La Caracas de Piedra de mar y mi Caracas: medio siglo de involución

“La niebla se fue abriendo y aparecieron las luces de la ciudad. Las calles eran ríos de luces y se veían muy bonitas”, describe Corcho, el narrador y protagonista, mientras desciende de noche junto con Kika en el teleférico que antecedió al actual Sistema Warairarepano. Termino de releer en 2019 Piedra de Mar, una novela corta publicada en 1968 cuyos protagonistas oyen Beethoven y Harry Belafonte, echado en el suelo de la cocina un domingo a las cinco de la mañana: es el lugar de mi casa en el que menos atormenta el trap a todo volumen que han estado colocando unos vecinos –probablemente de la misma edad que Corcho– toda la madrugada.

Vivo en la misma ciudad de las páginas del libro que acabo de terminar, Caracas. Es asombroso que haya electricidad para leer: ya mi país ha sufrido al menos cinco apagones nacionales, desde el siete de marzo, que han dejado virtualmente devastada a –por ejemplo– Maracaibo, la segunda metrópolis venezolana. No por obvio debo dejar de registrarlo: comparada con la que narró el recién fallecido Francisco Massiani, mi Caracas parece medio siglo después un peor lugar para vivir. Lo que no es atribuible exclusivamente al proceso político que comenzó con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999: en varias partes del mundo, muchos hijos estamos teniendo en este siglo XXI la sensación de que nuestro nivel de bienestar es inferior al de nuestros padres.

La acción –que tiene mucha inacción– de este clásico de lecturas de bachillerato transcurre en un puñado impreciso de días en la capital de Venezuela, con un par de expediciones al vecino estado que el chavismo ahora llama La Guaira: el topónimo Vargas, al igual que El Ávila, ha sido proscrito del lenguaje oficialista. Nunca se indica con precisión la ubicación del apartamento en el que vive arrimado Corcho (aféresis de Carecorcho), el que pertenece a los padres de su amigo José. Sí se dice que frecuenta la Calle Real de Sabana Grande, que no será convertida en bulevar peatonal hasta la llegada del Metro a principios de los años 80. También los alrededores de la actual estación del subterráneo en Bellas Artes y una discoteca llamada El Hipopótamo, que al parecer quedaba en Los Palos Grandes.

La novela está ambientada casi con toda seguridad durante el gobierno del adeco Raúl Leoni (1964-1969), el segundo del período de democracia representativa, aunque a un lector de la Venezuela de 2019 como yo le sorprende la casi absoluta ausencia de referencias políticas: apenas en la 164 de las 168 páginas de mi edición, Corcho sugiere que Carolina –objeto de su infatuación– fue enviada a estudiar a España por sus padres debido al temor a “líos en la universidad” (el allanamiento de la UCV ocurrirá en 1969: estábamos en la resaca criolla del Mayo Francés). También encontramos alguna salpicadura sutil acerca de los frecuentes atentados urbanos de la guerrilla en aquellos años y a cierta atmósfera de represión policial.

Pero, en general, el debate político del momento lleva una capa de invisibilidad en los diálogos de los personajes de Massiani, aunque sería mentira afirmar que sus jóvenes carecen de desesperanza y no se plantean el exilio: “Debe ser muy bueno estudiar afuera (…). Me gustaría irme. Me gustaría irme lejos y no volver más”, anticipa el “Me iría demasiado” la futura psicóloga Kika.

Si hay algo que me conmueve y perturba de Piedra de Mar es la noción de que fue escrita en una era anterior al smartphone: de hecho, uno de los conflictos centrales de la novela ocurre debido a la imposibilidad de comunicación directa entre Corcho y el centro de su obsesión enfermiza, la chama buenota que no le para bola: el joven que ha renunciado a sus estudios universitarios termina escalando al apartamento de Carolina cual Spider-Man, labrando un desencuentro de fatídico desenlace –por culpa de una cucaracha– que hoy probablemente se habría resuelto con un par de mensajes en WhatsApp.

FOTO: Vasco Szinetar

Los personajes de Massiani tienen tres opciones para entretenerse: cine, libros y discos de vinil. ¿Son más cultos que nosotros? He allí un buen debate. No soy muy joven y no puedo ya compararme con Corcho, Lagartija, Marcos, Flautín y Kika, pero mis hábitos de lectura se han reducido de forma considerable, en gran parte porque paso mucho más tiempo pendiente de Internet y las redes sociales. Sin embargo, estos últimos hábitos también son una fuente de conocimiento que no debe despacharse a priori. ¿Tengo más conciencia de un mayor número de ámbitos de la experiencia humana, pero soy menos profundo?

El cine está mucho más presente en los espacios urbanos de la Caracas de Massiani que en mi Caracas de 2019, lo que no puede atribuirse solo a la destrucción de la empresa privada: en casi todo el mundo ha ocurrido un repliegue de la exhibición fílmica a los búnkers de los centros comerciales. Las plataformas streaming y la posibilidad de descargar contenido se imponen. En todo caso, esa sensación de extrañamiento e irrealidad al salir de una función, que tan magistralmente describe Pancho cuando Corcho sale de un filme francés en Las Palmas, la seguimos experimentando en formato digital en el presente, aunque yo solo haya podido ver una película en 2019: la de Capitana Marvel.

La Caracas de Massiani es más cosmopolita, al margen de que la globalización haya avanzado a paso de aplanadora durante este medio siglo en el resto de la Tierra. En sus recorridos por Sabana Grande, Corcho entra a una librería (Suma) en la que percibe el olor de “libros recién llegados por montones”. Hojea una revista en francés, bucea a una catira italiana, está enamorado de una jeva que tiene cachifa gallega (¡insólito!) y le da un codazo sin querer a la hija pequeña de un español después de trancar un teléfono monedero. La gente sale del país, y, en la mayoría de los casos, regresa: los padres de José están en Nueva York, Carolina acaba de regresar de España, al enano Marcos se le pegó un beibi después de su último viaje a Miami.

La única ruta que se ha estrenado por estas semanas en Maiquetía es la Caracas-Teherán, de Mahan, una aerolínea sancionada por Estados Unidos.

Más novedades: en una playa de La Guaira se practica esquí acuático, mientras que Corcho puede salir a las diez de la noche a comprar cigarrillos en un bar de la esquina de su casa que abre hasta madrugada, lo que en 2019 se me haría inconcebible: por donde vivo, con la excepción de las rumbas de trap, no hay ni perros callejeros a un kilómetro a la redonda después de las ocho de la noche.

¿Tienen preocupaciones económicas los personajes de Massiani? Sí: son jóvenes en edad universitaria, casi todos desempleados y mantenidos por sus padres, universalmente esa clasificación taxonómica no nada en la prosperidad. Lagartija, uno de los amigos de Corcho, “está limpio” (sic), al menos para irse con su novia de tragos; mientras que el protagonista se queda sin dinero después de ser expulsado de una fiesta de traje formal en Altamira y debe caminar a su casa en esmoquin bajo la lluvia. Pero ninguno de los personajes parece al borde de la desnutrición, más allá de sus hábitos alimenticios desordenados: José llega al auxilio de su pana y le brinda dos “tostadas” (denominación habitual en aquella época de la arepa asada, que la diferenciaba de la arepa frita) de queso amarillo.

Sabemos que para 1974, cuando se introduce el salario mínimo en Venezuela, el ingreso básico era de alrededor de 450 bolívares, que equivalían a unos 100 dólares. En Piedra de Mar, para una entrada de cine basta un “fuerte”, desaparecida moneda de cinco bolívares. Un café cuesta un bolívar; y una caja de cigarrillos, dos bolívares. Marcos acaba de pagar un carro nuevo.

El alter ego de Pancho Massiani va a la urbanización El Silencio a comprar camisetas de fútbol, una de las grandes pasiones del escritor (1944-2019) en la vida real. Pierde un zapato y esto es más un motivo de vergüenza que una pérdida material incuantificable. Que yo recuerde, como profesional de clase media, no he comprado ninguna prenda de ropa en los últimos seis años, aparte de medias (para la época de Piedra de Mar, el paltó y corbata son casi obligatorios en los jóvenes); además, en 2019 he prescindido de una de las comidas completas diarias: el hábito de José de empujarse un sánduche a las tres de la mañana me resultaría desconsiderado y abusivo en un hogar donde tenemos todo contado.

Aunque tuviera recursos vía remesas para camisetas de fútbol, me encontraría con santamarías de color gris grafiteadas si busco las tiendas deportivas de Caracas que frecuentaba hasta la década pasada.

Por edad, yo podría ser padre de Corcho. Hoy me resultaría ridículo llamar “pajarito” a mi pene, utilizo mucho menos la muletilla “que si” y sería acusado de violencia de género en redes si expresara mi deseo de arrastrar a un despecho por Sabana Grande como una carreta. Pero en general entiendo casi todo lo que me quiere decir el Pancho de 1968. No solo lo comprendo: sigo sin resolver por completo el Cubo Mágico de la seducción al sexo opuesto, admiro en otros “una felicidad sencilla que me impide creer que mi soledad es inevitable” y, al igual que Corcho, con frecuencia me equilibro al filo de una acera muy delgada entre la pulsión irresistible por la muerte y unas enormes ganas de pelear mi derecho a vivir. Con todos sus defectos, eso hace universal a Piedra de Mar.

Aunque se haya quemado el túnel de bambú que une al Country Club con El Bosque (uno de mis lugares favoritos para pasar caminando, aunque sea muy peligroso), bajo este cielo lleno de la insoportable calina de abril también hay algo de la Caracas que Pancho amó. Por ejemplo, el placer de compartir unas papas fritas y un jugo de melón con un pana en Sabana Grande, una tarde de evasión y fútbol luego de un apagón nacional.

 

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia

#DomingosDeFicción: El porqué de sus peinados

Siempre digo que la conocí en una patrulla policial. La verdad es que la conocí en una fiesta infantil.

Lo que le cuento a la gente es esto:

Una noche me pillaron comprando monte cerca de mi casa, a ella la habían agarrado más abajo. Los policías nos ruletearon un rato y les tuvimos que dar plata y la mitad de la marihuana. No sé entre cuántos se van a fumar toda esa vaina, dijo ella. Mi dealer les dio como diez gramos para que no se lo llevaran a él. El mío había ­hecho lo mismo.

 

Lo que pasó en verdad fue esto:

Acompañé al amigo que vivía conmigo a llevar al hermanito a una piñata. Supuestamente todas las fiestas en la casa a la que fuimos eran arrechísimas, especialmente los velorios.

Güisqui y tequeños, en eso estaba nuestra atención mientas los niños bailaban en el colchón inflable. Venían las bolitas de carne cuando entró ella con una chamita agarrada de la mano. Tenía unos rizos gigantes y un poco de vergüenza de llegar sola. La dueña de la casa besó a la niña, pero no pareció reconocerla a ella, quien le explicó algo; que sus tíos habían tenido que salir toda la tarde y le encargaron que llevara a Martina a la fiesta. Luego de la bienvenida Martina salió corriendo a darle coñazos a sus amiguitos mientras ella se sentó sola con una cerveza. Nos acercamos.

Mientras hablábamos (en la piñata y en la patrulla), no tenía nada mejor que hacer que mirarle las piernas, llevaba una falda cortísima. Tenía este tatuaje en la parte de adentro de uno de los muslos:

Yo trabajaba de vez en cuando en este tipo de fiestas, nos contó. Pintándole la cara a los niños. Mi prima era payasa, ¿o payaso?, y a veces me pedía que la ayudara y me pasaba algo de plata. Cuando tenía como trece hasta los dieciséis lo hacía casi todos los fines de semana. Es un trabajo cansón y hay carajitos hijos de puta, pero hay otros que te agarran cariño y se acuerdan de ti cuando te ven en otra fiesta y tal.

Mi amigo se fue a ganarse las rifas con su hermanito y agarrar todo lo que pudiese en la piñata (era ese tipo de hermano), entonces nos pusimos a hablar de otros temas. Ella cuidaba a Martina a veces y la llevaba a este tipo de cosas. De la nada me dijo que quería que me inventase otra historia de cómo nos conocimos. Tampoco quería que revelase su pasado de ayudante de payasos, eso me lo dijo mientras le caían a palazos a Jake, un perro amarillo.

 

Y lo que pasa es que es mucho más lógico que el cuento de la patrulla nos lleve automáticamente hasta mi casa. Es el desenlace natural de la experiencia vergonzosa que compartimos. Nos daba risa y a la vez miedo estar ahí, atrapados por el mismo delito. Y cuando nos sueltan, aunque estamos a salvo, quedamos con ese estado emocional raro, como sobrevivientes de un secuestro que se enamoran. Pero la vida es menos redonda, y pasar cinco horas en una fiesta de niños también deja una sensación extraña, suficiente para justificar esta historia.

 

Los policías nos soltaron casi un kilómetro más arriba de mi casa y mi amigo nos dejó en el camino porque llevaría al hermanito a donde sus papás. La temperatura había bajado y ella con esa falda. Me imaginé que la tijera y la línea punteada se ponían en relieve por el frío, me imaginé sintiendo los puntos por donde debía cortar. Su familia era de Barquisimeto, la mía también, pero ambos teníamos años sin ir. Le conté de unos helados de vasito que vendían cerca de la catedral. Ella de unas empanadas en la calle 20. Era lo único que sabíamos de la ciudad. Se cagó de la risa cuando le dije que el pueblo de mi abuela se llamaba Jabón y que de allí se fue a Barquisimeto. Le dije que me gustaba su risa, pero en verdad no me gustaba.

Luego de dejar a su primita en casa, la invité a la mía para fumarnos lo poco que tenía guardado en el cuarto (la policía nos había quitado lo demás). Salimos por el patio sin que mi compañero de casa nos escuchara, si se daba cuenta le íbamos a tener que dar y ahí ya no dejaría dormir a nadie.

Los perros tampoco nos delataron, Pancho se enamoró de ella y Carbón estaba durmiendo. Lo armó y lo prendimos. Como siempre me pasa, me puse estúpido a los diez minutos y empecé a hablar pendejadas. Recuerdo haberle dicho que en cincuenta años las neurociencias podrán explicar a la perfección el proceso creativo y que eso acabaría con el arte. También le confesé que me gustaba su pelo despeinado. Peinadamente despeinado, me dijo, y como que le dio vergüenza. Estuvo todo el porro acariciando a Pancho y con mirada de agüevoneada. Era preciosa.

 

 

Como a los dos días se apareció en mi casa. Tenía un lado del pelo rapado y en la otra los rizos locos de siempre. Le dije que parecía una huelepega y me pintó una paloma. Venía a pedirme que la acompañase a hacerse otro tatuaje. Fuimos en su moto hasta una casa donde había una fiesta, otra piñata, según ella. Era una de esas casas prácticamente destruidas que están rodeadas de mansiones, algo común en Caracas, casas lujosas venidas a menos porque la familia se mudó a otro país o se separó, y en donde ahora vivía gratis algún sobrino o nieto que no tenía plata para mantener ni restaurar nada, o a quien le daba igual en todo caso. En la sala había una batería y un montón de maniquíes viejos, en la mesa de la cocina habían improvisado un estudio de tatuajes; el carajo que los hacía era de Maracaibo y era hermano del novio de la dueña. La mayoría de la gente me parecía familiar, a casi todos los había visto por ahí, en algún lado. Ella contó cómo nos conocimos, cómo casi nos llevan presos. Parece que todos en la fiesta habían acordado hacerse tatuajes que solo contuvieran letras, números o signos de puntuación. En la computadora de la sala cada quien armaba su tatuaje, lo imprimía y se lo daba a Toto para que hiciera la plantilla.

Cuando llegué estaban pintándole a un pelirrojo en un antebrazo las palabras Rabocheye Dyelo. Alguien me susurró que era el nombre de una revista muy famosa durante los años previos a la Revolución Rusa, donde publicaba Lenin y toda esa gente. Gaceta de los trabajadores, o algo parecido, se traducía. Todo el mundo especulaba acerca del motivo del tatuaje, que si su bisabuelo era editor de la revista, que si varios de sus familiares trabajaron por la revolución, que si era un chiste. Yo dije que si era un nombre ruso, por qué no se lo hacía con el alfabeto cirílico. Creo que nadie estaba preparado para esa pregunta, ni siquiera el pelirrojo, quien puso una cara de gafo que trató de disimular sin mucho éxito.

La casa estaba llena de libros infantiles por todos lados; maniquíes y libros para niños. No tenía un solo mueble y la luz era lo más tenue posible, excepto en la cocina donde había una lámpara fluorescente para que Toto trabajase. Tras recorrerla un rato agarré una cerveza y me puse a hablar con una gordita que no se parecía a más nadie allí. Se llamaba Andrea y era estudiante de medicina. Estaba allí porque vivía allí, era prima de la dueña del lugar. Una prima lejana que se vino de Valencia a estudiar y a quien le dijeron que podía quedarse en la vieja casa de sus abuelos. Me explicó que quería ser neuróloga y entonces le conté mis opiniones paranoicas sobre las investigaciones acerca del cerebro; le dije también que una vez conocí a un tipo a quien cada vez que le iba a dar migraña, escuchaba las palabras Segundo acto y ahí empezaba el dolor. Se rió y respondió que eso podía ser parte de la propia aura de la migraña y que había que lograr que escuchase Tercer acto para que se acabara la obra y se curase. Le pregunté su teléfono y me despedí, pero antes de irme ella me pidió ideas para su tatuaje, ahí me enteré de que todos los que estuviésemos ahí teníamos que hacernos algo. Es una piyamada de tatuajes, dijo mientras reía nerviosa y estruendosamente.

Fui a ver dónde estaba metida ella y la encontré sentada, fumando. Me ofreció y no quise. Siéntate, piensa en una pregunta, en algo que quieras saber, ordenó mientras sacaba un mazo de cartas de su morral. Pensé en si yo le gustaba. Luego me pidió que lo repitiera en voz alta. Lo hice. Trató de disimular una sonrisa, pero los cachetes la delataron; sin embargo siguió, sacó cuatro cartas y las colocó una seguida de otras. Con respecto a tu pregunta: la primera carta es tu situación actual, la segunda tu futuro, la siguiente es una ventaja y la última una desventaja. No entendí qué sentido tenía lo de ventaja y desventaja en relación con la pregunta, en verdad no entendí nada, creo que estaba haciéndolo todo mal, pero la dejé. La primera carta fue la muerte, la segunda la rueda de la fortuna, la tercera el mago y la cuarta el mundo. Nos quedamos en silencio unos treinta segundos y le pedí que me diese la respuesta. Qué coño sé, dijo, primera vez que hago esto. Y se fue a la mesa de tatuajes.

Caminé hasta la computadora a ver si se me ocurría algo, recibí un mensaje de Javier preguntándome si ensayaríamos al día siguiente, le respondí que eso dependía de cuánto me doliera el tatuaje. Rocé las teclas, no se me ocurría nada. Me puse a ver otros archivos abiertos en la computadora; uno tenía la palabra tatuaje escrita a pulso en Paint, otro eran unas letras griegas, otro tenía unos versos: Volveremos de las ciudades quemadas/ y seremos los fantasmas de nuestras propias/ palabras. Había también un montón de letras que parecían iniciales o signos. Pensé en que simplemente me haría una eñe, no se me ocurría nada mejor.

Llegó con una cerveza y me dijo: Alguien se está tatuando el nombre de su novia. Pobre, ¿no? Seguro está desesperado porque la jeva lo va a dejar, pero igual le va a terminar con tatuaje o sin él, esa es mi predicción. Menos mal que se llama Mariana, la tipa, hay como mil Marianas en Caracas, se puede encontrar otra.

El resto de la fiesta no vale la pena contarlo, anduve pendiente de la gordita pero como que se fue a dormir. Yo me hice mi eñe y ella se hizo esto, un bigote entre paréntesis:

({)

La primera vez que tiramos en realidad no tiramos, yo se lo iba a meter sin condón, pero ella se asustó, luego se convenció pero yo me asusté, así que lo hicimos de otra manera, o no lo hicimos, depende de cómo se vea. Duramos tres días sin vernos ni hablarnos, luego llegó a mi casa con el pelo completamente rapado. Ahora sí te agarró la Negra Hipólita, la chalequié. Estuvimos acostados en mi cama toda la tarde sin hacer nada, casi nunca hacíamos nada. Deberíamos hacer algo, dijo. Vamos a El Ávila a acampar o algo así ¿quieres? Me sorprendió que lo dijera con emoción después de horas de aburrimiento.

Ø

El día antes de acampar fuimos a ver al hermano tocar en un sitio en Sabana Grande. Era un ex bar de mala muerte recién comprado por una gente de Barquisimeto, primos de unos primos, me contó. Su hermano vivía allá, pero ella nunca lo visitaba. Luego de rehabilitarse se mudó de Caracas para buscar sus raíces. En el centro de rehabilitación había conocido a dios, o al menos lo había visto de lejitos. Su música era una especie de Alice in Chains evangélico, el carajo tenía una voz arrechísima y en las letras mostraba una idea del bien y el mal equivalente a la del hijo menor de Ned Flanders. El lugar era tan extraño que nos gustó. Los nuevos dueños heredaron la clientela, empresarios de tercera con amantes de segunda que tomaban güisqui de cuarta: el mejor público posible, no jodían y dejaban propina para impresionar a las tipas. Eduardo terminó de tocar y fue a abrazar a su hermana. Nos sentamos en una mesa y todos pedimos un jugo natural. El esfuerzo que hacía ella para no fumar se notaba. Los dos se pusieron al día, yo trataba de imaginar las conversaciones de una de las parejas del lugar:

—Ay, papi, pero llevas dos años diciéndome ­que la vas a dejar. Estoy cansada de tenerte así, por raticos nada más.

—Coño, negrita, sabes que este no es el mejor momento. Cuando cierre el negocio con los brasileros sí tendré la plata para pagar el divorcio y mudarnos juntos como te lo prometí. Yo quiero que seas la señora de Gómez. Dame chance, negra, dame chance…

Me reí de la torpeza de mi imaginación, seguro estaban hablando de cualquier otra cosa y yo era incapaz de hacerme una idea realista de gente que no conocía. Por eso era que no avanzaba en lo que estaba escribiendo, todos los diálogos me quedaban tan ridículos como ese. Volví a prestarle atención a lo que ellos hablaban.

Eduardo le contaba que todo le estaba saliendo bien porque él se había demostrado a sí mismo, y a ya sabemos quién, que su fe era más grande que cualquier otra cosa. Entonces empezó a hablar de Abraham, que si conocíamos la historia de Abraham. Dios le pidió que matara a su hijo, contestó su hermana con cara de que no era la primera vez que le hacía esa pregunta. Sí, pero no solo su hijo, respondió él, su único hijo, que fue prácticamente un milagro. ¿Sabían que Abraham tenía…? Cien años cuando nació el carajito, interrumpió ella, que ya conocía el cuento de memoria. Y bueno, siguió su hermano, dios se lo dio, y a los años le pidió que lo matara. ¿Quién entiende eso?, dijo emocionado, y Abraham, Abraham no se negó, fue de inmediato, preparó el viaje y tomó rumbo por tres días y tres noches hasta llegar al lugar, entonces en la cumbre de la montaña que dios le indicó, el padre se dispuso a sacrificarlo, sacó el puñal y todo y ahí el señor se dio cuenta de que lo iba a hacer, iba a matar a su primogénito para ofrecérselo a él…

—Perdón –me dijo ella al oído.

—Tranquila, soy fanático del dios del antiguo testamento.

…entonces mandó a un ángel a que detuviese a Abraham y le ofreciera como recompensa muchos hijos más. Yo tengo fe, muchachos, y por eso el señor me ha recompensado.

Pero uno se pregunta cómo habrá quedado el chamo después de eso; es decir, si tu papá te trata de matar por más acto de fe que sea, está jodido, ¿no?, comenté inocentemente. Sin pensar que el viejo ya tenía como ciento diez años, siguió ella, no creo que pudiese matar ni un zancudo. Isaac también tenía fe y entendía la labor de su padre. Amén, y se tomó su quinto jugo de mango fondo blanco.

 

Salimos y caminamos por el bulevar, él se quedaría esa noche en casa de una amiga de la iglesia y a la mañana siguiente regresaría a Barquisimeto. Durante el trayecto tropezábamos con uno que otro indigente que nos pedía dinero. Casi todos son adictos, me decía él. Piedra, pero otros también están con la H, eso era lo que yo me metía: La Letra. La sensación la primera vez que te inyectas eso, hermano, es como de cien orgasmos juntos, ni con dios he sentido algo así, pero en cambio el señor ha sido fiel y esa basura me arruinó. No supe qué decirle, me miró esperando una respuesta y balbuceé: ¿Amén? ¡Gloria!, y me abrazó. Al llegar a Chacaíto nos despedimos, él entró al Metro y nosotros seguimos caminando.

—Era más divertido cuando estaba en drogas, pero al final se estaba matando, así que me alegra por él. Lo malo es que no lo soporto más de dos horas, al menos creo que se da cuenta.

—A mí me cayó bien –le dije–, un tipo bastante… humano.

—Más humano que humano. ¿Sabes por qué decidió entrar al centro de rehabilitación la última vez, cuando finalmente se recuperó?

—¿Por qué?

Se quedó en silencio y la risa se fue transformando en qué se yo. Insistí.

—Mejor no te lo digo –respondió con sequedad–. Ya fue demasiado que lo conocieras.

Y luego de otro silencio y dos cuadras, soltó:

—Me voy a Madrid por un tiempo, a final de este mes, adonde mis amigos que te conté. Me quedaré un rato.

No sé qué bicho le picó, pero como dice la canción, el bicho que haya sido se merecía su propio programa en Animal Planet. Estuvo rara y media el resto del día.

No pude dormir esa noche pensando en lo de Madrid. “Todas se van a Madrid”, había leído en algún lado. Ella me habló de sus amigos españoles, su mejor amiga y un ex novio que ahora era su pana, pero no me había dicho que iba a ir. Para mí que se inventó esa vaina ese mismo día, después de ver al hermano, pero vaya a saber por qué. Me la di del que no exige explicaciones y nunca le pregunté. Qué güevón.

 

Nos encontramos en el metro porque andaba comprando el pasaje por ahí cerca. Subimos a pie hasta la entrada de la montaña. Ya estaba anocheciendo y no había demasiada gente en el camino, quizás íbamos a ser los únicos acampando. Le dimos lento porque la carpa me pesaba más o menos. Ella iba adelante casi todo el tiempo. No hablábamos mucho. Yo estaba raro porque ella estuvo rara el día anterior, lo único que le dije casi al llegar fue: Me estás trayendo acá para sacrificarme, ojalá el puto ángel ese aparezca antes de que me mates para decirte que dios estaba jodiendo.

Ya arriba buscamos un sitio que nos gustase. Ella armó la carpa porque yo no sabía cómo. Desenvolví los sánduches y busqué el porro en su bolso, junto con el monte había otra bolsita. ¿Qué es esto?, pregunté. Un regalo de los duendes de El Ávila, respondió con la única sonrisa bonita que le conocí.

Nos fumamos uno sin hablar casi. Cuando el monte nos pegó dejamos de estar tan raros. Me explicó que en principio se iría por un mes, pero que se podía quedar más, me preguntó que qué pensaba. Ya me estaba acostumbrando a ella. Ya me estaba acostumbrando a ti, dije riéndome de lo cursi.

Terminamos de comer y vimos llegar a dos chamos y una chama. Nos saludaron y subieron un poco más, los vimos descender por el otro lado. Mierda somos y en mierda nos convertiremos, gritó sacando los hongos. Cómete un pedazo nada más, estos no son tan fuertes, pero por si acaso. Mordí un borde.

Comimos mientras veíamos Caracas desde arriba, hablamos un rato de tonterías. No pasaba nada, así que decidimos morder otro pedacito. Seguimos hablando para no hablar de lo que queríamos, hasta que las luces de la ciudad empezaron a cambiar de color, todo el asunto psicodélico de las luces, ya ustedes saben. Me acosté en la grama y escuchaba a las hormigas en surround, los dos nos pusimos a escucharlas.

No fue gran cosa. Y con eso me refiero a que no salimos cambiados del viaje. Fue algo pequeño, pero eso no es lo que quiero decir. Supongo que la mejor forma de explicarlo sería señalar que los hongos aumentaron en un grado todo lo que faltaba y redujeron igualmente todo lo que sobraba. Un grado, un grado que no enriquece ni empobrece, pero que ayuda.

Lo que más hicimos fue hablar, le hablábamos al cielo sin estrellas que se acercaba sin nunca llegar a nosotros. Yo le conté una historia y ella me contó otra.

Le conté la historia de Martha, toda, es la única a la que le he contado más que pedazos. Ella me contó la historia de Eduardo, toda también. Me dijo por qué decidió recuperarse, lo que pasó entre ellos. Duró como una hora en su relato y sus lágrimas, yo la tomé de la mano, pero nunca la miré, miraba al cielo que también me contaba algo.

Mientras me hablaba, vi una estrella aparecer en el cielo vacío. Ella empezó y la estrella se posó frente a mí. Una voz salía de su luz, un discurso paralelo al otro que ya oía. Yo escuchaba los dos, la historia de Eduardo y otra historia. La otra historia no era lineal, pero hablaba de una futura destrucción de Caracas, y me daba a entender que solo quedaría esa montaña en la que estábamos. Drogado y todo me pareció que en los oídos equivocados, una alucinación como esa ocasionaría algún suicidio en masa de un grupo de comeflores que se mudarían a El Ávila, pero seguí escuchando. María sollozó con fuerza cuando la estrella me mostraba la ciudad de un futuro cercano: nuevos edificios sin terminar de construir y mucha gente, más calor también. Empecé a sentir mucha sed pero casi ni me podía mover, ella estaba ya más calmada, pero seguía contando. La estrella me enseñaba escenas de fiestas de todo tipo, en los barrios, matrimonios lujosos, cumpleaños de niños, despedidas de solteras; y luego me llevó por calles conocidas, por donde vivía y por donde pasaba con frecuencia, solo que las calles estaban llenas de gente que no reconocí y demasiado limpias para mi gusto. María no paraba de contar y yo estaba conmovido por lo que decía, pero al mismo tiempo extrañado por la otra historia donde empecé a ver que la gente se quitaba la ropa desesperadamente del calor y comenzaba a buscar algo que no encontraban, me mostraba de nuevo las escenas de las fiestas que vi antes, pero ahora las personas se mataban por encontrar eso que tanto querían. Me distraje de María por unos segundos y volví a ella cuando me apretó la mano muy fuerte. Las personas seguían corriendo y sin ropa buscando algo, empujaban todo lo que estuviese a su camino, pero no parecían tener dirección fija, corrían unos metros a toda velocidad y luego se devolvían igual de rápido en dirección contraria. Mi mano seguía siendo sujetada con muchísima presión y me dieron ganas de llorar por María. No es que su cuento fuese el fin del mundo, pero tampoco era un paseíto por el parque. Y de repente, cuando no sabía cuál de las historias era más angustiante, la estrella interrumpió su relato en una especie de fadetoblack alucinógeno y proyectó otra vez escenas de las fiestas con la gente vestida de nuevo, pero ahora muy elegantemente. Todos tomaban un líquido negro muy denso en grandes cantidades, eso era lo que buscaban. Se echaban el líquido en la boca con ansias, con brusquedad; y se podía ver a otros lamiendo lo que caía al piso o en la ropa de los demás. No dejaban nada. Estuve viendo las escenas desvanecerse y ella ya estaba callada. Su historia era, cuando menos, horrible, pero así son las historias de familia, me parece.

—Los hongos no me pegaron–dijo riéndose.

—A mí tampoco.

 

Dormimos abrazados y bajamos temprano en la mañana. Su pasaje era para dentro de tres semanas. Yo seguía confundido por el viaje, aún sigo estándolo, me parece imposible tener alucinaciones como las que tuve, la gente en todo caso ve colores y una culebra en el piso. Según ella eran hongos normales. Me arrechaba que hubiese decidido irse tan de repente.

Mientras bajábamos le hablé de la fiesta de los tatuajes, de mi conversación con la gordita, ella no recordaba ninguna gordita, me dijo que en la casa solo vivía la dueña y el novio que muchas veces se quedaba a dormir, en fin…

Se notaba que estaba avergonzada por lo que me contó allá arriba, y los días antes de irse fueron rarísimos, pero la verdad, todo había sido así desde que empezó. Quedamos en que no quedábamos en nada, y que cuando ella llegara veríamos. Cualquiera cree que yo soy la mata de la ambigüedad, cuando lo que quería era estar con ella. La mañana de su partida me mandó un mensaje:

En vez de escribir sobre divorciados alcohólicos y animales que hablan, escribe sobre esto.       

Le respondí:

Suenas como las amigas de mi hermanita que me piden que escriba sobre ellas. Además, sería un cuento desordenado y malísimo: marihuana, tatuajes, Caracas, El Ávila. La supuesta narrativa urbana de mierda.

 

Hablamos por chat un par de días luego de su llegada a Madrid.

Yo: creo que me voy a rapar el pelo

Ella: ¿para pagar una promesa por mi regreso?

Yo: algo así

Ella:…

Yo: cómo llegaste?

Ella: bien, mi amiga fue a buscarme al aeropuerto vestida de novia

Yo: ja! y eso?

Ella: estaba haciendo unas fotos para una revista

se confundió de hora y creyó que se le hizo tarde

salió del estudio sin cambiarse de ropa y cuando llegó se enteró de que tenía que  esperarme por una hora

y estuvo una hora en barajas vestida de novia

cuando llegué le di un beso en la boca y le grité ¡acepto!

Yo: ja!

aquí se está incendiando El Ávila, se empezó a quemar el día en que te fuiste

por la noche

Ella: sí

qué mierda

me dijo eduardo, ayer lo llamé

Yo: es lo que faltaba, que la mierda esa se queme y se joda caracas.

me voy a ensayar, escríbeme un mail contándome todo

Ella: dale

por cierto

escuché el disco de chinarro que me mandaste

me gustó y me gustó el título, a ver si regreso con un peinado nuevo

si es que me crece la cosa esta

Yo: me gusta así, rapado, nunca te lo dije, pero te ves más femenina

Ella: gracias 🙂

te dejo para que vayas a ensayar

suerte

y ojalá que pare el incendio pronto

Yo: sí

Ella: hay que tener fe

Yo: sí

 

Por  Carlos Colmenares Gil

*Este relato fue finalista del concurso de cuentos Sacven en 2013.

Carta a Caracas de Diego Alejandro Torres Pantin

Carta de un fotógrafo a la ciudad de Caracas

Ser fotógrafo en Caracas es algo que mucha gente catalogaría como aventurero. En países normales, los delincuentes son seres que se arriesgan, que luchan en un ambiente hostil en el que ellos tienen que esconderse debido a sus actividades; pero en cambio, aquí son las personas comunes quienes deben actuar con disimulo. A diario se escucha la frase: “No saques el teléfono, te lo van a robar”. Entonces, ¿cómo es posible andar  con una cámara en la capital de Venezuela?

Vivir en Patrialandia es una experiencia difícil, incomprensible para todo el que no haya estado nunca en la Venezuela actual. Una de las cosas más complicadas que nos ha tocado sufrir es el incremento descontrolado de la inseguridad en las décadas del chavismo, la cual terminó sometiendo a la población. Por lo tanto, ser fotógrafo en Caracas es desafiar a las estadísticas. Aquí, la discreción es el principio supremo de todo portador de una cámara, pero también, lo son la prudencia y la intuición. Hay que permitir que la lógica y el instinto te guíen en esta ciudad de peligros.

Sacar una cámara en Caracas siempre trae el dilema: “¿Se puede?”. La respuesta varía. Depende de la zona, el momento, y las circunstancias. En lo personal, a mí me gusta hacer retratos callejeros, siempre en jardines o lugares públicos: me fascina. No me gusta la fotografía de estudio. Entonces eso involucra una serie de condiciones, reglas que uno se impone para sobrevivir. Hacer una instantánea puede convertirse en un tormento, porque es difícil distinguir entre la paranoia y la prudencia.

Hay que aprender a leer los momentos. Esa es la norma básica de la fotografía, pero en Venezuela, su definición se expande. Es por eso que yo nunca hago fotos de noche, como también procuro ver la afluencia de personas caminando por el área, evaluar si hay algún guardia de seguridad allí, entre otras cosas. Y hay zonas en las que no saco la cámara bajo ningún concepto. Luchamos contra una limitación acosadora, es un tema que persigue sin dar descanso. También procuro no sacar a mi “bebé” todos los días. Y lo más importante: no guardarla en un bolso de marca lindo y presentable, sino en una lonchera vieja y sucia que no llama la atención de ningún delincuente. Mientras más discreción, mejor.

Es indispensable tener mucho cuidado con las locaciones. En Caracas no existe ningún sitio en el que el miedo no esté presente, pero no en todos afecta en igual medida. Existen pocas excepciones; y aun así, bajar la guardia no está permitido. Por ende, siempre busco sitos cerrados donde el sol también sea un transeúnte. Centros comerciales, casas, balcones, terrazas: lugares que permitan el paso de la luz natural, pero no de los motorizados.

El tema de la inseguridad en Caracas es trágico. Conozco a personas que no se atreven a salir de sus casas, literalmente, viven en una prisión voluntaria. También tengo conocimiento de otras que no pueden salir sin llevar consigo un nerviosismo crónico, y cada movimiento que ven cuando están fuera de sus hogares lo interpretan como un posible intento de robo o secuestro. Pero si el fotógrafo necesita una comunicación con el mundo externo, ¿qué puede hacer en esta ciudad? La respuesta es simple: aceptar la situación y enfrentar sus miedos, hacerse una estrategia para desenvolverse procurando evitar los peligros.

Muchas veces me han dicho: “Hey, ten cuidado con la cámara, no la andes sacando”. Es un consejo sabio. Esta es la ciudad del crimen. Pero… ¿qué ganaría yo dejando mi cámara prisionera en mi hogar?, ¿cuál sería el punto de ser fotógrafo? En los dos años que tengo haciendo fotos callejeras he vivido experiencias increíbles, de esas que siempre recordaré. No puedo despreciar las anécdotas que he presenciado. Siempre estaré agradecido con las personas que he tenido el gusto de conocer. Además, las sesiones que me han salido han sido gracias a la actividad al aire libre –o relativamente libre- que he hecho. Sin temor a equivocarme, no ha sido una mala decisión sumergirme en Caracas con mi equipo.

Evidentemente, sería irresponsable aconsejar desligarse de la preocupación y confiar ciegamente en la suerte. No, la primera regla para ejercer el oficio en un país como Venezuela es no olvidar nunca el peligro. Y no se trata solo de ser consciente del miedo, también hay que convertirlo en un aliado. Es un gran motivador para aprender a trabajar rápido, o quizás, hacerlo en situaciones de mucho estrés. Quiero creer que en un futuro a National Geograpich, o a algún medio similar, le encantará escuchar esta historia antes de emplearme.

Todos los días sueño con el día en que pueda levantarme, tomar mi cámara y salir a hacer fotos por la ciudad sin ningún problema. Sin embargo, la realidad es otra, y sé que en estos tiempos esa idea resulta utópica. Ahora, también es una  fantasía pensar que dejando la cámara en casa, y limitándome a sacarla en situaciones excepcionales, voy a progresar. Solo la práctica hace posible el avance. Y tristemente, esta es la realidad que nos ha tocado vivir.

Caracas es una capital hermosa, quien la conoce de verdad, puede asegurarlo, pero en estos tiempos, su belleza se hace difícil de ver. No pienso bajar la retaguardia, a paso firme, pienso seguir haciendo fotos de forma discreta, para nutrirme de los rostros de sus transeúntes, porque sin lugar a dudas, eso también es vivir la ciudad.

Gracias, Caracas.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli 

La Guacamaya al vuelo

La ciudad es su espacio natural, en principio. La ciudad es también su espacio físico, lo que ha ido construyendo el hombre, con sus divisiones, sus zonas de prohibición, sus edificaciones, sus intervenciones a la naturaleza. La ciudad es el momento histórico en que se experimenta, porque el tiempo y las decisiones políticas y sociales modifican el espacio físico y la forma en que interactúa con el espacio natural. La ciudad es también su gente; la ciudad es primordialmente su gente.

La Guacamaya casi podía pasar por un local cualquiera de Chacao, de Caracas, de Venezuela o del mundo… si no fuera por la gente que hacía vida dentro de esas paredes. Tanto quienes te atendían como quienes compartían contigo allí generaban una vibra que no se encontraba en ningún otro lugar de la ciudad. Siempre que entraba comentaba “esta es la Caracas en la que quiero vivir”, y aunque (como siempre me pasa) sonara como un chiste, era una de las sensaciones más sinceras que he experimentado jamás.

En La Guacamaya siempre eras uno más. Y eso no quiere decir que eras “uno más del montón” y por eso te tratarían como un ciudadano de segunda. Todo lo contrario. En La Guacamaya eras “uno más de la familia” y desde el día uno Manuel y los muchachos te recibían como si tuvieras años yendo al local. Eso me hizo dudar la primera vez que fui. La clásica suspicacia caraqueña: “¿por qué este tipo me trata tan bien?, ¿será que ya he venido antes?, ¿será que es amigo de mi mamá y no lo recuerdo?, ¿será que la birra es tan cara aquí que el tipo te endulza tratándote bien?” Pero no, no era nada de eso. Era algo mucho más sencillo. Era iniciar una cadena de buena energía. Era la ejecución más precisa, perfecta y lograda de un principio que suena muy sencillo, pero que no es tan comúnmente puesto en práctica: si tratas bien a tus clientes, no solo van a volver, sino que van a volver con más gente.

Y eso hacíamos quienes nos volvíamos asiduos a La Guacamaya: llevábamos más gente; siempre. Cómo no hacerlo, si una vez pasabas esa puerta que siempre parecía estar cerrada, entrabas en un refugio que te protegía de todo lo que podía estar mal en la ciudad. Era un sitio donde no importaba el precio de la cerveza, pues solía ser más barata que en otros sitios decentes. Era un sitio donde podías poner la música que quisieras sin entrar en ningún conflicto. Si eras de los de más confianza, se te permitía pasar a la cocina y saludar por allá también. Cualquiera podía dejar sus cosas a buen resguardo detrás del mostrador. Si no había mesas te conseguían un lugar en la barra, o un banquito… o al carajo, ¿quién no se sentó o apoyó las birras en el archivador? No importaba, siempre y cuando uno pudiera compartir un poco de esa atmósfera, todo estaba bien.

Mientras voy recordando, surge ante mis ojos una frase que suena un poco cursi, un poco forzada, pero no veo otra forma de expresarlo: La Guacamaya era un lugar donde estaba bien ser joven. Hay que entender algo: ser joven en Caracas ya ni siquiera es algo comprensible. Somos una generación que ha envejecido a un paso avasallante. No llegamos a treinta años y hablamos de “nuestra juventud” como si fuese algo remoto, arcaico, difuso, casi como si dudáramos de que alguna vez existió. No nos permitimos los riesgos de ser veinteañeros, no nos permitimos tampoco los sueños de esta etapa. Pero ahí en ese sitio el miedo se disipaba un poco, nos permitíamos más licencias, recordábamos que aún podíamos disfrutar y disfrutarnos. Era el lugar y el momento.

Les mostré La Guacamaya a tantas personas como pude. Compañeros de la universidad, colegas escritores, alumnos que luego se convirtieron en amigos. En algún punto ya sabía que me estaría yendo de Caracas pronto y el mensaje era sencillo y directo: quiero dejarte una de las cosas que más aprecio de la ciudad. Todos lo entendieron. Siguieron yendo, apropiándose de ese espacio, haciéndolo también su refugio y su modelo de la ciudad que querían, de la ciudad joven donde podían ser felices entre birras.

Que este local no vaya a ser el mismo me duele. Aunque seguirá abierto con unos nuevos dueños, estoy totalmente seguro de que la energía cambiará. Ahora habrá un fantasma respirando en las esquinas del bar. El fantasma de lo que fue. Lo más paradójico, para mí, es que siempre he pensado en Caracas como la ciudad de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber llegado a ser, de lo que fue y no se mantuvo. Así que la venta de La Guacamaya significa la caída de uno de los bastiones que sostenía mi construcción de la ciudad, y a la vez perpetúa lo más central de mi imaginario de Caracas: su construcción a medias, su interrupción abrupta.

En La Guacamaya hice lo más cercano a una despedida un par de días antes de despegar hacia Buenos Aires. Recibí los abrazos más sentidos de amigos cercanos. El mismo Manuel se acercó y me regaló sus mejores deseos, me hizo sentir como que me despedía de un familiar, de un amigo entrañable. Ese día, ya con unas cuantas cervezas en la cabeza, recuerdo haber mirado alrededor, dejarme llevar por los sonidos, por las risas, por las botellas chocando unas contra otras… recuerdo haber sentido, por un instante, que era feliz. Deseé que esa sensación fuera extrapolable a toda la ciudad, a todo el país. Quise que la excusa para no irme fuese tan sencilla como “no puedo dejar La Guacamaya”. Pero, después de todo, era un refugio y no podía mantener la cabeza bajo la tierra toda la vida.

Me llevo momentos indelebles. Me llevo la sensación de haber formado parte de una leyenda caraqueña que vivirá por mucho tiempo. Me llevo la dicha de poder haber sentido ese lugar como mío aunque no era de los más habituales. Porque esa era la magia: cualquiera que entraba se sentía especial. Cualquiera que entraba sentía que tenía un lugar en ese sitio y en esa ciudad que parece querer expulsarnos a todos.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

 

Tu historia se puede parecer a la mía

Tu historia se puede parecer a la mía

Nací en 1986, en la Maternidad Concepción Palacios de Caracas. Muchos años después supe dos cosas: tal parece que los que nacemos ahí somos “más caraqueños que el Ávila” y que mi mamá me vio veinticuatro horas después del parto.

Me perdí. O mejor dicho, me perdieron.

Aquí viene el paréntesis con la primera anécdota.

(Mi mamá fue a su control prenatal un miércoles 13 de noviembre. Jaime Lusinchi era el presidente de Venezuela y Bárbara Palacios llevaba la cinta de la mujer más linda del país. Una vez que el médico observó lo inevitable, le dijo que debía quedarse porque “tú pares hoy”. Sola, sin poder avisarle a mi abuela –en esa época no había celulares–, me trajo al mundo. Era mediodía. Mi mamá sufrió un exceso de sangrado que obligó a los médicos a operar de inmediato mientras me atendían. Lo lógico es que después de pasar por un parto y sintiéndote como si una aplanadora te hubiera arrollado, quieras ver a la “bendición” que provocó todo eso. Cuando ella preguntó por su bebé las enfermeras se vieron las caras y dijeron: “no sabemos dónde está”. Como nací en pleno cambio de guardia, las enfermeras no encontraron tarjetas azules para rellenar mis datos. Supongo que estaban muy apuradas. Así que tomaron una rosada y escribieron en letras grandes: NIÑO. Tal parece que una de ellas no entendió el mensaje y me puso en el pabellón de las niñas. Ahí estuve hasta que me encontraron. Bendito entre las mujeres.)

Fin del primer paréntesis.

Mi infancia fue normal. No desarrollé súper poderes, no gané ningún concurso de matemáticas y tampoco me dediqué a los deportes. Mis mayores logros fueron aprender a leer y escribir. Lo de leer se produce porque cansada de tener que leerme todas las noches el mismo cuento, mi mamá tomó la resolución de que “o aprendes a leer o no te enteras de lo que pasa en los suplementos”. Con una determinación de hierro, Condorito fue mi arma y sus palabras mi desafío. Luego de tantos cabezazos contra las páginas lo logré: leí.

Lo demás, como dirían en las películas, es historia.

No he parado desde entonces.

¿Nos estamos acercando? ¿Mi historia se parece a la tuya?

Luego, llegó el bachillerato.

Cinco años de estudiar, tratar de conocer chicas, hacer travesuras y vivir. Yo procuraba ser un modelo ejemplar: no me metía en problemas y siempre fui educado. Eso hasta que tomé la resolución de voltear la mesa y no dejarme llevar por cualquier imposición (supongo que todos pasamos por ahí). Entonces me dediqué a contradecir a los profesores, raspar materias que no me gustaban y sacarle unas cuantas canas a mi mamá. Evidencia de esto fueron las veces que me llamaron a coordinación, las notificaciones de mala conducta y alguna que otra pelea con los compañeros que trataban de hacerme bullying.

¡Ah, sí! Porque eso del bullying no es nuevo. Ya lleva sus años rondando por ahí.

Tu historia se puede parecer a la mía

Ahora, viene otro paréntesis con la segunda anécdota.

(En cuarto año de bachillerato, luego del primer lapso, la coordinadora de evaluación llamó a mi mamá al colegio. Le explicó que yo había raspado seis materias y que si no me ponía las pilas perdería el año. A mi pobre madre se le llenaron los ojos de lágrimas y cuando llegamos a casa me dijo que estaba muy decepcionada de mí. En ese momento supe que tenía la capacidad de herir a las personas que amo –todos tenemos esa triste habilidad–, y que no quería que mi mamá sufriera por mi culpa. Desde entonces, y con algunos años encima, he discutido en un par de ocasiones con ella, como dos adultos. Pero siempre con la idea firme de que es una de mis mujeres sagradas.)

Fin del segundo paréntesis.

Logré graduarme y llegó la universidad. Y el primer empleo. ¿Recuerdas cuándo te dije arriba que me esforcé por aprender a leer? Bueno, resultó lógico que buscara trabajo en una librería. Y así lo hice. Fueron dos años donde de ocho de la mañana a dos de la tarde me perdía entre olores de páginas –polvo también–, portadas y lomos. Fue muy interesante conocer un poco sobre cómo se comercializa lo que leemos y qué propósito tiene para nosotros.

Suena muy romántico. Pero quiero que sepas que cuando uno confirma las cosas que ama, siempre habrá pasión y romance de por medio.

En la universidad continúe con mis actos de rebeldía. En realidad nunca he parado. Pero ahora con más cautela y precisión. Tras un fallido intento por estudiar Letras y al sucumbir ante los clásicos comentarios de: “si estudias eso te vas a morir de hambre”, descarté por completo la idea de ser abogado y me metí de lleno al periodismo. Una carrera –y un oficio– que me ha dado los mayores altibajos de mi vida.

Es una profesión que muchas veces puede arroparte con su ego, pero también te lleva a poner los pies sobre la tierra y enseñarte lo delicada que es la vida. Una pasión que va asentándose en tus sentidos hasta que un día despiertas con la necesidad de buscar más allá de lo que todos están hablando.

Un estilo de vida que me permitió cultivar lo que quiero hacer: escribir.

Tercer paréntesis con otra anécdota. Prometo que es la última.

(En mi primer año como reportero para el periódico Últimas Noticias, allá en 2008, aprendí mucho más que en cinco años de carrera universitaria. Mi editora de ese momento me sentó un día a su lado y me explicó cómo tenía que encontrar mi voz dentro de las páginas. Me inculcó que la objetividad es la utopía primordial de todos los periodistas. Inalcanzable, porque como seres humanos somos subjetivos. Y que lo más importante de una persona es su nombre.)

Tu historia se puede parecer a la mía

Listo.

Así, entre cumplidos por el trabajo bien hecho, reproches por las metidas de pata, prevenciones ante los enemigos que uno se gana (con razón o “sin querer queriendo”), puedo decir que el periodismo ha sido mi mejor evangelización.

Para ir llegando al meollo de todas estas palabras, dejé el nido cuando conocí a una mujer que me quiere por lo que soy. Una muchacha que me ha ofrecido lo que otras señoritas no aportaron: intimidad. Esa intimidad de saberte completo y natural ante unos ojos que no te juzgan. Que te abrazan, que te regañan sin preferencias, que te aman, que te cuidan, que quieren lo mejor para ti. Para los dos. Una mujer que juega Nintendo, hace lentejas y resuelve derivadas. Además, he comprendido que la vida es un conjunto de experiencias que te van soltando pequeños destellos de felicidad en una larga carrera de obstáculos. El truco está en hacer que esos focos de luz se alarguen para que el camino nunca quede oscuro.

Por eso, Víctor, aquí estoy en la clínica. Esperando que nazcas para darte la bienvenida a este mundo. Prometo que no te vas a perder como yo y siempre vas a contar conmigo. Como tu hermano mayor. Algún día te daré esta carta, o quizás cuando estés más grande, cuando hayas pasado tu época de rebeldía, de niñez y de enamoramientos, podamos sentarnos a tomarnos unas cervezas y comparar historias.

Ya verás que la tuya será diferente.

 

Por Jefferson Díaz (@Jefferson_Diaz) 

 

#DomingosDeFicción: De ahora en adelante

¿Alguien se acuerda de Detroit en el futuro? Exacto. Pasar la noche en el centro de la ciudad era pasar la noche en aquel Detroit pero sin la parte de los cyborgs de pinga como Robocop, ni las patrullas aerodinámicas en forma de tanque. Hagamos eso para un lado porque había lo otro: un eclipse para siempre y los malos más malos sobre la faz de la Tierra, con sus risas sabrosas que te despelucaban los cabellos de la nuca.

Nosotros vivíamos allí. Cuando llegábamos a casa después de hacer lo que hacíamos ya no había sol. Así que en resumidas cuentas, nuestra casa era esa negrura. Uno que otro poste de luz de yodo y el mazo de cocuyitos a lo lejos en un firmamento negro como el Planeta Muerto. Pero eran solo las luces de las barriadas desde las montañas del Más Allá. O las últimas almas despiertas al margen de todo.

Durante el día, para variar, era mi hermano quien firmaba. Filmar, corregía mi madre creyendo que hablábamos de cine. Pero portar el estilo es firmar, ma. Fir-mar. Total que el engendro firmaba porque tenía toda la cabeza rapada menos la tapa de los sesos, donde mantenía una platabanda hermética de rulos. El signo de Nike tallado en la sien. Y unas botas Patrick Ewing originales en marrón, con el autógrafo morado, a punto de escarapelarse por el julepe diario. Pero él las llevaba con la frente arriba. Mi padre se las dio cuando se hizo el milagro: pasó el examen de reparación de matemáticas el muchacho. Gran vaina. Yo nunca raspaba materias y por eso mismo no me echaban ni un peo de lado. Mis botas, unas Punto Blanco, fueron un negocio con los morochos Fuentes: Mario y Gabo. En realidad, Bebé Gerber y Gasparín. Dos tipos color apio que se pasaban el recreo entero vendiendo cachivaches robados. Después serían periqueros y otras cosas más, pero todavía estábamos en otros tiempos. Y a mí no me importaban demasiado los medios, mientras pudiera tocar el fin con los dedos de mis pies.

Jugar baloncesto en la cancha del Fermín Toro siempre fue un lío. Por mí no, porque yo driblaba a punta de fintas y jugaba piloto: la posición de los retacos y los enclenques. La cosa era por culpa de mi hermano Roger, delantero nato con extremidades de alambre. Convertía las cestas imposibles que el resto de nosotros soñábamos hacer. El problema venía cuando jugábamos contra los jubilados de quinto año. Cada uno del tamaño suficiente para sujetar la pelota con una sola mano, pegar un brinquito como si nada y clavarla con fuerza bruta. Tenían el aro doblado hacia abajo de tanto guindarse. Cuando perdían, se volvían las hienas del infierno. El piso lo llenaban de gargajos. Si encontraban a un menor curioseando, en el acto lo cosían a patadas. Uno de los más bocones nos decía que le trajéramos a mi papá o alguien de su rin, para cachetearlo. Y había un dientón sin alma que una vez se sacó la correa y azotó al perro que escarbaba la basura. La pagaban siempre con el más pendejo de la vida.

Papá Noel de Haití era un gordo masivo, fotocopia del MC merenguero Sandy, de Sandy & Papo. Tenía un copete en resorte cristalizado con gelatina. La primera vez que jugó contra nosotros, encolerizado por la derrota, le dio un empujón a mi hermano que lo bombeó hasta la reja. Pero la vez siguiente tuvo el detalle de jugar en nuestras filas. Con los años vendrían más guardianes de este corte, pero Noel fue el primero y el más grande que se apiadó de nosotros. De ahora en adelante, dijo mi hermano, somos tres. Lo bueno es que éramos más y teníamos un guardaespaldas para cuando las cosas se pusieran color de hormiga. Lo malo, pues que teníamos que pagarle a Noel con la amistad como él la conocía: hacer las cosas en cambote. Es decir, a toda hora estar los tres juntos, para arriba y para abajo.

No me quedaba tiempo para las cosas de verdad importantes, como limpiar la escoria de las calles con el sudor de mis propias manos. Tenía que trasnocharme jugando Streets of Rage sin volumen, para no despertar al mostro. Si por mala suerte levantaba a Roger, me quitaba el único control de un solo vergajazo. De vista nadie lo creía pero el diablo ese tenía la mano pesada, con un nudillo salido en forma de tachuela. Un solo golpe hacía que te doblaras de la contradicción, con un grito de sufrimiento y un hormigueo de risa. A veces yo me le resteaba y no había forma de que me quitara el control, pero entonces llamaba a mi madre con una actuación impecable.

Mamá tenía debilidad por él, aunque fuera cuatro años mayor que yo. La leyenda dice que ma perdió su primer embarazo. A su segundo intento, botó un bebé rosado con una estúpida frente de papa. El mismo que después se conocería como el psicópata del recreo. El incomprendido, entre otros títulos. Si lo dejaba graznar, fijo me ganaba una tunda a las dos de la madrugada. ¿Qué iba hacer? Tenía que cederle el control para que se creyera el rey. La mierda es que el Sega no era de nosotros sino de mi mejor pana de clases, Bemba, que me lo estaba pidiendo de vuelta desde hace un mes.

Se podía hablar de cualquier cosa con ese carajo. Lo quería como a otro hermano pero de mi propia edad. Después se murió su papá y le decían El Triste. Pasaba el recreo entero con los ojos metidos en sus barajitas de Magic. No se quitaba ni para bañarse la franela de Brujería, donde salía una cabeza degollada y una mano que la templaba por las greñas. Pero cuando Bemba era normal y su tragedia comegato era parte del futuro distante, hacíamos las cosas en espejo, como si fuéramos la misma persona separada en dos dimensiones distintas. De hecho, Bemba había sido expulsado del Luz de Caracas, liceo chiquiluqui, para después aterrizar en la pocilga donde encontró su versión mejorada: yo. Es una teoría que nunca quiso aceptar del todo por algo que se llama falta de humildad.

En fin, él juntaba cromos gringos del Dream Team y yo martillaba por aquí y por allá para completar el álbum pirata del Equipo de Ensueño que vendían en el quiosco. Él coleccionaba monedas y estampillas que venían del mundo entero. A mí me daban lo justo para una empanada y un jugo diario, así que me puse a coleccionar tarjetas usadas de teléfono. Traían impresos paisajes de lo largo y ancho del territorio nacional, que nunca me parecieron lo mismo cuando por fin los visité en carne y hueso. Bemba no hablaba casi pero era tremendo as en los videojuegos. Cuando le compraban un casete, lo terminaba la misma tarde. La tía le trajo el Neo Geo de los Estados Unidos, así que me pasó su vieja consola de Sega. Fue un regalo de un hermano a otro. Pero la misma tía le pidió la antigua consola, para retrucársela al niño de su señora de servicio. A mí se me salió una coba automática: le dije que se la devolvería la semana siguiente. Mi boca se movió y en el aire quedaron las palabras.

Por esos días hubo una justa implacable contra un combo de San Martín. Eran completos alienígenas en el Fermín Toro, pero había respeto de por medio gracias a las leyendas de su inmisericordia. La ex de mi hermano estaba en una esquina de la cancha. No se habían visto más desde que ella lo mandó a tragar píldoras de Ubicatex. Ahora era jeva de Experimento, uno minado de pecas y chicharrones magenta que venía con los forasteros. Dos tipos grandes tomaron al pelirrojo por el brazo y nos retaron a ver cuál era nuestra alharaca. Un rapidito a cinco puntos.

Roger, Noel y yo nos deslizamos sobre las líneas de la cancha. Sacamos balón y anotamos de una. Me marcaba uno de los tipos grandes que echaba codazos a maldad y me jalaba la camisa cuando no podía alcanzarme. Pasé la bola a mi hermano, que le hizo una bandejita en la cara al pelirrojo y quedó lelo. Punto. Noel hizo el saque con parsimonia; rebotando con una mano, indicando el pase con la otra. Pero eran solo patrañas para llegar a su zona mágica, la burbuja de tiro libre. Hizo su brinquito clásico y lanzó en suspensión. Punto. De nuevo Roger eludió fácil al pelirrojo con su drible de morisquetas. Se metió en el área y lanzó un gancho que uno de los tipos grandes al fin taponeó. Pero la pelota quedó en mis manos. La convertí desde la raya de tres. Chao pescao.

En estos casos Noel decía las palabras de cierre. Desalójenme la cancha, repito. Obedeciendo el mandato, se paró y se fue la jeva de Experimento. Experimento como tal estalló en una rabieta ciega con algo de llanto. Un segundo después, voló por los aires como una baraja y sonó feo al caer. Era un movimiento que solo le había visto a Yokozuna, pero a Noel le salió natural. Era muy firmante ese gordo del diablo. Durante su retirada, los tipos no ayudaron al herido. Pero sí nos gritaron desde lejos para invitarnos a jugar en la cancha de sus bloques. Donde sea, cuando sea, dijo Noel, mientras hacía un meneíto como en el baile del perro.

Un lunes a primera hora, la cara de Bemba estaba sin consuelo. En sus manos el Sega con el control fracturado, enmendado en adhesivo. A grandes rasgos, le dije la verdad: Marico, Roger y yo tuvimos una tángana y esto fue lo que quedó. Salvé lo que pude. Bemba sacó los ojos del aparato y los puso en mi cara. Iba por el sexto mundo, dándole guasasa al jefe de los malos. Roger se levantó y quiso quitarme el control. No lo solté. Me encapuchó con la sábana y me torteó un buen rato. Cuando al fin pude reaccionar, la pantalla estaba congelada con las rayas verdes y fucsias: había desencajado el casete para hacerme arrechar. No importa cuánto avancé por los drenajes de la ciudad ni cuántos enemigos aniquilé, todo se había ido al garete. Tenía que recomenzar desde cero sin méritos. Me entró el demonio. Casi despescuezo a Roger. De la nada emergió mi madre para salvarlo y dio un portazo que tumbó cable, control y Sega. Bemba cerró la bemba. No sé si prende, le dije con toda sinceridad.

Hasta aquí más o menos los acontecimientos fueron verídicos, aunque no precisamente en ese orden. Digamos que comenzó cuando las letras de Streets of Rage brillaron de más y caí en cuenta de que si el muñequito en la pantalla era yo, pues yo era su todopoderoso –¿Para qué diablos lo hacía pelear todas las noches en contra de aquellos cabrones mala gente? ¿Y si era más bien al contrario: ellos Los Chéveres, el muñequito malo y yo una fuerza que lo programaba todo por capricho? Dios debe decir estas cosas cuando habla solo, o sea, a cada rato–. Total que una lacra del mundo tres me quitó el último corazón de vida. Me cegó la cólera y batí el control contra el suelo. Lo demás fue rápido. Oí la carcajada de Roger y nos enzarzamos a vida o muerte. Mi madre intervino. No halló otra forma de separarnos que lanzarnos el Sega. Mientras lo esquivamos, pudimos verlo desintegrarse en el cosmos sucio de la pared. Bemba, le dije. Perdón, chamo. Quise distraerlo de esa cagada con una invitación al Campeonato de Baloncesto de Tres. Pronto nos batiríamos con los de San Martín. Un sueño nacional estaba a punto de cumplirse. Pero no mordió el anzuelo. Tampoco pronunció palabra durante el resto de la mañana.

El fin de semana apareció mi papá. Nos llevó a la piscina del Hotel Tamanaco, dijo que pidiéramos lo que se nos antojara. Lo cual era otra forma de decir papas fritas más hamburguesa full equipo. El ciclón de mi padre golpeaba las costas de vez en cuando y era como guao. Secuestró a mi madre en una habitación aparte. Y alquiló otra más para que no jodiéramos el parque Roger y yo. Ambos tomamos rumbos distintos por los confines del hotel. Yo anduve realengo por el lobby. Pegué un par de mocos en el brazo de un sofá. Meé en el lavamanos. Viví la vida. Sobre los teléfonos públicos de la recepción, pillé un par de tarjetas que no tenía. La Puerta de Miraflores de Monagas y el Cerro Perico de Puerto Ayacucho. Volví a la piscina para contarle a Roger la primicia pero estaba ocupado hablando con dos niñas en bikini. Cuando llegué hasta él, no me las presentó. Ellas jamás se quitaron los lentes de sol, y hablaban castellano como si tuvieran una papa caliente bajo la lengua. Dejé mis tarjetas en el revoltillo de mis bermudas con la franela, a un lado de la piscina. El resto del día me dediqué a flotar en el agua celeste.

Tarde en la noche, prendí la tele y salió Sylvester Stallone peinado como gánster de antaño. Una chistorra dizque cómica. En el otro canal estaban dando Robocop 2. Ahora sí hablábamos de cosas serias. La injusta, mugrienta y futura Detroit. Allí los rufianes se daban bomba, echándose unas carcajadas de espanto fuera de la tienda que acababan de desvalijar. En cuestión de segundos, derrapó un automóvil. Se abrió la compuerta y del hueco emergió el pico de una metralleta, que soltaba asteriscos de fuego azul por cada ráfaga. Pero salió del baño Roger y me arrebató el control remoto. Era la final del Torneo de las Américas en Portland. El Equipo de Ensueño norteamericano versus la selección de Venezuela.

Llamamos por teléfono al gordo Noel. ¿Estás viendo el partido, man? No solo lo veía. Estaba rezando por la nación en pleno, junto a su madre y sus hermanas. ¿Quién quieres ser tú?, me dijo mi hermano. Él se creía Scottie Pippen, así que nadie podía repetir su personaje. Del otro lado de la línea, Noel dijo ser Gabriel Estaba. Era un gordo achinado de los Bravos de Portuguesa, que había jugado un poquito en la NBA. Yo escogí a Charles Barkley, un mestizo coco pelado impulsivo como él solo. Se cagaba en el réferi, en el entrenador y hasta en su propia camiseta de ser necesario. Para mi información, que jode tiempo después, una loca del baloncesto me dijo que yo no tenía un pelo de Barkley sino la vista segura, transparente y sutil de Michael Jordan. Naturalmente, fue la hembra de mi vida. Pero para eso faltaban unos cuantos años luz. De vuelta al televisor del Tamanaco, pudimos ver en vivo y directo cómo se quemaron los minutos del juego más importante del territorio hasta ese instante.

La semana siguiente fue nuestro partido. La final contra los de San Martín en su propia casa. No recuerdo la fecha del día, pero ya era de noche. Como un video sin los colores de verdad, todo se veía en anaranjado y negro por culpa de los postes de yodo. La camionetica por puesto –llamada El Vengador IV– nos dejó en la plaza y empezó la llovizna caliente. Tuve un mal presentimiento. Me callé la boca para no ser yo el pavoso del equipo. En nuestros pechos seguía la derrota reciente del país a manos de nuestros propios héroes. Una molesta terquedad nos había llevado hasta allí. Noel alzó la mano para mostrar la empinada callejuela que tendríamos que subir. La senda de los guerreros invictos. Los botines se nos llenaron de agua, pero la goma de las suelas era demasiado pro porque no resbalaba ni un chin.

Entramos a la cancha y había cuatro gatos. Experimento sin camisa, más alebrestado que de costumbre, una sombra y el par de tipos grandes. Solo uno de ellos dos iba a jugar el partido. El otro tipo cedió su puesto por un recambio estelar de último minuto. Caracas sin Luz era un tinto con la cabeza crecida para atrás como un ser de Alien, el octavo pasajero. Tocaba el aro de pie, alzando la mano. No precisaba saltar. Vamos a jugar a siete. Fue la primera de las dos únicas vainas que dijo en toda la noche. La otra fue: Cáguense, que de aquí no salen vivos.

Sacaron balón y Alien la clavó. Se quedó guindado del aro. Sacó la lengua y se chupeteó su propia boca con un ruido sádico. 1-0. El tipo se la pasó a Alien. Alien a Experimento. Experimento al tipo y este lanzó de tres. La pelota no entró, pero ellos dijeron que sí. No había forma de constatar aquello, porque el aro no tenía malla. 4-0. Alien sacó y me le pegué atrás. Era demasiado rápido, entonces lo pisé y la bola se le salió de las manos. Esta fue a dar a Noel, quien se atrevió a un doble paso con bandeja y la hizo. 4-1. Roger me la pasó a mí, no supe qué hacer, así que se la di de vuelta. Mi hermano conejeó al tipo. También burló a Experimento, pero este se quedó picado y le cobró una zancadilla fea. Mi hermano derrapó antes de pasarme la pelota. Su alambrera de piernas y brazos chocó contra el piso. Subió una catarata de agua de charco y sonó como el fin de nosotros.

Todo el mundo se le quedó mirando a Roger, enchumbado de inmundicias. Cuando gritó mi nombre, recordé que tenía el balón entre mis manos. Así que lancé y para adentro. 4-2. La saqué, Alien me la robó, se la pasó al tipo y este la convirtió. 5-2. El tipo fue asaltado por Noel, mejor conocido como Aventura en la Zona de Tres. Lanzó bien pero la bola rebotó en el tablero y se la embolsilló Experimento, quien hizo una locura y no la metió, pero la contaron como que sí. 6-2. Mi hermano se la roba al pelirrojo y la convierte desde donde está. 6-3. Me pasa la bola, no veo luz y me lanzo de tres. 6-6. La partida se replantea a ocho puntos. Inspirado, driblo al tipo, escapo de Alien y con todas mis fuerzas le lanzo el pase a Noel. Pero Experimento mete la cara y se lleva tremendo balonazo en el cachete. La recoge mi hermano. Salta como nunca antes habíamos visto, roza el aro con las puntas de los dedos y le encesta en la cara a Alien. 6-7. Se la doy a Noel y la hace de tres. Hasta la vista, babies.

No sé cómo salimos de allí, pero mi hermano y yo llegamos a casa. Se supone que a Noel lo despellejaron vivo en la parada del autobús pero tampoco sé cómo terminó aquello. Lo que sí sé es que recorrimos en reversa la senda de los guerreros. Faltaba nada para llegar a la acera de los buses. El gordo se empeñó en caminar lento, como si no tuviéramos pavor de aquella victoria. ¿Se asustaron?, dijo. Si están cagaos pidan tiempo. Yo mismo paré el primer autobús que vi y me desgañité llamando a Roger, que también le daba largas al pánico. Cuando hay que irse, siempre se queda como un perro en estado de alerta. Captando vibraciones en el aire, oliendo emociones para reaccionar. Lo arrastré por un brazo hasta la escalera de la camionetica. El horror se inoculó también en el alma del gordo, pero sus ojos pestañeaban en neutro. Era un maldito kamikaze. Lo jalé por la franela: Súbete, gordo. Se soltó con un meneo de malcriado. La próxima es la mía, dijo. Gallinas.

Como las gallinas, comenzó a cacarear bajo la lluvia. Se doblaba los dedos para atrás y para adelante, aunque ya ninguno hacía cric crac. La magia había escapado de sus huesos. ¿De qué hablas?, le dije. Pero eso ya no se oyó por la bullaranga de los motores. El chofer se puso en marcha y mi hermano y yo nos salvamos por un pelo gracias a la intervención de José Gregorio Hernández. Un altar de El Venerable estaba soldado al tuyuyo de latón del que salía la palanca de velocidades. Pagué por los dos como estudiantes que éramos, pero el chofer y el ayudante me cayapearon: Tarifa nocturna, menor. Era el precio inventado, con recargo, que tantas veces tuvimos que pagar. ¿Qué se puede decir? Ni tu Envidia pudo Conmigo se llamaba la camionetica. Ninguna de estas cosas distrajo a mi hermano. Agachó la cabeza y tenía las metras de los ojos exorbitadas, mirando lo que no se puede mirar. El infinito se movía por debajo del suelo. Lo dejamos morir, dijo bajito. Entonces yo repetí lo mismo pero sonó peor todavía. A veces ganar es perder. Y nos perdimos en el eclipse como dos doñas en la fe, que murmuran adentro de la nada a velocidad de crucero.

Noel reapareció en el liceo dos semanas más tarde con el semblante de un difunto vivo. Era pleno recreo. Los jodedores lo agarraron de sopa. Le decían Lázaro y Terapia Intensiva. Tenía un bolsito de tela guindado del cogote, donde mecía su brazo muerto. Dos gajos negroides en cada ojo como si acabara de llorar petróleo. Y el copete de esponja sin la potencia antigravedad de los primeros días. Nos echó una mirada de matón desde una esquina, rodeado de sus nuevos compinches. Gasparín y el bobo del hermano, quienes también montaron cara de cañón. Qué qué qué, dijo el gordo desde el otro lado. Me di cuenta de que además tenía un chichón brillante en la ceja. Que te sobes, dijo Roger, que eso se hincha. La gente esperaba un poco más de acción a la hora de la salida. Aunque no pasó mayor cosa por aquel momento. Y aquellos pobres diablos siguieron en sus mismos pasos, tras la sombra del más grande de los zombis.

Gracias al cielo mi madre no vio aquel esperpento de lástima. Pero se lo olió porque la noche de la victoria, nada más entrar a la casa, nos recibió con una tormenta eléctrica. Nos castigó por tantos días que hasta ella perdió la cuenta. Sin saberlo, el grito que pegó encerraba nuestro acertijo cuántico: tenía horas sin saber dónde estábamos metidos, mientras que nosotros no teníamos idea de cómo nos habíamos salvado.

La mañana del día siguiente, Bemba todavía no me hablaba. Esperé al recreo para encararlo. Mira, le mostré tarjetas telefónicas. Una cascada de espuma de afeitar sobre un pozo de salsa soya. Matorrales de gamuza fucsia entre peñones de plomo. Un cerro en forma de tetilla humana. Comenzó a mover el coco en aprobación. Qué bien, dijo. Ahí no he ido. Allí, menos que menos. Yo sí, le dije, y le conté sobre un viaje inventado, para unir los pedazos rotos de una hermandad que llegaría más allá del día de nuestro último respiro.

 

Por Hensli Rahn Solórzano | @HensliRahn

*Este relato está incluido en el libro Dinero fácil (Libros del Fuego, 2014). Obtuvo Mención Especial en el 69º Concurso de Cuentos de El Nacional

 

 

De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!

He visto a muchos venezolanos en las calles de Lima vendiendo bombas, tizanas, arepas, empanadas, limonada. En el Óvalo de Santa Anita, un lugar muy concurrido de la ciudad, suelen estar como un ejército de hormigas. Se les distingue a leguas, pues llevan dos sellos distintivos: la gorra tricolor y la camiseta de la Vinotinto.

El paisaje, a primera vista, es realmente desolador. Algunas de esas personas tenían un empleo formal en Venezuela; eran maestros, ingenieros, comunicadores o ejercían algún oficio. En Lima, como en otras ciudades del mundo a donde van a parar los venezolanos de la diáspora, el objetivo más inmediato es lograr reunir un poco de dinero para comer y pagar una habitación; es decir, sobrevivir.

Sobrevivimos al rencor, a los políticos mediocres, al primer novio, a la cursilería. Gabriel García Márquez lo resumía mejor: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Pienso en esto, y una verdad –dura y aplastante como una roca– viene de golpe sobre mí: hay que sobrevivir, ya no a los permisos negados de los padres para ir a una fiesta, ya no a la clase de matemáticas, ya no al Metro de Caracas, sino al hecho de ser emigrante.

Hasta enero de este año, según la Superintendencia Nacional de Migraciones de Perú, 100 mil venezolanos permanecen en este país. Mi pareja y yo, afortunadamente, conseguimos empleo (en una agencia digital) la misma semana que llegamos a Lima. Aunque pasamos a engrosar la cifra de venezolanos sin permiso de trabajo, hemos contando con una especie de “suerte” que parece reservada a unos cuantos. Al menos, por ahora, tenemos un sueldo fijo. No trabajamos lo fines de semana (los peruanos normalmente trabajan de lunes a sábado). A veces me perturba pasar más de nueve horas diarias en la oficina, pero agradezco no tener que estar de pie, bajo la inclemencia del sol, vendiendo algún tipo de producto.

Lima, la capital de Perú, huele a sazón. Algunos alegan que es el centro gastronómico de Suramérica. Se nota que a sus habitantes les gusta comer y por montón. Deleitar ceviche y tomar una chicha morada parece un ritual diario. Los jugosos trozos de pescado blanco envueltos en el jugo de limón pueden ser digeridos por cualquier peruano a las siete de la mañana. Un plato que parece ser pesado para esas horas, al menos para mí que estoy acostumbrada a desayunar pan o arepa. A la par, en calidad de comida, están los restaurantes Chifa; comida china con ingredientes peruanos. Cualquier plato puede ir acompañado con el refresco clásico Inca Kola.

Los ruidos ensordecedores de los automóviles y los comerciantes con sus puestos de comida hacen vida en las calles limeñas creando una gran urbe. Cuando camino por algunas de sus aceras noto que estoy en un país que tiene un rico contraste en el que se puede estar en el pasado pero también en el presente. Que, aunque sea un país de tradiciones, le están sucediendo cambios. Cualquier peatón se puede encontrar con una calle pavimentada que termina siendo de tierra.

Lima es una ciudad en donde en algunos de sus distritos predomina el polvo y los colores arenosos, esto se debe a los grandes edificios que están en construcciones. Su cielo no es nada predecible, un día puede estar un sol radiante, pero al otro totalmente nublado. El tráfico es abrumador. Las autopistas a toda hora tienen gran cantidad de vehículos. Cada persona que está frente al volante tiene sus propias reglas. Hay contaminación sónica por las bocinas de los carros; los fruteros que ofrecen, por altoparlantes, las bicocas; los colectores de las busetas –aquí con nombre de jalador– que gritan las rutas de su trayecto.

En el bus que agarro todos los días para el ir al trabajo se suele subir una mujer venezolana con una caja de chocolates en las manos –piel blanca, 1.60, cabello corto y rojo, bolso pequeño cruzado sobre su hombro izquierdo–. Tiene una retahíla, un discurso conmovedor, similar a los que usan los vendedores del metro y de las camionetas de Caracas, pero bien adaptado, no precisamente a la cultura peruana, sino más bien a las circunstancias.

“Buenos días, señores pasajeros. Por acá les traigo unos ricos chocolates, solamente a un sol. Un sol que no enriquece ni empobrece a nadie. Como podrán ver soy venezolana. Vine a este país huyendo de la fuerte crisis económica e igual que mis otros compatriotas estoy trabajando fuerte para llevar sustento a mi casa y enviar algo de dinero a mi familia en Venezuela. Quiero agradecer a Dios y al hermoso pueblo peruano que me abrió las puertas. Iré pasando por sus asientos, muchísimas gracias”.

Nuestro viaje con destino a Perú inició el lunes 22 de enero de 2018, a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Partimos con cinco bolsos: dos para cargar en la espalda, dos como equipaje de mano y uno en el que mi mamá me acomodó nuestro sustento del todo el recorrido: pan, galletas, jamón endiablado, queso fundido, jugos de cartón, y golosinas que recibimos de algunos familiares. Manjares en la Venezuela de hoy.

Foto: Yaisa Bell

La previa del viaje estuvo cargada de una serie de pasos que, por muchos momentos, sentí que parecían difíciles de sortear. Conseguir seiscientos mil bolívares en efectivo y un pasaje por tierra fueron las más cuestas arriba.

Para salir de Caracas y llegar hasta San Antonio del Táchira hay que pasar una noche en el terminal; de lo contrario, los que no quieran trasnocharse, deben comprar los boletos en el mercado negro y pagar una exorbitante cantidad. Julio, mi novio, llegó a las seis de la tarde del 20 de enero a Flamingo, terminal ubicado cerca de Parque Miranda, para cazar los dos pasajes. Allí, para tener un poco de control, decidió encargarse de hacer una lista de los compradores; las personas que se desvelarían en una acera, a la intemperie.

Durante esa noche me costó conciliar el sueño. El sentido de la justicia empezaba a retorcerse: yo en una cama, cómoda y bajo un techo. Julio en la cola de un terminal pasando frío. A las cinco de la mañana me desperté. Mi abuela me ayudó a preparar el desayuno. Salí en un taxi para llevarle a Julio una arepa y un té de manzanilla.

El periplo comenzó en un bus-cama de dos pisos. Una vez arriba, en nuestros asientos, vimos por la ventana a un montón de personas agitando las manos en señal de despedida. Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan implícito un miedo sofocante: ver partir a un familiar sin saber si habrá posible reencuentro.

Los pasajeros se abrazaron unos a los otros. Supongo que es un ritual de moda para demostrar solidaridad, para darnos fuerza. Para decirnos “no estás solo, estamos juntos”. Aunque también es cierto que la gente viaja con su pareja, con amigos o familiares (nadie se lanzaría solo a la aventura de un viaje de tantas horas). Yo observaba todo, quería grabar ese momento en las retinas, de la misma manera que sucede con los personajes de un episodio en Black Mirror. Pensaba en la posteridad: quería captar los detalles para escribir una crónica. Me hacía la dura. Contenía el llanto para que mi madre, con quien me veía a través de la ventana del bus, no se derrumbara, no llorara más de lo que ya lo hacía, no pensara que yo no iba a sobrevivir. Contuve el llanto, pero solo logré intensificarlo en mi interior.

El recorrido por Venezuela fue, de algún modo, espantoso. Los conductores nos habían dado una “medida de protección”: no vean por las ventanas, mantengan las cortinas cerradas porque lanzan cosas. A las diez de la noche, específicamente en un pueblo de Carabobo, todos estábamos durmiendo cuando escuchamos el estruendo de un golpe.

“Lanzaron una piedra –gritó alguien–, díganle al chofer que no se pare, que unos motorizados nos persiguen”.

Para el conductor ya esta persecución tipo película de acción hollywoodense era algo normal. Metió chola hasta salir del radar de los asaltantes y llegar hasta un puesto de la Guardia Nacional. El copiloto se acercó para ver qué había sucedido. Inspeccionó los vidrios minuciosamente, se aseguró que todas las cortinas estuvieran cerradas.

“¿Vieron, vieron lo que pasa? Por eso hay que tener todo cerrado, yo se los he dicho”, advertía como quien quiere que le reconozcan, de manera tardía, haber tenido siempre la razón.

La piedra había roto el vidrio y la cortina evitó que aquel objeto contundente diera en la cabeza de algún pasajero. Al llegar a la alcabala militar, no volvimos saber de los perseguidores. Desde ese episodio mis nervios empezaron a salirse de control.

A las ocho de la mañana del día siguiente llegamos a San Cristóbal. Con los compañeros que Julio había conocido en el terminal, cuadramos un taxi para que nos llevara hasta San Antonio. Cada puesto costó 120 mil bolívares. Nos subimos. Los miedos seguían presentes. El taxista nos dijo que este recorrido duraba 40 minutos y que nos esperaban alrededor de cuatro alcabalas de la Guardia Nacional, “una más arrecha que las otras”. Eso significaba que corríamos el riesgo de que nos quitaran parte de las cosas que llevamos en las maletas, en nuestros cuerpos, incluyendo dinero. Paradójicamente el enemigo de turno era el mismo que la noche anterior nos había salvado el pellejo.

Ya nos sabíamos las historias de los “trabajitos sucios” que realiza la Guardia Nacional. Por eso los dólares los escondimos dentro del cuello de la chaqueta que tenía puesta. Días antes del viaje, escuchamos que hubo mujeres que guardaron los “verdes” en una toalla sanitaria. Cuando pasamos las alcabalas sentíamos las miradas sobre nosotros. Cada posibilidad de que pararan el carro y revisaran las maletas era dolorosa. Por suerte no hubo contratiempo. Todo se trataba de estar en un videojuego: superando cada obstáculo para llegar a la meta.

San Antonio parecía tres veces la redoma de Petare. Gente por aquí y gente por allá. Ahí mismo nos cayeron los carretilleros, los asesores de viaje y “gestores” del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), quienes cobraban 30 mil pesos por el “sello VIP” sin necesidad de hacer la kilométrica cola. “¿Hacia dónde van?, tengo pasajes para Bogotá, Quito, Lima, Chile, con sus comidas y duchas”, era la repetida oferta.

Con nuestro equipaje caminamos hasta la taquilla para sellar la salida de Venezuela. La gran cantidad de venezolanos que saltarían al otro lado del charco conformaban una cola que no parecía tener fin. Julio y yo nos dispusimos a hacerla.

Carlos –alto, cabello negro, 35 años– a quien conocimos en el trayecto desde Caracas, nos regaló una bolsa de pan. Su justificación: “Yo voy hasta Bogotá, ustedes van lejos. Dios los cuide”. Un intercambio de números y una estrechada de mano fue la despedida del paisano, quien nos confesó que después de 25 años de casado dormiría solo por un tiempo; su esposa y su hijo se quedaron en Venezuela. Su objetivo: trabajar duro para establecerse y enviarles los pasajes.

También conocimos a Rodolfo, un señor de 45 años que viajaba con Yaisa, su hija de 23. Ambos tenían como destino, igual que nosotros, a Lima. Preguntarle a los compañeros de turno el monto que llevaban para mantenerse en el país de acogida era la pregunta más incómoda, pero nos las hicimos y, entonces, ganamos confianza.

Rodolfo y Yaissa, los amigos del camino. Foto: Pierina Sora

Desde ese momento, cada quien comentaba su historia de partida y de las cosas materiales de las que tuvieron que desprenderse para comprar divisas en el mercado negro. Rodolfo se desempeñaba como técnico en cámaras de seguridad. Vendió su moto, el televisor y el celular para costear el viaje, mientras que Yaisa tenía poco tiempo de haberse graduado como Ingeniero Electricista, en Maturín. Le tocó pasar por doble dolor: dejar a Venezuela y a su hija –de cinco años– con su abuela materna. Ella le prometió a su pequeña que, una vez establecida, la iría a buscar.

Después de pasar seis horas de pie y bajo un tórrido sol, nos sellaron el pasaporte. Desde ese momento, nos sumamos a los cuatro millones de venezolanos que para ese entonces habían emigrado (una cifra avalada por una encuesta realizada por Consultores 21 S.A, en enero de 2018).

Inicio para cruzar el puente Simón Bolívar.
Foto: Pierina Sora

Al igual que miles de ciudadanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar –vía que comunica Venezuela con Colombia–, nosotros también lo hicimos. No contratamos a ningún carretillero. Caminar se me hizo cuesta arriba por todo el compendio de emociones que llegaron a mí: miedo a que un Guardia Nacional nos revisara, fe por creer en Dios y refugiarme en la oración, adrenalina por llegar pronto al otro extremo. Julio me ayudó con el peso de los bolsos. El sudor resbalaba a chorros por mis costillas. Erguí mi espalda, aligeré mis brazos para meter una dosis de energía y seguí el camino. Fueron 315 metros de incertidumbre, sin un árbol que nos diera sombra.

En Cúcuta había de todo: personas cargando bultos de pañales, de papel higiénico, de arroz y de azúcar, cosas que tenía tiempo sin ver. Al menos en esas cantidades. Vendedores de la telefonía Claro y casas de cambio ambulante: personas que cambian divisas.

Rodolfo y yo nos quedamos en el lugar con todo el equipaje. Julio y Yaisa tomaron un taxi ida y vuelta por dos mil pesos hasta el terminal de transporte para comprar los pasajes del próximo destino. Consiguieron hasta Guayaquil, Ecuador. Los boletos (130 dólares cada uno) se agotaban rápido por la fuerte demanda. El paquete incluía dos almuerzos, una parada para ducharse, wifi y enchufes para cargar los celulares y tabletas.

En Migración Colombia hicimos una cola de dos horas. Para sellar el ingreso al país cafetero te exigen que tengas a la mano un boleto.

Cola para sellar el pasaporte en Migración Colombia.
Foto: Pierina Sora

Luego de un retraso fuerte por parte de la compañía, abordamos el autobús a las tres de la mañana. Una vez estuvimos en los asientos reclinables nos dimos cuenta de que seguíamos rodeados de venezolanos que iban, igual que nosotros, tras una mejor calidad de vida y la posibilidad de ayudar a los seres queridos con el envío de remesas.

El viaje por Colombia fue largo. Recorrimos aproximadamente 1.431 kilómetros desde Cúcuta hasta Rumichaca (zona fronteriza entre Ecuador y Colombia). La camaradería entre los viajeros se hizo notar. Compartimos pan y galletas con queso fundido. Incluso agua y Viajesan, pastilla para los mareos y náuseas.

En Rumichaca, una brisa intensa y un clima de 15 grados nos recibió. Un comisionado de migración Colombia subió a nuestra unidad y se llevó todos los pasaportes para sellar la salida del país cafetero y dar entrada a la nación del Cotopaxi. Nos advirtió que nos quedáramos dentro del autobús porque no teníamos permiso legal. No hubo problemas. Después de hora y media nos devolvieron nuestro documento.

Bajamos a dejar el equipaje en las oficinas de la compañía de viaje que nos llevaría hasta Guayaquil, e hicimos la cola de Migración Ecuador. Un grupo se quedó en la larga hilera para cuidar los puestos. Julio y yo fuimos al baño. Mientras esperaba mi turno, las mujeres venezolanas hablaban de una sola cosa: la escasez del plato navideño. “Chama, allá no comimos hallacas, esa vaina era yuca con mantequilla”, renegó una de cabello rojo. “Mi familia tampoco. Nosotros nos vinimos porque ya no se puede más”, soltó una rubia quien llevaba la gorra tricolor.

Luego de cuatro horas, llegamos a la taquilla. La oficial, que estaba detrás del vidrio, nos preguntó cuál era nuestro destino. Dijimos la verdad. Sorprendida, observé que las hojas de mi pasaporte estaban llenas de sellos. Antes de la crisis, no viajé a ningún otro país. Mi familia siempre tuvo los recursos económicos justos. Incluso, los cinco años de mi carrera de Comunicación los pagué con mi trabajo. Por lo tanto, esos sellos despertaron en mí un sentimiento amorfo.

Un poco antes de partir a Quitumbe (terminal de Quito) comimos el segundo plato que estaba incluido en el boleto. Sopa, seco y jugo. Una comida que supo a gloria (ya estábamos hastiados de los enlatados). En las paradas rápidas se subieron algunas mujeres de tez morena. Sus bandejas exhibían pastelitos. Las bolsas marrones en la que estaban envueltos se tornaron transparentes por la cantidad de fritura. Nosotros, por suerte, compramos cuatro por un dólar y pudimos resolver la cena de ese trayecto.

Comida incluida en el boleto de viaje.
Foto: Pierina Sora.

Hicimos un viaje de 12 horas hasta Guayaquil. En algunos pasillos del terminal había una gran cantidad de venezolanos que, se notaba, venían de hacer el mismo recorrido que nosotros. La mayoría estaban en el suelo, comiendo pan con productos enlatados.

Bajamos el equipaje de nuestras espaldas y nos sentamos en los asientos de una de las tantas agencias que venden boletos. Compramos pasaje con salida a las siete de la noche. En el transcurso del día paseamos por este gran terminal que no tiene nada que envidiarle a un centro comercial de primera clase.

Entramos a un supermercado y, lo admito, quedé totalmente impactada. Desde hacía mucho tiempo no veía los anaqueles totalmente llenos y con una amplia variedad de marcas. Para premiarnos por nuestros esfuerzos compramos los famosos pingüinos rellenos de chocolate, delicia que se extinguió en Venezuela.

Un dulce que compramos en el supermercado ubicado en el terminal terrestre de Guayaquil.
Foto: Pierina Sora

Antes de abordar la unidad, cada quien fue al baño para darse una “ducha rápida”: cepillado de dientes, lavado de cara y axilas con agua. El resto pudimos hacerlo con toallas húmedas. Ya estábamos preparados para esto y sabíamos, por experiencias de otros, que no siempre podías bañarte.

Rodamos hasta Tumbes, frontera con Perú. La entrada al territorio Inca no tuvo ningún inconveniente. El sello de turistas en nuestros pasaportes fue de seis meses.

Después de viajar seis días y recorrer  4.340 kilómetros, Lima nos recibió con un sol en su máximo esplendor. Con su acostumbrado tráfico. Llegamos y alquilamos una habitación totalmente vacía. Bajé el bolso de mi espalda. Me senté en el piso y comencé a observar las cuatros paredes. Luego cerré los ojos y tuve un flashback de todo lo que viví durante el viaje. Me di cuenta que a mis 26 años no había tenido la oportunidad de salir al extranjero y que lo más lejos que había llegado era a La Gran Sabana y Los Roques. A partir de ese momento, volví a subirme a la montaña rusa de emociones: sentí rabia e impotencia porque la manera en la que salí de Venezuela no fue muy agradable. Siento que no emigré sino que me tocó huir, sin saber cuándo cambiará la situación, cuando superaremos la crisis. Sin saber cuándo volveré a abrazar a mi familia y jugar con mis perras. Sin saber si podré estar en la partida de un ser querido y tenga que consolarme con el envío de dinero para cubrir los altos costos fúnebres.

Llegué a otro país en donde puedo trabajar para comprar lo que quiera en un supermercado, sin necesidad de colocar una huella o de conseguir algún producto sin bachaqueros mediante. Supe que dejé atrás Venezuela porque aborrecí de estar en ella por culpa de terceros, porque vi lo bueno, pero también lo malo: mediocridad, antivalores, viveza y egoísmo.

Entré en la larga lista en la que se encuentran muchos venezolanos: los que desean surgir en el país de acogida y ayudar a los familiares que se quedaron en un barco que se va a pique. Los que recuerdan lo buena que fue la patria querida y lo buena que algún día volverá a ser.

“Ves la hora, se hace tarde ya.
Solo empacas algunos recuerdos
Una llamada sin mucho explicar
Que se den cuenta te da igual

Abres la puerta sin mirar atrás
Con retazos haces tú bandera
No tiene escudos ni estrellas
Solo flechas en una dirección”.

Gaélica- Te vas

 

Por Pierina Sora | @pierast
*Esta nota fue publicada originalmente en Seis grados

Partida de Nacimiento

27 de febrero, día de triste recuerdo para Caracas, ciudad que en fecha como esta, hace 29 años, se vio azotada por una serie de eventos desafortunados, que no tuvieron respuesta oportuna. Ese día, 25 céntimos de alza en el precio de la gasolina y 6 bolívares en el costo del pasaje bastaron para que se abriera la caja de Pandora y los peores demonios del venezolano se desataran, dejando a su paso una estela de saqueos, destrucción y muerte. Fue uno de los días más oscuros de una ciudad que ha vivido unos cuantos, y cuyo recuerdo –imposible entender cómo hay quien pretende celebrarlo– queremos conjurar con versos. Con los de Jaimar Marcano y su poema Partida de Nacimiento, que resultó ganador del concurso Caracas Literaria, llevado a cabo por @1001IdeasVzla en el marco del Festival Caracas Joven, que tuvo lugar en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes, y que convocó, entre otros, el talento literario de varios jóvenes caraqueños que convirtieron en poesía todo lo que sentían por Caracas. De entre los varios que concursaron, fue Marcano la ganadora, con un telúrico y apasionado poema de buena factura, impregnado de caraqueñidad en todos sus versos.

Partida de Nacimiento

Déjate de sinvergüenzuras

Sentados en la Av. Boyacá no me preguntes dónde queda la Cota Mil

Con mi cuello entre tu cuello no cuestiones si te quiero y cuánto

Muy tuya es esa osadía caraqueña

De preguntar como si uno no quiere

De responder como si uno no gusta

No te tomes atajos conmigo

En ésta ciudad los caminos verdes solo llevan a más dudas

Desde El Calvario puedo ver media Caracas

Desde tu hombro puedo verte con esa melancolía

Que se sube sin pagar y va y viene en el Recogeloco

Porque es además la única que compra multiabonos

Camina con ella y déjala sola

En esa bodega abierta mal llamada el centro

Donde la historia se compra en esquinas calientes

Pero la gloria sigue doliendo fría en los huesos

El centro de nada

Qué cosa puede ser el centro en una ciudad con curvas llenas de río ignorado

Y justamente eso me preocupa

Que pasemos tanto tiempo juntos que nuestros chorros se hagan oscuros

Y dedicarnos a aspirar solo los domingos subir hasta Los Venados

Que Manuel Cabré no se revuelque en su tumba esperemos

Porque alguien más agarró un pincel y comenzó a borrar a Caracas hace un momento

Pero no importa mijo

Que para eso estamos nosotros

O tú y yo, mejor dicho

Y así como todos saben que de Sabas Nieves pa’ arriba todo lo bueno se esconde

O que más allá de Tazón quizás está Zaratustra

Todos saben que te lanzo voraces miradas

Tan estruendosas como las alarmas que nadie apaga en la madrugada

O esos gatos que deciden amarse no importa nada

Muy orgullosa desde el 24 de Noviembre salivo efemérides

Y nuestro himno lo canto en nuestro patio o sea tu cama

Muy enamorada estoy de la patriótica causa de amarnos en Caracas

Ya podemos poner nuestra plaquita para que alguien la vea

Y por supuesto tampoco tenga claro de quién sea

Apareciste en un lugar más extraordinario que común

Lleno de historias que no estaban escritas por nosotros

Como todas estas calles que pisamos sin freno

Y ese rayado frente a los otros que según no vieron

Si tú supieras

Cónchale vale

Que estas palabras las clama alguien sin partida de nacimiento

Porque en la costa no sabemos nada de sellos

Ojalá no te moleste que haya venido para quedarme

Y mis macundales que incluyen a un chino o a Sartre

Heme aquí para suplicar solo una cosa

No nos dejes ser de alguien más

Que de esta bendita ciudad

No nos digas qué somos

Sé que no somos costillas, al menos

Porque se quiebran y se hacen polvo

Y yo no he visto al polvo salir feliz en Catia a las 11 de la noche

Seamos lo que somos

Somos Caracas en hora pico.

 

Poema escrito por Jaimar Marcano 

Caracas desde el helicóptero

La única manera de amar a Caracas en la hora pico es sobrevolándola.

La ciudad se ve entera, llena de imprudencias y de esperanza certera que se guiña con la placa del carro de adelante. Se ven motos maniobrando en la línea delgada que cruza la destreza con la locura. La capital del caos, desde el aire, se ve posible y con soluciones. Facilita de arreglar.

Caracas no es verde: es color ladrillo. Son cuadros pequeñitos desde el aire. Tienen divisiones, pero no las que se observan desde el suelo, con pisos improvisados unos encima delos otros, sino más bien una división invisible en la que apenas se adivina el verde que alguna vez fue protagonista y que ahora solo está de soporte.

Los funiculares del Waraira Repano se ven chiquiticos, las guayas que los sostienen no se divisan a seis mil pies de altura. La mezquita se ve imponente y delgada, como advirtiendo respeto a la diversidad, que es también arquitectónica. También aparecen detalles más pequeños. Por ejemplo, esa pirámide de espejos que está en medio de la autopista e incide con su reflejo de luz en el helicóptero y hace que el copiloto se detenga a reconocer la zona. Nuestro Louvre mínimo y hueco. Veo una estación del Metro y me ubico. Montones de camioneticas mal paradas recogen pasajeros sin prometerles hora exacta de llegada a sus destinos.

Los íconos se olvidan desde el aire.

El que vuela por primera vez en helicóptero a la hora pico caraqueña no se preocupa por ver los carros detenidos en el fuero de la quincena. Más bien se detiene –en la lucha por no marearse durante el viaje– a reconocer los valores más importantes de su ciudad, los que lo identifican con lo que ha vivido en ella. La Plaza Alfredo Sadel, en Las Mercedes, con sus lucecitas en los toldos que anuncian la inauguración de una feria y más adelante el Centro Ítalo Venezolano, al borde de una montaña y al lado del Barrio Santa Cruz, atendiendo a los jugadores de tenis que no quieren saber de tráfico en ese momento.

Renato Yánez dice desde el micrófono, simultáneamente, cuál es la calle, el carro infractor, el choque, eso que sucede abajo. Mira mientras hace las cuñas de los 27 clientes que casi sabe de memoria. Este programa sobre el tráfico en Caracas lo escuchan los oficialistas y opositores, creyentes y agnósticos, quienes tienen carro y quienes van en bicicleta. Desde las rutinas de humor de los stand-up comedy hasta la resignación caraqueña, todos sabemos que no es una solución escucharlo, que cuando mencionan las vías alternas ya la mayoría está en una cola interminable. Pero este servicio público, el único aprobado para despegar y aterrizar tres veces al día en la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda en La Carlota, tiene la virtud de llegarle a la gente. “Saludamos desde aquí al carro blanco que nos enciende y nos apaga las luces”, y uno mira desde arriba cómo el carro blanco repite otra vez la acción como respondiendo el saludo. Lo hace desde la Autopista Francisco Fajardo, en la que le faltan por lo menos sesenta minutos más para salir por el Distribuidor Altamira en aquello que, desde esta distancia, parece un estacionamiento.

Pero sobrevolar Caracas también significa agotarla rápido. Vivirla en las horas de más tránsito requiere probar las “vías alternas” del cielo: volar la Valle-Coche en sentido oeste y luego decidir ir al Centro o hacia El Paraíso y ver si hay juego en el estadio Brígido Iriarte. De un destino al otro en curvas que se detienen, de pronto, en la Torre Este de Parque Central. “Buena marcha en la Avenida Bolívar hasta llegar al Museo de Los Niños” se escucha en el monitor, mientras veo la magnitud de la torre de 56 pisos aún mal reparada después del incendio de 2004. Al lado está el Teatro Teresa Carreño que, aunque uno lo ve hermoso desde la planicie, arriba cuesta entender su geometría.

Pero Caracas, la grande, también es El Junquito, La Guaira, San Antonio de Los Altos y los Valles del Tuy. Y desde el rotor principal (la hélice, en términos especializados), se ve la gente que le da la vuelta a la Plaza Venezuela para buscar camino hacia esos lugares y que usa los nuevos elevados que han creado “para aligerar el tráfico”. La fuente se ve hermosa, se ve ciudad, se ve amable. No se ve el caos de terminal del Metro. Tampoco se entiende desde el aire qué es lo que pasa cuando hay una cola de punta a punta en los túneles. “Debe ser que pasó algo allá adentro, vamos a acercarnos”, dicen en la radio. La radio que tiene un programa en vivo que habla del tránsito y que es la única conexión tecnológica con la realidad desde los audífonos del Bell Ranger Rojo. El cielo es tan perfecto, que no hay señal en el celular.

En el aire también se siente impotencia. El Petare de Caracas llega hasta Mariches, con los techos descuidados y el hacinamiento desbordado.  Pero  en Prados del Este esos techos rojos se vuelven town houses con piscina y áreas comunes. Después vienen los campos de golf del Country Club, los estadios de la Universidad Central de Venezuela y su biblioteca con rasguños de maltrato y falta de mantenimiento. En Chacao, el karma es otro: las hileras de carros que no avanzan y el verde de La Carlota desde donde, apenas, parten unos cuantos helicópteros al día. ¿Qué pasaría si se convirtiera en parque? La grama enrejada mira a la ciudad también impotente por no sentirse aprovechada.

La capital venezolana dejó de tener publicidades sobre los edificios hace algunos años. Quitaron la taza de café y la bolita de refresco que hubiera ayudado a la ubicación en el mapa aéreo. La cartografía caraqueña también carece de anuncios publicitarios llamativos y electrónicos, de aceras amplias dejen ver algo más que motos infractoras, quizás a los transeúntes que llegan del mercado o van camino a sus clases de yoga después del trabajo.

El Distribuidor La Araña y la Cota Mil son trampas: desde el helicóptero provoca gritarle a todos los carros que están llegando hasta ahí que no, que no se metan por ahí, que hay otra vía, pero que todo el embudo se debe a la gandola volteada, al accidente que está recogiendo una grúa en el rayado o a la imprudencia de una camioneta que rodó por el hombrillo y ahora debe incorporarse.

Volar en helicóptero durante hora y media sobre Caracas al final de la tarde de un jueves también da la certeza de ver el atardecer más auténtico de todos los posibles. Y también te hace sentir mejor. Mejor ciudadano, al menos.

Por Marcy Rangel |

*Texto para la Revista OJO edición n° 24

Créditos del video: Maxdrone ; Drone Caracas

Ese valle de balas

Suelo pensar en Caracas como un poema con errores ortográficos. Una ciudad que descansa bajo el manto vigilante de su deidad, el Ávila, y que alterna el canto de los pájaros con el retumbar de las balas.

En 1997, la agrupación Desorden público lanzó una de las canciones más icónicas de su discografía: Valle de balas. El siglo XXI se asomaba en el horizonte y la inseguridad –salvo en zonas privilegiadas– era un motivo de preocupación que lejos de desaparecer iba en aumento.

Podría decirse que la pieza sigue más vigente que nunca. Salvo por una línea, esa que dice que plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta. Hoy ocurre todo lo contrario: el miedo construye mitos y leyendas que empujan a las personas a vivir en un continuo encierro. O en la aburrida repetición de un trayecto que se recorre en dos direcciones: de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa.

Caracas es una ciudad donde los camarones soñolientos terminan ahogándose por el ímpetu de una marea que desconoce de clemencias. Y los no soñolientos, con frecuencia, también. Pero, al mismo tiempo, es la ciudad en la que he sido capaz de prosperar, de enamorarme, de avanzar, de hacer amigos, de vivir reencuentros y despedidas. Es una ciudad arropada por las mismas emociones que surgen en cualquier otra parte del mundo. Solo que aquí, hay que decirlo, el miedo es un vigilante cotidiano. Un vigilante que a veces solo significa zozobra. Y otras, un poco de sangre o de balas.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Caracas? ¿De Los Palos Grandes o de El Valle? ¿De Antímano o de Chacaíto? ¿De Los Dos Caminos o de Petare?

¿Y qué hay de esa masa de persona que duerme en las periferias pero que día a día enfrenta la lucha cotidiana en la capital del país, porque, mal que bien, es ahí donde creen encontrar más oportunidades que en los alrededores de sus casas? ¿No representan también estas personas una parte significativa del rompecabezas caraqueño?

Cada quien mira la ciudad desde su acera. Y ahí, cada visión es distinta. Mientras unos se quejan del Metro, otros se quejan del tráfico. Y muy pocos hablan bien de ese río de excrementos que atraviesa la ciudad. Aunque haya grupos de personas que lo recorran en busca de tesoros perdidos que les permitan subsistir.

Caracas podría ser, más bien, un poemario con errores ortográfico en el que una mezcla de estilos se pelean para encontrar una voz uniforme. Una voz que nunca se termina de formar.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y pienso en varias canciones que ayudan a ilustrar la ciudad: Valle de balas, En la ciudad de la furia, Pueblo podrido. Y pienso, al mismo tiempo, en que todas tienen versos que describen algo de la ciudad, pero que ninguna termina de precisarla. Quizá porque somos sus habitantes quienes la obligamos día a día cambiar: quienes la construimos, destruimos, gozamos y padecemos. Todo sin terminar de entender las mil realidades que confluyen a nuestro alrededor. O lo que es lo mismo: sin terminar de comprendernos entre nosotros.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y antes de soplar velas, deberíamos empezar a vernos a la cara.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel