extrañar venezuela desde una pandería

Extrañar Venezuela desde una panadería

Miles de portugueses huyendo de la miseria y el fascismo llegaron a una Venezuela salpicada con brotes de violencia guerrillera para dedicarse a hacer el más noble tipo de bombas: las de merengue. Rodilla en tierra contra el hambre, la panadería luso-venezolana se convirtió en el espacio de convivencia de toda la fauna urbana. Donde el humo del café se mezcla con la bruma de la mañana y el horno comienza a calentar la grasa que mueve los engranajes de la ciudad.

Allí se encuentran personajes como el conocido viejo de panadería, aquel que llega y trata a todas las mujeres de mi amor, corazón, cariño y mi reina. Me parece el epítome de lo que es no darse mala vida por las palabras. Encuentro en él todo lo que nunca podré ser: una persona despreocupada, un bon vivant tropical, alguien que se llama Juan. El mismo que cuando escucha su nombre responde con “dígamelo cantando”.  Sin mayor mantra existencial que “dos litricos de leche, mi cielo”. Juan, que llega, toma un marroncito, endulza la vida de todas las mujeres y luego se va. Despegado y fútil. Vivaracho y chévere, tragándose al Caribe entero con cada sorbo que da desde el mostrador. El señor Juan, ídolo eterno de la panadería.

Ser panadero es un oficio ingrato y menospreciado. Eso lo sabía Gilberto, cuya panadería se levantaba como un oasis extraterrenal ajeno a la decadencia que la rodeaba. Para entrar tenías que esquivar mendigos, buhoneros, vendedores de chicharrón y la arremetida multidireccional de los merengues frenéticos de Wilfrido Vargas. Los obreros, preparándose para construir patria y piropear mujeres, arrancaban la mañana con café negro y un chorrito de aguardiente. Mi más sincera admiración a estos hombres que son también todo lo que yo nunca podría ser. Jalar caña y batir cemento suenan como tareas sobrehumanas para mí pues a tan tempranas horas hasta mis pensamientos tienen lagañas.

Más allá del mostrador se encontraba un submundo apasionante que fácilmente podría representar al universo entero entre máquinas monstruosas y trabajadores de velocidades increíbles. Había un empleado que era mocho. Agarraba una paleta metálica enorme que se extendía por varios metros, maniobrando con su única mano y sujetándola debajo del brazo como un espadachín del surrealismo panadero, metiendo la masa dentro del horno que escupía un calor furioso al abrirse. Ese hombre le echaba más bolas a la vida en un día que yo durante la sumatoria de todos mis años. Yo: dedico mis días a estudiar una carrera humanística en Europa y vilipendiar los ahorros familiares. Él: produce magia a punta de muñón y harina. Mis más sentidos respetos a este héroe olvidado.

En Portugal, la dinámica es distinta.

Una bandera portuguesa del Mundial del 98 y la mirada perenne de la Virgen de Fátima certifican a este recinto lusitano, que ahora visito con frecuencia, como foro del desasosiego, porque el olor del pan crujiente le queda maravilloso al existencialismo. Nietzsche y Sartre comen empanadas mientras concuerdan en que los repuestos para carros están carísimos y que no hay futuro. De existir conversación sería sobre fútbol, que es tan omnipresente como en Venezuela lo es la política. Cristiano Ronaldo es Chávez. Mourinho es la inseguridad. El Benfica es el éxodo migratorio y el Porto es la pelazón en general.

Estoy atrapado en lo que desde la distancia se podría vislumbrar como un país erigido sobre bases de harina, agua, sal y levadura. Pero acá viene la realidad innegable: el pan en Portugal es mediocre. Este país es una estafa, lo sé porque me estoy comiendo las únicas palmeritas saladas del mundo, un atentado contra el sentido común. Las buenas panaderías pertenecen a portugueses retornados de Venezuela. Los mismo que venden malta y cachitos a un par de euros, más baratos que en Venezuela. Y ese es el único dato económico que me interesa. Basta ya de índices inflacionarios y del PIB: midamos nuestra economía por el número de cachitos de jamón que el ciudadano común puede comprar.

Sonrío al imaginar a un viejo de panadería haciendo su vida en Portugal. Abandonaría el intento de decir “Olá, meu coracao” conforme las multas por acoso sexual –o, en su defecto, las cachetadas– empezaran a llegar. Al acercarse la mesera, tentado por la curiosidad, digo: “Olá coracao, un cafecito ahí vale”. En mi mente, porque en la realidad solo sale un correctísimo “uma meia de leite, se faz favor”. Sí, señor, porque uno siempre debe decir buenos días y muchas gracias, con el corazón inexpresivo.

En Venezuela, Cristo reposa entre las tetas de una menopáusica operada y está mirando a los ojos al vigilante que vino a comprar un chocolate para levantar a la conserje. Acá, entra una chica hermosa y solitaria, que ignora lo primero y se acostumbró a lo segundo. La veo, desprecio y deseo en partes complementarias. Tiene la piel hecha de caucho y por dentro puros engranajes, bujías, aceite y válvulas. Lo sé. En este país solo hay robots y viejos, circuitos y flemas en coexistencia. Habla con la cajera y su sonrisa me hace pensar en labios que, pudiendo algún día decir “te amo”, nunca pasarán de “bien, ¿y tú?”.

La guerra asimétrica contra el Atlántico también me tiene un poco robot. Por ahora, lo mejor que puedo hacer es observar y sacar conjeturas prejuiciosas sobre los demás de manera morbosa. Esperando al verano y su redención. Practicando el arte de matar el tiempo sin que el tiempo me mate, lo que siempre se debe hacer con un mínimo de elegancia. Lo sabe la señora que entra a comprar un campesino, lo sabe el trasnochado que entra con lentes de sol buscando un jugo, y lo sabe la gordita que pretende suicidarse tapando sus ventrículos con mousse de chocolate.

Panaderías, lugares de convivencia y conspiración, donde se han conjurado revoluciones y compartido victorias. Se han tramado asesinatos y llorado muertos. Puedo ver a Bolívar, libertador de seis naciones, buscándole fiesta a la cajera. A Miranda, que luego de pasar tanto tiempo fuera no sabe si decirle canilla o baguette. A Juan Vicente Gómez, en la lejanía de los Andes dispuesto a acaparar todas las palmeritas durante los próximos treinta años. Al mísero Pérez Jiménez, comprando un cigarro detallado y pegándole al niño en la calle que le pidió un pastelito. Puedo verlos, como dice el tango, “revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados”. Los puedo ver unidos por la masa de la historia. Y ahora me pregunto si en cada panadería tendrán también a un mocho en la trastienda, convirtiendo tragedia en dulzura. O si será que el universo entero es una panadería, y Dios es simplemente un panadero mocho.

Por Mauricio Gomes

El periodista se despide

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17 

Luego de quedar en la ruina y probar por un mes las delicias de ese viejo continente de donde le viene el segundo apellido, el periodista volvió a Venezuela a pesar de las múltiples presiones que ejercieron sobre él personas muy queridas para disuadirlo. Pero el periodista fue más periodista que nunca (entiéndase: insensato), desoyó las preocupadas advertencias y volvió. Siendo ya pobre y sin la holgura económica que le proporcionaba su otrora abultada cuenta corriente, el periodista tuvo que dejar su característica despreocupación por los asuntos económicos y comenzar a ocuparse de ellos en tiempos de hiperinflación, lo que significó vivir pendiente de quincenas, días de depósito, límites de tarjeta y pagos, todo ello para apena poder comprar los pocos productos que la fortuna le permitía encontrar a precio viejo en algún anaquel perdido.

Y mal que bien, el periodista aguantaba. Había renunciado a prácticamente todo lo que podía renunciar en lo económico, pero se encontraba al frente de una estimulante redacción de brillantes y muy proactivos (y productivos) estudiantes de periodismo, que con su entusiasmo, dedicación y empeño lo motivaban a seguir en la pelea. Y la siguió dando, a veces a extremos suicidas (que a fin de cuenta son los del periodismo), como cuando escribió una serie sobre los bolichicos de Derwick, esos que se robaron $2.000 millones vendiendo chatarra eléctrica como nueva. Allí se topó de frente con los largos y siempre asfixiantes tentáculos del dinero mal habido, sus poderosas conexiones y lo peligrosos que son en un país sin instituciones y con impunidad. Pero ahí seguía y ahí siguió, hasta que ya no pudo más. La hiperinflación revolucionaria lo derrotó. Y cuando tras dos experiencias familiares complicadas, con médicos, clínicas, montos impagables y deudas asfixiantes de por medio, se dio cuenta no tanto de lo precaria de su situación -que ya lo sabía- sino de lo vulnerable, de lo peligrosamente vulnerable que era, tuvo que ser responsable y tomar la decisión, por él y los suyos, de irse de Venezuela. Y como ha tenido que hacerlo, le ha tocado ponerse memorioso para dejar constancia de la breve y feliz historia de un medio muy sui generis, que en una de las épocas más duras -si no la más- ha hecho, a su discreta y particular manera, lo que otros, más grandes y con mucha más trayectoria y recursos, se negaron a hacer: informar.

¿Por que tuvo Revista OJO, aquella deliciosa revista cultural y universitaria tan bien dirigida por el brillante Jesús Torrivilla, que convertirse en un medio digital e informativo? El periodista, que fue a quien le tocó sacar las dos últimas ediciones impresas y luego hacer la transición a lo digital y estar al frente de ella por casi cuatro años, lo puede decir con propiedad: por compromiso. Cierto que el papel glasé se había acabado en Venezuela, que la imprenta había pasado semanas parada por falta de repuestos y que los costos se hicieron impagables. Pero ello sólo habría obligado a un cambio de formato y nada más. Sin embargo, lo hubo también de contenido. Y ello se debió a la improbable y afortunada coincidencia de unos directivos comprometidos con Venezuela, y de un periodista que quería, y no es perogrullada visto lo que hacen otros ‘colegas’, hacer periodismo.

Esa, no se le olvidará nunca al periodista, fue la respuesta de Verónica Ruiz del Vizo en una reunión editorial que apuntaba a ser de liquidación y despedida -se había acabado el papel y la revista no saldría más, nos informaba-, y que terminó por ser de resurrección y bienvenida. “¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Periodismo!”, monologó la fundadora, para luego, siempre pionera, decir que tendríamos como caballito de batalla Instagram -en ese momento una red social de fotos que parecía hecha para todo menos para informar con texto-, darnos ella un hashtag de su cosecha -#JóvenesInformados- y toda la libertad del mundo para hacer el periodismo que quisiéramos, que terminó siendo uno combativo, independiente, irreverente, faltón, retador, a veces escandaloso y otras tantas radical pero siempre contrastado y sobre todo bien escrito, como tenía que ser (no había de otra) el medio dirigido por el periodista, que se había pasado el bachillerato diagramando tabloides en la última página de sus cuadernos y la universidad leyendo clásicos en la biblioteca, que en los viajes compraba (y disfrutaba) tanto ‘The New Yorker‘ como ‘The New York Post‘, y que ahora tenía un cuadrado en blanco en una red social para hacer las portadas de tabloide que siempre había querido y 1.500 caracteres (hoy son ya 2.200) para escribir los textos que tenía en deuda tras tanto leer.

Como lo son siempre los años de fundación, aquellos primeros de Revista OJO en digital fueron preciosos, o así los recuerda el periodista. Todo tuvo que iniciar de cero. No había nada hecho y todo se podía inventar. Ensayo y error mediante, recuerda el periodista, fueron dando con lo importante: los horarios, la diagramación, los temas y las secciones. Todo sometido al juicio implacable de los likes, pero, sobre todo, al de los comentarios, tan o más efectivos que los viejos termómetros de mercurio. Y así, poco a poco, se fue creando alrededor de Revista OJO una comunidad de lectores, pequeña pero alturada, más de argumentos que de insultos, que acabó por darle ese toque genuino, de special one, que es el que finalmente la ha caracterizado. Y ya una vez hecho todo, habiendo descubierto (que no inventado) el agua tibia, lo que quedó fue seguir informando. En Venezuela se hizo silencio, pero Revista OJO habló. Los medios o desaparecieron o se moderaron (esa forma de desaparecer aún estando), voltearon para otro lado, pero el pequeño OJO siguió aguzado, viendo, contando e informando. En los años más duros, y de eso puede gloriarse el periodista, en Revista OJO se escribió tanto de lo que se podía como de lo que no, porque el criterio, traducido a pregunta, nunca fue ¿podemos escribir de…?, sino ¿tenemos que escribir de…? Y con esa sola pregunta, el periodista y sus compañeros informaron, no sin miedo algunas veces (porque lo hubo), de narcotráfico y bolichicos, de ladrones de cuello rojo, blanco y hasta amarillo, de clanes y carteles, de testaferros y sancionados, de Diosdado y de Maduro, y de todo lo que quisieron y consideraron importante, sin olvidarse nunca de la cultura, que fue (y es) otra forma de resistir. Durante casi cuatro años, todos los domingos el periodista firmó una reseña de libros, y entre semana, junto con sus compañeros, cientos de breves reseñas biográficas de hombres notables; hasta una serie sobre los Premios Nobel Latinoamericanos se hizo, sin olvidar los muy populares y demandados tips de gramáticas de #HayQueSaber, luego convertidos en taller universitario. La apuesta era clara: inspirar, elevar y enriquecer a unos lectores a los que la revolución quería ignorantes.

Y cuando en abril de 2017 la calle se encendió y hubo que volver a preguntarse qué hacer, la respuesta no varió: periodismo. Y periodismo implicó dejar la oficina y salir a cubrir las marchas. El periodista, entonces, pasó de editor con aire acondicionado a reportero de guerra con chaleco antibalas, máscara antigas y casco blindado. Fueron tres meses duros (durísimos), de violencia, barbarie y sangre, de represión desmedida, de una agresión física, y de mucho horror. Pero ahí estuvo el periodista, en la línea de fuego, escribiendo para Revista OJO, haciendo crónica y dejando para la posteridad el relato en prosa de lo que era estar allí, lo que se sentía, lo que se veía, lo que se vivía. Y no sólo escribiendo, también reportando. Porque estar a la altura implicó, en días cuando la televisión y la radio no dijeron nada, aprovechar las ventajas de la tecnología (e invertir en internet portátil) para hacer transmisiones en directo vía Instagram Live y ser un OJO más a través del cual Venezuela y el mundo pudieran ver. Eso fue puro periodismo y compromiso, las dos palabras que marcaron y siguieron marcando Revista OJO. Porque cuando la represión y el desencanto sofocaron la calle, el periodista y su equipo siguieron en combate. A la constituyente la llamaron fraudulenta y desde entonces una (f) ha antecedido (norma de estilo) a sus funcionarios y cargos; de frente y en voz alta hicieron (y trataron de responder por dos semanas) una pregunta peligrosa y subversiva pero necesaria: ¿por qué no cayó?; a los presos políticos les dedicaron una larga serie para visibilizar sus casos; en las presidenciales, a pesar de las amenazas de Tibisay, llamaron a la abstención, y siguieron, para resumir, siendo puro periodismo y compromiso.

¿Hubo en Venezuela otro periodista, no propietario de medio, tan libre como él? El periodista no lo sabe, pero quisiera pensar que sí. Quisiera pensar que otros colegas suyos también disfrutaron del alivio que da no tener compromisos ni deudas con nadie, escribir sin presión, titular sin coacción, elegir tema y jerarquizar sin agenda, y publicar sin tener que pedirle permiso a nadie más que a la conciencia y a los principios. Que ese, en muy resumidas cuentas, fue su improbable día a día en Revista OJO por casi cuatro años, y por el cual no puede hacer otra cosa, habiendo ya llegado el final de su tiempo al frente, sino agradecer de corazón a todos aquellos que lo hicieron posible: empezando por los directivos, VRdV y OS, que dejaron el medio en sus manos y le dieron libertad total para hacer con él lo que quisiera; continuando por sus muchos y muy talentosos (y queridos) compañeros, cómplices con él en esa aventura arriesgada e insensata; y terminando por los lectores, que con su fidelidad, sus siempre cariñosos elogios, sus oportunas y necesarias críticas, y sus muy alturados comentarios, hicieron posible el sueño de un periodista que quiso ser libre (y hacer periodismo libre) en tiempos de dictadura…y lo consiguió en un medio llamado, honra y loor por siempre, Revista OJO.

La historia que los nietos de Reynaldo Riobueno no se cansarán de escuchar

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si la vida lo premia con largos años y una prole numerosa, Reynaldo Riobueno tendrá forzosamente que contarles a los nietos, una y otra vez, la fascinante e improbable historia de cómo la vida le cambió por completo en el año 2017. El Reynaldo abuelo no podrá pasar mucho tiempo sin mostrarles la Canon T2i (para ese entonces una reliquia) con la que registró las primeras protestas de ese año definitivo para él y cuyo obturador congeló para siempre la imagen de un Hans Wuerich desnudo, lloroso y lleno de perdigones, en medio de la autopista. A juro deberá arremangarse la bota del pantalón y enseñarles a sus vástagos las cicatrices dejadas por los 9 tornillos y la placa de titanio que tuvieron que ponerle  en la pierna izquierda para curarle la fractura de tibia que le produjo un bombazo disparado aposta por una tanqueta de la GNB. Siempre deberá tener una copia, o al menos recorte, del durísimo informe de la ONU con el que colaboró, y que tanto ayudó a desenmascarar la dictadura. Y nunca podrá dejar de repetir, con lujos de detalles, la historia de cómo una ida casual al banco terminó desembocando en una salida madrugadora y casi clandestina del país. Y es que todo lo que vivió en los últimos cinco meses este casi ingeniero con vocación de fotógrafo por osar informar en dictadura es de esas cosas que son dignas de ser recordadas siempre. Para que no haya que esperar el nacimiento de los nietos, @RevistaOJO lo entrevistó largamente en Miami, donde de momento reside. He aquí, en primera del singular, una historia que dentro de dos o tres generaciones los Ryobueno todavía escucharán.

I

DE ESTUDIANTE DE INGENIERÍA A FOTÓGRAFO

“Tienes buen ojo. ¿Por qué no te pones a estudiar fotografía?”

-Mi papá tenía una cámara guardada para los viajes y un día revisando cosas la saqué y le pregunté si podía usarla. Él me dijo que comprara un rollo y viera cómo me iba. Hice unas primeras fotos, las imprimí y mi papá me dijo: ‘Guao, tienes buen ojo. ¿Por qué no te pones a estudiar fotografía?’. Entonces, me compré mi cámara digital, hice un curso con el maestro Roberto Mata, y empecé a salir a fotografiar las protestas, pero como estudiante. En ese momento [2014] estudiaba Ingeniería en Telecom en la USB, era presidente del Centro de Estudiantes e iba con mi franela amarilla y con mi cámara a manifestar. Mis papás estaban aterrados porque tenía dos puntos en contra: ser presidente de un Centro de Estudiante y fotógrafo. Pero no me pasó nada. Luego, me cambié de la USB a la UCAB, por todo el tema de los paros y por problemas con el pensum, y así llegamos a 2017. Cuando empezaron las protestas dije: ‘me toca hacer otra labor, ya no como estudiante sino como fotógrafo’. Había conseguido un trabajo en Unión Radio y IVC, que es un canal internacional, por lo que tenía carnet de prensa, casco, máscara, chaleco, todo, y ya mis papás estaban más tranquilos.

II

DE FOTÓGRAFO A AMENAZADO

“Cuidado con una vaina, carajito”

-Recibí varias amenazas estando en protestas. Una de ellas fue el 20 de abril, cuando le estaba tomando la foto a Hans. La foto en la que él parece un Cristo, llorando con toda la cara llena de perdigones, es mía. Yo me había concentrado tanto en la foto, que me quedé solo. Éramos Hans y yo en medio de la autopista. Entonces, el Comandante de la GNB se me acerca y me pregunta de qué medio soy. Le muestro la franela, que estaba identificada con Unión Radio, y me dice: “No te creo una vaina, muéstrame el carnet”. Se lo saco y me dice: “Cuidado con una vaina más adelante, carajito, y te jodemos”.

III

DE AMENAZADO A VÍCTIMA

“Todavía sueño con lo que pasó ese día”

-Para el 03 de mayo, día en el que la oposición convoca una marcha encabezada por los diputados, yo ya había recibido 3 bombazos: uno en la cabeza (tenía casco, afortunadamente), otro en el pecho (tenía el chaleco y me dejó un morado), y uno en el pie izquierdo (que me dejó otro morado). Por eso en la marcha yo estaba más cauto y no me metía detrás de los muchachos de la Resistencia, por ejemplo, que era de las tomas que más me gustaba hacer. Ya la represión tenía rato y yo estaba en la Francisco Fajardo a la altura de las gotas del CCCT cuando escucho que del parlante de la tanqueta dicen: “Dispárale al de blanco. Dispárale en la pierna”. En el momento yo me veo y digo: ‘No creo que haya sido conmigo’, pero cuando me volteo y me doy cuenta de que soy el único que tiene una franela blanca hasta las muñecas, me asusto y pienso: ‘Me voy a quedar con la prensa’. Esa fue mi medida de precaución: ‘No me voy a ir, pero me voy a quedar con la prensa para cuidarme’. Pasan 5 minutos, salgo al hombrillo a tomar una foto, oigo una detonación y siento un golpe en la pierna: me habían disparado una bomba. Volteo hacia abajo y veo la pierna sangrando; entonces intento caminar, y en el momento en que pongo la pierna en el piso me doy cuenta de que la tengo fracturada porque percibo el crackeo del hueso y siento que está roto. A partir de ese momento no pude volver a pisar.

Unos compañeros fotógrafos me llevan cargado hasta el otro lado de la autopista, por el Sambil, donde hay unas piedras, y me dicen: “Nos quedamos contigo, porque si te dejamos solos te pueden llevar”. La gente de primeros auxilios comienza a curarme la pierna, y cuando me están cargando para llevarme, lanzan una bomba lacrimógena cerca de nosotros. Nos retiramos un poco más, me siento en una de las piedras y llamo al motorizado para que me vaya a buscar, porque no podía caminar del dolor. Entonces se me acerca un GNB y me dice: “¡Camina, camina, porque si no te llevo!”. Yo trato de explicarle, todavía de un modo razonable, que me había golpeado la pierna y no podía caminar. Ni siquiera le dije que me habían disparado ellos. Y él: “No. Camina o te llevo”. Les dije a mis compañeros que se fueran, y yo me fui saltando en una pierna aproximadamente 20 metros hasta que pude conseguir al motorizado. Me monto en la moto todavía con la pierna sangrándome, guardo las cámaras y me voy a Salud Chacao. Allí me hacen el ‘Rayos X’ y confirman que tengo una fractura de tibia; entonces, me inmovilizan la pierna desde el dedo gordo hasta la nalga para evitar que se mueva la fractura. Seis días después, el 09 de mayo, me operan, y cuando abren la pierna se dan cuenta de que está más fracturada de lo que se apreciaba en las radiografías, y me tienen entonces que poner 9 tornillos y una placa de titanio que me la cubre toda. Yo, sencillamente, no me lo podía explicar. Después recordaba las cosas, de hecho todavía sueño con lo que pasó ese día, y fue bárbaro.

IV

DE VÍCTIMA A DENUNCIANTE

“Quería sentirme útil durante el encierro”

-Desde mi casa traté de continuar con mi labor, denunciando lo que tenía que denunciar. Por mis redes publicaba un noticiero cada 3 horas. También comencé a colaborar con medios internacionales: agarraba cortes de videos y se los mandaba a CNN, a la BBC, a ‘El País’, etc. A veces los publicaban y a veces no. Quería sentirme útil durante el encierro de 4 meses que tuve en mi casa. Formé parte de las víctimas de COFAVIC y tuve varias reuniones clandestinas con embajadores y el Alto Comisionado de la ONU. Yo les declaré como víctima, por lo que me había ocurrido. Ellos se interesaron bastante en mi caso y como además había estado cubriendo las protestas, me hacían preguntas sobre lo que estaba sucediendo: si de verdad la GNB disparaba de frente contra los manifestantes, por ejemplo. Yo tenía material sobre eso, y ellos querían constatar que eso realmente estaba pasando en la calle; entonces me pidieron todas las fotos y videos que tenía: eran casi 300 gigas, que estuve como 3 semanas subiendo a la web.

V

DE DENUNCIANTE A PERSEGUIDO

“¡Te están buscando!”

-Dos días después de la publicación del primer informe de la ONU sobre Venezuela, llegaron unas camionetas negras sin placa a mi edificio. De ellas se bajaron unas personas uniformadas de negro y empezaron a preguntar por mí. “Reynaldo Riobueno. El fotógrafo Reynaldo Riobueno”, así decían. En ese momento no había nadie en la casa. Entonces comenzaron a interrogar al conserje y al vigilante, les preguntaron si yo recibía visitas, que quienes vivían conmigo, etc, etc, etc. Ellos le avisaron a mi mamá y ella me llamó desesperada: “Te están buscando, te están buscando”. Yo en ese momento estaba haciendo una diligencia en un banco y lo que pensé fue: ‘me están buscando por colaborar con la ONU y por sacar material hacia afuera; toqué una llaga que no les gusta que les toquen y me quieren joder’. Contacté a unos amigos que tenía en la AN y en COFAVIC, y me dijeron: “Escóndete a ver qué pasa”. Entonces, decidí no volver a mi casa. Yo, como sabía que podía ser blanco de ellos por publicar información en redes y colaborar con la ONU, ya tenía un lugar para esconderme fuera de Caracas y un bolso con ropa en ese lugar, entonces me fui para allá y más nunca volví a mi casa.

VI

DE PERSEGUIDO A ENCONCHADO

“Tú estás colaborando para afuera: te vamos a joder”

-Yo pasé 8 días escondido en el interior del país. Fueron 8 días en los que casi no podía dormir por el terror de sentir que me estaban persiguiendo. Trataba de desconectarme pero era imposible. Con mi familia me comunicaba por medio de una aplicación, pero tampoco daba muchos detalles por allí, ya que no sabía qué tan segura podía ser. No me podían visitar en el lugar donde estaba por razones de seguridad, ya que si los seguían a ellos me encontraban a mí, y podía ser muchísimo peor. Cometí, sin embargo, el error de no sacarle el chip inmediatamente al teléfono, y recibí una llamada de un número desconocido. Cuando la atendí me empezaron a gritar: “Te vamos a joder, carajito. Tú estás colaborando para afuera y te vamos a joder”. Inmediatamente tranqué, saqué el chip del teléfono (porque si lo mantenía me podían rastrear) y lo apagué. Entonces, la recomendación que me dieron COFAVIC y el Alto Comisionado fue que saliera del país lo más pronto posible. Preferí eso antes que verme metido en una cárcel torturado y que mi familia estuviera sufriendo: no podía permitir que pasaran por eso. Con ellos tuve un proceso de despedida a distancia y duro, sobre todo con mi hermanito de 8 años, porque todo fue muy rápido y violento, no hubo nada planificado, y hubo mucho terror y miedo de por medio.

VI

DE ENCONCHADO A EXILIADO

“Gracias a Dios llegué sano y salvo”

-Yo manejaba varias opciones para salir de Venezuela sin pasar por Maiquetía, pero pasaban los días y ninguna cuajaba, y dije: ‘necesito salir lo más rápido posible y sin esperar, porque si no en cualquier momento van a atentar contra mi familia o contra mí’, así que me arriesgué a salir por Maiquetía de madrugada. Luego de una semana escondido, bajé a La Guaira. Lo hice con un carro adelante y uno atrás para prever que no hubiera alcabalas, porque no sabía si mi nombre estaba en alguna lista extraña o algo así. Al llegar, me quedé en un pequeño hotel de bajo perfil en Vargas. Mis papás, para prevenir, bajaron por otro lado y se cambiaron una vez de carro por si los estaban persiguiendo. Tuve que borrar toda la información de mi computadora y de mi teléfono para no levantar sospecha en Maiquetía. Entré a inmigración a las 3 de la mañana y la GNB no me revisó nada. El vuelo salió a las 5 de la mañana y gracias a Dios llegué aquí (a EE.UU) sano y salvo, sin que esos animales me revisaran.

VII

EN EL EXILIO

“Algún día volveremos a encontrarnos allá”

-Luego de varios días aquí es que he ido procesándolo todo, y he llegado a la conclusión de que sí valió la pena: yo dejé mi grano de arena, mi material no es que se quedó en una memoria y ya, sino que se está usando para denunciar al régimen internacionalmente. Que yo esté o no en el país, eso no va a cambiar la situación de Venezuela. Mi salida es circunstancial: cuando la dictadura caiga sin duda voy a volver. Mi país está allá. Mi familia está allá. Mis abuelos están allá. Mis primos están allá. Mis amores están allá. Mis playas están allá. No sé si falte mucho o poco para ese día, pero sé que nada es para siempre y algún día volveremos a encontrarnos allí. Mientras tanto, yo voy a hacer una vida aquí, obviamente, porque no puedo pararla. Pero luego voy a volver para ayudar a rescatar y a reconstruir el país. De hecho, esa es la foto que me falta y que quiero hacer: la de la Venezuela de la reconstrucción y del rescate.