Nicmer Evans

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-El gobierno no cayó en estos días porque no había una contraparte que tuviese una conducción política asertiva y que pudiese canalizar la presión social que se generó tras las extraordinarias protestas que se pudieron ver en la calle. Lamentablemente, las manifestaciones no tenían esa conducción política pertinente que pudiese convertir toda esa energía en acciones concretas. Estoy hablando de negociaciones, de cabildeos, de articulación y suma de actores políticos, que pudiesen realmente lograr el objetivo que en principio se planteaba. Pero, además, hay otro elemento y es que el gobierno de Maduro no cayó porque el gobierno de Maduro no debe caer. Debe salir, que es distinto. Y debe hacerlo en los términos más democráticos para que no genere un hecho de fuerza posterior. De producirse una salida de Maduro por las balas en lugar de por los votos, no tengo ninguna duda de que traería consecuencias aún peores de las que se están viviendo hoy. Quien llegue a tomar el poder en esas circunstancias tendría una mayor condición de ingobernabilidad que la que tiene Maduro y entraríamos en una espiral de situaciones complejas y controvertidas desde el poder. En todo caso, creo que hubo un problema serio de conducción política. Se crearon unas falsas expectativas y sobre ellas se generó la situación que estamos viviendo: el hecho de que nos estemos preguntando hoy una cosa que, en principio, sabíamos que no se podía lograr.

*Nicmer Evans es politólogo. Tiene una maestría en Psicología Social y es director de la consultora Visor 360. Pertenece al chavismo disidente.

Pedro Luis Pedrosa

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-Maduro no cayó porque a la acción de calle le faltó una acción política. Y esa acción política no llega por la cantidad de compromisos que existen entre factores del gobierno y factores de la oposición. Ninguno de los muchachos que estuvo en la calle tirando piedras lo hacía con aspiraciones políticas serias. Es decir, el país no iba a poner su futuro en manos de estos muchachos. De modo que a esa acción de rebelión, que se puede considerar como tal, le faltaba la rebelión de la clase política. Esa rebelión de la clase política no se da por cómo está conformado el sistema político venezolano: absolutamente toda la clase política (gobierno y oposición) gira en torno a la captación de renta petrolera. Y eso se ejecuta a través de negocios, contratistas, testaferros… Una cantidad de entramados de los cuales Derwick Associates debe ser apenas la punta del iceberg. Entonces no había, en realidad, una intención de la dirigencia opositora de que esas protestas se extendiesen tanto. Se vieron montados en un barco en el cual no querían estar. A este entramado de relaciones incestuosas y promiscuas entre gobierno y oposición, Bruce Bueno de Mesquita, en su libro ‘El Manual del Dictador’, lo describe como “el círculo del dictador”. Básicamente los partidos políticos venezolanos, desde hace tiempo, vienen fungiendo el papel de los llamados partidos del bloque de la Alemania Oriental, que se hacía llamar Alemania Democrática, donde había un partido hegemónico, que casualmente se llamaba Partido Socialista Unido Alemán, y una serie de partidos que participaban en un juego electoral que ya estaba previamente ganado por el partido hegemónico.

*Pedro Luis Pedrosa es un consultor político con una maestría en Relaciones Internacionales y una especialización en Derecho y Política Internacional cursadas en la Universidad Central de Venezuela, casa de estudios en la que ha impartido clases.

Mariano de Alba

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-Porque no se concretó un quiebre trascendental de la alianza de gobierno. A pesar de la grave situación económica, del abandono absoluto de las formas democráticas por diversos poderes del Estado y de la violenta represión y asesinatos a manifestantes pacíficos, los venezolanos que hacen vida dentro del gobierno –desde los miembros de las Fuerzas Armadas hasta los funcionarios públicos– no produjeron un quiebre lo suficientemente sustancial para que la cúpula que controla el país se quedara sin apoyo y se viera forzado a negociar su salida. Asimismo, la intensidad y regularidad de las protestas fueron inéditas, pero a la dirigencia opositora le faltó concretar un movimiento permanente que incluyera a todos los sectores de la sociedad y lograra que el descontento se manifestara abrumadoramente. En sus comunicaciones con las Fuerzas Armadas y las personas relacionadas con el chavismo, la dirigencia opositora no logró articular acuerdos concretos que dieran paso al quiebre trascendental del cual hablábamos antes. Venezuela es actualmente un país controlado por una cúpula civil y militar que ha demostrado ser capaz de cualquier cosa para mantener el poder, además de estar incursos en actividades criminales. Se pensó que la manera de quebrar esa realidad era subiendo la presión con protestas en las calles y atención internacional, pero al final se demostró que además de esa cúpula hay un buen número de venezolanos que por ideología o necesidad económica no está dispuesta a romper con el statu quo, aunque la situación del país sea catastrófica. En principio, la solución a este grave problema sigue siendo tratar de construir puentes con ese grupo para acordar una visión y camino de país distinto, en el que quienes sostienen al régimen también estén incluidos y se manifiesten de forma concluyente. De lo contrario, los escenarios que quedan son la escalada del conflicto a un enfrentamiento armado –con una eventual intervención internacional– o la consolidación definitiva de un régimen que ya destruyó a Venezuela.

*Mariano De Alba es abogado y especialista en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales.

Elías Pino Iturrieta 

Tras más de cien días de protestas y 135 asesinados, un día la calle se apagó, la vida en Venezuela volvió a su normal anormalidad y la dictadura siguió allí. La pregunta, entonces, se hizo inevitable: ‘¿Por qué no cayó?’. Con la premisa de que el periodismo no solo consiste en contar lo que pasa, sino también en ayudar a darle sentido y comprenderlo, el equipo de @RevistaOJO decidió buscar a un grupo de expertos para hacerles la pregunta. Son voces autorizadas a las que les daremos cabida en esta trinchera digital con frecuencia diaria para que nos ayuden a descifrar el enigma que tanto atormenta a los venezolanos:

-¿Por qué no cayó la dictadura?

Aquí, nuestra primera entrega, con Elías Pino Iturrieta*

-Porque todavía es fuerte, pese a los desencantos cada vez más hondos que ha producido. En especial, por el apoyo de las Fuerzas Armadas. Los uniformados, de acuerdo con la información que se observa a simple vista, forman un bloque compacto al servicio de la dictadura. Ninguna reacción de los opositores puede contar, ni siquiera, con el débil aliento de un solo cuartel. El dominio ejercido por el Ejecutivo sobre el Poder Judicial complica las cosas.  Todas las ventanas del sistema cierran la entrada de oxígeno vivificante. No para dar un golpe de estado, lo cual no es deseable, sino apenas para sentirse acompañados.  Si se agrega el hecho, nada desestimable, de que la cúpula no parece interesada sino en la imposición de sus intereses, las alternativas de una transición se hacen arduas. Pero, para no ver la situación apenas por uno de sus lados, es evidente que la heterogeneidad de la oposición y los tumbos de la MUD colaboran en el mantenimiento de la dictadura. Hay que mirar hacia la fragmentación de los partidos políticos para explicar la razón de que un régimen abominado por la mayoría de la sociedad continúe en las alturas.

*Elías Pino Iturrieta es historiador y escritor. Pertenece a la Academia Nacional de la Historia, es Presidente del Instituto de Investigaciones Históricas de la UCAB y Editor Adjunto de El Nacional.

Marcos Aponte: “No sabía si me iban a desaparecer”

Por: Juan Sanoja || @JuanSanoja

“No sabía si me iban a desaparecer. No sabía si mi mamá se iba a enterar y cómo reaccionaría ella, que es hipertensa, si le avisaban que yo estaba perdido o preso”. Habían transcurrido sólo horas desde su detención cuando Marcos Aponte empezó a pensar en lo peor. Estaba a la altura del Gran Abasto Bicentenario de Zona Rental y por primera vez, tras ser arrestado por la Policía Nacional Bolivariana, lo habían separado de su compañero de partido, Javier Chirinos.

Aquel era el día del tercer trancazo nacional y Vente Venezuela, todavía lejos de su desvinculación, seguía al pie de la letra las convocatorias de la Mesa de la Unidad Democrática. En consecuencia, ese 28 de junio desplegaría a sus partidarios por todo el país. A Marcos y Javier, en la repartición, les tocó plantarse en la parroquia San Pedro, a la altura del Crema Paraíso de Santa Mónica.

“Trancamos ahí y cuando llega la Policía Nacional Bolivariana, el mensaje era claro: ‘Esta lucha también es por ustedes, que están pasando por lo mismo que nosotros’. Javier tomó una suerte de liderazgo y se dirigió a los policías para que nos dejaran estar allí, porque no estábamos haciendo otra cosa que ejercer nuestro legítimo derecho a la protesta. Pero sus palabras fueron en vano. La PNB comenzó a reprimir y el grupo de personas se dividió. Cuando nos reagrupamos, nos empezaron a emboscar”, comenta Aponte sobre cómo ocurrió su detención.

Ante la persecución, los miembros de Vente decidieron abandonar la zona. “Tomamos la determinación de irnos. Irnos, pero hacia otro punto de la ciudad. Dijimos: ‘Bueno, nos toca trabajar en otro lado. Ya la gente se dispersó’. En ese momento pensamos que no tenía ningún sentido quedarse allí”. La decisión, no obstante, fue adoptada demasiado tarde. Primero agarraron a Javier y luego a Marcos. Él, que había visto cómo atrapaban a su compañero, prefirió no correr ya que, además de no poder contra la velocidad de una moto, temía que los cuerpos de seguridad reaccionaran con un perdigonazo o, por qué no, un tiro.

De Santa Mónica los trasladaron a El Helicoide, donde les quitaron sus pertenencias y les pidieron sus datos. Allí, en Roca Tarpeya, a Marcos lo intentaron extorsionar: “Me llamaron aparte y me dijeron: ‘¿Cuánto te está pagando él?’. Ellos habían visto que yo estaba grabando lo que sucedía en el punto del trancazo, porque es mi labor como Coordinador de Comunicaciones del partido, y por eso me preguntaban: ‘¿Cuánto te paga?’. Era coacción, porque las preguntas venían con insultos, con cualquier cantidad de cosas. El policía me decía: ‘Yo te quiero ayudar, pero tú tienes que decirme cuánto te paga’. Yo les contestaba que a mí no me pagaban por eso, que yo estaba allí por convicción propia”.

Los oficiales se dieron cuenta de la prominencia de sus reclusos, par de miembros de un partido político, y los llevaron a Plaza Venezuela, donde confluían todos los detenidos cerca del Gran Abasto Bicentenario. Les cubrieron los rostros, les volvieron a solicitar unos datos y –lo más estremecedor del asunto– un policía empezó a atender llamadas desde los celulares de Marcos y Javier. Unas las respondía con insultos y en otras decía que Aponte y Chirinos estaban secuestrados por colectivos, por lo que requerían una suma de dinero para el rescate.

“No sabía si me iban a desaparecer. No sabía si mi mamá se iba a enterar y cómo reaccionaría ella, que es hipertensa, si le avisaban que yo estaba perdido o preso”. Habían transcurrido sólo horas desde su detención cuando Marcos Aponte empezó a pensar en lo peor. Estaba a la altura del Gran Abasto Bicentenario de Zona Rental y por primera vez, tras ser arrestado por la Policía Nacional Bolivariana, lo habían separado de su compañero de partido, Javier Chirinos.

“Está llevando golpes y en cualquier momento me toca a mí”, infirió Aponte. Su preocupación, sin embargo, no era esa. No le inquietaba tanto por lo que él pudiese pasar, pues sabía a qué gobierno se estaba enfrentando y la lucha que estaba dando. Su verdadera preocupación residía en el futuro de su madre. ¿Qué haría ella al enterarse? ¿Cómo haría para vivir sin él?

Luego del trago amargo, Marcos se rencontró con Javier. El día eterno apenas comenzaba. Eran horas de Jack Bauer, pasaban mil cosas por minuto. La siguiente parada de la travesía infernal sería la Dirección de Investigaciones de la Policía Nacional en Nuevo Circo. “Nos quitaron los suéteres que cargábamos puestos, las trenzas de los zapatos y nos metieron en un calabozo de 1.20 x 1.50 metros donde había un preso común que estaba detenido por robo. Ahí tuvimos que pasar la noche y fue en ese lugar donde le quitaron las llaves del carro a Javier”.

«¡Aquí está la prueba! Así se robó ayer la PNB el carro de @Javier_Chirinos de la sede de @VenteVenezuela para sembrarlo. Están descubiertos», tuiteaba María Corina Machado el 29 de junio, un día después de la detención de los dos miembros de su partido político. Cuenta Marcos Aponte que a Javier, Coordinador General del Distrito Capital, la policía lo coaccionó para que entregara las llaves de su carro. Los PNB las agarraron, fueron a la oficina central de Vente y así, sin más, sin testigos, sin grúa, sin ninguna experticia, se llevaron el vehículo de Chirinos.

“Nada más con mover el carro era para desestimar todo el caso. Los únicos testigos que estaban ahí eran las personas del partido. Eso es alteración de lo que se considera evidencia”, dice Aponte. Chirinos y él pasaron la noche en ese calabozo ubicado en Nuevo Circo. Tres personas en un espacio de 1.20 x 1.50. Los agarraron a la 1:30 p.m. y pudieron ver a sus familiares y abogados ya para las 8-9 de la noche.

“Pasaron muchas cosas durante los siguientes dos días. Sé que fuimos al CICPC a hacernos la reseña respectiva, donde nos tomaron las huellas e hicieron el registro de que estábamos detenidos. También fuimos a hacernos los exámenes legales para ver si habíamos consumido drogas: exámenes de sangre, exámenes de orina, exámenes toxicológicos. Nos reseñaron en varios sitios. Estuvimos en La Yaguara, pasamos dos noches en el Helicoide y luego nos llevaron a tribunales”, relata Marcos sobre los primeros días post-detención.

Para ese momento, el retardo procesal era considerable. Marcos y Javier no fueron a tribunales sino después de las primeras 48 horas de arresto. El acta policial tuvo varios errores, incluso en el nombre de los policías que habían apresado a los dos miembros de Vente Venezuela. Esas fallas atrasaron el caso. Por ello, en lo que debía ser su audiencia de presentación, el abogado de Aponte y Chirinos tuvo que meter un recurso de amparo porque no quisieron recibirlos.

Marcos explica que presentarse ante el tribunal después de los dos primeros días post-arresto desestima el acta policial, porque puede estar viciada. No obstante, él y Javier tuvieron su audiencia a las 72 horas, un sábado, ante un tribunal de guardia. Ese día los llevaron a las celdas de los juzgados mientras procedían a revisar su caso.

–¿Cómo fue la espera?

–Ahí se pasa todo el día sin comer, sin beber agua. Era un espacio relativamente amplio. Creo que 5 x 5 o 4 x 4 (metros). Tenía una suerte de baño, un hueco muy maloliente. Era una celda con barrotes normales. Estábamos en unas condiciones paupérrimas e insalubres.

–¿Con cuántas personas estabas en la celda?

–Nosotros compartíamos celda con dos muchachos que estaban ahí por protestar; dos hermanos por un tema de especulación, a quienes también les querían imputar financiamiento al terrorismo; otras dos personas por robo y un señor que ya había cumplido con su condena de régimen de presentación en Trujillo y que lo agarraron y todavía aparecía solicitado. Según cuentan los que ya han tenido experiencia, porque había gente reincidente allí, los fines de semana no hay tantos detenidos, pero hay veces que esas celdas están abarrotadas.

–¿Cuánto tiempo estuvieron allí?

–Llegamos en la mañana y creo que salimos a las nueve o diez de la noche. Pudimos notar que a todos los que estábamos allí por protestar nos dejaron la audiencia para el final del día. Primero atendían los delitos comunes y de último revisaban a los que tenían casos similares a nosotros. Si subías a la audiencia y te daban libertad plena, salías por otro lado. Si no, te devolvían para la celda. A todos nos mandaron de regreso a la celda. Vimos a los 25 del caso de la Cámara de Gas, pasaron por delante de nosotros. A ellos les difirieron la audiencia para el día siguiente. Nosotros, Javier y yo, fuimos trasladados en la noche para La Yaguara, lugar donde permanecimos hasta que nos otorgaron la libertad.

–¿Cómo eran las condiciones en La Yaguara?

–La primera noche fue fatal. Estuvimos mucho tiempo afuera esperando, porque La Yaguara es un centro de custodia en el que se registran todos los que son detenidos y que aún no tienen sentencia. De allí es que los distribuyen a otros centros de reclusión de la PNB. Nosotros dormimos en una celda grande, había alrededor de 30-35 personas. El piso estaba lleno de colchonetas. La mayoría de los presos estaban acostados. Los otros tenían que permanecer de pie.

–¿Cuál era tu rutina?

–Los presos tienen costumbres carcelarias muy marcadas. Te dicen hasta cómo orinar, cómo bañarte, cómo vestirte. Una de las cosas que me dejaron claras fue: ‘Cuando te digan acuéstate a dormir, acuéstate a dormir, porque no sabes cuándo puedas volver descansar’. Evidentemente no cabía una colchoneta más en el piso, entonces había lo que llaman la contención. Esto es que alguien se para y tiene la amabilidad de dejarte acostar y a las tres horas te levanta otra vez. Y eso es si el dueño de la colchoneta quiere, porque por lo general quienes están más cómodos son los que tienen más tiempo. Había un muchacho que tenía los pies hinchadísimos, ya que la mayor parte del tiempo la había pasado de pie. Pensé: ¿qué voy a hacer yo aquí?¿Cómo voy a pasar la estadía aquí?

A la mañana siguiente nos movieron a otra celda con menos personas. Eran presos que tenían otra clase de delitos. Crímenes menores como estafa u homicidio culposo. Era un espacio más pequeño: tenía dos literas donde dormían los más antiguos y los demás dormíamos en el piso. Éramos diez personas dentro de ese espacio. Conforme fueron saliendo éramos menos. Sin embargo a mí me tocaba dormir en el suelo. Durante todo el tiempo que estuve allí dormí en el piso.

–¿Siempre estuviste con Javier?

–Siempre estuve con Javier. Eso hizo todo más fácil. Uno de mis mayores temores era que me separaran, que fuese a pasar algo. Yo tenía cierto temor a que nos fuesen a torturar, pero eso no sucedió. El trato fue hasta cordial. No éramos amigos de los policías, pero sí era un trato respetuoso. Puedes notar que muchas de las bases de la PNB están viviendo la misma situación y se quejan de lo mismo que padecen la mayoría de los venezolanos. No obstante, notas también que, y esto me imagino que sucederá con las otras fuerzas policiales, están formados para obedecer. Y no precisamente a las necesidades de la gente, sino a quien está al mando. Es decir, no están formados con moral, están formados para obedecer lo que les pidan y ya. Ellos están convencidos de que su trabajo es salir a reprimir.

–¿Consideras que tuviste suerte de que no te torturaran? ¿O crees que las torturas no son una práctica sistemática?

–Probablemente fue suerte de que nos haya tomado la PNB y no el Sebin o la GNB. Tenemos casos dentro de Vente Venezuela. Unos días atrás habían agarrado a Orlando Moreno, un secretario político de Monagas, y él fue torturado. Entonces siempre estás pensando: ‘¿Qué va a pasar?’. De hecho, cuando estábamos en Bicentenario la cuestión fue más difícil. Porque a mí me aislaron por un momento de Javier y eso fue como un coñazo para mí, porque estuvimos como media hora separados y yo decía: ‘Está llevando golpes, en cualquier momento me toca a mí’. Obviamente sientes el miedo.

–¿Les dijeron por qué los detenían?

–Nos agarran porque supuestamente estábamos trancando la calle, obstrucción a la vía pública, alteración del orden público. Todo lo que le ponen a cualquiera. De hecho, la fiscalía, con todo el material que tenía el acta policial, simplemente nos imputó instigación pública, porque había muchas cosas que evidentemente estaban fuera de lugar. Nos pusieron medida cautelar bajo fiadores, con régimen de presentación y sustitutiva de libertad mientras se conseguían esos fiadores. Se consiguieron, pero tuvimos mucho tiempo sin despacho en el tribunal porque a la juez la cambiaron y eso generó retardo. El 21 de julio se emite la boleta de libertad y nosotros no salimos sino hasta diez días después. Los abogados tuvieron que meter un recurso de amparo diario frente a todo lo que estaba sucediendo.

–¿Por qué no salieron sino hasta diez días después?

–Me imagino que los jueces son ordenados por el Tribunal Supremo de Justicia y no nos querían firmar la boleta. No querían hacer el trámite. Me imagino. No había razón para que siguiéramos ahí si ya teníamos a los fiadores y toda la documentación. Faltaba sólo la verificación y firmar la boleta. Pero el proceso duró muchísimo tiempo. Tuvimos una semana sin la juez de control. Tuvieron que poner un juez auxiliar y este da despacho dependiendo de cómo esté ocupado con su propio tribunal.

–Volvamos a La Yaguara. ¿Cómo fue tu día a día desde que estuviste en la segunda celda hasta que saliste en libertad? ¿En qué te aferrabas para resistir?

–Mira, no era fácil. En principio no era fácil. Pero cuando no estás encerrado con delincuentes comunes tienes mayor capacidad de adaptación. Cuando estuvimos en la primera celda los temas de conversación eran totalmente distintos a los que teníamos en la segunda. En esta última yo podía hablar de una película, de un libro, de la situación política del país. En la otra no. En la otra eran personas que estaban pendientes de otras cosas. No voy a emitir ningún juicio de valor, sino que simplemente las personas estaban pendientes de otras cosas. Y con todo y eso la primera noche la pasamos en la celda más sana de las tres principales. Era la celda donde estaba un pastor evangélico y donde oraban todos los días. En esa no había tanto rollo como en las otras dos. No había tanto hacinamiento. Y cuando nos cambiaron de celda éramos 10 personas. Era una convivencia más amistosa. Estuve leyendo varios libros: Cien años de soledadEl continente de la esperanza de Alejandro Peña Esclusa, algo de Jorge Olavarría…

–¿Te amenazaron para que no volvieses a manifestar? ¿La sentencia te impide volver a la calle, hacer política?

–No te impide hacer política. La medida fue: régimen de presentación y prohibición de salida del Área Metropolitana de Caracas durante los próximos ocho meses. Esto es mientras terminan las investigaciones para determinar si somos culpables. Si no, hacen sobreseimiento de causa y se quitan estas medidas.

–Ya cuando estabas en esa última celda, ¿tenías la convicción de que ibas a salir? ¿Cada cuánto veías a tus abogados?

–Los abogados iban una vez a la semana y por eso sabíamos cómo iba marchando todo: si ya habían conseguido los fiadores o no, qué faltaba, etcétera. Podíamos conversar con ellos regularmente y nos enterábamos de cuánto más o menos faltaba para salir en libertad.

–¿Qué comían?

–La comida nos la llevaban diariamente. La dejaban y el policía nos la entregaba en el calabozo: te daba el pote y uno lo devolvía vacío. De la alimentación en general se encargó Vente Venezuela, en conjunto con la ayuda que pudimos recibir de la Escuela de Comunicación Social de la UCV, que hizo operativos para eso. Fue una mano que nos echaron y eso se agradece. Lo cierto es que siempre enviaban a alguien con nuestras tres comidas de una sola vez. Ningún día nos hizo falta.

–¿No le dan comida a ningún recluso?

–No. De hecho hay reclusos que viven de las sobras de los demás. Entre presos hay una premisa: no perder la comida. Si no te la comes, dásela a otro, pero no la botes.

–¿Cómo hacían para ir al baño y ducharse?

–Nos tenían que sacar custodiados tres veces al día. Cuando te bañabas tenías que hacer todo, a menos de que fuese una emergencia estomacal y eso ya quedaba a discreción del guardia de turno.

–Si te digo cárcel, ¿en qué piensas?

–Pienso en el país. El país es una cárcel en este momento. Al estar en prisión te das cuenta de que Venezuela tiene 30 millones de presos: porque cuando estás adentro te dicen cuándo bañarte, cuándo te llega la comida, cuándo encender la luz, cuándo apagarla. Eso no dista mucho de lo que vivimos los venezolanos: la comida te llega cuando el Estado decide, el agua te llega cuando funciona, ves a tu gente cuando te lo permite la situación. ¿Qué diferencia hay? Estamos presos dentro del país. Todos estamos presos.

–¿No te da miedo volver a salir?

–Si salgo, obviamente lo haré con mayor precaución. Si me vuelven a agarrar quedo preso ocho meses y no me va a sacar nadie. Ni fiador, ni abogado, ni nadie. Pero no creo que sea momento de rendirse. Hay muchos mecanismos de lucha que no necesariamente requieren que uno se exponga.

–¿Lo peor de estar preso?

–No ver a tu familia, no ver a tus amigos. Un ser querido te puede mandar la comida que más te gusta, pero no te la estás comiendo con ellos. Piensas: ‘Quizás mi mamá no tenía plata para comprar esta hamburguesa y sacó de donde no tenía para que yo me sintiese un poquito mejor’. Es muy difícil también el no poder expresarte. Si quieres llorar, tienes que tragarte las lágrimas, porque podrías perder el respeto de los demás. Hay dos prisiones dentro de la cárcel: la prisión policial y la prisión del preso. Las reglas del policía y las reglas del preso. Te cohíbes de tantas cosas… La parte sentimental, la parte emocional, tienes que tragártela por completo.

Juan Barreto: “Para unos eres el peor y para otros la salvación”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Parece mentira, pero hubo una época en la que el nombre de Juan Barreto (ese que hoy se publica en los créditos de fotos que abren portadas de periódicos y revistas de todo el mundo) fue, simplemente, uno de los tantos que había en la nómina de obreros de la Bigott. Sí, luce inconcebible, pero días hubo en los que se dedicaba era a montar eventos para el departamento de Relaciones Públicasde la famosa cigarrera. ¿Tendrían sus compañeros idea de que entre ellos se encontraba el que terminaría siendo uno de los fotoperiodistas más talentosos de su generación?Seguramente no. Aunque quién sabe. Quizás entre jornada y jornada les contara que había trabajado en ‘El Diario de Caracas’; y puede, tal vez, que en la hora de almuerzo hiciera algún comentario sobre los suculentos manjares que alguna vez viera (¿y comiera?) en las fiestas que cubrió como fotógrafo de sociales del periódico de 1BC. Y es que aunque sueneincreíble, Juan Barreto es también otro de los improbables frutos periodísticos de aquel mítico tabloide fundado por el no menos mítico Tomás Eloy Martínez.

A ‘El Diario…’ llegó con 16 años y un permiso especial de trabajo para desempeñarse como auxiliar de archivo. “Me metía en las discusiones de redacción y veía cómo escogían la foto de la primera plana. Luego veía a los fotógrafos, que para mí eran unas estrellas, con sus equipos y con sus cámaras. Y me empezó a apasionar todo eso. Fue  allí donde dije: esto me gusta”. Entonces (otros tiempos, sin duda) ‘El Diario…’ abrió un curso de fotografía e inscribió a su archivista curioso. Y terminado el curso, lo puso a cubrir sociales. Pero todo tiene su final, nada dura para siempre, ‘El Diario…’ se acabó (lo acabaron) y con él, parecía, el sueño de vivir de las fotos. Tras algunos meses desempleado fue a parar a la cigarrera, donde estuvo tres años hasta que un buen día tomó la decisión de volver a la calle: “Estudié diseño gráfico. Y me fui como freelance, haciéndole vacaciones a todo el mundo”.

Y todo el mundo eran una serie de fotógrafos cuyos nombres puede que ya no le suenen a casi nadie, pero a los que Juan, hoy en la cúspide de su carrera y próximo a cumplir dos décadas en la AFP, no sólo no olvida sino que venera: “Tenían una voluntad tan grande para meterse donde fuera, para andar en sucesos. Y no contaban con las facilidades y los recursos que hay ahora: usaban equipos analógicos y con película, pero le ponían ganas. Mis primeros pasos me los marcaron ellos. Con ellos aprendí todo lo que sé”. Son Vicente Corrales (“el señor Vicente para mí es la cosa más extraordinaria que hay”), Cheo Pacheco (“él me vendió mi primera cámara: una nikkormat viejita, viejita, pero excelente, que nunca le pagué completa”), Jorge Tortoza (“mis primeras coberturas en sucesos fueron con él: siempre voy a recordar una vez que nos metimos en La Peste, en el Cementerio General del Sur”),  Nelson Castro, Luis Vallenilla, entre otros, de quienes jura que si estuvieran ahora “sería otra cosa”. Y es suficiente escuchar el respeto (pero sobre todo el cariño) con el que los nombra, para darse cuenta de que no está haciendo demagogia sentimental y de que, aun estando en la cumbre del Olimpo, Juan Barreto no olvida quién es ni de dónde viene.

A continuación nuestra conversación con un hombre agradecido.

-¿Tú te consideras buen fotógrafo, Juan?

-No, no. Yo todavía no soy bueno.

-¿Y si tú no eres bueno, entonces quién puede serlo?

-Este poco de señores viejos que te nombré antes, que eran increíbles. Desde Jorge Tortoza hasta Carlos Ramírez. Buenos eran ellos. Hay una lista gigante que me da mucha lástima que esta nueva generación no conozca. Yo siempre les he dicho a los compañeros, a los que están empezando: nunca se olviden de que antes de nosotros hubo personas mejores que nosotros.

-¿Y a ti qué te falta para ser buen fotógrafo?

-Mucha más cobertura y experiencia.

-¿Te falta calle?

-Siento que me falta hacer otras cosas. Aprender más. Sé de fotografía, tengo grandes conocimientos de fotografía, los he adquirido a través de la experiencia y del trabajo de años. He tenido también voluntad por aprender, he hecho cursos de fotografía en zona de riesgo, por ejemplo, y todo ello te da un conocimiento. Pero eso es como el cocinero, me imagino. Yo de cocina sé muy poco. Pero supongo que siempre quieres experimentar más, más y más, y sientes que no llegas al tope. Yo siento que no he llegado a mi tope. ¿Que quizás todos los años de experiencia me han permitido hacer un mejor trabajo? Sí. Pero siento que falta un poco más, que tengo todavía una carrera entera por delante.

-Con toda tu experiencia encima, dime una cosa: un fotoperiodista es alguien que…

-…le apasiona  y arriesga su vida por esto.

-¿Y qué se necesita para serlo?

-Ganas. Saber que en el momento en el que tomas una cámara y tienes un carnet pegado en el pecho, eso tiene sus riesgos. Mucho riesgo. Para unos eres el peor y para otros puedes ser la salvación. Yo siempre se lo he dicho a la gente: tiene muchísimo riesgo. No es fácil.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Con Nikon. Antes usaban Canon, pero ahora nos lo cambiaron en la agencia.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-Fíjate que no. Yo en eso no soy como los otros compañeros: no me enamoro de los lentes ni tampoco de los equipos. Hoy puedo tener una cámara increíble y mañana trabajar con el celular. Si tengo un angular, trabajo con él; si tengo un télex, trabajo con él. Yo tengo desde una cámara Sony, que me la dio Sony para que se la probara, hasta una Fuji con la que he hecho todas las fotos que están en mi casa: de hecho, todas las fotos que he mandado a montar son con Fuji, nada de Nikon o Canon.

-Eso me lleva a preguntarte, ¿para ti cuánto es la cámara y cuánto es el fotógrafo?

-80% el fotógrafo y 20% la cámara.

-¿Qué debe tener una foto para que tú la consideres buena?

-Un buen encuadre, armonía visual. Que sea noticiosa, que informe lo que en realidad está pasando, que tenga contexto, que cuando la persona la vaya a ver sepa qué está pasando: solo con verla, sin necesidad de leer lo que pasa. El texto tiene que ser complemento de la foto, no la foto del texto. Esa es una buena foto.

-En el fotoperiodismo, ¿cuánto es la estética y cuanto la información?

-Para mí, primero es la información. Nosotros vendemos información, noticia. Lo estético depende. Si en una gráfica yo tengo la información y lo estético no está muy bien, la publico igual. Pero si tengo algo muy bonito, muy armonioso, pero nada informativo, entonces no. Lo bueno de ahora es que ese tipo de fotos se pueden usar pero para otro tipo de medio. Pero primero es la noticia. Yo vendo noticia. Si tengo lo estético, bien. Pero vendo noticia: me preparé para eso.

-Si pudiéramos ponerlo en porcentaje…

-60% la información y 40% la estética.

-¿Tiene lugar en el fotoperiodismo la manipulación digital de la imagen?

-A ver, hay dos cosas. Una es que el lector está obligando a los medios a ser surrealista. Entonces ellos nos obligan a usar esas herramientas para resaltar los colores, los cielos. Y se está volviendo todo muy surrealista. Te paras y miras el cielo y dices: yo nunca he visto un cielo así. Pero bueno, dar contraste, aclarar una sombra, eso me parece válido. Y eso lo puedes hacer. Con lo que no estoy de acuerdo es con montar o manipular personajes dentro de un fotograma. Si eso no existió, tú no tienes por qué inventarlo. No puedes. Allí estás jugando con tu propia realidad, y te estás mintiendo a ti.

-¿Qué opinas del fotoperiodismo ciudadano?

-Me encanta.

-¿Sí?

-Claro, porque gracias a él ya prácticamente no se puede ocultar nada. Antes era difícil, porque simplemente existía una sola imagen. Ahora hay miles. Y mientras tu estés informando de lo que esté pasando, bien. La calidad es otra cosa. Pero mientras estés informando de lo que está pasando, claro que eres fotoperiodista.

-¿Cómo describirías la cobertura de estas protestas?

-Mira, en un momento empezó muy suave y luego comenzó a subir de nivel. Nosotros pensábamos que los gases eran algo fuerte y resulta que luego se puso peor. Y siempre podía ser peor.

-En la cobertura de las protestas, ¿cuál fue el momento más difícil?

-Creo que todos los días hubo momentos difíciles. Cuando venía la GNB en moto, allí yo decía: ‘listo, aquí fue, voy a caer como presa’. En esos momentos yo, primero, trataba de no correrles. Segundo: mostrarles que yo no me metía en su trabajo ni ellos tenían que meterse en el mío. Pero siempre intentando mantener un margen: si me señalaban y me decían que no tomara fotos, yo no era quien para sacar la cámara y ser agresivo. Si me decían que no tomara una foto, no la tomaba. Si me decían que me fuera, me iba. A menos que yo viera que me iban a violentar algo. Ya allí cambiaban las cosas.

-¿Cuánto es lo más que has arriesgado por una foto?

-Cuando estaba más joven cometí más estupideces, creyendo que una fotografía podía salvar o ser lo más grande, y luego me di cuenta de que no. En el año 2003 recibí un tiro cubriendo las protestas y el tiro pegó en el chaleco. Allí entendí que primero está mi vida.

-¿Una foto no vale la vida?

-No. Mira. En 2010 me tocó cubrir el terremoto de Haití. En una de las zonas yo vi a unos hombres armados sacando restos de cuerpos. Cuando me vieron, ellos me apuntaron con una kalashnikov. Yo lo que hice fue darles la espalda. ¿Qué hubiese ganado si me pongo a levantar la cámara? Podía perder la vida.

-¿Y tú cuando estás en medio de estos conflictos tienes cabeza para pensar en lo que es una buena foto?

-Es que antes de llegar al lugar digo: ‘quiero hacer tal imagen. Hoy me voy a dedicar a hacer esto’. Y te vas acercando. Vas pensando. Hay momentos en los que dices: la tengo. O no la tengo. Pero te vas con un patrón.

-¿Tras tantos días de protesta te era posible hacer una foto original?

-Mira, aunque parecía que era siempre lo mismo, siempre había algo diferente. La gente no era igual: señoras, señores, muchachas. Eso le daba otro matiz. Sin dejar de hacer lo que pasaba. Buscar la diferencia. Te ibas reinventando poco a poco. De repente decías: ‘hoy va a ser tranquilo’ y resultaba que todo se salía de control, y decías: ‘guao’. Era lo que pasaba: uno pensaba que iba a ser tranquilo y cambiaba de tono en segundos. Podías tener 8 horas y los últimos 10 minutos eran los que te daban la imagen. Y tú decías: todo tan tranquilo y vino este tipo y cambió todo. Por eso tampoco hay que minimizar la protesta.

-¿Te afectó toda esa realidad que cubriste?

-Sí afecta, siempre afecta. Cuando haces algún muchacho que lo viste caer y luego te enteras de que murió, dices: ‘coño, ¿por qué pasa esto?’. O si ves a un policía pegándole a una señora, dices: ‘coño, ¿por qué hace esto?’. Es imposible que no te afecte.

-¿Llegaste a llorar?                     

-No, no, pero sí me preocupa adónde vamos a parar como país. Y no lo sé.

-¿Cuál ha sido tu mejor foto?

-Para mí la mejor foto es la que a la gente le gusta. Si tú me preguntas de todos estos días cuál es la que me ha impactado visualmente, creo que fue el chico quemándose. Para mí esa ha sido la más fuerte de las que he tomado. Tengo detenidos, gente muerta. Pero para mí ha sido esa.

-¿Y cómo llegaste a ella?

-En el momento de la protesta, luego de que la tanqueta le pasa por encima a la gente y hace desastres, yo iba caminando donde estaba el fotógrafo de AFP para coordinar la cobertura, cómo íbamos a cambiarle la tónica, y en ese momento explotó la moto. Pero explotó a metros. Yo de hecho pensé que quien se quemaba era mi compañero. Lo vi tan cerca que pensé que se quemaba él. Yo sentí el calor. Y cuando me doy cuenta, viene este chico corriendo encima de mí. Es una cuestión de instinto: la cámara, disparar, disparar y ya. Para mí ese fue el momento más fuerte.

-¿Y la de la señora con la tanqueta?

-En realidad yo la vi allí y le hice la imagen porque me pareció que era importante. La mandé, pero no había caído en cuenta de la importancia que tenía, porque había piedras, gases, muchas cosas. Cuando terminó el día y la vi, dije: está fuerte.

¿Y la del militar disparando una pistola de frente a los manifestantes?

-Cuando tú empiezas a ver los ánimos dices: voy para adelante, para atrás. Los vi corriendo hacia adelante a manifestar donde estaba la Guardia y me fui a un costado porque dije: aquí va a pasar algo. Y lo vi. Luego, el GNB dispara hacia donde estábamos nosotros. Cuando yo veo que él apunta, me agacho y escucho las detonaciones.

-¿Eso es un sexto sentido o algo así?

-Eso se va ganando con la calle. Uno más o menos sabe cómo puede terminar todo.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Creo que he hecho todas las que he querido. Si estoy allí es por algo. Y si no estoy, también. No juego con el destino.

Miguel Gutierrez: “Salir con una cámara es poner tu vida en riesgo”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El acento bogotano lo perdió, pero las maneras no: habla de modo pausado, pronuncia perfectamente las palabras, no alza la voz y prácticamente no dice groserías. Cuando quiere hacer énfasis en algo, se desdobla y deja que salga una especie alter ego de expresiones cómicas y siempre correctas. De hecho, sería imposible hablar de él sin usar repetidamente palabras como ‘cortés’, ‘educado’ o ‘amable’. Por ello, aunque en ningún momento lo expresara, a este entrevistador no le quedó la más mínima duda de que para @miguelgutierrez (Bogotá, XXX) fue un suplicio tener que desayunar y responder preguntas al mismo tiempo. Y es que la conversación tuvo lugar a las 10 de la mañana, tras una pauta madrugadora, mientras el fotoperiodista de EFE se comía (o al menos eso intentaba) dos cachitos y una coca-cola.

Pero antes de llegar a ser este fotógrafo consagrado al que le piden entrevistas y cuyas fotos generan admiración incluso entre sus propios colegas, que no dudan ni un momento en mencionarlo en sus listas de referencia, Miguel Gutierrez fue, sencillamente, un estudiante de Comunicación Social de la UCSAR. Es allí, en los pasillos del que fuera el antiguo seminario de Caracas, donde hay que ubicar el nacimiento de este querer, más bien pasión, cuyo flechazo ocurrió en el IV semestre de la carrera cuando le tocó agarrar una cámara. “Fue amor a primera vista”, recordará de ese momento.

Su primera foto publicada cree que fue la de un zapato en el desaparecido semanario URBE (“había una sección llamada no-noticias, que eran noticias locas y absurdas, y había que ilustrar algo de un zapato. Recuerdo que me costó muchísimo fotografiarlo, porque lo querían iluminado”). Ese fue el Bautizo. Pero la Epifanía, o la Confirmación si se quiere, le llegaría por una mala dirección: buscando un cine colonial en El Conde terminaría en un ancianato destruido (“no tenían vidrios en las ventanas, cada vez que llovía se inundaban los cuartos, a los viejitos los bañaban con mangueras…”) en el que entonces realizaría un trabajo fotográfico que se publicaría un domingo en ‘Últimas Noticias’. La denuncia trajo consigo un escándalo pero también una solución: “no había pasado una semana cuando nos enteramos de que estaban trabajando en el ancianato y allí dije: ‘¡Guao esto sí funciona!’. Me di cuenta de que con la imagen podía decir más y podía ayudar y aportar”.

Y de aquellos polvos, estos lodos. Él no se considerará buen fotógrafo todavía (“siento que aún me falta”) y no cederá en esa postura aunque se le argumente lo que se le argumente (“mucha gente ha dicho que mi trabajo es bueno, sí, pero no me considero como bueno”). Solo al final hará la concesión de que puede ser que su vara de medida sea elevada (“no sé si es que tengo estándares muy altos”) y entonces hará una dicotomía entre el trabajo (“si mis fotos cumplen la función de informar, puede que esté haciendo un trabajo bueno”) y la persona (“pero para considerarme bueno como fotógrafo todavía me hace falta”). He aquí, pues, el diálogo con un hombre que va camino a la perfección:

Miguel, un fotoperiodista es alguien que… ve y observa.

-¿Qué se necesita para ello?

-Analizar, conocer, inmiscuirse. Una cosa es ver, que es lo que todo el mundo hace; y otra detenerse a observar: Qué está pasando, qué conlleva, cuál es el contexto, el trasfondo, hay un pasado, hay algo.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Por exigencias del diarismo y de la realidad venezolana, me pidieron en la oficina que fuese más rápido a la hora de transmitir, y estoy trabajando con una 5D Mark IV, y una gama amplísima de lentes.

-¿Hay un lente que te guste en particular?

-Depende de la pauta y del contexto. A mí me gusta muchísimo el 16-35 mm, de hecho es con el que más he fotografiado últimamente. Hay gente que lo aborrece porque es muy complicado y difícil de manejar, y aunque es efectista y tiende a deformar la imagen en los bordes, bien usado haces buenas fotos con él. Yo procuro llevarlo siempre al tope, al 35 mm,sin descartar el 16 mm: me ha pasado que de repente algo ocurre a centímetros de míy en esos casosaseguro el 16 mm, echo un poquito para atrás y listo. Hace unos mesesme llegó un lente 100-400mm. Y es un lente dinámico, con un tamaño súper práctico. Me enamoré de ese lente el día que del SAREM salió un tipo disparando. Yo estaba resguardado atrás y gracias a ese lente pude tomar a la persona que tenía el arma de fuego, y está muy bien detallada. Por eso digo: todo depende de la pauta, de lo que esté ocurriendo. También hago fotografía de estudio, y en esos casos uso otro tipo de lentes.

-¿Entre la fotografía de estudio y el fotoperiodismo con cuál te quedas?

-Son distintas. Es como que te comparen un brownie y una hamburguesa. ‘Ya va: ambas son buenas’. Algo así podría ser el símil. Me nutro con el fotoperiodismo, me alimento de la realidad, de conocer, de transmitir. En la fotografía de calle están todos los elementos y eres tú quien tiene que hallar la manera de componer, contextualizar e informar. Y en la fotografía de estudio, el postre, tienes todos los elementos a tu disposición, los puedes ordenar y dirigir.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-Tiene que primar la información. Eso es lo primordial. Luego,a medida que estás en la calle vas desarrollando el ojo. Sabes dónde ubicarte, sabes anticiparte a ciertos momentos y espacios y puedes jugar con la estética de la imagen. Si conoces el lugar y sabes cómo se va a comportar tu cámara con relación a la luz del momento, dale: tienes toda la licencia para jugar con los elementos estéticos. Pero lo primero es la información.Por ejemplo, antes de que me llegara la 5D Mark IV, tenía una 1D Mark IV que tenía el sensor sucio. Con esa cámara pude hacer la foto de los escudos. Si la detallas, en la pierna del militar hay una mancha negra, y no es una mancha de su uniforme, sino de mi censor. Sé que es un elemento estético que afea la foto, y yo soy mañoso con eso, pero por respeto no lo quito, porque allí lo que prima es la información.

-Si pudiéramos ponerlo en porcentaje…

-70-30.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

-Yo particularmente no retoco: lo que hago es revelar el archivo digital, porque yo disparo en raw, que es un archivo en crudo, que no tiene ningún tipo de contraste o nitidez, salvo lo que registres con la cámara y el lente que estés usando; entonces, yo tengo que procesar el trabajo, retocar luces, sombras, de modo que no puedo decir que no tiene cabida el retoque de una imagen. Pero de allí a manipular el archivo para poner, quitar, saturar, darle claritiy o ponerle un filtro, eso ya es algo con lo que no milito. Pero no me quedo solo con ello, porque la manipulación no es solamente digital. Me ha tocado presenciar compañeros que manipulan una escena antes de fotografiarla: ‘ponte así, mira para acá’. Y es como: ‘oh, no. Eso no se hace’. Nosotros, como periodistas, podemos decirle a un atravesado: ‘quítate’. Pero no podemos manipular la escena o montarla. Yo no milito con eso. Y he visto compañeros que recurren a esa práctica de montar olla. No sé si a nivel digital lo hacen.

-¿Qué ha sido lo más difícil de esta cobertura?

-Lidiar con la pasión de la gente. A mí me han atacado de lado y lado, pero no ha sido por imprudencia o porque yo haya cometido un error, sino porque las cosas se salen de control. La gente está muy apasionada y pierde visión. Queda como ciega por defender una posición. Me pasó con un GN, que por hacer una fotografía me disparó una bomba lacrimógena. Eso fue al comienzo: Freddy Guevara fue a defender a un manifestante que se estaban llevando detenido,el militar no se da cuenta de que es Freddy el que está allí, lo agarra por el cuello y se lo trata de llevar. En lo que veo eso voy y en lo que hago el primer disparo recibo yo uno en el brazo. Hubo saña en ese momento. Y por parte de los manifestantes: ‘eres infiltrado, eres infiltrado’. Con que alguien diga que eres infiltrado o eres un ladrón pasa. Y eso me ocurrió en La Castellana.

-¿Has perdido algún equipo?

-De seguridad, nada más. Que me han robado. Se me han dañado dos cámaras: una que se empapó y la pantalla del LED no le funciona, y otra que recibió un golpe de bomba en el pentaprisma, me arrojó 3 errores y tuve que darle de baja.

-¿Has llegado a sentir que tu vida está en peligro?

-Sí. Pero es que ya el hecho de salir a la calle con una cámara es poner tu vida en riesgo. Ahora, en el contexto de manifestaciones siempre hay un riesgo de que te pase algo. Yo creo que si sabes manejarte en la calle, si conoces los códigos, si respetas lo que está ocurriendo, puedes minimizar el riesgo. Yo particularmente salgo con miedo. Siempre. No voy a jugar al héroe, no voy a jugar al valiente, de hecho, el miedo es lo que me frena a cometer imprudencias o locuras, o ponerme en mucho más riesgo del que ya estoy. Pero siempre hay una constante de que se pueda perder la vida.

-¿Y una foto vale la vida?

-No.

¿Ni siquiera una buena foto?

-Hace unos días murió una fotoperiodista que pudo fotografiar su muerte en una explosión. Y es como ‘ah, qué bien por la foto’. Pero pregúntame como se llama ella. No lo recuerdo. Y eso lo sé yo que soy fotoperiodista, pero eso no lo sabe el vigilante, el conserje, el político o el profesor. Y a final de cuentas yo me debo no a la foto sino a informar a esta gente. Entonces de verdad no creo que valga la pena.

-Cuando estás en mitad del enfrentamiento, con riesgo para ti, ¿todavía tienes cabeza para pensar en si una foto es buena o mala?

-Me ocurrió el día delSAREM.Después de los disparos, cuando todo se calma, había un carro en llamas. Llegaron los bomberos. Y de repente miro y digo ‘oye, qué bonito como la luz está atravesando las ramas del árbol y con el humo hace como una cortina de líneas. Oye, sí, esto con F14, 1200 de ISO, queda perfecto’. Entonces, sí, creo que todavía tenemos en algún momento la cordura para pensar en una fotografía estética.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Miguel?

-Creo es en la fotografía que informa. No consideraría a alguien fotoperiodista por el simple hecho de que hizo una fotografía y ya. Yo no sé cocinar y en alguna oportunidad me toca hacer algo para comer, y no por eso me considero cocinero o chef. Entonces llamarlo fotoperiodista ciudadano, no; creo que es un título muy ostentoso para la gran responsabilidad que conlleva. Los fotoperiodistas vemos y observamos. Un ciudadano solo ve y no observa. Hace tiempo se hizo viral un video de Altamira de unos militares que se comen la luz y los chocan. Y todos han delirado con el video. Y como fotoperiodista a esa imagen le hace falta algo muy importante: ‘¿qué pasó con el conductor?’. Esta persona registra el choque, registra las detonaciones y se va. Y uno se queda con la interrogante de qué pasó con esa persona. El fotoperiodista se queda para ver qué va a pasar con la persona. Esa es nuestra labor. Por eso digo: bien, genial que esa persona tuvo la astucia para estar en el momento adecuado, pero eso no hace que sea fotoperiodista ciudadano. El fotoperiodismo informa. A mí ese video, por ejemplo, me contó parte de lo que pasó pero no qué ocurrió con el conductor.

-¿Tras más de cien días de protesta se podía todavía hacer una foto original?

-Sí. Había que reinventarse. Era difícil. Pero creo que la educación visual juegaun papel muy importante. Está bien que tengas ojo, la técnica y tu equipo, pero si no tienes cultura visual te quedas corto y va a ocurrir el fenómeno de repetirse. Yo hasta el momento no sentí que me hubiera repetido. Ya sea porque me obligué a usar un lente u otro,que me obligaba a cambiarme de posición. Ya sea el olfato periodístico: saber dónde está la noticia para registrar la fotografía que va a ser diferente al resto.

-¿Cuáles han sido los momentos más difíciles?

-Ha habido dos momentos: primero, documentar los entierros. Eso me ha afectado mucho. Es como: ‘ah, qué triste’. Ninguna muerte es justificada. Ni de un lado ni del otro. Pero ver frustrada una vida por un contexto que tú dices: tiene una solución tan fácil, una salida democrática, es doloroso. Ver madres y padres de gente talentosa, de gente joven, de capital humano, eso es muy triste. Para mí ha sido lo más triste.

Y lo segundo: la pérdida de valores. Cuando hubo la marcha de adultos mayores, yo ni el chaleco me llevé. Dije: no les van a disparar. Mentira: igual les echaron gas en la cara. Y era como: ‘pana, este señor puede ser tu abuelo, puede ser tu mamá. ¿En qué mente cabe qué tú vas a dispararle a una persona mayor, que tiene muchísimas más experiencia que tú, que tiene historia, que tiene anécdotas?’ Y ahí dices:‘ya va, ¿qué pasa con los valores de la sociedad venezolana? ¿Qué está pasando por tu cabeza para que arbitrariamente decidas atacar a una persona mayor? ¿Qué daño puede causarte un señor de setenta años? ¿Tirarte un bastonazo? Cuidado y tú le partes el bastón, porque tienes escudo, chaleco, casco’. Eso me afectó mucho: ese respeto sencillamente no está.

-Hay una foto tuya, Miguel, que muchos coinciden en que es, si no la mejor, sí por lo menos una de las mejores de las protestas: la de los escudos. ¿Cómo llegas tú a esa foto?

-Yo venía de fotografiar a una señora que decidió irse solita con una bandera a parársele en frente a los militares. Ella llega y un grupo de militares la retiran. Me quedé fotografiándola y de repente caigo en cuenta de dónde estoy y veo a los militares adelante, entoncescorro, llego, yme quedo en la mitad de la autopista. Veo que los escuderos se organizan, se forman, y empiezan a atacar. Me resguardo. Los militares se organizan. La veo y digo: este es el momento. ¡Llegué a ese momento por otra fotografía!

-¿Es esa tu mejor foto?

-No.

-¿Y cuál es?

-Mira, no sé. No podría decírtelo.

-Bueno, ¿cuál es la que más te gusta?

-Mira. No sé. Me gusta jugar con la ironía del momento, y si esta ironía tiene muchos elementos a contar es fantástico. Cuando los chicos usan cascos de la GN. O van a jugar Golf con las lacrimógenas. Es como muy irónico. Las fotos que muestran un detalle irónico son las que más me han gustado.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Las fotografías que me hubiese gustado, por registro gráfico, son la del muchacho que se quemó por una moto que explotó en Altamira y la del muchacho que le prendieron fuego allí también. No las hice por no haber podido estar en el lugar.

-¿Cuál es la foto que te gustaría hacer?

-Yo tengo clara la foto pero está muy lejos de lograrse: un abrazo de parte y parte. Y de verdad está muy lejos. El contexto político-social está, digo yo, en un momento muy crítico.

La ruta de María Corina Machado

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

‘Se los dije’, publicó en su cuenta de Twitter el 30 de marzo de 2017. Convencida de que los hechos le habían dado la razón, María Corina Machado resumió en tres palabras todo lo que, por años, había llevado dentro. El tuit era un desahogo y una certeza. Tras las sentencias 155 y 156 del TSJ, la fundadora de Vente Venezuela parecía dirigirle su mensaje a aquellos que, durante tanto tiempo, la tildaron de radical. Era su momento, o por lo menos así lo sentía. ‘Golpe de Estado. Formal y declarado’, tuiteó minutos más tarde, para luego explicar que eso que pasaba con la Asamblea, esa pérdida de facultades, era consecuencia del estéril diálogo moderado por los Zapatero, Samper, Fernández y Torrijos a finales del año pasado. Las soluciones al problema, para ella, eran la Carta Democrática, el 350 y calle hasta la salida del gobierno. Más de cuatro meses han pasado desde ese entonces y la calle, que llegó a ser rutina, padece el frío de la incoherencia. El chavismo no es que no ha salido, sino que ahora, Constituyente mediante, parece tener más poder que nunca. La oposición, luego de la instalación de la ANC, está ante sus horas más bajas. La polémica decisión de asistir a las regionales ha dejado a más de uno al borde de la locura y la MUD luce fragmentada. ‘Es dictadura. Nos quedamos políticamente solos, pero del lado de la gente y sin perder el objetivo para terminar con este régimen ya’, informó Machado vía Twitter el pasado 9 de agosto, para dar a conocer su postura frente a la decisión de los demás partidos de la Unidad de asistir a los comicios. Al igual que con el ‘Se los dije’, la dirigente anunciaba el inicio de un nuevo ciclo. Uno que, esta vez, le tocaría enfrentar desde el aislamiento. En medio de esta coyuntura, el equipo periodístico de @RevistaOJO fue a la sede de Vente Venezuela para pulsar su opinión sobre diversos temas y esto fue lo que nos dijo:

–Usted decía el día cincuenta de protestas que, en ese período de tiempo, la oposición había derrotado a la dictadura, que había avanzado bastante (“se acerca la hora definitiva”). Y el día cien, a la espera del #16J, usted hablaba de veredicto. ¿Cuál era el escenario que tenía María Corina en su cabeza para derrocar al gobierno? ¿Cuáles eran esos pasos? Decía que faltaba poco…

–Las dictaduras salen cuando son enfrentadas con firmeza, con determinación, con coraje cívico. Y eso fue lo que se desató en Venezuela hace 139 días. Fue un movimiento social que se convirtió en rebelión popular. Y que hizo que se produjeran quiebres indispensables para que una dictadura como esta, que no es cualquiera, salga del poder. Esto es un Estado mafioso y tenemos que asumirlo, porque eso genera una serie de incentivos y de comportamientos distintos a los que tienen dictaduras convencionales.

¿Qué hemos logrado en estos cuatro meses? Primero, nunca el país había estado tan unido como está hoy. Nunca. Tenemos más de 90% de los venezolanos diciendo: ‘Se tienen que ir ya’. En esa unidad han estado todas las regiones del país, todas las generaciones, todos los sectores. Ahí estaban chamos que vienen de La Bombilla, Petare, luchando detrás de uno que quizá estaba estudiando afuera y que se vino de vuelta para su país. Por otra parte, se fracturó el chavismo. Hay unas fracturas, incluso, que no se han hecho públicas todavía, porque se estaban generando en estos últimos días. Se han producido grandes disidencias dentro de las Fuerzas Armadas, algunas son públicas y otras no. Hay oficiales y soldados que han sido detenidos, que han pedido la baja porque no están de acuerdo con la represión brutal del régimen y con la entrega de la soberanía del país. Y, finalmente, está la cohesión internacional alrededor de una política de acciones. Es decir, vivimos muchos años la indiferencia (de la comunidad internacional). Vivimos en el último tiempo la retórica, pero comenzaron las acciones. Las acciones de verdad. Y todo esto va orientado y cogiendo fuerza en una sola dirección, para llegar a ese punto Q de energía en el cual Maduro y el régimen entiendan: “Mira, pana, nuestra única opción es aceptar una negociación que implique salir de aquí”.

–¿Y usted cree que con la presión de calle iba a llegar ese momento?

–La presión de calle lograba que esas cosas ocurrieran. Y después se retroalimentaban. Porque en la medida en que más actuaba la comunidad internacional, más se estimulaba la calle. En la medida en que la calle producía quiebres en el chavismo, la comunidad internacional… ¿Me explico? Son todas variables que se autoestimulan.

–En ese contexto, ¿cómo caería Nicolás Maduro? ¿Negociación? ¿Renuncia?

–Yo quisiera que fuese por una negociación. ¿Cómo se formalizaría? Eso es lo de menos. Pero se tiene que ir. Una negociación, pero una negociación de verdad. Una negociación que diga: ‘Mire, señor, aquí están las garantías y estos son los términos para que te vayas’. Esa es la única que aceptamos. No una negociación como las que nos han tratado de vender, al estilo Zapatero, en octubre del año pasado. Estábamos en una situación parecida, donde había mucha fuerza en la calle, la comunidad internacional presionando, Maduro con el agua al cuello y entonces apareció Zapatero en una operación cubana donde nos madrugaron con un supuesto diálogo y donde el propio cardenal Urosa dijo: ‘Se burlaron hasta del papa Francisco’. Y era lo único que quería el régimen: tiempo, oxígeno. ¿Y para eso qué necesitaban? Parar la protesta y decirle al mundo: ‘Miren, ¿cómo que hay un problema en Venezuela? No haga nada. Aquí ya todo el mundo se sentó en una mesa a dialogar’. ¿Y qué nos dijeron?: Aquí hay dos opciones. ‘O dialogamos o nos matamos’. ¿Y qué pasó?: Dialogaron y nos mataron.

¿Cuál es su opinión sobre un posible alzamiento militar? ¿Contempla esa alternativa?

Nosotros lo hemos demandado. Y el 16 de julio le dimos un mandato, 7.600.000 venezolanos, a las Fuerzas Armadas para que cumplan la Constitución, bajen las armas y se pongan del lado de un pueblo que legítimamente lucha por su libertad y por su dignidad. Dignidad que le ha sido pisoteada por la FANB.

–¿Y eso se traduce en?

‘No reprimo más y no reconozco la Constituyente’. Porque al final algunos pensarán: ‘Es que la Constituyente nos destruyó’. Todo lo contrario. Yo lo dije, yo lo dije cuando Maduro planteó la locura de la Constituyente: ‘Se fregó’. Porque la Constituyente cohesionó a todos los sectores internacionales que tenían dudas de qué era lo que pasaba en Venezuela. Porque (Maduro) se quitó la careta. La Constituyente es constitucionalizar la dictadura cubana, el Estado comunista. ¿Qué parte no ha quedado clara? Olvídate de alcaldías, gobernaciones, Asamblea Nacional. Destruyen todo. Olvídate de la propiedad, el sector productivo, la universidad. Es el Estado comunista. Ellos lo han reconocido. Entonces: ¿Qué es lo que ahora quiere el régimen? Que la sociedad venezolana reconozca la Constituyente. Eso es lo que quieren, porque piensan que con eso nos van a someter, que eso sería la rendición final. Por eso todas esas acciones que están haciendo ahorita. Todo este tema de las elecciones regionales, esto es Zapatero dos.

¿Qué palabra usaría para calificar a quienes voten en las regionales?

Yo no los descalifico. Yo creo en la libertad individual. Cada quién decide lo que quiere hacer. No voy a llamar a una persona para decirle qué hacer, si tiene que tomar una dirección y otra. Esa no es nuestra ruta. Yo creo que esa ruta es la que quiere el régimen: legitimar y reconocer la Constituyente. Me parece que tenemos que recordar lo que fue uno de los logros más importantes de estos meses de lucha: La Declaración de Lima. Mira este punto: la decisión de estos países de no reconocer a la Asamblea Nacional Constituyente ni los actos que emanen de ella por su carácter ilegítimo. Eso incluye las elecciones regionales. Ayer lo dijo Tibisay Lucena.

–¿Qué piensa de esos diputados que están dejando su cargo en la Asamblea Nacional para lanzarse a gobernaciones?

–Yo creo que tienen que escuchar a la gente. Y hay un mandato, el del 16 de julio. Yo tengo tantos compañeros honorables que quiero, respeto, admiro mucho, en todos esos partidos. Son gente buena. Y a ellos lo que les digo es: confíen en la fuerza de los venezolanos. Hay algunas personas que les han hecho creer que no tenemos fuerza y entonces no se puede sacar al régimen, que no hay nada que hacer…

–¿Qué le responden ellos? ¿Por qué no siguieron con el camino de la calle?

–Créeme que hay muchos que lo están pensando. Hay muchos que están reflexionando… Como te digo: esa es la política que decidió el régimen y un sector de los partidos políticos. Yo estoy con la gente, con la política de los ciudadanos. Es una política de coraje. Es la estrategia de la fuerza, del sí podemos. Es la estrategia de decir: íbamos por la ruta que es y hay que seguirla. Es la ruta que te dice: ‘El mundo entero hoy nos acompaña’. Y hay que crear una coalición ética de ciudadanos, de gente a la que nos unen los principios y los valores: la verdad, la integridad, la justicia, la solidaridad, la valentía, la dignidad. Esos son los valores por los que uno da la vida. Eso es lo que yo he visto con estos chamos en la calle.

–¿Se jugó con las expectativas de la gente?

–No. Yo no diría eso. Yo al menos asumo mi responsabilidad. Lo dije el primer día y lo digo hoy: sí se puede. Ahora, yo soy franca: sí dimos un paso para atrás. Hay que hablar con la verdad. Y hay gente que en este momento se siente decepcionada, muy brava, triste.

–Es que se está diciendo desde el primer día: “Vamos a salir de esto, vamos a salir de esto”…

–Y ‘¡Vamos a salir de Maduro!’. Entonces hay gente que dice: ‘Ya va. ¿Otra vez? ¿Otra vez?’. Entonces yo lo entiendo, yo comparto ese dolor. Pero el régimen lo que quiere es dividirnos y desmoralizarnos. Venezuela está más unida que nunca. Unos se fueron un rato por un canal que no es…

–¿Y cómo van a volver?

–Bueno, que regresen. Yo no le voy a cerrar la puerta a nadie. Pero lo importante es que nosotros no podemos detenernos.

–¿Tiene la fuerza María Corina y Vente Venezuela para capitalizar y agrupar a todas esas personas que, como dices, hicieron un mandato y esperaban una ruta? ¿Están en la capacidad para convocar manifestaciones multitudinarias sin el apoyo de los otros partidos?

–Yo creo que la sociedad venezolana tiene la determinación de crear esa coalición ética que tendrá distintas formas de lucha. Además, cada etapa va evolucionando. Y si es necesario llegaremos otra vez al momento de grandes movilizaciones. Pero hay muchas otras cosas que hay que hacer para terminar de socavar los pilares que le quedan de soporte al régimen que está muy débil. Muy débil.

–Su opinión sobre la opción militar, sobre las palabras de Donald Trump…

–Nadie va a creer que en la América Latina del siglo XXI es posible una invasión militar. Eso no existe. Ahora, lo que sí hay en Venezuela es una invasión cubana. O es que acaso no tenemos conciencia de que los cubanos están manejando los sistemas de información y de identificación de los venezolanos. Los grupos y los cuerpos de seguridad y de inteligencia. La notaría, los registros y las fuerzas armadas. Yo, siendo diputada, a la Comisión de Defensa de entonces le llevé una lista con los nombres y apellidos de los generales cubanos que estaban en ese momento en un grupo que se llamaba el GRUCE. El grupo de Coordinación y Enlace en el CEO (Comando Estratégico Operacional), en Fuerte Tiuna. Yo se los llevé y no hicieron nada. Nosotros sí sabemos que ahí hay una invasión, como hay una invasión de la guerrilla, que llega ya al corazón de Venezuela, una invasión del narcotráfico, de contrabando, de todos los crímenes y las redes mafiosas del mundo que se han asentado en el país. Ahora, para eso, para desmontar ese Estado mafioso, esa narcodictadura, sí necesitamos respaldo internacional.

–¿Cómo sería esa ayuda? En hechos concretos…

–La Declaración de Lima dice en el punto cuatro: “Los actos jurídicos que conforme a la Constitución requieran autorización de la Asamblea Nacional, sólo serán reconocidos cuando dicha Asamblea los haya aprobado”. ¿A qué se refiere esto? A operaciones de crédito público, endeudamiento. Es decir: ‘No reconocemos créditos y nuevos financiamientos que no tengan la aprobación de la Asamblea Nacional legítima’. Esos son actos concretos. Porque eso es lo que le cierra el chorro a los bonos de sangre que ha estado financiando la tiranía. Hay mucha gente con intereses muy oscuros que tratan de disfrazar que no están con el régimen, pero reciben dólares a diez. ¿Mientras el país se muere de hambre a cuánto? ¿A cuánto está ahorita? ¿Quince mil? Ya uno ni sabe. Ah, pero ellos lo reciben a diez. ¿Tú crees que ellos quieren que Maduro se vaya? ¿Y los que tienen bonos de la deuda? ¿Tú crees que esos quieren que Maduro se vaya? ¿Y los que reciben concesiones petroleras y concesiones del arco minero y están haciendo toda la plata del mundo? ¿Tú crees que ellos quieren que Maduro se vaya? Y ahí hay venezolanos y capitales extranjeros muy muy oscuros.

–¿Qué otras medidas considera?

–Yo creo que las sanciones, pero de una forma mucho más amplia y mucho más pública. ¿Embargo? Aquí está el embargo de armas: punto trece de la Declaración de Lima: “Su llamado a detener la transferencia de armas hacia Venezuela a la luz de los artículos 6 y 7 del Tratado sobre el Comercio de Armas”.

Ahora bien, sobre el tema petrolero: ¿Quién destruyó, quién sancionó a PDVSA? PDVSA está produciendo hoy la mitad de lo que producía antes de que comenzara esta bonanza petrolera. PDVSA está quebrada y eso es algo que nosotros los venezolanos no terminamos de procesar. Quebraron a la gallina de los huevos de oro. ¿Y ahora qué? Porque eso es lo que tenemos que pensar. ¿Qué va a pasar el día siguiente a la salida de Maduro? ¿Cómo vamos a reconstruir este país? Claro, se robaron un poco de real que tiene que volver, porque esa plata el mundo la tiene que identificar y traerla de vuelta. Esa es una de las cosas que yo le propongo a la comunidad internacional para que lo haga ya. Nosotros lo llamamos un Fondo Internacional para la Reconstrucción de Venezuela. Ya se han identificado más de 20 mil millones de dólares robados. Y es muchísimo más. Multiplica eso por diez. Ese es el tipo de cosas que hay que hacer. Decir: ‘Miren, aquí está la plata. Y se la robaron fulanito, fulanito, fulanito y fulanito’. Y que cuando este régimen salga esa plata regresa a Venezuela. ¿Qué tal? Ese es el tipo de cosas que necesitamos.

–De aquí a que termine el año, ¿cómo ve estos meses que vienen María Corina Machado?

–¿Tú sabes lo que yo digo? Que solamente los venezolanos entendemos lo que significan 24 horas. 24 horas es largo plazo. ¿O no? El mundo te dice… ‘En los próximos 24 meses…’ y nosotros morimos de la risa. Lo que es un mes en cualquier otro lugar, nosotros lo vivimos en un minuto. Hacemos ejercicios de planificación estratégica, con todas las variables, todos los escenarios y después: pum, cae un meteorito, porque son las cosas que pasan en Venezuela.

–¿Las regionales son un meteorito?

–No. Están muy bien pensadas. Es una operación cubana.

–Pero para usted, que tenía una planificación…

–No, señor. Eso se estaba anunciando desde hace muchos meses.

–Sabía que podían llegar…

–Pero, ¡claro! Y además todos dijeron: ‘No. Es inconcebible regionales si hay una Constituyente’. ¿O no lo dijeron? Ahora, allí no es donde está mi preocupación. Yo no me voy a quedar ahí pegada. Nosotros ya le dijimos al país lo que pensamos de eso. Es un error. Por favor, no lo cometan. Pero vamos a concentrarnos en lo nuestro. En lo que sí es, a mi modo de ver, indispensable para sacar este país adelante. Y lo primero es una lucha espiritual y emocional, y esa no la podemos perder. Esta gente lo que quiere es hacernos sentir derrotados. ¡Y esa lucha no–la–vamos–a–perder! Los espacios que no podemos perder son los de la dignidad, el coraje, la fuerza, la conexión entre los venezolanos. Esos espacios no los vamos a perder.

–¿Cómo hacer para no perderlos si ya no vienen grandes manifestaciones? ¿Cuál es el trabajo ahora?

–Bueno, es un espacio ahorita de reencontrarnos. De articulación entre sectores. Están los artistas, los familiares de las víctimas, los sindicatos, los productores… Por aquí yo he estado recibiéndolos a todos, yendo a sus sedes, escuchando. Aquí hay unas ganas y una disposición para luchar más fuertes que nunca. Porque todos los venezolanos sabemos lo que aquí está pasando. O sea, esta crisis humanitaria… Por cierto, cuando nosotros lo advertimos, hace cuatro años, me dijeron: ‘Exagerada, radical, impaciente, aquí jamás habrá una crisis humanitaria’. ¿O no? Me quedé corta, desgraciadamente. Esta crisis humanitaria está a punto de convertirse en una catástrofe. Nosotros no sabemos lo que es una hambruna. Eso puede ocurrir pronto. Actuemos. Actuemos. Actuemos de verdad.

Hugo Chávez o la perdición del poder

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hugo Chávez se fue callado. No pudo pronunciar ese último discurso que cerrara el círculo de sus interminables soliloquios. Su gran pieza retórica, la de despedida, quedó en hipótesis. Ni siquiera pudo decir adiós. Sólo hubo silencio. Un largo e impropio silencio de 87 días. Él, que hizo del gobierno un eterno mitin, que podía hablar sin despeinarse 9 horas seguidas; él, cuyo único talento indiscutible era el de la oratoria, murió en la más discreta mudez.

El oxígeno, al parecer, le faltó en las últimas horas. Sus pulmones de fumador ya no dieron. Pero no fue eso lo que lo mató. Esa fue sólo la consecuencia de un mal que lo aquejó desde mucho tiempo atrás: el poder.

Esa escena inicial, la de él probando y experimentando por primera vez lo que era sentirse poderoso, es imposible de recrear. Difícilmente se pueda saber con exactitud cuál fue ese punto de inflexión, ese hito en su vida. Pero lo cierto es que le gustó. De eso no hay duda. Y así comenzó una carrera desenfrenada que lo llevó a acumular poder como pocos tuvieron en Venezuela.

Chávez era ‘the boss’, el gran beta. Podía hacer lo que le viniera en gana, que es el privilegio de los realmente poderosos. A nadie rendía cuentas, sólo su voluntad bastaba. Desde la pantalla, su sede de gobierno por excelencia, ordenaba, expropiaba, sentenciaba. Era capaz de lo mejor y de lo peor, de darles casa a unos damnificados y de condenar a prisión a una jueza inocente, de becar a niños humildes y de dejar sin empleo a 3000 trabajadores de RCTV, de construir el Cardiológico Infantil y mandar al infierno a un Cardenal que lo criticaba. Gerenciando era mediocre, pero odiando era implacable.

La riqueza y el lujo parecían no atraerle demasiado. Los disfrutó, cómo no. Comió bien, se vistió con ropa fina, usó buenos relojes, se alojó en costosos hoteles y viajó por todo el mundo en un avión de primera. Sin embargo, no parecía darle tanta importancia a eso. Gustarle, le gustaría, pero lo suyo era otra cosa, lo suyo era el poder. Eso sí lo deslumbraba. Eso lo perdió.

Fue habilidoso en reclutar a su personal. Supo leer en ellos frustraciones ancestrales, rencores de cien años, traumas no resueltos, necesidades insatisfechas; y ahí se afincó. A la jueza que forjaba actas la puso a presidir el TSJ, al chofer de metrobús lo llevó a la Cancillería, al economista marxista despreciado por sus colegas de la academia lo nombró Ministro de Economía. Y así creó una corte de eternos agradecidos. No era improvisación, era estrategia, la forma de asegurarse una lealtad inmarcesible. De tener más poder, que de eso se trataba todo.

Manejó a discreción un presupuesto descomunal. Nunca un presidente tuvo tanto dinero a su disposición. Lo repartió, pero sin criterio. Tuvo nobleza en la intención, pero de ahí no pasó. Regaló y no invirtió. Casi todo quedó en humo. Pan para esos gloriosos días de abundancia y hambre para los venideros. Hizo más llevadera de la vida de los pobres, la mejoró en algunos aspectos, pero no los sacó de la pobreza. Afuera usó ese dinero para ganar amistades y establecer alianzas. Como el niño rico de la cuadra pobre, que invita a sus vecinos al club, los mete en las fiestas de su casa y a veces los monta en el carro. Así fue, sobre todo con América Latina y el Caribe. Que haya robado es algo que no consta, que dejó robar a los suyos y se hizo el ‘Don Tancredo’ con las denuncias de corrupción fue evidente. Era de manual: mientras estés bien conmigo, hasta robar puedes, yo te protejo; si te volteas, ya verás. Más lealtad. Más control. Más poder.

Lo tuvo todo. No había quien mandara como él. La nueva ‘dictadura perfecta’, popular y con pinta de democracia, la instauró él. Fidel, su ídolo de infancia, era su pana de adultez, los presidentes de Suramérica lo idolatraban, la izquierda, con sus intelectuales y cantantes, lo mimaba. Líder, hombre fuerte de Venezuela, luz de Latinoamérica, espada de los pobres, azote del imperio, martillo de la oligarquía, heredero legítimo de Bolívar, esperanza del mundo entero.

Estaba en lo más alto, en la cumbre del Olimpo. Y entonces vino el cáncer. Lo que debió ser un ‘cable a tierra’, la ducha helada para bajar la fiebre de grandeza, se convirtió en la gran hazaña que completaría la epopeya y confirmaría que él era un ungido. Y ahí se jodió todo, Zavalita. Porque no fue ni siquiera negación, que todavía. Fue confiar ciegamente en un destino que no estaba escrito, en una propiedad curativa que el poder no tenía, en una inmortalidad que no existía.

Y no hubo quien por su bien le enseñara la roja, lo mandara a las duchas y a descansar. Lo dejaron seguir jugando, a sabiendas que la vida se le iba en ello. Eso fue lo peor. Porque a fin de cuentas él era el enfermo. Podía inventarse fábulas y ficciones, curaciones milagrosas atribuibles los espíritus de la sabana o sueños con un Bolívar que le decía que no moriría. Era comprensible. Pero los otros, los que estaban alrededor suyo, sanos, que sabían lo que pasaba, que veían el deterioro, que lo oían quejarse de los dolores, que lo recogían cuando se desmayaba, ellos, que podían detenerlo, al final resultaron ser el nido de escorpiones del que alguna vez habló Müller Rojas.

El crucifijo lo cargaba siempre en la mano, lo apretaba y besaba cada vez que podía. Peregrinó por cuanto templo y basílica encontró en Venezuela. Dijo que restauraría la Iglesia de La Candelaria, donde reposan los restos de José Gregorio, y que haría un santuario en Táchira para el Santo Cristo de la Grita. A cada santo le prometía una vela. “Estoy aferrado a Cristo”, juraba. Pero en realidad se aferraba al poder. No cedía. Como el joven rico del Evangelio de Mateo, Chávez no pudo desprenderse de lo que tenía -¡es que era tan grande!- para seguir al Jesús que lo llamaba. Pretendió servir a dos señores, poder y Cristo, y eso no era posible. “O aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”, había advertido hace casi dos mil años el de Nazaret.

Lealtad tuvo mucha, no así cariño. Porque si lo hubieran querido bien, de verdad, si hubiera habido amor y no temor, afecto y no interés, entonces hubieran impedido que se lanzara al abismo. Que eso al final fue la campaña: un abismo por el que se le terminó de ir la poca salud que le quedaba.

El esfuerzo fue devastador. Ya le costaba caminar. Necesitaba esteroides y altísimas dosis de calmantes para salir en tarima. A cada mitin le seguía una moridera. En cada uno iba dejando un poco de vida. Proverbial fue el cierre en Caracas, bajo el cordonazo de San Francisco. La naturaleza rebelándose, y él guapeando en tarima para que lo obedeciera. La misma soberbia del padre Bolívar haciéndose presente en el hijo putativo. Esa tarde bailó y saltó, y luego no pudo recorrer ninguna de las restantes 6 avenidas.

Al final ganó las elecciones. Lo logró, sí. Aguantó como un varón, también. Pero no le sirvió de nada. “Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿y para quien será todo lo que has acumulado?”. Es la parábola del granero rico que gasta la vida guardando fortuna para él y cuando llega al tope Dios le anuncia que morirá. Es la parábola de la última elección de Hugo Chávez. Porque ni juramentarse pudo. Dos meses después del “triunfo” se fue a Cuba para no volver.

Tuvo una agonía larga y dolorosa. Da la impresión de que la vida se la extendieron más de lo recomendable, sin importar el sufrimiento. Progresivamente fue perdiendo facultades. Por perder perdió hasta el habla. Era un muerto en vida, dependiente de máquinas y cables. Y ni aun así renunció. Ya no podía, tampoco convenía. Así de perverso y retorcido: en lo último de la vida tampoco valió el hombre sino el poder. Sí, el poder, su verdadero amor, su gran obsesión, su definitiva perdición.

Horacio Siciliano: “Todos los días arriesgas la vida”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El de Horacio Siciliano es uno de esos casos en los que el poder seductor de la fotografía queda de manifiesto en toda su dimensión. Ingeniero de la UNIMET, poco o nada, pensaría uno, tendría que hacer entre guardias y manifestantes, entre molotov y lacrimógenas, entre piedras y perdigones. Una vida confortable, en todo caso segura, puede que mejor remunerada e indudablemente más tranquila le esperaría si se dedicara completamente a su profesión. Pero resulta que no. Resulta que a él la fotografía lo empuja (y a veces arrastra) a situaciones de riesgo en las que su vida llega a estar en peligro. ¿Cómo y por qué? Bueno, porque el 12 de febrero de 2014, el todavía estudiante Horacio Siciliano decidió acudir a la convocatoria de Leopoldo, Ledezma y María Corina (‘La Salida’), y hacerlo cámara en mano. No exactamente por ‘paveo’ pero tampoco con una misión trascendental por delante: simplemente para tener un registro personal de lo que pasara. A fin de cuentas, fotos llevaba rato tomando por hobby (de playas, montañas y paisajes), y la ocasión se podría prestar para ello. No imaginaba que ese miércoles cambiaría su vida y marcaría también la historia de Venezuela.

Tal como él lo cuenta, todo fue coyuntural: al llegar a su casa tras esa jornada difícil (la marcha acabó en un caos que dejó varios muertos y  destrozos), se topó con el silencio de los medios, que poco o nada decían de lo sucedido. Entonces, decidió compartir sus fotos, y el hambre informativa de la gente se encargó del resto: 5 mil retuits tuvo una de sus gráficas y allí entendió dos cosas: primero, que algo de bueno tendrían cuando tanta gente las compartía; y segundo, que el mayor aporte que podía hacer era ayudar visibilizar lo que pasaba. La desinformación se lo regaló y el twitter se lo confirmó, para escribirlo breve y cantando. “Ahí dije: voy a seguir tomando fotos para lo que venga”. Y lo que vino fue casi un mes de duras protestas callejeras en los que se hizo, formó y consagró como uno de los fotógrafos más populares y seguidos de Venezuela, posición en la que ahora, mientras estuvo cubriendo éstas de 2017, se reafirmó.

Aquí el diálogo con el estudiante de ingeniería que un día marchó con una cámara y regresó hecho todo un fotógrafo.

-Horacio, un fotoperiodista es alguien que

-…narra lo que ve.

-¿Qué es lo básico que se necesita para ser uno?

-Cabeza fría.

-En el foto periodismo, ¿qué es lo principal? ¿la estética o la información?

-Lo principal es la información, porque en muchos casos la foto no tendrá la mejor estética pero el contenido es superpoderoso y ya con eso vale. Claro que uno siempre trata de buscar el mejor encuadre, acomodar todo de la mejor forma posible, pero suelen ser momentos muy rápidos o en sitios en los que no puedes hacer todo con tranquilidad, entonces lo que prima es la información, aunque la estética siempre la vas a estar buscando: el ojo de uno siempre va a estar trabajando en acomodar los elementos o el encuadre, pero la información va primero.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Tiene cabida en el fotoperiodismo el Photoshop, por ejemplo?

-Si estamos hablando de Photoshop, no, porque ya estás alterando la imagen y haciendo algo de otro tipo. Si vas a quitar o a agregar elementos, ya no estás contando las cosas como son: estás cambiando la historia. Si una persona estaba atrás y ya no está, estás quitando un testigo de algo que ocurrió. Una cosa diferente es un tipo de retoque, acomodar iluminación y sombras, porque estás en la calle, el trabajo es rápido, las condiciones de luz cambian rápido, y se vale que acomodes pequeños detalles. Pero más allá de eso, nada.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-El Nikon 18-200 3.5 porque me permite pasar de un gran angular a llegar a 200 mm sin tener que estar cambiando de lente, ni tener tantos equipos encima. Es bastante versátil, puedes pasar rápido de todas esas distancias focales y mantiene la nitidez.

-¿Qué es una buena foto para ti?

-Una que genere emociones cuando la veas. Que la persona sienta algo.

-¿Qué opinión te merece el fotoperiodismo ciudadano? ¿Crees en él?

-Sí, sin lugar a dudas. Lo estaba conversando hace poco con una persona que tiene años en el medio y siempre me gusta escuchar: los tiempos han cambiado muchísimo, antes no se veía tanto fotoperiodista, eran puntuales. Pero eso pasaba porque para serlo tenías que aprender a usar una cámara analógica, aprender a revelar, etc; ahorita es mucho más fácil tener una cámara, subir una foto a internet, mandarla a un medio, por redes sociales. Y me parece importante porque así se deja evidencia de muchas cosas. Lo importante es que quien lo haga sea responsable, que la persona asuma el contenido como propio y sea garante de que lo que está subiendo es real. Yo creo que es bueno porque ayuda a que se sepan las cosas, pero es necesario ser responsable con lo que se publique y difunda.

-¿En qué se diferencia esta cobertura de la de 2014?

-Ha sido diferente porque en este caso no te estás cuidando solamente de alguna piedra que esté volando por los cielos, sino también de la policía y de la GNB, te estás cuidando de que ellos te roben o te agredan. Yo recibí agresiones a montón: bomba en el tobillo, en el pecho, me intentaron quitar los equipos. Estos meses han sido mucho más riesgosos por la cantidad de violencia que hay en la calle y porque el Estado no es garante de tu seguridad cuando estás trabajando. Pero por el contrario también ha habido mucho compañerismo, que es lo bonito dentro de la crisis: tienes muchos compañeros al lado que están pendiente de ti y tú de ellos. Entonces nunca estás solo, siempre estás apoyado y son personas de las que he aprendido muchísimo.

-A nivel personal, ¿cuál ha sido el momento más difícil?

-Mira, ha habido dos. El primero, en abril: un chamo que cayó al Guaire. Yo crucé el Guaire por arriba, por la estructura de metal. Y llegué al otro lado. Y estaba el chamo en la rivera sangrando, no podía moverse. Estaba la novia al lado. Y yo dije: ‘no, este chamo está muerto’. Llegaron los bomberos para sacarlo y la GNB seguía lanzando bombas. Los bomberos gritaban que pararan y seguían lanzando bombas. Y yo pensé que el chamo estaba muerto y me dio una impotencia grandísima mientras veía cómo seguían disparando.

El otro momento que me asustó realmente fue dos semanas después de que asesinaran a Juan Pablo Pernalete. Como yo estudié en la UNIMET, para mí esa fue una muerte que sentí cercana, como si hubiera sucedido en mi casa. Yo estaba en la Luis Roche, eran como las 4 de la tarde. En ese momento no estaba en la línea de fuego, estaba fuera de ella. Y de repente salió un GNB de la torre Británica y me disparó directo una bomba en el pecho. Cuando yo sentí el golpe, lo primero que me vino a la mente fue: ‘me mataron’. Me acordé de Pernalete y dije: ‘me mataron’. Tomé un poco de aire, y cuando vi que podía respirar dije: ‘coño, siento que estoy bien’. Tenía el chaleco y eso amortiguó un poco el golpe, y fue del lado derecho. Luego me atendieron los paramédicos y gracias a Dios no pasó a mayores.

-Hay una foto tuya famosa, en la que hay un PNB tratando de quitarte los equipos, ¿qué pasó allí?

-Esa foto es en Chacaito. Había un chamo al que la GNB agarró sin tener nada, ni en el bolso ni en las manos, y de hecho lo tuvieron que dejar ir luego, pero lo rodearon cinco funcionarios y le cayeron a golpes. Yo lo tenía cerca y cuando lo vi me quedé grabando. Entonces uno de los funcionarios se dio cuenta y enseguida empezó a arremeter contra mí, a golpearme, a decirme que me fuera. Uno de ellos jaló la cámara, yo la agarré con la mano izquierda y seguí grabando. Él me golpeaba y trataba de quitármela, pero al final no pudo. Esa es la historia de esa foto.

-¿Cuánto es lo más que has llegado a arriesgar por una foto?

-Coño, yo creo que estando en la calle todos los días lo más que arriesgas es la vida, porque estás en plena calle y allí mucha gente ha perdido la vida bien sea por un bombazo en el pecho, en la cabeza, cualquier cosa. Estando allí estás arriesgando la vida.

-¿Y una foto vale la vida?

-Nunca.

-Pero la estás arriesgando…

-Lo que pasa es que las condiciones se han vuelto difíciles. Mira, uno toma sus previsiones: va con sus equipos de seguridad, sabe cómo moverse, está con compañeros que están pendientes y saben cuándo retirarse. Uno toma sus precauciones y no hace algo que explícitamente ponga en peligro su vida, tipo: ‘me voy a meter porque sí’, cuando sabes que el riesgo es altísimo. Entonces, lo que haces es minimizar el riesgo al máximo. Y aunque el riesgo está presente, una foto no vale la vida: buena o mala, no vale la vida.

-Y cuando estás metido en mitad de los enfrentamientos, que llueven bombas, perdigones, piedras etc ¿aún en medio de esa situación apremiante tienes cabeza para pensar en lo que es una buena o mala foto?

-Sí. Increíblemente en medio de ello uno en su cabeza está armando una composición siempre con los elementos que está viendo. Uno mantiene la cabeza fría. El ojo está trabajando en una composición de los elementos, independientemente de lo que esté pasando: ‘está esta persona aquí, está esto allá, hay una bomba cerca’, y uno busca configurar todos esos elementos en algo que funcione.

-Estuviste casi 50 días cubriendo las protestas, ¿ya al final de ellos se podían hacer fotos originales?

-Sí. Es que siempre está pasando algo diferente. Hay fotos comunes: un guardia disparando, un manifestante devolviendo bombas. Pero han pasado unas cosas interesantes. Estos personajes icónicos, por ejemplo: Hans, la señora que se paró frente a la tanqueta, el violinista, el diputado que se va con su bandera al frente. Siempre hay algo nuevo que llama mucho la atención. El contraste entre la cantidad de gente protestando y la policía reprimiendo. Siempre hay algo diferente que contar

-¿Cuál es la foto que más te ha afectado?

-La de este chamo en el Guaire desangrándose.

-¿Llegaste a llorar en algún momento?

-Creo que sí. En ese momento, cuando estaba sintiendo tanta ansiedad, en cierto punto me aparté y se me salió una lágrima. El chamo estaba acostado, sangrando en el Guaire, seguían disparando bombas, los bomberos trataban de auxiliarlo y los guardias seguían disparando. Está ese peo prendido y tú como: ‘pana, ya basta. Deja que lo auxilien por lo menos’. Esa desesperación en ese momento fue dura y a uno le afecta.