Maracaibo y lo que la luz se llevó

Otra vez se quedó en el ascensor. Su nombre es Antonio y es uno de los vecinos más populares y colaboradores del edificio donde vivo. Desde que arrancaron los apagones nacionales en marzo, ha corrido con la mala suerte de estar dentro del ascensor en al menos cinco bajones.

Cuando esto ocurre, se activa un equipo de contingencia entre vecinos para sacarlo abriendo el ascensor manualmente. Siempre son los mismos chistes: “A usted como que le gusta estar dentro del ascensor”, “Tiene tanta mala suerte que ni loca me monto con usted”, “Nada más escuché que alguien se había quedado atrapado y dije: lo volvió a hacer Antonio”.

Su esposa, quien se pone muy nerviosa, dice lo habitual: “No sé hasta cuándo le voy a decir que no se monte en estos tiempos de apagones. Que mejor baje siempre por las escaleras. Ya me tiene harta”.

Y yo estoy de acuerdo con ella. No porque esté harto de colaborar para sacarlo, sino porque me parece un enorme riesgo que ni loco correría, especialmente porque soy claustrofóbico. La verdad, no tengo problemas con bajar y subir todos los días hasta mi apartamento, en el sexto piso, porque estoy seguro de que jamás podría aguantar los cinco o diez minutos que aguanta Antonio mientras lo sacan de su encierro.

Estas historias nunca llegan a la prensa. Probablemente porque las consideran pequeñas tragedias demasiado íntimas para ser relevantes, salvo que suceda algo más: como alguien muriendo asfixiado.

Dios cuide a Antonio.

Estas historias son producto de la ineficiencia y corrupción a la que ha estado sometido el sistema eléctrico nacional en los últimos 20 años. Son consecuencias que no deberían ocurrir jamás, y menos en Maracaibo, la primera ciudad de Venezuela que tuvo electricidad.

Pero ocurren.

Las calles, ya sucias por la ineficiencia del alcalde, ahora están peores: las adornan un montón de barricadas improvisadas, producto de protestas, que nadie se digna a quitar; algunas carnicerías no tienen carne porque los carniceros temen encargar mercancía que corre el riesgo de ser saqueada; hay panaderías que no tienen pan porque los dueños se niegan a producir grandes cantidades que luego no pueden ser vendidas porque los puntos de venta no funcionan y nadie tiene efectivo; muchas personas no beben agua fría ni duermen con aire acondicionado en una ciudad conocida por sus altas temperaturas; el transporte público es poco o nulo: la mayoría de las unidades están en colas interminables para echar gasolina, mientras los ciudadanos se ven obligados a caminar largas distancias para llegar a sus destinos.

A unas cuadras de mi apartamento hay un barrio donde todas las tardes las aceras están full de mesas. Parece un torneo, pero solo se trata de vecinos que han encontrado en el ludo, dominó o damas chinas, una manera de pasar el rato.

Hace poco más de un mes, en el primer apagón del siete de marzo, muchos de ellos participaron en los saqueos que afectaron a más de 500 locales comerciales. Todavía, cuando paso por allí, escucho cómo algunos cuentan con orgullo lo que tuvieron que hacer –desde destrozar santamarías, hasta romper puertas de vidrio– para cargar bultos de harina pan o decenas de bolsas de cereal. Lo comentan mientras esperan que llegue la luz: con suerte tienen unas ocho horas diarias de electricidad.

José Miguel no. José Miguel en las últimas semanas apenas ha tenido cuatro horas… en los días buenos. En los malos, no tiene ni una. Por ello, entre otras cosas, casi siempre su teléfono está descargado o no tiene señal ni WiFi.

Ayer me escribió. Al fin supe de él. Me cuenta que posiblemente ya no se gradúe este año porque las asesorías para presentar su tesis se han retrasado. Coño de la madre, le respondí. Luego, me regaló un análisis de la tragedia que vivimos: “Esta situación es muy arrecha porque te pega en los puntos más débiles: ver memes y porno”. Entonces reí y me alegré al descubrir que aún no ha perdido el espíritu… o al menos eso intenta aparentar.

Hay muchos que sufren los apagones con más intensidad que otros. Con más intensidad que yo. Hay quienes tienen luz más de diez horas al día; otros están por encima de las cinco o tres, y hay quienes han pasado hasta ocho días seguidos sin electricidad.

Mi abuela nunca tiene en la madrugada, aunque duerme bien según mi mamá, quien ciertas noches a la semana se queda con ella. “Quien la pasa mal soy yo”, me comenta. “No descanso nada”.

El gobernador ha publicado un cronograma que no se respeta, y el muy cínico ha dicho que está bien: que si se va la luz fuera de estos horarios, el pueblo debe entender que se está haciendo mantenimiento y estas cosas ocurren.

Ni con cronograma en mano el pobre de Antonio puede evitar quedarse en el ascensor.

Maracaibo está apagada. Literalmente. La calle 72, conocida por sus populares discotecas, está desolada por las noches. Algunas discos trabajan pero sin aire acondicionado y no logran llenarse ni a la mitad. Aún hay quienes se empeñan en ser felices a pesar de todo, o simplemente por un momento escapan de la pesadilla fumando marihuana, bebiendo cerveza y escuchando trap. Este es un lujo al que no todos pueden acceder en estos momentos.

La mayoría de los hoteles también están cerrados. Parece banal pero ni coger se puede y, coño, cómo hace falta.

Los únicos abiertos son los 5 estrellas, impagables para la mayoría de la gente honesta. Allí se quedan, principalmente, enchufados y autoridades como el gobernador y alcalde, según denuncias. Estos personajes, incluso, se atreven a montar costosas fiestas. A lo mejor ellos, en tiempos de apagones, también necesitan escapar por un rato de su rutina, ¿no?

No estamos para gastar plata en eso, me dice la jeva. “Mejor esperamos un día que mi mamá no esté y lo hacemos en mi casa”.

Mi comunicación con ella no ha sido muy fluida en las últimas semanas, lo cual ha traído algunas consecuencias a la ya complicada relación que tenemos. Qué raro el chavismo empeorando todo, ¿no?

Me escriben panas de Caracas, Argentina, Brasil, Chile, Miami y Uruguay para saber cómo estoy. A todos les digo que bien, aunque mis respuestas a veces llegan unas diez horas después por problemas de conexión.

Y en realidad me siento bien, o al menos mucho mejor que otras personas a las que veo quebrarse a diario en la oficina, la panadería o el edificio. He llegado a la conclusión de que, como mi trabajo es contar nuestra tragedia, ya perdí la sensibilidad. Como un corresponsal de guerra.

Uno nunca se divorcia de la suegra cuando es buena, aunque la hija esté bloqueada hasta en Instagram. La mía me escribe casi a diario. Antes lo hacía para saber cómo estaba; ahora, preocupada, para confesarme que está traumatizada con los apagones.

No es la única. Tengo una compañera de trabajo que suele aguantar las ganas de llorar cuando nos cuenta su día a día. Ella juega para el equipo de José Miguel con “alumbrones” de cuatro horas. A ello hay que agregarle la escasez de agua que ha empeorado por el tema eléctrico. Hace unos días escribió una crónica sobre cómo carretea todos los días junto con su mamá: “Tuve que hacerla para desahogarme”.

Esa es otra de las caras de Maracaibo por estos días. Para transportar agua no hay distinción social: clase media alta, clase media, clase pobre, clase más pobre: todos lo hacen. La clase alta no, porque eso ya casi no existe o se resume en  quienes disponen de agua sin ningún problema en los hoteles donde se alojan.

Por las calles se ven pasar botellones en vehículos de todo tipo: carretillas, coches de bebés y hasta carritos de supermercado. Son escenas que se han vuelto cotidianas pero que parecen sacadas de una película apocalíptica.

Un adolescente fue atropellado el otro día cuando intentó atravesar una avenida sosteniendo un botellón pesado que le dificultaba sus movimientos. El carro se dio a la fuga. Su familia no tenía dinero para darle una sepultura digna y la alcaldía le ayudó con los recursos. Una tía dijo estar agradecida, pero no pestañeó al sentenciar: “Si no hubiese esta crisis de agua, él no se hubiera muerto y ellos no tendrían que ayudarnos”.

Tras casi un mes perdido, mi mamá volvió a clases hace una semana en un horario especial: hasta el mediodía, si hay luz; hasta las 10:00 de la mañana si no. El día exacto de regreso uno de sus alumnos le dijo: “Yo no le deseo la muerte a los chavistas, pero espero que haya justicia”.

Tiene 11 años.

Hace unos meses empecé a ver la serie Lost en televisión por cable. Todos los domingos pasan unos cuatro episodios y desde que inició esta pesadilla se me alteró por completo la historia. El pasado domingo pude verla, después de dos domingos, y no entendía un coño.

Un pana me dice que ni me moleste en terminarla porque el final es una cagada, pero yo quiero verla, maldita sea. Así como también quiero ver la Champions League. Cristiano Ronaldo va camino de ganar una nueva Champions, como para vengarse del Real Madrid, y todo apunta a que tendré que recurrir a YouTube.

Otra cosa que me quitará el chavismo.

Se aproxima Endgame y me agobia la angustia de pensar en todas las cosas que tendré que hacer para evitar los spoilers si no puedo verla la semana de estreno. Mi mejor amiga vio con dos semanas de retraso Capitán Marvel porque los cines no tenían plantas eléctricas, con lo que cortó la racha de ver todas las películas de este universo el primer día.

Todos los días nos quitan algo más.

No es que Maracaibo fuese un paraíso antes del siete de marzo. De hecho, la ciudad en la que crecí está en caída libre y ha perdido su normalidad desde hace años. Es irreconocible para el niño que fui. Algunos parques de diversiones han quebrado, puestos de comida desaparecieron y no me queda casi ningún amigo. Pero, sin duda, está menos normal que nunca.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

 

El espíritu también se cansa

Y allí estábamos: bebiendo y riendo, como si hace una semana, el siete de marzo, no hubiese ocurrido un apagón nacional que provocó caos y zozobra en todo el país, pero especialmente en Maracaibo –nuestra Maracaibo–, cuyo territorio entró en una especie de ambiente apocalíptico luego de que se iniciaran saqueos que afectaron a cientos de locales comerciales, con pérdidas que superan los 50 millones de dólares y con negocios que no podrán recuperarse jamás.

A lo mejor y es que no hay nada que el alcohol, amigos y risas no puedan curar. De hecho, la experiencia me dice que precisamente la combinación de estos tres elementos se convierte en el arma de resistencia más noble y sana que existe frente a esa estructura enferma y criminal de la autodenominada Revolución Bolivariana. Era sábado y, aún en dictadura, el cuerpo lo sabía; más aún si había luz.

Yo había visto y vivido situaciones rudas. Como a la mayoría, el blackout me tomó desprevenido, por lo que estuve dos días con la pila descargada en el teléfono: sin saber a qué se debía no tener electricidad por tanto tiempo, o qué estaba ocurriendo en el resto del país.

Cuando pude cargar, recuperar la señal telefónica y ponerme en contacto con mi equipo, regresé al trabajo. Estuve en varios saqueos, presenciando imágenes terribles e insólitas a la vez: vi niños saqueando con el consentimiento de sus familiares, personas destrozando negocios como locos y familias organizadas en camionetas tomando todo lo que podían… aunque “todo lo que podían” significara detergentes o sillas.

El historiador Ángel Lombardi lo catalogó como el Maracaibazo, en alusión al Caracazo, pero yo aún no sé si lo que observé fue hambre.

A la par, escuché relatos conmovedores de comerciantes cuyos negocios habían sido robados por completo y alucinaba con los que decían que, si las autoridades no hacían nada, ellos defenderían lo suyo incluso a plomo. Y así fue: en redes sociales se colaron varios videos de dueños de negocios espantando saqueadores con tiros al aire y en las azoteas de algunos supermercados se observaban sujetos con armas largas pagados por los dueños para cuidar los establecimientos.

Parecía lo único que podían hacer para proteger lo suyo, frente a la nula o prácticamente nula respuesta de las fuerzas de seguridad, que llegaban tarde a los saqueos o simplemente no llegaban; en algunos lugares hasta participaron en ellos, según denuncias.

 

Ese sábado entre juegos y chistes salieron, inevitablemente, las vivencias del apagón. Sin duda, es más duro cuando los testimonios te los dan las personas a quienes quieres: la amiga que se las ingenió para entretener y alimentar a sus dos bebés en medio de la oscuridad; el que tuvo que desayunar, almorzar y cenar carne, en diferentes presentaciones, para que no se le pudriera en la nevera… hasta que se le acabó y luego no sabía qué comer ni dónde comprar; el que recorría la ciudad en su carro buscando señal para el teléfono, mientras observaba, con indignación y sin poder hacer nada, cómo eran saqueados los supermercados o panaderías donde compra a menudo; o a la que aún se le notaba la rabia infinita en sus expresiones cuando contaba cómo su mamá, con problemas en la espalda, tuvo que dormir cinco días en el piso.

Aunque sabíamos que esta tragedia podía repetirse, aquella noche no quisimos pensar mucho en ello.

Y se repitió: fue el lunes 25 de marzo; otro apagón nacional, aunque “afortunadamente” sólo duró poco más de 40 horas.

He podido observar, nuevamente, la destrucción que te puede dejar el simple hecho de estar sin luz por días; parecen consecuencias similares a las de una guerra: al menos tres muertos en hospitales nacionales por culpa de las fallas eléctricas, encontrar negocios para comprar comida es una odisea, pacientes renales en condiciones críticas trancan calles para protestar porque se están muriendo. Aún no hay reportes de saqueos, pero posiblemente esto se deba a que ya no hay nada que saquear.

He visto también los rostros de ciudadanos cansados y resignados que, aunque no lo dicen en voz alta, parecen pedir a gritos piedad y soluciones. Porque el espíritu, por muy fuerte que sea, también se cansa.

Hay quienes dicen que la única explicación para todo esto es que Dios le hace bullying a los venezolanos; yo prefiero decir que no es Dios, sino unos cuantos malandros que secuestraron al país y que están dispuestos a hacernos todo el daño posible.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_