Juan Barreto: “Para unos eres el peor y para otros la salvación”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Parece mentira, pero hubo una época en la que el nombre de Juan Barreto (ese que hoy se publica en los créditos de fotos que abren portadas de periódicos y revistas de todo el mundo) fue, simplemente, uno de los tantos que había en la nómina de obreros de la Bigott. Sí, luce inconcebible, pero días hubo en los que se dedicaba era a montar eventos para el departamento de Relaciones Públicasde la famosa cigarrera. ¿Tendrían sus compañeros idea de que entre ellos se encontraba el que terminaría siendo uno de los fotoperiodistas más talentosos de su generación?Seguramente no. Aunque quién sabe. Quizás entre jornada y jornada les contara que había trabajado en ‘El Diario de Caracas’; y puede, tal vez, que en la hora de almuerzo hiciera algún comentario sobre los suculentos manjares que alguna vez viera (¿y comiera?) en las fiestas que cubrió como fotógrafo de sociales del periódico de 1BC. Y es que aunque sueneincreíble, Juan Barreto es también otro de los improbables frutos periodísticos de aquel mítico tabloide fundado por el no menos mítico Tomás Eloy Martínez.

A ‘El Diario…’ llegó con 16 años y un permiso especial de trabajo para desempeñarse como auxiliar de archivo. “Me metía en las discusiones de redacción y veía cómo escogían la foto de la primera plana. Luego veía a los fotógrafos, que para mí eran unas estrellas, con sus equipos y con sus cámaras. Y me empezó a apasionar todo eso. Fue  allí donde dije: esto me gusta”. Entonces (otros tiempos, sin duda) ‘El Diario…’ abrió un curso de fotografía e inscribió a su archivista curioso. Y terminado el curso, lo puso a cubrir sociales. Pero todo tiene su final, nada dura para siempre, ‘El Diario…’ se acabó (lo acabaron) y con él, parecía, el sueño de vivir de las fotos. Tras algunos meses desempleado fue a parar a la cigarrera, donde estuvo tres años hasta que un buen día tomó la decisión de volver a la calle: “Estudié diseño gráfico. Y me fui como freelance, haciéndole vacaciones a todo el mundo”.

Y todo el mundo eran una serie de fotógrafos cuyos nombres puede que ya no le suenen a casi nadie, pero a los que Juan, hoy en la cúspide de su carrera y próximo a cumplir dos décadas en la AFP, no sólo no olvida sino que venera: “Tenían una voluntad tan grande para meterse donde fuera, para andar en sucesos. Y no contaban con las facilidades y los recursos que hay ahora: usaban equipos analógicos y con película, pero le ponían ganas. Mis primeros pasos me los marcaron ellos. Con ellos aprendí todo lo que sé”. Son Vicente Corrales (“el señor Vicente para mí es la cosa más extraordinaria que hay”), Cheo Pacheco (“él me vendió mi primera cámara: una nikkormat viejita, viejita, pero excelente, que nunca le pagué completa”), Jorge Tortoza (“mis primeras coberturas en sucesos fueron con él: siempre voy a recordar una vez que nos metimos en La Peste, en el Cementerio General del Sur”),  Nelson Castro, Luis Vallenilla, entre otros, de quienes jura que si estuvieran ahora “sería otra cosa”. Y es suficiente escuchar el respeto (pero sobre todo el cariño) con el que los nombra, para darse cuenta de que no está haciendo demagogia sentimental y de que, aun estando en la cumbre del Olimpo, Juan Barreto no olvida quién es ni de dónde viene.

A continuación nuestra conversación con un hombre agradecido.

-¿Tú te consideras buen fotógrafo, Juan?

-No, no. Yo todavía no soy bueno.

-¿Y si tú no eres bueno, entonces quién puede serlo?

-Este poco de señores viejos que te nombré antes, que eran increíbles. Desde Jorge Tortoza hasta Carlos Ramírez. Buenos eran ellos. Hay una lista gigante que me da mucha lástima que esta nueva generación no conozca. Yo siempre les he dicho a los compañeros, a los que están empezando: nunca se olviden de que antes de nosotros hubo personas mejores que nosotros.

-¿Y a ti qué te falta para ser buen fotógrafo?

-Mucha más cobertura y experiencia.

-¿Te falta calle?

-Siento que me falta hacer otras cosas. Aprender más. Sé de fotografía, tengo grandes conocimientos de fotografía, los he adquirido a través de la experiencia y del trabajo de años. He tenido también voluntad por aprender, he hecho cursos de fotografía en zona de riesgo, por ejemplo, y todo ello te da un conocimiento. Pero eso es como el cocinero, me imagino. Yo de cocina sé muy poco. Pero supongo que siempre quieres experimentar más, más y más, y sientes que no llegas al tope. Yo siento que no he llegado a mi tope. ¿Que quizás todos los años de experiencia me han permitido hacer un mejor trabajo? Sí. Pero siento que falta un poco más, que tengo todavía una carrera entera por delante.

-Con toda tu experiencia encima, dime una cosa: un fotoperiodista es alguien que…

-…le apasiona  y arriesga su vida por esto.

-¿Y qué se necesita para serlo?

-Ganas. Saber que en el momento en el que tomas una cámara y tienes un carnet pegado en el pecho, eso tiene sus riesgos. Mucho riesgo. Para unos eres el peor y para otros puedes ser la salvación. Yo siempre se lo he dicho a la gente: tiene muchísimo riesgo. No es fácil.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Con Nikon. Antes usaban Canon, pero ahora nos lo cambiaron en la agencia.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-Fíjate que no. Yo en eso no soy como los otros compañeros: no me enamoro de los lentes ni tampoco de los equipos. Hoy puedo tener una cámara increíble y mañana trabajar con el celular. Si tengo un angular, trabajo con él; si tengo un télex, trabajo con él. Yo tengo desde una cámara Sony, que me la dio Sony para que se la probara, hasta una Fuji con la que he hecho todas las fotos que están en mi casa: de hecho, todas las fotos que he mandado a montar son con Fuji, nada de Nikon o Canon.

-Eso me lleva a preguntarte, ¿para ti cuánto es la cámara y cuánto es el fotógrafo?

-80% el fotógrafo y 20% la cámara.

-¿Qué debe tener una foto para que tú la consideres buena?

-Un buen encuadre, armonía visual. Que sea noticiosa, que informe lo que en realidad está pasando, que tenga contexto, que cuando la persona la vaya a ver sepa qué está pasando: solo con verla, sin necesidad de leer lo que pasa. El texto tiene que ser complemento de la foto, no la foto del texto. Esa es una buena foto.

-En el fotoperiodismo, ¿cuánto es la estética y cuanto la información?

-Para mí, primero es la información. Nosotros vendemos información, noticia. Lo estético depende. Si en una gráfica yo tengo la información y lo estético no está muy bien, la publico igual. Pero si tengo algo muy bonito, muy armonioso, pero nada informativo, entonces no. Lo bueno de ahora es que ese tipo de fotos se pueden usar pero para otro tipo de medio. Pero primero es la noticia. Yo vendo noticia. Si tengo lo estético, bien. Pero vendo noticia: me preparé para eso.

-Si pudiéramos ponerlo en porcentaje…

-60% la información y 40% la estética.

-¿Tiene lugar en el fotoperiodismo la manipulación digital de la imagen?

-A ver, hay dos cosas. Una es que el lector está obligando a los medios a ser surrealista. Entonces ellos nos obligan a usar esas herramientas para resaltar los colores, los cielos. Y se está volviendo todo muy surrealista. Te paras y miras el cielo y dices: yo nunca he visto un cielo así. Pero bueno, dar contraste, aclarar una sombra, eso me parece válido. Y eso lo puedes hacer. Con lo que no estoy de acuerdo es con montar o manipular personajes dentro de un fotograma. Si eso no existió, tú no tienes por qué inventarlo. No puedes. Allí estás jugando con tu propia realidad, y te estás mintiendo a ti.

-¿Qué opinas del fotoperiodismo ciudadano?

-Me encanta.

-¿Sí?

-Claro, porque gracias a él ya prácticamente no se puede ocultar nada. Antes era difícil, porque simplemente existía una sola imagen. Ahora hay miles. Y mientras tu estés informando de lo que esté pasando, bien. La calidad es otra cosa. Pero mientras estés informando de lo que está pasando, claro que eres fotoperiodista.

-¿Cómo describirías la cobertura de estas protestas?

-Mira, en un momento empezó muy suave y luego comenzó a subir de nivel. Nosotros pensábamos que los gases eran algo fuerte y resulta que luego se puso peor. Y siempre podía ser peor.

-En la cobertura de las protestas, ¿cuál fue el momento más difícil?

-Creo que todos los días hubo momentos difíciles. Cuando venía la GNB en moto, allí yo decía: ‘listo, aquí fue, voy a caer como presa’. En esos momentos yo, primero, trataba de no correrles. Segundo: mostrarles que yo no me metía en su trabajo ni ellos tenían que meterse en el mío. Pero siempre intentando mantener un margen: si me señalaban y me decían que no tomara fotos, yo no era quien para sacar la cámara y ser agresivo. Si me decían que no tomara una foto, no la tomaba. Si me decían que me fuera, me iba. A menos que yo viera que me iban a violentar algo. Ya allí cambiaban las cosas.

-¿Cuánto es lo más que has arriesgado por una foto?

-Cuando estaba más joven cometí más estupideces, creyendo que una fotografía podía salvar o ser lo más grande, y luego me di cuenta de que no. En el año 2003 recibí un tiro cubriendo las protestas y el tiro pegó en el chaleco. Allí entendí que primero está mi vida.

-¿Una foto no vale la vida?

-No. Mira. En 2010 me tocó cubrir el terremoto de Haití. En una de las zonas yo vi a unos hombres armados sacando restos de cuerpos. Cuando me vieron, ellos me apuntaron con una kalashnikov. Yo lo que hice fue darles la espalda. ¿Qué hubiese ganado si me pongo a levantar la cámara? Podía perder la vida.

-¿Y tú cuando estás en medio de estos conflictos tienes cabeza para pensar en lo que es una buena foto?

-Es que antes de llegar al lugar digo: ‘quiero hacer tal imagen. Hoy me voy a dedicar a hacer esto’. Y te vas acercando. Vas pensando. Hay momentos en los que dices: la tengo. O no la tengo. Pero te vas con un patrón.

-¿Tras tantos días de protesta te era posible hacer una foto original?

-Mira, aunque parecía que era siempre lo mismo, siempre había algo diferente. La gente no era igual: señoras, señores, muchachas. Eso le daba otro matiz. Sin dejar de hacer lo que pasaba. Buscar la diferencia. Te ibas reinventando poco a poco. De repente decías: ‘hoy va a ser tranquilo’ y resultaba que todo se salía de control, y decías: ‘guao’. Era lo que pasaba: uno pensaba que iba a ser tranquilo y cambiaba de tono en segundos. Podías tener 8 horas y los últimos 10 minutos eran los que te daban la imagen. Y tú decías: todo tan tranquilo y vino este tipo y cambió todo. Por eso tampoco hay que minimizar la protesta.

-¿Te afectó toda esa realidad que cubriste?

-Sí afecta, siempre afecta. Cuando haces algún muchacho que lo viste caer y luego te enteras de que murió, dices: ‘coño, ¿por qué pasa esto?’. O si ves a un policía pegándole a una señora, dices: ‘coño, ¿por qué hace esto?’. Es imposible que no te afecte.

-¿Llegaste a llorar?                     

-No, no, pero sí me preocupa adónde vamos a parar como país. Y no lo sé.

-¿Cuál ha sido tu mejor foto?

-Para mí la mejor foto es la que a la gente le gusta. Si tú me preguntas de todos estos días cuál es la que me ha impactado visualmente, creo que fue el chico quemándose. Para mí esa ha sido la más fuerte de las que he tomado. Tengo detenidos, gente muerta. Pero para mí ha sido esa.

-¿Y cómo llegaste a ella?

-En el momento de la protesta, luego de que la tanqueta le pasa por encima a la gente y hace desastres, yo iba caminando donde estaba el fotógrafo de AFP para coordinar la cobertura, cómo íbamos a cambiarle la tónica, y en ese momento explotó la moto. Pero explotó a metros. Yo de hecho pensé que quien se quemaba era mi compañero. Lo vi tan cerca que pensé que se quemaba él. Yo sentí el calor. Y cuando me doy cuenta, viene este chico corriendo encima de mí. Es una cuestión de instinto: la cámara, disparar, disparar y ya. Para mí ese fue el momento más fuerte.

-¿Y la de la señora con la tanqueta?

-En realidad yo la vi allí y le hice la imagen porque me pareció que era importante. La mandé, pero no había caído en cuenta de la importancia que tenía, porque había piedras, gases, muchas cosas. Cuando terminó el día y la vi, dije: está fuerte.

¿Y la del militar disparando una pistola de frente a los manifestantes?

-Cuando tú empiezas a ver los ánimos dices: voy para adelante, para atrás. Los vi corriendo hacia adelante a manifestar donde estaba la Guardia y me fui a un costado porque dije: aquí va a pasar algo. Y lo vi. Luego, el GNB dispara hacia donde estábamos nosotros. Cuando yo veo que él apunta, me agacho y escucho las detonaciones.

-¿Eso es un sexto sentido o algo así?

-Eso se va ganando con la calle. Uno más o menos sabe cómo puede terminar todo.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Creo que he hecho todas las que he querido. Si estoy allí es por algo. Y si no estoy, también. No juego con el destino.

Miguel Gutierrez: “Salir con una cámara es poner tu vida en riesgo”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El acento bogotano lo perdió, pero las maneras no: habla de modo pausado, pronuncia perfectamente las palabras, no alza la voz y prácticamente no dice groserías. Cuando quiere hacer énfasis en algo, se desdobla y deja que salga una especie alter ego de expresiones cómicas y siempre correctas. De hecho, sería imposible hablar de él sin usar repetidamente palabras como ‘cortés’, ‘educado’ o ‘amable’. Por ello, aunque en ningún momento lo expresara, a este entrevistador no le quedó la más mínima duda de que para @miguelgutierrez (Bogotá, XXX) fue un suplicio tener que desayunar y responder preguntas al mismo tiempo. Y es que la conversación tuvo lugar a las 10 de la mañana, tras una pauta madrugadora, mientras el fotoperiodista de EFE se comía (o al menos eso intentaba) dos cachitos y una coca-cola.

Pero antes de llegar a ser este fotógrafo consagrado al que le piden entrevistas y cuyas fotos generan admiración incluso entre sus propios colegas, que no dudan ni un momento en mencionarlo en sus listas de referencia, Miguel Gutierrez fue, sencillamente, un estudiante de Comunicación Social de la UCSAR. Es allí, en los pasillos del que fuera el antiguo seminario de Caracas, donde hay que ubicar el nacimiento de este querer, más bien pasión, cuyo flechazo ocurrió en el IV semestre de la carrera cuando le tocó agarrar una cámara. “Fue amor a primera vista”, recordará de ese momento.

Su primera foto publicada cree que fue la de un zapato en el desaparecido semanario URBE (“había una sección llamada no-noticias, que eran noticias locas y absurdas, y había que ilustrar algo de un zapato. Recuerdo que me costó muchísimo fotografiarlo, porque lo querían iluminado”). Ese fue el Bautizo. Pero la Epifanía, o la Confirmación si se quiere, le llegaría por una mala dirección: buscando un cine colonial en El Conde terminaría en un ancianato destruido (“no tenían vidrios en las ventanas, cada vez que llovía se inundaban los cuartos, a los viejitos los bañaban con mangueras…”) en el que entonces realizaría un trabajo fotográfico que se publicaría un domingo en ‘Últimas Noticias’. La denuncia trajo consigo un escándalo pero también una solución: “no había pasado una semana cuando nos enteramos de que estaban trabajando en el ancianato y allí dije: ‘¡Guao esto sí funciona!’. Me di cuenta de que con la imagen podía decir más y podía ayudar y aportar”.

Y de aquellos polvos, estos lodos. Él no se considerará buen fotógrafo todavía (“siento que aún me falta”) y no cederá en esa postura aunque se le argumente lo que se le argumente (“mucha gente ha dicho que mi trabajo es bueno, sí, pero no me considero como bueno”). Solo al final hará la concesión de que puede ser que su vara de medida sea elevada (“no sé si es que tengo estándares muy altos”) y entonces hará una dicotomía entre el trabajo (“si mis fotos cumplen la función de informar, puede que esté haciendo un trabajo bueno”) y la persona (“pero para considerarme bueno como fotógrafo todavía me hace falta”). He aquí, pues, el diálogo con un hombre que va camino a la perfección:

Miguel, un fotoperiodista es alguien que… ve y observa.

-¿Qué se necesita para ello?

-Analizar, conocer, inmiscuirse. Una cosa es ver, que es lo que todo el mundo hace; y otra detenerse a observar: Qué está pasando, qué conlleva, cuál es el contexto, el trasfondo, hay un pasado, hay algo.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Por exigencias del diarismo y de la realidad venezolana, me pidieron en la oficina que fuese más rápido a la hora de transmitir, y estoy trabajando con una 5D Mark IV, y una gama amplísima de lentes.

-¿Hay un lente que te guste en particular?

-Depende de la pauta y del contexto. A mí me gusta muchísimo el 16-35 mm, de hecho es con el que más he fotografiado últimamente. Hay gente que lo aborrece porque es muy complicado y difícil de manejar, y aunque es efectista y tiende a deformar la imagen en los bordes, bien usado haces buenas fotos con él. Yo procuro llevarlo siempre al tope, al 35 mm,sin descartar el 16 mm: me ha pasado que de repente algo ocurre a centímetros de míy en esos casosaseguro el 16 mm, echo un poquito para atrás y listo. Hace unos mesesme llegó un lente 100-400mm. Y es un lente dinámico, con un tamaño súper práctico. Me enamoré de ese lente el día que del SAREM salió un tipo disparando. Yo estaba resguardado atrás y gracias a ese lente pude tomar a la persona que tenía el arma de fuego, y está muy bien detallada. Por eso digo: todo depende de la pauta, de lo que esté ocurriendo. También hago fotografía de estudio, y en esos casos uso otro tipo de lentes.

-¿Entre la fotografía de estudio y el fotoperiodismo con cuál te quedas?

-Son distintas. Es como que te comparen un brownie y una hamburguesa. ‘Ya va: ambas son buenas’. Algo así podría ser el símil. Me nutro con el fotoperiodismo, me alimento de la realidad, de conocer, de transmitir. En la fotografía de calle están todos los elementos y eres tú quien tiene que hallar la manera de componer, contextualizar e informar. Y en la fotografía de estudio, el postre, tienes todos los elementos a tu disposición, los puedes ordenar y dirigir.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-Tiene que primar la información. Eso es lo primordial. Luego,a medida que estás en la calle vas desarrollando el ojo. Sabes dónde ubicarte, sabes anticiparte a ciertos momentos y espacios y puedes jugar con la estética de la imagen. Si conoces el lugar y sabes cómo se va a comportar tu cámara con relación a la luz del momento, dale: tienes toda la licencia para jugar con los elementos estéticos. Pero lo primero es la información.Por ejemplo, antes de que me llegara la 5D Mark IV, tenía una 1D Mark IV que tenía el sensor sucio. Con esa cámara pude hacer la foto de los escudos. Si la detallas, en la pierna del militar hay una mancha negra, y no es una mancha de su uniforme, sino de mi censor. Sé que es un elemento estético que afea la foto, y yo soy mañoso con eso, pero por respeto no lo quito, porque allí lo que prima es la información.

-Si pudiéramos ponerlo en porcentaje…

-70-30.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

-Yo particularmente no retoco: lo que hago es revelar el archivo digital, porque yo disparo en raw, que es un archivo en crudo, que no tiene ningún tipo de contraste o nitidez, salvo lo que registres con la cámara y el lente que estés usando; entonces, yo tengo que procesar el trabajo, retocar luces, sombras, de modo que no puedo decir que no tiene cabida el retoque de una imagen. Pero de allí a manipular el archivo para poner, quitar, saturar, darle claritiy o ponerle un filtro, eso ya es algo con lo que no milito. Pero no me quedo solo con ello, porque la manipulación no es solamente digital. Me ha tocado presenciar compañeros que manipulan una escena antes de fotografiarla: ‘ponte así, mira para acá’. Y es como: ‘oh, no. Eso no se hace’. Nosotros, como periodistas, podemos decirle a un atravesado: ‘quítate’. Pero no podemos manipular la escena o montarla. Yo no milito con eso. Y he visto compañeros que recurren a esa práctica de montar olla. No sé si a nivel digital lo hacen.

-¿Qué ha sido lo más difícil de esta cobertura?

-Lidiar con la pasión de la gente. A mí me han atacado de lado y lado, pero no ha sido por imprudencia o porque yo haya cometido un error, sino porque las cosas se salen de control. La gente está muy apasionada y pierde visión. Queda como ciega por defender una posición. Me pasó con un GN, que por hacer una fotografía me disparó una bomba lacrimógena. Eso fue al comienzo: Freddy Guevara fue a defender a un manifestante que se estaban llevando detenido,el militar no se da cuenta de que es Freddy el que está allí, lo agarra por el cuello y se lo trata de llevar. En lo que veo eso voy y en lo que hago el primer disparo recibo yo uno en el brazo. Hubo saña en ese momento. Y por parte de los manifestantes: ‘eres infiltrado, eres infiltrado’. Con que alguien diga que eres infiltrado o eres un ladrón pasa. Y eso me ocurrió en La Castellana.

-¿Has perdido algún equipo?

-De seguridad, nada más. Que me han robado. Se me han dañado dos cámaras: una que se empapó y la pantalla del LED no le funciona, y otra que recibió un golpe de bomba en el pentaprisma, me arrojó 3 errores y tuve que darle de baja.

-¿Has llegado a sentir que tu vida está en peligro?

-Sí. Pero es que ya el hecho de salir a la calle con una cámara es poner tu vida en riesgo. Ahora, en el contexto de manifestaciones siempre hay un riesgo de que te pase algo. Yo creo que si sabes manejarte en la calle, si conoces los códigos, si respetas lo que está ocurriendo, puedes minimizar el riesgo. Yo particularmente salgo con miedo. Siempre. No voy a jugar al héroe, no voy a jugar al valiente, de hecho, el miedo es lo que me frena a cometer imprudencias o locuras, o ponerme en mucho más riesgo del que ya estoy. Pero siempre hay una constante de que se pueda perder la vida.

-¿Y una foto vale la vida?

-No.

¿Ni siquiera una buena foto?

-Hace unos días murió una fotoperiodista que pudo fotografiar su muerte en una explosión. Y es como ‘ah, qué bien por la foto’. Pero pregúntame como se llama ella. No lo recuerdo. Y eso lo sé yo que soy fotoperiodista, pero eso no lo sabe el vigilante, el conserje, el político o el profesor. Y a final de cuentas yo me debo no a la foto sino a informar a esta gente. Entonces de verdad no creo que valga la pena.

-Cuando estás en mitad del enfrentamiento, con riesgo para ti, ¿todavía tienes cabeza para pensar en si una foto es buena o mala?

-Me ocurrió el día delSAREM.Después de los disparos, cuando todo se calma, había un carro en llamas. Llegaron los bomberos. Y de repente miro y digo ‘oye, qué bonito como la luz está atravesando las ramas del árbol y con el humo hace como una cortina de líneas. Oye, sí, esto con F14, 1200 de ISO, queda perfecto’. Entonces, sí, creo que todavía tenemos en algún momento la cordura para pensar en una fotografía estética.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Miguel?

-Creo es en la fotografía que informa. No consideraría a alguien fotoperiodista por el simple hecho de que hizo una fotografía y ya. Yo no sé cocinar y en alguna oportunidad me toca hacer algo para comer, y no por eso me considero cocinero o chef. Entonces llamarlo fotoperiodista ciudadano, no; creo que es un título muy ostentoso para la gran responsabilidad que conlleva. Los fotoperiodistas vemos y observamos. Un ciudadano solo ve y no observa. Hace tiempo se hizo viral un video de Altamira de unos militares que se comen la luz y los chocan. Y todos han delirado con el video. Y como fotoperiodista a esa imagen le hace falta algo muy importante: ‘¿qué pasó con el conductor?’. Esta persona registra el choque, registra las detonaciones y se va. Y uno se queda con la interrogante de qué pasó con esa persona. El fotoperiodista se queda para ver qué va a pasar con la persona. Esa es nuestra labor. Por eso digo: bien, genial que esa persona tuvo la astucia para estar en el momento adecuado, pero eso no hace que sea fotoperiodista ciudadano. El fotoperiodismo informa. A mí ese video, por ejemplo, me contó parte de lo que pasó pero no qué ocurrió con el conductor.

-¿Tras más de cien días de protesta se podía todavía hacer una foto original?

-Sí. Había que reinventarse. Era difícil. Pero creo que la educación visual juegaun papel muy importante. Está bien que tengas ojo, la técnica y tu equipo, pero si no tienes cultura visual te quedas corto y va a ocurrir el fenómeno de repetirse. Yo hasta el momento no sentí que me hubiera repetido. Ya sea porque me obligué a usar un lente u otro,que me obligaba a cambiarme de posición. Ya sea el olfato periodístico: saber dónde está la noticia para registrar la fotografía que va a ser diferente al resto.

-¿Cuáles han sido los momentos más difíciles?

-Ha habido dos momentos: primero, documentar los entierros. Eso me ha afectado mucho. Es como: ‘ah, qué triste’. Ninguna muerte es justificada. Ni de un lado ni del otro. Pero ver frustrada una vida por un contexto que tú dices: tiene una solución tan fácil, una salida democrática, es doloroso. Ver madres y padres de gente talentosa, de gente joven, de capital humano, eso es muy triste. Para mí ha sido lo más triste.

Y lo segundo: la pérdida de valores. Cuando hubo la marcha de adultos mayores, yo ni el chaleco me llevé. Dije: no les van a disparar. Mentira: igual les echaron gas en la cara. Y era como: ‘pana, este señor puede ser tu abuelo, puede ser tu mamá. ¿En qué mente cabe qué tú vas a dispararle a una persona mayor, que tiene muchísimas más experiencia que tú, que tiene historia, que tiene anécdotas?’ Y ahí dices:‘ya va, ¿qué pasa con los valores de la sociedad venezolana? ¿Qué está pasando por tu cabeza para que arbitrariamente decidas atacar a una persona mayor? ¿Qué daño puede causarte un señor de setenta años? ¿Tirarte un bastonazo? Cuidado y tú le partes el bastón, porque tienes escudo, chaleco, casco’. Eso me afectó mucho: ese respeto sencillamente no está.

-Hay una foto tuya, Miguel, que muchos coinciden en que es, si no la mejor, sí por lo menos una de las mejores de las protestas: la de los escudos. ¿Cómo llegas tú a esa foto?

-Yo venía de fotografiar a una señora que decidió irse solita con una bandera a parársele en frente a los militares. Ella llega y un grupo de militares la retiran. Me quedé fotografiándola y de repente caigo en cuenta de dónde estoy y veo a los militares adelante, entoncescorro, llego, yme quedo en la mitad de la autopista. Veo que los escuderos se organizan, se forman, y empiezan a atacar. Me resguardo. Los militares se organizan. La veo y digo: este es el momento. ¡Llegué a ese momento por otra fotografía!

-¿Es esa tu mejor foto?

-No.

-¿Y cuál es?

-Mira, no sé. No podría decírtelo.

-Bueno, ¿cuál es la que más te gusta?

-Mira. No sé. Me gusta jugar con la ironía del momento, y si esta ironía tiene muchos elementos a contar es fantástico. Cuando los chicos usan cascos de la GN. O van a jugar Golf con las lacrimógenas. Es como muy irónico. Las fotos que muestran un detalle irónico son las que más me han gustado.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Las fotografías que me hubiese gustado, por registro gráfico, son la del muchacho que se quemó por una moto que explotó en Altamira y la del muchacho que le prendieron fuego allí también. No las hice por no haber podido estar en el lugar.

-¿Cuál es la foto que te gustaría hacer?

-Yo tengo clara la foto pero está muy lejos de lograrse: un abrazo de parte y parte. Y de verdad está muy lejos. El contexto político-social está, digo yo, en un momento muy crítico.

Horacio Siciliano: “Todos los días arriesgas la vida”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El de Horacio Siciliano es uno de esos casos en los que el poder seductor de la fotografía queda de manifiesto en toda su dimensión. Ingeniero de la UNIMET, poco o nada, pensaría uno, tendría que hacer entre guardias y manifestantes, entre molotov y lacrimógenas, entre piedras y perdigones. Una vida confortable, en todo caso segura, puede que mejor remunerada e indudablemente más tranquila le esperaría si se dedicara completamente a su profesión. Pero resulta que no. Resulta que a él la fotografía lo empuja (y a veces arrastra) a situaciones de riesgo en las que su vida llega a estar en peligro. ¿Cómo y por qué? Bueno, porque el 12 de febrero de 2014, el todavía estudiante Horacio Siciliano decidió acudir a la convocatoria de Leopoldo, Ledezma y María Corina (‘La Salida’), y hacerlo cámara en mano. No exactamente por ‘paveo’ pero tampoco con una misión trascendental por delante: simplemente para tener un registro personal de lo que pasara. A fin de cuentas, fotos llevaba rato tomando por hobby (de playas, montañas y paisajes), y la ocasión se podría prestar para ello. No imaginaba que ese miércoles cambiaría su vida y marcaría también la historia de Venezuela.

Tal como él lo cuenta, todo fue coyuntural: al llegar a su casa tras esa jornada difícil (la marcha acabó en un caos que dejó varios muertos y  destrozos), se topó con el silencio de los medios, que poco o nada decían de lo sucedido. Entonces, decidió compartir sus fotos, y el hambre informativa de la gente se encargó del resto: 5 mil retuits tuvo una de sus gráficas y allí entendió dos cosas: primero, que algo de bueno tendrían cuando tanta gente las compartía; y segundo, que el mayor aporte que podía hacer era ayudar visibilizar lo que pasaba. La desinformación se lo regaló y el twitter se lo confirmó, para escribirlo breve y cantando. “Ahí dije: voy a seguir tomando fotos para lo que venga”. Y lo que vino fue casi un mes de duras protestas callejeras en los que se hizo, formó y consagró como uno de los fotógrafos más populares y seguidos de Venezuela, posición en la que ahora, mientras estuvo cubriendo éstas de 2017, se reafirmó.

Aquí el diálogo con el estudiante de ingeniería que un día marchó con una cámara y regresó hecho todo un fotógrafo.

-Horacio, un fotoperiodista es alguien que

-…narra lo que ve.

-¿Qué es lo básico que se necesita para ser uno?

-Cabeza fría.

-En el foto periodismo, ¿qué es lo principal? ¿la estética o la información?

-Lo principal es la información, porque en muchos casos la foto no tendrá la mejor estética pero el contenido es superpoderoso y ya con eso vale. Claro que uno siempre trata de buscar el mejor encuadre, acomodar todo de la mejor forma posible, pero suelen ser momentos muy rápidos o en sitios en los que no puedes hacer todo con tranquilidad, entonces lo que prima es la información, aunque la estética siempre la vas a estar buscando: el ojo de uno siempre va a estar trabajando en acomodar los elementos o el encuadre, pero la información va primero.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Tiene cabida en el fotoperiodismo el Photoshop, por ejemplo?

-Si estamos hablando de Photoshop, no, porque ya estás alterando la imagen y haciendo algo de otro tipo. Si vas a quitar o a agregar elementos, ya no estás contando las cosas como son: estás cambiando la historia. Si una persona estaba atrás y ya no está, estás quitando un testigo de algo que ocurrió. Una cosa diferente es un tipo de retoque, acomodar iluminación y sombras, porque estás en la calle, el trabajo es rápido, las condiciones de luz cambian rápido, y se vale que acomodes pequeños detalles. Pero más allá de eso, nada.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-El Nikon 18-200 3.5 porque me permite pasar de un gran angular a llegar a 200 mm sin tener que estar cambiando de lente, ni tener tantos equipos encima. Es bastante versátil, puedes pasar rápido de todas esas distancias focales y mantiene la nitidez.

-¿Qué es una buena foto para ti?

-Una que genere emociones cuando la veas. Que la persona sienta algo.

-¿Qué opinión te merece el fotoperiodismo ciudadano? ¿Crees en él?

-Sí, sin lugar a dudas. Lo estaba conversando hace poco con una persona que tiene años en el medio y siempre me gusta escuchar: los tiempos han cambiado muchísimo, antes no se veía tanto fotoperiodista, eran puntuales. Pero eso pasaba porque para serlo tenías que aprender a usar una cámara analógica, aprender a revelar, etc; ahorita es mucho más fácil tener una cámara, subir una foto a internet, mandarla a un medio, por redes sociales. Y me parece importante porque así se deja evidencia de muchas cosas. Lo importante es que quien lo haga sea responsable, que la persona asuma el contenido como propio y sea garante de que lo que está subiendo es real. Yo creo que es bueno porque ayuda a que se sepan las cosas, pero es necesario ser responsable con lo que se publique y difunda.

-¿En qué se diferencia esta cobertura de la de 2014?

-Ha sido diferente porque en este caso no te estás cuidando solamente de alguna piedra que esté volando por los cielos, sino también de la policía y de la GNB, te estás cuidando de que ellos te roben o te agredan. Yo recibí agresiones a montón: bomba en el tobillo, en el pecho, me intentaron quitar los equipos. Estos meses han sido mucho más riesgosos por la cantidad de violencia que hay en la calle y porque el Estado no es garante de tu seguridad cuando estás trabajando. Pero por el contrario también ha habido mucho compañerismo, que es lo bonito dentro de la crisis: tienes muchos compañeros al lado que están pendiente de ti y tú de ellos. Entonces nunca estás solo, siempre estás apoyado y son personas de las que he aprendido muchísimo.

-A nivel personal, ¿cuál ha sido el momento más difícil?

-Mira, ha habido dos. El primero, en abril: un chamo que cayó al Guaire. Yo crucé el Guaire por arriba, por la estructura de metal. Y llegué al otro lado. Y estaba el chamo en la rivera sangrando, no podía moverse. Estaba la novia al lado. Y yo dije: ‘no, este chamo está muerto’. Llegaron los bomberos para sacarlo y la GNB seguía lanzando bombas. Los bomberos gritaban que pararan y seguían lanzando bombas. Y yo pensé que el chamo estaba muerto y me dio una impotencia grandísima mientras veía cómo seguían disparando.

El otro momento que me asustó realmente fue dos semanas después de que asesinaran a Juan Pablo Pernalete. Como yo estudié en la UNIMET, para mí esa fue una muerte que sentí cercana, como si hubiera sucedido en mi casa. Yo estaba en la Luis Roche, eran como las 4 de la tarde. En ese momento no estaba en la línea de fuego, estaba fuera de ella. Y de repente salió un GNB de la torre Británica y me disparó directo una bomba en el pecho. Cuando yo sentí el golpe, lo primero que me vino a la mente fue: ‘me mataron’. Me acordé de Pernalete y dije: ‘me mataron’. Tomé un poco de aire, y cuando vi que podía respirar dije: ‘coño, siento que estoy bien’. Tenía el chaleco y eso amortiguó un poco el golpe, y fue del lado derecho. Luego me atendieron los paramédicos y gracias a Dios no pasó a mayores.

-Hay una foto tuya famosa, en la que hay un PNB tratando de quitarte los equipos, ¿qué pasó allí?

-Esa foto es en Chacaito. Había un chamo al que la GNB agarró sin tener nada, ni en el bolso ni en las manos, y de hecho lo tuvieron que dejar ir luego, pero lo rodearon cinco funcionarios y le cayeron a golpes. Yo lo tenía cerca y cuando lo vi me quedé grabando. Entonces uno de los funcionarios se dio cuenta y enseguida empezó a arremeter contra mí, a golpearme, a decirme que me fuera. Uno de ellos jaló la cámara, yo la agarré con la mano izquierda y seguí grabando. Él me golpeaba y trataba de quitármela, pero al final no pudo. Esa es la historia de esa foto.

-¿Cuánto es lo más que has llegado a arriesgar por una foto?

-Coño, yo creo que estando en la calle todos los días lo más que arriesgas es la vida, porque estás en plena calle y allí mucha gente ha perdido la vida bien sea por un bombazo en el pecho, en la cabeza, cualquier cosa. Estando allí estás arriesgando la vida.

-¿Y una foto vale la vida?

-Nunca.

-Pero la estás arriesgando…

-Lo que pasa es que las condiciones se han vuelto difíciles. Mira, uno toma sus previsiones: va con sus equipos de seguridad, sabe cómo moverse, está con compañeros que están pendientes y saben cuándo retirarse. Uno toma sus precauciones y no hace algo que explícitamente ponga en peligro su vida, tipo: ‘me voy a meter porque sí’, cuando sabes que el riesgo es altísimo. Entonces, lo que haces es minimizar el riesgo al máximo. Y aunque el riesgo está presente, una foto no vale la vida: buena o mala, no vale la vida.

-Y cuando estás metido en mitad de los enfrentamientos, que llueven bombas, perdigones, piedras etc ¿aún en medio de esa situación apremiante tienes cabeza para pensar en lo que es una buena o mala foto?

-Sí. Increíblemente en medio de ello uno en su cabeza está armando una composición siempre con los elementos que está viendo. Uno mantiene la cabeza fría. El ojo está trabajando en una composición de los elementos, independientemente de lo que esté pasando: ‘está esta persona aquí, está esto allá, hay una bomba cerca’, y uno busca configurar todos esos elementos en algo que funcione.

-Estuviste casi 50 días cubriendo las protestas, ¿ya al final de ellos se podían hacer fotos originales?

-Sí. Es que siempre está pasando algo diferente. Hay fotos comunes: un guardia disparando, un manifestante devolviendo bombas. Pero han pasado unas cosas interesantes. Estos personajes icónicos, por ejemplo: Hans, la señora que se paró frente a la tanqueta, el violinista, el diputado que se va con su bandera al frente. Siempre hay algo nuevo que llama mucho la atención. El contraste entre la cantidad de gente protestando y la policía reprimiendo. Siempre hay algo diferente que contar

-¿Cuál es la foto que más te ha afectado?

-La de este chamo en el Guaire desangrándose.

-¿Llegaste a llorar en algún momento?

-Creo que sí. En ese momento, cuando estaba sintiendo tanta ansiedad, en cierto punto me aparté y se me salió una lágrima. El chamo estaba acostado, sangrando en el Guaire, seguían disparando bombas, los bomberos trataban de auxiliarlo y los guardias seguían disparando. Está ese peo prendido y tú como: ‘pana, ya basta. Deja que lo auxilien por lo menos’. Esa desesperación en ese momento fue dura y a uno le afecta.

Cristian Hernández: “El miedo ayuda a hacer buenas fotos”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cristian Hernández no tiene cara para su edad. Tampoco para el oficio que ejerce. Vestido con una camisa beige, como estaba ese día, bien podría pasar todavía por bachiller. De parasistemas si quieren, pero bachiller. Y resulta que no. Resulta que ese muchacho flaco y despeinado con el que hablo entre bulla, cerveza y lonjas de cerdo en los populares chinos de Los Palos Grandes, es en realidad un tarajallo de 27 años, con título de Comunicador Social de la UCV, un montón de medios en su CV (‘El Tiempo’, ‘Tal Cual’, ‘2001’, ‘Últimas Noticias’) y parte del ‘staff’ profesional nada menos que de la madrileña agencia EFE.

Y quién lo diría. Porque en principio Cristian lo que quería era hacer radio; y de hecho fue ello lo que lo motivó a estudiar Comunicación Social en la Central. Sin embargo, en su camino se cruzaron la fotografía y Héctor Castillo (fotoperiodista de ÚN y profesor de la UCV) y lo demás fue una historia que él resumirá magníficamente con un “mis fotos eran mejores que las de todos mis amigos…y bueno”. Y bueno que entonces se dio cuenta de que servía para eso, se compró una Nikon D40X, hizo algún taller, salió a la calle, conoció a otros fotoperiodistas, aprendió de ellos, comenzó a experimentar, trabajó en un montón de medios, llegó a EFE y cuando ya estaba considerando irse de Venezuela, estallaron las protestas y, contrario a lo que haría el resto del mundo, se quedó demasiado.

Ya el día de la entrevista tenía el cuerpo lleno de cicatrices, producto de la cantidad de bombas, piedras y perdigones que ha recibido, y también de alguna caida explicable y memorable. Hoy, día de la publicación, no tiene teléfono: se lo robaron los colectivos, junto con una de sus cámaras, el 05 de julio en la AN. Ese día lo tiraron al suelo y lo patearon. Pero no lo sacaron de la calle.  Cristian no se arredra ni se asusta, sigue. ¿Qué se le va a hacer?: le gusta estar en la candela, que es, de hecho, la forma que tiene para describir su oficio. Aquí la conversación con un pirómano de las fotos:

Cristian, un fotoperiodista es alguien que…

-…aunque sabe que es peligroso, igual se mete en la candela.

-¿Qué se necesita para ello?

-Básico: tragarse el ego. Saber que tienes demasiado que aprender y que todo lo que sabes puede estar mal. A ti te podrán gustar mucho tus fotos y de repente puede que no sirvan para eso.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-Para mí esto es una pirámide y la base es informativa. Todo lo demás es lujo. Hay fotos movidas y desenfocadas que sirven. Ahora, si la foto es bonita, mejor. Y si es redondita, perfecto.

-¿Qué es una buena foto para ti?

Una que cumpla la función de informar y de contar una historia. En segundo plano queda si es bonita o no. Repito: la base de la pirámide es que la foto informe y cuente lo que tiene que contar.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

Siempre y cuando no estés manipulando la imagen para que sea otra cosa distinta a la que tomaste, sí. Puedes cambiar las luces, cropear, pero quitar algo, no: porque tú estás comprometido con la verdad.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Cristian?

-La cosa es que hay una demanda altísima de información y nosotros no podemos estar en todos lados. El fotoperiodismo ciudadano está bien, pero habría que ver qué quiere comunicar el ciudadano y qué herramientas tiene.

-Te lo pongo más fácil, ¿una persona con una cámara es un fotoperiodista?

-Podemos hacer una prueba: dile a esa persona que vaya a una marcha chavista. ¿Va a sacar buenas fotos o va a sacar fotos de las vainas feas que él ve? ¿Es capaz de tomar fotos de una vaina chavista e informarte correctamente? Yo creo que la prueba de fuego sería enviarlo a cubrir algo que lo incomode. Porque lo importante es que tienes que ser profesional donde estés, en la situación que estés, sea peligrosa o no, aburrida o divertida. Esto no es solo tomar la foto, sino saber lo que necesitas: puedes tomar una foto arrechísima o bella y que no informe, y te la desechan porque no sirve.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

Con una Canon 5D de gama alta. Pero eso no importa mucho: lo usas porque son las herramientas que te dan.

-¿No importa, dices?

Yo creo que la flecha no hace al indio, pero a mejor flecha mejor indio. Es una relación 50/50. Puedes tener la mejor cámara y no saberla usar, o tener una mala y tomar una buena foto.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-Lo que me gusta más son las cámaras full frame y los lentes L. Esas cámaras son rápidas y responden muy bien. La calidad es otro nivel.

-¿Quiénes son tus referentes?

-Depende. Tengo pintores, artistas, otros fotógrafos.

-De pintores…

-Rembrandt

-¿Por qué?

-La luz. La luz de Rembrandt es muy buena. Y también Goya me gusta.

-¿Cómo describirías estos días de cobertura?

-Ha sido más violenta. A nivel político creo que la situación está bastante delicada y hay que respetarla y hay que tener la cabeza bastante fría.

-¿Qué ha sido lo más difícil de esta cobertura?

-En La Urbina nos echaron tiros. Eso fue difícil. Me ha tocado correr, colectivos me han tratado de quitar la cámara, me han golpeado; en 2014 me rompieron el casco con un tubo. Hay varios momentos peligrosos y probablemente no sean los últimos.

-¿Has llegado a sentir que tu vida está en peligro?

Cuando nos han echado tiros y vamos pa’lante, con cuidado. En esos momentos.

 -¿Y una foto vale la vida?

-No. Nunca. Ninguna foto vale la vida.

¿Ni siquiera una buena foto?

-No, no.

-Cuando estás en mitad del enfrentamiento, con riesgo para ti, ¿todavía tienes cabeza para pensar en si una foto es buena o mala?

– Sí, claro. Tenemos la capacidad de conseguir una buena foto en cualquier lugar.

-¿Y no sientes miedo?

-Siempre. Pero creo que el miedo ayuda a sacar buenas fotos.

-¿Tras más de setenta días de protesta es posible hacer una foto original?

-Yo siempre trato de hacer una foto distinta. Pero igual uno nunca sabe qué puede pasar. Siempre va a haber algo distinto y el reto es tratar de conseguirlo. La cosa es estar preparado y tener la capacidad de hacerlo.

-¿Cuál es tu mejor foto?

-La que voy a tomar mañana.

-jajajaja. Bueno. De las que ya tomaste, ¿cuál te gusta más?

-Siempre pasa que lo que le gusta a la gente es lo que no te gusta a ti. Por eso yo trato de no inflarme mucho el ego. Pero de las que más me han gustado. Ehhhh. Ya va. Una bandera de 7 estrellas. Esa me la publicaron en TIME. Pero es que no sé. Todas son distintas, todas son mis hijas, no puedo escoger.

-Hubo una foto tuya, muy famosa: la de la PNB en la autopista y la gente escondida tras la defensa. ¿Qué puedes decir de ella?

-En verdad, a mí en el momento me pareció una foto nula, y de repente cuando llegué a la casa me di cuenta del fenómeno que fue. Pero a  mí me pareció normal.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

De algún sitio en el que no he estado. Pero no se puede controlar todo. Quisiera estar en todos lados pero no es posible.

-¿Y te ha pasado que has estado y se te ha escapado la foto?

-Todo el tiempo.

-¿Y qué sientes?

-Que la cagué. Es una frustración arrecha. He estado en eso mil veces. Por ejemplo, cuando la señora de la tanqueta: no hice esa foto porque estaba atrás haciendo heridos. Pero eso no significa que hiciera un mal trabajo. La foto puede pasar frente tuyo y puedes no verla.

Leo Álvarez: “El silencio no es opción”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Como si el título pudiera borrarse, lo aprendido olvidarse y los años de ejercicio desaparecer, Leo Álvarez arranca la entrevista (y así lo registra la grabadora) con una frase de antología: “Fui abogado. Y asqueado y convencido de que uno no puede caminar en un palo de agua sin mojarse, renuncié al derecho”. Con esa abjuración pública, con ese abandono en pretérito, este hombre libre (libérrimo, más bien), informal, buena nota y de espíritu joven como una melodía de Aditus, comienza a explicar cómo y por qué está ahorita en el primer frente de las manifestaciones documentando las protestas. Sin embargo, su historia con la fotografía empieza mucho (muchísimo) más atrás: “Siempre hice fotos. Desde chamo me gustaba el cuento de la imagen. Pero nunca pensé que fuera a ser fotógrafo. Mi mamá me lo decía. Y yo que no. Y en algún momento en 1999 acompañé a mi ex esposa a hacer un curso con Roberto Mata y ahí me quedé pegado. Realmente pegado”. Y lo que lo atrapó, en principio, fue el documentalismo: a él, que le fascinaba recorrer Venezuela, que no podía ver un pueblo o un caserío porque ya se metía de cabeza allí, la fotografía le dio lo que tanto buscaba: “Fue la excusa para profundizar en esa historia y el complemento ideal de lo que era mi pasión. Me hizo reencontrarme con mi país”.

Un país que también vivía tiempos revolucionarios y convulsos, a los que Leo no fue ajeno. Con orgullo cuenta que desde la primera de las manifestaciones (“Con mis hijos no te metas”, año 2001) estuvo en la calle documentando la protesta cámara en mano. Sin credencial, chaleco ni máscara, pero sí con una línea estética clara: la violencia sugerida; una que no se ve pero que sí se siente en las fotos, que son en blanco y negro, y con borde. Es un trabajo personal, que va construyendo manifestación a manifestación, y gracias al cual no sólo llega a exponer hasta en Francia, sino que consigue un puesto con la agencia AP (“yo lo hacía por arte, y me ofrecieron hacerlo por dinero y me pareció una buena opción”). Pasan los años, y el conflicto sigue y escala hasta este 2017, cuando regresando de una manifestación (“la primera gran marcha de abril”) Leo cae en cuenta de una cosa: ya no hay, no quedan, medios que transmitan lo que pasa. En su cabeza una idea: luchar contra ello. Entonces, decide aprovechar el potencial de las redes y usar las suyas (una cuenta de IG y otra de twitter) como una ventana para mostrar lo que él recoge en las calles: “No se trata de buscar seguidores, o que digan qué buen fotógrafo eres, sino de mostrar lo que los medios tradicionales deberían mostrar y no han mostrado”, explica. Y es que aunque haya dejado el derecho y reniegue de él, Leo Alvarez, en el fondo, no ha perdido las ganas de hacer justicia.

Aquí nuestra conversación

Leo, un fotoperiodista es alguien que… persigue la imagen de la noticia.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-El fotoperiodismo para mí es la información netamente. Ahí está el caso de la imagen del ruso con la pistola: es una imagen impactante, digna de un premio periodístico, pero no fotográfico. Vale oro y contiene una información valiosísima, pero eso no hace que sea una foto buena como tal. Barthes decía que la fotografía tenía que tener por lo menos uno de cuatro elementos, y uno era la proeza: algo que por el hecho que está representando amerite ser retratado, lo que no hace que sea una gran imagen. Ahora, si la información la puedes mezclar con estética, mejor. En mi caso, yo no puedo desligar la estética del ojo. A mí muchas veces la belleza de un momento, su sensación, el ‘comeflorismo’ y el arte me atrapan, y entonces me pierdo de unas imágenes que están contando algo. Allí pienso más como fotógrafo. Si pensara más como periodista, ya no me importaría la estética sino la noticia.  A veces uno funciona de una manera o de otra.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

-En la fotografía documental no tiene cabida. Ahora, en el fotoperiodismo trabajas con una máscara anti gas, en unas condiciones en las que ya no sabes cuál es el cuadro y toca luego reencuadrar. Reencuaderne en prensa es legal. Si hay que resaltar algo, vale. Ahora, agregar o quitar cosas, eso no es ético.

-¿Debe un fotógrafo herir la sensibilidad del espectador para que tome conciencia de la gravedad de una situación o hay otras maneras de hacerlo?

-Hay dos tendencias. Ahí está Sebastián Salgado, que levantó una gran polémica en el libro de Susan Sontag. Decían que Salgado se ocupaba del aspecto estético de sus imágenes y que la estetización de la tragedia solo podía resultar en la pasividad de quien lo mira, porque terminamos volviendo héroes a estas personas que están sufriendo conflictos horribles y no estás haciendo nada para cambiarlo. Él dice que lo que quiere es denunciar y que la gente vea cosas de las que no se enteraría. La otra tendencia es el amarillismo, ¿cuando ves la sangre, eso hace que cambies? Ver mucha violencia te desensibiliza también. ¿Debo herir? Depende del discurso de cada uno. En fotografía funciona la honestidad. Yo me voy más por el cuento de la metáfora.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Leo?

-Sí. Y esto te lo dice un profesor de fotografía [desde 2003 Leo da clases en Roberto Mata]: a diferencia de la música, que necesita un oído, o de la pintura, que necesita trazo, la fotografía se aprende y lo único que se necesita es tener honestidad, ganas de trabajar, y caminar en una dirección: crear un cuerpo de trabajo consistente temáticamente. Se aprende. No necesitas estudiar fotografía para ser fotógrafo. A nosotros en la escuela diariamente nos sorprenden fotos de chamos que tú las ves y dices: ‘¿De dónde salió esto?’. La educación visual es natural desde los 60’s para acá: estás bombardeado por imágenes, sabes con qué comulgas y con qué no. Y con honestidad y un ojo educado, si te pones a trabajar, llegas. En Venezuela hay una cultura visual de un nivel tan amplio y gente aficionada a la imagen de un nivel tan alto, que yo no diferencio entre un fotógrafo profesional y uno que no. Conozco a muchos que se consideran amateur y tienen una calidad mayor. Al final, la diferencia entre un profesional y un amateur es que ser profesional significa: me prostituyo, cobro por hacer incluso lo que no me gusta. Estoy dispuesto a hacer lo que no me gusta si me pagan. El amateur no.

-A ver, esto es un titular fantástico: ‘ser profesional significa que me prostituyo…’

-Jajajaja. No. No. No. Ahora sí es verdad que me van a odiar todos. Evidentemente no es literal. Lo que quiero decir es que en Venezuela hay una cultura visual de un nivel tan amplio, y gente aficionada a la imagen de un nivel tan alto, que yo no diferencio entre un profesional y uno que no. Conozco muchísimos que se consideran amateurs y tienen una calidad mayor que la de los que nos consideramos profesionales. Al final, el término profesional significa: yo cobro. El amateur no.

-Pero puedes cobrar y hacer lo que te gusta…

-Sí. Claro. Pero el porcentaje es bajo. Tienes hijos que atender, tienes que llevar comida a la casa, pagar el colegio, el deporte, las vacaciones. Resulta que terminas haciendo cosas que no son las que más te gustan, pero que igual son bonitas. Ahora, hay gente que hace cosas que odian. Yo puedo hacer sociales y me divierto. pero conozco algunos que dicen que eso es un asco. ‘Vete a trabajar de abogado para que veas lo que es un asco’, les digo.

-Aprovechando que eres profesor, ¿cuánto es la cámara y cuánto el fotógrafo, Leo?

-Mira, puedes tener una cámara arrechísima y hacer una mierda de foto. El fotógrafo de verdad hace fotos buenas con celulares o con cámaras. Hay gente que con teléfonos hace fotos fantásticas. Lo que vas a tener es que adaptarte a lo que tienes. Si tienes una cámara que no tiene télex no puedes hacer imágenes de futbol. Igual en las protestas. Cubre lo que tienes que cubrir de acuerdo con lo que tu equipo te permita.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Yo trabajo con Canon. Eso es básicamente lo mío.  Mi equipo de película es una cámara 1 N usada que compré en USA.

-¿Has perdido algún equipo?

-La ballena me ha dañado ya dos cuerpos; y un perdigón, un lente. No conozco a un fotógrafo que no haya perdido una cámara o algo así. Menos mal que en mi caso uno era un equipo bastante viejo. Ahora estoy llevando es un solo cuerpo: si me asaltan, se llevarán un cuerpo y no dos.

-Tomando en cuenta que llevas más de diez años cubriendo manifestaciones, ¿en qué se diferencian estas de otras?

-Sin querer hacer diferenciaciones elitescas, hasta 2014 eran marchas del este. Entre abril y junio ha habido una gran evolución. Yo diría que ocurrió en mayo. En abril, al frente, había puros estudiantes caraqueños: ahora hay gente del barrio, del interior, gente humilde que está peleando en primera fila y en mayor proporción que los estudiantes en 2007 o en 2014. Ahora no hay miedo. Antes la dinámica consistía en participar y escuchar a los políticos. Caía una lacrimógena y se acababa. Ahora no. Ahora caen las bombas y es cuando comienza el guaguancó. Es decir: aquí nos quedamos resteado. Ese nivel de ‘resteo’ tiene que ver con una cosa que antes no existía: la convicción. Una convicción inquebrantable. Esa pregunta me hace pensar que antes era manifestar un descontento, pero ahora es intentar lograr un cambio y jugárselo todo. Y ves a los chamos heridos por perdigones y se los llevan atrás y dos minutos después vuelven adelante. Esto es más cercano a un 27 de febrero que a un 2003-2004. Yo te diría que lo que uno ve hoy por hoy solo lo vi el 11 de abril. Esto es otra cosa.

-¿Y en cuanto a la cobertura?

-A nivel de cobertura antiguamente había un cierto respeto por las formas del fotoperiodismo que ya se perdió. Aquí estás a tu riesgo, sabiendo a lo que te estás exponiendo, sabiendo que probablemente no vaya a haber respeto. Todos tenemos heridas de perdigones, bombazos, rotos en la piel. Parece que el mensaje es: ‘no tomes fotos de lo que no debas’.

-¿Cuál ha sido el momento más difícil?

-Te diría, y va a sonar cliché, la muerte de Neomar. Un chamo que yo retraté en la autopista con una flor. Me pareció un carajito lindo espiritualmente. Haberme enterado de que era ese chamo el que mataron, eso me quebró. Y todavía me afecta. Todavía no te sé decir por qué: si es porque veo a mis hijos en él o qué.

-¿Has tenido miedo?

-Fíjate: yo siento mucho más miedo de noche parado en un semáforo, o caminando, que cuando estoy cubriendo una marcha. En esa situación, las posibilidades de que te pase algo, así estés cubriendo el frente, son una millonésima parte inferior. Yo ando con casco y un chaleco antibalas. ¿Da miedo que te fracturen un brazo? Sí. Pero eso no es miedo. Temor al dolor, en todo caso. Miedo me da cuando estoy sin el chaleco antibalas.

-¿Y una foto vale la vida?

-“Ninguna foto vale la vida”. Ese es el slogan que usamos en la escuela. Yo le meto siempre una coletilla: “pero el silencio visual tampoco es una opción”. Yo creo que ahí, entre una y otra, encuentras la respuesta de hasta dónde arriesgas. ¿Hay que asumir un riesgo? Sí. Por supuesto. Pero dentro de la mayor seguridad que el medio te permita.

-¿Y cómo haces para minimizar el riesgo?

-Uno está como entrenado para hacer estas cosas. Tú estás viendo una cantidad de códigos y sabes dónde estás parado. Oyes los tiros y vas hacia los tiros. Estás entrenado al revés de la gente. Corres en contra de donde la gente va. Pero no corres desnudo, con las manos arriba y exponiéndote. Vas corriendo con un sentido de protección, de acuerdo adonde el oído escucha que viene el disparo, si tienes identificado de donde sale el peligro. No es tampoco una cosa tan loca. Sabes cuándo tienes que irte, en qué momento te mueves y cuándo no.

-¿Tras tantos días de protesta es posible hacer una foto original?

-Se puede, sí, pero cada vez menos. Para mi trabajo personal voy pescando. Pero no puedo dejar de hacer la foto de una protesta, porque la protesta ocurrió. ¿Es una foto parecida? Sí. ¿Es novedosa? No. Pero lleva la leyenda de lo que ocurre, la honestidad de tu nombre. Esto está ocurriendo en Caracas hoy, en este momento. Si logras tener una foto hermosísima, bien. Yo tengo algunas porque siento que me gustan como fotos, pero no guardan relación con lo que intento que se vea en la ventana. Estoy volcado a que se vea lo que siento que es importante que se vea.

-¿Cuáles fotos tuyas seleccionarías?

-Son muchas. Una que me gusta mucho es la de la señora en la tanqueta con los brazos abiertos. Es hecha con un télex, fotográficamente probablemente no tenga un valor más allá de la metáfora que implica una señora mayor desarmada impidiendo que una tanqueta reprima a la gente. Me gusta mucho porque es una metáfora que representa Venezuela: un país sin armas que está dispuesto a oponerse de frente a un régimen que está armado y que tiene unas intenciones completamente distintas a las del resto del país y lo ves resumido en esa imagen. Es una imagen que probablemente no me guste como foto pero como mensaje me parece la más bonita.

-¿Y cuál es tu mejor foto?

-Es que con esto pasa como con los hijos: no hay uno que te guste más que otro. Hoy, que Neomar se murió ayer, te digo que la de él. No me lo puedo sacar de la cabeza. Me cuesta porque veo a mis hijos en él y es muy arrecho. Me dices la semana pasada y probablemente te digo otra. Hay una que me encanta, de un chamo en Altamira que va como flotando llevando una bomba, y él está como volando, como en un mundo, guao. Ese tipo de cosas me gusta: cuando siento que son unos guerreros que están luchando. Fotográficamente, en frio, te tendría que decir que cuando salen los dos bandos, son fotos que tienen un gran valor: la fuerza de represión por un lado y los manifestantes por otro, con una bandera que identifica que eso está pasando en el país, eso tiene valor. Igual me conmueve más la de María José frente a la tanqueta.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Quizás por ser documentalista, yo no veo la fotografía como algo aislado. No hay una foto suelta que yo pueda ubicar. Hay trabajos. Yo me quito el sombrero ante el trabajo de Federico Parra. Juan Barreto. Carlos Becerra. Marco Bello. Entre muchos otros.

Rafael Hernández, la vida por una foto

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

No es necesario llegar a la hora de conversación para darse cuenta de que Rafael Hernández (@sincepto) es un tipo que está hecho de otra madera. Y no porque sea desprendido y generoso, de sangre liviana y trato fácil, o porque suelte titulares prácticamente en cada respuesta. No. O no principalmente. Es que además goza de la rareza de una vocación llevada al límite. “A mí me dicen: ‘tu mejor foto por tu vida’; y yo digo: ‘dale, hago mi mejor foto’” soltará en alguna parte de la entrevista, que luego, ante el asombro y la fascinación del entrevistador, matizará (“no es la foto per se, sino estar en la calle, documentar y visibilizar lo que le está pasando a mí país”) pero no desmentirá. Y no lo hará porque la idea es absolutamente coherente con una frase de ese escritor y poeta maldito llamado Charles Bukowsky, que a Hernández le gusta citar: “Find what you love and let it kill you” (encuentra lo que amas y deja que te mate). “Y yo lo encontré”, apostillará, triunfador él.

Y sí, ciertamente lo encontró, pero ni tan fácil ni tan rápido. Ateniéndonos a su relato, la suya es la historia de un llamado claro que llegó con interferencia. “Todos corrían para huir y yo para acercarme”, recordará de sus primeros años. Pero no será hasta que sus padres, en algún momento que a falta de precisión hay que ubicar entre 2004 y 2006, le regalen una cámara (“una Sony de principiante”), que a él le caiga la locha. “Fui a una marcha al CNE con mi cámara, y allí me di cuenta de que el aporte más importante que podía realizar era documentar”. Y aun así, todavía se hará de oídos sordos otro rato: tras graduarse de Comunicador Social en la USM, trabajará algunos años como publicista. Tendrá que morirse Chávez y el país remecerse para que se dé cuenta (¡por fin!) “de que lo que quería era estar recogiendo y no viendo las noticias” y tome la decisión kamikaze de abandonar ese mundo de sloganes y reuniones para empezar de cero en la calle.

Y aunque escriba (que sí lo hace, y muchas veces con polémica incluida) y en algún momento haga la finta de decir que no puede vivir tampoco sin el texto (“siento que falta algo si está la una y no la otra”), sólo hay que oírlo hablar de la fotografía, escucharlo describir de memoria las mejores que ha tomado (“en mi vida sólo he hecho tres fotos buenas”) o que en el aire involuntariamente haga el gesto de disparar la cámara, para saber que Rafael Hernández es, básicamente, un fotógrafo de raza. He aquí el diálogo con él:

-Completa la frase: Un fotoperiodista es alguien que…

-…está en el momento correcto.

-¿Y cómo se hace para estarlo?

-Depende de la suerte, del instinto y del olfato. Muchas veces depende netamente es de la suerte y allí lo que tú aportas es lo bien preparado que estés para aprovechar ese momento: porque tienes un criterio, una idea de lo que se puede hacer, sabes operar tu equipo, tienes talento, y logras aprovechar el momento. Otras veces depende del olfato: a veces un gusanito te dice ‘métete por allí’,  sigues ese instinto y resulta que por ahí sucede algo.

-¿Con qué cámara trabajas?

-Canon 7D. Es una cámara profesional de gama media pero es súper cómoda. Yo siento que en fotoperiodismo la cámara no te hace. Yo sé que suena a cliché, pero los cliché son cliché porque son verdad. En el presente no tengo una cámara propia porque me han dañado dos en lo que va de protesta, pero con el celular he hecho fotos que yo siento que quiero mostrar, aunque con mi cámara hubiesen quedado más arrechas. Tú ves chamos con cámara amateurs, que no valen nada, y hacen trabajos impecables y tienen una búsqueda inquietante y curiosa. Creo que una de las cualidades es ser muy curioso y no conformarse con lo que se ve, sino ir más allá para encontrar el detalle o ese punto que no está a simple viste: tienes una escena, busca la manera de verla de una forma más creativa.

-¿Hay algún lente que te guste especialmente?

-Para mí sería el 35 mm o el 2.0. Creo que se acerca mucho a lo que el ojo humano ve, y tiene esa versatilidad de poder destacar bien los elementos y te permite agarrar un poco más la escena.

-¿Cómo es una buena foto para ti?

-Una buena foto debe hablar por sí misma. Nunca puedes prescindir de la fotoleyenda, pero la foto debe ser lo suficientemente poderosa como para trascender en el tiempo, y para eso tiene que estar bien compuesta, en el lugar correcto, y tener una carga de información importante y relevante. No puede ser una foto que no hable de nada, sino que los elementos se conjuguen para crear una historia. Una foto que no me cuente una historia no es una foto que valga la pena ver.

-¿Cómo es la relación entre calidad estética e información en el fotoperiodismo?

-Yo creo que debe haber un balance importante. Hay fotógrafos que hacen fotos preciosas, que son artísticamente muy bellas, pero la carga informativa y la historia pierden predominancia dentro de esa foto y esa foto se debilita en el tiempo. Puede ser un boom en el momento porque es muy bonita pero realmente más adelante se vuelve del montón. En cambio, cuando tiene esa carga de información, cuando sabe contar esa historia, esa foto siempre va a vivir.

-¿Puedes ponerlo en porcentaje?

-50/50.

-¿Tiene cabida el photoshop en el fotoperiodismo?

-No tiene cabida. A la imagen le puedes calibrar ciertos valores para destacar. Pero eso tiene que ser muy sutil, muy bien pensado. Hay medios que tienen a grandes fotógrafos y usan el foto montaje: eso me parece una falta de respeto con el espectador, con el fotógrafo y con el medio. Nada de photoshop.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano?

-Yo creo que no existe. Para ser fotoperiodista tienes que tener cierta preparación, cierto talento y cierta responsabilidad. Existe el info-ciudadano que registra momentos importantes, los documenta, los difunde y tiene una importancia gigantesca, ya que sin ellos estaríamos más débiles de lo que estamos. Pero yo no los meto en el fotoperiodismo. Hay aspectos que no se cuidan allí: hay un aspecto editorial y uno estético que son importantes.

-¿Cómo ha sido la cobertura de estas protestas?

-Han sido días más violentos. En 2014 perdí una cámara y ya. Ahora he perdido dos. Y los daños físicos han sido mayores: ahora van contra ti, te disparan; llegas a tu casa, te quitas los pantalones y te encuentras con cinco morados de bombas que te han pegado y que por el calor del momento ni te enteras. Es mucho más salvaje. Las fuerzas de seguridad se declaran como tus enemigos. Y los manifestantes están más aguerridos y paranoicos a la hora de un infiltrado.

-¿El momento más difícil de esta cobertura?

-Fue en El Paraíso, uno de los primeros días. Llegaron los colectivos y los tuvimos muy cerca, armados hasta los dientes, con las armas afueras, pendientes de quebrarse a alguien. Mi asistente y yo logramos alejarnos un poco y vimos cómo a un fotoperiodista extranjero lo agarraron y le cayeron a golpes. Lo socorrimos después. Pero ese momento fue muy cagante. Tenerlos cerca, arrechos y con las armas afuera.

-¿Has llegado a sentir que tu vida ha estado en peligro?

-Tooodos los días. Pero se te olvida cuando se te dispara la adrenalina

-Y sin embargo sigues…

-Claro.

-¿Por qué?

-A mí me gusta citar una frase de Bukowsky: ‘Find what you love and let it kill you’. Y yo lo encontré. A mí me da mucho miedo, sé que mi vida, mis equipos y mi integridad están en peligro. Pero si estás cumpliendo el propósito de tu vida no puedes dejar de hacerlo.

-¿Una buena foto vale una vida?

-Sin dudarlo. Ni lo pienso. Claro. A mí me dicen: ‘tu mejor foto por tu vida’. Y yo digo: ‘dale, hago mi mejor foto’. Todos los días lo pienso: ‘hoy me puede costar la vida pero ojalá haga la mejor foto’.

-Pero ya va, tienes 32 años, ¿de verdad no te importaría morir por una foto?

-No me hubiese importado morir a los 20 por una foto. Porque tú encuentras tu propósito en la vida y sabes que lo vas a cumplir hasta cierto punto, de ahí pa’lante es un regalo. Capaz ya lo cumplí. No sé. No lo creo. Pero capaz me toca hacer una foto relevante en el tiempo, inmortal, y bueno, ya, no importa: si vale mi vida yo la pago. Es lo de Bukowsky. Es una realidad. Cuando consigues el propósito te puedes morir en el proceso, y bueno, qué cagada morirte, pero nada: cumpliste tu propósito.

-¿Y no hay otro propósito mayor que una foto?

-Es que no es la foto per se. Es estar en la calle, documentar y visibilizar lo que le está pasando a mí país para que tenga la oportunidad de cambiar. Yo poder aportar, poner mi granito de arena. El mecanismo de ese propósito en este momento es la foto. Pero mañana puede ser una crónica o un twitt o cualquier cosa, pero ojalá sea la foto porque creo que es lo que más hago y lo que más me gusta.

-Ok. Pero a ver: la tomas, te matan y ni siquiera la viste publicada…¿entonces?

-¡Pero el primero que la vi fui yo! La vi aquí [se señala los ojos]. Y eso te queda. Mira: yo he hecho 3 fotos buenas en mi vida y me acuerdo del momento en el que las hice y las puedo recrear con los ojos cerrados elemento por elemento, sombra por sombra, rayito de luz por rayito de luz.

-Entonces, dale, a ver…

-La primera: en la Avenida Fuerzas Armadas. Estaban robando al equipo de prensa de Vivo Play. Los colectivos los tenían amenazados contra el suelo y la policía les pasó por al lado. Tuve la suerte de ser el único fotoperiodista que estaba allí. Había otros, pero esa escena sólo la vi yo y la retraté. En esa foto está el gesto de pánico de la reportera, la cara del camarógrafo sin entender lo que pasaba, el odio en la cara de los colectivos, la indiferencia en la pose de la policía. Todo, absolutamente todo. No tenía el lente que tenía que tener en ese momento, pero la foto me hace sentir muy orgulloso, y nos ganamos el Premio Nacional de Periodismo de Colombia.

La segunda: En el 2014, una foto en la que se ve a la policía y a la resistencia enfrentándose en la UCV. Es una foto con una estética arrechísima, en la que se plasma ese contraste de una manera que yo nunca había logrado. Cada expresión en el rostro te cuenta una historia de la persona que está allí. Todos los elementos están pintados.

La tercera: Un amor platónico que bailaba tango. Le hice un retrato que yo siento que exuda tango. Es una foto súper misteriosa, súper tango. Ella es hermosa y se ve hermosa.

-Tras tantos días de protesta, ¿cómo hacer una foto original?

-Ese es el gran reto que nos tiene a todos muy preocupados. Buscar la originalidad, el elemento diferenciador mucho más que antes. Hay que tener los ojos muy abiertos y respirar profundo.

-¿Cuál es tu mejor foto de esta cobertura?

-No la he hecho todavía. No he hecho una foto de la que me sienta orgulloso en estos días. Estoy esperando que se me presente. La estoy buscando todos los días. Estoy preparado cuando me llegue. Pero no me ha llegado.

-¿Vas a saber cuándo te llegue?

-Sí. Es una cuestión del momento. Esto era lo que esperaba. Y clap. La lanzas. Pero tienes que estar preparado, moverte, correr, respirar profundo, estar con los ojos abiertos y tener la cámara lista.

-¿Y después de esa foto qué?

-Después de eso mis compañeros me van a recordar que soy una mierda. Entonces ellos van a hacer una mejor que me mueva a mí a querer superarme.

-¿La foto que te hubiera gustado hacer?

-La foto más arrecha es la que se ve la GNB, los escudos y atrás el gentío. Esa era la foto: la resistencia protegiendo a una Venezuela que está siendo oprimida por la Guardia. Esa es una foto perfecta. Yo hubiese dado la vida por ella. Allí está el criterio periodístico al 100%. Miguel Gutiérrez hizo la foto que para mí define estos días, y es una foto limpia, sin mayor ingenio y es la más arrecha. Esa es la foto que van a ver mis hijos en los libros de historia. De eso estoy seguro.

OJO con los fotógrafos

Parece de Perogrullo, pero no está de más detenerse en ello: detrás de cada una de esas fantásticas fotografías que durante estos cien días han copado medios y redes hay un hombre que la toma. Siendo más exactos: un hombre que arriesga su integridad física y a veces incluso su vida para tomarla. No se trata de canonizarlos ni de aumentar sus méritos y virtudes, pero en tiempos en los que incluso los periodistas (con sus honrosísimas excepciones, por supuesto) decidieron ver para otro lado, han sido ellos los que han evitado que el ‘blackout’ y el silencio sean totales, y gracias a quienes (casi) todo se ha visto. Las armas de fuego detonadas en las manifestaciones, las escopetas de lacrimógenas siendo accionadas de frente, la brutalidad en la represión, lo desmedido de ésta, las escandalosas violaciones de los Derechos Humanos, todo ello ha sido captado por sus lentes. También el coraje de la mujer de la tanqueta, la nobleza del joven desnudo, las lágrimas del violinista que no quiso ser como Dudamel, el ingenio de los escuderos, la valentía de los paramédicos, el arrojo de los manifestantes han quedado inmortalizados por su trabajo. Gracias a ellos hemos podido ver lo mejor y lo peor de Venezuela. Han sido y se han convertido en los ojos de un país. Por ello, les hemos puesto el nuestro encima. Durante varias semanas nos lanzamos a la ardua tarea de robarles algunas horas de sus apretadísimas (y complicaría unas) agendas para conversar con ellos. El resultado ha sido un ciclo de entrevistas que empezaremos a publicar con frecuencia diaria. Es la forma que encontramos para reconocer (y dar a conocer más, si se puede) a unos profesionales excepcionales que están dejando la vida en la calle por informar a Venezuela. A partir de mañana, ya lo saben: #OjoConLosFotógrafos.