La Guacamaya al vuelo

La ciudad es su espacio natural, en principio. La ciudad es también su espacio físico, lo que ha ido construyendo el hombre, con sus divisiones, sus zonas de prohibición, sus edificaciones, sus intervenciones a la naturaleza. La ciudad es el momento histórico en que se experimenta, porque el tiempo y las decisiones políticas y sociales modifican el espacio físico y la forma en que interactúa con el espacio natural. La ciudad es también su gente; la ciudad es primordialmente su gente.

La Guacamaya casi podía pasar por un local cualquiera de Chacao, de Caracas, de Venezuela o del mundo… si no fuera por la gente que hacía vida dentro de esas paredes. Tanto quienes te atendían como quienes compartían contigo allí generaban una vibra que no se encontraba en ningún otro lugar de la ciudad. Siempre que entraba comentaba “esta es la Caracas en la que quiero vivir”, y aunque (como siempre me pasa) sonara como un chiste, era una de las sensaciones más sinceras que he experimentado jamás.

En La Guacamaya siempre eras uno más. Y eso no quiere decir que eras “uno más del montón” y por eso te tratarían como un ciudadano de segunda. Todo lo contrario. En La Guacamaya eras “uno más de la familia” y desde el día uno Manuel y los muchachos te recibían como si tuvieras años yendo al local. Eso me hizo dudar la primera vez que fui. La clásica suspicacia caraqueña: “¿por qué este tipo me trata tan bien?, ¿será que ya he venido antes?, ¿será que es amigo de mi mamá y no lo recuerdo?, ¿será que la birra es tan cara aquí que el tipo te endulza tratándote bien?” Pero no, no era nada de eso. Era algo mucho más sencillo. Era iniciar una cadena de buena energía. Era la ejecución más precisa, perfecta y lograda de un principio que suena muy sencillo, pero que no es tan comúnmente puesto en práctica: si tratas bien a tus clientes, no solo van a volver, sino que van a volver con más gente.

Y eso hacíamos quienes nos volvíamos asiduos a La Guacamaya: llevábamos más gente; siempre. Cómo no hacerlo, si una vez pasabas esa puerta que siempre parecía estar cerrada, entrabas en un refugio que te protegía de todo lo que podía estar mal en la ciudad. Era un sitio donde no importaba el precio de la cerveza, pues solía ser más barata que en otros sitios decentes. Era un sitio donde podías poner la música que quisieras sin entrar en ningún conflicto. Si eras de los de más confianza, se te permitía pasar a la cocina y saludar por allá también. Cualquiera podía dejar sus cosas a buen resguardo detrás del mostrador. Si no había mesas te conseguían un lugar en la barra, o un banquito… o al carajo, ¿quién no se sentó o apoyó las birras en el archivador? No importaba, siempre y cuando uno pudiera compartir un poco de esa atmósfera, todo estaba bien.

Mientras voy recordando, surge ante mis ojos una frase que suena un poco cursi, un poco forzada, pero no veo otra forma de expresarlo: La Guacamaya era un lugar donde estaba bien ser joven. Hay que entender algo: ser joven en Caracas ya ni siquiera es algo comprensible. Somos una generación que ha envejecido a un paso avasallante. No llegamos a treinta años y hablamos de “nuestra juventud” como si fuese algo remoto, arcaico, difuso, casi como si dudáramos de que alguna vez existió. No nos permitimos los riesgos de ser veinteañeros, no nos permitimos tampoco los sueños de esta etapa. Pero ahí en ese sitio el miedo se disipaba un poco, nos permitíamos más licencias, recordábamos que aún podíamos disfrutar y disfrutarnos. Era el lugar y el momento.

Les mostré La Guacamaya a tantas personas como pude. Compañeros de la universidad, colegas escritores, alumnos que luego se convirtieron en amigos. En algún punto ya sabía que me estaría yendo de Caracas pronto y el mensaje era sencillo y directo: quiero dejarte una de las cosas que más aprecio de la ciudad. Todos lo entendieron. Siguieron yendo, apropiándose de ese espacio, haciéndolo también su refugio y su modelo de la ciudad que querían, de la ciudad joven donde podían ser felices entre birras.

Que este local no vaya a ser el mismo me duele. Aunque seguirá abierto con unos nuevos dueños, estoy totalmente seguro de que la energía cambiará. Ahora habrá un fantasma respirando en las esquinas del bar. El fantasma de lo que fue. Lo más paradójico, para mí, es que siempre he pensado en Caracas como la ciudad de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber llegado a ser, de lo que fue y no se mantuvo. Así que la venta de La Guacamaya significa la caída de uno de los bastiones que sostenía mi construcción de la ciudad, y a la vez perpetúa lo más central de mi imaginario de Caracas: su construcción a medias, su interrupción abrupta.

En La Guacamaya hice lo más cercano a una despedida un par de días antes de despegar hacia Buenos Aires. Recibí los abrazos más sentidos de amigos cercanos. El mismo Manuel se acercó y me regaló sus mejores deseos, me hizo sentir como que me despedía de un familiar, de un amigo entrañable. Ese día, ya con unas cuantas cervezas en la cabeza, recuerdo haber mirado alrededor, dejarme llevar por los sonidos, por las risas, por las botellas chocando unas contra otras… recuerdo haber sentido, por un instante, que era feliz. Deseé que esa sensación fuera extrapolable a toda la ciudad, a todo el país. Quise que la excusa para no irme fuese tan sencilla como “no puedo dejar La Guacamaya”. Pero, después de todo, era un refugio y no podía mantener la cabeza bajo la tierra toda la vida.

Me llevo momentos indelebles. Me llevo la sensación de haber formado parte de una leyenda caraqueña que vivirá por mucho tiempo. Me llevo la dicha de poder haber sentido ese lugar como mío aunque no era de los más habituales. Porque esa era la magia: cualquiera que entraba se sentía especial. Cualquiera que entraba sentía que tenía un lugar en ese sitio y en esa ciudad que parece querer expulsarnos a todos.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

 

Tu historia se puede parecer a la mía

Tu historia se puede parecer a la mía

Nací en 1986, en la Maternidad Concepción Palacios de Caracas. Muchos años después supe dos cosas: tal parece que los que nacemos ahí somos “más caraqueños que el Ávila” y que mi mamá me vio veinticuatro horas después del parto.

Me perdí. O mejor dicho, me perdieron.

Aquí viene el paréntesis con la primera anécdota.

(Mi mamá fue a su control prenatal un miércoles 13 de noviembre. Jaime Lusinchi era el presidente de Venezuela y Bárbara Palacios llevaba la cinta de la mujer más linda del país. Una vez que el médico observó lo inevitable, le dijo que debía quedarse porque “tú pares hoy”. Sola, sin poder avisarle a mi abuela –en esa época no había celulares–, me trajo al mundo. Era mediodía. Mi mamá sufrió un exceso de sangrado que obligó a los médicos a operar de inmediato mientras me atendían. Lo lógico es que después de pasar por un parto y sintiéndote como si una aplanadora te hubiera arrollado, quieras ver a la “bendición” que provocó todo eso. Cuando ella preguntó por su bebé las enfermeras se vieron las caras y dijeron: “no sabemos dónde está”. Como nací en pleno cambio de guardia, las enfermeras no encontraron tarjetas azules para rellenar mis datos. Supongo que estaban muy apuradas. Así que tomaron una rosada y escribieron en letras grandes: NIÑO. Tal parece que una de ellas no entendió el mensaje y me puso en el pabellón de las niñas. Ahí estuve hasta que me encontraron. Bendito entre las mujeres.)

Fin del primer paréntesis.

Mi infancia fue normal. No desarrollé súper poderes, no gané ningún concurso de matemáticas y tampoco me dediqué a los deportes. Mis mayores logros fueron aprender a leer y escribir. Lo de leer se produce porque cansada de tener que leerme todas las noches el mismo cuento, mi mamá tomó la resolución de que “o aprendes a leer o no te enteras de lo que pasa en los suplementos”. Con una determinación de hierro, Condorito fue mi arma y sus palabras mi desafío. Luego de tantos cabezazos contra las páginas lo logré: leí.

Lo demás, como dirían en las películas, es historia.

No he parado desde entonces.

¿Nos estamos acercando? ¿Mi historia se parece a la tuya?

Luego, llegó el bachillerato.

Cinco años de estudiar, tratar de conocer chicas, hacer travesuras y vivir. Yo procuraba ser un modelo ejemplar: no me metía en problemas y siempre fui educado. Eso hasta que tomé la resolución de voltear la mesa y no dejarme llevar por cualquier imposición (supongo que todos pasamos por ahí). Entonces me dediqué a contradecir a los profesores, raspar materias que no me gustaban y sacarle unas cuantas canas a mi mamá. Evidencia de esto fueron las veces que me llamaron a coordinación, las notificaciones de mala conducta y alguna que otra pelea con los compañeros que trataban de hacerme bullying.

¡Ah, sí! Porque eso del bullying no es nuevo. Ya lleva sus años rondando por ahí.

Tu historia se puede parecer a la mía

Ahora, viene otro paréntesis con la segunda anécdota.

(En cuarto año de bachillerato, luego del primer lapso, la coordinadora de evaluación llamó a mi mamá al colegio. Le explicó que yo había raspado seis materias y que si no me ponía las pilas perdería el año. A mi pobre madre se le llenaron los ojos de lágrimas y cuando llegamos a casa me dijo que estaba muy decepcionada de mí. En ese momento supe que tenía la capacidad de herir a las personas que amo –todos tenemos esa triste habilidad–, y que no quería que mi mamá sufriera por mi culpa. Desde entonces, y con algunos años encima, he discutido en un par de ocasiones con ella, como dos adultos. Pero siempre con la idea firme de que es una de mis mujeres sagradas.)

Fin del segundo paréntesis.

Logré graduarme y llegó la universidad. Y el primer empleo. ¿Recuerdas cuándo te dije arriba que me esforcé por aprender a leer? Bueno, resultó lógico que buscara trabajo en una librería. Y así lo hice. Fueron dos años donde de ocho de la mañana a dos de la tarde me perdía entre olores de páginas –polvo también–, portadas y lomos. Fue muy interesante conocer un poco sobre cómo se comercializa lo que leemos y qué propósito tiene para nosotros.

Suena muy romántico. Pero quiero que sepas que cuando uno confirma las cosas que ama, siempre habrá pasión y romance de por medio.

En la universidad continúe con mis actos de rebeldía. En realidad nunca he parado. Pero ahora con más cautela y precisión. Tras un fallido intento por estudiar Letras y al sucumbir ante los clásicos comentarios de: “si estudias eso te vas a morir de hambre”, descarté por completo la idea de ser abogado y me metí de lleno al periodismo. Una carrera –y un oficio– que me ha dado los mayores altibajos de mi vida.

Es una profesión que muchas veces puede arroparte con su ego, pero también te lleva a poner los pies sobre la tierra y enseñarte lo delicada que es la vida. Una pasión que va asentándose en tus sentidos hasta que un día despiertas con la necesidad de buscar más allá de lo que todos están hablando.

Un estilo de vida que me permitió cultivar lo que quiero hacer: escribir.

Tercer paréntesis con otra anécdota. Prometo que es la última.

(En mi primer año como reportero para el periódico Últimas Noticias, allá en 2008, aprendí mucho más que en cinco años de carrera universitaria. Mi editora de ese momento me sentó un día a su lado y me explicó cómo tenía que encontrar mi voz dentro de las páginas. Me inculcó que la objetividad es la utopía primordial de todos los periodistas. Inalcanzable, porque como seres humanos somos subjetivos. Y que lo más importante de una persona es su nombre.)

Tu historia se puede parecer a la mía

Listo.

Así, entre cumplidos por el trabajo bien hecho, reproches por las metidas de pata, prevenciones ante los enemigos que uno se gana (con razón o “sin querer queriendo”), puedo decir que el periodismo ha sido mi mejor evangelización.

Para ir llegando al meollo de todas estas palabras, dejé el nido cuando conocí a una mujer que me quiere por lo que soy. Una muchacha que me ha ofrecido lo que otras señoritas no aportaron: intimidad. Esa intimidad de saberte completo y natural ante unos ojos que no te juzgan. Que te abrazan, que te regañan sin preferencias, que te aman, que te cuidan, que quieren lo mejor para ti. Para los dos. Una mujer que juega Nintendo, hace lentejas y resuelve derivadas. Además, he comprendido que la vida es un conjunto de experiencias que te van soltando pequeños destellos de felicidad en una larga carrera de obstáculos. El truco está en hacer que esos focos de luz se alarguen para que el camino nunca quede oscuro.

Por eso, Víctor, aquí estoy en la clínica. Esperando que nazcas para darte la bienvenida a este mundo. Prometo que no te vas a perder como yo y siempre vas a contar conmigo. Como tu hermano mayor. Algún día te daré esta carta, o quizás cuando estés más grande, cuando hayas pasado tu época de rebeldía, de niñez y de enamoramientos, podamos sentarnos a tomarnos unas cervezas y comparar historias.

Ya verás que la tuya será diferente.

 

Por Jefferson Díaz (@Jefferson_Diaz) 

 

#DomingosDeFicción: De ahora en adelante

¿Alguien se acuerda de Detroit en el futuro? Exacto. Pasar la noche en el centro de la ciudad era pasar la noche en aquel Detroit pero sin la parte de los cyborgs de pinga como Robocop, ni las patrullas aerodinámicas en forma de tanque. Hagamos eso para un lado porque había lo otro: un eclipse para siempre y los malos más malos sobre la faz de la Tierra, con sus risas sabrosas que te despelucaban los cabellos de la nuca.

Nosotros vivíamos allí. Cuando llegábamos a casa después de hacer lo que hacíamos ya no había sol. Así que en resumidas cuentas, nuestra casa era esa negrura. Uno que otro poste de luz de yodo y el mazo de cocuyitos a lo lejos en un firmamento negro como el Planeta Muerto. Pero eran solo las luces de las barriadas desde las montañas del Más Allá. O las últimas almas despiertas al margen de todo.

Durante el día, para variar, era mi hermano quien firmaba. Filmar, corregía mi madre creyendo que hablábamos de cine. Pero portar el estilo es firmar, ma. Fir-mar. Total que el engendro firmaba porque tenía toda la cabeza rapada menos la tapa de los sesos, donde mantenía una platabanda hermética de rulos. El signo de Nike tallado en la sien. Y unas botas Patrick Ewing originales en marrón, con el autógrafo morado, a punto de escarapelarse por el julepe diario. Pero él las llevaba con la frente arriba. Mi padre se las dio cuando se hizo el milagro: pasó el examen de reparación de matemáticas el muchacho. Gran vaina. Yo nunca raspaba materias y por eso mismo no me echaban ni un peo de lado. Mis botas, unas Punto Blanco, fueron un negocio con los morochos Fuentes: Mario y Gabo. En realidad, Bebé Gerber y Gasparín. Dos tipos color apio que se pasaban el recreo entero vendiendo cachivaches robados. Después serían periqueros y otras cosas más, pero todavía estábamos en otros tiempos. Y a mí no me importaban demasiado los medios, mientras pudiera tocar el fin con los dedos de mis pies.

Jugar baloncesto en la cancha del Fermín Toro siempre fue un lío. Por mí no, porque yo driblaba a punta de fintas y jugaba piloto: la posición de los retacos y los enclenques. La cosa era por culpa de mi hermano Roger, delantero nato con extremidades de alambre. Convertía las cestas imposibles que el resto de nosotros soñábamos hacer. El problema venía cuando jugábamos contra los jubilados de quinto año. Cada uno del tamaño suficiente para sujetar la pelota con una sola mano, pegar un brinquito como si nada y clavarla con fuerza bruta. Tenían el aro doblado hacia abajo de tanto guindarse. Cuando perdían, se volvían las hienas del infierno. El piso lo llenaban de gargajos. Si encontraban a un menor curioseando, en el acto lo cosían a patadas. Uno de los más bocones nos decía que le trajéramos a mi papá o alguien de su rin, para cachetearlo. Y había un dientón sin alma que una vez se sacó la correa y azotó al perro que escarbaba la basura. La pagaban siempre con el más pendejo de la vida.

Papá Noel de Haití era un gordo masivo, fotocopia del MC merenguero Sandy, de Sandy & Papo. Tenía un copete en resorte cristalizado con gelatina. La primera vez que jugó contra nosotros, encolerizado por la derrota, le dio un empujón a mi hermano que lo bombeó hasta la reja. Pero la vez siguiente tuvo el detalle de jugar en nuestras filas. Con los años vendrían más guardianes de este corte, pero Noel fue el primero y el más grande que se apiadó de nosotros. De ahora en adelante, dijo mi hermano, somos tres. Lo bueno es que éramos más y teníamos un guardaespaldas para cuando las cosas se pusieran color de hormiga. Lo malo, pues que teníamos que pagarle a Noel con la amistad como él la conocía: hacer las cosas en cambote. Es decir, a toda hora estar los tres juntos, para arriba y para abajo.

No me quedaba tiempo para las cosas de verdad importantes, como limpiar la escoria de las calles con el sudor de mis propias manos. Tenía que trasnocharme jugando Streets of Rage sin volumen, para no despertar al mostro. Si por mala suerte levantaba a Roger, me quitaba el único control de un solo vergajazo. De vista nadie lo creía pero el diablo ese tenía la mano pesada, con un nudillo salido en forma de tachuela. Un solo golpe hacía que te doblaras de la contradicción, con un grito de sufrimiento y un hormigueo de risa. A veces yo me le resteaba y no había forma de que me quitara el control, pero entonces llamaba a mi madre con una actuación impecable.

Mamá tenía debilidad por él, aunque fuera cuatro años mayor que yo. La leyenda dice que ma perdió su primer embarazo. A su segundo intento, botó un bebé rosado con una estúpida frente de papa. El mismo que después se conocería como el psicópata del recreo. El incomprendido, entre otros títulos. Si lo dejaba graznar, fijo me ganaba una tunda a las dos de la madrugada. ¿Qué iba hacer? Tenía que cederle el control para que se creyera el rey. La mierda es que el Sega no era de nosotros sino de mi mejor pana de clases, Bemba, que me lo estaba pidiendo de vuelta desde hace un mes.

Se podía hablar de cualquier cosa con ese carajo. Lo quería como a otro hermano pero de mi propia edad. Después se murió su papá y le decían El Triste. Pasaba el recreo entero con los ojos metidos en sus barajitas de Magic. No se quitaba ni para bañarse la franela de Brujería, donde salía una cabeza degollada y una mano que la templaba por las greñas. Pero cuando Bemba era normal y su tragedia comegato era parte del futuro distante, hacíamos las cosas en espejo, como si fuéramos la misma persona separada en dos dimensiones distintas. De hecho, Bemba había sido expulsado del Luz de Caracas, liceo chiquiluqui, para después aterrizar en la pocilga donde encontró su versión mejorada: yo. Es una teoría que nunca quiso aceptar del todo por algo que se llama falta de humildad.

En fin, él juntaba cromos gringos del Dream Team y yo martillaba por aquí y por allá para completar el álbum pirata del Equipo de Ensueño que vendían en el quiosco. Él coleccionaba monedas y estampillas que venían del mundo entero. A mí me daban lo justo para una empanada y un jugo diario, así que me puse a coleccionar tarjetas usadas de teléfono. Traían impresos paisajes de lo largo y ancho del territorio nacional, que nunca me parecieron lo mismo cuando por fin los visité en carne y hueso. Bemba no hablaba casi pero era tremendo as en los videojuegos. Cuando le compraban un casete, lo terminaba la misma tarde. La tía le trajo el Neo Geo de los Estados Unidos, así que me pasó su vieja consola de Sega. Fue un regalo de un hermano a otro. Pero la misma tía le pidió la antigua consola, para retrucársela al niño de su señora de servicio. A mí se me salió una coba automática: le dije que se la devolvería la semana siguiente. Mi boca se movió y en el aire quedaron las palabras.

Por esos días hubo una justa implacable contra un combo de San Martín. Eran completos alienígenas en el Fermín Toro, pero había respeto de por medio gracias a las leyendas de su inmisericordia. La ex de mi hermano estaba en una esquina de la cancha. No se habían visto más desde que ella lo mandó a tragar píldoras de Ubicatex. Ahora era jeva de Experimento, uno minado de pecas y chicharrones magenta que venía con los forasteros. Dos tipos grandes tomaron al pelirrojo por el brazo y nos retaron a ver cuál era nuestra alharaca. Un rapidito a cinco puntos.

Roger, Noel y yo nos deslizamos sobre las líneas de la cancha. Sacamos balón y anotamos de una. Me marcaba uno de los tipos grandes que echaba codazos a maldad y me jalaba la camisa cuando no podía alcanzarme. Pasé la bola a mi hermano, que le hizo una bandejita en la cara al pelirrojo y quedó lelo. Punto. Noel hizo el saque con parsimonia; rebotando con una mano, indicando el pase con la otra. Pero eran solo patrañas para llegar a su zona mágica, la burbuja de tiro libre. Hizo su brinquito clásico y lanzó en suspensión. Punto. De nuevo Roger eludió fácil al pelirrojo con su drible de morisquetas. Se metió en el área y lanzó un gancho que uno de los tipos grandes al fin taponeó. Pero la pelota quedó en mis manos. La convertí desde la raya de tres. Chao pescao.

En estos casos Noel decía las palabras de cierre. Desalójenme la cancha, repito. Obedeciendo el mandato, se paró y se fue la jeva de Experimento. Experimento como tal estalló en una rabieta ciega con algo de llanto. Un segundo después, voló por los aires como una baraja y sonó feo al caer. Era un movimiento que solo le había visto a Yokozuna, pero a Noel le salió natural. Era muy firmante ese gordo del diablo. Durante su retirada, los tipos no ayudaron al herido. Pero sí nos gritaron desde lejos para invitarnos a jugar en la cancha de sus bloques. Donde sea, cuando sea, dijo Noel, mientras hacía un meneíto como en el baile del perro.

Un lunes a primera hora, la cara de Bemba estaba sin consuelo. En sus manos el Sega con el control fracturado, enmendado en adhesivo. A grandes rasgos, le dije la verdad: Marico, Roger y yo tuvimos una tángana y esto fue lo que quedó. Salvé lo que pude. Bemba sacó los ojos del aparato y los puso en mi cara. Iba por el sexto mundo, dándole guasasa al jefe de los malos. Roger se levantó y quiso quitarme el control. No lo solté. Me encapuchó con la sábana y me torteó un buen rato. Cuando al fin pude reaccionar, la pantalla estaba congelada con las rayas verdes y fucsias: había desencajado el casete para hacerme arrechar. No importa cuánto avancé por los drenajes de la ciudad ni cuántos enemigos aniquilé, todo se había ido al garete. Tenía que recomenzar desde cero sin méritos. Me entró el demonio. Casi despescuezo a Roger. De la nada emergió mi madre para salvarlo y dio un portazo que tumbó cable, control y Sega. Bemba cerró la bemba. No sé si prende, le dije con toda sinceridad.

Hasta aquí más o menos los acontecimientos fueron verídicos, aunque no precisamente en ese orden. Digamos que comenzó cuando las letras de Streets of Rage brillaron de más y caí en cuenta de que si el muñequito en la pantalla era yo, pues yo era su todopoderoso –¿Para qué diablos lo hacía pelear todas las noches en contra de aquellos cabrones mala gente? ¿Y si era más bien al contrario: ellos Los Chéveres, el muñequito malo y yo una fuerza que lo programaba todo por capricho? Dios debe decir estas cosas cuando habla solo, o sea, a cada rato–. Total que una lacra del mundo tres me quitó el último corazón de vida. Me cegó la cólera y batí el control contra el suelo. Lo demás fue rápido. Oí la carcajada de Roger y nos enzarzamos a vida o muerte. Mi madre intervino. No halló otra forma de separarnos que lanzarnos el Sega. Mientras lo esquivamos, pudimos verlo desintegrarse en el cosmos sucio de la pared. Bemba, le dije. Perdón, chamo. Quise distraerlo de esa cagada con una invitación al Campeonato de Baloncesto de Tres. Pronto nos batiríamos con los de San Martín. Un sueño nacional estaba a punto de cumplirse. Pero no mordió el anzuelo. Tampoco pronunció palabra durante el resto de la mañana.

El fin de semana apareció mi papá. Nos llevó a la piscina del Hotel Tamanaco, dijo que pidiéramos lo que se nos antojara. Lo cual era otra forma de decir papas fritas más hamburguesa full equipo. El ciclón de mi padre golpeaba las costas de vez en cuando y era como guao. Secuestró a mi madre en una habitación aparte. Y alquiló otra más para que no jodiéramos el parque Roger y yo. Ambos tomamos rumbos distintos por los confines del hotel. Yo anduve realengo por el lobby. Pegué un par de mocos en el brazo de un sofá. Meé en el lavamanos. Viví la vida. Sobre los teléfonos públicos de la recepción, pillé un par de tarjetas que no tenía. La Puerta de Miraflores de Monagas y el Cerro Perico de Puerto Ayacucho. Volví a la piscina para contarle a Roger la primicia pero estaba ocupado hablando con dos niñas en bikini. Cuando llegué hasta él, no me las presentó. Ellas jamás se quitaron los lentes de sol, y hablaban castellano como si tuvieran una papa caliente bajo la lengua. Dejé mis tarjetas en el revoltillo de mis bermudas con la franela, a un lado de la piscina. El resto del día me dediqué a flotar en el agua celeste.

Tarde en la noche, prendí la tele y salió Sylvester Stallone peinado como gánster de antaño. Una chistorra dizque cómica. En el otro canal estaban dando Robocop 2. Ahora sí hablábamos de cosas serias. La injusta, mugrienta y futura Detroit. Allí los rufianes se daban bomba, echándose unas carcajadas de espanto fuera de la tienda que acababan de desvalijar. En cuestión de segundos, derrapó un automóvil. Se abrió la compuerta y del hueco emergió el pico de una metralleta, que soltaba asteriscos de fuego azul por cada ráfaga. Pero salió del baño Roger y me arrebató el control remoto. Era la final del Torneo de las Américas en Portland. El Equipo de Ensueño norteamericano versus la selección de Venezuela.

Llamamos por teléfono al gordo Noel. ¿Estás viendo el partido, man? No solo lo veía. Estaba rezando por la nación en pleno, junto a su madre y sus hermanas. ¿Quién quieres ser tú?, me dijo mi hermano. Él se creía Scottie Pippen, así que nadie podía repetir su personaje. Del otro lado de la línea, Noel dijo ser Gabriel Estaba. Era un gordo achinado de los Bravos de Portuguesa, que había jugado un poquito en la NBA. Yo escogí a Charles Barkley, un mestizo coco pelado impulsivo como él solo. Se cagaba en el réferi, en el entrenador y hasta en su propia camiseta de ser necesario. Para mi información, que jode tiempo después, una loca del baloncesto me dijo que yo no tenía un pelo de Barkley sino la vista segura, transparente y sutil de Michael Jordan. Naturalmente, fue la hembra de mi vida. Pero para eso faltaban unos cuantos años luz. De vuelta al televisor del Tamanaco, pudimos ver en vivo y directo cómo se quemaron los minutos del juego más importante del territorio hasta ese instante.

La semana siguiente fue nuestro partido. La final contra los de San Martín en su propia casa. No recuerdo la fecha del día, pero ya era de noche. Como un video sin los colores de verdad, todo se veía en anaranjado y negro por culpa de los postes de yodo. La camionetica por puesto –llamada El Vengador IV– nos dejó en la plaza y empezó la llovizna caliente. Tuve un mal presentimiento. Me callé la boca para no ser yo el pavoso del equipo. En nuestros pechos seguía la derrota reciente del país a manos de nuestros propios héroes. Una molesta terquedad nos había llevado hasta allí. Noel alzó la mano para mostrar la empinada callejuela que tendríamos que subir. La senda de los guerreros invictos. Los botines se nos llenaron de agua, pero la goma de las suelas era demasiado pro porque no resbalaba ni un chin.

Entramos a la cancha y había cuatro gatos. Experimento sin camisa, más alebrestado que de costumbre, una sombra y el par de tipos grandes. Solo uno de ellos dos iba a jugar el partido. El otro tipo cedió su puesto por un recambio estelar de último minuto. Caracas sin Luz era un tinto con la cabeza crecida para atrás como un ser de Alien, el octavo pasajero. Tocaba el aro de pie, alzando la mano. No precisaba saltar. Vamos a jugar a siete. Fue la primera de las dos únicas vainas que dijo en toda la noche. La otra fue: Cáguense, que de aquí no salen vivos.

Sacaron balón y Alien la clavó. Se quedó guindado del aro. Sacó la lengua y se chupeteó su propia boca con un ruido sádico. 1-0. El tipo se la pasó a Alien. Alien a Experimento. Experimento al tipo y este lanzó de tres. La pelota no entró, pero ellos dijeron que sí. No había forma de constatar aquello, porque el aro no tenía malla. 4-0. Alien sacó y me le pegué atrás. Era demasiado rápido, entonces lo pisé y la bola se le salió de las manos. Esta fue a dar a Noel, quien se atrevió a un doble paso con bandeja y la hizo. 4-1. Roger me la pasó a mí, no supe qué hacer, así que se la di de vuelta. Mi hermano conejeó al tipo. También burló a Experimento, pero este se quedó picado y le cobró una zancadilla fea. Mi hermano derrapó antes de pasarme la pelota. Su alambrera de piernas y brazos chocó contra el piso. Subió una catarata de agua de charco y sonó como el fin de nosotros.

Todo el mundo se le quedó mirando a Roger, enchumbado de inmundicias. Cuando gritó mi nombre, recordé que tenía el balón entre mis manos. Así que lancé y para adentro. 4-2. La saqué, Alien me la robó, se la pasó al tipo y este la convirtió. 5-2. El tipo fue asaltado por Noel, mejor conocido como Aventura en la Zona de Tres. Lanzó bien pero la bola rebotó en el tablero y se la embolsilló Experimento, quien hizo una locura y no la metió, pero la contaron como que sí. 6-2. Mi hermano se la roba al pelirrojo y la convierte desde donde está. 6-3. Me pasa la bola, no veo luz y me lanzo de tres. 6-6. La partida se replantea a ocho puntos. Inspirado, driblo al tipo, escapo de Alien y con todas mis fuerzas le lanzo el pase a Noel. Pero Experimento mete la cara y se lleva tremendo balonazo en el cachete. La recoge mi hermano. Salta como nunca antes habíamos visto, roza el aro con las puntas de los dedos y le encesta en la cara a Alien. 6-7. Se la doy a Noel y la hace de tres. Hasta la vista, babies.

No sé cómo salimos de allí, pero mi hermano y yo llegamos a casa. Se supone que a Noel lo despellejaron vivo en la parada del autobús pero tampoco sé cómo terminó aquello. Lo que sí sé es que recorrimos en reversa la senda de los guerreros. Faltaba nada para llegar a la acera de los buses. El gordo se empeñó en caminar lento, como si no tuviéramos pavor de aquella victoria. ¿Se asustaron?, dijo. Si están cagaos pidan tiempo. Yo mismo paré el primer autobús que vi y me desgañité llamando a Roger, que también le daba largas al pánico. Cuando hay que irse, siempre se queda como un perro en estado de alerta. Captando vibraciones en el aire, oliendo emociones para reaccionar. Lo arrastré por un brazo hasta la escalera de la camionetica. El horror se inoculó también en el alma del gordo, pero sus ojos pestañeaban en neutro. Era un maldito kamikaze. Lo jalé por la franela: Súbete, gordo. Se soltó con un meneo de malcriado. La próxima es la mía, dijo. Gallinas.

Como las gallinas, comenzó a cacarear bajo la lluvia. Se doblaba los dedos para atrás y para adelante, aunque ya ninguno hacía cric crac. La magia había escapado de sus huesos. ¿De qué hablas?, le dije. Pero eso ya no se oyó por la bullaranga de los motores. El chofer se puso en marcha y mi hermano y yo nos salvamos por un pelo gracias a la intervención de José Gregorio Hernández. Un altar de El Venerable estaba soldado al tuyuyo de latón del que salía la palanca de velocidades. Pagué por los dos como estudiantes que éramos, pero el chofer y el ayudante me cayapearon: Tarifa nocturna, menor. Era el precio inventado, con recargo, que tantas veces tuvimos que pagar. ¿Qué se puede decir? Ni tu Envidia pudo Conmigo se llamaba la camionetica. Ninguna de estas cosas distrajo a mi hermano. Agachó la cabeza y tenía las metras de los ojos exorbitadas, mirando lo que no se puede mirar. El infinito se movía por debajo del suelo. Lo dejamos morir, dijo bajito. Entonces yo repetí lo mismo pero sonó peor todavía. A veces ganar es perder. Y nos perdimos en el eclipse como dos doñas en la fe, que murmuran adentro de la nada a velocidad de crucero.

Noel reapareció en el liceo dos semanas más tarde con el semblante de un difunto vivo. Era pleno recreo. Los jodedores lo agarraron de sopa. Le decían Lázaro y Terapia Intensiva. Tenía un bolsito de tela guindado del cogote, donde mecía su brazo muerto. Dos gajos negroides en cada ojo como si acabara de llorar petróleo. Y el copete de esponja sin la potencia antigravedad de los primeros días. Nos echó una mirada de matón desde una esquina, rodeado de sus nuevos compinches. Gasparín y el bobo del hermano, quienes también montaron cara de cañón. Qué qué qué, dijo el gordo desde el otro lado. Me di cuenta de que además tenía un chichón brillante en la ceja. Que te sobes, dijo Roger, que eso se hincha. La gente esperaba un poco más de acción a la hora de la salida. Aunque no pasó mayor cosa por aquel momento. Y aquellos pobres diablos siguieron en sus mismos pasos, tras la sombra del más grande de los zombis.

Gracias al cielo mi madre no vio aquel esperpento de lástima. Pero se lo olió porque la noche de la victoria, nada más entrar a la casa, nos recibió con una tormenta eléctrica. Nos castigó por tantos días que hasta ella perdió la cuenta. Sin saberlo, el grito que pegó encerraba nuestro acertijo cuántico: tenía horas sin saber dónde estábamos metidos, mientras que nosotros no teníamos idea de cómo nos habíamos salvado.

La mañana del día siguiente, Bemba todavía no me hablaba. Esperé al recreo para encararlo. Mira, le mostré tarjetas telefónicas. Una cascada de espuma de afeitar sobre un pozo de salsa soya. Matorrales de gamuza fucsia entre peñones de plomo. Un cerro en forma de tetilla humana. Comenzó a mover el coco en aprobación. Qué bien, dijo. Ahí no he ido. Allí, menos que menos. Yo sí, le dije, y le conté sobre un viaje inventado, para unir los pedazos rotos de una hermandad que llegaría más allá del día de nuestro último respiro.

 

Por Hensli Rahn Solórzano | @HensliRahn

*Este relato está incluido en el libro Dinero fácil (Libros del Fuego, 2014). Obtuvo Mención Especial en el 69º Concurso de Cuentos de El Nacional

 

 

De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!

He visto a muchos venezolanos en las calles de Lima vendiendo bombas, tizanas, arepas, empanadas, limonada. En el Óvalo de Santa Anita, un lugar muy concurrido de la ciudad, suelen estar como un ejército de hormigas. Se les distingue a leguas, pues llevan dos sellos distintivos: la gorra tricolor y la camiseta de la Vinotinto.

El paisaje, a primera vista, es realmente desolador. Algunas de esas personas tenían un empleo formal en Venezuela; eran maestros, ingenieros, comunicadores o ejercían algún oficio. En Lima, como en otras ciudades del mundo a donde van a parar los venezolanos de la diáspora, el objetivo más inmediato es lograr reunir un poco de dinero para comer y pagar una habitación; es decir, sobrevivir.

Sobrevivimos al rencor, a los políticos mediocres, al primer novio, a la cursilería. Gabriel García Márquez lo resumía mejor: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Pienso en esto, y una verdad –dura y aplastante como una roca– viene de golpe sobre mí: hay que sobrevivir, ya no a los permisos negados de los padres para ir a una fiesta, ya no a la clase de matemáticas, ya no al Metro de Caracas, sino al hecho de ser emigrante.

Hasta enero de este año, según la Superintendencia Nacional de Migraciones de Perú, 100 mil venezolanos permanecen en este país. Mi pareja y yo, afortunadamente, conseguimos empleo (en una agencia digital) la misma semana que llegamos a Lima. Aunque pasamos a engrosar la cifra de venezolanos sin permiso de trabajo, hemos contando con una especie de “suerte” que parece reservada a unos cuantos. Al menos, por ahora, tenemos un sueldo fijo. No trabajamos lo fines de semana (los peruanos normalmente trabajan de lunes a sábado). A veces me perturba pasar más de nueve horas diarias en la oficina, pero agradezco no tener que estar de pie, bajo la inclemencia del sol, vendiendo algún tipo de producto.

Lima, la capital de Perú, huele a sazón. Algunos alegan que es el centro gastronómico de Suramérica. Se nota que a sus habitantes les gusta comer y por montón. Deleitar ceviche y tomar una chicha morada parece un ritual diario. Los jugosos trozos de pescado blanco envueltos en el jugo de limón pueden ser digeridos por cualquier peruano a las siete de la mañana. Un plato que parece ser pesado para esas horas, al menos para mí que estoy acostumbrada a desayunar pan o arepa. A la par, en calidad de comida, están los restaurantes Chifa; comida china con ingredientes peruanos. Cualquier plato puede ir acompañado con el refresco clásico Inca Kola.

Los ruidos ensordecedores de los automóviles y los comerciantes con sus puestos de comida hacen vida en las calles limeñas creando una gran urbe. Cuando camino por algunas de sus aceras noto que estoy en un país que tiene un rico contraste en el que se puede estar en el pasado pero también en el presente. Que, aunque sea un país de tradiciones, le están sucediendo cambios. Cualquier peatón se puede encontrar con una calle pavimentada que termina siendo de tierra.

Lima es una ciudad en donde en algunos de sus distritos predomina el polvo y los colores arenosos, esto se debe a los grandes edificios que están en construcciones. Su cielo no es nada predecible, un día puede estar un sol radiante, pero al otro totalmente nublado. El tráfico es abrumador. Las autopistas a toda hora tienen gran cantidad de vehículos. Cada persona que está frente al volante tiene sus propias reglas. Hay contaminación sónica por las bocinas de los carros; los fruteros que ofrecen, por altoparlantes, las bicocas; los colectores de las busetas –aquí con nombre de jalador– que gritan las rutas de su trayecto.

En el bus que agarro todos los días para el ir al trabajo se suele subir una mujer venezolana con una caja de chocolates en las manos –piel blanca, 1.60, cabello corto y rojo, bolso pequeño cruzado sobre su hombro izquierdo–. Tiene una retahíla, un discurso conmovedor, similar a los que usan los vendedores del metro y de las camionetas de Caracas, pero bien adaptado, no precisamente a la cultura peruana, sino más bien a las circunstancias.

“Buenos días, señores pasajeros. Por acá les traigo unos ricos chocolates, solamente a un sol. Un sol que no enriquece ni empobrece a nadie. Como podrán ver soy venezolana. Vine a este país huyendo de la fuerte crisis económica e igual que mis otros compatriotas estoy trabajando fuerte para llevar sustento a mi casa y enviar algo de dinero a mi familia en Venezuela. Quiero agradecer a Dios y al hermoso pueblo peruano que me abrió las puertas. Iré pasando por sus asientos, muchísimas gracias”.

Nuestro viaje con destino a Perú inició el lunes 22 de enero de 2018, a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Partimos con cinco bolsos: dos para cargar en la espalda, dos como equipaje de mano y uno en el que mi mamá me acomodó nuestro sustento del todo el recorrido: pan, galletas, jamón endiablado, queso fundido, jugos de cartón, y golosinas que recibimos de algunos familiares. Manjares en la Venezuela de hoy.

Foto: Yaisa Bell

La previa del viaje estuvo cargada de una serie de pasos que, por muchos momentos, sentí que parecían difíciles de sortear. Conseguir seiscientos mil bolívares en efectivo y un pasaje por tierra fueron las más cuestas arriba.

Para salir de Caracas y llegar hasta San Antonio del Táchira hay que pasar una noche en el terminal; de lo contrario, los que no quieran trasnocharse, deben comprar los boletos en el mercado negro y pagar una exorbitante cantidad. Julio, mi novio, llegó a las seis de la tarde del 20 de enero a Flamingo, terminal ubicado cerca de Parque Miranda, para cazar los dos pasajes. Allí, para tener un poco de control, decidió encargarse de hacer una lista de los compradores; las personas que se desvelarían en una acera, a la intemperie.

Durante esa noche me costó conciliar el sueño. El sentido de la justicia empezaba a retorcerse: yo en una cama, cómoda y bajo un techo. Julio en la cola de un terminal pasando frío. A las cinco de la mañana me desperté. Mi abuela me ayudó a preparar el desayuno. Salí en un taxi para llevarle a Julio una arepa y un té de manzanilla.

El periplo comenzó en un bus-cama de dos pisos. Una vez arriba, en nuestros asientos, vimos por la ventana a un montón de personas agitando las manos en señal de despedida. Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan implícito un miedo sofocante: ver partir a un familiar sin saber si habrá posible reencuentro.

Los pasajeros se abrazaron unos a los otros. Supongo que es un ritual de moda para demostrar solidaridad, para darnos fuerza. Para decirnos “no estás solo, estamos juntos”. Aunque también es cierto que la gente viaja con su pareja, con amigos o familiares (nadie se lanzaría solo a la aventura de un viaje de tantas horas). Yo observaba todo, quería grabar ese momento en las retinas, de la misma manera que sucede con los personajes de un episodio en Black Mirror. Pensaba en la posteridad: quería captar los detalles para escribir una crónica. Me hacía la dura. Contenía el llanto para que mi madre, con quien me veía a través de la ventana del bus, no se derrumbara, no llorara más de lo que ya lo hacía, no pensara que yo no iba a sobrevivir. Contuve el llanto, pero solo logré intensificarlo en mi interior.

El recorrido por Venezuela fue, de algún modo, espantoso. Los conductores nos habían dado una “medida de protección”: no vean por las ventanas, mantengan las cortinas cerradas porque lanzan cosas. A las diez de la noche, específicamente en un pueblo de Carabobo, todos estábamos durmiendo cuando escuchamos el estruendo de un golpe.

“Lanzaron una piedra –gritó alguien–, díganle al chofer que no se pare, que unos motorizados nos persiguen”.

Para el conductor ya esta persecución tipo película de acción hollywoodense era algo normal. Metió chola hasta salir del radar de los asaltantes y llegar hasta un puesto de la Guardia Nacional. El copiloto se acercó para ver qué había sucedido. Inspeccionó los vidrios minuciosamente, se aseguró que todas las cortinas estuvieran cerradas.

“¿Vieron, vieron lo que pasa? Por eso hay que tener todo cerrado, yo se los he dicho”, advertía como quien quiere que le reconozcan, de manera tardía, haber tenido siempre la razón.

La piedra había roto el vidrio y la cortina evitó que aquel objeto contundente diera en la cabeza de algún pasajero. Al llegar a la alcabala militar, no volvimos saber de los perseguidores. Desde ese episodio mis nervios empezaron a salirse de control.

A las ocho de la mañana del día siguiente llegamos a San Cristóbal. Con los compañeros que Julio había conocido en el terminal, cuadramos un taxi para que nos llevara hasta San Antonio. Cada puesto costó 120 mil bolívares. Nos subimos. Los miedos seguían presentes. El taxista nos dijo que este recorrido duraba 40 minutos y que nos esperaban alrededor de cuatro alcabalas de la Guardia Nacional, “una más arrecha que las otras”. Eso significaba que corríamos el riesgo de que nos quitaran parte de las cosas que llevamos en las maletas, en nuestros cuerpos, incluyendo dinero. Paradójicamente el enemigo de turno era el mismo que la noche anterior nos había salvado el pellejo.

Ya nos sabíamos las historias de los “trabajitos sucios” que realiza la Guardia Nacional. Por eso los dólares los escondimos dentro del cuello de la chaqueta que tenía puesta. Días antes del viaje, escuchamos que hubo mujeres que guardaron los “verdes” en una toalla sanitaria. Cuando pasamos las alcabalas sentíamos las miradas sobre nosotros. Cada posibilidad de que pararan el carro y revisaran las maletas era dolorosa. Por suerte no hubo contratiempo. Todo se trataba de estar en un videojuego: superando cada obstáculo para llegar a la meta.

San Antonio parecía tres veces la redoma de Petare. Gente por aquí y gente por allá. Ahí mismo nos cayeron los carretilleros, los asesores de viaje y “gestores” del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), quienes cobraban 30 mil pesos por el “sello VIP” sin necesidad de hacer la kilométrica cola. “¿Hacia dónde van?, tengo pasajes para Bogotá, Quito, Lima, Chile, con sus comidas y duchas”, era la repetida oferta.

Con nuestro equipaje caminamos hasta la taquilla para sellar la salida de Venezuela. La gran cantidad de venezolanos que saltarían al otro lado del charco conformaban una cola que no parecía tener fin. Julio y yo nos dispusimos a hacerla.

Carlos –alto, cabello negro, 35 años– a quien conocimos en el trayecto desde Caracas, nos regaló una bolsa de pan. Su justificación: “Yo voy hasta Bogotá, ustedes van lejos. Dios los cuide”. Un intercambio de números y una estrechada de mano fue la despedida del paisano, quien nos confesó que después de 25 años de casado dormiría solo por un tiempo; su esposa y su hijo se quedaron en Venezuela. Su objetivo: trabajar duro para establecerse y enviarles los pasajes.

También conocimos a Rodolfo, un señor de 45 años que viajaba con Yaisa, su hija de 23. Ambos tenían como destino, igual que nosotros, a Lima. Preguntarle a los compañeros de turno el monto que llevaban para mantenerse en el país de acogida era la pregunta más incómoda, pero nos las hicimos y, entonces, ganamos confianza.

Rodolfo y Yaissa, los amigos del camino. Foto: Pierina Sora

Desde ese momento, cada quien comentaba su historia de partida y de las cosas materiales de las que tuvieron que desprenderse para comprar divisas en el mercado negro. Rodolfo se desempeñaba como técnico en cámaras de seguridad. Vendió su moto, el televisor y el celular para costear el viaje, mientras que Yaisa tenía poco tiempo de haberse graduado como Ingeniero Electricista, en Maturín. Le tocó pasar por doble dolor: dejar a Venezuela y a su hija –de cinco años– con su abuela materna. Ella le prometió a su pequeña que, una vez establecida, la iría a buscar.

Después de pasar seis horas de pie y bajo un tórrido sol, nos sellaron el pasaporte. Desde ese momento, nos sumamos a los cuatro millones de venezolanos que para ese entonces habían emigrado (una cifra avalada por una encuesta realizada por Consultores 21 S.A, en enero de 2018).

Inicio para cruzar el puente Simón Bolívar.
Foto: Pierina Sora

Al igual que miles de ciudadanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar –vía que comunica Venezuela con Colombia–, nosotros también lo hicimos. No contratamos a ningún carretillero. Caminar se me hizo cuesta arriba por todo el compendio de emociones que llegaron a mí: miedo a que un Guardia Nacional nos revisara, fe por creer en Dios y refugiarme en la oración, adrenalina por llegar pronto al otro extremo. Julio me ayudó con el peso de los bolsos. El sudor resbalaba a chorros por mis costillas. Erguí mi espalda, aligeré mis brazos para meter una dosis de energía y seguí el camino. Fueron 315 metros de incertidumbre, sin un árbol que nos diera sombra.

En Cúcuta había de todo: personas cargando bultos de pañales, de papel higiénico, de arroz y de azúcar, cosas que tenía tiempo sin ver. Al menos en esas cantidades. Vendedores de la telefonía Claro y casas de cambio ambulante: personas que cambian divisas.

Rodolfo y yo nos quedamos en el lugar con todo el equipaje. Julio y Yaisa tomaron un taxi ida y vuelta por dos mil pesos hasta el terminal de transporte para comprar los pasajes del próximo destino. Consiguieron hasta Guayaquil, Ecuador. Los boletos (130 dólares cada uno) se agotaban rápido por la fuerte demanda. El paquete incluía dos almuerzos, una parada para ducharse, wifi y enchufes para cargar los celulares y tabletas.

En Migración Colombia hicimos una cola de dos horas. Para sellar el ingreso al país cafetero te exigen que tengas a la mano un boleto.

Cola para sellar el pasaporte en Migración Colombia.
Foto: Pierina Sora

Luego de un retraso fuerte por parte de la compañía, abordamos el autobús a las tres de la mañana. Una vez estuvimos en los asientos reclinables nos dimos cuenta de que seguíamos rodeados de venezolanos que iban, igual que nosotros, tras una mejor calidad de vida y la posibilidad de ayudar a los seres queridos con el envío de remesas.

El viaje por Colombia fue largo. Recorrimos aproximadamente 1.431 kilómetros desde Cúcuta hasta Rumichaca (zona fronteriza entre Ecuador y Colombia). La camaradería entre los viajeros se hizo notar. Compartimos pan y galletas con queso fundido. Incluso agua y Viajesan, pastilla para los mareos y náuseas.

En Rumichaca, una brisa intensa y un clima de 15 grados nos recibió. Un comisionado de migración Colombia subió a nuestra unidad y se llevó todos los pasaportes para sellar la salida del país cafetero y dar entrada a la nación del Cotopaxi. Nos advirtió que nos quedáramos dentro del autobús porque no teníamos permiso legal. No hubo problemas. Después de hora y media nos devolvieron nuestro documento.

Bajamos a dejar el equipaje en las oficinas de la compañía de viaje que nos llevaría hasta Guayaquil, e hicimos la cola de Migración Ecuador. Un grupo se quedó en la larga hilera para cuidar los puestos. Julio y yo fuimos al baño. Mientras esperaba mi turno, las mujeres venezolanas hablaban de una sola cosa: la escasez del plato navideño. “Chama, allá no comimos hallacas, esa vaina era yuca con mantequilla”, renegó una de cabello rojo. “Mi familia tampoco. Nosotros nos vinimos porque ya no se puede más”, soltó una rubia quien llevaba la gorra tricolor.

Luego de cuatro horas, llegamos a la taquilla. La oficial, que estaba detrás del vidrio, nos preguntó cuál era nuestro destino. Dijimos la verdad. Sorprendida, observé que las hojas de mi pasaporte estaban llenas de sellos. Antes de la crisis, no viajé a ningún otro país. Mi familia siempre tuvo los recursos económicos justos. Incluso, los cinco años de mi carrera de Comunicación los pagué con mi trabajo. Por lo tanto, esos sellos despertaron en mí un sentimiento amorfo.

Un poco antes de partir a Quitumbe (terminal de Quito) comimos el segundo plato que estaba incluido en el boleto. Sopa, seco y jugo. Una comida que supo a gloria (ya estábamos hastiados de los enlatados). En las paradas rápidas se subieron algunas mujeres de tez morena. Sus bandejas exhibían pastelitos. Las bolsas marrones en la que estaban envueltos se tornaron transparentes por la cantidad de fritura. Nosotros, por suerte, compramos cuatro por un dólar y pudimos resolver la cena de ese trayecto.

Comida incluida en el boleto de viaje.
Foto: Pierina Sora.

Hicimos un viaje de 12 horas hasta Guayaquil. En algunos pasillos del terminal había una gran cantidad de venezolanos que, se notaba, venían de hacer el mismo recorrido que nosotros. La mayoría estaban en el suelo, comiendo pan con productos enlatados.

Bajamos el equipaje de nuestras espaldas y nos sentamos en los asientos de una de las tantas agencias que venden boletos. Compramos pasaje con salida a las siete de la noche. En el transcurso del día paseamos por este gran terminal que no tiene nada que envidiarle a un centro comercial de primera clase.

Entramos a un supermercado y, lo admito, quedé totalmente impactada. Desde hacía mucho tiempo no veía los anaqueles totalmente llenos y con una amplia variedad de marcas. Para premiarnos por nuestros esfuerzos compramos los famosos pingüinos rellenos de chocolate, delicia que se extinguió en Venezuela.

Un dulce que compramos en el supermercado ubicado en el terminal terrestre de Guayaquil.
Foto: Pierina Sora

Antes de abordar la unidad, cada quien fue al baño para darse una “ducha rápida”: cepillado de dientes, lavado de cara y axilas con agua. El resto pudimos hacerlo con toallas húmedas. Ya estábamos preparados para esto y sabíamos, por experiencias de otros, que no siempre podías bañarte.

Rodamos hasta Tumbes, frontera con Perú. La entrada al territorio Inca no tuvo ningún inconveniente. El sello de turistas en nuestros pasaportes fue de seis meses.

Después de viajar seis días y recorrer  4.340 kilómetros, Lima nos recibió con un sol en su máximo esplendor. Con su acostumbrado tráfico. Llegamos y alquilamos una habitación totalmente vacía. Bajé el bolso de mi espalda. Me senté en el piso y comencé a observar las cuatros paredes. Luego cerré los ojos y tuve un flashback de todo lo que viví durante el viaje. Me di cuenta que a mis 26 años no había tenido la oportunidad de salir al extranjero y que lo más lejos que había llegado era a La Gran Sabana y Los Roques. A partir de ese momento, volví a subirme a la montaña rusa de emociones: sentí rabia e impotencia porque la manera en la que salí de Venezuela no fue muy agradable. Siento que no emigré sino que me tocó huir, sin saber cuándo cambiará la situación, cuando superaremos la crisis. Sin saber cuándo volveré a abrazar a mi familia y jugar con mis perras. Sin saber si podré estar en la partida de un ser querido y tenga que consolarme con el envío de dinero para cubrir los altos costos fúnebres.

Llegué a otro país en donde puedo trabajar para comprar lo que quiera en un supermercado, sin necesidad de colocar una huella o de conseguir algún producto sin bachaqueros mediante. Supe que dejé atrás Venezuela porque aborrecí de estar en ella por culpa de terceros, porque vi lo bueno, pero también lo malo: mediocridad, antivalores, viveza y egoísmo.

Entré en la larga lista en la que se encuentran muchos venezolanos: los que desean surgir en el país de acogida y ayudar a los familiares que se quedaron en un barco que se va a pique. Los que recuerdan lo buena que fue la patria querida y lo buena que algún día volverá a ser.

“Ves la hora, se hace tarde ya.
Solo empacas algunos recuerdos
Una llamada sin mucho explicar
Que se den cuenta te da igual

Abres la puerta sin mirar atrás
Con retazos haces tú bandera
No tiene escudos ni estrellas
Solo flechas en una dirección”.

Gaélica- Te vas

 

Por Pierina Sora | @pierast
*Esta nota fue publicada originalmente en Seis grados

Partida de Nacimiento

27 de febrero, día de triste recuerdo para Caracas, ciudad que en fecha como esta, hace 29 años, se vio azotada por una serie de eventos desafortunados, que no tuvieron respuesta oportuna. Ese día, 25 céntimos de alza en el precio de la gasolina y 6 bolívares en el costo del pasaje bastaron para que se abriera la caja de Pandora y los peores demonios del venezolano se desataran, dejando a su paso una estela de saqueos, destrucción y muerte. Fue uno de los días más oscuros de una ciudad que ha vivido unos cuantos, y cuyo recuerdo –imposible entender cómo hay quien pretende celebrarlo– queremos conjurar con versos. Con los de Jaimar Marcano y su poema Partida de Nacimiento, que resultó ganador del concurso Caracas Literaria, llevado a cabo por @1001IdeasVzla en el marco del Festival Caracas Joven, que tuvo lugar en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes, y que convocó, entre otros, el talento literario de varios jóvenes caraqueños que convirtieron en poesía todo lo que sentían por Caracas. De entre los varios que concursaron, fue Marcano la ganadora, con un telúrico y apasionado poema de buena factura, impregnado de caraqueñidad en todos sus versos.

Partida de Nacimiento

Déjate de sinvergüenzuras

Sentados en la Av. Boyacá no me preguntes dónde queda la Cota Mil

Con mi cuello entre tu cuello no cuestiones si te quiero y cuánto

Muy tuya es esa osadía caraqueña

De preguntar como si uno no quiere

De responder como si uno no gusta

No te tomes atajos conmigo

En ésta ciudad los caminos verdes solo llevan a más dudas

Desde El Calvario puedo ver media Caracas

Desde tu hombro puedo verte con esa melancolía

Que se sube sin pagar y va y viene en el Recogeloco

Porque es además la única que compra multiabonos

Camina con ella y déjala sola

En esa bodega abierta mal llamada el centro

Donde la historia se compra en esquinas calientes

Pero la gloria sigue doliendo fría en los huesos

El centro de nada

Qué cosa puede ser el centro en una ciudad con curvas llenas de río ignorado

Y justamente eso me preocupa

Que pasemos tanto tiempo juntos que nuestros chorros se hagan oscuros

Y dedicarnos a aspirar solo los domingos subir hasta Los Venados

Que Manuel Cabré no se revuelque en su tumba esperemos

Porque alguien más agarró un pincel y comenzó a borrar a Caracas hace un momento

Pero no importa mijo

Que para eso estamos nosotros

O tú y yo, mejor dicho

Y así como todos saben que de Sabas Nieves pa’ arriba todo lo bueno se esconde

O que más allá de Tazón quizás está Zaratustra

Todos saben que te lanzo voraces miradas

Tan estruendosas como las alarmas que nadie apaga en la madrugada

O esos gatos que deciden amarse no importa nada

Muy orgullosa desde el 24 de Noviembre salivo efemérides

Y nuestro himno lo canto en nuestro patio o sea tu cama

Muy enamorada estoy de la patriótica causa de amarnos en Caracas

Ya podemos poner nuestra plaquita para que alguien la vea

Y por supuesto tampoco tenga claro de quién sea

Apareciste en un lugar más extraordinario que común

Lleno de historias que no estaban escritas por nosotros

Como todas estas calles que pisamos sin freno

Y ese rayado frente a los otros que según no vieron

Si tú supieras

Cónchale vale

Que estas palabras las clama alguien sin partida de nacimiento

Porque en la costa no sabemos nada de sellos

Ojalá no te moleste que haya venido para quedarme

Y mis macundales que incluyen a un chino o a Sartre

Heme aquí para suplicar solo una cosa

No nos dejes ser de alguien más

Que de esta bendita ciudad

No nos digas qué somos

Sé que no somos costillas, al menos

Porque se quiebran y se hacen polvo

Y yo no he visto al polvo salir feliz en Catia a las 11 de la noche

Seamos lo que somos

Somos Caracas en hora pico.

 

Poema escrito por Jaimar Marcano 

Caracas desde el helicóptero

La única manera de amar a Caracas en la hora pico es sobrevolándola.

La ciudad se ve entera, llena de imprudencias y de esperanza certera que se guiña con la placa del carro de adelante. Se ven motos maniobrando en la línea delgada que cruza la destreza con la locura. La capital del caos, desde el aire, se ve posible y con soluciones. Facilita de arreglar.

Caracas no es verde: es color ladrillo. Son cuadros pequeñitos desde el aire. Tienen divisiones, pero no las que se observan desde el suelo, con pisos improvisados unos encima delos otros, sino más bien una división invisible en la que apenas se adivina el verde que alguna vez fue protagonista y que ahora solo está de soporte.

Los funiculares del Waraira Repano se ven chiquiticos, las guayas que los sostienen no se divisan a seis mil pies de altura. La mezquita se ve imponente y delgada, como advirtiendo respeto a la diversidad, que es también arquitectónica. También aparecen detalles más pequeños. Por ejemplo, esa pirámide de espejos que está en medio de la autopista e incide con su reflejo de luz en el helicóptero y hace que el copiloto se detenga a reconocer la zona. Nuestro Louvre mínimo y hueco. Veo una estación del Metro y me ubico. Montones de camioneticas mal paradas recogen pasajeros sin prometerles hora exacta de llegada a sus destinos.

Los íconos se olvidan desde el aire.

El que vuela por primera vez en helicóptero a la hora pico caraqueña no se preocupa por ver los carros detenidos en el fuero de la quincena. Más bien se detiene –en la lucha por no marearse durante el viaje– a reconocer los valores más importantes de su ciudad, los que lo identifican con lo que ha vivido en ella. La Plaza Alfredo Sadel, en Las Mercedes, con sus lucecitas en los toldos que anuncian la inauguración de una feria y más adelante el Centro Ítalo Venezolano, al borde de una montaña y al lado del Barrio Santa Cruz, atendiendo a los jugadores de tenis que no quieren saber de tráfico en ese momento.

Renato Yánez dice desde el micrófono, simultáneamente, cuál es la calle, el carro infractor, el choque, eso que sucede abajo. Mira mientras hace las cuñas de los 27 clientes que casi sabe de memoria. Este programa sobre el tráfico en Caracas lo escuchan los oficialistas y opositores, creyentes y agnósticos, quienes tienen carro y quienes van en bicicleta. Desde las rutinas de humor de los stand-up comedy hasta la resignación caraqueña, todos sabemos que no es una solución escucharlo, que cuando mencionan las vías alternas ya la mayoría está en una cola interminable. Pero este servicio público, el único aprobado para despegar y aterrizar tres veces al día en la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda en La Carlota, tiene la virtud de llegarle a la gente. “Saludamos desde aquí al carro blanco que nos enciende y nos apaga las luces”, y uno mira desde arriba cómo el carro blanco repite otra vez la acción como respondiendo el saludo. Lo hace desde la Autopista Francisco Fajardo, en la que le faltan por lo menos sesenta minutos más para salir por el Distribuidor Altamira en aquello que, desde esta distancia, parece un estacionamiento.

Pero sobrevolar Caracas también significa agotarla rápido. Vivirla en las horas de más tránsito requiere probar las “vías alternas” del cielo: volar la Valle-Coche en sentido oeste y luego decidir ir al Centro o hacia El Paraíso y ver si hay juego en el estadio Brígido Iriarte. De un destino al otro en curvas que se detienen, de pronto, en la Torre Este de Parque Central. “Buena marcha en la Avenida Bolívar hasta llegar al Museo de Los Niños” se escucha en el monitor, mientras veo la magnitud de la torre de 56 pisos aún mal reparada después del incendio de 2004. Al lado está el Teatro Teresa Carreño que, aunque uno lo ve hermoso desde la planicie, arriba cuesta entender su geometría.

Pero Caracas, la grande, también es El Junquito, La Guaira, San Antonio de Los Altos y los Valles del Tuy. Y desde el rotor principal (la hélice, en términos especializados), se ve la gente que le da la vuelta a la Plaza Venezuela para buscar camino hacia esos lugares y que usa los nuevos elevados que han creado “para aligerar el tráfico”. La fuente se ve hermosa, se ve ciudad, se ve amable. No se ve el caos de terminal del Metro. Tampoco se entiende desde el aire qué es lo que pasa cuando hay una cola de punta a punta en los túneles. “Debe ser que pasó algo allá adentro, vamos a acercarnos”, dicen en la radio. La radio que tiene un programa en vivo que habla del tránsito y que es la única conexión tecnológica con la realidad desde los audífonos del Bell Ranger Rojo. El cielo es tan perfecto, que no hay señal en el celular.

En el aire también se siente impotencia. El Petare de Caracas llega hasta Mariches, con los techos descuidados y el hacinamiento desbordado.  Pero  en Prados del Este esos techos rojos se vuelven town houses con piscina y áreas comunes. Después vienen los campos de golf del Country Club, los estadios de la Universidad Central de Venezuela y su biblioteca con rasguños de maltrato y falta de mantenimiento. En Chacao, el karma es otro: las hileras de carros que no avanzan y el verde de La Carlota desde donde, apenas, parten unos cuantos helicópteros al día. ¿Qué pasaría si se convirtiera en parque? La grama enrejada mira a la ciudad también impotente por no sentirse aprovechada.

La capital venezolana dejó de tener publicidades sobre los edificios hace algunos años. Quitaron la taza de café y la bolita de refresco que hubiera ayudado a la ubicación en el mapa aéreo. La cartografía caraqueña también carece de anuncios publicitarios llamativos y electrónicos, de aceras amplias dejen ver algo más que motos infractoras, quizás a los transeúntes que llegan del mercado o van camino a sus clases de yoga después del trabajo.

El Distribuidor La Araña y la Cota Mil son trampas: desde el helicóptero provoca gritarle a todos los carros que están llegando hasta ahí que no, que no se metan por ahí, que hay otra vía, pero que todo el embudo se debe a la gandola volteada, al accidente que está recogiendo una grúa en el rayado o a la imprudencia de una camioneta que rodó por el hombrillo y ahora debe incorporarse.

Volar en helicóptero durante hora y media sobre Caracas al final de la tarde de un jueves también da la certeza de ver el atardecer más auténtico de todos los posibles. Y también te hace sentir mejor. Mejor ciudadano, al menos.

Por Marcy Rangel |

*Texto para la Revista OJO edición n° 24

Créditos del video: Maxdrone ; Drone Caracas

Ese valle de balas

Suelo pensar en Caracas como un poema con errores ortográficos. Una ciudad que descansa bajo el manto vigilante de su deidad, el Ávila, y que alterna el canto de los pájaros con el retumbar de las balas.

En 1997, la agrupación Desorden público lanzó una de las canciones más icónicas de su discografía: Valle de balas. El siglo XXI se asomaba en el horizonte y la inseguridad –salvo en zonas privilegiadas– era un motivo de preocupación que lejos de desaparecer iba en aumento.

Podría decirse que la pieza sigue más vigente que nunca. Salvo por una línea, esa que dice que plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta. Hoy ocurre todo lo contrario: el miedo construye mitos y leyendas que empujan a las personas a vivir en un continuo encierro. O en la aburrida repetición de un trayecto que se recorre en dos direcciones: de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa.

Caracas es una ciudad donde los camarones soñolientos terminan ahogándose por el ímpetu de una marea que desconoce de clemencias. Y los no soñolientos, con frecuencia, también. Pero, al mismo tiempo, es la ciudad en la que he sido capaz de prosperar, de enamorarme, de avanzar, de hacer amigos, de vivir reencuentros y despedidas. Es una ciudad arropada por las mismas emociones que surgen en cualquier otra parte del mundo. Solo que aquí, hay que decirlo, el miedo es un vigilante cotidiano. Un vigilante que a veces solo significa zozobra. Y otras, un poco de sangre o de balas.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Caracas? ¿De Los Palos Grandes o de El Valle? ¿De Antímano o de Chacaíto? ¿De Los Dos Caminos o de Petare?

¿Y qué hay de esa masa de persona que duerme en las periferias pero que día a día enfrenta la lucha cotidiana en la capital del país, porque, mal que bien, es ahí donde creen encontrar más oportunidades que en los alrededores de sus casas? ¿No representan también estas personas una parte significativa del rompecabezas caraqueño?

Cada quien mira la ciudad desde su acera. Y ahí, cada visión es distinta. Mientras unos se quejan del Metro, otros se quejan del tráfico. Y muy pocos hablan bien de ese río de excrementos que atraviesa la ciudad. Aunque haya grupos de personas que lo recorran en busca de tesoros perdidos que les permitan subsistir.

Caracas podría ser, más bien, un poemario con errores ortográfico en el que una mezcla de estilos se pelean para encontrar una voz uniforme. Una voz que nunca se termina de formar.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y pienso en varias canciones que ayudan a ilustrar la ciudad: Valle de balas, En la ciudad de la furia, Pueblo podrido. Y pienso, al mismo tiempo, en que todas tienen versos que describen algo de la ciudad, pero que ninguna termina de precisarla. Quizá porque somos sus habitantes quienes la obligamos día a día cambiar: quienes la construimos, destruimos, gozamos y padecemos. Todo sin terminar de entender las mil realidades que confluyen a nuestro alrededor. O lo que es lo mismo: sin terminar de comprendernos entre nosotros.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y antes de soplar velas, deberíamos empezar a vernos a la cara.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Peligro en el Metro

El Metro que arrancó a las 7:30 am de este lunes de Artigas con dirección El Silencio realizó una parada repentina a escasos segundos de abandonar la estación bajo gritos aterrados de auxilio. La desesperación de los pasajeros se hizo notar cuando un señor de la tercera edad –que había sido el último en ingresar– fue brutalmente golpeado con las paredes del túnel debido a que la puerta no cerró, el operador emprendió la marcha sin percatarse y lo arrastró. En hora pico, con los vagones abarrotados y con la presión de llegar a tiempo, son muchas las personas que buscan ingresar al Metro entre empujones pese a que visualmente no se deslumbre espacio vacío para entrar. Al señor que realizó lo que cientos hacen –y seguirán haciendo– a diario, no lo acompañó el aventón final: la puerta no cerró y parte de su cuerpo quedó afuera cuando el tren continuó su ruta. El crujir de los huesos estremeció a los pasajeros, que fueron mandados a desalojar la estación tras el hecho, que no es primera vez que ocurre en el subterráneo: en febrero de 2017, Andrés Eloi Irrazabal, de 29 años, murió en un accidente similar, ocurrido también en la Línea 2 del Metro, pero en horas de la tarde y con dirección Las Adjuntas. En el caso de ayer, a pesar del fuerte golpe y de los rumores que corrieron en redes sociales, la víctima aún se encuentra con vida, según el periodista Bernardo Luzardo. El sistema de transporte más sofisticado de la Latinoamérica del siglo XX ha pasado de ser sauna (por falta de aire) a un hervidero de tragedias.

Una bebé se ahoga en el metro

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

Cof, cof. Su tos es directamente proporcional a ella: chiquita. Va en brazos de su madre, en uno de los asientos azules del metro, y tose repetidamente. Hasta que se priva. Ha botado todo el aire y cuando va a tomar más no puede. Se queda, diríase, paralizada. Y entonces comienza a cambiar de color. Todo sucede en segundos: la cara se le va poniendo roja, luego morada y finalmente azul. No cabe duda: está ahogada. La madre se desespera, y con ella todo el vagón. La levanta, le da por la espalda, la sacude y la sopla. Todo parece inútil: ya está, casi, del color del asiento. Son segundos dramáticos y apremiantes en los que todo el mundo opina y aconseja algo, pero nada parece funcionar. Suspendida en el aire, mueve desesperada piernas y brazos, mientras los ojos se le desorbitan. Es estremecedor. Hasta que de repente, pasados unos segundos eternos, suelta, más bien vomita, un poco de moco. La madre le da por la espalda y poco a poco va escupiendo cantidades considerables de moco. Todo cae en el suelo del vagón, pero a nadie le importa. Esa niña se estaba muriendo y se ha salvado. Poco a poco se difumina el azul de la cara y todos, con ella, respiramos tranquilos. Viene, entonces, la segunda parte: la de indagar. Tiene seis meses explica la madre, tiene seis meses y sufre de tosferina. Estaba hospitalizada en el JM de los Ríos, pero la salida de terapia intensiva de dos niños hizo que le pidieran la cama donde ella se encontraba y le dieran de alta sin estar del todo bien. Le mandaron un antibiótico y un broncodilatador. Consiguió el primero, pero no el segundo. Por eso tiene recurrentes episodios de ahogo como el que acabamos de presenciar. En la noche del jueves -todo esto sucede el viernes en la mañana- vivió otro parecido. De allí que vaya, en metro porque no tiene para un taxi, a llevarla de vuelta al JM de los Ríos a ver si hay algo que puedan hacer por ella, esa niña que parece tener ya más pasado que futuro, por haber nacido en la patria grande de Bolívar.

¡ASALTO EN EL ÁVILA!

Ella es una de las pocas razones que todavía encontramos para no emigrar. Ornamento natural, pulmón vegetal, lugar de esparcimiento por excelencia, El Ávila batalla por ser uno de los últimos vestigios de esa Venezuela que fue, o que quiso ser, pero no pudo. Desde Petare hasta La Pastora, la majestuosa montaña adorna la capital y permite a sus residentes disfrutar con paseos en teleférico, subidas con carro o caminatas a los distintos puntos de sus 2765 metros sobre el nivel del mar. Es precisamente este último plan, el más económico y popular, el que más ha sufrido los embates de la delincuencia. Como ya había pasado a principios de enero en el sector El Picacho, ayer, a la una de la tarde, dos antisociales armados asaltaron a un grupo de 18 excursionistas que llegaba a la ‘Piedra del Indio’, en el sector Cachimbo. “Voy llegando y veo que hay gente tirada en el suelo boca abajo. Yo pienso que es normal porque ahí mucha gente hace yoga y cosas así. Cuando llego, un tipo me encañona y me manda a ponerme contra el piso”, contó una de las víctimas a El Nacional. Teléfonos, billeteras, cámaras, ropa y otros equipos electrónicos fueron los artículos que los 18 excursionistas tuvieron que entregarles a los dos criminales, quienes contaban con una pistola y un escopetín. Mucha gente vio bajar a los antisociales con todos los objetos, pero no fueron detenidos por las autoridades porque no se percataron de que se trataba de unos atracadores, cuenta Satya Toro en la web de El Nacional. Se cree que este par de delincuentes se esconde con frecuencia en algún punto de Cachimbo, a la espera de que un grupo de venezolanos, con la intención de recrearse por unas horas, caiga en las ya omnipresentes manos del hampa.