Nosotros podemos narrar nuestra tragedia

“Que nadie les robe el relato de su libertad”, Alejandro Sanz.

 

El Diario en ruinas, de Ana Teresa Torres, debería ser un bestseller mundial. Al menos por estos días, en los que Venezuela ocupa tanto espacio en los medios de todo el planeta. Me encantaría verlo liderando las listas de venta de las principales ciudades hispanas, quizás así habría menos desubicados irrespetando el drama de los venezolanos: quienes quieren hacer ver que lo que ocurre en mi país es una guerra de ideologías, no saben que la sobrina de mi compañera de trabajo falleció porque no consiguió insulina para tratarse la diabetes.

Son tantos los escritores y artistas que han hablado de la importancia de la compasión al momento de acometer su oficio, que uno creería que cualquiera que tenga la fortuna de vivir de escribir –o de vivir escribiendo– ya habría entendido el valor de hablar con el corazón. Leer los comentarios de muchos escritores, intelectuales y profesores sobre lo que pasa en Venezuela me ha demostrado que no son pocos quienes, con los libros, más que buscar luz y sensibilidad, pretenden masturbarse intelectualmente. El problema es que las fantasías que ocurren durante el onanismo nunca se parecen a la realidad.

 Ana Teresa Torres es una de las escritoras más importantes de nuestra historia. En el 2018 publicó, con editorial Alfa, un diario en el que hace un recuento de la destrucción perpetrada desde 1999. Si usted aspira a comprender el presente, le recomiendo detenerse en esas páginas: muestran cómo un régimen falsamente democrático devino totalitarismo. En medio de eso, se desató la hambruna más fuerte que ha padecido el país, la hiperinflación más alta de la historia y una situación de violencia que hace ver a Ciudad Gótica como un paraíso.

Nada de eso lo insertaron en mi cabeza los gringos. Eso lo ha padecido mi estómago: por falta de comida o por tener que procesar tantos asesinatos. Es una lástima que mi sistema digestivo no comprenda a Marx y Lenin.

Diario en ruinas es, también, uno de los varios libros que pueden ayudar a explicar un país que parece de mentira. Desde principios de siglo, aparecieron numerosas publicaciones que, desde diferentes enfoques, dan cuenta de la destrucción a la que hemos sido sometidos. Me gustaría hacerles llegar esos registros históricos a tantos sabios de redes o a medios que permiten que sus colaboradores defiendan lo indefendible (yo creo en la libertad de expresión, pero no dejo de preguntarme si los mismos editores que publican justificaciones a la dictadura permitirían que una estrellita de su plantel alabara en sus páginas al nazismo o hiciese una diatriba contra los negros). El caso es que no puedo: la destrucción perpetrada por el totalitarismo prácticamente acabó con la industria editorial. Aunque no está de más recordar que en Internet se consiguen bastantes escritos. Sería bueno que cualquiera que pretendiera escribir sobre Venezuela los revisara antes de soltar su opinión.

Me incomoda, sobre todo, la posición tibia de los que rechazan al régimen usurpador pero ven todo a través del lente de la ideología. Ni una educación cristiana pesa tanto como una formación de izquierda. Concluí que prefiero el silencio del que se asume ignorante, que la opinión del que se cree sabio.

Leyendo el diario de Ana Teresa, me llamó la atención la gran cantidad de esfuerzos que se hicieron desde el entorno de la cultura para visibilizar los excesos de un militar que gobernó siguiendo los antojos de sus tripas. Me llamó la atención, digo, porque no es lo que más se recuerde de esos primeros años de oscuridad. Mientras miles de personas leían las reflexiones de gente como Ana Teresa, millones consumían la propaganda del Gobierno. En un país en el que el conocimiento es despreciado, la universidad un trámite para lograr un buen trabajo y el arte –con frecuencia– un asunto de élites, no es de extrañar, tampoco, que el régimen no se preocupara tanto por los escritores e intelectuales que le adversaban: sabían que la ignorancia y el desprecio estaban de su lado.

Me parece que será trabajo de las nuevas generaciones honrar la obra de quienes deben ser nuestros referentes, hacer de la literatura algo popular y lograr que leer sea un acto que trascienda el periódico. Quizás así podamos, de cara al mundo, visibilizar a nuestros talentos y evitar que, en los grandes medios, contraten a personas que no viven en Venezuela, que no han venido a Venezuela en años –o que acaso vinieron por dos semanas– para explicar lo que nos pasa.

Más allá de los tuits irresponsables de Jon Lee Anderson y Andrés Hoyos o de la ya famosa columna de Almudena Grandes, me resulta curiosa la opinión –o las palabras, los matices– de otros autores, algunos de los cuales poseedores de una obra –o prosa– que respeto y admiro. Cuando Gabriela Wiener dice, en el Diario La República de Perú, que la solución al conflicto venezolano debe “salir de sus propias tripas”, me resulta sencillo entender lo que quiere decir y hasta afirmar que me parece más o menos sensato. Hasta que recuerdo que tengo 20 años viviendo en un país progresivamente destruido, bajo el yugo de un régimen totalitario que bloqueó toda opción de disidencia y en el que el nivel de sometimiento es tan absurdo que el temor de una guerra civil resulta ingenuo: las armas están, y siempre han estado, del lado del poder. En 2014 y –sobre todo– en 2017 quedó claro que de nuestras tripas solo puede salir dolor.

¿Se imaginan que la comunidad internacional hubiese dicho no, lo que hace Hitler está mal, pero fuchi los gringos: la solución de los judíos tiene que nacer de sus tripas. Ellos solos deben resolver su problema?

Lo irónico es que en la misma columna afirma que ningún Gobierno internacional realmente siente interés en la tragedia de los venezolanos. No le pienso discutir eso, pero cuando leo cosas así, como víctima de un régimen totalitario, siento que a muchos escritores que escriben sobre Venezuela les importamos menos que a Trump o Bolsonaro.

Es curioso que, cuando se menciona el interés de tantos países de reconocer a Juan Guaidó como lo que es: presidente encargado, se piense en petróleo y no en que, por ejemplo, el éxodo de millones de venezolanos significa un problema para todo el continente: a Perú, Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y Argentina están entrando a diario cientos de miles de personas en situación de emergencia humanitaria.

No es un asunto de gustos ni de chauvinismo: solo pido respeto para el país en el que nací, crecí, me hice hombre y en el que todos hemos despedido a tantos: algunos porque se van, otros porque no tienen cómo curarse un resfriado, varios más porque los matan.

Dentro de Venezuela hay narradores muy valiosos, que bien podrían escribir las crónicas de estos tiempos para los principales portales del mundo. Héctor Torres, Fedosy Santaella, Krina Ber, Juan Carlos Méndez Guédez o Rodrigo Blanco Calderón alguna vez han sido contactados para eso.

Y es que si lo que se quiere tener es la visión contrastada de alguien que no vive en el país, más fructífero sería pagarle el viaje de ida y vuelta a alguno de los numerosos escritores que tenemos viviendo fuera. O, sí, enviar a cualquier buen narrador para que investigue y patee las calles, pero no por una semana ni dos.

Quizá Gabriela Wiener acertó cuando –refiriéndose a numerosos políticos– decía que en realidad a nadie le importan los venezolanos: muchos medios de comunicación, periodistas, escritores e intelectuales le están dando la razón. Para ellos, solo somos una oportunidad más de usar las palabras guerra fría. O de gritar que lo nuestro no es socialismo y que los usurpadores en realidad no son de izquierda.

Mientras tanto, nosotros padecemos en primera persona nuestro Diario en ruinas. Y no dejo de pensar en la importancia de que, como venezolanos, sepamos narrar nuestra historia. Durante 20 años nos han querido imponer un relato único. Se me ocurre que la mejor forma de rebeldía es aprender a echar nuestro cuento.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel