dictadura

Dentro y fuera de la dictadura

Una mano emergió de la oscuridad del aeropuerto para saludarme.

—¿Lizandro? –preguntó, con una sonrisa.

Era el taxista al que habían encomendado llevarme desde El Vigía hasta La Fría, en Táchira, donde pasaría la noche. Era el jueves 21 de febrero, me esperaba una hora de viaje y estaba atravesando una de las semanas más importantes de mi vida.

Al día siguiente, cruzaría la frontera para Colombia.

El taxista comenzó a hablarme y yo sentí una ola mínima de miedo. ¿Qué tanto le había contado Juan Carlos, el productor que organizó el viaje, sobre mí? La primera recomendación que me dieron es que, desde que saliera de Caracas, no dijera en ningún lado que era periodista –cosa que no soy– o que trabajo en un medio o que escribo o que leo o que hago cualquier cosa que se le parezca o ay-qué-miedo-mejor-digo-que-soy-analfabeta.

La razón era sencilla: la dictadura chavista-madurista había iniciado una persecución contra cualquiera que ejerciera alguna forma de comunicación. El viernes siguiente, se llevaría a cabo en Cúcuta un concierto benéfico que buscaría intentar recaudar fondos para paliar la crisis humanitaria en Venezuela. El próximo sábado, camiones cargados de la ayuda humanitaria que ya habían donado otros países tratarían de ingresas al país. Así lo ordenó el presidente encargado Juan Guaidó. Pero las armas y las fuerzas de (in)seguridad del Estado(narco-régimen) estaban al servicio del usurpador Nicolás Maduro.

El taxista pronto se mostró como un hombre de confianza de Juan, por lo que, sin decir mucho de mí, me permití hacerle preguntas. El hombre vivía en Mérida, solía hacer mercado en Cúcuta (donde todo es más barato) y hasta se había comprado una antena de DirecTV colombiana que usaba en su casa. En Táchira y Mérida, todo el que puede cruza la frontera de tanto en tanto para sobrevivir.

—De acá mismo, de El Vigía. Vamos para… –y pronunció el nombre de un pueblito tachirense.

El guardia lo vio sin interés y le indicó que continuara el paso. Me habían advertido de la gran cantidad de alcabalas, de que debía tener cuidado. Vivir en un país como Venezuela es enfrentarse a diferentes matices del miedo: si se acerca alguien que parece un hampón, si se acerca alguien con una placa.

El taxista me comentó que su carro, como era pequeño, rara vez lo paraban. Que a los que más detenían era a los que podían transportar bidones de gasolina: la forma de contrabando más lucrativa de la frontera. Que con decir que veníamos de allí mismo e íbamos para acá cerca, todo estaría bien.

Habló como alguien acostumbrado a los juegos de palabras para despistar al poder.

Me sentí protegido.

—¿Ves esa cola de carros? –preguntó, cuando ya habíamos entrado a Táchira.

Se refería a una larga fila de vehículos (¿40?, ¿50?) estacionados al lado de una acera.

—Ajá.

—Esa es cola para echar gasolina.

Me quedé pensativo por unos segundos.

 —¿Y hasta que hora surten? –pregunté.

—Noooo. Eso es para mañana. La bomba de gasolina abre mañana temprano.

Eran las 9:00 pm.

—¡Mierda!

—Esa gente se queda ahí, pasa la noche y espera a que abran.

—Ya va, ¿y dejan los carros solos?

—Algunos se quedan dentro de sus carros. Otros le pagan a alguien para que se quede adentro.

FOTO: Ana Barrera | Crónica.Uno

En la vía, aparecieron otras bombas y otras colas. Era, para mí, lo más llamativo dentro de paisajes monótonos: llenos de verde, de casuchas, de calles sin iluminación.

—¿Y es seguro pasar la noche de esa forma? –pregunté.

Él hizo un mohín con los labios. Se pasó la mano por la frente.

—Mira, chamo, la vaina aquí es así:

Me habló de los paracos. Según él, una suerte de paramilitares armados por la dictadura para tomar el control de diversos poblados.

—¿Algo así como los colectivos?

—¡Exacto!

Solo que aquí, me explicó, trabajaban de la mano con los guardias y los policías.

—A algunos ladrones hasta les han cortado las manos.

También, dijo, cobraban vacunas, perseguían a disidentes y facilitaban negocios ilegales que les convenían. Es lógico: para que el crimen organizado exista debe haber, ante todo, orden.

Dos anécdotas llamaron mi atención.

En San Antonio de Táchira, una señora acababa de cruzar el puente hacia Venezuela tras hacer mercado. Puso sus dos bolsas de tela en el suelo y se descuidó. Cuando vino a ver, le habían robado todo. Detrás de ella, había una fila de chamos –de esos que pasan demasiado tiempo en la calle– que esperaban para cruzar hacia Colombia. Era obvio que había sido uno de ellos. La señora empezó a lamentarse.

—¿Qué pasó? –preguntó un paraco.

Cuando la señora terminó su cuento, el hombre exclamó:

—¡Qué vaina, vale! ¡No puede ser que le hayan robado todo a la señora! Ustedes, díganme quién fue.

Los muchachos de la cola se vieron entre sí, sin abrir la boca. El más valiente se encogió de hombros.

—Okey. Les dos 15 minutos para que aparezcan los ladrones. 15 minutos.

Los chamos comenzaron a moverse de un lado a otro. Luego de que transcurriera el tiempo señalado, los hampones seguían sin aparecer.

—Okey –dijo el paraco–, vamos a hacer esto. Señora, dígame qué fue lo que compró.

La mujer dictó uno tras otro todo lo que componía su mercado.

—Chévere –respondió el paraco–, tienen 30 minutos para, entre todos, reponerle las compras a la señora.

Y se las repusieron. O eso me contó el taxista.

En ninguna institución del país se podría observar una eficacia similar.

—Esos son la autoridad, chamo. Es mejor no contradecirlos –me dijo.

La otra anécdota resultó un poco más didáctica.

Un chico iba a cruzar hacia Colombia. Un guardia lo detuvo, le revisó lo que llevaba en la carretilla. Cuando el chico descubrió un rollo de cobre, el guardia le pidió una coima de 20 mil pesos para dejarlo pasar. El chico accedió.

—Espere –dijo el guardia, dándose cuenta de que había visto mal.

Le pidió al muchacho, esta vez, que expusiera todo el contenido de la carretilla. Entonces, quedó a la vista una cantidad de cobre muchísimo superior que la que se había mostrado en un principio.

—No, mejor deme 40 mil pesos.

En Venezuela, los alambrados de teléfono, las placas fúnebres, las estatuas: toda forma de cobre se roba y se trata de trasladar hasta Colombia, para venderla.

—¡Jódase! –gritó el muchacho.

Resultado: lo detuvieron en la sede de la Guardia Nacional Bolivariana.

No tenía ni 24 horas de haber sido encerrado, cuando una caravana de motos se estacionó afuera. Eran paracos, armados, que descargaron sus pistolas y ametralladoras contra el cielo.

—¡Tienen 20 minutos para dejarlo salir! –aullaron.

Dieron la orden de que se cerrara todo en los alrededores, rondaron el área por un rato, gritaron insultos. Los guardias permanecieron encuartelados, ni uno se asomó. Tras marcharse las motos, luego de dar el ultimátum, pasaron diez minutos antes de que se abriera la puerta del comando: el chico salió a pie, solo.

—Qué arrecho –dije–. Pero, ya va, ¿no se supone que los paracos y la guardia trabajan juntos?

—Sí, pero es como todo: también tienen su pique entre ellos.

Media hora antes de que llegáramos a La Fría, al hotel en el que iba a hospedarme, vimos caminar hacia una especie de estacionamiento a un puñado de adolescentes y adultos jóvenes armados. No llevaban uniformes, ni placas: eran civiles armados. Armados con ametralladoras.

Me hospedé en el mejor hotel de La Fría, un pueblo que pareciera caber en una sola calle. Pero en el restaurante se veía una que otra chiripa y había habitaciones sin control del televisor –que solo disponía de un cable operador local de 50 canales– y con el grifo de agua caliente dañado. En fin, yo esa noche solo tenía mente para lo que me deparaba el amanecer. El taxista que me trajo habló por teléfono con un militar amigo suyo y este le dijo que quizá cerrarían la frontera mañana. Yo quería cruzar a Colombia sí o sí. Por eso, junto con mi editora (con quien hablé por teléfono), traté de convencer a la taxista que me buscaría al día siguiente de que llegara lo más temprano posible. El plan era salir rumbo a San Antonio para cruzar el puente Simón Bolívar.

La taxista hablaba demasiado y yo tenía sueño: la noche anterior apenas pude descansar un par de horas: un poco porque no me cuesta nada tener problemas para dormir, otro poco porque cierta forma de ansiedad ganaba terreno bajo mi piel.

Solo una alcabala nos detuvo y ella le respondió al oficial que íbamos a San Antonio, que de ahí éramos.

—No, si yo he llevado a varios periodistas ya –me dijo, luego de presumir que por la ruta que llevábamos era más rápido llegar a la frontera: poco más de una hora.

—¿Qué tan difícil es cruzar el puente Simón Bolívar?

—No, como usted no lleva equipaje, sino un morral nada más, no lo deben de revisar mucho. A quienes sí revisan bastante es a quienes llevan bolsos grandes, maletas y cosas así. A usted a lo mejor le echan una revisada por encima y listo. ¿Usted lleva cámaras?

—No, nada de eso.

—Ah no, pues súper fácil, entonces. Usted sabe: discreto, bajo perfil y listo. A los que llevan cámaras, laptops y, usted me entiende, equipos electrónicos, a veces se los quedan los guardias.

Viajaba en el asiento de atrás. Traté de seguir durmiendo.

—En este hotel –me señaló uno cuando ya estábamos llegando–, se alojaron varios periodistas. Pero tuvieron que irse: ahí también se alojaba el FAES.

Hurgué en mi morral, di con mi chaqueta impermeable; la desenrollé, saqué la funda de mi smartphone y encendí el teléfono. Necesitaba avisarle a mi primo, residenciado en Cúcuta, por dónde iba. Él me iba a esperar en el comienzo del puente, del lado de Venezuela.

Dos formas de inseguridad me llevaron a tener bien oculto mi celular. La primera, el hampa común. La segunda, que en una alcabala a un guardia o policía se le antojara hacerme una revisión a fondo. Aunque cumplí con todas las recomendaciones de seguridad digital, había un par de grupos de WhatsApp susceptibles a pasar con frecuencia información que me podía meter en problemas: en problemas con la dictadura.

Bajé del taxi y caminé hasta el Movistar en el que Michael dijo que lo esperara.

Vivo en Caracas. Eso significa que tengo bien desarrollados mis sentidos para identificar riesgos y posibles agresores en la calle. Ser caraqueño es hacer de la paranoia un estado habitual.

Todas mis alarmas se encendieron mientras esperaba.

Grupitos de personas, de esas que te hacen acelerar el paso si las encuentras en un callejón, ofrecían pasar al otro lado a cualquiera que no tuviera papeles o cargara encima algo ilegal. Varias veces se me acercaron, como felinos rondando su presa, a ver qué necesitaba, qué hacía ahí parado como a la deriva.

—Todo bien, mi pana –dije a uno de los más insistentes.

—Todo no está bien –respondió.

Me tensé, listo para actuar.

—Si todo estuviera bien –agregó el flaco descamisado de cara sucia– no te estuvieras yendo del país, ¿no crees?

Sonreí.

—Ando de visita.

Después de 40 minutos –en los que vi un amago de pelea, un grupo de personas gritando Maduro para que otros respondieran coño e’tu madre, y mucho tráfico de gente–, juzgué que lo mejor era cruzar el puente y tratar de comunicarme con mi primo, con quien solo podía hablar por WhatsApp, desde Cúcuta.

FOTO: Carlos García Rawlings – Reuters

Atravesar el Simón Bolívar fue fácil. Me pareció rápido. Nadie me detuvo, nadie me revisó. Centenas de personas entraban a Colombia. Era evidente que muchas iban al concierto. Los controles fronterizos, de los que tanto me advirtieron, fueron más bien blandos.

Al llegar al otro lado, me di cuenta de mi error: el despelote y la gran cantidad de gente con la que me conseguí no se diferenciaba en mucho de la que me había motivado a moverme hacía rato. Vi una agencia de viajes, entré y usé cualquier cosa como excusa para sentarme, pedir la clave del wifi y sacar el teléfono.

Me fue imposible conectarme a Internet. Luego de unos 15 minutos de vueltas, espera y ansiedad, crucé de nuevo hacia Venezuela.

Esta vez sí me detuvo un GNB.

El hombre me pidió que abriera el bolso y empezó a revisar. Temí que dañara una bolsa de cazabe que llevaba, mientras trataba de verificar que, en efecto, era cazabe. Pero el micro paro cardiaco lo tuve cuando comenzó a desenrollar mi chaqueta impermeable.

—¿Un teléfono?

—Ajá.

Verificó y lo volvió a guardar.

Casi le di las gracias por no robarme.

Vi harinapan por primera vez en ocho meses. Era de Polar, sí, pero con precio en pesos. Curioseé las chucherías del abasto: había Pingüinitos. Pensé en mi infancia y en las tantas cosas que la dictadura nos quitó. Mi primo terminó de comprar y caminamos hacia su casa.

Di con él luego de que entrara a una tienda, en San Antonio, sacara el smartphone y me entrara una llamada suya de la calle. Para esa gracia le hubiese dado mi otro número y listo. El caso es que, al cruzar nuestros relatos, es probable que hubiésemos estado esperándonos a menos de 20 metros de distancia todo el tiempo: él viendo hacia las calles de San Antonio, creyendo que vendría de allí; yo, hacia el puente, creyendo que él aún no lo había cruzado.

Asimilé que estaba fuera de Venezuela cuando, en el centro de Cúcuta, tantas personas exhibían sus teléfonos en la calle. Mis antojos, entonces, se alborotaron. ¿Sería posible que en alguna parte del mundo comer en McDonald’s fuera barato y rico? Después descubriría que el McFlurry colombiano era más pequeño y llevaba menos sirope que el de Venezuela. No se imaginan mi decepción.

Corrimos a buscar nuestras acreditaciones y nos dirigimos, en taxi, a Tienditas, donde ya estaba arrancando el concierto benéfico organizado por Richard Branson. Lo más resaltante de mi experiencia en el evento lo resumiría luego en Hay militares que no golpean. Acaso, me faltó resaltar una escena que compró vivienda propia dentro de mi cabeza. Alejandro Sanz, guitarra en mano, diciéndonos: “Que nadie les robe el relato de su libertad, que es suya y de nadie más”.

Que nadie nos robe el relato de nuestra libertad.

Desperté 30 minutos más allá de lo planificado. Sentía el dolor de una resaca y eso que lo más heavy estaba por venir. Mi primo aún dormía: le pedí a uno de sus niños que lo despertara. Intercambiamos miradas como reconociendo las lagañas de nuestras almas. Él, dijo, quería seguir la convocatoria oficial e ir a Tienditas, donde habría rueda de prensa. Yo leí en Twitter que en el puente Simón Bolívar había movimiento y sospeché que allí habría acción. Decidimos separarnos.

Lo que hasta ese entonces estaba siendo una experiencia importante evolucionaría hasta convertirse en una de las vivencias más significativas de mi vida. Cualquier cosa que diga sobre ese histórico 23 de febrero sería redundar en lo que ya escribí: Esos policías tienen ganas de llorar.

Tal como seguro le hubiese gustado a más de un funcionario, en plena confrontación me permití dejar salir las lágrimas un par de veces. Jamás me había sentido tan superado por los momentos.

Cansado, con el hedor a lacrimógena pegado al cuerpo y un sudor lleno de tristeza, me fui hasta Tienditas. Eran más de las siete de la noche y ahí daría Juan Guaidó una nueva rueda de prensa.

El espacio se fue llenando de a poco: bastante tuvimos que esperar los medios presentes. Un arsenal de cámaras de televisión, todas internacionales, apuntaban hacia el atril. Cuando se le preguntaba a los medio de afuera cómo les había ido, estos sonreían complacidos por todo el material que habían capturado. Cuando nos preguntaban a algún medio venezolano cómo nos había ido, el semblante sombrío dejaba entrever que las siluetas de los camiones de medicinas quemados por la dictadura habían dejado sus cenizas sobre nuestros corazones.

FOTO: Michael Martìnez

¿Todo había acabado? Era la sensación que tenía en la mañana del domingo 24: que solo quedaba escribir, enviar los trabajos y listo. Solo me preocupaba el cierre de la frontera, también por parte de Colombia, para los siguientes dos días. ¿Cómo iba a hacer para salir de Cúcuta?

La frontera colombo-venezolana es la más fácil de atravesar de forma ilegal. Abundan las trochas y los llamados trocheros, quienes viven de trasladar a personas de uno a otro lado. Incluso, cuando la frontera está abierta, ellos se lucran movilizando gente sin papeles, productos prohibidos y hasta carros. No es seguro, no es recomendable. Es como la comida chatarra: sabes que no está bien, sabes que su consumo sostenido te puede enviar a la tumba, sabes que no es una solución a largo plazo. Pero cuando hay hambre, hay hambre.

Ir hacia Bogotá y tomar un vuelo internacional hasta Maiquetía no era una opción: faltaba dinero. Y lo que más me asustaba eran los ecos que llegaban desde San Antonio. El domingo en la mañana, Iris Valera, adepta al chavismo, se paró en el puente de Tienditas, del lado venezolano, junto con colectivos. Hombres, civiles, armados. La foto era el resumen de lo que devino el chavismo: una organización criminal. Iris estaba ahí para amenazar, para amedrentar: para insinuarnos lo que podía pasar si los venezolanos decíamos volver a Venezuela a ejercer nuestros derechos constitucionales.

Para mostrarnos la diferencia de vivir en democracia y en dictadura.

Se decía que San Antonio estaba tomado por colectivos, que saquearon el pueblo y que pasaban por algunas casas para obligar a las personas a marchar a favor del usurpador. La vigilancia, decían, era férrea: como tener a un hampón observando la puerta de tu casa día y noche. Varios venezolanos con familia en Cúcuta, y que trabajaban en Colombia, prefirieron traer a sus familias a territorio democrático.

Los trocheros, en La Parada (donde inicia el puente Simón Bolívar en Colombia), parecían moscas buscando dulce. Si te bajabas de un autobús, te perseguían ofreciendo sus servicios. Yo traté de mimetizarme con el ambiente y logré conversar con trocheros más discretos, con vendedores ambulantes, con personas para las que estar ahí –para las que ir y venir– era un acto de supervivencia cotidiano.

Casi todos me trasmitían lo mismo: solo cruza el que tiene necesidad. Si no es urgente, ¿para qué?

Recordé a los colectivos que, el día en el que hasta los policías tenían ganas de llorar, estuvieron en el puente tomando fotos. Recordé sus cámaras enfocándome. Y rememoré el instante en el que me paré al lado del diputado José Manuel Olivares y diferentes televisoras del mundo también recogieron mi imagen. ¿Estaba paranoico? Sí: yo crecí con el chavismo.

La trocha más segura era la del Puerto Santander, a través de la cual se llega a Ureña. El detalle estaba en que Puerto Santander queda a hora y media de Cúcuta. Y era recomendable cruzar ese paso temprano: a las 2:00 pm, como tarde.

Es, me decían, territorio de guerrilla.

En Colombia me sentía seguro, sentía que podía hablar sin mirar a los lados. La idea de volver a Venezuela se configuró como un miedo denso que lograba observar a la espera de que disminuyera. La posibilidad de que me pasara algo cruzando una trocha me tensaba los hombros: jamás había sentido tanto rechazo hacia los policías, guardias y militares venezolanos. Un ratero me podía robar las pocas cosas que cargaba. Un funcionario podía destruirme la vida.

Salí del terminal de autobuses –en el que me tentó un pote de nutella a un precio ridículo, en comparación al costo en Venezuela– hacia Puerto Santander. En algún momento, el paisaje se llenó de un verde que me insufló algo de paz. Dormí. Cuando abrí los ojos, aún faltaban varios minutos.

Una vez se hubo estacionado el autobús, unos ocho trocheros se abalanzaron sobre quienes nos apeábamos. La ignorancia suele ser costosa y yo escogí uno que me cobró 20 mil pesos. Un venezolano que se ganaba la vida así.

—Del otro lado tengo la moto para llevarlo adonde le haga falta.

No sabía que, una vez cruzado el río, era necesario trasladarse tanto. Pero en fin. Mientras menos ignorante me mostrase, mejor. Solo rechacé su ayuda cuando se ofreció a cargar mis cosas.

Zigzagueamos casas, hablamos de fútbol (no sé si es que tengo un cártel en la frente, pero esas conversaciones me persiguen) y luego de 10 minutos llegamos al río. Nos subimos a una curiara. El trochero le pagó al conductor dos mil pesos: mil por él, mil por mí. Y este comenzó a remar.

En 30 segundos –30 segundos– llegamos a la otra orilla.

¿¡Para eso me cobró 20 mil pesos!?

—Aquí tengo la moto, para llevarlo –apuntó con los labios.

Y pensé: okey, es ahora cuando va a justificar mi inversión.

El río tenía menos de un metro de profundidad. Decenas de personas hacían el trayecto de uno a otro lado en las pequeñas embarcaciones: algunas con muchas maletas y paquetes. En la orilla venezolana, la mayoría comenzaban a caminar sobre la vía de tierra, rodeada de maleza de más de dos metros.

El trochero me llevó a un área delimitada con un mecate amarrado de varios árboles: un estacionamiento. Tomó una de las varias motos que estaban detenidas, le pagó al dueño-cuidador-vigilante-queséyo de esos vehículos y me invitó a subirme de parrillero.

En tres minutos llegamos al comando de la GNB, que colinda con una placita. Ahí me buscaría un taxi que ya había cuadrado todo con mi editora para llevarme a La Fría.

Eso fue todo. 20 mil pesos por 30 segundos en curiara y tres minutos en moto. O sea, bien pude haber pagado solo los mil que cobraban los barqueros.

20 mil pesos.

Hubiese comprado la nutella.

El alivio. El tenso alivio. Lo más riesgoso había pasado: crucé la trocha. La normalidad, entonces, volvía a mi vida: la paranoia, el miedo, el desconfiar de cualquier uniformado.

Me pareció curioso que, del otro lado del ilegal paso fronterizo, hubiese un comando de la GNB. Frente a él, y a funcionarios aburridos, pululaban taxistas y autobuseros que promocionaban destinos a La Fría, El Vigía, Mérida y hasta Caracas. Uno me ofreció movilizarme por Venezuela sin pasaporte.

—Chamo, ¿qué hay aquí para entretenerse? –pregunté al taxista cuando se estaba estacionando frente al hotel en el que pasaría la noche, el mismo de la otra vez: el de La Fría.

—¡No joda! ¡Esto es un pueeeeblo! Bueno, por ahí hay un cyber, para pasar las horas.

En la recepción, me preguntaron si ya yo me había hospedado antes ahí.

—Sí.

—Es que aquí está tu ficha –explicó la recepcionista.

Tras de ella, había un cartel en el que se informaba a todos los huéspedes que por orden de la Guardia Nacional, la Policía Nacional y el Sebin, todos debían identificarse, dar su número de cédula, decir de dónde venían y adónde iban.

—¿Profesión?

—Entrenador –respondí.

El vuelo desde La Fría a Maiquetía fue tranquilo. Aunque se retrasó 30 minutos. Solo hubo un instante destacado. Cuando estaba pesando por el detector de metales, un funcionario de la GNB, del comando antidrogas, pidió revisar mi bolso. Yo iba entre dos reporteros, que trasladaban sendas cámaras en sus bolsos.

—Usted también es reportero, los tres son reporteros, ¿verdad? –dijo uno de los empleados que ayudaban en el detector de metales.

—No, no. Yo ando solo, no ando con ellos –expliqué.

Minutos atrás, había desayunado cerca de muchos guardias, mientras en el televisor el canal Caracol mostraba imágenes de la represión del sábado pasado.

El tipo del comando antidrogas abrió mi bolso y, aunque no dio con los dólares que siempre trasladé de forma celosa por todo el país (como quien trata de introducir droga a una penitenciaria), sí encontró un souvenir de mi aventura: la credencial de prensa del concierto.

El hombre no se detuvo mucho en ella y me invitó a continuar.

Respiré aliviado.

Cuando –tres horas después– llegué a casa, sentí cómo se descomprimían mis hombros. Lo había logrado. Pero me asaltó una confusión: ¿cuántos venezolanos salen de un país secuestrado y luego se esfuerzan tanto para volver a él? Pensé en Rafael Cadenas: “No se puede escribir una sola cosa verdadera sin haber estado en el infierno”. Entonces, recordé los verdaderos motivos de mi aventura, de mi vida.

Me senté a escribir.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Venezuela necesita ayuda

Es 23 de febrero y, pasadas las tres de la tarde, muchos de los tres mil voluntarios convocados se van del Puente de Tienditas (Colombia), ahora conocido como Puente de la Unidad, donde se habían quedado desde el día anterior, cuando en esas instalaciones se llevó a cabo el Venezuela Aid Live, un concierto multitudinario donde más de 32 artistas habían unido sus talentos para levantar la voz, hacer visible la crisis humanitaria de Venezuela y conseguir donaciones para el país.

Pero después del mediodía sólo se dio la rueda de prensa donde el presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó –acompañado por el presidente de Colombia, Iván Duque; y el secretario general de la Organización de los Estados Americanos, Luis Almagro– anunció que parte de la ayuda humanitaria había cruzado hacia Venezuela, desde Brasil y Colombia. Terminó y algunos periodistas salieron hacia el Puente Francisco de Paula Santander (que va desde El Escobal a Ureña), otros fueron a almorzar; yo prefiero buscar transporte para dirigirme hasta el Puente Simón Bolívar, el que une a La Parada con San Antonio del Táchira.

Michael Martínez

Llevo una hora esperando transporte cuando se me acerca la señora Liliana. Lleva puesta la gorra tricolor que ha identificado a la oposición venezolana desde hace más de una década, y varias rosas blancas en sus manos, de esas que se había dicho que serían entregadas a los militares venezolanos antes de cruzar la esperada ayuda humanitaria. Liliana me cuenta que es de Mérida y se vino al concierto del día anterior: sus esperanzas son tan grandes que se quedó para colaborar en esta gesta histórica.

El mundo entero tiene los ojos puestos sobre Venezuela. Hoy se cumple un mes desde que Guaidó asumió como presidente encargado y si logra transportar la ayuda humanitaria desde Colombia, dará, sin duda, una estocada a la dictadura. La esperanza está de moda.

No pasa ningún medio de transporte y el sol sigue inclemente (tal como es siempre acá), cuando con muchas dudas y cansancio me dice que quiere tratar de cruzar hacia Venezuela: tratar de llegar a su casa.

Esta señora es madre de ocho hijos: cuatro están en Perú, una en los Estados Unidos, dos en España y la última se fue hace un mes a Chile, con el nieto más pequeño, el que ella había ayudado a criar hasta sus cuatro años. Ahora, me cuenta, vive sola en Mérida.

Pasada más de media hora logramos compartir un taxi con dos personas más que van a La Parada. El taxista viene de Ureña y nos cuenta que los dos camiones de ayuda humanitaria que cruzaron por El Escobal están siendo quemados en ese momento. Nos muestra fotos que le enviaron. La señora Liliana comienza a llorar.

A escasos metros de la casa natal de Santander, uno de los padres de la patria colombiana junto con Bolívar, en la autopista internacional que une a Cúcuta con San Antonio del Táchira, todos los días desde antes del mediodía se puede ver una cola de gran cantidad de venezolanos, muchos con bolsos tricolores regalados por el régimen de Maduro: algunos andan con aguacates, guanábanas, cambures u otros artículos que vienen a vender a Colombia diariamente; mientras que a otros se les ve cargar con coches de bebés y bolsos con los que piensan seguir la larga travesía a pie hasta el interior de Colombia u otros países de Latinoamérica.

Es ocho de febrero de 2019, tres semanas antes del 23: uno de los días más importantes de la historia reciente de los venezolanos. La postal, hoy, es un gancho al hígado: decenas de venezolanos que abandonaron su país por la crisis siguen, bueno, en crisis: pero con la tranquilidad de vivir en territorio democrático.

El sol en esta zona del nororiente colombiano se equipara al del oriente de Venezuela, algunos dicen que incluso es como el de Maracaibo. Es como estar en la playa, pero sin playa: te puedes insolar.

Bajo la sombra de palmeras y otros árboles, en la paciente espera, algunos aprovechan para descansar. Los niños corren y juegan, mientras los padres se relacionan con otros compañeros circunstanciales, al igual que se acostumbra en Venezuela, donde se hace cola para casi cualquier cosa, con la diferencia de que, como cuenta el recolector de reciclaje, Leo de Valencia: “Aquí uno sabe que hay comida, al menos hasta las tres de la tarde”.

Leo tiene ocho meses viviendo en este lado de la frontera, a diario camina bajo el sol colombiano y monta en su carretilla todo tipo de reciclaje: “Latas, plástico, cartón, lo que consiga en la calle. Vengo tres veces a la semana a comer en este refugio, y aunque también dan desayuno, sólo se puede comer una vez al día. Aquí entre migrantes nos ayudamos, y mientras como dejo la carreta aquí porque no se pierde nada”.

Como no hay números, ni la amenaza de quedarse sin comida, la cola se hace de manera relajada, lo cual no evita el desorden y que, a medida que se acerque la hora de apertura, en la entrada se vayan aglomerando nuevos futuros comensales.

Mientras dos personas salen con una computadora portátil y comienzan a organizar la cola, se me acerca un muchacho de complexión delgada: es Alixon, de Barquisimeto. Vende chucherías en autobuses y me comenta con su hablar rápido que lleva apenas 15 días en la frontera, que viene a comer tres veces por semana y prefiere el almuerzo, pues “es más completo y balanceado para lo que necesito, que es andar todo el día en la calle. A veces me voy a Cúcuta caminando y vuelvo en autobús vendiendo estas chupetas”.

Allí mismo logro conversar con uno de los encargados, el pastor Ricardo, quien con gesto adusto y hablar pausado se ofrece a darme detalles de la labor humanitaria que la iglesia menonita realiza en estas latitudes, adonde llegaron por la dura situación de los venezolanos, aunque “normalmente sus esfuerzos van orientados a situaciones de catástrofes naturales”.

Su español conserva el acento inglés, pero demuestra bastante práctica y modismos que sólo se aprenden con el uso constante, y con “la práctica, pues mientras un grupo almuerza, yo les predico y les doy alimentos para el alma” en unos bancos dispuestos como una pequeña iglesia, bajo la sombra de los árboles que rodean el Refugio Amigos del Prójimo.

Con más de ocho meses funcionando, me comenta el pastor Ricardo que no saben hasta cuándo va a seguir la necesidad, pero “estamos aquí para remediar y mitigar un poco los problemas, sabemos que no podemos solucionar todo, pero al menos es algo”. Este voluntariado de la iglesia menonita está compuesto por 27 personas, principalmente provenientes de los Estados Unidos, Canadá, Costa Rica y hasta Nicaragua, quienes en promedio entregan 950 almuerzos durante cinco días a la semana.

La ayuda humanitaria es el tema del momento. Todo el mundo la lleva en sus labios a cualquier hora del día. Pero esta ayuda humanitaria lleva ya años proporcionándose, en esta frontera, a venezolanos en cualquier situación: desde los que cruzan sólo a buscar un plato de comida, hasta los que vienen a trabajar o estudiar, incluyendo a los que están de paso en esta zona.

Michael Martínez

En la Casa de Paso “Divina Providencia” de la Diócesis de Cúcuta, ubicada en el sector de La Parada, en Villa del Rosario, me recibe el coordinador y asesor jurídico Jean Carlos Andrade. Esta experiencia de fe, caridad, voluntariedad y apoyo al más necesitado fue creada por el padre David Cañas hace dos años, cuando, estando ya cerrada la frontera, vio la necesidad latente de los venezolanos. Inició junto con sus feligreses con una olla comunitaria del tradicional mute (sopa parecida al mondongo), los fines de semana, pero nunca pensó en la magnitud que alcanzaría su proyecto.

Actualmente cuenta con el apoyo del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y el de US Aid (el programa de ayudas del gobierno de los Estados Unidos), con los que han logrado ampliar el tamaño de sus instalaciones al punto de ofrecer aproximadamente ocho mil comidas diarias, entre desayunos y almuerzos.

Desde mucho antes del mediodía, las filas alrededor de la Casa de Paso son extensas, entran en grupos de mil personas, mientras literalmente un ejército de voluntarios (venezolanos y colombianos) se reparte las tareas de cocina y otros servicios. Como no sólo de pan vive el hombre, aquí también ofrecen ayuda espiritual, y hasta tienen unas psicólogas que pueden apoyar a quienes vienen con depresión por las circunstancias del país o, simplemente, necesitan ser escuchados.

Michael Martínez

Hace poco más de 40 años (sí, en la famosa Cuarta República), Venezuela era el país adonde todos querían emigrar. En esa época, el cambio entre pesos y bolívares era muy ventajoso para los venezolanos. Jhon Álex, dueño de una casa de cambios, en esa época lograba pagar sus estudios embolsando pedidos en uno de los más populares almacenes de Cúcuta, el antecesor de los Almacenes Éxito. Sumando las propinas que le daban los venezolanos, cada fin de semana acumulaba la misma cantidad de dinero que devengaban mensualmente las cajeras.

Esta historia se repetía en otros comercios. Abundan las anécdotas de zapaterías en las que llegaba un venezolano cualquiera y veía los modelos, si le gustaba alguno pedía varias tallas y colores por docenas. Otros cuentos menos púdicos eran los de los burdeles, en los que era usual y hasta esperada la llegada de los venezolanos: más de una vez pedían que el local fuese cerrado para una “fiesta privada”, donde el gasto correría por su cuenta.

Actualmente, muchos cucuteños recuerdan esta época y hasta dicen que lo que pasa ahora en Venezuela es porque siempre hemos sido poco humildes, pues pedíamos “el pollo y botábamos las menudencias. Ustedes no sabían lo que era pasar hambre”.

La vida da muchas vueltas. Es común conseguir a cucuteños que también tienen cédula venezolana, incluso los hay quienes tienen partidas de nacimiento que certifican que nacieron a ambos lados de la frontera. Al parecer era una usanza habitual desde los 70. Por eso también es tan patente la solidaridad que esta tierra tiene por los venezolanos, la mayoría afirman tener familiares en Venezuela y añoran las vacaciones en “Isla Margarita”, como es conocida por acá.

Si además se toma en cuenta que esta ciudad es netamente comercial –con muy pocas industrias– y que el comercio principalmente depende de la situación del vecino, pues todos anhelan esa época en la que lo que se importaba era bonanza y no inmigrantes.

Desde taxistas hasta vendedores se muestran amigables y dispuestos a apoyar al venezolano, quien es ahora el que emigra y necesita ayuda; pero también desean con urgencia que llegue el cambio, saben que les favorecerá también. Ahora los billetes venezolanos son souvenirs y hasta pueden ser comprados en las calles cucuteñas como bolsos, carteras y hasta floreros. Para eso son útiles: para hacer artesanías.

Michael Martínez

La cultura pop siempre ha idealizado a los protagonistas del momento, y en la política latinoamericana pasa lo mismo con los líderes mesiánicos. Actualmente, Juan Guaidó está a la orden del día: es el primer presidente del mundo en utilizar casi exclusivamente las redes sociales para comunicarse con su audiencia, ante el bloqueo y censura del que son víctimas muchos medios venezolanos. Muchos consideran al presidente como ese híbrido de millenial-estrella pop con político. El problema es que en las redes sociales los followers se pueden perder tan rápido como se obtienen, con tan solo un tuit.

En Cúcuta hubo mucha expectación y hasta escepticismo luego de los anuncios de la realización del Venezuela Aid Live. Toda una semana en la que el ojo estuvo puesto siempre en las celebridades que vendrían, en la locación del concierto y otros detalles tales como la asistencia esperada de más de 250 mil personas, en una ciudad donde los artistas de mayor renombre internacional que se habían presentado en los últimos cinco años eran Los Tigres del Norte y ante no más de 50 mil asistentes.

Luego de unos cambios en la locación y en el line-up de los 32 intérpretes nacionales e internacionales que a la postre se presentarían, la expectativa no hacía más que crecer.

Llega el día del evento, con más de mil medios de comunicación acreditados en una ciudad donde sólo hay un periódico. El afán de noticias es inédito. Cúcuta, la pequeña ciudad del nororiente colombiano donde en 1821 se había formado la llamada Gran Colombia, se llena de periodistas de todas partes del mundo que necesitan pauta para varios días: el concierto es solo una pieza más en un relato que capturó la atención del planeta.

ayuda humanitaria

Venezuela Aid Live / Michael Martínez

El presidente Juan Guaidó desarrolla una agenda paralela al salir en caravana el día 21, desde Caracas hacia la frontera, con la intención manifiesta de estar el día 23 en el anunciado cruce de la ayuda humanitaria.

Pero la gran sorpresa se da en pleno Venezuela Aid Live, cuando se produce un gran revuelo en el área destinada a la prensa y otras personalidades: llegaron los presidentes de Colombia –Iván Duque–, de Chile –Sebastián Piñera–, de Paraguay –Mario Abdo Benítez–, el secretario general de la OEA –Luis Almagro–, acompañados nada más y nada menos que por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, sobre quien pesa una orden de prohibición de salida del país por parte del TSJ afecto al chavismo, o sea, a la dictadura: o sea, es una institución ilegítima pero en cuyas decisiones se amparan los represores para extender la tiranía del usurpador. Los medios desvían su atención del escenario hacia el público. Como moscas a la miel, las cámaras voltean sus lentes. Guaidó llega como estrella pop a un concierto donde él no es parte del set list y, aunque no sube al escenario, su efecto es casi el mismo.

Normalmente, cuando termina un concierto –y más en este tipo de presentaciones de largo aliento–, los medios nos retiramos a preparar el material audiovisual y escrito que se publicará. Este día no será así. Es lógico: el concierto, asumimos todos, es solo un aperitivo.

Finaliza el evento y, luego de varios correteos por diferentes sectores del Puente de la Unidad y una larga espera, podemos entrar al reservado sector donde está almacenada la ayuda humanitaria: allí se dará una rueda de prensa de Guaidó y los presidentes, lo que parece ya una nueva banda, en su primera aparición internacional.

Los anuncios, cuando llegan, son esperanzadores y optimistas. La consigna continúa: la ayuda humanitaria, dice Guaidó, cruzará sí o sí el día de mañana, 23 de febrero. Los otros presidentes manifiestan su irrestricto apoyo a Venezuela y las expectativas se agrandan. El 23F será un largo día.

Miles de voluntarios esperan el momento para cruzar el Puente de la Unidad, a cada uno se le entrega una rosa blanca. La policía colombiana mantiene el orden, pues los ímpetus son altos. Alberto, de San Cristóbal, me comenta sobre las duras condiciones del refugio armado la noche anterior para los voluntarios. Habían ofrecido carpas y sanitarios. Falsas promesas. Él contó con la solidaridad de una médico colombiana que les dio albergue junto con sus tres compañeros. Muchos no corrieron la misma suerte y mostraban desde temprano las ganas de luchar por la libertad de su país, pero ligadas con molestia y frustración.

A las ocho de la mañana comienzan a ingresar varios vehículos oficiales a las instalaciones del puente, cada uno es aupado por consignas de los voluntarios que esperan el momento del cruce de la ayuda humanitaria. Pero las horas van pasando y el sol junto con el hambre van haciendo su efecto en esa alegría y entusiasmo.

Poco antes del mediodía, la figura de un cura con su sotana resalta. Va acompañado de un militar de uniforme diferente al de sus pares colombianos: el mayor Hugo Parra Martínez, del Ejército venezolano, quien luego de cruzar la frontera por una trocha manifestó que reconocía “a nuestro presidente Juan Guaidó y estaré en lucha con el pueblo venezolano en cada marcha”. Ya para el momento se sabe también de la entrega de tres miembros de la GNB en el Puente Simón Bolívar, y uno más en el Puente Francisco de Paula Santander. Esta cifra crecerá durante el día, para completar más de sesenta funcionarios que se le rebelarán al régimen y se apegarán a la Constitución de Venezuela.

Michael Martínez

Pero allí en el Puente Tienditas o la Unidad lo que crece es el descontento. Personas que seguramente habían pasado una mala noche durmiendo a la intemperie, con hambre y calor, sólo cuentan con bolsas de agua y la esperanza de aportar su grano de arena en el cruce de una ayuda humanitaria tan necesaria.

Para cuando, horas luego, se realiza la segunda rueda de prensa de Guaidó y los presidentes, los organizadores no logran calmar el descontento y ven como la multitud va diluyéndose poco a poco. Incluso las personas a bordo de los camiones con el sonido, contratadas para animarlos, se muestran molestas por el sol y la larga espera. Algunos de los organizadores, ataviados con boinas azules, atajan a grupos que cada vez en mayor cuantía se van de la concentración. “Ya vamos a cruzar, no se vayan. El presidente Guaidó va a ir con todos nosotros”. Algunos dudan y se devuelven, pero la mayoría sigue su camino, molestos.

Mientras en los otros dos puentes la lucha para cruzar la ayuda humanitaria es eficaz y organizada; en el que es el símbolo principal, el puente que nunca había sido inaugurado, pero que había estado en todos los medios del mundo luego de ser bloqueado por el chavismo esa misma semana, en ese privilegiado escenario muchos voluntarios se van desilusionados.

Y aunque luego se confirmará la entrada de los camiones humanitarios, más tarde las imágenes de la quema a uno de ellos, por parte de la dictadura, darán la vuelta al mundo.

Venezuela está en una lucha y necesita mucha ayuda: no solo humanitaria.

Por Michael Martínez | @MichkoMart

Hay militares que no golpean

Atravesar el puente Simón Bolívar fue fácil. Los controles fueron tan blandos como lo son los derechos humanos en Venezuela. Cientos de personas cruzaban hacia Colombia desde temprano y muy pocas eran revisadas. No faltó quien gritara “Maduroooo”, para que un grupo de personas respondiera lo que ya todos saben. Pero lo más importante no era eso, sino la sensación de que el mundo tenía los ojos puestos sobre un país que busca su libertad. El concierto empezó un poco tarde y yo llegué cuando ya tenía un rato. Lo primero que me sorprendió fue cuando un funcionario de la Policía Nacional colombiana me preguntó si podía requisarme. Lo miré receloso. ¿De verdad existen policías y militares que dicen por favor y gracias? Mis prejuicios venezolanos hacia ellos tendrían el mismo destino que tantos queremos que tenga la dictadura: caerían uno a uno. Metido entre el público, mientras sonaba Reik, un militar pasó cerca de mí. “Permiso”, dijo, con cara de niño de escuela. Cuando me moví, alzó el pulgar, asintió con la cabeza y soltó un “Gracias” que me dejó boquiabierto.

El concierto estuvo un poco frío. Acaso por la variedad de interpretes (cada quien tenía su público), acaso por el calor que nos chupaba energía como un zancudo con un estómago infinito. Pero hubo varios momentos álgidos: Color esperanza, de Diego Torres; Carlos Baute gritando verdades sin pudor; Miguel Bosé mostrando su solidaridad sin eufemismos (“Michelle Bachelet, ven de una puñetera vez, mueve tus nalgas y ve los desmadres que ocurren en Venezuela”); en fin: Alejandro Sanz, Juanes, Ricardo Montaner, la gozadera con Silvestre Dangond, la locura -La Locura- con Carlos Vives, un speach -demasiado religioso para mi gusto- de Daniel Habif. Y Nacho invitando a Chyno Miranda a la tarima, “para recordar viejos tiempos” y dar un ejemplo de reconciliación. Cantaron Mi niña bonita y el 90% del público (300 mil personas, según la prensa del concierto) se unió en una coreografía que les recordó, probablemente, a una época en la que en Venezuela todavía había papel tualé y los niños aún no se morían de sarampión. Aunque se sembraban las condiciones para que esto ocurriera.

Los medios de todos los países nos reunimos a intercambiar -y capturar- impresiones. Muchos celebraban el concierto y más de uno se mostraba escéptico sobre los militares venezolanos y sus posibilidades de plegarse a la democracia. Un Guaidó demacrado, ojeroso y cada vez con más canas dijo que cruzó la frontera con ayuda de las FANB. Era la primera vez que lo veía sin flux y con camisa remangada. El presidente legítimo perdió su elegancia habitual y no parecía importarle. Así, supongo, debe lucir el presidente de un sitio como Venezuela: ante una crisis que está dejando tantos  muertos, la tranquilidad que ha querido fingir la dictadura no solo es chocante sino artificial. Para reconstruir el país hace falta remangarse la camisa y despeinarse. En esas andaba Guaidó: trabajando por Venezuela en un país en el que los militares no golpean a los civiles, dicen por favor y hasta -lo certifico- te pueden regalar una llamada desde su smartphone. Llevo menos de 24 horas en Cúcuta y, dado que estaba mentalizado, no me ha impactado ni el abastecimiento, ni la seguridad: me ha impactado algo de lo que nadie me habló: la educación de los que se visten de verde.

¿Estarán tomando nota los funcionarios venezolanos?

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Orden directa a las Fuerzas Armadas

Es raro esto de no sentirse perseguido. Pertenezco a una generación para la que cantar, marchar, reunirse y hasta respirar es tomado como un delito. Pero hoy es 12 de febrero y la vida ocurre con una cotidianidad que me pone los pelos de punta: ¿será que tampoco hoy veré un herido, respiraré gas lacrimógeno?

Son más de las diez de la mañana y camino desde Plaza Venezuela a Chacao. Casi todo luce como luciría cualquier martes: en un calmado caos. Calles sucias, malolientes, gente hurgando la basura, locales abiertos, niños pidiendo comida, gente yendo al trabajo: lo normal. O lo que para nosotros es normal. No se siente el peligro de represión que caracterizó las manifestaciones en el 2017 y en la mayoría de las marchas convocadas contra el régimen desde el año 2000. Aquí casi todos andan en los suyo: hasta los funcionarios de la GNB, que conversan con rostros amenos, sonríen cada tanto. Las señoritas embutidas en uniformes tienen el rostro maquillado con tanta prolijidad venezolana, que parecen más listas para desfilar que para reprimir. Y aunque no caminarán por ninguna pasarela, tampoco agredirán a civiles. Al igual que la concentración del pasado dos de febrero, hoy también reinará algo que ya nos resulta extraño a los venezolanos: el derecho a expresarse libremente.

En Chacaíto el espíritu de manifestación entra por los oídos. Cada partido político hace le suyo: enarbola banderas, pancartas; exhibe a sus jóvenes con franelas llenas de propaganda y denuncias. Padres e hijos, viejos, cuarentones y jóvenes caminan y se detienen a ver algunos cánticos.

—¡Otra vez, otra vez, a la calle otra vez!

Mientras más me acerco a la tarima, detallo más variedad de personas. La tragedia del país no se resume en dos o tres frases: cada quien tiene un relato que forma parte de un extenso rompecabezas. Después de dos décadas, la forma más efectiva que parecemos haber encontrado para enfrentar la dictadura es unirnos a través del dolor y de la necesidad de cambio: cuando, más allá de las situaciones concretas, la tristeza y la frustración se convirtieron en lazos de empatía, quedó claro que –preferencias políticas al margen– todos queremos y merecemos una cosa:

—Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres –dice el host del evento cuando da inicio la actividad.

Es el Día de la Juventud y alrededor de mí hay siete ancianos. Los cuento con la mirada. Aunque la apología superficial e irresponsable hacia los jóvenes seguirá apareciendo en diferente medida, me contenta la participación de tan variada gama de edades: un equipo exitoso depende por igual de sus veteranos como de sus promeses.

Si no fuera por la ilusión y la esperanza, podría decir que me encuentro tan incómodo como en un vagón del Metro. Quejas, empujones, sudor, desmayos, chistes. Pero la mayoría trata de comportarse –o soportarse– de la mejor manera. Lo que quieren casi todos es escuchar al presidente encargado. Veo hacia los edificios que están al borde de la avenida y siento ganas de vivir en uno de esos apartamentos: las personas de asoman por sus ventanas –una pareja de cuarentones hasta se montan en el tejado de una casa colindante– y disfrutan desde puestos VIP todo lo que ocurre en la tarima.

Después de los emotivos saludos –por video– de los exiliados David Smolansky y José Manuel Olivares, del coñazo que significa ver un extracto del último discurso de Juan Requesens antes de que lo secuestrara la dictadura, la actividad se torna fastidiosa. El comediante y presentador Manuel Ángel Redondo hace una intervención leída que solo genera ecos de aplausos: por estar tan pendiente del papel se pierde de la oportunidad de leer los ojos de los espectadores. Luego, suben dirigentes estudiantiles que contagian una ingenuidad discursiva que algunos atribuirían a la edad o quizá a la falta de rodaje o de formación: caen en la tentación de gritar por gritar, de hilvanar una seguidilla de lugares comunes y se repiten y redundan en sus intervenciones: no han hablado ni la mitad de los chamos que están en agenda cuando ya el público pide:

—¡Guaidó, Guaidó, Guaidó!

Pero hay dos cosas que me resultan llamativas:

Primero, cuando una dirigente estudiantil llama al escenario a “mis panas de la Resistencia”. Se refiere a esos chamos que se cubrían el rostro con franelas, para no ser identificados por los esbirros de la dictadura, y con escudos y piedras hacían frente a los represores durante las protestas de 2017. Cuando un grupo de cinco o seis muchachos suben a la tarima, me pregunto: quiénes son. Ya, se supone que los de la “Resistencia”; entonces capaz debería formular mejor mi pregunta: ¿y qué es y quiénes componen a la Resistencia? En 2017 hablé con diferentes personas de distintas partes de la Gran Caracas que actuaban bajo el manto que otorga ese sustantivo. Comunidades organizadas, asociaciones de protestantes, dirigentes estudiantiles; hasta algún militar retirado y un par que estaban fuera de servicio: todos ellos decían formar parte de la Resistencia. Es curioso como el nombre coquetea con penetrar en la cultura popular para hacer referencia, más que a alguien en concreto, a personas que en diferentes situaciones actúan bajo ese nombre.

Lo otro que me llama la atención es el uso que se da a la figura de los jóvenes asesinados por la dictadura en 2014 y 2017. Algunos se refieren a ellos como héroes, solo un hombre los tilda de mártires y demasiados pocos los muestran como lo que –en mi opinión– fueron: víctimas. Cuando un dirigente, que atropella su discurso hasta vaciarlo de sentido, dice que esos jóvenes caídos entendieron que la libertad está por encima de nuestras vidas me pregunto si tiene idea del significado de sus palabras. Y es precisamente ese tipo de excesos, a los que nos acostumbró el chavismo, de los que me gustaría que la sociedad que se está construyendo se cuidara.

Vivir bajo este régimen ha sido como extrapolar la cotidianidad histórica de los sectores populares a todo el país: tener como vecino a un pran que somete a la mayoría de ciudadanos y condiciona sus posibilidades de ejercer su libertad. Hoy toda Venezuela vive en esas condiciones. Basta pasar un tiempo en una comunidad popular para comprender que la resistencia está llena de matices y es un ejercicio cotidiano. En un país en el que la causa principal de muerte de los varones entre 15 y 25 años es el asesinato, muy pocos de los habitantes de esas zonas ven algo de heroísmo cuando un hampón mata a un chamo.

Estar vivo es la manera más contundente de protestar contra quienes nos les importa asesinarnos. Celebrar la vida es la mejor forma de luchar por la libertad.

Cuando dejan de hablar los dirigentes estudiantiles, las viejas que están cerca de mí se emocionan: creen que llegó el momento del presidente. Pero se equivocan: es hora de que tomen la palabra los diputados. Si de algo se han cuidado los dirigentes políticos en este nuevo plan de acción, es de usar muy bien los símbolos. Así como han mostrado unidad, han hecho de la Asamblea Nacional un fortín de ideas: es el rostro del Gobierno legítimo. Aunque la tendencia a buscar mesías sigue presente en buena parte de la población, los diputados –incluyendo al presidente encargado– dejan claro con sus acciones que Guaidó es el representante de un movimiento que lo trasciende a él como nombre y que muestran, además, el valor de la perseverancia y de los procesos: uno ve a estos panas hablar y no puede dejar de pensar en aquellos muchachos que supieron organizarse en el 2007 para frenar uno de los impulsos autoritarios del régimen. Esto no empezó en enero: son más de diez años de camino.

Resistir es tener paciencia y temple.

Manuela Bolívar toma la palabra en medio de gritos desaforados que piden que hable el presidente. Pero ella se erige como una de las mejores oradoras de la jornada: narra el testimonio de tres víctimas de la crisis humanitaria y captura la atención –sin gritar como loca, sin repetir lugares comunes– de la gente. Y eso, razono, no es sencillo: hablar frente a una multitud es complicado, hablar frente a una multitud que solo quiere una cosa y lleva 20 años de hartazgo y desesperación es como patear un penal en una tanda definitoria del Mundial.

Con Manuela el mensaje del día queda todavía más claro: estamos reunidos para honrar a los caídos, para mostrarle al mundo que queremos que ingrese la ayuda humanitaria y para pedirle a los militares que cumplan con su deber. Sobre todo, para pedirle a los militares que cumplan con su deber.

Habla otra diputada y la cosa se sigue extendiendo. Me duelen las piernas. A mí alrededor ocurren empujones más propios de un pogo. Alguien dice que le robaron el teléfono. Detecto más desmayos que en un concierto de Alejandro Sanz. Y el host toma el micrófono para decir que falta otra persona por intervenir. Todos comienzan a quejarse hasta que escuchan el nombre de Miguel Pizarro: entonces, lo aplauden con respeto.

Miguel engrosa la voz, camina de una lado a otro y avanza con sus palabras como quien recorre kilómetros en un maratón. La gente se queda en silencio, la mayoría lo escucha con interés. Si Manuel Bolívar fue una apología a la coherencia, Pizarro es el mejor aperitivo previo a Guaidó. Pide aplausos a la comisión de voluntarios encargados de la ayuda humanitaria, entre los que aparece Roberto Patiño, y nos garantiza que esa ayuda va a entrar sí o sí. Cuando comienza a alargarse demasiado, da la palabra al presidente de la República de Venezuela.

La multitud ruge como en un concierto de rock.

Aunque Guaidó a veces se extravía en sus alocuciones, aunque en ocasiones su entonación pareciera la de un robot, hay varias cosas que me gustan de su oralidad: es sobrio, tiene un buen lenguaje corporal, no necesita berrear como animal en celo para emocionar al público, es claro en sus mensajes. Y si hay un momento en el que todo esto se manifiesta de forma condensada es cuando engrosa la voz para decir:

—Voy a dar una orden directa a las Fuerzas Armadas.

Se me eriza la piel. Gritos, expectación. El presidente nombra diversos cargos militares y ordena:

—Dejen entrar la ayuda humanitaria al país.

Vítores. Aplausos.

Ante este momento, el resto del discurso –aunque contiene algunos momentos destacados– parece más bien un epílogo.

Habla de la esperanza y la sonrisa que se nos ve a todos en la cara, se toma una selfie con la multitud de fondo, remarca la importancia de que el usurpador se vaya:

—Que yo no voy a decir su nombre, porque ya todos ustedes lo conocen.

—¡Diiiiiiiiilooooooooooooooooooooo! –piden las personas.

Pausa. Silencio.

—El usurpador se llama Nicolás Maduro.

—¡Coño e’tu madre! –rugen.

Se anuncia un nuevo punto de acopio en Brasil y, otra noticia importante, asegura que el próximo 23 de febrero (a un mes de haber asumido la presidencia) deberá entrar la ayuda humanitaria al país.

Ya escucharon, militares.

 

Camino por la avenida Francisco de Miranda rumbo a Chacaíto. Las personas van animadas, se toman fotos, comentan lo dicho en la concentración. Alguien grita Maduro y todos responden coño e’ tu madre.

—Debería haber un récord Guinness a la madre más mentada del planeta –dice una señora.

Estoy cansado y todavía no me acostumbro a esta ausencia de miedo, de correr, de cuidado que vienen los guardias. Es raro ejercer los derechos constitucionales con tanta tranquilidad. Pero entonces, oigo el rumor de unas motos.

Durante las protestas de 2017, cuando la represión pasaba su momento más álgido sucedía la llamada operación arrase. Decenas de motorizados –algunas veces civiles armados; otras, funcionarios– aparecían disparando a mansalva. Pienso en eso cuando percibo lo que solo pueden ser decenas de motos acercándose. Volteo y estudio el área: puede ocultarme tras este quiosco, o meterme entre estas matas.

Ni lo uno ni lo otro es necesario.

Son varias motos, sí, una caravana que toca corneta y genera vítores tras de sí. De parrillero en una de ellas viaja Juan Guaidó, quien alza la mano para el delirio del público.

Símbolos, sonidos, imágenes y miedos: todo se está transformando en esta nueva Venezuela.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Gobierno

Un Plan País para reconstruir Venezuela

Un mantra repetido hasta al cansancio, la hoja de ruta con las coordenadas, el camino a recorrer: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. El Gobierno legítimo de Juan Guaidó nos indicó las tres etapas que debemos superar para recuperar la democracia en Venezuela. Pero contener las expectativas no es fácil: por estos días, la ansiedad hace de Twitter un producto nocivo para la salud si se excede la dosis recomendada. Las cadenas de WhatsApp alimentan el deseo de un madrugonazo que nos despierte con una sonrisa de oreja a oreja, pero también incrementa el pánico: del terror a la ilusión en menos de dos notificaciones. No hay analgésico que calme el dolor país, la cura es una sola y todos la conocemos; sin embargo, aunque sea difícil, debemos tener la capacidad de pensar un poco más allá, en los días y años después de que pase la dictadura. Es por ello que la directiva de la Asamblea Nacional, desde 2015, comenzó a trabajar en un documento para la reconstrucción de Venezuela, conocido como Plan País.

La recuperación de la nación sucederá en la medida de que se cumplan tres objetivos principales: 1) recuperar al Estado venezolano y ponerlo al servicio de la gente; 2) empoderar a los venezolanos a fin de liberar sus fuerzas creativas y productivas; y 3) reinsertar al país en el concierto de naciones libres del mundo.

“Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”

Que se alcancen las metas depende, necesariamente, de atender la urgente crisis humanitaria que atraviesa el país, por lo que el Gobierno legítimo asegura que protegerá a la población más vulnerable, la que se encuentra en riesgo de desnutrición o en estado crítico, a través de subsidios directos. La verdad es que no descubren el agua tibia, ni tampoco parecieran alejarse de las políticas conocidas, pero la diferencia aparece en la manera de prestar subsidio en detrimento del control social, como ocurre con las cajas CLAP, por ejemplo. Dice el sociólogo Luis Pedro España que “hay al menos 12 productos que son esenciales, que tienen el requerimiento calórico. 48% de los hogares no tendrían ninguna posibilidad de abastecerse sino tienen acceso a un subsidio directo”.  La idea en esta primera etapa implica llevar el subsidio a los bolsillos de los venezolanos en estado más vulnerable, quienes podrán dirigirse a los anaqueles que dispongan de los productos primordiales.

España recuerda el harto conocido dicho del pescado, pero le añade una variación: “Mientras estoy aprendiendo a pescar, me tienen que dar de comer. Porque si no tengo pescado mientras estoy aprendiendo a pescar, no puedo aprender a pescar. Esto es un pueblo que aprende muy rápido”.

La crisis alimentaria también, dice el Gobierno legítimo, será atacada a través de los comedores escolares. Garantizar un plato de comida con los requerimientos nutricionales adecuados combatiría la deserción estudiantil y la delincuencia, pues el exceso de tiempo libre puede ser un hervidero de criminales.

La estabilidad política del Gobierno que preside Juan Guaidó sólo será posible en la medida de que haya una estabilidad económica y social, por lo que la prioridad es atender la crisis, recuperar el valor del poder adquisitivo y restablecer el acceso a servicios públicos y de calidad.

Emancipar y empoderar al ciudadano para que logre su independencia económica tiene que ser el camino. Dice el diputado José Guerra: “Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”.

Recuperar la economía

Gobierno

La hiperinflación pretende ser estrangulada con el cese de la emisión de papel moneda sin respaldo, por lo que se devolvería la autonomía al Banco Central de Venezuela. La siguiente medida, según el plan presentado, sería levantar el control de cambio, el cual debería ser unificado.

“El problema de fondo venezolano es que estamos viviendo una emergencia humanitaria compleja. Eso quiere decir que la economía se ha reducido más de la mitad, por eso se requiere una expansión fiscal. Nosotros estamos buscando una recuperación inmediata y rápida de la capacidad de consumo del venezolano. La expansión fiscal se financia a través del acceso a un programa de financiamiento internacional extraordinario que permita expandir la producción, las importaciones y el consumo de manera tal que la economía se empiece a recuperar lo más pronto posible y salgamos de este bache”, explica el diputado Ángel Alvarado, con respecto a la fórmula que se desarrolló para que el país logre avanzar.

Eliminar los sueldos de hambre, valorar el trabajo y recuperar el valor del bolívar como moneda son necesidades que deben ser asistidas sin que la población padezca traumas. Y es que hoy, ante el desastre al que nos condujo el régimen, de su habilidad para rebajar la intensidad de la crisis dependerá el éxito del Gobierno de transición.

Sembrar el petróleo ya que “para luego es tarde”

“La Agencia Internacional de la Energía nos está diciendo que de aquí al año 2040 la demanda mundial de petróleo va a crecer a una cifra similar a lo que hoy consumen China y la India juntos. De manera que va a haber demanda de mercado; pero, después del 2040, también nos dice la Agencia Internacional, va a empezar a caer progresivamente la participación de los combustibles fósiles, fundamentalmente del petróleo, en el consumo energético desplazado por otros agentes menos contaminantes”, dice el economista experto en petróleo, José Toro Hardy.

Existe una ventana de oportunidades, pero hay que aprovecharla cuanto antes. La manera en la que se plantea recuperar la producción de petróleo es a través del ingreso de capitales extranjeros, los cuales estarían interesados en ingresar siempre y cuando las reglas estén claras.

Entre las acciones a ejecutar estaría garantizar la seguridad  de las instalaciones petroleras; promover el retorno de los empleados despedidos en 2002 de PDVSA; y la creación de la Agencia Venezolana de Hidrocarburos “para la administración eficiente y técnica de los yacimientos, así como para regular y supervisar el sector”.

El nuevo espíritu

Solventar la crisis humanitaria es urgente, por lo que los subsidios deberían ir destinados, con mucha precisión, a la población más vulnerable; sin embargo, ninguno debe ser eterno. Enterrar el asistencialismo y las creencias de que papá y mamá Estado tienen que mantener a las personas deben ser las premisas en las políticas sociales. Recuperar la confianza en las instituciones e implantar una nueva relación entre Estado y ciudadanos son los retos que tendrá el Gobierno legítimo en los días después a que se acabe la tiranía.

Dice Erik del Búfalo que “el día después yo espero que sean muchos años después, años de reconstrucción, de una nueva Venezuela, de una nueva forma de hacer política que no solamente supere al chavismo sino que también supere lo que estaba antes del chavismo”.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch