en la hora sin sombra

#DomingosDeFicción: En la hora sin sombra

Como afónicos cuerpos celestes, giran y giran en torno a un presentimiento,

porque en la geografía de sus pasos todo es presentimiento,

y hasta se podría decir que ellos no saben encontrar nada, y si lo supiesen morirían.

                                                                                                                         Luis Enrique Belmonte

 

Abrí los ojos, de golpe, con la memoria todavía rezagada en algún remolino de sueños. Es terrible despertar así, con la mente en blanco y los segundos estirándose mientras uno intenta llenarlos con cualquier pedazo de recuerdo. Más que despertar tengo la humillante sensación de estar, a esas alturas de la vida, naciendo.

Verlo en aquella situación no me ayudó mucho. Estaba recostado en una de las ramas del árbol y con una esquina plastificada de su cédula se sacaba la tierra que se le había acumulado debajo de las uñas. Lucía tranquilo, concentrado en su tarea, como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Cada cierto tiempo, con la paciencia o la indiferencia de un viejo pescador, lanzaba un delgado hilo de voz que buscaba, sin mayores esperanzas, atrapar una ayuda en la lejanía.

¡Auxilio! ¡Auxilio! –decía.

No llegaba a ser un hilo de voz. Era una hebra chillona que en cualquier otra circunstancia me hubiera provocado risa. Permanecí callado y a pesar del calor sentí que un escalofrío me atravesaba el cuerpo.

¡Auxilio! ¡Auxilio! –repetía, con el mismo tono infantil, y seguía con su maniobra esmerada y parsimoniosa, sacándose de debajo de las uñas toda la tierra acumulada en los últimos tres días.

Tres días, me dije, y entonces sentí incrustada en mis propias uñas la dureza del tiempo transcurrido. No puedo precisar el instante en que yo, cédula en mano, me puse a sacar la tierra de mis uñas para aliviar el dolor. Al rato, con una sincronía asombrosa, también lo acompañaba a lanzar el ridículo anzuelo que jugaba a poner fin a la desdicha. Éramos dos pescadores silenciosos que atravesaban juntos el mediodía, implicados en un ritual absurdo y necesario.

Cuando ya terminábamos nuestra rudimentaria limpieza pareció darse cuenta de que yo había despertado.

No creas que me estoy burlando –dijo–. Hay que ahorrar fuerzas.

Entonces comprendí el porqué de nuestros chillidos. Después de tres días de extravío y llanto estábamos afónicos. No debíamos forzar la voz.

Pero con estos gritos de rata tampoco hacemos mucho –le contesté. Un ardor viejo me quemaba la garganta.

Es cierto. Pero fue lo único que se me ocurrió.

Yo había perdido la cuenta de los días. Entre el frío y el calor, el hambre, la sed y el cansancio se me hacía verdaderamente difícil distinguir el sueño de la vigilia. Todo era un presente angustioso cuyo telón de fondo a veces era de una luminosidad seca y otras de una oscuridad opresiva. El paso del día a la noche y de la noche al día me proporcionaba la breve gratificación del cambio, de la pausa, de un nuevo ritmo para una circular agonía. A las pocas horas, el cambio se petrificaba y yo salía de nuevo a los mismos caminos, huyendo de esa insoportable persistencia, tratando de descifrar la montaña.

De la suma del tiempo se había encargado él. Me lo confesó en las alturas del árbol donde descansábamos y donde gracias a un insólito equilibro yo había logrado dormir sin caerme. Asumió aquella tarea con una actitud voluntariosa y culpable. Se sentía responsable de que nos hubiésemos perdido. También tenía la extraña creencia de que mientras lleváramos la cuenta de los días podríamos tener la oportunidad de sobrevivir. La noción del tiempo nos salvaba de la locura, según él, nos sujetaba a esa cuerda sin la cual no valía la pena salir del laberinto.

Es lo menos que puedo hacer –dijo, con los ojos afiebrados, en tono de disculpa.

Yo me disponía a tranquilizarlo, a decirle que era absurdo que asumiera culpa alguna, que no hay que sentir vergüenza, que incluso los excursionistas experimentados como él corrían el riesgo de extraviarse en el Ávila, que en todo caso uno sólo debe sentir una pena inmensa ante la posibilidad de no volver. Me ahorré mis palabras al ver que seguía disculpándose, olvidado de mí, dirigiendo su arrepentimiento a esa voz que llevaba horas hablándole desde alguna coordenada perdida de la ciudad.

La voz, que sólo él podía escuchar, era la de Julia.

¿No la oyes? –me decía.

Yo sólo escuchaba el sonido del viento cuando atravesaba por ráfagas las estribaciones de la montaña.

No. La verdad es que no. Sólo escucho el viento que atraviesa la montaña.

Entonces sí la estás escuchando –dijo–. Sólo tienes que anudar el sonido del viento con lo que en el momento estés pensando.

Me quedé con la mirada fija en ninguna parte, sintiendo en el rostro la fresca traducción de mis propios pensamientos y comencé a preocuparme. Una de las etapas más críticas e inevitables de quedar atrapado en un agujero de la naturaleza es cuando la persona comienza a mimetizarse con el entorno. Cuando fragua, apoyado en el delirio, una fuga imaginaria: la de no ser un elemento externo a ese limbo al que por distracción ha sido confinado mientras fuerzas misteriosas deciden sobre su destino. La libertad ficticia de verse como una parte del todo, una parte insignificante e indispensable, como una piedra o una hoja de árbol, que contiene en su mínima presencia la promesa de la vigorosa totalidad de la naturaleza.

Una coincidencia geográfica empeoraba las cosas. El jueves, la mañana del extravío, José Manuel se había propuesto alcanzar el Pico Goering. Poco después del mediodía, cuando aún no eran las dos de la tarde, lo había logrado disminuyendo en casi media hora su tiempo normal de subida. El trayecto lo había iniciado, como siempre, remontando el cerro La Julia. El descenso, en cambio, contraviniendo su costumbre y quizás distraído por la soberbia adrenalina que expedía su cuerpo, lo había hecho por los lados de la Quebrada de Galindo. En ese desvío imperdonable estaba la razón de nuestra desgracia. Nos habíamos perdido, según él, por alejarnos de ella, de La Julia, de ese regazo vegetal que era el equivalente de su amor.

Insistió en ello durante un tiempo que se me hizo indeterminable. Alternaba aquella certeza con fervorosas disculpas dirigidas indistintamente a Julia y a la montaña. Yo aproveché las ocasiones en que me hablaba para tratar de traerlo de vuelta. Pero no hubo forma de convencerlo, de hacerle ver que la cosa no pasaba de una hermosa, lamentable y poética coincidencia. Le dije con desesperación, como si me lo dijera a mí mismo, que debíamos estar atentos y no caer en engaños. Ya era tarde. En su cabeza alucinada, Julia y la montaña eran una misma persona, un mismo lugar que aguardaba por nuestra llegada. Acercarse o alejarse de ella significaba acortar o volver a perder el camino de la esperanza.

Al final del día, cuando el sol bajaba de intensidad, seguíamos apostados en la altura regular de las ramas de aquel árbol. Parecíamos centinelas diurnos que esperan por la llegada de sus propias sombras para que tomen el relevo y puedan finalmente descansar. Con la caída de la tarde me embargó un sentimiento de abandono, tristeza y soledad. Comenzaron a llegar las ráfagas de viento que anunciaban la noche y no pude evitar voltear y encontrarme con su mirada. Tenía un brillo de complicidad que reconocí al instante y me dispuse, con la voluntad doblegada por el sueño, a escuchar la voz de Julia.

Escuché sus palabras y entonces recordé, adormecido por el frío, que yo también la amaba.

Nos despertó el ladrido de un perro. Cuando abrí los ojos ya él estaba despabilado y escudriñaba con atención el manto cercano y a la vez distante de la noche cerrada. Volvimos a oír los ladridos y, como si hiciera falta decir algo para confirmar lo que habíamos escuchado, dije:

Un perro.

Era una afirmación tonta pero irrebatible. Sin embargo, con la vista clavada en algún rincón lejano, él respondió:

No.

¿Cómo que no? Escucha. Es un perro. ¿No lo oyes?

Sí lo oigo. Pero no es un perro. Es una perra.

¿Una perra?

Una perra amarilla. Veo el color en su ladrido.

Una capa de silencio cayó sobre nosotros. Al cabo de unos minutos se oyeron de nuevo, a la distancia, unos ladridos.

La perra amarilla ha vuelto y con ella un perro grisáceo manchado de blanco, parecido a una hiena, que sonríe mientras la luna levanta por donde se ha ocultado el sol –dijo, recitando, como si leyera en aquellos sonidos las imágenes que no alcanzaban a ver nuestros ojos.

Yo miré hacia lo que suponía era el poniente, luego contemplé con secreto terror las estrellas y, al ver que había un cielo sin luna, me pareció comprender todo. Entonces le dije que él no podía estar viendo esos perros, que era imposible que imaginara siquiera el aspecto de aquellas criaturas de la noche.

Es imposible –le dije–. Todavía no nos hemos salvado de esta. Todavía no sabemos si llegaremos a leer ese libro.

Es verdad –me dijo–. Pero también es imposible que tú sepas eso.

Entonces me di cuenta de que en realidad yo no había comprendido nada. Decidí, como si esa indiferencia me valiera la vida, olvidarme de él, de los perros y de la noche; me escapé de aquella escena por la puerta de fuga de un sueño.

Después sólo supe que estábamos huyendo. Atravesábamos la espesura de otro mediodía hirviente y tratábamos inútilmente de remontar una cuesta que sólo nos conduciría a otras más escarpadas. Vi el temor en sus ojos, la voluntad sin fuerza con que clavaba sus manos en la tierra y fue como sentir que el tiempo que se nos había concedido para salir de la montaña se había agotado. Después pensé que seguía obsesionado con la pareja de perros y que sólo trataba de escapar de los colores imposibles de sus ladridos.

Olvídate de los perros –me dijo, sin detener la marcha.

Sonaba un poco molesto, como si buscarle una explicación a nuestra huida fuera un absurdo e irresponsable derroche de tiempo y esfuerzo. Sentí la puntada hiriente en la boca del estómago, la pequeña brasa que anidaba en mi seca garganta, una jaqueca que parecía haberme acompañado desde siempre y le di la razón. En ese instante el dolor era tan fuerte que se transformaba en algo ajeno al propio cuerpo. El dolor era otro cuerpo. Un cuerpo que arrastrábamos y que había que abandonar lo antes posible, dejándolo tirado a la primera oportunidad que se presentara, sin mirar atrás, sin remordimientos.

Llegamos a la sombra de un árbol y nos tuvimos que sostener el uno del otro para no desmayar. Cuando recobró el aliento me dijo todo lo que yo, por estar dormido o despierto o perdido entre ambos impulsos, no pude escuchar. Julia le había leído, acostada a su lado en la cama de la clínica, la noticia del periódico:

Rescatado excursionista desaparecido en el Ávila: Luego de 96 horas de búsqueda fue rescatado este domingo José Manuel Pierini, de 24 años de edad, con síntomas de hipotermia y deshidratación y con algunos traumatismos leves en diferentes partes del cuerpo. El joven permanecía desaparecido en el Parque Nacional El Ávila desde el jueves de la semana pasada.

Germán Gutiérrez, coordinador de Operaciones del Instituto Nacional de Parques, informó que el muchacho fue hallado por 3 rescatistas de esa institución poco después de las 6:00 pm del domingo, luego de más de 96 horas de búsqueda, en la naciente de la quebrada de Galindo, entre el pico Goering y el sector conocido como El Rancho de Miguel Delgado, a 2.350 metros sobre el nivel del mar.

Luego de transmitirme la noticia, dio unos pasos fuera de la copa del árbol y estudió el cielo, protegiéndose del sol con la mano. Después observó el suelo, allí, justo donde nuestras figuras se hermanaban con idéntico fulgor en la hora sin sombra.

Tenemos que apurarnos –dijo.

Yo permanecía anclado en mi cansancio, viendo todo como desde muy lejos, sin comprender nada de lo que él decía ni de lo que estaba sucediendo.

¿Todavía no entiendes? –me preguntó con una irritación paternal–. ¿No entiendes que todavía tenemos que llegar?

Arribamos a tiempo al lugar señalado. Dimos con él por el puro azar del cansancio. Allí, donde la marea final de nuestras fuerzas nos habían arrojado, nos encontraron los tres rescatistas anunciados. Recuerdo el sonido y la ventisca del helicóptero que descendía, mi cuerpo inmovilizado en una camilla y cubierto de frazadas, el interior borroso del helicóptero coronado por una aureola de rostros desconocidos que me miraban, mis gritos de angustia al ver que sólo a mí me habían rescatado.

Lo primero que encontré al abrir los ojos, antes incluso que la típica imagen de las luces de neón de las clínicas que enmarcan el despertar de los resucitados, fue la sensación de que Julia estaba a mi lado.

Julia a mi lado, llorando –me dije, al ver que su rostro se contraía de dolor con sólo comprobar mi lamentable condición.

Se enjugaba las lágrimas con el dorso de las manos, trataba de serenarse, levantaba de nuevo la vista y al encontrarme así, tan cerca y a la vez tan lejos, tan íntimo y desconocido en ese mismo aire demacrado, la embargaba de nuevo el llanto.

Han pasado los meses y esta situación, en el fondo, no ha cambiado. Las lágrimas y el dolor han mutado en un gesto, una especie de tic irreprimible, de miedo y de duda, que titila en sus rasgos de vez en cuando. A veces al regreso de uno de mis silencios prolongados, o cuando despierto de un sueño con sobresaltos, o al día siguiente de una buena fiesta, cuando trato de reconstruir algunos episodios de la noche anterior. Cosas que dije o hice y que apenas puedo recordar.

Casi siempre la arropa ese escalofrío cuando le sonrío y me le quedo viendo un largo rato. Lo hago sin darme cuenta. Julia cree que lo hago a propósito y en ocasiones se molesta. Dice que le da miedo. Que se me forma una línea extraña alrededor de la boca, como si yo me burlara de mi propia sonrisa. Mi sonrisa de antes que, a pesar de todo, aún parpadea como una hermosa moneda entre las aguas sospechosas de un estanque, como el reflejo de épocas más felices que brilla en el fondo de esta mueca del presente que no se me deshace.

La mueca es la marca de mi miedo. El maquillaje nervioso con que mi rostro trata de ocultar el fraude. Esta sensación de haberme quedado en la montaña y de estar, ahora, en un cuerpo que no me pertenece. Lo sentí desde el primer día de mi regreso, cuando Julia me leyó, el lunes en la tarde, la noticia del periódico que reseñaba el suceso. Volver a escuchar esas palabras me produjo un vértigo imborrable.

He hablado del asunto con unas cuantas personas. Mis padres, Julia y un par de amigos del grupo de rescate. Todos me dan la misma respuesta incompleta. Una respuesta hecha de especulaciones obvias sobre las condiciones extremas que padecí en aquellos días, remendada a veces por una final confesión de ignorancia y otras por un escondido sentimiento de lástima. He optado por buscar, en lugar de las verdades truncadas de la realidad, las mentiras absolutas de la literatura.

En esta búsqueda di con un libro de cuentos policiales que tienen como escenario principal las profundidades del Ávila y como protagonistas a seres desdichados que han sido devorados por las entrañas del ya mitológico cerro que domina a Caracas. Los cuentos al principio son policiales y terminan involucionando en el género gótico. El umbral que propicia ese cambio es el Ávila.

De esa lectura y de mi propia historia he sacado pocas cosas en claro. Veo el Ávila y lo siento, ante todo, como una dimensión del tiempo. La puerta natural y desapercibida que tienen los habitantes de esta ciudad para viajar al pasado y a la vez seguir existiendo. El que entra en sus predios siente, de alguna manera, que todo lo que lo constituye se desdobla. Siente, al llegar a una cima, la secreta emoción de imaginar que su vida sigue transcurriendo allá abajo en la ciudad, siente la extraña alegría de poder contemplarse a sí mismo a distancia, amparado en la sabia indulgencia de la montaña imperecedera. El que sube al Ávila se contempla a sí mismo desde una breve, antigua y primitiva eternidad.

El que se extravía no tiene esta oportunidad. Con el transcurso agobiante de las horas ve cómo sus propios gestos reverberan y se multiplican, con una fidelidad tal que le hace pensar que ni su propia sombra lo espera, que es completamente inútil tratar de volver. A veces paso noches en vela pensando en si ha valido la pena que yo, este sudor de angustias, este vapor de miedo, haya regresado para ocupar su lugar. Atravieso la madrugada, despierto, imaginando que Julia se hace, una y otra vez, con inconfesable vergüenza, la misma pregunta.

Cuando decidí, hace un par de meses, unirme al equipo de rescatistas, todos en mi familia pensaron que era una locura. Los compañeros de trabajo, entre ellos los mismos que me rescataron, lo ven como un llamado irrenunciable con visos de «destino». Para mí se trata de algo que es al mismo tiempo mucho más simple y mucho más complejo. Creo que Julia también lo entiende así. Lo veo en la escondida esperanza que flamea en sus ojos cada vez que me interno en lo insondable del Ávila. Ese deseo suyo, que es también el mío, de encontrarme nuevamente y así poder, de una vez y para siempre, regresar.

 

Por Rodrigo Blanco Calderón | @atajoslargos

Cuento perteneciente al libro Los invencibles (2007).

siempre el regreso | madrid

Siempre el regreso

La primera pregunta que me hace la gente cuando se entera de que estudié la carrera en España es la misma que me hacían mis amigos españoles cuando les decía que al terminar me devolvería a Venezuela. “Pero,  ¿por qué si ya vives aquí te quieres regresar allí? Eso es como vivir en Beverly Hills y querer volver a las calles”, me dijo un compañero con acento madrileño, sin la mala intención que aparentemente iba implícita. A todos les doy la misma respuesta: “Porque es mi casa”. En el 2006 me fui a estudiar periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Tenía 17 años y me tocó irme recién graduada justo después de toda la euforia de las caravanas, misas, fiestas y viajes de graduación. Aunque todavía nos prometíamos una amistad eterna, ya todos empezábamos a asumir que la vida universitaria le pondría algunas trabas a esa promesa, sobre todo por la distancia: como yo, unos cuantos nos preparábamos para dejar el país.

“Juan, no me quiero ir”, recuerdo que le dije a un amigo a la orilla de alguna playa de Punta Cana, en plena noche y embriaguez, cuando nos dirigíamos con otros a la discoteca del resort en el que pasamos nuestro viaje de graduación. “Bueno, Andrea, es tu decisión, además siempre puedes regresar y…”, “¡No, Juan! No me quiero ir, en serio”, le interrumpí tirando con fuerza las sandalias en la arena, llorando ante un amigo que no hallaba qué decir para consolarme y un grupo de graduandos de otro colegio que, al verme llorar, y a él mudo, nos gritaban desde lejos: “Dile que sí”, “¡Bésala!”, y alguna otra cosa que logró hacerme reír y me empujó a seguir con mi camino hacia la discoteca.

Nunca me quise marchar. Mi mamá tenía que irse unos años por trabajo y entre que era mi deber de hija única de padres divorciados no dejarla sola y la lluvia de “estudiar en Europa es lo mejor que puedes hacer”, “te va a abrir a otros mundos” y los “ay, qué fino, chama, yo me iría mañana”, me fui, y dejé mi sueño de estudiar en la Universidad Central de Venezuela, cambiándolo por la oportunidad de estudiar en una casa con 500 años de historia.

Ciertamente tenían razón en muchas cosas. Europa sí abre la mente a nuevas realidades que son intangibles en Venezuela. El estilo de vida es otro, las preocupaciones son distintas, más ligeras: la primera vez que salí en Madrid, huí asustada durante tres cuadras de “alguien” que me perseguía, en mi mente un violador que a las 4 am. me había visto como la presa perfecta. Fue en la cuarta cuadra cuando volteé a encararlo que me di cuenta de que era un tipo, quizá padre de mi familia, paseando a un perro. “En este país la gente pasea perros en la madrugada”, pensé.

Madrid como ciudad y Europa como continente ofrecen infinidad de posibilidades capaces de volarle la cabeza a cualquiera. A mí me la dinamitó.

Personas interesantes de todos los rincones del mundo, calles seguras que pude recorrer descalza a cualquier hora, gente inteligente que creía en su palabra, pensadores de élite que habían vivido y muerto en esa ciudad, artistas que lograban vivir de ello, cultura activa, subversiva y contra; una universidad excelente que explica cómo debe ser la educación superior; una ciudad viva en invierno, otoño, primavera y verano; un transporte público que funcionaba siempre y bien, la oportunidad de recorrer el Viejo Continente. Amistades e historias de amor increíbles con la ciudad y sus habitantes, siempre viviendo todo con la suficiente intensidad como para acallar la terrible sensación de nostalgia que nunca dejó de acompañarme a lo largo de mis cinco años en España.

Jamás me quise quedar.

Después de un rato, el brillo de la llegada se desvanece y deja ver la realidad como es: una nueva vida alejada de todo lo que uno conoce y quiere. El Ávila me dolía, las voces de mis familiares me llegaban lejanas en el teléfono, vi impotente cómo mi país se caía y cómo mis amigos emprendían sin mí una lucha que también era mía. Vi cómo no iba a ser parte en ningún cambio en lo que más me importaba, comprobé que la pantalla del celular no acerca tanto como uno quisiera, que la comida y la sazón raspan el paladar cuando no se tienen: entendí que cuando uno extraña una arepa es que extraña de verdad, porque no hay nada más pendejo que llorar por una arepa.

Tuve amigos venezolanos en Madrid pero me alejé de ellos. No me gustaron porque me pareció que hacían una de dos cosas: o se reunían en grupos cerrados de puros coterráneos para añorar a Venezuela y detestar a los españoles, o se radicalizaban y eran más ibéricos que Franco comiendo jamón serrano: odiaban al país de origen y se bañaban en el acento recién adquirido para distanciarse aún más del objeto odiado: ellos mismos. Para el momento en que mi mamá había terminado su trabajo y se fue, a mí aún me quedaban dos años de carrera y –grandes, enormes, bellos– amigos españoles que fueron mi familia en el extranjero.

Cuando llegué aquí, aún llorando por lo que había dejado allá, me cuestioné si había hecho bien en volver, sobre todo porque Caracas me echaba en cara una realidad muy ruda. Aprendí que comer una barquilla de mantecado en shorts, mientras se camina por la Río de Janeiro, era un lujo del que iba a tener que prescindir si quería conservar mi integridad física y moral; que aquí en el que no corre vuela; y que el humor negro es la regla para mirar de frente la sonrisa de colmillos que regala la ciudad; pero sobre todo recordé por qué siempre me quise regresar: se habla mi acento, se canta mi himno, se sufren mis penas.

Estoy en mi casa.

Europa me enseñó que toda mala época se supera siempre y cuando haya gente dispuesta a dejarse la piel para sacar adelante lo que otros dan por perdido. Al final, es una cuestión de elegir por qué problemas se prefiere luchar. Irse o quedarse es una elección tan libre e incuestionable como personal. La mía fue volver porque no importa cuántas veces pueda caminar descalza por Madrid, prefiero ver dos parejas de loritos atravesando El Ávila a las cinco de la tarde.

 

Por Andrea Atilano | @andreabasienka

#DomingosDeFicción: El porqué de sus peinados

Siempre digo que la conocí en una patrulla policial. La verdad es que la conocí en una fiesta infantil.

Lo que le cuento a la gente es esto:

Una noche me pillaron comprando monte cerca de mi casa, a ella la habían agarrado más abajo. Los policías nos ruletearon un rato y les tuvimos que dar plata y la mitad de la marihuana. No sé entre cuántos se van a fumar toda esa vaina, dijo ella. Mi dealer les dio como diez gramos para que no se lo llevaran a él. El mío había ­hecho lo mismo.

 

Lo que pasó en verdad fue esto:

Acompañé al amigo que vivía conmigo a llevar al hermanito a una piñata. Supuestamente todas las fiestas en la casa a la que fuimos eran arrechísimas, especialmente los velorios.

Güisqui y tequeños, en eso estaba nuestra atención mientas los niños bailaban en el colchón inflable. Venían las bolitas de carne cuando entró ella con una chamita agarrada de la mano. Tenía unos rizos gigantes y un poco de vergüenza de llegar sola. La dueña de la casa besó a la niña, pero no pareció reconocerla a ella, quien le explicó algo; que sus tíos habían tenido que salir toda la tarde y le encargaron que llevara a Martina a la fiesta. Luego de la bienvenida Martina salió corriendo a darle coñazos a sus amiguitos mientras ella se sentó sola con una cerveza. Nos acercamos.

Mientras hablábamos (en la piñata y en la patrulla), no tenía nada mejor que hacer que mirarle las piernas, llevaba una falda cortísima. Tenía este tatuaje en la parte de adentro de uno de los muslos:

Yo trabajaba de vez en cuando en este tipo de fiestas, nos contó. Pintándole la cara a los niños. Mi prima era payasa, ¿o payaso?, y a veces me pedía que la ayudara y me pasaba algo de plata. Cuando tenía como trece hasta los dieciséis lo hacía casi todos los fines de semana. Es un trabajo cansón y hay carajitos hijos de puta, pero hay otros que te agarran cariño y se acuerdan de ti cuando te ven en otra fiesta y tal.

Mi amigo se fue a ganarse las rifas con su hermanito y agarrar todo lo que pudiese en la piñata (era ese tipo de hermano), entonces nos pusimos a hablar de otros temas. Ella cuidaba a Martina a veces y la llevaba a este tipo de cosas. De la nada me dijo que quería que me inventase otra historia de cómo nos conocimos. Tampoco quería que revelase su pasado de ayudante de payasos, eso me lo dijo mientras le caían a palazos a Jake, un perro amarillo.

 

Y lo que pasa es que es mucho más lógico que el cuento de la patrulla nos lleve automáticamente hasta mi casa. Es el desenlace natural de la experiencia vergonzosa que compartimos. Nos daba risa y a la vez miedo estar ahí, atrapados por el mismo delito. Y cuando nos sueltan, aunque estamos a salvo, quedamos con ese estado emocional raro, como sobrevivientes de un secuestro que se enamoran. Pero la vida es menos redonda, y pasar cinco horas en una fiesta de niños también deja una sensación extraña, suficiente para justificar esta historia.

 

Los policías nos soltaron casi un kilómetro más arriba de mi casa y mi amigo nos dejó en el camino porque llevaría al hermanito a donde sus papás. La temperatura había bajado y ella con esa falda. Me imaginé que la tijera y la línea punteada se ponían en relieve por el frío, me imaginé sintiendo los puntos por donde debía cortar. Su familia era de Barquisimeto, la mía también, pero ambos teníamos años sin ir. Le conté de unos helados de vasito que vendían cerca de la catedral. Ella de unas empanadas en la calle 20. Era lo único que sabíamos de la ciudad. Se cagó de la risa cuando le dije que el pueblo de mi abuela se llamaba Jabón y que de allí se fue a Barquisimeto. Le dije que me gustaba su risa, pero en verdad no me gustaba.

Luego de dejar a su primita en casa, la invité a la mía para fumarnos lo poco que tenía guardado en el cuarto (la policía nos había quitado lo demás). Salimos por el patio sin que mi compañero de casa nos escuchara, si se daba cuenta le íbamos a tener que dar y ahí ya no dejaría dormir a nadie.

Los perros tampoco nos delataron, Pancho se enamoró de ella y Carbón estaba durmiendo. Lo armó y lo prendimos. Como siempre me pasa, me puse estúpido a los diez minutos y empecé a hablar pendejadas. Recuerdo haberle dicho que en cincuenta años las neurociencias podrán explicar a la perfección el proceso creativo y que eso acabaría con el arte. También le confesé que me gustaba su pelo despeinado. Peinadamente despeinado, me dijo, y como que le dio vergüenza. Estuvo todo el porro acariciando a Pancho y con mirada de agüevoneada. Era preciosa.

 

 

Como a los dos días se apareció en mi casa. Tenía un lado del pelo rapado y en la otra los rizos locos de siempre. Le dije que parecía una huelepega y me pintó una paloma. Venía a pedirme que la acompañase a hacerse otro tatuaje. Fuimos en su moto hasta una casa donde había una fiesta, otra piñata, según ella. Era una de esas casas prácticamente destruidas que están rodeadas de mansiones, algo común en Caracas, casas lujosas venidas a menos porque la familia se mudó a otro país o se separó, y en donde ahora vivía gratis algún sobrino o nieto que no tenía plata para mantener ni restaurar nada, o a quien le daba igual en todo caso. En la sala había una batería y un montón de maniquíes viejos, en la mesa de la cocina habían improvisado un estudio de tatuajes; el carajo que los hacía era de Maracaibo y era hermano del novio de la dueña. La mayoría de la gente me parecía familiar, a casi todos los había visto por ahí, en algún lado. Ella contó cómo nos conocimos, cómo casi nos llevan presos. Parece que todos en la fiesta habían acordado hacerse tatuajes que solo contuvieran letras, números o signos de puntuación. En la computadora de la sala cada quien armaba su tatuaje, lo imprimía y se lo daba a Toto para que hiciera la plantilla.

Cuando llegué estaban pintándole a un pelirrojo en un antebrazo las palabras Rabocheye Dyelo. Alguien me susurró que era el nombre de una revista muy famosa durante los años previos a la Revolución Rusa, donde publicaba Lenin y toda esa gente. Gaceta de los trabajadores, o algo parecido, se traducía. Todo el mundo especulaba acerca del motivo del tatuaje, que si su bisabuelo era editor de la revista, que si varios de sus familiares trabajaron por la revolución, que si era un chiste. Yo dije que si era un nombre ruso, por qué no se lo hacía con el alfabeto cirílico. Creo que nadie estaba preparado para esa pregunta, ni siquiera el pelirrojo, quien puso una cara de gafo que trató de disimular sin mucho éxito.

La casa estaba llena de libros infantiles por todos lados; maniquíes y libros para niños. No tenía un solo mueble y la luz era lo más tenue posible, excepto en la cocina donde había una lámpara fluorescente para que Toto trabajase. Tras recorrerla un rato agarré una cerveza y me puse a hablar con una gordita que no se parecía a más nadie allí. Se llamaba Andrea y era estudiante de medicina. Estaba allí porque vivía allí, era prima de la dueña del lugar. Una prima lejana que se vino de Valencia a estudiar y a quien le dijeron que podía quedarse en la vieja casa de sus abuelos. Me explicó que quería ser neuróloga y entonces le conté mis opiniones paranoicas sobre las investigaciones acerca del cerebro; le dije también que una vez conocí a un tipo a quien cada vez que le iba a dar migraña, escuchaba las palabras Segundo acto y ahí empezaba el dolor. Se rió y respondió que eso podía ser parte de la propia aura de la migraña y que había que lograr que escuchase Tercer acto para que se acabara la obra y se curase. Le pregunté su teléfono y me despedí, pero antes de irme ella me pidió ideas para su tatuaje, ahí me enteré de que todos los que estuviésemos ahí teníamos que hacernos algo. Es una piyamada de tatuajes, dijo mientras reía nerviosa y estruendosamente.

Fui a ver dónde estaba metida ella y la encontré sentada, fumando. Me ofreció y no quise. Siéntate, piensa en una pregunta, en algo que quieras saber, ordenó mientras sacaba un mazo de cartas de su morral. Pensé en si yo le gustaba. Luego me pidió que lo repitiera en voz alta. Lo hice. Trató de disimular una sonrisa, pero los cachetes la delataron; sin embargo siguió, sacó cuatro cartas y las colocó una seguida de otras. Con respecto a tu pregunta: la primera carta es tu situación actual, la segunda tu futuro, la siguiente es una ventaja y la última una desventaja. No entendí qué sentido tenía lo de ventaja y desventaja en relación con la pregunta, en verdad no entendí nada, creo que estaba haciéndolo todo mal, pero la dejé. La primera carta fue la muerte, la segunda la rueda de la fortuna, la tercera el mago y la cuarta el mundo. Nos quedamos en silencio unos treinta segundos y le pedí que me diese la respuesta. Qué coño sé, dijo, primera vez que hago esto. Y se fue a la mesa de tatuajes.

Caminé hasta la computadora a ver si se me ocurría algo, recibí un mensaje de Javier preguntándome si ensayaríamos al día siguiente, le respondí que eso dependía de cuánto me doliera el tatuaje. Rocé las teclas, no se me ocurría nada. Me puse a ver otros archivos abiertos en la computadora; uno tenía la palabra tatuaje escrita a pulso en Paint, otro eran unas letras griegas, otro tenía unos versos: Volveremos de las ciudades quemadas/ y seremos los fantasmas de nuestras propias/ palabras. Había también un montón de letras que parecían iniciales o signos. Pensé en que simplemente me haría una eñe, no se me ocurría nada mejor.

Llegó con una cerveza y me dijo: Alguien se está tatuando el nombre de su novia. Pobre, ¿no? Seguro está desesperado porque la jeva lo va a dejar, pero igual le va a terminar con tatuaje o sin él, esa es mi predicción. Menos mal que se llama Mariana, la tipa, hay como mil Marianas en Caracas, se puede encontrar otra.

El resto de la fiesta no vale la pena contarlo, anduve pendiente de la gordita pero como que se fue a dormir. Yo me hice mi eñe y ella se hizo esto, un bigote entre paréntesis:

({)

La primera vez que tiramos en realidad no tiramos, yo se lo iba a meter sin condón, pero ella se asustó, luego se convenció pero yo me asusté, así que lo hicimos de otra manera, o no lo hicimos, depende de cómo se vea. Duramos tres días sin vernos ni hablarnos, luego llegó a mi casa con el pelo completamente rapado. Ahora sí te agarró la Negra Hipólita, la chalequié. Estuvimos acostados en mi cama toda la tarde sin hacer nada, casi nunca hacíamos nada. Deberíamos hacer algo, dijo. Vamos a El Ávila a acampar o algo así ¿quieres? Me sorprendió que lo dijera con emoción después de horas de aburrimiento.

Ø

El día antes de acampar fuimos a ver al hermano tocar en un sitio en Sabana Grande. Era un ex bar de mala muerte recién comprado por una gente de Barquisimeto, primos de unos primos, me contó. Su hermano vivía allá, pero ella nunca lo visitaba. Luego de rehabilitarse se mudó de Caracas para buscar sus raíces. En el centro de rehabilitación había conocido a dios, o al menos lo había visto de lejitos. Su música era una especie de Alice in Chains evangélico, el carajo tenía una voz arrechísima y en las letras mostraba una idea del bien y el mal equivalente a la del hijo menor de Ned Flanders. El lugar era tan extraño que nos gustó. Los nuevos dueños heredaron la clientela, empresarios de tercera con amantes de segunda que tomaban güisqui de cuarta: el mejor público posible, no jodían y dejaban propina para impresionar a las tipas. Eduardo terminó de tocar y fue a abrazar a su hermana. Nos sentamos en una mesa y todos pedimos un jugo natural. El esfuerzo que hacía ella para no fumar se notaba. Los dos se pusieron al día, yo trataba de imaginar las conversaciones de una de las parejas del lugar:

—Ay, papi, pero llevas dos años diciéndome ­que la vas a dejar. Estoy cansada de tenerte así, por raticos nada más.

—Coño, negrita, sabes que este no es el mejor momento. Cuando cierre el negocio con los brasileros sí tendré la plata para pagar el divorcio y mudarnos juntos como te lo prometí. Yo quiero que seas la señora de Gómez. Dame chance, negra, dame chance…

Me reí de la torpeza de mi imaginación, seguro estaban hablando de cualquier otra cosa y yo era incapaz de hacerme una idea realista de gente que no conocía. Por eso era que no avanzaba en lo que estaba escribiendo, todos los diálogos me quedaban tan ridículos como ese. Volví a prestarle atención a lo que ellos hablaban.

Eduardo le contaba que todo le estaba saliendo bien porque él se había demostrado a sí mismo, y a ya sabemos quién, que su fe era más grande que cualquier otra cosa. Entonces empezó a hablar de Abraham, que si conocíamos la historia de Abraham. Dios le pidió que matara a su hijo, contestó su hermana con cara de que no era la primera vez que le hacía esa pregunta. Sí, pero no solo su hijo, respondió él, su único hijo, que fue prácticamente un milagro. ¿Sabían que Abraham tenía…? Cien años cuando nació el carajito, interrumpió ella, que ya conocía el cuento de memoria. Y bueno, siguió su hermano, dios se lo dio, y a los años le pidió que lo matara. ¿Quién entiende eso?, dijo emocionado, y Abraham, Abraham no se negó, fue de inmediato, preparó el viaje y tomó rumbo por tres días y tres noches hasta llegar al lugar, entonces en la cumbre de la montaña que dios le indicó, el padre se dispuso a sacrificarlo, sacó el puñal y todo y ahí el señor se dio cuenta de que lo iba a hacer, iba a matar a su primogénito para ofrecérselo a él…

—Perdón –me dijo ella al oído.

—Tranquila, soy fanático del dios del antiguo testamento.

…entonces mandó a un ángel a que detuviese a Abraham y le ofreciera como recompensa muchos hijos más. Yo tengo fe, muchachos, y por eso el señor me ha recompensado.

Pero uno se pregunta cómo habrá quedado el chamo después de eso; es decir, si tu papá te trata de matar por más acto de fe que sea, está jodido, ¿no?, comenté inocentemente. Sin pensar que el viejo ya tenía como ciento diez años, siguió ella, no creo que pudiese matar ni un zancudo. Isaac también tenía fe y entendía la labor de su padre. Amén, y se tomó su quinto jugo de mango fondo blanco.

 

Salimos y caminamos por el bulevar, él se quedaría esa noche en casa de una amiga de la iglesia y a la mañana siguiente regresaría a Barquisimeto. Durante el trayecto tropezábamos con uno que otro indigente que nos pedía dinero. Casi todos son adictos, me decía él. Piedra, pero otros también están con la H, eso era lo que yo me metía: La Letra. La sensación la primera vez que te inyectas eso, hermano, es como de cien orgasmos juntos, ni con dios he sentido algo así, pero en cambio el señor ha sido fiel y esa basura me arruinó. No supe qué decirle, me miró esperando una respuesta y balbuceé: ¿Amén? ¡Gloria!, y me abrazó. Al llegar a Chacaíto nos despedimos, él entró al Metro y nosotros seguimos caminando.

—Era más divertido cuando estaba en drogas, pero al final se estaba matando, así que me alegra por él. Lo malo es que no lo soporto más de dos horas, al menos creo que se da cuenta.

—A mí me cayó bien –le dije–, un tipo bastante… humano.

—Más humano que humano. ¿Sabes por qué decidió entrar al centro de rehabilitación la última vez, cuando finalmente se recuperó?

—¿Por qué?

Se quedó en silencio y la risa se fue transformando en qué se yo. Insistí.

—Mejor no te lo digo –respondió con sequedad–. Ya fue demasiado que lo conocieras.

Y luego de otro silencio y dos cuadras, soltó:

—Me voy a Madrid por un tiempo, a final de este mes, adonde mis amigos que te conté. Me quedaré un rato.

No sé qué bicho le picó, pero como dice la canción, el bicho que haya sido se merecía su propio programa en Animal Planet. Estuvo rara y media el resto del día.

No pude dormir esa noche pensando en lo de Madrid. “Todas se van a Madrid”, había leído en algún lado. Ella me habló de sus amigos españoles, su mejor amiga y un ex novio que ahora era su pana, pero no me había dicho que iba a ir. Para mí que se inventó esa vaina ese mismo día, después de ver al hermano, pero vaya a saber por qué. Me la di del que no exige explicaciones y nunca le pregunté. Qué güevón.

 

Nos encontramos en el metro porque andaba comprando el pasaje por ahí cerca. Subimos a pie hasta la entrada de la montaña. Ya estaba anocheciendo y no había demasiada gente en el camino, quizás íbamos a ser los únicos acampando. Le dimos lento porque la carpa me pesaba más o menos. Ella iba adelante casi todo el tiempo. No hablábamos mucho. Yo estaba raro porque ella estuvo rara el día anterior, lo único que le dije casi al llegar fue: Me estás trayendo acá para sacrificarme, ojalá el puto ángel ese aparezca antes de que me mates para decirte que dios estaba jodiendo.

Ya arriba buscamos un sitio que nos gustase. Ella armó la carpa porque yo no sabía cómo. Desenvolví los sánduches y busqué el porro en su bolso, junto con el monte había otra bolsita. ¿Qué es esto?, pregunté. Un regalo de los duendes de El Ávila, respondió con la única sonrisa bonita que le conocí.

Nos fumamos uno sin hablar casi. Cuando el monte nos pegó dejamos de estar tan raros. Me explicó que en principio se iría por un mes, pero que se podía quedar más, me preguntó que qué pensaba. Ya me estaba acostumbrando a ella. Ya me estaba acostumbrando a ti, dije riéndome de lo cursi.

Terminamos de comer y vimos llegar a dos chamos y una chama. Nos saludaron y subieron un poco más, los vimos descender por el otro lado. Mierda somos y en mierda nos convertiremos, gritó sacando los hongos. Cómete un pedazo nada más, estos no son tan fuertes, pero por si acaso. Mordí un borde.

Comimos mientras veíamos Caracas desde arriba, hablamos un rato de tonterías. No pasaba nada, así que decidimos morder otro pedacito. Seguimos hablando para no hablar de lo que queríamos, hasta que las luces de la ciudad empezaron a cambiar de color, todo el asunto psicodélico de las luces, ya ustedes saben. Me acosté en la grama y escuchaba a las hormigas en surround, los dos nos pusimos a escucharlas.

No fue gran cosa. Y con eso me refiero a que no salimos cambiados del viaje. Fue algo pequeño, pero eso no es lo que quiero decir. Supongo que la mejor forma de explicarlo sería señalar que los hongos aumentaron en un grado todo lo que faltaba y redujeron igualmente todo lo que sobraba. Un grado, un grado que no enriquece ni empobrece, pero que ayuda.

Lo que más hicimos fue hablar, le hablábamos al cielo sin estrellas que se acercaba sin nunca llegar a nosotros. Yo le conté una historia y ella me contó otra.

Le conté la historia de Martha, toda, es la única a la que le he contado más que pedazos. Ella me contó la historia de Eduardo, toda también. Me dijo por qué decidió recuperarse, lo que pasó entre ellos. Duró como una hora en su relato y sus lágrimas, yo la tomé de la mano, pero nunca la miré, miraba al cielo que también me contaba algo.

Mientras me hablaba, vi una estrella aparecer en el cielo vacío. Ella empezó y la estrella se posó frente a mí. Una voz salía de su luz, un discurso paralelo al otro que ya oía. Yo escuchaba los dos, la historia de Eduardo y otra historia. La otra historia no era lineal, pero hablaba de una futura destrucción de Caracas, y me daba a entender que solo quedaría esa montaña en la que estábamos. Drogado y todo me pareció que en los oídos equivocados, una alucinación como esa ocasionaría algún suicidio en masa de un grupo de comeflores que se mudarían a El Ávila, pero seguí escuchando. María sollozó con fuerza cuando la estrella me mostraba la ciudad de un futuro cercano: nuevos edificios sin terminar de construir y mucha gente, más calor también. Empecé a sentir mucha sed pero casi ni me podía mover, ella estaba ya más calmada, pero seguía contando. La estrella me enseñaba escenas de fiestas de todo tipo, en los barrios, matrimonios lujosos, cumpleaños de niños, despedidas de solteras; y luego me llevó por calles conocidas, por donde vivía y por donde pasaba con frecuencia, solo que las calles estaban llenas de gente que no reconocí y demasiado limpias para mi gusto. María no paraba de contar y yo estaba conmovido por lo que decía, pero al mismo tiempo extrañado por la otra historia donde empecé a ver que la gente se quitaba la ropa desesperadamente del calor y comenzaba a buscar algo que no encontraban, me mostraba de nuevo las escenas de las fiestas que vi antes, pero ahora las personas se mataban por encontrar eso que tanto querían. Me distraje de María por unos segundos y volví a ella cuando me apretó la mano muy fuerte. Las personas seguían corriendo y sin ropa buscando algo, empujaban todo lo que estuviese a su camino, pero no parecían tener dirección fija, corrían unos metros a toda velocidad y luego se devolvían igual de rápido en dirección contraria. Mi mano seguía siendo sujetada con muchísima presión y me dieron ganas de llorar por María. No es que su cuento fuese el fin del mundo, pero tampoco era un paseíto por el parque. Y de repente, cuando no sabía cuál de las historias era más angustiante, la estrella interrumpió su relato en una especie de fadetoblack alucinógeno y proyectó otra vez escenas de las fiestas con la gente vestida de nuevo, pero ahora muy elegantemente. Todos tomaban un líquido negro muy denso en grandes cantidades, eso era lo que buscaban. Se echaban el líquido en la boca con ansias, con brusquedad; y se podía ver a otros lamiendo lo que caía al piso o en la ropa de los demás. No dejaban nada. Estuve viendo las escenas desvanecerse y ella ya estaba callada. Su historia era, cuando menos, horrible, pero así son las historias de familia, me parece.

—Los hongos no me pegaron–dijo riéndose.

—A mí tampoco.

 

Dormimos abrazados y bajamos temprano en la mañana. Su pasaje era para dentro de tres semanas. Yo seguía confundido por el viaje, aún sigo estándolo, me parece imposible tener alucinaciones como las que tuve, la gente en todo caso ve colores y una culebra en el piso. Según ella eran hongos normales. Me arrechaba que hubiese decidido irse tan de repente.

Mientras bajábamos le hablé de la fiesta de los tatuajes, de mi conversación con la gordita, ella no recordaba ninguna gordita, me dijo que en la casa solo vivía la dueña y el novio que muchas veces se quedaba a dormir, en fin…

Se notaba que estaba avergonzada por lo que me contó allá arriba, y los días antes de irse fueron rarísimos, pero la verdad, todo había sido así desde que empezó. Quedamos en que no quedábamos en nada, y que cuando ella llegara veríamos. Cualquiera cree que yo soy la mata de la ambigüedad, cuando lo que quería era estar con ella. La mañana de su partida me mandó un mensaje:

En vez de escribir sobre divorciados alcohólicos y animales que hablan, escribe sobre esto.       

Le respondí:

Suenas como las amigas de mi hermanita que me piden que escriba sobre ellas. Además, sería un cuento desordenado y malísimo: marihuana, tatuajes, Caracas, El Ávila. La supuesta narrativa urbana de mierda.

 

Hablamos por chat un par de días luego de su llegada a Madrid.

Yo: creo que me voy a rapar el pelo

Ella: ¿para pagar una promesa por mi regreso?

Yo: algo así

Ella:…

Yo: cómo llegaste?

Ella: bien, mi amiga fue a buscarme al aeropuerto vestida de novia

Yo: ja! y eso?

Ella: estaba haciendo unas fotos para una revista

se confundió de hora y creyó que se le hizo tarde

salió del estudio sin cambiarse de ropa y cuando llegó se enteró de que tenía que  esperarme por una hora

y estuvo una hora en barajas vestida de novia

cuando llegué le di un beso en la boca y le grité ¡acepto!

Yo: ja!

aquí se está incendiando El Ávila, se empezó a quemar el día en que te fuiste

por la noche

Ella: sí

qué mierda

me dijo eduardo, ayer lo llamé

Yo: es lo que faltaba, que la mierda esa se queme y se joda caracas.

me voy a ensayar, escríbeme un mail contándome todo

Ella: dale

por cierto

escuché el disco de chinarro que me mandaste

me gustó y me gustó el título, a ver si regreso con un peinado nuevo

si es que me crece la cosa esta

Yo: me gusta así, rapado, nunca te lo dije, pero te ves más femenina

Ella: gracias 🙂

te dejo para que vayas a ensayar

suerte

y ojalá que pare el incendio pronto

Yo: sí

Ella: hay que tener fe

Yo: sí

 

Por  Carlos Colmenares Gil

*Este relato fue finalista del concurso de cuentos Sacven en 2013.

¡ASALTO EN EL ÁVILA!

Ella es una de las pocas razones que todavía encontramos para no emigrar. Ornamento natural, pulmón vegetal, lugar de esparcimiento por excelencia, El Ávila batalla por ser uno de los últimos vestigios de esa Venezuela que fue, o que quiso ser, pero no pudo. Desde Petare hasta La Pastora, la majestuosa montaña adorna la capital y permite a sus residentes disfrutar con paseos en teleférico, subidas con carro o caminatas a los distintos puntos de sus 2765 metros sobre el nivel del mar. Es precisamente este último plan, el más económico y popular, el que más ha sufrido los embates de la delincuencia. Como ya había pasado a principios de enero en el sector El Picacho, ayer, a la una de la tarde, dos antisociales armados asaltaron a un grupo de 18 excursionistas que llegaba a la ‘Piedra del Indio’, en el sector Cachimbo. “Voy llegando y veo que hay gente tirada en el suelo boca abajo. Yo pienso que es normal porque ahí mucha gente hace yoga y cosas así. Cuando llego, un tipo me encañona y me manda a ponerme contra el piso”, contó una de las víctimas a El Nacional. Teléfonos, billeteras, cámaras, ropa y otros equipos electrónicos fueron los artículos que los 18 excursionistas tuvieron que entregarles a los dos criminales, quienes contaban con una pistola y un escopetín. Mucha gente vio bajar a los antisociales con todos los objetos, pero no fueron detenidos por las autoridades porque no se percataron de que se trataba de unos atracadores, cuenta Satya Toro en la web de El Nacional. Se cree que este par de delincuentes se esconde con frecuencia en algún punto de Cachimbo, a la espera de que un grupo de venezolanos, con la intención de recrearse por unas horas, caiga en las ya omnipresentes manos del hampa.

Los 2 metros cuadrados

Texto publicado en la sección “Fuera del aula” de OJO 26.

Por Orianna Camejo – @Oriasmultiverse

Por fortuna, desde pequeña he podido disfrutar de la atracción central de Caracas. El Ávila era siempre el plan de los domingos. Subir a la cota mil y agarrar uno de esos senderos escondidos –justo en el lugar donde se ponen a vender naranjada y nestea bien frío-. Pero fui el doble de afortunada por tener un centro excursionista entre las actividades extracurriculares de mi colegio. El Ávila también se convirtió en el plan de los sábados, con largas y extenuantes excursiones. Más allá de subir por la trocha de San Bernardino o Galipán, también tomé la mochila y el botellón de agua. Desde Lomas del Cuño hasta la cruz del Ávila; de la Julia a Quebrada Chacaíto, y desde las múltiples entradas en la Cota Mil hasta un intento fallido de llegar a Picacho. Sin olvidar los heladitos de fruta en el cortafuegos y el momentáneo disfrute de las tuberías heladas que se consiguen en los caminos. Read More…