#DomingosDeFicción: La inminencia del olvido

Here we stand or here we fall.

History won’t care at all

Queen

En el Ministerio del Olvido lo sabían muy bien y la ansiedad se estaba propagando por todos sus empleados como si se tratara de una gripe contenida en las oficinas. Estaban conscientes de lo infalible que era el funcionamiento de su departamento. Una vez que los números avanzaban en dirección al olvido inminente, era imposible detenerlo. Era cuestión de que alguien más olvidara a Caracas para que tuvieran que escribir su nombre en un gran cuaderno de cuero negro y páginas muy blancas. Luego guardarían ese cuaderno en una estantería recóndita del Ministerio para confundirse con todos los demás cuadernos donde se han guardado las cosas que la humanidad ha ido olvidando con los siglos; después se perdería la estantería y al final nadie recordaría cómo llegar a esa habitación hasta que tuvieran que incluir algún otro olvido. Pero para ese momento ya nadie recordaría que alguna vez –minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos atrás– alguien había escrito el nombre de una ciudad entera y la había condenado a la perdición. Porque a pesar de trabajar para el mismísimo Ministerio del Olvido, no estaban exentos de los efectos que este despacho provocaba en las mentes de las personas comunes.

Resultaba, además, que el olvido llegaba sin aspavientos y esa era una de las principales molestias de los funcionarios del Ministerio. El olvido era imperceptible, indetectable, inaprehensible para aquellos que eran cubiertos con su manto. Quien olvidaba de repente podía tener alguna noción de que no recordaba algo, pero quien era olvidado jamás se daba cuenta de su estado. Podía llegar como un bajón de luz, como un cambio súbito y breve en la temperatura, como una ráfaga de viento muy frío o muy caliente, como un ligero temblor. Alguien le preguntaría a su hijo, a su esposo, a su vecino ¿sentiste eso?, y la otra persona contestaría de forma vaga, errática, algo como sí, creo que sí, ¿la luz? Luego seguirían con sus vidas, pero sin que nadie fuera de su territorio lo notara, porque ya habrían sido olvidados.

Lo que incomodaba a los empleados del Ministerio era que, a pesar de que ellos no pudieran recordarlo, sabían que había caseríos, pueblos, ciudades y países enteros viviendo en ese estado de olvido. Gente que se levantaba por las mañanas, se tomaba una taza de café viendo al horizonte, salía al trabajo, reía, lloraba, vivía, moría, todo al margen del mundo. Quedaban circunscritos a esas fronteras ya invisibles para el resto de la humanidad, funcionando en un compartimiento especial del tiempo, congelados por siempre, sin avance, sin retroceso, sin debacle, sin gloria, atrapados en un presente eterno del que no eran conscientes.

Sabían también los empleados del Ministerio que el olvido tenía su forma particular de obrar sobre las mentes de los olvidados. También ellos perdían cosas en el camino. Dejaban de recordar con claridad a esos que estaban en ciudades distintas, dejaban de extrañarse por la falta de una llamada casual por la noche, de un mensaje de cumpleaños, de un “buenos días” azaroso. Ya no se imaginaban la vida fuera de las calles que conocían. Incluso, en algunos casos extremos de influencia del olvido, algunos comenzaban a configurar como mitos y leyendas todo lo que sucedía en otros lugares, como si lo único real era lo que pasaba en la burbuja que habitaban.

De vez en cuando, llevado por sabe Dios qué impulso, algún olvidado podía moverse a fuerza hacia los límites de la ciudad, salir, escapar y visitar otros sitios. Podía llegar a recordar lo que era vivir en un sitio que está en la mente de los demás. Encontrarse con la cálida sensación que produce el reconocimiento en la cara del otro, el abrazo de tanto tiempo sin verte, hermano, ¿qué es de tu vida? Pero luego era incapaz de volver y contarle a los demás sobre sus nuevas experiencias, porque tan pronto como abandonaba el territorio sumido en el olvido, esa persona lo olvidaba también, olvidaba el camino de regreso, olvidaba las razones por las cuales tendría siquiera que volver.

Solo era cuestión de tiempo para que alguien más olvidara a Caracas y su nombre pasara algún cuaderno de cuero. En el Ministerio lo sabían, pero luego se tranquilizaban entre ellos diciéndose que, tan pronto como sucediera, lo olvidarían, como todo lo demás.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

#DomingosDeFicción: Tan frágil como un estornudo

«Allá afuera los revólveres no respetan.

Plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta», Valle de balas

(Desorden público)

 

Una imagen de trece efectivos de la Policía Nacional Bolivariana asesinados en la entrada de la Cota Mil en La Pastora rodaba en Twitter la mañana del martes.

Era de mala calidad, pero se distinguía la sangre seca y abundante que cubría el azul marino de los uniformes policiales. Lo mismo para los que estaban de espaldas con las siglas blancas de PNB manchadas de rojo. Parecía un cuadro de Saudek con menos vergas y más sadismo. Para las siete de la mañana la foto ya era trending topic y los reportes de tránsito en la radio sugerían evitar la Cota Mil sentido oeste.

Caracas estrena muertos todos los días y por más rutinaria que fuese la gala de violencia, tráfico y descontento, había que salir a trabajar.

Ángel sabía cuál iba a ser la pauta del día y llegó al periódico a las siete y treinta con casco en mano y la cámara en el bulto. Radio y redes se hacían eco de lo mismo: cadáveres de policías apilados. Demasiado tráfico. La instrucción fue llegar a la entrada de La Pastora y averiguar qué había pasado. Bajó al cafetín y después de dos empanadas, un jugo de naranja y un café, volvió a la moto pensando qué ruta tomar para llegar a la escena. Se puso el audífono izquierdo sintonizando la emisión del tráfico y después de bordear la Francisco de Miranda llegó hasta la entrada de la Cota Mil en La Castellana

Evitar la Cota Mil en ambos sentidos. Motorizados armados toman ambas vías.

El ruido de los motores le impidió seguir escuchando el reporte. Se quitó el audífono y miró por el retrovisor la avalancha de motos tras él. Un motorizado se puso a su lado y el copiloto le extendió un palo. ¡Vamo’a matarlos, o joda, vamo’a matarlos!, decía mientras le extendía el palo que Ángel recibió sin pronunciar palabra. ¡Vamo’a matar a estos coño e’madres!, fue lo último que escuchó antes de que la moto lo rebasara.

Distinguió palos, pistolas automáticas, revólveres y ametralladoras, alzadas con euforia, rumbo al oeste de la ciudad. Ángel puso el palo entre sus piernas y, con la destreza que da ser motorizado en Caracas, sacó el celular, marcó el número de la redacción y puso el aparato dentro del casco a la altura de su oreja. Aceleró hasta el fondo, mientras con la mano izquierda alzaba el palo en señal de protesta, mimetizándose con los demás. ¡Hay un coñazo de motorizados armados, van en ambos sentidos y hay carros devolviéndose en retroceso y en contravía!, le gritó Ángel al interlocutor, cuya voz no reconoció entre el ruido de las motos. ¡Vete de ahí, vete de ahí!, escuchó mientras veía por el retrovisor cómo la avalancha de motos no cesaba. ¡Cota Mil, Prados del Este y avenida Francisco de Miranda están tomadas! ¡Esta vaina huele a golpe! Volteó la cabeza hacia el palo que izaba en la mano izquierda y vio la hora en su reloj. Eran las ocho y cinco de la mañana y alrededor todo eran motos andando, carros inertes y hombres trepándose la isla que separaba los sentidos este-oeste, armados y coléricos.

Esta vaina no es un golpe, pensó Ángel.

Entre motores chirriantes y disparos, Ángel se dejó caer sobre su moto en la porción de grama que separaba ambos sentidos de la Cota Mil. Con la moto como escudo, logró sacar el celular del casco y volvió a llamar a la redacción. ¿Qué coño es lo que está pasando?, gritaba Ángel sin poder distinguir, otra vez, la voz de quien contestó el teléfono. Todo eran motores y balas. ¡Sal de ahí!, logró escuchar. ¡Sal de ahí que están mandando a los militares! Ángel era un bulto aplastado por su moto mientras las balas sonaban. Miró hacia abajo y vio su jean roto y manchado de tierra, los Converse fieles de tantos años y su franela de la suerte con una cita de Rafael Cadenas. Pensar que hace dos horas se había levantado para hacer lo mismo de siempre –documentar la violencia– y que esta vez, con su franela blanca de la buena suerte, el turno de vivirla le había tocado a él. No tenía arma y de tenerla no la usaría. Tampoco sabía cómo. El beso de su mamá antes de salir de la casa y el Dios te bendiga de todos los días, podía ser el último que escuchara por salir a hacer su trabajo como un día cualquiera en esa Caracas que no era la de siempre, no la que él recordaba.

¿Quién eres tú, qué haces tú ahí, le gritó un tipo negro, vestido de jean gastado y una franela negra ceñida al cuerpo que decía ARMANI en letras plateadas, quien bajándose la moto subió su franela y dejó ver el mango de un revólver.

Ángel no pudo articular.

—¿Qué quién eres tú te estoy diciendo, mamagüevo? –repitió, mientras Ángel volteaba a ver el piloto de la moto de la que el negro había descendido, quien lo increpaba con la misma mirada amenazante.

El hombre levantó la moto que hacía de escudo y la dejó caer hacia la calle. Tomó a Ángel por la franela y lo puso de pie. “Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados, Rafael Cadenas”, leyó el tipo en la franela de Ángel.

Ah, vaina ¿y quién es Rafael Cadenas, el novio tuyo?, espetó mientras ponía a Ángel de espaldas y abría su bulto.

Poco tardó en descubrir el carnet de fotoreportero. La cámara, su cartera, la caja de Belmont y el celular yacían en la grama. Y ahí se quedarían. Ángel aún no lograba articular palabra, sólo se mareaba con la frase de Cadenas que sonaba en su cabeza, con la voz de su mamá, de Cadenas, de él mismo y del malandro que lo amenazaba: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

La muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, alias Pericu, ya era de conocimiento público. Todas las emisoras de radio del país se hacían eco de la noticia de que el criminal, oriundo del estado Guárico, había sido abatido en Caracas en un operativo de la Policía Nacional Bolivariana.

A pesar de que las versiones de vecinos aledaños a la zona del enfrentamiento alegaban que el Pericu había logrado escapar, el rumor sobre su muerte corrió por toda la zona, provocando que afectos de su banda arremetieran contra los PNB que habían llevado a cabo el operativo y se produjera la masacre que resultó en la muerte, en horas de la madrugada, de los trece efectivos policiales.

Eran las nueve y quince minutos de la mañana en Caracas y los miembros de la banda del Pericu no tenían noticias sobre el cuerpo de Tabares Moncada.

Nacido en Guárico en 1989, a sus veinticinco años era el criminal más buscado del país. La primera gran alarma para las autoridades fue en 2013, cuando dio de baja a 11 miembros de una banda rival en Altagracia de Orituco, de la que sumó a su banda a los sobrevivientes otrora rivales. Junto a ellos acumuló otros 32 homicidios. Así dio forma a una organización criminal que cruzó las fronteras de El Sombrero, en Guárico, expandiéndose hacia el estado Anzoátegui, Aragua y la capital del país.

En el ínterin del crecimiento de su banda, la prensa guarda registro de seis funcionarios policiales abatidos, personalmente, por el Pericu. Rogelio Jesús Medina, 35 años, era inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) y fue ultimado en una emboscada en El Sombrero, en julio de 2013. Medina acababa de estacionar su camioneta en un restaurante cercano al sector del Pericu, cuando fue rodeado por ambos lados por hombres armados con ametralladoras. Lo último que vio Medina fue al Pericu, quien se paró frente al vidrio frontal de la camioneta y dio el disparo de gracia que atinó en el ojo izquierdo del inspector. Acto seguido, quienes rodeaban la camioneta descargaron sus municiones sobre ella, dejando al occiso con 241 impactos de bala; Juan Carlos Ferreira, de veintitrés años, fue abatido pocos días antes de Navidad del mismo año en un enfrentamiento entre la banda del Pericu y el CICPC. Ferreira fue botín de guerra de la banda, a quien el Pericu ultimó metiéndole el cañón del revólver 38 en el ano, disparando en seis ocasiones; Luciano Paduel Peraza, 34 años y miembro activo de la Policía de Aragua, fue emboscado por la banda del Pericu mientras patrullaba en el barrio Universitario de la Región. Al verse rodeados, los efectivos alzaron las manos en señal de rendición. El Pericu entregó al copiloto al resto de la banda y a Paduel, quien manejaba la patrulla, lo esposó al volante y le dio un solo disparo en la nuca. De ese crimen surgió el mote de Pericu, después de que Tabares enviara una nota de voz por el Blackberry del occiso al director de la policía, diciéndole hice al paco hablar como un pericu… que dejen de buscarme, les dije ya.

CICPC

Enver Astroberto Méndez, 30 años de edad, oficial agregado de la Policía de Aragua, dio la voz de alto a un vehículo que, sin saberlo, conducía el Pericu. Al bajar la ventana sólo vio el cañón de la nueve milímetros cuyo impacto le dio en la cara, dejando el cuerpo tendido en el sector El Loro, de la carretera San Casimiro-Cúa, estado Aragua; Óscar Avendaño, agente del CICPC, fue ultimado llegando a su casa. El móvil del crimen, al parecer, había sido su participación en el allanamiento de la propiedad de una de las novias del Pericu; Humberto Estrada, también oficial del CICPC, asesinado durante un operativo de búsqueda al Pericu, fue encontrado dentro de un barril, incinerado, piernas y brazos fracturados y un balazo en la cabeza.

En medio de dos dolientes de Pericu, estaba Ángel a bordo de una moto. A pesar de ser motorizado hace más de ocho años, nunca había visto tal destreza en un piloto: tres pasajeros a más de 80 kilómetros por hora, sentido este, esquivando carros vacíos y otros con la gente adentro cubriéndose de las balas. Cauchos, ramas y piedras trancaban la vía y a medida que iba dejando otros destrozos, miedo y gritos tras de sí, el coro de los dolientes que clamaba ¡Pericu, Pericu, Pericu! Hasta que a la altura del distribuidor El Marqués, logró divisar una tanqueta del Ejército trancando el paso y apuntando a los revoltosos. ¡Sigue derecho, huevón, dale pa’Terrazas! ¡Estás loco, pajúo, ahí no hay por dónde salir!  ¡Entonces dale pa’La Urbina! Y Ángel en medio, sin intervenir ni opinar sobre el destino de esas tres vidas.

Sobre la autopista a la altura de La Urbina sentido oeste, el escenario no era muy distinto. Desde el otro lado de la calle, los perdigones, gases lacrimógenos y disparos no cesaban. Una detonación retumbó en los oídos de Ángel. Cerró los ojos y sintió cómo la moto perdía control y los tres cuerpos rodaban en el asfalto, entre más motos, más manifestantes y una espesa nube de gas.

El ingreso del cuerpo de Juan Andrés Tabares Moncada a la morgue de Bello Monte fue a las seis de la mañana y se trató como secreto sumarial, mientras las autoridades preparaban un plan de contingencia ante una posible retaliación, informaron en Twitter usuarios y medios contrapuestos como Últimas Noticias y el Diario Tal Cual. Información de la que hicieron eco El Nacional, Contrapunto, La Patilla y Noticias Venezuela. A las diez de la mañana, colectivos armados y simpatizantes del Pericu irrumpieron en la morgue en motos y un carro fúnebre custodiado por ellos. El cadáver del Pericu fue retirado de las instalaciones de la morgue y puesto en un ataúd donde inició la procesión que, decían, acabaría frente al Palacio de Gobierno, con la venia o no, de las autoridades.

El tipo de jean gastado y camisa negra Armani yacía boca abajo con un disparo en la cabeza y los ojos bien abiertos. Vivo y golpeado, Ángel logró incorporarse. Su franela blanca con la cita de Cadenas sucia y manchada de sangre propia y ajena. Cojeaba y tenía el brazo izquierdo raspado.

Con cada nueva detonación la cabeza le retumbaba. Había varios cuerpos y motos en el suelo. Incorporó una Yahama negra y elaboró un mapa mental que lo llevaría hasta su casa o al periódico. ¡Auxilio, auxilio!, gritaba una mujer negra, de leggins rosado y blusa blanca con un niño en brazos que no dejaba de llorar. Ángel prendió la moto que no era suya, dándole al pedal le pidió a la mujer que se acercara. Entre la multitud, madre e hijo subieron a la moto con Ángel. Los tres cruzaron el distribuidor de La Urbina, llegaron al Mc’Donalds que está entre Petare y la parte alta de El Marqués, para de ahí tomar rumbo hacia el hotel El Marqués, donde Ángel detuvo la moto.

—Señora, ¿qué fue lo que pasó? –preguntó Ángel, poniendo el seguro de la moto contra el piso para permitir que la mujer y su hijo bajaran de ella.

—Parece que mataron al Pericu, el malandro ese que sale en las noticias, y la gente está arrecha –respondió la mujer entre sollozos–.Yo iba a llevar a mi hijo al teleférico cuando empezaron a llegar los colectivos armados.

El niño ya no lloraba, pero tenía lágrimas en los ojos. Ángel le pasó una mano por la cabeza y al sentir el sonido de más motos yendo en dirección La Urbina-El Marqués cubrió a la mujer y a su hijo haciéndolos entrar al hotel. Trabajadores de las inmediaciones se habían recluido allí y vieron con temor en los ojos la entrada del trío. La televisión y la radio daban parte del robo del cadáver del Pericu y la idea de llevar su cuerpo hasta Miraflores para hacer que el Gobierno respondiera por su muerte.

—¿Se van a Miraflores? Esta vaina tiene que ser jodiendo… sólo en este país los malandros van a hacerle al Gobierno rendir cuentas por uno de sus muertos –soltó el recepcionista, de marcado acento español, cabellera blanca y uniforme vinotinto con hombreras negras de rayas amarillas–. ¡Este país no era así, joder! ¡No era así!

Las luces de la recepción estaban apagadas y alrededor había desde hombres de traje y corbata, mujeres con pintas de secretarias, niños con uniforme de bachillerato y hasta dos personajes que, a toda vista, eran perrocalenteros. Sin importar trabajo, grado de instrucción o tendencia política, la incertidumbre era la misma y el rumor de golpe seguía creciendo.

—…entonces yo lo iba a llevar al teleférico, señor, mire, hasta una cámara estaba llevando para tomarle una foto a Franklin montado en el funicular.

Ángel salió de sus pensamientos y volvió hacia la mujer que minutos antes había rescatado entre la multitud.

—Señora, necesito su cámara y su celular.

Con la franela como tapabocas y la cita de Cadenas hecha mugre y sangre seca, Ángel llegó a las inmediaciones de Miraflores a bordo de la Yamaha, única cosa que había robado en su vida. Sin camisa, con las costillas magulladas por la caída, el brazo con la sangre seca, raspones en la cara y varios chichones en la cabeza, logró divorciarse de cuidados y formalismos en el camino hacia la noticia mientras repetía como un mantra: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

No supo cuántos espejos retrovisores se llevó por delante, en cuántas aceras se montó y cuántas calles tomó en sentido contrario. Lo único que tenía en mente era la imagen de los dolientes del Pericu haciéndole rendir cuentas al Gobierno a sangre y fuego.

Logró colarse a 500 metros de Miraflores. Abriéndose paso entre la multitud de protestantes, militares y policías, llegó a tocar el ataúd que albergaba al Pericu. La cámara era digital, pequeña y de buena resolución. ¡El pueblo no olvida, el pueblo no olvida una traición, Gobierno de mierda!, gritaba Ángel logrando la empatía del hampa dolida. ¡El pueblo no olvida, Gobierno de mierda!, repetían. Sabiéndose mimetizado, soltó el ataúd y corrió de espaldas a la urna, alejándose del cuadro para sacar la foto deseada. Disparó el clic insistentemente mientras rezaba en su cabeza por lograr alguna foto que reflejara lo que estaba viendo: civiles con armas de guerra alzando al mártir malandro. Cayó al piso. Sacó otras fotos desde abajo, hasta que uno de los manifestantes lo levantó. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Estás bien, el mío?

—Fino. Todo fino. Quiero dejar evidencia de esto, para que nunca se nos olvide quién fue y cómo cayó el Pericu –contestó Ángel.

—Así mismo es, huevón. Así mismo es. ¡Que paguen estos coño e’madres!

En la procesión hasta Miraflores, entre detonaciones y gases, Ángel sintió que vivía su propia Rebelión en la granja, con los animales devenidos en malandros y el Gobierno como dueño de la granja, respondiendo a la brava. Aquella era la imagen perfecta del caos, la postal de la Caracas violenta, esa ciudad amor a muerte que lo motivó a hacerse camaleón entre la multitud malandra que pretendía reclamarle al Gobierno la traición a su fidelidad, después de que sus padres y ellos mismos habían arriesgado el pellejo en 2002, 2007 y 2014 por defender la revolución. Allí entendió cuán lejos estaba del conflicto, que a pesar de conocerlo y documentarlo, nunca había estado dentro de él, dentro de la manada furibunda que se creyó la monserga del pueblo pacífico, pero armado; pueblo tomador de decisiones; pueblo defensor de ideales en decadencia. Tener la posibilidad de documentar aquello con la cámara que le dio la señora en La Urbina lo envalentonó. Su cuerpo y sus imágenes hablarían por él, por el país. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Cómo se murió el Pericu? ¿Quién lo mató? –preguntó Ángel al tipo que lo había recogido del piso.

—Coño, men… es absurdo que un carajo como él se haya muerto y más cómo se murió. Yo estaba con él.

La primera ráfaga de ametralladora del Ejército impactó en el piso y el ataúd del Pericu cayó cuan largo era. Intentaron levantarlo, hasta que la segunda ráfaga, acompañada de gases lacrimógenos, dispersó a la multitud. El tipo que había rescatado a Ángel le tendió un arma que el fotorreportero recibió por el mango. ¡Coño, marico, nos quitaron al Pericu, nos quitaron al Pericu, corre, coño, corre!, gritaba el hombre con la voz quebrada y a punto de llanto mientras corría con Ángel hacia la avenida Fuerzas Armadas. Cómo se murió el Pericu, chamo. Dime cómo se murió, preguntó Ángel quedándose sin aliento, corriendo entre la multitud. Al fondo, los valientes abrían fuego contra la milicia, que dispersó la manifestación con dos granadas.

Las explosiones pusieron fin a la revuelta y el miércoles Caracas amaneció como una postal del estrago: carros quemados; motos caídas e inservibles; negocios saqueados, el asfalto lleno de vidrios, sangre y cuerpos caraqueños que quedaron al lado del camino, decoraban la ciudad amarga y vencida, que hizo del luto por la muerte de un delincuente una rebelión histórica.

La imagen capturada por Ángel ocupó la primera plana del periódico. Acto seguido, los demás medios impresos y digitales se hicieron eco de ella. Ángel Marcano, el fotógrafo raso que mataba tigres tomando fotos de alimentos para una revista gastronómica, el favorito de bautizos, matrimonios y primeras comuniones de sus amigos, estaba en la cima de su carrera por capturar la imagen del ataúd del Pericu frente al Palacio de Miraflores.

Ángel fue la fuente de primera mano para aclarar la verdadera razón de la muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, cuyo cuerpo, recuperado por las autoridades y mostrado a los medios de comunicación nacionales e internacionales, no tenía ni un solo balazo.

Todo el caos generado por la muerte del Pericu fue en vano. Los titulares eran mórbidos y poco informativos. Desde la imagen de los 13 policías abatidos, cubiertos de sangre, a la primicia del cuerpo del Pericu, cuya autopsia reveló como causa de muerte fractura de cráneo por impacto letal y el sistema respiratorio lleno de mucosidad, daba un giro importante a la historia estrella de la fuente de sucesos del periodismo venezolano. En la nómina del periódico Ángel no figuraba como reportero de sucesos. Y qué importa, si en este país a los coñazos todos nos volvemos periodistas de sucesos, dijo Omar, el jefe de redacción del periódico. Vas a tener que hablar con los medios. Nosotros, por supuesto, tenemos la primicia, que eres tú, Ángel. Esta vez él no era parte de la noticia, sino la noticia en sí misma. La fuente de primera mano para esclarecer la muerte del Pericu.

Según contó Ángel al periódico, y en una emisión especial del programa de César Miguel Rondín, el Pericu había estado presente en un enfrentamiento con efectivos de la PNB del que había logrado escapar alrededor de las dos, casi tres, de la mañana. Estaba reposando la gripe que desde hacía varios días lo tenía fuera de circulación, hasta que el operativo policial lo obligó a enfrentarse con las autoridades. Al llegar a la entrada de la Cota Mil, perdió el control de la moto producto de un estornudo. El Pericu y su acompañante, detenido por las autoridades y compañero de Ángel durante su infiltración entre los dolientes de la banda que cargaba el ataúd, cayeron cuan largos eran en la entrada de la Cota Mil a la altura de La Pastora. El copiloto sobrevivió el impacto y, después de darse a la fuga, informó al resto de los integrantes sobre la muerte del Pericu, lo que desató la furia del martes negro en Caracas.

—Seguimos al aire con Ángel Marcano, fotorreportero del diario Hoy, quien después de escapar del primer embate de motorizados afectos al Pericu, logró infiltrarse en la procesión del cabecilla de la banda del mismo nombre y rescatar el testimonio de uno de sus lugartenientes –dijo César Miguel, poniendo al día a quienes apenas sintonizaban el programa–. Esta versión, Ángel, avala la versión oficial del Gobierno, que mostró el cuerpo de Tabares sin un solo impacto de bala y cuya autopsia revela, como causa de muerte, fractura de cráneo por impacto. ¿Piensas que toda esta violencia fue injustificada?

—Pienso que, después de cierto punto, la violencia no es injustificada. Si bien su muerte no se dio a manos de efectivos de la PNB, sí le dieron cacería y eso es lo que sus dolientes reclamaban: por qué darle cacería a uno de los suyos.

—Siguen siendo versiones extraoficiales el que el Pericu y su banda tuviesen alianzas con sectores del Gobierno.

—Extraoficiales o no, son versiones preocupantes. El caos que se vivió ayer en la ciudad, las armas de guerra y los muertos, no son extraoficiales. Están ahí. Ayer se manifestó el descontento de la delincuencia hacia el Gobierno en este país dividido que tenemos, César. Haya muerto como haya muerto, la muerte del Pericu pasó a ser una infame efeméride más del trágico momento histórico que vive el país.

—Y curioso cómo murió, ¿no crees? Siendo cierta la versión del estornudo, fue este el detonante de un conflicto social bárbaro que ha dejado más de 100 muertos y 300 detenidos.

—Cuando la violencia es pan de cada día, y siendo tan frágil la seguridad del venezolano, todo es posible, hasta morirse de un estornudo.

—Claro. Y sobre eso, tenemos nuevas informaciones de ex funcionarios del Ministerio de Salud sobre la escasez de medicamentos en el país. Pero antes, me informan que tenemos una llamada. Lautaro Lancaster, quien se comunica desde Sábana Grande, dice tener una pregunta. Adelante, Lautaro.

—Buenos días.

—Buenos días, Lautaro, ¿cuál es tu pregunta?

—Buenos días, César; buenos días Ángel. Mi pregunta es la siguiente: en la fotografía que tomaste y que todo el país ha visto y difundido, ¿alguno se percató de que el hombre a la izquierda del ataúd del Pericu carga en su otra mano una ametralladora Thompson?

 

Por Rubén Machaen | @remachaen

#DomingosDeFicción: Las babas del estudiante

(En memoria de los caídos del 2017)

Estoy muerto. Lo sé. ¿Cómo podría saberlo sin conciencia? Puedo sentir que estoy muerto. Nadie puede decirme lo contrario. La enfermera que susurra con voz tierna que sigo vivo, me miente. Sé que no tendría que escucharla, pero sé que es una trampa. Esta habitación de luz débil, que se dibuja en blanco y negro frente a mí, no existe ya. Se está desvaneciendo. La enfermera se aleja a pesar de su insistencia de quedarse a mi lado. Vaya a atender a otro que no esté muerto, enfermera. Vaya a curar a los muchachos que ingresaron hace dos minutos, heridos con balas de goma. Vaya a calmarle el dolor al señor que ingresó con un ojo colgándole en el rostro. O si lo prefiere lárguese al comedor, al pasillo, a su casa, no pierda el tiempo con un muerto. Y si lo que quiere es hacer algo que valga la pena, entonces ármese de valor, salga del hospital, cruce la calle, doble la esquina hacia la derecha y grite con todas sus fuerzas: ¡Abajo las cadenas de este régimen maldito! Y si en vida me atreví a maldecir, ahora que estoy muerto, con más coraje maldigo. ¡Maldita la escasez! ¡Maldita la persecución! ¡Maldita la represión! ¡Maldita la corrupción! ¡Maldito régimen! ¡Maldita la violencia con la que arremeten! ¡Maldita la corrupción que nos empobrece! Aunque ya no me empobrecerán más a mí, ese es mi derecho por estar muerto. Tengo el derecho de expresar mi frustración, derecho a maldecir, a injuriar, a no guardar silencio, a desear algo mejor así no sea para mí.

Tengo derecho a no sufrir por la muerte de los que quedan vivos. Tengo derecho a descansar en paz. Pero no descansaré en paz, no ahora mismo, porque en este momento mientras la enfermera insiste en perder el tiempo con un muerto, allá en la calle otros agonizan. Hace rato yo agonizaba y sentía miedo, me preguntaba qué pasará con mis padres –porque tengo padres–, qué pasará con ellos cuando yo no esté para ayudarlos.

Hace rato quería tener unos minutos más, tener fuerza para levantarme de la camilla, correr, correr y correr, llegar hasta mi casa, abrazar a mamá, decirle vieja, viejita querida, vieja que tanto amo, madre que me pariste con tanto dolor, yo solo quería que no sufrieras más, yo solo quería un país mejor, que te tratara con la dignidad que mereces, mi vieja querida. Después mirar a la cara a papá y abrazarlo, decirle padre, viejo, papá, yo sé que me dijiste no vayas a la marcha, pero papá yo tenía que hacerlo, lamento mucho que estoy muriendo, sé que dijiste que no es justo que un padre vea morir a su hijo, papá, mereces más que un hijo muerto, no quería ser otra causa de sufrimiento para ti, sé que no la tuviste fácil, papá, ojalá y pudiera cambiar tu pasado. Pero no cambiaría mi decisión, definitivamente no dejaría de ir a la marcha de hoy ni aun sabiendo que voy a morir. Moriría mil veces más, diez mil, moriría cada siglo, porque al menos lo intenté, porque sé que valdrá la pena estar ausente, otros continuarán en mi nombre y en nombre de la muerte de otros más.

Me incrustaré en la historia y no es un consuelo, porque ya estoy muerto y el consuelo es innecesario. No, no es un consuelo para los muertos, es un estímulo para los vivos, una advertencia. Un llamado a no repetir los mismos errores. Mañana dirán que murieron estudiantes, jóvenes que apenas comenzaban a vivir, por un error, por no estar atentos y dejarse engañar por discursos y promesas.

Sé que estoy muerto. Yo lo sé. La enfermera insiste en tomarme el pulso. Yo no siento mi corazón latir, no siento aire viajando por mis fosas nasales, mis pulmones no respiran. La sangre se ha detenido dentro de mí. Escucho a la enfermera gritando, llamando al doctor. No pierda el tiempo enfermera. Deje que el doctor atienda a los vivos. Ya igual estaba muerto, enfermera, si no tenía libertad para exigir mis derechos, si no podía conocer si quiera los destinos turísticos de mi país, si no tenía posibilidad de ejercer mi profesión apenas culminase mis estudios, yo ya estaba muerto. No sienta pena por mí, no intente un imposible, no agote los recursos que no tiene.

Vaya a atender a la chica que ingresó con una pierna rota, a quien un cobarde defensor del régimen atacó sin misericordia, como si fuera un delito protestar por seguridad, por mejores políticas económicas, como si fuera un crimen decir que ya no queremos más escasez, que estamos cansados de la inflación, que queremos que los recursos naturales de nuestro país se usen para el beneficio de todos y no para el enriquecimiento de los políticos. No sé a quién le hablo, no sé quién puede y quiere escuchar a un muerto, pero dígame usted si acaso es un crimen querer morir de viejito, desear oportunidades de trabajo, dígame si es un crimen querer una familia, hijos, nietos, sin el miedo por no saber si podré verlos crecer o si podré al menos proveerles una vida digna.

Estoy muerto, pero veo el televisor encendido frente a mis ojos muertos. El presidente ha decidido hacer una transmisión en cadena nacional. Lo escucho desde la muerte. Tengo derecho a que se respete mi muerte, ya que en vida no fui respetado. Esperé que se pronunciara respecto a la violencia que ocurre en las calles en contra de las manifestaciones, esperé que dijera que es lamentable ver el país derrumbándose. Que mostrara su rostro afligido. Ha decidido ignorarlo todo. Se muestra sonriente. Aquí no pasa nada, dice el presidente, aquí todo está tranquilo. Exhorta al mundo a no creer lo que reportan las redes sociales, es un invento de la oposición, es un intento fallido de derrocar al Gobierno que trae esperanza, y dice que sí, que esto es un régimen, pero un régimen de alegría, de progreso, un régimen de dignidad. Exclama que el país no se está cayendo como quieren hacer creer los fascistas, que no hay muertos, que no hay violencia, que no pasa nada en las calles. ¿Y entonces, señor presidente, qué soy yo si no un muerto? ¿Cómo es que me golpearon en la calle por manifestar? ¿Qué hago en un hospital si todo está bien? El presidente no me responde, por supuesto que no si ya estoy muerto. Si no escucha a los vivos, menos escuchará a los muertos. El presidente se ha levantado de la silla, hace señas, la primera dama entra en escena. Escucho una salsa sonando, él dice que no pasa nada, que todo está bien, el presidente me dice que si aquí hubiesen muertos él no estaría tan tranquilo, dice que lo mire, que observe cómo baila. Y mientras él baila, mi voz se apaga.

 

Por Gusmar Sosa@gusmarsosa

#DomingosDeFicción: Mi amigo el Grinch

Querido Federico:

Ya sé que te molestan y hasta te desconciertan los correos largos, reflexivos y llorones. Pero es que a ti después de viejo te ha dado por ausentarte, por trotamundear, por acumular millas, y a uno no le queda más remedio que recurrir a esta virtualidad que tanto detestas. Sin embargo, prometo ser breve, incluso no aburrirte. Lo que sigue a continuación intentará, de alguna manera, justificar la pinta de zombi que traje a mi regreso del viaje, pero también (y quizá esto sea lo más importante para ti), develarte el misterio de la caja de Etiqueta Negra desaparecida de tu biblioteca.

Tenías razón, Federico, el apartamento de Puerto La Cruz era una belleza. Tal vez un poco “egipcio” para mi ánimo: esos grabados de Tutankamón en el lobby y los ascensores tipo Gattaca me hicieron sentir como si visitara una almibarada atracción de Disney. Pero, haciéndose el loco, uno no puede sino asombrarse de que hayan podido levantar algo así en ese morro de piedra plagado de iguanas.

La verdad es que fue un gesto noble de tu parte el habérmelo prestado en Navidad mientras tú te quedabas varado en Caracas. No estoy seguro que de haber sido ése mi caso yo hubiera hecho lo mismo contigo, pero para eso están los amigos y tú, para fortuna mía, eres de los pocos que me van quedando. Recuerdo que ni te inmutaste cuando te conté de los problemas que estaba teniendo con la Gorda Raffalli. Con esa envidiable frialdad con que sueles evaluar las cosas, determinaste que aquello era una tontería; nada que un poco de intimidad, playa y whisky con agua de coco no fuese capaz de solucionar. Fue entonces que me ofreciste el apartamento de Puerto de La Cruz y yo, sin saberlo, estaba firmando el acta de defunción de mi noviazgo.

Enamorarse después de los 40, Federico, puede que tenga algunas ventajas, muchas, quizás. Se supone que uno a esa edad ya tiene el álbum de barajitas casi completo, que sólo faltan las especiales y ésas, por lo general, llegan solas o simplemente no llegan. Pero las desventajas, lo sabes mejor que nadie, suelen ser obvias, predecibles y, con toda certeza, dolorosas.

Nada más fíjate mi caso con la Gorda.

Ricardo ¿o fue Albinson? me la había presentado en uno de esos bautizos de libros en El Buscón. Ya sabes, el típico evento lleno de talleristas sexagenarias, poetas sin poesía y estudiantes de letras a un tris de la inanición. Ella se le estaba escondiendo a Jack Pérez-Díaz por un asunto que ni recuerdo. Debe haber sido uno de esos libros chorizos que le han allanado el camino a la Academia y que él suele delegar a su corte de arribistas sumisos. Al parecer, la Gorda, le había fallado contumazmente en una de sus encomiendas y el académico la buscaba sin tregua.

En su juego del escondite me utilizaba como escudo, cosa que en ese momento me pareció divertida y hasta aventurera. Desde aquel día me cautivaron sus brazos rollizos y tersos, su ceja izquierda levantada a lo Mata Hari y su catálogo de chistes clichés: “No sé si cortarme las venas o dejármelas largas”, era el preludio de una extensa rutina que en poco tiempo aprendí de memoria.

Pero resultó que aquella niña traviesa, aficionada al escondite literario, tenía mi misma edad y ostentaba el difuso expediente de toda cuarentona recién divorciada. Cuando comenzamos a salir, llevaba dos meses atravesando por lo que ella denominaba “un proceso de introspección”. Su proceso de introspección tenía que ver con el abandono de un novio rockero, full tatuajes y piercings espeluznantes, al que le llevaba catorce años de edad.

También había un ex marido irresponsable, un hiperquinético hijo de nueve años y demasiados problemas colaterales. Te estarás preguntando por qué no pegué la carrera apenas vi semejante combo. Esa respuesta sí que no la tengo, viejo, pero a veces me gusta pensar en mi teoría del álbum incompleto para que algunas noches (con sus mañanas) me sean más leves.

Como recordarás, todos los rollos empezaron cuando al ex de la Gorda le dio por alterar el delicado ecosistema de las parejas divorciadas. De un día para otro, el tipo comenzó a perderse todos los fines de semana que le tocaba quedarse con Robertico, el hijo de ambos. En un principio me entretenían las excusas del hombre. Eran creativas e insólitas. Combinaba, con maña de guionista, argumentos médicos, líos de faldas y amenazas de muerte. Nunca unas hemorroides tuvieron tanta credibilidad para exonerar responsabilidades paternas.

Pero al mes y medio, ya yo estaba harto. Las piñatas y obras de teatro infantiles eran lo de menos –el “plan familiar”–, como decía la Gorda. En realidad lo que más me cargaba eran los mediodías de sexo apurado en hoteles de El Rosal y, por supuesto, el escasísimo tiempo que aquellos planes familiares y el trabajo de ella nos dejaban como pareja. Una tarde de sábado, mientras hacíamos una cola interminable en Bimbolandia, tuve una epifanía. Cometí el error de compartirla con la Gorda:

―Tu ex anda enculado, amor.

En un principio ella pensó que me refería a las hemorroides del papá prófugo. Explicó que el asunto de las hemorroides era verídico, que le constaba. Cuando le aclaré a qué me refería y examinamos los otros temas, ya no pudo dar el aval que le conferían diez años de matrimonio al lado del fugitivo. Entonces sentí la necesidad de reafirmar mis sospechas:

―Al pana, lo único que le falta, es que lo persiga la KGB.

Ésas, y otras frases que no vienen al caso, nos fueron sumiendo en una espiral de peleas sin triunfos y discusiones en círculo que desembocarían, como ya sabes, en el Diciembre Negro. Pero, ¿de qué valía tener la razón cuando el presunto causante de nuestras desdichas se asoleaba en Los Roques al lado de su nueva pasión?

Un viejo axioma, entre actores de Hollywood, aconseja nunca trabajar con perros y niños. Esa máxima sólo llegué a entenderla el día en que conocí al hijo de la Gorda. Esa vez, el niño iba vestido de karateca y en su mirada advertí un irrefrenable deseo de largarme una patada voladora. Sin embargo, Robertico estaba en posesión de otros métodos mucho más sutiles de ejercer la violencia: las derrotas que me propinaría, tiempo después, en el scrabble y el ajedrez me dolieron muchísimo más que cualquier mawashi geri directa al mentón.

A decir de la psicóloga holística del chamo, Robertico era un niño índigo. Esto, en cristiano, sintetizaba características y destrezas que iban más allá de los juegos de mesa: pronunciaba frases célebres (propias) sin esfuerzo alguno, pero también era capaz de desplegar una rebeldía calculadora y fría cuando iba en pos de algo. “Es un niño comunicador”, ponderaba la madre en medio de las muy frecuentes pataletas que solía escenificar su Karate Kid.

El asunto era que madre e hijo se amaban con locura y yo llegué en el mejor momento de su idilio. ¿Quién diablos se acuerda de las contrafiguras de Macaulay Culkin en Mi pobre angelito? ¿Quién se acuerda, incluso, de Macaulay Culkin, Federico?

A Puerto La Cruz llegamos de noche y estresados. Robertico me había hecho morder el polvo en cuanto juego se le había ocurrido a la Gorda meter en el bolso de mano. Eso, aunado a la cara de educado hastío que ya comenzaba a exteriorizar mi novia, eran suficientes indicios para presagiar lo que me aguardaba en el apartamento.

Ya en el terminal comenzarían mis problemas. La Gorda tenía tres rasgos chocantes que yo luchaba por convertir en divertidos: era aficionada a los taxis caros, las sortijas escandalosas y las mentiras elaboradas. Era publicista. De esos tres, Robertico había heredado el primero. Este hallazgo genético me fue revelado en aquel terminal sospechosamente desierto. Ya en Caracas me habían advertido sobre los profesionales del volante del Puerto, pero jamás imaginé que aquellas exageraciones había que multiplicarlas por cuatro. En un descuido, nuestro Pequeño Saltamontes, desapareció y reapareció con Moncho, un personaje que sería clave en aquellas malogradas vacaciones. Moncho no tenía dientes pero sí la tarifa más alta que me han cobrado por ocho minutos de viaje en taxi. No sé de dónde lo sacó el niño, pero tomando en cuenta lo que pasó luego, a veces pienso que se paró en medio de una rueda de taxistas adormilados y preguntó quién andaba urgido de plata para operar a la abuelita del corazón.

De más está decir que Moncho y Robertico congeniaron de inmediato. Camino al apartamento, Robertico repitió tres o cuatro chistes que han hecho célebre a la Gorda en su círculo de amigas. Su don de la improvisación era proverbial. Moncho se divirtió horrores cuando el muchachito le aconsejó que dejara el taxi y montara una franquicia de chicharrón con pelos, que con eso tendría más tiempo para el “piernicuquilambiteteo”; palabra ésta que no me sorprendió tanto como la impecable dicción con que la pronunció.

En vano busqué un gesto de pudor, quizás desaprobación, en la Gorda: ni siquiera la madre de Jerry Seinfeld hubiese puesto la cara de orgullo maternal que exhibió mi novia en ese momento.

En esa primera noche de acomodos y adaptaciones me quedé dormido profundamente, consciente y anhelante de los días por venir. En mi fantasiosa concepción de aquel viaje, me entretuve pensando en las delicias turcas que me aguardarían. En los desayunos en la cama. Las locuras en la ducha. En la ley de las compensaciones. Fue un sueño reparador y estimulante. También fue la única noche que logré dormir completo.

La Gorda se despertó al siguiente día como a las once de la mañana. Yo me había despertado a las seis, con el horror y la incertidumbre de no tenerla a mi lado. La busqué, como si se me hubiese perdido un lente de contacto en la arena. El apartamento, a aquella hora de la mañana, lucía como una oficina en prometedor viernes de puente vacacional. En una de las habitaciones la hallé. Traía puesta la bata de tiritas que tanto le quité con los dientes. Robertico le abrazaba un muslo como si se asiera a un ciprés en medio de un repentino sismo. La televisión estaba encendida y me costó reconocer a Jim Carrey metamorfoseado en peluche verde. Vagamente puedo recordar la escena: el Grinch le juraba venganza a un pueblo que lo despreció por feo y diferente. “Les robaré la Navidad”, prometía Carrey con dientes perfectamente podridos.

En ese momento no logré comprender, en su justa dimensión, la profecía que me regalaba la televisión. Por ocio, me dio por buscar el bolso donde la Gorda traía las películas que nos sustraerían de las horas muertas. Sé que no es el momento de atribuir responsabilidades, pero por la pasión con que Robertico vio cada noche a Jim Carrey urdir maldades, me dio por especular con aquel bolso convenientemente olvidado en el taxi de Moncho, en una chicharronera de El Guapo o en un tramo ignoto y distante del closet del diablito.

Aquel primer día de vacaciones se lo dedicamos a las diligencias que tú me asignaste y que yo prometí cumplir con devoción calvinista. Moncho, en un alarde mercadotécnico, había dejado su tarjeta de presentación y a él acudí de nuevo, resignado de convertirme en sus “utilidades” de fin de año. Sin embargo, por lo que cobró aquel día, casi estuve a punto de ser su jubilación. Nos hizo un Tour de areperas por las cercanías de Lecherías y habló pestes del gobernador del estado con sano resentimiento mientras acudíamos a pagar las facturas de luz, agua y teléfono. Media hora nos bastó para enterarnos de que había sido escolta o chofer de su odiado gobernador y que una injusta liquidación lo había puesto en el bando contrario.

Al regresar, no quise ir a la piscina y me quedé solo en el apartamento. Traté de distraerme un rato con la televisión pero un breve zapping cargado de lluvia radioactiva y franjas multicolores me indicó a las claras que se nos había olvidado cancelar el servicio de cable. Aquí tuve otra de mis múltiples revelaciones de aquel diciembre: supe lo difícil que era hacer vida en pareja, así fuese por unos días, sin televisión. Uno puede sobrevivir sin Internet, sin periódico y, aunque no lo creas, sin celular. Pero sin televisión no, Federico. Al otro día volvería a la ciudad para enmendar la omisión pero un cartel, escrito con caligrafía atroz, le deseaba una feliz navidad y un próspero año nuevo a todos sus distinguidos subscriptores.

Fue entonces que comencé a tomarme al Grinch en serio. Pensé en él imaginándome a uno de esos amigos forzosos e instantáneos que te pone el azar en el camino. El tipo de compañía indeseable con la que tienes que lidiar en una fiesta, en la cola del automercado o el consultorio del odontólogo.

La Gorda y Robertico subieron tarde en la noche. Yo había intentado hacer una paella que me quedó salada y con un ligero aspecto a mazamorra. “Tiene buen sabor”, pretendí vender el adefesio a mis comensales que ya veían los platos con una mezcla de desconfianza y asco.

A los diez minutos, Moncho ya me esperaba en el lobby. Por teléfono me había comunicado que conocía una pizzería cercana y solidaria. La palabra “solidaria” sonaba desacreditada en boca del taxista. Mi fe en Moncho, miento si no lo digo, comenzaba a resquebrajarse, pero aún lo consideraba mi Virgilio en aquel Hades lóbregamente mayamero.

Moncho me llevó a un sitio donde esperé mi orden rodeado de una decoración pretendidamente rusticana y en la que pude reconocer sillas y mesas manufacturadas en Quíbor. En el local había muchos alemanes, canadienses e italianos. También algunos parroquianos ansiosos de emigrar a los países de sus vecinos de mesa. En la espera, Moncho se despachó con sed delirante media docena de cervezas que me cobraron como si en realidad estuviéramos en la Toscana. Nunca me dio las gracias.

De vuelta al apartamento, las pizzas llegaron frías y chiclosas. Con todo, las devoramos con hambre ancestral y nos dispusimos a hacer la digestión mirando la única película que nos acompañó en esos días y que, como una maldición gitana, me acompañaría en los meses siguientes. Creo que me quedé dormido en el primer tercio de película. Desperté solo y mal acomodado en el puff donde me había sentado horas antes. Le eché un vistazo al televisor. Jim Carrey estaba montado en un trineo con una niña. El trineo estaba a punto de irse por un despeñadero. A pesar de los tintes dramáticos que prometía la escena, apagué el aparato y fui en busca de mi novia, a quien hacía esperándome sin la bata de tiritas y ardiendo de loca pasión.

La puerta de nuestra habitación estaba cerrada con seguro.

Una ráfaga de ira y frustración me azuzó la idea de derribar la puerta con un hacha. Pero ni yo tenía ganas de emular a Nicholson en El resplandor, ni en el apartamento había un arma de esa naturaleza. Traté de serenarme pensando en que todo había sido un descuido de la Gorda. Más aún: lo tomé como una broma macabra por parte de ella para insuflarle más deseos a nuestro postergado apareamiento vacacional. Sin embargo, un primerísimo primer plano de una manita verde y peluda girando una cerradura, insistía en torpedear las hipótesis anteriores.

Con esos pensamientos en la cabeza, me dediqué a vagabundear por el apartamento en busca de una revista o un libro que me indujera el sueño y calmara un poco mi ansiedad. Ahora que lo pienso mejor, el culpable del asunto de la caja de Etiqueta Negra fuiste tú, Federico: ¿a quién se le ocurre guardar una caja de whisky en una biblioteca?

Lo que son las cosas, aquel hallazgo inesperado y terapéutico, fue lo que me salvó de tirarme por el balcón en las noches que vendrían a continuación. Fue el señor Johnny Walker, con su añeja sabiduría, quien impidió que yo aterrizara en uno de los toldos de la piscina y tú te ganaras una severa amonestación de la junta de condominio.

Con parte de mi botín y un poco de hielo salí al balcón a ver la noche estrellada. En la marina había un yate anclado que siempre vi solitario y apocado. Aquella noche, empero, se bamboleaba con una inquietante animosidad. Al rato, una pareja salió a la cubierta. Pensé que andaban en la misma onda planetaria en la que me encontraba yo, pero el sonido de una cachetada (que la brisa marina trajo con prontitud) denunció que las cosas en el yate andaban más terrenales que siderales.

La mujer se apeó del barco sosteniéndose la mandíbula con ambas manos. El tipo, como si nada, se metió en los camarotes al tiempo que la mujer huía por el embarcadero. Poco después, el agresor, emergió de nuevo en la cubierta empuñando una botella de vodka y hurgándose en los testículos, como si ahí se le hubiera perdido un objeto valioso. Toda la escena parecía sacada de un libro de Malcolm Lowry.

Desde el balcón, yo me debatía entre no meterme en problemas ajenos o bajar en auxilio de la agredida. Mi decisión, a la postre, resultaría cómodamente cobarde pero acertada. A la media hora la mujer regresó al yate. El hombre había puesto algo de Dead Can Dance y pegaba unos brincos desacompasados en la proa. Por instantes, alternaba su danza con una patética rutina que le vi ejecutar a Marcel Marceau cuando la plaza venezolana aún era su caja chica. La reconciliación entre la pareja, si es que la hubo, apenas duró un par de minutos. Tiempo tras el cual se internaron en los camarotes y un conticinio desolador se apoderó de toda la bahía.

De pronto me invadió un cansancio extremo, no sé si producto del exceso de adrenalina o porque a la botella apenas le quedaba un par de dedos del contenido. En algún momento me arrastré hasta uno de los sofás. Al recostarme, sentí como si un anestesiólogo recién graduado hubiera exagerado la dosis y yo era la víctima de su mala praxis. Tuve un sueño extraño: siempre me ocurre cuando no me modero con el escocés. Estaba en altamar en medio de una calma chicha. Lógicamente navegaba en el yate de la pareja explosiva, pero ésta no se encontraba a bordo. En la embarcación sólo íbamos la Gorda, Robertico y yo. De repente y, sin venir a cuento, comenzamos a discutir por el control del timón. Era una discusión tonta e infantil. Privaban argumentos técnicos (o eso me pareció) que la Gorda esgrimía como un lobo de mar. Pero también el simple capricho se apoderaba de la disputa como si estuviéramos decidiendo dónde colocar un mueble en la sala. En esa andábamos cuando el cielo se puso completamente gris y un viento helado sacudió el yate como si fuera de juguete. En este punto desperté. O más bien me despertaron. Mi novia me observaba como si yo hubiese quebrado un jarrón chino. Cuando tuve más conciencia de mí mismo, noté que me encontraba tirado a una notable distancia del sofá. Tenía la botella aferrada al pecho y me faltaba un zapato, como si acabara de sufrir un accidente de tránsito.

―Moncho nos va a llevar a Isla El Saco. Apúrate ―dijo y me entregó el zapato que me faltaba.

Horas más tarde entendería que “saco” y “diablo” perfectamente podrían ser sinónimos lejanos e intercambiables. También me preocupaba la presencia de Moncho en ese paseo: ¿manejaba un taxi-peñero en sus horas libres? ¿Cuál sería su tarifa por milla náutica navegada? En todo eso pensaba mientras me arreglaba y trataba de alejar de mi cabeza esas menudencias logísticas.

No sé en qué momento de la mañana me vi embarcado en un peñero con exceso de pasajeros y pocos salvavidas. De hecho, los salvavidas lucían como objetos meramente decorativos: el de la Gorda parecía un sugerente strapless y el mío un collarín futurista. A eso había que sumarle un mar de leva, anécdotas con tiburones por parte del lanchero (que resultó ser un primo de Moncho) y un sol inclemente. Cuando al fin llegamos, toda la isla parecía hundirse bajo el peso de la típica fauna playera venezolana. Tías gordas y señoriales, maridos borrachos e insolados, patillas frías y descomunales, abuelitas diabéticas, latas de sancocho, cavas y adolescentes hormonales tapizaban cada rincón de la isla como si se tratara del último refugio atómico antes del Armagedón.

Con más voluntad que éxito, traté de hallar dos metros cuadrados dónde colocar nuestras cosas. Habíamos llegado a las doce del mediodía y eso, por supuesto, atentaba contra cualquier expectativa de sombra. Los toldos parecían exhibir un cartel que advertía que serían desocupados en el próximo quinquenio. Fue entonces que se me ocurrió una idea. Una idea que, de haber contado con el equipo de producción de Survivor, puede que hubiese funcionado.

Conseguir las cuatro estacas de madera fue una proeza menor a encontrar el sitio dónde enterrarlas. Forzosamente me vi en la necesidad de hacerlo muy cerca de los baños públicos; un lugar sospechosamente higiénico y disponible. Improvisé un toldo con mi toalla de Spiderman, que amarré a las estacas con un dudoso nudo marinero. La faena me llevó una media hora de sudoraciones y maldiciones. Cuando terminé, quise premiar mi espíritu scout en el kiosco de las cervezas. Ni siquiera había llegado al sitio cuando, con embobamiento infantil, vi como mi toldo de superhéroe alzaba vuelo de reconocimiento por toda la playa hasta amarizar, sin mucho estilo, veinte metros allende a la boya de seguridad. Una gaviota revoleteó muy cerca de la toalla que aún flotaba. Por instantes temí que el pájaro le cagara encima al hombre araña.

Cuatro cervezas más tarde me acerqué a la zona de desastre. El control de daños hacía pensar en una estampida de elefantes kenianos. Robertico le había hecho una demostración de “katá” a un amiguito y las estacas yacían desmenuzadas en la arena como prueba fehaciente de la fuerza interior del niño. Me devolví al kiosco de las cervezas.

Las siguientes cinco horas fueron de relativa tranquilidad. La Gorda socializó rápidamente con una pareja, a la que mantuvo seducida toda la tarde con su acostumbrada rutina de chistes y chascarrillos a cambio de una porción de sombra. Robertico volvió a hacer su exhibición de Katá, pero esta vez utilizó al amiguito de sparring. Yo me mantuve en el kiosco tomando cervezas y mirando como una señora con un trapo amarrado a la cabeza batía el récord de fritura de empanadas.

Antes de irnos, a madre e hijo les dio por la nota ecológica y me invitaron a una “cruzada de limpieza”. Armado con una bolsa y mucha paciencia, me di a la tarea de recolectar botellas, pañales desechables, periódicos, muñequitos de plástico, best sellers, colillas de cigarros y cosas tan improbables como unos lentes de soldador y un termómetro. En cuarenta y cinco minutos recibí todo el sol que no había tomado en la tarde y eso lo pagaría caro aquella misma noche.

Ya en el apartamento, y mientras me disponía a ducharme, la Gorda entró al baño. Me llamó la atención que se me quedara observando la espalda con una mirada inquietante. “Tú no vas a dormir esta noche”, sentenció. La frase, por supuesto, no poseía la carga erótica que yo tontamente le atribuí. Las primeras gotas de agua sobre mis hombros serían la confirmación tajante de que mi insomnio obedecería más a razones médicas que sexuales.

Apenas salí de la ducha me sentí enfermo. Era como si me hubiesen puesto a hervir en una olla junto a unos apios y unas batatas. Llamé a Moncho, quien de nuevo me garantizó que conocía una farmacia “solidaria” y cercana. Cometí el error de no decirle que sólo necesitaba un pote de Caladril y unas aspirinas. Por lo rápido que arribó, tuve la sospecha de que había mudado su base de operaciones al lobby del edificio. Montados ya en el carro, el taxista me participó que haríamos un “toque técnico” antes de ir a la farmacia.

La primera parada fue en un barrio de alta peligrosidad llamado “Las Charas”; un lugar particularmente feo y aterrador donde Moncho tenía una novia. Allí me hizo esperarlo media hora mientras arreglaba un asunto con la mujer. Luego pasamos por una licorería, después por un remate de caballos y, por último, a dejarle un paquete a un compadre. En la farmacia conseguimos aspirinas pero no Caladril. El dependiente me vendió un menjurje anaranjado que olía a aceite de hígado de bacalao. Ya de regreso al apartamento, el taxi se apagó como si lo hubieran desenchufado. Por solidaridad (desprestigiada palabra que se me pegó de Moncho), tomé la decisión de acompañar a mi taxista hasta que éste resolviera el problema con el carro. Cerca de las dos de la madrugada apareció una grúa y en ella nos fuimos Moncho, el taxi y yo. Nuestro destino, según supe a tiempo, era un estacionamiento perdido por unos arrabales que intuí lejísimo de mi destino. Previendo un infortunio más, le pedí al gruero que me dejara en una arepera que vi abierta mientras íbamos por una avenida céntrica. Moncho no quería soltar a su presa tan fácilmente y argumentó, con estudiada preocupación, que la zona era “candela”. No quise discutir con Moncho, pero después de la media hora que pasé en “Las Charas”, tuve la certeza de que aquella arepera era tan segura como el cuartel general del FBI.

El ardor en el cuerpo me obligó a aventurarme hasta los baños del local. Cuando me quité la franela y me vi la espalda en el espejo, éste me devolvió una espléndida imagen para un comercial en contra del cáncer de piel. Sin pérdida de tiempo me embadurné con el sucedáneo del Caladril y me tomé tres aspirinas. Al poco rato comencé a lamentarlo. No sé que era peor, si la piquiña que me dio desde la nuca hasta el cóccix o el ofensivo hedor de la pomada que competía con el del baño. En la barra pedí dos utilitarias arepas de salpicón de mariscos: una para mitigar el hambre in situ y la otra para despistar las narices del taxista que se atreviera a llevarme.

Cerca de la arepera había una línea de taxis. Hasta allí me acerqué contando con aprehensión el dinero que me quedaba en la cartera. Mi nuevo chofer resultó ser toda una revelación. El hombre era aficionado a Air Supply (Lost in Love era el himno del taxi), tenía buenos modales y me cobró sospechosamente barato. Esto último me animó a pedirle una tarjeta de presentación. “Hasta aquí te trajo el río, Moncho”, me dije revanchista y esperanzado cuando el taxista me entregó una tarjetica color magenta con su nombre escrito en tipografía Broadway.

No recuerdo qué hora era cuando entré al apartamento, pero estaba ansioso por compartir mi nuevo hallazgo con la Gorda. Quería darle la buena nueva de nuestra independencia del “yugo solidario” de Moncho, enterarla de que no caeríamos en bancarrota antes del término de nuestras vacaciones. Pero a la puerta de nuestra habitación lo único que le faltaba era el cartelito “Not disturb” y que le clavetearan unos listones anti huracanes contra el marco. El espíritu de Jack Nicholson volvió a rondar por mi alma pero decidí que lo mejor era dejar el asunto para el desayuno. Hay cosas que se ven más claras y en su justa dimensión cuando se está enfrente de una taza de café humeante y un par de huevos fritos.

Me apertreché con una nueva botella y me fui al cuarto de Robertico a ver si por casualidad pescaba un canal, así fuera evangélico. Cuando encendí el televisor me encontré con una noticia buena y una mala. Milagrosamente me había topado con un canal de señal abierta, pero ¿a que no adivinas qué película navideña reponían?

Fui al balcón con la secreta intención de presenciar un nuevo round entre la pareja explosiva, pero el yate ni siquiera estaba anclado en su sitio. Me fijé que la piscina también era el lugar de esparcimiento de las iguanas que poblaban la parte agreste del morro: correteaban por entre sillas y toldos, dormitaban en cónclave bajo el techo de una churuata y hasta vi, con cochina envidia, cómo un par de animales verdes se apareaban, impúdicos, cerca de unos matorrales.

Viendo aquella felicidad silvestre me dio por pensar en lo difícil que pueden llegar a ser las relaciones humanas. Supongo que entre las iguanas también son dados los conflictos de intereses, las relaciones de poder y todo ese tipo de inequidades que hacen venir a pique cualquier relación, así sea entre una pareja de lagartos. Pero en los seres humanos fatalmente se cumple aquello de que “lo que va mal seguro irá peor”. De la fórmula “intimidad, playa y whisky con agua de coco” que me recetaste antes de darme las llaves del apartamento, apenas el whisky resultó un azaroso alivio que ni siquiera contó con el bautismal exotismo del agua de coco.

El siguiente día me pilló en el balcón. Por la posición del sol y el ardor en mi cara, calculé que eran las once de la mañana. Me asomé a la piscina y vi a la Gorda y a Robertico flotar encima de una orca de hule. La ballena era grande y de expresión bobalicona. Madre e hijo cabalgaban sobre ella como si entrenaran para una función en el Sea Aquarium.

Decidí que era el momento de aclarar lo que la realidad me ofrecía como obvio. En la noche, mientras observaba a las iguanas, tuve suficiente tiempo para buscar un responsable al cual achacarle el desastre en que se habían convertido las vacaciones. No me daba cuenta de que lo ocurrido en las vacaciones tan solo era la evidencia física de un mal que tenía rato incubándose. Con terquedad ciega me empeñé en ver fantasmas culposos por todos lados. Me dio por imputarle cargos a la temperatura del aire acondicionado, a una horrenda serigrafía de Modigliani guindada en la habitación, a la textura de las sábanas, al ph de mi aliento. Cuando bajé y encaré a la Gorda, un nuevo elemento, hormonal y técnico, se sumó a mi confusión:

―Tengo síndrome pre menstrual ―dijo por todo mientras le acariciaba el lomo a la orca inflable. Luego recitó, como si acabara de “googlearlo”, algunos síntomas del padecimiento y hasta me pareció que se palpaba el vientre en aras de darle un toque veraz y pedagógico al diagnóstico.

Al apartamento subí con una duda clara. Si la Gorda hubiese dicho “post” en vez de “pre” la excusa no hubiera sonado tan flagrantemente anacrónica. Puede, incluso, que hasta unos calmantes le hubiera ido a buscar con mi nuevo taxista. El problema era que yo conocía al dedillo el ciclo menstrual de la Gorda y su pretexto sólo sirvió para caer en cuenta de que el único ciclo que estaba por terminar era el nuestro.

Producto de la tristeza tomé una decisión malcriada y onerosa: consideré que lo mejor era poner tierra de por medio y marqué, con exagerado dramatismo, el número del fan de Air Supply. Una voz, con Lonely is the night de fondo me invitó a dejar un mensaje y me deseó feliz navidad.

Moncho llegó a los diez minutos.

El terminal parecía un centro de refugiados bosnios. Los pasajes a Caracas eran una entelequia disponible para la segunda semana de enero. Cuando le pregunté a Moncho si sobre Puerto La Cruz se cernía una amenaza inminente de meteorito, el taxista me señaló con el dedo una de esas pizarras electrónicas que dan la hora y la fecha colocada encima de una taquilla. Supongo que saber que aquel día era 24 de diciembre me animó a proponerle a Moncho lo que sería el jackpot de su carrera como taxista.

Antes de emprender el viaje de regreso a Caracas quise pasar por el apartamento a terminar de recoger mis cosas. También quería saber si mi novia había reflexionado sobre lo nuestro. La Gorda no estaba pero había dejado las llaves con el vigilante del conjunto. Subí con Moncho. Instintivamente me desvié al cuarto de Robertico donde el televisor estaba encendido a lo Poltergeist. No sé por qué lo hice pero extraje el DVD del Grinch del aparato y lo guardé en su carátula. Estaba distraído leyendo la sinopsis de la película cuando Moncho entró a la habitación sosteniendo la última botella de Etiqueta Negra que quedaba en la caja.

―Te la dejaron junto con esto ―dijo y me entregó una nota escrita con la caligrafía nerviosa de la Gorda: “Love gone away and held out of season”, decía a la manera de esos poemas que se improvisan con letras magnéticas en la nevera. Hubiese preferido que me dejara una estrofa de “Sin rencor”, pero esa ridiculez sólo la pensé mucho más tarde.

Como sabes, el fin de esta historia llegaría pocos meses después de aquel diciembre, pero ese cuento ya te lo sabes de memoria y prometí no aburrirte con mis necedades. Sólo espero que me perdones lo del whisky y, por supuesto, el silencio funerario que hasta hoy guardé.

P.D: Hasta hace poco tuve la superstición de que tus apartamentos de veraneo estaban empavados. Hoy sé que eso no es así y hasta vergüenza me da el haberlo pensado.

Chico, ¿tú crees que tengas desocupado el apartamento de Venecia para finales de agosto?

 

Por Salvador Fleján |  @salvadorflejan

#DomingosDeFicción: Las cabezas de Medusa

La verdad es esquiva, juega al escondite,

se repliega si la buscas, aparece cuando menos te

lo esperas, y si intentas ignorarla se planta firme frente a ti, agitando los brazos.

 

Lucía Etxebarría

Abrió la puerta de un golpe. Llegaba tarde a su cita mensual. Desde hace un par años, los últimos viernes de cada mes a las dos de la tarde comenzaba su sesión. Nunca antes había llegado con retraso. Soltó el morral, que parecía muy pesado ese día, a un lado del sillón verde. Se dejó caer, rendida, como si cruzara una línea de meta invisible. Cerró los ojos durante algunos instantes. Sacudió la cabeza y despertó. Abrió los ojos también de golpe. Flexionó sus rodillas, apoyó los codos en ellas y juntó las palmas de las manos. Sus pies se recostaban de la falda del sillón en posición de fuga. Quería escapar, todo su cuerpo lo gritaba. Su respiración era agitada e irregular, se notaba a todas luces que la chica había dejado su careta olvidada. Una mujer extraña había traspasado aquel umbral ese viernes. Su comportamiento siempre había sido algo lacónico, si bien nunca había salido de los parámetros establecidos. Cuando por fin se tranquilizó un poco, pareció darse cuenta de que era observada, alguien esperaba una explicación.

—¿Estás bien?

—No –dijo la chica que dejaba en libertad a esa otra que la devoraba y repitió la negativa con más fuerza–. No, jamás volveré a estar bien.

—¿Qué ocurrió?

—Un final –afirmaba invadida aún por la resaca de la libertad, mientras su mano izquierda se deslizaba en busca de algo. Lo encontró, asió con fuerza aquel morral, apretando cada dedo de su puño.

—Te traeré un poco de agua con azúcar y luego me contarás qué pasó.

Regresó con el vaso de agua azucarada. La chica lo bebió casi de un sólo trago, más para calmar su sed que sus nervios. Arrugó la cara un poco a causa del resabio que le dejaba el agua en la boca. Su respiración seguía agitada y entrecortada, aunque un poco más regular. Comenzó, compulsivamente, a mover la pierna derecha y mordisquear una de las uñas de su mano. Su caparazón invisible estaba roto, algo había quebrantado su aire flemático e, incluso, descontrolaba los movimientos de su cuerpo antes gráciles, ahora torpes y confundidos. Las suelas de sus zapatos rojos seguían manchando la falda del sillón. Tal vez saldría corriendo y atravesaría la puerta y no volvería jamás. Nadie podría detenerla. Sin embargo, aquella chica no tenía otro lugar en el que refugiarse, acaso de ella misma.

Transcurridos unos minutos, la chica abrió uno de los bolsillos del morral, sacó una caja de cigarrillos y encendió uno. Siempre fumaba, unas veces menos y otras más, mientras contaba sus sueños, sus insomnios y sus duermevelas que se entremezclaban de vez en cuando.

—Una vez le conté aquél sueño recurrente, el de la casa de mis abuelos, ¿recuerda?–preguntó la chica después de un par de caladas.

—Sí, en el que tus familiares muertos volvían a la vida, ¿no?

—Ese. Intento explicarles que han muerto y que no pueden seguir en la casa de Altamira. Ellos van caminando y viviendo como si nada pasara, me ignoran, sólo sonríen un poco cuando pasan por mi costado. Es como si yo no fuera capaz de entender lo que sucede en el mundo. Son ellos los que no entienden que están muertos, ¿acaso no tengo yo la razón? ¿Acaso no me está viendo usted aquí sentada?

—Sí, indudablemente, tienes la razón. Tú estás viva, aquí sentada y ellos, según lo que me cuentas, han muerto.

—Entonces, ¿por qué siguen paseando por la casa como si sus vidas siguieran? –dijo la chica estirado cada palabra de la pregunta–. Sus vidas fueron interrumpidas por la muerte, dejaron el mundo, se fueron, estoy segura de que se fueron ya.

—Eso sólo ocurre en tus sueños; evidentemente, no es real. Quizás te advierten que debes continuar la vida sin ellos. ¿Quiénes aparecen en el sueño?

—Mi abuelo Nicolás, mi abuela Elba, la tía Pama, mi bisabuela Hermisenday otras personas que ni siquiera reconozco.

—Puede que tengas alguna tensión emocional con ellos sin resolver o que su partida te esté afectando más de lo que piensas; aunque me parece que se trata de algo familiar, probablemente te sientes muy sola sin ellos y no tienes nadie a quien recurrir. Ya hemos hablado de esa sensación de vacío, como si fuera un abismo, que has sentido antes.

—No lo creo, pero ya eso no importa. El problema es que ellos no lo entienden y, sobre todo, papá no lo entiende.

—¿Tu padre está en la casa de Altamira? –la figura del padre muerto siempre había sido un problema oscuro e, incluso, se había transformado varias veces en los dos años que llevaba la terapia.

—Claro.

—Murió hace algunos años, ¿cierto? De hecho, desde su muerte vienes a verme una vez por mes.

—Ya no lo sé.

—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?

—Ya no sé si papá está vivo o muerto. Volvió, se instaló en casa, se sentó en su sillón. Parece no entender que está muerto y que no puede permanecer con los vivos. Me atormenta, quiere estar vivo, pero no, no puede ser.

—Un momento, ¿me hablas de la casa de tu sueño?

—No, mi casa, la casa de mi madre. Trato de explicarles a todos que papá está muerto y nadie parece creerme. Lo miro a los ojos, le digo que no puede volver, me devuelve la mirada incrédulo como si hablara con una demente. No sé qué hacer o qué puede significar esto.

La chica encendió otro cigarrillo con la colilla del que, apenas, terminaba. Dio una larga bocanada. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas, pero eran lágrimas sin llanto ni gimoteo, eran lágrimas viejas y desgastadas. Dejó de hablar y se sumergió en sus pensamientos una vez más. Cualquier movimiento en falso y ella escaparía. Era evidente que algo grave había ocurrido, toda la escena tenía un sabor a definitivo, a final y, también, a pesadilla.

—¿Podrías contarme un poco más sobre estos episodios con tu padre? –interrumpió con voz suave pero firme.

—¿Qué? –Despertó la chica del letargo, giró la cabeza a ambos lados y frunció el ceño como tratando de ubicarse nuevamente–. No lo escuché, perdón.

—Tranquila, estamos los dos nada más, no pasa nada –su voz seguía como hilo musical, música de meditación o ascensor–. Quería que me contaras un poco más sobre estos episodios con tu padre.

—Mi padre, sí, él. No puedo creer que siga rondando, es insoportable que siga allí en casa –dijo apretando las mandíbulas y los dedos entrecruzados de sus manos se amorataron un poco–. Después de todo sigue allí, ¿comprende? –ante el silencio, la chica volvió a explicar–. Sigue allí de carne y hueso cuando debería estar encerrado bajo tierra. No, usted qué va a comprender. No importa.

—Puede que no comprenda, pero estás aquí por algo. Déjame ayudarte. Cuéntame lo que sucede con tu padre muerto y la casa.

—Está bien. La mayoría de los encuentros son borrosos –comenzó la chica su relato después de un gran suspiro de resignación–, aunque esta última semana fue la peor, inaguantable. No sólo lo veía deambulando por la casa, sino que mi madre también parecía verlo y le hablaba y lo tocaba. Varias veces intentó tocarme hasta que no pude más escapar de sus manos. No eran las manos de un fantasma, estaban calientes, vivas, pulsantes. Yo fui al funeral de mi papá, yo firmé el permiso para que lo metieran en un horno. Estaba muerto con su pijama en un ataúd de madera. Se fue. No puede regresar, ¿cierto?

—Si está muerto no creo que regresara. Tenemos que descubrir qué está pasando. ¿Quieres que llame a tu mamá? Pienso que ella podría ayudarnos.

—No, ella jamás lo va a comprender, es parte de todo esto. Siempre lo ha sido. No sé cómo explicárselo, ella se ciega ante él, siempre le ha creído. Esta vez no va a ser diferente.

—Muy bien, no la llamaremos. Quiero ayudarte, pero no puedo hacerlo sin saber qué ocurrió y por qué llegaste así a mi consulta –la voz cobró vida, la curiosidad termina por preñarlos a todos.

—Sé que no tengo salida. Tampoco quiero una. Necesito, sólo necesito, que me ayude a saber dónde estoy.

—Siempre existen salidas.

—No como usted las imagina. Mi salida es saber la verdad. Nadie puede decirme la verdad por eso lo hice, era la única manera de saberlo con certeza.

—¿A qué te refieres?

—No recuerdo perfectamente, como todo estas últimas semanas eso también es difuso –se cuestionó intensamente si debía seguir o pararse de aquel sillón y correr con su morral hasta el fin del mundo o hasta que alguien la detuviera. Después de un silencio eterno que duró un segundo, tomó aire, apagó el cigarrillo que casi le quemaba los dedos y exhaló hasta que sintió que era el fin del mundo. Había recorrido un largo camino de vidrios molidos que habían destrozado sus pies. No podía correr más.

—Vamos a respirar un poco, ¿si? Suelta el morral –acercó su mano al morral.

—¡No! –gritó y apartó el morral lo más lejos que pudo, no era el momento aún.

—Tranquila. Vamos a hacerlo como tú quieras. Sólo necesito que te relajes para que me puedas contar qué pasó.

Sacó el quinto cigarrillo de la caja, puso el encendedor en posición pero sus dedos no pudieron accionarlo para hacer salir la llama. Otro intento. Falló. Escupió el cigarrillo y tiró el encendedor.

—Déjame hacerlo a mí. No te preocupes.

La chica sentía alivio cuando las bocanadas de humo sustituían a las de oxígeno, era una forma sutil de desafiar a la vida y engañar a la muerte. No sabía de qué se trataba la vida, tal vez porque era muy joven para saberlo o, tal vez, porque ya no sabía distinguir los límites entre la vida y esa otra cosa que llamamos muerte que no es más que el cúmulo de aquello que no somos ni llegaremos a ser. Para ella sólo se trataba de denominaciones caprichosas. La chica podía estirar un poco sus manos y tocar el vacío, aunque primero tenía que resolver aquello que la ataba a esta realidad o a la otra. Abrió el puño izquierdo de otro golpe.

—Estaba en lo que creo era mi cuarto cuando escuché la voz de mi papá pronunciar mi nombre. Lucía. Me negaba a responder a un llamado que no podía estar ocurriendo. Por más que intenté tapar mis oídos con la música a todo volumen seguía escuchando Lucía, ven, carajo. Entonces mi mamá intervino. Juntos me llamaban, me atormentaban. Desperté. Todo estaba tranquilo de nuevo. Un sueño, otro sueño, maldito sueño. Escuché el sonido del televisor en el cuarto de mis padres, seguramente mamá lo habría dejado encendido mientras preparaba el almuerzo. Olía a carne grillito, la carne mechada seca con ajo que preparaba mi mamá para complacerlo y que yo aborrecía. Me levanté de la cama y me asomé en el cuarto para apagar el televisor. Sus pies estaban en ángulo casi recto, el control remoto sobre su barriga subía y bajaba, veía las noticias del mediodía como siempre. Traté de no hacer ruido, volví sobre mis pasos y me refugié de nuevo en mi habitación. No quería volver a explicárselo –mordió sus labios tan fuerte que una gota de sangre brotó de su labio inferior, al saborear el metal pasó la lengua, detuvo su relato y limpió su herida, pensó en lo fácil que es limpiar las heridas de cuerpo–.  Recuerdo haberme quedado dormida. No sé cuánto tiempo pasó. Me levanté y fui por un vaso de agua a la cocina. Otra vez estaba sucediendo, no paraba, él estaba sentado en el sofá jugando con el perro. Le grité ¿Por qué no te vas al inferno y nos dejas en paz? Finalmente lo había logrado, yo era la invisible, yo era la excluida del mundo y él reinaba de nuevo.

—Creo que se trata simplemente de una confusión, estamos aquí, no existe más realidad que ésta.

—Me gustaría creerle –resolló la chica deformando sus labios.

—No tiene sentido que creas otra cosa diferente a la que digo. A veces deseamos escapar tanto de nuestros problemas o de las situaciones que no podemos remediar que llegamos a crear otras realidades.

—No. No me entiende. Yo no me estoy escapando de nada, precisamente me cansé de escapar. No sé si esto que está pasando es real, tampoco sé si lo que hice es real. La única manera de saber en dónde estoy era esa.

—¿De qué hablas? ¿Qué hiciste?

—Respóndame primero y luego podrá hacer lo que quiera conmigo, me basta saber en dónde estoy, lo demás ya dejó de importarme. Llame a mi mamá, a la policía o a quien quiera.

—Estás en tu sesión de terapia.

—No. No me refiero al espacio que ocupo en esta realidad. Tenga, ábralo y entenderá.

La chica colocó el morral frente al sillón verde. Se apartó, dejándose caer hasta casi llenar el sillón con su cuerpo. Sus brazos y piernas se estiraron. Respiró oxígeno, se llenó por primera vez de oxígeno sin temor desde que entró.

—¿Qué encontraré si lo abro?

—No lo sé, precisamente vine hasta aquí para que usted me lo dijera, pues dejé de creerle a mis ojos, a mis oídos y a mis manos. Dígame, ¿qué hay en el morral?

Abrió el morral de golpe. No le quedaban más caminos entre la curiosidad y la terapia.

Todos los sentidos se le agolparon en la boca en forma de un vomito que le quemaba desde el esófago hasta la lengua. Soltó el morral, trató de echarlo lo más lejos que pudo. Vomitó en el piso, no logró contenerse.

—¿Qué hay? Dígame, por favor.

—Coño, sabes bien qué hay. La cabeza de un hombre.

La chica volvió a respirar.

—Mi padre…

 

Por Olga Colmenares Morett

 

#DomingosDeFicción: Al principio fue una idea

Primero te regodeaste en las imágenes, en el morbo del detalle, en la corrección del encuadre, en la repetición al antojo, en el plano general del voyeur. Entonces el placer te llevó a matar el apremio de tu entrepierna con sacudidas de bomba de achicar. Allí, encerrado en el baño, mientras en el cuarto de al lado tu madre, depresiva, inerte, miraba sin mirar un programa de televisión lleno de colores epilépticos y sonrisas comerciales.

Después, cuando volviste a tierra, te asustaste, el pánico atacó tus venas. Te viste monstruoso, infernal, delirante, haciendo lo mismo frente a un cuerpo real, abierto, rojo vehemente y lleno de vísceras y excrementos.

Durante días luchaste contra tu oscuridad iluminada y una mañana te descubriste yendo tras ella. En algún momento tus pies se negaron a seguir, el impulso batalló en tu pecho, pero el ansia te exprimió los genitales y ya estabas de nuevo siguiéndole los pasos y diciéndote que no importaba, qué solo querías sentir el bullir de la sangre, el control, el silencio, la excitación del ángulo furtivo.

Era una muchacha triste, regordeta, con cara de que cargaba un saco de piedras. Su rostro era esquivo, desdibujado, y su mirada ocultaba alguna vergüenza cenagosa.

Y tú, que te habías leído todos esos libros y visto todas esas películas de horror, creías conocer a la perfección los vericuetos del arte de matar. ¿Por qué no aventurarse? Total, no ibas a llegar hasta al final.

Ese primer día fuiste torpe y ella se dio cuenta. ¡Qué cara de vaca estúpida puso! Apuró la caminata hacia la puerta de la oficina, gimiendo, balbuceando. Demasiado estúpida, demasiado vaca. ¿Por qué reaccionó así? ¿Acaso de verdad parecías un loco, un asesino en serie? ¿Pero quién carrizos sabe cómo luce un asesino en serie?

No, no eras tú. Era ella, ella y sus profundos temores, ella demasiado estúpida, demasiado vaca. La odiaste, y ese odio terminó de impulsarte. Pero también la amabas. Adorabas sus mejillas fofas, sus párpados caídos, su palidez  de muerte y sus senos enormes. ¡Oh, era el frenesí! Tenías que perseguirla, hundirte en su vida lamentable, leer su mente, espiar sus tetas cada vez que ella saliera a la calle.

No dejaste que te volviera a ver. Supiste de la distancia ideal, de las calles paralelas, de la perfección del disfraz, de las falsas cadencias al andar y de los caminos que desembocaban en la ruta de la sierva. Aprendiste a pegarte a las paredes, a convertirte en sombra entre las sombras. Anotaste sus horarios y tus pensamientos en letra menuda y apretada en tu pequeña libreta, esa maldita libreta…

Temprano en la mañana, la vaca salía del apartamento de enfrente rumbo a su trabajo, y tú te ibas tras ella, atravesando el caos del centro, esa bestia deforme que alguna vez fue tan pequeña y que luego creció como una alucinación, como una pesadilla laberíntica.

La vaca caminaba hasta el metro de Capitolio, subía al tren y llegaba hasta la estación Parque del Este. Allí seguía por Sebucán, un erial de concreto que hace tiempo dejó de ser una urbanización de calles tranquilas y rostros conocidos para convertirse en una maraña de conductos donde vehículos a motor eyaculan furia y anonimia.

El viaje finalizaba en la avenida Miguel Otero Silva, en la quinta El Ocumito, una productora de contenidos para televisión donde ella trabajaba de secretaria. Era una casa grande, blanca y antigua como un animal viejo y cansado que reposaba sus últimos años con desgano parapléjico. Ella y la casa se parecían. La casa era como una vaca gigante. Demasiado vacas las dos.

Tu hipotética víctima almorzaba en el sitio. Así que te ibas a pagar la luz, el teléfono, a comprar verduras, a sacar alguna platica del banco o a comprar novelas de misterio bajo el puente de la avenida de las Fuerzas Armadas o en La Gran Pulpería del Libro en Chacaíto. Luego, volvías a casa. Comías al tiempo que tu madre te recitaba sus dolorosos reclamos. Hijo hijito, estoy enferma, hijo hijito, si tu padre no hubiese muerto, hijo hijito, te necesito cerca. Tú sorbías la sopa y no decías nada, ni siquiera mirabas a los ojos a la mujer que te parió. Después te ibas al cuarto a leer, a ver televisión, a encerrarte, a huir de tu madrecita. Más tarde te preparabas para salir y ella, aún sin acostumbrarse a tu nueva rutina, te gritaba, te gritaba poseída por una histeria inusitada y llena de fuerza, te gritaba no salgas, la calle es peligrosa, no me dejes tanto tiempo sola, sabes que estoy enferma, hijo hijito, no me dejes, no me dejes…

Tú protestabas, y también reventabas en gritos, te tapabas lo oídos y te largabas aullando improperios.

En el camino retomabas la calma, pensando que pronto ibas a ver a tu vaca de senos portentosos. Imaginabas su aureola rosada y generosa, su pezón pequeño y suave mientras te la tocabas, apretabas, amasabas por encima del pantalón, al fondo del autobús, los ojos desorbitados, ajeno al mundo.

Llegabas media hora antes. Ella salía entre las seis y seis y cuarto. A veces hacía compras en un mercadito cercano. Tú la seguías a una distancia estratégica, y anotabas, anotabas con letra apretada, con letra de hormiga esquizoide en tu pequeña libreta. ¡Ah, la estúpida libreta! Si en alguna parte hubieras anotado que todo era una farsa, que no eras capaz. Pero no, esa libreta era tu juego, tu ficción, tu literatura. ¡Cuán peligrosa puede ser la escritura!

La vaca salía del mercado, y tú anotabas, se montaba en el vagón, y anotabas, caminaba apresurada a través de la noche recién nacida, y anotabas, llegaba a su edificio, y anotabas, y después te ibas corriendo a casa, y en tu cuarto achicabas, imaginando las acciones que te conferían un poder que nunca fue tuyo. Pero la cobardía no te sirvió de nada. Porque ahora todos piensan que la asesinaste…

Si tan solo te hubieran dejado explicar que tú no fuiste, que bueno… que estuviste detrás de ella durante meses, es verdad, y que, aunque la libreta demuestre lo contrario, era solo un juego; raro sí, retorcido, limítrofe con la locura, pero irreal y tan débil como tu espíritu.

Si solo les hubieras podido contar que esa noche, como todas las noches, andabas tras ella, pero que de pronto, allí, en la callecita que llevaba al edificio, allí frente a ti y sobre la espalda de la vaca, apareció una sombra, una presencia infernal que se hizo del cuerpo rollizo y que desde sus ojos de locura amarilla te anunció la llegada de la muerte. Sí, tú viste cómo la sombra degolló a la vaca y cómo la arrastró hacia al contenedor de basura; tú presenciaste todo aquello y luego saliste corriendo, y en alguna parte se te cayó la libreta, la maldita libreta que luego encontraron los cazadores.

¿Por qué tuviste que huir, por qué tuviste que ser tan descuidado? Tenías que haberte quedado allí, sereno, satisfecho. ¿Acaso creíste que podías pasar inadvertido, que era posible convertirse en una colilla de cigarrillo abandonada en cualquier acera? Pues no, la ciudad no es lo que parece. Caracas es en realidad pequeña, miserable, evidente; su grandor es apenas un simulacro de espejos, triste parapeto donde los cazadores saben encontrar a los pobres locos desesperados, a los pobres tontos que pagan por crímenes que no cometieron.

Y tú saliste a decirles que no fuiste, a hablarles del juego, de las falsas anotaciones de la libreta, a explicarles que todo era literatura, a contarles de la sombra, de la avidez amarilla en los ojos de la sombra. Pero lo hiciste mal, saliste como loco furioso, te lanzaste contra ellos, atropellando las palabras, y ellos te gritaron que te detuvieras, que te arrodillaras, que subieras las manos. Pero no lo hiciste, y tuvieron que dispararte al pecho y luego a la cabeza, para tumbarte, para detenerte, porque tú seguías, no parabas, querías explicarles, querías hacerles entender, hasta que por fin caíste, ya sin palabras, ya sin vida.

¡Qué falsas ilusiones me hice! Pensé que comprenderías, pensé que te ibas a alegrar cuando supieras que yo había estado jugando tu juego desde el principio, que te contentarías, como cuando eras niño, como cuando jugábamos a los médicos y abríamos sapos, como cuando colgábamos gatos de los tendederos, como cuando le dimos su merecido a aquel niño que te molestaba con sus burlas.

Sí, pensé que te contentarías al ver por fin destripada a esa estúpida vaca que nunca te iba a hacer feliz… pero no, no me reconociste y te fuiste, lejos, lejos de mí, hijo hijito, lejos de tu madre, de tu madrecita que siempre supo lo que era mejor para ti…

 

Por Fedosy Santaella@Fedosy

*este relato pertenece al libro Piedras lunares

#DomingosDeFicción: El suéter

En aquellos tiempos estaba de moda regalar a amigos y novios bufandas y suéteres tejidos por nosotras mismas. Llevábamos nuestras labores a todas partes, hasta al cine, sin hablar del liceo donde tejíamos en los recreos sentadas sobre los pupitres y, durante las clases, con las manos escondidas debajo de ellos. Tejer tranquiliza la mente, dicen. Puede ser una ocupación terapéutica. También puede ser una pasión. Lo fue para mí cuando estaba trabajando en aquel suéter confeccionado con la lana más cara que había, gruesa y suave, color gris azulado matizado de verde como los ojos de aquel muchacho a quien iba a regalarlo. Se llamaba Uri.

Mi amiga Sigal, la que sabía tejer mejor que yo, y, en general, sabía más que yo de todas las cosas de la vida, no me había enseñado tan solo el punto de espiga y de arroz doble que mejoraban la textura del tejido; también me mostró cómo incorporar en él un hechizo amoroso para el destinatario de la labor. Siempre sentí algo mágico en el proceso con el que el hilo, un simple hilo de lana, sale de un ovillo y se transforma en una bufanda o un suéter: objeto que tiene forma, textura y sentido, surgido desde la nada por el mero efecto de enlace y continuidades. Pero la magia de Sigal iba más lejos. Se trataba de un punto secreto que había que anudar cada siete hileras al principio o al final de aquellas (donde quedaría oculto cerca de la costura), mientras se recitaba las palabras rituales con los ojos cerrados, invocando la imagen del amado para asegurar la eficacia del encantamiento. Un juego estupendo para las tardes de chismorreo, risas y confidencias entre dos buenas amigas.

El punto mágico se lo había enseñado a Sigal la vieja judía armenia que leía el futuro en la borra del café, en una de esas casas destartaladas que aún pervivían en la calle al borde del mar; y ambas lo practicábamos en nuestras deliciosas tardes de hacer las tareas y tejer, en parte creyendo en él y en parte pretendiendo que creíamos, para no estropear el hechizo. El resultado era infalible, aseguraba Sigal que ya lo había experimentado con sus dos empates previos al que se proponía conquistar al tejer su nuevo suéter, mientras recitaba cada siete hileras las palabras del hechizo:

bruja, soy bruja

hilo y aguja

y mi punto encantado

te mantiene amarrado

No eran exactamente ésas las palabras pero tenían la misma simpleza y la misma tonada de una copla infantil. Tal vez sea el momento para aclarar que las palabras eran en hebreo y que estábamos en Israel, en la inimaginable lejanía de los años sesenta. Pero esa precisión no es relevante ya que esa historia podría pasar en cualquier tiempo y lugar donde dos adolescentes tejen, canturrean, recitan encantamientos y se desternillan de risa. Yo le seguía el juego a Sigal. Sospechaba que la cosa le había funcionado porque nunca estuvo realmente enamorada de ninguno de esos novios y no conocía la paralizante vulnerabilidad que me causaba Uri con la sola mirada de sus ojos grises cuando se posaban en mí. La atraían los chicos guapos y superiores –seres simples lanzados hacia el éxito social como una flecha–, los que eran objeto de deseo de todas pero salían solo con aquellas que poseían los mismos atributos y, por ende, realzaban su propia popularidad. Uri no entraba en esa categoría: era más bien huraño, sin vocación de liderazgo, no formaba parte de ninguna organización juvenil y rehuía las fiestas. Hablaba poco, su mirada no transmitía seguridad en sí mismo sino una suerte de reflexiva ternura, y algunas veces lo habíamos pillado leyendo libros durante el recreo en un rincón apartado del patio. En realidad me fijé en él porque lo había pillado también mirándome como nunca nadie lo había hecho, y de pronto todas esas debilidades que lo desviaban del perfil de un novio ideal se volvieron tesoros ocultos. A mis dieciséis años, lo que sentía significaba estar enamorada aunque no sé si de verdad amaba a ese chico: me enloquecía la capacidad romántica que adivinaba en él, mi conmoción se debía al dulce veneno del reflejo. Contaba las hileras del tejido de siete en siete, cerraba los ojos y anudaba el punto encantado repitiendo bruja, soy bruja, hilo y aguja, pidiendo el único deseo de existir en los ojos y en la mente de alguien que yo presentía capaz, más que nadie en mi entorno juvenil, de sentir una verdadera pasión y saber expresarla. Enamórate de mí, Uri, susurraba, presintiendo lo maravilloso que sería eso. Y luego encontraba la mirada cómplice de Sigal y ambas nos echábamos a reír como un par de posesas.

El hechizo no falló: el día en que Uri se puso por primera vez el suéter que tejí para él me invitó al cine. No recuerdo qué película vimos, o en realidad, no vimos, ya que no dejamos de mirarnos a los ojos que brillaban en la oscuridad de la sala. A mitad de la función tomó mi mano y no la soltó más hasta que nos separamos en la entrada de mi edificio. La noche siguiente me pidió el empate y le dije que sí. Nos besamos en un banco del parque cercano y fue la primera vez cuando la boca de un chico parecía cumplir las promesas de todos los besos que se daban –generalmente al final– de las novelas y de las películas, ya que todas mis experiencias previas a esa habían sido un desastre. Solo a Sigal le había revelado mi temor a ser frígida, mi falta de respuesta y hasta el asco que me causaban esos alientos y salivas ajenas, esas lenguas-moluscos que pujaban por entrar a mi boca. Ya llegará tu príncipe encantado, me prometía, gentil, condescendiente conmigo, ella, que aún era virgen pero estaba a kilómetros delante de mí en el camino de las experiencias sexuales.

Y mi príncipe llegó. Salíamos cada día después de las clases, nos besábamos en otros bancos y en otros parques, hablábamos sin cesar de nuestras circunstancias, de los estudios, de libros y películas, de la vida, de la muerte y del amor, y todos los temas venían a encallar tarde o temprano en el milagro que era el nuestro. Fue mi primer amante –con lo que de un salto dejé atrás a Sigal con toda su cautelosa experiencia– y no tengo duda de que en esa época estaba enamorado de mí. Y, sin embargo, al recordarlo no tengo la impresión de haberlo conocido realmente; era como si su verdadero ser permaneciera a resguardo de mí y de todos. Nunca encontré nada en esas profundidades inasibles que dejaba presentir su mirada. Tal vez no había nada que buscar, pero Uri tenía la peligrosa cualidad de permanecer esquivo y dejar que lo inventaras.

Pasó el mes de enero, y luego febrero. Nos envolvían las lluvias del invierno y mi novio no se quitaba el suéter. Y mi punto encantado / te mantiene amarrado, canturreaba Sigal, mientras que yo, arropada en los brazos color gris azulado y textura arroz doble sonreía, segura de que el ridículo juego del tejido encantado nunca me había hecho falta. Uri y yo éramos tan compatibles, tan dados a enamorarnos y tan hechizados por nosotros mismos que no podía ser de otra manera.

No obstante, todo ese embrujo se deshizo como un tejido de lana cuando se separan sus hilos. Vino el asueto de Pesaj. Él era hijo de divorciados, y su madre que vivía en Estados Unidos aprovechó para enviarle un pasaje para Filadelfia. Lo retuvo a su lado durante la larga huelga de profesores y maestros de secundaria que arrancó después, dejando a los alumnos colgados en el limbo en que casi perdimos el año. A finales de mayo se reanudaron las clases pero Uri no volvió: su madre estaba enferma y tuvo que quedarse con ella. Luego vinieron las vacaciones de verano. Yo lo extrañaba de lejos, mientras las semanas se convertían en meses y sus cartas, al igual que las mías, se hacían escasas en una progresiva resignación a lo inevitable. Nuestra separación fue suave como la mirada de Uri que parecía acariciar todas las heridas en su reflexiva ternura.

Tampoco volvió al inicio del nuevo año escolar, o eso fue lo que creí. Y lo seguiría creyendo, olvidándome poco a poco de él, si en la siguiente primavera no me hubiera topado con esa chica durante una excursión al Sur en la que participaban varios liceos. Era una flamante pelirroja que estudiaba en la secundaria Aliance, y no sé si era hermosa, pero ciertamente especial: había algo en la extrema fragilidad de su silueta en contraste con el volumen de su larga cabellera ensortijada que atraía las miradas como un imán. Y algo más atrajo la mía: hacía frío al anochecer en la cuenca del Mar Muerto, y Liora –aún no sabía que se llamaba así–  llevaba un suéter color gris azulado que resaltaba el tono rojizo de sus rizos. Sus manos se perdían en las mangas, porque era un suéter demasiado grande para ella, un suéter de hombre, igual al que yo había tejido el año anterior para Uri.

No: no era un suéter igual. Era ese suéter.

Hasta ese momento nuestra lenta ruptura, nunca confirmada oficialmente, me había dejado la melancólica felicidad de haber vivido aquel romance mezclada con residuos del dolor, siempre pospuesto por los retos de lo cotidiano, y hasta un soterrado alivio de sentirme libre para seguir experimentando, ya que –sin importar cuánto lo hubiese querido– la idea de quedarme para siempre con el primer amor no cabía en mi visión de la vida. Pero ver el suéter fue recibir una cuchillada directa al corazón que despertó a la realidad de un indecible sufrimiento. Azuzada por las dentelladas de los celos, seguí disimuladamente a la pelirroja hasta los predios donde acampaban los alumnos de Aliance. Y allí estaba mi novio –¿debería decir ex novio?– dedicado a armar una fogata. Se frotaba las manos por culpa del frío y la chica se las cubrió con las suyas dentro de las mangas de mi suéter y se las llevó a la boca para calentarlas con su aliento. Vi como él apartó el cabello rojizo de su rostro y la besó. Vi –o más bien pude imaginarme– cómo la miraba, mientras las escenas del año anterior me asaltaban como una manada de lobos.

Detenida a prudente distancia espié un rato a la pareja y seguí esa vez a Uri cuando se alejó de los demás en busca de más ramas para la fogata. Mis gestos habían adquirido la sinuosidad de una serpiente, de modo que solo reparó en mí cuando le corté el camino. Me reconoció antes de que me quitara la capucha.

—Hola, Edna.

No parecía sorprendido.

—Así que no estás en Estados Unidos –dije–. Volviste. Estás estudiando en Aliance.

—Ya lo ves.

—No sabía nada. Ni siquiera me avisaste.

 Tras un corto silencio, contestó:

—¿Qué te puedo decir?

 La respuesta universal de los cobardes cuando no queda ninguna forma de justificar lo injustificable, ninguna mentira posible. No estaba avergonzado, solo me miraba de esa manera suya y, lo que antes había para mí en esos ojos grises matizados de azul, ahora no estaba en ellos. Podía conformarme –ya me había conformado, de hecho– con la ausencia de Uri mientras medio planeta nos separara, pero tenerlo enfrente mirándome tan calmado y razonable era demasiado doloroso. Era insoportable. Las lágrimas se agolparon con gusto a sal en mi garganta y la enormidad de todo lo que podría y debería decirle me sofocó de modo tal, que solo pude pronunciar el reproche más irrelevante:

 —Le diste mi suéter a otra.

Sonrió:

—Se llama Liora. Se lo presté porque hace frío. ¿Quién esperaba que hiciera frío al borde del Mar Muerto?

 —No debiste hacerlo, Uri. No puedes dar mi suéter a nadie. Era un regalo de amor.

Me siguió mirando con esa ternura dedicada al universo entero pero ya no a mí, y callaba como lo recordaba callar, como si cavilara en decirme o no la verdad. Resolvió que sí:

 —Lo recuerdo. Era un regalo de amor, lo sé muy bien. Por eso se lo di a Liora. Ahora la amo a ella.

Giré sobre mis talones y hui. Me aniquiló la brutal franqueza de sus palabras, la total seguridad con la que afirmaba sin muestras de culpa su derecho de amar o dejar de amar a quién le diera la real gana, la falta de cualquier lealtad moral con los sentimientos vividos y profesados antes de los actuales. Pero más que nada me afectó lo que dijo del suéter, mi regalo de amor: por eso se lo di a ella. Era diabólico cómo en pocas palabras separó el amor de mi persona pero no del objeto que le regalé, como si reconociese su poder de transmitirlo.

Por eso se lo di a ella. Por eso. Por eso.

Sería largo de contar cómo busqué a Sigal y le reporté lo sucedido, cómo le pregunté si la vieja de la casa al borde del mar le había enseñado otro hechizo; sería largo de contar cómo se burló de mí pero me prestó la tijera que siempre llevaba en su bolsa de labor, porque Sigal no dejó de tejer ni siquiera durante esos tres días de excursión. No existía otro hechizo, solo tocaba deshacer el primero que me tenía atrapada aunque ya no a él: por eso ella había recuperado hacía poco uno de sus suéteres de uno de sus ex novios y lo convirtió de nuevo en ovillos de lana.

Tampoco quiero describir la noche que pasamos al borde del Mar Muerto, y cómo atravesé la extensión de sombras entre los troncos deformes de los olivos hasta el campamento de Aliance donde figuras temblorosas asaban papas, hablaban y se reían en el aire perturbado por la fogata, y me mezclé con ellos al abrigo de mi capucha, forzando los ojos en el humo hasta ubicar la llamativa cabellera de Liora apoyada sobre el hombro de Uri; ni cómo llegué a acercarme a ellos cuando del fuego ya solo quedaban las ascuas y los últimos excursionistas habían dejado de cuchichear en sus sacos de dormir. Estábamos en el sitio más bajo del planeta: el aire tenía peso, la mera oscuridad pesaba en su engañoso silencio que nunca es tal en la naturaleza, pero allí la naturaleza se reducía a la tierra seca bajo mis pies y a la terquedad torcida de los olivos. Yo sudaba aunque no hacía calor; el sudor era pura sal en mi boca y ardía en los ojos. El dolor de los celos también ardía; y también tenía peso. Sabía que él no se despertaría: conocía su sueño. Ella podía ser un problema. Dormía de espaldas, el brazo izquierdo doblado bajo la nuca, y tan solo la débil luz de las estrellas destacaba sus largas pestañas, la delicadeza de los párpados cerrados y del fino cuello echado hacia atrás. Sentí el vértigo de las sombras mientras me inclinaba sobre ella con la tijera en la mano. Pero tal es el poder de cierta belleza que mi odio se deshizo en el deseo de su fragilidad, de ser como ella, de ser ella…, en un incomprensible deseo de protegerla. No la odiaba; lo odiaba a él. Deseaba que se muriera. Necesitaba deshacer el hechizo, quitarle el poder que tenía sobre mí, sobre nosotras dos.

Mi suéter era tan grande y holgado sobre el esbelto cuerpo de Liora que no tuve problema en introducir la punta de la tijera debajo de la manga cerca de la costura, empeñada en cortar de un solo tajo (el coraje no me dio para más) el mayor número de hileras posible y dos, tres o cuatro de mis puntos encantados, para destruirlos.

Nadie despertó, nadie me vio, nadie supo lo que hice.

No recuerdo casi nada de la empinada subida del día siguiente camino a Ein Guedi, solo el pánico y los gritos al ocurrir el accidente: un alumno de Aliance cayó al barranco que tenía más de treinta metros en ese preciso lugar.

Su novia pelirroja, en un estado de shock, repetía con los labios blancos que había sido culpa suya, porque él le estaba ayudando a ella cuando resbaló… que le estaba ayudando a  desenganchar el suéter. Todavía lo llevaba amarrado alrededor de la cintura, gris azulado y roto, y arrugadas líneas de lana lo unían a la manga que colgaba, descosida por el tirón sobre los hilos sueltos que el viento había desprendido del tejido y enredado en un cactus entre las rocas, apenas un paso o dos más allá del sendero.

Y eso es lo que queda en mis pesadillas. No es ella  –ya ni siquiera él–  sino el suéter deshecho, y el pequeño árbol endeble que ciertamente no era un olivo, y esa cicatriz fresca que llora un líquido vegetal en el sitio donde había estado la rama de la que se agarró Uri para liberar unos hilos de lana, atrapados entre las espinas.

Noviembre, 2014

 

Por Krina Ber

*Este relato forma parte del libro La hora perdida (editorial Ígneo / 2014).

#DomingosDeFicción: Piedras en El Calvario

Éramos tres y nos la pasábamos caminando por toda la avenida San Martín. Desde la plaza O’Leary, avanzando por la esquina de Angelitos, Capuchinos –donde estaba nuestro colegio– y la Maternidad Concepción Palacios, hasta llegar a Artigas, al nivel del Centro Comercial Los Molinos. Ahí dábamos la vuelta y recorríamos el trecho de nuevo. Éramos un grupo bullicioso, que ocupaba más espacio del que deberían hacerlo tres preadolescentes flacuchentos. Entrábamos a las quincallerías de los chinos, revolvíamos sus cestas y estanterías sin comprar nada; luego los insultábamos y salíamos corriendo. Tomábamos los periódicos de los kioscos y los hacíamos volar por los aires, pateábamos perros en la calle, les gritábamos obscenidades a los conductores de los carros que transitaban por la avenida. Una vez llegábamos a Los Molinos, pasábamos un rato jugando maquinitas en algún establecimiento especializado –servicio que rara vez pagábamos. Luego podíamos rematar la jornada montándonos en una camioneta, pidiendo dinero para un compañero de clases que estaba muy enfermo y que necesitaba de la encarecida ayuda económica de ustedes, señores pasajeros, para poder recuperarse porque su madre, pobrecita ella, con seis hijos, un trabajo inestable y ningún marido que la apoye, no puede costear los gastos de una enfermedad tan despiadada como la que nuestro buen amigo sufre. Yo escribía el guion, porque tenía un poco más de habilidad con las palabras, mientras que Mauricio y Cristian lo ponían en escena, cosa que se les daba mejor a ellos.

No éramos peligrosos, pero sí fastidiosos. En la escuela, estoy seguro de que estuvieron a punto de bautizar la oficina de la dirección con nuestros nombres. No había manera de que pasáramos una semana sin ir hasta allá. Habíamos hecho un pacto de sangre –en un recreo, encerrados en el baño, nos habíamos cortado las yemas de los dedos índices con una navaja que Cristian le había quitado a su papá y habíamos unido nuestras gotas de líquido rojo en una poceta que bajamos con solemnidad religiosa a modo de cierre de nuestro trato. La regla principal de aquel contrato consistía en siempre declararnos culpables de cualquier fechoría a la que acusaran a alguno de nosotros, así fuera uno solo el responsable. Si Mauricio había incendiado una de las papeleras del patio por su cuenta, cuando la Directora o la Coordinadora iban al salón a preguntar qué había pasado –porque ya sabían que tenían que ir directo a nuestro salón–, los tres nos levantábamos al tiempo y declarábamos nuestra participación en el crimen. Ellas sabían que era imposible que siempre los tres estuviéramos implicados, pero no podían hacer más que castigarnos a todos.

Las primeras veces, hice que mamá perdiera la paciencia. Yo nunca había sido un muchacho problemático, todo lo contrario. Siempre había sido un hijo ejemplar, tranquilo, estudioso y cariñoso. Uno de esos niños que la gente ve en la calle y piensa “le hace falta que esa mamá lo suelte más”, con el atenuante de que yo era así por cuenta propia, no por presión materna, aunque ella tampoco se quejaba de la situación. Por eso, cuando empezó a notar el cambio en la dinámica de mi grupo de amigos, comenzó a preocuparse. Con el tiempo se fue calmando, entendiendo que si bien me metía en actividades que podían resultar revoltosas, no estaba haciendo un daño real a nadie. Sí me advirtió un par de veces que tuviera cuidado con lo que inventaban mis compañeros, que no tenía que decir que sí a todo lo que propusieran y que, más importante todavía, no tenía que culpabilizarme por algo grave que ellos hubieran cometido, que podían vérselas solos. Porque una de las razones por las cuales adoptamos la estrategia de culparnos a todos de lo que sucedía era que los profesores me tenían en buena estima. Por lo tanto, cuando me veían entrar a la dirección, bajaban las defensas, diluían el tono del regaño y disminuían la severidad del castigo.

El asunto era que yo también quería ser rebelde como ellos, pero en mis genes no había venido esa carga de información. Todos habíamos entrado juntos al colegio en el primer grado. Nos conocimos en las primeras semanas de clases y desde ese momento fuimos inseparables. En ese primer año, no había tantos indicios serios de malicia a la vista, pero tan pronto fuimos creciendo las burlas se fueron haciendo más fuertes, las bromas se hicieron más pesadas, los actos de vandalismo dentro de la escuela se tornaron más subversivos y las aventuras extracurriculares cada vez más peligrosas. Para mí todo fue evolucionando más rápido de lo que podía captar y de pronto me vi dentro de un grupo de gamberros que de un momento a otro podían destruir el salón, el colegio, la cuadra, la parroquia entera y yo quedaría retratado en esa foto, pisando el escudo de la escuela con una expresión a medio camino entre el temor, el desconcierto y la satisfacción de poder hacer algo fuera de mi zona de comodidad. Lo más complicado del caso era que aquellos eran unos gamberros de corazón enorme, de un sentido de la amistad que superaba cualquier otro nexo entre personas que hubiera conocido jamás. Lo que le pasaba a uno, le pasaba a todos y lo que lograba uno, lo lograban todos. Si bien era parte de la anarquía, también era parte de la armonía.

Mauricio siempre tuvo la disposición de ser el líder del grupo y nosotros lo dejamos. Era hijo único, por lo que dentro del cosmos de su mente, el mundo giraba alrededor de él. Lo que él hacía era más interesante, las cosas que él conocía eran más valiosas, los regalos que le hacían sus padres y sus tíos eran mucho mejores. Por supuesto, sus ideas también eran de mucha mejor calidad que las nuestras, en lo que tenía que ver con su practicidad, su carga de diversión y en los puntos que sumaría a nuestra imagen de muchachos malos. Eso de ser hijo único también hacía que nos viera como sus hermanos. Por un lado eso estaba bien, porque de verdad tener a Mauricio como hermano era una bendición por lo atento que era y lo fraternal que podía llegar a ser. Pero por otro lado, invertía muchas energías en idear aventuras para el grupo. Aventuras que casi siempre eran inofensivas al principio, pero que se fueron enredando mientras fuimos creciendo.

Mauricio vivía en El Calvario, por lo que muchas de las andanzas de nuestra adolescencia, ya cuando nos cansamos de caminar sin rumbo por la avenida, ocurrieron en aquel mítico sector de Caracas. Cansado de la ya clásica subida por las escaleras que llevaban al barrio y de los jeeps que servían como ruta suburbana al cerro, Mauricio comenzó a crear vías alternas para moverse por su zona. Era un tipo inquieto, que le gustaba treparse en árboles, saltar muros, deslizarse por pequeños barrancos o huecos imposibles para un humano. Luego de que exploraba por su cuenta, nos llamaba a nosotros para que siguiéramos sus rutas, para que conociéramos los atajos que había estado inventando, como si de un rally se tratara.

Cristian era el primero en asistir a su llamado, siempre listo, como si fuera un boy scout. Cristian era mayor y más alto que nosotros. Siempre torpe, siempre peleón, pero siempre muy considerado con sus amigos. Él no era hijo único, pero era un hermano mayor que no quería asumir tal responsabilidad en su casa. En el grupo le iba bien porque le permitía estar fuera de su hogar por períodos largos –lejos de los reclamos de su madre, los sermones de su padre y las exigencias de cariño y atención de sus hermanos pequeños– y también porque le daba la oportunidad de liberarse de ciertos deberes y compromisos. Mauricio asumía el rol de líder y, a ojos de Cristian, también asumía el rol de hermano mayor. Para él, Mauricio era el que velaba por todos, el que tomaba las decisiones importantes, el que guiaba las salidas, censuraba las conversaciones y determinaba quién era digno de compartir con nosotros y quién no. Cristian era feliz cuando Mauricio proponía algo nuevo porque sólo tenía que seguir. Por eso siempre eran ellos dos quienes, en principio, exploraban las calles y recovecos de El Calvario mientras que yo les sacaba alguna excusa para escaparme de aquellas excursiones.

Llegaba un punto en que no podía evadirlos más. Si fuéramos un grupo de superhéroes mi súper poder tendría que haber sido la capacidad de sentir una cantidad ingente de presión social sobre mis hombros y no poder sacudírmela. Ya a la cuarta vez que me echaban en cara lo mal amigo que era y la desfachatez que tenía al dejarlos solos en una de las salidas, me veía obligado por mí mismo a decir que estaba bien, que tenían razón, que ya para la próxima no les pondría peros, que vamos, vamos de una vez antes de que a mi mamá se le ocurra mandarme a comprar algo y no pueda ir, sí, vamos.

No puedo decir que no la pasara bien, porque estaría mintiendo de forma descarada e injusta. Siempre me reía hasta el punto en que sentía que mis costillas se iban a desprender. Siempre terminaba con una historia interesante para contarles a mis primos en las reuniones familiares o para relatarle a una chica en una de las fiestas organizadas por alguien del colegio. A pesar de que era feliz cada vez que estaba con ellos, siempre estaba esa nube de temor, de peligrosidad, de riesgo. No era posible zafarse de la sensación de que en cualquier momento algo podía salir mal, terriblemente mal, y tendría que darle la razón a mi mamá cuando me advirtió que no me metiera tan de lleno en lo que hacían Mauricio y Cristian.

Recuerdo con mucha claridad la última vez que fui a El Calvario. Recuerdo siempre esa tarde, todos los días, a cada hora. Recuerdo con nitidez esas escenas cada vez que me veo al espejo, cada vez que voy al trabajo, cada vez que llamo a mi mamá y le cuento cómo va todo, cada vez que veo a los ojos a mi esposa y veo reflejado mi amor en ellos, cada vez que mis hijas me saludan y me piden que les cuente una historia divertida de la vida de su papi.

Esa tarde no quería salir. No solo con ellos, sino con nadie. Esa tarde había algo en mi cama que me pedía que no la abandonara, que para qué estar saliendo de la comodidad de esas sábanas y ese colchón que ya adoptaron mi forma y la temperatura perfecta para mantener mi cuerpo ni muy frío ni muy caliente. Me llamaron a la casa y me dijeron que tenía que ir con ellos de una vez a El Calvario, porque habían inventado un juego nuevo que no me podía perder. Les salí con una excusa y ellos con un insulto y un reproche amargo por mis evasivas. Les dije que estaba bien, que ya bajaba.

Subimos en jeep y luego empezamos a movernos por los atajos que conocíamos muy bien. Yo me movía en automático, sin ninguna emoción ni miramiento de lo que sucedía en mi camino. Mauricio y Cristian iban emocionados, respirando con fuerza, riéndose con nerviosismo y advirtiéndome a cada rato de la diversión que íbamos a experimentar una vez llegáramos al punto exacto. Alcanzamos una pequeña plaza en la que había una capilla abandonada. Contaba apenas con una sola torre –supuse que para la campana–, una nave central estrecha en la que cabrían a lo sumo dos hileras cortas de asientos y un altar bastante humilde. La iglesia debería ser de cuando Guzmán Blanco intentó emular Montmartre en Caracas o algo así. Todo en conjunto tenía un aspecto tétrico que me encantaba. No pude esconder mi cara de fascinación al ver el lugar y los muchachos se regodearon con mi expresión. Sabíamos que te iba a gustar esta vaina, porque es así medio maricona como tú, me dijeron entre bromas mientras pateaban palomas muertas, bailaban encima del altar de la iglesia y pisaban las ruidosas hojas secas que abundaban en el lugar.

Un poco más allá de la iglesia, había un barranco desde el que se veía la calle. Nunca supe bien qué avenida era y ahora, tantos años después de esa última visita, soy incapaz de recordar hacia dónde daba aquel balcón natural. Lo cierto es que se veían muchos carros pasando por aquella vía a una velocidad considerable. Nos quedamos un rato contemplando la calle, embelesados por la vista de nuestro pedacito de ciudad. Cristian encendió un cigarro, le dio un jalón y nos lo ofreció. Mauricio lo rechazó con un gesto natural, ya ensayado bastantes veces, por lo que pude notar; era un gesto del que yo no formaba parte, como si dentro de nuestro grupo existiera una subdivisión a la que pertenecían ellos dos nada más. Vi a Cristian con perplejidad por un momento antes de negarme, ofendido, a semejante oferta tan asquerosa. Él se rió con sorna y siguió fumándose su cigarrillo.

La tarde estaba serena. A esa altura la brisa pasaba con regularidad, manteniéndonos frescos –cosa que era importante en esos años de adolescencia, en los que sudar era más fácil que perder la compostura ante una mujer bien dotada. El movimiento de las ramas de los árboles al compás del viento ponía un fondo musical inmejorable a aquel momento y el sol era gentil con nosotros, dándonos un día despejado pero sin calcinarnos. Había incluso algunos pájaros que cantaban y hacían una armonía inesperada con los artificiales sonidos de la calle. Por momentos cerraba los ojos, para dejarme envolver por esos sonidos, por los olores, por las sensaciones, por la energía de aquel lugar. Podía sentir las miradas y risas burlonas de mis dos amigos, pero no me importaba.

El hechizo se rompió cuando noté un movimiento cómplice entre Cristian y Mauricio. Era otro gesto como el que hizo Mauricio al rechazar el cigarro. Era un gesto de ellos, un mensaje encriptado que solo ellos dos podían entender. Era un gesto perteneciente a una dinámica de la que yo no tomaba partido. La primera vez que lo hicieron, pensé que eran cosas mías, pero con esa segunda seña lo constaté. Ya no era parte de aquel triángulo amistoso. Habían decidido que de ahora en adelante el grupo se reduciría a dos. Era una decisión que habían tomado, estoy seguro, sin siquiera hablarse. Tan solo habría hecho falta uno de esos gestos con los que se comunicaban ahora. Me sentí mal, triste, mientras me hacía consciente del final de una etapa importante en mi vida. También me sentí aliviado, liberado de un peso que no sabía cómo soltar. Me permití sonreír. Ellos me miraron extrañados, pero luego sonrieron también y se movieron del sitio donde estábamos.

De unos matorrales sacaron un par de sacos llenos de piedras de distintos tamaños. Una de las bolsas estaba más vacía que la otra, así que se pusieron a buscar más peñones para emparejarla. Nunca me invitaron a ayudarlos, pero lo hice por cortesía. Algo me dijo que tomara piedras pequeñas y eso fue lo que hice. Recogí las que se veían más frágiles, esas que solo eran débiles terrones de arena que se deshacían en las manos. Mauricio me regañó en un par de ocasiones, pero no me impidió que siguiera buscando. Pensaría que, una vez en el saco, donde habría más de las piedras que él y Cristian buscaban con meticulosidad científica, mis rocas se perderían y no entorpecerían sus planes.

Una vez que alcanzaron la cantidad que buscaban, se devolvieron al punto donde habíamos estado observando la calle, cada uno con una piedra en la mano. Me dijeron que viera primero y luego los imitara. Con una mecánica de lanzamiento propia de un pitcher de grandes ligas, empezaron a soltar las piedras hacia la calle. Yo estaba pálido, con la boca seca y el corazón latiéndome tan fuerte que dolía. Algunas piedras solo atinaban el asfalto, pero otras lograban aterrizar en los techos de algunos carros, en el capó, en el parabrisas, en el maletero. Los conductores frenaban, sorprendidos, haciendo extraños en la vía y generando conatos de colisiones. Algunos veían hacia arriba, intentando atisbar qué los había golpeado, de dónde había salido el proyectil.

Antes de que pudiera salir de mi sorpresa por lo que estaban haciendo, Cristian puso una piedra en mi mano. Una de las grandes. Me miró con unos ojos fulgurantes, con una llama de malicia en la que me costó reconocer los ojos del pequeñín que conocí en primer grado. Me dijo dale, mariquín, en un tono seco. No era un chiste, no era una de nuestras bromas. Era un insulto duro, cruel. Era un insulto lleno de dolor también. Vi a Mauricio y asintió con su cabeza, también con una sonrisa maléfica en su cara. Ya no era parte del grupo. Para ellos yo los había abandonado, así que debían castigarme.

Tomé la piedra, los miré con toda la firmeza que pude y la lancé, apuntando a propósito un punto en el que no había ningún carro. Tan pronto como devolví el brazo, sentí otra piedra en la mano. Hasta que no le diera a un carro aquella jornada no se habría terminado. Respiré profundo y lancé la piedra lo más alto que pude, dando tiempo a que algún carro pasara por ahí y se tropezara con el peñón. A lo lejos se venía una camioneta negra, de esas que uno ve y dice “ahí va un narco”. La piedra aterrizó con estruendo en el parabrisas del automóvil. El vidrio se cuarteó de inmediato, el chofer perdió el control por un momento, patinó, frenó y se estacionó a un lado del camino. Mauricio y Cristian reían y me felicitaban, daban saltitos de emoción y elogiaban mi puntería.

Yo no podía quitar los ojos de la camioneta y de su dueño, que se acababa de bajar para inspeccionar su carro. El tipo revisó el vidrio, los cauchos, el techo. Vio la piedra que yacía inocente en medio del camino y levantó la mirada. Su cara estaba dirigida directamente hacia el punto en el que estábamos nosotros. Los muchachos empezaron a reírse de una forma más vulgar, a gritar insultos contra el hombre, hacerle gestos obscenos. Yo estaba congelado, viéndolo a los ojos. Era la segunda mirada más tenebrosa a la que me había enfrentado ese día. Si la de Cristian brillaba, quemaba, la de este hombre era fría, inexpresiva, sin vida. Sin apartar la vista, el tipo sacó una pistola de detrás de su pantalón. Los muchachos dejaron de reírse de inmediato y, cuando vieron que el hombre apuntaba hacia nosotros, se agacharon y salieron tan rápido como pudieron a esconderse en la iglesia. Podía escucharlos llamándome, pero en ese momento no era dueño de mis movimientos. El frío que manaba de los ojos del conductor de la camioneta invadió mi cuerpo y me dejó plantado en el suelo, en aquella placita de El Calvario. Supe que iba a disparar. Tenía el porte de quien no va a guardar su pistola con la misma cantidad de balas que tenía antes de desenfundar. Cerré los ojos y esperé el impacto.

La detonación vino acompañada de un grito de terror de Cristian y un lacónico “mierda” de Mauricio.

Cuando abrí los ojos, ya el hombre de la camioneta se había ido. Exhalé el aire que había estado conteniendo por lo que me parecieron semanas y escuché los pasos tímidos de mis amigos detrás de mí. Giré con lentitud y los vi examinando la pared que tenía detrás. Había un pequeño orificio del que se desprendían pedazos del material del que estaba hecha la capilla. Cristian recogió la bala aplastada de entre los escombros y la puso en mi mano, antes de estallar en risas de alivio y en vítores por mi valentía y la manera en la que había desafiado a la muerte. Mauricio también se me acercó, me dio unas palmadas en el hombro y me dijo las tienes de hierro, man. Vi la bala, le di vueltas en mi mano y la apreté con fuerza. Dejé que un par de lágrimas bajaran, sin pena. Ya no me importaba lo que dijeran esos dos. Les dije que más nunca me llamaran para una de sus ridiculeces. Me sequé la cara con la mano donde tenía la bala y bajé por los mismos atajos que recorría con ellos. Ninguno de los dos hizo nada por detenerme.

En los últimos años del colegio, ya Cristian andaba en movimientos raros. Nunca dejó de lanzarse en aventuras con Mauricio, pero también estaba empezando a conocer un lado de la ciudad que nosotros no teníamos interés en explorar. Escuché historias de él alardeando de tener un arma y cosas así. Nunca lo pude constatar de primera fuente porque desde el incidente de las piedras en El Calvario no hablé mucho más con ellos, pero sonaba a algo que Cristian haría.

Cuando murió, yo no estaba en Caracas. La noticia me la dio el mismo Mauricio que me llamó porque tenía que avisarles a todos los que conocieron a Cristian, aunque yo sé que no te importa nada de lo que nos pase.

Apenas colgué, lloré como un bebé.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

*Este relato recibió mención honorífica en el concurso de cuentos Salvador Garmendia (2017). Si quieres descargar el primer libro de César, haz click aquí.