#DomingosDeFicción: No son iguales los ciegos que a los que no dejan ver

Nos quitaban la luz cuatro veces por semana, entre tres y cinco horas a partir de las siete de la noche. Nos íbamos acostumbrando, como aceptando la oscuridad a medida que avanza. Ya a las 6:30 debíamos dejar todo apagado, resignándonos a la sombra y a la falsedad alargada de una vela. Inventamos juegos de palabras, formas de contarnos lo mismo de ayer.

La abuela hay que amarrarla en la cama, mamá le dice que descanse, que no se levante, y la abuela se cae y no hay velas para alumbrarla. Al parecer hay sangre y la cerámica es blanca. Mamá consigue una luz de bengala que sobró del último diciembre y la enciende, pero la abuela está fracturada y todos estamos llorando.

Mary quiere cocinarle a sus hijos y sabe que no puede porque no hay luz ni comida. Se mete un hombre en la casa, así como en las películas, pero nadie tiene pistolas. En la radio nos dicen que la patria hay que construirla con sacrificios, que la oscuridad es un sabotaje. Los niños de Mary lloran y tienen hambre. No hay interpretación para esa tiniebla.

Elena viene caminando con una linterna. Decimos que es un ladrón, que se escucharon tres tiros, que las motos sin alumbrado suenan más feo. En la noche trabaja el crimen, dice el Libertador en una proclama o algo que nunca leímos.

La noche es peligro, la luna no alumbra suficiente, menos en los cielos oscuros y las nubes llenas de muertos. Los caminos suben, pero en la sombra parecen abismos. Mary tiene que salir a la calle a comprar pan. Elena enciende la linterna. Tres disparos que nos dicen que no escuchamos, que la pólvora es mentira, que los muertos son nubes y luces y velas.

Mary sabe que estas cosas no le pasan a su sobrina en Caracas. Que los de allá saben más que uno, que a los de allá les da sueño más temprano y no necesitan luz. Elena dice lo que es verdad: que donde hay monte y hay culebras, tiene que haber noche, y frío. Que si no no es monte y las culebras no salen.

La sobrina de Mary vive por Los Símbolos, cerca de una parada de porpuestos. Viene a Barquisimeto los viernes, cuando al marido le toca transporte, y ya es muy de la capital y se horroriza con las noches del campo. Sí, mi niña, somos subalternos, le puede decir Mary pero no le sale la palabra. Solo dice la verdad: que somos pendejos.

Que aquí la gente no se arrecha ni siquiera pegando una cuchara a una olla, que aquí somos los rurales del nuevo siglo, la clase digna campesina, los esclavos dispuestos a construir la historia, pero qué importan las palabras si no nos escuchamos, para qué hablar bien si no nos dejan ni vernos. Mary tiene razón: puro veneno, oscuridad y monte. Y las culebras están en las ciudades.

Ciudad es una palabra extraña. De provincia, mami, de provincia, le dice Mary a su sobrina antes de irse, cuando ya se están despidiendo en el terminal. Suena una explosión, nadie ve nada. Tres detonaciones secas. Elena dice que los cohetes no hacen ruido, que tumbarrancho es una palabra de los 90. Son disparos, le decimos nosotros, y las nubes están llenas de gente viva, como los hospitales (que les perdonan la luz) o como las cárceles, donde la sombra hace ángulo con la barbarie, y la pared con sangre, y las culebras y el monte y los túneles. La noche es prisión. Y somos pendejos.

Elena tiene que regresar a su casa. La linterna no tiene baterías. La estamos usando en la radio, para escuchar a las culebras. Le damos una vela. Elena fuma y se lleva la vela encendida con su yesquero, aunque haga frío, aunque se le apaga la luz en las manos —como a todos los que vivimos aquí—, aunque mientras camina no ve nada y se le apaga la vela pero ella insiste aunque no sabe si a su lado camina un perro, su sombra o una culebra. En su puerta hay algo. No sabe si es su hija o una bolsa de basura.

Enciende su cigarro y le prende fuego. La vela se le cayó sobre la piel de su hija. No. Es una bolsa de basura. Pero nosotros pensamos que es Elenita, porque la vimos y escuchamos el grito. En la oscuridad todo es violencia, todos somos culebras y vivimos en el monte. Elena saluda con su cigarro en la boca, nos levanta las manos mientras la vigilamos al otro lado de la cuadra.

Hay que tener cuidado porque hay un hombre en la otra esquina, el que escucha el dale papi y cambia de emisora y nos quiere distraer con la Fuga de Aldemaro y nos parece mentira cómo democratizaron la música, qué maravilla, qué armonía es esa que huele a vinagre y quién es ese hombre que está dentro de la casa. Suenan tres disparos, el pajarillo de Bach y las maracas con las cuerdas en pleno y ahí viene la moto. Suenan feo sin luces. Y el grito de Elenita, como si alguien le hubiese prendido candela. Salimos a la calle y está la bolsa de basura quemada. Elena nos saluda, no pasa nada, nos dice, y enciende su cigarro.

Todavía creemos que hay un hombre en la casa, el que apaga todas la velas y le habla a mamá al oído y pega tres disparos al aire mientras va sonando la bandola y el cuatro, carajo, y la fuga y el pajarillo, el reggaetón y la salsa erótica, como la que baila su mujer que se llama Damira y dice que trae hambre, dos hijos y no tiene trabajo, como Mary. Le pide a mamá que le dé plata mientras la amarra, yo estoy en el piso, repitiendo los tres disparos, comiendo monte y picado de culebra. En provincia amanece más temprano, en provincia oscurecemos a oscuras, como la gente que sabe de noches y sombras y espantos, como esa fuga que suena en la radio mientras nos vuelven mierda la casa.

Parece mentira la paz de la noche y esos disparos que son golpes de maraca y este hombre hablándonos a gritos y enseñándonos a Damira, que puede ser su mujer o su pistola, pero no sabemos porque no vemos. Nos destrozan a patadas y nadie está viendo nada. El hombre muerde a mamá en el cuello mientras me pisa con la bota. Pueden ser dos, uno solo, o cincuenta como un ensamble. La gente aplaude, la radio no falla. Elena está dormida. Dónde están los reales, pregunta el hombre que muerde a mamá en el cuello.

Una cosa fría se recuesta en mi cuello. Los pies le huelen a monte y tiene las manos llenas de aceite de carro. Puede ser una culebra o su pistola. O Damira que es una mapanare y tiene hambre y dos hijos y un buen par de portapistolas, como las damas de los bestiarios bolivarianos, como las jevitas de provincia, mi rey, me dice mientras nos pone de espaldas.

Dónde están los reales, repite, pero no sabemos porque no vemos nada. Sí sabes… Aquí las mujeres se guardan los billetes en las tetas o debajo del talón. El niño de Mary llora, nadie le ha dado comida porque no termina de freírse la patria, patria, patria querida, las nubes cargadas de gente buena, mami, porque en el monte no todos somos culebras, le dice a mamá, aunque le metió veneno por el cuello.

Hay sangre en suelo. Parece sangre, pero no vemos. Suenan dos disparos, un grito de niño que puede ser el de Mary o un gato o Elenita. Las motos suenan muy raro cuando no hay luz. Parecen bestias.

Deja que los hombres se vayan y que las motos suenen, dice Elena tranquila. La noche es prisión y nos hace desconocernos. La luna no alumbra lo suficiente.

Había un hombre en la casa, insisto, y ahora somos menos, como cada vez que nos obligan a la sombra y no nos distinguimos. Entre la calle y la casa hay un trecho de monte y un colchón de basura. Aquí no se necesita la luz. Duerman más temprano y acostúmbrense a estar apagados cuatro veces por semana. Cuerpos felices a contraluz. Cuerpos oscuros de la patria oscura.

11:00 p.m. Las pupilas hacen sombra y ahí sabemos que no es mentira la tiniebla del país. No son iguales los ciegos que a los que no los dejan ver, dice la abuela levantándose del suelo. Las manchas de su ropa parecían negras, pero son rojas, como todo por estos días.

La oscuridad miente y asusta a veces. De eso se trata.

Llega luz, pero seguimos encandilados.

 

Nota prescindible

Cuando este relato se escribió en 2013, días después de la muerte de Hugo Chávez, tres horas diarias solía durar el racionamiento de luz en Barquisimeto, de lunes a viernes. Cuando el texto se revisó por primera vez en 2016, los cortes de luz se mantenían entres cuatro y seis horas. Ahora que se vuelve a leer en 2019, un apagón de más de ocho días en todo el país sigue manteniendo en oscura vigencia estas líneas. Nada que celebrar. Nada que decir, más que esa gastada sentencia de que “la realidad supera la ficción”.

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra

11 niños muertos en Barquisimeto por bacteria

Serratia marcescens es su nombre y es la responsable de la muerte de por lo menos 11 niños en el Hospital Pediátrico Agustín Zubillaga de Barquisimeto, según una investigación especial hecha por el diario ‘El Impulso’. Se trata de una bacteria bastante agresiva, muy resistente a los antibióticos, que desde el año 2016 ha ido atacando a los pacienticos del referido hospital -143 casos se han reportado desde hace 1 año y 7 meses-, cuyas pésimas condiciones de salubridad y limpieza han sido el caldo de cultivo perfecto para que se reproduzca y mate. Su origen es intra-hospitalario, lo que quiere decir que no se agarra en la calle, sino dentro del hospital, usualmente por vía intravenosa. La presencia de la bacteria, que había comenzado a reportarse desde 2016, ha tenido un auge en 2018 hasta llegar al número de 28 infectados entre enero y marzo de este año, según consta en un informe elaborado por personal del hospital al que El Impulso tuvo acceso de manera exclusiva. En dicho documento se reporta que en esos 3 meses, 28 pacientes contrajeron la bacteria y 11 fallecieron, la mitad de los cuales estaba en situación de desnutrición severa, que es uno de los factores agravantes. Aunque las autoridades hospitalarias esgrimen que han realizado ya cuatro limpiezas de distintas áreas del hospital, en el informe consta que “a pesar de reportarse el brote, no se realizó el estudio epidemiológico adecuado, ni se implementaron las medidas de control necesarias para la erradicación del germen”, lo que podría sugerir negligencia por parte de dichas autoridades. Lo cierto es que la bacteria existe, está en el hospital y sigue matando niños.

Alfredo Ramos: Condenado por ser alcalde

“¿Por qué decidiste irte?”, le preguntó Fernando del Rincón a Ramón Muchacho, quien por esos días había escapado de Venezuela para no ser un preso más del gobierno de Maduro. “Todas las decisiones son respetables y hay que estar en la posición de la persona para entender sus motivaciones. Yo creo que en Venezuela poco se puede hacer desde la cárcel. No quiero ser una preocupación más para mi equipo de trabajo, para mis vecinos, ni mucho menos para los venezolanos. No quiero ser uno más por los que tengan que marchar, defender y pedir justicia”. Alfredo Ramos, Alcalde de Iribarren, tuvo un razonamiento diferente. El dirigente de la Causa R decidió atornillarse en su oficina y asumir las consecuencias. Por tomar esa determinación, cuando el viernes 28 de julio funcionarios encapuchados del Sebin ingresaron en la Alcaldía de Iribarren, sí lo encontraron en su despacho. Era el punto y final de una persecución política de hacía meses. A mediados de mayo, un grupo de ocho concejales del Gran Polo Patriótico habían aprobado su destitución, en una maniobra catalogada como espuria, írrita y temeraria por parte del alcalde y diversos miembros de la Mesa de la Unidad Democrática. Una semana antes, Ramos había recibido una demanda en su contra por ser terrorista y estar financiando las protestas en Barquisimeto. Pero ante tanto ataque y amenaza, Alfredo se mantuvo al frente de su municipio, arguyendo que él era el alcalde legítimo y que no abandonaría su puesto. El gobierno, que lo quería fuera del cargo, tuvo que acudir a su brazo judicial y ordenó su aprehensión. Ramos fue sentenciado a 15 meses en El Helicoide, inhabilitación política y prohibición de salida del país. Al llegar a la sede del Sebin en Caracas, a Alfredo le aplicaron la receta del aislamiento. No fue sino hasta 26 días después cuando su esposa pudo verlo. “Su estado de salud es delicado, aspecto físico es pálido y tembloroso pero fuerte de espíritu indomable” fue el mensaje emitido por Twitter el 23 de agosto y es lo último que se conoce del caso.

La segunda edición de Caracas en Contratiempo ya tiene fecha y programación

El festival Caracas en Contratiempo anunció los detalles de su ambiciosa segunda edición, la cual tendrá lugar desde el miércoles 23 de julio hasta el domingo 03 de agosto. En esta oportunidad, Guataca producciones, casa matriz del festival ha decidido expandir su alcance a otras tres ciudades del país: Maracaibo, Barquisimeto y Margarita.

“La fiesta musical más grande del país” reunirá a más de 200 músicos en 15 conciertos que se repartirán en los cinco municipios de la Gran Caracas y tendrán como escenario principal al Teatro del Centro Cultural Chacao. El cronograma de esta segunda edición de Caracas en Contratiempo se dividirá en la “noche de ensambles” con C4 Trío y otros grupos de vanguardia, Cayito Aponte y Miguel Delgado Estéves acompañarán a “Malavista Social Club”,  la “Noche Pop” contará con Víctor Drija, y Daniela Bascopé, entre otros. Además, las voces de Rafael “Pollo” Brito, Mariaca Semprún, Laura Guevara homenajearán al Tío Simón.

Como parte de esta expansión a nivel nacional del festival, el publico marabino disfrutará del cantautor  Ulises Hadjis y a Matiz Ensamble, en Margarita se presentará Luis Julio Toro en compañía de Eddy Marcano y Barquisimeto escuchará a Manuel Rangel, Aquiles Báez y Betsayda Machado.

De igual forma que en su primera edición, Caracas en Contratiempo servirá como  “facilitador de herramientas para la comprensión y la difusión de nuestra música” con talleres para quienes quieran iniciarse en instrumentos como el cuatro,  maracas y percusión afro-venezolana, dictados por C4 Trío. También habrá talleres dirigidos a niños  y adultos, ofrecidos por Yamaha Musical de Venezuela.

Destacamos el seminario de periodismo cultural, dirigido a  estudiantes de comunicación social y aquellos que deseen conocer la fuente musical, desde la perspectiva de especialistas como César Miguel Rondón, Víctor Amaya (Cadena Capriles), Willy McKey (Prodavinci), Ángel Gómez (El Universal), el cual se llevará a cabo los días 28 y 29 de julio.

 Del 23 de julio al 3 de agosto en cinco puntos de la ciudad prometen convertirse en referencia del acontecer musical actual. Toda la programación está disponible en la web de Caracas en Contratiempo y las entradas están a la venta en  las taquillas del Centro Cultural Chacao y en www.ticketmundo.com. En las redes sociales pueden conseguir al festival en Twitter e Instagram   @EnContratiempo_ y en Facebook con el nombre “Festival Caracas en Contratiempo”.