#DomingosDeFicción: Mi amigo el Grinch

Querido Federico:

Ya sé que te molestan y hasta te desconciertan los correos largos, reflexivos y llorones. Pero es que a ti después de viejo te ha dado por ausentarte, por trotamundear, por acumular millas, y a uno no le queda más remedio que recurrir a esta virtualidad que tanto detestas. Sin embargo, prometo ser breve, incluso no aburrirte. Lo que sigue a continuación intentará, de alguna manera, justificar la pinta de zombi que traje a mi regreso del viaje, pero también (y quizá esto sea lo más importante para ti), develarte el misterio de la caja de Etiqueta Negra desaparecida de tu biblioteca.

Tenías razón, Federico, el apartamento de Puerto La Cruz era una belleza. Tal vez un poco “egipcio” para mi ánimo: esos grabados de Tutankamón en el lobby y los ascensores tipo Gattaca me hicieron sentir como si visitara una almibarada atracción de Disney. Pero, haciéndose el loco, uno no puede sino asombrarse de que hayan podido levantar algo así en ese morro de piedra plagado de iguanas.

La verdad es que fue un gesto noble de tu parte el habérmelo prestado en Navidad mientras tú te quedabas varado en Caracas. No estoy seguro que de haber sido ése mi caso yo hubiera hecho lo mismo contigo, pero para eso están los amigos y tú, para fortuna mía, eres de los pocos que me van quedando. Recuerdo que ni te inmutaste cuando te conté de los problemas que estaba teniendo con la Gorda Raffalli. Con esa envidiable frialdad con que sueles evaluar las cosas, determinaste que aquello era una tontería; nada que un poco de intimidad, playa y whisky con agua de coco no fuese capaz de solucionar. Fue entonces que me ofreciste el apartamento de Puerto de La Cruz y yo, sin saberlo, estaba firmando el acta de defunción de mi noviazgo.

Enamorarse después de los 40, Federico, puede que tenga algunas ventajas, muchas, quizás. Se supone que uno a esa edad ya tiene el álbum de barajitas casi completo, que sólo faltan las especiales y ésas, por lo general, llegan solas o simplemente no llegan. Pero las desventajas, lo sabes mejor que nadie, suelen ser obvias, predecibles y, con toda certeza, dolorosas.

Nada más fíjate mi caso con la Gorda.

Ricardo ¿o fue Albinson? me la había presentado en uno de esos bautizos de libros en El Buscón. Ya sabes, el típico evento lleno de talleristas sexagenarias, poetas sin poesía y estudiantes de letras a un tris de la inanición. Ella se le estaba escondiendo a Jack Pérez-Díaz por un asunto que ni recuerdo. Debe haber sido uno de esos libros chorizos que le han allanado el camino a la Academia y que él suele delegar a su corte de arribistas sumisos. Al parecer, la Gorda, le había fallado contumazmente en una de sus encomiendas y el académico la buscaba sin tregua.

En su juego del escondite me utilizaba como escudo, cosa que en ese momento me pareció divertida y hasta aventurera. Desde aquel día me cautivaron sus brazos rollizos y tersos, su ceja izquierda levantada a lo Mata Hari y su catálogo de chistes clichés: “No sé si cortarme las venas o dejármelas largas”, era el preludio de una extensa rutina que en poco tiempo aprendí de memoria.

Pero resultó que aquella niña traviesa, aficionada al escondite literario, tenía mi misma edad y ostentaba el difuso expediente de toda cuarentona recién divorciada. Cuando comenzamos a salir, llevaba dos meses atravesando por lo que ella denominaba “un proceso de introspección”. Su proceso de introspección tenía que ver con el abandono de un novio rockero, full tatuajes y piercings espeluznantes, al que le llevaba catorce años de edad.

También había un ex marido irresponsable, un hiperquinético hijo de nueve años y demasiados problemas colaterales. Te estarás preguntando por qué no pegué la carrera apenas vi semejante combo. Esa respuesta sí que no la tengo, viejo, pero a veces me gusta pensar en mi teoría del álbum incompleto para que algunas noches (con sus mañanas) me sean más leves.

Como recordarás, todos los rollos empezaron cuando al ex de la Gorda le dio por alterar el delicado ecosistema de las parejas divorciadas. De un día para otro, el tipo comenzó a perderse todos los fines de semana que le tocaba quedarse con Robertico, el hijo de ambos. En un principio me entretenían las excusas del hombre. Eran creativas e insólitas. Combinaba, con maña de guionista, argumentos médicos, líos de faldas y amenazas de muerte. Nunca unas hemorroides tuvieron tanta credibilidad para exonerar responsabilidades paternas.

Pero al mes y medio, ya yo estaba harto. Las piñatas y obras de teatro infantiles eran lo de menos –el “plan familiar”–, como decía la Gorda. En realidad lo que más me cargaba eran los mediodías de sexo apurado en hoteles de El Rosal y, por supuesto, el escasísimo tiempo que aquellos planes familiares y el trabajo de ella nos dejaban como pareja. Una tarde de sábado, mientras hacíamos una cola interminable en Bimbolandia, tuve una epifanía. Cometí el error de compartirla con la Gorda:

―Tu ex anda enculado, amor.

En un principio ella pensó que me refería a las hemorroides del papá prófugo. Explicó que el asunto de las hemorroides era verídico, que le constaba. Cuando le aclaré a qué me refería y examinamos los otros temas, ya no pudo dar el aval que le conferían diez años de matrimonio al lado del fugitivo. Entonces sentí la necesidad de reafirmar mis sospechas:

―Al pana, lo único que le falta, es que lo persiga la KGB.

Ésas, y otras frases que no vienen al caso, nos fueron sumiendo en una espiral de peleas sin triunfos y discusiones en círculo que desembocarían, como ya sabes, en el Diciembre Negro. Pero, ¿de qué valía tener la razón cuando el presunto causante de nuestras desdichas se asoleaba en Los Roques al lado de su nueva pasión?

Un viejo axioma, entre actores de Hollywood, aconseja nunca trabajar con perros y niños. Esa máxima sólo llegué a entenderla el día en que conocí al hijo de la Gorda. Esa vez, el niño iba vestido de karateca y en su mirada advertí un irrefrenable deseo de largarme una patada voladora. Sin embargo, Robertico estaba en posesión de otros métodos mucho más sutiles de ejercer la violencia: las derrotas que me propinaría, tiempo después, en el scrabble y el ajedrez me dolieron muchísimo más que cualquier mawashi geri directa al mentón.

A decir de la psicóloga holística del chamo, Robertico era un niño índigo. Esto, en cristiano, sintetizaba características y destrezas que iban más allá de los juegos de mesa: pronunciaba frases célebres (propias) sin esfuerzo alguno, pero también era capaz de desplegar una rebeldía calculadora y fría cuando iba en pos de algo. “Es un niño comunicador”, ponderaba la madre en medio de las muy frecuentes pataletas que solía escenificar su Karate Kid.

El asunto era que madre e hijo se amaban con locura y yo llegué en el mejor momento de su idilio. ¿Quién diablos se acuerda de las contrafiguras de Macaulay Culkin en Mi pobre angelito? ¿Quién se acuerda, incluso, de Macaulay Culkin, Federico?

A Puerto La Cruz llegamos de noche y estresados. Robertico me había hecho morder el polvo en cuanto juego se le había ocurrido a la Gorda meter en el bolso de mano. Eso, aunado a la cara de educado hastío que ya comenzaba a exteriorizar mi novia, eran suficientes indicios para presagiar lo que me aguardaba en el apartamento.

Ya en el terminal comenzarían mis problemas. La Gorda tenía tres rasgos chocantes que yo luchaba por convertir en divertidos: era aficionada a los taxis caros, las sortijas escandalosas y las mentiras elaboradas. Era publicista. De esos tres, Robertico había heredado el primero. Este hallazgo genético me fue revelado en aquel terminal sospechosamente desierto. Ya en Caracas me habían advertido sobre los profesionales del volante del Puerto, pero jamás imaginé que aquellas exageraciones había que multiplicarlas por cuatro. En un descuido, nuestro Pequeño Saltamontes, desapareció y reapareció con Moncho, un personaje que sería clave en aquellas malogradas vacaciones. Moncho no tenía dientes pero sí la tarifa más alta que me han cobrado por ocho minutos de viaje en taxi. No sé de dónde lo sacó el niño, pero tomando en cuenta lo que pasó luego, a veces pienso que se paró en medio de una rueda de taxistas adormilados y preguntó quién andaba urgido de plata para operar a la abuelita del corazón.

De más está decir que Moncho y Robertico congeniaron de inmediato. Camino al apartamento, Robertico repitió tres o cuatro chistes que han hecho célebre a la Gorda en su círculo de amigas. Su don de la improvisación era proverbial. Moncho se divirtió horrores cuando el muchachito le aconsejó que dejara el taxi y montara una franquicia de chicharrón con pelos, que con eso tendría más tiempo para el “piernicuquilambiteteo”; palabra ésta que no me sorprendió tanto como la impecable dicción con que la pronunció.

En vano busqué un gesto de pudor, quizás desaprobación, en la Gorda: ni siquiera la madre de Jerry Seinfeld hubiese puesto la cara de orgullo maternal que exhibió mi novia en ese momento.

En esa primera noche de acomodos y adaptaciones me quedé dormido profundamente, consciente y anhelante de los días por venir. En mi fantasiosa concepción de aquel viaje, me entretuve pensando en las delicias turcas que me aguardarían. En los desayunos en la cama. Las locuras en la ducha. En la ley de las compensaciones. Fue un sueño reparador y estimulante. También fue la única noche que logré dormir completo.

La Gorda se despertó al siguiente día como a las once de la mañana. Yo me había despertado a las seis, con el horror y la incertidumbre de no tenerla a mi lado. La busqué, como si se me hubiese perdido un lente de contacto en la arena. El apartamento, a aquella hora de la mañana, lucía como una oficina en prometedor viernes de puente vacacional. En una de las habitaciones la hallé. Traía puesta la bata de tiritas que tanto le quité con los dientes. Robertico le abrazaba un muslo como si se asiera a un ciprés en medio de un repentino sismo. La televisión estaba encendida y me costó reconocer a Jim Carrey metamorfoseado en peluche verde. Vagamente puedo recordar la escena: el Grinch le juraba venganza a un pueblo que lo despreció por feo y diferente. “Les robaré la Navidad”, prometía Carrey con dientes perfectamente podridos.

En ese momento no logré comprender, en su justa dimensión, la profecía que me regalaba la televisión. Por ocio, me dio por buscar el bolso donde la Gorda traía las películas que nos sustraerían de las horas muertas. Sé que no es el momento de atribuir responsabilidades, pero por la pasión con que Robertico vio cada noche a Jim Carrey urdir maldades, me dio por especular con aquel bolso convenientemente olvidado en el taxi de Moncho, en una chicharronera de El Guapo o en un tramo ignoto y distante del closet del diablito.

Aquel primer día de vacaciones se lo dedicamos a las diligencias que tú me asignaste y que yo prometí cumplir con devoción calvinista. Moncho, en un alarde mercadotécnico, había dejado su tarjeta de presentación y a él acudí de nuevo, resignado de convertirme en sus “utilidades” de fin de año. Sin embargo, por lo que cobró aquel día, casi estuve a punto de ser su jubilación. Nos hizo un Tour de areperas por las cercanías de Lecherías y habló pestes del gobernador del estado con sano resentimiento mientras acudíamos a pagar las facturas de luz, agua y teléfono. Media hora nos bastó para enterarnos de que había sido escolta o chofer de su odiado gobernador y que una injusta liquidación lo había puesto en el bando contrario.

Al regresar, no quise ir a la piscina y me quedé solo en el apartamento. Traté de distraerme un rato con la televisión pero un breve zapping cargado de lluvia radioactiva y franjas multicolores me indicó a las claras que se nos había olvidado cancelar el servicio de cable. Aquí tuve otra de mis múltiples revelaciones de aquel diciembre: supe lo difícil que era hacer vida en pareja, así fuese por unos días, sin televisión. Uno puede sobrevivir sin Internet, sin periódico y, aunque no lo creas, sin celular. Pero sin televisión no, Federico. Al otro día volvería a la ciudad para enmendar la omisión pero un cartel, escrito con caligrafía atroz, le deseaba una feliz navidad y un próspero año nuevo a todos sus distinguidos subscriptores.

Fue entonces que comencé a tomarme al Grinch en serio. Pensé en él imaginándome a uno de esos amigos forzosos e instantáneos que te pone el azar en el camino. El tipo de compañía indeseable con la que tienes que lidiar en una fiesta, en la cola del automercado o el consultorio del odontólogo.

La Gorda y Robertico subieron tarde en la noche. Yo había intentado hacer una paella que me quedó salada y con un ligero aspecto a mazamorra. “Tiene buen sabor”, pretendí vender el adefesio a mis comensales que ya veían los platos con una mezcla de desconfianza y asco.

A los diez minutos, Moncho ya me esperaba en el lobby. Por teléfono me había comunicado que conocía una pizzería cercana y solidaria. La palabra “solidaria” sonaba desacreditada en boca del taxista. Mi fe en Moncho, miento si no lo digo, comenzaba a resquebrajarse, pero aún lo consideraba mi Virgilio en aquel Hades lóbregamente mayamero.

Moncho me llevó a un sitio donde esperé mi orden rodeado de una decoración pretendidamente rusticana y en la que pude reconocer sillas y mesas manufacturadas en Quíbor. En el local había muchos alemanes, canadienses e italianos. También algunos parroquianos ansiosos de emigrar a los países de sus vecinos de mesa. En la espera, Moncho se despachó con sed delirante media docena de cervezas que me cobraron como si en realidad estuviéramos en la Toscana. Nunca me dio las gracias.

De vuelta al apartamento, las pizzas llegaron frías y chiclosas. Con todo, las devoramos con hambre ancestral y nos dispusimos a hacer la digestión mirando la única película que nos acompañó en esos días y que, como una maldición gitana, me acompañaría en los meses siguientes. Creo que me quedé dormido en el primer tercio de película. Desperté solo y mal acomodado en el puff donde me había sentado horas antes. Le eché un vistazo al televisor. Jim Carrey estaba montado en un trineo con una niña. El trineo estaba a punto de irse por un despeñadero. A pesar de los tintes dramáticos que prometía la escena, apagué el aparato y fui en busca de mi novia, a quien hacía esperándome sin la bata de tiritas y ardiendo de loca pasión.

La puerta de nuestra habitación estaba cerrada con seguro.

Una ráfaga de ira y frustración me azuzó la idea de derribar la puerta con un hacha. Pero ni yo tenía ganas de emular a Nicholson en El resplandor, ni en el apartamento había un arma de esa naturaleza. Traté de serenarme pensando en que todo había sido un descuido de la Gorda. Más aún: lo tomé como una broma macabra por parte de ella para insuflarle más deseos a nuestro postergado apareamiento vacacional. Sin embargo, un primerísimo primer plano de una manita verde y peluda girando una cerradura, insistía en torpedear las hipótesis anteriores.

Con esos pensamientos en la cabeza, me dediqué a vagabundear por el apartamento en busca de una revista o un libro que me indujera el sueño y calmara un poco mi ansiedad. Ahora que lo pienso mejor, el culpable del asunto de la caja de Etiqueta Negra fuiste tú, Federico: ¿a quién se le ocurre guardar una caja de whisky en una biblioteca?

Lo que son las cosas, aquel hallazgo inesperado y terapéutico, fue lo que me salvó de tirarme por el balcón en las noches que vendrían a continuación. Fue el señor Johnny Walker, con su añeja sabiduría, quien impidió que yo aterrizara en uno de los toldos de la piscina y tú te ganaras una severa amonestación de la junta de condominio.

Con parte de mi botín y un poco de hielo salí al balcón a ver la noche estrellada. En la marina había un yate anclado que siempre vi solitario y apocado. Aquella noche, empero, se bamboleaba con una inquietante animosidad. Al rato, una pareja salió a la cubierta. Pensé que andaban en la misma onda planetaria en la que me encontraba yo, pero el sonido de una cachetada (que la brisa marina trajo con prontitud) denunció que las cosas en el yate andaban más terrenales que siderales.

La mujer se apeó del barco sosteniéndose la mandíbula con ambas manos. El tipo, como si nada, se metió en los camarotes al tiempo que la mujer huía por el embarcadero. Poco después, el agresor, emergió de nuevo en la cubierta empuñando una botella de vodka y hurgándose en los testículos, como si ahí se le hubiera perdido un objeto valioso. Toda la escena parecía sacada de un libro de Malcolm Lowry.

Desde el balcón, yo me debatía entre no meterme en problemas ajenos o bajar en auxilio de la agredida. Mi decisión, a la postre, resultaría cómodamente cobarde pero acertada. A la media hora la mujer regresó al yate. El hombre había puesto algo de Dead Can Dance y pegaba unos brincos desacompasados en la proa. Por instantes, alternaba su danza con una patética rutina que le vi ejecutar a Marcel Marceau cuando la plaza venezolana aún era su caja chica. La reconciliación entre la pareja, si es que la hubo, apenas duró un par de minutos. Tiempo tras el cual se internaron en los camarotes y un conticinio desolador se apoderó de toda la bahía.

De pronto me invadió un cansancio extremo, no sé si producto del exceso de adrenalina o porque a la botella apenas le quedaba un par de dedos del contenido. En algún momento me arrastré hasta uno de los sofás. Al recostarme, sentí como si un anestesiólogo recién graduado hubiera exagerado la dosis y yo era la víctima de su mala praxis. Tuve un sueño extraño: siempre me ocurre cuando no me modero con el escocés. Estaba en altamar en medio de una calma chicha. Lógicamente navegaba en el yate de la pareja explosiva, pero ésta no se encontraba a bordo. En la embarcación sólo íbamos la Gorda, Robertico y yo. De repente y, sin venir a cuento, comenzamos a discutir por el control del timón. Era una discusión tonta e infantil. Privaban argumentos técnicos (o eso me pareció) que la Gorda esgrimía como un lobo de mar. Pero también el simple capricho se apoderaba de la disputa como si estuviéramos decidiendo dónde colocar un mueble en la sala. En esa andábamos cuando el cielo se puso completamente gris y un viento helado sacudió el yate como si fuera de juguete. En este punto desperté. O más bien me despertaron. Mi novia me observaba como si yo hubiese quebrado un jarrón chino. Cuando tuve más conciencia de mí mismo, noté que me encontraba tirado a una notable distancia del sofá. Tenía la botella aferrada al pecho y me faltaba un zapato, como si acabara de sufrir un accidente de tránsito.

―Moncho nos va a llevar a Isla El Saco. Apúrate ―dijo y me entregó el zapato que me faltaba.

Horas más tarde entendería que “saco” y “diablo” perfectamente podrían ser sinónimos lejanos e intercambiables. También me preocupaba la presencia de Moncho en ese paseo: ¿manejaba un taxi-peñero en sus horas libres? ¿Cuál sería su tarifa por milla náutica navegada? En todo eso pensaba mientras me arreglaba y trataba de alejar de mi cabeza esas menudencias logísticas.

No sé en qué momento de la mañana me vi embarcado en un peñero con exceso de pasajeros y pocos salvavidas. De hecho, los salvavidas lucían como objetos meramente decorativos: el de la Gorda parecía un sugerente strapless y el mío un collarín futurista. A eso había que sumarle un mar de leva, anécdotas con tiburones por parte del lanchero (que resultó ser un primo de Moncho) y un sol inclemente. Cuando al fin llegamos, toda la isla parecía hundirse bajo el peso de la típica fauna playera venezolana. Tías gordas y señoriales, maridos borrachos e insolados, patillas frías y descomunales, abuelitas diabéticas, latas de sancocho, cavas y adolescentes hormonales tapizaban cada rincón de la isla como si se tratara del último refugio atómico antes del Armagedón.

Con más voluntad que éxito, traté de hallar dos metros cuadrados dónde colocar nuestras cosas. Habíamos llegado a las doce del mediodía y eso, por supuesto, atentaba contra cualquier expectativa de sombra. Los toldos parecían exhibir un cartel que advertía que serían desocupados en el próximo quinquenio. Fue entonces que se me ocurrió una idea. Una idea que, de haber contado con el equipo de producción de Survivor, puede que hubiese funcionado.

Conseguir las cuatro estacas de madera fue una proeza menor a encontrar el sitio dónde enterrarlas. Forzosamente me vi en la necesidad de hacerlo muy cerca de los baños públicos; un lugar sospechosamente higiénico y disponible. Improvisé un toldo con mi toalla de Spiderman, que amarré a las estacas con un dudoso nudo marinero. La faena me llevó una media hora de sudoraciones y maldiciones. Cuando terminé, quise premiar mi espíritu scout en el kiosco de las cervezas. Ni siquiera había llegado al sitio cuando, con embobamiento infantil, vi como mi toldo de superhéroe alzaba vuelo de reconocimiento por toda la playa hasta amarizar, sin mucho estilo, veinte metros allende a la boya de seguridad. Una gaviota revoleteó muy cerca de la toalla que aún flotaba. Por instantes temí que el pájaro le cagara encima al hombre araña.

Cuatro cervezas más tarde me acerqué a la zona de desastre. El control de daños hacía pensar en una estampida de elefantes kenianos. Robertico le había hecho una demostración de “katá” a un amiguito y las estacas yacían desmenuzadas en la arena como prueba fehaciente de la fuerza interior del niño. Me devolví al kiosco de las cervezas.

Las siguientes cinco horas fueron de relativa tranquilidad. La Gorda socializó rápidamente con una pareja, a la que mantuvo seducida toda la tarde con su acostumbrada rutina de chistes y chascarrillos a cambio de una porción de sombra. Robertico volvió a hacer su exhibición de Katá, pero esta vez utilizó al amiguito de sparring. Yo me mantuve en el kiosco tomando cervezas y mirando como una señora con un trapo amarrado a la cabeza batía el récord de fritura de empanadas.

Antes de irnos, a madre e hijo les dio por la nota ecológica y me invitaron a una “cruzada de limpieza”. Armado con una bolsa y mucha paciencia, me di a la tarea de recolectar botellas, pañales desechables, periódicos, muñequitos de plástico, best sellers, colillas de cigarros y cosas tan improbables como unos lentes de soldador y un termómetro. En cuarenta y cinco minutos recibí todo el sol que no había tomado en la tarde y eso lo pagaría caro aquella misma noche.

Ya en el apartamento, y mientras me disponía a ducharme, la Gorda entró al baño. Me llamó la atención que se me quedara observando la espalda con una mirada inquietante. “Tú no vas a dormir esta noche”, sentenció. La frase, por supuesto, no poseía la carga erótica que yo tontamente le atribuí. Las primeras gotas de agua sobre mis hombros serían la confirmación tajante de que mi insomnio obedecería más a razones médicas que sexuales.

Apenas salí de la ducha me sentí enfermo. Era como si me hubiesen puesto a hervir en una olla junto a unos apios y unas batatas. Llamé a Moncho, quien de nuevo me garantizó que conocía una farmacia “solidaria” y cercana. Cometí el error de no decirle que sólo necesitaba un pote de Caladril y unas aspirinas. Por lo rápido que arribó, tuve la sospecha de que había mudado su base de operaciones al lobby del edificio. Montados ya en el carro, el taxista me participó que haríamos un “toque técnico” antes de ir a la farmacia.

La primera parada fue en un barrio de alta peligrosidad llamado “Las Charas”; un lugar particularmente feo y aterrador donde Moncho tenía una novia. Allí me hizo esperarlo media hora mientras arreglaba un asunto con la mujer. Luego pasamos por una licorería, después por un remate de caballos y, por último, a dejarle un paquete a un compadre. En la farmacia conseguimos aspirinas pero no Caladril. El dependiente me vendió un menjurje anaranjado que olía a aceite de hígado de bacalao. Ya de regreso al apartamento, el taxi se apagó como si lo hubieran desenchufado. Por solidaridad (desprestigiada palabra que se me pegó de Moncho), tomé la decisión de acompañar a mi taxista hasta que éste resolviera el problema con el carro. Cerca de las dos de la madrugada apareció una grúa y en ella nos fuimos Moncho, el taxi y yo. Nuestro destino, según supe a tiempo, era un estacionamiento perdido por unos arrabales que intuí lejísimo de mi destino. Previendo un infortunio más, le pedí al gruero que me dejara en una arepera que vi abierta mientras íbamos por una avenida céntrica. Moncho no quería soltar a su presa tan fácilmente y argumentó, con estudiada preocupación, que la zona era “candela”. No quise discutir con Moncho, pero después de la media hora que pasé en “Las Charas”, tuve la certeza de que aquella arepera era tan segura como el cuartel general del FBI.

El ardor en el cuerpo me obligó a aventurarme hasta los baños del local. Cuando me quité la franela y me vi la espalda en el espejo, éste me devolvió una espléndida imagen para un comercial en contra del cáncer de piel. Sin pérdida de tiempo me embadurné con el sucedáneo del Caladril y me tomé tres aspirinas. Al poco rato comencé a lamentarlo. No sé que era peor, si la piquiña que me dio desde la nuca hasta el cóccix o el ofensivo hedor de la pomada que competía con el del baño. En la barra pedí dos utilitarias arepas de salpicón de mariscos: una para mitigar el hambre in situ y la otra para despistar las narices del taxista que se atreviera a llevarme.

Cerca de la arepera había una línea de taxis. Hasta allí me acerqué contando con aprehensión el dinero que me quedaba en la cartera. Mi nuevo chofer resultó ser toda una revelación. El hombre era aficionado a Air Supply (Lost in Love era el himno del taxi), tenía buenos modales y me cobró sospechosamente barato. Esto último me animó a pedirle una tarjeta de presentación. “Hasta aquí te trajo el río, Moncho”, me dije revanchista y esperanzado cuando el taxista me entregó una tarjetica color magenta con su nombre escrito en tipografía Broadway.

No recuerdo qué hora era cuando entré al apartamento, pero estaba ansioso por compartir mi nuevo hallazgo con la Gorda. Quería darle la buena nueva de nuestra independencia del “yugo solidario” de Moncho, enterarla de que no caeríamos en bancarrota antes del término de nuestras vacaciones. Pero a la puerta de nuestra habitación lo único que le faltaba era el cartelito “Not disturb” y que le clavetearan unos listones anti huracanes contra el marco. El espíritu de Jack Nicholson volvió a rondar por mi alma pero decidí que lo mejor era dejar el asunto para el desayuno. Hay cosas que se ven más claras y en su justa dimensión cuando se está enfrente de una taza de café humeante y un par de huevos fritos.

Me apertreché con una nueva botella y me fui al cuarto de Robertico a ver si por casualidad pescaba un canal, así fuera evangélico. Cuando encendí el televisor me encontré con una noticia buena y una mala. Milagrosamente me había topado con un canal de señal abierta, pero ¿a que no adivinas qué película navideña reponían?

Fui al balcón con la secreta intención de presenciar un nuevo round entre la pareja explosiva, pero el yate ni siquiera estaba anclado en su sitio. Me fijé que la piscina también era el lugar de esparcimiento de las iguanas que poblaban la parte agreste del morro: correteaban por entre sillas y toldos, dormitaban en cónclave bajo el techo de una churuata y hasta vi, con cochina envidia, cómo un par de animales verdes se apareaban, impúdicos, cerca de unos matorrales.

Viendo aquella felicidad silvestre me dio por pensar en lo difícil que pueden llegar a ser las relaciones humanas. Supongo que entre las iguanas también son dados los conflictos de intereses, las relaciones de poder y todo ese tipo de inequidades que hacen venir a pique cualquier relación, así sea entre una pareja de lagartos. Pero en los seres humanos fatalmente se cumple aquello de que “lo que va mal seguro irá peor”. De la fórmula “intimidad, playa y whisky con agua de coco” que me recetaste antes de darme las llaves del apartamento, apenas el whisky resultó un azaroso alivio que ni siquiera contó con el bautismal exotismo del agua de coco.

El siguiente día me pilló en el balcón. Por la posición del sol y el ardor en mi cara, calculé que eran las once de la mañana. Me asomé a la piscina y vi a la Gorda y a Robertico flotar encima de una orca de hule. La ballena era grande y de expresión bobalicona. Madre e hijo cabalgaban sobre ella como si entrenaran para una función en el Sea Aquarium.

Decidí que era el momento de aclarar lo que la realidad me ofrecía como obvio. En la noche, mientras observaba a las iguanas, tuve suficiente tiempo para buscar un responsable al cual achacarle el desastre en que se habían convertido las vacaciones. No me daba cuenta de que lo ocurrido en las vacaciones tan solo era la evidencia física de un mal que tenía rato incubándose. Con terquedad ciega me empeñé en ver fantasmas culposos por todos lados. Me dio por imputarle cargos a la temperatura del aire acondicionado, a una horrenda serigrafía de Modigliani guindada en la habitación, a la textura de las sábanas, al ph de mi aliento. Cuando bajé y encaré a la Gorda, un nuevo elemento, hormonal y técnico, se sumó a mi confusión:

―Tengo síndrome pre menstrual ―dijo por todo mientras le acariciaba el lomo a la orca inflable. Luego recitó, como si acabara de “googlearlo”, algunos síntomas del padecimiento y hasta me pareció que se palpaba el vientre en aras de darle un toque veraz y pedagógico al diagnóstico.

Al apartamento subí con una duda clara. Si la Gorda hubiese dicho “post” en vez de “pre” la excusa no hubiera sonado tan flagrantemente anacrónica. Puede, incluso, que hasta unos calmantes le hubiera ido a buscar con mi nuevo taxista. El problema era que yo conocía al dedillo el ciclo menstrual de la Gorda y su pretexto sólo sirvió para caer en cuenta de que el único ciclo que estaba por terminar era el nuestro.

Producto de la tristeza tomé una decisión malcriada y onerosa: consideré que lo mejor era poner tierra de por medio y marqué, con exagerado dramatismo, el número del fan de Air Supply. Una voz, con Lonely is the night de fondo me invitó a dejar un mensaje y me deseó feliz navidad.

Moncho llegó a los diez minutos.

El terminal parecía un centro de refugiados bosnios. Los pasajes a Caracas eran una entelequia disponible para la segunda semana de enero. Cuando le pregunté a Moncho si sobre Puerto La Cruz se cernía una amenaza inminente de meteorito, el taxista me señaló con el dedo una de esas pizarras electrónicas que dan la hora y la fecha colocada encima de una taquilla. Supongo que saber que aquel día era 24 de diciembre me animó a proponerle a Moncho lo que sería el jackpot de su carrera como taxista.

Antes de emprender el viaje de regreso a Caracas quise pasar por el apartamento a terminar de recoger mis cosas. También quería saber si mi novia había reflexionado sobre lo nuestro. La Gorda no estaba pero había dejado las llaves con el vigilante del conjunto. Subí con Moncho. Instintivamente me desvié al cuarto de Robertico donde el televisor estaba encendido a lo Poltergeist. No sé por qué lo hice pero extraje el DVD del Grinch del aparato y lo guardé en su carátula. Estaba distraído leyendo la sinopsis de la película cuando Moncho entró a la habitación sosteniendo la última botella de Etiqueta Negra que quedaba en la caja.

―Te la dejaron junto con esto ―dijo y me entregó una nota escrita con la caligrafía nerviosa de la Gorda: “Love gone away and held out of season”, decía a la manera de esos poemas que se improvisan con letras magnéticas en la nevera. Hubiese preferido que me dejara una estrofa de “Sin rencor”, pero esa ridiculez sólo la pensé mucho más tarde.

Como sabes, el fin de esta historia llegaría pocos meses después de aquel diciembre, pero ese cuento ya te lo sabes de memoria y prometí no aburrirte con mis necedades. Sólo espero que me perdones lo del whisky y, por supuesto, el silencio funerario que hasta hoy guardé.

P.D: Hasta hace poco tuve la superstición de que tus apartamentos de veraneo estaban empavados. Hoy sé que eso no es así y hasta vergüenza me da el haberlo pensado.

Chico, ¿tú crees que tengas desocupado el apartamento de Venecia para finales de agosto?

 

Por Salvador Fleján |  @salvadorflejan