La Guacamaya al vuelo

La ciudad es su espacio natural, en principio. La ciudad es también su espacio físico, lo que ha ido construyendo el hombre, con sus divisiones, sus zonas de prohibición, sus edificaciones, sus intervenciones a la naturaleza. La ciudad es el momento histórico en que se experimenta, porque el tiempo y las decisiones políticas y sociales modifican el espacio físico y la forma en que interactúa con el espacio natural. La ciudad es también su gente; la ciudad es primordialmente su gente.

La Guacamaya casi podía pasar por un local cualquiera de Chacao, de Caracas, de Venezuela o del mundo… si no fuera por la gente que hacía vida dentro de esas paredes. Tanto quienes te atendían como quienes compartían contigo allí generaban una vibra que no se encontraba en ningún otro lugar de la ciudad. Siempre que entraba comentaba “esta es la Caracas en la que quiero vivir”, y aunque (como siempre me pasa) sonara como un chiste, era una de las sensaciones más sinceras que he experimentado jamás.

En La Guacamaya siempre eras uno más. Y eso no quiere decir que eras “uno más del montón” y por eso te tratarían como un ciudadano de segunda. Todo lo contrario. En La Guacamaya eras “uno más de la familia” y desde el día uno Manuel y los muchachos te recibían como si tuvieras años yendo al local. Eso me hizo dudar la primera vez que fui. La clásica suspicacia caraqueña: “¿por qué este tipo me trata tan bien?, ¿será que ya he venido antes?, ¿será que es amigo de mi mamá y no lo recuerdo?, ¿será que la birra es tan cara aquí que el tipo te endulza tratándote bien?” Pero no, no era nada de eso. Era algo mucho más sencillo. Era iniciar una cadena de buena energía. Era la ejecución más precisa, perfecta y lograda de un principio que suena muy sencillo, pero que no es tan comúnmente puesto en práctica: si tratas bien a tus clientes, no solo van a volver, sino que van a volver con más gente.

Y eso hacíamos quienes nos volvíamos asiduos a La Guacamaya: llevábamos más gente; siempre. Cómo no hacerlo, si una vez pasabas esa puerta que siempre parecía estar cerrada, entrabas en un refugio que te protegía de todo lo que podía estar mal en la ciudad. Era un sitio donde no importaba el precio de la cerveza, pues solía ser más barata que en otros sitios decentes. Era un sitio donde podías poner la música que quisieras sin entrar en ningún conflicto. Si eras de los de más confianza, se te permitía pasar a la cocina y saludar por allá también. Cualquiera podía dejar sus cosas a buen resguardo detrás del mostrador. Si no había mesas te conseguían un lugar en la barra, o un banquito… o al carajo, ¿quién no se sentó o apoyó las birras en el archivador? No importaba, siempre y cuando uno pudiera compartir un poco de esa atmósfera, todo estaba bien.

Mientras voy recordando, surge ante mis ojos una frase que suena un poco cursi, un poco forzada, pero no veo otra forma de expresarlo: La Guacamaya era un lugar donde estaba bien ser joven. Hay que entender algo: ser joven en Caracas ya ni siquiera es algo comprensible. Somos una generación que ha envejecido a un paso avasallante. No llegamos a treinta años y hablamos de “nuestra juventud” como si fuese algo remoto, arcaico, difuso, casi como si dudáramos de que alguna vez existió. No nos permitimos los riesgos de ser veinteañeros, no nos permitimos tampoco los sueños de esta etapa. Pero ahí en ese sitio el miedo se disipaba un poco, nos permitíamos más licencias, recordábamos que aún podíamos disfrutar y disfrutarnos. Era el lugar y el momento.

Les mostré La Guacamaya a tantas personas como pude. Compañeros de la universidad, colegas escritores, alumnos que luego se convirtieron en amigos. En algún punto ya sabía que me estaría yendo de Caracas pronto y el mensaje era sencillo y directo: quiero dejarte una de las cosas que más aprecio de la ciudad. Todos lo entendieron. Siguieron yendo, apropiándose de ese espacio, haciéndolo también su refugio y su modelo de la ciudad que querían, de la ciudad joven donde podían ser felices entre birras.

Que este local no vaya a ser el mismo me duele. Aunque seguirá abierto con unos nuevos dueños, estoy totalmente seguro de que la energía cambiará. Ahora habrá un fantasma respirando en las esquinas del bar. El fantasma de lo que fue. Lo más paradójico, para mí, es que siempre he pensado en Caracas como la ciudad de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber llegado a ser, de lo que fue y no se mantuvo. Así que la venta de La Guacamaya significa la caída de uno de los bastiones que sostenía mi construcción de la ciudad, y a la vez perpetúa lo más central de mi imaginario de Caracas: su construcción a medias, su interrupción abrupta.

En La Guacamaya hice lo más cercano a una despedida un par de días antes de despegar hacia Buenos Aires. Recibí los abrazos más sentidos de amigos cercanos. El mismo Manuel se acercó y me regaló sus mejores deseos, me hizo sentir como que me despedía de un familiar, de un amigo entrañable. Ese día, ya con unas cuantas cervezas en la cabeza, recuerdo haber mirado alrededor, dejarme llevar por los sonidos, por las risas, por las botellas chocando unas contra otras… recuerdo haber sentido, por un instante, que era feliz. Deseé que esa sensación fuera extrapolable a toda la ciudad, a todo el país. Quise que la excusa para no irme fuese tan sencilla como “no puedo dejar La Guacamaya”. Pero, después de todo, era un refugio y no podía mantener la cabeza bajo la tierra toda la vida.

Me llevo momentos indelebles. Me llevo la sensación de haber formado parte de una leyenda caraqueña que vivirá por mucho tiempo. Me llevo la dicha de poder haber sentido ese lugar como mío aunque no era de los más habituales. Porque esa era la magia: cualquiera que entraba se sentía especial. Cualquiera que entraba sentía que tenía un lugar en ese sitio y en esa ciudad que parece querer expulsarnos a todos.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

 

Arrival: el lenguaje como piedra angular

En su momento, ver Arrival (2016), dirigida por Denis Villeneuve y escrita por Eric Heisserer, me produjo cierto temblor: por la emoción, la sorpresa y la impresión de que una pieza cinematográfica haya resonado con tanta potencia en mí. Eso es lo que pasa cuando encuentras una obra de arte que te habla de frente sobre las ideas que has venido trabajando, que te cuenta sin complicaciones tus propias cavilaciones sobre la naturaleza humana, que te dice con una belleza sutil que no estás solo en tus construcciones, que nunca lo estarás. Es la misma sensación que tuve al leer Desde el Jardín, de Jerzy Kosinski (1971); El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald (1925); Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967); la misma sensación al ver Si hubiera sabido que era un genio, de Domenique Wirstchafter (2007); o Inception, de Christopher Nolan (2008). En fin. El caso es que más adelante lanzaré algunos spoilers, así que si no has visto la película y te interesa verla con la ilusión del primerizo, te recomiendo que te detengas aquí, la veas y luego retomes esta lectura.

La película me atrapó desde la primera escena por su calidad narrativa. Comienza diciendo el personaje de la doctora Louise Banks (Amy Adams) algo como “Siempre creí que aquí era donde comenzaba tu historia”. Apenas lo escuché pensé “Qué buen inicio; qué bien escrito”. Y, paradójicamente, sería esa una de las claves de la película: escribir bien, entender los vericuetos del lenguaje, expresarse correctamente, generar el espacio para darse a entender.

No obstante, mientras iba avanzando me asusté un poco, pues pensé “¿Qué puede hacer una profesora de lingüística en medio de una invasión alienígena?, ¿es necesario poner a esta mujer a cargar armas más pesadas que ella para destrozar seres viscosos de otro planeta?”

He ahí mi primera sorpresa en cuanto al abordaje que supone la película: realmente necesitaban a una experta en lingüística para poder comunicarse con los alienígenas. Contrario a lo que sucede en otros filmes similares, estos alienígenas no parecen demostrar una inteligencia superior que les permita ajustarse a una “lengua primitiva” como la humana. Por el contrario, parecen tener un lenguaje propio. Surge la necesidad, entonces, de establecer un puente comunicacional, ¿pero cómo?

En la escena donde se conocen la Dra. Louise y el doctor Ian Donnelly (Jeremy Renner), aparece lo que pudiera ser el mensaje central de la película y uno de los pilares sobre los que para mí se sostiene la humanidad. Donnelly lee en voz alta un pasaje de un libro de Louise, donde ella asevera que la piedra angular de la humanidad es el lenguaje, definiéndolo como el pegamento que une a la gente y la primera arma en ser desenfundada durante un conflicto. En un acto de arrogancia, Donnelly le señala su error, pues lo central para la humanidad, según él, es la ciencia.

La escena me hizo reír. Reír de la alegría por lo que comentaba Banks en su libro y reír de la ternura al escuchar el contra-argumento de Donnelly.

¿Qué sería la ciencia sin el lenguaje?, sin su capacidad de divulgación y difusión. Qué sería de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la cotidianidad, del amor, de la guerra, de los humanos, si no tuviéramos el lenguaje. ¿Qué sería de nuestra existencia sin un sistema de códigos que nos permitiera organizar y simplificar nuestra experiencia? ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos decir “mariposa roja” para señalar al animal que tenemos delante, sin tener que mencionar todos los otros animales que no son lo que estamos viendo? ¿Cómo pudiéramos lograr algo si no tuviéramos el lenguaje para separar el yo del no-yo; el “humano” del “heptápodo”; el “Louise” del “Ian”; el “Abbott” del “Costello”?

Dice Jerome Bruner en su libro La Fábrica de Historias (2002) que el lenguaje es la moneda de cambio de la cultura. Me adscribo a ese pensamiento. Es a través del desarrollo de un sistema tan complejo que hemos podido crear civilizaciones, levantar imperios, derrocarlos, hacer arte, deconstruir el arte, expresar nuestros pensamientos de la forma más cercana posible a cómo se forman en nuestra mente. De hecho, para Bruner (así como para otros autores como Gergen, McAdams, White, entre otros), el lenguaje juega un papel fundamental en la construcción de nuestra identidad. Nos narramos a nosotros mismos, elaboramos el mito de nuestra personalidad, le contamos a los otros la historia de quiénes somos y ellos, utilizando la misma moneda, nos “compran” esa historia, la validan, para que tanto ellos como nosotros podamos tomarla como cierta y perpetuar el mito en el tiempo.

“El poder creador de la palabra”, me ha repetido mi mamá desde siempre. Es una constante en la literatura: Dios creando al mundo desde la oscura y caótica Nada, a partir de palabras; Aslan creando Narnia, a partir de palabras; Alonso Quijano convirtiéndose en el personaje de sus sueños, a partir de las palabras; Harry Potter descubriendo su verdadera naturaleza, logrando ver a sus padres, protegiendo a sus amigos, todo a través de hechizos, que no terminan siendo otra cosa que palabras; Aureliano Babilonia leyendo los escritos de Melquíades sobre la suerte de los Buendía, construyendo la historia de su familia mientras leía, armando toda la saga familiar a partir de palabras.

El lenguaje tiene el poder de crear realidades, mundos, historias que comienzan como ficciones y se convierten en certezas antes de que nos podamos dar cuenta. Pasa con los discursos políticos, con los discursos de poder: a veces arranca todo como una mera herramienta retórica que luego se solidifica como parte de la realidad. ¿No suelen arrancar así muchos de los procesos de construcción de grupos? Nos aferramos a una pequeña porción de la “realidad” y empezamos a construir palabras a su alrededor, hasta que el relato se vuelve tan sólido, tan redondo, tan convincente, que no podemos hacer más nada que asumirlo como verdadero, como si pudiéramos verlo caminando por las calles; porque lo vemos, el lenguaje se vuelve carne y esa carne se vuelve acción.

Y así como crea realidades, el lenguaje crea culturas. Al crear culturas crea normas de funcionamiento. Al crear normas moldea formas de pensamiento. Estas formas de pensamiento son las que a su vez (no sé si este giro tenga sentido) validan las propias culturas, las hacen sistemas cerrados y funcionales que determinan una forma de comportamiento específica para un momento y lugar en específico. Aprender un idioma no es solo aprender las palabras, los fonemas y las normas de gramática. Aprender un idioma implica el aprendizaje de una cultura nueva. Una vez hablaba al respecto con un amigo que vivió un tiempo en Alemania. Él me decía “Mi humor cambiaba cuando hablaba en alemán. Creo que era un humor más intelectual, más cínico; era una cosa diferente”. La familia de mi ex novia es portuguesa. A veces, para fastidiar, imitaba el acento portugués cuando hablaba con ella. Lo que me salía era el acento brasileño. Ella me corregía “Así no. Lo estás diciendo demasiado melódico. Tiene que ser más pretencioso, más neutro, más cerrado”. El idioma no es solo el idioma. El idioma, el lenguaje, incluye la gestualidad, la pronunciación, la forma de articular, todas ellas claves culturales que suman a la vivencia en un grupo en particular.

Es lo que sucede en Arrival. La milicia estadounidense quería, de inmediato, entender el lenguaje de los heptápodos, hacerles las preguntas que querían hacer, obtener la información que necesitaban y ejecutar un plan de acción. Louise Banks, conocedora del asunto, les hace tomar un paso atrás. La doctora Banks se sumerge en un trabajo etnográfico, en un proceso de presentación de la cultura humana a través de nuestro lenguaje, de darles a conocer a los extraterrestres las claves básicas que necesitan para comunicarse y, a su vez, poder comprender el lenguaje de los visitantes y hacer llegar con efectividad los mensajes y las inquietudes que cada uno tiene.

Mientras más se involucra con el lenguaje de los heptápodos, Louise va notando cambios en su forma de pensar. Ian le pregunta en algún momento: “¿Estás soñando en tu idioma?” Una de las claves del aprendizaje de un idioma es cuando comienzas a pensar en ese idioma en particular. Porque pensar en ese idioma implica poder entender el contexto en función a las herramientas que da ese lenguaje, permite organizar la realidad según las categorías que brinda ese sistema; es empezar a actuar en función de los códigos particulares de ese grupo. Es en ese momento cuando realmente empiezas a moverte en un lugar nuevo: cuando puedes pensar en el idioma local.

En la película el asunto es llevado a unos extremos que pueden ser excesivos, pero son geniales. Louise, a través del manejo del lenguaje extraterrestre, empieza a tener visiones del futuro. Estos seres tienen una comprensión particular del tiempo: lo tienen todo frente a sus “ojos”, están conscientes de lo que pasa ahora, lo que pasará mañana, lo que pasará en tres mil años. Louise logra una comprensión tan profunda del lenguaje de los heptápodos que llega pensar como ellos, sentirse parte de su grupo.

En el portugués tenemos saudades, y una vez que aprendes esa palabra sientes que conceptualiza un sentimiento que no existe en otro idioma. Cuando manejas el español, “se te puede hacer tarde”, algo que en idiomas como el alemán o el inglés es imposible, pues tú siempre eres el que llega tarde. Y así pudiera haber muchos más ejemplos con muchos lenguajes alrededor del mundo. Lo cierto es que para poder entender las intenciones de los extraterrestres, había que preguntarles en su idioma, había que escucharlos (leerlos) en su propio lenguaje y había que interpretarlos a través de esas manchas de café mediante las cuales se comunicaban.

Qué buena representación de lo que es el trabajo social, de lo que tenemos que hacer los psicólogos y cualquier científico social muchas veces. En ocasiones, no hay mejor intervención que despojarse de todas las barreras innecesarias entre nosotros y los demás (tal como hizo Louise al quitarse toda la parafernalia que le impedía tener un contacto directo con los heptápodos) y acercarse con toda la humildad posible a entender la forma en que ese otro grupo configura, entiende, piensa y comunica la realidad que lo rodea.

Siento que eso se nos ha olvidado, si es que alguna vez lo supimos. Desde las posiciones de poder se intenta implementar soluciones a problemas que, a veces, solo existen en sus discursos. Pero como ya comenté anteriormente, de tanto repetirlos se terminan convirtiendo también en nuestros problemas. Y, para rematar, aquellos que los inventaron no tienen ni siquiera las habilidades o la disposición para terminar de darle respuesta a esa problemática que ellos mismos verbalizaron y terminaron haciendo real. No solo eso, sino que sus intentos por “traducir” sus intenciones o por entender las peticiones del pueblo son tan torpes como ese primer intento de los militares estadounidenses de “traducir” los sonidos que hacían los extraterrestres. Tal como pasaba en la película, muchos de estos actores están haciéndole caso a las señales equivocadas (si es que atienden a algunas señales en absoluto).

Hay que tener siempre en cuenta lo importante que es hablar el idioma del otro, así ambos hablen español. No siempre nos movemos en los mismos códigos, incluso dentro de la misma lengua. Cada palabra tiene un bagaje histórico y cultural que llena nuestro discurso de puertas traseras por las que se llega a un mundo casi infinito de significados, imágenes, recuerdos y vivencias. En Arrival, los extraterrestres hacen referencia a su idioma como un “arma” o una “herramienta”. No hay mejor forma de ponerlo. El lenguaje es un arma de construcción masiva. Es la arcilla con la que moldeamos los constructos que le dan sentido a nuestra existencia. Sin comunicación no hay sociedad, sin sociedad no hay humanidad, porque estamos diseñados no solo para vivir, sino para convivir. Es muy claro en la película: el idioma de los extraterrestres se convierte en un puente que une las comunicaciones de todo el planeta. Es un mensaje un tanto hippie al final, pero tiene mucho sentido. La lengua como puente entre las mentes.

Esa es la idea que hace que la película me siga dando vueltas en la cabeza. Ese gesto que hacen quienes saben de niños, cuando se agachan para estar a su nivel y utilizan las mismas palabras que ellos escuchan en sus programas de televisión. Ese gesto de humildad que hacen algunos “exploradores” al aprender primero el idioma del país al que van a viajar para poder comunicarse como es debido, para poder acceder a los contenidos como se debe. Y lo mucho que enriquece nuestro conocimiento de las culturas el dominio de las particularidades de los lenguajes, incluso dentro de una misma lengua.

 

 

Por César Aramís Contreras  | @CesarAramis

#DomingosDeFicción: Piedras en El Calvario

Éramos tres y nos la pasábamos caminando por toda la avenida San Martín. Desde la plaza O’Leary, avanzando por la esquina de Angelitos, Capuchinos –donde estaba nuestro colegio– y la Maternidad Concepción Palacios, hasta llegar a Artigas, al nivel del Centro Comercial Los Molinos. Ahí dábamos la vuelta y recorríamos el trecho de nuevo. Éramos un grupo bullicioso, que ocupaba más espacio del que deberían hacerlo tres preadolescentes flacuchentos. Entrábamos a las quincallerías de los chinos, revolvíamos sus cestas y estanterías sin comprar nada; luego los insultábamos y salíamos corriendo. Tomábamos los periódicos de los kioscos y los hacíamos volar por los aires, pateábamos perros en la calle, les gritábamos obscenidades a los conductores de los carros que transitaban por la avenida. Una vez llegábamos a Los Molinos, pasábamos un rato jugando maquinitas en algún establecimiento especializado –servicio que rara vez pagábamos. Luego podíamos rematar la jornada montándonos en una camioneta, pidiendo dinero para un compañero de clases que estaba muy enfermo y que necesitaba de la encarecida ayuda económica de ustedes, señores pasajeros, para poder recuperarse porque su madre, pobrecita ella, con seis hijos, un trabajo inestable y ningún marido que la apoye, no puede costear los gastos de una enfermedad tan despiadada como la que nuestro buen amigo sufre. Yo escribía el guion, porque tenía un poco más de habilidad con las palabras, mientras que Mauricio y Cristian lo ponían en escena, cosa que se les daba mejor a ellos.

No éramos peligrosos, pero sí fastidiosos. En la escuela, estoy seguro de que estuvieron a punto de bautizar la oficina de la dirección con nuestros nombres. No había manera de que pasáramos una semana sin ir hasta allá. Habíamos hecho un pacto de sangre –en un recreo, encerrados en el baño, nos habíamos cortado las yemas de los dedos índices con una navaja que Cristian le había quitado a su papá y habíamos unido nuestras gotas de líquido rojo en una poceta que bajamos con solemnidad religiosa a modo de cierre de nuestro trato. La regla principal de aquel contrato consistía en siempre declararnos culpables de cualquier fechoría a la que acusaran a alguno de nosotros, así fuera uno solo el responsable. Si Mauricio había incendiado una de las papeleras del patio por su cuenta, cuando la Directora o la Coordinadora iban al salón a preguntar qué había pasado –porque ya sabían que tenían que ir directo a nuestro salón–, los tres nos levantábamos al tiempo y declarábamos nuestra participación en el crimen. Ellas sabían que era imposible que siempre los tres estuviéramos implicados, pero no podían hacer más que castigarnos a todos.

Las primeras veces, hice que mamá perdiera la paciencia. Yo nunca había sido un muchacho problemático, todo lo contrario. Siempre había sido un hijo ejemplar, tranquilo, estudioso y cariñoso. Uno de esos niños que la gente ve en la calle y piensa “le hace falta que esa mamá lo suelte más”, con el atenuante de que yo era así por cuenta propia, no por presión materna, aunque ella tampoco se quejaba de la situación. Por eso, cuando empezó a notar el cambio en la dinámica de mi grupo de amigos, comenzó a preocuparse. Con el tiempo se fue calmando, entendiendo que si bien me metía en actividades que podían resultar revoltosas, no estaba haciendo un daño real a nadie. Sí me advirtió un par de veces que tuviera cuidado con lo que inventaban mis compañeros, que no tenía que decir que sí a todo lo que propusieran y que, más importante todavía, no tenía que culpabilizarme por algo grave que ellos hubieran cometido, que podían vérselas solos. Porque una de las razones por las cuales adoptamos la estrategia de culparnos a todos de lo que sucedía era que los profesores me tenían en buena estima. Por lo tanto, cuando me veían entrar a la dirección, bajaban las defensas, diluían el tono del regaño y disminuían la severidad del castigo.

El asunto era que yo también quería ser rebelde como ellos, pero en mis genes no había venido esa carga de información. Todos habíamos entrado juntos al colegio en el primer grado. Nos conocimos en las primeras semanas de clases y desde ese momento fuimos inseparables. En ese primer año, no había tantos indicios serios de malicia a la vista, pero tan pronto fuimos creciendo las burlas se fueron haciendo más fuertes, las bromas se hicieron más pesadas, los actos de vandalismo dentro de la escuela se tornaron más subversivos y las aventuras extracurriculares cada vez más peligrosas. Para mí todo fue evolucionando más rápido de lo que podía captar y de pronto me vi dentro de un grupo de gamberros que de un momento a otro podían destruir el salón, el colegio, la cuadra, la parroquia entera y yo quedaría retratado en esa foto, pisando el escudo de la escuela con una expresión a medio camino entre el temor, el desconcierto y la satisfacción de poder hacer algo fuera de mi zona de comodidad. Lo más complicado del caso era que aquellos eran unos gamberros de corazón enorme, de un sentido de la amistad que superaba cualquier otro nexo entre personas que hubiera conocido jamás. Lo que le pasaba a uno, le pasaba a todos y lo que lograba uno, lo lograban todos. Si bien era parte de la anarquía, también era parte de la armonía.

Mauricio siempre tuvo la disposición de ser el líder del grupo y nosotros lo dejamos. Era hijo único, por lo que dentro del cosmos de su mente, el mundo giraba alrededor de él. Lo que él hacía era más interesante, las cosas que él conocía eran más valiosas, los regalos que le hacían sus padres y sus tíos eran mucho mejores. Por supuesto, sus ideas también eran de mucha mejor calidad que las nuestras, en lo que tenía que ver con su practicidad, su carga de diversión y en los puntos que sumaría a nuestra imagen de muchachos malos. Eso de ser hijo único también hacía que nos viera como sus hermanos. Por un lado eso estaba bien, porque de verdad tener a Mauricio como hermano era una bendición por lo atento que era y lo fraternal que podía llegar a ser. Pero por otro lado, invertía muchas energías en idear aventuras para el grupo. Aventuras que casi siempre eran inofensivas al principio, pero que se fueron enredando mientras fuimos creciendo.

Mauricio vivía en El Calvario, por lo que muchas de las andanzas de nuestra adolescencia, ya cuando nos cansamos de caminar sin rumbo por la avenida, ocurrieron en aquel mítico sector de Caracas. Cansado de la ya clásica subida por las escaleras que llevaban al barrio y de los jeeps que servían como ruta suburbana al cerro, Mauricio comenzó a crear vías alternas para moverse por su zona. Era un tipo inquieto, que le gustaba treparse en árboles, saltar muros, deslizarse por pequeños barrancos o huecos imposibles para un humano. Luego de que exploraba por su cuenta, nos llamaba a nosotros para que siguiéramos sus rutas, para que conociéramos los atajos que había estado inventando, como si de un rally se tratara.

Cristian era el primero en asistir a su llamado, siempre listo, como si fuera un boy scout. Cristian era mayor y más alto que nosotros. Siempre torpe, siempre peleón, pero siempre muy considerado con sus amigos. Él no era hijo único, pero era un hermano mayor que no quería asumir tal responsabilidad en su casa. En el grupo le iba bien porque le permitía estar fuera de su hogar por períodos largos –lejos de los reclamos de su madre, los sermones de su padre y las exigencias de cariño y atención de sus hermanos pequeños– y también porque le daba la oportunidad de liberarse de ciertos deberes y compromisos. Mauricio asumía el rol de líder y, a ojos de Cristian, también asumía el rol de hermano mayor. Para él, Mauricio era el que velaba por todos, el que tomaba las decisiones importantes, el que guiaba las salidas, censuraba las conversaciones y determinaba quién era digno de compartir con nosotros y quién no. Cristian era feliz cuando Mauricio proponía algo nuevo porque sólo tenía que seguir. Por eso siempre eran ellos dos quienes, en principio, exploraban las calles y recovecos de El Calvario mientras que yo les sacaba alguna excusa para escaparme de aquellas excursiones.

Llegaba un punto en que no podía evadirlos más. Si fuéramos un grupo de superhéroes mi súper poder tendría que haber sido la capacidad de sentir una cantidad ingente de presión social sobre mis hombros y no poder sacudírmela. Ya a la cuarta vez que me echaban en cara lo mal amigo que era y la desfachatez que tenía al dejarlos solos en una de las salidas, me veía obligado por mí mismo a decir que estaba bien, que tenían razón, que ya para la próxima no les pondría peros, que vamos, vamos de una vez antes de que a mi mamá se le ocurra mandarme a comprar algo y no pueda ir, sí, vamos.

No puedo decir que no la pasara bien, porque estaría mintiendo de forma descarada e injusta. Siempre me reía hasta el punto en que sentía que mis costillas se iban a desprender. Siempre terminaba con una historia interesante para contarles a mis primos en las reuniones familiares o para relatarle a una chica en una de las fiestas organizadas por alguien del colegio. A pesar de que era feliz cada vez que estaba con ellos, siempre estaba esa nube de temor, de peligrosidad, de riesgo. No era posible zafarse de la sensación de que en cualquier momento algo podía salir mal, terriblemente mal, y tendría que darle la razón a mi mamá cuando me advirtió que no me metiera tan de lleno en lo que hacían Mauricio y Cristian.

Recuerdo con mucha claridad la última vez que fui a El Calvario. Recuerdo siempre esa tarde, todos los días, a cada hora. Recuerdo con nitidez esas escenas cada vez que me veo al espejo, cada vez que voy al trabajo, cada vez que llamo a mi mamá y le cuento cómo va todo, cada vez que veo a los ojos a mi esposa y veo reflejado mi amor en ellos, cada vez que mis hijas me saludan y me piden que les cuente una historia divertida de la vida de su papi.

Esa tarde no quería salir. No solo con ellos, sino con nadie. Esa tarde había algo en mi cama que me pedía que no la abandonara, que para qué estar saliendo de la comodidad de esas sábanas y ese colchón que ya adoptaron mi forma y la temperatura perfecta para mantener mi cuerpo ni muy frío ni muy caliente. Me llamaron a la casa y me dijeron que tenía que ir con ellos de una vez a El Calvario, porque habían inventado un juego nuevo que no me podía perder. Les salí con una excusa y ellos con un insulto y un reproche amargo por mis evasivas. Les dije que estaba bien, que ya bajaba.

Subimos en jeep y luego empezamos a movernos por los atajos que conocíamos muy bien. Yo me movía en automático, sin ninguna emoción ni miramiento de lo que sucedía en mi camino. Mauricio y Cristian iban emocionados, respirando con fuerza, riéndose con nerviosismo y advirtiéndome a cada rato de la diversión que íbamos a experimentar una vez llegáramos al punto exacto. Alcanzamos una pequeña plaza en la que había una capilla abandonada. Contaba apenas con una sola torre –supuse que para la campana–, una nave central estrecha en la que cabrían a lo sumo dos hileras cortas de asientos y un altar bastante humilde. La iglesia debería ser de cuando Guzmán Blanco intentó emular Montmartre en Caracas o algo así. Todo en conjunto tenía un aspecto tétrico que me encantaba. No pude esconder mi cara de fascinación al ver el lugar y los muchachos se regodearon con mi expresión. Sabíamos que te iba a gustar esta vaina, porque es así medio maricona como tú, me dijeron entre bromas mientras pateaban palomas muertas, bailaban encima del altar de la iglesia y pisaban las ruidosas hojas secas que abundaban en el lugar.

Un poco más allá de la iglesia, había un barranco desde el que se veía la calle. Nunca supe bien qué avenida era y ahora, tantos años después de esa última visita, soy incapaz de recordar hacia dónde daba aquel balcón natural. Lo cierto es que se veían muchos carros pasando por aquella vía a una velocidad considerable. Nos quedamos un rato contemplando la calle, embelesados por la vista de nuestro pedacito de ciudad. Cristian encendió un cigarro, le dio un jalón y nos lo ofreció. Mauricio lo rechazó con un gesto natural, ya ensayado bastantes veces, por lo que pude notar; era un gesto del que yo no formaba parte, como si dentro de nuestro grupo existiera una subdivisión a la que pertenecían ellos dos nada más. Vi a Cristian con perplejidad por un momento antes de negarme, ofendido, a semejante oferta tan asquerosa. Él se rió con sorna y siguió fumándose su cigarrillo.

La tarde estaba serena. A esa altura la brisa pasaba con regularidad, manteniéndonos frescos –cosa que era importante en esos años de adolescencia, en los que sudar era más fácil que perder la compostura ante una mujer bien dotada. El movimiento de las ramas de los árboles al compás del viento ponía un fondo musical inmejorable a aquel momento y el sol era gentil con nosotros, dándonos un día despejado pero sin calcinarnos. Había incluso algunos pájaros que cantaban y hacían una armonía inesperada con los artificiales sonidos de la calle. Por momentos cerraba los ojos, para dejarme envolver por esos sonidos, por los olores, por las sensaciones, por la energía de aquel lugar. Podía sentir las miradas y risas burlonas de mis dos amigos, pero no me importaba.

El hechizo se rompió cuando noté un movimiento cómplice entre Cristian y Mauricio. Era otro gesto como el que hizo Mauricio al rechazar el cigarro. Era un gesto de ellos, un mensaje encriptado que solo ellos dos podían entender. Era un gesto perteneciente a una dinámica de la que yo no tomaba partido. La primera vez que lo hicieron, pensé que eran cosas mías, pero con esa segunda seña lo constaté. Ya no era parte de aquel triángulo amistoso. Habían decidido que de ahora en adelante el grupo se reduciría a dos. Era una decisión que habían tomado, estoy seguro, sin siquiera hablarse. Tan solo habría hecho falta uno de esos gestos con los que se comunicaban ahora. Me sentí mal, triste, mientras me hacía consciente del final de una etapa importante en mi vida. También me sentí aliviado, liberado de un peso que no sabía cómo soltar. Me permití sonreír. Ellos me miraron extrañados, pero luego sonrieron también y se movieron del sitio donde estábamos.

De unos matorrales sacaron un par de sacos llenos de piedras de distintos tamaños. Una de las bolsas estaba más vacía que la otra, así que se pusieron a buscar más peñones para emparejarla. Nunca me invitaron a ayudarlos, pero lo hice por cortesía. Algo me dijo que tomara piedras pequeñas y eso fue lo que hice. Recogí las que se veían más frágiles, esas que solo eran débiles terrones de arena que se deshacían en las manos. Mauricio me regañó en un par de ocasiones, pero no me impidió que siguiera buscando. Pensaría que, una vez en el saco, donde habría más de las piedras que él y Cristian buscaban con meticulosidad científica, mis rocas se perderían y no entorpecerían sus planes.

Una vez que alcanzaron la cantidad que buscaban, se devolvieron al punto donde habíamos estado observando la calle, cada uno con una piedra en la mano. Me dijeron que viera primero y luego los imitara. Con una mecánica de lanzamiento propia de un pitcher de grandes ligas, empezaron a soltar las piedras hacia la calle. Yo estaba pálido, con la boca seca y el corazón latiéndome tan fuerte que dolía. Algunas piedras solo atinaban el asfalto, pero otras lograban aterrizar en los techos de algunos carros, en el capó, en el parabrisas, en el maletero. Los conductores frenaban, sorprendidos, haciendo extraños en la vía y generando conatos de colisiones. Algunos veían hacia arriba, intentando atisbar qué los había golpeado, de dónde había salido el proyectil.

Antes de que pudiera salir de mi sorpresa por lo que estaban haciendo, Cristian puso una piedra en mi mano. Una de las grandes. Me miró con unos ojos fulgurantes, con una llama de malicia en la que me costó reconocer los ojos del pequeñín que conocí en primer grado. Me dijo dale, mariquín, en un tono seco. No era un chiste, no era una de nuestras bromas. Era un insulto duro, cruel. Era un insulto lleno de dolor también. Vi a Mauricio y asintió con su cabeza, también con una sonrisa maléfica en su cara. Ya no era parte del grupo. Para ellos yo los había abandonado, así que debían castigarme.

Tomé la piedra, los miré con toda la firmeza que pude y la lancé, apuntando a propósito un punto en el que no había ningún carro. Tan pronto como devolví el brazo, sentí otra piedra en la mano. Hasta que no le diera a un carro aquella jornada no se habría terminado. Respiré profundo y lancé la piedra lo más alto que pude, dando tiempo a que algún carro pasara por ahí y se tropezara con el peñón. A lo lejos se venía una camioneta negra, de esas que uno ve y dice “ahí va un narco”. La piedra aterrizó con estruendo en el parabrisas del automóvil. El vidrio se cuarteó de inmediato, el chofer perdió el control por un momento, patinó, frenó y se estacionó a un lado del camino. Mauricio y Cristian reían y me felicitaban, daban saltitos de emoción y elogiaban mi puntería.

Yo no podía quitar los ojos de la camioneta y de su dueño, que se acababa de bajar para inspeccionar su carro. El tipo revisó el vidrio, los cauchos, el techo. Vio la piedra que yacía inocente en medio del camino y levantó la mirada. Su cara estaba dirigida directamente hacia el punto en el que estábamos nosotros. Los muchachos empezaron a reírse de una forma más vulgar, a gritar insultos contra el hombre, hacerle gestos obscenos. Yo estaba congelado, viéndolo a los ojos. Era la segunda mirada más tenebrosa a la que me había enfrentado ese día. Si la de Cristian brillaba, quemaba, la de este hombre era fría, inexpresiva, sin vida. Sin apartar la vista, el tipo sacó una pistola de detrás de su pantalón. Los muchachos dejaron de reírse de inmediato y, cuando vieron que el hombre apuntaba hacia nosotros, se agacharon y salieron tan rápido como pudieron a esconderse en la iglesia. Podía escucharlos llamándome, pero en ese momento no era dueño de mis movimientos. El frío que manaba de los ojos del conductor de la camioneta invadió mi cuerpo y me dejó plantado en el suelo, en aquella placita de El Calvario. Supe que iba a disparar. Tenía el porte de quien no va a guardar su pistola con la misma cantidad de balas que tenía antes de desenfundar. Cerré los ojos y esperé el impacto.

La detonación vino acompañada de un grito de terror de Cristian y un lacónico “mierda” de Mauricio.

Cuando abrí los ojos, ya el hombre de la camioneta se había ido. Exhalé el aire que había estado conteniendo por lo que me parecieron semanas y escuché los pasos tímidos de mis amigos detrás de mí. Giré con lentitud y los vi examinando la pared que tenía detrás. Había un pequeño orificio del que se desprendían pedazos del material del que estaba hecha la capilla. Cristian recogió la bala aplastada de entre los escombros y la puso en mi mano, antes de estallar en risas de alivio y en vítores por mi valentía y la manera en la que había desafiado a la muerte. Mauricio también se me acercó, me dio unas palmadas en el hombro y me dijo las tienes de hierro, man. Vi la bala, le di vueltas en mi mano y la apreté con fuerza. Dejé que un par de lágrimas bajaran, sin pena. Ya no me importaba lo que dijeran esos dos. Les dije que más nunca me llamaran para una de sus ridiculeces. Me sequé la cara con la mano donde tenía la bala y bajé por los mismos atajos que recorría con ellos. Ninguno de los dos hizo nada por detenerme.

En los últimos años del colegio, ya Cristian andaba en movimientos raros. Nunca dejó de lanzarse en aventuras con Mauricio, pero también estaba empezando a conocer un lado de la ciudad que nosotros no teníamos interés en explorar. Escuché historias de él alardeando de tener un arma y cosas así. Nunca lo pude constatar de primera fuente porque desde el incidente de las piedras en El Calvario no hablé mucho más con ellos, pero sonaba a algo que Cristian haría.

Cuando murió, yo no estaba en Caracas. La noticia me la dio el mismo Mauricio que me llamó porque tenía que avisarles a todos los que conocieron a Cristian, aunque yo sé que no te importa nada de lo que nos pase.

Apenas colgué, lloré como un bebé.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

*Este relato recibió mención honorífica en el concurso de cuentos Salvador Garmendia (2017). Si quieres descargar el primer libro de César, haz click aquí.