la chica transparente

La chica transparente

La memoria me falla. A veces puedo ver imágenes y percibir sensaciones. Pero no logro organizar todo en un recuerdo. Algunos días despierto con un sabor extraño en el paladar. Me sucedió hace poco. Apenas me levanté de la cama y mis pies tocaron el frío dormido sobre el piso, sentí el mar paseando por mi boca. Nubes desfilaron frente a mí mostrando distintas formas.

Dos horas después identifiqué el sabor: pulpos, calamares y camarones sofritos con pimentón y cebolla, guisados en pasta de tomate y servidos en una cazuela de barro. Al levantarme fui la cazuela de barro y también el mar frente al restaurante en algún punto de este país, punto cuyo nombre no recuerdo. Pero no me aflijo porque lo sé: en un par de horas podré recordarlo. Para entonces posiblemente no sabré la razón por la cual estará sonando en mi mente. Este diario tiene el propósito de evitarme el tormento de no saber a qué responde la aparición de un recuerdo, por eso escribo hoy: porque la memoria me falla.

De vez en cuando un aroma me hace viajar hacia una estación, como un Metro trasladándose a través de un túnel oscuro. No hay metros en el pueblo donde vivo. Por eso vivo aquí. No hay tráfico, no hay prisa, no hay abundancia de tecnología, apenas la necesaria.

Ahora lo recuerdo, abordé por primera vez un Metro en Caracas. Me dio la impresión de estar en el vientre de una bestia endemoniada. Una bestia tragamonedas. El Metro abrió sus puertas y atrajo las monedas como un imán, y allá fueron los humanos. Y allá fui yo. Adentro la digestión consiste en un mareo apoderándose de tu mente, llevándote a lugares donde ya estuviste. El tiempo se cuela en el pasillo y al tocarte causa una reacción en el vientre de la bestia, entonces ella abre sus bocas para escupir las monedas infectadas por los recuerdos. Es cuando llegas a tu destino, sin percibir los minutos o la hora transcurrida.

Odié el Metro desde el instante cuando bajé las escaleras y descubrí por primera vez ese mundo subterráneo. Lo sé porque así lo dicen las páginas de este diario. Lo sé porque mientras escribo “Caracas” puedo saborear la sangre, y odio el sabor de la sangre; lo odio desde aquella vez cuando me sostuve de la rama de un naranjo para no caerme mientras corría detrás de Fabiola.

«Chúpate el dedo, así dejarás de sangrar», me dijo para luego reír a carcajadas mientras yo seguía su instrucción, crédulo de sus palabras.

De aquel día solo recuerdo el sabor de la sangre y el de su piel. Todos mis encuentros sexuales tuvieron el aroma y el sabor de Fabiola. Y aunque en este momento no puedo recordar mucho sobre esos minutos de gloria junto a ella, en otras ocasiones he recordado detalles y están registrados en las páginas de este diario. Las leí para saber por qué, por qué tengo este cuaderno junto a mi cama, por qué estoy aquí en esta habitación observando árboles y montañas, a través de la ventana.  

En realidad ese mundo subterráneo no es extraordinario, es el mismo mundo de la superficie. Mientras iba dejando reposar mi pie en cada escalón me hice consciente: somos animales desorientados, con una engañosa convicción sobre el destino.

La convicción es un invento ridículo, lo supe esa tarde. Tuve temor de llegar al último escalón y formar parte de esa manada pretenciosa y tonta. Más bien tuve temor de ser observado por otra persona bajando las escaleras y descubriendo la torpeza humana. Me sentí ridículo al saberlo: en segundos yo sería parte de la manada y no observador. Eso me ocurrió las veces cuando Caracas se hizo inexorable.

El temor sabe a naranja, huele a naranjales, a tierra húmeda, las nubes adoptan formas extrañas cuando sientes temor.

Ahora lo recuerdo, esas nubes desfilando sobre mí en aquel restaurante formaban naranjales blancos con un azul intenso de fondo. Así de azul estuvo el cielo la tarde cuando Fabiola me arrastró al potrero detrás de su casa, en este mismo pueblo de donde huí y adonde vine a parar. Me dejé guiar por ella, me tomó de la mano y me arrastró a través de los naranjos. Yo iba temblando por dentro. Sabía a qué me enfrentaría tan pronto el sendero acabara. Yo lo deseaba. Yo la deseaba.  

Lo supe esa misma tarde: el temor y el deseo van de la mano tal como íbamos nosotros, corriendo hacia el lugar donde consumamos un amor temprano, inocente e impaciente. Valió la pena sufrir el golpe en el estómago y el temblor mudo. Desde entonces el temor me sabe a naranjas y las nubes dibujan naranjos cuando la incertidumbre me abraza.

Hay recuerdos que no olvido. La memoria me falla, pero también se burla. Escoge a su antojo recuerdos para perpetuar.

Nunca he podido olvidar aquella paliza recibida, la única según mi memoria. Doce, trece o catorce años, en la salida del liceo. Todavía mi rostro intenta esquivar el golpe mientras recuerdo. También escucho los gritos, unos alentándome y otros alentando a mi contrincante. Los nudillos se estrellaron en mi cara, el cielo se volvió negro. Recuerdo las voces, «remátalo con una patada», «no lo dejes levantarse». Recuerdo las burlas, «chamo, buena coñiza te dieron».

Me recuerdo miserable, con miedo y humillado. Queriendo ponerme en pie, pero mis pies temblando. Años después lo supe, mi espíritu se quebró aquel mediodía, o aquella tarde. Si fue antes de mis trece, sucedió en el mediodía porque hasta esa edad estudié de mañana; si fue después de los trece, entonces recibí la paliza cerca de las seis de la tarde.  

Nunca más volví a pelear y si fue así no lo recuerdo. Desde entonces aprendí el arte de evitar confrontaciones violentas. Por un tiempo me volví adulador y complaciente: siempre de acuerdo con todos y siempre dispuesto a colaborar con todos. Y cuando logré sacudirme de mi cobardía, y restauré mi espíritu quebrado, quedaron fragmentos de aquella paliza grabados en mi rostro.

Tampoco pude olvidar jamás la revolcada en la bajada del Capitán. Ocurrió la primera semana con mi bicicleta. O fue la segunda. Me gustaba ir a Piedritas, el caserío vecino. Desde aquí no eran más de veinte minutos en bicicleta. Frente a la Hacienda del Capitán la carretera se empina. Requería un esfuerzo extra subir el cerro, a veces cansaba menos bajar de la bicicleta y subir a pie.

Lo emocionante era el regreso. Daba unas vueltas en las dos únicas calles del caserío y regresaba ansioso. Apenas comenzaba a descender retiraba mis pies de los pedales, y cerraba mis ojos por un instante para sentir el vértigo. Un huracán nacía en mi estómago, puedo recordarlo porque ese mismo huracán me acompañó en todos los viajes por aire. Apenas el avión despegaba o aterrizaba, yo estaba deslizándome en la bajada del Capitán.

Esa tarde, o esa mañana, se me ocurrió soltar el volante. Creí posible disfrutar la libertad extendiendo mis manos hacia los lados. Terminé rodando. Fui a dar a un extremo y la bicicleta al contrario. Me atajó la maleza, añadiendo a mis golpes algunos rasguños. Apenas salí de la maleza, mis amigos reían. Sí, lo olvidaba, nunca fui solo a Piedritas, siempre descendí la bajada del Capitán con otros. ¡Ojalá hubiera estado solo!

No se golpeó tanto mi espalda como mi dignidad.  Por un tiempo no estuve cómodo conmigo. Todavía hay secuelas de ello.

Me desagrada mi memoria, por ejemplo, y su selección de recuerdos imborrables. Me desagrada no recordar otras cosas ¿Qué otras cosas? No lo sé, pero me gustaría recordarlas para saberlo. También me gustaría tener acceso inmediato a mis recuerdos sin todo ese proceso de esfuerzos, rituales y transcripciones. Seguiría escribiendo mi diario así tuviese mejor memoria, siempre quise ser escritor. Aunque decir siempre es una exageración, pero quién sabe, tal vez mi memoria podría asegurarlo de no ser tan burlesca.

Esos recuerdos, junto a la muerte de mis padres y la partida de Fabiola, me hicieron huir de aquí. Abandoné el pueblo y la vida estrecha. Y en la ciudad conocí a Julieta.

Si Fabiola me rasgó el alma entre los naranjales, Julieta sacudió mi mundo y me hizo estallar en fragmentos. Julieta obligó mi dispersión hacia todos los puntos cardinales.

Fabiola es de esos recuerdos de los cuales no quiero despojarme. Lo confieso a riesgo de ser nuevamente víctima de mi memoria, conociendo ella mi deseo, mañana podría amanecer sin su nombre. A Julieta quisiera olvidarla, como he olvidado quién sabe cuántas mujeres. Quisiera olvidar su determinación de hacerme mejor, porque cuando huí del pueblo me llevé la paliza y la revolcada en la bajada del Capitán. También me llevé la simpleza de mi apariencia y el vértigo ante lo inmenso.

Julieta me tomó, como alfarero al barro, y me estrelló contra una plataforma de concreto. Quebrantó mi espíritu quebrado y luego me hizo de nuevo. Su cuerpo fue mi geografía por mucho tiempo. Me aventuré a descubrir cada montaña, río, selva y desierto contenido en ella. Pero de toda ella, sus costas me enloquecieron. Todos mis viajes fueron intentos por olvidarla, por encontrar mejores playas donde apostarme para disfrutar un paisaje superior al de sus ojos virándose mientras besaba sus costas. Ya no recuerdo su silueta ni los detalles de su cuerpo, pero su nombre sigue destellando y es suficiente para sentir la brisa chocando contra mi pecho, despeinándome y anunciando la caída tras soltar el volante de mi bicicleta.

¡Qué ironía, Julieta! Me devolviste con tu partida todo cuanto perdí con tu llegada.

Ella abandonó el país porque con esa situación ya no tenía futuro aquí. Yo intenté seguirla, pero nunca pude pisar Madrid. No con mi cuerpo. Con mi espíritu sí, porque contemplé fotos de la ciudad europea y cada vez juré llegar hasta allá y reencontrarme con ella; mientras ella seguía la pista de su futuro, yo iba tras el pasado porque el pasado era mi futuro. Terminé odiando Madrid y la promiscuidad con la cual se abre frente a quien llega queriendo ser artista. Julieta triunfó con sus poemas. Cambió su nombre por un seudónimo, se disfrazó de madrileña. Julieta me olvidó.

Probablemente va caminando por las calles de Madrid, saludando con ese tono ajeno y cantadito. Exclamando un ¡joder! Tan distante. Tal vez ahora mismo soy un poema suyo en una de sus tantas antologías, un poema olvidado por ella y desconocido para mí.

El futuro es una quimera, siempre partiendo apenas asoma su llegada. Lo supe cuando Julieta justificó su abandono con la excusa de buscar el suyo.

Durante tres meses me envió cartas con fotos suyas señalando algún edificio antiguo, alguna plaza ancha y extensa, algún puente legendario.  Todo cuanto solté solo me hizo merecedor de tres o cuatro meses de cartas y fotos después de su partida. Creo que las perdí en una de mis mudanzas, o las quemé en uno de mis arrebatos. O las sacrifiqué para demostrarle a algún romance de paso mi compromiso de ir a todas hasta el final. O tal vez las tiré creyendo echarla también de mi memoria. Pero aquí sigue, a pesar de mis mejores esfuerzos, burlándose de mí, cómplice de mi memoria, uniéndose a la galería de recuerdos en el panteón de mi muerte. Porque todos esos recuerdos rebeldes e inmortales son mi muerte, Julieta. Escríbelo en uno de tus poemas, ¡joder!

A uno de esos intentos por olvidarla pertenecen las sensaciones de esta mañana.

¿Qué hacía yo en ese restaurante? ¿Por qué hoy me saludó ese recuerdo apenas abrí los ojos?

Algunos aromas encienden las luces del oscuro túnel y el Metro comienza a avanzar en retroceso.

Para mí, ir hacia el pasado es avanzar. El Metro va a gran velocidad. Voy sentado dentro del vientre de la bestia, dentro de mi vida y fuera de ella. Llego a la estación y me pregunto si estoy recordando algo mío o algo ajeno.

Aquí voy. Justo ahora mientras respiro esa fragancia colándose por la ventana, húmeda y filosa anunciando la noche, voy en retroceso. El paisaje es borroso, confuso. Pero sé hacia donde voy. Mis ojos me guían por las calles ahora asfaltadas. En otros tiempos fueron callejones, escenarios estrechos y rurales. Por allí me vieron caminar tomado de la mano de mi madre, rumbo hacia el mercado; sonriendo, ajeno a la realidad, a las realidades. Esas realidades ahora son mis dueñas, les pertenezco en fracciones. No en esos tiempos de callejones polvorientos, de alambres de púas cercando las propiedades, de ranchos de barro. En esos tiempos le pertenecí a las manos de mi madre, luego a las de Fabiola, el único amor conocido por mí en este pueblo.

Ya me perdí, ya no sé a dónde me lleva el Metro. Ya no es un Metro. Ahora voy en avión.

Vuelo sobre las ciudades. Parecen zonas rurales perdidas entre los límites coloreados con un verde vivo. Al menos así es mientras retrocedo. No sé ahora, hace dos décadas no he vuelto a andar en las alturas. Aunque no sé si el paisaje pertenece a mi país o a uno de esos a donde fui a parar.

Siento el huracán naciendo en el centro de mi existencia, en la boca de mi estómago. No sé si vamos aterrizando, despegando o enfrentando una turbulencia.

No odié viajar en avión. Hay cierta magia cuando estás sobre todo, cuando tus pies siguen apoyados en una plataforma pero lejos de la tierra, lejos del planeta. No sé si a otros les pasa, pero yo podía sentir por un instante una independencia real, podía sentirme ajeno. A pesar de las turbulencias, de los anuncios del piloto y sus advertencias, disfruté siempre viajar en avión.

Una vez el piloto anunció un retraso en la llegada. Las condiciones de los vientos no permitían el aterrizaje. Lo recuerdo porque después de diez minutos estábamos aterrizando. La gente aplaudía y gritaba celebrando, algunos se persignaban con los ojos cerrados y agradecían a sus divinidades por el aterrizaje. Yo no, seguía sufriendo el huracán en mi estómago e imaginando cómo sería chocar contra el mar tras un descenso violento.

En esas ocasiones quise extender mis manos hacia los lados, como lo hice el día de la revolcada, y sentirme libre. No me vería tan ridículo, no tanto como quienes se persignaban y aplaudían. Tampoco rodaría sobre la pista de aterrizaje.

Siempre estuve en las costas. Tengo algunos destellos del océano en Panamá. Puedo recordar el mar en Aruba y en República Dominicana. Ese mismo mar descansa en las costas de este país. Nada extraordinario. Turistas atracados en las playas, turistas caminando por los bulevares, turistas riendo a carcajadas, turistas consumiendo licor.

Por mucho tiempo no estuve consciente sobre qué buscaba. No lo supe hasta ese día. Sí, ese día. Ahora lo recuerdo. Fabiola me dio la estocada para salir del pueblo, Julieta me empujó fuera del país. En mi intento por olvidar a Fabiola caí en las trampas de Julieta, y queriendo olvidarla a ella fui a parar a La Guaira.

Puedo respirar la fragancia liberada desde el guiso burbujeando. En la costa. Yo, en La Guaira.

Estaba de paso. Lo recuerdo. Aterricé en Maiquetía. Llegué un día antes porque no había vuelos para el día siguiente. Tuve la opción de irme por tierra, llegar a La Bandera y subir a Maiquetía. De ninguna manera atravesaría Caracas y me expondría a la posibilidad de abordar el Metro mientras pudiera evitarlo. Resolví viajar en avión un día antes. Llegamos a Maiquetía y decidimos irnos a un hotel en La Guaira. ¿Llegamos? ¿Decidimos?

No recuerdo por qué viajé con ella en el vuelo nacional. No íbamos al mismo lugar, ella iría a Vietnam. Es curioso, puedo recordar su destino y el mío no.

Podría confundir Vietnam con mi destino, pero recuerdo por qué ella iba a ese país. Su hijo estaba allá. Desde pequeño soñó con ser egiptólogo, o algo así. A sus dieciséis años tuvo la opción de irse con su padre, para acercarse un poco más a su meta. Su padre, un hombre enroscado en la política de Venezuela, fue asignado a la embajada de Vietnam como secretario del embajador. O era secretario del secretario del embajador, o estaba asignado a uno de esos puestos burocráticos creados para pagar favores y huir del país.

Ella iría por primera vez. No recuerdo cuántas escalas debía hacer, tampoco cuántas horas o días hay de aquí a Vietnam. Pero puedo recordar la historia de su hijo. La intención del muchacho era estudiar idiomas, para tener acceso al siguiente nivel de su meta. Sin embargo, estando allá se convirtió en un licenciado en lengua y cultura vietnamita. Fue el primero y hasta entonces el único venezolano en obtener ese título en Vietnam. Para la fecha del viaje, ya era profesor en una universidad.

Vietnam siempre fue para mí un escenario de películas de Chuck Norris y de Sylvester Stallone. Aunque no recuerdo si Desaparecidos en Acción, o alguna de las partes de Rambo, realmente tuvieron sus contextos allí.

Durante aquel viaje descubrí un Vietnam real, con una historia cercana y sin relatos de guerras. No sé si el muchacho logró ser egiptólogo. Pero admiré el coraje de irse a un país tan distante. Probablemente pensé en Julieta también, lejos de mí cumpliendo su sueño, y seguramente en vez de admirarla sentí amargura por su coraje.

Mi plan era amanecer en el aeropuerto, pero ella sugirió irnos a un hotel. Acepté su sugerencia, siempre y cuando el hotel no estuviese en Caracas.

Es curioso el funcionamiento de mi memoria. Puedo respirar el aire violento nacido en el mar y paseando por las calles de La Guaira. Puedo sentir los vientos huracanados. Ahora mismo puedo recordarlo: desde entonces ese huracán en mi estómago, en cada despegue y aterrizaje, se llamó La Guaira.

Un taxista nos llevó. Recuerdo su nombre: Oswaldo. Probablemente estoy confundido y Oswaldo es otra persona. Pero hoy es el taxista, quien me lleva a un hotel detrás de un conjunto de edificios frente a una gran avenida. Corrijo: quien nos lleva. Del otro lado de la avenida está la costa. Los edificios nos impiden la vista al mar. Odio los edificios. Esas grandes estructuras me empequeñecen, me estorban. Desesperado por el amanecer, tal vez soñé con el mar aquella noche.

Ahora comprendo por qué La Guaira me sabe a naranjas, aunque su aroma es una cazuela de mariscos. Ahora comprendo este sentimiento. La Guaira humedece mis ojos, me empaña la vista, hace temblar mis manos.

Oswaldo nos dio un rápido paseo. «Esto no estaba antes del deslave», decía señalando alguna estructura. Perdí la cuenta de todo lo construido después de la llamada tragedia de Vargas. Por un instante sentí la emoción de pasear por las calles de un Vietnam nacional, víctima de la guerra entre la naturaleza y la ocupación humana, ocupación contranatural, como todas nuestras ocupaciones. Aunque la naturaleza ganó aquella batalla, el hombre se levantó y emergió de los escombros para continuar la guerra.

La noche en La Guaira es distinta a todas las noches de los lugares donde estuve. Es más densa, más oscura. No es un manto, es una sustancia espesa que se mete por la nariz junto al oxígeno y oscurece todo desde adentro. Se me dificultaba alcanzar con la vista todo cuanto señalaba Oswaldo.

La gente parece estar cómoda allí con su oscuridad. Después de la tragedia de Vargas, un término se usó para referirse a los desplazados. Los llamaron dignificados, para sustituir con un discurso político la condición de damnificados. Los dignificados fueron enviados a todos los rincones del país. Sin embargo, no tardaron en volver a La Guaira. No les importó las pérdidas ni el peligro de un mar reclamando el cauce para sus extensiones. Ellos volvieron, como judíos a Jerusalén desesperados por pisar la tierra prometida a sus ancestros. Tal vez extrañaban la densidad de la noche.

«La Guaira es otro país, ese es el detalle», explicó Oswaldo ante nuestro asombro por el regreso de los dignificados y la reconstrucción de la ciudad. Sonó como algo de fácil comprensión. Pero fue necesaria su explicación. Nos llevó a otros lugares. Nos hizo observar a las parejas en las plazas, y los autos en los estacionamientos con la música a todo volumen y cervezas en cavas portátiles.

La noche es más densa y más viva en La Guaira. «Venezuela se puede estar cayendo, pero La Guaira está siempre en lo suyo. Aquí no nos importa nada, mientras tengamos playa, mujeres y cerveza, todo está bien. La Guaira es otro país». Algo como eso fue el resumen de Oswaldo después de llevarnos a tantos lugares. Nos dejó en el hotel, con la promesa de volver por nosotros al otro día, a las once de la mañana.

Me levanté de madrugada, ella todavía dormía. No quise despertarla. Busqué una panadería para tomar un café. Una calle se mostró frente a mí, abriendo paso entre dos conjuntos residenciales y señalando directamente hacia el mar.

Quise dejarme llevar, pero necesitaba el café. Una cuadra después encontré una panadería y pedí un café con leche mediano. «Un marroncito mediano», corrigió la chica detrás del mostrador, mientras le indicaba mi pedido a la otra. Recibí mi café y me senté a leer el periódico. Ha sido mi costumbre todas las mañanas desde siempre. De regreso no pude esquivar la invitación hacia el mar.

Crucé la autopista. Debí tardar unos diez minutos en hacerlo. Le temo a las autopistas y a los autos. Nunca quise comprar uno. Me imaginé muchas veces detrás del volante de un Buick Century, de los de quinta generación. Pero la muerte de mis padres en un accidente de tráfico, y la tentación de soltar el volante para sentirme libre conduciendo por una endemoniada autopista, limitó a los sueños mi casi nula habilidad como piloto.

Unos hombres recogían la basura y colocaban números sobre las pequeñas chozas distribuidas en la playa. No limpiaban la playa por amor a la naturaleza ni por respeto al mar bravo y potente, verdugo de Vargas; lo hacían para comercializar los puestos, las chozas, la vista y hasta la arena. Así es el hombre, todo cuanto puede lo somete a fines comerciales.

«Es parte de nuestra naturaleza humana, por eso hemos llegado aquí», me dijo una vez algún profesor en la facultad de Economía. Me sorprende recordarlo ahora mismo. Pero no, eso ni es naturaleza ni es humanidad; y si es así, la humanidad es una maldición. Llegar aquí no es un logro, no con todos esos templos al ego rodeándonos. De vez en cuando las placas tectónicas se mueven y sacuden algún país presuntuoso, para recordarnos lo olvidado: llegamos tarde y no somos dueños. No sé si le respondí al profesor aquel día.  

Los hombres me dieron los buenos días. ¿Educación? No, eran comerciantes, yo un potencial cliente. En las ciudades nadie da los buenos días espontáneamente. Ni aquí ni en otro país. Pero vaya a las costas, a las calles coloniales, a los sitios turísticos y se llevará una impresión positiva del país con más delincuencia, analfabetismo y miseria.

Me paré frente a un muro de rocas inmensas y escombros de concreto. Pensé en la tragedia. O al menos lo pienso ahora, aquí. Esas rocas seguramente arrastradas por el mar, junto a los escombros de grandes edificaciones derrumbadas por su ira, simbolizan para mí la cosmogonía. El origen alcanzándonos una y otra vez. Nosotros uniéndonos a él. La muerte y la vida naciendo unidas, muriendo unidas. Allí, en La Guaira, viví una de mis tantas muertes, mientras encarné uno de mis tantos nacimientos. Pero no frente al muro de rocas.

Decidí subir el muro. Llegué hasta el final del camino. Me senté un rato y contemplé el horizonte infinito. Debí hacerlo, siempre lo hice en las costas. Siempre me gustó ver el amanecer, esperar el atardecer, bañarme en el mar, sentarme sobre la playa a mirar el horizonte.

Antes de desandar el camino de rocas incrustado en el mar, me levanté y observé alrededor. Nadie me miraba. Abrí mis manos, las extendí hacia los lados y cerré mis ojos. Invoqué a Fabiola y a Julieta. Reviví los años buenos. ¡Tantos años resumidos en un instante!

Fabiola se fue del pueblo. Ella iba dos o tres años adelantada en el bachillerato. Tan pronto se graduó partió. O Partieron. Sus padres se divorciaron. Su madre decidió vender la casa del pueblo para mudarse a la ciudad con sus tres hijas. A esa misma ciudad fui a dar. Me resigné, no la encontraría en un lugar tan grande con calles tan anchas y edificaciones intentando tragarse una a la otra. Soñé con ella muchas veces.

Años después alguien me contó de ella. Se casó con un turco, o un árabe o un sirio. Nunca entendí la diferencia. Tampoco sé si en realidad lo hizo. Hasta donde me alcanza mi limitado conocimiento de esas culturas orientales, los turcos no se casan con mujeres de occidente. Según los rumores, porque después de ese alguien tropecé con otros, ella se convirtió al islamismo. Supuestamente por eso la familia del turco la aprobó. La imaginé muchas veces con un velo cubriendo su rostro.

¡Qué pecado, Fabiola! ¡Tu rostro hermoso escondido detrás de un pedazo de tela!

Después supe de un almacén de telas supuestamente suyo, o de su esposo pero bajo su cargo. Y entonces los rumores comenzaron a parecerse a Fabiola. Ella siempre quiso ser dueña de un gran almacén. Decidí no averiguar cuál era el negocio donde podría encontrarla. Y la tentación me obligó a mudarme de ciudad.

Fabiola, yo me partiría el lomo para ponerte un negocio a tu nombre, y hasta dos y tres. Y estarías sin velo, sin vestido. ¿Para qué querría esconder tu desnudez?

Lo confieso, muchas veces quise aventurarme a buscarla en su almacén, pero apenas lo pensaba sentía el golpe conectando en mi rostro. Me veía rodando por la bajada del Capitán. Y entonces, en otra ciudad conocí a Julieta. Ella se puso en guardia y peleó con mi contrincante, se sentó en la barra de mi bicicleta y tomó el volante mientras yo disfrutaba la libertad en la bajada.

No sé cuánto tiempo transcurrió mientras estuve en el muro de rocas. Pero vi a mi derecha un restaurante y decidí comer una cazuela de mariscos. Ni siquiera al caminar por la orilla en dirección al restaurante noté a la chica bañándose en el mar. Ya sentado y comiendo, la vi salir. Su piel parecía desvanecerse con la brisa, parecía niebla paseando sobre el mar en dirección a la playa.

Ella se sentó frente en la orilla, su sombra me señaló. Interpreté su sombra como una invitación. Las olas se rindieron a sus pies. El sol le hizo brillar la piel.

«Flaco, te vi con las manos extendidas, allí sobre el muro», me dijo sonriendo cuando al fin me acerqué. Me sentí ridículo. «Esta vista es para disfrutarla», añadió. Reconocí su acento. «Eres argentina», le dije asombrado. «Me gustan las costas», disparó sin precaución.

No puedo recordar la forma de sus labios ni el color de sus ojos, pero ahora mismo percibo el olor de la tierra húmeda. Fabiola y Julieta murieron en un instante, allí en La Guaira. Yo junto a ellas.

«¿Ya visitaste Argentina, flaco?» No. Nunca se me ocurrió ir a Argentina. Pero en ese momento quise ir. En mis pensamientos le pregunté su nombre, su número de teléfono y la dirección de su domicilio. Pero fuera de mí solo respondí sus dos o tres preguntas.

Ella se levantó, y me dejó observar su cuerpo. Me obligó a llorar de deseo. Me sentí cobarde y tonto. Nuevamente recibí una paliza y rodé por la bajada del Capitán. Fabiola volvió a burlarse de mí mientras yo chupaba mi sangre. Julieta partió, una vez más.

«Ojalá un día nos tropecemos en Buenos Aires, flaco».

La vi caminar hacia la misma calle por donde fui a dar al abismo. Tal vez se alojaba en el hotel donde yo pasé la noche.

Oswaldo llegó a las once y nos llevó a Maiquetía. Yo no quería abandonar La Guaira. Desde entonces, no hubo costa donde no intenté encontrar a la chica transparente.

El avión despegó puntual. Partí de La Guaira sospechándolo: a partir de ese día la llevaría conmigo a todo lugar. Pero nunca volví, no quise ir detrás de un fantasma.

Tal vez la noche densa de La Guaira me devoró la memoria. Voy en avión. No sé hacia dónde, no recuerdo por qué. Ahora voy solo. Ella tomó otro vuelo y tampoco sé para dónde, aunque su destino final es Vietnam. Desde arriba se ve la costa de La Guaira, no te veo chica transparente, quizás estarás en la habitación de al lado, tal vez dormimos una noche tan cerca y no lo supe.

He llegado a la estación, ya no voy en avión. Regreso aquí. Al pueblo. Al presente. Ya es de noche. Estoy solo. Nunca pude conocer Argentina.


Por Gusmar Sosa | @GusmarSosa

* Mención especial en el X Concurso Policlínica Metropolitana

ladrón

#DomingosDeFicción: Ladrón

Ahí apareció la catirita otra vez. Puntual. Son las 5:02 y ya está montándose en el cuarto vagón de la Línea 1, dirección Palo Verde. Estamos en Plaza Venezuela pero yo la llevo esperando desde Capitolio. Un par de veces me he pillado que se monta en Bellas Artes y hoy que es el gran día del asalto no quería arriesgarme a que se me fuera. Se cierran las puertas. Son las 5:04.

La chama nunca se sienta. Yo no sé si lo hace para parecer más ruda y menos catira en el Metro o porque capaz no le gusta sentarse; si es lo primero, es bien gafa porque con esa pinta que se carga no puede dárselas de la ruda ni que se suba al techo del vagón. Toda catira y flaca, con esa piel tan blanca y unos ojos tan grandes que pareciera que quisieran ver el mal antes de que sea demasiado tarde. No le sirven mucho, creo. Como dijo Lucho el otro día: “Esa coneja es una presa fácil”, y tiene razón. Si la agarro por sorpresa de repente no va a poder ni perseguirme, ni pegarme y yo creo que ni gritarme; solo se quedaría ahí con esa cara como de que no rompe ni un plato, pensando en qué pasó, con la boca abierta y los ojos sin entender lo que la cabeza todavía no procesa: te robaron, chama. Y fui yo.

Sabana Grande.

Nunca he sido de los que roban así por placer, pero últimamente se ha vuelto una necesidad. Capaz fue una maña que me nació cuando la vi, y de pana espero que se me pase, porque si hay algo que sé porque me lo dijo mi vieja hasta el cansancio es que robar es malo y que eso a Dios le cuesta perdonarlo. Espero que el de arriba me perdone esta sola vez. Es solo para quitarme la idea de la cabeza. Aparte no es que es a cualquiera. Es a la catirita de ojos grandes: lo de no comas delante de los pobres te lo tuvo que haber dicho alguien antes de montarte en el Metro con ese pelo tan amarillo, chama.

Chacaíto.

Me voy a acercar un pelín más solo para no perderla de vista. No vaya a ser que hoy sea el día en que se avispe y corra. Está al lado de la puerta viendo fijamente el mapita de paradas, como si no supiera adonde va: ella, todos en el vagón y yo sabemos que se va a bajar en Altamira para perderse entre la multitud que sale en estampida hacia las escaleras mecánicas y nunca hacia las de cemento. Yo creo que ella agarra las de cemento pero nunca me he fijado mucho después de que sale del tren; cuando la dejo de ver se me pierde la idea de robar y sigo fijo hasta Los Cortijos pensando en las mil veces que mi mamá me dijo “Mijo, por fa, no robe. Lo que usted quiere trabájelo”. Pero, vieja, esto es distinto.

Chacao.

Me muevo un poquito más y me quedo justo enfrente de ella. Tieso pero relajado para que no se me altere y se baje donde no es. Tengo la mirada fija en el piso y siento los nervios de la primera vez. Tranquilo, Juancho, carajo. Es como Lucho dijo, la chama es una presa fácil. Levanto la mirada de a poco y la miro: ella sigue con la mirada clavada en el mapita del metro y ni se ha enterado de que me moví; que el vagón avanzó; que el chamito de la morena sentada a mi izquierda empezó a llorar; que el parlante anunció algo que no entendió nadie; que un mendigo que olía mal entró, le gritó a todo el mundo y se volvió a salir; que la vieja que estaba recostada del agarradero se resbaló, y bien hecho porque eso es para que todos se agarren y no para que tú te recuestes. De nada se enteró la chama. Ella seguía inmersa en el mapita de la puerta, contando estaciones o haciendo lo que sea que las catiras con esa pinta que tiene ella hacen cuando se quedan viendo fijamente.  Yo nunca la había visto tan de cerca porque siempre me quedaba al menos medio vagón alejado para que no sospechara. Tenía unos blue jeans oscuros y una camiseta blanca, con el pelo suelto, sin maquillaje y con unos zapatos marrones que le combinaban con los ojos y algunos lunares chiquitos que tenía en la espalda. El bolso que llevaba hoy era chiquito, de esos que tienen toda la pinta de que las jevas no los agarran duro porque creen que nadie les quita algo tan chiquito. Definitivamente, hoy era el gran día del asalto.

No era tan distinta a mí, la verdad. Era una chama normal, con pinta de presa fácil, pero quién quita que yo no la tuviera también.

Altamira.

“Aquí fue”, pensé sudando hasta las palabras. Anunciaron la estación en los parlantes, la gente se paró, la catirita dejó ver el mapa y digirió la mirada hacia el otro lado del vidrio de la puerta, que le devolvía la cara de un hombre ansioso por entrar a sentarse. Yo me moví hacia ella. Hoy era el día del robo y no podía perderla. “Perdóname, mamá”. Salió del vagón rápido con ganas de irse a su casa, empujada por una pelota de gente que compartía su sentimiento y conmigo a dos personas atrás. La chama no agarró hacia las escaleras mecánicas sino que se fue a las de cemento pero a un paso acelerado, como apurada. ¿Me habrá visto? Pero no puedo perderla. Hoy es el día. Me apuro también y la sigo casi que corriendo con el corazón acelerado y un pito en los oídos que ya ni me deja escuchar las advertencias de mi vieja. La chama se mete entre la gente para subir rápido pero justo antes de que ponga un pie en el primer escalón, la agarro por el hombro, la volteo y ¡zaz! Le robo un beso.

“Perdóname, catira. Pero es que tú tienes muchos para ti solita y si no te robaba aunque sea uno, yo creo que me moría”.

Y ella sonrío.

Por Andrea Atilano | @andreabasienka

#DomingosDeFicción: La olla de Camboya

Andrés De Melo fue el profesor que más nos volvió cenizas la autoestima. Una vez se refirió a nuestros cuentos como la mierda que caga una burra tras la penetración recreativa de un llanero. Algo suave, diluido, expulsado debido a estimulaciones exteriores. Nosotros nos miramos y yo tuve que agarrarle la mano a mi amigo Felipe, ya que Felipe viene de Camboya y, según cuenta, allá el honor vale más que el dólar negro. Allá el honor vale la vida. La perfecta metáfora del profesor fue acompañada por un mar de risas de los compañeros de clases. Yo pensé que todo era así porque, simplemente, estaba bien posicionado: se levantaba en el podio de profesor y lo envestía la institución misma. Felipe se echó hacia atrás. Todos nos miraron. La clase se terminó y el profe se despidió:

—Ustedes dos, chamos. Pilas con las burras.

Felipe lo miró, se volteó lentamente y, justo después de salir del aula, lo interpeló:

—¿Qué te pasa, rolitranco de gafo?

—¿Tú quieres ser escritor, pendejo? ¿Tú crees que un escritor se comporta así? –le respondió De Melo.

Mi amigo, herido en alma, me dirigió la mirada, como pidiéndome que aprobara el golpe, mientras más y más alumnos se congregaban alrededor de nosotros, como en una olla callejera, como en una olla en Camboya.

—Te recuerdo que si me llegas a pegar la ley va a pesar sobre ti. Yo te voy a dar unos coñazos de todas maneras, pero la ley va a pesar sobre ti.

Felipe enrojeció aún más. Yo me acerqué lentamente y él, por su parte, se acercó más al profesor. Se acercó hasta que su nariz quedó encogida con la presión de la de Andrés, hasta que las respiraciones de ambos se volvieron una sola corriente. En ese momento, ninguno se atrevió a detener la posible pelea. Imagino que fue por la figura poderosa del profesor, por creerlo capaz de controlarlo todo. Entonces, en esa situación tan tensa, al hombre se le ocurrió reír, y no es que esté mal reír, no es que sea un pecado ni que sea condenable. El problema es que la risa es quizás una de las formas más fáciles de emprender un reto. De Melo lo sabía. De Melo conocía  a la gente.

En Camboya los retos se acaban rápido. Felipe me lo había relatado varias veces. Siempre hablaba con una estupefacción de otro mundo sobre los momentos en que había que debatirse el honor. Siempre me recordaba, además, que el tema de su tesis iba a ser ese. Yo le preguntaba si estaba seguro y él me decía sí, marico, el honor. Ninguno de los dos tenía idea de qué era eso, pero creo que Felipe lo tenía más claro que yo, creo que encontraba algún concepto en medio de las ráfagas de tiros y de las motos ronroneando en el acecho, en esa dilución del mundo frente al conflicto individual.

Una noche, mientras nos tomábamos una botella de ginebra en la platabanda de su casa, con la cabeza apoyada en un tanque vacío y con los ojos puestos en las luces lejanas del centro, me lo comentó por primera vez.

Estábamos borrachos, quizás muy borrachos, o quizás sólo hacíamos el ridículo:

Le pasé la botella.

—Eso es mentira que la ley puede salvaguardar el honor –me dijo.

—¿Cómo es eso? –le pregunté yo.

—Es mentira que el honor se mantenga en pie por la aplicación de un artículo.

Me pasó la botella.

—Hay muchas cosas que la ley no salvaguarda –le dije.

—La ley no te salvaguarda a la jeva –dijo Felipe.

—Por ejemplo.

Le pasé la botella.

—Pero al final todo, hasta la tenencia de la jeva, te lleva a la cuestión del honor, y el honor no te lo salvaguarda la ley. No lo pienses como una cuestión construida por las arcas infernales de esa sociedad patriarcal que pone a los hombres a acuchillarse. Piensa en la hermosura misma y no en sus raíces: desde los griegos salvaguardando sus tierras hasta Miguelito, en el bloque ocho, cayéndose a plomo porque un cómico se burló de sus orejas de elefante.

—¿Cómo se burló?

—Escribió: “satélite Miguel en órbita” en la pared frente a su casa.

Me pasó la botella.

—Qué feo.

—¿Pero me estás entendiendo? ¿Te parece una estupidez? Es que yo sé lo que dicen los movimientos progresistas y todos los floripondios de este siglo, pero no les paro cuando pienso en eso. Es decir, desde carajito. De verdad, yo no recuerdo un te quiero en la voz de mi papá. Lo único que le escuché decirme a la cara fue una vaina relacionada al honor y a cómo mantenerlo.

—Sí, creo que sí entiendo.

Le pasé la botella.

—Es interesante saber por qué nos obsesionamos tanto con eso, por qué nos duele tanto una invención que no tiene nervio alguno.

—¿Qué salvaguarda el honor, don Filipo?

—Las palabras, por un lado.

Me pasó la botella.

—Ajá.

—Las palabras como forma de darle coñazo a alguien –aclaró.

—¿Y por el otro?

Le pasé la botella.

—Los coñazos, Luso, los coñazos de verdad.

Felipe tenía 22 años. El profesor De Melo no podía catalogarse como un viejo pero sí era considerablemente mayor que nosotros. Cualquier persona le hubiera referido una supuesta madurez para enfrentar situaciones así. En ese momento, incluso, parecía estar dominando la contienda por haber sido Felipe el del acercamiento inicial. Consideré intervenir en la situación justo después de que De Melo se rió en la cara de mi amigo. Vociferé al aire pidiendo el fin de la demostración de hombría pero ambos, al mismo tiempo, me levantaron la palma de sus manos como si lo tuvieran todo bajo control. Yo obedecí sus órdenes y me quedé quieto junto a todos los demás.

De Andrés de Melo no se sabía mucho más que los tres libros que había publicado y lo que, de vez en cuando, se decía en los pasillos. Tenía un libro de cuentos, maravillosamente escritos, que tituló El escape de los guardias y que ganó tres premios nacionales; había escrito una novela corta titulada La mujer de nieve y varios ensayos larguísimos sobre filosofía política. Con esas obras se había posicionado como una eminencia dentro de nuestra escuela. Dicha fama no sólo le valía para ser el abridor de casi todos los simposios habidos, sino también para recorrer los mundos eróticos de aquellas excitadas con el intelecto. Era una celebridad y actuaba con la arrogancia de una. Siempre miraba, alababa a las hembras y después defenestraba el alma de los machos por la basura, como acabando con la competencia, depurando el suelo de los débiles como si la debilidad fuera, de alguna forma, un pecado mortal. Sin embargo, un tiempo después, un compañero me dio una noticia como si conociera el odio que le teníamos: Melo se la pasa en un callejón fumando piedra; después, una supuesta amiga: Melo se la pasa cogiéndose a las putas de Sabana Grande; después, otros compañeros: Melo es un violento, le pega a las mujeres, se coge a los carajitos y despelleja a los animales por pura diversión.

Sin embargo, yo supe que todo aquello era mentira y se lo aclaré a Felipe un día en que nos encontramos en la entrada de la universidad. Le dije que no había que cometer errores por aquello del rencor. Que, por el contrario, había que tener cuidado. Él me creyó. Serenó sus ganas de actuar frente a los atropellos y, como siempre, volvió a hablarme del honor.

Sin embargo, un día que paseábamos por una de las calles de Camboya, Felipe se tropezó, teniendo en la mano todas las bolsas del mercado, cuando vio a lo lejos a De Melo, sentado en la acera, con un cigarrillo encendido en cada mano, llorando a moco suelto en ese lugar tan peligroso para la extranjería. Pasamos detrás de él sin que este se percatara de nuestra presencia. En ningún momento volteó a vernos, sino que se quedó fumando con cada mano, sin mover siquiera un poco la cabeza, con la mirada fija en el asfalto desgastado. Caminamos lentamente hasta la casa de Felipe y no pudimos dormir en toda esa noche pensando en lo que habíamos visto: ¿era posible que un ser así sufriera? ¿Debíamos olvidarnos de nuestra rabia?

Al día siguiente fuimos al lugar en donde se encontraba la noche anterior, pero no lo conseguimos. Le preguntamos a la gente que andaba por ahí. Dimos la descripción: alto, pelo negro, barba negra y piel blanca. Comenzamos con el vendedor de jugos, seguimos con el panadero, después con el dueño del bar y, por último, tocamos las puertas de las casas. Añadimos el nombre completo a la descripción física. La única que sabía algo de Andrés De Melo era una mujer con las piernas largas y morenas y con una voz de puro vapor caliente. Nosotros la escuchamos de principio a fin: De Melo, una vez al mes, pasaba la noche en esa calle sin importarle el sucio ni la antítesis entre Camboya y la literatura fina.

Felipe lo odió más desde ese momento. Yo me apiadé un poco: todos habíamos dejado el honor abajo por una mujer.

—¿Cómo se recupera el honor ahí, Felo?

—Con la palabra, obviamente.

Siendo como era con los asuntos del honor, para él la verdad era una cosa incuestionable y por eso era tan obsesivo en la labor de escribir: pensaba todo el tiempo en la voz interior y esa voz interior lo hacía hablar, naturalmente, del barrio Camboya. De Melo se lo preguntó en una de las primeras clases:

—¿Tú eres de allá?

—Sí.

—De ese barrio no sale nada bueno. Fíjate: ni siquiera un escritor decente.

Por eso aumentó el odio. Por verlo llorando después, con el honor en el suelo, sabiendo que hablaba pestes del sitio que parió a quien, justamente, le pisoteaba la integridad.

La risa de De Melo era ácida y grave. Después de que los dos levantaron las manos, el profesor volvió ensayarla, pero esta vez, como estaba pegado a la cara blanca de Felipe, lo hizo captar todo su aliento a cafeína con enjuague bucal. Yo vi el movimiento de mi amigo en cámara lenta: arrugó la cara, la echó unos centímetros para atrás y la sacudió de lado a lado como un perro. Después, los pliegues cambiaron de la forma del asqueado a la forma del molesto. Yo le dije Felo, piénsalo, y él me dijo no hay nada qué pensar, Luso, cállate la boca. El profesor sonrió. Además de ácida, la sonrisa de De Melo era asimétrica y amarillenta.

Volvieron a ponerse cara a cara. A partir de entonces los segundos pasaron muy lento y cada vez se congregaron más personas en la olla de Camboya. Quise actuar por una tercera vez pero Felipe, muy en serio, me dijo:

—Al que se acerque le entro a coñazos. A ti también, Luso.

Los coñazos son la segunda forma de mantener el honor, les recuerdo.

Una vez, en medio de otra rasca, me lo explicó mejor:

—Hay veces en que la palabra es imposible. Es decir, ¿cómo te mides con palabras frente a un hijo de puta en descontrol?

Esa vez, sin embargo, todo se podía ver claramente: estaba frente a dos personas que dominaban la palabra. Uno lo hacía de forma magistral y el otro todavía daba sus primeros pasos en ese fango que es la literatura. Sin embargo, parecía que las palabras mismas, entre ellos dos, se habían agotado y por ende el honor sólo era disputable a través de su segunda forma. Pero también había que tomar en cuenta que Felipe era un mago que hacía que los momentos de la realidad mostraran su médula poética. Por eso hizo lo que hizo y por eso lo hizo en ese momento específico, justo cuando De Melo sentía que todo estaba a su favor, que era mi amigo quien iba a lanzar el primer golpe y que, como todo muchacho inexperto, se iba a equivocar. Pero la equivocación no estaba planteada dentro de sus posibilidades. Yo lo supe desde que me miró. Sus ojos, dirigidos a mí de esa manera, sólo podían significar dos cosas: la muerte más humillante o la alegría más deliciosa. Y así, echando mano de esos indicios, asumí su plan con entusiasmo.

Todo fue perfecto.

Mi amigo Felipe cogió una bocanada de aire y su cabeza emprendió una marcha rápida y fuerte hacia adelante. Fue un beso que  apuntó directamente a los dientes del profesor y al que le prosiguió un sonido de succión vomitivo pero hartamente eficaz en una situación así. Se vio su lengua pasear como una brocha por encima de la parte interna de los labios presionados del profe. La mano derecha se la puso sobre la nuca para poder clavarle el beso con propiedad, como un italiano mafioso dando un beso de buenas noches, y en el que la superposición de los labios fue totalmente efectiva. Fueron cuatro segundos, según lo que pude contar. Los cuatro mejores segundos de mi vida.

Fue entonces cuando De Melo, con un fuerte empujón, se desprendió de la boca de Felipe.

—¿Qué dice la ley de universidades sobre los besos? –le preguntó mi amigo.

De Melo se quedó estático durante varios segundos en que pareció pasearse por sus pensamientos más profundos. Se sintió un crujido en el ambiente o algo que marcó el cambio en su ánimo: de la perplejidad pasó, entonces, a la ira total, junto a un enrojecimiento progresivo de su rostro. Dicha ira se materializó cuando lanzó su cuerpo equino sobre el de Felipe y lo hizo caer fuertemente contra el suelo frío. Teniéndolo ahí, sometido, le conectó tres veces en la cara con su inmensa mano. Uno en el labio. Otro en la nariz. Otro en el pómulo. En ese momento supe que tenía que actuar y lo inmovilicé desde atrás con la ayuda de unos amigos. El honor de Andrés De Melo. El honor pisoteado de Andrés De Melo, pensé.

No cedió ante nuestras llaves y se movió como un cocodrilo cegado hasta que más personas se sumaron a la inmovilización. Éramos nueve. Sólo las grandes emociones causan esa fuerza. Felipe era así. Generaba grandes emociones y no sólo a través de las letras.

A De Melo no se le dio ningún golpe. No hubo ley que salvaguardara su honor.

Yo sentí tristeza porque habían golpeado a mi amigo, pero esa tristeza se disipó al ver que, a pesar de sus esputos llenos de coágulos, me miraba con una sonrisa triunfal, como diciéndome Luso, lo logramos, somos los héroes de esta puta vida.

—¿Cómo defendiste tu honor ahí, Felo? –le pregunté esa tarde.

—Con los coñazos –me dijo– sólo que al revés.

 

Por Ander De Tejada

*Este cuento recibió mención honorífica en la XII edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2018)

#DomingosDeFiccón: El país de las luciérnagas

—El país de las luciérnagas –digo.

Extiendo la mirada ante la imagen silenciosa que tenemos al frente: las luces nocturnas de Caracas. Estamos sentados en el jardín de su casa, sobre un césped verde que desciende hasta un borde invisible y se pierde en uno de los precipicios traseros de algunas casas de la zona de Alto Prado. Imagino la sonrisa leve de Simón al escucharme, pero él se mantiene mudo. Luego miro por encima de mi hombro izquierdo, hacia la casa también callada detrás de nosotros. Amelia había dicho que quería ir al baño y, como si hubiesen estado de común acuerdo, el barman se levantó para acompañarla después de que Simón les ofreciera algunas indicaciones. Poco después, José Gregorio quiso saber dónde podía enchufar un cable para recargar la batería de su teléfono móvil, y Wilfredo mencionó un acoplador que había visto en la cocina, cuando buscaba más hielo. Los dos se alejaron hacia la casa con voces amortiguadas por las risas. Yo también sonrío sin decir nada y devuelvo la mirada hacia una ciudad adormecida.

—¿Te provoca otro trago? –dice Simón.

Lo veo. Me resulta un tanto increíble que esté allí con él. Hay una historia enrevesada que desconoce. Simón y yo habíamos estudiado en el mismo liceo hacía casi diez años. Lo que él ignora es que en esa época me sentí muy atraído por él, por su aspecto físico, porque se asemejaba bastante al muchacho con el que yo comenzara a salir durante mi adolescencia, mi primer amor juvenil. El parecido entre ellos era sorprendente. No se trataba de que parecieran gemelos, sino de algo elusivo en la actitud rebelde que desplegaban, los rasgos faciales, sus gustos musicales, la forma del cabello, el tono de sus voces. Eso lo recupero al escucharlo ofreciéndome otro trago. Me siento dubitativo.

—No lo sé –digo–. Creo que ya bebí suficiente.

Escucho la inspiración profunda que hace Simón. Luego dice:

—Otro trago y ya. Yo voy a servirme más vodka.

No puedo evitar una sonrisa. Su voz me hace sentir relajado.

—Está bien.

Agradezco en silencio que Simón se muestre tan comprensivo con las escapadas de mis amigos. Nos conocíamos de antes, por supuesto, pero que prestara su casa para la concreción de sus aventuras superaba mis expectativas. Amelia había estado flirteando con el barman durante gran parte de la noche, en la discoteca donde tropezáramos con José Gregorio y sus compañeros de la universidad. Y poco antes de que cerraran el local, ella logró salirse con la suya al invitar al barman a beber algo más en otra parte. Allí mismo, más temprano, José Gregorio había triunfado en convencer a uno de los muchachos que estudiaban con él para alargar la madrugada en otro lado. Por supuesto, mi amigo sospechaba de la oculta homosexualidad de su compañero de estudios y todo indicaba que no se había equivocado al respecto. Simón me entrega un vaso que se siente frío entre mis dedos. Mi pensamiento sigue concentrado en Amelia.

—Es el barman quien debería ocuparse de estos tragos –digo.

Simón ríe.

—¿Cómo se llama el barman?

Lo miro y alzo las cejas.

—Pues… –digo–. ¿Puedes creer que no lo sé? El barman, será.

Esta vez reímos los dos.

—Me da mucha pena contigo –digo–. No sé qué estarás pensando de mis amigos, pero no suelen ser siempre así. Gracias por ser tan comprensivo. De verdad.

Me agrada la sonrisa de Simón. Hay un vestigio difuso de nuestra época juvenil entre sus labios. Pero él siempre ha sido un tipo comprensivo. Inteligente y comprensivo. Muy mujeriego mientras estuvimos en el liceo, con varias novias al mismo tiempo. Una sonrisa siempre ante cada conflicto. Nunca un comentario desagradable para juzgar a los demás. Parece ser el mismo Simón de antes. Pienso que resultó agradable encontrarnos con él en la arepera donde nos habíamos parado para comprar cigarrillos al salir de la discoteca. Nos saludamos con afecto y casi de inmediato nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Confieso que dudé ante lo que parecía una imposición, pero Amelia me lanzó una mirada penetrante para que aceptara sin quejarme. Y allí estábamos, en el jardín posterior de su casa, con una botella de vodka menos, media caja de cigarrillos fumados y mis amigos perdidos en la penumbra de la casa. Me fijo en las luces nocturnas de Caracas que titilan como un telón de fondo.

—Gracias –digo.

Simón me mira y sonríe de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque sí –digo antes de bajar la vista hasta el vaso lleno–. Por ser tan comprensivo.

—No, vale; no tienes nada que agradecerme. Tus amigos se ven buena nota, y parecía que estaban pasando un momento bien de pinga. ¿Quién soy yo para interrumpirlos? Era más que evidente que ya estaban emparejados y querían seguir la rumba. Además, no quería que te sintieras incómodo con ellos. Al final, ibas a terminar de lamparita. Y no tenía sueño.

—¿Y ahora sí?

—No, tampoco; prefiero estar aquí, hablando contigo. Es raro encontrarse con un pana del liceo estando tan lejos. Qué nota, ¿no?

—Sí. Te confieso que lo último que podía esperar era encontrarme contigo en la arepera.

—Y ya ves: las sorpresas del destino.

Bebo un sorbo de vodka.

—Bueno, en todo caso: gracias, Simón.

Hay una pausa que se alarga entre nosotros, pero no me inquieta. Las luces a lo lejos, el ruido de los insectos nocturnos, el sabor del vodka frío, los viejos sillones de mimbre, el recuerdo de nuestra época estudiantil, el eco de un primer amor ya adormecido por la distancia y el tiempo. Todo es casi perfecto. Uno de esos momentos que uno querría que durara para siempre. Intento asirlo con una respiración profunda, porque intuyo que en cualquier momento pueden reaparecer mis amigos con sus sonrisas torcidas y satisfechas y el olor agrio de un sexo apresurado. Simón me interrumpe:

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

—Sí, claro.

Él bebe un sorbo de su vodka antes de seguir. Mira las luces más allá del jardín.

—Cuando los invité a venir para acá… ¿Tú pensaste que tal vez…? Digo, nosotros… Que tú y yo, de repente también…

—No te entiendo –digo, pero es una mentira que suelto sin pensar.

—Bueno… No sé… Que si pensaste que nosotros también estaríamos juntos.

—Ah, no… –vuelvo a mentir–. No lo pensé. Yo te respeto mucho para pensar en eso, Simón. Nosotros somos amigos. Además, yo sé que a ti no te gustan los hombres. Estoy claro con eso. Si acepté fue por ellos —hice un gesto con la barbilla hacia la casa—, por ser solidario… o pendejo, como te parezca mejor.

Me llevo el vaso a los labios porque necesito una dosis fuerte de vodka. Simón sigue con la vista fija en el país de las luciérnagas.

—Además –sigo–, me siento demasiado bien aquí afuera. Lo disfruto mejor, ¿sabes? La noche, el silencio, las luces, el sabor del vodka, tu compañía; pero no tengo segundas intenciones contigo.

Bebo otro trago de vodka porque me siento envalentonado.

—No me creas tan básico, Simón –digo–. Pensé que me conocías mejor. Sé bien tu debilidad por las vaginas…

Pero me quedo callado debido al peso de su mirada. La ciudad queda muy lejos.

—Yo también pensé –dice en voz baja– que me conocías mejor. A mí no me importaría, ¿sabes? Es algo que igual quedaría entre nosotros. Me siento bien contigo. De verdad, no tendría problema en hacerlo si tú quieres.

Los hielos tintinean cuando inclino el vaso para beber lo que queda de vodka. Paso la lengua por mis labios y aparto los ojos de su ofrecimiento. La visión periférica me permite ver su mano extendida. Respiro profundo. Ya no queda más vodka en el vaso. Giro la cabeza hacia él y bajo la mirada hacia sus dedos. Con un gesto tímido coloco mi mano sobre la suya. Simón aprieta los dedos.

—Me voy a copiar de ti –dice–. Yo tampoco soy tan básico, ¿sabes?

Me gusta la textura de su mano.

—El sexo –sigue– es mucho más que los genitales. Yo creo que tiene que ver con la piel, con la carne, con los aromas, el sabor de una respuesta. Hay mucho más que no sabemos.

En ese momento hubiese querido tener el vaso medio lleno. Beber algo.

—Yo nunca he estado con otro hombre. Tú sabes cómo soy con las mujeres. Pero tú eres diferente. No eres como los demás. Tienes algo distinto. Eres espectacular, ¿sabes? Eres un tipo muy atractivo. De verdad que no me importaría probarlo contigo, si quieres. Dicen que siempre hay una primera vez.

Me mantengo callado. Agradezco mucho su ofrecimiento, su permeabilidad, su disposición, la torpe oferta que me brinda; pero, no. Aunque por un breve instante sopeso lo que tengo al alcance de la mano, prefiero declinar la ventaja que me regala con los ojos abiertos. Significa tal vez complicar nuestra amistad, lo bien que nos hemos llevado desde que nos conocemos. Pero creo que ambos intuíamos la curiosidad, las ganas de explorar, de experimentar con otro cuerpo, el deseo de abrir una puerta cerrada hasta entonces; no obstante, por extraño que suene, me mantengo sensato. Escojo las mejores y más diplomáticas palabras para hacérselo saber; tampoco quiero herir su orgullo varonil. Simón se ha permitido mostrarse vulnerable conmigo, asequible. Otro en mi lugar quizás habría aprovechado la oportunidad, pero como bien lo ha expresado ya: no soy como los otros. Lo curioso es que al decirle que no, de una forma particular, me parece que termino ganándome parte de su respeto por ello.

—No –dice–, no te preocupes. Estamos bien. Sólo quería comentártelo. Que lo supieras.

Es la primera vez que levanto la vista hacia él desde que dejara de hablar. Dice:

—¿Sabes otra cosa? Ahora creo que te admiro más.

Aprieta mis dedos antes de soltarme la mano.

—Creo que ahora sí me provoca otro trago –digo.

—A mí también.

Ambos sonreímos e intercambiamos una mirada antes de que escuchemos la voz de Amelia, desde la casa:

—Chicos, ¿ustedes tienen hielo allá?

 

Por Luis Guillermo Franquiz

#DomingosDeFicción: En blanco y negro

A las diez y treinta de la noche sonó el teléfono. Era el director de fotografía de la agencia Magnun, en Nueva York. No me extrañaba que llamara o escribiera a cualquier hora, siempre tenía en mente alguna idea o proyecto o, simplemente, una anécdota que contar. Supe desde un principio el motivo de su llamada. En la televisión estaban transmitiendo las noticias del día, devastadoras como siempre, pero esta vez las pantallas eran de Haití.

—Ben –dije.

—Mañana sales para Haití. No sé si te enteraste, pero hay una crisis muy fuerte allá y queremos documentar a los inmigrantes.

—Sabía porqué me llamabas.

—Qué te puedo decir… Son las órdenes. Debes entender.

—No me mal interpretes, pero te comenté antes de irme que mañana debo ir a los tribunales a firmar el divorcio y sabes que debo tomar un avión hasta…

—Es verdad –me interrumpió–. No te preocupes. No puedes aplazarlo de nuevo y mucho menos por tu trabajo. Entiendo que no ha sido fácil. Además estás llegando de tu última pauta. Tengo en la lista a alguien más.

Apenas colgó, comencé a desempacar. Pensé en lo feliz que me hacía ver a través del lente de mi cámara. Era una Canon 5D a la que consideraba una extensión de mi cuerpo.

La mañana siguiente sonó el despertador justo a las cuatro de la mañana. El agotamiento que sentía no era normal, pero logré levantarme. Fui a la cocina y encendí la cafetera eléctrica. Luego llegué hasta el baño, abrí la llave de la ducha y en unos segundos respiré el vapor que despejó mis fosas nasales. Entré. sentí como el agua se iba por el desagüe con el cansancio. Recordé porqué me había despertado tan temprano. Tenía que ir para Venezuela a firmar el divorcio. No había sido fácil desprenderme de tantos recuerdos, sueños y promesas. De cada aventura y desventura a su lado. Recordé desde la primera hasta la última vez que la vi, mirándome desde el balcón cuando tomé ese taxi al aeropuerto para irme lejos, muy lejos y resumirlo todo a los mensajes de texto; aquellos que cada vez se alejaron tanto, como la distancia que me separaba de ella. Pero todo se esfumó al cerrar la llave y escuchar esas gotas que cayeron al final. Fui a buscar mi café y luego a prepararlo todo para salir.

 

La llegada al aeropuerto fue atemorizante. El ambiente convulso me agredía. Parte de mi vida transcurría en ellos, de aquí para allá con mi equipo fotográfico. Eran 25 kilogramos de peso en la espalda metido en mi bolso Lowepro. Pero ese día fue distinto. No iba a fotografiar la vida del resto de las personas, sino parte de la mía.

La espera fue terrible. Aproveché el tiempo para revisar mis notas y clasificar las fotos de mi último trabajo. Hasta que por fin una llamada por el parlante nos alertó. Era mi vuelo hacia Caracas. Comenzamos la procesión para entrar en el avión. Una vez en el asiento, un sonido mudo, casi imperceptible se escuchó. Era el capitán de la aeronave. Nos dio la bienvenida a su aerolínea y nos dijo que el mal tiempo nos haría desviarnos un poco del rumbo establecido en las cartas aeronáuticas, por lo que el vuelo duraría un poco más. No faltaron los reclamos al escucharlo.

Comenzamos a movernos. El avión transitaba por las líneas de rodaje hacia la pista. Volvimos a detenernos, esperábamos la autorización del ATC para entrar en la pista y despegar rumbo uno cero. Un zumbido hizo que mirara hacia arriba. Un recuadro con la figura de un cinturón de seguridad se iluminó. He viajado tantas veces en avión y siempre el mismo sonido me hace reaccionar de la misma forma. El hombre no es más que un animal adicto a sus hábitos, pensé, mientras hacía una mueca en mi boca al recordar que yo era uno de ellos.

La voz del piloto desapareció y los asistentes del vuelo comenzaron a indicarnos las medidas de seguridad, sobre todo en el caso de que se presentara una emergencia que nos hiciera acuatizar. El chaleco… me dije. Me incliné hasta tocar la parte de abajo del asiento y allí estaba.Voltee para ver las salidas de emergencia y estar preparado para todo. Una vez terminaron, el avión comenzó a moverse hasta llegar a la pista, giró y sin detenerse aceleró. En pocos segundos flotábamos inclinados hacia la izquierda.

La espera del vuelo y su travesía fueron desesperantes, pensé que nunca zarparíamos. El avión era una tara al que le sonaba todo. Sin embargo, me entregué al cansancio y pude dormir. Pero no por mucho tiempo. Una fuerte turbulencia me despertó y de nuevo la voz del piloto se escuchotan incomprensible como la primera vez. Estábamos descendiendo al aeropuerto «El Higüero» en Puerto Príncipe. ¿En Haití? Dije en voz alta. En ese preciso momento una de las aeromozas pasó a mi lado y le pregunté que había pasado. Me respondió que el avión presentó algunos problemas como consecuencia del mal tiempo, por lo que el piloto decidió desviar el rumbo y aterrizar lo antes posible. Desde la ventanilla pude pronosticar la visita.

Al bajar del avión la primera impresión fue devastadora. La pobreza que se respiraba era abrumadora, desquiciante e infecciosa. El terremoto de hace unas horas lo había destruido absolutamente todo. Si el infierno existía, sería así. Me negué a creer que ese era mi destino.

La aerolínea me ubicó en el Park Hotel, cuya fachada inspiraba cualquier cosa menos un buen descanso. Sin embargo, con la playa justo al frente, tan paradisíaca y provocativa, olvidé lo sucedido.

Cuando entré a mi habitación me impresionó la decoración de las paredes. Eran lúgubres, y el bombillo la matizaba con una bruma amarilla y deprimente que no me ayudó a sentirme mejor. La cama era de hierro, se veía como el salitre la devoraba sin piedad. Las sábanas estaban manchadas, por lo que decidí quitarlas. Fue peor. El colchón era un cuadrado duro y pardo, con manchas que parecían de café. «Dormiré en el suelo», me dije.

Escuché un radio. El sonido provenía de la habitación contigua. Una voz masculina tarareaba la canción que sonaba en ella. Abrí la puerta y salí. Quería pasar el menor tiempo posible dentro de esa habitación, su olor dolía. La sentía como la boca de un gran monstruo que me arrancaba la piel con sus afilados colmillos.

Una vez afuera, la puerta de la habitación más animada se abrió y salió un hombre mayor, negro y alto. «Él era quien cantaba», pensé. Subió su mano derecha y me saludó con un ademán tan desinteresado como la bienvenida que recibí al llegar al hotel.

Llegamos juntos hasta las escaleras y le indiqué con un gesto caballeresco que pasara primero. Las escaleras de madera comenzaron a crujir, «esto no aguantará el peso de los dos», me dije. Sin embargo lo hizo. Llegamos a la entrada del hotel, salí y encendí un Marlboro. El hombre, en cambio, continuó caminando hacia la playa. Aspiré una última bocanada al cigarro y lo boté hacia la calle. Subí a buscar mi cámara. Seguirlo me pareció una buena idea. Podría tomar algunas fotos de ese lugar que había cambiado al caer el sol.

Por suerte la luna estaba llena, cuestión que me facilitó ver al hombre desde lo lejos parado al lado de una embarcación en construcción. Caminé hasta el lugar. Pude escuchar risas y el golpe de los martillos contra la madera. Cuando notaron mi presencia se callaron al unísono, todos vieron al hombre del hotel.

—Buenas noches, yo estoy en el mismo hotel que usted, ¿se acuerda? Bajamos juntos por la escalera –le dije.

Él me vio de arriba abajo.

—¿Eres periodista?

—Claro que no –le respondí–. Soy fotógrafo… amateur.

Sin mediar palabra alguna me dio la espalda y ordenó a los hombres que continuaran trabajando.

 

Transcurrió una semana sin noticias de la aerolínea y sin poder comunicarme con alguien fuera de Haití. Además, las autoridades de República Dominicana habían cerrado las fronteras para evitar el éxodo de personas a ese país. Mis esperanzas de irme se esfumaron. «Tantas cosas y al mismo tiempo ninguna», pensé.

Con la intención de olvidar y ocuparme en algo, me dediqué a tomar fotografías de la construcción de la embarcación, de los obreros, sus rostros y manos callosas. Poco a poco las herramientas rudimentarias e improvisadas le dieron forma al bote que, por su apariencia, me pareció que no flotaría.

 

Al día siguiente escuché la puerta de mi habitación. Era el hombre para decirme que el bote ya estaba listo.

—¿Te gustaría salir de Haití? –preguntó.

No era necesario que respondiera a su pregunta. Él sabía muy bien la respuesta.

Llegué rápido a la playa con mi cámara en la mano y lo vi terminado. Era un velero de siete metros de eslora. Lo llamaron “Cree en Dios”.Hombres de fe, pensé. Estaba suspendido a unos cuantos centímetros de la arena sobre los troncos que le permitirían entrar al agua. Lo habían terminado de construir y, sin embargo, parecía que hubiese estado en el mismo lugar durante décadas. La madera del casco, vieja y opaca, teñida con diversos colores, lo hacían ver como un mosaico de muebles viejos, que armaron como las piezas de un rompecabezas. El mástil no era más que un viejo árbol desprovisto de sus ramas, que, sin importar desde donde lo vieras, mostraba una joroba que lo arqueaba.

Ese día él me dijo su nombre: «David». Me comentó que desde hace mucho tiempo lleva planeando cómo irse de Haití y, al mismo tiempo, hacerse de algún dinero para cuando llegase a algún otro lugar. Convenció a cuarenta y cuatro hombres para que construyeran un bote que los llevaría a otro país ocultos dentro del casco. Así evitarían ser descubiertos. Uno de ellos murió ayer, me dijo. Por eso quise invitarte, tenemos un puesto disponible. Su comentario me causó gracia, pues al ver en el interior del velero me di cuenta que esos pobres diablos viajarían como cerdos directo al matadero. David continuó ofreciéndome ese puesto por tan solo cinco mil dólares americanos. Lo pensaré, le dije.

De vuelta al hotel le pregunté al encargado si había algún recado para mí. Se rió de inmediato, «noticias», dijo mientras se alejaba moviendo la cabeza de lado a lado. Me habría conformado con una fecha, al menos para que mis esperanzas renacieran. Subí a la habitación y pasaron dos horas hasta que volvieron a tocar a mi puerta. Era David.

—Sé muy bien lo que estás sintiendo. Todo aquél que llega o nace en este lugar termina como tú, sin ganas de vivir –me dijo susurrando–. Esta es tu única oportunidad, si la desaprovechas morirás en esta pocilga. Ahora debo volver al bote, mañana zarpamos antes del amanecer. Sabes donde estaremos.

Lo vi perderse en las escaleras. Cerré la puerta, me senté por primera vez en la camay contemplé la habitación. Necesitaba un cigarro pero lo único que conseguí fue la caja vacía junto a la cámara. Esa que esperaba por un gran trabajo fotográfico.

Tomé esa vieja tarjeta de memoria que me regaló en uno de mis cumpleaños. Aún podía verse la dedicatoria escrita en su etiqueta. No quise leerla. Entre los recuerdos apagué la luz y me fundí en ellos hasta que el sueño me arropó.

 

Salí muy temprano del hotel. Le dedique una última mirada a su fachada. Aun sentía más dudas que certezas, pero comencé a caminar sin ver hacia atrás. Llegué a la playa. El bote flotaba y se dejaba llevar por el danzar de las olas. Cuarenta y tres hombres habían entrado en esa mazmorra flotante, era la cárcel hacia la libertad. Entré al agua. David y cuatro hombres más me ayudaron a embarcar. Ellos serían la tripulación. Nuestras vidas estaban en sus manos. ¿Qué podía pasar? ¿Qué nos perdiéramos en alta mar y muriéramos de hambre y de sed? No hice caso a mis pensamientos y entré. Cuatro tablas largas se posaron muy cerca de mi cabeza y fueron clavadas con los golpes de un martillo que nos aturdió. Risas y celebraciones nos acompañaron la primera hora de viaje, luego, solo fue el sonido del mar chocando contra la madera.

Sin darnos cuenta, los movimientos del velero se hicieron más fuertes y continuos. La paz que disfrutamos al inicio del viaje se desvaneció. Sentimos la proa elevarse y en cuestión de segundos caía golpeándonos con la misma intensidad que el mar lo hacía contra su estructura. Escuchábamos los pasos y los gritos desesperados de la tripulación. El agua caía a chorros entre las grietas de las tablas. Comenzamos a dar golpes para que nos escucharan. El agua comenzó a entrar también desde abajo. El mástil se había movido y había roto la estructura que lo unía al casco del bote. El agua hasta la cintura, se enturbió. Era la mezcla del vómito de no sé cuantos que no pudieron aguantar que su estómago también los traicionara. David gritó «nos estamos hundiendo». La luz de la lámpara que llevábamos con nosotros fue suficiente para ver el rostro de mis compañeros de viaje cuando escuchamos lo que ya sabíamos. Sus ojos estaban abiertos al máximo a punto de salirse de sus órbitas. Intentábamos mantenernos en nuestros puestos sujetándonos entre nosotros. Otros querían levantarse pero no podían, el techo los detenía y algunos fueron penetrados en sus cabezas por los clavos oxidados que sobresalían de las tablas.

Saqué de mi bolso la cámara y de mi chaleco aquella tarjeta de memoria. A pesar del poco tiempo que nos quedaba, esa madrugada convulsa volví a leer la dedicatoria que tenía escrita: «La tristeza es el síndrome de abstinencia de Dios». Las había olvidado. Precisamente eso era lo que sentíamos. Tomé una foto, sólo una, antes de fijar la tarjeta en mi cuerpo con el tirro que llevaba conmigo. Sabía que moriríamos. Quería salvar esa imagen. Si en algún momento encontraban mi cuerpo, parte de mí viviría a través de ella. Quienes tenía a mi lado comenzaron a jalarme hacia abajo, ya no había espacio en el que pudiéramos respirar. Ya sumergido vi la luz borrosa de la lámpara cuando terminó de apagarse. Con su ausencia una fuerte puntada atravesó mis fosas nasales. El agua salada inundó mis pulmones y su sabor a rasgar mi garganta.

 

Desperté sobre una camilla. La garganta me ardía y me dolía toda la cara y el pecho al respirar.

—Está usted a salvo –dijo el uniformado que estaba parado a mi lado.

—Pero aun siento ese movimiento –dije con la voz ronca.

—Por supuesto. Estamos en un hospital flotante.

El buque hospital Comfort de la Armada de los Estados Unidos de América entró en aguas territoriales la noche del accidente. A pesar de ser una embarcación de doscientos setenta y dos metros de eslora, no le costó encontrarnos. Sus sistemas avanzados de radares dieron la alarma, cuando sus vectores tradujeron en sus pantallas que sobre el agua flotaban cinco cuerpos y los restos de lo que parecía una vela, un mástil y unos trozos de madera. Fuimos rescatados unos minutos después que perdí el conocimiento.

Todos lo que íbamos escondidos nos salvamos, en cambio, David y los otros que lo acompañaban sobre el bote, no sobrevivieron. La tarjeta de memoria también sobrevivió y con ella el recuerdo de esos días. Una pequeña parte de la miseria del ser humano.

 

Por Filadelfo J. Morales M. | @filadelfojmm

#DomingosDeFicción: La sonrisa de Margarita

Volar.

Siempre quise volar.

Arrojarme en caída libre.

Volar.

 

De cómo conocí a Margarita no tiene importancia. Lo importante es ella, Margarita, a sus diez años, con su pelo medio rubio, medio marrón. Y yo, a mis ocho años con mis ganas de aterrizar en el corazón de Margarita. Porque fue por ella o por culpa de ella o a causa de ella que… en fin. Hoy, muchos años después, a veces pienso que fue una historia triste, pero justo ahora creo que no, que se trató una historia hermosa. La verdad, como dice el poeta, de lo que se escribe no se sabe.

Comencemos por el final. Yo, arriba del tanque de agua, en el lugar más alto de la casa, a punto de arrojarme al vacío. Era una tarde de abril con muchas nubes. Húmeda. Oscura. No había tarde más perfecta para volar que aquella tarde de abril. Mi hermano, desde abajo, me animaba:

—Dale, cagón, dale.

Él era también el operador de la torre de control:

—Viento a favor. Pista despejada. Preparado, listo…

Y yo que me orinaba encima, con un miedo que me hacía temblar. Pero no había nada que temer, mi pista de aterrizaje era el blando corazón de Margarita.

 

Una semana atrás había hecho pruebas preparatorias con Malena, mi gata.  Subimos juntos al tanque de agua, le coloqué un improvisado parapente y sin mucha ceremonia, la arrojé en la modalidad bala felina. La gata dibujó un soberbio tirabuzón y luego planeó con bastante elegancia. ¡Ah, cómo surcó Malena los cielos de Caracas! Arañando el aire con ese estilo afrancesado que solo los gatos tienen. Cayó en sus cuatro patas. Cojeó durante un par de días, pero después siguió siendo la misma gata vanidosa de siempre.

Los excelentes resultados de esta prueba preparatoria, me animaron a avanzar en mi proyecto. Comencé a hacer los planos de mi paracaídas, llené varias páginas de papel cuadriculado con diversos modelos. Compré cuerditas reforzadas. Saqué del armario las sábanas que vestían mi vieja cuna y estuve una semana entera fabricando el prototipo.

Al terminarlo, no se lo mostré a mi hermano, el operador de la torre de control. Pero sí a Margarita.

Margarita tenía una forma de tratarme muy especial. Me decía: tráeme esto, tráeme aquello. O me silbaba como a Ronny, su toy poddle: fuiz fuiz, y yo iba a toda velocidad a su encuentro, porque los silbidos de Margarita eran los más hermosos silbidos del planeta.

Al ver mi prototipo, Margarita dijo:

—Mejor es el mío.

—¿Tú tienes paracaídas? –pregunté.

—Claro –me respondió– y es mejor que el tuyo.

Sentí vértigo, un agujero en el estómago. Luego me encerré en mi laboratorio (es decir, en mi habitación) e hice añicos mis planos garabateados en papel cuadriculado. Agarré mi prototipo hecho de sábanas y cuerditas y lo convertí en picadillo con una tijera colegial.

Un día, Margarita me invitó a merendar en su casa. Era una casa enorme la de Margarita, parecía un palacio, con unas cabezas de antílopes colgando de las paredes, con alfombras de piel de tigre o de oso y muchas fotos de grandes proezas familiares. Fuimos a su cuarto, que también era enorme, y allí, tirado en su cama, jugando Atari, estaba el operador de la torre de control, mi hermano.

Margarita sacó del armario una caja enorme. Me dijo: esto es para ti.

Yo abrí la caja. Había una mochila. Y dentro de la mochila un paracaídas. Un paracaídas, pero de verdad verdad.

—Wow –dije.

—¿Lo ves? Es mejor que el tuyo –dijo Margarita.

El operador de la torre de control dejó el Atari y abrió su bocota:

—¿Cuándo hacemos el lanzamiento?

—Mi papá es un verdadero paracaidista –se ufanó Margarita.

—Ah, tienes miedo –dijo el operador de la torre de control.

—Yo no tengo miedo –respondí.

—No lo molestes —terció Margarita— y luego me preguntó, en voz baja: ¿lo vas a hacer? Si lo haces te voy a dar un… y sin terminar de decir lo que iba a decir, silbó: fuiz fuiz. Entonces yo estuve a punto de ir a su encuentro y ponerme a su entera disposición. Pero a cambio apareció Ronny, el toy poodle, que aterrizó en sus piernas a una velocidad asombrosa. El maldito perro faldero se me adelantó.

Las semanas previas al lanzamiento estuve investigando y afinando cada detalle. Subí numerosas veces al tanque de agua, calculé el recorrido de punta a punta, la distancia que había del tanque al patio: unos siete metros. Reproduje mentalmente cada paso. En mi cabeza estaba todo perfectamente calculado. Debía correr con todas mis fuerzas desde la parte de atrás y al llegar al borde pegar un buen salto y abrir el paracaídas. Y una vez que pegara el salto, pum, a volar.

 La noche antes estaba muy inquieto y tuve este sueño: Ronny, el maldito toy poodle, mordía el cuello de Malena, mi gata, mientras mi hermano, el operador de la torre de control, estaba tirado encima de una alfombra de piel de tigre o piel de oso, mirando al techo y entonces, de pronto, yo me desesperé. No estaba Margarita, no veía a Margarita por ninguna parte. Margarita, gritaba, Margarita…

Desperté. Vi mi reloj: eran las 3:30 de la mañana. Faltaban todavía algunas horas para el gran día.

 

Y aquí volvemos al comienzo de esta historia. Tarde de abril con muchas nubes. Densa, oscura. Una tarde mejor que esa, imposible. Y yo arriba del tanque de agua listo para volar. Viento moderado, cielo despejado, humedad relativa. El operador de la torre de control daba las indicaciones y también me daba ánimo:

—Dale, cagón, dale.

Margarita estaba sentada sobre la grama del patio comiendo galletas y hojeando un álbum de la Barbie. El paracaídas de su papá me quedaba realmente enorme: los arneses flojos, las correas colgando, y ese montón de tela arruchada, como derramándose a mi alrededor. Me asomé por última vez para ver a Margarita. Desde allá arriba admiré su melena media rubia, media marrón. Tuve la convicción de que junto a ella me esperaría, finalmente, algo inolvidable.

Sin embargo, en un instante de lucidez, dudé. Pensé que el sueño de la noche anterior había sido premonitorio, un mal presagio. Si Malena, mi gata, moría a manos de Ronny, eso quería decir que algo andaba mal. Muy mal. Podía haber soñado con otra cosa. Por ejemplo, con aquello que me daría Margarita después de mi exitoso salto. ¿Qué sería? ¿Un juguete? ¿Un beso? ¿Un fuiz fuiz que duraría toda una eternidad? Me reproché no haberle preguntado antes. ¿Por qué no lo hice? ¿Por miedo? ¿Por vergüenza?

—Dale, cagón, dale –escuché de parte de la torre de control. Y luego:

—Fuiz, fuiz –el cristalino silbido de Margarita.

Espanté como moscas los inoportunos pensamientos, deseché todas mis malditas dudas infundadas y entonces, ya decidido, grité:

—Allá voy.

—Dale, que se va a hacer de noche –dijo torre de control.

Respiré hondo, cerré los puños (o puñitos) para darme ánimo, y en una fracción de segundo repasé mentalmente todo mi plan. Tomé impulso, corrí desde la parte de atrás del tanque, corrí lo más rápido que pude y con el viento a favor hice pie en el borde y… salté.

Alcancé una excelente altura. Me suspendí como una pluma, como el polvo. Sentí la presión delicada del aire en mi cuerpo, el viento que susurraba suavemente en mis oídos y el aparatoso paracaídas que parecía una medusa borracha a mis espaldas. Quizás no fue el mejor paracaídas para llevar a cabo el lanzamiento, pero eso es lo de menos. Lo importante es que volé. Créanme que volé.

Y la sonrisa de Margarita brilló en todo el patio.

 

Por Gustavo Valle | @vallegusta

#DomingosDeFicción: Las almohadas

En su relación, que ya tenía varios años, ellos duraban largos espacios de tiempo sin verse. El trabajo de J lo llevaba a viajar constantemente y, en muchos casos, a permanecer en un sitio alejado por varias semanas. Al inicio, él y C hacían sus viajes en pareja, pero con el tiempo, eso fue cambiando. Compraron una casa, un carro y se asentaron como familia, y eso llevó a que C quisiera quedarse en casa, en lugar de estar recorriendo el mundo cada mes o cada dos meses. J sopesó la posibilidad de cambiar de trabajo, pero le gustaba mucho lo que hacía, recibía un gran sueldo y C se había terminado por acostumbrar a ese estilo de vida. De hecho, ambos decían que así mantenían la mejor de la relaciones, siempre apasionante, casi sin discusiones, llena de un cariño fortalecido por el tiempo de distancia. También habían aprendido a ser románticos cuando no estaban juntos. Se hacían video llamadas, en las cuales salían a pasear o a comer, se tentaban enviando fotos sensuales, se prometían cosas qué hacer cuando se volviesen a ver y, cuando los viajes eran muy largos, se enviaban algunos obsequios que les hicieran recordar al otro (como la tira de un sostén perfumado o una corbata recién utilizada). Y para las horas de sueño, en las que no se hablaban, cada uno usaba una almohada que se iluminaba cuando el otro se acostaba. Cuando J se dormía, y posaba su cabeza en su almohada, entonces la de C brillaba de un amarillo muy tenue, indicándole que su pareja estaba durmiendo. Así, ambos podían acostarse y pensar que yacían juntos, como si a través de ese cojín pudiesen sentir sus mejillas, una contra otra. En más de una ocasión, J y C besaban sus almohadas, como esperando a que su gesto se desplazara a través de la luz y llegara a su pareja (incluso hubo un momento en que ambos, sin saberlo, besaron a la almohada al mismo tiempo, lo que les produjo una inexplicable sensación eléctrica en los labios).

Al principio, la luz había sido un obstáculo para conciliar el sueño, sobre todo porque a veces esta se encendía a mitad de la noche, debido a las diferencias horarias. Pero ambos habían terminado por acostumbrarse y encontrar tranquilidad en ese brillo, que los llevaba a hundirse en él y a abrazar la almohada.

Una noche, durante un viaje de J a Buenos Aires, ciudad a la cual ya había ido casi una decena de veces, C le hizo una video llamada y le sorprendió encontrarlo a medio vestir. “Sí, estoy recién llegando”, le dijo él. “¿A esta hora?, ¿no es algo tarde?”, le preguntó ella. “Un poco, pero no tanto, recuerda la diferencia horaria. Además, fue por algo del trabajo, así que no podía negarme”. Después de eso, se despidieron y a los pocos minutos, la almohada en la cama de C se iluminó.

Cuando despertó, vio que esta aún brillaba, lo cual le parecía extraño porque usualmente J se levantaba primero que ella, más porque Argentina tenía una hora de adelanto. Aún así, no le prestó demasiada atención. Fue al baño, se cepilló, se vistió, se preparó el desayuno y tras reposar, salió a trotar y a comprar algunas cosas que le hacían falta. Al regresar, cuando ya pasaban de las once de la mañana, dejó las bolsas en la cocina y entró en su habitación, en donde la almohada seguía brillando. Sacó la cuenta: en Buenos Aires ya debía ser el mediodía, y, según veía, J seguía acostado. Por más inquieta que estaba, prefirió no dejarse alterar demasiado. Se dio una breve ducha, durante la cual trató de pensar en otra cosa. Pero al salir, una vez más, se encontró con la pálida luz amarilla de la almohada.

Intentó realizar una video llamada desde su celular y luego desde su laptop, pero no tuvo respuestas. También llamó al hotel en el que se quedaba J, donde le dijeron que ya le comunicarían con la habitación, pero el teléfono sonó sin que nadie atendiera. Llamó tres veces siempre con el mismo resultado. Pensó que quizá la almohada se había descompuesto, así que la reinició. Dentro del cojín parpadeó tres veces una luz roja, indicando que se estaba apagando, y luego otros tres parpadeos blancos al encenderse. Pero tras eso, volvió a aparecer la luz amarilla. Por la mente de C pasaron escenas terribles: J muerto, ahogado o infartado, sobre la almohada, o asesinado, y la sangre corriendo por las sábanas blancas…

Su estado de angustia se extendió hasta casi una hora más, momento en el cual recibió una llamada de J. Ella le gritó, le preguntó qué le pasaba y dejó escapar algunos insultos. Él le respondió que lo lamentaba mucho, que había estado dormido todo el rato y que quizá hubiese sido por algo que comió. Luego se volvió a disculpar, haciendo bromas leves y asegurando que no volvería a pasar, lo cual fue suficiente para C, quien para el final de la llamada ya reía y bromeaba con J. Pero aún así, esa noche volvió a pasar lo mismo: el cojín se encendió a las nueve de la noche y se mantuvo brillando hasta entrada la mañana del día siguiente. Pero C no volvió a preguntar por no querer sonar paranoica, aun cuando lo cierto fue que con los días, tras casi una semana en la que se repetía la misma situación, ella terminó por acostumbrarse, aunque con cierto recelo. Lo último que dijo al respecto fue: “Bueno, con todo lo que duermes, quizá te despidan”. J ignoró el comentario y habló de otra cosa, pero C lo cortó preguntándole cuánto faltaba para que volviera. J hizo una mueca de extrañamiento, porque ella casi nunca hacía esa pregunta, al menos no de aquella forma, como una demanda o una súplica. “Aún falta un poco, sabes cómo es esto”, respondió él.

Un par de días después de esa conversación, la almohada de C, en medio de la noche, se apagó y no volvió a brillar sino hasta cuatro días después –durante los cuales J no atendió ninguna llamada–, cuando parpadeó tres veces una luz roja en su interior, indicando que la otra, la almohada gemela, había sido apagada.

C intentó contactar a J por diferentes vías, pero ninguna la llevaban a nada. Buscó en Google razones por las cuales una almohada de esas podría ser desactivada y todos los comentarios apuntaban a un rompimiento de relaciones, a “parejas que antes se querían y querían dormir juntas, pero ya no”. También leyó algo, una broma, que la hizo sentir como una idiota, pero también como si hubiese caído en un pozo oscuro. Leyó: “Si yo tuviese esa almohada, colocaría un ladrillo sobre ella y saldría toda la noche”. Ese comentario hizo que varios escribieran “jajaja” como respuesta, pero para C, aquello era una posible explicación al brillo sostenido de los días anteriores. También se preguntó si aquella vez en la que había llamado a J y lo había encontrado a medio vestir, en realidad él se preparaba para salir a algún sitio.

Los días de C se sucedieron grises, y turbios, como si la hubiesen sumergido en el fondo del mar, donde no podía ver nada y sus pulmones se comprimían por la presión. También lloró con frecuencia contra la almohada, a la cual lanzaba golpes, y por el teléfono, cuando llamaba a sus amigos para pedir ayuda. Ellos la visitaron en varias ocasiones y la abrazaron con fuerza, pero con el tiempo, dejaron de ir y de prestarle tanta atención, porque aunque lamentaban todo lo que había pasado y querían ayudarla, todavía tenían sus propias vidas de las cuales ocuparse. Así que, progresivamente, C fue quedándose sola.

De todo aquello, lo que más le dolía era no haber tenido una explicación: J había desaparecido sin decirle nada y, aún después de casi mes y medio, no le atendía las llamadas. C evaluaba toda su relación y sus últimos días, buscando alguna señal de despedida o alguna explicación, pero no lograba encontrar nada: él se fue a Argentina, como había hecho tantas veces antes, y, de un día a otro, se desvaneció de su vida.

 

Al cabo de un poco más de cuatro meses, C, todavía dolida y con un espacio vacío entre su estómago y la columna, se decidió por aceptar lo que había pasado y con eso, la casa empezó a dejarle de parecer tan grande. También retomó la rutina de salir a trotar por las mañanas y de comer con sus amigos, siempre tratando de evitar a J en sus conversaciones. Sin embargo, ocasionalmente, casi siempre por las noches, cuando estaba sola, volvía a sentirse bajo una presión oceánicamente triste.

Durante una de esas noches, su almohada brilló tres veces en blanco contra su mejilla. Se incorporó y se quedó viéndola por largo rato: esta iluminaba la habitación de un amarillo opaco. C, cubriéndose el cuerpo con las sábanas, la veía como si se tratara de una fiera que amenazara con sacarle el estómago. Casi de inmediato, el teléfono empezó a sonar. Ella dejó que repicara una docena de veces antes de levantar el auricular. Al otro lado de la línea, escuchó llorar a J. Él le dijo que lo lamentaba y que se arrepentía por haberla dejado, que no debería haberlo hecho y que ahora se sentía terriblemente mal. C lo dejó hablar sin decir nada, se llevó el auricular al oído y se acostó en la almohada. “Sé que estás ahí”, le dijo J cuando ella posó su cabeza contra el cojín. “Por favor responde”. Pero C no abrió la boca. Por el contrario, con un camino húmedo que bajaba por sus mejillas, colgó la llamada sin dejar que él terminara de hablar. También apagó su almohada y desconectó el teléfono. Aunque no concilió el sueño en toda la noche, sintió que dentro de poco podría hacerlo, porque algo dentro de ella se había recompuesto y ya se había hecho a la idea de dormir con todas las luces apagadas.

 

Por Jacobo Villalobos | @JacoboV95

*Este cuento pertenece al segundo libro de Jacobo Villalobos: Intrusos.

#DomingosDeFicción: Una llamada perdida

De pronto, suena el teléfono.

El hombre permanece en la cama, inmutable, como si no hubiera oído nada. Ni siquiera abre los ojos. Está desnudo. No totalmente: todavía tiene puestos los calcetines. El resto de su ropa está sobre su silla. Sin doblar. La camisa es de color naranja. El pantalón, azul. Junto a la silla, también hay una botella a medio llenar. Es un licor barato con aroma de whisky. Eso dice la etiqueta, aunque en la calle afirman que es aceite para helicópteros. Es lo único que pudo pagar. Cada hígado tiene lo que se merece.

El teléfono suena de nuevo.

El hombre, ahora sí, abre los ojos, pero mantiene una expresión ausente, como si en realidad no estuviera ahí, en esa circunstancia, en esa habitación, en ese cuerpo. Tal vez es ella, piensa. Un cuarto de sonrisa, llena de ironía. Se asoma en sus labios. Ella jamás llamaría. Jamás va a llamar. Se incorpora. Sigue sentado pero levanta la mitad de su cuerpo de la cama. Mira hacia la mesa de noche, observa el auricular. Luego deja rodar sus pupilas lentamente por toda la habitación. La cama no tiene sábanas. Es una imagen dolorosa. Parece una lata vacía. Por un segundo, deja que su mirada merodee por ese colchón, rondando una vieja etiqueta de plástico donde apenas puede leerse una marca. Mira también su cuerpo. Su cuerpo desnudo sobre el colchón. Es el mismo de siempre. Tal vez un poco más pálido. Recorre con los ojos su piel, desde los hombros hasta los pies. Observa sus calcetines. Son grises y están sucios. Como la familia, como el matrimonio, piensa. Como todo.

Otra vez: el teléfono.

El hombre suspira. Con un gesto descuidado toma la botella y la lleva hasta sus labios. Bebe. En el clóset ya sólo está su ropa colgada. Lo demás se ha ido. Sólo quedan sus cosas. Media docena de camisas. Varios pantalones. Dos trajes. Cada prenda en su percha, guindando de su gancho, como si estuviera en una carnicería: el clóset es un congelador oscuro, las reses muertas están suspendidas, sujetadas por garfios. ¿Hay insectos? ¿Moscas? ¿Qué es ese zancudo que flota sobre las sombras?

Aló, dice, apenas.

Buenas tardes.

No necesita mucho más para clasificar la voz. Nada más con el saludo le basta. Una mujer de treinta. Delgada, quizás algo nerviosa. Con los senos pequeños pero redondos; las caderas amplias, generosas. Vestida de verde. También lleva anteojos. Quizás sólo son anteojos oscuros, para protegerse del sol. El hombre la puede ver detrás de ese buenas tardes. No dice nada más. Espera.

¿Quién es?

El hombre tampoco contesta. Piensa que se trata de un número equivocado. Cuelga y se incorpora. Se dirige al baño. Despacio. Arrastra los calcetines sobre el suelo. Cruza delante del espejo sin mirarse. Ni siquiera de reojo. Con su mano derecha toma su pene, apunta, orina. Le gusta sentirlo en su mano. No hay nada que explique esa sensación. Sólo le gusta. Le da ánimo. Disfruta también el sonido del orine hundiéndose en la taza del retrete. Va más allá del alivio físico. Casi es una experiencia espiritual. La vida es puro líquido, piensa.

De pronto, suena el teléfono.

El ring ahora tiene un eco que antes no había podido percibir. El sonido se exparce, llega rebotando contra las paredes. El hombre masculla algo. Dice mierda o coño, dice algo así. Se sacude. De regreso a la habitación, se detiene un momento frente al espejo. Mira su rostro. ¿Y si, en verdad, fuera ella? Si ella lo llamara por teléfono, ¿qué pasaría? ¿Cómo reaccionaría él? ¿Acaso la perdonaría, le pediría que regresara? ¿Acaso una llamada telefónica puede lograr que todo vuelva a ser como antes?

El teléfono sigue sonando.

Aló, contesta con cierta impaciencia.

¿Por qué me trancó?

Me pareció que se había equivocado de número, eso es todo.

¿Quién es? ¿Con quién hablo?

¿Quién eres tú? Tú estás llamando, comienza a tutearla.

Ella entonces hace lo mismo.

¿No me puedes decir tu nombre?

El hombre se tiende en la cama, de nuevo. Se da un trago. Apoya la cabeza en la almohada.

Yo te marqué porque tengo aquí, en mi celular, una llamada perdida. Y el número es este. Déjame ver. ¿Este es el 545 27 81?

Sí.

Entonces, desde ahí me llamaron.

Es imposible.

Pero es la verdad. ¿Por qué te iba a llamar entonces? ¿Crees que estoy loca?

Aquí no vive nadie.

Pero estoy hablando contigo.

¡No seas marica, coño! ¡Te estoy diciendo que hay un error!

No lo puede controlar. El grito sale, estalla, silba como vapor.

La mujer no responde, pero tampoco cuelga. Permanece ahí, muda, del otro lado de la línea. Una extraña inquietud parece instalarse entre los dos. El hombre se alza, se sienta en la cama. Los segundos comienzan a transcurrir de manera espesa. Como si fueran algo tangible, granos, cuerpos que pueden apretarse entre los dedos. El hombre siente, o cree sentir, que la mujer llora. O tal vez sólo aguanta el llanto. Lo reprime. Al fondo de la línea, hay un gemido, asfixiándose. ¿Por qué no dice algo? ¿Por qué no lo insulta? ¿Por qué no tranca? ¿Por qué no hace nada?

Pero tampoco él hace nada. Ninguno de los dos interrumpe la llamada. Están hundidos en un silencio cada vez más crispado. La respiración es lo único que flota entre ambos. Un reloj sin forma. Aire que se retiene, se contiene; entra, sale, tieso, tenso.

¿Sigues ahí?, inquiere, después de una pausa, en voz baja.

Sí, susurra.

Discúlpame.

Discúlpame tú.

Ambos vuelven a quedarse callados. El hombre, sin soltar el auricular, comienza a quitarse los calcetines. Con cierto apremio, con una breve emoción. Se enfunda uno de ellos en su mano, como si fuera un guante. Con esa mano comienza a acariciarse.

Se toca, se jala, se excita.

El silencio continúa.

 

Por Alberto Barrera Tyszka | @Barreratyszka

#DomingosDeFicción: Bahamut

Leo «Manual de zoología fantástica» de Jorge Luis Borges. Me quedo dormido terminando el siguiente párrafo:

Dios creó la tierra pero la Tierra no tenía sostén y así bajo la Tierra creó un ángel. Pero el ángel no tenía sostén y bajo el ángel creó un peñasco hecho de rubí. Pero el peñasco no tenía sostén y bajo el peñasco creó un toro con cuatro mil ojos, orejas, narices, bocas, lenguas y pies. Pero el toro no tenía sostén y así bajo el toro creó a un pez llamado Bahamut, y bajo el pez puso agua y bajo el agua puso oscuridad, y la ciencia humana no ve más allá de ese punto.

Sueño que acudo al lecho de muerte de Stanley Kubrick. Descansa en una cama, rodeado de aparatos médicos que monitorean sus decrecientes signos vitales. Se me ha concedido efectuarle una última entrevista.

Hablamos acerca de sus películas, la limpieza de sus imágenes, su obsesiva precisión. Le pregunto sobre la leyenda urbana que le atribuye el haber filmado un falso alunizaje del Apolo 11. El timo audiovisual más espectacular en la historia de la humanidad, perpetrado por el cineasta más genial en la historia de la humanidad.

Kubrick asiente y cierra los ojos. Un pesar insondable cubre su rostro como un velo finísimo. Confiesa que la leyenda es cierta. Nunca hubo un viaje a la Luna. La conspiración había sido perpetrada con la ayuda de los altos jerarcas de todas las naciones del mundo.

—¿Por qué? –pregunto con un hilo de voz.

—Porque la humanidad no podía saber la verdad –responde.

—¿Cuál verdad?

Me muestra unas fotos tomadas por satélite. La Tierra contemplada desde una distancia sideral.

Y debajo de la Tierra hay un ángel enorme. Debajo del ángel una montaña de rubí. Debajo de la montaña un toro imposible de ojos desorbitados. Debajo del toro un pez que reposa en el agua.

Y después hay oscuridad y no puedo ver nada más.

 

Por Lucas García París@LucasGarciaP

*Este cuento pertenece al libro El Reino (Ediciones Punto Cero / 2017).