Amnistía: olvido y construcción de nuevas formas de recordar

Amnistía viene del griego “amnestia”, que significa olvido. Me resulta interesante que se plantee discutir y aprobar una “ley del olvido” en un país que se ha caracterizado por su estudio superfluo de la propia historia, el archivamiento de eventos que son relegados a cajones ocultos de la memoria colectiva, la superposición de un suceso sobre el otro hasta que ya no se puede leer el pasado.

Ya hace unos años se intentó aprobar un primer proyecto de esta ley de amnistía donde la característica del olvido tenía muchísimo sentido, al menos desde la narrativa con que estaban construyendo esa acción. En un principio, se hablaba de la ley de amnistía como una herramienta para poder liberar de sus cargos y penas a los numerosos presos políticos encarcelados por los regímenes de Chávez y Maduro. Un proyecto de ley que los absolvería de los crímenes de los que eran acusados y podría ayudar a restituir el orden judicial del país. Es evidente que, poniéndolo así, los sectores de oposición la respaldarían y los poderes dominados por la dictadura harían lo posible por rechazar este proyecto.

Ahora bien, 2019 parece exigir una estrategia totalmente distinta a lo que se ha intentado antes para recuperar la democracia en el país. Ya lo vemos con la manera en que han estado jugando al factor sorpresa, con el posicionamiento de la figura de Juan Guaidó y su juramentación como presidente (E) de la República, aún cuando Diosdado Cabello asegura que el diputado le había dado su palabra de que no se juramentaría. Esta nueva estrategia, que apunta a sentar las bases de lo que pudiera ser una transición y la posterior instauración de un gobierno democrático, pasa también por el intento de mover desde adentro algunas de las bases de las estructuras que mantienen en pie al régimen de Nicolás Maduro. Es por eso que se presenta un nuevo proyecto de ley de amnistía con dos cambios en relación al intento pasado: a) se toma en cuenta a funcionarios militares y civiles que hayan estado relacionados con el Gobierno y hayan podido estar involucrados en actos delictivos desde el 1 de enero de 1999 (en el proyecto anterior el período comenzaba en 2005), y b) desde el punto de vista de la narrativa con que se presenta, no se habla de la manera en que esta ley va a exculpar a todos los presos políticos injustamente encarcelados, sino que se intenta presentar como un puente para que ciudadanos (civiles o militares) que hayan estado involucrados con la Revolución, y quieran contribuir al restablecimiento del país, puedan hacerlo con la seguridad de que se respetarán sus garantías constitucionales. Ya no te cuento cómo quiero reivindicar a los que están de mi lado, sino que te explico cómo puedes lavar tu cara y asegurarte una vida más o menos digna cuando todo esto termine.

En días recientes, y en especial con este tema, he estado recordando la escena final de Inglorious Basterds, película escrita y dirigida por Quentin Tarantino (2009). En esa escena, Aldo Raine le hace a Hans Landa una herida con forma de esvástica en la frente. De esta forma, el antiguo alto mando nazi no tendrá forma de ocultar su pasado, aunque haya negociado un indulto con el gobierno de los Estados Unidos. Raine representa el mismo deseo que veo reflejado en miles, millones de venezolanos: “quiero que paguen y no puedo estar en paz con la idea de que pasen por debajo de la mesa”.

A pesar de las reservas que puedo tener con la forma en que se ha estado narrando este tema de la amnistía, creo que esta nueva estrategia está poniendo en primer plano un elemento clave con el que tendremos que aprender a vivir: hay que establecer puentes con quienes hacen vida dentro del chavismo para poder llegar a esa transición que queremos de la dictadura a la democracia. Sin embargo, negociar no implica el mismo diálogo vacío e inocuo del que hemos sido testigos en el pasado. Negociar tampoco implica impunidad, ya que los crímenes de lesa humanidad no son susceptibles a la amnistía. Negociar implica ofrecer condiciones favorables a quienes pertenecen al régimen para que les resulte más atractivo abandonar el poder que quedarse con él; José Ignacio Hernández lo explica muy bien en este artículo del portal Prodavinci, donde queda claro que, más que una amnistía entendida como un total olvido, lo que se debe buscar establecer (con esta ley como primer paso) es una justicia transicional que ayude a sentar las bases para la instauración de la democracia. Es ingenuo pensar que todos los crímenes cometidos (financieros, fiscales, entre otros) van a ser pagados; hay que estar dispuestos a dejar pasar ciertas cosas pensando en un país nuevo como objetivo final.

Sin embargo, tampoco podemos construir una nueva Venezuela teniendo como bases las impunidades y los olvidos sobre los que nos hemos estado tambaleando por años. Si bien el olvido de la historia reciente y pasada ha sido una característica definitoria del venezolano en general, lo cierto es que la frase “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” nos ha marcado más de lo que quisiéramos. El venezolano, a mi entender, ya no está tan interesado en olvidar como en poder mantener vivo el recuerdo de lo que pasó. De seguro quiere dejar atrás una de las etapas más oscuras que ha tenido, sí, pero quiere asegurarse de que jamás vuelva a pasar. Muchos quieren calles con los nombres de los jóvenes que han muerto en las protestas. Venezolanos en el extranjero se toman el tiempo de explicarles a los locales lo que ha pasado en el país. En redes sociales nos encargamos de recordar, de vez en vez, la responsabilidad que tuvo Hugo Chávez en todo este desastre actual; un personaje que a veces suena lejano, pero que apenas unos años atrás se escudaba en el poder y el despotismo para hacer de las suyas.

El psicoanalista venezolano Fernando Yurman, en su libro Fantasmas Precursores (2010), dice sobre el trauma: “El acontecimiento que se deviene traumático se ha disociado inexorablemente y mantiene su potencia dramática en el aislamiento psíquico. Mora en un limbo enajenado que flota fuera de la historia, pero al mismo tiempo es su mayor hito fantasmático, una señal concreta de que hubo historia. (…) Es un documento que no se logra aprehender, arqueología viva encapsulada por la alteración anímica” (p. 15). Básicamente, lo que no se puede hablar, lo que no se puede adherir al hilo narrativo de nuestra identidad como individuos, como sociedad, se puede convertir en un trauma que no solo tendrá sus consecuencias en nosotros, sino que también heredaremos a la siguiente generación, llevándolos a repetir las mismas conductas que nos han identificado como nación a lo largo de los años. El tema de la amnistía es uno difícil de tratar cuando hay tanto dolor de por medio. Es difícil pensar en la idea de que tanta gente que ha hecho tanto daño pueda salir incluso sin cargos de todo esto. Por eso creo que una de las labores principales es cómo se le cuenta y se les muestra a los ciudadanos este capítulo tan importante, el capítulo de la justicia.

Creo que los venezolanos necesitamos ver que estamos construyendo un nuevo país sobre las bases de la justicia y la confianza en las instituciones. Creo que las autoridades deben ser completamente abiertas con la ciudadanía y explicar con pelos y señales qué implica la amnistía, pero también demostrar que hay delitos que no se pueden dejar pasar, cuáles son, cuáles son los castigos asociados. Creo que necesitamos un proceso de catarsis, de cura mental y emocional, que pasa por ver cómo la justicia cae en su justa medida sobre aquellos que han causado tanto daño. No se puede dejar este tema como algo encapsulado, como una pieza de la historia que no se ha unido a nuestro relato principal. Dice Yurman (2010) nuevamente: “Será necesaria una clínica que recupere los fragmentos perceptivos para que ‘el hecho’ se entienda, se torne soluble, la representación retome su metabolismo y circule en su modalidad simbólica y narrativa” (p.16).

Tal vez esta sea también una oportunidad para aprender a recordar de una forma diferente. Para poder construir nuestra memoria, nuestra historia, de una manera que incluya los eventos negativos y las advertencias para no repetirlos, sí, pero también deberíamos incluir los elementos positivos: las protestas pacíficas, los apoyos internos y externos, los pasos que se dieron para la restauración de la democracia, la forma en que las instituciones una vez más pudieron ponerse en favor de los ciudadanos y no en su contra.

Si bien confío en que en líneas generales se pueda comprender el valor de la amnistía, de la justicia transicional, de las negociaciones, de los tratos, no estoy seguro de cómo funcionará todo esto a escala micro. Al final del día, no me preocupan los altos mandos militares o las figuras visibles de la dictadura; a fin de cuentas, muchos de ellos deberán ser procesados por delitos de lesa humanidad y tendrán (o no) los castigos apropiados. Me preocupan todos aquellos funcionarios o militares de a pie, que luego tendrán que volver a sus hogares con la gran mancha del chavismo en la frente, incapaces de esconderse ante las miradas rencorosas de los vecinos contra quienes, en algún momento, utilizaron su poder. Puede que haya silencio, pero dudo que haya amnistía. Dudo que haya olvido.

 

Por César Aramís Contreras Parra  | @CesarAramis 

“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!”

La gente de Sabana Grande lo sabe:

 —¡Maduro! –gritan.

—¡Coño e’tu madre!  –responde un coro de personas.

En Sabana Grande hay (casi) de todo: indigentes, vendedores ambulantes, transeúntes. Los dos primeros entienden la dinámica social que están viviendo: ven pasar gente que, desde lejos, se sabe que van a la concentración convocada por el presidente encargado Juan Guaidó. Y, con el olfato que solo tienen los que huelen la calle todos los días, gritan:

—¡Maduro!

Lo hacen para divertirse, quizá para desahogarse, para tener con que justificar la risa que soltarán luego. Pero, sobre todo, lo hacen porque saben que las personas –cualquier tipo de persona, al menos ocho de cada diez venezolanos, dicen las encuestas– responderán a todo pulmón:

—¡Coño e’tu madre!

Y la realidad no los defrauda. Los escritores e intelectuales de izquierda del mundo deberían hablar con los mendigos y vendedores ambulantes de Caracas: ahí tienen más respuestas a lo qué pasa en el país que en sus teorías anacrónicas.

Son más de las diez de la mañana del dos de febrero de 2019 y esto no se parece mucho a la convocatoria hecha para el pasado 23 de enero. No se parece, digo, porque noto demasiados negocios abiertos y semblantes muy relajados. El pasado 23 de enero, muchos teníamos la esperanza de que sucediera lo que al final pasó: Juan Guaidó se juramentó como presidente encargado de la República de Venezuela. Entender que eso era una posibilidad activó las alarmas internas de muchos; todos sabemos que los usurpadores no son políticos: son malandros. Y de los malandros solo se puede esperar odio y represión, como en efecto ocurrió parcialmente en algunas zonas y con especial saña en los sectores populares.

Pero hoy es dos de febrero y los venezolanos hemos recuperado la palabra presidente: ya no nos da vergüenza ni asco. Hoy es dos de febrero y, en diez días, hemos visto tantas noticias –las de un presidente encargado gobernando, y la de un usurpador dando pataletas de ahogado–, que es como si supiéramos no que todo está bien, sino que vamos bien.

La vida sigue su curso mientras millones resistimos desde la cotidianidad.

Veo locales abiertos, dije, y cuando llego a Chacaíto noto también las caras de los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana. Me suele resultar impactante ver a los ojos a funcionarios por el estilo antes de las manifestaciones o, incluso, cuando están haciendo cualquier cosa menos reprimir. Descubro que son humanos.

Una policía carga un espejo portátil y se ve en él con la coquetería de una miss antes de salir a desfilar. Es guapa y se pinta los labios de rojo para hacerlos más provocativos, supongo. Tanta vanidad me produce una disonancia cuando detallo su cuerpo embutido en un uniforme militar. A menos de 20 metros, un corro de funcionarios –cascos, escudos, botas– gesticulan con intensidad y se tocan entre ellos cuando pronuncian frases contundentes: no estoy seguro, pero parece que hablan de deportes. Más allá, dos policías jóvenes miran pasar a las personas con cara de fastidio, con la expresión del que durmió poco y qué ladilla tener que trabajar tan temprano.

No me queda duda: son personas.

¿De dónde viene, entonces, la saña para reprimir?

Por una calle que transito con frecuencia, desde hace meses se instaló un punto de la PNB. Viven ahí. A veces, se han sentado al lado mío, en el mismo local que yo, a desayunar. Hacen chanzas con los mismos dueños con los que yo hago chanzas. Los hombres hablan de mujeres, las mujeres hablan de los hombres. Todos hablan de que la cosa está dura.

Descubrí, gracias a eso, algo que ya sospechaba y que hoy dos de febrero certifico: no se diferencian demasiado de mí.

Con la salvedad, claro, de que muchos de ellos han agredido, reprimido y asesinado a civiles que solo querían democracia.

¿Por qué?

Atravieso los diferentes grupos de la PNB que hay en Chacaíto y comienzo a bajar hacia Las Mercedes. ¿Algo destacado? No vuelvo a ver a más funcionarios. En cambio, la avenida principal de Las Mercedes se va llenando como un cuenco sobre el que se vierte esperanza. No me digan (detesto las apologías a la juventud) que aquí están solo los jóvenes que quieren –queremos– un mejor país. No estamos solo nosotros: abundan –y quizá son mayoría– los cabellos blancos y las arrugas: los viejos. Veo parejas, que parecen cuarentones, caminar de la mano. Carteles que dicen fuera Maduro, que piden el retorno de la democracia, que se lamentan del socialismo, que anhelan que al país retornen los que se fueron. Escucho consignas. Un hombre está arrodillado, frente a una lámina de papel bond blanca colocada sobre el piso, que dice cosas contra la dictadura y a favor de las elecciones libres, rezando. Las personas se detienen a tomarle fotos.

—¡Maduro!

—¡Coño e’tu madre!

Si hay un grito que unifica a los venezolanos es ese. Aquí hay variedad –veo leggins gastados, y también zapatos que intuyo que costaron unos 50 dólares; veo rubias falsas con tetas infladas, y también franelas con huequitos y dientes cariados–, se nota la representación del amplio abanico de la venezolanidad: lo que no se ve es miedo. Ni represores.

No sé a ustedes, pero a mí me huele a esperanza.

Guaidó

Miguel Gutiérrez – EFE

Cuando me voy acercando a la tarima, recuerdo algo que había olvidado: soy medio demofóbico. El tráfico se tranca, estamos más pegados que en una fiesta de reguetón. El sol hace de las suyas y ya no sé cómo apañármelas para acercarme a la tarima: no solo estoy mostrando mi apoyo al Gobierno legítimo, también estoy trabajando. Déjenme pasar, permiso, disculpa. Poco a poco sigo avanzando, pero se hace cada vez más difícil. Veo entonces a un grupo de personas que se acerca enarbolando un maniquí, vestido al más puro estilo del #GuaidóChallange, y seguidos de una gorra gigante de plástico –aquel símbolo que popularizara Henrique Capriles en sus elecciones contra Chávez y, luego, Maduro–. La multitud, como puede, les abre paso: es mi momento. Avanzo unos metros hasta que todo se vuelve a complicar. Me seco el sudor. Veo que viene una virgen –no sé cuál, tampoco me importa: sueño con una democracia laica, por favor– y, de nuevo, algunas personas se separan unos centímetros para que la procesión logre llegar adelante. Aprovecho. Gracias a todo esto consigo una ubicación aceptable: entre una madre con su hija preadolescente –a la que tendré que darle mi único caramelo cuando se sienta mal– y un chamo al que tanto calor y multitud lo harán marearse. Frente de mí, un grupo de muchachos bebe aguardiente (son las 11 de la mañana, carajo) y se ríen, pero lo que más hay a mi alrededor son canas y arrugas. Y chistes sobre el país que, por una brecha generacional muy fuerte, se me escapan.

Esperamos.

La convocatoria de hoy tiene un propósito claro: agradecer a la comunidad europea su apoyo y solicitar el de aquellos países que se equivocaron o que se han tardado. Antes de empezar con las breves intervenciones, una voz en off nos pregunta si estamos listos para la Venezuela que vendrá. Gritamos que sí. Una pantalla, entonces, comienza a reproducir un video en el que se ven diversos periódicos –del país y del mundo– con fecha de 2019; 2020 y 2021, titulando cosas como vuelve la democracia a Venezuela, liberan a los presos políticos, la UCV lidera ranking mundial de universidades, Maracaibo tiene el hospital más moderno del planeta, Venezuela tiene la inflación más baja de la región, Caracas es la ciudad más segura de Latinoamérica y pare usted de desear.

Es un montaje de la esperanza. Me descubro, paralizado, con lágrimas en los ojos.

Vivir este momento, esta energía, es casi un privilegio.

Rugimos: nos sacudimos el calor, los mareos, la incomodidad. Rugimos. La pantalla muestra ahora toda la avenida principal de Las Mercedes: está llena.

Volvemos a rugir.

Hablan los representantes de la comunidad de italo-venezolanos, el de la hispano-venezolana, los de la luso-venezolana, la de la germano-venezolana y llega el turno del de los (ehm, ehm) descendientes de holandeses. Cuando el hombre está hablando, la multitud gira su cabeza hacia atrás. No entiendo qué pasa pero es mejor seguir la corriente. Ignoramos al hombre con la franela de fútbol de la selección de Holanda, que está sobre la tarima. Al lado mío pasan dos jóvenes haciendo un trencito, bailando, diciendo:

—Viene el presidente, viene el presidente.

Se hace un intento de pasillo. Y de repente aparece Juan Guaidó. Gritos, locura: personas que quieren tocarlo, agarrarle la mano. Su equipo de seguridad casi que lo empuja rumbo a la tarima. Hasta que no suba, nadie querrá volver a escuchar al holandés-venezolano.

Reuters

Luego, el acto continúa. Se ve a diversos representantes de casi todos los sectores de la otrora oposición. Juan Guaidó en el medio: como símbolo de unidad.

Cuando llega su turno, hace los anuncios respectivos: llegará la ayuda humanitaria, iremos todos juntos a recibirla, hay un general que ya se acogió a la ley de amnistía, en Lara funcionarios se negaron a reprimir, vendrán más movimientos de calle. Hace las explicaciones pertinentes: esto no es un golpe de Estado, Venezuela quiere que vuelva la democracia, fuera el usurpador…

—¡Maduro! –grita alguien entre el público.

—¡Coño e’tú madre! –ruge la multitud.

Guaidó hace una pausa. Sonríe:

—Es provocativo –concede, antes de proseguir.

El retorno es sencillo, sin obstáculos y con varios vendedores de chucherías en el camino. Hasta hay un tipo que ofrece camisas y gorras con el #GuaidóChallenge. Carajo, aquí nadie pierde el tiempo. Pero lo realmente llamativo es que las personas fuimos, nos concentramos, escuchamos a los políticos, al presidente; dijimos lo que queremos –cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres– y ahora nos vamos: sin esquivar perdigones, sin oler gas lacrimógeno, sin escondernos.

Algo está cambiando. Y en los diferentes comercios de Las Mercedes lo saben: casi ninguno cerró.

Por cierto, hoy se cumplen 20 años de la primera vez que Hugo Chávez tomó posesión. Nadie habla de eso, pocos lo recuerdan. Ese es su legado: una país destruido, una población harta. Esa es su condena: perder el protagonismo por el que tanto luchó.

Algo está cambiando.

Tengo debilidad por los rituales colectivos. Los partidos de fútbol, los conciertos, los espasmos de una lectura pública bien hecha. Aunque medio demofóbico y amante de la soledad como motor creativo y del desarrollo personal, esos momentos en los que una multitud se conecta me estremecen: son experiencias espirituales que trascienden la individualidad. Si no has gritado gol con otras 40 mil personas, o movido tus brazos al ritmo de un cantante mientras entonas una canción que le quita cadenas a tu alma, hay una parte de la vida que no has saboreado: la de sentirte parte de.

Por primera vez, me siento en sintonía de algo tan grande, del descontento de más de 25 millones de venezolanos que pedimos –como se grita un gol en un estadio– cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres.

Me siento un poco menos raro dentro de mi país: al fin me siento parte.

Cuando camino a la altura de Chacaíto, donde siguen apostados los funcionarios de la PNB, un grupo de veinteañeras –quizá de menos edad– pasa a mi lado:

—“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!” –cantan.

Y lo repiten una y otra vez. Y lo gritan con más fuerza. Somos varios –los rostros nos delatan– los que sentimos el corazón alertarnos: ¿¡qué están haciendo!? Volteo, a ver si esas niñas tienen algún tipo de protección tras de sí. Nada. Hasta pienso si debo detenerme en seco, porque una parte de mí razona –por la experiencia– que mínimo se aproxima una halada de cabello. Pero nada sucede. Las niñas siguen gritando, siguen cantando. Y entonces, entiendo, sí hay algo que las protege: la Constitución, el anhelo por la democracia y los corazones de más de 25 millones de venezolanos, del 80% del país.

Ellas cantan. Y los policías se enderezan a su paso. Todos las ven. No con rencor, rabia o desprecio: las ven con una mueca cercana a la confusión.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

De oposición venezolana dividida a Gobierno legítimo unido

“Jugamos cómo nunca, perdimos como siempre” es la frase que podría resumir la historia de la coalición política que pretende tumbar al régimen usurpador. El escenario político nunca estuvo tan nublado como cuando, de una vez por todas, la dictadura demostró que no cedería el poder por la vía electoral. La imposición de una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) en 2017 y las posteriores realizaciones de “elecciones” fraudulentas (regionales, presidenciales y municipales) desbarataron por completo a la MUD. La implosión exacerbó los intereses individuales de los grupos, por lo que cada quien batalló a su manera. El juego estaba trancado para una unión que se creó para ganar en un terreno en específico, debido a que los partidos miembros sólo “se pusieron de acuerdo para los temas electorales. Cuando salimos de esa zona, la MUD estalla por las diferencias y ambiciones individuales”, dice el periodista Alonso Moleiro.

La impotencia, confusión y desconexión popular golpearon a una clase política que permaneció en silencio y cuestionada después del fracaso de 2017. La pega “Maduro vete ya” perdió sustancia adhesiva frente a una población que dejó de creer en el liderazgo reciclado de los Henrique Capriles, Ramos Allup, María Corina Machado, y actores políticos de segunda línea. Hubo quienes pretendieron dar un paso al frente para confrontar al régimen de manera light, basados en el siempre odioso “no hay que perder espacios”, pero el peso de la realidad los golpeó tan fuerte que los dejó sin credibilidad: Acción Democrática no sólo participó en las manchadas “elecciones” de gobernadores, sino que se doblegó ante la (f) ANC. En esa misma línea, y basados en “la conclusión de que aquí no había fuerza para sacar al Gobierno [régimen], que había que procurar cohabitar esperando el momento político oportuno para asumir el poder”, analiza Moleiro, el grupo de Henri Falcón se midió con el usurpador en un terreno de juego inclinado y con  árbitros comprados: se presentó en un parapeto que la dictadura quiso vender como “elecciones presidenciales” y que nadie fuera del régimen consideró legitimas.

Hace un mes, la entonces desunida oposición no mostraba ningún tipo de cohesión, sino más bien exhibía a la luz pública las discrepancias de los tres grupos de intereses: electoralista compulsiva, decididamente electoral y a todo evento (radicales), como los define el periodista Moleiro. Ante ese escenario, las próximas decisiones no serían fáciles de tomar. Pero se tomaron. Después de que AD, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo asumieran la presidencia de la Asamblea Nacional, era el turno de la diezmada Voluntad Popular. Con sus mejores fichas presas o en el exilio, decidieron apostar por un desconocido Juan Guaidó: el que recibió el coroto. Al joven diputado se le atravesó una circunstancia muy compleja que, hasta ahora, ha manejado hábilmente. Guaidó, en palabras de Moleiro, es el eje de unión. “Por lo extrema de la crisis había que sentarse a generar un tipo de estrategia conjunta”, opina el escritor Lucas García París acerca de la unión del archipiélago de intereses existentes.

Meridith Kohut para The New York Times

Los caudillos eternos que intentaron (intentan) de todo permanecen callados. Y es que cuando las cosas van bien, nadie se atreve a cuestionar. Unidos por el popular Juan Guaidó, los sectores molestos con el camino que se escogió se mantienen expectantes a esperar una resolución positiva para sus fines. Dice el crítico Erik Del Búfalo que “hay factores de la oposición [Gobierno legítimo] que apuestan al fracaso, que buscan más bien un diálogo y dilatar el tiempo como hemos visto en otras situaciones”.

La juramentación de Guaidó el 23 de enero produce una gran fuerza unitaria respaldada por el apoyo popular que suma incluso a los radicales, que exigían antes del 10 de enero una posición clara del presidente de la Asamblea Nacional. Guaidó, como dice Moleiro, “no es un líder impuesto. Las circunstancias producen personajes que salen del azar, que se le atraviesan los hechos”. La necesidad de botar a quien usurpa el poder es capaz de unir tendencias disimiles. Ante un enemigo común, las alianzas son necesarias.

Un malandro que duerme con pistola

El chavismo como movimiento aglutinador de masas, ganador de elecciones y sentimiento casi religioso ya no existe. En medio de la crisis nefasta, de la urgencia de tener ayuda humanitaria y  de un cambio en las políticas económicas, la mayoría del país repudia al régimen.

La dictadura, en ese sentido, solo se enfoca en una cosa: conservar el poder cueste lo que cueste. Es como una garrapata fijada en la piel. Como sentencia García París, hoy “toda Venezuela sabe lo que siente un barrio cuando llega un malandro y se apodera de la calle”.

Acusados de crímenes de lesa humanidad, blanqueo de capitales y señalados por senadores republicanos como patrocinadores de terrorismo, saben que su permanencia en el poder es una cuestión de vida o muerte. El costo de perderlo podría significar, en el mejor de los casos,  exilio o prisión.

El régimen cambió por completo las reglas del juego a las que estábamos acostumbrados. Desde que las elecciones se transformaron en una fachada democrática, la clase política se debatía entre asistir o abstenerse de los procesos convocados por el proselitista CNE. Las discusiones permitieron ver los intereses reales de cada grupo; sin embargo, optar por un rol de funcionario acabó siendo una manera elegante de mendigar: participar en el juego del régimen dejó de tener sentido. El tablero político tal como se conocía estaba trancado. Esos zorros viejos electoreros compulsivos no están preparados, o no lo parecen, para afrontar una dictadura, a malandros que no le temen –literalmente– a ensuciarse las manos de sangre. A gente así es imposible convencerlos de que se tienen que ir porque perdieron una elección.

La dictadura con fachada democrática garantizó un juez vestido con los colores de su equipo además de una maquinaria capaz de chantajear, sobornar y amenazar a los electores. Al principio podían ser más disimulados, el apoyo popular era incuestionable, pero cuando no fue así, sacaron la pistola para convertir cualquier intento de diálogo razonable en una petición de vida.

Los políticos opositores empezaron a sentir la presión. Quien se la da de listo, puede sentir el peso de la policía política del Estado que, hay que decirlo, es de las pocas cosas eficientes que tiene el régimen: nada funciona tan bien como su maquinaria de difundir terror. No es casual: quien tiene mucho que perder, tendrá sabuesos con dientes afilados en la puerta de su casa.

La lista de presos políticos es larga. Ser un dirigente opositor que no se amilane ante el usurpador se convierte en un acto de rebeldía: “Su vida personal ha sido muy alterada. Muchos han tenido que sacar a su parejas del país, a sus hijos. Han tenido que irse de hoy para hoy. Nos vamos ya, cerramos todo. Una vida muy azarosa. Cuando tú analizas a la oposición y ves a los dirigentes, por lo menos la mitad tiene algún problema con el chavismo”, explica Alonso Moleiro.

Féretro de Fernando Albán / EFE

La magnitud de las circunstancias pareciera solapar –salvaguardando siempre las distancias– las necesidades de la población con las de la clase política. De muestra el botón de Fernando Albán. De este hombre religioso, colaborador en comedores solidarios y concejal es imposible creer que preparaba un magnicidio. El asesinato de Albán por parte de la dictadura, aunque suene crudo, pudo reducir distancias entre quienes conforman el ahora Gobierno legítimo y los ciudadanos. O, dicho de otro modo, este horrible hecho encendió las alarmas más viscerales de los adversarios al régimen. “En Venezuela mueren al año miles de albanes, gente que es buena, que se porta bien, que trabaja por la comunidad, pero un día la matan. Como clase política están sintiendo lo que la población está viviendo desde hace rato”, reflexiona Lucas París sobre lo que pudo ser un punto de inflexión.

El caso Albán  pudo significar un llamado de atención. Quizás el miedo que sentimos al salir a la calle empiecen a sentirlo también la clase política que quiere asumir los destinos del país. Se dieron cuenta tarde, como cuando los diputados de la Asamblea Nacional decían que no podían recorrer el país porque no les pagaban. Ese argumento no era excusa, pues la gente, desde hace rato, tenía que hacer maromas para comer.

Nadie escarmienta en cuerpo ajeno. Los roles son distintos. Fue el asesinato de Albán una alerta. La vida de un político venezolano jamás será igual.

En algún momento Henrique Capriles se esforzó recorriendo el país de punta a punta pregonando que la fuerza popular le otorgaría la silla presidencial, que venceríamos al tirano a través de un método pacifico. Nos lo creímos. Depositamos la esperanza allí en 2012, también en 2013 y, nuevamente, insistimos en 2015 con la Asamblea: ahí lo logramos. Quizás padecemos el síndrome de Estocolmo con los otrora políticos opositores hoy Gobierno legítimo. O quizá seamos esa persona a la que le fallan mil veces, pero que vuelve a creer porque es la única salida. El régimen no se irá por las buenas. Son el malandro que duerme con la pistola. El que tiene muertos en las costillas y está acostumbrado a la adrenalina. No se irán por una salida diplomática. Es blanco o negro. El exilio o andar en 4runner. Los barrotes o las suites del Marriot. La vida o la muerte.

Campaña presidencial de Henrique Capriles / EFE - Gobierno legítimo

Campaña presidencial de Henrique Capriles / EFE

No obstante, la consideración más importante es otra: ¿es para la Gobierno legítimo una cuestión vital salir del régimen?

Guaidólovers

A la gente le gusta Guaidó, pero no demasiado. No es el crush político de sus vidas, ni siquiera lo vislumbraban como redentor hace unos meses. Guaidó fue la ficha que tenía Voluntad Popular y que los demás partidos, les gustara o no, ayudaron a preparar. Que Guaidó haya calado tan rápido es causa del desgaste vertiginoso de líderes que no lograron vencer al chavismo. Para Henry Ramos Allup, Capriles, Leopoldo, entre otros líderes rayados, aplica la frase de la serie El Mecanismo: “Nadie combate un cáncer y sale ileso”.

La gente tiene hambre. Está desesperada y tiene mucha frustración encima. Puede que no sepan, ni quieran saber realmente qué quiere Guaidó para Venezuela, pero saben que no les gusta el régimen. Comenta Moleiro: “Lo importante acá es la gente en la calle (el pueblo venezolano) que no se cala esto. Ahora sí lo podemos hablar con todas sus letras, llenándonos la boca. Todo el país salió a la calle [el 23 de enero]”. Es el punto de unión en un país de penuria. Se aferran a Guaidó porque, en este momento “la crisis es tan fuerte que yo me puedo montar en cualquier locura sí creo que hay una posibilidad que esa cosa genere una salida”, piensa García París. Creemos en chavistas disidentes pese a que hayan robado. La crítica hacia la dictadura gusta, fascina. Es un punto en común entre las personas. “El Maduro coño e tu madre” es una representación más de esa unión cohesionada por la indignación. La supervivencia opera con su propia lógica.

Qué hacer después de salir de la dictadura es un plan que ya está escrito, guardado en gavetas de la Asamblea Nacional. El plan de reconstrucción del país existe, pero el venezolano de a pie realmente no lo sabe, no le interesa saberlo. Es demasiado abstracto pensar cómo saldremos del control cambiario, si todavía está el usurpador en el poder. Allí siempre ha fallado la otrora oposición, hoy Gobierno legítimo, porque por encima del “Maduro vete ya” también tiene que estar explicar cómo volver a los estándares de normalidad.

Cuando vives en un país que no habla de otra cosa más que de la situación económica sabes que tienes una olla hirviendo. La represión es atroz, y abundan los paños de agua fría para la fiebre. Para la población, hoy día todo se reduce a doblegarse, o agachar la cabeza un poco. Esperar el CLAP, un bono o que la entidad de agua local comience a surtir. La situación es anormal. Y las secuelas psicológicas y físicas, para muchos, cuando acaben, serán irreversibles. Es difícil encontrar la normalidad.

Caja de alimentos del régimen

El país está tan deteriorado que las personas disfrutan cuando logran sacar dinero de un cajero, o el Metro no se retrasa, o sale agua del grifo, o caminan a las nueve de la noche y no pasa nada.  La normalidad se convierte en algo extraordinario. Cuando tienes un cóctel de este tipo piensas, y con razón, que estamos en la etapa “del fin de la dictadura chavista” como espera Del Búfalo, lo que no quiere decir que el desenlace será rápido. Augurar un escenario sería pecar de soberbia e imprudencia. Hoy sólo parece que se termina un ciclo.

El ascenso de Guaidó podría significar el final del régimen (o eso quiero creer), pero también entierra a los zorros viejos de la otrora oposición. “Guaidó abrió un nuevo espacio al resurgimiento de otra clase política. Yo creo que esos viejos partidos, sobre todo los caciques de partido como Ramos Allup, que tienen más de 20 años ahí –sin él mismo someterse a un proceso electoral– también están de salida. El chavismo se va a llevar con él esa vieja clase política enquistada, conformista, que convivió en una zona de confort con la tiranía”, remata Erik Del Búfalo.

La juramentación de Guaidó no es una barajita panini de papel autodhesivo cromado, sino más bien una que se une con pega de barrita, como la de los álbumes de los noventa; sin embargo, nos esperanza en medio de una época de oscuridad absoluta.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Una nueva esperanza

Esto no es un análisis sesudo ni contundente, tampoco un tubazo o un escrito con pretensión de verdad absoluta: es solo mi opinión. Una opinión que me toca escribir más por deber que por placer: como ya dijo mi compañero Alexis Correia, en su artículo sobre Juan Guaidó, hay personas a las que le caen situaciones en las que tiene que resolver.

Me preguntan mis amigos en el exterior sobre la situación del país. Me preguntan mis compañero de Revista Ojo qué opino yo cómo editor. ¿En qué momento mis palabras se volvieron tan importantes? No creo que lo sean, pero algo muy venezolano es mendigar buenos augurios en tiempos de crisis. Como si de una abuela desfasada se tratara, son muchos los que parecieran decir: “Mijo, usté que lee tanto, léame el futuro”.

Yo solo sé que a esta hora tengo algo de pesadez en el cuerpo y volvió un malestar en el estómago que ya creía superado. ¿Son esas las sensaciones del porvenir?

Juan Guaidó nuevo presidente interino

Carlos García Rawlins

No puedo evitarlo. Cada vez que veo el video en el que Juan Guaidó se juramenta como presidente de la República de Venezuela se me eriza la piel. Una vez hasta estuvieron a punto de salírseme las lágrimas. La emoción sabe cómo desbordar el cuerpo.

Hasta hace unas semanas, Juan Guaidó no era un rostro muy conocido dentro de la cultura popular venezolana. Su irrupción en esta película se asemeja a la de esos personajes que aparecen al final del guion para resolver los nudos de la trama que parecían imposibles de solucionar; no porque sea una especie de Odiseo con el ingenio suficiente para inventarse un caballo de Troya, sino porque la aparición de un nuevo personaje siempre mueve los hilos de toda narración.

Un empuje significativo ha sido el renacimiento de la esperanza. Los venezolanos se defienden de la incertidumbre recurriendo a los excesos: o con el pesimismo que los “resguarda” de futuras decepciones, o con la euforia desmedida del que necesita emborracharse para sobrellevar la cotidianidad. No somos, me parece, un pueblo reconocido por la mesura: en la ausencia de temple, todos opinan y nadie reflexiona.

Desde el 2017, las calles se llenaron de desesperanza. El país se fracturó. En ese momento se creyó que la salida del régimen era inminente. Atestiguar tanta represión, tantos muertos y heridos, solo para que a final de año en Miraflores siguieran viviendo los mismos fue un golpe muy duro de encajar. La mayor derrota, en mi opinión, no fue que esas protestas no condujeran a la instalación inmediata de un nuevo gobierno: fue la pérdida de esperanza dentro de la población.

Por eso, que en enero de 2019 se esté respirando esta nueva vibra es algo llamativo. De los venezolanos podrán decirse muchas cosas, menos que se entregaron con docilidad a la dictadura. En tiempos oscuros, la voluntad de las personas representa una luz de la que Juan Guaidó y una desprestigiada oposición tienen que asirse. De administrarla con tino depende el éxito.

La caída de la última de las máscaras

Manifestantes levantan barricada en Cotiza / AP

El régimen, desde sus inicios, buscó apoyo en los sectores populares. Construyó ahí pequeños fortines que respaldaran sus marramucias. A través de una relación clientelar y de un soborno descarado –que deveniría chantaje– compró a millones de personas que se sintieron muy identificadas con una narrativa que caló hasta los huesos de nuestra población. Los opositores, mientras tanto, jugaron a desconocer esa mayoría de apoyo que tuvo el Gobierno. Fue una de sus peores decisiones: significó el divorcio contundente de su discurso con la mayor parte de los venezolanos.

Aún hoy, son muchos los que repudian al régimen pero ven con escepticismo –y hasta temor– las decisiones que pueda tomar un representante de la oposición cuando alcance el poder.

Lo irónico es que la sólida narrativa construida en torno a los clásicos ideales de izquierda se ha deteriorado con el peso de la realidad. Los mismos sectores populares que fueron identificados como bastiones del régimen, hoy lo adversan –o al menos lo repudian– sin disimulo. Ya no hay soborno ni chantaje que funcione: la mayoría de las personas comprendió que sus posibilidades de no morir de hambre pasan por la necesidad de que vuelva la democracia.

Como en los sectores populares la penetración del Internet es casi nula, las noticias falsas pululan, los términos acuñados por el régimen siguen utilizándose y la credibilidad de los políticos opositores es la misma que tiene un entrenador que ha descendido a todos sus equipos; sin embargo, por la fuerza de la realidad, y de la forma más subconsciente y biológica, han comprendido quién es el responsable de la crisis.

Ante esto, la respuesta de quienes tienen secuestrado al país ha sido aumentar la represión en esos sectores. Los mismos en los que antes se sentían tan cómodos, esos en los que sembraron el miedo de los colectivos para que se viviera bajo la ley del color rojo (sangre) y en los que –lamentablemente– las posibilidades de documentar y de visibilizar la violencia a ojos del mundo son más bajos.

Las noches del 21 y 22 de enero, el régimen actuó con una saña que desnudó su perversidad: de cara a sobrevivir, como buen malandro, es capaz de asesinar hasta a los que alguna vez tildó de hijos.

El tercer acto

El momento en el que el villano podía escenificar una conmovedora transformación, y resarcirse a ojos de los espectadores, ya pasó. Era, acaso, en el 2014. Y el guion fue tan extraño que incluso ofreció una nueva posibilidad en el 2017 (que aprovechó, por ejemplo, Luisa Ortega Díaz). Hoy día esto es imposible: al tigre no le caben más rayas. Sus fauces huelen a sangre.

El repudio internacional, el divorcio con la población venezolana, la crisis humanitaria y el haber obrado la proeza de quebrar a un país petrolero, lo convierten en un boxeador groggy que sabe que es cuestión de tiempo antes de que pierda la pelea. Pero este boxeador, lejos de ser un deportista amante de la épica, es un malandro que desde que llegó al mundo solo piensa en sobrevivir: se aferrará a sus posibilidades así tenga que matar al referí y cada integrante del público.

Desde su óptica, cada segundo más en el poder es ganar una pelea.

Para mí es evidente que desde 2017 (hay quienes dicen que desde 2014) entramos en la etapa final de esta era oscura. Lo que pasa es que la etapa final de la película podía durar seis meses como puede durar diez años. Es imposible predecir un momento. Y, mientras llega el desenlace, la destrucción será cada vez más cruenta.

Como explicó Joseph Campbell, solo la más fuerte de las oscuridades da paso a la luz.

Fueron necesarias seis películas de Star Wars para narrar cómo nació y cayó un imperio del mal. ¿Cuántos episodios lleva nuestra saga? ¿Cuántos más nos faltan por ver?

Un síntoma acaso esperanzador es que ya parecemos haber llegado a la era de Luke Skywalker: quizá solo alguien nacido bajo los padecimientos de la oscuridad puede tener la suficiente hambre de supervivencia para enfrentar la infinita maldad del que sabe que si pierde el poder cae preso o muerto.

La generación 2007, esa que creció en pleno apogeo del chavismo, ha despertado mucha esperanza entre los venezolanos. Una esperanza que se deterioró luego de que, en 2017, no ocurriera lo que la mayor parte del país anhelaba. Sin embargo, aún hay líderes que pertenecieron a ese movimiento estudiantil que no han sido quemados por el ardor de la opinión pública. Guiadó es uno de ellos y eso, así sea simbólicamente, le ofrece una ventaja: su imagen aún no está tan deteriorada y hasta hace unas semanas ni siquiera era el principal objeto de los esbirros de la dictadura.

Debido a que la generación política que antecedió a la de 2007 creció con ciertas comodidades y encontró una zona de confort más o menos rápido, da la sensación –me da la sensación– de que cuando el partido entra en el último minuto actúan como si tuviesen menos que perder que sus adversarios. Los malandros saben que si salen del poder los espera, cuando menos, la cárcel. La generación política opositora previa al 2007 es probable que no sienta tanta urgencia: si la dictadura continúa, exiliarse y disfrutar de sus activos en el extranjero siempre es una opción.

Pero para quienes crecieron cuando el Imperio del mal ya estaba instalado, las opciones son más reducidas: si pretenden desarrollarse políticamente es necesario que ocurra un cambio en el eje del poder. Cada generación que sigue naciendo y creciendo bajo esta tiranía tiene una sensación de emergencia más acuciante. Al menos, así ha sido hasta ahora. Quizá se corre el riesgo de que en dos décadas, si la crisis sigue igual (o sea, cada vez peor), los nuevos venezolanos crezcan tan desnutridos y acostumbrados a la miseria que sean una población demasiado dócil. Pero ese es un escenario que se me antoja demasiado lejano.

La narrativa de la oposición

La juramentación de Guaidó como presidente interino, me parece, solo era viable si las personas respondían de forma masiva a la convocatoria del 23 de enero, como en efecto ocurrió. Un hecho que no es baladí fue la poca representación de los partidos que se vio en las diferentes movilizaciones. Las personas no se sienten muy identificadas con el partidismo como un ejercicio político, más bien parecen harto de él. Más que fe en alguien, los mueve el descontento y la frustración.

Ahora, para que Guaidó pueda gobernar con eficacia es necesario que su figura se transforme en el elemento que hace que, en el relato, todos los personajes se aglutinen en favor de una idea: más que un símbolo de cambio es un símbolo de unión.

Los políticos opositores, les guste o no, deben caminar de la mano y definir bien cuál va a ser el rol de cada quién. Si el escenario deviene disputas internas, se le estará facilitando la continuidad al Imperio del mal. Aspirar a que un líder aglutine el aura suficiente para derrotar con un sable de luz a sus enemigos puede ser algo anacrónico: incluso en Star Wars el rol de Luke era principalmente simbólico: equilibrar a la Fuerza.

¿Podrá la imagen de Guaidó equilibrar a la oposición?

Es necesario que se empiece a construir una narrativa con la que nos identifiquemos la mayoría de los venezolanos. Y es imperante poder transmitirla a todos los rincones del país. El Internet, aunque un canal necesario, es insuficiente para comunicarse con las personas: menos de la mitad de la población tenemos acceso a él.

¿Qué va a hacer la oposición para convencernos no solo de que es urgente salir de los malos, sino de que ellos son una opción razonable de gobierno? ¿Qué van a hacer para convencernos de que sí formamos parte de su proyecto?

¿Qué van a hacer para que entendamos cuál es el país que quieren construir?

Son tiempos acuciantes.

¿Y ahora qué?

A la oposición le llevó tiempo comprender (y no sé si todos los opositores ya lo hicieron) que no se enfrentan a políticos astutos, sino a malandros: a pranes.

Quienes crecimos en zonas de relativa inseguridad sabemos que la resistencia es un ejercicio cotidiano. Los malandros controlan las armas e imponen su tiranía gracias a la violencia. Y, mientras más fuerte sea el olor a amenaza, no van a dudar en asesinar a todo el que se cruce en su camino.

El malandro, cuando está arrinconado, adquiere incluso una violencia impredecible.

Más que esperar fechas mágicas, quienes crecen al lado de personajes así saben que deben ejercer una lucha cotidiana y no frontal. Que su resistencia es seguir vivos y con esperanza. Y que de su temple dependen sus posibilidades de seguir con vida a largo plazo e, incluso, de trascender.

Una actitud de firmeza y mesura semejante quizá sea lo que necesitamos.

La realidad final, según me parece, es que el golpe definitivo en este ring de boxeo pasa porque las Fuerzas Armadas decidan defender a una población agredida y no atacarla (más). Porque entiendan que su rol en esta película es el de acelerar el desenlace que el 80% del país quiere y el que todos merecemos: el retorno de la democracia y la atención efectiva de la crisis humanitaria. Mientras eso sucede (que ojalá suceda) todos debemos seguir resistiendo a nuestra manera.

Eso es lo que creo. Y estén o no de acuerdo conmigo (quizá yo mismo no lo esté mañana) solo puedo desear una cosa: que al final de este libreto, ustedes y yo sigamos con vida.

 

Por Lizandro Samuel | (@LizandroSamuel)

Juan Guaidó o cómo eludir la ideología en 30.000 caracteres

Me piden escribir unas líneas sobre Juan Guaidó, prácticamente mi primer gran reto de “vamos a ver qué tan machito nos salió el chamo”. No puedo evitar sentir un enorme estrés y un par de escalofríos. El estrés es porque ni siquiera puedo encontrar el origen de la palabra aguda Guaidó en Google. Pregunto en mi muro en Facebook, que casi siempre me es útil como herramienta de inteligencia colectiva. Un amigo de apellido catalán descarta que venga de esos lados: “Probablemente es más bien valenciano (de España) o canario”.

Los escalofríos son porque, cuando oigo hablar del presidente de la Asamblea Nacional y ahora también presidente interino de Venezuela, casi siempre le atribuyen dos virtudes que para mí no son virtudes.

“Es joven”. Tiene 35 años de edad: Nerón tenía 27 cuando incendió Roma, aunque leo en la Wikipedia gringa que esa autoría también es cuestionable, como casi todo en política.

“Carece de pasado”. Vaya afirmación terrible para los que sostenemos, junto al difunto Teodoro Petkoff, que solo los estúpidos no cambian de opinión. Un hombre sin pasado. Vaya sentencia de muerte en vida para los que creemos que cualquiera que haya cometido un error, pongamos, Henrique Capriles Radonsky, siempre está a tiempo de resurgir de sus cenizas, explicar lo de Odebrecht y poseer un futuro. Así sea un futuro dándole a la función de silenciar en las redes sociales.

Si me permiten otro escalofrío, me da demasiado miedo que cada palabra escrita sobre Juan Gerardo Antonio Guaidó Márquez sea siempre tan precaria. Que ni siquiera le podamos nombrar todavía “Persona del Mes”, porque apenas estamos a 23. Que el ingeniero guaireño esté a apenas un rústico del Sebin de distancia de que todas nuestras especulaciones sobre sus cualidades reales de liderazgo para encabezar la transición queden en un ejercicio de lo que pudo ser y no será semejante a la expulsión de Amorebieta en la Copa América 2015. De que se le recuerde como  la anécdota de otro político prometedor que terminó preso en una tumba, una embajada o en un exilio desdentado. Aunque, convengamos, a estas alturas ha pasado más tiempo sin esposas, con su esposa, del que la mayoría sospechamos cuando se lo llevó el Sebin el domingo 13 y, si en su palabra creemos, hizo entrar en razón a los gorilas y les quitó la capucha a punta de decencia y promesas de que mañana mismo, luego de la amnistía, nos veremos en el paraíso.

El Barack de La Guaira

Para que no me digan que solo estoy lleno de temores, hay algo de Juan Guaidó que me reconforta: es pulcro, tieso, formal y derechito, como Barack Obama, y hace una pareja mediática. Maneja los símbolos de un país hambriento de respeto y de valor en la palabra. Trata a la gente de “hermanos y hermanas”, como esos evangélicos que hacen el encomiable esfuerzo de ponerse corbata un domingo, discrepemos o no de sus prédicas. Basta ver si eso será suficiente para que, en el grupo de WhatsApp de los generales, todos digan: “Cónchale, sí, vale, seamos institucionales”, que dudo mucho que eso funcione así.

Me pregunto si Juan Guaidó habría querido que llegara este 23 de enero, o si en el fondo sintió la misma secreta aversión que le tengo a las fechas excepcionales, en las que quisiera refugiarme a ver canales de películas en una habitación de hotel de mala muerte de Catia La Mar y no estar escribiendo sobre Juan Guaidó.

Muchas cosas se han escrito del sobreviviente de la tragedia de Vargas desde el 10 de enero, él mismo las ha escrito hasta en inglés, pero yo solo me voy a centrar en dos documentos: una entrevista casi rompedora de himen que le hizo Víctor Amaya en Tal Cual y un perfil de Valeria Pedicini en El Estímulo. Suman en total más de 30.000 caracteres entre ambos textos, y hay algo que me llamó poderosamente la atención: en ninguno de ellos aparece la palabra “ideología”. Puede ser responsabilidad de periodistas que no preguntaron o no averiguaron, pero no deja de ser sintomático de un país en el que el tema de las ideas de fondo pasa siempre un poco agachado por temor a ir en contra de la narrativa de que somos la patria de Bolívar llena de riquezas por repartir. ¿Qué quiere Guaidó para Venezuela? ¿Una economía de libre mercado con democracia parlamentaria? ¿O todo se limita a ser mejor persona que los quistes humanos que no nos podemos sacar de encima?

Leo en El Estímulo esta cita de Miguel Pizarro: “En la política hay gente que filosofa mucho y hace poco –destacado mío–. Guaidó desde la universidad ha estado del lado de los que hacen y no solo de los que dicen”. Caramba. Guaidó no filosofa mucho. Leo en la entrevista de Tal Cual, cuando le preguntan si Voluntad Popular es un movimiento político de tendencia radical (sic): “Creo que da más responsabilidad la carga histórica que la partidista”. Caramba. A Guaidó no parece importarle mucho la ideología de su propio partido. ¿Deberíamos empezar a preocuparnos, incluso antes de que se plantee la remota esperanza de que conduzca al país a unas elecciones libres y justas, en las que pudiera plantearse la posibilidad de que él mismo se lance e inicie su ruta hacia el Churchillinfinito y más allá?

Hay varios tipos de liderazgo. Hay el que hace más que los demás. Hay el que pega más gritos. Hay el que sabe más. Hay el que aparece en las listas de líderes del futuro y corre el inevitable riesgo de terminar como casi todos los integrantes de la selección sub 20 de Egipto 2009. Hay otro tipo de líder: al que le lanzan una vaina encima después de que sale de la nada, porque todos los otros que podían ser líderes han sido sacados de combate, y tiene que ir improvisando, resolviendo sobre la marcha y encontrando cualidades colectivas y propias que ni él mismo sospechaba, un poco como el Jesucristo que hacía milagros tirándola a pegar, estilo Willem Dafoe en La última tentación de Cristo.

Me gusta pensar que así es y será Juan Guaidó. Creo en él porque juega para mi mismo equipo, empezando por ahí. Porque pertenece a una generación que para mí siempre tendrá un elemento mítico y casi sagrado, la de los estudiantes de 2007, incluso tomando en cuenta que es la misma de Robert Serra, Héctor Rodríguez y Ricardo Sánchez: la última que se atrevió a hacer algo después de la mía, que no se atrevió a hacer nada para evitar el Niágara del chavismo. Porque es de los que ya no tiene prácticamente nada que perder, exceptuando el beso de una esposa y de una hija, que tampoco es tan poca cosa. Me arriesgo a creer en Guaidó, a pesar de que, 30 mil caracteres después, sé muy poco de lo que realmente piensa. Así andaremos de necesitados de alguien en quien creer.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

 

El narco – sobrino cantó

#JóvenesInformados: No precisamente de la cáscaras de huevo de la canción infantil, sino del narcotráfico. De esa manera habría intentado una parte del chavismo obtener dinero una vez que se desplomaron los precios del petróleo. Así lo ha testimoniado Efraín Campo, el sobrino-hijo de la Primera Combatiente Cilia Flores, en una conversación grabada por la DEA entre él y dos agentes encubiertos de dicho organismo que se hacían pasar por jefes de un cartel mexicano, cuya transcripción, que ha sido presentada por la Fiscalía de Estados Unidos como prueba ante el tribunal neoyorquino que lleva el caso, ha sido filtrada por la periodista Jessica Carrillo y el corresponsal en Washington del diario ‘El Nuevo Herald’. “Necesitamos el dinero”, dice Campo en la conversación, a lo que su interlocutor pregunta por qué. “Porque los americanos nos están dando duro con el dinero, ¿endientes? La oposición…está recibiendo mucho dinero”. Son unas breves líneas que podrían darle un giro completo a la historia, ya que Campo sugiere que el dinero no era entonces para un fin personal o lúdico sino que se inscribía dentro de la lucha con la oposición; es decir, en el campo de la política. Conversando y conversando, se  meten en ese tema. Campo habla sobre la gestión de su tía Cilia en la Asamblea Nacional, a la que llama madre: “Mi mamá hizo un trabajo muy excelente cuando estuvo allí. La gente la ama… y entonces como… existe la posibilidad de que… se… se pudiese perder algo allí, se metió allá otra vez”, dice. Luego, afirma que la Presidencia de la República “está segura hasta dentro de tres años (…) que son las elecciones…pero, ¿qué pasa?…que queremos volver a tomar posesión de la Asamblea Nacional”. ¿Sugiere esto que el dinero obtenido por la narco-operación podría ser usado para la campaña de la AN? Para la Fiscalía de los Estados Unidos, sí. En un documento de casi 40 páginas, en el que pide a la juez que admita la transcripción de esta conversación como prueba, esgrimen, entre sus razones, que en ella se demuestra “que ellos necesitaban dinero para financiar la campaña electoral”. Poco queda por decir.

En Miraflores preparan sentencias del TSJ

Ya se cuentan en más de diez las sentencias que ha dictado el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) en contra de la Asamblea Nacional (AN), a la que prácticamente tiene amarrada de manos. Lo llaman “conflicto de poderes”, pero es más que eso: se trata de una estrategia hecha desde el Ejecutivo para inhabilitar, bajo una apariencia de legalidad, al poder Legislativo. Manuel Isidro Molina, columnista del semanario ‘La Razón’, que ha demostrado tener fuentes más que fiables dentro del TSJ y se ha convertido en el relator de lo que allí dentro pasa, reveló este domingo cómo es que se están llevando a cabo las cosas dentro del máximo tribunal del país. De acuerdo con Molina, en el piso 5 del TSJ existe una llamada “Sala Situacional” en la que se preparan las decisiones y sentencias en contra de la Asamblea Nacional. Esa “Sala Situacional”, cuyo acceso es restringido para la mayoría de los magistrados y cuenta con medidas especiales de seguridad, es regida por el magistrado Luis Fernando Damiani (designado por la otra AN en diciembre pasado) y los ex magistrados Francisco Carrasquero y Emiro García. La sala coordina directamente con la Consultoría Jurídica de Miraflores, detrás de la cual hay tres abogados que asesoran a Maduro para este fin. ¿Sus nombres? Cilia Flores, Elvis Amoroso y Hermann Escarrá, quien “está muy activo redactando sentencias”. Siempre según Molina, hay entre los magistrados de la Sala Constitucional –algunos de los cuáles han sido llamados directamente por Miraflores– cierto descontento con la situación, sin embargo, al final, todos levantan las manos y firman las sentencias.

Ministros en desacato: no acudieron a la Asamblea

La revolución que hizo del ejercicio del gobierno un eterno mitin, que tuvo a un presidente que mandaba en vivo y directo desde la televisión, que transmitía en cadena hasta la inauguración de una calle, la revolución del “Aló, Presidente” y  el “Contacto con Maduro” está irreconocible. De la noche a la mañana se volvió tímida, y ahora huye despavorida ante las cámaras. Le da penita, parece. Y como no puede controlar el miedo escénico, entonces se esconde y no da la cara. Así explicó el vicepresidente Aristóbulo Istúriz el por qué los ministros no acudieron a la interpelación pautada para ayer a las 5: porque iba a ser “una interpelación prácticamente pública, transmitida durante todas las preguntas”, dijo. “Hay materias que no pueden ser dilucidadas públicamente”, explicó Istúriz, razonando como todo un señor cardenal en un cónclave. ¿Cuáles son esas materias que los venezolanos no estamos preparados para conocer, según el vicepresidente? La respuesta la dio el diputado José Guerra, quien dijo que la interpelación iba a versar sobre la situación de “las reservas internacionales, el financiamiento, la situación de los alimentos, los montos de los mismos”. Y eso, al parecer, es secreto de Estado. “¿Cuánto es la producción de petróleo? ¿Qué piensan hacer para bajar la inflación? ¿Cuáles son los niveles de inventarios de alimentos en el país? ¿Qué se está haciendo para resolver el problema de las medicinas?” fueron algunas de las preguntas que quedaron sin respuesta. Si el que no la debe no la teme, ¿por qué entonces tanto miedo a responder en público? ¿Será que la deben…y por eso temen?

En la AN ganó el pragmatismo

Varias cosas han sucedido entre ayer y hoy con la Asamblea Nacional como epicentro.  En su primera sentencia del año, la Sala Electoral del TSJ declaró el pasado lunes a la Asamblea Nacional (AN) en desacato y proclamó nulos todos sus actos mientras estuvieran incorporados los tres diputados de Amazonas juramentados por la directiva, a los que ordenó desincorporar cuanto antes. Durante el día de ayer el oficialismo en pleno se plegó a la sentencia manifestando por activa y pasiva que mientras la AN se mantuviera en desacato ni ellos ni Maduro –que debe ir a rendir cuentas el viernes– asistirían al parlamento. La mayoría de los diputados opositores tampoco asistió, por lo que la Sesión pautada para ayer hubo de ser suspendida y movida para hoy a las 10 am. En la noche, una misiva de los tres diputados de Amazonas pidiendo su desincorporación a la AN hasta conseguir una solución con la Sala Electoral hizo estallar la bomba informativa y cambió totalmente el panorama. Esta mañana, la AN procedió en consecuencia y acordó desincorporarlos y acatar la sentencia del TSJ. “Recularon en vivo y directo”, dijo, provocador, Diosdado Cabello, quien anunció que volverán al Hemiciclo y que este viernes Maduro rendiría cuentas allá. Ramos Allup, por su parte, apeló al pragmatismo para explicar lo ocurrido: “A veces hay que sacrificar partes para salvar el todo y en ese plan estamos”, a la par que elogió la actitud “cívica, institucional y responsable” de los parlamentarios, que permitió que la AN “no quedara trabada e inutilizada”.

Lee un resumen de los discursos inaugurales de la Asamblea Nacional

Anécdotas y retórica aparte, ayer Julio Borges, presidente de la bancada opositora, y Henry Ramos Allup, presidente de la AN, ofrecieron en sus discursos un esbozo de cuál será la hoja de trabajo de la nueva Asamblea Nacional. Aquí, un resumen de lo que podemos esperar para el próximo año: AMNISTÍA: “Una Ley de Amnistía y reconciliación, para los exiliados, presos políticos y los inhabilitados. Que más nunca haya en nuestro país presos ni desterrados por su forma de pensar” | TÍTULOS DE PROPIEDAD: “Una Ley que empodere a los beneficiarios de la Misión Vivienda y a los millones de venezolanos que viven en nuestros barrios, otorgándole títulos de propiedad, para que no solo sean ocupantes, sino propietarios con los derechos que eso conlleva” | PRODUCCIÓN: “Una Ley de Producción Nacional para volver a tener comida hecha en Venezuela y así lograr combatir la escasez y la inflación que nos agobian.” | CESTATICKET: “Es necesario y fundamental brindarle apoyo a los pensionados y jubilados con una ley que les otorgue cestaticket de alimentos y medicinas.” | CONTRALORÍA SOBRE MINISTERIOS: “Vamos a exigirles informaciones y de allí derivar una conclusión respecto de la gestión de los despachos con los dineros públicos de los venezolanos” | SUPERVISIÓN DE PODERES: “Los cargos públicos van a tener que rendir cuentas. Esos poderes no pueden andar al libre albedrío y tampoco se van a convertir en un contrapeso de esta Asamblea Nacional que fue elegida por el voto popular” | INDEPENDENCIA: “Vamos a ser un poder auténtico. No vamos a ser un contrapoder, pero tampoco un poder subordinado al Ejecutivo” | NO MÁS HABILITANTES: “No vamos a conceder más leyes habilitantes inútiles e inservibles para que alimenten ese raspado de olla de última hora” | CAMBIO: “En 6 meses buscaremos una salida constitucional al gobierno”.