Orden directa a las Fuerzas Armadas

Es raro esto de no sentirse perseguido. Pertenezco a una generación para la que cantar, marchar, reunirse y hasta respirar es tomado como un delito. Pero hoy es 12 de febrero y la vida ocurre con una cotidianidad que me pone los pelos de punta: ¿será que tampoco hoy veré un herido, respiraré gas lacrimógeno?

Son más de las diez de la mañana y camino desde Plaza Venezuela a Chacao. Casi todo luce como luciría cualquier martes: en un calmado caos. Calles sucias, malolientes, gente hurgando la basura, locales abiertos, niños pidiendo comida, gente yendo al trabajo: lo normal. O lo que para nosotros es normal. No se siente el peligro de represión que caracterizó las manifestaciones en el 2017 y en la mayoría de las marchas convocadas contra el régimen desde el año 2000. Aquí casi todos andan en los suyo: hasta los funcionarios de la GNB, que conversan con rostros amenos, sonríen cada tanto. Las señoritas embutidas en uniformes tienen el rostro maquillado con tanta prolijidad venezolana, que parecen más listas para desfilar que para reprimir. Y aunque no caminarán por ninguna pasarela, tampoco agredirán a civiles. Al igual que la concentración del pasado dos de febrero, hoy también reinará algo que ya nos resulta extraño a los venezolanos: el derecho a expresarse libremente.

En Chacaíto el espíritu de manifestación entra por los oídos. Cada partido político hace le suyo: enarbola banderas, pancartas; exhibe a sus jóvenes con franelas llenas de propaganda y denuncias. Padres e hijos, viejos, cuarentones y jóvenes caminan y se detienen a ver algunos cánticos.

—¡Otra vez, otra vez, a la calle otra vez!

Mientras más me acerco a la tarima, detallo más variedad de personas. La tragedia del país no se resume en dos o tres frases: cada quien tiene un relato que forma parte de un extenso rompecabezas. Después de dos décadas, la forma más efectiva que parecemos haber encontrado para enfrentar la dictadura es unirnos a través del dolor y de la necesidad de cambio: cuando, más allá de las situaciones concretas, la tristeza y la frustración se convirtieron en lazos de empatía, quedó claro que –preferencias políticas al margen– todos queremos y merecemos una cosa:

—Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres –dice el host del evento cuando da inicio la actividad.

Es el Día de la Juventud y alrededor de mí hay siete ancianos. Los cuento con la mirada. Aunque la apología superficial e irresponsable hacia los jóvenes seguirá apareciendo en diferente medida, me contenta la participación de tan variada gama de edades: un equipo exitoso depende por igual de sus veteranos como de sus promeses.

Si no fuera por la ilusión y la esperanza, podría decir que me encuentro tan incómodo como en un vagón del Metro. Quejas, empujones, sudor, desmayos, chistes. Pero la mayoría trata de comportarse –o soportarse– de la mejor manera. Lo que quieren casi todos es escuchar al presidente encargado. Veo hacia los edificios que están al borde de la avenida y siento ganas de vivir en uno de esos apartamentos: las personas de asoman por sus ventanas –una pareja de cuarentones hasta se montan en el tejado de una casa colindante– y disfrutan desde puestos VIP todo lo que ocurre en la tarima.

Después de los emotivos saludos –por video– de los exiliados David Smolansky y José Manuel Olivares, del coñazo que significa ver un extracto del último discurso de Juan Requesens antes de que lo secuestrara la dictadura, la actividad se torna fastidiosa. El comediante y presentador Manuel Ángel Redondo hace una intervención leída que solo genera ecos de aplausos: por estar tan pendiente del papel se pierde de la oportunidad de leer los ojos de los espectadores. Luego, suben dirigentes estudiantiles que contagian una ingenuidad discursiva que algunos atribuirían a la edad o quizá a la falta de rodaje o de formación: caen en la tentación de gritar por gritar, de hilvanar una seguidilla de lugares comunes y se repiten y redundan en sus intervenciones: no han hablado ni la mitad de los chamos que están en agenda cuando ya el público pide:

—¡Guaidó, Guaidó, Guaidó!

Pero hay dos cosas que me resultan llamativas:

Primero, cuando una dirigente estudiantil llama al escenario a “mis panas de la Resistencia”. Se refiere a esos chamos que se cubrían el rostro con franelas, para no ser identificados por los esbirros de la dictadura, y con escudos y piedras hacían frente a los represores durante las protestas de 2017. Cuando un grupo de cinco o seis muchachos suben a la tarima, me pregunto: quiénes son. Ya, se supone que los de la “Resistencia”; entonces capaz debería formular mejor mi pregunta: ¿y qué es y quiénes componen a la Resistencia? En 2017 hablé con diferentes personas de distintas partes de la Gran Caracas que actuaban bajo el manto que otorga ese sustantivo. Comunidades organizadas, asociaciones de protestantes, dirigentes estudiantiles; hasta algún militar retirado y un par que estaban fuera de servicio: todos ellos decían formar parte de la Resistencia. Es curioso como el nombre coquetea con penetrar en la cultura popular para hacer referencia, más que a alguien en concreto, a personas que en diferentes situaciones actúan bajo ese nombre.

Lo otro que me llama la atención es el uso que se da a la figura de los jóvenes asesinados por la dictadura en 2014 y 2017. Algunos se refieren a ellos como héroes, solo un hombre los tilda de mártires y demasiados pocos los muestran como lo que –en mi opinión– fueron: víctimas. Cuando un dirigente, que atropella su discurso hasta vaciarlo de sentido, dice que esos jóvenes caídos entendieron que la libertad está por encima de nuestras vidas me pregunto si tiene idea del significado de sus palabras. Y es precisamente ese tipo de excesos, a los que nos acostumbró el chavismo, de los que me gustaría que la sociedad que se está construyendo se cuidara.

Vivir bajo este régimen ha sido como extrapolar la cotidianidad histórica de los sectores populares a todo el país: tener como vecino a un pran que somete a la mayoría de ciudadanos y condiciona sus posibilidades de ejercer su libertad. Hoy toda Venezuela vive en esas condiciones. Basta pasar un tiempo en una comunidad popular para comprender que la resistencia está llena de matices y es un ejercicio cotidiano. En un país en el que la causa principal de muerte de los varones entre 15 y 25 años es el asesinato, muy pocos de los habitantes de esas zonas ven algo de heroísmo cuando un hampón mata a un chamo.

Estar vivo es la manera más contundente de protestar contra quienes nos les importa asesinarnos. Celebrar la vida es la mejor forma de luchar por la libertad.

Cuando dejan de hablar los dirigentes estudiantiles, las viejas que están cerca de mí se emocionan: creen que llegó el momento del presidente. Pero se equivocan: es hora de que tomen la palabra los diputados. Si de algo se han cuidado los dirigentes políticos en este nuevo plan de acción, es de usar muy bien los símbolos. Así como han mostrado unidad, han hecho de la Asamblea Nacional un fortín de ideas: es el rostro del Gobierno legítimo. Aunque la tendencia a buscar mesías sigue presente en buena parte de la población, los diputados –incluyendo al presidente encargado– dejan claro con sus acciones que Guaidó es el representante de un movimiento que lo trasciende a él como nombre y que muestran, además, el valor de la perseverancia y de los procesos: uno ve a estos panas hablar y no puede dejar de pensar en aquellos muchachos que supieron organizarse en el 2007 para frenar uno de los impulsos autoritarios del régimen. Esto no empezó en enero: son más de diez años de camino.

Resistir es tener paciencia y temple.

Manuela Bolívar toma la palabra en medio de gritos desaforados que piden que hable el presidente. Pero ella se erige como una de las mejores oradoras de la jornada: narra el testimonio de tres víctimas de la crisis humanitaria y captura la atención –sin gritar como loca, sin repetir lugares comunes– de la gente. Y eso, razono, no es sencillo: hablar frente a una multitud es complicado, hablar frente a una multitud que solo quiere una cosa y lleva 20 años de hartazgo y desesperación es como patear un penal en una tanda definitoria del Mundial.

Con Manuela el mensaje del día queda todavía más claro: estamos reunidos para honrar a los caídos, para mostrarle al mundo que queremos que ingrese la ayuda humanitaria y para pedirle a los militares que cumplan con su deber. Sobre todo, para pedirle a los militares que cumplan con su deber.

Habla otra diputada y la cosa se sigue extendiendo. Me duelen las piernas. A mí alrededor ocurren empujones más propios de un pogo. Alguien dice que le robaron el teléfono. Detecto más desmayos que en un concierto de Alejandro Sanz. Y el host toma el micrófono para decir que falta otra persona por intervenir. Todos comienzan a quejarse hasta que escuchan el nombre de Miguel Pizarro: entonces, lo aplauden con respeto.

Miguel engrosa la voz, camina de una lado a otro y avanza con sus palabras como quien recorre kilómetros en un maratón. La gente se queda en silencio, la mayoría lo escucha con interés. Si Manuel Bolívar fue una apología a la coherencia, Pizarro es el mejor aperitivo previo a Guaidó. Pide aplausos a la comisión de voluntarios encargados de la ayuda humanitaria, entre los que aparece Roberto Patiño, y nos garantiza que esa ayuda va a entrar sí o sí. Cuando comienza a alargarse demasiado, da la palabra al presidente de la República de Venezuela.

La multitud ruge como en un concierto de rock.

Aunque Guaidó a veces se extravía en sus alocuciones, aunque en ocasiones su entonación pareciera la de un robot, hay varias cosas que me gustan de su oralidad: es sobrio, tiene un buen lenguaje corporal, no necesita berrear como animal en celo para emocionar al público, es claro en sus mensajes. Y si hay un momento en el que todo esto se manifiesta de forma condensada es cuando engrosa la voz para decir:

—Voy a dar una orden directa a las Fuerzas Armadas.

Se me eriza la piel. Gritos, expectación. El presidente nombra diversos cargos militares y ordena:

—Dejen entrar la ayuda humanitaria al país.

Vítores. Aplausos.

Ante este momento, el resto del discurso –aunque contiene algunos momentos destacados– parece más bien un epílogo.

Habla de la esperanza y la sonrisa que se nos ve a todos en la cara, se toma una selfie con la multitud de fondo, remarca la importancia de que el usurpador se vaya:

—Que yo no voy a decir su nombre, porque ya todos ustedes lo conocen.

—¡Diiiiiiiiilooooooooooooooooooooo! –piden las personas.

Pausa. Silencio.

—El usurpador se llama Nicolás Maduro.

—¡Coño e’tu madre! –rugen.

Se anuncia un nuevo punto de acopio en Brasil y, otra noticia importante, asegura que el próximo 23 de febrero (a un mes de haber asumido la presidencia) deberá entrar la ayuda humanitaria al país.

Ya escucharon, militares.

 

Camino por la avenida Francisco de Miranda rumbo a Chacaíto. Las personas van animadas, se toman fotos, comentan lo dicho en la concentración. Alguien grita Maduro y todos responden coño e’ tu madre.

—Debería haber un récord Guinness a la madre más mentada del planeta –dice una señora.

Estoy cansado y todavía no me acostumbro a esta ausencia de miedo, de correr, de cuidado que vienen los guardias. Es raro ejercer los derechos constitucionales con tanta tranquilidad. Pero entonces, oigo el rumor de unas motos.

Durante las protestas de 2017, cuando la represión pasaba su momento más álgido sucedía la llamada operación arrase. Decenas de motorizados –algunas veces civiles armados; otras, funcionarios– aparecían disparando a mansalva. Pienso en eso cuando percibo lo que solo pueden ser decenas de motos acercándose. Volteo y estudio el área: puede ocultarme tras este quiosco, o meterme entre estas matas.

Ni lo uno ni lo otro es necesario.

Son varias motos, sí, una caravana que toca corneta y genera vítores tras de sí. De parrillero en una de ellas viaja Juan Guaidó, quien alza la mano para el delirio del público.

Símbolos, sonidos, imágenes y miedos: todo se está transformando en esta nueva Venezuela.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

La Guacamaya al vuelo

La ciudad es su espacio natural, en principio. La ciudad es también su espacio físico, lo que ha ido construyendo el hombre, con sus divisiones, sus zonas de prohibición, sus edificaciones, sus intervenciones a la naturaleza. La ciudad es el momento histórico en que se experimenta, porque el tiempo y las decisiones políticas y sociales modifican el espacio físico y la forma en que interactúa con el espacio natural. La ciudad es también su gente; la ciudad es primordialmente su gente.

La Guacamaya casi podía pasar por un local cualquiera de Chacao, de Caracas, de Venezuela o del mundo… si no fuera por la gente que hacía vida dentro de esas paredes. Tanto quienes te atendían como quienes compartían contigo allí generaban una vibra que no se encontraba en ningún otro lugar de la ciudad. Siempre que entraba comentaba “esta es la Caracas en la que quiero vivir”, y aunque (como siempre me pasa) sonara como un chiste, era una de las sensaciones más sinceras que he experimentado jamás.

En La Guacamaya siempre eras uno más. Y eso no quiere decir que eras “uno más del montón” y por eso te tratarían como un ciudadano de segunda. Todo lo contrario. En La Guacamaya eras “uno más de la familia” y desde el día uno Manuel y los muchachos te recibían como si tuvieras años yendo al local. Eso me hizo dudar la primera vez que fui. La clásica suspicacia caraqueña: “¿por qué este tipo me trata tan bien?, ¿será que ya he venido antes?, ¿será que es amigo de mi mamá y no lo recuerdo?, ¿será que la birra es tan cara aquí que el tipo te endulza tratándote bien?” Pero no, no era nada de eso. Era algo mucho más sencillo. Era iniciar una cadena de buena energía. Era la ejecución más precisa, perfecta y lograda de un principio que suena muy sencillo, pero que no es tan comúnmente puesto en práctica: si tratas bien a tus clientes, no solo van a volver, sino que van a volver con más gente.

Y eso hacíamos quienes nos volvíamos asiduos a La Guacamaya: llevábamos más gente; siempre. Cómo no hacerlo, si una vez pasabas esa puerta que siempre parecía estar cerrada, entrabas en un refugio que te protegía de todo lo que podía estar mal en la ciudad. Era un sitio donde no importaba el precio de la cerveza, pues solía ser más barata que en otros sitios decentes. Era un sitio donde podías poner la música que quisieras sin entrar en ningún conflicto. Si eras de los de más confianza, se te permitía pasar a la cocina y saludar por allá también. Cualquiera podía dejar sus cosas a buen resguardo detrás del mostrador. Si no había mesas te conseguían un lugar en la barra, o un banquito… o al carajo, ¿quién no se sentó o apoyó las birras en el archivador? No importaba, siempre y cuando uno pudiera compartir un poco de esa atmósfera, todo estaba bien.

Mientras voy recordando, surge ante mis ojos una frase que suena un poco cursi, un poco forzada, pero no veo otra forma de expresarlo: La Guacamaya era un lugar donde estaba bien ser joven. Hay que entender algo: ser joven en Caracas ya ni siquiera es algo comprensible. Somos una generación que ha envejecido a un paso avasallante. No llegamos a treinta años y hablamos de “nuestra juventud” como si fuese algo remoto, arcaico, difuso, casi como si dudáramos de que alguna vez existió. No nos permitimos los riesgos de ser veinteañeros, no nos permitimos tampoco los sueños de esta etapa. Pero ahí en ese sitio el miedo se disipaba un poco, nos permitíamos más licencias, recordábamos que aún podíamos disfrutar y disfrutarnos. Era el lugar y el momento.

Les mostré La Guacamaya a tantas personas como pude. Compañeros de la universidad, colegas escritores, alumnos que luego se convirtieron en amigos. En algún punto ya sabía que me estaría yendo de Caracas pronto y el mensaje era sencillo y directo: quiero dejarte una de las cosas que más aprecio de la ciudad. Todos lo entendieron. Siguieron yendo, apropiándose de ese espacio, haciéndolo también su refugio y su modelo de la ciudad que querían, de la ciudad joven donde podían ser felices entre birras.

Que este local no vaya a ser el mismo me duele. Aunque seguirá abierto con unos nuevos dueños, estoy totalmente seguro de que la energía cambiará. Ahora habrá un fantasma respirando en las esquinas del bar. El fantasma de lo que fue. Lo más paradójico, para mí, es que siempre he pensado en Caracas como la ciudad de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber llegado a ser, de lo que fue y no se mantuvo. Así que la venta de La Guacamaya significa la caída de uno de los bastiones que sostenía mi construcción de la ciudad, y a la vez perpetúa lo más central de mi imaginario de Caracas: su construcción a medias, su interrupción abrupta.

En La Guacamaya hice lo más cercano a una despedida un par de días antes de despegar hacia Buenos Aires. Recibí los abrazos más sentidos de amigos cercanos. El mismo Manuel se acercó y me regaló sus mejores deseos, me hizo sentir como que me despedía de un familiar, de un amigo entrañable. Ese día, ya con unas cuantas cervezas en la cabeza, recuerdo haber mirado alrededor, dejarme llevar por los sonidos, por las risas, por las botellas chocando unas contra otras… recuerdo haber sentido, por un instante, que era feliz. Deseé que esa sensación fuera extrapolable a toda la ciudad, a todo el país. Quise que la excusa para no irme fuese tan sencilla como “no puedo dejar La Guacamaya”. Pero, después de todo, era un refugio y no podía mantener la cabeza bajo la tierra toda la vida.

Me llevo momentos indelebles. Me llevo la sensación de haber formado parte de una leyenda caraqueña que vivirá por mucho tiempo. Me llevo la dicha de poder haber sentido ese lugar como mío aunque no era de los más habituales. Porque esa era la magia: cualquiera que entraba se sentía especial. Cualquiera que entraba sentía que tenía un lugar en ese sitio y en esa ciudad que parece querer expulsarnos a todos.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

 

“No hay salida democrática”

En Venezuela no hay salida democrática. Ese es el crudo diagnóstico de Ramón Muchacho, uno de los alcaldes que padeció en carne propia los zarpazos de la dictadura y que, ante su inminente detención, decidió escapar del país para seguir haciendo política fuera de las rejas. Le habían quitado su pasaporte meses atrás –cuando regresó de su gira por Chile y Perú– y no estaba dispuesto a que le quitasen también su libertad. Con contactos, dentro y fuera del país, logró escapar hacia Estados Unidos, donde le concedió una entrevista al showman y periodista estrella Fernando del Rincón. “El problema de Venezuela es mucho más grave (que las regionales). El problema real es que Venezuela es un país donde hay una dictadura y donde no hay salida democrática”, soltó convencido. Para Ramón, las posibilidades de una resolución institucional y consensuada de la crisis se fueron reduciendo en el tiempo a medida que el gobierno avanzaba con su plan dictatorial. La ANC fue el límite, la gota que rebasó el vaso, y a partir de ese momento, afirma Muchacho, la esperanza se esfumó. “Es mejor que reconozcamos la realidad y con base en eso empecemos a hacer propuestas, en vez de que nos sigamos engañando. Si todavía seguimos pensando que hay forma de sentar al gobierno para que por cualquier forma no violenta, con su participación activa y con su voluntad, entregue el poder, es porque todavía no entendemos quiénes están gobernando en Venezuela”. Entonces, ¿estaría de acuerdo Muchacho con una intervención militar?: “Cuando Trump lanza esa advertencia lo que le está poniendo es una papa caliente en la mano a los gobiernos de la región para que éstos digan: ‘Intervención militar no. La opción es esta’. Cuando encuentras que no hay opción, llegas a la conclusión de que la alternativa militar, digamos lo que digamos, condenémosla o aplaudámosla, puede terminar siendo inevitable para los Estados Unidos. Porque si tú ves las opiniones que emite la CIA, el departamento de Estado, ¿qué dicen? Que Irán está allí, Rusia está allí, Hezbollah está allí, el terrorismo está allí, allí en Venezuela”.

Casi normal, una obra que no puedes perderte

El director de cine venezolano Marcel Rasquin, presentará una nueva pieza teatral de su autoría, la cual contará con la participación de grandes artistas de la industria musical venezolana como: Laura Guevara, Napoleón Pabón – vocalista de la banda venezolana EntreNos – , Alí Rondon“Hermanos”, “Pelo Malo” -, Alejandro Sojo – guitarrista y vocalista de Los Colores –, Alberto “Tico” Barnet – El Frank Sinatra venezolano- y la grandiosa voz de Karina Llaudes. La musicalización de la obra estará a cargo de Santos Palazzi, junto con Adolfo Herrera, Pablo Agreda, Hilderamo Rivas, Boris Paredes y William Velasquez.

Lleva el nombre de “Casi Normal”, y se centra en la historia de una familia que lucha por tener una “vida normal”, pero en cada uno de sus miembros existen problemas y adversidades: Diana, una madre con un toque de bipolaridad que se refugia bajo la psiquiatría y pastillas médicas; Dan, un esposo abnegado e incondicional; Natalie,  una hija que quiere ser independiente y  Gabriel,  el que quiere todo lo contrario y seguir viviendo bajo el manto familiar. Todos ellos serán los protagonistas de un espectáculo que conmoverá y divertirá al público caraqueño.

Esta pieza estará en escena los días 22, 23, y 24 de octubre en las salas del Teatro Municipal de Chacao a las 7:00 pm. Para más información y poder adquirir tus entradas, puedes ingresar en www.ticketmundo.com y seguirlos en su cuenta oficial @Casi Normal_

 

Entrevista a: Rodnei Casares, un editor entre las llamas

Por: Jacobo Villalobos – @JacoboV95

Con una experiencia de 15 años trabajando desde la insigne librería Ludens hasta la librería Alejandría de Paseo Las Mercedes, Rodnei Casares pasó de ser librero a fundar, en el 2013, su propia editorial, Libros del Fuego. Un cambio que asume como un paso normal en su vida.

Aunque lamenta la partida de muchas editoriales del país, Casares ve en  esa situación una oportunidad para que surjan las pequeñas editoriales nacionales porque así hay más espacios que llenar. “Ya hay más presencia de libros nacionales en las librerías, son más visibles, y eso hay que aprovecharlo”, asevera. Read More…

José Carvajal dictará taller sobre Caracas en la Biblioteca Los Palos Grandes

El comunicador social José Carvajal, estará realizando un taller destinado a proporcionar las herramientas necesarias para abordar nuestra ciudad y su vida urbana, desde la comunicación, la escuela o el diseño urbano. El estudio contará con doce sesiones que se llevarán a cabo los días jueves de 4  a 6 p.m, en la Biblioteca Los Palos Grandes, desde el 14 de mayo.

“Caracas: desde, hacia, a través”  es el título del taller conformado por cuatro módulos de tres sesiones cada uno, los cuales estarán orientados en: revisar y debatir conceptos y situaciones sobre temas específicos de la ciudad; producir y compartir textos, imágenes, ideas, propuestas suscitadas desde el debate y los recorridos específicos.

Para mayor información sobre los costos y el proceso de inscripción, pueden escribir a cheocarvajal@hotmail.com y bibliotecapggerencia@gmail.com

Conoce la programación del Festival Nuevas Bandas 2014

Con la promesa de presentar una de las mejores ediciones en años recientes, la Fundación Nuevas Bandas anunció la programación completa de su vigésima tercera edición del Festival Nuevas Bandas, la cual se realizará del sábado 04 de octubre al sábado 18 de octubre y tendrá como epicentro al Teatro del Centro Cultural Chacao e incluirá actividades en la Plaza de Los Palos Grandes, Sala Cabrujas, el IESA, Plaza Alfredo Sadel  y el Municipio El Hatillo. Read More…

Escucha a las bandas que participarán en los circuitos Nuevas Bandas

A poco más de mes y medio para que se realice la vigésimo primera edición del Festival Nuevas Bandas ya se conocen los nombres de las bandas que competirán en los cinco “circuitos Nuevas Bandas” para obtener un pase a la final del festival, que se realizará en Caracas del 13 al 19 de octubre, en un nuevo formato que paseará a la institución más importante del rock nacional por todo el municipio Chacao.

Las seleccionadas fueron anunciados en el programa de radio “Fabricado Acá”, transmitido por La Mega y a continuación la compartimos: Read More…

Llega al Centro Cultural Chacao la sexta edición del Festival Cine Rock

 

Por sexto año consecutivo el Centro Cultural Chacao recibe al Festival Cine Rock, una iniciativa que busca demostrar a través de talleres, proyecciones e interpretaciones el intrínseco vínculo que existe entre el rock y el séptimo arte, teniendo como escenario la sala experimental del centro los días 25, 26, 27 y 28 de agosto a las 6:00pm.

La responsabilidad de inaugurar el festival el día lunes 25 de agosto estará a cargo del documental “Vuelo sobre ti”, un estreno dirigido por Luis Soles, el cual registró a la mítica banda Zapato 3 durante su gira “La última cruzada” en 2012. Esa noche, el cantautor Kuámasi se presentará en formato acústico.

El martes 26 la selección cinematográfica estará compuesta por los documentales The Punk Singer (La cantate de Punk), dirigida por Siri Anderson y 20 Feet from Stardom (A 20 pasos de la fama), dirigida por Morgan Neville y ganador del Premio Óscar a Mejor Documental en 2014. Los documentales Beware of Mr. Baker (Cuidado con el Sr. Baker), dirigido por Jay Bulger, y Mistaken For Strangers (Pasando por desconocidos) prometen deleitar a los asistentes.

La clausura, el jueves 28 de agosto, estará musicalizada por Vargas; también se proyectará la única pieza de ficción de esta edición del festival, la cinta Inside Llewyn Davis (Balada de un hombre común), de los directores Ethan y Joel Coen.

Junto con el festival se estará desarrollando el 2do Ciclo de Talleres CineRock, donde el director Carlos Malavé hablará el lunes 25 de agosto sobre “Vías de producción y distribución en el cine venezolano independiente”, siguiéndole el martes 26 el director y productor Hans Hoj que analizará “La tecnología como herramienta de difusión del rock de manera audiovisual”, el miércolesOrlando Andersen, profesor de la Escuela Nacional de Cine y director de sonido de Bolivar Films, se aproximará a “El sonido en el cine y la post-producción”, los talleres finalizarán el jueves con el profesor, periodista y guionista Armando Coll revelando técnicas para crear personajes “¿Me hablas a mí? Cómo un guionista da vida sus personajes”.

Pueden conseguir información detallada sobre los talleres y sinopsis de las películas en las cuentas del festival @CineRockFest en Twitter, Facebook.com/CineRockFest, la web www.cinerock.com.ve y el correo electrónico festivalcinerock@gmail.com.