#DomingosDeFicción: El porqué de sus peinados

Siempre digo que la conocí en una patrulla policial. La verdad es que la conocí en una fiesta infantil.

Lo que le cuento a la gente es esto:

Una noche me pillaron comprando monte cerca de mi casa, a ella la habían agarrado más abajo. Los policías nos ruletearon un rato y les tuvimos que dar plata y la mitad de la marihuana. No sé entre cuántos se van a fumar toda esa vaina, dijo ella. Mi dealer les dio como diez gramos para que no se lo llevaran a él. El mío había ­hecho lo mismo.

 

Lo que pasó en verdad fue esto:

Acompañé al amigo que vivía conmigo a llevar al hermanito a una piñata. Supuestamente todas las fiestas en la casa a la que fuimos eran arrechísimas, especialmente los velorios.

Güisqui y tequeños, en eso estaba nuestra atención mientas los niños bailaban en el colchón inflable. Venían las bolitas de carne cuando entró ella con una chamita agarrada de la mano. Tenía unos rizos gigantes y un poco de vergüenza de llegar sola. La dueña de la casa besó a la niña, pero no pareció reconocerla a ella, quien le explicó algo; que sus tíos habían tenido que salir toda la tarde y le encargaron que llevara a Martina a la fiesta. Luego de la bienvenida Martina salió corriendo a darle coñazos a sus amiguitos mientras ella se sentó sola con una cerveza. Nos acercamos.

Mientras hablábamos (en la piñata y en la patrulla), no tenía nada mejor que hacer que mirarle las piernas, llevaba una falda cortísima. Tenía este tatuaje en la parte de adentro de uno de los muslos:

Yo trabajaba de vez en cuando en este tipo de fiestas, nos contó. Pintándole la cara a los niños. Mi prima era payasa, ¿o payaso?, y a veces me pedía que la ayudara y me pasaba algo de plata. Cuando tenía como trece hasta los dieciséis lo hacía casi todos los fines de semana. Es un trabajo cansón y hay carajitos hijos de puta, pero hay otros que te agarran cariño y se acuerdan de ti cuando te ven en otra fiesta y tal.

Mi amigo se fue a ganarse las rifas con su hermanito y agarrar todo lo que pudiese en la piñata (era ese tipo de hermano), entonces nos pusimos a hablar de otros temas. Ella cuidaba a Martina a veces y la llevaba a este tipo de cosas. De la nada me dijo que quería que me inventase otra historia de cómo nos conocimos. Tampoco quería que revelase su pasado de ayudante de payasos, eso me lo dijo mientras le caían a palazos a Jake, un perro amarillo.

 

Y lo que pasa es que es mucho más lógico que el cuento de la patrulla nos lleve automáticamente hasta mi casa. Es el desenlace natural de la experiencia vergonzosa que compartimos. Nos daba risa y a la vez miedo estar ahí, atrapados por el mismo delito. Y cuando nos sueltan, aunque estamos a salvo, quedamos con ese estado emocional raro, como sobrevivientes de un secuestro que se enamoran. Pero la vida es menos redonda, y pasar cinco horas en una fiesta de niños también deja una sensación extraña, suficiente para justificar esta historia.

 

Los policías nos soltaron casi un kilómetro más arriba de mi casa y mi amigo nos dejó en el camino porque llevaría al hermanito a donde sus papás. La temperatura había bajado y ella con esa falda. Me imaginé que la tijera y la línea punteada se ponían en relieve por el frío, me imaginé sintiendo los puntos por donde debía cortar. Su familia era de Barquisimeto, la mía también, pero ambos teníamos años sin ir. Le conté de unos helados de vasito que vendían cerca de la catedral. Ella de unas empanadas en la calle 20. Era lo único que sabíamos de la ciudad. Se cagó de la risa cuando le dije que el pueblo de mi abuela se llamaba Jabón y que de allí se fue a Barquisimeto. Le dije que me gustaba su risa, pero en verdad no me gustaba.

Luego de dejar a su primita en casa, la invité a la mía para fumarnos lo poco que tenía guardado en el cuarto (la policía nos había quitado lo demás). Salimos por el patio sin que mi compañero de casa nos escuchara, si se daba cuenta le íbamos a tener que dar y ahí ya no dejaría dormir a nadie.

Los perros tampoco nos delataron, Pancho se enamoró de ella y Carbón estaba durmiendo. Lo armó y lo prendimos. Como siempre me pasa, me puse estúpido a los diez minutos y empecé a hablar pendejadas. Recuerdo haberle dicho que en cincuenta años las neurociencias podrán explicar a la perfección el proceso creativo y que eso acabaría con el arte. También le confesé que me gustaba su pelo despeinado. Peinadamente despeinado, me dijo, y como que le dio vergüenza. Estuvo todo el porro acariciando a Pancho y con mirada de agüevoneada. Era preciosa.

 

 

Como a los dos días se apareció en mi casa. Tenía un lado del pelo rapado y en la otra los rizos locos de siempre. Le dije que parecía una huelepega y me pintó una paloma. Venía a pedirme que la acompañase a hacerse otro tatuaje. Fuimos en su moto hasta una casa donde había una fiesta, otra piñata, según ella. Era una de esas casas prácticamente destruidas que están rodeadas de mansiones, algo común en Caracas, casas lujosas venidas a menos porque la familia se mudó a otro país o se separó, y en donde ahora vivía gratis algún sobrino o nieto que no tenía plata para mantener ni restaurar nada, o a quien le daba igual en todo caso. En la sala había una batería y un montón de maniquíes viejos, en la mesa de la cocina habían improvisado un estudio de tatuajes; el carajo que los hacía era de Maracaibo y era hermano del novio de la dueña. La mayoría de la gente me parecía familiar, a casi todos los había visto por ahí, en algún lado. Ella contó cómo nos conocimos, cómo casi nos llevan presos. Parece que todos en la fiesta habían acordado hacerse tatuajes que solo contuvieran letras, números o signos de puntuación. En la computadora de la sala cada quien armaba su tatuaje, lo imprimía y se lo daba a Toto para que hiciera la plantilla.

Cuando llegué estaban pintándole a un pelirrojo en un antebrazo las palabras Rabocheye Dyelo. Alguien me susurró que era el nombre de una revista muy famosa durante los años previos a la Revolución Rusa, donde publicaba Lenin y toda esa gente. Gaceta de los trabajadores, o algo parecido, se traducía. Todo el mundo especulaba acerca del motivo del tatuaje, que si su bisabuelo era editor de la revista, que si varios de sus familiares trabajaron por la revolución, que si era un chiste. Yo dije que si era un nombre ruso, por qué no se lo hacía con el alfabeto cirílico. Creo que nadie estaba preparado para esa pregunta, ni siquiera el pelirrojo, quien puso una cara de gafo que trató de disimular sin mucho éxito.

La casa estaba llena de libros infantiles por todos lados; maniquíes y libros para niños. No tenía un solo mueble y la luz era lo más tenue posible, excepto en la cocina donde había una lámpara fluorescente para que Toto trabajase. Tras recorrerla un rato agarré una cerveza y me puse a hablar con una gordita que no se parecía a más nadie allí. Se llamaba Andrea y era estudiante de medicina. Estaba allí porque vivía allí, era prima de la dueña del lugar. Una prima lejana que se vino de Valencia a estudiar y a quien le dijeron que podía quedarse en la vieja casa de sus abuelos. Me explicó que quería ser neuróloga y entonces le conté mis opiniones paranoicas sobre las investigaciones acerca del cerebro; le dije también que una vez conocí a un tipo a quien cada vez que le iba a dar migraña, escuchaba las palabras Segundo acto y ahí empezaba el dolor. Se rió y respondió que eso podía ser parte de la propia aura de la migraña y que había que lograr que escuchase Tercer acto para que se acabara la obra y se curase. Le pregunté su teléfono y me despedí, pero antes de irme ella me pidió ideas para su tatuaje, ahí me enteré de que todos los que estuviésemos ahí teníamos que hacernos algo. Es una piyamada de tatuajes, dijo mientras reía nerviosa y estruendosamente.

Fui a ver dónde estaba metida ella y la encontré sentada, fumando. Me ofreció y no quise. Siéntate, piensa en una pregunta, en algo que quieras saber, ordenó mientras sacaba un mazo de cartas de su morral. Pensé en si yo le gustaba. Luego me pidió que lo repitiera en voz alta. Lo hice. Trató de disimular una sonrisa, pero los cachetes la delataron; sin embargo siguió, sacó cuatro cartas y las colocó una seguida de otras. Con respecto a tu pregunta: la primera carta es tu situación actual, la segunda tu futuro, la siguiente es una ventaja y la última una desventaja. No entendí qué sentido tenía lo de ventaja y desventaja en relación con la pregunta, en verdad no entendí nada, creo que estaba haciéndolo todo mal, pero la dejé. La primera carta fue la muerte, la segunda la rueda de la fortuna, la tercera el mago y la cuarta el mundo. Nos quedamos en silencio unos treinta segundos y le pedí que me diese la respuesta. Qué coño sé, dijo, primera vez que hago esto. Y se fue a la mesa de tatuajes.

Caminé hasta la computadora a ver si se me ocurría algo, recibí un mensaje de Javier preguntándome si ensayaríamos al día siguiente, le respondí que eso dependía de cuánto me doliera el tatuaje. Rocé las teclas, no se me ocurría nada. Me puse a ver otros archivos abiertos en la computadora; uno tenía la palabra tatuaje escrita a pulso en Paint, otro eran unas letras griegas, otro tenía unos versos: Volveremos de las ciudades quemadas/ y seremos los fantasmas de nuestras propias/ palabras. Había también un montón de letras que parecían iniciales o signos. Pensé en que simplemente me haría una eñe, no se me ocurría nada mejor.

Llegó con una cerveza y me dijo: Alguien se está tatuando el nombre de su novia. Pobre, ¿no? Seguro está desesperado porque la jeva lo va a dejar, pero igual le va a terminar con tatuaje o sin él, esa es mi predicción. Menos mal que se llama Mariana, la tipa, hay como mil Marianas en Caracas, se puede encontrar otra.

El resto de la fiesta no vale la pena contarlo, anduve pendiente de la gordita pero como que se fue a dormir. Yo me hice mi eñe y ella se hizo esto, un bigote entre paréntesis:

({)

La primera vez que tiramos en realidad no tiramos, yo se lo iba a meter sin condón, pero ella se asustó, luego se convenció pero yo me asusté, así que lo hicimos de otra manera, o no lo hicimos, depende de cómo se vea. Duramos tres días sin vernos ni hablarnos, luego llegó a mi casa con el pelo completamente rapado. Ahora sí te agarró la Negra Hipólita, la chalequié. Estuvimos acostados en mi cama toda la tarde sin hacer nada, casi nunca hacíamos nada. Deberíamos hacer algo, dijo. Vamos a El Ávila a acampar o algo así ¿quieres? Me sorprendió que lo dijera con emoción después de horas de aburrimiento.

Ø

El día antes de acampar fuimos a ver al hermano tocar en un sitio en Sabana Grande. Era un ex bar de mala muerte recién comprado por una gente de Barquisimeto, primos de unos primos, me contó. Su hermano vivía allá, pero ella nunca lo visitaba. Luego de rehabilitarse se mudó de Caracas para buscar sus raíces. En el centro de rehabilitación había conocido a dios, o al menos lo había visto de lejitos. Su música era una especie de Alice in Chains evangélico, el carajo tenía una voz arrechísima y en las letras mostraba una idea del bien y el mal equivalente a la del hijo menor de Ned Flanders. El lugar era tan extraño que nos gustó. Los nuevos dueños heredaron la clientela, empresarios de tercera con amantes de segunda que tomaban güisqui de cuarta: el mejor público posible, no jodían y dejaban propina para impresionar a las tipas. Eduardo terminó de tocar y fue a abrazar a su hermana. Nos sentamos en una mesa y todos pedimos un jugo natural. El esfuerzo que hacía ella para no fumar se notaba. Los dos se pusieron al día, yo trataba de imaginar las conversaciones de una de las parejas del lugar:

—Ay, papi, pero llevas dos años diciéndome ­que la vas a dejar. Estoy cansada de tenerte así, por raticos nada más.

—Coño, negrita, sabes que este no es el mejor momento. Cuando cierre el negocio con los brasileros sí tendré la plata para pagar el divorcio y mudarnos juntos como te lo prometí. Yo quiero que seas la señora de Gómez. Dame chance, negra, dame chance…

Me reí de la torpeza de mi imaginación, seguro estaban hablando de cualquier otra cosa y yo era incapaz de hacerme una idea realista de gente que no conocía. Por eso era que no avanzaba en lo que estaba escribiendo, todos los diálogos me quedaban tan ridículos como ese. Volví a prestarle atención a lo que ellos hablaban.

Eduardo le contaba que todo le estaba saliendo bien porque él se había demostrado a sí mismo, y a ya sabemos quién, que su fe era más grande que cualquier otra cosa. Entonces empezó a hablar de Abraham, que si conocíamos la historia de Abraham. Dios le pidió que matara a su hijo, contestó su hermana con cara de que no era la primera vez que le hacía esa pregunta. Sí, pero no solo su hijo, respondió él, su único hijo, que fue prácticamente un milagro. ¿Sabían que Abraham tenía…? Cien años cuando nació el carajito, interrumpió ella, que ya conocía el cuento de memoria. Y bueno, siguió su hermano, dios se lo dio, y a los años le pidió que lo matara. ¿Quién entiende eso?, dijo emocionado, y Abraham, Abraham no se negó, fue de inmediato, preparó el viaje y tomó rumbo por tres días y tres noches hasta llegar al lugar, entonces en la cumbre de la montaña que dios le indicó, el padre se dispuso a sacrificarlo, sacó el puñal y todo y ahí el señor se dio cuenta de que lo iba a hacer, iba a matar a su primogénito para ofrecérselo a él…

—Perdón –me dijo ella al oído.

—Tranquila, soy fanático del dios del antiguo testamento.

…entonces mandó a un ángel a que detuviese a Abraham y le ofreciera como recompensa muchos hijos más. Yo tengo fe, muchachos, y por eso el señor me ha recompensado.

Pero uno se pregunta cómo habrá quedado el chamo después de eso; es decir, si tu papá te trata de matar por más acto de fe que sea, está jodido, ¿no?, comenté inocentemente. Sin pensar que el viejo ya tenía como ciento diez años, siguió ella, no creo que pudiese matar ni un zancudo. Isaac también tenía fe y entendía la labor de su padre. Amén, y se tomó su quinto jugo de mango fondo blanco.

 

Salimos y caminamos por el bulevar, él se quedaría esa noche en casa de una amiga de la iglesia y a la mañana siguiente regresaría a Barquisimeto. Durante el trayecto tropezábamos con uno que otro indigente que nos pedía dinero. Casi todos son adictos, me decía él. Piedra, pero otros también están con la H, eso era lo que yo me metía: La Letra. La sensación la primera vez que te inyectas eso, hermano, es como de cien orgasmos juntos, ni con dios he sentido algo así, pero en cambio el señor ha sido fiel y esa basura me arruinó. No supe qué decirle, me miró esperando una respuesta y balbuceé: ¿Amén? ¡Gloria!, y me abrazó. Al llegar a Chacaíto nos despedimos, él entró al Metro y nosotros seguimos caminando.

—Era más divertido cuando estaba en drogas, pero al final se estaba matando, así que me alegra por él. Lo malo es que no lo soporto más de dos horas, al menos creo que se da cuenta.

—A mí me cayó bien –le dije–, un tipo bastante… humano.

—Más humano que humano. ¿Sabes por qué decidió entrar al centro de rehabilitación la última vez, cuando finalmente se recuperó?

—¿Por qué?

Se quedó en silencio y la risa se fue transformando en qué se yo. Insistí.

—Mejor no te lo digo –respondió con sequedad–. Ya fue demasiado que lo conocieras.

Y luego de otro silencio y dos cuadras, soltó:

—Me voy a Madrid por un tiempo, a final de este mes, adonde mis amigos que te conté. Me quedaré un rato.

No sé qué bicho le picó, pero como dice la canción, el bicho que haya sido se merecía su propio programa en Animal Planet. Estuvo rara y media el resto del día.

No pude dormir esa noche pensando en lo de Madrid. “Todas se van a Madrid”, había leído en algún lado. Ella me habló de sus amigos españoles, su mejor amiga y un ex novio que ahora era su pana, pero no me había dicho que iba a ir. Para mí que se inventó esa vaina ese mismo día, después de ver al hermano, pero vaya a saber por qué. Me la di del que no exige explicaciones y nunca le pregunté. Qué güevón.

 

Nos encontramos en el metro porque andaba comprando el pasaje por ahí cerca. Subimos a pie hasta la entrada de la montaña. Ya estaba anocheciendo y no había demasiada gente en el camino, quizás íbamos a ser los únicos acampando. Le dimos lento porque la carpa me pesaba más o menos. Ella iba adelante casi todo el tiempo. No hablábamos mucho. Yo estaba raro porque ella estuvo rara el día anterior, lo único que le dije casi al llegar fue: Me estás trayendo acá para sacrificarme, ojalá el puto ángel ese aparezca antes de que me mates para decirte que dios estaba jodiendo.

Ya arriba buscamos un sitio que nos gustase. Ella armó la carpa porque yo no sabía cómo. Desenvolví los sánduches y busqué el porro en su bolso, junto con el monte había otra bolsita. ¿Qué es esto?, pregunté. Un regalo de los duendes de El Ávila, respondió con la única sonrisa bonita que le conocí.

Nos fumamos uno sin hablar casi. Cuando el monte nos pegó dejamos de estar tan raros. Me explicó que en principio se iría por un mes, pero que se podía quedar más, me preguntó que qué pensaba. Ya me estaba acostumbrando a ella. Ya me estaba acostumbrando a ti, dije riéndome de lo cursi.

Terminamos de comer y vimos llegar a dos chamos y una chama. Nos saludaron y subieron un poco más, los vimos descender por el otro lado. Mierda somos y en mierda nos convertiremos, gritó sacando los hongos. Cómete un pedazo nada más, estos no son tan fuertes, pero por si acaso. Mordí un borde.

Comimos mientras veíamos Caracas desde arriba, hablamos un rato de tonterías. No pasaba nada, así que decidimos morder otro pedacito. Seguimos hablando para no hablar de lo que queríamos, hasta que las luces de la ciudad empezaron a cambiar de color, todo el asunto psicodélico de las luces, ya ustedes saben. Me acosté en la grama y escuchaba a las hormigas en surround, los dos nos pusimos a escucharlas.

No fue gran cosa. Y con eso me refiero a que no salimos cambiados del viaje. Fue algo pequeño, pero eso no es lo que quiero decir. Supongo que la mejor forma de explicarlo sería señalar que los hongos aumentaron en un grado todo lo que faltaba y redujeron igualmente todo lo que sobraba. Un grado, un grado que no enriquece ni empobrece, pero que ayuda.

Lo que más hicimos fue hablar, le hablábamos al cielo sin estrellas que se acercaba sin nunca llegar a nosotros. Yo le conté una historia y ella me contó otra.

Le conté la historia de Martha, toda, es la única a la que le he contado más que pedazos. Ella me contó la historia de Eduardo, toda también. Me dijo por qué decidió recuperarse, lo que pasó entre ellos. Duró como una hora en su relato y sus lágrimas, yo la tomé de la mano, pero nunca la miré, miraba al cielo que también me contaba algo.

Mientras me hablaba, vi una estrella aparecer en el cielo vacío. Ella empezó y la estrella se posó frente a mí. Una voz salía de su luz, un discurso paralelo al otro que ya oía. Yo escuchaba los dos, la historia de Eduardo y otra historia. La otra historia no era lineal, pero hablaba de una futura destrucción de Caracas, y me daba a entender que solo quedaría esa montaña en la que estábamos. Drogado y todo me pareció que en los oídos equivocados, una alucinación como esa ocasionaría algún suicidio en masa de un grupo de comeflores que se mudarían a El Ávila, pero seguí escuchando. María sollozó con fuerza cuando la estrella me mostraba la ciudad de un futuro cercano: nuevos edificios sin terminar de construir y mucha gente, más calor también. Empecé a sentir mucha sed pero casi ni me podía mover, ella estaba ya más calmada, pero seguía contando. La estrella me enseñaba escenas de fiestas de todo tipo, en los barrios, matrimonios lujosos, cumpleaños de niños, despedidas de solteras; y luego me llevó por calles conocidas, por donde vivía y por donde pasaba con frecuencia, solo que las calles estaban llenas de gente que no reconocí y demasiado limpias para mi gusto. María no paraba de contar y yo estaba conmovido por lo que decía, pero al mismo tiempo extrañado por la otra historia donde empecé a ver que la gente se quitaba la ropa desesperadamente del calor y comenzaba a buscar algo que no encontraban, me mostraba de nuevo las escenas de las fiestas que vi antes, pero ahora las personas se mataban por encontrar eso que tanto querían. Me distraje de María por unos segundos y volví a ella cuando me apretó la mano muy fuerte. Las personas seguían corriendo y sin ropa buscando algo, empujaban todo lo que estuviese a su camino, pero no parecían tener dirección fija, corrían unos metros a toda velocidad y luego se devolvían igual de rápido en dirección contraria. Mi mano seguía siendo sujetada con muchísima presión y me dieron ganas de llorar por María. No es que su cuento fuese el fin del mundo, pero tampoco era un paseíto por el parque. Y de repente, cuando no sabía cuál de las historias era más angustiante, la estrella interrumpió su relato en una especie de fadetoblack alucinógeno y proyectó otra vez escenas de las fiestas con la gente vestida de nuevo, pero ahora muy elegantemente. Todos tomaban un líquido negro muy denso en grandes cantidades, eso era lo que buscaban. Se echaban el líquido en la boca con ansias, con brusquedad; y se podía ver a otros lamiendo lo que caía al piso o en la ropa de los demás. No dejaban nada. Estuve viendo las escenas desvanecerse y ella ya estaba callada. Su historia era, cuando menos, horrible, pero así son las historias de familia, me parece.

—Los hongos no me pegaron–dijo riéndose.

—A mí tampoco.

 

Dormimos abrazados y bajamos temprano en la mañana. Su pasaje era para dentro de tres semanas. Yo seguía confundido por el viaje, aún sigo estándolo, me parece imposible tener alucinaciones como las que tuve, la gente en todo caso ve colores y una culebra en el piso. Según ella eran hongos normales. Me arrechaba que hubiese decidido irse tan de repente.

Mientras bajábamos le hablé de la fiesta de los tatuajes, de mi conversación con la gordita, ella no recordaba ninguna gordita, me dijo que en la casa solo vivía la dueña y el novio que muchas veces se quedaba a dormir, en fin…

Se notaba que estaba avergonzada por lo que me contó allá arriba, y los días antes de irse fueron rarísimos, pero la verdad, todo había sido así desde que empezó. Quedamos en que no quedábamos en nada, y que cuando ella llegara veríamos. Cualquiera cree que yo soy la mata de la ambigüedad, cuando lo que quería era estar con ella. La mañana de su partida me mandó un mensaje:

En vez de escribir sobre divorciados alcohólicos y animales que hablan, escribe sobre esto.       

Le respondí:

Suenas como las amigas de mi hermanita que me piden que escriba sobre ellas. Además, sería un cuento desordenado y malísimo: marihuana, tatuajes, Caracas, El Ávila. La supuesta narrativa urbana de mierda.

 

Hablamos por chat un par de días luego de su llegada a Madrid.

Yo: creo que me voy a rapar el pelo

Ella: ¿para pagar una promesa por mi regreso?

Yo: algo así

Ella:…

Yo: cómo llegaste?

Ella: bien, mi amiga fue a buscarme al aeropuerto vestida de novia

Yo: ja! y eso?

Ella: estaba haciendo unas fotos para una revista

se confundió de hora y creyó que se le hizo tarde

salió del estudio sin cambiarse de ropa y cuando llegó se enteró de que tenía que  esperarme por una hora

y estuvo una hora en barajas vestida de novia

cuando llegué le di un beso en la boca y le grité ¡acepto!

Yo: ja!

aquí se está incendiando El Ávila, se empezó a quemar el día en que te fuiste

por la noche

Ella: sí

qué mierda

me dijo eduardo, ayer lo llamé

Yo: es lo que faltaba, que la mierda esa se queme y se joda caracas.

me voy a ensayar, escríbeme un mail contándome todo

Ella: dale

por cierto

escuché el disco de chinarro que me mandaste

me gustó y me gustó el título, a ver si regreso con un peinado nuevo

si es que me crece la cosa esta

Yo: me gusta así, rapado, nunca te lo dije, pero te ves más femenina

Ella: gracias 🙂

te dejo para que vayas a ensayar

suerte

y ojalá que pare el incendio pronto

Yo: sí

Ella: hay que tener fe

Yo: sí

 

Por  Carlos Colmenares Gil

*Este relato fue finalista del concurso de cuentos Sacven en 2013.