Juan Guaidó o cómo eludir la ideología en 30.000 caracteres

Me piden escribir unas líneas sobre Juan Guaidó, prácticamente mi primer gran reto de “vamos a ver qué tan machito nos salió el chamo”. No puedo evitar sentir un enorme estrés y un par de escalofríos. El estrés es porque ni siquiera puedo encontrar el origen de la palabra aguda Guaidó en Google. Pregunto en mi muro en Facebook, que casi siempre me es útil como herramienta de inteligencia colectiva. Un amigo de apellido catalán descarta que venga de esos lados: “Probablemente es más bien valenciano (de España) o canario”.

Los escalofríos son porque, cuando oigo hablar del presidente de la Asamblea Nacional y ahora también presidente interino de Venezuela, casi siempre le atribuyen dos virtudes que para mí no son virtudes.

“Es joven”. Tiene 35 años de edad: Nerón tenía 27 cuando incendió Roma, aunque leo en la Wikipedia gringa que esa autoría también es cuestionable, como casi todo en política.

“Carece de pasado”. Vaya afirmación terrible para los que sostenemos, junto al difunto Teodoro Petkoff, que solo los estúpidos no cambian de opinión. Un hombre sin pasado. Vaya sentencia de muerte en vida para los que creemos que cualquiera que haya cometido un error, pongamos, Henrique Capriles Radonsky, siempre está a tiempo de resurgir de sus cenizas, explicar lo de Odebrecht y poseer un futuro. Así sea un futuro dándole a la función de silenciar en las redes sociales.

Si me permiten otro escalofrío, me da demasiado miedo que cada palabra escrita sobre Juan Gerardo Antonio Guaidó Márquez sea siempre tan precaria. Que ni siquiera le podamos nombrar todavía “Persona del Mes”, porque apenas estamos a 23. Que el ingeniero guaireño esté a apenas un rústico del Sebin de distancia de que todas nuestras especulaciones sobre sus cualidades reales de liderazgo para encabezar la transición queden en un ejercicio de lo que pudo ser y no será semejante a la expulsión de Amorebieta en la Copa América 2015. De que se le recuerde como  la anécdota de otro político prometedor que terminó preso en una tumba, una embajada o en un exilio desdentado. Aunque, convengamos, a estas alturas ha pasado más tiempo sin esposas, con su esposa, del que la mayoría sospechamos cuando se lo llevó el Sebin el domingo 13 y, si en su palabra creemos, hizo entrar en razón a los gorilas y les quitó la capucha a punta de decencia y promesas de que mañana mismo, luego de la amnistía, nos veremos en el paraíso.

El Barack de La Guaira

Para que no me digan que solo estoy lleno de temores, hay algo de Juan Guaidó que me reconforta: es pulcro, tieso, formal y derechito, como Barack Obama, y hace una pareja mediática. Maneja los símbolos de un país hambriento de respeto y de valor en la palabra. Trata a la gente de “hermanos y hermanas”, como esos evangélicos que hacen el encomiable esfuerzo de ponerse corbata un domingo, discrepemos o no de sus prédicas. Basta ver si eso será suficiente para que, en el grupo de WhatsApp de los generales, todos digan: “Cónchale, sí, vale, seamos institucionales”, que dudo mucho que eso funcione así.

Me pregunto si Juan Guaidó habría querido que llegara este 23 de enero, o si en el fondo sintió la misma secreta aversión que le tengo a las fechas excepcionales, en las que quisiera refugiarme a ver canales de películas en una habitación de hotel de mala muerte de Catia La Mar y no estar escribiendo sobre Juan Guaidó.

Muchas cosas se han escrito del sobreviviente de la tragedia de Vargas desde el 10 de enero, él mismo las ha escrito hasta en inglés, pero yo solo me voy a centrar en dos documentos: una entrevista casi rompedora de himen que le hizo Víctor Amaya en Tal Cual y un perfil de Valeria Pedicini en El Estímulo. Suman en total más de 30.000 caracteres entre ambos textos, y hay algo que me llamó poderosamente la atención: en ninguno de ellos aparece la palabra “ideología”. Puede ser responsabilidad de periodistas que no preguntaron o no averiguaron, pero no deja de ser sintomático de un país en el que el tema de las ideas de fondo pasa siempre un poco agachado por temor a ir en contra de la narrativa de que somos la patria de Bolívar llena de riquezas por repartir. ¿Qué quiere Guaidó para Venezuela? ¿Una economía de libre mercado con democracia parlamentaria? ¿O todo se limita a ser mejor persona que los quistes humanos que no nos podemos sacar de encima?

Leo en El Estímulo esta cita de Miguel Pizarro: “En la política hay gente que filosofa mucho y hace poco –destacado mío–. Guaidó desde la universidad ha estado del lado de los que hacen y no solo de los que dicen”. Caramba. Guaidó no filosofa mucho. Leo en la entrevista de Tal Cual, cuando le preguntan si Voluntad Popular es un movimiento político de tendencia radical (sic): “Creo que da más responsabilidad la carga histórica que la partidista”. Caramba. A Guaidó no parece importarle mucho la ideología de su propio partido. ¿Deberíamos empezar a preocuparnos, incluso antes de que se plantee la remota esperanza de que conduzca al país a unas elecciones libres y justas, en las que pudiera plantearse la posibilidad de que él mismo se lance e inicie su ruta hacia el Churchillinfinito y más allá?

Hay varios tipos de liderazgo. Hay el que hace más que los demás. Hay el que pega más gritos. Hay el que sabe más. Hay el que aparece en las listas de líderes del futuro y corre el inevitable riesgo de terminar como casi todos los integrantes de la selección sub 20 de Egipto 2009. Hay otro tipo de líder: al que le lanzan una vaina encima después de que sale de la nada, porque todos los otros que podían ser líderes han sido sacados de combate, y tiene que ir improvisando, resolviendo sobre la marcha y encontrando cualidades colectivas y propias que ni él mismo sospechaba, un poco como el Jesucristo que hacía milagros tirándola a pegar, estilo Willem Dafoe en La última tentación de Cristo.

Me gusta pensar que así es y será Juan Guaidó. Creo en él porque juega para mi mismo equipo, empezando por ahí. Porque pertenece a una generación que para mí siempre tendrá un elemento mítico y casi sagrado, la de los estudiantes de 2007, incluso tomando en cuenta que es la misma de Robert Serra, Héctor Rodríguez y Ricardo Sánchez: la última que se atrevió a hacer algo después de la mía, que no se atrevió a hacer nada para evitar el Niágara del chavismo. Porque es de los que ya no tiene prácticamente nada que perder, exceptuando el beso de una esposa y de una hija, que tampoco es tan poca cosa. Me arriesgo a creer en Guaidó, a pesar de que, 30 mil caracteres después, sé muy poco de lo que realmente piensa. Así andaremos de necesitados de alguien en quien creer.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia