Un país torturado

A dice que no terminó de leer la entrevista a Lorent Saleh que publicó El Mundo de España: no aguantó. Pensar que la sede del Sebin de Plaza Venezuela es una postal cotidiana en sus recorridos al trabajo le da escalofríos: ahí donde ella agarra la camioneta, están destrozando la vida de decenas de inocentes con las únicas herramientas que parecen tecnológicamente actualizadas en el país: las de tortura. La crudeza del testimonio de Saleh llenó de pesadillas el sueño de más de un venezolano. Saber que los horrores que no vemos son peores que la paliza que nos ofrece el país a diario es una golpiza de la que no es fácil levantarse. Y es que ese es el problema: ojalá el testimonio de Saleh viviera solo en las pesadillas. Pero no. Vive en cada niño que se muere de hambre, en cada enfermo que no consigue sus medicinas, en cada familia rota por la migración y en cada bala que perfora otro corazón inocente. Enumerar las tragedias contemporáneas del país es hacer un inventario de demonios. Lorent Saleh estuvo secuestrado y fue sistemáticamente torturado por orden de las mismas personas que parecen empeñadas en dañar la vida de todos los venezolanos: de torturar a todo un país. El delito de Saleh fue estar en contra de la tiranía, velar por el cumplimiento de los derechos humanos, no ser un títere más dentro de una comedia que cada vez más hace quedar a 1984 como un libro infantil. A, repito, no pudo terminar de leer la entrevista que le hicieron al joven activista. Pero Saleh sí que parece determinado a finalizar lo que empezó: recuperar la democracia y transformar sus dramáticas experiencias en recursos para ser una mejor persona e impactar de forma más positiva a su entorno. Ese es el mejor mensaje que le puede enviar a sus torturadores, que le podemos enviar todos a quienes quieren eliminarnos: aquí estamos. Aquí seguimos.

 

Mark Rhodes

Ramírez is the new Luisa

Al igual que pasó con la Fiscal en su momento, la purga interna del chavismo ha puesto al antiguo capataz de PDVSA a hablar de corrupción, criminalización de la disidencia, abuso de poder (caso «narcosobrinos» incluido) y ausencia de Estado de derecho. Quién lo diría. Es una verdadera lástima que haya tenido que pasar tanto tiempo para que Rafael Ramírez se diese cuenta de, por ejemplo, el negoción que hay detrás del control cambiario: “Un espacio para la corrupción ha sido tener el dólar tan barato. No tiene sentido que un dólar lo obtengas a Bs. 10 y lo puedas vender en Bs. 100 mil, el diferencial es tan grande que es un negocio mejor que el de la droga”. La frase, casi calcada a la dicha por Asdrúbal Oliveros en la entrevista publicada en nuestra web, es una de las tantas perlas que ha soltado Ramírez desde que a finales de este año empezase a firmar artículos llenos de veneno en Aporrea y Panorama.

Cuando por fin se confirmó su salida del cargo de embajador ante la ONU, varios de los rumores que hablaban de una mala relación con Maduro se fueron confirmando. En ese nido de alacranes que es el chavismo –Müller Rojas dixit–, parece que Nicolás y Rafael nunca estuvieron del mismo lado. “Te voy a decir una cosa que no sabe nadie: el presidente pidió mi remoción de PDVSA desde el primer acto, es decir, no tuvo nada que ver con mi desempeño, fue algo que él quería hacer. Yo le dije que si iba a hacer lo que Capriles quería y ahí empezó una tensión, unas diferencias, pero me mantuve en mis responsabilidades”, contó el propio Ramírez a Panorama para sacar a la luz pública las grietas de una relación fracturada.

Ya en las entrevistas con la BBC y Reuters se había asomado la posibilidad de una aspiración presidencial y el pasado fin de semana confirmó que él podía ser un competidor alterno, revelación que no tardó en responder Nicolás Maduro, quien tachó a Ramírez como el candidato de Donald Trump. Al igual que pasó con Luisa Ortega –expulsada y perseguida–, la rosca del PSUV ya tomó todas las medidas para que el antiguo ministro de Chávez no pueda, siquiera, pisar Venezuela. Aquí lo esperarían los ganchos y el Ministerio Público de Tarek William Saab.