Profetas en su tierra

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Informativamente hablando (o escribiendo, ya que somos revista) la gran noticia del acto de recibimiento de la Vinotinto en el Olímpico fue la revelación, dicha en un tono más o menos casual en medio de una sarta de agradecimientos, de que en Venezuela hay un hombre que se lleva el pan a la boca ejerciendo el peculiar oficio de ocuparse del equipaje de los jugadores de la Sub-20. El nombre, tanto del hombre como del cargo, se le ha escapado (omisión imperdonable) a este redactor, pero no así el hecho de su existencia y de su labor: esperar que lleguen las maletas y encargarse de su traslado, cosa que no por lógica (puestos a pensar bien todo, tiene sentido que haya alguien que se haga cargo de ello) deja de ser menos sorprendente.

Lo cierto es que ayer lo recordaron en la ronda de agradecimientos y le reconocieron su trabajo, ese que, paradójicamente, pasadas las cinco de la tarde, lo mantenía todavía alejado del Estadio, por lo que no sería descabellado pensar que las maletas o llegaron con retraso o llegaron incompletas o sencillamente no llegaron, versiones éstas que se tendrán que quedar en tales porque hasta el momento de publicarse esta nota la única certeza que se tenía era la de que el encargado de velar por ellas no pudo estar en el Olímpico a la hora del homenaje.

Se pudo confirmar, sí, que la Sub 20 tiene una nutricionista y un chef (¿en qué cocina y con qué ingredientes preparará los alimentos?, ¿le prestarán la de los hoteles donde se alojan?, ¿cuál será su mejor plato?), así como un motivador y, ojo al dato, un hombre que se encarga de ver y de analizar los vídeos de los rivales. Todos ellos son parte de ese equipo de cargos improbables y extraños (pero útiles y diríase imprescindibles) que se agrupan bajo el nombre de ‘Cuerpo técnico’, a los que ayer Dudamel elogió hasta el cansancio en un acto previsible pero no por ello menos feliz.

La Caracas futbolera (acompañada de la farandulera y de la política) se volcó a su estadio para recibir como auténticas estrellas (las reseñas más épicas hablaran de héroes, pero el recibimiento, bien visto, fue de estrellas) a esos chamos que les brindaron por unos días los alegres despertares de la victoria deportiva, y que pasadas las 5 de la tarde hicieron entrada a un Olímpico que los arropó en aplausos para inmediatamente verlos desaparecer debajo de la tarima que estaba en el centro del campo. Proyección de videos emotivos (es decir, de goles y jugadas) después, fueron apareciendo, en perfecto orden numérico. Cuales strippers que salen de tortas (perdón por el lugar común) eran subidos a la tarima entre dos columnas de humo blanco por una plataforma elevadora que funcionó a su vez como prueba de equilibrio y de personalidad. Los hubo muy seguros, pero también tambaleantes. Algunos demostraron padecer de vértigo y otros ni de cosquillas. Los más espontáneos salieron con brazos abiertos, en pose triunfadora y apuntando al cielo, pero también estuvieron los que lo hicieron con las manos juntas y adelante. Fue un festival de posturas y de gestos, como manda la civilización del espectáculo.

Una de las ovaciones más grandes la recibió el técnico, Rafael Dudamel. Aunque se tambaleó un poco, salió levantando los brazos, saludando a la gente y golpeándose el pecho, mientras todos coreaban su nombre. Para ser el culpable de la derrota (tal como sugirió PDVSA) la gente pareció quererlo demasiado. “Así los quería ver: juntos y Vinotinto”, fueron sus primeras palabras. Y aunque era imposible que lo viera, la frase parecía cumplirse con rigor en una de las puertas laterales: María Corina Machado, con la camisa verde fosforescente de la selección y su sempiterna cola, estaba apenas a una persona de por medio de un par de oficiales de la PNB. Y tan tranquilos todos.

Cuando Dudamel pidió un aplauso para los padres de los jugadores, el estadio respondió con creces; pero cuando apostilló “y otro para las madres que los parieron” (oh, eterno matriarcado), ahí el Olímpico sí se vino abajo e inmediatamente (oh, Madre Patria) comenzó a sonar el “¡Y va a caer!”. Marcaba el reloj de La Previsora las 6:09 de la tarde y el estadio era un clamor contra el gobierno, incluida la barra del Caracas FC, encabezada ayer por una gran pancarta que decía: ‘23 de Enero Ccs’. “¡Qué nada nos robe este momento!” pidió entonces el técnico (mandamás absoluto) y la gente paró.

Siempre ayudado por las que presumiblemente serían las notas que tenía escritas en su teléfono celular, Dudamel, comedido y correcto, soltó algunas frases de cuidado: “Aquí cabemos todos”, “estos chamos nos han vuelto a hacer sentir orgullosos de ser venezolanos”, “este es el momento para que de la mano de nuestros chamos demos el salto para alcanzar todo que como país necesitamos”, que a buen entendedor bastarán con suficiencia.

Finalizado el discurso explotaron los papelillos y cohetones. Arrancó entonces la vuelta Olímpica. ‘We are the Champions’ sonó de fondo mientras los jugadores corrían (más bien trotaban) y se dejaban querer, aclamar y mimar por unas gradas borrachas de orgullo y euforia. Todos (jugadores y espectadores) se gozaron el momento, que fue previsiblemente bello. Lo imprevisible fue otra cosa: que después del clásico de Queen, luego de que de las cornetas saliera el festejo en canto por lo campeones que somos (así hayamos quedado de segundos), viniera el lamento de Reinaldo Armas (“caramba, ñero, se oscurecieron mis días / alzó vuelo mi alegría cuando menos lo esperaba”) por la muerte del querubín de sus anhelos, su caballo Rucio Moro.

Quizás no se dieron cuenta, pero en ese momento, más que nunca, fueron profetas en su tierra.