Una nueva esperanza

Esto no es un análisis sesudo ni contundente, tampoco un tubazo o un escrito con pretensión de verdad absoluta: es solo mi opinión. Una opinión que me toca escribir más por deber que por placer: como ya dijo mi compañero Alexis Correia, en su artículo sobre Juan Guaidó, hay personas a las que le caen situaciones en las que tiene que resolver.

Me preguntan mis amigos en el exterior sobre la situación del país. Me preguntan mis compañero de Revista Ojo qué opino yo cómo editor. ¿En qué momento mis palabras se volvieron tan importantes? No creo que lo sean, pero algo muy venezolano es mendigar buenos augurios en tiempos de crisis. Como si de una abuela desfasada se tratara, son muchos los que parecieran decir: “Mijo, usté que lee tanto, léame el futuro”.

Yo solo sé que a esta hora tengo algo de pesadez en el cuerpo y volvió un malestar en el estómago que ya creía superado. ¿Son esas las sensaciones del porvenir?

Juan Guaidó nuevo presidente interino

Carlos García Rawlins

No puedo evitarlo. Cada vez que veo el video en el que Juan Guaidó se juramenta como presidente de la República de Venezuela se me eriza la piel. Una vez hasta estuvieron a punto de salírseme las lágrimas. La emoción sabe cómo desbordar el cuerpo.

Hasta hace unas semanas, Juan Guaidó no era un rostro muy conocido dentro de la cultura popular venezolana. Su irrupción en esta película se asemeja a la de esos personajes que aparecen al final del guion para resolver los nudos de la trama que parecían imposibles de solucionar; no porque sea una especie de Odiseo con el ingenio suficiente para inventarse un caballo de Troya, sino porque la aparición de un nuevo personaje siempre mueve los hilos de toda narración.

Un empuje significativo ha sido el renacimiento de la esperanza. Los venezolanos se defienden de la incertidumbre recurriendo a los excesos: o con el pesimismo que los “resguarda” de futuras decepciones, o con la euforia desmedida del que necesita emborracharse para sobrellevar la cotidianidad. No somos, me parece, un pueblo reconocido por la mesura: en la ausencia de temple, todos opinan y nadie reflexiona.

Desde el 2017, las calles se llenaron de desesperanza. El país se fracturó. En ese momento se creyó que la salida del régimen era inminente. Atestiguar tanta represión, tantos muertos y heridos, solo para que a final de año en Miraflores siguieran viviendo los mismos fue un golpe muy duro de encajar. La mayor derrota, en mi opinión, no fue que esas protestas no condujeran a la instalación inmediata de un nuevo gobierno: fue la pérdida de esperanza dentro de la población.

Por eso, que en enero de 2019 se esté respirando esta nueva vibra es algo llamativo. De los venezolanos podrán decirse muchas cosas, menos que se entregaron con docilidad a la dictadura. En tiempos oscuros, la voluntad de las personas representa una luz de la que Juan Guaidó y una desprestigiada oposición tienen que asirse. De administrarla con tino depende el éxito.

La caída de la última de las máscaras

Manifestantes levantan barricada en Cotiza / AP

El régimen, desde sus inicios, buscó apoyo en los sectores populares. Construyó ahí pequeños fortines que respaldaran sus marramucias. A través de una relación clientelar y de un soborno descarado –que deveniría chantaje– compró a millones de personas que se sintieron muy identificadas con una narrativa que caló hasta los huesos de nuestra población. Los opositores, mientras tanto, jugaron a desconocer esa mayoría de apoyo que tuvo el Gobierno. Fue una de sus peores decisiones: significó el divorcio contundente de su discurso con la mayor parte de los venezolanos.

Aún hoy, son muchos los que repudian al régimen pero ven con escepticismo –y hasta temor– las decisiones que pueda tomar un representante de la oposición cuando alcance el poder.

Lo irónico es que la sólida narrativa construida en torno a los clásicos ideales de izquierda se ha deteriorado con el peso de la realidad. Los mismos sectores populares que fueron identificados como bastiones del régimen, hoy lo adversan –o al menos lo repudian– sin disimulo. Ya no hay soborno ni chantaje que funcione: la mayoría de las personas comprendió que sus posibilidades de no morir de hambre pasan por la necesidad de que vuelva la democracia.

Como en los sectores populares la penetración del Internet es casi nula, las noticias falsas pululan, los términos acuñados por el régimen siguen utilizándose y la credibilidad de los políticos opositores es la misma que tiene un entrenador que ha descendido a todos sus equipos; sin embargo, por la fuerza de la realidad, y de la forma más subconsciente y biológica, han comprendido quién es el responsable de la crisis.

Ante esto, la respuesta de quienes tienen secuestrado al país ha sido aumentar la represión en esos sectores. Los mismos en los que antes se sentían tan cómodos, esos en los que sembraron el miedo de los colectivos para que se viviera bajo la ley del color rojo (sangre) y en los que –lamentablemente– las posibilidades de documentar y de visibilizar la violencia a ojos del mundo son más bajos.

Las noches del 21 y 22 de enero, el régimen actuó con una saña que desnudó su perversidad: de cara a sobrevivir, como buen malandro, es capaz de asesinar hasta a los que alguna vez tildó de hijos.

El tercer acto

El momento en el que el villano podía escenificar una conmovedora transformación, y resarcirse a ojos de los espectadores, ya pasó. Era, acaso, en el 2014. Y el guion fue tan extraño que incluso ofreció una nueva posibilidad en el 2017 (que aprovechó, por ejemplo, Luisa Ortega Díaz). Hoy día esto es imposible: al tigre no le caben más rayas. Sus fauces huelen a sangre.

El repudio internacional, el divorcio con la población venezolana, la crisis humanitaria y el haber obrado la proeza de quebrar a un país petrolero, lo convierten en un boxeador groggy que sabe que es cuestión de tiempo antes de que pierda la pelea. Pero este boxeador, lejos de ser un deportista amante de la épica, es un malandro que desde que llegó al mundo solo piensa en sobrevivir: se aferrará a sus posibilidades así tenga que matar al referí y cada integrante del público.

Desde su óptica, cada segundo más en el poder es ganar una pelea.

Para mí es evidente que desde 2017 (hay quienes dicen que desde 2014) entramos en la etapa final de esta era oscura. Lo que pasa es que la etapa final de la película podía durar seis meses como puede durar diez años. Es imposible predecir un momento. Y, mientras llega el desenlace, la destrucción será cada vez más cruenta.

Como explicó Joseph Campbell, solo la más fuerte de las oscuridades da paso a la luz.

Fueron necesarias seis películas de Star Wars para narrar cómo nació y cayó un imperio del mal. ¿Cuántos episodios lleva nuestra saga? ¿Cuántos más nos faltan por ver?

Un síntoma acaso esperanzador es que ya parecemos haber llegado a la era de Luke Skywalker: quizá solo alguien nacido bajo los padecimientos de la oscuridad puede tener la suficiente hambre de supervivencia para enfrentar la infinita maldad del que sabe que si pierde el poder cae preso o muerto.

La generación 2007, esa que creció en pleno apogeo del chavismo, ha despertado mucha esperanza entre los venezolanos. Una esperanza que se deterioró luego de que, en 2017, no ocurriera lo que la mayor parte del país anhelaba. Sin embargo, aún hay líderes que pertenecieron a ese movimiento estudiantil que no han sido quemados por el ardor de la opinión pública. Guiadó es uno de ellos y eso, así sea simbólicamente, le ofrece una ventaja: su imagen aún no está tan deteriorada y hasta hace unas semanas ni siquiera era el principal objeto de los esbirros de la dictadura.

Debido a que la generación política que antecedió a la de 2007 creció con ciertas comodidades y encontró una zona de confort más o menos rápido, da la sensación –me da la sensación– de que cuando el partido entra en el último minuto actúan como si tuviesen menos que perder que sus adversarios. Los malandros saben que si salen del poder los espera, cuando menos, la cárcel. La generación política opositora previa al 2007 es probable que no sienta tanta urgencia: si la dictadura continúa, exiliarse y disfrutar de sus activos en el extranjero siempre es una opción.

Pero para quienes crecieron cuando el Imperio del mal ya estaba instalado, las opciones son más reducidas: si pretenden desarrollarse políticamente es necesario que ocurra un cambio en el eje del poder. Cada generación que sigue naciendo y creciendo bajo esta tiranía tiene una sensación de emergencia más acuciante. Al menos, así ha sido hasta ahora. Quizá se corre el riesgo de que en dos décadas, si la crisis sigue igual (o sea, cada vez peor), los nuevos venezolanos crezcan tan desnutridos y acostumbrados a la miseria que sean una población demasiado dócil. Pero ese es un escenario que se me antoja demasiado lejano.

La narrativa de la oposición

La juramentación de Guaidó como presidente interino, me parece, solo era viable si las personas respondían de forma masiva a la convocatoria del 23 de enero, como en efecto ocurrió. Un hecho que no es baladí fue la poca representación de los partidos que se vio en las diferentes movilizaciones. Las personas no se sienten muy identificadas con el partidismo como un ejercicio político, más bien parecen harto de él. Más que fe en alguien, los mueve el descontento y la frustración.

Ahora, para que Guaidó pueda gobernar con eficacia es necesario que su figura se transforme en el elemento que hace que, en el relato, todos los personajes se aglutinen en favor de una idea: más que un símbolo de cambio es un símbolo de unión.

Los políticos opositores, les guste o no, deben caminar de la mano y definir bien cuál va a ser el rol de cada quién. Si el escenario deviene disputas internas, se le estará facilitando la continuidad al Imperio del mal. Aspirar a que un líder aglutine el aura suficiente para derrotar con un sable de luz a sus enemigos puede ser algo anacrónico: incluso en Star Wars el rol de Luke era principalmente simbólico: equilibrar a la Fuerza.

¿Podrá la imagen de Guaidó equilibrar a la oposición?

Es necesario que se empiece a construir una narrativa con la que nos identifiquemos la mayoría de los venezolanos. Y es imperante poder transmitirla a todos los rincones del país. El Internet, aunque un canal necesario, es insuficiente para comunicarse con las personas: menos de la mitad de la población tenemos acceso a él.

¿Qué va a hacer la oposición para convencernos no solo de que es urgente salir de los malos, sino de que ellos son una opción razonable de gobierno? ¿Qué van a hacer para convencernos de que sí formamos parte de su proyecto?

¿Qué van a hacer para que entendamos cuál es el país que quieren construir?

Son tiempos acuciantes.

¿Y ahora qué?

A la oposición le llevó tiempo comprender (y no sé si todos los opositores ya lo hicieron) que no se enfrentan a políticos astutos, sino a malandros: a pranes.

Quienes crecimos en zonas de relativa inseguridad sabemos que la resistencia es un ejercicio cotidiano. Los malandros controlan las armas e imponen su tiranía gracias a la violencia. Y, mientras más fuerte sea el olor a amenaza, no van a dudar en asesinar a todo el que se cruce en su camino.

El malandro, cuando está arrinconado, adquiere incluso una violencia impredecible.

Más que esperar fechas mágicas, quienes crecen al lado de personajes así saben que deben ejercer una lucha cotidiana y no frontal. Que su resistencia es seguir vivos y con esperanza. Y que de su temple dependen sus posibilidades de seguir con vida a largo plazo e, incluso, de trascender.

Una actitud de firmeza y mesura semejante quizá sea lo que necesitamos.

La realidad final, según me parece, es que el golpe definitivo en este ring de boxeo pasa porque las Fuerzas Armadas decidan defender a una población agredida y no atacarla (más). Porque entiendan que su rol en esta película es el de acelerar el desenlace que el 80% del país quiere y el que todos merecemos: el retorno de la democracia y la atención efectiva de la crisis humanitaria. Mientras eso sucede (que ojalá suceda) todos debemos seguir resistiendo a nuestra manera.

Eso es lo que creo. Y estén o no de acuerdo conmigo (quizá yo mismo no lo esté mañana) solo puedo desear una cosa: que al final de este libreto, ustedes y yo sigamos con vida.

 

Por Lizandro Samuel | (@LizandroSamuel)

Juan Guaidó o cómo eludir la ideología en 30.000 caracteres

Me piden escribir unas líneas sobre Juan Guaidó, prácticamente mi primer gran reto de “vamos a ver qué tan machito nos salió el chamo”. No puedo evitar sentir un enorme estrés y un par de escalofríos. El estrés es porque ni siquiera puedo encontrar el origen de la palabra aguda Guaidó en Google. Pregunto en mi muro en Facebook, que casi siempre me es útil como herramienta de inteligencia colectiva. Un amigo de apellido catalán descarta que venga de esos lados: “Probablemente es más bien valenciano (de España) o canario”.

Los escalofríos son porque, cuando oigo hablar del presidente de la Asamblea Nacional y ahora también presidente interino de Venezuela, casi siempre le atribuyen dos virtudes que para mí no son virtudes.

“Es joven”. Tiene 35 años de edad: Nerón tenía 27 cuando incendió Roma, aunque leo en la Wikipedia gringa que esa autoría también es cuestionable, como casi todo en política.

“Carece de pasado”. Vaya afirmación terrible para los que sostenemos, junto al difunto Teodoro Petkoff, que solo los estúpidos no cambian de opinión. Un hombre sin pasado. Vaya sentencia de muerte en vida para los que creemos que cualquiera que haya cometido un error, pongamos, Henrique Capriles Radonsky, siempre está a tiempo de resurgir de sus cenizas, explicar lo de Odebrecht y poseer un futuro. Así sea un futuro dándole a la función de silenciar en las redes sociales.

Si me permiten otro escalofrío, me da demasiado miedo que cada palabra escrita sobre Juan Gerardo Antonio Guaidó Márquez sea siempre tan precaria. Que ni siquiera le podamos nombrar todavía “Persona del Mes”, porque apenas estamos a 23. Que el ingeniero guaireño esté a apenas un rústico del Sebin de distancia de que todas nuestras especulaciones sobre sus cualidades reales de liderazgo para encabezar la transición queden en un ejercicio de lo que pudo ser y no será semejante a la expulsión de Amorebieta en la Copa América 2015. De que se le recuerde como  la anécdota de otro político prometedor que terminó preso en una tumba, una embajada o en un exilio desdentado. Aunque, convengamos, a estas alturas ha pasado más tiempo sin esposas, con su esposa, del que la mayoría sospechamos cuando se lo llevó el Sebin el domingo 13 y, si en su palabra creemos, hizo entrar en razón a los gorilas y les quitó la capucha a punta de decencia y promesas de que mañana mismo, luego de la amnistía, nos veremos en el paraíso.

El Barack de La Guaira

Para que no me digan que solo estoy lleno de temores, hay algo de Juan Guaidó que me reconforta: es pulcro, tieso, formal y derechito, como Barack Obama, y hace una pareja mediática. Maneja los símbolos de un país hambriento de respeto y de valor en la palabra. Trata a la gente de “hermanos y hermanas”, como esos evangélicos que hacen el encomiable esfuerzo de ponerse corbata un domingo, discrepemos o no de sus prédicas. Basta ver si eso será suficiente para que, en el grupo de WhatsApp de los generales, todos digan: “Cónchale, sí, vale, seamos institucionales”, que dudo mucho que eso funcione así.

Me pregunto si Juan Guaidó habría querido que llegara este 23 de enero, o si en el fondo sintió la misma secreta aversión que le tengo a las fechas excepcionales, en las que quisiera refugiarme a ver canales de películas en una habitación de hotel de mala muerte de Catia La Mar y no estar escribiendo sobre Juan Guaidó.

Muchas cosas se han escrito del sobreviviente de la tragedia de Vargas desde el 10 de enero, él mismo las ha escrito hasta en inglés, pero yo solo me voy a centrar en dos documentos: una entrevista casi rompedora de himen que le hizo Víctor Amaya en Tal Cual y un perfil de Valeria Pedicini en El Estímulo. Suman en total más de 30.000 caracteres entre ambos textos, y hay algo que me llamó poderosamente la atención: en ninguno de ellos aparece la palabra “ideología”. Puede ser responsabilidad de periodistas que no preguntaron o no averiguaron, pero no deja de ser sintomático de un país en el que el tema de las ideas de fondo pasa siempre un poco agachado por temor a ir en contra de la narrativa de que somos la patria de Bolívar llena de riquezas por repartir. ¿Qué quiere Guaidó para Venezuela? ¿Una economía de libre mercado con democracia parlamentaria? ¿O todo se limita a ser mejor persona que los quistes humanos que no nos podemos sacar de encima?

Leo en El Estímulo esta cita de Miguel Pizarro: “En la política hay gente que filosofa mucho y hace poco –destacado mío–. Guaidó desde la universidad ha estado del lado de los que hacen y no solo de los que dicen”. Caramba. Guaidó no filosofa mucho. Leo en la entrevista de Tal Cual, cuando le preguntan si Voluntad Popular es un movimiento político de tendencia radical (sic): “Creo que da más responsabilidad la carga histórica que la partidista”. Caramba. A Guaidó no parece importarle mucho la ideología de su propio partido. ¿Deberíamos empezar a preocuparnos, incluso antes de que se plantee la remota esperanza de que conduzca al país a unas elecciones libres y justas, en las que pudiera plantearse la posibilidad de que él mismo se lance e inicie su ruta hacia el Churchillinfinito y más allá?

Hay varios tipos de liderazgo. Hay el que hace más que los demás. Hay el que pega más gritos. Hay el que sabe más. Hay el que aparece en las listas de líderes del futuro y corre el inevitable riesgo de terminar como casi todos los integrantes de la selección sub 20 de Egipto 2009. Hay otro tipo de líder: al que le lanzan una vaina encima después de que sale de la nada, porque todos los otros que podían ser líderes han sido sacados de combate, y tiene que ir improvisando, resolviendo sobre la marcha y encontrando cualidades colectivas y propias que ni él mismo sospechaba, un poco como el Jesucristo que hacía milagros tirándola a pegar, estilo Willem Dafoe en La última tentación de Cristo.

Me gusta pensar que así es y será Juan Guaidó. Creo en él porque juega para mi mismo equipo, empezando por ahí. Porque pertenece a una generación que para mí siempre tendrá un elemento mítico y casi sagrado, la de los estudiantes de 2007, incluso tomando en cuenta que es la misma de Robert Serra, Héctor Rodríguez y Ricardo Sánchez: la última que se atrevió a hacer algo después de la mía, que no se atrevió a hacer nada para evitar el Niágara del chavismo. Porque es de los que ya no tiene prácticamente nada que perder, exceptuando el beso de una esposa y de una hija, que tampoco es tan poca cosa. Me arriesgo a creer en Guaidó, a pesar de que, 30 mil caracteres después, sé muy poco de lo que realmente piensa. Así andaremos de necesitados de alguien en quien creer.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

 

El templo del 23

Por Mariana Souquett | @nanasouquett 

3:00 pm. El Metrobús que minutos antes había llegado a la estación El Silencio del Metro de Caracas, frente al Liceo Fermín Toro, arranca con solo siete pasajeros en dirección La Planicie, parroquia 23 de Enero, en el oeste de la capital. Su ruta, habilitada en marzo de 2015 para «llevar al pueblo» a visitar los restos de Hugo Chávez, es gratuita y hace una sola parada: El Cuartel de la Montaña.

«Santo Hugo Chávez del 23», un pequeño altar en honor al difunto presidente Hugo Chávez, es lo primero que se ve al bajar del autobús. Solo una persona de las que iban a bordo de la unidad cruzó la calle y subió hasta la entrada del fortín pintado de beige y rojo que terminó de construirse en 1906. Desde el 15 de marzo de 2013 —diez días después del fallecimiento de Chávez— la estructura diseñada por los arquitectos Alejandro Chataing y Jesús Rosales Bosque se convirtió en un mausoleo.

4F se ve en la cima de una colina del barrio. Un militar y un vecino hablan sobre el aumento de la inseguridad en la zona. Más adelante, está Chávez adolescente, Chávez golpista y Chávez adulto. La cara de quien fuera el presidente de Venezuela entre 1999 e inicios de 2013 se repite una y otra vez en los muros que conducen a la edificación que durante el siglo XX fungió como sede de la Academia Militar de Venezuela (1910-1950), del Ministerio de la Defensa (1950-1981) y como Museo Histórico Militar.

3:20 pm. Solo un hombre aguarda para entrar al Cuartel. Lleva una camisa de la Universidad Bolivariana y la Misión Sucre. Dice que está esperando a otros compañeros para entrar y cumplir con un trabajo de la Escuela de Comunicación Social. «Cuando le di la mano a Chávez en el 2008 se me salieron las lágrimas», recuerda el estudiante, quien se identifica como José Urbina, de 54 años. A pesar de que vive en el 23 de Enero, no había ido a visitar al mandatario después de su muerte.

«Aquí está nuestro comandante, nuestro libertador, y todos los que lo cuidan con amor», dice la miliciana Velásquez, una de las guías del Cuartel, al grupo de nueve personas al que acompaña en el tour. Insiste en que diariamente asisten alrededor de 400 personas de todo el mundo, aunque en la hoja del registro de ese día las firmas no llegan al final de la primera página. Más que visitantes, los vecinos del 23 cruzan el Cuartel para ir a comprar a un Pdval (Productora y Distribuidora Venezolana de Alimentos). Hay brisa, calma, un tenso silencio y poco sol.

33 banderas ondean en «El Bosque de las Banderas», un pasillo ceremonial ubicado después de la «Placita del eterno retorno», un semicírculo con banquitos, antes de la entrada al Cuartel. La frase contentiva del famoso «por ahora» pronunciado por Chávez al fracasar el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992 está escrita en una placa de granito justo en la entrada, a la izquierda. Al frente, en una placa similar, están sus últimas palabras públicas.

Calas rojas adornan el pie del sarcófago de granito que está situado sobre «La Flor de los cuatro elementos», monumento construido en seis días específicamente para albergar los restos del aquí venerado líder. Cuatro soldados de la guardia de honor, vestidos de rojo cuales patriotas de la independencia —con sombreros negros, guantes blancos y sables—, lo custodian. Uno de los cuatro guardias de honor tiene cara de hastío. El lugar huele, quizás por las flores, a cementerio.

En el fondo, a la izquierda, hay un cuadro de Chávez sonriente. En el centro, donde antes —según consta en fotos— había una estatua de Simón Bolívar, está el retrato de El Libertador reconstruido digitalmente. A la derecha, un Chávez pensante. El lugar da la sensación de un eterno velorio, pero sin mucha gente. Aunque al frente y desde hace cuatro años hay una pequeña capilla para orar, todo el Cuartel de la Montaña se asemeja a una iglesia, un templo para rendir culto al oriundo de Sabaneta.

3:45 pm. «¡Pase lo que pase… tenemos patria… patria perpetua… patria para siempre!», grita una voz chillona en el acto de cambio de guardia, hecho que la miliciana define como un homenaje en agradecimiento al «Comandante Supremo de la Revolución Bolivariana».

En el Cuartel de la Montaña no se puede estar solo. «Van a pasar por donde yo pase, van a pisar por donde yo pise», expresa la miliciana. Cada tres minutos hace un recordatorio que, más que una advertencia, suena a amenaza: «Pueden tomar todas las fotos que quieran, pero no grabar videos ni hacer fotos con flash. Todo lo que hagan, como estar grabando, se ve en las cámaras».

3:50 pm. El grupo entra al «Callejón de nuestro comandante», un salón oscuro con fotos de paisajes de Venezuela acompañadas por frases del «comandante». También quedan algunas armas, charreteras y banderas de la Guerra Federal, reliquias de la época en la que el Cuartel fue solo un Museo. Mientras, la miliciana, una viejita que se ufana de ser abogada penalista, insiste: Chávez sacó a la gente de los barrios, les dio casa y «multiplicó» a los niños y a los abuelos; la Cuarta República no le dejó nada a la gente; Venezuela no quiere guerra, pero sí la paz. Todo el recorrido es una especie de evangelización, de adoctrinamiento en el que las mismas frases son repetidas con constancia.

Una voz la interrumpe. «Me perdonan. No porque dé esta opinión dejaré de ser chavista, porque seguiré chavista hasta que me muera. Pero lo que yo quiero es que no hagan más apartamentos en la ciudad. Háganlos para los pueblos para que la gente busque sembrar. Aquí hay un poco ‘e malandros que metieron de los cerros que no quieren trabajar», afirma una de las participantes del grupo.

El tono de la sargento Velásquez cambia. La premisa «Aquí no se habla mal de Chávez», posicionada por el Gobierno y visible en toda Caracas, no está escrita en el Cuartel, pero sí está implícita, sobreentendida. La miliciana replica desafiante pero acepta la crítica, e insta a la mujer a escribirle por Twitter al presidente Nicolás Maduro, «el hijo de Chávez».

4:12 pm. Alrededor del «Callejón» hay otros salones que cuentan e ilustran la vida de Chávez. «La sala de ese niño gigante» contiene recreaciones de situaciones de su vida. Del otro lado, un salón contiene fotos de él en cualquier escenario. «Chávez vivirá siempre. ¿Verdad que todos somos Chávez?», pregunta la sargento mientras todos, menos una joven, responden que sí. «Mira, princesa, ¿tú eres Chávez?», le repregunta directamente. La joven tarda unos segundos en responder, pero dice que no y continúa tomando fotos.

«Crean en Dios y crean en Chávez», contesta tajante la miliciana.

4:20 pm. «Yo voy pasando la manito y ustedes también, no pueden tirar fotos», indica la guía. En fila india y siguiendo los pasos de la sargento, los nueve turistas tocan el féretro. «Me dieron ganas de llorar. Me aguanté las lágrimas», dice José Urbina.

Pasan cinco minutos. Suenan cuatro campanadas y media. Un soldado enciende el cañón donde todos los días a la misma hora —la de la muerte de Chávez— se dispara una bala de salva. «¡Fuego!», exclama otro miliciano. Hay un fuerte sonido y el ambiente se llena de pólvora. Algunos asistentes aplauden y gritan emocionados.

Comienza a llover. La intensidad arrecia y los turistas no se pueden ir. «¿Están viendo esta bendición de Chávez? Esta lluvia es un regalo de nuestro Comandante», expresa la sargento Velásquez. Al ver que se hace tarde, decide cruzar dos palitos de madera y comienza a elevarle oraciones a Hugo Chávez para que así deje de llover y las personas puedan irse. Eventualmente escampa, y los asistentes comienzan a retirarse. Y la miliciana les hace una última petición: «Recuerden vivo al Comandante y apoyen siempre al presidente Nicolás Maduro».