La Caracas de Piedra de mar y mi Caracas: medio siglo de involución

“La niebla se fue abriendo y aparecieron las luces de la ciudad. Las calles eran ríos de luces y se veían muy bonitas”, describe Corcho, el narrador y protagonista, mientras desciende de noche junto con Kika en el teleférico que antecedió al actual Sistema Warairarepano. Termino de releer en 2019 Piedra de Mar, una novela corta publicada en 1968 cuyos protagonistas oyen Beethoven y Harry Belafonte, echado en el suelo de la cocina un domingo a las cinco de la mañana: es el lugar de mi casa en el que menos atormenta el trap a todo volumen que han estado colocando unos vecinos –probablemente de la misma edad que Corcho– toda la madrugada.

Vivo en la misma ciudad de las páginas del libro que acabo de terminar, Caracas. Es asombroso que haya electricidad para leer: ya mi país ha sufrido al menos cinco apagones nacionales, desde el siete de marzo, que han dejado virtualmente devastada a –por ejemplo– Maracaibo, la segunda metrópolis venezolana. No por obvio debo dejar de registrarlo: comparada con la que narró el recién fallecido Francisco Massiani, mi Caracas parece medio siglo después un peor lugar para vivir. Lo que no es atribuible exclusivamente al proceso político que comenzó con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999: en varias partes del mundo, muchos hijos estamos teniendo en este siglo XXI la sensación de que nuestro nivel de bienestar es inferior al de nuestros padres.

La acción –que tiene mucha inacción– de este clásico de lecturas de bachillerato transcurre en un puñado impreciso de días en la capital de Venezuela, con un par de expediciones al vecino estado que el chavismo ahora llama La Guaira: el topónimo Vargas, al igual que El Ávila, ha sido proscrito del lenguaje oficialista. Nunca se indica con precisión la ubicación del apartamento en el que vive arrimado Corcho (aféresis de Carecorcho), el que pertenece a los padres de su amigo José. Sí se dice que frecuenta la Calle Real de Sabana Grande, que no será convertida en bulevar peatonal hasta la llegada del Metro a principios de los años 80. También los alrededores de la actual estación del subterráneo en Bellas Artes y una discoteca llamada El Hipopótamo, que al parecer quedaba en Los Palos Grandes.

La novela está ambientada casi con toda seguridad durante el gobierno del adeco Raúl Leoni (1964-1969), el segundo del período de democracia representativa, aunque a un lector de la Venezuela de 2019 como yo le sorprende la casi absoluta ausencia de referencias políticas: apenas en la 164 de las 168 páginas de mi edición, Corcho sugiere que Carolina –objeto de su infatuación– fue enviada a estudiar a España por sus padres debido al temor a “líos en la universidad” (el allanamiento de la UCV ocurrirá en 1969: estábamos en la resaca criolla del Mayo Francés). También encontramos alguna salpicadura sutil acerca de los frecuentes atentados urbanos de la guerrilla en aquellos años y a cierta atmósfera de represión policial.

Pero, en general, el debate político del momento lleva una capa de invisibilidad en los diálogos de los personajes de Massiani, aunque sería mentira afirmar que sus jóvenes carecen de desesperanza y no se plantean el exilio: “Debe ser muy bueno estudiar afuera (…). Me gustaría irme. Me gustaría irme lejos y no volver más”, anticipa el “Me iría demasiado” la futura psicóloga Kika.

Si hay algo que me conmueve y perturba de Piedra de Mar es la noción de que fue escrita en una era anterior al smartphone: de hecho, uno de los conflictos centrales de la novela ocurre debido a la imposibilidad de comunicación directa entre Corcho y el centro de su obsesión enfermiza, la chama buenota que no le para bola: el joven que ha renunciado a sus estudios universitarios termina escalando al apartamento de Carolina cual Spider-Man, labrando un desencuentro de fatídico desenlace –por culpa de una cucaracha– que hoy probablemente se habría resuelto con un par de mensajes en WhatsApp.

FOTO: Vasco Szinetar

Los personajes de Massiani tienen tres opciones para entretenerse: cine, libros y discos de vinil. ¿Son más cultos que nosotros? He allí un buen debate. No soy muy joven y no puedo ya compararme con Corcho, Lagartija, Marcos, Flautín y Kika, pero mis hábitos de lectura se han reducido de forma considerable, en gran parte porque paso mucho más tiempo pendiente de Internet y las redes sociales. Sin embargo, estos últimos hábitos también son una fuente de conocimiento que no debe despacharse a priori. ¿Tengo más conciencia de un mayor número de ámbitos de la experiencia humana, pero soy menos profundo?

El cine está mucho más presente en los espacios urbanos de la Caracas de Massiani que en mi Caracas de 2019, lo que no puede atribuirse solo a la destrucción de la empresa privada: en casi todo el mundo ha ocurrido un repliegue de la exhibición fílmica a los búnkers de los centros comerciales. Las plataformas streaming y la posibilidad de descargar contenido se imponen. En todo caso, esa sensación de extrañamiento e irrealidad al salir de una función, que tan magistralmente describe Pancho cuando Corcho sale de un filme francés en Las Palmas, la seguimos experimentando en formato digital en el presente, aunque yo solo haya podido ver una película en 2019: la de Capitana Marvel.

La Caracas de Massiani es más cosmopolita, al margen de que la globalización haya avanzado a paso de aplanadora durante este medio siglo en el resto de la Tierra. En sus recorridos por Sabana Grande, Corcho entra a una librería (Suma) en la que percibe el olor de “libros recién llegados por montones”. Hojea una revista en francés, bucea a una catira italiana, está enamorado de una jeva que tiene cachifa gallega (¡insólito!) y le da un codazo sin querer a la hija pequeña de un español después de trancar un teléfono monedero. La gente sale del país, y, en la mayoría de los casos, regresa: los padres de José están en Nueva York, Carolina acaba de regresar de España, al enano Marcos se le pegó un beibi después de su último viaje a Miami.

La única ruta que se ha estrenado por estas semanas en Maiquetía es la Caracas-Teherán, de Mahan, una aerolínea sancionada por Estados Unidos.

Más novedades: en una playa de La Guaira se practica esquí acuático, mientras que Corcho puede salir a las diez de la noche a comprar cigarrillos en un bar de la esquina de su casa que abre hasta madrugada, lo que en 2019 se me haría inconcebible: por donde vivo, con la excepción de las rumbas de trap, no hay ni perros callejeros a un kilómetro a la redonda después de las ocho de la noche.

¿Tienen preocupaciones económicas los personajes de Massiani? Sí: son jóvenes en edad universitaria, casi todos desempleados y mantenidos por sus padres, universalmente esa clasificación taxonómica no nada en la prosperidad. Lagartija, uno de los amigos de Corcho, “está limpio” (sic), al menos para irse con su novia de tragos; mientras que el protagonista se queda sin dinero después de ser expulsado de una fiesta de traje formal en Altamira y debe caminar a su casa en esmoquin bajo la lluvia. Pero ninguno de los personajes parece al borde de la desnutrición, más allá de sus hábitos alimenticios desordenados: José llega al auxilio de su pana y le brinda dos “tostadas” (denominación habitual en aquella época de la arepa asada, que la diferenciaba de la arepa frita) de queso amarillo.

Sabemos que para 1974, cuando se introduce el salario mínimo en Venezuela, el ingreso básico era de alrededor de 450 bolívares, que equivalían a unos 100 dólares. En Piedra de Mar, para una entrada de cine basta un “fuerte”, desaparecida moneda de cinco bolívares. Un café cuesta un bolívar; y una caja de cigarrillos, dos bolívares. Marcos acaba de pagar un carro nuevo.

El alter ego de Pancho Massiani va a la urbanización El Silencio a comprar camisetas de fútbol, una de las grandes pasiones del escritor (1944-2019) en la vida real. Pierde un zapato y esto es más un motivo de vergüenza que una pérdida material incuantificable. Que yo recuerde, como profesional de clase media, no he comprado ninguna prenda de ropa en los últimos seis años, aparte de medias (para la época de Piedra de Mar, el paltó y corbata son casi obligatorios en los jóvenes); además, en 2019 he prescindido de una de las comidas completas diarias: el hábito de José de empujarse un sánduche a las tres de la mañana me resultaría desconsiderado y abusivo en un hogar donde tenemos todo contado.

Aunque tuviera recursos vía remesas para camisetas de fútbol, me encontraría con santamarías de color gris grafiteadas si busco las tiendas deportivas de Caracas que frecuentaba hasta la década pasada.

Por edad, yo podría ser padre de Corcho. Hoy me resultaría ridículo llamar “pajarito” a mi pene, utilizo mucho menos la muletilla “que si” y sería acusado de violencia de género en redes si expresara mi deseo de arrastrar a un despecho por Sabana Grande como una carreta. Pero en general entiendo casi todo lo que me quiere decir el Pancho de 1968. No solo lo comprendo: sigo sin resolver por completo el Cubo Mágico de la seducción al sexo opuesto, admiro en otros “una felicidad sencilla que me impide creer que mi soledad es inevitable” y, al igual que Corcho, con frecuencia me equilibro al filo de una acera muy delgada entre la pulsión irresistible por la muerte y unas enormes ganas de pelear mi derecho a vivir. Con todos sus defectos, eso hace universal a Piedra de Mar.

Aunque se haya quemado el túnel de bambú que une al Country Club con El Bosque (uno de mis lugares favoritos para pasar caminando, aunque sea muy peligroso), bajo este cielo lleno de la insoportable calina de abril también hay algo de la Caracas que Pancho amó. Por ejemplo, el placer de compartir unas papas fritas y un jugo de melón con un pana en Sabana Grande, una tarde de evasión y fútbol luego de un apagón nacional.

 

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia

Perdiendo mi religión: un día de peregrinación con José Gregorio

Hubo un período de mi vida en el que temí arder para siempre en el infierno por hacer la primera comunión un día después de ver un partido de fútbol en el que dije malas palabras (el Bélgica-España que se fue a penales en los cuartos de final de México 1986). Hubo un período de mi vida en el que, durante alguna emergencia pediátrica menor en el Hospital Vargas (Caracas), devoré una biografía de José Gregorio Hernández en la que se asegura que, durante sus estudios en París, hizo exclamar a una prostituta apodada La Chaton: “Me han dejado con un verdadero Santo. Estoy arrepentida de mi vida de pecado… Las cosas que me ha dicho ese hombre”. Una época de mi infancia en la que, por cierto, era un gordito acomplejado, con lentes culo de botella y corte totuma que llegó a pasar más de dos años sin verse ante un espejo. No necesariamente debe establecerse un vínculo entre una cosa y otra.

Sin saber bien por qué –tal vez debido a mi deseo desesperado de no pasar otro fin de semana solo–, me integro a la “Ruta del Venerable” en la mañana del sábado previo al Domingo de Ramos de 2019. No eres un ignorante irrecuperable si nunca antes has oído de la Ruta del Venerable: la caminata pedagógico-confesional se inaugura este año a propósito del centenario de la muerte en un accidente automovilístico del médico trujillano José Gregorio Hernández (1864-1919), que se cumple el próximo 29 de junio.

El papa Juan Pablo II le declara “venerable” el 16 de enero de 1986, aunque desde entonces Cheo Goyo se queda como novia de pueblo a la espera de los dos siguientes rangos en los ascensos del más allá: beato y santo. Yo, por mi parte, debo decir que pertenezco a 70% de venezolanos que, en un censo, probablemente responderá que se crió dentro del catolicismo, aunque poco a poco he ido perdiendo mi religión. No creo en nadie.

No son solo cuatro pelagatos

La Ruta del Venerable, de la que me entero por Twitter –porque en este siglo el clero tiene redes sociales– mientras cumplo mi trabajo de rastrear al menos una noticia edificante por día en este país, recorre algunos de los parajes de Caracas que en vida frecuenta el nativo de Isnotú. Básicamente se trata de un entrenamiento de pretemporada para la visita a los siete templos del Jueves Santo, pero no debe olvidarse que el bigote rescatable de Venezuela también fue un eminente científico que introdujo aquí el uso clínico del microscopio (se dice que sostuvo apasionantes debates sobre religión y ciencia con su colega Luis Razetti, en los que siempre se atrincheraba en la postura creacionista). Son también parajes que frecuenté de niño.

Me reporto a las 8:00 de la mañana en el punto de arranque del Hospital Vargas y, como suele pasar también en las marchas de la oposición, de entrada aquello pinta mal: solo hay cuatro gatos, o, mejor dicho, cuatro beatos de edad venerable. Mi cachucha verde fluorescente llama demasiado la atención entre sus prendas moradas y encierro mi timidez en la pantalla del smartphone, confiando con ingenuidad en que estoy en un lugar custodiado por milicianos no menos desdentados.

Pero vienen con alegría, Señor. Nunca menosprecies a una institución con dos milenios de antiguedad, porque a las 9:15 am el suelo comienza a temblar anunciando la llegada de un auténtico pelotón: pancartas de la emisora Radio María, una camioneta pickup con cornetas para los hits de iglesia de todos los tiempos, una muchedumbre en éxtasis que eleva sus brazos al cielo, tantos estandartes del cristianismo como si estuviera por empezar la batalla de Lepanto y un par de obispos con solideo púrpura que asumen el liderazgo de la procesión: los monseñores Tulio Ramírez y Enrique Parravano, de siluetas que hacen recordar a Sancho y el Quijote, respectivamente. Irrumpimos dentro del Hospital Vargas cual ejército de Dios y, por milagro de Cheo Goyo, un miliciano jorobado y con anteojos de sol nos da puerta de manera amable mientras, poseído por una sospechosa bondad, repite una letanía: “¡Solamente Dios hace maravillas!”.

Del médico de los pobres a los pobres sin médicos

Santos contrastes: se me había olvidado que, en su interior, el Hospital Vargas es una joya arquitectónica con gárgolas y todo que, en caso de incendio combinado con el servicio de Hidrocapital, representaría una pérdida patrimonial local equivalente a la catedral de Notre-Dame, y en la que te vas a topar de frente con todo el drama de un país en emergencia humanitaria compleja: la primitiva medicina que se imparte hoy allí parece inferior a la de 1891, cuando se inauguró el centro asistencial. Es más probable que consigas un doctor palestino que uno de los 26.000 médicos venezolanos que han fugado sus cerebros desde 2004.

“Venezuela está enfermita”, dice con mucho tacto monseñor Ramírez, sabiendo que nos encontramos en territorio apache, al tiempo que recuerda la anécdota de cuando a José Gregorio le quisieron llamar para que atendiera al hermano de un dictador y, sin que lo valiente le quitara lo cortés, advirtió: “No puedo dejar mi consulta de pobres”. Deberíamos aprovechar que estamos aquí y rezarle también a la estatua de José María Vargas, otro civil y científico insigne cuya memoria acaba de ser agraviada por un gobernador chavista.

Mientras avanzamos entre pacientes de aspecto menesteroso y familiares que transportan almohadas roñosas, peregrinos entonando en resistencia civil el “Dios está aquí” –de adulto suelo pensar que, en el fondo, las misas católicas solo son una excusa para cantar sin miedo a desafinar–, me aparto a un costado de la capilla del hospital y me reencuentro con esa curiosa costumbre que tienen algunas solteronas de hablarle bajito a los santos de escayola y agarrarles casi voluptuosamente un bracito o una piernita.

No revisarás el WhatsApp en la casa del Señor

Subiendo una cuesta en ritmo de rock pop –¿quién dijo que la devoción puede ser menos emocionante que una concentración de Guaidó?–, llegamos a mi iglesia de infancia, uno de los templos católicos más majestuosos de Caracas: el santuario de San José del Ávila. Me reencuentro con sus frescos monumentales de realismo mágico cristiano –Jesús encabezando una milicia crepuscular de monjas; Jesús coleado en hogar burgués de hombre encorbatado y mujer sumisa que cría muchachos– y sus terroríficos bajorrelieves de monjes benedictinos que subliman su represión sexual en una camaradería de túnicas de piedra que casi desprenden olor de entrepierna sancochada. Estremece pensar que la última vez que estuve aquí no existían el chavismo, las denuncias masivas de pederastia contra el clero ni los smartphones.

Me inquieta plantearme, por ejemplo, si se considera pecado venial revisar ansiosamente mensajes de WhatsApp esperando en vano una señal de piedad femenina dentro de un monasterio. Algo no ha cambiado entre el niño perpetuamente despechado que hizo la primera comunión en 1986 y el adulto sin consuelo que soy hoy: después de todo, Losing my religion de R.E.M., uno de mis temas favoritos de toda la vida, trata en realidad sobre una obsesión amorosa.

Imposible poderlo comprar: el pan y el vino

“Juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor”. La verdad es que no tengo mucho por contar del resto de las etapas de la Ruta del Venerable, aparte de que proyecto mis dolencias del cuerpo y del corazón en las rodillas sangrantes de Cristo y las lágrimas rodando sobre el cutis nacarado de la Dolorosa en la iglesia de La Pastora, respectivamente, y me deleito con singles de catecismo que caen como anillo al dedo en la Venezuela de Maduro: “Un día de bodas el vino faltó / imposible poderlo comprar” (para esta Semana Santa, la diócesis de Cúcuta donó un millón de hostias y 50 letras de vino a la de San Cristóbal).

Es subversivo que, durante un trecho del recorrido, los dos centenares de cristianos en su mayoría opositores que allí estamos marchemos y cantemos por un par de cuadras de la avenida Baralt sin ser agredidos por colectivos, en el mismo día –13 de abril– en que el chavismo conmemora la epifanía del regreso de Chávez después del fallido golpe de Estado en 2002.

Un hombre de imperturbable semblante en sepia, que parece extraído de una salina de la película Araya de Margot Benacerraf, alza ininterrumpidamente una estatuilla de José Gregorio durante los siete kilómetros y más de seis horas de recorrido, como si su petrificado brazo derecho hubiera sido entrenado en gimnasio para la proeza. Me vuelven a asaltar dudas que siempre tuve de pequeño, por ejemplo si el Padrenuestro debe terminarse con un “y líbranos del mal amén” o con un “mas libranos del mal amén”; el mas, en este caso, sin acento, pues se usa como conjunción y no como adverbio. Pero Jesús es verbo, no sustantivo, nos recuerda Arjona.

Ilumina a Maduro, Señor

Cuando un cristiano baila / baila, baila / cadera, cadera / rodilla, rodilla / pie, pie / cabeza, cabeza / así baila un cristiano. Intento que sea un sábado feliz, pero me duele como una lanza de centurión romano en el costado presenciar que ya no existen los chinos de La Pastora a los que les compraba arroz con huevo frito antes de subir al Ávila por el Camino de los Españoles, hace un trío de años. “Estamos cerquita de Miraflores. Vamos a pedir con todo nuestro ser para que el Señor ilumine a nuestras autoridades y que no muera un niño más en el J.M de los Ríos”, trata de convencernos monseñor Ramírez de que Nicolás Maduro es reformable –estoy seguro de que ni él mismo se lo cree– en la mítica esquina de Amadores, donde José Gregorio murió atropellado por uno de los primeros automóviles a velocidad de carrito de chichero que circuló por Caracas, o simplemente se estrelló de cabeza contra una acera por el susto del cornetazo, según otras versiones.

En todo caso, también estamos en un centro energético para espiritistas que al parecer han enchabado el proceso de santificación en el Vaticano, lamenta monseñor. “¡El que lo mató salió libre!”, me grita una doña cuando me acerco a fotografiar la placa conmemorativa, como echándome en cara cien años de injusticia en un país abandonado por Dios.

venerable

Sin sangre derramada por los colectivos

Camino a una iglesia con un techo gótico de decadente grandeza (la Santa Capilla), pasamos al lado del Banco Central de Venezuela, epicentro de la hiperinflación y técnicamente cerrado desde el megapagón del siete de marzo, al parecer para facilitar la extracción ilegal de nuestro oro hacia países como Uganda. Intento calmar sed y hambre al mismo tiempo en dos tugurios que anuncian cocadas con letras enormes, pero en ninguno de los dos venden las cocadas.

No es con espadas, ni con ejércitos, mas como su Santo Espíritu: me pregunto si la letra de No hay Dios tan grande como tú es una admisión del politeísmo cuando sale desafiante de nuestros labios en el momento más tenso del recorrido: una caravana de colectivos en motos nos tocan corneta para que les cedamos el paso en la cara sur de la Plaza Bolívar. “Son unas asesinos, mírales las caras”, me dice en voz alta una beata mucho más valiente que yo. Pero no hay derramamiento de sangre cristiana, solo sorna de los fanáticos del culto laico del comandante eterno: “¿Y eso con qué se come?”, nos pregunta burlón uno de los ancianos que permanentemente miran VTV en el toldito de la esquina caliente cuando desfilan los estandartes de José Gregorio. El asesino esta vez solo es el sol de abril.

Ya en la catedral de Caracas, penúltima estación antes de la tumba del Venerable en La Candelaria, caigo rendido de cansancio en un banquito de madera, los párpados se me derrumban unos minutos y me pierdo el otro momento que más me gusta de las misas católicas, aparte de las canciones: el saludo de paz que me permite darle la mano a desconocidos que más nunca volveré a ver.

“José, José, José Gregorio… por amor a Jesús lo diste todo”, truena el vozarrón ochentoso de Jorge Rigó desde la camioneta pickup cuya planta eléctrica se apaga cada cinco minutos y nos deja cantando a capela. Las autoridades nos ceden un canal de la avenida Urdaneta para que los cristianos lleguemos a la iglesia La Candelaria: “Los policías están nerviosos, esperaban que fuéramos muchos menos y tenemos que pasar por lugares complicados”, nos espolea monseñor Ramírez con la sotana y el gorrito púrpura bañados en sudor bendito.

Me retiro decepcionado poco después de que una multitud nos recibe entre aplausos en la meta final: estamos en época de vacas muertas y solo hay unos contados frasquitos de agua mineral para los que sí tienen cara de ir a misa todos los domingos. Mucho peor: me decepciona que la Ruta del Venerable –que, en un país distinto, podría hasta generar divisas como atracción turística menor– haya sido más un Jueves Santo cualquiera que un auténtico recorrido biográfico guiado por historiadores.

Nadie me ha confirmado o desmentido, por ejemplo, la crucial anécdota del Venerable y La Chaton. Que alguien sea tan disciplinado y fajado como José Gregorio para mí sigue siendo un misterio. Quizás porque no tenía smartphone. ¿Habrá jugado fútbol? ¿Tendría defecto o vicio aparte de la terquedad? ¿Le habrá gustado alguna chama?

Es probable que el Miércoles Santo –que siempre es miércoles de Champions– haga la cola para visitar al Nazareno en la iglesia de Santa Rosalía, más por costumbre que otra cosa. Eso sí: no me verás arrodillado. En esta época de mi vida creo que soy tan devoto de él como de Ronaldo Nazario o Cristiano Ronaldo.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

Encontrando el sentido en un trapo tricolor y en una presidencia hecha de fe

Nosotros, pueblo que carga bidones. Nosotros, hombres de poca fe. Nosotros, los de los zapatos remendados, hemos de iniciar la Operación Libertad, la máxima presión popular nunca antes vista. “Porque nada tenemos, lo haremos todo”, cuentan que dijo el directivo chileno Carlos Dittborn para defender la candidatura de su país como organizador del Mundial de fútbol de 1962 (apenas dos años después del terremoto más fuerte registrado en la historia), cosa que luego se desmintió, pero la frase es tan motivadora que vale la pena citarla aunque sea una bonita mentira. La vida es un poco así.

Sorprendentemente la estación de Chacaíto del Metro de Caracas está abierta y ahí me bajo pasadas las 10:00 de la mañana del seis de abril, fecha asignada para el simulacro de la Operación Libertad, aunque parece que la palabra simulacro se eliminó porque no cayó muy bien en redes sociales. Vengo de pasar por una tarima de la contramarcha del chavismo en la Cantv, cerca de Colegio de Ingenieros, donde un cantante cansino interpretaba Mercedes, de Simón Díaz: tema emblemático acerca de cómo se han estado bañando algunos caraqueños luego del cataclismo eléctrico e hídrico de marzo que recordaremos por generaciones. Mi día ha empezado mal, con los reales botados en dos empanadas aguadas rociadas con una guasacaca amarga.

El punto de concentración en la Plaza Brión no pinta muy bien. La convocatoria es modesta a esta hora, tanto como lo era la del chavismo. Un indigente  con algún tipo de desequilibrio pide ser escuchado en Chacaíto como el verdadero hombre que conducirá a Venezuela al cambio y asegura tener el secreto para extraer nutrientes de la concha de mango. Llega un contingente desde la parroquia San Pedro y la cosa mejora un poco. Empezamos a marchar rumbo a El Marqués, específicamente hacia una de las sedes de la compañía eléctrica Corpoelec, donde alguna vez funcionó el Teatro Cadafe y fui con mi papá a la primera obra dramatúrgica de mi vida. A algún divertimento infantil, no se crean que Shakespeare.

Hay un correlato entre el redespertar de la lucha democrática de Venezuela en 2019 y la climatología caraqueña. Los Salmos 91:6 hablan de la mortandad del mediodía y no hay meses que me parezcan más desconsoladores que marzo y abril. El aire huele a cerro quemado, el sol perpendicular destiñe aquellos azules color cabildo de la primavera de enero, casi no hay rastro de grama verde en ningún espacio público de la ciudad y da la impresión de que en cualquier momento harán combustión el Ávila, el Parque del Este y el Jardín Botánico juntos. La puesta en escena casi operática y la incredulidad mágica de aquel sábado dos de febrero en Las Mercedes, cuando se hizo una concentración para agradecer el apoyo a la comunidad internacional, han dado paso al empecinamiento bíblico de los más persistentes en este abril en el desierto. No sabemos bien qué hacemos aquí, pero es nuestro deber estar.

Vengo de la parroquia San José en el municipio Libertador, pero, buscando desesperadamente un sentido de pertenencia, me descubro a mí mismo convertido en uno de los que llevará la bandera de Venezuela gigante de la gente de la parroquia San Pedro desde Chacaíto hasta El Marqués, junto a diputados como José Guerra y Richard Blanco. Tiene su ciencia el ritual de transportar el símbolo arbitrario de tu país, ese que me gusta pensar que hace más simpática nuestra causa allá afuera en el mundo, porque tenemos unos colores más chillones que Nicaragua, además del mito de las mujeres bonitas. Sería una terapia decente para nosotros los asociales.

Hay que tener cuidado para no pisarle los talones de los zapatos a la compañera que lleva la sección de color azul y mantener el amarillo lo más extendido posible para que la bandera no se convierta en un trapezoide de base roja. Hay que vigilar que la panza del trapo patrio no toque el suelo. Hay que levantar el pabellón nacional sobre nuestras cabezas cuando nos topamos con un hueco en el asfalto para que los de atrás lo veamos. Hay que cantar consignas: “Libertador presente y siempre consecuente”. Intento pegar en el grupo una consigna de mi invención, pero no tengo éxito: “Aquí llegó el Oeste, más fuerte que la peste”.

Nos ponemos en alerta cuando vemos humo sobre el tramo de la avenida Francisco de Miranda que pasa frente al Parque del Este, pero no es más que otra de las quemazones de estos días. Durante el trayecto de unas dos horas nunca vemos indicios de represión. Y solo una vez escucho la frase “Vamos bien”. No está en las tendencias del momento. Mientras, me arden los muslos en la zona de la entrepierna, ya no estoy para estos trotes y menos en temporada de sequía, pero hay que llevar una bandera tricolor gigante a su destino y a eso me aferro como si fuera lo único que explica mi presencia en el mundo.

Nos detenemos ya casi llegando al Centro Comercial Líder, porque no hay más hacia donde avanzar. La bandera de San Pedro –el que negó tres veces a Cristo– es replegada y nos miramos con la satisfacción del deber cumplido, de los que hemos cargado letras de la organización Dame Letra. Empiezo a sufrir la misma fobia que me hizo recibir patada y coñazo en el concierto de despedida de Soda Stereo en La Rinconada (2007), cuando llegué a una posición privilegiada en la olla y luego me devolví arrepentido. Siento que se me va al aire y, como puedo, me abro espacio entre la multitud hacia un borde con sombra de árboles, al lado de un carro de perrocalientes. Necesito sentarme un rato en la acera.

Escucho alaridos lejanos. Eso solo puede ser señal de que o pasa algo malo o ha llegado Juan Guaidó. Es lo segundo. Empiezo a escuchar su voz en un megáfono y creo que está lejos, por los lados del Unicentro. En realidad el presidente tan simbólico como los tres colores de la bandera está mucho más cerca en el espacio de lo que pienso. Entonces me topo con ella. Avanzando hacia las palabras ininteligibles de Guaidó, me encuentro a una ciclista como salida del planeta Pandora que me hace encontrarle un sentido ulterior a este sábado. Si ella está ahí con sus rastas moradas y su insultante autosuficiencia, aplaudiendo a un primer mandatario insólito que es sobre todo una cuestión de fe, entonces yo no estoy tan equivocado de sitio.

Juan Guaidó ya es visible cerca de donde está mi nueva heroína inalcanzable y donde los cascos con cruces azules se multiplican ante una epidemia de desmayos. El presidente, que parece más bien un pana cualquiera, está ahí mismo frente al Centro Líder, improvisando una tarima sobre la parte de atrás de un camión. Detrás de él, una valla publicitaria de una película chavista de 2017 que nunca nadie quitó: La Planta Insolente, biopic de Cipriano Castro. A pocos metros, una pancarta de tela negra: “Trump: intervención ya”. Solo escucho frases aisladas: “El cuatro de enero nadie daba nada”. “Si dudas, ve a tu hijo”. “El cese definitivo de la usurpación”. “Juro”. Levantamos automáticamente la mano, aunque no sabemos qué juramos. “Dios les bendiga”. Un chico toca el “Gloria al Bravo Pueblo” con algo que me suena a saxo o clarinete. Nadie se sabe la segunda estrofa: “¡Apréndanse el Himno, nojoda!”, se enervan unas canas.

No ha terminado de hablar y ya mucha gente se devuelve hacia su punto de destino, como si hubieran tocado la estatua de un santo. Se acerca la Semana Mayor, porque la cuaresma no es otra cosa que un apagón entre dos feriados alargados, y no puedo dejar de pensar en Guaidó como una especie de Juan de Nazaret, una esperanza muy humilde y vulnerable que salió de un peladero de chivos, murió crucificado en Twitter y solo terminó adquiriendo una significación universal con el paso de los años, cuando supimos valorarlo más allá de nuestra impaciencia y descreimiento, para reconquistar finalmente nuestra Tierra Prometida tras un milenio de chavismo.

Y no puedo dejar de pensar en unas letras del grupo Bon Jovi: “And I blame this world for making / A good man evil / It’s this world that can drive a good man mad”. Yo culpo a este mundo, porque puede volver loco a un hombre bueno. Con toda honestidad, no veo manera posible de que esta nueva ilusión llamada Operación Libertad nos haga cruzar el Mar Rojo, pero no tengo más opción que apostar a la más mínima posibilidad de recuperar ese frágil milagro llamado democracia. Y si Guaidó es un hombre enloquecido hablando en voz alta a sus propios miedos, quizás es el único remanso de cordura en esta enajenación para los siglos en que se nos convirtió Venezuela. Dudo, pero así es mi forma de creer: dudando.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

 

Carta abierta a Oriana, la “chama de las tetas”

Querida Oriana: no tienes por qué conocerme, soy un escribidor de fama bastante intermedia. Te conocí, como ya quisiera yo que me conociera una parte importante del país, en la fiebre de un sábado por la noche: el 23-F. Te convertiste en un rostro fresco (sí, yo suelo ver primero las caras) entre imágenes de gandolas que transportaban candela, puentes que separaban, cuerpos que se le atravesaron a perdigones, militares que preferían escapar que reprimir y habitantes originarios tiroteados con arcabuces modernos como en el siglo XVI.

El hecho de que tengas una cuenta en redes sociales y de que te hayas convertido en personaje público me da cierta licencia para escribirte, aunque seguramente te parecerá desagradable que se siga hablando de ti.

Tú misma te has hecho llamar, con ironía, “la chama de las tetas”. Te convertiste en una de las celebridades inesperadas del día en el que, según la promesa del presidente legítimo (e) Juan Guaidó, la ayuda humanitaria debía entrar sí o sí a Venezuela. El aparato de represión de la usurpación no dejó pasar ni una caja de gasas, pero tu caso entró para siempre en mi contrito corazón.

“No es lo que estaba buscando”, suplicas en tu derecho a réplica (por llamarlo de alguna manera). Eso solo lo sabes tú, Oriana, en el fuero más íntimo de tu conciencia: yo creo plenamente en ti (lo de que no eres operada me cuesta un ligeramente más creerlo, aunque ese debate es totalmente prescindible). Quisiste denunciar que estuvieron a punto de asesinarte con una bomba lacrimógena lanzada directamente hacia tu cuerpo, igual que a Juan Pablo Pernalete, durante las protestas en la frontera con Colombia. Te subiste la T-Shirt para mostrar que te habían herido en el pecho. Si en vez de eso hubieras bajado el cuello de la franela, probablemente la habrías rasgado.

Enseñaste también tu ropa interior, obviamente. Unas cuantas personas empezaron a hablar de tus senos turgentes (disculpa el lugar común de soft porno, por favor) y de tus pezones. En cuestión de horas, pasaste de 10.000 a más de 200.000 seguidores en Instagram. La gente empezó a ir hasta abajo, bien hasta abajo, en tu feed de la red social. Te encontraron en la plenitud de tu juventud, radiante como una lámpara LED en un país en penumbras. Encontraron fotos junto a tus padres que se malinterpretaron, y tengo entendido que respondían a un objetivo específico, pero ni siquiera hay por qué justificarlo: en los años 60 la gente hacía esas cosas por paz y amor y no había redes que propagaran la pacatería. Te convertiste hasta en un sticker de WhatsApp.

La chica de Meridiano como institución

Tú no me conoces, repito, Oriana, pero de inmediato simpaticé con tu caso y te defendí en al menos tres chats de grupos de trabajo. Tengo 43 años y en líneas generales me dedico a redactar en medios de comunicación. Hace más o menos una década, de manera anónima, publiqué el Meridianómetro: un blog en el que me dedicaba a comentar (y calificar con puntos del 1 al 10) la foto de la tapa de atrás del diario deportivo Meridiano. Ya quisiera nuestro parlamento tener la fortaleza de esa institución de la babosidad nacional. Mi excusa era mantener, mal que bien, cierta disciplina de escribir a diario sin las ataduras del periodismo. Quizás quería explorar el concepto que entonces tenía de lo femenino, o más bien, de mi visión sobre la imaginería colectiva sobre lo femenino.

El Meridianómetro es parte del legado que arderá con mis cenizas, y que agrupa tanto lo vergonzoso como lo más o menos aceptable. “Yo voy a seguir siendo quien soy: Oriana Gutiérrez. Voy a seguir publicando lo que siempre he publicado”, dices en tu réplica, lo que probablemente es una verdad a medias: algo habrá cambiado en ti luego del 23-F.

Yo hoy no soy el Meridianómetro. Es un pasado que ahora me hace reflexionar sobre cómo he desperdiciado el tiempo. Pero el Meridianómetro fue un momento de una parte de mí que hoy me toca resolver. La esencia del blog es sexista (ponerle puntos a un cuerpo), aunque en él introduje conceptos que entonces me parecían “progresistas”: la defensa de la belleza normal y corriente. La denuncia de la estandarización de lo que socialmente es considerado deseable.

La mitad de los 7.300 millones de seres humanos tiene un par de tetas (en la India son un poco menos: hay 1.108 hombres por cada 1.000 mujeres, debido a los abortos selectivos). ¿Por qué tanto escándalo con unas como las tuyas? Con frecuencia se nos echa en cara a los hombres, Oriana, que jamás sabremos qué es ser madre. Hay algo de lo que a ti probablemente te costará tener conciencia: cómo algunos hombres heterosexuales podemos llegar a venerar a las mujeres y las formas de sus cuerpos.

No estoy diciendo que una mujer no pueda llegar a venerar a un hombre (afirmar tal cosa, por supuesto, también es sexista y discriminador), pero es estadísticamente menos probable que una mujer construya el Taj Mahal por un hombre. Es un mecanismo psicológico que llamamos sublimación, y opera en ambos sexos para canalizar lo que no es otra cosa que el poderosísimo instinto de preservación de una especie que ya no debería angustiarse por eso (lo dicho: somos siete millardos y pico). Ahí encaja también, por ejemplo, la idealización social de la maternidad como el amor más grande del universo, como si una madre estuviera siempre obligada a ser feliz por serlo. Y tantas guerras libradas y ciudades erigidas para enmascarar lo que no es más que un reprimido deseo masculino de reproducción.

Para machos no precisamente alfa como yo, Oriana, las tetas representan todo aquello que nos diferencia y que jamás entenderemos de lo que más adoramos de manera enfermiza. Eso me llevó, en otra publicación, a preguntarle a mujeres las cosas que siempre quise preguntar sobre sus órganos de lactancia materna (y poderosos puntos erógenos) y que jamás me atreví hasta entonces porque no tenía el camuflaje de periodista para desinhibirme. No te puedes imaginar la cantidad de horas que he dedicado, mientras camino en la calle (sobre todo ahora que no puedo comprar aparaticos de música), al pasatiempo de detectar con un radar de rayos X a todo cuerpo femenino que sale a la calle sin sostén. El pequeño milagro del temblor de unos senos libres de esas pantallas atirantadas que sirven como primera barrera de contención. ¡Gran cosota!

Iluminación por la vía de la satisfacción

Como muchos hombres, Oriana, colecciono fotos y videos en un disco duro externo que hubiera arrancado del fuego en caso de incendio. También revistas y DVD en algún rincón de mi casa que prefiero que mi mamá no consiga. No te preocupes, Oriana, no estás ahí (por ahora): con algunos años encima, pienso más en la proximidad de la muerte y otras cosas también han empezado a cambiar. La iluminación de mi conciencia llegó por una vía insólita: mis exploraciones por YouTube en busca del erotismo ingenuo en el que me refugio de mi fobia por el porno rudo. Las youtubers registran hoy retos que se ponen de moda. Por ejemplo: pasar una semana sin sostén.

Donde buscaba excitación, Oriana, terminé encontrando comprensión: mujeres youtubers que hablan abiertamente de lo que sienten (y de cómo son juzgadas socialmente) cuando dejan de usar sostén. Mujeres youtubers que me hicieron comenzar a normalizar lo que hasta entonces era una fijación fetichista estilizada. No me malinterpretes: la excitación ante unos pezones que se marcan siempre estará allí. Soy hombre. Un cuerpo femenino me alborota. Sin embargo, mi mirada en la calle comenzó a cambiar. Veo, por supuesto, pero trato de respetar. Ya no suelto en voz baja comentarios obscenos de depredador inofensivo a seres humanos que no tienen por qué calarse el baboseo de un desconocido, como si el hecho de que fueran mujeres nos diera permiso para agredirlas. Una chica que sale a la calle con un body y más nada abajo ya no es tanto una diosa provocadora y transgresora que debe recibir algún tipo de castigo por la afrenta a mi tranquilidad masculina; aunque, por supuesto, despierta mi placer.

Desde hace un par de años trabajo con mujeres, querida Oriana, que se hacen llamar a sí mismas feministas. No queman sostenes ni están empatadas con otras mujeres. Con frecuencia me hacen pasar roncha, por ejemplo, cuando el Día de la Mujer me mandaron a borrar un tweet presuntamente progre que publiqué en una cuenta corporativa y en el que me refería a los novios y esposos como “aliados que ayudan a las mujeres a cumplir sus roles en el hogar” (dar de comer, lavar, barrer y planchar, me faltó poner). Sin embargo, mi roce constante con ellas también me ha hecho revisar día tras día todo lo que di por sentado desde que, como niño, fui criado en un hogar en el que me malacostumbraron a no asignarme ninguna responsabilidad doméstica.

En medio de un país atrapado en una pulsión por la destrucción, el fanatismo y la muerte, tus fotos y videos se me han convertido en un símbolo de vida. De la complejidad de la vida: no eres la “chama de las tetas”. Eres un ser humano en toda la riqueza de sus dimensiones (incluida la nada despreciable de su aspecto físico y las reacciones sociales que despierta), que merece ser escuchado, respetado y tratado como tal.

“Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco”, dice Fernando Savater en un clásico casi escolar al que retorno cada cierto tiempo: Ética para Amador. Aunque llegué bastante tarde, Oriana, cuenta conmigo como hombre para hacer llegar tu mensaje: “Mis senos los tengo puestos, no me los puedo quitar”. Puedo mirarlos, porque tengo ojos. Puedo disfrutarlos, porque tengo un sexo. Puedo pensarlos, porque tengo fantasías. Lo que nunca se me debería permitir es reducir a ellos tu preciosa persona.

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia 

El doloroso nacimiento de la nueva Venezuela

¡Hola! Si eres un lector de menos de 25 años, quiero contarte que vengo de la década de los 80. Nací en 1975, específicamente, y la verdad es que no recuerdo haber pasado ninguna necesidad grave en mi infancia, más allá de que el Niño Jesús nunca me trajera el osito más caro que yo elegía en los folletos de las jugueterías que venían encartados en los periódicos del domingo, sino un peluche más tapa amarilla. Uno de mis recuerdos más nítidos de esa época es que, en el camino a mi colegio de primaria en San José del Ávila (Caracas), alguien escribió en un muro un grafiti en modo Caps Lock: ¡VIVA 1986!

Me cuesta imaginar a alguien pintando hoy en Venezuela un ¡VIVA 2019!, la verdad.

Lo más parecido a una polarización que vi en mi niñez fue la guerra de las Malvinas: recuerdo que una mañana de 1982, en un descampado en el que se nos torturaba a los gorditos que no podíamos hacer la vuelta canela durante las clases de Educación Física, formé parte de una batalla campal entre argentinos y británicos. Me pregunto si, en un rincón de Buenos Aires, hoy hay compañeritos de salón jugando a la invasión estadounidense de Venezuela.

Crecí en un cuadro relativamente feliz de “familia modélica de padres inmigrantes de origen europeo, que le echaron pichón y pudieron comprar apartamento propio”. Incluso llegamos a tener un terreno con una casa en Higuerote, provisto de una piscina que hizo mi papá con sus propias manos, y que luego debimos vender porque era desvalijada sistemáticamente cada semana por los propios barloventeños que contratábamos para cuidarla. En ese contexto, lo más extraño de mi niñez fue que, a pesar de lo anterior, en mi casa se escuchaba regularmente a Alí Primera.

Convengamos: por si no conoces su obra y te has dejado lavar el cerebro a la inversa por el rechazo que hoy genera todo lo relacionado con el chavismo y por la pavosidad congénita de sus hijos Servando y Florentino, Alí Primera fue un cantautor extraordinario –quizás el más polifacético de la historia de la música latinoamericana de protesta– que, entre la rabia y la ternura, paseaba su vozarrón con soltura por casi todos los géneros populares venezolanos. Te podías aprender sus discos de pe a pa como las canciones de la misa y sus cassettes eran la banda sonora de nuestro viaje de dos horas de los sábados a Higuerote.

Eso sí: en lo ideológico, Alí era un ñángara de mensajes abiertamente insurreccionales. No dejo de sentir escalofríos al pensar que versos como los de Canción bolivariana, que yo escuchaba mientras hacía bolitas de vainilla con la crema de las galletas Oreo en asiento trasero del Fiat de mi papá, eran los mismos que en ese instante inspiraban en los cuarteles a Hugo Chávez con su contradictorio caldo de nacionalismo decimonónico y marxismo trasnochado: “La burguesía es hija de la Colonia y viceversa; la opresión está reunida en masa bajo un solo estandarte; si la lucha por la libertad se dispersa no habrá victoria en el combate”.

Sí, “combate” se refería explícitamente a oposición armada a gobernantes democráticamente elegidos, contra los que una logia semi religiosa se alzó en armas en dos madrugadas de febrero y noviembre de 1992, esta última con los únicos bombardeos desde aviones que hasta ahora he presenciado en mi vida. Aunque entonces fui un chamo de 17 años que formaba parte de una franca minoría (los que pensábamos que las medidas de apertura de la economía señalaban hacia el camino indicado y que era mejor que Carlos Andrés Pérez completara su período presidencial), no dejo de pensar que el hecho de que Alí Primera se escuchara libremente en mi sala de estar –sin que nadie me alertara sobre la importancia de separar música y letra– era un síntoma de que algo no andaba bien. Que no se nos había enseñado lo suficiente ni en la casa ni en la escuela a valorar el frágil experimento de civilidad, siempre bajo la sombra del militarismo que comenzó en 1958.

Y sí: si me preguntas, nunca en el chavismo he visto cacerolazos tan estruendosos como los que le dedicaron a CAP.

La síntesis que vendrá

Toda esta interminable introducción es para decirte algo que, si conoces lo que publicamos y has llegado hasta aquí, probablemente ya sabes: que toda pretensión de revivir lo que tuvimos en Venezuela hasta la mamarrachada de juramento en la toma de posesión de 1999 –los símbolos y los formalismos son más importantes de lo que sueles pensar, amante de la acción– no solo es técnicamente imposible, sino poco deseable. Porque, y disculpa que me apoye en la dialéctica marxista de inspiración hegeliana, solo nos queda esperar la síntesis que traerá el choque de tesis y antítesis.

Lo que vendrá después de estas dos décadas de irresponsabilidad histérica –si es que viene algo después, que jamás lo podremos asegurar con total certeza– será forzosamente diferente a los 40 años que tuvimos antes de ellas.

Permíteme citarte la placa del monumento de las Tres Culturas de México DF, mi argumento favorito contra los tirapiedras que idealizan en idioma castellano un presunto edén prehispánico, como los que derribaron la estatua de Cristóbal Colón de Plaza Venezuela el 12 de octubre de 2004: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

Disculpa las citas un poco de liceo, pero voy con otro de mis gallos: “La existencia humana ha sido en toda época y momento un juego peligroso, y eso vale para las primeras tribus que se agruparon junto al fuego hace millares de años y para quienes hoy tenemos que cruzar la calle cuando vamos a comprar el periódico”, recuerda Fernando Savater en Ética para Amador, aunque en Venezuela ya no tengamos prácticamente hoy periódico que comprar.

Nuestra naturaleza está marcada por la insatisfacción permanente y el conflicto. Hoy algunos de nosotros aplaudimos que cualquier medio es válido con tal de quitarle al chavismo sus herramientas de destrucción. Quizás dentro de 20 años veremos llegar al parlamento a políticos de izquierda cuya campaña se basará en denunciar que “lo ocurrido en 2019 estuvo viciado en su génesis por la bendición del imperialismo estadounidense”. No lo sabemos, jamás se inventará la máquina del tiempo. El chavismo quizás podrá ser derrotado por completo, no así la insatisfacción que le alimentó.

Cuando fui niño nunca dejé de tener un vaso de leche y un pedazo de pan con mantequilla, pero siempre fui un privilegiado: pásate algún día por los periódicos de 1988, para que veas cómo, durante el Gobierno del adeco Jaime Lusinchi, los controles de la economía y la escasez de productos básicos (menos duros que lo que vivimos hoy día, por supuesto) derivaron en el segundo de los cuatro grandes shocks de la psicología del Estado de Bienestar venezolano: el Viernes Negro de 1983, el Caracazo de 1989, la intentona militar de 1992 y la crisis bancaria de 1994, la que terminó de torcer para mal el destino de una familia: la mía, que hasta entonces podía pagarse unas vacaciones en ferry para Margarita cada par de años, de las que regresábamos no solo con ropa nueva comprada en la zona franca sino con un par de tomos nuevos de mis enciclopedias de zoología.

“Aunque las autoridades reconocen que son justas las demandas de los médicos, cuyo ingreso no alcanza ni para comprar la cesta de alimentos, también alegan que no tienen presupuesto para satisfacer el aumento exigido”. Esa cita, seguro te debes haber dado cuenta, no puede ser de 2019, sino de la huelga de médicos de los hospitales públicos de diciembre de 1996, en la que se inspira parcialmente la película La Hora Cero (2010). Por supuesto, 1996 ya no era el esplendor de la Cuarta República, sino su decadencia. Pero el recordatorio es válido, en medio de la aberración económica de dimensión planetaria de la administración Maduro, para recordarnos que casi nunca la mayoría de la gente ha estado satisfecha con lo que tiene en la cuenta bancaria. Aunque salta a la vista que, al menos en 1996, no teníamos en Miraflores a fanáticos que negaban sistemáticamente la realidad de los problemas ni sus limitaciones para resolverlas.

La Venezuela que vendrá de esta pesadilla, si es que terminamos de salir de ella –o alcanzamos algún punto de equilibrio de normalización de lo horrible–, será forzosamente el parto doloroso de algo que no se parecerá a nada de lo que tuvimos antes. Probablemente nos hará mejores a los que hemos vivido este eclipse de la racionalidad occidental, pero los que vendrán después tendrán que experimentar sus propios aprendizajes. Nos corresponderá dejarles la enseñanza de proteger a esa bebé siempre amenazada de hambre que se llama libertad.

FOTO: Jon Cárdenas

 

Por Alexis Correia |  @alexiscorreia

 

Prohibido ser neutral: necesitamos el VAR en las elecciones

En el descanso entre Mundiales, se juega la Copa Venezuela, no la de clubes sino una de naciones. Es un trofeo peculiar porque siempre se ha dicho que brilla radiante de oro y otras riquezas (y bellezas), pero en realidad su estructura interna sigue siendo de cartón. El torneo es incómodo no solo por atravesado, sino porque nadie sabe exactamente qué hacer con él. Muchos ni siquiera están seguros de que les convenga ganarlo. Está asociado a una saga de arbitrariedad –que no es un sinónimo de arbitraje justo–, autoritarismo, usurpación, represión y dinero sucio.

La selección de Estados Unidos nunca ha sabido demasiado de este juego del que hablamos, pero en la teoría cuenta con todos los recursos para vencer en la competición. Hasta ahora es una de las que muestra más intención en llevarse la Copa, como suele manifestar su staff técnico, últimamente muy activo en las redes sociales. Bastantes puristas alegan que el único interés del equipo de las barras y las estrellas es hacer negocio, convertir este deporte en un show y autoproclamarse campeón.

En todo caso, en medio del desconcierto y la desmotivación que infectan a otros países, los gringos ven una oportunidad a pata de mingo de su confederación y están jugando fuerte. Que sean más bulla que la cabulla es otra cosa. La plancha aspirante a tomar las riendas de este deporte en Venezuela, bloqueada por una cúpula que controla la Federación de manera ilegítima, sabe que un competidor tan influyente representa una de las poquísimas posibilidades de hacer el torneo un poco más parejo y limpiar el tan maltratado nombre de la Copa. No importa que sea un equipo torpe con el balón: si les abren la frontera, ayudarán con el Gatorade y el Dencorub.

Getty Images

Los europeos siempre han conocido los matices y sutilezas de este delicado juego, aunque debido a que están enfrascados en sus propias competiciones y los traslados implican cruzar el Atlántico en fecha FIFA, no están muy seguros de si quieren meterse en esta Copa. Potencias que han ganado el Mundial como Francia, Alemania, Inglaterra y la últimamente venida a menos España han manifestado su respaldo al juego limpio, aunque no están seguros de si enviarán sus jugadores titulares a la lejana Sudamérica. En todo caso dan cierto prestigio a la dispareja competición.

Aparte de los grandes animadores, por supuesto, hay un coñazo de selecciones europeas más o menos competitivas que ven con simpatía la plancha opositora aspirante a lavar la bananera reputación del torneo, aunque en general es difícil que estos equipos tipo Austria o Polonia pasen mucho más allá de los octavos de final. Una muy modesta selección que nunca ha clasificado al Mundial podría convertirse en una de las revelaciones e incluso protagonista crucial de esta definición, debido a los secretos que conoce sobre el fair play financiero: Andorra. Es un principado no mucho más grande que el Vaticano, oncena que, aunque juega con sotana, se ha dejado meter unos cuántos caños esta temporada.

La Conmebol cuenta con selecciones campeonas como Argentina y Brasil, e incluso otras que han organizado Mundiales como Chile, aunque hace tiempo que no ganan un torneo importante y suelen ir cada una por su lado. La confederación regional está debilitada, a pesar de la despeinada angustia de su presidente, un tal Almagro. Últimamente el que lleva la voz cantante es un grupete que se reúne en Lima para pedir que dejen jugar al Guerrero (Paolo).

Como esta competición es atípica, Colombia es uno de los equipos que está más interesado en el torneo. Resolver esta eliminatoria se le ha convertido en un asunto de primerísimo orden interno, de hecho, tanto en el aspecto económico como social. Parece un competidor serio y no hay que subestimar las armas (deportivas) que ha ido acumulando. Con hombres como Cuadrado, quieren impedir que la arepa se les siga poniendo ídem.

Como en todos los torneos internacionales, hay equipos sucios y equipos aburridos que hacen que muchos partidos no merezcan ser televisados. Rusia ganó la sede del último Mundial a punta de billete y Putin quiere tener una selección campeona así tenga que comprar árbitros y manipular el VAR, aunque le sigue separando una distancia considerable de las selecciones aspirantes. Han despedido técnico tras técnico y a veces tienen la sensación de que han perdido esos reales.

AP

China desde hace rato quiere ser un actor de primer nivel en competiciones internacionales, pero lo hace de manera irresponsable. Para conquistar mercados están dispuestos a todo, menos a exigir una competición más limpia. Ellos tienen una palabra para hacerse los locos ante la violencia en la cancha: in-je-len-cia. Irán es una lástima, porque si se dedicaran a jugar en vez de agredir, podrían dar muy buen espectáculo. Turquía se ha vuelto una experta en la tramposería, nada que ver con el simpático equipo que llegó a semifinales en el Mundial 2002.

¿Qué pinta Cuba en este deporte? Siempre ha sido un fantasma. Pero aunque muchos no lo recuerdan, hizo algo que nunca ha conseguido Venezuela: jugar un Mundial. Ha aprovechado el factor experiencia para aferrarse a sus posibilidades de supervivencia y, al menos en esta fase clasificatoria, se han desempeñado como si estuvieran jugando beisbol. Han entrado al terreno de juego con bates de aluminio, pues. En eso de aporrear y vigilar las señas de los entrenadores contrarios son expertos. No sabrán mucho de 4-4-2 o  4-3-3, pero sí de la táctica antirreglamentaria conocida como G2.

Y llegamos a los países ladillas que nunca faltan en todo Mundial. Juegan para mantener el empate 0-0. Andan haciendo turismo en esta definición que, luego de un tiempo extra de 20 años, no se resuelve desde los 11 metros debido al mutismo de la Corte Penal Internacional, organismo que, como sugiere su nombre, se encarga de supervisar que los arqueros no se muevan antes de tiempo en las tandas de penales.

Hasta selecciones que han sido campeonas del mundo, como Uruguay e Italia, se han puesto fastidiosas. Sus delegados se la pasan quejándose de las selecciones que sí salen a ganar la Copa como sea, pero en el pasado se quedaron callados cuando vieron piernas fracturadas, árbitros amañados o futbolistas mal alimentados. Sorprende el silencio ante el fraude monumental del 20 de mayo. En el caso charrúa, hay sospechas sobre la titularidad del hijo del director técnico que hacen quedar como una caimanera de futbolito en el Parque del Este aquella insistencia de Richard Páez de poner siempre a Ricardo David. Como en todo deporte de contacto, hay tiempo de rectificar.

En Italia lo echó todo a perder una agencia de management llamada Movimiento Cinco Estrellas, que buscó y buscó en el Calcio y la única estrella actual que consiguió fue el importado Cristiano Ronaldo. Finalmente se impuso en la anodina Squadra Azzurra el viejo Catenaccio, táctica conservadora que consiste en dejar encadenados a los defensores de la democracia. De la portería, quisimos decir.

Ante el tedio de los que no quieren abandonar su área, uno no debería ser neutral. El nombre del juego es la alternabilidad.

El caso de México es lamentable. Siempre está en los Mundiales, y aunque es genéticamente imposible que pase de octavos de final, suele dar un espectáculo alegre y vistoso. Esta vez llegó nueva gerencia de educada pierna zurda que pretende salir de perdedora, aunque ha desvirtuado su esencia y ha traicionado a la Tricolor. La bandera mexicana, claro.

Al igual que la final de la Copa Libertadores 2018, nadie sabe cuándo y cómo terminará este extraño torneo llamado la Copa Venezuela. Se supone que la barra de los aficionados de la Vinotinto deben arreglárselas por sí mismos para escapar al mote de perdedores, aunque en su deteriorado estadio enfrentan a un rival de Fútbol de Altísima Efectividad en el shoot y con la desventaja añadida de un balón imprevisible por hiperinflado. Las reglas de la FIFA no son muy claras en casos como estos. Lo cierto es que solo les queda repetir en las gradas el cántico que se han aprendido este 2019: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. No hay futuro para las divisiones menores sin un nuevo presidente en la Federación.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

#LuisVicenting: 10Escenarios (im)posibles para 2019

¿Habrá transición este 2019? ¿O todo seguirá igual, es decir, siempre un poco peor? Los economistas tipo Luis Vicente León que analizan “escenarios país” son los nuevos astrólogos: puedes hacerte rico prometiendo que cada año seremos más pobres. Adriana Azzi pronosticó para 2018 que el cáncer “recorrería los pasillos de Miraflores” y se peló: debió haberlo dicho en 2011. Proponiendo diversos escenarios, casi nunca quedas tan mal.

¿Qué pasará en este país después de la decisiva fecha del 10-E? Reduce tu incertidumbre con nuestro #LuisVicenting: te garantizamos que es prácticamente imposible que en 2019 no suceda alguno de estos 10 escenarios tan exhaustivos como una charla táctica de Pep Guardiola antes de jugar con el Liverpool (pero para que no nos pase como Adriana, mejor digamos que es casi imposible).

1. Escenario Renny Ottolina: no, no es que va a resucitar el showman de la TV que muchos siguen pensando que pudo haber cambiado la historia contemporánea de Venezuela. A lo que nos referimos es a su apodo: el Número Uno. ¿Cuál es siempre el escenario Número Uno? Que todo siga igual. Siempre es lo más fácil: todo cambio requiere vencer a la pereza, uno de los más subestimados rasgos de la humanidad. Maduro asume el 10-E y nada se lo impide. Sigue habiendo hiperinflación (taima, acuérdate de que en Nicaragua duró cinco años) y hay una nueva reconversión en junio. La comunidad internacional patalea pero se hace más o menos la loca. La gente se sigue yendo, pero nunca todo el mundo, cuando mucho un tercio de la población. Todo empeora indefinidamente menos el sol, que cada mañana sale para todos. La Constituyente sigue sin elaborar ninguna constitución y se dedica a retrasarle la pelota a los defensas centrales (a.k.a quemar tiempo). Los militares se percatan de que no toda Venezuela es igual al C.C. Los Próceres, pero ante la posibilidad de una transición, concluyen que: la pinga.

¿Muy pesimista todo? Recuerda siempre esta máxima budista: “Muchas veces la solución a los problemas más grandes está en no hacer nada”.

2. Escenario Disney: Maduro tiene un sueño el 9 de enero y recapacita. Decreta en Gaceta Oficial que todo lo que ocurrió después del 31 de marzo de 2017 –el día en que Luisa Ortega dijo que se había roto el hilo constitucional– jamás existió. La Constituyente se disuelve a sí misma y deja la vaina así, se elimina el carnet de la patria, se juramentan los diputados del Amazonas (que probablemente ya fallecieron de malaria o se convirtieron en mineros ilegales) y se le restablecen todas sus competencias a la Asamblea Nacional. Se organizan nuevas elecciones presidenciales sin ninguna restricción, pero Henrique Capriles y María Corina Machado se postulan por separado y dividen los votos de la oposición. Un mundo ideal solo existe en la película de Aladdin.

3. Escenario Pixar: escuchado hace unos días en la radio, no estamos inventando. El Gobierno venezolano se harta de ser un paria internacional. En este momento, mientras tú lees estas pendejadas, hay gente preocupada por nosotros negociando en un cuartico con unos whiskies de por medio y no nos estamos enterando. Se le pone plazo y límite a la actuación de la Constituyente. Los partidos de la oposición son habilitados, sueltan a los presos políticos y se renuevan las autoridades electorales, con un pequeño detalle: un acuerdo para que no haya presidenciales hasta 2025. Siempre hay que ceder algo a cambio, ¿qué te crees?

4. Escenario norcoreano: a pesar del discurso oficial contra las remesas ilegales, algunos concluyen que, para regímenes como el cubano o el venezolano, fomentar la diáspora es negocio. En Harvard estiman que, sin ningún cambio económico, la legión extranjera podría superar los ocho millones en 2019. ¿Pero qué pasaría si el Estado-PSUV determina que una emigración excesiva hace inviable su permanencia? Pues siempre hay que estar preparado para el peor escenario posible: nos volvemos Corea del Norte, probablemente el sistema de control social más depurado de la historia de la humanidad. Los Golden State Warriors, pues. Venezuela construye muros no para impedir que venga gente, sino que se vaya. Para emigrar debes arriesgar el pellejo. Desaparecen todos los medios privados, se restringe Internet prácticamente solo para turistas y funcionarios y se perfecciona el aparato de reeducación, sumisión y represión. ¿Quieres consuelo? 27% de la población nocoreana sigue siendo considerada “incorregible”, 45% “oscilante” y solo 28% totalmente leal al partido único, según el libro Diarios de Corea de Bruno Galindo.

5. Escenario Tormenta de la Selva: harto de tener un vecino que apesta a la palabra que más aborrece (socialismo), el nuevo presidente Jair Bolsonaro acomete una operación militar de liberación de Venezuela. Solo después recuerda lo lejos que está Caracas y que en medio está atravesada la jungla amazónica. De manera remotamente similar a lo que le pasó al ejército napoleónico en el invierno ruso, las tropas brasileñas emprenden la retirada doblegadas no por los milicianos venezolanos, sino por la plaga. En todo caso, parece más probable una invasión del ELN que de la planta insolente de un ejército extranjero.

6. Escenario Pizarra Mágica: estamos tan desesperados porque ocurra algo, que mentalmente nos aferramos a cualquier palo de ahorcado. Por ejemplo, esa colonia bacteriana fuera de control llamada Constituyente. Por ahí ha circulado la tesis de la “Megaelección” convocada por la ANC. Vamos de nuevo a las urnas para renovar todos los poderes, incluida la presidencia. Con el mismo CNE actual y los puntos rojos que te esperan en la bajadita a la salida del colegio; pero bueno, no importa, el fútbol lo juegan once contra once, la pelota es redonda para todos y siempre queda la posibilidad de que se le salga una rueda a la carreta.

7. Escenario Mnangagwa: léase “Manguangua”. Una mañana de Dios de noviembre de 2017, los zimbabuenses amanecieron con la noticia de que la lluvia ya no caía de arriba hacia abajo y el presidente ya no era Robert Mugabe. Días después se conoció el nombre de su sucesor: Emmerson Mnangagwa, un caimán del mismo caño con 20 años menos (tiene 76), miembro de su mismo partido y también sancionado por la comunidad internacional. ¿No querías transición? Toma tu transición. No olvides que antes Mugabe estuvo en el poder 37 años, por lo que poner fecha tentativa a una eventualidad así es jugar con las esperanzas de los venezolanos. Consuelo: Bob Marley escribió una de sus canciones más emotivas para Zimbabwe. Afortunadamente el bueno de Bob no vivió para ver cómo esta nación africana llegó a tener un billete de 100 trillones de dólares zimbabuenses.

8. Escenario Gaige Kaifang: lo que nos calamos el pasado 29 de noviembre (aumento del sueldo que se vuelve agua sin ninguna reforma económica de fondo) fue solo un bluffing preelectoral. Consigue el número oculto en la caricatura de Panchita: en 2019 veremos lo que ocurrió en China en 1979, es decir, apertura pragmática al capitalismo salvaje. Hay quienes sostienen que esto está ocurriendo ya con vaselina, vía aumento del Dicom. Claro, el PSUV mantiene el coroto político bien agarrado y es probable que solo se lucren realmente los bolichicos de siempre, pero al menos podemos comprar celulares chinos, se construyen malls en Charallave y de rebote hay más comida disponible en la basura. Luego de mandar una nave a la cara oculta de la Luna, los chinos ahora recuperan nuestra industria petrolera. Tareck El Aissami es elegido Persona del Año por Time Magazine.

9. Escenario Krakatoa: así como es probable que en 2019 todo siga más o menos igual a 2018, tampoco se descarta que empeore drásticamente. Se queda muy corto el pronóstico del FMI de una inflación de 10 millones por ciento. Rusia, China, Turquía y compañía extraen materia prima sin que les conmueva el llanto de Valentina Quintero y presenciamos dolorosas escenas al estilo del árbol arrancado de la película Avatar; por ejemplo, la implosión del Auyantepuy para extraer coltán. El resto de la comunidad internacional decide aplicarnos una ley del hielo masiva y borrarnos de los atlas de geografía. Nos regalan armas nucleares para defendernos de los gringos pero los manuales están en alfabeto cirílico y nos equivocamos al manipularlas. Básicamente nos volvemos una placa tectónica que se hundió, un hueco en el mapa, un volcán que explotó y desapareció, lo que no deja de tener su grandiosidad épica.

10. Escenario Arcángel Miguel: lo que llaman el cisne negro (o el gorila albino). Algo totalmente inesperado, aunque no sabemos exactamente qué, hace que todo lo que estaba trancado se destranque como con Diablo Rojo. Se recupera la democracia pero no como una guanábana adeco-copeyana, sino una síntesis totalmente novedosa de lo mejor de nuestro pasado. Empiezan a regresar los que se fueron, aunque la verdad es que muchos sienten flojera y prefieren quedarse donde están. Vuelve RCTV. Se elimina el Ejército. Se construye un Memorial del Holocausto Venezolano en el Ávila para que lo vean todos los que llegan por Maiquetía. El país se parece a la cuña aquella del bus. Los alemanes asustados por la extrema derecha atraviesan el océano y convierten Ciudad Caribia en la segunda Colonia Tovar. Evolucionamos como seres de luz y aceptamos pagar tarifas justas por nuestros planes de datos. Caracas es la Nueva Jerusalén. Celebramos como al final del Episodio VI de Star Wars, pero con moderación, tolerancia, tacto y buen gusto para que no sustituyamos un resentimiento por otro.

¡Feliz 2019, a pesar de todo! Cada nuevo día es siempre es una página en blanco. Atrévete al reto #LuisVicenting y lánzanos tu escenario más probable. ¿Se te ocurre un número 11?

 

Por Alexis Correia

Mis 18 años en El Nacional: soy parte de una muerte envuelta en papel periódico

Llegué con 20 años a la antigua sede del diario El Nacional, en uno de los rincones más sórdidos de la urbanización caraqueña El Silencio, para mi primera entrevista laboral en marzo de 1996. Debajo del brazo llevaba mi único currículum: los cuadernos manuscritos que había elaborado desde niño, en los que anotaba las alineaciones de los partidos de fútbol y dibujaba las formaciones tácticas de los equipos, junto con esquemas de ambos uniformes coloreados con lápices Berol Prismacolor.

La artimaña funcionó: Cristóbal Guerra, al que probablemente has escuchado en los Mundiales como comentarista lírico de Venevisión –y quien todavía es mi principal maestro de periodismo–, me dio trabajo como pasante en la redacción de Deportes.

En El Nacional permanecí casi 20 años, con algunas interrupciones, bajo casi todas las figuras contractuales concebibles. Quisiera contar a los chamos que hoy están estudiando Comunicación Social en universidades venezolanas algo que probablemente jamás vivirán: cómo era la redacción de un diario impreso clásico, en su momento el de mayor prestigio intelectual del país y el que en diciembre de 2018 publicó sus últimos periódicos en papel, previo desdibujamiento de su fortaleza de marca en el ecosistema de medios digitales.

Yo formé parte marginal de algo parecido a un All Star del periodismo criollo.

Fumar no es la única mala maña

La vieja sede de El Nacional quedaba a escasos metros del último exponente caraqueño de un modelo de negocios conocido como cine porno: el Teatro Urdaneta. Cuando entré al diario en 1996, en toda la redacción sólo había una computadora con Internet: la gente hacía colita para buscar una entrada en Yahoo! o abrir una cuenta de correo en Hotmail. Posteriormente los jefes de secciones empezaron a contar con conexión a la web. Presencié cómo, en sus horas muertas a la espera de textos que aún se estaban escribiendo, algunos de esos jefes empezaban a descargar porno en sus PC, en un ciclo de hábitos sexuales que aceleraría la agonía de espacios con olor a semen, orina y sudor rancios como el Teatro Urdaneta.

En su era dorada (yo llegué a vivir solo los peores tiempos de los tiempos mejores), El Nacional era un modelo de especialización extrema en una estructura física enorme, difícil de imaginar para los que trabajan en la oficina de un portal web actual. Cada una de las grandes secciones (Política y Sucesos, Economía, Deportes, Cultura, Espectáculos, Internacionales, Ciudad, etc) contaba con una planta de alrededor de diez periodistas, más dos o tres pasantes y un par de jefes de sección con su respectiva secretaria. Por decir un caso: en Deportes había un especialista para escribir exclusivamente de baloncesto y, aunque hoy parezca insólito, una periodista solo para voleibol.

No vengo de una familia de intelectuales. El periódico que se leía en mi casa era Últimas Noticias, y quizás El Universal los domingos, por aquello del crucigrama de la revista Estampas.

El Nacional, incluso en los años de pre-decadencia que a mí me tocó vivir, era la reserva forestal de las mejores plumas de Venezuela. Allí se vivían cosas como que una o dos veces al mes estos intelectuales revoloteaban alrededor de la feria en miniatura que montaba sobre un armario de lockers el librero Esteban Brassesco: ese al que llamaban “el librero de los periodistas”, pues iba quincenalmente a la redacción a ofrecer y recomendar joyas editoriales a muy buen precio.

Repasar nombres es ocioso y siempre injusto. Me bastaría con decir que Vanessa Davies, a la que hoy debes conocer como una periodista –algo rayada– del chavismo crítico, tenía un otro yo como la autora de algunas de las entradas de textos más exquisitas que puedo recomendar a aprendices de escritura creativa. Y eso sin hablar de que había un segundo piso solo para fotógrafos y diseñadores, y hasta una flota propia de choferes, con los que un chamo de 20 años lleno de inseguridades y carencias afectivas se involucraba en una compleja red de complicidades humanas.

Porque una redacción de periódico era también un depósito de patologías y manías, lo que puede explicarse en una jaula ratonera sin ventanas en la que profesionales permanecían encerrados más de un tercio de sus vidas peleando con sus teclados, sus obsesiones y sus egos. Como pasante de El Nacional (entré haciendo jornadas de diez o más horas diarias y guardias de fin de semana de manera 100% voluntaria, lo que violaba las normas sindicales) presencié el suicidio de un compañero, además de una pelea que por poco terminó con periodistas dándose unas manos, vidrios rotos a puñetazos y episodios varios de acoso sexual laboral y adicción al alcohol y otras sustancias.

Yo mismo –a pesar de que sentía desprecio por máximas tipo “el periodismo es café y cigarros” (una de las favoritas de Cristóbal Guerra) y por el mundillo de comederos de mala muerte, bares y prostíbulos que servía de entorno a la vieja sede de El Nacional– no pude evitar incurrir en deformaciones del manual sexista: concebir la redacción de un periódico como un dispensador infinito de pasantes femeninas muy jóvenes y atractivas, a las que aplicaba tácticas de depredador inofensivo pero muy desagradable. O engañarme a mí mismo pretendiendo que podía ser amigo íntimo de actrices de TV o modelos de pasarela, en los años en que trabajé en la sección de Espectáculos y Farándula. Por decir algo: llegué a enviarle bombones a Venevisión a la ex miss y chica del tiempo Patricia Fuenmayor, de quien todo el mundo me advertía que tenía sonrisa de tonta, pero por cuyos casi dos metros de estatura experimenté una especie de infatuación fatal, como me ha solido pasar con otras maracuchas de piel de porcelana.

En la redacción de El Nacional me enamoré cuatro veces, una de las cuales fue de la periodista de voleibol (también una de mis jefas, pifia profesional que te recomiendo evitar en lo posible). Me consta que se enamoraron de mí al menos dos veces. En ninguno de los casos hubo correspondencia. Dañé un microondas con unas cotufas calcinadas, me convertí en obeso mórbido y adquirí gastritis crónica y patologías de columna vertebral que probablemente me acompañarán el resto de mis días. Esto de pasar horas tecleando frente a una computadora no es un hábito natural en la evolución humana.

El lugar donde vi a Chávez

En la sede de El Nacional vi en persona por única vez a Hugo Chávez, cuando acababa de ser elegido presidente y visitó la redacción para un foro dominical (no llegué a darle la mano, calma pueblo), un gesto normal en democracia que hoy se me hace irreal. Seguramente habrás leído en redes que la política editorial de El Nacional fue responsable de que Chávez llegara al poder. Estuve ahí adentro esos años. Desde mi punto de vista ingenuo, lo único que puedo agregar es que siempre me pareció un medio plural, donde convivía gente de todas las tendencias de pensamiento. De hecho, vi como uno de mis mejores amigos se transformó en chavista, como reacción a lo que consideraba una jefatura de línea opositora radical.

En El Nacional me quedé atrapado una noche en 2001 durante el primer episodio grave de acoso a un medio de comunicación, cuando un grupo de manifestantes chavistas encabezados por Lina Ron amenazó con quemar el edificio con nosotros dentro. Desde las únicas ventanas externas del piso 1 (en la sección de Internacionales y Diplomacia), presencié cómo la gente huía de las balas en los alrededores de Miraflores el jueves 11 de abril de 2002. Vi a algunos compañeros indignados el viernes 12, por lo que llamaban un “golpe de Estado de derecha” de Carmona Estanga. Huí de la redacción en plena guardia del sábado 13 (violación grave de los códigos no escritos del periodismo), para refugiarme muerto de pavor en una pensión de mala muerte de los alrededores, después de que leí en un cable de agencias internacionales que un general de apellido Baduel encabezaba una revuelta en Maracay para restituir a Chávez en el poder. Recuerdo que mi asignación de aquel día era llenar media página de periódico con una nota del aniversario de Bugs Bunny, o algo por el estilo.

Como no entregué tesis en la escuela de Comunicación Social en la UCAB (léase: les escribe un pirata no graduado), nunca formé parte de algo que suena a rareza exótica en estos tiempos de predominio de la libre asociación: el sindicato de periodistas de El Nacional. Con frecuencia me aplicaron malas caras y leyes de hielo por firmar un contrato no avalado por el gremio. Fui testigo de pancartazos y asambleas interminables por derechos laborales y reivindicaciones salariales, cuyo objetivo era retrasar la elaboración del periódico mediante operaciones morrocoy. Una de las medidas de protesta más extremas que observé fue la publicación de una edición en la que nadie puso su firma en ningún texto. Sí, puede parecer poca cosa, pero la firma es el único patrimonio del que disponemos los que nos dedicamos a teclear.

Una sede con menos burdel

El Nacional se mudó a una sede más grande, moderna, aséptica, cómoda y presuntamente segura en 2006: una antigua planta industrial de margarina y mayonesa en Los Cortijos de Lourdes, en el municipio Sucre. El nuevo y enorme estacionamiento permitía posibilidades como la celebración de espectáculos: allí se organizó un Festival Nuevas Bandas, por ejemplo.

En Los Cortijos me vieron perder casi la mitad de mi peso: mis compañeras en la sección de Espectáculos se calaban mi perfume corporal después de regresar de dos horas de gimnasio, casi siempre sin ducharme. También inicié allí un plan de ahorro franciscano después de que, con la llegada al poder de Nicolás Maduro, se precipitó una recesión que ha derivado en tobogán interminable al infierno: recuerdo que llevé a la redacción una olla eléctrica arrocera-vaporera para preparar mi frugal almuerzo cerca del rincón de los fotógrafos, que me miraban con una mezcla de asombro y compasión.

Y no, no estaba allí cuando se anunció en cadena televisión la presunta muerte de Chávez el cinco de marzo de 2013: mi horario de salida a las 4:00 pm (gozaba entonces del raro estatus de ser un periodista con hora de salida) y ya regresaba a casa en el Metro.

Nada fue igual. Comenzó también un período de desplome de una marca que solo en parte tiene que ver con la escasez de papel periódico en Venezuela, y con el ocaso en general de los diarios impresos en todo el planeta. En dos platos: lo que vemos hoy en www.el-nacional.com no es demasiado representativo de la experiencia de lectura que ofreció El Nacional en papel con sus 75 años de tradición encima. Su web, en general, luce rezagada con respecto a lo que hacen hoy en Internet o en redes otras marcas con menos tiempo en el mercado de contenidos editoriales como El Pitazo, Crónica Uno, Prodavinci, Runrunes, Tal Cual y, sí, también esta relativamente modesta y novata Revista Ojo.

¿Escasa capacidad de la gerencia encabezada en el exilio por Miguel Henrique Otero (hijo del legendario Miguel Otero Silva, un punto de comparación eternamente ingrato) para anticipar lo que venía, conseguir vías de financiamiento alternas a la publicidad en papel y escapar del rol de cordero de sacrificio de un régimen autoritario que, en boca de uno de sus principales verdugos, ha expresado claramente la voluntad de destruir o apoderarse de la marca? ¿Gente que se llevó unos reales? ¿Sueldos poco competitivos? ¿Un éxodo masivo de cerebros que fue vaciando la redacción? ¿Un “entorno país” (sorry por la expresión) imposible de eludir? ¿Mala leche y ya? No soy quien para pararme a dar lecciones de marketing. Después de todo, aunque lo cualitativo se cuestione, tengo entendido que las evaluaciones cuantitativas de clics en el punto.com siguen siendo sólidas. E igual sigo soñando con la recuperación del medio que fue mi escuela, mi casa, mi despecho, mi fuente y mi paño de lágrimas.

Renuncié a El Nacional en marzo de 2014, poco después de atestiguar en sus alrededores una guerra civil en pequeña escala. En ese medio de comunicación registré mis pocos logros profesionales. Y comenzaron todos los patrones de fracaso que sigo arrastrando hoy, y que forman parte inseparable de mí. Quizás las empresas y las personas nos parecemos: como Wolverine, nunca duraremos para toda la eternidad, pero quizás nos quede siempre al menos una oportunidad de sacar las garras y regenerarnos.

Por Alexis Correia

Jonrón Pepsi

La semana que empezó con una estrella y terminó estrellada

¿Qué hacían en Venezuela? ¿Por qué estaban viajando por carretera de noche?, son las primeras preguntas que me hacen, el viernes siete a las 6:00 de la mañana, dos compañeras en un grupo de WhatsApp de trabajo, cuando se enteran de la muerte de los peloteros José Castillo y Luis Valbuena. Con variantes, me pueden hacer esas preguntas a mí: ¿qué hago todavía en Venezuela? ¿Por qué estoy escribiendo en la madrugada de un domingo cuando podría hacer algo que me diera más plata? Y la respuesta es, básicamente: por costumbre. Porque es lo único que sé hacer y, en el fondo, me sigue gustando.

No dejo de pensar que Luis Valbuena pudo haber sido invitado al Jonrón Pepsi del lunes 3 en el estadio Universitario en vez de, digamos, César Hernández, que ni bateando los 15 cuadrangulares que pegó este año con los Filis de Filadelfia podría camuflarse jamás como bateador de poder. No es que Luis estaba haciendo chillar la pelota (ese modismo que ya puede considerarse micromachista), pero después de todo estaba segundo entre los jonroneros de la liga local con siete y había sido de los bateadores más encendidos desde noviembre. Lo que quizás, por aquella teoría pasada de moda que llamaban Efecto Mariposa, pudo haber cambiado su destino.

No dejo de pensar que José Castillo fue una de las estrellas de la última temporada a la que acudí al estadio con regularidad como aficionado, la 2008-2009. Era la época en que jugaba con los Leones, le ponían en los altavoces una canción de Franco y Oscarcito (L´Squadron, llamaban al dúo, supongo que del mismo dialecto del latín del que salió el vocablo Mackediches), él hacía como un hacha con el brazo cuando pegaba un hit y por esa tontería se armaban tánganas. Era la época en que yo estaba enamorado de mi jefa (algo que recomiendo evitar) y me gasté todo el sueldo para comprar en reventa dos entradas en palco de terreno e invitarla al sexto juego de la final que perdió el Caracas con los Tigres. Fue mi jefa la que, semanas antes, me enfrentó a una realidad que hubiera preferido no escuchar: “La mayoría de los peloteros son chavistas”. Lo único que disfrutamos esa noche fue ver calentar en nuestras narices al relevista Orber Moreno. Todavía había avisos luminosos de Navidad en lo más alto de los edificios de oficinas del sector de Plaza Venezuela, no como en este hirsuto diciembre de 2018 en que regreso al Universitario con una credencial de periodista para el Jonrón Pepsi.

Jonrón Pepsi

El duelo de jonrones que organiza Empresas Polar tiene poco o nada que ver con un juego de beisbol real. Ponen torres de sonido en la primera y tercera bases, y una plataforma con la forma del logo de Pepsi donde debería estar la segunda. Vuelan drones sobre el terreno, algo que pensé que no volvería a ver en un espectáculo privado en la misma ciudad en la que presuntamente intentaron matar a Nicolás Maduro en agosto. Hay un señor mayor (un coach, me refiero) que se pone a mitad de la distancia entre la lomita y el home plate y tira pelotas que tampoco pueden ser tan bombitas: los físicos han calculado que aproximadamente 15% de la fuerza de un batazo es atribuible a la velocidad del lanzamiento del pitcher. En otras palabras: si de milagro logras pescar una recta de 100 millas por hora, es probable que tu batazo salga más duro que conectando la curvita de un softbolista con lipa.

De los diez grandeligas invitados por Polar, solo cuatro habían actuado antes en la actual temporada de la LVBP (Liga Venezolana de Beisbol Profesional). Dos de ellos ya en el ocaso de sus carreras como Luis Jiménez y Jesús Guzmán, el más valioso de aquella campaña 2008-2009 inolvidable para mí por más de un motivo. Lo más relevante del Jonrón Pepsi 2018 es que quizás es la única oportunidad en que veremos juntos en un estadio venezolano a dos nuevas estrellas que casi con toda probabilidad jamás se uniformarán con Tiburones o Leones (ni mucho menos viajarán de madrugada por la vía Morón-San Felipe), no en los mejores años de sus vidas: Ronald Acuña, novato del año en la Liga Nacional; y Gleyber Torres, tercero en la votación de la Liga Americana. Curiosamente, en un Universitario a medio llenar en el que son mayoría los caraquistas, Ronald eleva mucho más los decibeles de carisma que Gleyber, recibido con frialdad quizás precisamente por no haber debutado como león.

No, el Jonrón Pepsi tampoco es ya lo que era: aquel acontecimiento que enfureció a Maduro en diciembre de 2016 y le hizo llamar diablo al entonces pelucón Lorenzo Mendoza –aclamado con gritos de “presidente” en las dos ediciones anteriores, y esta vez aplaudido con respeto pero sin pasiones–. Tampoco hubo coros de “se va, se va”, dirigidos a quien vive en Miraflores.

Pepsi

Antes de la competencia de exhibición viril, te hacen pasar a una rueda de prensa en la que los diez gladiadores pasan en parejas, y en la que constatas que el tiempo parece pasarle por encima a todo el mundo excepto a Adriana Flores de Meridiano TV.

Ver grandeligas en persona te hace confrontar las razones prácticas de porqué no cumpliste tu sueño de ser deportista o porqué no estás casado a los 43. Prácticamente todos se sientan con las piernotas abiertas. Ronald Acuña, guayota de oro, gorra volteada, rulos quemados y medias hasta las rodillas, es tan exuberante que podría haber aparecido en el video Remember the Time, de Michael Jackson. Parco en sus respuestas, inclina instintivamente el torso hacia adelante, en actitud de desafío al mundo: en puesta escénica, ciertamente se lleva por los cachos a Gleyber, de ojitos entrecerrados y que solo acierta a recordar a Bob Abreu cuando le preguntan por las figuras de ese pasado legendario en el que parecen haberse petrificado los Leones. El cuerpo de sumotori de Luis Jiménez, su adversario cuarenta y veinte en el derby y en los tatuajes en los brazos, se le burla en las narices: “¡Y este es caraquista, y vive en Caracas!”. Impresiona la estatura de Cafecito Martínez, de ojos tristes como la historia de su fallecido padre y chivita a lo Bob Marley. Jesús Guzmán se escurre en los lugares comunes peloteriles de toda la vida cuando le señalan por su mala temporada. Willson Contreras, el de las cejas más pícaras, no anda con falsas piedades y deja claro que ni de casualidad le verán vestido de Tigre de Aragua.

Un derby de jonrones es como intentar masturbarse tres veces seguidas cuando tienes más de 30 años. Es un chicle que pierde rápidamente el sabor, como aquella película de Troya en la que Brad Pitt, en la manifestación más acabada de la historia de la metrosexualidad, rivalizaba consigo mismo en estar más bueno que en la escena anterior, sin que aquel despliegue pudiera tener otro desenlace posible que la muerte o el hastío. Lo más reconfortante del show elitesco (unos patacones en un food truck cuestan la mitad del sueldo mínimo decretado días atrás) es que los souvenirs más valiosos van a parar a los más pobres en la grada popular; eso sí, previa revolcada full contact que hace recordar al Buzkashi, el violento deporte nacional de Afganistán en el que decenas de jinetes luchan por los despojos de una cabra.

El portal especializado The Hardball Times desglosó hasta 18 factores que según la física inciden en la conexión de un jonrón, entre ellos la altura sobre el nivel del mar (mientras más alta, mejor) y el ángulo en que el bate proyecta la bola, que no debe ser demasiado bajo ni elevado (idealmente entre 25 y 35 grados, para ser exactos). Al final, todo se limita a un duelo entre dos opuestos arquetípicos del bateador de poder: el estadounidense Delmon Young, el lento Godzilla magallanero de 33 años ya en la etapa final de su carrera (de lo contrario no sería un importado de la liga de un país con la mayor inflación del mundo) que ordeña su fuerza bruta conectando tablazos hacia su propia banda, el left field en su condición de aporreador derecho. Y Ronald Acuña, el velocirraptor naciente de apenas 20 años que es un puro ejemplo de atletismo y explosividad, un madero mucho más completo, espectacular e impredecible para los pitchers de verdad, cuyas líneas caen regadas como una lluvia de meteoritos hacia todas las bandas. La batalla esta vez la gana Young, pero todo el mundo sale del Universitario sabiendo que ha visto un pedazo del futuro en Acuña.

La primera semana de diciembre en el beisbol venezolano empieza con el pantallazo de una súper estrella naciente en Caracas y termina con una estrellada que hará alejarse más y más la promesa de la primera: la camioneta volcada de dos ex grandeligas que estiraban sus años de declive en la pelota venezolana. Una tragedia que las versiones preliminares orientan hacia la tesis del asesinato provocado por rateros de carretera, probablemente desesperados por llevar algo en sus bocas en una provincia venezolana cuya crisis profunda aterra imaginar.

Adiós, Luis, que pudiste haber tomado la última pepsi del desierto de la navidad caraqueña. Adiós, José, para mí tu hacha guariqueña siempre será como la Stormbreaker de Thor.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia