Vivir el apagón a la distancia: hay que seguir

“Los espacios de los territorios ancestrales guardan la memoria”, escuché en una conferencia a la que fui hace poco. Al vivir en Estados Unidos, algunas veces sale a relucir mi persona latina, más global, más panamericana, quizás con el fin de que mis hijas vean un modelo que las ayude a construir una identidad, la cual ciertamente se está erigiendo sobre fragmentos. Soy venezolana, mi esposo es peruano, ellas tienen un poco de todo; desde que nació la mayor hemos vivido en tres ciudades (y estados) diferentes, en tres microcosmos. Mis hijas se aferran a fragmentos, pedazos de vivencias de territorios, trozos de Florida, de Georgia, de historias contadas sobre Perú, sobre Venezuela, sobre la Venezuela mía que ya no existe. Territorios ancestrales.

 

Por fin te conozco. Pero me parece que ya nos hemos visto, ¿no?

La miro a la cara, su sonrisa le llena el rostro. Veo sus brazos que se levantan en un intento de formar un semicírculo. Quiere abrazarme. Me aproximo a ella con el objeto de dejar que lo haga. Venimos de la misma tierra.

Efectivamente nos habíamos visto una vez. De pasadita, unos minutos. Ella estaba sentada con un grupo de personas y yo conocía a un par. Estábamos en el Birch Tree, en la calle Green. Carlos tocaba con su banda y yo andaba con las tres niñas. Me la presentaron mientras yo tenía a la chiquita en brazos, la mayor me agarraba la mano y la mediana me halaba el pantalón para preguntarme la diferencia entre dinosaurios y dragones.

 

Hola, guapa. ¿Te apetece ir a almorzar este viernes? Quiero que conozcas a una maestra venezolana, se llama Blanca. ¿De doce a dos te viene bien?

Lola, una española simpatiquísima que trabaja en la Clark University, me contacta y me invita. Le digo que sí, estoy disponible. Me pregunto en dónde trabajará esa venezolana que me quiere presentar, qué materia dictará, cómo se verá. No tengo amigos venezolanos en Worcester. Quiero verle la cara, los ojos. Por la dinámica de mi vida, quizás por las mudanzas, no me mantengo en una búsqueda de paisanos perenne. Me dejo conocer por gente que tenga afinidades conmigo sin importar de dónde vengan.

 

Mira mi cadena, me la puse porque te iba a conocer. Cuando yo conozco a una persona venezolana la quiero, la consiento.

No puedo negarlo, el mapa de Venezuela que cuelga de la cadena de Blanca me remueve el corazón, me hace ver la película de toda mi vida en un par de segundos. Realmente Blanca es una consentidora. Nos encontramos en el Nu Café y me abraza, abraza a Lola. Me cuenta de sus hijos, de su nieta, de su trabajo. Es empleada del sistema de escuelas públicas del condado de Worcester, especialmente se desempeña con niños bilingües. Blanca habla de lo que hace diariamente, describe a los niños con ternura, indica que el cansancio se le quita cuando se pone en una mesa a trabajar con ellos, nombra a varios, acompaña sus nombres con adjetivos positivos, demuestra que les tiene cariño.

También escuché decir en la conferencia que la nostalgia no se presenta enteramente basada en lo que se recuerda y lo que se quisiera retener sino en el encuentro de dos objetos o experiencias (o personas) en un momento determinado. Y veo a Blanca, y nos encontramos, y sale a relucir mi persona venezolana, mi persona llena de nostalgia, de memorias que nunca se borran pero que luchan por forrarme la mente de palabras bonitas.

 

¿Cuándo nos vemos? Vamos a cuadrar para almorzar.

Leo el mensaje de texto de Blanca y me doy cuenta de que hace dos meses que no la veo, que no miro el mapa que tiene guindado del cuello. Le respondo. Sonrío cuando me envía una carita feliz y pienso que en unos días volveré a unos de esos territorios ancestrales. No obstante, pasan muchas cosas y no logramos reunirnos. Una gripe, muchos exámenes por corregir, una tormenta de nieve, una reunión de última hora. Cancelamos y posponemos. Se termina el año 2018, comienza el 2019 y seguimos posponiendo. Finalmente cuadramos para juntarnos el 15 de marzo; Blanca tiene unas ideas para un proyecto de pedagogía y quiere compartirlas conmigo y con Lola.

 

Planeamos todo antes de que ocurra el apagón. Planeamos todo antes de sentir un dolor de estómago punzante y permanente. Los días de incomunicación duran para siempre. Aunque pasen nunca se borran. El no saber es lo peor. Tener a los viejos sin pila en el celular para mandar un mensaje es una tortura. ¿Y de qué me sorprendo? ¡Si eso hacen las dictaduras! Controlar y torturar. El terror psicológico es una de sus grandes herramientas. Seis días sin saber de mi tío José ni de mi tío Anel, seis días manteniendo los ojos pegados al WhatsApp con la esperanza de recibir un “estoy bien” de mi papá o de mi primo David que vive detrás, o de mi tía Loida o mi tía Olga que viven muy lejos. Algo, una señal de vida. En esos días hago una cosa que nunca había hecho. Le digo a un mandatario que se va a ir al infierno. Es verdad, se irá. Se lo digo por Twitter. Luego me meto en la cuenta de su mujer y le pregunto que cómo siendo madre puede soportar la muerte de tantos hijos. La desesperación me hace perder la concentración, no hago casi nada de lo que había planeado para mi Spring Break, corregir trabajos, escribir. Nada. Se me pasan las horas viendo noticias, preocupándome en grupo (¡los del WhatsApp!) con mi familia, llorando a escondidas para que mis niñas no me vean.

 

Nos vemos pronto, amiga.

Recibo otro mensaje de texto de Blanca, me recuerda que llega el momento de reunirnos. No hablamos del apagón por alguna razón. Sin embargo, presiento que cuando la vea su sonrisa no será la misma, que algo en su cara no va a destellar como la primera vez que la vi. Ese pálpito me hace pensar en lo injusta que puede ser la vida.

 

Hola, guapa. Por fin logramos quedar.

Me saluda Lola con dos besos. Nos encontramos de nuevo en el Nu Café y escogemos una mesa junto a la ventana. Esperamos a Blanca. Llega un poco tarde, atrasada por el trabajo. La veo y noto que se emociona al vernos; nos lo dice. Se sienta y comenzamos a hablar del objetivo de la reunión pero tras dos segundos interrumpe la idea para expresar que estos han sido días muy difíciles. El apagón del alma. Quizás debamos llamarlo de esa forma. Nos cuenta de su abuela que todavía está viva, de su mejor amiga que dirige un preescolar en Puerto Ordaz en el que los niños no tienen colores para pintar, de su mamá que llegó a Worcester hace tres meses sin poder caminar porque no recibía la dosis diaria para su artritis. Se queja de la situación, del no saber, del terror, de la angustia, se queja de lo mismo que yo. A Blanca se le ponen los ojos aguados, la sonrisa desaparece, y la voz se quiebra. Ocurre lo que presentía.

 

Lola hace silencio y nos escucha atenta. Yo empiezo a hablar de mi papá, les cuento que el Hospital Clínico de Maracaibo, donde ha trabajado por más de cuarenta años, está cerrado como resultado del apagón, que no ha visto a sus pacientes porque no puede salir de su casa por los saqueos, que no tiene agua, que no sé cómo hace para sacar la poca que guarda en el tanque subterráneo; tiene 77 años. Es un hombre fuerte y sano pero está viejo. Es mi viejo. Les digo que mi papá está solo y arranco a llorar.

 

Pero cómo puede estar pasando esto, ¡joder!

Me cubro los ojos con los dedos, oigo la queja de Lola y cuando me destapo veo las lágrimas de Blanca. Nos agarramos de las manos y hacemos un círculo entre las tres. Me percibo vulnerable, sin fuerza, derrotada. Palo tras palo. El contacto con ambas me reconforta aunque continúo sintiéndome abatida. Nos miramos y seguimos conversando un poco más del apagón, de la tragedia que significa vivir en Venezuela estas últimas dos semanas. Blanca hace una pausa y traga fuerte. Nos dice que a veces hace falta verbalizar el dolor para seguir. Realmente es un peso que no deja caminar. Ni escribir. Empezamos a conversar sobre el proyecto de Blanca y logramos articular otras ideas.

 

Pasa el tiempo, llega la hora de despedirnos fijando ya una próxima fecha de reunión. Blanca me abraza. Lo mismo hace Lola. Me siento querida y por un momento me llega una ráfaga de optimismo. Salgo al estacionamiento, me meto en el carro, chequeo el celular. Mi hermano me manda un mensaje: American Airlines anuncia que suspende los vuelos de Venezuela. Una vía de sacar a mi viejo y a muchos viejos de Venezuela posiblemente se cierra, deseo que no sea cierto. El no saber, la incertidumbre, el terror. Pienso en la Venezuela mía que ya no existe, en los territorios ancestrales y en mi papá. Grito ¡carajo! dentro del carro, lo prendo, me voy. Maldigo al dictador y a toda su gente. Llego a mi casa y abrazo a mis niñas. Cancelo la cita de trabajo que tengo luego. No tengo cabeza para nada. Hablo, hago conjeturas, pienso en posibilidades y luego me calmo. Escribo esta crónica sin saber qué pasará en el lapso de una hora pero me prometo a mí misma seguir. Hay que seguir.

 

Por Naida Saavedra  | @naidasaavedra 

 

Diario de la oscuridad

Jueves, 7 de marzo de 2019.

5:30 pm.

Salimos más temprano de la sesión de yoga debido a una falla eléctrica que apagó los ventiladores. El calor era excesivo y varias de las mujeres comenzaron a quejarse en voz alta cuando el sudor las empapó. El reproductor de música también dejó de sonar. Caminé de regreso al edificio a través de calles bulliciosas y sin semáforos. Creo que la falla es más amplia de lo que pensamos al principio: todo el pueblo se sumerge poco a poco en la oscuridad de la noche. Al menos ya bebí café. Como siempre, había dejado la cafetera eléctrica encendida y al llegar encontré el café colado y aún tibio.

8:20 pm.

Una de mis vecinas me invitó a cenar con ella. Comimos arepas con mantequilla y queso. Un pequeño lujo. Su hermana la llamó para avisarle que la falla eléctrica abarcaba ya más de veinte estados. Nos asombró imaginar a medio país en la misma oscurana que nosotros contemplábamos a través de su balcón. Antes de colgar el teléfono, la hermana de mi vecina le dijo que esperaban tener solucionada la falla para las once de la noche. Me encogí de hombros. Eso significaba que debíamos esperar más. Nos despedimos, le di las gracias por la arepa y me vine a buscar los cabos de velas que había dejado en algún lugar de la cocina. Cuántas veces me repetí que debía comprar dos velas nuevas. Bueno, ya era tarde para caer en recriminaciones. Qué carajo. Saqué agua del botellón para lavarme en la ducha. No puedo estar sin bañarme. Me siento incómodo, sucio, sudado; y así no hubiese podido meterme en la cama cuando decida acostarme. Es sólo por esta noche. Un pequeño sacrificio.

10:38 pm.

Recordé que mi vieja tenía unas velas achatadas en unos vasos pequeños de colores. Son velas decorativas, pero arrojan luz. Coloqué los vasos en las repisas de la biblioteca. Contemplé las oscilaciones de las llamas, como un baile secreto, como si el color de los vasos se disolviera, se derritiera, se tornara líquido sobre los lomos de los libros. Tengo la vista cansada. Me entretuve con la lectura de las páginas finales de la novela de Orhan Pamuk. Ojalá no me duela la cabeza. Hace tiempo que debería haber cambiado los lentes de leer, pero el costo sobrepasa mis bolsillos. Acodado en el balcón miré el cielo nocturno: qué belleza, qué cantidad de minúsculos destellos allá arriba. Recordé algunos viajes que solíamos hacer a la finca de una amiga, en el llano; la vista del cielo en las noches se asemejaba a un privilegio que sólo allí podíamos disfrutar. Alcé la vista para ver, para mirar. Todo lo demás, los contornos borrosos del pueblo, se difuminaron bajo el peso de ese extraño color que es una mezcla de negro y azul con manchas de plata.

 

Viernes, 8 de marzo de 2019.

12:12 am.

Escribo esto con la llama titilante del último cabo de vela. Supongo que así debieron de sentirse los escritores del siglo XIX. Las sombras alargadas. Qué fácil escribir relatos de terror en noches tan largas. Ya no pude leer más. Estaba forzando mucho la vista y el temor de otro dolor de cabeza me obligó a dejar el libro que recién comencé. Volví a acodarme en el balcón. Hay una brisa ligera y el cielo está muy despejado. Casi podría decir que tiene un peso particular. Un cielo pesado, denso. Estamos tan preocupados por tantas otras cosas que ni siquiera nos fijamos en lo que siempre está detrás de las lámparas y los bombillos y los postes y las luces de las calles. Todo el pueblo parece dormido. El sonido apagado de los insectos. Otra bocanada de aire fresco, aunque tenue. Sopesé la idea de dormir en el balcón, de traerme una almohada y acostarme en el piso. Total: en peores sitios he dormido durante mis aventuras adolescentes. Pero mejor me voy a la cama. De repente la electricidad volverá en medio de la madrugada.

4:45 am.

Me levanté para orinar y beber agua. Nada de electricidad. El teléfono celular agotó ya su batería y la portátil también se apagó. Menos mal que comencé a escribir en este cuaderno nuevo con un bolígrafo usado. En casos así, lo mejor es regresar a las técnicas rudimentarias que aguantan cualquier falla: papel y lápiz. De todas formas, respiré profundo y decidí que me preocuparía por eso más adelante. Puse a hervir agua en una olla, sobre la hornilla de la cocina, alumbrándome con otra de las velas achatadas. Cuando el agua hirvió, colé el café en la jarra de la cafetera eléctrica, echándole el agua encima. Todo manual y en penumbras. Pensé que así debía haber hecho la gente en el campo muchos años atrás. Y quizás todavía. Regresé al balcón con la primera taza de café humeante. Otra visión del cielo y las estrellas. Pensé que me hubiese gustado haber aprendido algo sobre astrología. Paseé la mirada con lentitud. Planetas. Galaxias. Constelaciones. Y nosotros tan diminutos, quejándonos por una falla eléctrica. Pero, no; es algo que siempre hago: intento concentrarme en el vaso medio lleno y, con otro sorbo de café caliente, me trago la idea de que en medio de la oscuridad hay muchas personas en peores circunstancias; en los hospitales, más que todo, sin los soportes vitales necesarios… Trato de no pensar en eso.

7:33 am.

Volví a acostarme. No podía leer. No podía escribir más. Decidí esperar hasta que amaneciera. Durante el día puedo entretenerme con la lectura durante muchas horas, pero en la noche quedo anulado por la oscuridad. Acodado en el balcón imaginé historias que podría escribir más adelante, sobre gente sin rostro y gritos sin bocas. Pero ya el sol salió y puedo avanzar con la novela de Ray Bradbury que comencé ayer. Oriné de nuevo. Eso sí me inquieta: no he podido bajar el agua de la poceta porque el hidroneumático está apagado, por supuesto, y es imposible bombear agua hacia los pisos superiores. Eso es lo malo de vivir en edificios: sin electricidad tampoco hay agua. Al menos, lo único que he hecho es orinar, nada de pupú por ahora. Se me ha ocurrido la idea de un relato largo que explique el colapso definitivo de Venezuela: sin energía eléctrica, sin agua, sin comida, sin teléfonos celulares; todo convertido en una inmediatez pavorosa. ¿Qué haríamos? ¿En qué nos convertiríamos? Quisiera trabajar en esa historia.

10:46 am.

Otra de mis vecinas logró contagiarme su preocupación por la comida congelada. Papá y Mercedes me regalaron un pollo, y tengo guardada una bandeja de carne molida. ¿Y si se dañan? ¿Y si los pierdo? Saqué el envase de las caraotas porque la nevera parece una despensa ya: perdió todo el frío que almacenaba. Me comeré los granos con un poco de arroz al mediodía. Y quedará para comer en la noche, con la carne mechada que tenía guardada también. La mantequilla se derritió. Ya me comí el queso blanco, el trozo que quedaba. Y el dulce de lechosa. Me hice una arepa para desayunar y traté de gastar todo lo que pude. Lo que más inquieta es la ignorancia, la desinformación, la ausencia de respuestas oficiales. ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó? ¿Cómo lo están solucionando? La comida se puede echar a perder, eso es lo único que me preocupa ahora. Pero cabe la posibilidad de que regrese la energía en cualquier momento.

4:56 pm.

Agradezco por los libros que tengo a mi alrededor. He cerrado las ventanas porque el humo es denso y deja un mal sabor en la boca. Hay mucho humo en el ambiente. El calor es muy pegajoso. Tengo café y tengo libros. Quizás lo simplifico demasiado, lo reduzco de una manera ridícula, pero me aferro a lo que me gusta. Mi vecina se ofreció a guardar en su congelador mi carne y mi pollo, porque allí puede que duren más. Comí mucho al mediodía, pero temo perder la comida que había guardado. Se supone que ya deberían haber arreglado la falla eléctrica. Esto dura demasiado. Sin teléfono celular. Sin agua. Sin electricidad. Saqué agua del garrafón y llené una olla mediana. La llevé a la ducha y me lavé con lentitud. Las axilas. Los testículos. Entre las nalgas. Acuclillado. Qué deprimente es todo esto. A veces imagino que sucedió una hecatombe, nos alcanzó una llamarada solar, ocurrió uno de esos eventos catastróficos que algunas veces recrean en History Channel, y a partir de este punto cada quien debe valerse por sí mismo. Yo aguanto a través de mis libros pero, ¿y los demás? ¿Los enfermos? ¿Los bebés? ¿Los que están en terapia intensiva? ¿Los que necesitan diálisis? Qué precio tan grande estamos pagando por las irreflexivas decisiones electorales de unos pocos. Como siempre, seguro que Maduro y Cabello y los Rodríguez y los otros están sufriendo esta calamidad igual que nosotros…

8:46 pm.

Otra noche oscura. Otra noche sofocante. Otra noche silenciosa. Otra noche iluminada a duras penas por unas cuantas velas. Salí a caminar, a dar una vuelta por el pueblo, antes de que anocheciera. Muchas licorerías llenas de gente, pero no compraban botellas sino bolsas de hielo. Hombres y mujeres salían apresurados con las bolsas a cuestas. Los vi llevar esas bolsas hasta las maleteras de los carros. Vi los baldes llenos de piezas de pollo y de carne. Vi cómo vertían el hielo en los envases de plástico, entre las capas de pollo y carne. Vi muchas licorerías con filas de gente para comprar bolsas de hielo. Algunos negocios estaban abiertos porque tenían una planta eléctrica, pero la mayoría de las tiendas permanecían cerradas hacia el final de la tarde. San Juan se ha convertido en un pueblo lleno de sombras alargadas, gente apresurada y humo abundante. Regresé rápido al apartamento, impresionado por lo que había visto. ¿Cuánto durará el hielo? ¿Y después? Aquí, hemos decidido cocinar mañana en la mañana lo que nos queda, hervirlo y desmechar el pollo. Otra vecina sugiere hervir la carne y ponerla a secar en la azotea del edificio. Los escucho y parpadeo con fuerza, incrédulo; me cuesta digerir que todo esto sigue ocurriendo y no hay nada que podamos hacer para solucionarlo. ¿Y si la falla es más grave de lo que creemos? Ni siquiera he podido comunicarme con Papá y Mercedes, al otro lado del pueblo. Espero que estén bien.

 

Sábado, 9 de marzo de 2019.

 12:31 am.

Me quedé dormido más temprano. En la despensa encontré un viejo velón de mi madre y lo encendí para leer después de cenar. No hay nada de romántico ahora en comer a la luz de un par de velas minúsculas. El velón es viejo y tiende a consumirse más rápido alrededor de la mecha, por lo que tuve que buscar un cuchillo grande y cortar trozos de cera hasta bajarle la altura y la mecha pudiera aguantar mejor. Esto se alarga sin visos de solucionarse pronto. ¿Qué haremos mañana? ¿Qué comeremos? He decidido cocinar todo y comer cuanto pueda antes de que se dañe. Queda arroz y pasta. La mantequilla. Medio frasco de salsa de tomate. Herviré el pollo. Los desmecharé. Cocinaré la carne molida.

3:46 am.

De nuevo me levanté para orinar. Me muevo con lentitud. Es curioso que a estas alturas aún no me acostumbre a la oscuridad. El hedor es insoportable en ese baño, pero tengo la vaga esperanza de que en cualquier instante regrese la electricidad y podré bajar el agua de la poceta. Antes de acostarme de nuevo, llamó mi atención una pequeña luz roja en la parte inferior del televisor. ¡Ah! ¡Habían restituido la electricidad! Respiré profundo. Corrí al baño y bajé el agua de la poceta. Después me fui a la cocina, encendiendo bombillos por el camino, asombrándome de la luz artificial como si fuese un hombre de las cavernas. Todavía nada de agua corriente. Puse a cargar la batería del teléfono celular y la portátil. Me llegan los mensajes de WhatsApp. Todo el país es un caos. Siento escalofríos en la espalda. Puse a colar café para escribir estas líneas. Ya no puedo dormir más.

9:15 am.

Agua. Mucha agua. Al fin. Se llenaron los tanques de las pocetas y pude lavar los platos sucios que estaban en el fregadero. Me bañé sin apresuramientos. Nada de agua tibia, sólo agua fría porque el calor es fuerte, aun tan temprano. Se siente como si despertáramos de una larga pesadilla. Electricidad. Agua. Volvemos a la normalidad entre tropiezos, parece. Logré cruzar un par de mensajes con Gianni. Se notaba tan preocupado, allá en Escocia. Creo que nuestra situación debe resultar incomprensible para los que están afuera, sean venezolanos o no. ¿Cómo es posible que todo un país quede sin electricidad durante tanto tiempo? ¿Cómo se explica eso? Encendí el acondicionador de aire del cuarto donde he estado durmiendo. Una sensación extraña, inusual. La nevera encendió sin problemas. Parece que la comida podría aguantar un poco más. Quisiera acostarme y volver a dormir, pero me siento inquieto; necesito tener las manos en movimiento. Hacer, hacer cosas…

1:24 pm.

La alegría duró poco. Otro apagón eléctrico antes del mediodía. Todo quedó a medias. Una terrible sensación de angustia, incertidumbre y frustración. La comida, sólo pienso en la comida. No pude evitarlo: me quebré. No lloraba así desde hace mucho tiempo. Lloré con una mezcla de rabia, de incomprensión, de impotencia, de tristeza acumulada. Pensé en mi madre, en su larga enfermedad, en su ausencia, y en todos los que podrían estar ahora en su misma situación, en los hospitales y en las clínicas, sin electricidad. ¿Cuántos han muerto? ¿Cuántos más morirán antes de finalizar este día? ¿Por qué? ¿Por qué nos sucede esto? ¿Por qué atravesamos este infierno? No lo entiendo. Es agotador. Es incomprensible. No sé qué hacer. Todo lo que provoca es sentarse en el piso y llorar. No sé qué hacer.

4:55 pm.

Me siento agotado, cansado. Herví el pollo, anticipándome a la decisión de mis vecinos. Hace poco nos reunimos todos en un apartamento del sexto piso y cada uno dijo lo que guardaba en sus neveras y despensas. Fue como si colocásemos todo encima de una mesa imaginaria. La idea es cocinar y luego repartírnoslo entre los pisos, para que no se pierda. Hay de todo; incluso algunas hallacas rezagadas de diciembre. Hasta carne de venado. Nunca la había probado. Yo herví mi pollo, lo desmeché, lo cociné y fui repartiéndolo entre mis vecinos. Mi vecina de piso, la señora italiana, me regaló una caja de galletas, de las que ella hace, y casi me echo a llorar de nuevo. La idea es mantenernos con la guardia en alto, pendientes unos de otros, llenando algunos bidones con agua del tanque en el estacionamiento y armarse de fuerza y paciencia para subirlos hasta los apartamentos. Parecemos personajes salidos de una historia apocalíptica. Alguien más me regaló un par de velas. Quisiera escribir sobre todo lo que se dice, lo que ocurre aquí adentro y allá afuera, pero me disperso, me enredo: es tanto lo que sucede a nuestro alrededor. Pero lo intento. Una de nuestras vecinas le puso el cascabel al gato: “Ajá”, dijo al final, “y después de que hayamos cocinado y hervido todo, ¿qué hacemos? Porque igual no tenemos donde guardar eso”. El breve silencio que siguió fue el aviso de lo que se nos venía encima.

8:05 pm.

Deambulo en ropa interior. Sigo sintiéndome como un personaje de una historia distópica. Estoy encerrado y a oscuras. Todas las ventanas cerradas. Los cerros alrededor del pueblo arden con altas llamaradas anaranjadas. Hay mucha ceniza en el aire y el mismo aire se ha vuelto pesado, caliente. Comí venado y pollo con algo de arroz. Y una arepa. Casi todo de mis vecinos. Estoy dejando mi propia comida, la que me quedó, para mañana. Después, no sé qué haremos. Lo que nos compartimos no durará más de dos días. Quise bañarme, pero no pude; apenas logré humedecerme las axilas y los testículos con un poco de agua potable. Ya no puedo leer y escribo esto a la luz de una de las velas, que se consume con rapidez.

 

Domingo, 10 de marzo de 2019.

 8:45 am.

Decidí gastar más agua del botellón que me queda. No puedo estar sin bañarme, o al menos lavarme. Medio balde para enjabonarme las axilas, las nalgas y los testículos. No puedo hacer más. Me vestí con ropa limpia, sintiéndome ligeramente fresco. Si dejo que la apatía me tumbe, habrán ganado. Una respiración profunda. Un paso y después el otro. Una taza de café. Hay que seguir con la lectura. Creo que es importante masticar bien el fragmento sobre la leyenda de Anteo y Hércules. Allí hay un mensaje. Debería poder tender hilos entre las historias. Me pareció curioso leer la descripción de la leyenda en las páginas finales del diario de Anaïs Nin y luego tropezar con esa misma leyenda, mencionada por uno de los personajes en la novela de Bradbury. La literatura es misteriosa, laberíntica.

11:22 am.

No recuerdo la última vez que vi este cielo tan azul, desnudo, limpio. Un cielo inmenso. Me gusta mucho. Es un contraste con lo que bulle puertas adentro. Una vez más, el hedor en el baño es fuerte, pero no puedo vaciar la poceta. No me atrevo. Ausencia de noticias y de mensajes. No sé, no sabemos nada. Qué fuerte la contraposición entre la belleza del cielo y el infierno que pasamos aquí abajo. Desde mi balcón observo las ventanas abiertas de una conocida familia árabe, comerciantes; esas ventanas de cristal oscuro siempre han estado cerradas y uno se imagina lo que ocurre en el interior. Pero hoy esas ventanas están abiertas y las cortinas aletean con la brisa matutina como banderas blancas que anuncian una derrota prematura, un pedido de auxilio, una claudicación impostergable. Hay una sensación de fatiga en el ambiente, de rendición; nos hemos convertido en un pueblo acosado, en guerra. Más agua hervida para el café. Pollo y arroz para el almuerzo.

7:46 pm.

El sol de la tarde cayó sobre el pueblo con el peso de un ancla, como si todos estuviésemos abandonados en el fondo de un océano seco. Acordé con mi vecina para hacer unas arepas. Papá vino. Están bien, él y Mercedes, resistiendo igual que nosotros. Mi pobre viejo tuvo que subir a pie y a oscuras por las escaleras. Me trajo algo de mortadela y queso blanco. Por eso acordé con mi vecina que si ella hacía las arepas, yo me encargaba de poner el relleno. Sonreímos con tristeza muda y ninguno quiso sacar la cuenta de los días que ya tenemos sin electricidad. ¿Para qué? No se trata de derrotismo, sino de cansancio, de agotamiento, de incertidumbre. Mañana tocará comer porciones muy reducidas de lo que nos queda. Incluso el café se está acabando. Lo único que me queda en abundancia es libros, horas muertas de lectura y reflexión; y la escritura en este cuaderno improvisado, que va paralelo a mi diario habitual. Más páginas para describir el horror de la oscuridad que nos engulle con lentitud. Lo que más temo es sucumbir a la resignación…

9:30 pm.

Casi resulta increíble. Mientras cenábamos se formó una algarabía que se alzaba desde todas partes por el pueblo. Se encendieron los postes callejeros y supimos que de nuevo teníamos electricidad. Nos miramos. Alargamos las manos por encima de la mesa y a ella se le aguaron los ojos. Sentimos ganas de llorar, como si nos liberaran después de una larga tortura. Es muy difícil de explicar. Otra vez tenemos luz eléctrica. Esperamos media hora antes de que se animaran a encender las máquinas para bombear el agua hacia los apartamentos. Hacemos todo de forma apresurada, torpe. Nos sentimos desorientados. Vacié las pocetas. Lavé los platos. Colé el café que me quedaba para celebrarlo. Qué tonto. Ni siquiera pensamos en lo que pudiera pasar mañana. Guardamos la poca comida que nos queda en las neveras que no se dañaron. En el pueblo se escucha el fragor de muchísimas cacerolas quejándose. Parece que esta noche podremos dormir sin sentirnos acalorados. Pero el problema eléctrico venezolano no se soluciona porque nos hayan restituido el servicio después de 72 horas, aproximadamente; el problema continúa y se agrava cada vez más debido a la impericia e indiferencia del régimen. Ahora, el asunto no es si esto volverá a ocurrir o no (por supuesto que sucederá de nuevo), sino cuándo. Cuándo y cuánto durará la siguiente vez. Eso es lo que me inquieta.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz

Las voces de la desesperación

Hay que sentir mucho amor al arte para escribir solo con la luz de una vela. Mucho.

Son las 09:48 pm. en un apartamento de La Candelaria. Es sábado, nueve de marzo. Llevamos 48 horas casi ininterrumpidas sin corriente eléctrica y seguimos contando. Lo increíble es que salimos baratos si nos comparamos con otros estados del interior de Venezuela, que contabilizan fácil las 72 o 112 horas sin saber qué es la luz artificial.

Las voces de la desesperación se hacen escuchar de muchas maneras. Las que tengo más cerca son de vecinos que –mediante maldiciones y cacerolazos– entonan la melodiosa tonada del descontento generalizado. A esta hora la telenovela, la comida y el trabajo se ven truncados por una tenebrosa oscuridad que azota cada uno de los rincones del país.

Este espiral se inició a las  05:00 pm del jueves siete de marzo. De mi parte podría decirse que todo se dio con suma tranquilidad, simplemente trabajaba y la luz se fue. Es la costumbre y por lo tanto pensé “seguro en un par de horas esa vuelve. A peor pronóstico, mañana”.

Denme un chance, se me acaba de apagar la vela.

Mejor dejo que mis papás hablen de crisis, de lo caótico de ese jueves: ellos estaban en la calle y, de repente, vieron gente salir a borbotones de los cines, centros comerciales y estaciones de Metro. Se creó en Caracas una auténtica situación de caos generalizado. Las voces de la desesperación comenzaron a sentirse, por ejemplo, en el estacionamiento del CC Tolón, donde la cola para salir era increíblemente larga. Otra voz de la desesperación era la de un profesor de inglés que caminó de Altamira a Capitolio a pie, durante tres horas, por la falta de servicios.

Mis papás llegaron a la casa a las ocho de la noche. Pero el profesor del inglés del que hablo se rindió y decidió usar todo su efectivo para pagar un mototaxi: esos vehículos que atravesaban la oscuridad buscando pasajeros. Al menos, llegó a salvo a su casa.

 

Desde ese jueves, muchas de las peores pesadillas de los venezolanos fueron superadas. Ahora, la madrugada se asoma y las voces de la desesperación se sienten en una cocina, donde una familia tiene que lidiar con la falta de comida y el hambre de sus integrantes. Para colmo no saben qué es tener gas desde noviembre, por lo que ni unas arepas pueden hacer para matar el hambre.

En el hospital Juan Manuel de los Ríos, cuatro madres lloran a sus hijos. El apagón dejó sin energía a los aparatos que mantenían con vida a sus pequeños cuerpos. Los negocios no saben si esperar que regrese la luz  o si rematar –al costo o pérdida– la poca mercancía que les queda; ya que las neveras no funcionan y su comida comienza a podrirse. Curiosa analogía, el culpable de la crisis está bien maduro en su silla de Miraflores.

Algunos, al final, deciden rematar la comida. Pero la mayoría de las personas no tiene efectivo en las calles. Sin electricidad, ni Internet, las transferencias y los puntos de venta no funcionan y la poca señal hace inútil pagar por ‘pagomóvil’. Estamos en la etapa donde el dinero electrónico no cuenta para nada y el físico no alcanza, pero las tripas del estómago no dejan de retumbar.

Algunos, los más afortunados, pagan con dólares en efectivo.

FOTO: Fabrizio Cuzzola

Sin luz, ¿qué mejor ejercicio que ir a una zona lujosa de la capital? Un desierto con grandes restaurantes funcionando con plantas eléctricas y unos cinco políticos como únicos clientes. También hay una bomba de gasolina, propiedad de una petrolera extranjera, que reparte combustible para toda una ciudad prendida en crisis. ¿Saben qué?, mejor tengo preparada mi bicicleta por si hace falta cualquier cosa.

Desde una radio de baterías, noto que las voces que hablan de sabotaje y guerras energéticas ocupan casi todo el espectro radial venezolano. Qué injusto que haya tanto loco con micrófono y que los verdaderos comunicadores con talento estén rebuscándose por otras vías, por el mero capricho de un (in)maduro al que no le gusta ni el humor ni la noticia veraz. Finalmente, la voz de Alba Cecilia Mujica y Luis Olavarrieta, en Onda 107.90 F.M, le ponen calma a nuestra búsqueda de información confiable y contrastada.

Difunden la información que publicó el diputado José Manuel Olivares: en lo que va de año (menos de tres meses), han fallecido 79 personas en el país debido a la crisis energética. ¿Cuánto más habrá crecido esa cifra luego de este apagón histórico?

 

“Mañana a la calle”, dijo, el viernes, un representante del Gobierno legitimo que no acaba de asumir funciones –nuevamente, por los caprichos de un (in)maduro– mientras una señora caía por las oscuras escaleras de su edificio, que no posee luces de emergencia. Cruel reflejo de un país donde te prometen “que el servicio se restablecerá en las próximas 48 horas”, pero donde sabes que 48 horas pueden ser 48 días (si no me creen, pregúntenle a los embajadores de Alemania y USA).

El pueblo acudió al llamado a la calle la mañana siguiente, el sábado. Desde temprano, la voz de la desesperación fue la de tres camioneros que acabaron tras las rejas por hacer su trabajo y montar una tarima en la Avenida Victoria, escenario posterior de una masacre de bombas lacrimógenas y perdigones contra personas de la tercera edad.

El Paraíso no honró su nombre, estaba hecho un infierno mientras en el Centro una pareja intentaba trasladarse de Capitolio a Bellas Artes en carro y contaban: “uno, dos, tres, cuatro, cinco piquetes de la Guardia Nacional Bolivariana en una calle de 300 metros”.

En la posterior avenida Urdaneta, un ciclista desesperado intentó escapar de un escenario realmente aterrador. Llovían bombas lacrimógenas y la gente corría. Él quería llegar a su casa en Galerías Ávila, pero se vio atrapado: de un lado lo rodeó el piquete de la Guardia Nacional y del otro, la gente que huía despavorida. Le costaba respirar y no quería atropellar a nadie. Los organismos de “seguridad” del Estado se han vuelto parte del hampa común, que lleva años atormentando a un país desesperado por un poquito de paz. Ellos creían que estaban controlando la situación, pero no podían estar más lejos de la realidad: dos calles más abajo, toda la nevera de charcutería de un negocio fue echada a la basura luego de que su contenido emanara olor a putrefacción.

Pero las prioridades de esos funcionarios armados parecía ser nada más que reprimir a los ciudadanos que salieron a ejercer sus derechos.

 

Gente de todas las edades sigue falleciendo en los hospitales, las frutas se llenan de gusanos y quien escribe espera cinco minutos de electricidad para poder trabajar y recolectar un poco más de ese –ya inservible- dinero electrónico.

Total, vivimos en un país donde todo está muy normal, como la canción de Desorden Público. La estadística de fallecidos crece descomunalmente y los usurpadores hablan de una guerra. Es verdad: las cifras respaldan que el país sufre una guerra. Pero no de potencias extranjeras, como ellos dicen. Están en guerra los más ineptos, los usurpadores que tienen secuestrada a Venezuela, contra todo el país.

Mientras tanto seguimos siendo la voz de la desesperación. Y por momentos, de la desesperanza. Quizás algún día no tengamos que gritar tanto, porque tendremos algo más útil que hacer con nuestra boca.

 

Por Fabrizio Cuzzola  |  @FabriCuzzo22