa es otra cosa: el músico siempre tiene que estar lo más hacia el escenario para poder ver todo lo que pasa. Yo estaba arrimado para atrás, entonces lo que veía eran las espaldas. Era difícil verlos. Desde ese momento aprendí que siempre tenía que estar bien posicionado.

–Tu género favorito y uno que no te guste tanto.

–El que más me gusta es musical, obviamente, porque es el que más tengo para hacer. El otro es contrarreloj, porque puedo hacer muchos efecticos.

El que menos me gusta es extranjero con traducción, porque a veces desde la música, como los actores hablan un idioma y otros actores traducen lo que pasó, quedan como poquitos incisos como para uno jugar.

–¿Improvisto en una palabra o frase?

–Alegría.

–¿Canción?

–Mi canción favorita del año se llama ‘Break de Fever’ de Mutemath. Es increíble y es como lo que quiero llegar a hacer yo como productor musical.

–¿Artista?

–Liam Gallagher.

–¿Película?

–Pulp Fiction.

–¿Serie?

–Stranger Things. Cegado.

–¿Actor?

–El que hace de James Gordon en la serie Gotham: Ben McKenzie

–¿Frase?

–La música es vida (risas).

–¿Ídolo?

–Tengo dos en mente: Paul Meany y Roy Mitchell-Cárdenas, los dos de la banda que te nombré anteriormente. Musicalmente son unos genios. En el proceso de efectos y como componen. Me vuelan la mente cada vez que escucho algo de ellos.

–¿Comida?

–Tacos mexicanos.

–¿Algún libro?

–Me gusta mucho la serie de ‘Percy Jackson and the Olympians’. La leí hace mucho tiempo y todavía me encanta.

 

Carito Delgado: “Dije: no me quiero morir sin saber qué se siente hacer lo que te gusta”

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Carito Delgado llevaba una vida común y corriente: había estudiado Administración en la UCAB y ya tenía varios años trabajando en una empresa relacionada con su profesión, en el área de compras internacionales.

Pero en 2009 descubrió el teatro y, con la intención de superar el pánico escénico que padecía, quiso comenzar a hacer talleres. Sin embargo, su día a día de escritorio todavía estaba lejos de terminar. No fue sino hasta 2015 que Improvisto tocó la puerta. Ese año le ofrecieron formar parte del equipo y no se lo pensó dos veces: “Yo dije: ‘Mira, no me quiero morir sin saber qué se siente hacer lo que a uno le gusta’”. Y es precisamente haciendo lo que le gusta que Carito Delgado se ha ganado la vida desde entonces.

De aquella decisión no se arrepiente, más allá de que en la actualidad se encuentre con personas que, llenas de prejuicios, critiquen su nueva profesión: “En estos días me conseguí a un exjefe. Se lo presenté a mi novio porque estábamos haciendo mercado y él señor ha dicho: ‘Sí, yo era su jefe, cuando ella tenía un trabajo formal’. Fue tipo: ‘Aaaaarghhhhh!’. Claro, yo a todas estas me reí como que: “Ja, ja, ja, ja”.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Era administradora. Trabajaba en compras internacionales. Estuve en varias empresas y viajé mucho. Fue un trabajo muy bonito, pero no era lo que quería hacer.

Luego descubrí el teatro por ahí en el 2009, que hice unos talleres de actuación y fue y que: “Esto es lo que quiero hacer”. Claro, la administración no la solté sino hasta 2015, cuando empecé con Improvisto, después de haber estado un año con Noches de Impro.

En resumen: yo estudié Administración en la Universidad Católica, bla, bla, bla y trabajé muchos años en compras internacionales, hasta que en el 2015 me salió la oportunidad con Improvisto y dije: “Mira, no me quiero morir sin saber qué se siente hacer lo que a uno le gusta” y bueno, aquí estoy.

–¿Cómo te llegó esa oportunidad de entrar a Improvisto?

–Yo en enero de 2015 comencé en un grupo que se llama Noches de Impro y con ellos tuve el chance de conocerme como improvisadora sobre un escenario, con la interacción del público. Entonces por ahí en julio Improvisto como que estaba viendo la posibilidad de incorporar a alguien. Me llamaron en septiembre y comencé en octubre.

–¿Eras introvertida o extrovertida?

–Yo era introvertida hasta que empecé a hacer teatro. De hecho, empiezo a hacer teatro porque era muy introvertida. O más bien: sufría de pánico escénico y dije: “Creo que con el teatro puedo superarlo”. No fue así, porque en el teatro como que usas un personaje para cubrirte. Así que después hice stand-up, que fue lo que me terminó de… O sea, si tú quieres perder el miedo escénico, métete en un taller de stand-up comedy, porque eso es como lanzarte por un barranco, pero la satisfacción de lograrlo es increíble.

–¿Es más difícil que improvisar?

–Son dos cosas muy distintas. En stand-up eres tú solo. Tú eres el que escribe, tú eres el que hace todo.

Aunque en algunos fundamentos son parecidos, porque cuando tú actúas en improvisación estás escribiendo una historia que está saliendo de tu mente. Es algo muy inmediato. Llevas como tu maleta de personajes. A mí me gusta mucho más la improvisación que el stand-up comedy, pero, como te digo, son cosas muy distintas.

Sin embargo, el stand-up me ayudó mucho a creer más en lo que a uno se le ocurre, porque realmente con el stand-up te sientes más juzgado. Es como… ughr, espero que a la gente le guste porque realmente viene de mí, no es de un personaje. Y, bueno, también es divertido.

–¿Se puede a aprender ser cómico, a improvisar?

–Mi papá me cuenta que de chiquita me decía: “Tú vas a trabajar en Radio Rochela”. No sé, hay gente que piensa que obviamente uno lleva cosas dentro que las exploras y desarrollas, pero yo creo que todo el que quiera explorar ese mundo, aunque no se sienta cómico y gracioso, puede hacerlo y descubrir cosas. Es decir, realmente no se trata de ser cómico por ser cómico, sino que nosotros como seres humanos tenemos situaciones que, si las miramos desde otra perspectiva que no sea dramática, pueden ser muy cómicas. Entonces, el truco está en eso, en realmente ir descubriendo las cosas y verlas desde la óptica de “Esto es una locura y es divertido”. Y eso va desde una cosa como un error que cometiste hasta una situación de malentendido.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–Mi día a día es una locura, porque si no tengo ensayos, tengo algunas pautas, por decirte, me llaman y me dicen: “Mira, necesito que me hagas esta suplencia en un programa de radio” o “Tenemos un show a las 2 de la tarde en Prados del Este” o resulta que tengo ensayos con otro grupo, porque además de Improvisto me mantengo activa con Noches de Impro, show en el que soy productora, directora y actriz. Es súper movido.

Los días de función de Improvisto son como: “Yo necesito descansar hoy y me voy a levantar a las 9 de la mañana y voy a ver una serie y no me importa nada”, porque sin duda se te van muy rápido todas la semanas, todos los días. Entonces hay que agarrar como mínimo.

–Un ritual prefunción, algo que hagas siempre.

–Le doy gracias al universo de antemano por la función exitosa que estamos a punto de tener.

–¿Qué es lo más difícil de la improvisación?

–Bueno, son muchas cosas. Una de ellas, sobre todo para los que están empezando, es la ansiedad, controlar la ansiedad y el vértigo. Son sensaciones que te pueden nublar la mente, hacer que no escuches bien lo que está pasando.

Yo creo que luego de controlar esa ansiedad y ese vértigo el cuerpo se entrega a lo que está pasando y es como que cumples con el Aquí y el Ahora, que es lo que se necesita durante la improvisación.

–Estamos entrenados, por la sociedad, para reprimir la creatividad por miedo a ser ridiculizados y en la improvisación hay que hacer todo lo contrario, dejar fluir la creatividad. ¿Cómo manejas esa dualidad?

–¿Puedo decir groserías? Los mandé a todos al carajo, porque sí, hay muchos prejuicios. De hecho, en estos días me conseguí a un exjefe. Se lo presenté a mi novio porque estábamos haciendo mercado y él me dice: “Sí, yo era su jefe, cuando ella tenía un trabajo formal”. Y fue como: “¡Aaaaarghhhhh!”. Claro, yo a todas estas me reí como que: “Ja, ja, ja, ja”. Pero sí, hay muchos prejuicios y uno tiene que superar eso y hacer lo que le gusta.

–¿Qué haces para mejorar día tras día?

–Mira, me mantengo en entrenamiento siempre. Por ejemplo, en el caso de la impro, yo siento que una semana en la que yo no entreno es una semana en la que mi músculo no trabajó, tanto el mental como el corporal. Trato de mantenerme siempre activa y estar aprendiendo, uno nunca deja de aprender. Entonces, cada taller o cada experiencia que te pueda ayudar a crecer, ya sea enseñando o siendo alumna, también es muy importante.

–¿Cuál consideras que ha sido tu mejor momento en el escenario?

–Tengo fresco uno de la semana antepasada, cuando fue el día internacional del payaso y yo me disfracé de Popi. Sé que mucha gente odia a Popi, pero para mí fue alguien muy importante en mi infancia. Disfruté demasiado el papel en tarima y la gente disfrutó demasiado ver a Popi en el escenario, aunque también te encuentras personas que dicen: “Ay no, qué horrible Popi. Ay, no”. Pero fue muy divertido, puse a la gente a cantar ‘Mi amigo Dios’. Y los engañé a todos porque ellos no sabían que eso iba a pasar. Fue increíble.

–¿Y el peor?

 –Y uno que no me haya gustado tanto, pero no fue dentro de Improvisto, fue en un show llamado Impro Match, fue cuando salí a hacer un infomercial, que es uno de los juegos que haces en ese show, y me quedé sola en el escenario y tuve que pegarme un tiro en la cabeza y me morí en la presentación, porque ya no daba para más…

–¿Cuál es el género que más te gusta y el que menos?

–Me tripeo mucho musical porque a mí me encantaría ser cantante, pero no tengo la constancia de “Ay, me voy a meter en unas clases y voy a hacer todos los ejercicios”, no. Y me gusta también ‘Metiendo la Frase’ porque te pone en aprietos. Lees algo que a lo mejor es tan bonito y tienes que justificarlo dentro de la historia.

El que no me tripeo tanto… no sabría decirte, todos me gustan, todos me gustan.

–Improvisto en una palabra, o en una frase…

–Alegría.

–¿Vives de esto ya?

–Sí, sí. Y no me arrepiento para nada de haber dicho: yo me voy a dedicar a esto, porque esto es lo que quiero hacer.

–¿A qué edad decidiste esto?

–Eso fue hace dos años: a los treinta.

–¿Algún hobby?

–Lo que antes era mi hobby, que era ensayar y estar sobre las tablas, ahora se convirtió en mi trabajo. Y digamos que algo distinto que yo haga aparte de esto, ay, berro,¿ir al cine? Podría ser.

–¿Canción?

–Los Beatles. Amo todas las canciones porque soy fanática de Los Beatles. Me gusta mucho And I Love Her, Sargent Pepper, me gusta mucho… Son tantas… ¿Tú sabes cuántos discos tienen los Beatles?

–Entonces tus artistas favoritos son…

–Los Beatles

–¿Película?

–Son varias… En estos días estaba haciendo una lista. Vamos a ver cuál fue mi top ahí… Bueno, me gusta mucho, hablando de directores, Tarantino. Ah, no es Pulp Fiction, pero sí es Bastardos sin Gloria, porque me disfruté tanto esa versión de cómo pudieron haber muerto esos nazis. Es increíble.

–¿Serie?

–Ay, me encanta Sense 8, me gusta Stranger Things, me gusta… Ah, vi una que se llama Orphan Black, que de hecho la protagonista es improvisadora y hace como 15 personajes en la serie. Vale la pena verla.

–¿Actor o actriz?

–Me gusta mucho Helena Bonham Carter. Me encanta.

–¿Ídolo?

–Yo siento que… O sea, no es que quiero hacer exactamente lo que hace, pero a mí me parece un ídolo Jimmy Fallon. Lo admiro mucho.

–¿Comida?

–Me encanta el sushi y me gustan mucho las hamburguesas que vende mi novio.

–¿Frase?

–Una que me gusta mucho es de John Lennon que dice: “Life is what happens to you while you are busy making other plans (La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes)”.

–¿Un libro?

–Tengo 4 libros que estoy leyendo al mismo tiempo y ninguno lo he terminado (risas). El que llevo más adelantado es Caballo de Troya.

Jorge Parra: “Nos queríamos morir. Entramos en una crisis y tuvimos que reinventarnos” (II)

(Para leer la primera parte de la entrevista haz click aquí)

El show estaba en la cima, en la cresta de la ola, y del sombrero salió aquel maldito papel: “Gobernador que se duerme se lo lleva la corriente”. Willian Lara, por ese entonces capataz de Guárico, había muerto ese día a causa de un accidente automovilístico que había terminado con él y su camioneta en el río Paya. Alejandro Mirabal, chofer y escolta del político, informó a las autoridades que pudo sacar a Lara de la camioneta, pero que su cuerpo inevitablemente había sido arrastrado por la fuerza de la corriente.

Cuenta Jorge Parra, fundador de @Improvisto, que los actores desconocían el hecho, pero salió el papel y tocaba hacer lo que hacían cada noche: improvisar. Inventaron la historia de un dirigente que impedía que su pueblo progresara y concluyeron la presentación con el líder ficticio metido en un barco a la deriva.

Sin saberlo, aquella improvisación les costaría su puesto en el CELARG y se convertirían en enemigos del gobierno: a los dos días apareció el por ese entonces vicepresidente Jaua y comandó el ataque mediático contra el espectáculo teatral. “Se la agarraron con nosotros y nos prohibieron a cada uno de nosotros presentar cualquier tipo de función allí. Decían que actuábamos con máscara. En realidad no tenían ni idea de lo que hacíamos”.

Lo cierto es que tuvieron que mudarse para El Hatillo y el comienzo no fue sencillo.

–¿Cómo fue esa transición?

–Para El Hatillo no iba la misma cantidad de gente. Fue toda una crisis. Pasamos de meter 480 personas y estar agotados, a meter 150 en una sala con capacidad para 200.

Nos queríamos morir, porque una cosa era presentarse a las 10 de la noche en el CELARG y otra muy diferente era tener función a las 10 p.m. en El Hatillo. Entramos en una crisis y tuvimos que reinventarnos, pensar en cómo le haríamos publicidad al show.

Entonces decidimos atacar distinto para llegarle al público. Nosotros habíamos recogido los mails durante todas las funciones del último año, así que nos pusimos a enviar correos. El boca a boca fue el mail: “¡Estamos en El Hatillo, estamos en El Hatillo!”. La gente empezó a correr la voz y comenzamos a agotar las presentaciones otra vez.

Después tuvimos un boom hasta ahorita: cuando cumplimos la década giramos por Venezuela y, en un año, el staff llegó a verse 310 días entre ensayos, funciones y viajes. Estábamos todos los días juntos. Nos caíamos a trompadas, no nos aguantábamos, nos amábamos, nos odiábamos, pero en el escenario nos entendíamos muchísimo.

–¿Todavía dirige Improvisto?

No. Hace dos años que ya no soy el director. Después fue Ron Chávez, creo que hasta diciembre del año pasado, y ahí lo agarró Nadia, que es la directora actual. Yo quería dejarlo hace mucho, pero no conseguía convencer a alguien de que lo dirigiera.

–¿Por qué lo quería dejar?

–A las cosas hay que soltarlas. Si no, no tienen vida propia. Yo sentía desde hace tiempo que lo mejor que podía pasar era que al show lo refrescara otro. Siempre lo pensé como un equipo de fútbol, así que la única forma es que cambiáramos de técnico. Nuevas ideas, nuevas ganas de jugar, nuevas formas de regañar y explicar.

Lo que siempre quisimos es que la gente fuese a ver teatro, no caras ni personas. De hecho, la gente va a Improvisto y no sabe ni quién va a actuar ese día. Entonces, lo mejor que podía pasar es que saliera yo.

–¿Cuál es la filosofía de Improvisto?

–Creemos en el trabajo, creemos en el juego. En el compromiso de jugar en serio.

–¿A qué se refiere con jugar en serio?

–Como en el deporte, tú entrenas mucho y sales al campo a jugar comprometido con el juego, no estás atontado ni mirando maripositas. Tampoco te tomas tres botellas de vino antes de entrar a la cancha. No, no. Uno practica para tratar de jugar lo más despierto posible. A veces la gente piensa que la energía que los actores emanan en el escenario es consecuencia de haberse tomado una botella de ron antes de presentarse, y no es así.

La magia de entrenar es que, por ejemplo, un actor muestre en tarima un personaje que ha venido practicando durante los últimos tres meses y la gente piense que es algo que se le ocurrió en ese momento. Claro que siempre se prueban cosas en vivo, sin entrenarlas previamente, porque ahí está el desafío, el vértigo. Si se sabe que fulanito no sabe cantar, es muy probable que el equipo lo ponga a cantar. ¿Y sabes para qué? Para que no sea tan boludo, porque lleva tres años entrenando y aún no sabe cantar. “Ahora échale bola”. Pero obvio que eso lo hacés en una función buena, porque si no, es como pateársela a tu propio arquero. Tenés que hacerlo cuando vas ganando por mucho.

–¿Se puede aprender a ser cómico y a improvisar o es algo que viene innato?

–Indudablemente que se puede, que tú después seas bueno o no depende de cuánto te guste. Si te gusta, te vas a dedicar a trabajar y a mejorar.

Todo lo puedes aprender. De hecho, tenemos la Escuela del Humor porque creemos en eso. Ahora, de ahí a que llegues a jugar como Messi es otro pedo, porque vas a hacerlo cuando tengas 80 años. Algunos tienen la magia intrínseca.

–¿Inculcó algún ritual prefunción? ¿En qué consistía? 

–Básicamente era gritar Improvisto antes de salir. Después hay como muchos rituales según el grupo. Durante mucho tiempo jugamos fuchi, en otro momento nos dábamos lepes. Siempre había un juego para que permaneciésemos despiertos.

–La clave es estar despiertos. 

–Sí, la clave es estar atento al juego. Querer jugar.

–¿Qué es jugar? ¿Cómo lo define?

–Jugar es hacer algo por el placer y el disfrute. La vaina es muy simple: nadie va a ir a jugar fútbol pensando en que lo van a quebrar. Uno dice “Yo voy a jugar el fútbol” contento, con una sonrisa, porque piensas en el disfrute de la pelota, en la fantasía del juego. Vos decís que vas a jugar dominó con tus amigos y no piensas en que te van a estafar.

Te lo voy a explicar con este ejemplo: Tu hijo te pasa la pelota y vos estás en el celular y se la pasás de costado, entonces te la vuelve a pasar y tú se la pasas de costado de nuevo, así hasta que te dice: “Papá, vamos a jugar de verdad”. Entonces dejas el celular y te concentras. Eso es comprometerse con el juego. En la impro pasa lo mismo.

–¿Qué es lo más difícil de la improvisación?

–Manejar la ansiedad. Y eso se entrena justamente trabajando, para tener las herramientas, para estar preparado. Es como tu primera entrevista y tu entrevista número ochenta: cambia totalmente porque manejás mejor la ansiedad.

Lo que nosotros no podemos permitir es que los actores pierdan la adrenalina. De ninguna manera. Por eso es que te digo que les pido lo que les cuesta. Lo que uno tiene que mantener siempre en el escenario es el disfrute. Si el actor no está disfrutando, la vaina no fluye. Vos ves equipos de fútbol con jugadores brillantes, y decís: “Coño, pero se ve que no la están disfrutando”.

No hay nada más egoísta que buscar hacer reír a otro. Cuando tú haces reír al otro tú te sientes plenamente feliz. Entonces, cuando el público se ríe, los actores tripean demasiado y por eso siguen haciendo las boludeces que hacen.

–¿Un introvertido puede ser actor de improvisto?

–Sí, los ha habido muchos. Lo que sí es que hay que manejarlos. Ahí el trabajo es del director, porque los extrovertidos tienden a querer lucir demasiado ellos y aquí el trabajo es del equipo, hay que hacerlos entender que “Mira, está bien, pero jugás para el equipo. Acá la copa no la vas a levantar tú”.

–¿No hay capitán en Improvisto?

–A veces en el escenario le toca asumir el rol de capitán a alguno pero no es algo fijo, la cinta corre según como está el juego.

–¿Cuál recuerda usted que ha sido el mejor momento en tarima?

–La vez que estuvimos en el Aula Magna por los 10 años de Improvisto. Verga, fue una vaina… como ganar por goleada en el Maracaná. Estuvo lleno, agotado. Y todos gritaban “¡Improvisto, Improvisto!” y sacaban carteles… Era un orgasmo tras otro.

–¿Y el peor?

–Yo recuerdo una vez en Valencia, en una vaina de médicos, de señores de 70 años… Nos habían llevado a un evento empresarial porque Improvisto estaba sonando Y cuando entramos la gente estaba comiendo, estaban todos los mesoneros sirviendo y salimos nosotros. Era de esos eventos en los que ponen a una orquesta. Pero en vez de poner a una orquesta nos pusieron a nosotros. Nos pegamos un culazo maaaaal. Veníamos de partirla todos los días y llegamos ahí y fue como “¿Para qué nos metimos en esta loquera?”.

–¿Improvisto en una palabra/frase?

–Jugar.

–¿Algún hobby?

–Jugar con mis hijos

–Una canción.

–Vasos vacíos

–Un artista.

–Los Rolling Stones

–Película.

–Underground, de Emir Kusturica.

–Actor.

–Robert De Niro

–Frase.

–Si te hace feliz, hacelo. La decía mi mamá todo el tiempo, todos los putos de días de mi infancia.

–¿Ídolo o modelo a seguir?

–La idolatría para mí no tiene que ver con personas a seguir. Yo idolatro por pasión. A mí me gustaría ser como mis hijos. En serio. Si es a seguir, intento aprender todos los días de mis hijos.

Ahora, admiro muchísimo lo que escribe Galeano, pero yo no sé cómo era él, quizá le caía a patadas a sus hijos… la magia de Maradona en el fútbol…

–¿Comida?

–Milanesa con papas fritas.

–¿Libro?

–El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.

Jorge Parra: “Quería que el show fuese el predespacho para salir a rumbear después” (I)

Cuenta con precisión que llegó a Caracas el 13 de octubre del 2000, en plena aventura mochilera: había comenzado a caminar en su natal Argentina y tenía la intención de llegar hasta México. Jorge Parra era un actor de teatro que buscaba su lugar en el mundo y para ello había decidido explorar todos los rincones de América Latina.

Al sur del continente, en su país de origen, su inicio en las tablas había estado marcado por el teatro político. No obstante, pronto se dio cuenta de que su pasión se escondía en la sonrisa de la gente –“Empecé a hacer humor, a estudiar clown y a hacer shows de calle”–. Esa movida artística de la que ahora formaba parte estaba asociada a un estilo de vida nómada: ir de plaza en plaza y de pueblo en pueblo con un espectáculo guardado en la mochila.

Había leído ‘Las venas abiertas de América Latina’ y quiso ir a Bolivia para conocer Potosí. De regreso a Argentina pasó por una ciudad llamada Cochabamba y se enteró de que allí nunca había invierno. Así que quiso comprobar semejante locura –“Yo decía: ¿Cómo no va a haber invierno?”– y programó un viaje para pasar esa época del año en aquel lugar de Bolivia. El descubrimiento –“Efectivamente era un clima tropical. Llovía, cambiaban las cosas, pero no hacía el frío que uno sufría en Argentina”– le despertó la curiosidad y desde ahí decidió conocer Sudamérica. Pasó por Chile, por Ecuador, recién había estado en Colombia, pero nunca había visitado nuestro país.

“Aquí no se jugaba mucho al fútbol. En ese tiempo lo único que sabía era que los cantantes eran el Puma y Montaner, que tenían el Miss Venezuela y que había un presidente militar. A mí no me interesaba nada de eso”. Lo que sí le interesaba a Parra era renovar la visa y las circunstancias le obligaron a hacer ese trámite por estos lares. Entró mochileando por San Cristóbal, participó en un pequeño festival de cuenta cuentos en Mérida y cuando llegó a Caracas quiso ir a un lugar del que le habían hablado: Choroní. Allí, en el estado Aragua, a Jorge le robaron el pasaporte y aquella desgracia le cambió la vida.

“Para sacar el pasaporte necesitaba una foto impresa y eso tardaba tres meses. Así que me fui quedando, quedando y quedando”.

–¿Cómo le explicó a su familia que se instalaría en Venezuela?

 –Tardé en querer quedarme. Es decir, sin saberlo, me fui quedando, la estaba pasando bien. En el 2001 viajo por primera vez de vuelta a Argentina y tenía miedo de no volver, porque mi visa de artista cultural vencía en noviembre y yo había salido en diciembre de aquí. Estaba muy cagado, tenía pánico de no poder volver, algo que nunca me había pasado. Yo había salido con la visa vencida de un montón de países y si no podía volver no me importaba. Y fue la primera vez que tuve una sensación rara, porque yo decía “Miércoles, ¿y si no puedo volver?”, porque te ponen un sello rojo en el pasaporte si te quedás fuera de tu tiempo.

Como iba para Argentina dije: “Bueno, nada, me largo”. Pero quería volver. Se suponía que iba a estar seis meses en mi país, pero en tres ya estaba de vuelta en Venezuela. Me invitaron a una obra acá y dije: “Me voy”. Había venido sólo por 15 días. De hecho, todavía hoy me dicen “¿Vos te vas a quedar para siempre?” y yo respondo: “Qué sé yo. Vine por 15 días y todavía estoy acá (risas)” .


–¿Qué lo enamoró de esta tierra?

–Para mí hay algo que es muy marcado y es la actitud del venezolano ante la vida. Yo siempre lo explico con Argentina, porque es mi ejemplo inmediato, no porque sea crítico de mi tierra. Yo tengo muchísimas cosas de allá que quiero y uno no puede dejar de ser lo que es, pero lo explico así porque es el país que más conozco.

Vos le preguntás a un argentino cómo anda y te dice: “Bueeejjjno, acá andaaaajjjmos… tirando para no aflojar”. Vos le preguntás a un venezolano cómo anda y te dice: “De pinga, mi pana”. Y esa actitud ante la vida cambia todo. Vos ves a la gente cagándose de la risa en las colas: “No, marico, tenemos pa’ cuatro horas más”. Y vos decís: “¡Qué arrecho esta vaina!” O sea, es raro. Yo no digo que esté bien, pero es raro, es raro. Y eso hace que la actitud sea distinta ante la vida.

–Y en la situación actual, ¿esa energía se mantiene?

–No tengo dudas de que no es igual. Precisamente la situación ha cambiado eso. Saber que no tenés el remedio para tu hijo…

Mira, hoy fuimos a hacer mercado. Gasté 800 bolos (Bs. 800.000) en una compra que no me va a alcanzar para siete días. La semana pasada, en el Farmatodo, la pasta valía 28.000 bolívares. Yo dije: coño, qué cagada que costaba 4.500 hace dos semanas y no la compré. Hoy fuimos y valía 54.000. En apenas dos semanas… Ni el dólar subió el doble en ese período de tiempo.

–Ahora, ¿cómo nace Improvisto?

–A ver, yo había hecho muchos talleres. Con Elías Muñoz yo quería hacer algo de clown. Ya existía Akeké, que es un grupo de teatro que fundamos con el propósito de reivindicar el nombre del payaso en la sociedad. De ahí nace Doctor Yaso. Allí hacíamos cosas de clown, pero yo sentía que el público no estaba listo para ver shows de payasos, porque no los habían tenido antes. Entonces dije: “Lo primero que podemos hacer es montar obras de clown pero sin nariz”. De hecho, recuerdo que al principio en las presentaciones de Improvisto hacíamos todo muy clown. Después fuimos aprendiendo improvisación y fuimos metiendo más de eso.

Pero, respondiendo a tu pregunta, todo empieza cuando decidimos hacer un taller sobre montaje de improvisación en clave clown. Así comenzó Improvisto: siendo un taller de seis meses que terminaría con una muestra, con una presentación al público.

–Fue un experimento…

–Fue un experimento. Y los chicos se fueron enganchando hasta que terminó formándose ese espectáculo. El taller era súper exigente: seis meses con ensayos todos los putos días. Además, si faltaban, los iba echando.

–Entonces usted ya tenía en mente sacar una obra de ese estilo.

–Sí, eso es lo que íbamos a hacer: improvisación en clave clown. Lo que no sabíamos era cómo se iba a llamar. Dos semanas antes del show nació el nombre de la muestra: ‘Improvisto’. De resto, ya teníamos todo claro desde el principio: estábamos seguros de que íbamos a presentarnos con bragas, porque representan el trabajo. Por eso es que entrenábamos todos los putos días. Yo había vivido mi experiencia teatral y siempre había sido así. Estaba acostumbrado a que si yo llegaba tarde no me dejaban entrar.

–Es muy estricto con eso.

–Es que así había sido mi formación. Con el tiempo la he relajado un poco. Pero a mí no me dejaban entrar. Ahora, por ejemplo, si alguien entra tarde y me hace una pregunta de lo que expliqué antes, coño, no lo saco a patadas por el culo, pero las ganas las tengo. Eso sí, los dejo entrar. Antes no lo hacía. Lo que pasa es que, como te digo, a mí me habían formado así. Yo iba y limpiaba al teatro. Yo le pagaba al profesor, y era caro. Aun así, el tipo me decía: “Bueno, para que aprendan, limpien el teatro”. Él tenía señora de limpieza, pero nos obligaba a limpiar el teatro, porque él había aprendido así. Entonces teníamos ese tipo de formación, que yo no digo que sea la mejor, pero aprendíamos cosas. Nos hacía hacer las luces con latas y nosotros decíamos: “Coño, si tenés las luces allí”. Y nos decía: “No importa, hagan las de ustedes. Entiendan cómo se hacía antes para que aprendan cómo usar esta maquinaria, porque así cualquiera”. Yo creo en el trabajo. Yo no soy un tipo talentoso, soy trabajador como perro.

De hecho, a mí me costó horrores hacer clown. Muy pocas personas te cuentan que han hecho 10-12 talleres de clown. Yo lo hacía porque no me salía. Entonces, yo sé, por experiencia propia, que la clave es trabajo, trabajo, entrenamiento, entrenamiento, y toda la vaina para en algún momento te salga. No tengo dudas. Y por eso los hacía trabajar mucho.

–Volvamos a Improvisto. ¿Dónde lo presentaron y cómo fue el recibimiento?

–En la sede del Grupo Actoral 80, en el sótano de Parque Central, y fue una animalada en el primer día. No lo supe hasta años después, cuando aprendí lo que era un plan de negocios, pero la estrategia que habíamos diseñado fue un palo.

A mí me molestaba que las obras fuesen o infantiles o para adultos. En Argentina mi target siempre había sido el juvenil, pero aquí no había nada para ese público. Entonces dije: “Nosotros vamos a ser una energía rock, por lo que vamos a repartir invitaciones donde haya bandas. Queremos que los músicos y chicos que estén en esos eventos vayan a vernos”.

Como yo era muy fanático de una película que se llama ‘Underground’, de Emir Kusturica, y conocía al Grupo Actoral 80, que estaban en un sótano que casualmente ahora les quitaron, decidí que ese era un buen lugar para presentarnos. Yo decía: “¡Es un sótano, es underground, es allí abajo!”. La gente del GA 80 fue siempre súper amable. No tengo idea de por qué, pero siempre nos apoyaron mucho.

Nosotros comenzamos haciendo el show ‘a la gorra’, que es como yo había trabajado toda mi vida. Yo me paraba en una plaza, hacía funciones y luego veíamos quién podía colaborar y quién no podía. Yo tengo la filosofía de que todos los gobiernos deben trabajar para eso. Que no debe ser gratis. En este tipo de presentación yo tengo que brindarte un muy buen espectáculo para que tú colabores dignamente. Tiene que ver con una forma de pensar. Después del GA 80 nunca más lo pudimos hacer a la gorra porque en el CELARG, que era del gobierno, no se podía hacer ningún show si no se pagaba entrada. Los teatros comerciales tampoco aceptan la gorra porque dicen: “Mira, ¿y cómo dividimos la vaina después? ¿Me tengo que sentar a contar la plata?”.

–Ahorita sería insostenible. Los billetes no valen nada…

–Los billetes no valen nada, es verdad. Y no hay plata en la calle. Es cierto: en este momento no se podría hacer. Pero cuando empezamos en el GA 80 se hacían colas. En la sala entraban ochenta personas y en la primera función ponte que entraron noventa. Llenamos la función y sentamos a diez en el piso. La última vez que nos presentamos ahí había como quinientas personas haciendo cola. Hacíamos doble presentación el mismo día. Empezamos un fin de semana: viernes, sábado y domingo. Fue una locura.

–Fue un palo.

–Fue un palo, fue un palo. Luego pasamos al CELARG y la gente se fue para allá. Decíamos: “Qué loco esta vaina”. Hicimos dos temporadas ahí y todo se agotó. Después nos dicen para pasarnos a la sala del medio, la grande, a las 10 de la noche, luego de que terminara la obra de Mimí Lazo, que empezaba siempre a las 8. Nosotros decíamos: “Esa sala es muy grande”. Creo que entraban 200 personas. “No, ni de vaina”. Pero el encargado nos tenía una fe. Nos decía: “Háganlo ahí que va a funcionar así venga menos público. ¿Cuál es el problema?”. Yo siempre había querido que las salas se agotaran para que los chamos sintieran esa energía.

Y así empezamos en la sala grande, donde cabían 480 personas: viernes, sábados y domingos. Todo agotado. Luego agarramos los jueves. Ensayábamos marte, miércoles y luego nos presentábamos hasta que se acabase el fin de semana. Desde el martes, cuando íbamos a ensayar, ya estaba todo agotado. Era una vaina… nosotros no lo esperábamos. Era un desnalgue brutal.

–No cumplió el ciclo normal de un emprendimiento, de ir poco a poco y…

–No, no, no. Fue un palo al toque. Ojo, si este señor del CELARG no hubiese creído tanto en el espectáculo, yo lo hubiese frenado. Yo decía: “No, no, la sala chiquita”. Y él respondía que no, que la grande. “¡Miééééércoles, una sala de 480 personas! ¡Una locura!”, pensaba.

Sí me gustaba a las diez de la noche, eso sí, porque yo quería que Improvisto fuera lo que yo había hecho cuando hacía humor en Buenos Aires. Allí se presentaban las obras de teatro tradicional, intelectual, que era las que yo consumía y después a la salida me iba a tomar un vino a ver teatro también, pero uno más underground. Y ese era el predespacho para salir a rumbear después. Eso quería yo que fuera Improvisto: el predespacho para salir a rumbear después.

–¿Ese modelo ya existía en otras partes del mundo? Eso de…

–¿De improvisación? Sí, sí. Desde la comedia del arte para acá hay improvisación. Lo que no existía era el formato Improvisto, que ha cambiado con el tiempo, porque al principio era muy clown. El clown es la técnica del payaso. Uno por excelencia es Mr. Bean.
Juan Andrés (Belgrave) todavía tiene bastante de clown, pero ha ido metiendo mucha más impro como formación. En los inicios ellos podían jugar abriendo una puerta, en serio, como dos minutos. Nosotros lo que le pusimos luego fue la velocidad de la impro.

–¿Ese fue el elemento diferencial al principio?

–Al principio era el clown. Otros improvisadores ven improvisto y no lo entiende. De hecho la mejor forma de yo explicarles qué es improvisto les digo: Bueno, un grupo de improvisación pero que hace rock and roll en el escenario.

–¿Cómo se estaba haciendo en el mundo?

–Mira, había mucho de lo que es match, que son dos equipos que compiten uno contra otro. Ambos tenían que presentar una historia con un mismo título. El match tiene reglas y en Improvisto no había ninguna. La única condición es que había que tripear arriba. Yo lo que quería es que el público tuviese esta sensación: como si los actores estuviesen tomando birras y dijeran ‘Miren, vamos a jugar, vamos a hacerlo’. Eso es lo que yo quería y para eso hay que trabajar muuuucho.

–¿Los géneros los crearon ustedes?

–Géneros sí había, son comunes en la impro. Indudablemente hay géneros que jugamos sólo nosotros, que creamos para Improvisto. Después nos dimos cuenta de que había algunos parecidos que existían en otras partes. Pero nosotros inventamos los nuestros, las bragas, los colores.

Lo otro es que yo quería que contaran historias. Esta siempre fue mi pelea. Yo los hacía leer el periódico. Los obligaba. Primero discutíamos lo que habíamos leído y luego jugábamos. También les decía “A ver, pa’ esta semana se leen tal libro de Benedetti (risas), pa’ la otra semana Violeta Parra, para la otra semana…”

–Me atrevería a decir que usted se adelantó, porque recién ahora es que está en auge el storytelling.

–Sí, pero sinceramente existía otra gente que lo había hecho. Mucho tiempo después me enteré.

Yo quería que contaran historias, no quería que fuera un reírse por reírse. Yo asociaba más la impro con el clown y con la comedia del arte, esa que tomaba la historia del pueblo al que llegaba y luego la reflejaba. Yo quería eso. Siempre nos preguntábamos: “¿De qué hablan los jóvenes de acá?”. De hecho, nosotros íbamos, por decirte, a Maracaibo y agarrábamos los periódicos de esa región. Luego indagábamos. “¿Dónde se casa la gente de plata acá? ¿Dónde se casa la gente humilde? ¿Dónde se hace el mercado?”. Y preguntábamos a la gente: “A ver: dígame personajes conocidos”. Y así improvisábamos la historia de Maracaibo, que es lo que tiene la comedia del arte.

Ahora es la gente que nos dice, por ejemplo: “Contame la historia de Chacaito, que la extraño tanto”.

–¿Se mantuvieron en ese pico ascendente y nunca pararon?

–Sí. No me acuerdo en qué año nos echaron del CELARG. Justamente por el match de improvisación. Había muerto un gobernador (Willian Lara) que había tenido un accidente, había caído al río y se había muerto ahogado dentro de su propia camioneta.

La cuestión es que haciendo el match sale una frase que dice: gobernador que se duerme se lo lleva la corriente. Los actores que estaban en el escenario no sabían qué era eso. Ese tipo había muerto esa mañana, por decir algo. Y los actores, a la hora del show, no sabían. De hecho, la improvisación que hacen es de un tipo que no permite que su pueblo progrese porque les cobraba cosas y les sacaba la plata. Lo que hicieron en la improvisación fue meterlo en un barco y le soltaron las amarras.

A los dos días aparece el vicepresidente Jaua culpándonos de que habíamos hecho un desastre. Fue una vaina mediática. Nosotros hicimos lo posible por desaparecer, porque sabíamos que había sido un error e Improvisto, que era el fenómeno en ese momento, salió perjudicado. Se la agarraron con nosotros y nos prohibieron a cada uno de nosotros presentar cualquier tipo de función en el CELARG. De hecho, si vos buscás la información, decía: el productor argentino hizo tal y tal cosa. Y decía que actuábamos con máscara. No tenían ni idea de lo que hacíamos.

En ese momento fue terrible. No sabíamos qué hacer, nos queríamos matar. La vaina fue tan arrecha que echaron a Doctor Yaso de ahí. Con eso te digo todo. Doctor Yaso estaba en el CELARG y lo echaron de allí. Fue muy muy duro.

Por suerte, el año anterior había empezado Teatrex de El Hatillo y nos pidieron ayuda. Nosotros fuimos y propusimos hacer una temporada navideña. Al principio la gente no iba tanto. Costaba, era otro público. En el CELARG la gente se bajaba del metro, iba al show y luego salía a rumbear, porque ya no tenía metro para devolverse. En El Hatillo era otro target, otro público. Tuvimos suerte nosotros que justo ahí estaba explotando la movida del Stand Up con Bobby, con Reuben.