De polo a polo

La primera vez que marché con el chavismo fue el primero de mayo de 2012. En octubre se celebrarían las elecciones presidenciales a las que, por tercera vez consecutiva, Chávez sería candidato.

No recuerdo por qué ese día en específico resolví salir, pero sí recuerdo una cosa: mi indecisión a la hora de elegir qué ropa usar. Me debatía entre una franela cómoda y la única camisa roja de mi clóset. Ganó la segunda opción: mi deseo de no desencajar en el rebaño era grande. Más tarde, una chama –chavista “desde siempre”– no dejaría pasar por alto la oportunidad de señalar lo forzado de mi elección.

Salí de casa sin dar muchas explicaciones, tampoco me las pidieron. Un suéter inmenso (que estorbó el resto del día, por supuesto) cubría y al mismo tiempo revelaba mis intenciones. Desde hacía meses mi inclinación política, contraria a la de mi madre y abuela, nos había distanciado. Me estorbaba, también, ser señalada por mis vecinos. Yo era una niña fresa, insegura hasta la médula, que temía ser tildada de chavista por los opositores y de adeca por sus nuevos camaradas.

Llegué sola al punto de concentración, en El Silencio. Los conocidos de la universidad me habían avisado por sms que estaban apostados del lado izquierdo de la tarima. El sonido de las cornetas era ensordecedor: no me costó demasiado encontrarlos.

Aquello era un espectáculo a toda mecha: había un dj, había un host, había cerveza. Viandas vaciadas de comida se esparcían por toda la acera y por el medio de la calle, como cuando en carnavales el bulevar de Sabana Grande se llena de papelillos. Solo que esta vez se trataba de anime y aluminio, cartón y servilletas. Plástico.

Desde la tarima, el animador me incomodaba con sus chistes homofóbicos en contra de Capriles Radonski, el contendiente del “Comandante Invicto”. Pero yo quería (¿necesitaba?) encajar, así que miré para otro lado. No podría decir cuánto tiempo estuve ahí, pero nunca me sentí amenazada. Todo aquello parecía una inmensa reunión familiar. Los ánimos de campaña preelectoral eran la verdadera razón para estar reunidos un primero de mayo, Día del trabajador.

Me gustaría mucho decir que mi chavismo duró poco, pero la verdad es que duró lo suficiente para llegar a votar por Maduro. Sí, me hizo ruido el aire monárquico con que Chávez señaló a su sucesor. No, no consideré seriamente abstenerme, o votar por Capriles. Sencillamente eso se salía de mi rango de pensamiento.

Haber apoyado la dictadura es algo que me llena de culpa y autodesprecio. De alguna manera me consuelo a mí misma recordándome que al menos no me he ido, que decidí quedarme aquí para asumir las consecuencias de mis antiguas convicciones. Luego me entra pánico y pienso que eventualmente no me quedará otra opción más que migrar, porque debo velar por la seguridad económica de mis viejas.

Muchísimas personas insisten en decirme que otros, más inteligentes y preparados, también cayeron en el dogmatismo chavista, seducidos por el discurso, por las ideas. Otros han sido más realistas y me han espetado que por culpa de gente como yo estamos donde estamos. Supongo que ambos argumentos llevan algo o mucho de razón. He aprendido a no defenderme contra los señalamientos, a aguantar lo que me toca, y seguir.

Asumí que ahora pertenezco al otro lado de la historia. Y que lo mínimo que puedo hacer –hacer y no solo decir o pensar– es salir a la calle cuando hay que hacerlo, en lugar de quedarme sentada en casa guarecida.

Soy lo bastante torpe (y fresa, ya lo dije) como para suponer que haría algo útil exponiéndome en primera fila, durante las manifestaciones a favor de la democracia. No sería capaz de patear una bomba lacrimógena, y quizá me tropezaría con una trenza de mis propios zapatos intentando correr. No me estoy excusando: es mi momento sincero. Yo lo que hago es ir, y estar. Asistir a la convocatoria, permanecer en la calle.

El primero de mayo de 2019 comenzó, en realidad, el 30 de abril. Serían eso de las 6:30 de la mañana cuando empecé a escuchar cacerolas y pitos. Entendí que algo estaba pasando. Aquello, en la acomodadita zona donde vivo, no es normal. Mi roommate, que creció en un piso 20 de un edificio en Los Teques y que vivió un tiempo en El Cementerio, ni se inmutó.

Encendimos los smartphones. Empezaron los sonidos de las notificaciones, uno tras otro. Una amiga, que además es mi tocaya y vive en Holanda, me llamó para instarme a no salir ese día. Mi roommate y yo nos montamos de una en el protocolo de abastecimiento, de manera apresurada, porque había alistarse y salir.

Esta vez no me detuve a dudar qué ropa debía usar: eran los zapatos de caminar qué jode, pantalones para tirarse al piso si hace falta, y sobre todo una pañoleta discreta pero práctica para cubrirse de los gases lacrimógenos. ¿Accesorios?: un aspersor con una solución concentrada de bicarbonato, porque, aunque sabes que no vas a estar en la primera fila contra las tanquetas, estarás expuesta a las bombas.

En Altamira estaba Guaidó. También Leopoldo López, nada menos que en su primera acción de calle después de su detención en el 2014. Si mi yo actual pudiese interceptarme en el 2012 para contarme aquello, me hubiese sorprendido más saber que alguna vez estaría a menos de diez metros de Leopoldo, que de verme viajar en el tiempo. Luego me reí para mis adentros: pensé que de ser un personaje de Avengers, sin duda sería Nébula.

Estaban montados sobre una camioneta, hablaban y sus voces apenas se expandían por unos megáfonos. Me quejé de no poder escucharlos y me ofusqué porque no tenían el sonido adecuado. “Qué clase de improvisación es esta”, me quejé en voz alta. Un chamo me escuchó y, con calma, me explicó que, desde hacía unos meses, funcionarios habían apresado a trabajadores de estas empresas que montan sonido y tarimas, y que se habían llevado (“robado”) cornetas: por eso ahora era tan complicado todo el tema logístico.

La gente comenzó a arengar a la masa para bajar a la autopista, donde estaban reprimiendo. Ninguno de los presentes estábamos enterados de algo, todos estábamos asumiendo. Me indigné cuando vi que la caravana de los líderes políticos emprendía esa dirección. Seguían improvisando, me dije. Luego entendí los motivos, y eran válidos. En ese momento lo que me ardía era pensar en las razones por las cuales no era inteligente tomar la autopista, donde no hay vías de escape, y la única opción ante una amenaza inminente es correr en sentido contrario.

Le comento a mi mate: “Date cuenta cómo a la oposición de base le falta pensamiento estratégico. No piensan la ciudad como un territorio. Y en eso el chavismo de base les lleva una morena”.

“Claro”, respondió. “Ellos [los chavistas] son militantes. Nosotros somos civiles y más nada. Al chavista lo adoctrinan… uno no quiere eso. Hay que hacer las cosas distinto si se quiere un país diferente. Sería caer en lo mismo, pensar que la solución es creernos soldados”.

“Toma eso, Mariana”, pensé.

“Coño, tienes razón”, alcancé decir. Y yo que creía que ya me había extirpado de todo aquello. No solo es el lastre de la culpa el que se carga encima. Después de eso, le bajé dos. Tocaba callarse un poco.

Nos quedamos buena parte del día en la calle, entre Chacao y Altamira. Suficiente para observar cuánto tiempo lograron los manifestantes soportar los embates de los represores abajo en la Fajardo, para ver cómo una tanqueta obligaba a la marcha de la Francisco de Miranda a retroceder.

Aquello, definitivamente, no era una fiesta. Había esperanza, sí. Pero nadie estaba refrescándose del sol del mediodía a punta de cerveza, al menos no de manera abierta y descarada. Aunque, hay que decirlo: también se gritaban improperios contra Maduro. Solo que nadie se reía de eso. El coro de la mentada de madre les venía desde la más pura rabia. Tal vez un poco desde la impotencia del que se alivia insultando el aire, queriendo hacerlo contra una cara.

 

Al día siguiente seguía siendo primero de mayo. Funcionaba el Metro esta vez, lo que de alguna manera nos desanimó un poco. Pero cuando salimos a la Plaza Francia, la multitud –al menos cinco veces más gente que el día anterior– nos hizo sonreír. Una señora, con las mejillas sonrosadas, nos dijo que venía desde La California. Que ahí había estado Guaidó, quien estuvo al menos una hora hablándoles.

Otro amigo tenía noticias menos alentadoras: a la altura de la Universidad Bolivariana, un piquete de la Guardia había impedido que la marcha que venía desde Los Chaguaramos, Santa Mónica y la Av. Victoria avanzara. Era una verdadera lástima: para la marcha del 23 de enero –en la que Guaidó se juramentó como presidente encargado–, la cantidad de personas que lograron llegar desde esa dirección era impactante. Recuerdo que tuve la suerte de verlos acercarse desde la autopista, subiendo por la Av. Principal de El Rosal.

Toda decisión política deja saldos positivos y negativos. El elemento sorpresa supuso que el día anterior fuéramos menos, pero aguantáramos más. Este miércoles primero de mayo, éramos muchos, pero la facción prodictadura estaba advertida ya de las movilizaciones: arremetió con todo. Y “todo” en este caso significa plomo, motorizados con parrilleros vestidos de civiles que andan armados. La gente suele referirse a este tipo de sujetos, inmediatamente, como “los colectivos”. Pueden ser cualquier cosa, da lo mismo. Sencillamente es la palabra que usas cuando quieres ser enfático y sintetizar: corre que vienen disparando y no creen en nadie.

Quienes traían el mensaje de alerta eran los chamos que suelen (ex)ponerse al frente, cara a cara contra los funcionarios. Me acerqué a uno que no tendría más de 19 años. “¿Vienes de la Fajardo?”, pregunté. El chamo se encontró con mi mirada fija y atenta. Explicó: “Ya no queda nadie allá abajo. Nos replegaron, a todos. Nos dispararon”. “¿Balines?”, pregunté con ingenuidad y ahí perdí su atención. Peló los ojos: “¡Nooo! Balas, plomo”.

La camioneta de los paramédicos de la Cruz Verde pasó, tocando corneta. La mujer que venía de copiloto hizo señales para que subiéramos. Nos urgía a que nos resguardáramos. Con rabia, escupiendo al piso la frustración, obedecí. Miraba hacia atrás cada tanto. La imagen de la plaza comenzó a perderse entre los árboles de La Castellana. Emprendimos el camino de regreso.

Cuando llegamos a la boca de la Av. Los Mangos con Av. Libertador, nos topamos de frente con un cerco de Guardias que cargaban antimotines, máscaras y estaban armados. En ese escenario, cruzar la calle o irte por otro lado es más idiota que seguir caminando como si nada. Atravesamos el cerco. Sus miradas se posaron alternativamente en los bolsos, en mi pañoleta. Nosotros nos limitamos a comentar en voz alta y con naturalidad qué bonita sería una final de Champions Ajax vs. Barcelona. Respiramos aliviados y permanecimos en silencio una vez que la Libertador nos abrió paso.

 

Es curioso: el chavismo me presentó ese espectro que es la paranoia de la amenaza permanente, pero nunca sentí tan real la existencia de un enemigo dispuesto a aniquilar como el 30 de abril y el primero de mayo.

Siete años me separan de aquel primer momento, de aquella primera marcha con el chavismo. Se siente como una vida entera. No creo que se trate de un paralelismo, como si fuera un comienzo que se repite desde un lugar y un momento distinto. Me gusta pensar que es más como la vuelta de un bucle que se acerca a sí mismo, sin tocarse. Solamente para avanzar.

 

Por Mariana Mercedes

Los motores del desastre (o Revelaciones desde la chivera)

Una catástrofe como la nuestra no avanza así no más. Necesita piezas, engranajes, además de tiempo, perversidad y aceite. Tampoco es lenta ni casual la tragedia que estamos pasando: su velocidad caótica se debe a unos cuantos propulsores que la han empujado con asombrosa potencia. Autobús en caída libre, lancha llena de desagües, carro con troneras y picos de botella al frente: estos motores llevan por dentro el combustible del absurdo y operan a partir del despilfarro. Su funcionamiento es peculiar: se encienden para apagarlo todo.

Su propósito: volver el país una chatarra.

1.El motor saqueo semántico: alteración de símbolos, héroes importados, deformación de la memoria, balbuceo ideológico, sincretismo espiritual, vaciamiento y llenado de palabras molde (p.ej. democracia, revolución, pueblo), panoramas patrióticos desdibujados, silenciamiento/escandalización de efemérides, son algunas de las piezas del motor más eficaz del chavismo: el desplazamiento de la sustancia-país, la mudanza definitiva de sus significados. La casa, en apariencia, es la misma, pero le cambiaron los muebles y le movieron los espejos. No fue que nos quitaron el país: lo saquearon por dentro.

2. El motor malandrismo institucional: es la escenificación del quieto ahí de la burocracia y el pégate becerro de  las instituciones del Estado. Es la voz del descrédito, del hago lo que me da la gana oficializado, de la paralización del ciudadano ante el totalitarismo de chopo y puñal de los órganos gubernativos. Mírese el TSJ, el CNE, la antigua AN: actúan con la legitimidad del vivo y la desfachatez del malandro. Es el decir cállate o te quiebro del Poder Público Nacional.

3. El motor bochinche y mierda: el desorden, si no se goza, no se aguanta. Hay que carnavalizar la gestión pública. Hay que meterle fiesta, tarimas, musiquita en los pies. Distraerse con serpentina mientras el ventilador salpica. Así, entre rumba y gozadera, el panem et circenses se convierte en política pública, favor paternal y aspiración ciudadana. No hacen falta cornetas ni subwoofers: la sentencia mirandina tiene hoy el volumen preciso. Y atormenta.

4.El motor inoculación del vértigo: nos trajeron a bailar a una cornisa con los ojos vendados y las trenzas sueltas. Nos pusieron frente a un barranco para dejarnos la náusea como tarea. El plan: poner el pánico en alto, marear, (pre)ocupar. Hacer que el miedo nos mantenga firmes y contra la pared. ¿Qué es lo que hace uno ante un abismo? O se calla o se vomita.

 …

Intermedio contra el olvido: una breve excursión a la chivera

Este invento de mecánica popular ya había sido ensayado tiempo atrás cuando Chávez, para inaugurar el año 2007, le muestra al país los Cinco motores constituyentes de la Revolución Bolivariana. Esas turbinas apocalípticas que anunciaban la consolidación del “Socialismo del Siglo XXI” en Venezuela, y que estaban construidas sobre un plural de “realidades y aspiraciones” de dudosa procedencia, se conformaban de:

I. Ley Habilitante:el truco jurídico favorito del Ejecutivo Nacional en tiempos del chavismo, con el cual el Máximo Líder se disfraza de superhéroe omnímodo y megalosaurio legislador, y se faculta a sí mismo para meter la cuchara en todo. Es la histeria del aparato estatal sujeto a la voluntad de un hombre. Llámese: motor siembra del personalismo.

II. Reforma Constitucional: con esto se pretendió hacer de la Carta Magna un traje a la medida. Se sometió a elecciones, perdió, se cambió por enmienda para asegurar la reelección indefinida del Presidente, y muchas de sus premisas terminaron metiéndose por debajo de cuerdas. Burla y obstinación antidemocrática. Motor lo que me salga del forro.

III. Moral y Luces: estudio de la doctrina socialista en escuelas, liceos, fábricas, talleres y campos. Inyección curricular de los valores grandilocuentes del socialismo, la deformada doctrina bolivariana y la ideología política del chavismo. A este le llamamos motor no me lo mate no, porque a la par que aniquila el pensamiento libre pone en peligro al “hombre nuevo” que pretendió crear.

IV. La Nueva Geometría del Poder:con ese suculento título se buscaba cambiar la división político-territorial del país y erradicar a los municipios del mapa (a saber el nivel más próximo y real de participación ciudadana). Hablaba de simetría del poder político y militar, con una ocupación total por parte de ese pequeño monstruo al que bautizaron Poder Popular. ¿Menos ciudades, menos ciudadanos? ¿Reordenaditos se les manda mejor? Motor obediencia participativa.

V. Explosión del Poder Comunal:dependiente de los cuatro anteriores, proponía crear una federación de Consejos Comunales, especie de constelación de ciudades sin alcaldías ni juntas parroquiales, gobernadas por un Estado Comunal que recibiría del Gobierno Central el poder político, social, económico y administrativo para autogestionarse. No sería difícil predecir los requisitos de filiación ideológica y partidista de esa transferencia de poder, ni advertir las consecuencias de tal aberración. Motor constelación servidumbre.

Y estos cinco aparatos llegaron a nosotros, casi una década después, convertidos en chatarra de chivera, en tema de conversación para coleccionistas de inventos, en extraordinaria curiosidad de repuesteras. Su épica inquietante, aunque triste, nos abre la puerta al siguiente galpón de trastos.

5. El motor reducción al ridículo: la negligencia descarada, la fatalidad de la práctica de gobierno, el testimonio de su propia destructividad, ridiculizaron la ideología, la lucha de clases, el poder del pueblo y todas aquellas ensoñaciones verbales llenas de onanismo y anacronías. ¿Socialismo para qué siglo? La izquierda, por enésima vez, fue golpe de torpeza, desorientación y zurdera.

6. El motor gran milagro: la espera, la paciencia, el mesianismo. Ese algo tiene que pasar del que todos hablan. El estancamiento de la voluntad nos puso a la orden de una fe ciega, casi brujeril, en cualquier fuerza (o acontecimiento o fecha de calendario) con promesas de cambios mágicos. Y nos dejaron con el escapulario y la pulserita en vela. Más que un país, Venezuela se convirtió en una larga cola hacia un milagro.

7. El motor desesperanza para todos: aquí se afirma la generosidad del proyecto poschavista: repartirnos por igual su cuota de desesperanza. Es el abatimiento en el pecho, la pérdida del país íntimo, el ejercicio de la desmoralización del que nadie se escapa. Es esa desilusión histórica, ese te amo, pero no de la patria confundida. Es, al fin, ese gran desamor nacional.

8. El motor felicidad por cupos: entre racionamientos, inseguridad ciudadana,hiperinflación depravada y desabastecimiento, el poschavismo nos va haciendo partícipes de su filosofía de prosperidad limitada: ser feliz la máxima suma de felicidad permitida. Vivir el aprendizaje forzado de lo bueno poco. Mamar, pero contentos.

Hacia un engrase definitivo

Motores que remueven sedimentos culturales, historias fallidas, resquemores, cosas que no se hicieron. Motores que echan a andar esa gran maquinaria de desastre en la que vivimos. Podrían inventarse otros (el motor loco escondido, el motor la divisa es tu horror, el motor tranca la puerta, el motor tu puesto en la ruleta, etc., etc.,) que contengan los dramas de la impunidad y la violencia, la sombra delincuencial del Estado, el poder militar y sus alter-egos paraestatales, el falso enaltecimiento de la pobreza, la anomia vandálica, el nihilismo en el bolsillo, la devaluación de la dignidad, la ruleta de la tragedia, la primacía salvaje del individualismo.

Podrían, pero encenderlos no los dejaría en evidencia ni los haría menos malos.

Esos ya están andando sin que nadie los vea, sin que nadie perciba su escándalo de tornillos sueltos y silbidos. Y lo peor es que nos aplastan, nos vuelven mínimos, indefensos, vulnerables, sin tener siquiera la decencia de recoger el desastre después.

 

Por Zakarías Zafra |@zakariaszafra

A un año de un fraude llamado Constituyente

Por esos días aún existía la esperanza de que un Gobierno totalitario podía irse por la vía electoral: la única que desde hace más de 40 años conocían los venezolanos para expresarse. Quizá por eso el plebiscito organizado por la oposición, semanas antes de que el Gobierno insistiera con realizar las elecciones para la (f) Asamblea Nacional Constituyente, fue considerado como un rotundo éxito: Venezuela, en poco tiempo y pese a la apresurada organización, habló: más de la mitad del país expresó su rechazo al régimen.

Pero el Gobierno siguió adelante y, el 30 de julio de 2017, realizó sus anticonstitucionales comicios. Entonces, el silencio fue un mecanismo de expresión popular: los centros de votación permanecieron casi vacíos. Una gran mayoría de personas no se dejó intimidar por el discurso violento de Nicolás Maduro y de los dirigentes oficialistas, se negó a convalidar una convocatoria realizada de forma ilegal y, por ende, se negó a reconocer todo lo que de ahí surgiera.

Fue entonces cuando el chavismo, decidido a perpetrarse en el poder a toda costa, difundió unos resultados electorales que a todas luces habían sido alterados hasta la exageración. Pocos, muy pocos, creyeron esa farsa. Ni dentro ni fuera del país tal exabrupto encontró un respaldo significativo. En vez de eso, para muchos terminó de quedar claro que la democracia había sido aplastada por el régimen de Nicolás Maduro.

Días antes de los fraudulentos comicios, la frontera colombo-venezolana colapsó. Miles de venezolanos huían ante lo que vislumbraban como un futuro oscuro. Muchos cayeron en el juego y asumieron que un fraude podría legitimar la tiranía. En varios testimonios el miedo se dejó colar en frases como: “Si la Constituyente se lleva adelante, ahora el Gobierno sí podrá hacer lo que le dé la gana”.

La pregunta, ante estas afirmaciones, quizá debía ser: ¿y acaso hasta ese momento no venía haciendo lo que le daba la gana?

Un año después la tónica no ha cambiado, salvo por dos cosas: uno, la crisis ha empeorado (y empeora) notablemente; dos, el Gobierno tiene cada vez menos credibilidad y se muestra cada hora que pasa más acorralado por la comunidad internacional.

Uno de los logros más contundentes del chavismo fue construir una narrativa que todos sus seguidores compraron. Una narrativa plagada de frases que ya todos hemos escuchado hasta el cansancio, de héroes hiperbolizados en la imaginación colectiva y enemigos dibujados con la tinta del cliché. Tanto caló esta historia, que millones de venezolanos creyeron que lo que ocurrió hace un año era un paso más hacia la legitimidad de todos los exabruptos que cometiera el régimen.

Esto no fue así.

Desde el pasado 30 de julio de 2017, un Gobierno escogido de forma democrática realizó una de sus acciones más inconstitucionales, con lo que, al contrario de lo que vendió su discurso, solo se tornó ilegitimo. Y ese carácter se ha venido acentuando con la continua violación a los derechos humanos y los sucesivos fraudes en montajes que de ningún modo pudieran ser llamados elecciones. Así lo entiende buena parte de la comunidad internacional. Y así deberíamos entenderlo quienes adversamos al régimen.

Que quede claro: cada segundo que los dirigentes oficialistas continúan en el poder se convierte en un segundo más de fraude y violación a una Constitución que, dicho sea de paso, se redactó bajo el mandato del ex presidente que dicen idolatrar, Hugo Chávez. De esta manera, los ciudadanos de a pie debemos entender que nada, absolutamente nada, de lo que haga el Gobierno es legítimo o legal. Venezuela es un país en el que casi 30 millones de personas permanecen secuestradas por unos dictadores que solo saben agredir y delinquir. Y quienes delinquen, ya se sabe, carecen de credibilidad.

Es que, además, si hace un año el régimen aún podía presumir ante el mundo de haber sido electo en un proceso reconocido, después del fraude que sucedió en mayo de 2018 ya ni siquiera eso tiene a su favor: buena parte del planeta desconoce a Maduro como presidente.

Todas las declaraciones, acciones y decretos deben ser vistos con el recelo con el que se evalúan las promesas de los ladrones. Para oponerse realmente a la tiranía que hoy tiene secuestrada al país, es necesario entender que vivimos en una nación en la que ni siquiera hay un presidente electo. Sino, por el contrario, un ex presidente que se decidió a no soltar el cargo y se empeña en mantenerlo secuestrado a toda costa.

Venezuela es un país sometido, en el que no hay quien gobierne.

 

Por Mark Rhodes

 

Un símbolo del chavismo que agoniza

El discurso gubernamental se resquebraja, la crisis no distingue simpatías políticas ni un sueldo aumenta por conservar lealtades. La Red de Abastos Bicentenario, creación insigne del único inmortal que se murió, se mantiene en cierre técnico y con protestas espontáneas de los trabajadores desde hace 22 días. En 2010, el Gobierno anunció, a través de Gaceta Oficial, “la adquisición forzosa”; es decir, expropiar –lo que en clave María Corina significa robar– los “bienes inmuebles” de la cadena de tiendas Cada y Éxito, por –según el oficialismo– la disconformidad y explotación de los trabajadores. La situación actual entre empleadores y empleados no sólo es confusa, sino que la hiperinflación golpea a todos. El sinfín de beneficios que percibían (mejoras salariales, cesta navideña, planes vacacionales para hijos, entre otros) cayeron como una piedra lanzada desde una terraza: la papa caliente de mentiras rojas durante 20 años le explotó a Nicolás Maduro en las manos. Tanto en la Plaza Bolívar de Caracas, como en la sede del Abasto Bicentenario en Plaza Venezuela, las consignas son las mismas: “Queremos trabajar”, “No a los despidos masivos”.  La caída de la red es tal que hasta Maduro la tuvo que admitir en 2016: “Abasto Bicentenario se pudrió”. La corrupción y negligencia reinan en la red: “Se han hecho inversiones y han sido para robar”, comentó a VIVOplay un trabajador. “Las condiciones en la que estamos trabajando son infrahumanas. La empresa siempre nos ha tratado mal: nos han quitado nuestras reivindicaciones laborales, han hecho despidos masivos”. Sólo en la capital, han cerrado siete tiendas. El discurso proselitista pro Gobierno se queda sin argumentos y aquellos simpatizantes que lo sostienen marcan diferencias entre su apoyo al inmortal que se murió y el apoyo a su hijo. “En 2010 cuando el presidente [Chávez] compró la red siempre protegió a los trabajadores. Ahora están haciendo contrarrevolución”. Pero la actualidad también es parte del legado.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

Erik del Búfalo: “El chavismo es crimen organizado en el poder” (I)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Foto por: @traficovisual

Son quienes lo adversan los que han aumentado su leyenda. A sus tweets le han atribuido, incluso, derrotas electorales, cosa que a él le produce risa. Jura que nunca ha querido ser un influenciador de la opinión pública (le ha llegado sin buscarlo), sino que lo suyo siempre ha sido procurar atizar y despertar la conciencia de quien lo lee. En esa labor, en ese continuo gritar que los reyes están desnudos, ha ido quedándose solo. Aun perteneciendo a esa rara especie de los que se salen del lugar común para decir algo interesante (o por lo menos distinto), son pocos los medios que lo llaman. No le preocupa ni le importa demasiado: filósofo a fin de cuentas, no es al ostracismo, sino al desprecio, a lo que teme. Y mientras continúe diciendo lo que su conciencia le dicte, mientras no mienta y engañe, se sabe libre de esa condena. Por ello no ceja en su labor, aun a riesgo de aumentar aún más la lista de gente que no lo soporta y adversa, que a estas alturas resulta imposible saber si la encabezan los miembros de la dictadura o los de la oposición, que para él, nadie lo dude, son prácticamente lo mismo: beneficiarios todos de un sistema que gira en torno a la renta y a un montón de negocios ilícitos (y algunos criminales), cuya gesta viene de mucho antes. Eso es apenas un abreboca de las varias y muy interesantes cosas sobre las que hablamos en @RevistaOJO con el filósofo Erik del Búfalo, en una larga, sustanciosa y reveladora conversación sin censura, cuya primera parte puedes leer aquí:

-Erik, si, por poner un caso, alguien que cayó en coma durante las marchas, cuando la calle estaba en su efervescencia, se despierta hoy y te pide que le expliques qué pasó, ¿qué le dirías?

-Caramba. Esa es exactamente una pregunta que yo me hago. Y es muy difícil, porque mi estado de perplejidad es muy grande. Yo todavía estoy tratando de metabolizar qué es lo que está pasando. Lo que es obvio, a nivel político, es que hubo un acuerdo a espaldas del país, y que hay un…la palabra que me viene es contubernio: un contubernio de las fuerzas políticas para mantener la gobernabilidad de sistema.

-¿…y en ese ‘contubernio’ se traicionó a la gente?

-Peor: se usó a la gente para tener capital político para la propia agenda de cierta clase opositora, y negociar con base en ello. Lo cual es mucho peor, es mucho más terrible, es algo infame.

-¿Serviría eso para explicar por qué, entonces, tras unas jornadas de protestas tan duras la dictadura no cayó?

-No cayó porque nunca estuvo destinada a caer. Porque aquellas fuerzas aparentes que estaban movilizando el cambio lo hacían era para tener recurso político, pero no para usar eso como instrumento del cambio.

-Para caracterizar lo que vivimos se han dado diferentes definiciones. Arturo Pereza llegó a hablar de ‘tiranía del pranato’, tú alguna vez de ‘socialismo de anti-sociales’, ¿qué es esto que estamos viviendo?

-Es crimen organizado en el poder. Es un sistema socialista en el sentido más vulgar, pero que no se basa en la producción, en los medios de producción, sino en la repartición de la renta petrolera y en la rapiña de todo recurso natural, como el Arco Minero; y que también se basa en el empobrecimiento absoluto del trabajo. En términos marxistas sería de acumulación originaria del capital para ellos, a partir de la destrucción del trabajo y de la exacerbación del clientelismo a partir de la renta. Pero además se añaden estos negocios criminales que tienen que ver con el narcotráfico, con el contrabando, y con la mafia cambiaria, que es un negocio muy fácil: en los veinte minutos que haces una llamada te dan dólares a 10 BsF, y esos los puedes vender a 60 mil [NDLR: una semana después el dólar llegó a 80 mil]. Entonces, ¿cuánto hiciste en 30 min con riesgo nulo? Porque incluso el narcotráfico tiene riesgos. Pero con la mafia  cambiaria el riesgo es mínimo, lo puedes hacer por WhatsApp, y la tasa de retorno es brutal. No hay un negocio parecido en el mundo. ¿Pero cuál es el costo de eso? Es la destrucción de la sociedad. Es la devastación de la fuerza de trabajo, de la salud de la gente.

-¿Qué es el sistema?

-Es un sistema de rapiña bien particular, que favorece élites entorno al control cambiario, los contratos con el Estado, el situado constitucional y tal vez negocios más oscuros. No estoy acusando a nadie, pero hay que recordar que el narcotráfico es un negocio que permea muy fácil en todos los sectores de la sociedad: es el negocio que más fácilmente permea porque su capacidad de apalancamiento es muy grande. Y la extorsión también, de la cual hay muchas formas. Yo creo que parte de la clase política está extorsionada y la otra es cómplice manifiesta por las acciones que toma. Uno puede pensar que ciertos presos políticos que están en prisión en sus domicilios están extorsionados, pero hay otros políticos que están a sus anchas, libres y todo lo que hacen es para mantener la gobernabilidad.

Ahora, el hablar de sistema sugiere que no es algo coyuntural, sino estructural, y si es así eso toma tiempo, ¿desde cuándo impera este sistema?

-El sistema viene gestándose desde antes del chavismo. Lo que pasa es que con el chavismo transmutó en una cosa peor. Pero viene gestándose desde la caída de CAP II. Yo creo que la situación actual comienza en ese momento: allí empieza una reacción muy virulenta de las élites. No del pueblo: de las élites. La reacción popular se había dado en el 89, al principio, pero después estaban asumiendo la agenda. Sin embargo, las élites comienzan a reaccionar, en el 90-91, cuando se ven amenazadas por la apertura económica. Entonces, esas élites, que son económicas y financieras esencialmente, que estaban acostumbradas a parasitar en torno al Estado, empiezan a conspirar contra Carlos Andrés Pérez. Cae CAP, hay una necesidad política, y surge una cosa que la gente no suele tomar en cuenta, pero que era muy pre-chavista: el chiripero. Y allí comienzan a gestarse todas las bases por las cuales la gente votó por Chávez, porque allí están todas las promesas que volvían otra vez a un socialismo exacerbado.

Si como Zavalita, al inicio de ‘Conversación en La Catedral’, nos pusiéramos a buscar ese momento en el que se ‘jode’ el país. ¿Sería la salida de CAP II?

-Sí. Pero no tanto por la figura particular de CAP, sino por las reformas, que yo pienso que eran las que había que hacer, y que, dicho sea, él las hace muy mal: con engaño electoral. Entonces, aunque poner un origen en la historia es una cosa muy complicada, creo que el momento puntual en el que hay una línea más o menos clara, un vector, es allí en el 92: se paran las reformas, se restituye el Estado rentista al máximo, incluso más populista de lo que era antes, y eso va llevando a la lógica que desemboca en Chávez.

-Y allí está también el muy controversial papel jugado por Caldera…

-Pero hay que distinguir dos cosas: a CAP lo tumba su propio partido. Escobar Salón, Ramos Allup, todos ellos, que le quitan el apoyo político y lo mandan a la piqueta. Entonces Caldera, que un político de la vieja guardia, de los de antes, que no era, digamos, Freddy Guevara, vio su oportunidad, lo cual no era ilegítimo. El problema es que para llegar al poder se tiene que montar en un discurso que no le pertenecía, mucho más populista que el que había tenido. Caldera representaba la centro derecha en Venezuela, simbólicamente, porque en verdad nunca funcionó así. Pero se monta en ese discurso populista, que sienta las bases de que eso está bien. Y es, además, un gobierno que se llena de muchos oportunistas. Y luego, todo ese oportunismo venezolano ve el chance de Chávez, y militares, empresarios y dueños de medios, gente muy poderosa, lo consienten, le prestan aviones, le financian la campaña. Eso hay que tenerlo en cuenta: Chávez no fue tampoco un ‘outsider’ que llegó solito de la nada.

-¿Tú votaste por Chávez?

-No. Yo voté por Claudio Fermín, lo cual no me llena de ningún orgullo jajaja.

-Entones a ti Chávez nunca te sedujo…

No. Todos mis amigos en la universidad eran chavistas. Parte de mi familia y mi familia política. Pero yo no. De hecho yo escribía en ‘Economía Hoy’, y era muy duro con Chávez.

-…aun cuando todo el país se le rendía.

-Es que el Chávez del principio, aunque era un tipo muy ignorante, tenía mucho carisma. Mi esposa tiene una imagen muy buena, porque dice que Chávez tenía todas las voces de Venezuela: hablaba como un evangélico, como un narrador de deporte, como un beisbolero, como un militar. Tenía todas esas voces arquetipales venezolanas. Era como un pastor. Yo creo que él nunca supo muy bien donde estaba metido.

-¿Cómo así?

-Chávez siempre fue un monigote llevado por intereses que él no dominaba. Él no era ningún Comandante Supremo ni ningún líder. Hay un artículo que yo escribí en Aporrea en el que decía que era un globo: un monigote inflable llevado por una masa criminal.

-¿Y eso no es exculparlo?

-No, no: él es culpable. De eso no hay duda. Pero, digamos: en el chavismo, el menos culpable es Chávez. ¿En qué sentido? En que todos los jala-mecates de Chávez, los oportunistas, las élites que lo apoyaron, toda la mediocridad del país, lo sostuvo. Él era un pobre loquito inflado a nivel de César, con todo lo peor del país alrededor, que le jaló mecate sin parar y hasta lo llamó Comandante Supremo siendo un pobre diablo. Y al final de su gobierno se ve: él es llevado por ese sistema, muy armado por los cubanos, muy de Fidel, y de hecho cuando Chávez muere ponen  a Maduro, y la gente subestima a Maduro, pero Maduro en su visión del mundo, que es nefasta, ha sido más eficaz que Chávez en transformar al país.

-Para el mal…

-Para el mal para nosotros, pero exitosamente para ellos.

-¿Entonces, esto era algo premeditado?

-Mira, al chavismo se le puede ver y entender de dos maneras: La primera, como algo que se coleó en la historia: ese señor charlatán, con mucho carisma, coleado en la historia, que hace un gran desastre. La segunda: como algo que se instaló y se escapó de las manos. Yo pienso que es la segunda hipótesis: porque si Chávez hubiera durado 6 meses, un año, cinco, hubiese sido eso: un señor que se coleó en la historia. Además que la lógica, tras la muerte de Chávez, de mantener a Maduro, por las fuerzas decadentes de la IV, me refiero a AD y a otros partidos, demuestran que hay una continuidad. Además, son los mismos protagonistas que tumbaron a CAP, que conspiraron contra él. Eso demuestras que hay una continuidad de actores, de política y de orientación de lo que debe ser la vida pública en Venezuela, que hace pensar que no es que Chávez se coleó, sino que fue llevado allí, se escapó de las manos, y después, cuando muere, se trata de mantener la herencia, lo que entre comillas se llama ‘el legado’, que es este sistema muy mafioso, muy criminal, que estamos padeciendo los venezolanos.

-¿Los pueblos tienen destinos manifiesto? ¿Estamos destinados a ser este gran fracaso?

-Guao. Es muy duro como lo pones tú. A ver. Vamos a matizar un poco. Venezuela no ha sido un gran fracaso. Venezuela ha sido un campo de batalla, siempre, entre fuerzas distintas. En Venezuela se han dado cosas maravillosas, que no se han dado en Latinoamérica, y se dieron aquí primero. Y se han dado cosas terribles, que también se han dado aquí primero. Tuvimos a Boves, pero también a Francisco de Miranda, a Bolívar, a Bello. Es también la tierra de Zamora y de esa gente, claro. Pero es la tierra que logra modernizar un país en poco tiempo, mientras el resto de la comunidad andina estaba muy atrasada; es un país que inventó la vacuna contra la Lepra, es un país de gente muy buena y muy maravillosa. Venezuela es un país que siempre ha sido progresista, en el sentido que llamaríamos hoy: siempre dejó que las clases bajas accedieran de algún modo a la riqueza y al poder. En Colombia, por ejemplo, nunca fue así. La oligarquía bogotana, que es casi feudal y terrateniente, nunca permitió esa movilidad que nosotros tuvimos: cada vez que había movimiento democrático, mataron. Siempre taponaron. Y de hecho, los venezolanos nunca le perdonaron eso a Bolívar: que quisiera entregar el país a la oligarquía cachaca, que era muy reaccionaria y feudal, y con razón. Y no porque el proyecto de la Gran Colombia fuera malo (era muy bueno), sino porque justamente, para hacerlo, tenía que darle poder a Santander, etc, que no veían las cosas como Bolívar, y veían a Venezuela con gran desprecio. Pero Venezuela es un país visionario, de relaciones muy horizontales. En Latinoamérica es muy raro eso. Eso nada más se puede ver en países como Argentina y unos pocos más. Venezuela fue muy moderna en eso. Pero al lado de eso, tenías…¿cómo lo simbolizamos en una imagen que se entienda? Tenías un campo petrolero, que tiene todos los servicios adentro, una cerca y un montón de gente mendigando trabajo en el campo petrolero. Esa es la forma para mí estructural del chavismo: tienes una modernidad cercada y un poco de masa que no saben cómo acceder a esa modernidad. Las élites se empantuflan, se acomodan con la renta, cortan el flujo del proyecto modernizador, que no aparece nada más con la generación del 28, esa es la segunda parte, siendo la primera Guzmán Blanco, que la gente lo desprecia y tal…

-…porque quería convertir Caracas en Paris…

-…no. Él no quiere convertir esto en un pequeño París. Ese es el discurso resentido. Fíjate que hay siempre como dos historias en Venezuela, y una siempre de resentimiento: pelucón, afrancesado,  pitiyanqui. Siempre hay ese bajo continuo, esa voz dolorida de gente que no supo nunca cómo llegar a la modernidad, y de élites que no fueron lo suficientemente inteligente para maximizar eso.

-Pero a ver: tuvimos la guerra de independencia más sangrienta de Latinoamérica. Bolívar muere exiliado y pobre, Miranda desembarca y no consigue a nadie, muere preso en una cárcel…

-…Miranda era hijo de comerciantes, de una panadera. Un tipo que estuvo en Rusia, en la corte Rusa, que está en el Arco del Triunfo. Era un hombre que además tenía una visión de lo que iba a ser la modernidad. El mundo pensaba en reyes, y él en repúblicas, incluso globalizadas. Un visionario. ¿Qué hijo de la panadera en Perú, por ejemplo, que es muy vertical, iba a poder hacer algo así? Eso te dice a ti que en Venezuela, incluso el hijo de la panadera podía tener esas posibilidades. Aquí hay una visión más horizontal de la realidad, más moderna, y eso es milagroso. Más allá de los errores de la existencia humana.

-¿Pero de qué le sirve al país esa horizontalidad y producir gente extraordinaria si al final el país le da la espalda y no pueden llevar a cabo sus planes…?

-Ya va. Lo que pasa es que este es un momento muy oscuro de Venezuela, y los seres humanos tendemos a proyectar en la historia el presente: si el presente es muy bueno, tendemos a pensar que todo ha sido maravilloso; si el presente es muy malo, tendemos a pensar que todo ha sido una porquería siempre. Y no es así: esto es un momento. Entonces no exageremos las cosas. Esto es un momento demasiado grave, demasiado triste, demasiado innecesario, que a la vez conecta con lo peor del país. Los países todos tienen una parte mejor y una parte peor. El problema es que la parte mejor tiene que prevalecer, porque, si no, todos la pasan mal. En Venezuela, y eso también es un defecto nuestro, somos muy tolerantes con lo que no tenemos que ser tolerantes. Aquí se alcahuetearon muchas cosas que no se debían alcahuetear, se fue muy laxo con la moral pública, con la corrupción, los guisos, la matraca y el chanchullo…yo pienso que a esto todavía le falta, pero que eventualmente Venezuela va a salir de esta pesadilla y volverá también a su situación luminosa, porque las ha tenido. Esto es más oscuro que Gómez, ¿eh? Gómez era, cuando yo estudiaba en el colegio, lo más oscuro que había pasado en Venezuela en la modernidad, después de la Guerra Federal. Y sin embargo, uno estudia a Gómez y sí, un campesino campechano y un poco brutazo, pero modernizador. Esto ni siquiera: es una destrucción, una devastación como nunca hemos visto. Es pre-gomecista.

-¿De los presidentes de la democracia cuál fue el mejor?

-El más importante fue Betancourt. No sé si el mejor, pero el fundamental es Betancourt. Fue el más claro de su generación.

-¿Era el pacto de Punto Fijo tan vituperable como el chavismo lo ha hecho ver?

-No. Punto Fijo fue lo más moderno que tuvimos en Venezuela. Fue el momento más lúcido durante el siglo XX. Lo que pasa es que la gente siempre le atribuye a la política la derrota. Lo que pasa es que el sistema fue secuestrado por la sustitución de importaciones. Se volvió una especie de paternalismo, de relación simbiótica con el Estado muy grave.

-¿Fue un error excluir al PCV de Punto Fijo?

-Lo que pasa es que en el momento estábamos en plena guerra fría. Si no se le hubiera excluido el PCV no hubiésemos, a lo mejor, tenido el apoyo de Estados Unidos. Estábamos en pleno macartismo y hubiera sido muy difícil que EEUU hubiera apoyado el golpe contra Pérez Jiménez si después se hubiese metido al PCV. Quizás hubieran apoyado después un golpe de militares perezjimenistas. Entonces tácticamente tuvo sentido.

-Erik, tú has sido más crítico con la intelectualidad venezolana…

-¿Te parece?

-…y quisiera preguntarte: ¿por qué?

-Es que en Venezuela los intelectuales son como un círculo de amigos, lo cual es un fiasco. El amiguismo intelectual es peor que el político, porque te estupidiza. Tienes 4 o 5 amigos que te aplauden todo, haces libros y los presentas ante esos 4 o 5 amigos que te aplauden, y eso te vuelve idiota. Tiene que ver, también, con esta idea de Ateneo, que es una casita en la que todos compartimos, luego se vuelve CONAC, viene el subsidio. Entonces el intelectual venezolano, que es el intelectual del subsidio, está destinado, está preso, por esa misma mentalidad de subsidio y clientelar. Y terminas viendo intelectuales que son operadores políticos, y eso es nefasto. Yo tengo mis preferencias políticas, pero no hablo desde allí. Si yo hablara desde allí perdería mucho prestigio, porque estaría ejerciendo otra función.

-¿Y esto ha sido así siempre?

-Ha pasado desde hace mucho tiempo. Además que en los 60 pasaba que si no eras de izquierda entonces eras un bicho raro, un fascista, un reaccionario. Luego había intelectuales adecos, intelectuales de partido, y eso era nefasto.

-¿A qué intelectual venezolano rescatarías del olvido?

-A Mariano Picón Salas.

-¿Y de los actuales?

-Yo con Colette Capriles estoy muy distanciado en el momento actual, pero ha escrito una obra importante. ‘La revolución como espectáculo’ es un libro que hay que leer. A Gisela Kozac la rescataría. Rescataría a Aura Palermo. A Ana Teresa Torres, que tiene una obra importante. Todos han hecho cosas interesantes. A Carlos Rangel hay que rescatarlo también, porque además vivió una época horrible en la que era él solo en un desierto, un liberal en medio del colectivismo exacerbado de su época. Y lo bueno de él es que muestra muy bien las resistencias más profundas que existen en el momento histórico, de por qué Venezuela es un país muy miedoso al liberalismo.

[PARTE II: AQUÍ]

Imágenes acosadoras

Por: Diego Alejandro Torres Pantin | @sr_mowgli

Estoy seguro de que no soy el único venezolano harto de sentir el bombardeo de las imágenes “oficiales”. Esas que  muestran a un país perfecto, alegre, danzarín, donde todos son amigos desde la infancia, las familias (en ninguna de las cuáles hay catires) son sólidas y, por supuesto, disfrutan de la vida socialista. Esas que abundan en las redes sociales, en la calle, en la TV, en la radio, en los museos ¡en toda Venezuela!

Es una realidad evidente: la propaganda política nos ha invadido por completo. La firma de Chávez, su mirada, su rostro, toda su imagen, se ha convertido en ícono, y es imposible escapar de ella. No faltan tampoco las imágenes que muestran a esa Venezuela utópica, heroica y socialista que, como todos sabemos, nada tiene que ver con la realidad. Con las segundas siempre me hago la misma pregunta: ¿ellos piensan que nosotros somos estúpidos?

La pregunta no es retórica, y el adjetivo no es de adorno: realmente tengo esa duda. La correspondencia entre la realidad y  la propaganda oficialista es similar a la que hay entre una pulga y un elefante. Entonces ¿por qué lo hacen, qué resultado esperan obtener? Pareciera que es un despliegue técnico dedicado al cinismo, ante el que cabe preguntar si no es, más bien, una burla: un chiste gracioso para ellos y cruel para nosotros.

Hacen parecer que aquel ser que nos dejó como herencia un paraíso para delincuentes fuera una especie de deidad. Están aquí, están allá, están más allá, están al lado, están en todas partes. Como un Gran Hermano. Un par de ojos que todo lo ven. Seguro que no soy el único al que le resulta asqueroso.

La estética totalitaria: En la masividad y en la singularidad

Esta tragedia es una parodia, y sus imágenes también. El totalitarismo pretende abarcar cada ámbito social, estar en todas las áreas de la vida humana para controlar al individuo mediante la ideología y el miedo. La filósofa italiana Simona Forti lo define como la “Situación política en la que un único partido ha conquistado el monopolio del poder del Estado y ha sometido a toda la sociedad, recurriendo a un uso total y terrorista de la violencia y otorgando un papel central a la ideología”.

Entendido ese “pequeño detalle” se puede comprender el objetivo del régimen: crear una cultura con base en lo emocional en lugar de lo racional. Necesita que el ciudadano esté enamorado de la revolución (o reprimido por ella); tanto, que no le importe la escasez, la inseguridad, la inflación. Y si la alienación no es posible, al menos fingirla. En ese proceso la imagen es fundamental.

En el siglo XX los gobiernos totalitarios –la U.R.S.S, la Alemania Nazi, la Italia Fascista, la China Maoísta, etc- emprendieron enormes campañas mediáticas con el mismo objetivo. Produjeron imágenes propagandísticas en masa aludiendo a la emocionalidad de sus poblaciones, las cuales mostraban una visión idílica de sus  respectivos procesos políticos. De ahí nació lo que se conoce como kitsch.

En la introducción del libro Arte y propaganda en el siglo XX, de Toby Clark, se comenta que el crítico Clement Greenberg denunció lo que se conoce como el kitsch, elemento presente “tanto en la cultura de masas americana como en el populista arte oficial de la Alemania nazi y la Unión Soviética “. En general, ese es un término que se refiere a las imágenes producidas en masa, de carácter meramente emocional, clichés, y cuya presencia excesiva las vuelve desagradables. Llegan a ser feas, y no feas como las pinturas de Caravaggio, sino repulsivas.

Venezuela’s President and presidential candidate Hugo Chavez speaks in the rain during his closing campaign rally in Caracas October 4, 2012. REUTERS/Jorge Silva (VENEZUELA – Tags: POLITICS ELECTIONS)

Veamos un ejemplo del kitsch oficial. La famosa fotografía de Chávez hecha por el mexicano Jorge Silva en el cierre de campaña del 2012 es un trabajo muy bien logrado, que, según su autor, le tomó 10 años: la lluvia es un elemento melodramático; la paleta de colores es medio gris, lo cual acentúa las emociones de tristeza; y el gesto con la cabeza hacia arriba con la luz cenital le da un tono épico; además, sostiene un rosario: es casi sacramental. No en vano se usó en muchísimos ejemplos de la propaganda. Si mal no recuerdo, en el portal web de la OPSU estaba con la siguiente frase: “Nos empapamos de una lluvia de amor y de patria que no escarpó jamás”. Es difícil soportar un contenido tan cursi, por eso es que se mantiene en mi memoria.

Al recordar las elecciones parlamentarias del 2015 suele venir a la mente una cuña televisiva en la que unos motorizados decían estar del lado del pueblo, y que iban a ganar la Asamblea como sea; es decir, de cualquier forma que considerasen necesaria. Si tomamos en cuenta que aquí se les asocia con los delincuentes ¿qué creen que buscaban expresar? ¿Cuál era el límite de ese “como sea”? La intimidación subyace en su discurso kitsch, aunque ellos no lo quieran admitir.

Graffitis con frases antiimperialistas, cuñas televisivas llenas de “sabor socialista”  o “informes” radiales, todos hartan nuestra existencia. Si las comparamos con sus antecesoras, es fácil notar sus similitudes. No puedo  dar ejemplos y ejemplos, esa labor tomaría años. Pero puedo decir que lo heroico, lo nacionalista, lo exagerado y lo intimidante siempre están presentes de forma kitsch. Solo que aquí le han dado un toque más tropical, un tanto más adaptado a la sociedad venezolana.

Vivimos una tragedia dickdiana. Es como si hubiera una doble Venezuela. La material, donde la vida ha adquirido tintes infernales, y otra distinta, una pseudo realidad, como lo diría Philiph K Dick, autor de ciencia ficción cuyos libros han inspirados filmes como Blade Runner, Minority Repport o Total Recall. Toda su obra está marcada por el mismo conflicto: las dudas sobre la realidad misma. Seres que no saben si son robots o humanos, recuerdos implantados o simulaciones virtuales: tenía pánico de no existir, o peor, tomar por real un mundo artificial. En su ensayo Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días, comenta que en la modernidad los grupos de poder -partidos políticos, estados, instituciones religiosas, etc- crean mundos ficticios que envuelven a los individuos, cuyo efecto es devastador para la sociedad.

La herramienta básica para la manipulación de la realidad son las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente (…) Pero otro modo de controlar las mentes de las personas es controlar sus percepciones (…) La comprensión sigue a la percepción. ¿Cómo consigues que vean la realidad como tú la ves? (…). Las imágenes son un componente básico: escenas (…) Las palabras y las imágenes están sincronizadas. (…) Ver la televisión es una forma de aprender mientras se duerme (…) El grueso de la información elude nuestra atención.

¿Será que acaso ellos pretenden que nosotros percibamos la realidad utópica que presentan en sus propagandas? Quizás. Puede que busquen el sentimiento romántico en algunos casos, y, en otros, puede que se estén burlando del ciudadano común. Sea como sea, lo cierto es que hay otra frase de Dick que resulta apropiada para esta ocasión: “La realidad es lo que no se esfuma cuando dejas de creer en ello”.

No importa cuántas veces esas imágenes contradigan la vida cotidiana, la realidad está allí. Suponiendo que lograsen la alucinación colectiva (probablemente, mediante un uso masivo de alucinógenos en  toda la población), los problemas no se irán por eso. El show mediático es solo una máscara que  exalta su imaginario porque no pueden admitir el desastre: unas veces se burla de nosotros, otras inculca falacias, y otras  intimida. El kitsch no tiene ningún efecto que contrarreste la pesadilla que estamos viviendo. Seguirá creando ilusiones, adoctrinando a pocos y asqueando a muchos, y, quizás, acobardando a unos cuantos, pero lo cierto es que una imagen no tiene influencia en el mundo real. No nos dejemos engañar por su acoso.

 

Eduardo Roque: Condenado por Diosdado Cabello

“¿Tiene que haber justicia, verdad? Tiene que haber justicia para que haya paz en este país”, dijo Diosdado Cabello el 2 de agosto de 2017 luego de mostrar, desde el trono de Con el Mazo Dando, un video en el que acusaba a un dirigente estudiantil de Voluntad Popular de ser el líder de un ‘grupo terrorista’ en Cumaná. Un día antes, en horas de la tarde, la noticia se había esparcido por las redes sociales: otro miembro de VP había sido apresado por el Sebin. El ‘modus operandi’ de la captura era el mismo que un par de semanas atrás habían utilizado en el caso Carlos Graffe. Esta vez era el turno de Eduardo Roque, interceptado por una camioneta tras salir de una farmacia. A Roque, abogado y estudiante de Comunicación Social, dos días después del programa de Cabello le imputarían los cargos de sustracción de elementos de la Fuerza Armada y traición a la patria. Para el joven dirigente de VP, el proceso fue una pequeña gira por el oriente de Venezuela: fue detenido en Sucre, 72 horas después tuvo su audiencia de presentación en Anzoátegui y, tras conocer la medida de privativa de libertad en un Tribunal Militar de Barcelona, lo enviaron a la cárcel La Pica, en el estado Monagas. Luego de conocer la decisión del juez, Voluntad Popular emitió un comunicado para rechazar la detención y responsabilizar al número dos del PSUV por dar la orden. Ironías del chavismo, minutos antes de mostrar el video que inculpaba a Roque por presuntamente tener armas de fabricación militar y un maletín con artefactos explosivos improvisados, Diosdado Cabello había echado el cuento, entre risa y risa, de cómo su esposa le pasaba material para construir C4 mientras él estaba en prisión junto a Vielma Mora.

Mariano de Alba

-¿Por qué no cayó la dictadura?

-Porque no se concretó un quiebre trascendental de la alianza de gobierno. A pesar de la grave situación económica, del abandono absoluto de las formas democráticas por diversos poderes del Estado y de la violenta represión y asesinatos a manifestantes pacíficos, los venezolanos que hacen vida dentro del gobierno –desde los miembros de las Fuerzas Armadas hasta los funcionarios públicos– no produjeron un quiebre lo suficientemente sustancial para que la cúpula que controla el país se quedara sin apoyo y se viera forzado a negociar su salida. Asimismo, la intensidad y regularidad de las protestas fueron inéditas, pero a la dirigencia opositora le faltó concretar un movimiento permanente que incluyera a todos los sectores de la sociedad y lograra que el descontento se manifestara abrumadoramente. En sus comunicaciones con las Fuerzas Armadas y las personas relacionadas con el chavismo, la dirigencia opositora no logró articular acuerdos concretos que dieran paso al quiebre trascendental del cual hablábamos antes. Venezuela es actualmente un país controlado por una cúpula civil y militar que ha demostrado ser capaz de cualquier cosa para mantener el poder, además de estar incursos en actividades criminales. Se pensó que la manera de quebrar esa realidad era subiendo la presión con protestas en las calles y atención internacional, pero al final se demostró que además de esa cúpula hay un buen número de venezolanos que por ideología o necesidad económica no está dispuesta a romper con el statu quo, aunque la situación del país sea catastrófica. En principio, la solución a este grave problema sigue siendo tratar de construir puentes con ese grupo para acordar una visión y camino de país distinto, en el que quienes sostienen al régimen también estén incluidos y se manifiesten de forma concluyente. De lo contrario, los escenarios que quedan son la escalada del conflicto a un enfrentamiento armado –con una eventual intervención internacional– o la consolidación definitiva de un régimen que ya destruyó a Venezuela.

*Mariano De Alba es abogado y especialista en Derecho Internacional y Relaciones Internacionales.

El chavismo 13 años después

Dice el comediante Ricardo del Búfalo que Venezuela tiene cuatro estaciones: campaña, elecciones, depresión y protesta. Visto lo visto, tras dos décadas de Revolución Bolivariana, resulta imposible llevarle la contraria. La era chavista, desde este lado de la acera, no ha sido otra cosa que campaña, elecciones, depresión y protesta. Hemos vivido el período de los jingles pegajosos, la veintena de comicios, la melancolía omnipresente y las marchas interminables. El país es un círculo vicioso, un cuento que no deja de morderse la cola para volver a empezar. Una y otra vez. Duele decirlo, pero ‘La Salida’ comenzó en 2002 y hasta ahora no ha tenido éxito, aunque sí matices. Hoy se cumplen 13 años del día favorito del gobierno: 15 de agosto de 2004. Fue en esa fecha, luego de vencer en el referéndum revocatorio, cuando más se sintieron indestructibles. Con la victoria del máximo líder, ponían fin a unas protestas que iniciaron en 2001, tuvieron su clímax en el trágico 11 de abril del año siguiente, pasaron por el paro petrolero, siguieron durante todo el 2003 y, ante el fracaso de diálogos estériles, terminaron, cómo no, con campaña, elecciones y depresión. Una depresión que duró tanto que por un tiempo no hubo ni protesta, sólo resignación: la oposición se saltó las estaciones del año siguiente (2005) y volvió a vivirlas con el insípido Manuel Rosales. Otra vez: campaña, elecciones y depresión. Con RCTV vendría la protesta y, por primera vez, una falla en la Matrix. La oposición conocería la quinta estación: euforia (2007). La misma que sentiría ocho años después (Parlamentarias), pero que inevitablemente desembocaría en los períodos ya conocidos. En 2017, más que nunca, Venezuela se ha encontrado con su primavera-verano-otoño-invierno particular. Ante tanta protesta, el chavismo aplicó su fórmula favorita. Aunque, a diferencia de 2004, esta vez no tenía los votos suficientes para ganar. Ni siquiera el apoyo necesario para meter la coba. Por ello, inventaron una elección extrañísima y unos números inverosímiles. Si en 2004 les creyó hasta Bush y la OEA, ahora Smartmatic los ha dejado mal frente al mundo. No obstante, la oposición sigue escuchando el Vivaldi más ácido. Las cuatro estaciones siguen su curso y el país está a la espera de que por fin, de una buena vez por todas, mejore el tiempo y cambie la melodía.

La tragedia de estar unidos

Venezuela pasó del Pacto de Punto Fijo al conflicto ‘escuálido’-chavista.  De votar por un oligopolio político a sufragar a favor o en contra de un proceso: la Revolución Bolivariana. Del blanco y verde adecocopeyano al azul y rojo ‘pitiyanqui’-antimperialista. El país tiene años, décadas, sin poder elegir. Hugo Chávez rompió con el binomio de la IV para instalar la recalcitrante polarización de la V. O estabas con él o eras un traidor vendepatria. Los grises desaparecieron y la gama de colores se mantuvo estrecha. La oposición se dio cuenta de que, para competir contra aquel fenómeno electoral, debía agruparse. Si picaba la torta estadística, los números no le darían para vencer. Las fuerzas, en cualquier campo de batalla político, debían estar unidas. Por eso, la Coordinadora Democrática emergió en 2002 para dictar el precedente y la Mesa de la Unidad recogió el testigo. Nacieron como organizaciones de composición diversa pero de propósito compartido. El fin les obligaría a acoplar sus medios. Cientos de cerebros, miles de ideas, un único objetivo: cambiar el gobierno. La primera sucumbió ante las discrepancias y la segunda vive su peor crisis. La pluralidad de pensamiento empieza a pasar factura. Todos los partidos coinciden en que Venezuela necesita un cambio, pero no se ponen de acuerdo en cómo llegar a él. De la indecisión ha venido la falta de contundencia y de ella surgió la escasa o nula coherencia. Compuesta por gente de derechas y de izquierdas, por adecos y “lechuguinos”, marxistas y liberales, socialdemócratas y exchavistas, a la MUD le ha costado elegir con qué guion enfrentar al PSUV. Pública fue la riña entre Allup y Guevara y público ha sido el deslinde entre Vente Venezuela y la Unidad. Voluntad Popular, partido que había compartido hasta ahora la línea de María Corina Machado, fue arrastrado por la corriente y decidió no tomar los riesgos de quedar fuera del tablero político que representan unas insólitas regionales. Cabe preguntarse: ¿algún partido opositor tiene la fuerza suficiente para arrastrar todo el descontento? ¿La MUD como organización política, como estructura, ha caducado? ¿Debe replantearse? ¿O es que acaso nunca ha sido viable? ¿Será, quizás, que en política, contrario a lo que pasa con la física, polos opuestos han nacido para repelerse siempre? No lo sabemos. Nuestra certeza es una sola: si de ponernos griegos y clásicos se tratara, esta tragedia no merecía otro nombre que la de estar unidos.