Encontrando el sentido en un trapo tricolor y en una presidencia hecha de fe

Nosotros, pueblo que carga bidones. Nosotros, hombres de poca fe. Nosotros, los de los zapatos remendados, hemos de iniciar la Operación Libertad, la máxima presión popular nunca antes vista. “Porque nada tenemos, lo haremos todo”, cuentan que dijo el directivo chileno Carlos Dittborn para defender la candidatura de su país como organizador del Mundial de fútbol de 1962 (apenas dos años después del terremoto más fuerte registrado en la historia), cosa que luego se desmintió, pero la frase es tan motivadora que vale la pena citarla aunque sea una bonita mentira. La vida es un poco así.

Sorprendentemente la estación de Chacaíto del Metro de Caracas está abierta y ahí me bajo pasadas las 10:00 de la mañana del seis de abril, fecha asignada para el simulacro de la Operación Libertad, aunque parece que la palabra simulacro se eliminó porque no cayó muy bien en redes sociales. Vengo de pasar por una tarima de la contramarcha del chavismo en la Cantv, cerca de Colegio de Ingenieros, donde un cantante cansino interpretaba Mercedes, de Simón Díaz: tema emblemático acerca de cómo se han estado bañando algunos caraqueños luego del cataclismo eléctrico e hídrico de marzo que recordaremos por generaciones. Mi día ha empezado mal, con los reales botados en dos empanadas aguadas rociadas con una guasacaca amarga.

El punto de concentración en la Plaza Brión no pinta muy bien. La convocatoria es modesta a esta hora, tanto como lo era la del chavismo. Un indigente  con algún tipo de desequilibrio pide ser escuchado en Chacaíto como el verdadero hombre que conducirá a Venezuela al cambio y asegura tener el secreto para extraer nutrientes de la concha de mango. Llega un contingente desde la parroquia San Pedro y la cosa mejora un poco. Empezamos a marchar rumbo a El Marqués, específicamente hacia una de las sedes de la compañía eléctrica Corpoelec, donde alguna vez funcionó el Teatro Cadafe y fui con mi papá a la primera obra dramatúrgica de mi vida. A algún divertimento infantil, no se crean que Shakespeare.

Hay un correlato entre el redespertar de la lucha democrática de Venezuela en 2019 y la climatología caraqueña. Los Salmos 91:6 hablan de la mortandad del mediodía y no hay meses que me parezcan más desconsoladores que marzo y abril. El aire huele a cerro quemado, el sol perpendicular destiñe aquellos azules color cabildo de la primavera de enero, casi no hay rastro de grama verde en ningún espacio público de la ciudad y da la impresión de que en cualquier momento harán combustión el Ávila, el Parque del Este y el Jardín Botánico juntos. La puesta en escena casi operática y la incredulidad mágica de aquel sábado dos de febrero en Las Mercedes, cuando se hizo una concentración para agradecer el apoyo a la comunidad internacional, han dado paso al empecinamiento bíblico de los más persistentes en este abril en el desierto. No sabemos bien qué hacemos aquí, pero es nuestro deber estar.

Vengo de la parroquia San José en el municipio Libertador, pero, buscando desesperadamente un sentido de pertenencia, me descubro a mí mismo convertido en uno de los que llevará la bandera de Venezuela gigante de la gente de la parroquia San Pedro desde Chacaíto hasta El Marqués, junto a diputados como José Guerra y Richard Blanco. Tiene su ciencia el ritual de transportar el símbolo arbitrario de tu país, ese que me gusta pensar que hace más simpática nuestra causa allá afuera en el mundo, porque tenemos unos colores más chillones que Nicaragua, además del mito de las mujeres bonitas. Sería una terapia decente para nosotros los asociales.

Hay que tener cuidado para no pisarle los talones de los zapatos a la compañera que lleva la sección de color azul y mantener el amarillo lo más extendido posible para que la bandera no se convierta en un trapezoide de base roja. Hay que vigilar que la panza del trapo patrio no toque el suelo. Hay que levantar el pabellón nacional sobre nuestras cabezas cuando nos topamos con un hueco en el asfalto para que los de atrás lo veamos. Hay que cantar consignas: “Libertador presente y siempre consecuente”. Intento pegar en el grupo una consigna de mi invención, pero no tengo éxito: “Aquí llegó el Oeste, más fuerte que la peste”.

Nos ponemos en alerta cuando vemos humo sobre el tramo de la avenida Francisco de Miranda que pasa frente al Parque del Este, pero no es más que otra de las quemazones de estos días. Durante el trayecto de unas dos horas nunca vemos indicios de represión. Y solo una vez escucho la frase “Vamos bien”. No está en las tendencias del momento. Mientras, me arden los muslos en la zona de la entrepierna, ya no estoy para estos trotes y menos en temporada de sequía, pero hay que llevar una bandera tricolor gigante a su destino y a eso me aferro como si fuera lo único que explica mi presencia en el mundo.

Nos detenemos ya casi llegando al Centro Comercial Líder, porque no hay más hacia donde avanzar. La bandera de San Pedro –el que negó tres veces a Cristo– es replegada y nos miramos con la satisfacción del deber cumplido, de los que hemos cargado letras de la organización Dame Letra. Empiezo a sufrir la misma fobia que me hizo recibir patada y coñazo en el concierto de despedida de Soda Stereo en La Rinconada (2007), cuando llegué a una posición privilegiada en la olla y luego me devolví arrepentido. Siento que se me va al aire y, como puedo, me abro espacio entre la multitud hacia un borde con sombra de árboles, al lado de un carro de perrocalientes. Necesito sentarme un rato en la acera.

Escucho alaridos lejanos. Eso solo puede ser señal de que o pasa algo malo o ha llegado Juan Guaidó. Es lo segundo. Empiezo a escuchar su voz en un megáfono y creo que está lejos, por los lados del Unicentro. En realidad el presidente tan simbólico como los tres colores de la bandera está mucho más cerca en el espacio de lo que pienso. Entonces me topo con ella. Avanzando hacia las palabras ininteligibles de Guaidó, me encuentro a una ciclista como salida del planeta Pandora que me hace encontrarle un sentido ulterior a este sábado. Si ella está ahí con sus rastas moradas y su insultante autosuficiencia, aplaudiendo a un primer mandatario insólito que es sobre todo una cuestión de fe, entonces yo no estoy tan equivocado de sitio.

Juan Guaidó ya es visible cerca de donde está mi nueva heroína inalcanzable y donde los cascos con cruces azules se multiplican ante una epidemia de desmayos. El presidente, que parece más bien un pana cualquiera, está ahí mismo frente al Centro Líder, improvisando una tarima sobre la parte de atrás de un camión. Detrás de él, una valla publicitaria de una película chavista de 2017 que nunca nadie quitó: La Planta Insolente, biopic de Cipriano Castro. A pocos metros, una pancarta de tela negra: “Trump: intervención ya”. Solo escucho frases aisladas: “El cuatro de enero nadie daba nada”. “Si dudas, ve a tu hijo”. “El cese definitivo de la usurpación”. “Juro”. Levantamos automáticamente la mano, aunque no sabemos qué juramos. “Dios les bendiga”. Un chico toca el “Gloria al Bravo Pueblo” con algo que me suena a saxo o clarinete. Nadie se sabe la segunda estrofa: “¡Apréndanse el Himno, nojoda!”, se enervan unas canas.

No ha terminado de hablar y ya mucha gente se devuelve hacia su punto de destino, como si hubieran tocado la estatua de un santo. Se acerca la Semana Mayor, porque la cuaresma no es otra cosa que un apagón entre dos feriados alargados, y no puedo dejar de pensar en Guaidó como una especie de Juan de Nazaret, una esperanza muy humilde y vulnerable que salió de un peladero de chivos, murió crucificado en Twitter y solo terminó adquiriendo una significación universal con el paso de los años, cuando supimos valorarlo más allá de nuestra impaciencia y descreimiento, para reconquistar finalmente nuestra Tierra Prometida tras un milenio de chavismo.

Y no puedo dejar de pensar en unas letras del grupo Bon Jovi: “And I blame this world for making / A good man evil / It’s this world that can drive a good man mad”. Yo culpo a este mundo, porque puede volver loco a un hombre bueno. Con toda honestidad, no veo manera posible de que esta nueva ilusión llamada Operación Libertad nos haga cruzar el Mar Rojo, pero no tengo más opción que apostar a la más mínima posibilidad de recuperar ese frágil milagro llamado democracia. Y si Guaidó es un hombre enloquecido hablando en voz alta a sus propios miedos, quizás es el único remanso de cordura en esta enajenación para los siglos en que se nos convirtió Venezuela. Dudo, pero así es mi forma de creer: dudando.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia