Maracaibo y lo que la luz se llevó

Otra vez se quedó en el ascensor. Su nombre es Antonio y es uno de los vecinos más populares y colaboradores del edificio donde vivo. Desde que arrancaron los apagones nacionales en marzo, ha corrido con la mala suerte de estar dentro del ascensor en al menos cinco bajones.

Cuando esto ocurre, se activa un equipo de contingencia entre vecinos para sacarlo abriendo el ascensor manualmente. Siempre son los mismos chistes: “A usted como que le gusta estar dentro del ascensor”, “Tiene tanta mala suerte que ni loca me monto con usted”, “Nada más escuché que alguien se había quedado atrapado y dije: lo volvió a hacer Antonio”.

Su esposa, quien se pone muy nerviosa, dice lo habitual: “No sé hasta cuándo le voy a decir que no se monte en estos tiempos de apagones. Que mejor baje siempre por las escaleras. Ya me tiene harta”.

Y yo estoy de acuerdo con ella. No porque esté harto de colaborar para sacarlo, sino porque me parece un enorme riesgo que ni loco correría, especialmente porque soy claustrofóbico. La verdad, no tengo problemas con bajar y subir todos los días hasta mi apartamento, en el sexto piso, porque estoy seguro de que jamás podría aguantar los cinco o diez minutos que aguanta Antonio mientras lo sacan de su encierro.

Estas historias nunca llegan a la prensa. Probablemente porque las consideran pequeñas tragedias demasiado íntimas para ser relevantes, salvo que suceda algo más: como alguien muriendo asfixiado.

Dios cuide a Antonio.

Estas historias son producto de la ineficiencia y corrupción a la que ha estado sometido el sistema eléctrico nacional en los últimos 20 años. Son consecuencias que no deberían ocurrir jamás, y menos en Maracaibo, la primera ciudad de Venezuela que tuvo electricidad.

Pero ocurren.

Las calles, ya sucias por la ineficiencia del alcalde, ahora están peores: las adornan un montón de barricadas improvisadas, producto de protestas, que nadie se digna a quitar; algunas carnicerías no tienen carne porque los carniceros temen encargar mercancía que corre el riesgo de ser saqueada; hay panaderías que no tienen pan porque los dueños se niegan a producir grandes cantidades que luego no pueden ser vendidas porque los puntos de venta no funcionan y nadie tiene efectivo; muchas personas no beben agua fría ni duermen con aire acondicionado en una ciudad conocida por sus altas temperaturas; el transporte público es poco o nulo: la mayoría de las unidades están en colas interminables para echar gasolina, mientras los ciudadanos se ven obligados a caminar largas distancias para llegar a sus destinos.

A unas cuadras de mi apartamento hay un barrio donde todas las tardes las aceras están full de mesas. Parece un torneo, pero solo se trata de vecinos que han encontrado en el ludo, dominó o damas chinas, una manera de pasar el rato.

Hace poco más de un mes, en el primer apagón del siete de marzo, muchos de ellos participaron en los saqueos que afectaron a más de 500 locales comerciales. Todavía, cuando paso por allí, escucho cómo algunos cuentan con orgullo lo que tuvieron que hacer –desde destrozar santamarías, hasta romper puertas de vidrio– para cargar bultos de harina pan o decenas de bolsas de cereal. Lo comentan mientras esperan que llegue la luz: con suerte tienen unas ocho horas diarias de electricidad.

José Miguel no. José Miguel en las últimas semanas apenas ha tenido cuatro horas… en los días buenos. En los malos, no tiene ni una. Por ello, entre otras cosas, casi siempre su teléfono está descargado o no tiene señal ni WiFi.

Ayer me escribió. Al fin supe de él. Me cuenta que posiblemente ya no se gradúe este año porque las asesorías para presentar su tesis se han retrasado. Coño de la madre, le respondí. Luego, me regaló un análisis de la tragedia que vivimos: “Esta situación es muy arrecha porque te pega en los puntos más débiles: ver memes y porno”. Entonces reí y me alegré al descubrir que aún no ha perdido el espíritu… o al menos eso intenta aparentar.

Hay muchos que sufren los apagones con más intensidad que otros. Con más intensidad que yo. Hay quienes tienen luz más de diez horas al día; otros están por encima de las cinco o tres, y hay quienes han pasado hasta ocho días seguidos sin electricidad.

Mi abuela nunca tiene en la madrugada, aunque duerme bien según mi mamá, quien ciertas noches a la semana se queda con ella. “Quien la pasa mal soy yo”, me comenta. “No descanso nada”.

El gobernador ha publicado un cronograma que no se respeta, y el muy cínico ha dicho que está bien: que si se va la luz fuera de estos horarios, el pueblo debe entender que se está haciendo mantenimiento y estas cosas ocurren.

Ni con cronograma en mano el pobre de Antonio puede evitar quedarse en el ascensor.

Maracaibo está apagada. Literalmente. La calle 72, conocida por sus populares discotecas, está desolada por las noches. Algunas discos trabajan pero sin aire acondicionado y no logran llenarse ni a la mitad. Aún hay quienes se empeñan en ser felices a pesar de todo, o simplemente por un momento escapan de la pesadilla fumando marihuana, bebiendo cerveza y escuchando trap. Este es un lujo al que no todos pueden acceder en estos momentos.

La mayoría de los hoteles también están cerrados. Parece banal pero ni coger se puede y, coño, cómo hace falta.

Los únicos abiertos son los 5 estrellas, impagables para la mayoría de la gente honesta. Allí se quedan, principalmente, enchufados y autoridades como el gobernador y alcalde, según denuncias. Estos personajes, incluso, se atreven a montar costosas fiestas. A lo mejor ellos, en tiempos de apagones, también necesitan escapar por un rato de su rutina, ¿no?

No estamos para gastar plata en eso, me dice la jeva. “Mejor esperamos un día que mi mamá no esté y lo hacemos en mi casa”.

Mi comunicación con ella no ha sido muy fluida en las últimas semanas, lo cual ha traído algunas consecuencias a la ya complicada relación que tenemos. Qué raro el chavismo empeorando todo, ¿no?

Me escriben panas de Caracas, Argentina, Brasil, Chile, Miami y Uruguay para saber cómo estoy. A todos les digo que bien, aunque mis respuestas a veces llegan unas diez horas después por problemas de conexión.

Y en realidad me siento bien, o al menos mucho mejor que otras personas a las que veo quebrarse a diario en la oficina, la panadería o el edificio. He llegado a la conclusión de que, como mi trabajo es contar nuestra tragedia, ya perdí la sensibilidad. Como un corresponsal de guerra.

Uno nunca se divorcia de la suegra cuando es buena, aunque la hija esté bloqueada hasta en Instagram. La mía me escribe casi a diario. Antes lo hacía para saber cómo estaba; ahora, preocupada, para confesarme que está traumatizada con los apagones.

No es la única. Tengo una compañera de trabajo que suele aguantar las ganas de llorar cuando nos cuenta su día a día. Ella juega para el equipo de José Miguel con “alumbrones” de cuatro horas. A ello hay que agregarle la escasez de agua que ha empeorado por el tema eléctrico. Hace unos días escribió una crónica sobre cómo carretea todos los días junto con su mamá: “Tuve que hacerla para desahogarme”.

Esa es otra de las caras de Maracaibo por estos días. Para transportar agua no hay distinción social: clase media alta, clase media, clase pobre, clase más pobre: todos lo hacen. La clase alta no, porque eso ya casi no existe o se resume en  quienes disponen de agua sin ningún problema en los hoteles donde se alojan.

Por las calles se ven pasar botellones en vehículos de todo tipo: carretillas, coches de bebés y hasta carritos de supermercado. Son escenas que se han vuelto cotidianas pero que parecen sacadas de una película apocalíptica.

Un adolescente fue atropellado el otro día cuando intentó atravesar una avenida sosteniendo un botellón pesado que le dificultaba sus movimientos. El carro se dio a la fuga. Su familia no tenía dinero para darle una sepultura digna y la alcaldía le ayudó con los recursos. Una tía dijo estar agradecida, pero no pestañeó al sentenciar: “Si no hubiese esta crisis de agua, él no se hubiera muerto y ellos no tendrían que ayudarnos”.

Tras casi un mes perdido, mi mamá volvió a clases hace una semana en un horario especial: hasta el mediodía, si hay luz; hasta las 10:00 de la mañana si no. El día exacto de regreso uno de sus alumnos le dijo: “Yo no le deseo la muerte a los chavistas, pero espero que haya justicia”.

Tiene 11 años.

Hace unos meses empecé a ver la serie Lost en televisión por cable. Todos los domingos pasan unos cuatro episodios y desde que inició esta pesadilla se me alteró por completo la historia. El pasado domingo pude verla, después de dos domingos, y no entendía un coño.

Un pana me dice que ni me moleste en terminarla porque el final es una cagada, pero yo quiero verla, maldita sea. Así como también quiero ver la Champions League. Cristiano Ronaldo va camino de ganar una nueva Champions, como para vengarse del Real Madrid, y todo apunta a que tendré que recurrir a YouTube.

Otra cosa que me quitará el chavismo.

Se aproxima Endgame y me agobia la angustia de pensar en todas las cosas que tendré que hacer para evitar los spoilers si no puedo verla la semana de estreno. Mi mejor amiga vio con dos semanas de retraso Capitán Marvel porque los cines no tenían plantas eléctricas, con lo que cortó la racha de ver todas las películas de este universo el primer día.

Todos los días nos quitan algo más.

No es que Maracaibo fuese un paraíso antes del siete de marzo. De hecho, la ciudad en la que crecí está en caída libre y ha perdido su normalidad desde hace años. Es irreconocible para el niño que fui. Algunos parques de diversiones han quebrado, puestos de comida desaparecieron y no me queda casi ningún amigo. Pero, sin duda, está menos normal que nunca.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

 

Nosotros podemos narrar nuestra tragedia

“Que nadie les robe el relato de su libertad”, Alejandro Sanz.

 

El Diario en ruinas, de Ana Teresa Torres, debería ser un bestseller mundial. Al menos por estos días, en los que Venezuela ocupa tanto espacio en los medios de todo el planeta. Me encantaría verlo liderando las listas de venta de las principales ciudades hispanas, quizás así habría menos desubicados irrespetando el drama de los venezolanos: quienes quieren hacer ver que lo que ocurre en mi país es una guerra de ideologías, no saben que la sobrina de mi compañera de trabajo falleció porque no consiguió insulina para tratarse la diabetes.

Son tantos los escritores y artistas que han hablado de la importancia de la compasión al momento de acometer su oficio, que uno creería que cualquiera que tenga la fortuna de vivir de escribir –o de vivir escribiendo– ya habría entendido el valor de hablar con el corazón. Leer los comentarios de muchos escritores, intelectuales y profesores sobre lo que pasa en Venezuela me ha demostrado que no son pocos quienes, con los libros, más que buscar luz y sensibilidad, pretenden masturbarse intelectualmente. El problema es que las fantasías que ocurren durante el onanismo nunca se parecen a la realidad.

 Ana Teresa Torres es una de las escritoras más importantes de nuestra historia. En el 2018 publicó, con editorial Alfa, un diario en el que hace un recuento de la destrucción perpetrada desde 1999. Si usted aspira a comprender el presente, le recomiendo detenerse en esas páginas: muestran cómo un régimen falsamente democrático devino totalitarismo. En medio de eso, se desató la hambruna más fuerte que ha padecido el país, la hiperinflación más alta de la historia y una situación de violencia que hace ver a Ciudad Gótica como un paraíso.

Nada de eso lo insertaron en mi cabeza los gringos. Eso lo ha padecido mi estómago: por falta de comida o por tener que procesar tantos asesinatos. Es una lástima que mi sistema digestivo no comprenda a Marx y Lenin.

Diario en ruinas es, también, uno de los varios libros que pueden ayudar a explicar un país que parece de mentira. Desde principios de siglo, aparecieron numerosas publicaciones que, desde diferentes enfoques, dan cuenta de la destrucción a la que hemos sido sometidos. Me gustaría hacerles llegar esos registros históricos a tantos sabios de redes o a medios que permiten que sus colaboradores defiendan lo indefendible (yo creo en la libertad de expresión, pero no dejo de preguntarme si los mismos editores que publican justificaciones a la dictadura permitirían que una estrellita de su plantel alabara en sus páginas al nazismo o hiciese una diatriba contra los negros). El caso es que no puedo: la destrucción perpetrada por el totalitarismo prácticamente acabó con la industria editorial. Aunque no está de más recordar que en Internet se consiguen bastantes escritos. Sería bueno que cualquiera que pretendiera escribir sobre Venezuela los revisara antes de soltar su opinión.

Me incomoda, sobre todo, la posición tibia de los que rechazan al régimen usurpador pero ven todo a través del lente de la ideología. Ni una educación cristiana pesa tanto como una formación de izquierda. Concluí que prefiero el silencio del que se asume ignorante, que la opinión del que se cree sabio.

Leyendo el diario de Ana Teresa, me llamó la atención la gran cantidad de esfuerzos que se hicieron desde el entorno de la cultura para visibilizar los excesos de un militar que gobernó siguiendo los antojos de sus tripas. Me llamó la atención, digo, porque no es lo que más se recuerde de esos primeros años de oscuridad. Mientras miles de personas leían las reflexiones de gente como Ana Teresa, millones consumían la propaganda del Gobierno. En un país en el que el conocimiento es despreciado, la universidad un trámite para lograr un buen trabajo y el arte –con frecuencia– un asunto de élites, no es de extrañar, tampoco, que el régimen no se preocupara tanto por los escritores e intelectuales que le adversaban: sabían que la ignorancia y el desprecio estaban de su lado.

Me parece que será trabajo de las nuevas generaciones honrar la obra de quienes deben ser nuestros referentes, hacer de la literatura algo popular y lograr que leer sea un acto que trascienda el periódico. Quizás así podamos, de cara al mundo, visibilizar a nuestros talentos y evitar que, en los grandes medios, contraten a personas que no viven en Venezuela, que no han venido a Venezuela en años –o que acaso vinieron por dos semanas– para explicar lo que nos pasa.

Más allá de los tuits irresponsables de Jon Lee Anderson y Andrés Hoyos o de la ya famosa columna de Almudena Grandes, me resulta curiosa la opinión –o las palabras, los matices– de otros autores, algunos de los cuales poseedores de una obra –o prosa– que respeto y admiro. Cuando Gabriela Wiener dice, en el Diario La República de Perú, que la solución al conflicto venezolano debe “salir de sus propias tripas”, me resulta sencillo entender lo que quiere decir y hasta afirmar que me parece más o menos sensato. Hasta que recuerdo que tengo 20 años viviendo en un país progresivamente destruido, bajo el yugo de un régimen totalitario que bloqueó toda opción de disidencia y en el que el nivel de sometimiento es tan absurdo que el temor de una guerra civil resulta ingenuo: las armas están, y siempre han estado, del lado del poder. En 2014 y –sobre todo– en 2017 quedó claro que de nuestras tripas solo puede salir dolor.

¿Se imaginan que la comunidad internacional hubiese dicho no, lo que hace Hitler está mal, pero fuchi los gringos: la solución de los judíos tiene que nacer de sus tripas. Ellos solos deben resolver su problema?

Lo irónico es que en la misma columna afirma que ningún Gobierno internacional realmente siente interés en la tragedia de los venezolanos. No le pienso discutir eso, pero cuando leo cosas así, como víctima de un régimen totalitario, siento que a muchos escritores que escriben sobre Venezuela les importamos menos que a Trump o Bolsonaro.

Es curioso que, cuando se menciona el interés de tantos países de reconocer a Juan Guaidó como lo que es: presidente encargado, se piense en petróleo y no en que, por ejemplo, el éxodo de millones de venezolanos significa un problema para todo el continente: a Perú, Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y Argentina están entrando a diario cientos de miles de personas en situación de emergencia humanitaria.

No es un asunto de gustos ni de chauvinismo: solo pido respeto para el país en el que nací, crecí, me hice hombre y en el que todos hemos despedido a tantos: algunos porque se van, otros porque no tienen cómo curarse un resfriado, varios más porque los matan.

Dentro de Venezuela hay narradores muy valiosos, que bien podrían escribir las crónicas de estos tiempos para los principales portales del mundo. Héctor Torres, Fedosy Santaella, Krina Ber, Juan Carlos Méndez Guédez o Rodrigo Blanco Calderón alguna vez han sido contactados para eso.

Y es que si lo que se quiere tener es la visión contrastada de alguien que no vive en el país, más fructífero sería pagarle el viaje de ida y vuelta a alguno de los numerosos escritores que tenemos viviendo fuera. O, sí, enviar a cualquier buen narrador para que investigue y patee las calles, pero no por una semana ni dos.

Quizá Gabriela Wiener acertó cuando –refiriéndose a numerosos políticos– decía que en realidad a nadie le importan los venezolanos: muchos medios de comunicación, periodistas, escritores e intelectuales le están dando la razón. Para ellos, solo somos una oportunidad más de usar las palabras guerra fría. O de gritar que lo nuestro no es socialismo y que los usurpadores en realidad no son de izquierda.

Mientras tanto, nosotros padecemos en primera persona nuestro Diario en ruinas. Y no dejo de pensar en la importancia de que, como venezolanos, sepamos narrar nuestra historia. Durante 20 años nos han querido imponer un relato único. Se me ocurre que la mejor forma de rebeldía es aprender a echar nuestro cuento.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Psicología no ingenua en tiempos de crisis

El psicoanalista inglés Donald Winnicott argumentaba que una de las características inherentes al ser humano era la creatividad, inclusive en las condiciones más extremas. En regímenes totalitarios o durante los campos de concentración nazis, siempre había personas que permanecían creativas a pesar de las adversidades. Sin embargo, Winnicott advertía que eran ellas las que más sufrían, ya que esto implicaba crecer ante un contexto que explícita e implícitamente te decía que no valía la pena crear cosas nuevas.

Para Winnicott, la alternativa para no sufrir en estos contextos consistía en despojarse de la propia humanidad que nos caracteriza: dejar de ser creativos, perdiendo la voluntad de vivir. Por ejemplo, en los campos de concentración nazis durante la segunda guerra mundial, había personas a las que llamaban Muselmann, quienes divagaban sin una orientación específica y hablando palabras sin sentido, para finalmente morir, por problemáticas asociadas a la desnutrición, arrodillados en una posición similar a la de las personas creyentes del islam cuando rezan en dirección a La Meca.

Ante esta propuesta de Winnicott, quedan dos interrogantes claves en la Venezuela que estamos viviendo: ¿cómo permanecer creativos ante contextos tan adversos?, ¿cómo contactar de forma no destructiva con el sufrimiento que implica vivir en este momento de tanta incertidumbre?

La psiquiatra estadounidense Judith Hermann escribió un libro que ha sido un clásico en los estudios sobre trauma psicológico, denominado Trauma y Recuperación, donde aborda los síntomas psicológicos y físicos asociados a estar expuestos a diferentes contextos traumáticos sostenidos y la forma de lidiar con ellos en psicoterapia. Uno de los capítulos habla sobre las personas que han permanecido en cautiverio por secuestradores, de prisioneros de guerra y de mujeres que han estado tanto tiempo en situaciones de violencia doméstica compleja que sus captores las han obligado a estar encerradas dentro de sus hogares. Dentro de estas situaciones tan adversas, los sobrevivientes relatan que emplearon mecanismos que les permitieron aferrase al deseo de continuar su vida y ser creativos. Tres de ellos me parecen especialmente lúcidos en estos momentos tan críticos en el país.

Una sobreviviente de violencia doméstica llamaba al primero de ellos La unidad básica de supervivencia. Este método hace referencia a las relaciones significativas. Judith Hermann explica que en las situaciones más perversas, los vínculos fuertes sobreviven y mitigan de forma importante los efectos negativos del cautiverio. Cuando los campos de concentración fueron liberados, se consiguió que la gran mayoría de los sobrevivientes habían formado un vínculo estable, donde se protegían mutuamente de los horrores de las torturas y el trabajo forzado. En este sentido, relaciones basadas en la lealtad y en la reciprocidad constituyen una forma de hacer frente a las relaciones que los captores querían imponer basadas en la sumisión y el control.

El segundo mecanismo consiste en estar en contacto constante con tu alrededor. Las personas que han sobrevivido largos tiempos en cautiverio relatan que todos los días se proponían una pequeña tarea que los mantenía en contacto con su ambiente. A veces eran cosas tan sencillas como observar de forma detallada cómo caminaban las hormigas que había a su alrededor. Por ejemplo, una amiga me dijo en estos días que con los apagones había descubierto cómo sonaba el silencio.

Otro ejemplo de ello: cuando estaba pequeño, me imagino que tenía unos 6 o 7 años, hicieron una remodelación en mi casa para construir un nuevo cuarto para mi hermano menor; esto implicó tumbar unas paredes para construir el cuarto nuevo. Recuerdo ese momento como bastante angustiante, todos los cambios que estaban haciendo dentro de mi casa me generaba mucha incertidumbre. Sin embargo, un día que estaba lloviendo agarré mis juguetes y los puse en el lugar donde estaba la construcción y comencé a detallar cómo las gotas caían sobre ellos: ver el ritmo constante de las gotas me calmaba, era como darle un sentido de continuidad a los nuevos cambios que estaban ocurriendo en mi vida.

El tercer mecanismo que describe Judith Hermann es la capacidad de tener una continuidad temporal. En situaciones de cautiverio, existen momentos donde los captores logran tanta dominación, que pueden distorsionar hasta la noción del tiempo de sus víctimas.  Primo Levi, escritor italiano sobreviviente de un campo de concentración nazi, cuenta que llegó un momento donde no contaban los días para que su cautiverio terminara, sino que estaban concentrados en saber cuánto tiempo había pasado y qué fecha era: “Para los hombres vivos, las unidades de tiempo siempre tienen valor”.

En esta misma línea, recuerdo que a mediados del año 2017 estaba fuera del país terminando de escribir mi tesis de maestría. Pasaba todo el tiempo revisando las redes sociales para saber qué había ocurrido en las protestas ese día: era bastante fuerte ver que en cada jornada se contabilizaban nuevos muertos. Uno de esos días, estaba en la sala de computadoras del postgrado con amigos de diferentes partes del mundo, ninguno de Venezuela. Ellos hablaban sobre sus planes para después de que terminaran la maestría: muchos querían hacer un viaje alrededor de Europa y hacían chistes sobre las cosas que iban a hacer en sus vacaciones.

En ese momento, me enteré, por el grupo de WhatsApp de mis amigos del colegio, que mi amigo de la infancia Miguel Castillo había sido asesinado durante las protestas. Me sentí completamente alienado: tenía enfrente personas riéndose, viviendo la vida que cualquier persona de mi edad se merecía, y yo leyendo que alguien a quien quería y consideraba parte importante de mi historia había fallecido.

Los días siguientes fueron difíciles, sobre todo por la diferencia horaria. Intentaba estar despierto como si estuviese en Venezuela para enterarme de los acontecimientos en el momento que pasaran, pero la realidad es que estaba en un lugar con cuatro horas de diferencia: era muy difícil habitar los dos sitios al mismo tiempo.

Lo que me permitió darle continuidad temporal a mi vida en ese entonces fue la música. Desde que tengo 11 años, la mayoría de mi tiempo lo invierto escuchándola. En esos días donde me sentía que estaba en dos lugares distintos, decidí elegir una canción del día, cualquiera que me gustara escuchar especialmente en ese instante, como una forma de saber que un día más había pasado, que esa escena traumática en la sala de postgrado cuando me enteré de la muerte de Miguel Castillo ya había pasado.

Todavía lo sigo haciendo por costumbre, elijo una canción a la que llamo “la canción del día”. Hoy 28 de marzo de 2019, después de que volvió la luz a mi casa y en mi oficina, decidí elegir Monkberry Moon Delight, de Paul McCartney, quien describe esta pieza como un “cuadro surrealista hecho canción” y que tiene frases con palabras que no guardan mucho sentido con otra; por ejemplo, uno de los versos dice lo siguiente:

Well, I know my banana is older than the rest

And my hair is a tangled beretta.

But I leave my pajamas to billy budapest,

And I don’t get the gist of your letter.

Justamente el hilo conductor de toda la canción es el sinsentido. Me recuerda que la locura y él, como la creatividad, son elementos inherentes al ser humano. Pero como decían Freud y Foucualt, la civilización nace cuando ese sinsentido es encapsulado en sitios específicos, cuando la mayoría de la vida social es dominada por la normalidad y el sentido, a pesar de que nuestros instintos más primitivos están orientados a lo contrario. En el arte, la música, la literatura y en las películas, podemos contactar con el sinsentido de forma creativa, pero cuando este se vuelve parte de lo cotidiano, con apagones impredecibles, es imposible no conectarse con la vida y sufrir al mismo tiempo. Lo esperanzador está en que personas que han estado expuestas en situaciones tan horribles de forma sostenida lograron conseguir cosas que las empujaron a seguir viviendo.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90 

El tipo que hizo lo que tenía que hacer

Una de las mejores escenas del Joker de Christopher Nolan, interpretado por Heath Ledger, se presenta en la comisaría de Gotham City, cuando el terrorista es detenido y, para liberarse, provoca a uno de los oficiales diciéndole que había torturado a sus amigos antes de asesinarlos y que, cuando una persona está a punto de morir de manera cruel y despiadada, muestra lo que realmente es.

“Así que básicamente yo conocí a tus amigos mejor que tú”, expresa el villano en tono burlesco.

Quizás eso fue lo que pasó aquel lunes 15 de enero de 2018: Venezuela conoció al verdadero Óscar Alberto Pérez. Sin helicópteros, ni cámaras, ni banderas, ni constituciones, ni asaltos al estilo del Capitán América. Sólo su desesperación y un teléfono a través del cual pedía piedad y exigía su legítimo derecho de ser juzgado por fiscales de la nación, mientras recibía plomo por parte de los matones de la dictadura.

Esa fue la segunda vez que vi algo humano en aquel apuesto sujeto de ojos verdes que enviaba mensajes desde la clandestinidad y que sólo mostraba fortaleza. La primera fue en un artículo publicado por Daniel Lara Farías en La Cabilla, donde este columnista afirmaba que fue profesor de Pérez, a quienes todos le apodaban el “gato”.

“Uno normalmente recuerda a los buenos alumnos y a los malos alumnos. De Óscar Pérez me acuerdo, sin duda. Era uno de esos alumnos que intervenía y preguntaba y discutía. Ni más ni menos que eso. Una o dos veces más supe de él en sus andanzas de ‘comando’ y todo aquello. Ni una opinión política, ni una genialidad sobre el país. No. Un hijo de papá que llegó a policía igual que papá y que le pagaron el curso de piloto con dinero del Estado. Solo eso”, escribió Lara Farías.

“Hago esta incómoda y fatua introducción para poder explicar mi incredulidad, agnosticismo y escepticismo a propósito de las acciones de Óscar Pérez desde el día que salió montado en un helicóptero lanzando explosivos sobre ciertos puntos de Caracas. Me pareció, desde todo punto de vista, una acción desesperada, ridícula y fuera de lugar que una persona con un recurso tan valioso como una aeronave hiciera una ridiculez y no una acción policial real, porque se supone que el señor es policía. Sencillamente, me decepcionó su accionar (…). La pantallería posterior confirma mis sospechas: pura paja. El tipo quiere ser youtuber o instagramer o quién sabe qué. Pero allí no hay sustancia, ni proyecto de país”, agregó.

Yo no sé si el “gato” quería ser youtuber o instagramer. Lo que sí pude confirmar es lo que quería ese lunes: entregarse con la esperanza de volver a ver a Sebastián, Santiago y Dereck, sus hijos. Pero lo acribillaron.

“Sebastián, Santiago, Dereck, saben que hemos hecho esto es por ustedes, por todos los niños de Venezuela. Espero verlos muy pronto, los amo hijos, los amo”, decía en uno de los desgarradores videos.

El asesinato cruel y cobarde de Pérez y su equipo se produjo en medio de publicaciones en redes sociales de una gran cantidad de personas que llamaban show a su masacre, e incluso se burlaban porque se le había acabado “la novela”. Ni siquiera el video de su madre exigiendo que se le respetaran sus derechos los conmovió.

En esos mensajes pude observar a ciudadanos completamente dañados, igual que sus gobernantes. Pero también vi a esos paranoicos que exigen constantemente a sus oficiales que se rebelen contra la dictadura o se quejan de que sean su sostén, pero en cuanto sale algún grupo rebelde optan por la opción más fácil: “es un pote de humo”. Porque no fue sólo Pérez, también otros como Caguaripano, el general Vivas o los de Cotiza.

Cuando Donald Trump habló de este ex inspector, y le dio un micrófono a su mamá para que se expresara durante un discurso en Miami el pasado 18 de febrero, sentí pena por los dirigentes opositores que no hicieron lo mismo en su momento y recordé las veces que mis amigos, no interesados en política, me preguntaban qué coño tenía que pasar para que saliéramos de la pesadilla chavista y mi respuesta siempre fue la misma: cuando todos hagan lo que tienen que hacer.

Porque al final eso fue Óscar Pérez: un venezolano que desde su posición cumplió con su deber al desconocer a Maduro, tomar las armas, llamar a la rebelión y defender la Constitución; esto no es algo que le pides a un civil, a un periodista, a un artista o a un sacerdote. Es algo que le pides a un policía o militar, porque posee entrenamiento pagado por el Estado y juró defender a su gente. Y él estuvo a la altura del compromiso.

Afortunadamente, por estos días muchos hacen su trabajo: Juan Guaidó le planta cara a la pandilla de Maduro y recorre las calles de Caracas con valentía y el traje de un civil que asumió legítimamente ser presidente encargado de Venezuela; la comunidad internacional lo blinda frente al régimen; los ciudadanos, orgullosos de ser llamados así y no “pueblo”, toman las calles; la Conferencia Episcopal de Venezuela, en un gesto de dignidad que aún muchos esperamos de Francisco, desconocen al usurpador y condenan sus violaciones de derechos humanos; algunas universidades hacen lo propio.

Pero, ¿y la FANB para cuándo?

Con suerte el discurso de Trump, la ley de amnistía y el espíritu de Óscar empujará a muchos para que se pongan del lado correcto de la historia.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

Tener paciencia cuando se padece una dictadura

Salir de un gobierno autocrático, dictatorial, no es cosa de un día para otro. Requiere de muchos pasos pequeños, de muchas idas y venidas, de muchos movimientos estratégicos que pueden parecer desviarse del objetivo inicial. En otras palabras, liberar a un país de sus secuestradores requiere de mucho tiempo. Sin embargo, pareciera que a buena parte de los venezolanos les cuesta entender (o aceptar) lo que eso implica.

La verdad es que no puedo juzgar a nadie. Es difícil pedirle paciencia a quien ha padecido veinte años de la máxima crueldad imaginable. No es fácil pedirle calma y sosiego a quien vive en carne propia la agresiva lentitud de todos los procesos burocráticos a los que está expuesto día a día. Parece casi una locura pedirle más aguante a quienes notan cómo el deterioro carcome lentamente la infraestructura de un país que supo brillar en su región y más allá. Es muy complejo pedirle calma a quien no puede soportar un día más en que la miseria llama a su puerta y reclama las vidas de sus familiares, amigos y conocidos.

No es fácil tampoco defender la consigna de “esta es una lucha que requiere de mucho tiempo”. La digo y de inmediato se encienden las alarmas, porque suena peligrosamente similar a esas afirmaciones de “estamos apenas en la etapa inicial de la Revolución”, con la que, por años, los voceros del poder han intentado justificar sus fallos y desatenciones. Es lógico preguntarse por qué se empieza ahora, qué se estuvo haciendo durante dos décadas, qué tan crudo estaba el plan para deshacerse del régimen. Entiendo por qué se generan esas suspicacias (unas mejor fundadas que otras) acerca de la posible complicidad de actores de la oposición venezolana (hoy gobierno transicional) con las facciones del movimiento chavista. Y la suspicacia pareciera ser combatible solo con hechos contundentes, continuos, irrebatibles, palpables.

¿Los tenemos? Mejor aún, ¿sabemos identificarlos y apreciarlos?

Pienso en dos condiciones de nuestra sociedad que nos llevan a la impaciencia respecto a la velocidad del proceso de restauración de la democracia en Venezuela. Primero, el cliché: somos una sociedad inmediatista. Basta con revisar un poco la forma en que nos referimos al posible fin del régimen de Nicolás Maduro: “caída”, “tumbar”, “derrocar”. Incluso hablamos de soluciones que, de la forma en que nos las imaginamos, rayan en lo fantástico, en lo épico: “intervención”, “invasión”, “levantamiento”. Es de esperarse que una característica que ha sido tan constante en la radiografía de la sociedad venezolana esté atravesada por el contexto y la historia contemporánea. Como comentaba unas líneas atrás, estamos condicionados por el desgaste, el hartazgo, la impaciencia. Resulta incluso sano querer que la pesadilla termine de una vez; nos habla de que, a pesar del “modo automático” en el que se desenvuelven muchos venezolanos, hay consciencia de que la realidad es lo suficientemente nefasta como para desear su final inminente.

El problema es que, mientras van pasando los días y ninguno de esos escenarios se cumple, la ansiedad va en aumento exponencial y se hace difícil mantener la compostura. La gente espera contundentes golpes a la mesa todos los días, a toda hora. Sienten que un día en el que no se hace un anuncio de gran envergadura, un día en el que no se llenan las calles gritando consignas en contra del dictador, un día en el que alguna instancia internacional no se pronuncia, es un día perdido. A pesar de los esfuerzos, muchos sienten que el reloj de arena que corre en su contra sigue ahogándolos sin clemencia y que la cuerda de rescate para salir de ese atolladero no es lo suficientemente larga como para ayudarlos a escapar.

Por otro lado, hay una mezcla muy particular entre la desconfianza creciente, que también nos ha definido como venezolanos por décadas, y una necesidad (para nada exclusiva en nuestro país, sino una tendencia global) a estar siempre informados sobre los eventos que nos interesan. Ante la falta de ese anuncio importante, de esa noticia que “rompa la Internet”, que nos haga detenernos para compartirla en un grupo de WhatsApp o en nuestro timeline de Twitter, las suspicacias se alimentan, toman fuerzas y se posesionan de nosotros. “Se enfrió el movimiento”, comenzamos a escuchar. Se propaga una sensación angustiante, el desasosiego que produce pensar que, una vez más, nos quedaremos a las puertas (o tal vez más lejos) de lograr el cambio tan anhelado para nuestro país. Estar expuestos a tanta información en tiempo real termina mancillando nuestra capacidad de postergar la gratificación, de esperar un poco más para recibir una noticia más sustanciosa.

Los tiempos de la política son muy distintos a los tiempos de la vida cotidiana; se trata de algo complejo de asimilar y digerir cuando el deterioro que nos rodea se lleva lo mejor de nosotros a una velocidad trepidante. A esto se le suma que la costumbre de leer en formato de tweet, de esperar ese comentario en 280 caracteres, nos entorpece la capacidad de leer las narrativas completas, de encontrar en el todo de la noticia esas pequeñas victorias estratégicas que se encuentran un poco escondidas detrás de los movimientos de uno y otro bando. Parece más fácil despertar con el tweet que anuncia la caída del régimen que esperar con paciencia el desarrollo del proceso de cese de usurpación y gobierno de transición que nos lleve a las ansiadas elecciones libres.

Grandes movilizaciones seguidas de días de aparente silencio. Anuncios impactantes seguidos de días de incertidumbre, de pocas noticias. ¿Significa eso que dejan de pasar cosas? ¿Tenemos que enterarnos de todo? El 24 de enero escribía en Twitter que necesitaba una transmisión en vivo de una cámara instalada en el pecho de Juan Guaidó. Necesitaba seguir en tiempo real todo lo que sucedía alrededor de la figura del presidente encargado para poder calmar mis ansias y constatar que, efectivamente, estaba pasando algo. ¿Nos sentimos todos así? ¿Hay alguna solución?

La idea inicial de este texto era plantear un “cómo manejar la angustia” con respecto a lo que pasa o deja de pasar en Venezuela en estos días que corren. Siento que fallé. Fallé porque, como venezolano, también soy propenso a caer en la desesperación de tanto en tanto. Porque me da miedo esa “tensa calma” que me reportan muchas de las personas con quienes me comunico en Caracas. Es como ser espectador de una partida de ajedrez sin saber mucho del juego: sabemos que habrá un ganador, que eventualmente el encuentro terminará, que un rey será puesto en jaque mate, pero no tenemos idea de por dónde o cuándo vendrá la jugada decisiva, porque solo vemos los movimientos pero no la estrategia que tiene cada jugador en su cabeza.

Mientras tanto, lo único sensato que se me ocurre recomendar es protegerse de noticias insidiosas y/o falsas. Seguir a comunicadores serios que se dan a la tarea de confirmar fuentes (de entrada se me ocurren las cuentas de Twitter de Luis Carlos Díaz, Naky Soto, Arepita, Revista OJO, por ejemplo). Aunque parezca contradictorio, una solución puede ser buscar los resúmenes que dan estos actores al final de cada jornada noticiosa. Algunos dan los bullets necesarios para tener el panorama general. Otros se extienden un poco más y aventuran algunos análisis que nos pueden dar más luces con respecto a lo que pasa (Prodavinci, Caracas Chronicles, como dos ejemplos a los que puedo hacer referencia de memoria). Puede que el remedio contra el exceso de información basura sea informarse de forma consciente, saludable, responsable.

Todo esto puede irse al caño fácilmente cuando vemos las declaraciones de Nicolás Maduro y sus secuaces, dando a entender que el día de una negociación de su salida del poder está lejos. Parece entonces que los movimientos de los peones que están de nuestro lado son espurios, apenas relevantes. Pero de nuevo, hay que hacer el ejercicio de tener paciencia, de entender que es un trabajo que requiere de tiempo y estrategia para que tenga los resultados deseados.

Yo sé que puede parecer fácil pedir paciencia desde la distancia, pero es lo único sensato que puedo aconsejar.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

Desde Estados Unidos digo: #VamosBien

Comienza enero y me siento optimista. Tengo dos proyectos literarios en puerta para este año, estoy mejor de salud, mi mamá está aquí y las posibilidades de que pueda quedarse por más tiempo van en aumento. Mi papá está en Venezuela pero se vislumbra la idea de volverlo a ver pronto. Estamos recién mudados y eso nos emociona; las niñas podrán decir “yo crecí en esa casa” cuando sean adultas. Cumplo 40 años el 3 de enero y al otro día hago una fiesta bailable con una play list de YouTube que preparo minuciosamente. El taqui taqui, El pescado, La mayonesa, La cosquillita, La bomba y demás canciones con patrones de baile forman parte de la lista que nos hace disfrutar la noche. Los años 90 se convierten en la época estelar. La pasamos de maravilla. #LleguéAlCuartoPiso.

Aunque las niñas ya han vuelto al colegio –aquí el 2 de enero tienen que volver–, después del 6 de enero quito el arbolito de Navidad y me dispongo a preparar las clases que voy a dar este semestre. Me emociona pensar que este semestre mi carga horaria será menor y tendré un poco más de tiempo para escribir, para terminar esos dos proyectos que ya mencioné.

Avanza el mes. Me despierto todas las mañanas con entusiasmo, pensando en que este año ha arrancado bien. Cada día arreglo un poco más la casa, todavía hay cajas por aquí y por allá. Cada día se ve mejor todo. Pasan el tiempo y llega la segunda quincena de enero. Empiezo a escuchar constantemente el nombre de Juan Guaidó. Todos estos años los constantes nombres incluidos en las noticias, en las llamadas telefónicas, en el WhatsApp, en el Twitter eran Leopoldo, Capriles, Lilian, María Corina, Ledezma, Requesens, y un largo etcétera en el que no figuraba ningún Guaidó: ahora, presidente de la Asamblea Nacional.

Busco información, me siento ignorante, me siento impotente. Me entero del llamado a la calle. El 23 de enero se aproxima, me comienzo a estresar, como me he estresado mil veces con cada marcha, con cada intento de cambiar el rumbo de Venezuela. A la distancia he escuchado ecos de esperanza, he visto etiquetas en las redes sociales que muestran la apuesta por un grupo, por otro y otro; he ido a poner huellas por el Sí, que se vaya. Y vuelve la rutina de mandar comida a mi gente porque no les alcanza el sueldo para comprar lo suficiente. Regresa el sentimiento de culpa cuando me como dos huevos tibios, una rebanada de pan con queso crema y un café con leche porque mi papá no prueba un huevo desde hace dos meses, porque no tiene leche para el café –ni café–, porque la nevera la tiene dañada y no hay repuesto, porque no le llega el agua y yo me baño con una ducha poderosa que me masajea el cuero cabelludo. Vuelve el hastío, las lágrimas, las malas palabras que solo salen de mi boca en momentos de angustia. #QuieroGritar.

El 22 de enero empieza el semestre. Es martes. Todo sale bien pero no dejo de pensar en Juan Guaidó, en mi papá, en mis primos y tíos que quedan en Maracaibo. Amanece el 23. Es miércoles. Solo doy una cátedra los miércoles. Tengo horas para escribir pero no escribo nada. Mejor dicho, escribo mucho pero por el WhatsApp. Y leo mucho pero por el Twitter. Las horas se me van sentada en la silla de mi oficina mirando la pantalla de mi computadora con varias ventanas abiertas.

Leo “¡Se juramentóoooo!” una, dos, cinco, diez veces en todos los chats de mi teléfono. Me frustra tener que desprender los ojos de la pantalla cuando llega la hora de dar mi clase. Una hora y quince minutos sin saber que está pasando en Venezuela. Voy. Vuelvo. Sigo. No me puedo despegar. No vivo en una ciudad con un alto porcentaje de venezolanos. Desde Miami mis primos me envían fotos y me da alegría ver la gente en la calle, siento un poco de envidia, quiero estar allá. Llegan las cinco de la tarde y debo volver a casa. Las niñas me esperan. #MeTengoQueIr.

Antes de salir veo a mi compañero de trabajo, un madrileño, profesor de literatura del Siglo de Oro, y con una sonrisota me dice:

“¡Ya tenemos presidente!”

Dudosa pero con una sonrisa como la de él, le respondo que sí. Ahora hay que ver qué pasa. Me voy. Manejo y no veo olas de gente en la calle, no veo banderas tricolores adornando las avenidas, no oigo cantos de protesta. Salgo de Worcester, la ciudad donde trabajo y donde hasta hace menos de un mes vivía, paso por Paxton, llego a Rutland. Pasan veinte minutos y estoy en mi casa, en un pueblito lleno de granjas, vacas y caballos; un lugar muy tranquilo en el corazón de Massachusetts. Pasan veinte minutos en los que no miro mi celular porque voy al volante. Me estaciono en el garaje y reviso el teléfono. Tengo un email.

I’m watching the news. Give me your insight to what’s going on in Venezuela. Keep Mom here!

La agente de bienes raíces que nos atendió los últimos meses me dice que le cuente, que le dé mi opinión. Sabe que mi mamá está aquí y me dice que no la deje ir. Me sorprende recibir su mensaje. Entablamos una relación cordial y respetuosa pero no esperaba palabras de preocupación de su parte. Sin poder evitarlo se mezclan varias emociones dentro de mí. Esperanza, alegría, angustia, impotencia, esperanza de nuevo.

Los días transcurren. Siguen las noticias. Hay sanciones económicas, apoyo de varios países, rechazo de otros. No me despego del WhatsApp; necesito estar en la calle con los míos, oler la calle, vivirla. No obstante, los chats de las familias, los grupos de los amigos son lo único que tengo. Al menos eso pienso. Siguen pasando las horas y me doy cuenta de que mi calle realmente existe, no es la Chandler Street, no es la May Street ni la Park Avenue. Mi calle es cualquier lugar donde me encuentre. La gente me sigue mandando mensajes y me detiene en los pasillos de la universidad para conversar de Venezuela. La sensación de sorpresa no se disipa.

“Profesora, ¿podemos hablar de lo que está pasando en Venezuela?”

Me interrumpe una estudiante mientras estoy en plena clase de gramática para hablantes de español por herencia. Tengo muchachos dominicanos, puertorriqueños, salvadoreños, hondureños, colombianos y por primera vez una venezolana.

“El presidente de Venezuela es uno y se llama Juan Guaidó”.

La estudiante venezolana le responde a otra que pregunta cómo funciona el país con dos presidentes. Se van veinticinco minutos de clase en una discusión muy activa. Eso me contenta. Salgo de clase y reviso mi teléfono. Tengo un mensaje de texto.

Thinking of your family in Venezuela today. I wish I had the words”.

Una gran amiga me escribe desde Tallahassee, no sabe qué decir y me lo hace saber. Solo puede pensar en mi familia y mandar buenas energías. Los conoció, los abrazó, comió arepas con ellos. No puede dejar de recordar los buenos momentos.

“Mantenme informada si algo grande pasa en Venezuela, sigo las noticias pero no estoy al minuto como tú. Yo también tengo esperanza de que al final del plazo que le dieron los otros países, vuelva la democracia”.

Aparece la nubecita con un mensaje de mi compañera. Su oficina está al otro lado del pasillo pero nos comunicamos mucho por chat en nuestras computadoras. Tenemos nuestro propio código. Ella es oriunda de Carolina del Norte, profesora de literatura del cono sur y experta en dictaduras. Sabe cómo funcionan los regímenes autoritarios, cómo son los procesos de transición y aun así tiene esperanza. Eso me reconforta. #VamosVenezuela.

I was just reading about your home country news – oh my, praying God’s intervention and safety for all!

La mamá de una compañerita del colegio de las niñas me escribe y me dice que está rezando. Es una buena mujer, dulce, trabajadora. Me alegra que me diga eso porque sé que lo dice honestamente. Creo firmemente en la transmisión de la energía positiva.

“Estoy pensando en ti y en todos los venezolanos que conozco”.

Estas palabras me sorprenden mucho. Una escritora española que vive en California y que apenas conozco por las redes sociales desde hace un par de semanas me manda un mensaje privado. Yo le contesto como respondo por texto, por llamada o en persona a todo el que me busca para hablar de Venezuela. Entablamos una conversación. Estamos participando en la protesta, en la marcha; todos lo hacen a través de mí.

De esa forma continúan los días. Mi calle se va llenando, hay una multitud de palabras, de fotos y videos, se convierte en un mar. Entramos en un nuevo mes y vuelve el optimismo. El día 2 de febrero la gente vuelve a la calle, veo las fotos, sigo a la muchedumbre, me transporto por diversas ciudades, converso, comparto, me alegro. Esta vez no me estreso por la marcha, esta vez yo sigo en mi propia calle con ríos de personas a mi alrededor. Puedo sentir el olor de la calle. #VamosBien.

 

Por Naida Saavedra | @naidasaavedra 

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte III

“Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto”, dice Víctor Salmerón –periodista especializado en economía–, quien en el 2015 publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, con personas en pobreza extrema absolutamente desatendidas por los entes oficiales, con personas de la clase media usando las tarjetas de crédito para pagar gastos diarios y con una marcada fuga de talento. En Revista Ojo, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

Los nuevos pobres

Gracias al extenso período de altos precios del petróleo la cantidad de hogares sumergidos en la pobreza disminuyó porque el Gobierno aumentó la nómina en el sector público, abrió las compuertas del gasto, instrumentó subsidios y hubo importaciones baratas que estimularon el consumo junto a los incrementos de salario. Sin embargo, tras dos años durante los cuales el oro negro detuvo el vuelo y la inflación comenzó a erosionar el ingreso, tanto las estadísticas oficiales como el reciente estudio elaborado por tres prestigiosas universidades del país reflejan que los logros se evaporan velozmente[1].

El proyecto Análisis de condiciones de vida de la población venezolana 2014, realizado por la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar, incluyó un estudio que empleó la misma metodología que aplicó la antigua Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI), hoy Instituto Nacional de Estadística (INE), cuando en 1998 elaboró la última encuesta social realizada por el Estado.

El estudio concluye que la proporción de hogares en pobreza, de acuerdo al ingreso que reciben, es mayor que la que existía un año antes de que Hugo Chávez tomara el poder: en 1998 la encuesta social arrojó que 45 % de los hogares del país eran pobres y el estudio llevado a cabo por la academia determina que al cierre de 2014 la cifra se ubica en 48,4 %.

Para medir la cantidad de hogares en penuria, de acuerdo al ingreso, el Instituto Nacional de Estadística y el estudio llevado a cabo por las universidades contempla que las familias que no obtienen suficiente dinero a través del salario, bonos, becas, pensiones, para comprar cada mes una canasta de alimentos básicos que permita a cada integrante ingerir al menos 2.200 calorías diarias, son catalogadas como pobres extremos. Luego, las familias a las que su ingreso no les permite costear una canasta que añade a los alimentos básicos servicios esenciales como luz eléctrica y transporte son pobres.

El retroceso en materia de pobreza va de la mano del acelerado incremento de los precios y la merma en la capacidad de compra del ingreso.

Las últimas cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadística corresponden a 2013 y coinciden con el estudio de las universidades, en el sentido de que la cantidad de pobres está en franco crecimiento. Al comparar 2013 con 2012, un total de 1,7 millones de venezolanos ingresaron a las filas de la pobreza que, al cierre de ese año, contaban con 9,1 millones de personas, de las cuales 2,7 millones están en pobreza extrema. En términos porcentuales se trató de un aumento desde 25,4 % hasta 32,1 % de la población.

La política social no contempla planes focalizados para ayudar directamente a las familias que no pueden cubrir la canasta básica de alimentos. En teoría, los precios controlados y el subsidio que hace el Gobierno al vender alimentos a bajo costo a través de su red de supermercados y abastos conocidos como Pdval, Bicentenario y Mercal deberían evitar el salto de la pobreza, pero los resultados no son los esperados porque esta ayuda no está llegando a quienes más la necesitan.

El estudio de las universidades indica que los planes sociales que el Gobierno engloba bajo el nombre de misiones, al no ser focalizados, tienen baja efectividad: solo 20 de cada 100 personas en pobreza extrema se benefician de las ayudas.

Mientras la pobreza crece se mantiene un gigantesco subsidio al precio de la gasolina que principalmente beneficia a las clases altas y medias que poseen automóviles. Carlos Castillo, un ingeniero que llena el tanque de su Volkswagen Fox por tan solo 6 bolívares (0,9 dólares al tipo de cambio de 6,30 bolívares por dólar), me indica que «prácticamente es un regalo y puede ser injusto, el pasaje en una camioneta de transporte público cuesta el triple, pero en medio de tantas dificultades al menos puedo beneficiarme de algo».

La clase media experimenta un desmejoramiento acelerado. Mientras la inflación se desplaza a gran velocidad el salario de los profesionales avanza muy lentamente en unas empresas que producen menos. Para tratar de mantener el estatus los jefes de familia se aferran al salvavidas de la tarjeta de crédito que ahora es utilizada con regularidad para comprar medicinas, alimentos, pagar la mensualidad del colegio privado de los hijos o los útiles escolares[2].

Gracias a que las regulaciones indican que los bancos no pueden cobrar una tasa de interés superior a 29 % mientras que la inflación supera 100 %, la morosidad se mantiene baja porque el deudor le paga al banco con un dinero que vale menos que cuando recibió el préstamo. Pero el peligro de una burbuja está presente.

Boxeo salvaje

Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto. Los precios aumentan a una velocidad vertiginosa, cobros de vacuna, escasez, devaluación, comisiones groseras. El entorno es sumamente hostil en las grandes empresas y también en el terreno de las pequeñas inversiones. Hay víctimas.

Jennifer Rodríguez y Carlos Meleán, una pareja de diseñadores gráficos que decidió apostarle a un negocio propio en Caracas, cuentan cómo la ilusión dio paso al viacrucis. En primer término pensaron en un establecimiento donde las personas pudieran degustar un buen café, conversar y disfrutar un excelente postre, pero luego encontraron un sitio en Los Dos Caminos, una zona de clase media, y decidieron acondicionarlo para ser una franquicia de Pastelhaus, reconocida por sus pasteles, pizzas y tortas.

Rápidamente surgieron los problemas. «El local estaba en obra gris, teníamos que terminar de construirlo. Así descubrimos que existe un sindicato que te cobra vacuna para dejar trabajar a los obreros. Nuestro local estaba en la planta baja de un edificio que en el resto de los pisos tiene apartamentos. Las tuberías de desagüe deben tener un grosor específico que no fue el que utilizó la inmobiliaria, probablemente para ahorrar costos. Entonces, cuando hacían remodelaciones en los apartamentos las aguas negras nos inundaban», dice Jennifer Rodríguez.

«No escatimamos en gastos. Compramos la mejor vajilla, un filtro gigantesco para depurar toda el agua del local, la cafetera de la mejor marca, igual con las neveras, mesas, uniformes para los trabajadores, era nuestro sueño. El día de la inauguración apareció la presidenta de la junta comunal a reclamarme delante de los clientes que cómo abría sin su permiso. Era otra vacuna. También nos ocurrió algo similar con un inspector del Ministerio de Sanidad. Necesitas no sé cuántos permisos, es una carpeta de lo más voluminosa», agrega.

«Las leyes en materia laboral también son un problema. Aunque teníamos cámaras y descubríamos a trabajadores que nos robaban no podíamos despedirlos. El personal falta y tampoco lo puedes despedir. Cuando iba al Ministerio del Trabajo me señalaban como el explotador, para nada tomaban en cuenta que estaba haciendo una inversión, creando empleo con todos los beneficios que contempla la ley. Nunca obramos mal, pero uno aquí está desamparado», dice Jennifer Rodríguez.

Carlos Meleán, su esposo, explica que por inconvenientes con Pastelhaus rompieron la relación comercial y siguieron adelante bajo el nombre de Spezia Café, enfocándose en almuerzos, ensaladas. El cambio permitió detectar que los encargados de los inventarios compraban insumos en cantidades exorbitantes para recibir comisiones de los proveedores.

«Seguimos trabajando pero comenzó un calvario para encontrar harina de trigo, carne, queso cheddar, salsas; eran muchos los ingredientes que no conseguíamos por la escasez y no podíamos ofrecer un producto de calidad como queríamos. A esto se sumó la inflación. El salmón, por ejemplo, que era el ingrediente fundamental de una ensalada que vendíamos mucho, se disparó a un precio en el que era imposible trasladarlo a nuestros clientes; lo mismo con el queso parmesano importado para las pastas», dice Carlos Meleán.

«Paramos por una semana que nos tomamos para despejarnos. Era diciembre de 2013, había pasado un año. Cuando regresamos en enero de 2014 una de las neveras se había dañado. Nadie nos quería vender los repuestos porque como había un alza del dólar en el mercado paralelo no había quien se comprometiera sin saber el costo de reposición. Los técnicos que revisaban la nevera nos pintaban un panorama terrible, hablaban de motores inservibles. Luego descubrimos que solo querían mucho más dinero del necesario. En medio de la crisis todo el mundo estaba afilado», recuerda Carlos Meleán.

«Liquidamos al personal. Entonces vinieron las protestas en febrero de 2014, las guarimbas[3]. Por el cierre de calles era muy complicado llegar al local y llevar a mi hijo al colegio. Hablamos con una corredora de bienes raíces y pusimos el establecimiento en venta, con equipos incluidos. Nadie se interesaba. Nadie venía. Cuando las cosas se calmaron aparecían posibles compradores pero trataban de aprovecharse ofreciendo muy poco, la economía estaba muy deteriorada. Por fin, después de varios meses apareció un emprendedor, que ya tiene dos restaurantes, e hizo negocio con nosotros. La verdad es que no recuperamos ni la veinteava parte del dinero que invertimos. Al menos estamos más tranquilos», dice Carlos Meleán.

La idea de que en Venezuela cada día es más difícil el desarrollo personal, la conflictividad política, la inseguridad y la percepción de que el país camina hacia una crisis más profunda ha hecho que el tema de irse o quedarse esté presente en la mayoría de las conversaciones de quienes tienen alguna posibilidad de marcharse. Por primera vez los sociólogos hablan de «fuga de talento» y profesores universitarios explican que cuando solicitan a sus alumnos que levanten la mano quiénes desean irse, todo el salón lo hace. Aparte de las colas a las puertas de los supermercados también se hacen filas en los consulados donde emiten las visas o en el Ministerio de Relaciones Exteriores para apostillar documentos.

Un estudio elaborado por Datanálisis en agosto de 2015 registra que cuando se les pregunta a los venezolanos si tienen intenciones de emigrar y vivir en otro país, de tener posibilidades, 30 de cada 100 responden afirmativamente y en el caso de los jóvenes entre 18 y 23 años la proporción es cuatro de cada diez.

Valentina Palma y Eloy Salgado forman una pareja de excelentes músicos que desde el primero de agosto de 2015 vive en Estados Unidos, en Houston, junto a Matías, su hijo de cuatro años. Durante más de una década se desempeñaron como clarinetistas de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas y forman parte de los venezolanos que en los últimos meses emigraron.

«Lo primero que nos llevó a decidirnos es que se nos facilitaron las cosas en el sentido de que obtuvimos todos los documentos necesarios para trabajar legalmente en Estados Unidos», dice Valentina Palma, quien a sus 35 años es descrita por la prestigiosa firma Vandoren como una de las «clarinetistas líderes de su generación».

Ante la interrogante de qué la motivó a emigrar explica que «en primer lugar la inseguridad, esa situación de incertidumbre, de ruleta, que no sabías el día en que te podía tocar y según las estadísticas cada día era más probable que te tocara, era una angustia con la que ya no podía vivir. Más teniendo un niño de solo cuatro años. Luego están cosas como la alimentación de Matías, cada vez era más difícil conseguir productos de calidad para que su desarrollo sea óptimo, leche, proteínas; la escasez».

Añade al relato el tema de la inflación. «Mi sueldo era uno de los más atractivos en el ámbito donde me desenvolvía, trabajaba para la Sinfónica Municipal de Caracas, el Sistema de Orquestas Juveniles, la Fundación Mozarteum, pero lo que ganaba por todo lo que trabajaba no me permitía comprar lo que quería porque los precios cada vez eran más altos. El costo del colegio privado para Matías también aumentaba».

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361


[1]    Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) registran que en el primer periodo de gobierno de Hugo Chávez, entre 1998-2003, el porcentaje de personas pobres aumentó desde 50,4 % hasta 62,1 %. Entre 2004-2008, cuando ocurre el boom petrolero, la pobreza bajó hasta 32,6 %. En ausencia de un incremento constante en el precio del barril, la mejora se detuvo y al cierre de 2013 (último dato del INE) es de 32,1 %. En 2012 y gracias a un incremento muy grande del gasto público durante la campaña electoral, la pobreza descendió hasta 25,4 %.

[2]    En 2014, después de descontar el efecto de la inflación, los préstamos a través de las tarjetas de crédito crecieron 45 % de acuerdo con cifras de Datanálisis. Cifras de la Superintendencia de Bancos indican que al contrastar el segundo semestre de 2014 con el mismo lapso de 2013, el número de consumos cancelados con tarjetas de crédito en supermercados y abastos crece 41,6 %, en clínicas y farmacias 43 %, mientras que la cantidad de operaciones por avances de efectivo se dispara 252 %.

[3]    Bajo este nombre se conoce a una serie de protestas que llevaron adelante estudiantes y miembros de la oposición. En Caracas se tradujo en el cierre de calles en distintas urbanizaciones.

 

Ahogados en el Orinoco

Las aguas bajan y los problemas quedan. Esa es la preocupación de José Gregorio Salazar, no Hernández: por eso, aunque padre, no hace milagros. A él mismo le tocó acompañar a una familia en duelo porque la más pequeña de la casa, que contaba con un año y medio, murió ahogada en la crecida más alta del río Orinoco, que ha acumulado más de 60 mil damnificados en seis estados del país.

La pequeña pertenecía a un hogar de cuatro mujeres, donde cada una contaba con responsabilidades distintas. La madre y la tía se encargaban de buscar comida en una ciudad inundada y sin alimentos. Mientras que la niña de ocho años se quedaba resguardada en casa cuidando a su hermana. Bastó unos segundos de distracción para que lo irreversible ocurriera. La bebé gateó hacia lo que se supone que era el patio, hacia lo que debía ser el patio: hacia ese lugar al que, probablemente, tantas veces había gateado sin problema alguno.

Pero lo que antes era solo patio, ahora era principalmente agua: a la niña la encontraron ahogada.

Los gritos de los vecinos anunciaban a un “objeto” flotando. Los gritos devinieron alaridos cuando comprendieron que se equivocaban. Y el padre José Gregorio Salazar solo pudo ofrecer la palabra de Dios. Y solo pensó que si el río se elevaba, continuarían las tragedias. Y que si el río descendía, se mantendrían las tragedias.

El río Orinoco, el cuarto más largo de Sudamérica y el tercero más caudaloso del mundo, luego del Amazonas y el Congo, tiende a elevar sus metros de agua sobre el nivel del mar entre julio y agosto desde hace más de dos siglos. Este año, superó el nivel máximo histórico registrado en 1943 y 1976, con una cota de 18,10 msnm. Es decir, el agua alcanza las calles hasta, algunas veces, cubrir casas completas. En esta oportunidad, se han visto afectadas las comunidades de los estados Amazonas, Bolívar, Delta Amacuro, Monagas, Apure y Anzoátegui.

Precisamente por eso, por no ser un fenómeno reciente, la preocupación del padre Salazar se acentúa. Por eso su rabia, que desea disimular. No es primera vez que observa el dolor de una familia, ni tampoco la destrucción de paredes, techos, neveras y cocinas. Y, peor aún, está consciente de que, en una Venezuela sin medicamentos, enfermedades supuestamente erradicadas, como el paludismo y el sarampión, no podrán ser atendidas. Está consciente de que, en una Venezuela hiperinflacioanaria, esas casas destruidas difícilmente podrán ser recuperadas.

Pero la naturaleza, poco a poco, retoma su rumbo. Las aguas se calman y las ciudades salen a flote. El problema es que los ciudadanos de San Félix se sienten más pobres. No saben qué tienen, cuánto tienen. Reciben donaciones de la gobernación: mosquiteros, sábanas, colchones, ropa. Los revenden. Los revenden caro. Todos quieren ser bachaqueros. El padre cuestiona, nuevamente, la política de pan y circo que emplea las autoridades. Exige que se cree una Contraloría, para reducir la viveza criolla de los revendedores. Y espera soluciones efectivas porque sabe que esa misma gobernación no tiene ninguna cajita CLAP –uno de los pocos e insuficientes “beneficios” que ofrece a los ciudadanos– que controle la cota del Orinoco: solo controla el hambre, dizque. El padre se pregunta, ¿acaso van a seguir retando a la naturaleza?

El proyecto Misión Vivienda, uno de los mecanismos con los que las autoridades supuestamente buscan “ayudar” a los venezolanos, no se plantea la reubicación de las familias, a pesar de que las consecuencias de la subida del río es algo que se ha repetido sucesivamente a lo largo de los últimos años. Las inoportunas construcciones se mantendrán a la orilla del río. El padre dice: “Ya basta. Nadie predice la naturaleza. Sí: esta subida es un récord histórico. ¿Y si el próximo año es peor?”.

Mientras, las serpientes y zancudos se pasean entre aguas estancadas. Esperando su próxima presa. Algunos habitantes no se alejan de su chozita, pues es lo único que tienen: lo único que les queda. Además, los delincuentes no desaparecen en desastres naturales. Como dice el padre, el problema no es el Orinoco, el problema es el país.

Por primera vez, él y su equipo de Justicia y Paz de la Diócecis de Ciudad Guayana fueron escuchados. Dejaron de ser los “escandalosos y creadores de zozobra”. Recaudaron ciertos insumos. Solo que los califican como “pañitos caliente” porque las comunidades siguen buscando respuestas de verdaderas autoridades: necesitan soluciones contundentes y no medidas de contención. Agradecen la ayuda del padre, pero saben que no es suficiente, que están condenados a sobrevivir bajo el agua todos los años.

Es probable que aún les queden más niñas ahogadas por enterrar.

 

Por Claudia Smolansky | @clausmolansky