#DomingosDeFicción: Tan frágil como un estornudo

«Allá afuera los revólveres no respetan.

Plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta», Valle de balas

(Desorden público)

 

Una imagen de trece efectivos de la Policía Nacional Bolivariana asesinados en la entrada de la Cota Mil en La Pastora rodaba en Twitter la mañana del martes.

Era de mala calidad, pero se distinguía la sangre seca y abundante que cubría el azul marino de los uniformes policiales. Lo mismo para los que estaban de espaldas con las siglas blancas de PNB manchadas de rojo. Parecía un cuadro de Saudek con menos vergas y más sadismo. Para las siete de la mañana la foto ya era trending topic y los reportes de tránsito en la radio sugerían evitar la Cota Mil sentido oeste.

Caracas estrena muertos todos los días y por más rutinaria que fuese la gala de violencia, tráfico y descontento, había que salir a trabajar.

Ángel sabía cuál iba a ser la pauta del día y llegó al periódico a las siete y treinta con casco en mano y la cámara en el bulto. Radio y redes se hacían eco de lo mismo: cadáveres de policías apilados. Demasiado tráfico. La instrucción fue llegar a la entrada de La Pastora y averiguar qué había pasado. Bajó al cafetín y después de dos empanadas, un jugo de naranja y un café, volvió a la moto pensando qué ruta tomar para llegar a la escena. Se puso el audífono izquierdo sintonizando la emisión del tráfico y después de bordear la Francisco de Miranda llegó hasta la entrada de la Cota Mil en La Castellana

Evitar la Cota Mil en ambos sentidos. Motorizados armados toman ambas vías.

El ruido de los motores le impidió seguir escuchando el reporte. Se quitó el audífono y miró por el retrovisor la avalancha de motos tras él. Un motorizado se puso a su lado y el copiloto le extendió un palo. ¡Vamo’a matarlos, o joda, vamo’a matarlos!, decía mientras le extendía el palo que Ángel recibió sin pronunciar palabra. ¡Vamo’a matar a estos coño e’madres!, fue lo último que escuchó antes de que la moto lo rebasara.

Distinguió palos, pistolas automáticas, revólveres y ametralladoras, alzadas con euforia, rumbo al oeste de la ciudad. Ángel puso el palo entre sus piernas y, con la destreza que da ser motorizado en Caracas, sacó el celular, marcó el número de la redacción y puso el aparato dentro del casco a la altura de su oreja. Aceleró hasta el fondo, mientras con la mano izquierda alzaba el palo en señal de protesta, mimetizándose con los demás. ¡Hay un coñazo de motorizados armados, van en ambos sentidos y hay carros devolviéndose en retroceso y en contravía!, le gritó Ángel al interlocutor, cuya voz no reconoció entre el ruido de las motos. ¡Vete de ahí, vete de ahí!, escuchó mientras veía por el retrovisor cómo la avalancha de motos no cesaba. ¡Cota Mil, Prados del Este y avenida Francisco de Miranda están tomadas! ¡Esta vaina huele a golpe! Volteó la cabeza hacia el palo que izaba en la mano izquierda y vio la hora en su reloj. Eran las ocho y cinco de la mañana y alrededor todo eran motos andando, carros inertes y hombres trepándose la isla que separaba los sentidos este-oeste, armados y coléricos.

Esta vaina no es un golpe, pensó Ángel.

Entre motores chirriantes y disparos, Ángel se dejó caer sobre su moto en la porción de grama que separaba ambos sentidos de la Cota Mil. Con la moto como escudo, logró sacar el celular del casco y volvió a llamar a la redacción. ¿Qué coño es lo que está pasando?, gritaba Ángel sin poder distinguir, otra vez, la voz de quien contestó el teléfono. Todo eran motores y balas. ¡Sal de ahí!, logró escuchar. ¡Sal de ahí que están mandando a los militares! Ángel era un bulto aplastado por su moto mientras las balas sonaban. Miró hacia abajo y vio su jean roto y manchado de tierra, los Converse fieles de tantos años y su franela de la suerte con una cita de Rafael Cadenas. Pensar que hace dos horas se había levantado para hacer lo mismo de siempre –documentar la violencia– y que esta vez, con su franela blanca de la buena suerte, el turno de vivirla le había tocado a él. No tenía arma y de tenerla no la usaría. Tampoco sabía cómo. El beso de su mamá antes de salir de la casa y el Dios te bendiga de todos los días, podía ser el último que escuchara por salir a hacer su trabajo como un día cualquiera en esa Caracas que no era la de siempre, no la que él recordaba.

¿Quién eres tú, qué haces tú ahí, le gritó un tipo negro, vestido de jean gastado y una franela negra ceñida al cuerpo que decía ARMANI en letras plateadas, quien bajándose la moto subió su franela y dejó ver el mango de un revólver.

Ángel no pudo articular.

—¿Qué quién eres tú te estoy diciendo, mamagüevo? –repitió, mientras Ángel volteaba a ver el piloto de la moto de la que el negro había descendido, quien lo increpaba con la misma mirada amenazante.

El hombre levantó la moto que hacía de escudo y la dejó caer hacia la calle. Tomó a Ángel por la franela y lo puso de pie. “Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados, Rafael Cadenas”, leyó el tipo en la franela de Ángel.

Ah, vaina ¿y quién es Rafael Cadenas, el novio tuyo?, espetó mientras ponía a Ángel de espaldas y abría su bulto.

Poco tardó en descubrir el carnet de fotoreportero. La cámara, su cartera, la caja de Belmont y el celular yacían en la grama. Y ahí se quedarían. Ángel aún no lograba articular palabra, sólo se mareaba con la frase de Cadenas que sonaba en su cabeza, con la voz de su mamá, de Cadenas, de él mismo y del malandro que lo amenazaba: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

La muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, alias Pericu, ya era de conocimiento público. Todas las emisoras de radio del país se hacían eco de la noticia de que el criminal, oriundo del estado Guárico, había sido abatido en Caracas en un operativo de la Policía Nacional Bolivariana.

A pesar de que las versiones de vecinos aledaños a la zona del enfrentamiento alegaban que el Pericu había logrado escapar, el rumor sobre su muerte corrió por toda la zona, provocando que afectos de su banda arremetieran contra los PNB que habían llevado a cabo el operativo y se produjera la masacre que resultó en la muerte, en horas de la madrugada, de los trece efectivos policiales.

Eran las nueve y quince minutos de la mañana en Caracas y los miembros de la banda del Pericu no tenían noticias sobre el cuerpo de Tabares Moncada.

Nacido en Guárico en 1989, a sus veinticinco años era el criminal más buscado del país. La primera gran alarma para las autoridades fue en 2013, cuando dio de baja a 11 miembros de una banda rival en Altagracia de Orituco, de la que sumó a su banda a los sobrevivientes otrora rivales. Junto a ellos acumuló otros 32 homicidios. Así dio forma a una organización criminal que cruzó las fronteras de El Sombrero, en Guárico, expandiéndose hacia el estado Anzoátegui, Aragua y la capital del país.

En el ínterin del crecimiento de su banda, la prensa guarda registro de seis funcionarios policiales abatidos, personalmente, por el Pericu. Rogelio Jesús Medina, 35 años, era inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) y fue ultimado en una emboscada en El Sombrero, en julio de 2013. Medina acababa de estacionar su camioneta en un restaurante cercano al sector del Pericu, cuando fue rodeado por ambos lados por hombres armados con ametralladoras. Lo último que vio Medina fue al Pericu, quien se paró frente al vidrio frontal de la camioneta y dio el disparo de gracia que atinó en el ojo izquierdo del inspector. Acto seguido, quienes rodeaban la camioneta descargaron sus municiones sobre ella, dejando al occiso con 241 impactos de bala; Juan Carlos Ferreira, de veintitrés años, fue abatido pocos días antes de Navidad del mismo año en un enfrentamiento entre la banda del Pericu y el CICPC. Ferreira fue botín de guerra de la banda, a quien el Pericu ultimó metiéndole el cañón del revólver 38 en el ano, disparando en seis ocasiones; Luciano Paduel Peraza, 34 años y miembro activo de la Policía de Aragua, fue emboscado por la banda del Pericu mientras patrullaba en el barrio Universitario de la Región. Al verse rodeados, los efectivos alzaron las manos en señal de rendición. El Pericu entregó al copiloto al resto de la banda y a Paduel, quien manejaba la patrulla, lo esposó al volante y le dio un solo disparo en la nuca. De ese crimen surgió el mote de Pericu, después de que Tabares enviara una nota de voz por el Blackberry del occiso al director de la policía, diciéndole hice al paco hablar como un pericu… que dejen de buscarme, les dije ya.

CICPC

Enver Astroberto Méndez, 30 años de edad, oficial agregado de la Policía de Aragua, dio la voz de alto a un vehículo que, sin saberlo, conducía el Pericu. Al bajar la ventana sólo vio el cañón de la nueve milímetros cuyo impacto le dio en la cara, dejando el cuerpo tendido en el sector El Loro, de la carretera San Casimiro-Cúa, estado Aragua; Óscar Avendaño, agente del CICPC, fue ultimado llegando a su casa. El móvil del crimen, al parecer, había sido su participación en el allanamiento de la propiedad de una de las novias del Pericu; Humberto Estrada, también oficial del CICPC, asesinado durante un operativo de búsqueda al Pericu, fue encontrado dentro de un barril, incinerado, piernas y brazos fracturados y un balazo en la cabeza.

En medio de dos dolientes de Pericu, estaba Ángel a bordo de una moto. A pesar de ser motorizado hace más de ocho años, nunca había visto tal destreza en un piloto: tres pasajeros a más de 80 kilómetros por hora, sentido este, esquivando carros vacíos y otros con la gente adentro cubriéndose de las balas. Cauchos, ramas y piedras trancaban la vía y a medida que iba dejando otros destrozos, miedo y gritos tras de sí, el coro de los dolientes que clamaba ¡Pericu, Pericu, Pericu! Hasta que a la altura del distribuidor El Marqués, logró divisar una tanqueta del Ejército trancando el paso y apuntando a los revoltosos. ¡Sigue derecho, huevón, dale pa’Terrazas! ¡Estás loco, pajúo, ahí no hay por dónde salir!  ¡Entonces dale pa’La Urbina! Y Ángel en medio, sin intervenir ni opinar sobre el destino de esas tres vidas.

Sobre la autopista a la altura de La Urbina sentido oeste, el escenario no era muy distinto. Desde el otro lado de la calle, los perdigones, gases lacrimógenos y disparos no cesaban. Una detonación retumbó en los oídos de Ángel. Cerró los ojos y sintió cómo la moto perdía control y los tres cuerpos rodaban en el asfalto, entre más motos, más manifestantes y una espesa nube de gas.

El ingreso del cuerpo de Juan Andrés Tabares Moncada a la morgue de Bello Monte fue a las seis de la mañana y se trató como secreto sumarial, mientras las autoridades preparaban un plan de contingencia ante una posible retaliación, informaron en Twitter usuarios y medios contrapuestos como Últimas Noticias y el Diario Tal Cual. Información de la que hicieron eco El Nacional, Contrapunto, La Patilla y Noticias Venezuela. A las diez de la mañana, colectivos armados y simpatizantes del Pericu irrumpieron en la morgue en motos y un carro fúnebre custodiado por ellos. El cadáver del Pericu fue retirado de las instalaciones de la morgue y puesto en un ataúd donde inició la procesión que, decían, acabaría frente al Palacio de Gobierno, con la venia o no, de las autoridades.

El tipo de jean gastado y camisa negra Armani yacía boca abajo con un disparo en la cabeza y los ojos bien abiertos. Vivo y golpeado, Ángel logró incorporarse. Su franela blanca con la cita de Cadenas sucia y manchada de sangre propia y ajena. Cojeaba y tenía el brazo izquierdo raspado.

Con cada nueva detonación la cabeza le retumbaba. Había varios cuerpos y motos en el suelo. Incorporó una Yahama negra y elaboró un mapa mental que lo llevaría hasta su casa o al periódico. ¡Auxilio, auxilio!, gritaba una mujer negra, de leggins rosado y blusa blanca con un niño en brazos que no dejaba de llorar. Ángel prendió la moto que no era suya, dándole al pedal le pidió a la mujer que se acercara. Entre la multitud, madre e hijo subieron a la moto con Ángel. Los tres cruzaron el distribuidor de La Urbina, llegaron al Mc’Donalds que está entre Petare y la parte alta de El Marqués, para de ahí tomar rumbo hacia el hotel El Marqués, donde Ángel detuvo la moto.

—Señora, ¿qué fue lo que pasó? –preguntó Ángel, poniendo el seguro de la moto contra el piso para permitir que la mujer y su hijo bajaran de ella.

—Parece que mataron al Pericu, el malandro ese que sale en las noticias, y la gente está arrecha –respondió la mujer entre sollozos–.Yo iba a llevar a mi hijo al teleférico cuando empezaron a llegar los colectivos armados.

El niño ya no lloraba, pero tenía lágrimas en los ojos. Ángel le pasó una mano por la cabeza y al sentir el sonido de más motos yendo en dirección La Urbina-El Marqués cubrió a la mujer y a su hijo haciéndolos entrar al hotel. Trabajadores de las inmediaciones se habían recluido allí y vieron con temor en los ojos la entrada del trío. La televisión y la radio daban parte del robo del cadáver del Pericu y la idea de llevar su cuerpo hasta Miraflores para hacer que el Gobierno respondiera por su muerte.

—¿Se van a Miraflores? Esta vaina tiene que ser jodiendo… sólo en este país los malandros van a hacerle al Gobierno rendir cuentas por uno de sus muertos –soltó el recepcionista, de marcado acento español, cabellera blanca y uniforme vinotinto con hombreras negras de rayas amarillas–. ¡Este país no era así, joder! ¡No era así!

Las luces de la recepción estaban apagadas y alrededor había desde hombres de traje y corbata, mujeres con pintas de secretarias, niños con uniforme de bachillerato y hasta dos personajes que, a toda vista, eran perrocalenteros. Sin importar trabajo, grado de instrucción o tendencia política, la incertidumbre era la misma y el rumor de golpe seguía creciendo.

—…entonces yo lo iba a llevar al teleférico, señor, mire, hasta una cámara estaba llevando para tomarle una foto a Franklin montado en el funicular.

Ángel salió de sus pensamientos y volvió hacia la mujer que minutos antes había rescatado entre la multitud.

—Señora, necesito su cámara y su celular.

Con la franela como tapabocas y la cita de Cadenas hecha mugre y sangre seca, Ángel llegó a las inmediaciones de Miraflores a bordo de la Yamaha, única cosa que había robado en su vida. Sin camisa, con las costillas magulladas por la caída, el brazo con la sangre seca, raspones en la cara y varios chichones en la cabeza, logró divorciarse de cuidados y formalismos en el camino hacia la noticia mientras repetía como un mantra: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

No supo cuántos espejos retrovisores se llevó por delante, en cuántas aceras se montó y cuántas calles tomó en sentido contrario. Lo único que tenía en mente era la imagen de los dolientes del Pericu haciéndole rendir cuentas al Gobierno a sangre y fuego.

Logró colarse a 500 metros de Miraflores. Abriéndose paso entre la multitud de protestantes, militares y policías, llegó a tocar el ataúd que albergaba al Pericu. La cámara era digital, pequeña y de buena resolución. ¡El pueblo no olvida, el pueblo no olvida una traición, Gobierno de mierda!, gritaba Ángel logrando la empatía del hampa dolida. ¡El pueblo no olvida, Gobierno de mierda!, repetían. Sabiéndose mimetizado, soltó el ataúd y corrió de espaldas a la urna, alejándose del cuadro para sacar la foto deseada. Disparó el clic insistentemente mientras rezaba en su cabeza por lograr alguna foto que reflejara lo que estaba viendo: civiles con armas de guerra alzando al mártir malandro. Cayó al piso. Sacó otras fotos desde abajo, hasta que uno de los manifestantes lo levantó. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Estás bien, el mío?

—Fino. Todo fino. Quiero dejar evidencia de esto, para que nunca se nos olvide quién fue y cómo cayó el Pericu –contestó Ángel.

—Así mismo es, huevón. Así mismo es. ¡Que paguen estos coño e’madres!

En la procesión hasta Miraflores, entre detonaciones y gases, Ángel sintió que vivía su propia Rebelión en la granja, con los animales devenidos en malandros y el Gobierno como dueño de la granja, respondiendo a la brava. Aquella era la imagen perfecta del caos, la postal de la Caracas violenta, esa ciudad amor a muerte que lo motivó a hacerse camaleón entre la multitud malandra que pretendía reclamarle al Gobierno la traición a su fidelidad, después de que sus padres y ellos mismos habían arriesgado el pellejo en 2002, 2007 y 2014 por defender la revolución. Allí entendió cuán lejos estaba del conflicto, que a pesar de conocerlo y documentarlo, nunca había estado dentro de él, dentro de la manada furibunda que se creyó la monserga del pueblo pacífico, pero armado; pueblo tomador de decisiones; pueblo defensor de ideales en decadencia. Tener la posibilidad de documentar aquello con la cámara que le dio la señora en La Urbina lo envalentonó. Su cuerpo y sus imágenes hablarían por él, por el país. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Cómo se murió el Pericu? ¿Quién lo mató? –preguntó Ángel al tipo que lo había recogido del piso.

—Coño, men… es absurdo que un carajo como él se haya muerto y más cómo se murió. Yo estaba con él.

La primera ráfaga de ametralladora del Ejército impactó en el piso y el ataúd del Pericu cayó cuan largo era. Intentaron levantarlo, hasta que la segunda ráfaga, acompañada de gases lacrimógenos, dispersó a la multitud. El tipo que había rescatado a Ángel le tendió un arma que el fotorreportero recibió por el mango. ¡Coño, marico, nos quitaron al Pericu, nos quitaron al Pericu, corre, coño, corre!, gritaba el hombre con la voz quebrada y a punto de llanto mientras corría con Ángel hacia la avenida Fuerzas Armadas. Cómo se murió el Pericu, chamo. Dime cómo se murió, preguntó Ángel quedándose sin aliento, corriendo entre la multitud. Al fondo, los valientes abrían fuego contra la milicia, que dispersó la manifestación con dos granadas.

Las explosiones pusieron fin a la revuelta y el miércoles Caracas amaneció como una postal del estrago: carros quemados; motos caídas e inservibles; negocios saqueados, el asfalto lleno de vidrios, sangre y cuerpos caraqueños que quedaron al lado del camino, decoraban la ciudad amarga y vencida, que hizo del luto por la muerte de un delincuente una rebelión histórica.

La imagen capturada por Ángel ocupó la primera plana del periódico. Acto seguido, los demás medios impresos y digitales se hicieron eco de ella. Ángel Marcano, el fotógrafo raso que mataba tigres tomando fotos de alimentos para una revista gastronómica, el favorito de bautizos, matrimonios y primeras comuniones de sus amigos, estaba en la cima de su carrera por capturar la imagen del ataúd del Pericu frente al Palacio de Miraflores.

Ángel fue la fuente de primera mano para aclarar la verdadera razón de la muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, cuyo cuerpo, recuperado por las autoridades y mostrado a los medios de comunicación nacionales e internacionales, no tenía ni un solo balazo.

Todo el caos generado por la muerte del Pericu fue en vano. Los titulares eran mórbidos y poco informativos. Desde la imagen de los 13 policías abatidos, cubiertos de sangre, a la primicia del cuerpo del Pericu, cuya autopsia reveló como causa de muerte fractura de cráneo por impacto letal y el sistema respiratorio lleno de mucosidad, daba un giro importante a la historia estrella de la fuente de sucesos del periodismo venezolano. En la nómina del periódico Ángel no figuraba como reportero de sucesos. Y qué importa, si en este país a los coñazos todos nos volvemos periodistas de sucesos, dijo Omar, el jefe de redacción del periódico. Vas a tener que hablar con los medios. Nosotros, por supuesto, tenemos la primicia, que eres tú, Ángel. Esta vez él no era parte de la noticia, sino la noticia en sí misma. La fuente de primera mano para esclarecer la muerte del Pericu.

Según contó Ángel al periódico, y en una emisión especial del programa de César Miguel Rondín, el Pericu había estado presente en un enfrentamiento con efectivos de la PNB del que había logrado escapar alrededor de las dos, casi tres, de la mañana. Estaba reposando la gripe que desde hacía varios días lo tenía fuera de circulación, hasta que el operativo policial lo obligó a enfrentarse con las autoridades. Al llegar a la entrada de la Cota Mil, perdió el control de la moto producto de un estornudo. El Pericu y su acompañante, detenido por las autoridades y compañero de Ángel durante su infiltración entre los dolientes de la banda que cargaba el ataúd, cayeron cuan largos eran en la entrada de la Cota Mil a la altura de La Pastora. El copiloto sobrevivió el impacto y, después de darse a la fuga, informó al resto de los integrantes sobre la muerte del Pericu, lo que desató la furia del martes negro en Caracas.

—Seguimos al aire con Ángel Marcano, fotorreportero del diario Hoy, quien después de escapar del primer embate de motorizados afectos al Pericu, logró infiltrarse en la procesión del cabecilla de la banda del mismo nombre y rescatar el testimonio de uno de sus lugartenientes –dijo César Miguel, poniendo al día a quienes apenas sintonizaban el programa–. Esta versión, Ángel, avala la versión oficial del Gobierno, que mostró el cuerpo de Tabares sin un solo impacto de bala y cuya autopsia revela, como causa de muerte, fractura de cráneo por impacto. ¿Piensas que toda esta violencia fue injustificada?

—Pienso que, después de cierto punto, la violencia no es injustificada. Si bien su muerte no se dio a manos de efectivos de la PNB, sí le dieron cacería y eso es lo que sus dolientes reclamaban: por qué darle cacería a uno de los suyos.

—Siguen siendo versiones extraoficiales el que el Pericu y su banda tuviesen alianzas con sectores del Gobierno.

—Extraoficiales o no, son versiones preocupantes. El caos que se vivió ayer en la ciudad, las armas de guerra y los muertos, no son extraoficiales. Están ahí. Ayer se manifestó el descontento de la delincuencia hacia el Gobierno en este país dividido que tenemos, César. Haya muerto como haya muerto, la muerte del Pericu pasó a ser una infame efeméride más del trágico momento histórico que vive el país.

—Y curioso cómo murió, ¿no crees? Siendo cierta la versión del estornudo, fue este el detonante de un conflicto social bárbaro que ha dejado más de 100 muertos y 300 detenidos.

—Cuando la violencia es pan de cada día, y siendo tan frágil la seguridad del venezolano, todo es posible, hasta morirse de un estornudo.

—Claro. Y sobre eso, tenemos nuevas informaciones de ex funcionarios del Ministerio de Salud sobre la escasez de medicamentos en el país. Pero antes, me informan que tenemos una llamada. Lautaro Lancaster, quien se comunica desde Sábana Grande, dice tener una pregunta. Adelante, Lautaro.

—Buenos días.

—Buenos días, Lautaro, ¿cuál es tu pregunta?

—Buenos días, César; buenos días Ángel. Mi pregunta es la siguiente: en la fotografía que tomaste y que todo el país ha visto y difundido, ¿alguno se percató de que el hombre a la izquierda del ataúd del Pericu carga en su otra mano una ametralladora Thompson?

 

Por Rubén Machaen | @remachaen

Cuando el Chuky móvil desapareció

“Buenas tardes. A nuestro amigo y miembro de nuestra comunidad cinematográfica Alejandro Rodríguez, Chuky, le acaban de robar su bus carroceria andina plateada y roja. Agradecemos cualquier información y corran la voz, por favor”.

Así escriben en el grupo de WhatsApp ZonaCineCcs, el sábado 18 de agosto de 2018, a las tres de la tarde. El chofer de los artistas –quien es más famoso para las celebridades, que las celebridades para él– ha perdido su Ford Andina del 83. Esa misma que trasladó al equipo técnico y actores de los largometrajes de Diego Rísquez y que en los noventa llevó a Carlos Oteyza hasta la Gran Sabana para filmar Roraima.

“Qué cagada”, “Nooooo, qué mala noticia”, “Coño, el Chuky móvil. Qué ladilla. ¿Hasta cuando las ratas apoderadas del país?”, responden varios por WhatsApp.

Así como a Chuky se le dificulta recordar a Oteyza o a “ese que se murió hace poco”, se le olvidó, también, cerrar el carro y guardar las llaves en su bolsillo.

O no, no es que se le olvidan las cosas, solo que no percibe el peligro en la segunda capital más violenta del mundo, así como tampoco le interesa si trabaja con un director de cine, un barrendero o  un mesonero. Los apellidos no son importantes para él. Cualquier trabajo es respetable. A todos los trata por igual.

O todo le da igual, que no es lo mismo aunque parezca.

Mientras conversaba con un grupo de mesoneros –los de oficio, no la banda musical–  en La Campiña, las llaves reposaban sobre el volante de su camioneta. Debe haber pocas cosas tan raras en Caracas como esa escena: un vehículo, solo –sin el dueño–, con las llaves perfectamente colocadas sobre el volante, como diciendo: róbame.

Chuky salió de la agencia de festejo y lo que hubiese resultado obvio para cualquier caraqueño, para él devino “sorpresa”: el carro no estaba.

“Ya la policía de tránsito está al tanto con el comisionado Mujica, jefe de operaciones. Necesitamos fotos de la camioneta. Llamé a Laura, la chica que está viviendo en su casa pero no me respondió. ¿Carlitos está en Venezuela?”, pregunta un integrante de ZonaCineCCS.

“Yo no estoy en Venezuela, estoy en la luna tratando de entender lo del bolívar soberano”, dice no un Carlitos lunático, sino un Carlitos venezolano. “Yo tengo muchas imágenes. Fotos del casting. Ya las envío”, comenta una joven del grupo.

No basta con el comisionado Mujica. Los cineastas venezolanos quieren participar en la misión del rescate del Chuky móvil, no solo porque lo utilizan para las escenas de sus películas, sino por el aprecio que le tienen a Chuky. A ellos no les da igual.

Vestuaristas, sonidistas, scripts asumen un rol detectivesco en esta película que no es de ficción. Intentan indagar en detalles para tratar de ejercer la justicia que, lo más probable, ni la policía ni Chuky van a alcanzar. Concluyen que el hurto ocurrió a las 12:00 pm, en las afueras de Pdvsa, La Campiña; y la placa del vehículo es 01AB4BS.

Llego a Los Chorros el 27 de agosto de 2018 para también averiguar sobre el robo del Chuky móvil. El Centro de Arte Los Galpones está rodeado de cámaras, luces, maquillaje, sudor y comida. Allí me encuentro con Chuky.

“Tanto tiempo sin que nadie me entrevistara. ¿A ti te gusta tu trabajo?”, inicia Chuky el interrogatorio, o monólogo. Mientras saborea un café, y sin dejarme hablar, dice que a él su labor no le disgusta. Más que nada por el café y la comida del catering. También nombra a sus panas del equipo técnico: Carlos Merchán, Wllka –de quien no recuerda su apellido–  y un tal Cristóbal.

Cuando termina de comer y beber, me comenta que debíamos realizar la entrevista en otro lugar. En un espacio en el que realmente se sintiera cómodo y pudiera conversar tranquilo  –aunque no pareciera estresado mientras me lo plantea–, ya que pronto le va a pegar la hora del burro y puede que eche una “siestica”.

Aunque, por lo general, le es difícil dormir en los rodajes. En los minutos que estoy a su lado aparece cualquier persona a lanzarle preguntas: “Chuky, ¿me resolviste lo del taxi?”, “Chuky, ¿qué tal esa papa? ¿Estaba buena, no?”. Responde a todos que sí. No agrega más. No habla mucho, pero todos disfrutan conversar con él. Capaz por eso mismo: aunque saben que no es su psicólogo, en él encuentran a alguien que los va a escuchar.

Nos dirigimos a la calle, a las afueras de Los Galpones. Y entonces, para hablar cómodos y tranquilos, Chuky y yo nos sentamos en los asientos de su Ford Andina del 83. Esa que hace una semana los ladrones manejaron quién sabe hacia dónde. Esa misma que se aprecia en uno de los planos de La Familia, en donde Chuky aparece haciendo lo que hace todos los días de su vida: manejando su carro. Solo que a veces, lo actúa.

“¿Qué quieres que te diga? Para mí fue un autorobo”, expresa recostado del asiento del copiloto.

Pienso: “¿Autorobo?”.

Le pregunto a Chuky y me explica, trata de que yo entienda, que fue su culpa, su responsabilidad. Y por eso, como quien expía su culpa, está dispuesto a terminar de pagar el rescate. Aunque ya tenga su camioneta y nadie lo esté presionando para que pague.

Ya va: ¿ah?

La cosa es así: el rescate de la camioneta fue cotizado por el hampa en 300 dólares –monto que a Chuky no le parece “tan” descabellado, considerando que las cosas en Venezuela están muy caras– y él pudo pagar solo la mitad.

“¿Chuky, pero tú tienes ese dinero?”.

A Chuky, el dinero, como casi todo, no le parece relevante. Le molesta que por culpa de la inflación en el país ya no puede tomarse sus cervecitas todos los días. Cuando trabaja en las películas, no fija presupuesto, solo pregunta a producción: “¿Cuánto tienen? ¿Cuánto me podrían pagar, pues?”.

Aunque, por lanzarme cualquier cifra, aproxima que un día de transporte para 24 personas en su camioneta tiene un costo de 30 millones de los viejos, 300 de los soberanos; es decir, ni un dólar. Está considerando incrementar esa tarifa. No sabe a cuánto. Pero los cálculos no le dan al momento de mantener su carro. Y eso que él mismo se ocupa del cuidado: no cree en los mecánicos y mucho menos en talleres. Nadie conoce ese carro tan bien como él. Ni el equipo técnico o actores de Rctv que viajaron por más de 20 años en el Chuky móvil y quién sabe cuántas intimidades pudieron descubrir en esos asientos.

“Queridos compañeros: como muchos saben, ya Chuky recuperó su bus. Tuvo que pagar 300 verdes que aún debe. Les escribo para el que pueda y desee colaborar con el resto del rescate. Falta la mitad. Me dijo que en una semana y dos días debe volver a pagar.  Así sea muy poquito lo que colaboremos, para él será inmenso. Solo por esta iniciativa ya se encuentra súper agradecido. Ojalá podamos ayudarlo. A continuación pongo los datos de su cuenta”, reaparece el caso del Chuky móvil en el grupo de ZonaCineCcs.

Es primera vez, en 35 años, que Chuky debe mediar con delincuentes. Aunque realmente no fue él quien lo hizo. No supo qué hacer cuando volteó su cabeza y observó que su camioneta no estaba. Al fin y al cabo ese es el único soporte económico para su casa y para su esposa de hace más de 40 años, Doris de Rodríguez.

Le dejó la responsabilidad de negociar a su yerno, quien visualizó la camioneta por los Valles del Tuy y logró contactar a los ladrones. Le entregó el dinero y a las pocas horas recuperó su camioneta. Se sorprendió cuando observó que lo único que le habían robado era la batería del carro. Los cauchos estaban intactos, al igual que los cachivaches que guarda en la maleta. Hasta aceite y refrigerante tenía. El motor, como nuevo. Como si nada hubiese pasado. Chuky estaba dispuesto a encenderlo y regresar a su rutina de trabajo.

“Yo creo que esto fue como un alquiler. Capaz ellos necesitaban el carro. Bueno, capaz eso cuesta 300 dólares. Yo solo sé que no quiero correr el riesgo”, declara Chuky mientras acaricia los asientos del vehículo.

Cuentas claras conservan amistades. Pero, en Venezuela, cuentas claras pueden conservarte la vida. Nunca conoció a los ladrones. Tampoco los encontraron los del Cicpc.

“No sé, pero yo creo que fue el mismo yerno el que se choreó ese carro”, se escucha detrás de cámaras mientras graban la película en la que Chuky está trabajando actualmente, y de la que, para variar, no recuerda el nombre. Cree que se llama Los Infieles. Lo que no cree es que su yerno le haya sido infiel. O capaz sí. Total, fue una especie de alquiler.

“Cédula: 9.131.963. Banco Caribe. Cuenta de Ahorro. 01140184891841029280. De antemano, muchas gracias. Este gesto y preocupación por nuestro compañero y amigo se les retornará con creces. ¡Seguro será así!”, dice una mujer en el grupo de WhatsApp.

“¿Pero qué es eso? ¿Rescate?  No se debe caer en ese tipo de chantaje”, replica otro.

“¿Usted conoce a Chuky?”, agrega uno más y culmina la conversación.

 

Por Claudia Smolansky | @clausmolansky