Desde Estados Unidos digo: #VamosBien

Comienza enero y me siento optimista. Tengo dos proyectos literarios en puerta para este año, estoy mejor de salud, mi mamá está aquí y las posibilidades de que pueda quedarse por más tiempo van en aumento. Mi papá está en Venezuela pero se vislumbra la idea de volverlo a ver pronto. Estamos recién mudados y eso nos emociona; las niñas podrán decir “yo crecí en esa casa” cuando sean adultas. Cumplo 40 años el 3 de enero y al otro día hago una fiesta bailable con una play list de YouTube que preparo minuciosamente. El taqui taqui, El pescado, La mayonesa, La cosquillita, La bomba y demás canciones con patrones de baile forman parte de la lista que nos hace disfrutar la noche. Los años 90 se convierten en la época estelar. La pasamos de maravilla. #LleguéAlCuartoPiso.

Aunque las niñas ya han vuelto al colegio –aquí el 2 de enero tienen que volver–, después del 6 de enero quito el arbolito de Navidad y me dispongo a preparar las clases que voy a dar este semestre. Me emociona pensar que este semestre mi carga horaria será menor y tendré un poco más de tiempo para escribir, para terminar esos dos proyectos que ya mencioné.

Avanza el mes. Me despierto todas las mañanas con entusiasmo, pensando en que este año ha arrancado bien. Cada día arreglo un poco más la casa, todavía hay cajas por aquí y por allá. Cada día se ve mejor todo. Pasan el tiempo y llega la segunda quincena de enero. Empiezo a escuchar constantemente el nombre de Juan Guaidó. Todos estos años los constantes nombres incluidos en las noticias, en las llamadas telefónicas, en el WhatsApp, en el Twitter eran Leopoldo, Capriles, Lilian, María Corina, Ledezma, Requesens, y un largo etcétera en el que no figuraba ningún Guaidó: ahora, presidente de la Asamblea Nacional.

Busco información, me siento ignorante, me siento impotente. Me entero del llamado a la calle. El 23 de enero se aproxima, me comienzo a estresar, como me he estresado mil veces con cada marcha, con cada intento de cambiar el rumbo de Venezuela. A la distancia he escuchado ecos de esperanza, he visto etiquetas en las redes sociales que muestran la apuesta por un grupo, por otro y otro; he ido a poner huellas por el Sí, que se vaya. Y vuelve la rutina de mandar comida a mi gente porque no les alcanza el sueldo para comprar lo suficiente. Regresa el sentimiento de culpa cuando me como dos huevos tibios, una rebanada de pan con queso crema y un café con leche porque mi papá no prueba un huevo desde hace dos meses, porque no tiene leche para el café –ni café–, porque la nevera la tiene dañada y no hay repuesto, porque no le llega el agua y yo me baño con una ducha poderosa que me masajea el cuero cabelludo. Vuelve el hastío, las lágrimas, las malas palabras que solo salen de mi boca en momentos de angustia. #QuieroGritar.

El 22 de enero empieza el semestre. Es martes. Todo sale bien pero no dejo de pensar en Juan Guaidó, en mi papá, en mis primos y tíos que quedan en Maracaibo. Amanece el 23. Es miércoles. Solo doy una cátedra los miércoles. Tengo horas para escribir pero no escribo nada. Mejor dicho, escribo mucho pero por el WhatsApp. Y leo mucho pero por el Twitter. Las horas se me van sentada en la silla de mi oficina mirando la pantalla de mi computadora con varias ventanas abiertas.

Leo “¡Se juramentóoooo!” una, dos, cinco, diez veces en todos los chats de mi teléfono. Me frustra tener que desprender los ojos de la pantalla cuando llega la hora de dar mi clase. Una hora y quince minutos sin saber que está pasando en Venezuela. Voy. Vuelvo. Sigo. No me puedo despegar. No vivo en una ciudad con un alto porcentaje de venezolanos. Desde Miami mis primos me envían fotos y me da alegría ver la gente en la calle, siento un poco de envidia, quiero estar allá. Llegan las cinco de la tarde y debo volver a casa. Las niñas me esperan. #MeTengoQueIr.

Antes de salir veo a mi compañero de trabajo, un madrileño, profesor de literatura del Siglo de Oro, y con una sonrisota me dice:

“¡Ya tenemos presidente!”

Dudosa pero con una sonrisa como la de él, le respondo que sí. Ahora hay que ver qué pasa. Me voy. Manejo y no veo olas de gente en la calle, no veo banderas tricolores adornando las avenidas, no oigo cantos de protesta. Salgo de Worcester, la ciudad donde trabajo y donde hasta hace menos de un mes vivía, paso por Paxton, llego a Rutland. Pasan veinte minutos y estoy en mi casa, en un pueblito lleno de granjas, vacas y caballos; un lugar muy tranquilo en el corazón de Massachusetts. Pasan veinte minutos en los que no miro mi celular porque voy al volante. Me estaciono en el garaje y reviso el teléfono. Tengo un email.

I’m watching the news. Give me your insight to what’s going on in Venezuela. Keep Mom here!

La agente de bienes raíces que nos atendió los últimos meses me dice que le cuente, que le dé mi opinión. Sabe que mi mamá está aquí y me dice que no la deje ir. Me sorprende recibir su mensaje. Entablamos una relación cordial y respetuosa pero no esperaba palabras de preocupación de su parte. Sin poder evitarlo se mezclan varias emociones dentro de mí. Esperanza, alegría, angustia, impotencia, esperanza de nuevo.

Los días transcurren. Siguen las noticias. Hay sanciones económicas, apoyo de varios países, rechazo de otros. No me despego del WhatsApp; necesito estar en la calle con los míos, oler la calle, vivirla. No obstante, los chats de las familias, los grupos de los amigos son lo único que tengo. Al menos eso pienso. Siguen pasando las horas y me doy cuenta de que mi calle realmente existe, no es la Chandler Street, no es la May Street ni la Park Avenue. Mi calle es cualquier lugar donde me encuentre. La gente me sigue mandando mensajes y me detiene en los pasillos de la universidad para conversar de Venezuela. La sensación de sorpresa no se disipa.

“Profesora, ¿podemos hablar de lo que está pasando en Venezuela?”

Me interrumpe una estudiante mientras estoy en plena clase de gramática para hablantes de español por herencia. Tengo muchachos dominicanos, puertorriqueños, salvadoreños, hondureños, colombianos y por primera vez una venezolana.

“El presidente de Venezuela es uno y se llama Juan Guaidó”.

La estudiante venezolana le responde a otra que pregunta cómo funciona el país con dos presidentes. Se van veinticinco minutos de clase en una discusión muy activa. Eso me contenta. Salgo de clase y reviso mi teléfono. Tengo un mensaje de texto.

Thinking of your family in Venezuela today. I wish I had the words”.

Una gran amiga me escribe desde Tallahassee, no sabe qué decir y me lo hace saber. Solo puede pensar en mi familia y mandar buenas energías. Los conoció, los abrazó, comió arepas con ellos. No puede dejar de recordar los buenos momentos.

“Mantenme informada si algo grande pasa en Venezuela, sigo las noticias pero no estoy al minuto como tú. Yo también tengo esperanza de que al final del plazo que le dieron los otros países, vuelva la democracia”.

Aparece la nubecita con un mensaje de mi compañera. Su oficina está al otro lado del pasillo pero nos comunicamos mucho por chat en nuestras computadoras. Tenemos nuestro propio código. Ella es oriunda de Carolina del Norte, profesora de literatura del cono sur y experta en dictaduras. Sabe cómo funcionan los regímenes autoritarios, cómo son los procesos de transición y aun así tiene esperanza. Eso me reconforta. #VamosVenezuela.

I was just reading about your home country news – oh my, praying God’s intervention and safety for all!

La mamá de una compañerita del colegio de las niñas me escribe y me dice que está rezando. Es una buena mujer, dulce, trabajadora. Me alegra que me diga eso porque sé que lo dice honestamente. Creo firmemente en la transmisión de la energía positiva.

“Estoy pensando en ti y en todos los venezolanos que conozco”.

Estas palabras me sorprenden mucho. Una escritora española que vive en California y que apenas conozco por las redes sociales desde hace un par de semanas me manda un mensaje privado. Yo le contesto como respondo por texto, por llamada o en persona a todo el que me busca para hablar de Venezuela. Entablamos una conversación. Estamos participando en la protesta, en la marcha; todos lo hacen a través de mí.

De esa forma continúan los días. Mi calle se va llenando, hay una multitud de palabras, de fotos y videos, se convierte en un mar. Entramos en un nuevo mes y vuelve el optimismo. El día 2 de febrero la gente vuelve a la calle, veo las fotos, sigo a la muchedumbre, me transporto por diversas ciudades, converso, comparto, me alegro. Esta vez no me estreso por la marcha, esta vez yo sigo en mi propia calle con ríos de personas a mi alrededor. Puedo sentir el olor de la calle. #VamosBien.

 

Por Naida Saavedra | @naidasaavedra 

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte III

“Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto”, dice Víctor Salmerón –periodista especializado en economía–, quien en el 2015 publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, con personas en pobreza extrema absolutamente desatendidas por los entes oficiales, con personas de la clase media usando las tarjetas de crédito para pagar gastos diarios y con una marcada fuga de talento. En Revista Ojo, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

Los nuevos pobres

Gracias al extenso período de altos precios del petróleo la cantidad de hogares sumergidos en la pobreza disminuyó porque el Gobierno aumentó la nómina en el sector público, abrió las compuertas del gasto, instrumentó subsidios y hubo importaciones baratas que estimularon el consumo junto a los incrementos de salario. Sin embargo, tras dos años durante los cuales el oro negro detuvo el vuelo y la inflación comenzó a erosionar el ingreso, tanto las estadísticas oficiales como el reciente estudio elaborado por tres prestigiosas universidades del país reflejan que los logros se evaporan velozmente[1].

El proyecto Análisis de condiciones de vida de la población venezolana 2014, realizado por la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar, incluyó un estudio que empleó la misma metodología que aplicó la antigua Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI), hoy Instituto Nacional de Estadística (INE), cuando en 1998 elaboró la última encuesta social realizada por el Estado.

El estudio concluye que la proporción de hogares en pobreza, de acuerdo al ingreso que reciben, es mayor que la que existía un año antes de que Hugo Chávez tomara el poder: en 1998 la encuesta social arrojó que 45 % de los hogares del país eran pobres y el estudio llevado a cabo por la academia determina que al cierre de 2014 la cifra se ubica en 48,4 %.

Para medir la cantidad de hogares en penuria, de acuerdo al ingreso, el Instituto Nacional de Estadística y el estudio llevado a cabo por las universidades contempla que las familias que no obtienen suficiente dinero a través del salario, bonos, becas, pensiones, para comprar cada mes una canasta de alimentos básicos que permita a cada integrante ingerir al menos 2.200 calorías diarias, son catalogadas como pobres extremos. Luego, las familias a las que su ingreso no les permite costear una canasta que añade a los alimentos básicos servicios esenciales como luz eléctrica y transporte son pobres.

El retroceso en materia de pobreza va de la mano del acelerado incremento de los precios y la merma en la capacidad de compra del ingreso.

Las últimas cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadística corresponden a 2013 y coinciden con el estudio de las universidades, en el sentido de que la cantidad de pobres está en franco crecimiento. Al comparar 2013 con 2012, un total de 1,7 millones de venezolanos ingresaron a las filas de la pobreza que, al cierre de ese año, contaban con 9,1 millones de personas, de las cuales 2,7 millones están en pobreza extrema. En términos porcentuales se trató de un aumento desde 25,4 % hasta 32,1 % de la población.

La política social no contempla planes focalizados para ayudar directamente a las familias que no pueden cubrir la canasta básica de alimentos. En teoría, los precios controlados y el subsidio que hace el Gobierno al vender alimentos a bajo costo a través de su red de supermercados y abastos conocidos como Pdval, Bicentenario y Mercal deberían evitar el salto de la pobreza, pero los resultados no son los esperados porque esta ayuda no está llegando a quienes más la necesitan.

El estudio de las universidades indica que los planes sociales que el Gobierno engloba bajo el nombre de misiones, al no ser focalizados, tienen baja efectividad: solo 20 de cada 100 personas en pobreza extrema se benefician de las ayudas.

Mientras la pobreza crece se mantiene un gigantesco subsidio al precio de la gasolina que principalmente beneficia a las clases altas y medias que poseen automóviles. Carlos Castillo, un ingeniero que llena el tanque de su Volkswagen Fox por tan solo 6 bolívares (0,9 dólares al tipo de cambio de 6,30 bolívares por dólar), me indica que «prácticamente es un regalo y puede ser injusto, el pasaje en una camioneta de transporte público cuesta el triple, pero en medio de tantas dificultades al menos puedo beneficiarme de algo».

La clase media experimenta un desmejoramiento acelerado. Mientras la inflación se desplaza a gran velocidad el salario de los profesionales avanza muy lentamente en unas empresas que producen menos. Para tratar de mantener el estatus los jefes de familia se aferran al salvavidas de la tarjeta de crédito que ahora es utilizada con regularidad para comprar medicinas, alimentos, pagar la mensualidad del colegio privado de los hijos o los útiles escolares[2].

Gracias a que las regulaciones indican que los bancos no pueden cobrar una tasa de interés superior a 29 % mientras que la inflación supera 100 %, la morosidad se mantiene baja porque el deudor le paga al banco con un dinero que vale menos que cuando recibió el préstamo. Pero el peligro de una burbuja está presente.

Boxeo salvaje

Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto. Los precios aumentan a una velocidad vertiginosa, cobros de vacuna, escasez, devaluación, comisiones groseras. El entorno es sumamente hostil en las grandes empresas y también en el terreno de las pequeñas inversiones. Hay víctimas.

Jennifer Rodríguez y Carlos Meleán, una pareja de diseñadores gráficos que decidió apostarle a un negocio propio en Caracas, cuentan cómo la ilusión dio paso al viacrucis. En primer término pensaron en un establecimiento donde las personas pudieran degustar un buen café, conversar y disfrutar un excelente postre, pero luego encontraron un sitio en Los Dos Caminos, una zona de clase media, y decidieron acondicionarlo para ser una franquicia de Pastelhaus, reconocida por sus pasteles, pizzas y tortas.

Rápidamente surgieron los problemas. «El local estaba en obra gris, teníamos que terminar de construirlo. Así descubrimos que existe un sindicato que te cobra vacuna para dejar trabajar a los obreros. Nuestro local estaba en la planta baja de un edificio que en el resto de los pisos tiene apartamentos. Las tuberías de desagüe deben tener un grosor específico que no fue el que utilizó la inmobiliaria, probablemente para ahorrar costos. Entonces, cuando hacían remodelaciones en los apartamentos las aguas negras nos inundaban», dice Jennifer Rodríguez.

«No escatimamos en gastos. Compramos la mejor vajilla, un filtro gigantesco para depurar toda el agua del local, la cafetera de la mejor marca, igual con las neveras, mesas, uniformes para los trabajadores, era nuestro sueño. El día de la inauguración apareció la presidenta de la junta comunal a reclamarme delante de los clientes que cómo abría sin su permiso. Era otra vacuna. También nos ocurrió algo similar con un inspector del Ministerio de Sanidad. Necesitas no sé cuántos permisos, es una carpeta de lo más voluminosa», agrega.

«Las leyes en materia laboral también son un problema. Aunque teníamos cámaras y descubríamos a trabajadores que nos robaban no podíamos despedirlos. El personal falta y tampoco lo puedes despedir. Cuando iba al Ministerio del Trabajo me señalaban como el explotador, para nada tomaban en cuenta que estaba haciendo una inversión, creando empleo con todos los beneficios que contempla la ley. Nunca obramos mal, pero uno aquí está desamparado», dice Jennifer Rodríguez.

Carlos Meleán, su esposo, explica que por inconvenientes con Pastelhaus rompieron la relación comercial y siguieron adelante bajo el nombre de Spezia Café, enfocándose en almuerzos, ensaladas. El cambio permitió detectar que los encargados de los inventarios compraban insumos en cantidades exorbitantes para recibir comisiones de los proveedores.

«Seguimos trabajando pero comenzó un calvario para encontrar harina de trigo, carne, queso cheddar, salsas; eran muchos los ingredientes que no conseguíamos por la escasez y no podíamos ofrecer un producto de calidad como queríamos. A esto se sumó la inflación. El salmón, por ejemplo, que era el ingrediente fundamental de una ensalada que vendíamos mucho, se disparó a un precio en el que era imposible trasladarlo a nuestros clientes; lo mismo con el queso parmesano importado para las pastas», dice Carlos Meleán.

«Paramos por una semana que nos tomamos para despejarnos. Era diciembre de 2013, había pasado un año. Cuando regresamos en enero de 2014 una de las neveras se había dañado. Nadie nos quería vender los repuestos porque como había un alza del dólar en el mercado paralelo no había quien se comprometiera sin saber el costo de reposición. Los técnicos que revisaban la nevera nos pintaban un panorama terrible, hablaban de motores inservibles. Luego descubrimos que solo querían mucho más dinero del necesario. En medio de la crisis todo el mundo estaba afilado», recuerda Carlos Meleán.

«Liquidamos al personal. Entonces vinieron las protestas en febrero de 2014, las guarimbas[3]. Por el cierre de calles era muy complicado llegar al local y llevar a mi hijo al colegio. Hablamos con una corredora de bienes raíces y pusimos el establecimiento en venta, con equipos incluidos. Nadie se interesaba. Nadie venía. Cuando las cosas se calmaron aparecían posibles compradores pero trataban de aprovecharse ofreciendo muy poco, la economía estaba muy deteriorada. Por fin, después de varios meses apareció un emprendedor, que ya tiene dos restaurantes, e hizo negocio con nosotros. La verdad es que no recuperamos ni la veinteava parte del dinero que invertimos. Al menos estamos más tranquilos», dice Carlos Meleán.

La idea de que en Venezuela cada día es más difícil el desarrollo personal, la conflictividad política, la inseguridad y la percepción de que el país camina hacia una crisis más profunda ha hecho que el tema de irse o quedarse esté presente en la mayoría de las conversaciones de quienes tienen alguna posibilidad de marcharse. Por primera vez los sociólogos hablan de «fuga de talento» y profesores universitarios explican que cuando solicitan a sus alumnos que levanten la mano quiénes desean irse, todo el salón lo hace. Aparte de las colas a las puertas de los supermercados también se hacen filas en los consulados donde emiten las visas o en el Ministerio de Relaciones Exteriores para apostillar documentos.

Un estudio elaborado por Datanálisis en agosto de 2015 registra que cuando se les pregunta a los venezolanos si tienen intenciones de emigrar y vivir en otro país, de tener posibilidades, 30 de cada 100 responden afirmativamente y en el caso de los jóvenes entre 18 y 23 años la proporción es cuatro de cada diez.

Valentina Palma y Eloy Salgado forman una pareja de excelentes músicos que desde el primero de agosto de 2015 vive en Estados Unidos, en Houston, junto a Matías, su hijo de cuatro años. Durante más de una década se desempeñaron como clarinetistas de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas y forman parte de los venezolanos que en los últimos meses emigraron.

«Lo primero que nos llevó a decidirnos es que se nos facilitaron las cosas en el sentido de que obtuvimos todos los documentos necesarios para trabajar legalmente en Estados Unidos», dice Valentina Palma, quien a sus 35 años es descrita por la prestigiosa firma Vandoren como una de las «clarinetistas líderes de su generación».

Ante la interrogante de qué la motivó a emigrar explica que «en primer lugar la inseguridad, esa situación de incertidumbre, de ruleta, que no sabías el día en que te podía tocar y según las estadísticas cada día era más probable que te tocara, era una angustia con la que ya no podía vivir. Más teniendo un niño de solo cuatro años. Luego están cosas como la alimentación de Matías, cada vez era más difícil conseguir productos de calidad para que su desarrollo sea óptimo, leche, proteínas; la escasez».

Añade al relato el tema de la inflación. «Mi sueldo era uno de los más atractivos en el ámbito donde me desenvolvía, trabajaba para la Sinfónica Municipal de Caracas, el Sistema de Orquestas Juveniles, la Fundación Mozarteum, pero lo que ganaba por todo lo que trabajaba no me permitía comprar lo que quería porque los precios cada vez eran más altos. El costo del colegio privado para Matías también aumentaba».

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361


[1]    Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) registran que en el primer periodo de gobierno de Hugo Chávez, entre 1998-2003, el porcentaje de personas pobres aumentó desde 50,4 % hasta 62,1 %. Entre 2004-2008, cuando ocurre el boom petrolero, la pobreza bajó hasta 32,6 %. En ausencia de un incremento constante en el precio del barril, la mejora se detuvo y al cierre de 2013 (último dato del INE) es de 32,1 %. En 2012 y gracias a un incremento muy grande del gasto público durante la campaña electoral, la pobreza descendió hasta 25,4 %.

[2]    En 2014, después de descontar el efecto de la inflación, los préstamos a través de las tarjetas de crédito crecieron 45 % de acuerdo con cifras de Datanálisis. Cifras de la Superintendencia de Bancos indican que al contrastar el segundo semestre de 2014 con el mismo lapso de 2013, el número de consumos cancelados con tarjetas de crédito en supermercados y abastos crece 41,6 %, en clínicas y farmacias 43 %, mientras que la cantidad de operaciones por avances de efectivo se dispara 252 %.

[3]    Bajo este nombre se conoce a una serie de protestas que llevaron adelante estudiantes y miembros de la oposición. En Caracas se tradujo en el cierre de calles en distintas urbanizaciones.

 

Ahogados en el Orinoco

Las aguas bajan y los problemas quedan. Esa es la preocupación de José Gregorio Salazar, no Hernández: por eso, aunque padre, no hace milagros. A él mismo le tocó acompañar a una familia en duelo porque la más pequeña de la casa, que contaba con un año y medio, murió ahogada en la crecida más alta del río Orinoco, que ha acumulado más de 60 mil damnificados en seis estados del país.

La pequeña pertenecía a un hogar de cuatro mujeres, donde cada una contaba con responsabilidades distintas. La madre y la tía se encargaban de buscar comida en una ciudad inundada y sin alimentos. Mientras que la niña de ocho años se quedaba resguardada en casa cuidando a su hermana. Bastó unos segundos de distracción para que lo irreversible ocurriera. La bebé gateó hacia lo que se supone que era el patio, hacia lo que debía ser el patio: hacia ese lugar al que, probablemente, tantas veces había gateado sin problema alguno.

Pero lo que antes era solo patio, ahora era principalmente agua: a la niña la encontraron ahogada.

Los gritos de los vecinos anunciaban a un “objeto” flotando. Los gritos devinieron alaridos cuando comprendieron que se equivocaban. Y el padre José Gregorio Salazar solo pudo ofrecer la palabra de Dios. Y solo pensó que si el río se elevaba, continuarían las tragedias. Y que si el río descendía, se mantendrían las tragedias.

El río Orinoco, el cuarto más largo de Sudamérica y el tercero más caudaloso del mundo, luego del Amazonas y el Congo, tiende a elevar sus metros de agua sobre el nivel del mar entre julio y agosto desde hace más de dos siglos. Este año, superó el nivel máximo histórico registrado en 1943 y 1976, con una cota de 18,10 msnm. Es decir, el agua alcanza las calles hasta, algunas veces, cubrir casas completas. En esta oportunidad, se han visto afectadas las comunidades de los estados Amazonas, Bolívar, Delta Amacuro, Monagas, Apure y Anzoátegui.

Precisamente por eso, por no ser un fenómeno reciente, la preocupación del padre Salazar se acentúa. Por eso su rabia, que desea disimular. No es primera vez que observa el dolor de una familia, ni tampoco la destrucción de paredes, techos, neveras y cocinas. Y, peor aún, está consciente de que, en una Venezuela sin medicamentos, enfermedades supuestamente erradicadas, como el paludismo y el sarampión, no podrán ser atendidas. Está consciente de que, en una Venezuela hiperinflacioanaria, esas casas destruidas difícilmente podrán ser recuperadas.

Pero la naturaleza, poco a poco, retoma su rumbo. Las aguas se calman y las ciudades salen a flote. El problema es que los ciudadanos de San Félix se sienten más pobres. No saben qué tienen, cuánto tienen. Reciben donaciones de la gobernación: mosquiteros, sábanas, colchones, ropa. Los revenden. Los revenden caro. Todos quieren ser bachaqueros. El padre cuestiona, nuevamente, la política de pan y circo que emplea las autoridades. Exige que se cree una Contraloría, para reducir la viveza criolla de los revendedores. Y espera soluciones efectivas porque sabe que esa misma gobernación no tiene ninguna cajita CLAP –uno de los pocos e insuficientes “beneficios” que ofrece a los ciudadanos– que controle la cota del Orinoco: solo controla el hambre, dizque. El padre se pregunta, ¿acaso van a seguir retando a la naturaleza?

El proyecto Misión Vivienda, uno de los mecanismos con los que las autoridades supuestamente buscan “ayudar” a los venezolanos, no se plantea la reubicación de las familias, a pesar de que las consecuencias de la subida del río es algo que se ha repetido sucesivamente a lo largo de los últimos años. Las inoportunas construcciones se mantendrán a la orilla del río. El padre dice: “Ya basta. Nadie predice la naturaleza. Sí: esta subida es un récord histórico. ¿Y si el próximo año es peor?”.

Mientras, las serpientes y zancudos se pasean entre aguas estancadas. Esperando su próxima presa. Algunos habitantes no se alejan de su chozita, pues es lo único que tienen: lo único que les queda. Además, los delincuentes no desaparecen en desastres naturales. Como dice el padre, el problema no es el Orinoco, el problema es el país.

Por primera vez, él y su equipo de Justicia y Paz de la Diócecis de Ciudad Guayana fueron escuchados. Dejaron de ser los “escandalosos y creadores de zozobra”. Recaudaron ciertos insumos. Solo que los califican como “pañitos caliente” porque las comunidades siguen buscando respuestas de verdaderas autoridades: necesitan soluciones contundentes y no medidas de contención. Agradecen la ayuda del padre, pero saben que no es suficiente, que están condenados a sobrevivir bajo el agua todos los años.

Es probable que aún les queden más niñas ahogadas por enterrar.

 

Por Claudia Smolansky | @clausmolansky