#DomingosDeFicción: El elogio del comandante

Mi madre fue prostituta en la Habana. Mi padre es un oficial del ejército venezolano. Soy hija de la experiencia del acertijo, pasé mi infancia adivinando a cuál de los dos echarle la culpa de mis tristezas. Nunca estuve a la altura de los hábitos que demanda una ciudad cubana; no estar triste por amanecer casi todos los días en casa de mi abuela o de mi tía Mercedes, no estar triste porque solo podía ver a mi padre algunos sábados en la noche en un sótano atestado de gente con luces y música, no estar triste por ver a mi madre intentando ser optimista y seguir flotando dentro de la isla con cada una de sus decisiones aunque la mayoría fuera un error, debía hacer del error la vasija de supervivencia para comer y cumplir con la exigencia cotidiana de movilizar nuestros cuerpos en la agotadora rutina de no morir.

El 23 de abril de 2003, el Hospital Universitario Clínico Quirúrgico “Comandante Manuel Fajardo” recibió una mujer negra con un nombre y un apellido: Martina Suárez, la misma cantidad de palabras me iba a corresponder a mí: Amelia Suárez. Ese día fui la niña blanca con una madre que me presumía bajo el nombre de una pintora cubana formada en Europa y que solo había conocido los primeros años de Revolución. También nací con un abuelo que siempre fingió un cuidado extremo con sus libros dejándolos al alcance de quien pudiera manosearlos: ejercicio de resistencia para el futuro predecible. Yo seguiría llamándome Amelia Suárez y para mi madre eso sería el augurio que lograría que un europeo me eligiera y me sacara de la isla, sobre todo porque para mi abuela mi tez pálida era la única oportunidad que me había dado mi padre  aunque él solo lo reconociera cuatro años más tarde cuando el parecido físico entre ambos era de una insinuación satánica.

Su reconocimiento nunca se legalizó. Pero tuvimos más frijoles en la despensa y un par de veces al mes comíamos carne roja. Nunca vi a mi padre desnudo. Siempre quise verlo sin su uniforme verde oliva. Cuando tenía nueve años le pregunté a mi madre por ese cuerpo y me describió a un hombre que ha sido amado, nunca mencionó sus genitales; no mencionó ninguna imperfección, un pene torcido y oculto bajo la grasa o unas nalgas tímidas y peludas. A mí siempre me pareció gordo para dedicarse a defender la patria como él mismo me dijo una vez en el sótano de las fiestas donde podía verlo, esa parte de la casa de don Abilio con uniformes y corbatas que cobijaban a los hombres del aire acondicionado al que se exponían las pieles de las mujeres siempre caminando con bandejas y vasos en las manos o siempre sentadas sobre las piernas de algún hombre para no resfriarse: explicación térmica que esa noche me dio mi padre, el comandante, como me pidió que lo llamara y como mi madre y todos los que lo rodeaban también lo nombraban.

Era privilegiada, era la única que podía entrar al sótano a ver al comandante. Los pocos sábados que podía ir él y el resto me recibían como “la niña”. Podía recorrer el sótano excepto sus pequeñas habitaciones que estaban cerradas hasta que un hombre con corbata o con uniforme entraba con Marisela, Lupita, Martina, Yuliana, Belkis, Rosangela, Inés, Leydi, Sasha o mi madre. Esta última solo cuando el comandante la elegía, como solía hacer antes de que yo fuese concebida.

Una noche le pedí a mi abuela que me hablara del comandante, pero ella me habló del significado de “Fidel” como alguien que es fiel o digno de fe, la evasión a mi pregunta continuó  con una respuesta que no hizo analogías políticas sino amorosas usando como ejemplo los cuentos de princesas que yo había rescatado de la biblioteca que ella también cuidaba después de morir mi abuelo. Sin darse cuenta, o quizás sí, evadía su relación con mi abuelo como ejemplo de fidelidad. Ambos se mantuvieron unidos para cuidar la biblioteca, que, a diferencia de sus hijas nunca podría hacerse cargo, sola, de su propia vulnerabilidad, era una hija más que desde su eterna infancia acompañaba y, muchas veces, procuraba el crecimiento de sus hermanas, yo era una de ellas.

Mientras el comandante envejecía para defender la patria, yo crecía junto a los libros de mi abuelo para renovar el mundo. Podía decir que la biblioteca era mía.  Mi abuela le dijo a mi madre que me la merecía cuando me vio leyendo libros sin ilustraciones gráficas. Para ella, suprimir los dibujos era una marca de responsabilidad porque de las imágenes en nuestra cabeza solo podíamos hacernos cargo nosotras, nadie más.

Mi biblioteca era vieja, como casi todo en Cuba. Ella también era mujer y en algún momento la violentaron arrancándole varios títulos tildados de ofensivos o peligrosos. Cuando cumplí quince, ya había leído sesenta y dos libros de los más de quinientos que se apilaban sobre las tablas clavadas en la pared de la sala y en la mesa de la cocina donde estaba la despensa de cortinas verdes que otra vez había alcanzado el desamparo. El comandante ya no viajaba a Cuba, había sido removido de cargo según mi madre. La revolución en Venezuela lo masticó según mi abuela.  Sin carne otra vez, pensaba yo. Mi madre, como en mi niñez, comenzó a llegar en las mañanas a dormir. Ahora que el comandante no estaba, mis visitas al sótano de don Abilio fueron censuradas por ella porque mientras mi padre no estuviera ambas no podíamos estar juntas en ese lugar.

Yo era una quinceañera virgen y flaca. Mi curiosidad erótica se saciaba con las conversaciones sexuales de mis compañeras del liceo, la mayoría había perdido la virginidad antes de los doce años y ahora que tenían entre catorce y quince habían desarrollado un criterio sexual que les permitía costearse ciertos placeres, los genuinos. Marta y Eugenia soñaban con Italia, eran grandes amigas y querían que un mismo hombre se las llevara a las dos. Rosangela, aunque también se prostituía, estaba enamorada de Raúl, su novio del barrio desde la infancia, él la ayudaba a conseguir gringos que pagaran por la noche más de veinte dólares incluso más cuando él se sumaba en tríos. Luego ambos, desesperados de risa, corrían a gastarse lo ganado en chucherías. Algunas veces fui invitada de sus comilonas, Rosangela era mi mejor amiga y estaba orgullosa de mi virginidad al punto de cuidarla tanto como mi mamá. Virgen eres más cara, pero yo quiero que tu primera vez sea por amor, como lo hice yo, decía Rosangela mirando a Raúl.

En una de nuestras salidas, Raúl decidió que ya era hora de elevar nuestro estatus social, esa tarde salimos del liceo y bebimos cerveza. Él había llenado una cantimplora de tres litros que a las seis de la tarde ya estaba por acabarse. Caminamos por el malecón fingiendo una marcha nupcial, yo levantaba la cola de un vestido de novia imaginario, mientras Rosangela se aferraba a los brazos de Raúl besándolo. Ya eran las siete de la noche, al llegar a una calle oscura empecé a correr suponiendo que me seguirían, ¡Amelia, detente, niña, ven! Gritó Rosangela, yo me detuve a carcajadas, Raúl la besaba quitándole el uniforme, comenzaron a coger como si yo fuese una cámara que los haría famosos para sacarlos de la isla. Pensé en Efraín, en todo lo que debió hacerle a María para que ella no llorara tanto, y en mi madre, en todo lo que le hacía el comandante para que aprendiera a llorar. Rosangela hizo un gesto para que me acercara  y como alguien que intenta no ahogarse en el mar dejando un último gesto de auxilio, metió su mano dentro de mi blume, como muchas veces lo hice yo y como otras se lo hizo el comandante a las mujeres del sótano. Mientras Rosangela gemía, yo me humedecía. Raúl la abrazó hasta el final de ambos. Yo me acomodé la falda y seguía pensando en Efraín. Días después, Rosangela aceptó llevarme al sótano, pero no vas a singar, me advirtió.

Un vestido corto, verde, de tela más delgada que fina producto de las continuas lavadas que le habían dejado unas cuantas lentejuelas; yo temblaba. Rosangela no se apartaba de mí, los hombres me miraban olfateando la virginidad en mi falta de gestualidad erótica. Pero el cuerpo moreno con ojos claros de Rosangela siempre lograba apartarme como presa. Yo quería ser cazada. El borracho de uniforme en la barra era el comandante, me acerqué en un descuido de Rosa, otro modo de llamar a mi amiga, y desde una distancia velada me incliné sobre la barra fingiendo que buscaba algo. Lo encontré. Una mano pesada y fría me bordeaba la cintura. Quieta.

La última vez que el comandante me vio yo tenía once años, ahora mi cuerpo y mi rostro eran un nuevo naufragio, habían pasado cuatro años y en cuba la fiesta de los quince era el rito de iniciación que formalizaba el cuerpo en desarrollo para el concubinato. En el sótano no me protegía la inocencia de un cuerpo infantil y sin curvas. Tiempo que no te veía por acá, le dije al comandante cuando logré hablar sin voltear a verlo soportando el aire acondicionado, él se mantuvo detrás de mí y me plegó a su cuerpo, no hablaba pero movía las mechas de mi cabello con su respiración agachada en mi nuca. Lo imaginé con los ojos cerrados. Fue la primera vez que tuve miedo de un hombre,  podía sentir su barriga presionando mi espalda contra la barra. Cuando Rosangela logró verme, los dedos del comandante ya estaban congelándome los labios del sexo, ella intentó apartarlo con su propia sensualidad, sabía que las palabras eran espuma para un hombre borracho con uniforme. Yo podía escuchar la manera en que los dos ensalivaban sus lenguas al chocar, pero él no dejaba de aferrarse a mi cuerpo. Delante de mí la barra y una parte de su brazo oculto entre mis piernas sin blume, el vestido todo lo facilitaba, mi respiración era cada vez más fuerte, mis caderas serpenteaban, pensaba en Efraín, y Rosa, como una madre orgullosa, me observaba.

¡Quítate, puta! Me gritó el comandante mientras recuperaba su mano para limpiarla con asco en mi vestido, arrancando las últimas lentejuelas. La mirada del comandante se enconaba en la mía, el frío del sótano ya no me hacía temblar. Tengo un par de días viendo a ese tipo, dicen que es impotente, que tuvo poder y solo viene a emborracharse, pero tú le gustaste, dijo Rosa presumiendo que yo acababa de recibir un elogio del comandante.

Esa noche supe que para irme de la isla no podía contar con la ayuda de mi padre. La biblioteca me había forjado expectativas que se sostenían en la mirada sin mirar que le ofrecía al mar. Quería irme, pero no quería abandonar mis libros. Fantaseaba con la manera de miniaturizar la biblioteca, de hacerla portátil; contrabandearla. Pero yo había logrado llegar a Venezuela sola. No había sido difícil conseguir mi título de medicina para irme de misión a un país donde también fue fácil nacionalizarme por una causa revolucionaria. En Cuba se sobrevive actuando, en Venezuela fingiendo. Tenía veintitrés años, había egresado de una universidad y no estaba capacitada para ser médica, pero formaba parte de la revolución. Cumplía mi misión en Mérida, una ciudad donde los días fríos me hacían recordar el sótano con mi madre, Rosángela y Efraín.

Dos años después de salir de Venezuela, logré visitar en Colombia la piedra donde los lugareños afirmaban que María se sentaba a llorar. Me pregunto si en su suspicacia mi abuela no habría sospechado de Jorge Isaacs como el autor erótico que abiertamente me reservó la biblioteca.

 

Por Xenia Guerra

Patria, socialismo o muerte

Es una de las tantas postales que ha dejado la Revolución Cubana: la de personas teniendo que escapar de su propio país para buscar ya no calidad de vida, sino la forma de darle de comer a los suyos. Los rojos, fidelistas por siempre, han venido copiando el modelo y, a razón de lo que vivimos hoy en día, podemos decir que mal no les ha ido. A veces, la única opción es patria, socialismo o muerte. Ya había pasado algo similar en 2015 y esta semana ocurrió de nuevo: un grupo de venezolanos zarpó ilegalmente desde las costas de Falcón con la intención de llegar a Curazao para buscar trabajo y su embarcación terminó destrozada a orillas de la isla caribeña. Los cadáveres de Joselyn y Danny Sánchez (24 y 33), Oliver Cuahuromatt (33) y Janaury Guadalupe (17) fueron encontrados en la zona de Koraal Tabak por las autoridades locales. Luego de notificar el hallazgo de los cuerpos, Reginald Huggins, representante de la policía de Curazao, informó que fueron detenidos dos venezolanos que estaban por la zona con actitud sospechosa. Tras encontrar a los fallecidos, las autoridades comenzaron a hacer allanamientos por la isla en busca del resto de tripulantes de una lancha que salió con, al menos, 30 personas a bordo. Ciudadanos que pagaron $ 100 para atravesar los kilómetros que separan a Venezuela del territorio perteneciente a los Países Bajos. Esta mañana confirmaron desde la isla el hallazgo de un quinto cuerpo. The Associated Press, por su parte, indicó que al menos 16 personas lograron sobrevivir al naufragio. José Gregorio Montaño, director de Protección Civil de Curazao, le dijo a la agencia que, gracias a la información suministrada por familiares, pudo conocer que 11 miembros de la tripulación se encuentran a salvo, aunque permanecen escondidos por haber entrado de forma ilegal al territorio neerlandés. Otros cinco venezolanos se encuentran detenidos y dos de ellos están en un centro de salud tratándose las lesiones sufridas. Los sobrevivientes serán deportados a nuestro país vía aérea. El cuerpo policial de Curazao afirmó que en 2016 interceptaron 60 embarcaciones provenientes de Venezuela y que en 2017 la cifra se quintuplicó (300).

Así pasó el crucero de Chanel por el mar de la felicidad

Por: Juan Pedro Cámara – @Juanpecamara

La Cuba de estos tiempos está lista para otros mandatos absolutos. Dentro de un proceso que se ha llamado de “apertura”, la isla madre de la revolución latinoamericana le prestó sus calles a la colección Crucero 2016/17 de Chanel, la centenaria casa de alta costura parisina que desde 1983 tiene a la cabeza al Kaiser de la moda, Karl Lagerfeld. Primero fueron la visita diplomática de Obama y el concierto gratuito de Rolling Stones, pero, el pasado martes 3 de mayo, la puesta en escena de uno de los desfiles más esperados del año desencadenó un performance simbólico sin precedentes sobre una visión exótica del caribe estancado en el comienzo de la Guerra Fría.

El encuentro estuvo destinado a darse en tensión. ¿Qué podía decir Chanel de Cuba?, ¿cómo podía la moda, hija predilecta del capitalismo, interpretar la tradición estética de un país que lleva medio siglo cercado por el totalitarismo más longevo del hemisferio? Lagerfeld, que pisó por primera vez suelo cubano en las vísperas de la presentación, no pudo sino recurrir a la nostalgia imaginada de la isla en los cincuenta y su fantasmagórica presencia en La Habana descalabrada del siglo XXI.

Las colecciones crucero o resort son entregas a mitad de año de una industria frenética que necesita ocuparse las manos entre las semanas de la moda de otoño/invierno y primavera/verano. Como sus nombres lo sugieren, originalmente fueron pensadas para proveer a los jet setters con ropa apropiada para viajes y climas cálidos, y por su carácter comercial se han convertido en un generador importante de ingresos para las casas de moda. Chanel tiene años ya abocándose a esta estrategia. Han pasado por Dubai, Singapur y Seúl, incorporando siempre elementos de la cultura visual de sus sedes a los sellos indiscutibles de la marca. El riesgo, claramente, es la caricatura. Y ninguna otra colección pareciera serlo más que la que Lagerfeld hizo desfilar por el Paseo del Prado de La Habana.

Dislocadas de su contexto, la mayoría de las piezas no llaman al escándalo. Son prendas de un vapor exquisito que van desde la sobriedad tatuada en el ADN de la marca a estampados coloridos que, más que al Caribe, aluden al trópico. Ubicar la colección, sin embargo, en la Cuba de hoy resulta doloroso. En primer lugar está la simplificación de la Cuba contemporánea a la imagen rudimentaria y fotogénica de sus ruinas y de sus personajes atrapados en el tiempo. Chanel presentó, por ejemplo, la masculinidad cubana reducida al arquetipo del Pedro Navajas, literalmente ataviado con un sombrero de ala ancha de medio lado, un puro en la boca y una corbata agigantada como símbolo de virilidad hipertrofiada.

Chanel no pudo tampoco resistirse a glamorizar la iconografía comunista de la isla y del continente. Sus colores pasteles y neones los arroparon de prendas alusivas a la indumentaria militar. Si la referencia no quedaba clara, un contingente de modelos con boinas de lentejuelas negras se encargó de aclararla. Algunas eran simplemente unicolor o iban adornadas con bordados abstractos. Otras, sin embargo, llevaban al frente la doble “C” entrelazada de Chanel y la estrella de cinco puntas, símbolos que han representado para Karl Lagerfeld y Ernesto “Che” Guevara los grados de Kaiser y Comandante, respectivamente. Incluso para una industria tradicionalmente miope ante las sensibilidades culturales, esta se pinta como una torpeza histórica.

Cuando las cámaras que graban el desfile se alejan, la imagen muestra las fachadas agrietadas de La Habana cuyos colores parecieran haberse derramado sobre la pasarela. Así están también sus carros, que por más pulidos que aparezcan en los estampados de la colección, no son testimonio de una afición cubana por lo vintage. Y está su gente, aglomerada en las esquinas o reunidas en los balcones, privadas una vez más de otro sarao que no les compete. Hay exaltación por la envergadura del evento, pero este es otro espacio más, esta vez uno público y valiosísimo, que como los hoteles de lujo que han seguido siempre al servicio de los extranjeros, no está a su alcance.

Al menos en este caso, la apertura de Cuba no fue bidireccional. Fue Cuba la que se le entregó al mundo, pero no a la inversa. En la pasarela, reporta El País, solo caminaron tres modelos cubanas. Y cuando la peregrinación final tomó el bulevar, Lagerfeld y su escuadrón evidenciaron lo foráneo del espectáculo. Al ritmo de la agrupación Rumberos de Cuba, la procesión bailó las melodías caribeñas como lo hace un grupo de turistas torpes en una clase de zumba en la cubierta de un barco. El crucero, esta vez, fue la metáfora perfecta: ese espacio de autenticidad fabricada y plástica, excesivamente brillante y cursi que sirve como una burbuja para ver el mundo desde la barrera. La Cuba de Chanel no fue sino un delirio más del Kaiser.

Leonardo Padura fue galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015

La mañana de este miércoles 10 de junio, el novelista cubano Leonardo Padura fue galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, galardón al que estaban nominados otros 27 candidatos provenientes de diecisiete países.

Padura es conocido por escribir la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde, y por ser crítico al régimen castrista. Asimismo, el autor es considerado como uno de los escritores cubanos con mayor proyección internacional, estando siempre a favor del acercamiento entre Estados Unidos y Cuba; así lo reseñó El Nacional.

Su obra “constituye una soberbia aventura del diálogo y la libertad”, así lo consideró el jurado del Premio Princesa de Asturias. Darío Villanueva, director de la Real Academia Española, aseguró que Leonardo es un escritor “arraigado en su tradición y decididamente contemporáneo; un indagador de los culto y lo popular”.

Además de escribir novelas basadas en historias policiacas, Leonardo Padura ha trabajado como guionista, periodista y crítico literario, extendiendo su trabajo creativo a un largometraje y una serie de televisión inspiradas en el personaje Mario Conde.

Una historia de cine que trascendió la gran pantalla

Javier Núñez Florián y Anailín de la Rúa, actores cubanos, decidieron huir mientras el equipo de la película Una noche, de la cual son protagonistas, viajaba desde la Habana al Festival de Cine de Tribeca, en Nueva York

Hace doce días el equipo de la cinta Una noche aterrizó en Miami. Era la escala que debían hacer para llegar a Nueva York donde se celebró el Festival de Cine de Tribeca. Pero ni Nuñez Florián ni de la Rúa llegaron al destino final. Escaparon en la ciudad de Miami.

En Una noche, Nuñez Florián y de la Rúa representan a Lila y Elio, una pareja de hermanos que, junto a su amigo Raúl (Dariel Arrechada), deciden abandonar la isla en balsa para buscar un futuro mejor en el sur de la Florida. La fábula se tornó realidad, pues dos de los protagonistas decidieron quedarse y solicitar asilo político en Estados Unidos.

Luego de diez días de incertidumbre, la pareja de actores, quienes iniciaron una relación sentimental durante el rodaje de la cinta, ofrecieron entrevista a la televisora América TeVe en la que anunciaron sus planes de permanecer en el país. “Era algo que hablábamos constantemente. Allí (Cuba) la juventud no tiene futuro. Queríamos ayudar a nuestros padres”, aseguró Nuñez Florián.

Les tocó, entonces, a Lucy Mulloy, directora de la cinta, y a Dariel Arrechada, coprotagonista, aceptar los tres galardones con los que se alzó la película: Mejor Directora Novel; Mejor Fotografía; y Mejor Actor, premio que comparten Nuñez y Arrechada.

Si bien expresaron su tristeza por no haber contado con la presencia de sus compañeros en su exitosísimo paso por Tribeca, Mulloy y Arrechada brindaron su entendimiento y desearon éxitos a la joven pareja que ha de comenzar de cero, ahora en la ciudad de Miami.