#ConstruyendoPaís: Recuperar la Concha Acústica de Bello Monte

Dicen que la Concha Acústica de Bello Monte albergó conciertos legendarios. En Venezuela –en Caracas, sobre todo– hemos perdido el peso de la tradición: el régimen que secuestró al país resultó tan devastador que hasta las personas, emprendimientos y espacios consolidados se vieron afectados: los que no desaparecieron, se deterioraron o huyeron. Bueno, algunos aún resisten cómo pueden. Tan faltos de misticismo estamos que, hace poco, unos estudiantes de Comunicación social recibieron con desdén que El Nacional dejara de circular en impreso. La imagen que estos centennials tienen de este mítico periódico es la paupérrima versión que hoy circula en la web. Así de ingenuo, supongo, me veía yo en diciembre de 2018 cuando contenía mi emoción por, al fin, presenciar un concierto en la Concha Acústica. El plato fuerte era Desorden Público, pero también estarían Los Javelin, Nomásté y Los Pixel. Una pena, supongo, que no se llenaran las gradas. Aunque debo precisar que a medida que fue llegando la noche más personas se sumaron a lo que resultó una suerte de feria y concierto. Si querían recuperar un espacio –volver a darle un uso artístico/comercial– esa fue la mejor forma.

Desde temprano vi entre los puestos de comida a Danel Sarmiento, baterista de Desorden Público y miembro de Bajo el Árbol, iniciativa que organizó el concierto denominado Navidades Desordenadas. Bajo el Árbol vio luz en 2018 y se encargó de ofrecer arte, diseño y comida a los caraqueños que pudieran acercarse a sus actividades. El nombre del emprendimiento es de lo más seductor: en una ciudad que los malandros usurpadores han querido condenar al gris, ellos recuerdan que vivimos bajo el Ávila y producen ideas y diversión como quien siembra árboles. No confundamos con mero entretenimiento lo que es una de las formas más inteligentes de construir país.

El concierto estuvo bien. Los Javilin nos despertaron, pero las niñas de Nomásté –a quienes tuvimos en El Futuro Promete– nos agarraron por los cabellos y nos montaron en una absoluta vibra de disfrute. Lo que me gusta de estas chicas es que no ofrecen esa sensación de distancia que tienen ciertas agrupaciones. Parecen colegialas jugando en casa de sus amigas. Pero su mensaje es poderoso. Que un país machista vea surgir tanto talento condensando en una banda de ska compuesta por muchachas que rondan los 20 años resulta alentador. Sin duda, El Futuro Promete.

Y hablando de la falta de referentes, luego salió a escena Los Pixel, la banda de Pablo Dagnino. Alguien me preguntó que quién eran ellos. Y no fue sino hasta que, desde el público, un coro de hombres canosos y barrigones comenzó a gritar “¡Sentimiento muerto, Sentimiento muerto!” que la pregunta se respondió sola. El arte, en Venezuela, necesita ganar espacio y popularidad. Extraviados en lo mainstream y meramente comerciable, nuestros referentes artísticos muchas veces pasan desapercibidos y resultan desconocidos para las nuevas generaciones. Algún día veremos al pasado y nos resultará escandaloso que hiciésemos más famoso a un político que un músico o que a un escritor.

Por cierto, el único bróder de Zapato 3 que está en Venezuela se sentó al lado mío y conversamos un poco. Debo ser honesto: no lo reconocí.

Así me va.

Cuando Desorden Público salió a la tarima todo fue delirio. Era la tercera vez que los escuchaba en vivo y debo decir que fue, también, el concierto más relejado que he presenciado de ellos. La consigna parecía ser cerrar el año de la mejor manera, sin tanta confrontación hacia el poder y sin volvernos locos: celebremos que estamos juntos y vivos esta Navidad, parecían decir con cada acorde.

Pues el mensaje llegó. Al menos a los que asistimos. ¿Cuántos de los caraqueños podían pagar una entrada a ese costo? Lo peor del caso es que, al cambio en dólares, el monto del boleto resultaba mínimo: es probable que tanto los organizadores como Desorden Público estuvieran trabajando a pérdidas. O, mejor dicho, renunciaran a un porcentaje de dinero en beneficio de algo invaluable: sembrar esperanza.

Casi al terminar el concierto, se rifó un pasaje para Colombia. La mujer que lo ganó estalló en llanto: al fin podría visitar a su hijo. Hace 20 años, en los conciertos se rifaba placer y recreación. Ahora se ofrece solidaridad. Los tiempos han cambiando. Espero que los venezolanos, también.

La cosa terminó con civismo y elegancia. Los edificios cercanos, que, según me contaron, alguna vez se quejaron del ruido que se hacía en la Concha Acústica, es probable que lejos de molestarse se encontrasen contentos: ¡al fin la música volvía a Bello Monte! A veces me consigo con personas que extrañan a la Venezuela de antes. A mí eso me preocupa un poco: ¿si lo de antes era bueno cómo se llegó a algo tan malo? El último álbum de Desorden se llama Bailando sobre las ruinas. Hoy lo que abundan en el país son escombros. Cuando todo pase, estaremos bailando sobre ellos y un fogonazo de esperanza nos atravesará: tendremos la posibilidad inédita de construir desde los cimientos un nuevo país.

En una sociedad que ahora vive arropada por el miedo a edificios gigantez –con logotipos oficialistas– en los que se tortura y se mata, somos muchos quienes queremos estar Bajo el Árbol.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Tras bastidores de mis primeros Pepsi Music

I

—Ay, qué fastidio. ¿Por qué Cilia no se ocupa de ese hombre?

—¿Y cómo se va a ocupar?

—Ay, no sé: que se pongan a hacer un muchachito.

—¡Estás loca!, ¿¡y que venga un tirano junior!?

—Sí, bueno, ese sí sería el final: nacería el anticristo y ahí sí nos terminan de matar a todos.

Escucho la conversación de dos jevas que están cerca de mí, mientras bostezo: la espera se hace larga. La gala de los premios Pepsi Music 2018 debía empezar hace más de media hora, pero aún no finaliza la cadena del régimen. Menos mal que el comité organizador está a la altura de las circunstancias: actúa cual bateador que no sabe cuándo subirá al montículo, pero que está listo para hacerlo.

El público se levanta de sus butacas. El retraso, que ahora sobrepasa los 40 minutos, al menos sirve de excusa para que los invitados socialicen entre ellos. Por ahí se ve a los panas de Rawayana conversar en un pasillo. Beto, el vocalista, habla con José Rafael Torres –bajista de Los amigos invisibles–. Fofo, Abeja y Tony hablan entre ellos y con personas que se encuentran a su alrededor. Los detallo a la distancia: llegaron a la gala casi a escondidas, como si quisieran evitar el (polémico) contacto con los medios.

Aunque por los parlantes nos piden que nos mantengamos cerca de nuestros asientos, el salón ya parece una fiesta empresarial en la que todos se mezclan con todos. Principalmente los artistas, músicos y celebridades, que aprovechan de ponerse al día entre sí. Si algo nos ha enseñado la imposición gubernamental en estos casi 20 años es a tener paciencia.

Me pongo de pie para estirarme. Giro mi torso de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Pienso en que parte del legado del régimen es la reducción de los espacios de esparcimiento y celebración. Ni me imagino el trabajón que debe significar montar un evento como los Pepsi Music: gusten o no, es innegable que en tiempos hostiles su realización no solo es una proeza sino una apuesta por mantener un espacio distinto a la abrumadora cotidianidad. Eso pienso mientras me estiro, ¿alguien andará en las mismas cavilaciones que yo? A mi derecha tengo a unos cinco presentadores de TV, animadores, host, etc. A mi izquierda, lo mismo. Noto que, aparte de la ropa ajustada, todos tienen tres cosas en común: están revisando su smartphone, están usando Instagram y están viendo fotos suyas.

Me siento en un episodio de Black mirror.

II

Llegué a las 2:00 pm a la carpa del CCCT. Me encontré con un clima de amabilidad, con un personal solicito y con mucho orden. Poco a poco, en las siguientes horas, irían llegando las celebridades y los artistas. Los Pepsi Music se convirtieron, así, en una fiesta mixta en la que un cantante de trap podía posar con pinta de malote mientras Los Amigos Invisibles repartían abrazos por doquier. Viva la diversidad, dirían algunos.

Liana Malva apareció con aires de conejito extraviado en la selva. Hacía un mes la había visto en el Pechakucha: su buena vibra me había conmovido. Criada en el Paují, está involucrada en un proyecto que difunde mensajes ecológicos. Para eso, se apalanca de su música, aunque como artista pueda explorar diversos temas.

—Mira, la verdad no esperaba estar nominada –me dijo.

—¿Ah no?

—Es que el proyecto en el que estoy trabajando ahorita no es muy comercial.

Liana, como todos los protagonistas, debía hacerse una breve sesión de fotos previo a pasar para la alfombra azul. Antes, le dio chance de expresar su preocupación por la falta de contenido de la música contemporánea.

—¿Te parece que es así en Venezuela?

—Mira, yo creo que a nivel mundial. Ahorita, la mayoría de las cosas hablan del amor o de los instintos más básicos, y yo siento que es importante mandar un mensaje con el arte, comunicar otras cosas.

Una cantante juvenil irrumpió en uno de los stands, cantó a todo pulmón, rió como una niña coqueta y avanzó con una comitiva –entre personal de seguridad, representantes, gente de prensa– que resguardaba su condición de diva. Me pareció muy loco el contraste de personalidades que ofrecía el día.

Liana continuó diciéndome que, aunque no está en contra de las formas comerciales de la producción musical ni está negada a ninguna, sí le gustaría expresar cosas genuinas en sus composiciones. La dejé continuar su camino. Se adentró entre una nube de fotógrafos (especie de paparazzis controlados) con la modestia con la que una chica tranquila penetra una bruma de excesos.

La cosa era esta. Las celebridades debían subirse a una pastilla que giraba sobre su propio eje para que, a unos diez metros de distancia, decenas de fotógrafos las capturaran en diferentes ángulos. La escena, me dirían luego, es típica de las galas internacionales del mundo del espectáculo, pero yo nunca había presenciado una. Por eso me sentí como en el zoológico, cuando los animales son exhibidos en beneficio de la vanidad de sus “dueños”. Supongo que en el mundo de la farándula hay algo de eso, con un matiz: ahí solo se es presa de la imagen propia.

Me alejé de la marea de gente que crecía como el mar en noches de luna llena. Un introvertido como yo no puede darse el lujo de perder oxígeno. Entonces, vi a Oscar Alcaino –u Oscarello El Magnífico, si se prefiere– hablando con calma junto a su hija y otro tipo. Cargaba su típico sombrero. ¿Cuántas veces había variado la pinta en los últimos 33 años? Nos pusimos a hablar de algo que me hizo sentir bien: de música. En esas estuvimos hasta que Danel Sarmiento apareció y logré, asimismo, intercambiar ideas con él. El par de miembros de Desorden Público serían los primeros en toda la noche en hablarme de algo que es difícil que el arte honesto logre soslayar: la crisis.

Venezuela los empujó a tocar cada vez más en el extranjero y menos dentro del país. En México, en donde se establecen cuando van a salir de gira –porque es más fácil viajar desde ahí que desde el País de la furia–, se quedaron en su anterior visita varios de los miembros más recientes de la banda. La cosa está tan dura que, para algunos jóvenes músicos, ni tocar con los cuatro cracks de Desorden Público basta para hacer frente a las inclemencias de un régimen destructivo.

Oscar y Danel me comentaron que Horacio no andaba en la gala pues iba rumbo a Japón a colaborar con Tokyo Ska Paradise Orchestra, mientras que Caplís –según me dijo el hombre que andaba con ellos–, bueno, nunca asiste a eventos por el estilo.

A esas alturas, apenas se podía caminar sin tropezar a alguien. Caramelos de Cianuro llegó como unas estrellas menores, de fama sin plata, que ganan discos de oro en discos pirata. Sobre todo Asier Cazalis desfilaba como en un videoclip musical, mientras Pavel Tello y Darío Adames lo seguían en una actitud más comedida que no renunciaba a la postal de tribu que ofrecían juntos.

Los géneros considerados de la cultura alternativa (¿alguna vez alguien nos explicará qué significa eso?) son históricamente conocidos por transmitir mensajes críticos, de cierta rebeldía, que llenan de contenido el deslumbrante envoltorio del espectáculo. Los tres miembros de la banda (faltaba El Enano) hicieron referencia a la dura situación que atraviesa el país: Asier se quitó el sombrero ante las bandas emergente, “si nosotros la hubiésemos tenido tan difícil es probable que no hubiésemos llegado adonde llegamos”; Darío Adames lamentó los pocos espacios que hay hoy día en Venezuela para la música y lo difícil que resulta surgir entre tantas carencias; y Pavel Tello precisó que, aunque ellos son una banda de pasarla bien y de humor negro –por lo que desde sus canciones no suelen abordar la crítica social–, sí han apoyado públicamente a candidatos presidenciales y han expresado su malestar por lo que consideran que no está bien.

Budú apreció entre saltos, brincos y flow. Traté de acercarme y sentí que la gente se multiplicaba a mí alrededor. Renuncié a mis intentos mientras el rapero empezaba a rimar en uno de los stands. Me paré en la entrada de la carpa a tomar aire. Seguí viendo a personajes de la farándula que desconocía y que me resultaban cada vez más curiosos: como para hacer una taxonomía. Vi acercarse a Jhoabeat con Giselle Brito y aproveché de conversar con ambos.

El beatboxer debe de tener una de las propuestas musicales más disruptivas del país. Hacer música con el beatbox como elemento principal es algo poco común tanto en lo que algunos llaman música urbana como en lo que otros tildan de cultura alternativa. Es decir, no encaja ni entre los raros. Pero su propuesta es artísticamente atractiva: se ha rodeado de músicos maravillosos. No cualquiera califica para un evento como los Pepsi Music, para subirse en tarimas que van desde la cultura mainstream hasta lo más underground, y de paso participa en las Noches de Guataca: probablemente uno de los proyectos musicales más honestos y mejor curados de Venezuela. Cuando, tiempo atrás, pregunté por él en la organización que dirige el maestro Aquiles Báez solo hubo elogios.

A los bróders de Gaélica no los vi pasar. A los de La vida bohème, tampoco. Pero me constaba que ambas bandas habían llegado. No era el caso de Rawayana. Me acerqué a preguntarle a quienes llevaban la asistencia y, hasta minutos antes de que se cumpliera la hora del inicio de la gala –que luego arrancaría con retraso por la cadena del régimen–, no sabían nada de ellos.

III

Cuando se escucha por los parlantes el anuncio de que (¡al fin, aleluya!) la gala va a comenzar, una ola de aplausos recorre la carpa. Lo más curioso es como el salón –en el que la mayoría de las personas permanecía de pie, lejos de sus asientos– se organiza en cosa de dos minutos cronometrados. Los venezolanos tenemos una asombrosa capacidad para sobrevivir al desorden –generado por otros o por nosotros mismos– sin dejar rastros muy burdos. Un sueco no podría entender esto. Cuando la transmisión de TV arranca, millones de personas en sus casas nos ven a todos sentados sin imaginar el bululú que antecedió a esa postal. Me gusta pensar que, llegado el momento, con eficacia similar lograremos ordenar el caos del país.

El clima de falsa espontaneidad con el que se construyen las galas del mundo del espectáculo –aquí y en China– se hace presente cuando ya todos sabemos que estamos en vivo. La cosa es un éxito: la organización sigue estando a la altura de las circunstancias, la entrega de premios se realiza con normalidad.

Me gusta, sí, el opening de la Orquesta Simón Bolívar y la presentación de Guaco que le sigue. De ahí en adelante todo es flashes, poses y brillo.

¿Cómo se sentirán los protagonistas teniendo en cuenta que, hasta en una noche en la que lucir bonitos es la principal prioridad, el régimen logró retrasar los planes?

Caramelos de cianuro recibe un galardón y nombra a La vida bohème, Viniloversus, Gaélica, Rawayana: bandas emergentes que están luchando por salir a flote en medio de la oscuridad, y algunas de las cuales tuvieron que migrar.

Gaélica, cuando se encuentra a punto de entregar un premio, se dice convencido de que algún día los nietos de todos los presentes verán atrás y dirán: “Guao, qué buena música la que se hizo en mi país en su época más dura”.

La cosa avanza entre espectáculos, comicidad y –claro– premios. Hasta que llega la hora de la presentación de Rawayana.

Siendo una banda que nació como un proyecto de joda, la empatía de un público –conformado en sus orígenes por chamos de su misma generación– los agarró desprevenidos. De jodedores tuvieron que transformarse en músicos en tiempo récord. Pocas cosas demandan tanto compromiso como descubrir que se tiene talento.

El concepto es este: se inventaron un lugar, llamado Rawayanaland, en el que la gente va a desconectarse del ruido cotidiano, va a pasarla bien. La idea fue una especie de respuesta al contaminado clima político y social que atravesaba Venezuela. Ya lo han dicho varios psicólogos y sociólogos, existe una generación –la misma que cantó Muerto en Choroní– que desde que nació se vio arropada por la violencia del poder político, por lo que por muchos años su mayor aspiración fue desconectarse de ese contexto para poder construir su identidad.

Pero la violencia del chavismo no dejó nada intacto.

Rawayana fue creciendo. Los chamos criticaron en sus conciertos y en sus giras de medios internacionales al régimen venezolano. “Si ellos son tan democráticos como dicen, que vengan por nosotros”, dijo Beto una vez. “Probablemente sí nos traiga repercusiones”, respondió Fofo cuando le preguntaron en una entrevista si no podían meterse en problemas.

Hasta ahí, todo normal. Pero en este 2018 debían salir de gira –giras con las que tienen compromisos que si se incumplen acarrean fuertes sanciones, giras que les dan de comer a los músicos pero también a todos los involucrados en la banda– y debían renovar sus pasaportes. Como todos los venezolanos no conectados al régimen, se encontraron con trabas burocráticas que, al parecer, solo se despejaron cuando en el Saime les pidieron que se sacaran un video agradeciendo a esa oficina en particular y al funcionario que los atendió.

El video se hizo viral. Decenas de personas los criticaron por “apoyar a un sistema corrupto”. Otros los defendieron: más que apoyar al sistema que siempre han criticado, era evidente que fueron una víctima más. El caso es que la polémica se instaló: la mayoría de las bandas se solidarizaron, los reaccionarios del teclado los atacaron. Rawayana emitió un comunicado y las aguas volvieron a vibrar.

¿Cuántos venezolanos hemos hecho una de las siguientes cosas?: comprar un producto regulado, raspar el otrora cupo Cadivi, aprovechar un “descuento” cortesía del Sundde, sacarse el carnet de la patria, prestar un servicio a un organismo público, cobrarle un servicio a un funcionario, comprar la caja de CLAP, revender un producto, marcar huella en establecimientos, poner captahuellas en locales propios, asistir a marchas bajo amenaza de despido, dejar de asistir a marchas bajo amenaza de muerte, pagar una coima a un funcionario, pagar una coima a un policía, pagar una coima a cualquier forma de autoridad, comprar o vender efectivo, comprar productos con dólar preferencial y revenderlos a tasa de paralelo, mentar como presidente a alguien que ya dejó de serlo, comer o rumbear en establecimientos identificados con el régimen o que pertenecen a personas afectas al mismo.

Hay quienes les piden a los famosos –solo por ser famosos– más de los que ellos mismos dan.

Rawayana sale a escena. Cada miembro con una camisa de un equipo distinto de beisbol. El mensaje es claro: unidad. Suenan los primeros acordes de High. Veo desde mi asiento cómo un cantante de trap se pone de pie al ritmo de la música. Cómo un rockero se pone de pie al ritmo de la música. Cómo una cantante pop se pone de pie al ritmo de la música. High es el hit de la temporada: todos se ponen de pie. Todos. Al finalizar la gala, esto solo habrá ocurrido de forma espontánea –sin que un cantante lo pida por el micrófono o sin que lo pida un miembro del equipo técnico– dos veces: con Rawayana y con Maite Delgado apareciendo sobre la tarima.

Beto está un poco ronco, pero todo lo que tiene que fluir fluye: a estas alturas somos muchos los que perdemos el control cuando ese flow hace que movamos el esqueleto. La canción y el respectivo video tienen una connotación de puro relax, lejano a la crítica política de Tucacas o a la búsqueda romántica (en un contexto de clase media-alta caraqueña) de Algo distinto. High es solo para pegarse en un trip.

O eso creemos.

La canción se ralentiza. Beto agradece a los Pepsi Music por la confianza, por dejarlos presentarse. Agrega:

—Nosotros somos de otra generación. Este conflicto no es de nosotros –los músicos ven para el frente, el vocalista que sustituye a Apache en la interpretación pone las manos atrás, la melodía se vuelve solemne–: no nos metan en su conflicto, irresponsables –Beto, con ese tumbao del caraqueño alzado, señala al vacío–. Nosotros representamos a los artistas que hacemos música y vendemos tickets y vendemos discos –la pantalla de fondo muestra diversos rostros–. Nosotros no andamos en carrotes, ni andamos fingiendo cosas que no son. No es justo, pana, nosotros somos Rawayana de Venezuela y la estamos representando –el público hace una ovación–. Y estos ojos –Beto señala a la pantalla, donde ahora se muestran varias tomas en primer plano a diferentes ojos: un collage de miradas– son nuestros ojos, man.

La música vuelve a sonar. Los símbolos han hecho su efecto. Sin decir nombres, Rawayana envía un mensaje de crítica, reniega de los ojos de Chávez que a los venezolanos nos han impuesto con brutalidad. Beto canta. La banda baila.

Sube el volumen y olvida lo feo, eo: vamos a vacilar.

Saltos, brincos, el esqueleto que pierde el control.

Cuando yo te diga put your hands up high / High, high, high.

Y la canción que se apaga. Y Beto que vuelve a señalar al vacío:

—¡Justifiquen lo que tienen, justifíquenlo!

Más adelante, cuando Rawayana gane su séptimo premio, la banda dedicará unas palabras a la isla de Coche, en donde filmaron High: “Ellos necesitan su ferry”, dirán, en lo que es un llamado de atención a las autoridades y un gesto de apoyo a una comunidad que –al igual que ellos, al igual que todos– también es víctima del régimen.

Será esa mi parte favorita de la jornada, la que me hará recordar que aunque a veces parezcan incompatibles –o con frecuencia, incluso– el arte sí tiene cabida dentro del espectáculo: en la frivolidad también puede caber un mensaje.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Desorden Público en los Pepsi Music: música para pensar y bailar

Oscar Alcaino –u Oscarello El Magnífico, como se le conoce– asistió a la gala de los Pepsi Music en compañía de su hija. El percusionista de Desorden Público caminaba por el lobby con la parsimonia de un artista consagrado, mientras hacía tiempo a que llegara Danel Sarmiento. Con ambos, Revista Ojo tendría la posibilidad de conversar.

 

Oscarello, ¿cuántos premios ha ganado Desorden Público en estos 33 años?

Uff. Esa pregunta está bastante difícil. Eso es como cuando, en algunas entrevistas, te dicen: cuenta una anécdota. Uno tiene tantas, que uno al momento en que se lo preguntan no se acuerda. Pero, más reciente, ganamos tres Premios Pepsi en la entrega no televisada. Ganamos un Grammy norteamericano, que es como el Grammy planetario, por el disco que hicimos con C4Trío en enero. No ganamos, pero, caramba, ser nominados a esos Grammy ya es ganancia, ¿no? Estehm, bueno… Premios Pepsi, gracias al público que hace las votaciones, nos ha ido súper bien en las pasadas cinco ediciones. Y, bueno, pare usted de contar.

¿Qué importancia le dan ustedes –como banda, como artistas– a los premios?

¿Específicamente a los Pepsi o a cualquier premio?

A cualquier premio.

Oye, a mí me parece que nosotros como artistas… ¿cómo te digo?, súper complacidos, porque ahí están apoyando a la gente que, en nuestro caso, se esfuerza haciendo música. Y si vamos más específicamente al caso de los Pepsi Music –sobre todo en estos tiempos, en el último año–, oye, la verdad es que nos quitamos el sombrero, porque tienen eso: apoyan el talento nacional. Y, además, la gama, el abanico de música: desde música infantil hasta cualquier cosa que sea venezolana.

¿Un artista es más artista o menos artista por ganar o no un…?

¡Noooooo, no, no! Disculpa que te haya interrumpido la pregunta, pero no, no, no. Es más, hay gente que gana y de repente no es artista: es un producto comercial, que lo lanzaron, le fue muy bien, le metieron bastante dinero, muchísimos likes, mucha payola en radio y al final lo que es es un faranduleo, pues. Pero yo no considero que si no ganas, no eres artista. A mí parecer, eso no tiene nada que ver.

¿Cuáles son las búsquedas artísticas que, después de 33 años, tiene ahorita Desorden Público?

Coye, Desorden siempre estamos activos. Bueno, no sé si te has fijado en la carrera de Desorden, siempre estamos inventando algo. Sacamos cosas nuevas, nunca nos quedamos anclados al pasado; claro, tenemos, a veces, que tocar en los shows esos súper clásicos que hay que tocarlos; a veces les hacemos una pequeña variación, para divertirnos, para hacer un toquecito diferente. Pero siempre estamos en una búsqueda. Ahorita en mes y medio iremos de nuevo a México, para usarlo como base de operaciones, porque tenemos varias cosas por ahí. Iremos a Europa, a Centroamérica, tal como el año pasado. Estamos inventándonos otro sencillo navideño; creo que el año pasado hicimos uno con Gustavo Aguado, al estilo Desorden. Tenemos otra idea por ahí… Ya para el año que viene queremos grabar disco nuevo, ya estamos pensando material… O sea, siempre estamos activos. De hecho, ahorita hicimos unos shows en Venezuela, y a nivel musical cambiamos nuestra línea de metales, que tradicionalmente ha sido trompeta, trombón y saxo. Esta vez, trabajamos con dos saxos nada más. Dos saxos tenor. Siempre estamos buscándole la vuelta a todo para divertirnos y que la gente sienta que le ofrecemos algo diferente.

¿En este momento, cuál es el leitmotiv de la música que están haciendo?

¿El leitmotiv? Yo creo que siempre ha sido el mismo, música inteligente: para que pienses; y música para los pies: para que bailes. Lo que creo que se ha diferenciado es –claro, como todo en la vida– vas madurando y te vas haciendo un poco diferente. Quizá más poético, más pausado. Uno en la vida siempre va cambiando…

¿Y en estos 33 años no ha ocurrido que hayan tenido divergencias artísticas, que sientan que ya no están en lo mismo?

No, no. Por lo menos el núcleo –que somos Danel, Horacio, Caplís y mi persona– siempre nos hemos mantenido fiel a lo que es la columna vertebral del ska y de ahí sacamos nuestras canciones. Porque vivimos en Venezuela, estamos en el mar Caribe, yo pienso que no escapas a esa permeabilidad; entonces, por eso tenemos ese estilo que es ska con salsa, con merengue, con afrovenezolano… siempre haciendo buenos contactos con gente que nos gusta. Por ejemplo, C4Trío. Fíjate, ahorita que me preguntabas lo de los premios… o sea, el sentido comercial y eso: a nosotros, si no nos gusta no lo hacemos.

Me dijiste que su base de operaciones está en México.

No, no, no. Estamos un poquito desperdigados, pero sigue siendo Caracas nuestra base. Pero, el año pasado tomamos a México por unos meses como nuestra base de operaciones. De ahí salimos a España, Portugal, Centroamérica, Norteamérica, el mismo México; y este año, lo vamos a volver a hacer, pero por un mes nada más. Tenemos varios compromisos en el exterior y es más fácil llevarnos desde México que desde Venezuela.

Como artistas, ¿en qué los afecta todo el clima que estamos viviendo, la crisis del país?

Bueno, yo creo que nadie está exento de eso. En la banda, hubo tres de los más nuevos, por decirlo así, que se quedaron viviendo en México. Y cuando dimos este show que te dije anteriormente que tocamos con dos saxos, tuvimos prácticamente que armar una banda nueva.

¿Y el núcleo principal sigue residenciado en Caracas?

Sí, sí. Horacio está de viaje porque él sí tenía unos compromisos en Houston, allá está la hermana. Tenía una gira de medios por allá. Pero, por lo menos, aquí en Venezuela, de los cuatro viejitos ahorita estamos tres.

¿Hasta qué edad van a seguir dándole?

Oye, Desorden no tiene fecha de caducidad. Yo siempre digo, parafraseando a Mick Jagger, así nos tengan que poner rampa para subir a la tarima en silla de ruedas… ahí vamos.

Bueno…

¡Otra cosa! ¡Disculpa que te interrumpa! En diciembre, viene una película de nosotros (por eso te digo, siempre estamos haciendo cosas): una película de Carlos Malavé, cineasta venezolano. Es una especie de documental de Desorden Público, se llama Venezuela es un Desorden, para que estén pendientes. Es una película, un documental de nosotros, que es dinámica: ves fotos, ves conciertos, ves cómo somos nosotros fuera del ámbito musical.

¿Y qué periodo comprende la película?

Toda la vida.

¿Pero por cuánto tiempo han estado filmando?

Han filmado en los últimos dos años, pero siempre buscando sobre todo fotos de, oye, cuando estábamos pelados, pues.

¿Y no viene algún libro en camino?

Oye, ahorita no. Pero ya nos han hecho dos libros, creo. Uno se llama Buscando algo en el Caribe y otro que se llama ¿Dónde está el pasado?, que es Desorden antes de conformarse como Desorden Público: todas las influencias, etc. Pero dos libros tenemos.

Danel Sarmiento, Dan-Lee, llega vestido con un traje de color claro que lleva la palabra ska armada sobre el cuello con letras de plástico imantadas. El baterista se suma, entonces, a la entrevista.

Cuéntame cómo está actualmente la movida del ska en Venezuela.

La movida del ska en Venezuela está muy apagada. Sin embargo, hay bandas nuevas que están surgiendo. Hay una banda de chicas que se llama Nomásté. Se las recomiendo, para que la escuchen. Son niñas, es un grupo de puras niñas: o jóvenes, son jóvenes, de 18 a 20 años. De resto, alguna que otra banda que se mantiene sonando. Pero la verdad está un poco apagado todo lo del ska.

¿Y a qué crees que se deba?

Bueno, pocos sitios donde tocar, pocos eventos. Y todo eso va como mermando, también. Si quieres dedicarte a la música, y ves que no ganas mucho de eso, la gente tiene que dedicarse a otra cosa y dedica menos tiempo a la música.

¿Cómo han hecho ustedes para seguir estando en primera plana durante 33 años?

Bueno, porque somos unos tercos de primera. Sabemos que se puede. También hemos tenido que salir más: hemos tenido que tocar más fuera de Venezuela que en Venezuela. Si nos hubiésemos quedado aquí, te deprimes: no hay dónde tocar. Hemos tocado, pero muy poquito. El otro día estábamos sacando la cuenta: como de 70 shows, 13 nada más fueron en Venezuela. Y antes era al revés: era mucho Venezuela; fuera, lo normal. Pero ahora, hemos tenido que estar cuatro meses en México, y estando en México como base de operaciones nos ha servido para ir a Europa, para Centroamérica. Quisiéramos tocar más en Venezuela. Pero bueno, es como saber moverse dentro de la corriente.

Una de las cosas positivas de esta crisis, una de las muy pocas, es que estamos exportando nuestro arte.

Claro, pero hubiese sido bonito que se exportara sin crisis.

¿Cuál es, actualmente, el leitmotiv de la banda?

Mira, el disco más reciente se llama Bailando sobre las ruinas. Esa es como una metáfora que queremos tener en mente: sabemos que en algún momento vamos a estar bailando sobre las ruinas que ya queremos dejar atrás, pasar a un nuevo capítulo. Todo el mundo tiene que poner de sí, no esperar que vengan mesías para corregir las cosas sino corregirlas cada uno, y eso va sumando.

Ustedes se hicieron populares con canciones bastante críticas en los 90 que, lamentablemente, no pierden vigencia.

Una lástima que no pierdan vigencia. Deberían perder vigencia. De hecho, hay canciones nuevas que todavía tocan esos temas. En el disco nuevo hay varias, que básicamente reflejan lo que está pasando y, bueno, sí: le metemos ese humor negro; pero sabemos que está dura la situación.

Está tan dura que más bien hay una especie de nostalgia por los 90 y por los 80, que fueron épocas complicadas.

Aunque yo también a veces pienso ah, qué bueno época, el otro día se montó en tarima con nosotros Willy Mackey: dijo unas palabras que son bien interesantes, dijo que no nos quedemos con el pasado: pensemos hacia el futuro. Imaginemos el futuro sin tener esa nostalgia por el pasado. Y bueno, así lo siento yo también.

En ese mismo concierto, Caplís también dijo unas palabras bastante claras…

Bueno, porque la situación está álgida: te hace hablar de esa manera. Algunas personas lo tomaron como que es muy fuerte; otras personas lo tomaron como que así es que hay que hablar. Pero es que estamos en un momento álgido.

¿Y no les da miedo que haya represiones por parte de la dictadura?

Sí, pero cuando es expresión de arte no puedes callarlo. Sale pa’lante lo que sale del alma, del corazón. Salió eso. Y bueno, ahorita estamos tranquilos gracias a Dios. Esperemos que no pase nade, o que se den cuenta de que no todo el mundo está de acuerdo con lo que están haciendo.

Le pregunté a Oscar, hace rato, si sabía cuántos premios ha ganado Desorden en estos 33 años.

¿Pero de Pepsi Music solamente?

En general.

No, no llevo la cuenta. Pero son muchos. Uno de los más inesperados fue el de este año, el del Grammy: la nominación al Grammy. Estuvimos cerca de algo muy grande, que nunca habíamos soñado, que no habíamos planeado… Siendo una banda independiente, sin disquera, que la música llegue… tú dices bueno, lo estamos haciendo bien. Pero el mejor premio es el saber que la música trasciende.

¿Sientes que un artista es más, o menos artista, por ganar o no un premio?

No, para nada. Esos premiosa a veces se mueven mucho por las disqueras, hay gente que va a esos premios haciendo toda una campaña.

¿Qué importancia tienen entonces los premios?, ¿para qué sirven?

Difusión, encuentro, ayuda a que se te abra el entorno hacia otros países, hacia otros géneros musicales; el ska jamás ha sido premiado dentro de los Grammys, el reggae sí. Estar nominados ahí es como que guao, qué bien. Entonces, creo que es eso: despertarle un poco a la gente esa chispa a ver otra cosa.

¿Qué es el ska para ti, porque de todos los miembros eres el que siempre llevas la bandera más arriba del ska, vamos, ska?

No te creas, el ska lo llevamos los ocho de la banda, pero de manera arraigada: muy fuerte. De hecho, esta semana está viajando Horacio para Japón, se va a presentar para cantar una canción con Tokyo Ska Paradise Orchestra, y eso no para, no para con las ganas de difundir esa música que tanta alegría te da y que tanta energía tiene. Además que te permite decir cosas.

¿Qué ha cambiado en estos 33 años de la banda?

Nada. No ha cambiado nada. Desorden es una banda que siempre ha tenido una actitud jovial, echador de vaina, con ganas de decir cosas todo el tiempo, yo creo que eso no ha parado en todo este tiempo; ¡claro!, que ahora tenemos hijos, el tiempo pasa… y es sabroso, cuando los hijos se montan en tarima y cantan contigo, y bailan contigo: es muy bonito, muy agradable.

¿Nunca ha habido diferencias artísticas graves?

No, por eso es que llevamos 33 años juntos: porque estamos como bien alineados. Por lo menos las cuatro cabezas de este Desorden sabemos adónde queremos ir, sabemos que queremos hacer.

¿Pronto pasarán de moda Valle de balas, Políticos paralíticos?

¡Sí, sí!, ¡que pase de moda toda esa vaina!, y que vengan canciones como… hay una del disco nuevo que a mí me encanta, se llama Cementerio e’Mis Amores, donde está esa fusión de ska con muchos ritmos venezolanos. Yo creo que por ahí van los tiros, por ahí van los tiros…

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Civismo en la plaza

Los conciertos de música popular existen, entre otras cosas, para que el público drene sus emociones. Mientras en los eventos deportivos la conmoción puede venir por cualquier lado y en cualquier momento, cuando se está frente a una tarima se pretende crear un ambiente de desorden organizado. Algo así como una pachanga en la que el hedonismo rebasa los límites cotidianos sin acercarse al crimen. Lo que, con frecuencia, es un camino tan difícil de transitar como el de un noviazgo que vive entre las posibilidades de matrimonio y las de manicomio.

A las tantas nostalgias que hierven en Venezuela se le puede sumar la de los grandes toques/conciertos/festivales de música. El problema no es solo lo que cierra y lo que se va, sino lo que ya no viene. El país dejó de ser una de las paradas de las bandas y cantautores internacionales, mientras que las organizaciones privadas ven cada vez más difícil organizar eventos con el talento local. Quienes vivimos en Caracas a veces sentimos un silencio que resulta demoledor: recuerda lo que ya no pasa.

Por eso la primera edición del Paix Fest resultó una noticia tan agradable en el tercer trimestre de 2018: nos recordó que en Venezuela pueden sonar otras cosas aparte de las balas y las quejas.

Tres días: viernes, sábado y domingo. Un lugar: la Plaza Alfredo Sadel, de Las Mercedes. Muchos puestos de comida que fungían de muros para crear un universo cerrado, un mundo en el que uno entraba para sentirse dentro de un burbuja que se asentaba en medio del incendio. Por primera vez en mucho tiempo, cientos de habitantes del Valle de balas sacábamos nuestros teléfonos, mostrábamos efectivo y caminábamos sin ver para los lados. Como si los amplificadores sirvieran para espantar la sensación de inseguridad.

El viernes, el Paix Fest abrió con una banda tan novel que el público estaba compuesto por las novias, hermanas, mamás, papás y amigos de los integrantes. Se me ocurrió que había algo de magia en eso. Los rostros adolescentes de muchachos que aprendían a soltarse en tarima ante el brillo incomparable de una madre orgullosa. El éxito más que un punto de llegada es un proceso: la vida es emocionante mientras vemos a otros crecer. Si algún día esos chicos logran llenar el Poliedro de Caracas, jamás olvidaré que la primera vez que los vi en escena el bajista apenas podía mover algo que no fueran sus dedos, no sé muy bien si por estar en trance o por estar nervioso.

Foto: Goe

Situaciones parecidas vivirían varias bandas. Aunque casi todas tendrían espectadores que las reconocían y las celebraban, salvo Desorden Público y Aditus –platos fuertes del sábado y domingo, respectivamente– ninguna tocaría con la actitud del que sabe que tiene autógrafos que firmar.

En el mundo actual, la contemplación como fin en sí mismo perdió protagonismo. Sentarse a observar las montañas solo por placer no parece tener sentido si no es mediante un smartphone y para tomar una foto que luego se compartirá en redes y medirá su éxito según la cantidad de interacciones que genere. Se busca hacer de todo un fast food que haga salivar y que facilite comer y excretar casi al mismo tiempo. La sociedad resulta cada vez más incapaz de apreciar la belleza o emociones que despiertan los artistas: necesita consumirlos, devorarlos. Muchos pagan entradas no para ver a un genio entrar en estado de trance mientras supera sus limitaciones humanas a través de la música: las pagan para pedirle un autógrafo.

El Paix Fest fue la antítesis de esto. Los músicos que se bajaban de tarima pronto se incorporaban al público que hacía unos minutos los ovacionaba, para disfrutar de las interpretaciones de otros colegas. O al revés: antes de subirse a tarima, uno los veía hartarse de cervezas, bailar o engullir alitas de pollo como si solo fueran un espectador más.

Que en un país al que se le achacan tantos vicios se viera tal muestra de civismo desafía el lugar común de los extremistas, sobre todo el de los que afirman que Venezuela es el reino del faranduleo. Supongo que quienes asistimos al Paix Fest lo hicimos para romper la rutina, para disfrutar de la música o para divertirnos en armonía. Conceptos todos que se pelean con la necesidad social de crear ídolos para luego devorarlos. Todos éramos tan de carne y hueso que, desde la tarima, el vocalista de Aditus reclamó a un borracho alegre que estaba en primera fila el que no cantara su canción.

Cuando  comenté esta idea con algunos conocidos, me respondieron con sorna que esperase a ver si los integrantes de Desorden Público también podrían caminar entre la gente como un espectador más. Los secundé en su escepticismo, hasta que el plato fuerte del festival hizo su aparición. En cosa de segundos, el sábado, la plaza pasó de bailar salsa (y digo, literalmente, bailar) como en la mejor discoteca, a convertirse en una lata que apenas permitía el movimiento. Cuando el baterista Dan-lee apareció en tarima para preguntar “¿A quién le gustaaaa Desordeeeeeen?”, sentí que o todos nos habíamos reproducido repentinamente por mitosis o que habían encogido la plaza. Todo se puso a reventar, menos la cordura. Varias horas después me enteré de cómo Dan-lee y algún otro miembro de la banda caminó por la Alfredo Sadel sin mayor contratiempo que tomarse una foto con una fan.

¿Quién dijo que en Venezuela todo está perdido?

 

Desorden Público celebrando su cumpleaños número 33 fue el clímax del desorden organizado. En la misma ciudad en la que ocurren tiroteos dentro del Metro, se armó un pogo cerca de una mujer que, en primera fila, cargaba a un bebé. No hubo más drama que el de un par de personas solicitándole a los espectadores que repartían golpes entre sí que, por favor, tuvieran cuidado. Y estos obedecieron. Todo fue tan maravilloso que hasta uno de los que gozaba de esa forma de baile le indicó a otro de los que también repartía empujones que lo hiciese con los puños hacia abajo para no lastimar tanto. El par de varones acabó abrazado entre sí al ritmo de “Eéa, Desorden’ta en la calle”.

Foto: El Pitazo

No había terminado de enternecerme cuando, en el medio del pogo, vi a un muchacho con el cabello más nutrido que su cuerpo darle golpes y patadas a quienes bailaban junto a él. Su cara de maníaco alegre iba en consonancia con una fuerza y energía que nada tenía que ver con su aspecto de modista, justo entonces dije en mi mente: “¿¡Pero este no es tecladista de la banda que se montó hace horas!?”.

Desorden Público tiene 30 años cantando las mismas canciones. El país se lo puso demasiado fácil. El espíritu crítico de sus letras, que calzaban con la Venezuela de los 80 y los 90, no solo sigue pareciendo oportuno en el 2018, sino que a veces da la sensación de que la realidad supera sus metáforas. Si Caracas era un Valle de balas en 1997, ¿ahora qué es?

Horacio Blanco, el vocalista, aprovechó para decir que Políticos paralíticos hoy tiene más sentido que antes; entonces, el bajista Caplís hilvanó una serie de insultos contra el régimen y desató una furia de aplausos solo similar al orgasmo: el desahogo estaba casi completo. Acaso faltaba el cigarrillo después del coito: Horacio Blanco instándonos a enarbolar nuestro dedo medio lo más alto que pudiéramos, como un mensaje claro al tirano.

La victoria de los que queremos construir un mejor país fue que el desahogo no devino violencia. Todo se sublimó en las pasiones musicales. Entonces recordé para qué sirve el arte.

El domingo, había más gente que el viernes pero menos que el sábado. E igual se veía a los músicos que se presentaron los días anteriores gozando entre el público. Era el caso de Jhoabeat y Giselle Brito –quienes presentaron una de las propuestas musicales más llamativas del Paix Fest, en la que todo giró alrededor del beatbox– que tomados de la mano bailaban salsa como si estuvieses en un festival del colegio, esto una hora antes de que A lo Flamenko pusiera en trance al público, como aperitivo al retorno de Aditus a Caracas.

Si que Desorden Público cumpliera 33 años era digno de resaltar, los 43 años de Aditus lucían como una proeza. ¿Cuántas Venezuelas distintas ha vivido esta banda? El arte es capaz de trascender el tiempo, pero los humanos no. El rostros envejecido de algunos integrantes quitó el velo que cubría la nostalgia de esas señoras de piel arrugada que llevaban años diciendo que hay algo eléctrico entre tú y yo. Pero lo más llamativo fue la emoción con la que un grupo de adolescentes pedían, clamaban –fastidiaban– para que les tocaran Victoria. Y justo eso cantaron cuando sonó su canción favorita, como una muestra de que la buena música es atemporal.

Por un fin de semana, todo giró en mi vida en torno al festival. Lejos de sentirme culpable por lo que para algunos podría ser considerado una evasión, festejé respirar tanta alegría y civismo. Aditus se despidió cantando que “no podrán apagarnos, Venezuela”. Y yo pensé que algo deben de saber sobre la perseverancia y mantener las velas encendidas, aún en las peores ventiscas, unos tipos que llevan 43 años cantando sus hits.

 

Por Lizandro Samuel |  @LizandroSamuel 

Ese valle de balas

Suelo pensar en Caracas como un poema con errores ortográficos. Una ciudad que descansa bajo el manto vigilante de su deidad, el Ávila, y que alterna el canto de los pájaros con el retumbar de las balas.

En 1997, la agrupación Desorden público lanzó una de las canciones más icónicas de su discografía: Valle de balas. El siglo XXI se asomaba en el horizonte y la inseguridad –salvo en zonas privilegiadas– era un motivo de preocupación que lejos de desaparecer iba en aumento.

Podría decirse que la pieza sigue más vigente que nunca. Salvo por una línea, esa que dice que plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta. Hoy ocurre todo lo contrario: el miedo construye mitos y leyendas que empujan a las personas a vivir en un continuo encierro. O en la aburrida repetición de un trayecto que se recorre en dos direcciones: de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa.

Caracas es una ciudad donde los camarones soñolientos terminan ahogándose por el ímpetu de una marea que desconoce de clemencias. Y los no soñolientos, con frecuencia, también. Pero, al mismo tiempo, es la ciudad en la que he sido capaz de prosperar, de enamorarme, de avanzar, de hacer amigos, de vivir reencuentros y despedidas. Es una ciudad arropada por las mismas emociones que surgen en cualquier otra parte del mundo. Solo que aquí, hay que decirlo, el miedo es un vigilante cotidiano. Un vigilante que a veces solo significa zozobra. Y otras, un poco de sangre o de balas.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Caracas? ¿De Los Palos Grandes o de El Valle? ¿De Antímano o de Chacaíto? ¿De Los Dos Caminos o de Petare?

¿Y qué hay de esa masa de persona que duerme en las periferias pero que día a día enfrenta la lucha cotidiana en la capital del país, porque, mal que bien, es ahí donde creen encontrar más oportunidades que en los alrededores de sus casas? ¿No representan también estas personas una parte significativa del rompecabezas caraqueño?

Cada quien mira la ciudad desde su acera. Y ahí, cada visión es distinta. Mientras unos se quejan del Metro, otros se quejan del tráfico. Y muy pocos hablan bien de ese río de excrementos que atraviesa la ciudad. Aunque haya grupos de personas que lo recorran en busca de tesoros perdidos que les permitan subsistir.

Caracas podría ser, más bien, un poemario con errores ortográfico en el que una mezcla de estilos se pelean para encontrar una voz uniforme. Una voz que nunca se termina de formar.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y pienso en varias canciones que ayudan a ilustrar la ciudad: Valle de balas, En la ciudad de la furia, Pueblo podrido. Y pienso, al mismo tiempo, en que todas tienen versos que describen algo de la ciudad, pero que ninguna termina de precisarla. Quizá porque somos sus habitantes quienes la obligamos día a día cambiar: quienes la construimos, destruimos, gozamos y padecemos. Todo sin terminar de entender las mil realidades que confluyen a nuestro alrededor. O lo que es lo mismo: sin terminar de comprendernos entre nosotros.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y antes de soplar velas, deberíamos empezar a vernos a la cara.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

30 años de Desorden Público

La agrupación venezolana de género ska, Desorden Público, cumple 30 años de haber sido fundada en 1985, y para celebrar el éxito que han logrado gracias a su carrea musical, decidieron hacer fiesta a nivel nacional.

Horacio Blanco, José Luis Chacín («Caplís»), Danel Sarmiento («Dan-lee»), Oscar Alcaino («Oscarello»), Hernan Ascóniga,Coco, Magú, Noel Mijares y Cesarín, los “desordenados” han anunciado que estarán de gira a partir del 17 de octubre hasta el 21 de diciembre por varias ciudades de Venezuela, a continuación les compartimoos la lista de las presentaciones junto a las ciudades correspondientes:

17 de oct – Teatro Juárez, Barquisimeto.

30 de oct – Hotel Hesperia, Valencia.

31 de oct – Centro comercial Hyper Jumbo, Maracay.

20 de nov – Club Italo, Puerto Ordaz.

20 y 21 dic -Centro Cultural BOD, Caracas.

Las entradas ya están a la venta y las pueden adquirir en www.ticketmundo.com

#Cronograma: PEDLC, Desorden Público en el CIEC y más

Este fin de semana Caracas nos trae full actividades. ¡Así que prepárense! Se siguen sumando personas y nuevas iniciativas, con el nuevo formato de Por El Medio De La Calle 2012. Se presentará en el Teatro de Chacao un concierto por motivo del lanzamiento de la edición #23 de la revista Ladosis. Desorden Público se presenta

Sábado: en la Sala Cabrujas, se efectuará un nuevo encuentro bailable de “La Merienda” de 4:00 p.m. a 8:00 p.m., organizado conjuntamente con El manifiesto de la BBría, donde el artista Cristóbal Ochoa realizará una fábrica libre de Conos de Madres con el público, mientras que Dj El Pulgarín se encargará de poner la música.

Todo listo para recibir en el Centro Internacional de Exposiciones Caracas (CIEC) se presentará Desorden Público junto a Ulises Hadjis, Okills y Dj Bambi Shaker, a partir de las 6.00pm. El evento es presentando por la Fundación Mundo Ayuda a beneficio de la tercera y Superatec. Las entradas están a la venta en www.ticketmundo.com y en las taquillas ubicadas en los principales centros comerciales de la ciudad.

Domingo: en la Plaza Bolívar de Chacao se ofrecerán actividades artísticas infantiles con La Rana Encantada, de 4:00 p.m. a 9:00 p.m., así como también, se exhibirán cortos y animaciones de los festivales de cortometrajes más importantes de Alemania, conjuntamente con el Goethe-Institut; y se proyectará a película La isla de los Dinosaurios, conjuntamente con Gran Cine. Por otra parte, en la Calle Mohedano del Casco de Chacao, continuará a partir de las 10:00 a.m, “El Arte Brilla Por el Medio de la Calle” con la recuperación e intervención artística de 14 santamarías, por parte de los artistas Onofre Frías, Ezequiel Pizzani, Muska, Dinamo, 45 Amor Loco, Maxuno, y Arte, entre otros.

Además, a las 5:00 p.m, se presentará con el apoyo de Cultura Chacao, un concierto gratuito en el Teatro de Chacao, en el que se alternarán las agrupaciones Víctor Morles Natural, Buenaparte, y Ulises Hadjis, esto gracias a la revista musical Ladosis y por motivo al lanzamiento de su edición #23. El público tendrá la oportunidad de asistir a este nuevo concierto de “Ladosis”, el domingo 26 de agosto a las 5:00 p.m. en el Teatro de Chacao, ubicado en el Centro Cultural Chacao, Avenida Tamanaco, El Rosal. La entrada es gratis.

Para más información sigue a: @culturachacao y @pemdlc

 

 

Desorden Público por las abuelas

Este próximo 25 de agosto de 2012, llega Desorden Público al CIEC de la Universidad Metropolitana de Caracas, en un evento a beneficio de la tercera edad y de Superatec. Las entradas están a la venta en www.ticketmundo.com y en las taquillas ubicadas en los principales centros comerciales de la ciudad.

Desorden Público, es consideraba la banda de Ska más influyente de Venezuela y Latinoamérica, quienes prometen llenar de ritmos a los asistentes con sus ya acostumbrado shows, contando además con invitados especiales en esta presentación. En esta oportunidad esta agrupación actuará a beneficio de la tercera edad, iniciativa de la fundación Mundo Ayuda que realiza distintas actividades para diferentes causas y de Superatec, organización sin fines de lucro que prepara jóvenes de bajos recursos al mercado laboral y los ubica en empresas para su desarrollo personal y profesional, quienes también cumplen 10 años de labor social.

Marcel Barragán, vocero de Mundo Ayuda comenta: “Somos una fundación que realiza importantes donativos en el sitio, lo que hacemos a beneficio, lo entregamos al momento de terminar la actividad frente a los asistentes, es nuestra mayor prueba de estar ayudando. No estamos aliados con ninguna causa, hemos ayudado a ancianos, discapacitados, y próximamente niños con síndrome de Down”.

Las entradas para el show beneficio del 25 de agosto de 2012, están a la venta en www.ticketmundo.com y en las taquillas de Centro Sambil, Tolon, y CCCT, con un costo de Preferencial 370 Bs y General 190 Bs.

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