Vivir el apagón a la distancia: hay que seguir

“Los espacios de los territorios ancestrales guardan la memoria”, escuché en una conferencia a la que fui hace poco. Al vivir en Estados Unidos, algunas veces sale a relucir mi persona latina, más global, más panamericana, quizás con el fin de que mis hijas vean un modelo que las ayude a construir una identidad, la cual ciertamente se está erigiendo sobre fragmentos. Soy venezolana, mi esposo es peruano, ellas tienen un poco de todo; desde que nació la mayor hemos vivido en tres ciudades (y estados) diferentes, en tres microcosmos. Mis hijas se aferran a fragmentos, pedazos de vivencias de territorios, trozos de Florida, de Georgia, de historias contadas sobre Perú, sobre Venezuela, sobre la Venezuela mía que ya no existe. Territorios ancestrales.

 

Por fin te conozco. Pero me parece que ya nos hemos visto, ¿no?

La miro a la cara, su sonrisa le llena el rostro. Veo sus brazos que se levantan en un intento de formar un semicírculo. Quiere abrazarme. Me aproximo a ella con el objeto de dejar que lo haga. Venimos de la misma tierra.

Efectivamente nos habíamos visto una vez. De pasadita, unos minutos. Ella estaba sentada con un grupo de personas y yo conocía a un par. Estábamos en el Birch Tree, en la calle Green. Carlos tocaba con su banda y yo andaba con las tres niñas. Me la presentaron mientras yo tenía a la chiquita en brazos, la mayor me agarraba la mano y la mediana me halaba el pantalón para preguntarme la diferencia entre dinosaurios y dragones.

 

Hola, guapa. ¿Te apetece ir a almorzar este viernes? Quiero que conozcas a una maestra venezolana, se llama Blanca. ¿De doce a dos te viene bien?

Lola, una española simpatiquísima que trabaja en la Clark University, me contacta y me invita. Le digo que sí, estoy disponible. Me pregunto en dónde trabajará esa venezolana que me quiere presentar, qué materia dictará, cómo se verá. No tengo amigos venezolanos en Worcester. Quiero verle la cara, los ojos. Por la dinámica de mi vida, quizás por las mudanzas, no me mantengo en una búsqueda de paisanos perenne. Me dejo conocer por gente que tenga afinidades conmigo sin importar de dónde vengan.

 

Mira mi cadena, me la puse porque te iba a conocer. Cuando yo conozco a una persona venezolana la quiero, la consiento.

No puedo negarlo, el mapa de Venezuela que cuelga de la cadena de Blanca me remueve el corazón, me hace ver la película de toda mi vida en un par de segundos. Realmente Blanca es una consentidora. Nos encontramos en el Nu Café y me abraza, abraza a Lola. Me cuenta de sus hijos, de su nieta, de su trabajo. Es empleada del sistema de escuelas públicas del condado de Worcester, especialmente se desempeña con niños bilingües. Blanca habla de lo que hace diariamente, describe a los niños con ternura, indica que el cansancio se le quita cuando se pone en una mesa a trabajar con ellos, nombra a varios, acompaña sus nombres con adjetivos positivos, demuestra que les tiene cariño.

También escuché decir en la conferencia que la nostalgia no se presenta enteramente basada en lo que se recuerda y lo que se quisiera retener sino en el encuentro de dos objetos o experiencias (o personas) en un momento determinado. Y veo a Blanca, y nos encontramos, y sale a relucir mi persona venezolana, mi persona llena de nostalgia, de memorias que nunca se borran pero que luchan por forrarme la mente de palabras bonitas.

 

¿Cuándo nos vemos? Vamos a cuadrar para almorzar.

Leo el mensaje de texto de Blanca y me doy cuenta de que hace dos meses que no la veo, que no miro el mapa que tiene guindado del cuello. Le respondo. Sonrío cuando me envía una carita feliz y pienso que en unos días volveré a unos de esos territorios ancestrales. No obstante, pasan muchas cosas y no logramos reunirnos. Una gripe, muchos exámenes por corregir, una tormenta de nieve, una reunión de última hora. Cancelamos y posponemos. Se termina el año 2018, comienza el 2019 y seguimos posponiendo. Finalmente cuadramos para juntarnos el 15 de marzo; Blanca tiene unas ideas para un proyecto de pedagogía y quiere compartirlas conmigo y con Lola.

 

Planeamos todo antes de que ocurra el apagón. Planeamos todo antes de sentir un dolor de estómago punzante y permanente. Los días de incomunicación duran para siempre. Aunque pasen nunca se borran. El no saber es lo peor. Tener a los viejos sin pila en el celular para mandar un mensaje es una tortura. ¿Y de qué me sorprendo? ¡Si eso hacen las dictaduras! Controlar y torturar. El terror psicológico es una de sus grandes herramientas. Seis días sin saber de mi tío José ni de mi tío Anel, seis días manteniendo los ojos pegados al WhatsApp con la esperanza de recibir un “estoy bien” de mi papá o de mi primo David que vive detrás, o de mi tía Loida o mi tía Olga que viven muy lejos. Algo, una señal de vida. En esos días hago una cosa que nunca había hecho. Le digo a un mandatario que se va a ir al infierno. Es verdad, se irá. Se lo digo por Twitter. Luego me meto en la cuenta de su mujer y le pregunto que cómo siendo madre puede soportar la muerte de tantos hijos. La desesperación me hace perder la concentración, no hago casi nada de lo que había planeado para mi Spring Break, corregir trabajos, escribir. Nada. Se me pasan las horas viendo noticias, preocupándome en grupo (¡los del WhatsApp!) con mi familia, llorando a escondidas para que mis niñas no me vean.

 

Nos vemos pronto, amiga.

Recibo otro mensaje de texto de Blanca, me recuerda que llega el momento de reunirnos. No hablamos del apagón por alguna razón. Sin embargo, presiento que cuando la vea su sonrisa no será la misma, que algo en su cara no va a destellar como la primera vez que la vi. Ese pálpito me hace pensar en lo injusta que puede ser la vida.

 

Hola, guapa. Por fin logramos quedar.

Me saluda Lola con dos besos. Nos encontramos de nuevo en el Nu Café y escogemos una mesa junto a la ventana. Esperamos a Blanca. Llega un poco tarde, atrasada por el trabajo. La veo y noto que se emociona al vernos; nos lo dice. Se sienta y comenzamos a hablar del objetivo de la reunión pero tras dos segundos interrumpe la idea para expresar que estos han sido días muy difíciles. El apagón del alma. Quizás debamos llamarlo de esa forma. Nos cuenta de su abuela que todavía está viva, de su mejor amiga que dirige un preescolar en Puerto Ordaz en el que los niños no tienen colores para pintar, de su mamá que llegó a Worcester hace tres meses sin poder caminar porque no recibía la dosis diaria para su artritis. Se queja de la situación, del no saber, del terror, de la angustia, se queja de lo mismo que yo. A Blanca se le ponen los ojos aguados, la sonrisa desaparece, y la voz se quiebra. Ocurre lo que presentía.

 

Lola hace silencio y nos escucha atenta. Yo empiezo a hablar de mi papá, les cuento que el Hospital Clínico de Maracaibo, donde ha trabajado por más de cuarenta años, está cerrado como resultado del apagón, que no ha visto a sus pacientes porque no puede salir de su casa por los saqueos, que no tiene agua, que no sé cómo hace para sacar la poca que guarda en el tanque subterráneo; tiene 77 años. Es un hombre fuerte y sano pero está viejo. Es mi viejo. Les digo que mi papá está solo y arranco a llorar.

 

Pero cómo puede estar pasando esto, ¡joder!

Me cubro los ojos con los dedos, oigo la queja de Lola y cuando me destapo veo las lágrimas de Blanca. Nos agarramos de las manos y hacemos un círculo entre las tres. Me percibo vulnerable, sin fuerza, derrotada. Palo tras palo. El contacto con ambas me reconforta aunque continúo sintiéndome abatida. Nos miramos y seguimos conversando un poco más del apagón, de la tragedia que significa vivir en Venezuela estas últimas dos semanas. Blanca hace una pausa y traga fuerte. Nos dice que a veces hace falta verbalizar el dolor para seguir. Realmente es un peso que no deja caminar. Ni escribir. Empezamos a conversar sobre el proyecto de Blanca y logramos articular otras ideas.

 

Pasa el tiempo, llega la hora de despedirnos fijando ya una próxima fecha de reunión. Blanca me abraza. Lo mismo hace Lola. Me siento querida y por un momento me llega una ráfaga de optimismo. Salgo al estacionamiento, me meto en el carro, chequeo el celular. Mi hermano me manda un mensaje: American Airlines anuncia que suspende los vuelos de Venezuela. Una vía de sacar a mi viejo y a muchos viejos de Venezuela posiblemente se cierra, deseo que no sea cierto. El no saber, la incertidumbre, el terror. Pienso en la Venezuela mía que ya no existe, en los territorios ancestrales y en mi papá. Grito ¡carajo! dentro del carro, lo prendo, me voy. Maldigo al dictador y a toda su gente. Llego a mi casa y abrazo a mis niñas. Cancelo la cita de trabajo que tengo luego. No tengo cabeza para nada. Hablo, hago conjeturas, pienso en posibilidades y luego me calmo. Escribo esta crónica sin saber qué pasará en el lapso de una hora pero me prometo a mí misma seguir. Hay que seguir.

 

Por Naida Saavedra  | @naidasaavedra 

 

Remesas: un respirador artificial

El país se hizo portátil. Más de tres millones de venezolanos se lo han llevado consigo a distintas latitudes, según cifras de migración de la ONU. El éxodo es inocultable, y, en contraste a la cantidad de gente que se va, el número de divisas que ingresan al país por concepto de remesas ha aumentado proporcionalmente. Muchos de esos emigrantes buscan trabajar de inmediato en sus nuevas latitudes, no solo para sobrevivir, sino para enviar algo de dinero a los familiares que permanecen en el país. Con ese monto, que al cambio en bolívares puede resultar muy superior a un sueldo mínimo, quienes lo reciben pueden todavía subsistir, y es así cómo las remesas acaban amortiguando la crisis económica y social que atraviesa Venezuela.

Producto de una hiperinflación que se acrecienta más, los salarios en el país no solo resultan insuficientes, sino que pierden poder adquisitivo con el pasar de cada día. Ante esto, las remesas aparecen como un imperioso complemento que les permite a muchos jóvenes estudiar, a familias alimentarse y a comercios mantenerse.

Oxígeno para la economía

Presentadas como un “salvavidas” a medida que recrudece la crisis, las remesas son un nuevo elemento incorporado a la realidad venezolana. Según datos del Banco Mundial, la cifra de ingresos al país por este concepto viene aumentando paulatinamente desde 2012, cuando se ubicó en 118 millones de dólares, hasta llegar a los 293 millones registrados en  2017.

No obstante, esa cantidad difiere y por mucho con respecto a otras mediciones, como la realizada por el Fondo Monetario Internacional, según se cita en un informe de Ecoanalítica, que la ubicó entre los 1.000 y 1.500 millones de dólares para ese mismo año. Y difiere también con los datos del Banco de Desarrollo de América Latina, según el cual ingresaron más de 2.000 millones de dólares en remesas durante 2017.

Para 2018, el monto total no quedó rezagado, pues según un estudio realizado por la propia Ecoanalítica, las remesas podrían haber alcanzado los 2.400 millones de dólares. Es indudable que el peso de ese dinero se va asentando en el país, aunque para el director de Econométrica, Henkel García, el total sigue siendo bajo. “Venezuela tiene una economía que necesita anualmente cerca de 1.000 dólares en importaciones por habitante. Hablamos de 30.000 millones de dólares al año. El monto actual representa unos 2.000 millones; es apenas una décima parte”, señala.

A juicio de García, el ingreso de remesas puede aumentar exponencialmente, pero su utilización es lo que marcará su grado de utilidad para el país. “Si su peso para los requerimientos de la economía sigue siendo bajo, habrá que ponerlas en su debida proporción. Lo que sí pueden hacer es una diferencia tremenda a nivel de las familias que las reciben”, acota.

Es ahí donde radica justamente la importancia de las remesas, pues les permite a muchas familias hacer frente a las vicisitudes diarias. Además, con las consecuentes transacciones y gastos, ese dinero extra termina moviendo la economía, o por lo menos haciendo que mantenga algo de ritmo dentro de la prolongada recesión que experimenta desde hace años, y que llevó a que en 2016 se reconociera la crisis con un decreto de emergencia.

En dicha crisis, marcada por la inflación más alta del mundo, el desabastecimiento y la caída del sector petrolero, las remesas vienen entonces a representar un tanque de oxígeno para que la economía siga operando, tal como señala el economista y colaborador de Cedice Libertad, Oscar Torrealba. “Las remesas se están convirtiendo en la segunda fuente de divisas del país”, indica. Lo que, a su juicio, denota dos cosas: “que la crisis se está agudizando y que la economía está estancada, pero también que hay muchos venezolanos productivos afuera”.

Con una economía estancada y una crisis que se agudiza, el panorama para quienes permanecen en el país presenta condiciones poco humanas. En esa resistencia, muchos venezolanos ven un apoyo fundamental en el dinero que les envían familiares desde el extranjero, sin el cual les resultaría casi imposible subsistir.

Amortiguadoras de la sociedad

 

Inflación en dólares. Cortesía: Ecoanalítica.

Las remesas permiten a muchos venezolanos mitigar de cierto modo los embates económicos. No pueden ser el único ingreso para sobrevivir, debido a que la inflación también consume ya el valor de los dólares, como señala Asdrubal Oliveros, director de la firma Ecoanalítica, pero sí pueden ser complementos fundamentales, mayores a los sueldos.

Daniela Buitrago pasa sus días entre la UCV, donde estudia Comunicación Social, y su trabajo. Su familia sufrió en 2018 la ida de su padre a Medellín, quien ahora les manda remesas. Ese dinero resulta fundamental para su subsistencia, según señala, porque le permite seguir estudiando sin tener que recurrir a un segundo trabajo. “Podríamos sobrevivir sin la remesa, pero sería muchísimo más trabajoso: mi mamá tendría que trabajar más, y yo tendría que trabajar más, porque con sueldos mínimos no es posible. La remesa supera ese monto, y estar sin eso sería complicarse más”, indica.

Aunque en su casa las remesas van destinadas a la compra de alimentos y a los imponderables del hogar, agrega también que gracias a estas tuvieron oportunidad de ir al cine en una ocasión, dejando ver con ello otro de los usos que pueden darse a ese dinero, como lo son las actividades de entretenimiento y recreación.

Esta otra destinación es más visible con Angélica Guarenas, madre de familia que trabaja como coordinadora de Permisología y Desarrollo de Nuevos Productos en la empresa Chocolates San José, además de ser profesora de postgrado en la UCV. Su familia recibe remesas desde principios de 2018, provenientes de su pareja, quien emigró a Chile a inicios de 2018. Aunque ese dinero no le resulta esencial porque cuenta con un salario que le permite cubrir las necesidades básicas, según indica, sí que les hace la vida más cómoda. “Si bien yo puedo cubrir los gastos básicos con mi sueldo, los adicionales se cubren es con la remesa. Si quiero hacer algún curso, por ejemplo, se paga con esta”, indica.

Aquí las remesas sí van destinadas a gastos ajenos a la cesta básica, como ella misma expresa. “Sin la remesa no hay entretenimiento, y de hecho es algo que se planifica”, culmina. Esto demuestra una cosa, y es que las remesas están amortiguando además la crisis social del país, tal como señala la también socióloga y profesora universitaria, Verónica Zárraga, pero generando a la par una distorsión ahora a nivel social. “Se está mostrando una realidad que, desde la perspectiva de la sociedad productiva, engaña, genera representaciones que no corresponden”, puntualiza, refiriéndose a ese dinero con el cual se hacen gastos que, de otro modo, no se podrían.

Sin embargo, para Zárraga, esto no es nuevo, pues en su visión las remesas solo vienen a sustituir al petróleo como dinamizador de la economía y la sociedad. Y esta dinámica, agrega, viene dada por la concepción de un Estado manejado desde la beneficencia, y no desde la productividad. Pero en medio de la crisis actual, incluso ese Estado rentista se ha visto en jaque, y, viendo en las remesas un tanque de oxígeno, también él ha querido conectarse a este respirador artificial.

Intromisión del régimen

De las tres casas de cambio habilitadas, Italcambio es la de mayor reconocimiento internacional

Como parte de un intento por atraer las divisas que ingresan al país bajo la figura de remesas, el régimen autorizó en junio a tres casas de cambio para realizar operaciones relacionadas. Tales casas (Italcambio, Grupo Zoom e Insular) recibieron el aval para operar con sus agencias, pero bajo la tasa que estableciera el régimen a través del Banco Central de Venezuela (BCV). Y esa tasa ha permanecido muy por debajo del valor de la divisa en el mercado negro. Además, vale destacar que a fines de julio se derogó la Ley de Ilícitos Cambiarios.

A partir de todo esto podría inferirse una apertura al mercado cambiario, pero la advertencia que recoge el diario El Universal hecha por Antonio Morales, Presidente de la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario (SUDEBAN), parece no indicarlo así: “El envío de remesas desde el exterior debe efectuarse por casas de cambio y no por transferencias entre personas naturales o jurídicas que envían dinero por medio de la banca electrónica sin pagar las tasas correspondientes”.

No obstante, con un control de cambio establecido desde hace 15 años, y por la desconfianza que genera en sí el régimen, tampoco es probable que la gran parte de las remesas se canalicen a través de esa vía. “Se eliminó la Ley de Ilícitos Cambiarios, pero la gente no puede enviar las remesas por el medio que quiera, sino que tiene que hacerlo por los medios oficiales, al tipo de cambio oficial”, argumenta el economista Oscar Torrealba.

Para el además profesor universitario, esa necesidad del régimen de encausar las remesas por medios “oficiales”, se debe a la posibilidad de acceder con ellas a divisas extranjeras. “La urgencia de divisas se incrementa a medida que la economía produce menos, porque así se depende más de las importaciones. Al depender más de las importaciones, se depende más de las divisas, y como las importaciones están siendo prácticamente centralizadas por el gobierno, al final del día quien necesita más divisas es el gobierno”, añade.

Lo más probable es que la informalidad siga reinando en este sentido. Muchos de esos venezolanos que envían remesas deben someterse a trabajos forzosos, y lo que buscan es que esa porción de salario que pueden mandar sea aprovechada al máximo por sus familiares en el país.

Afuera también es difícil

José Manuel Rodríguez es uno de los tantos jóvenes venezolanos que se ha marchado del país para buscar un futuro. En febrero de este año abandonó la carrera de Estudios Internacionales en la UCV, para emigrar a Buenos Aires, donde obtuvo una beca en una universidad privada. Sus padres permanecieron en Venezuela y, desde junio, cuando consiguió trabajo en un laboratorio de ideas (think thank), él les ha enviado remesas para que puedan sobrevivir en medio del caos.

Subsistir con un salario mínimo, o no muy distante de este, es un reto duro en cualquier país. Las necesidades básicas elementales quizás quedan cubiertas (salvo en casos como el de Venezuela), pero se vuelve cuesta arriba hacer otros gastos. Y si encima toca desprenderse de un pequeño monto del salario, todo se torna más difícil aún. “Lo que esas personas le pueden enviar a sus familiares es lo mínimo, porque ellos también necesitan comer allá. Y está el tema de la salud, a muchos se les deteriora por la depresión”, comenta la socióloga Zárraga.

Este no es el caso de Rodríguez, según indica él mismo, pues no se siente limitado por enviar dinero a sus padres: en detrimento de las cosas que puede comprarse, le satisface mandarles dinero sabiendo que lo necesitan. “Desde que llegué he querido comprarme un teléfono, por ejemplo, pero no he ahorrado, porque en vez de hacerlo les he mandado dinero a ellos. La satisfacción por un teléfono nuevo es la misma que tengo por saber que están mejor”, relata a la distancia.

Finalmente, Rodríguez comenta que no contempla enviar remesas por los canales ahora legales, pues no le convendría, debido a que la tasa de cambio “oficial” tiene un valor asignado que, establecido por el régimen, no le compite al valor real en el mercado. Y así como él, son muchos los venezolanos que preferirán seguir usando los canales informales, en esta avalancha que significa el envío de remesas y que no se detendrán mientras el éxodo continúe.

La expansión y la dependencia

Las remesas no solo permanecerán en tanto continúe la migración, sino que se irán acrecentando. Sin embargo, para Henkel García esto no representa una solución de mediano-corto plazo para la economía venezolana, porque ese dinero enviado va enfocado a nivel de las personas y no a nivel macroeconómico.

A nivel social, por otra parte, el efecto de las remesas podría ser no del todo positivo de cara al futuro, tal como lo señala la socióloga Verónica Zárraga. “Creo que se puede generar un arraigo pernicioso para la sociedad venezolana”, comenta, aludiendo a la posibilidad de la dependencia a estas en un futuro post crisis.

Las remesas se posicionan como un nuevo elemento en la realidad de muchos venezolanos. Su peso no solo es económico sino también social. Y viendo en ellas a una muleta de divisas con la cual apoyarse, el propio régimen ha tratado de canalizarlas a través de sus organismos cómplices. Es decir, el resultado del éxodo, en un fenómeno paradójico, podría ser ahora uno de los sostenedores del régimen. Al menos por algo más de tiempo.

Dentro de la crisis, las remesas vienen a generar distorsiones y espejismos. Ahora al país lo sostiene, en buena parte, un dinero no trabajado aquí por los venezolanos. Y esa es, tal vez, la mayor paradoja socioeconómica en la Venezuela de fines de 2018, donde la inflación interanual finalmente se queda con el récord de la más alta en la historia de América Latina, y donde muchos venezolanos ya no ven soluciones a su cada vez más deteriorado nivel de vida, por lo que parten a otras tierras sin olvidarse de quienes aún permanecen en el país.

 

Por Anderson Ayala Giusti | @Anderson2_0

De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!

He visto a muchos venezolanos en las calles de Lima vendiendo bombas, tizanas, arepas, empanadas, limonada. En el Óvalo de Santa Anita, un lugar muy concurrido de la ciudad, suelen estar como un ejército de hormigas. Se les distingue a leguas, pues llevan dos sellos distintivos: la gorra tricolor y la camiseta de la Vinotinto.

El paisaje, a primera vista, es realmente desolador. Algunas de esas personas tenían un empleo formal en Venezuela; eran maestros, ingenieros, comunicadores o ejercían algún oficio. En Lima, como en otras ciudades del mundo a donde van a parar los venezolanos de la diáspora, el objetivo más inmediato es lograr reunir un poco de dinero para comer y pagar una habitación; es decir, sobrevivir.

Sobrevivimos al rencor, a los políticos mediocres, al primer novio, a la cursilería. Gabriel García Márquez lo resumía mejor: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Pienso en esto, y una verdad –dura y aplastante como una roca– viene de golpe sobre mí: hay que sobrevivir, ya no a los permisos negados de los padres para ir a una fiesta, ya no a la clase de matemáticas, ya no al Metro de Caracas, sino al hecho de ser emigrante.

Hasta enero de este año, según la Superintendencia Nacional de Migraciones de Perú, 100 mil venezolanos permanecen en este país. Mi pareja y yo, afortunadamente, conseguimos empleo (en una agencia digital) la misma semana que llegamos a Lima. Aunque pasamos a engrosar la cifra de venezolanos sin permiso de trabajo, hemos contando con una especie de “suerte” que parece reservada a unos cuantos. Al menos, por ahora, tenemos un sueldo fijo. No trabajamos lo fines de semana (los peruanos normalmente trabajan de lunes a sábado). A veces me perturba pasar más de nueve horas diarias en la oficina, pero agradezco no tener que estar de pie, bajo la inclemencia del sol, vendiendo algún tipo de producto.

Lima, la capital de Perú, huele a sazón. Algunos alegan que es el centro gastronómico de Suramérica. Se nota que a sus habitantes les gusta comer y por montón. Deleitar ceviche y tomar una chicha morada parece un ritual diario. Los jugosos trozos de pescado blanco envueltos en el jugo de limón pueden ser digeridos por cualquier peruano a las siete de la mañana. Un plato que parece ser pesado para esas horas, al menos para mí que estoy acostumbrada a desayunar pan o arepa. A la par, en calidad de comida, están los restaurantes Chifa; comida china con ingredientes peruanos. Cualquier plato puede ir acompañado con el refresco clásico Inca Kola.

Los ruidos ensordecedores de los automóviles y los comerciantes con sus puestos de comida hacen vida en las calles limeñas creando una gran urbe. Cuando camino por algunas de sus aceras noto que estoy en un país que tiene un rico contraste en el que se puede estar en el pasado pero también en el presente. Que, aunque sea un país de tradiciones, le están sucediendo cambios. Cualquier peatón se puede encontrar con una calle pavimentada que termina siendo de tierra.

Lima es una ciudad en donde en algunos de sus distritos predomina el polvo y los colores arenosos, esto se debe a los grandes edificios que están en construcciones. Su cielo no es nada predecible, un día puede estar un sol radiante, pero al otro totalmente nublado. El tráfico es abrumador. Las autopistas a toda hora tienen gran cantidad de vehículos. Cada persona que está frente al volante tiene sus propias reglas. Hay contaminación sónica por las bocinas de los carros; los fruteros que ofrecen, por altoparlantes, las bicocas; los colectores de las busetas –aquí con nombre de jalador– que gritan las rutas de su trayecto.

En el bus que agarro todos los días para el ir al trabajo se suele subir una mujer venezolana con una caja de chocolates en las manos –piel blanca, 1.60, cabello corto y rojo, bolso pequeño cruzado sobre su hombro izquierdo–. Tiene una retahíla, un discurso conmovedor, similar a los que usan los vendedores del metro y de las camionetas de Caracas, pero bien adaptado, no precisamente a la cultura peruana, sino más bien a las circunstancias.

“Buenos días, señores pasajeros. Por acá les traigo unos ricos chocolates, solamente a un sol. Un sol que no enriquece ni empobrece a nadie. Como podrán ver soy venezolana. Vine a este país huyendo de la fuerte crisis económica e igual que mis otros compatriotas estoy trabajando fuerte para llevar sustento a mi casa y enviar algo de dinero a mi familia en Venezuela. Quiero agradecer a Dios y al hermoso pueblo peruano que me abrió las puertas. Iré pasando por sus asientos, muchísimas gracias”.

Nuestro viaje con destino a Perú inició el lunes 22 de enero de 2018, a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Partimos con cinco bolsos: dos para cargar en la espalda, dos como equipaje de mano y uno en el que mi mamá me acomodó nuestro sustento del todo el recorrido: pan, galletas, jamón endiablado, queso fundido, jugos de cartón, y golosinas que recibimos de algunos familiares. Manjares en la Venezuela de hoy.

Foto: Yaisa Bell

La previa del viaje estuvo cargada de una serie de pasos que, por muchos momentos, sentí que parecían difíciles de sortear. Conseguir seiscientos mil bolívares en efectivo y un pasaje por tierra fueron las más cuestas arriba.

Para salir de Caracas y llegar hasta San Antonio del Táchira hay que pasar una noche en el terminal; de lo contrario, los que no quieran trasnocharse, deben comprar los boletos en el mercado negro y pagar una exorbitante cantidad. Julio, mi novio, llegó a las seis de la tarde del 20 de enero a Flamingo, terminal ubicado cerca de Parque Miranda, para cazar los dos pasajes. Allí, para tener un poco de control, decidió encargarse de hacer una lista de los compradores; las personas que se desvelarían en una acera, a la intemperie.

Durante esa noche me costó conciliar el sueño. El sentido de la justicia empezaba a retorcerse: yo en una cama, cómoda y bajo un techo. Julio en la cola de un terminal pasando frío. A las cinco de la mañana me desperté. Mi abuela me ayudó a preparar el desayuno. Salí en un taxi para llevarle a Julio una arepa y un té de manzanilla.

El periplo comenzó en un bus-cama de dos pisos. Una vez arriba, en nuestros asientos, vimos por la ventana a un montón de personas agitando las manos en señal de despedida. Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan implícito un miedo sofocante: ver partir a un familiar sin saber si habrá posible reencuentro.

Los pasajeros se abrazaron unos a los otros. Supongo que es un ritual de moda para demostrar solidaridad, para darnos fuerza. Para decirnos “no estás solo, estamos juntos”. Aunque también es cierto que la gente viaja con su pareja, con amigos o familiares (nadie se lanzaría solo a la aventura de un viaje de tantas horas). Yo observaba todo, quería grabar ese momento en las retinas, de la misma manera que sucede con los personajes de un episodio en Black Mirror. Pensaba en la posteridad: quería captar los detalles para escribir una crónica. Me hacía la dura. Contenía el llanto para que mi madre, con quien me veía a través de la ventana del bus, no se derrumbara, no llorara más de lo que ya lo hacía, no pensara que yo no iba a sobrevivir. Contuve el llanto, pero solo logré intensificarlo en mi interior.

El recorrido por Venezuela fue, de algún modo, espantoso. Los conductores nos habían dado una “medida de protección”: no vean por las ventanas, mantengan las cortinas cerradas porque lanzan cosas. A las diez de la noche, específicamente en un pueblo de Carabobo, todos estábamos durmiendo cuando escuchamos el estruendo de un golpe.

“Lanzaron una piedra –gritó alguien–, díganle al chofer que no se pare, que unos motorizados nos persiguen”.

Para el conductor ya esta persecución tipo película de acción hollywoodense era algo normal. Metió chola hasta salir del radar de los asaltantes y llegar hasta un puesto de la Guardia Nacional. El copiloto se acercó para ver qué había sucedido. Inspeccionó los vidrios minuciosamente, se aseguró que todas las cortinas estuvieran cerradas.

“¿Vieron, vieron lo que pasa? Por eso hay que tener todo cerrado, yo se los he dicho”, advertía como quien quiere que le reconozcan, de manera tardía, haber tenido siempre la razón.

La piedra había roto el vidrio y la cortina evitó que aquel objeto contundente diera en la cabeza de algún pasajero. Al llegar a la alcabala militar, no volvimos saber de los perseguidores. Desde ese episodio mis nervios empezaron a salirse de control.

A las ocho de la mañana del día siguiente llegamos a San Cristóbal. Con los compañeros que Julio había conocido en el terminal, cuadramos un taxi para que nos llevara hasta San Antonio. Cada puesto costó 120 mil bolívares. Nos subimos. Los miedos seguían presentes. El taxista nos dijo que este recorrido duraba 40 minutos y que nos esperaban alrededor de cuatro alcabalas de la Guardia Nacional, “una más arrecha que las otras”. Eso significaba que corríamos el riesgo de que nos quitaran parte de las cosas que llevamos en las maletas, en nuestros cuerpos, incluyendo dinero. Paradójicamente el enemigo de turno era el mismo que la noche anterior nos había salvado el pellejo.

Ya nos sabíamos las historias de los “trabajitos sucios” que realiza la Guardia Nacional. Por eso los dólares los escondimos dentro del cuello de la chaqueta que tenía puesta. Días antes del viaje, escuchamos que hubo mujeres que guardaron los “verdes” en una toalla sanitaria. Cuando pasamos las alcabalas sentíamos las miradas sobre nosotros. Cada posibilidad de que pararan el carro y revisaran las maletas era dolorosa. Por suerte no hubo contratiempo. Todo se trataba de estar en un videojuego: superando cada obstáculo para llegar a la meta.

San Antonio parecía tres veces la redoma de Petare. Gente por aquí y gente por allá. Ahí mismo nos cayeron los carretilleros, los asesores de viaje y “gestores” del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), quienes cobraban 30 mil pesos por el “sello VIP” sin necesidad de hacer la kilométrica cola. “¿Hacia dónde van?, tengo pasajes para Bogotá, Quito, Lima, Chile, con sus comidas y duchas”, era la repetida oferta.

Con nuestro equipaje caminamos hasta la taquilla para sellar la salida de Venezuela. La gran cantidad de venezolanos que saltarían al otro lado del charco conformaban una cola que no parecía tener fin. Julio y yo nos dispusimos a hacerla.

Carlos –alto, cabello negro, 35 años– a quien conocimos en el trayecto desde Caracas, nos regaló una bolsa de pan. Su justificación: “Yo voy hasta Bogotá, ustedes van lejos. Dios los cuide”. Un intercambio de números y una estrechada de mano fue la despedida del paisano, quien nos confesó que después de 25 años de casado dormiría solo por un tiempo; su esposa y su hijo se quedaron en Venezuela. Su objetivo: trabajar duro para establecerse y enviarles los pasajes.

También conocimos a Rodolfo, un señor de 45 años que viajaba con Yaisa, su hija de 23. Ambos tenían como destino, igual que nosotros, a Lima. Preguntarle a los compañeros de turno el monto que llevaban para mantenerse en el país de acogida era la pregunta más incómoda, pero nos las hicimos y, entonces, ganamos confianza.

Rodolfo y Yaissa, los amigos del camino. Foto: Pierina Sora

Desde ese momento, cada quien comentaba su historia de partida y de las cosas materiales de las que tuvieron que desprenderse para comprar divisas en el mercado negro. Rodolfo se desempeñaba como técnico en cámaras de seguridad. Vendió su moto, el televisor y el celular para costear el viaje, mientras que Yaisa tenía poco tiempo de haberse graduado como Ingeniero Electricista, en Maturín. Le tocó pasar por doble dolor: dejar a Venezuela y a su hija –de cinco años– con su abuela materna. Ella le prometió a su pequeña que, una vez establecida, la iría a buscar.

Después de pasar seis horas de pie y bajo un tórrido sol, nos sellaron el pasaporte. Desde ese momento, nos sumamos a los cuatro millones de venezolanos que para ese entonces habían emigrado (una cifra avalada por una encuesta realizada por Consultores 21 S.A, en enero de 2018).

Inicio para cruzar el puente Simón Bolívar.
Foto: Pierina Sora

Al igual que miles de ciudadanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar –vía que comunica Venezuela con Colombia–, nosotros también lo hicimos. No contratamos a ningún carretillero. Caminar se me hizo cuesta arriba por todo el compendio de emociones que llegaron a mí: miedo a que un Guardia Nacional nos revisara, fe por creer en Dios y refugiarme en la oración, adrenalina por llegar pronto al otro extremo. Julio me ayudó con el peso de los bolsos. El sudor resbalaba a chorros por mis costillas. Erguí mi espalda, aligeré mis brazos para meter una dosis de energía y seguí el camino. Fueron 315 metros de incertidumbre, sin un árbol que nos diera sombra.

En Cúcuta había de todo: personas cargando bultos de pañales, de papel higiénico, de arroz y de azúcar, cosas que tenía tiempo sin ver. Al menos en esas cantidades. Vendedores de la telefonía Claro y casas de cambio ambulante: personas que cambian divisas.

Rodolfo y yo nos quedamos en el lugar con todo el equipaje. Julio y Yaisa tomaron un taxi ida y vuelta por dos mil pesos hasta el terminal de transporte para comprar los pasajes del próximo destino. Consiguieron hasta Guayaquil, Ecuador. Los boletos (130 dólares cada uno) se agotaban rápido por la fuerte demanda. El paquete incluía dos almuerzos, una parada para ducharse, wifi y enchufes para cargar los celulares y tabletas.

En Migración Colombia hicimos una cola de dos horas. Para sellar el ingreso al país cafetero te exigen que tengas a la mano un boleto.

Cola para sellar el pasaporte en Migración Colombia.
Foto: Pierina Sora

Luego de un retraso fuerte por parte de la compañía, abordamos el autobús a las tres de la mañana. Una vez estuvimos en los asientos reclinables nos dimos cuenta de que seguíamos rodeados de venezolanos que iban, igual que nosotros, tras una mejor calidad de vida y la posibilidad de ayudar a los seres queridos con el envío de remesas.

El viaje por Colombia fue largo. Recorrimos aproximadamente 1.431 kilómetros desde Cúcuta hasta Rumichaca (zona fronteriza entre Ecuador y Colombia). La camaradería entre los viajeros se hizo notar. Compartimos pan y galletas con queso fundido. Incluso agua y Viajesan, pastilla para los mareos y náuseas.

En Rumichaca, una brisa intensa y un clima de 15 grados nos recibió. Un comisionado de migración Colombia subió a nuestra unidad y se llevó todos los pasaportes para sellar la salida del país cafetero y dar entrada a la nación del Cotopaxi. Nos advirtió que nos quedáramos dentro del autobús porque no teníamos permiso legal. No hubo problemas. Después de hora y media nos devolvieron nuestro documento.

Bajamos a dejar el equipaje en las oficinas de la compañía de viaje que nos llevaría hasta Guayaquil, e hicimos la cola de Migración Ecuador. Un grupo se quedó en la larga hilera para cuidar los puestos. Julio y yo fuimos al baño. Mientras esperaba mi turno, las mujeres venezolanas hablaban de una sola cosa: la escasez del plato navideño. “Chama, allá no comimos hallacas, esa vaina era yuca con mantequilla”, renegó una de cabello rojo. “Mi familia tampoco. Nosotros nos vinimos porque ya no se puede más”, soltó una rubia quien llevaba la gorra tricolor.

Luego de cuatro horas, llegamos a la taquilla. La oficial, que estaba detrás del vidrio, nos preguntó cuál era nuestro destino. Dijimos la verdad. Sorprendida, observé que las hojas de mi pasaporte estaban llenas de sellos. Antes de la crisis, no viajé a ningún otro país. Mi familia siempre tuvo los recursos económicos justos. Incluso, los cinco años de mi carrera de Comunicación los pagué con mi trabajo. Por lo tanto, esos sellos despertaron en mí un sentimiento amorfo.

Un poco antes de partir a Quitumbe (terminal de Quito) comimos el segundo plato que estaba incluido en el boleto. Sopa, seco y jugo. Una comida que supo a gloria (ya estábamos hastiados de los enlatados). En las paradas rápidas se subieron algunas mujeres de tez morena. Sus bandejas exhibían pastelitos. Las bolsas marrones en la que estaban envueltos se tornaron transparentes por la cantidad de fritura. Nosotros, por suerte, compramos cuatro por un dólar y pudimos resolver la cena de ese trayecto.

Comida incluida en el boleto de viaje.
Foto: Pierina Sora.

Hicimos un viaje de 12 horas hasta Guayaquil. En algunos pasillos del terminal había una gran cantidad de venezolanos que, se notaba, venían de hacer el mismo recorrido que nosotros. La mayoría estaban en el suelo, comiendo pan con productos enlatados.

Bajamos el equipaje de nuestras espaldas y nos sentamos en los asientos de una de las tantas agencias que venden boletos. Compramos pasaje con salida a las siete de la noche. En el transcurso del día paseamos por este gran terminal que no tiene nada que envidiarle a un centro comercial de primera clase.

Entramos a un supermercado y, lo admito, quedé totalmente impactada. Desde hacía mucho tiempo no veía los anaqueles totalmente llenos y con una amplia variedad de marcas. Para premiarnos por nuestros esfuerzos compramos los famosos pingüinos rellenos de chocolate, delicia que se extinguió en Venezuela.

Un dulce que compramos en el supermercado ubicado en el terminal terrestre de Guayaquil.
Foto: Pierina Sora

Antes de abordar la unidad, cada quien fue al baño para darse una “ducha rápida”: cepillado de dientes, lavado de cara y axilas con agua. El resto pudimos hacerlo con toallas húmedas. Ya estábamos preparados para esto y sabíamos, por experiencias de otros, que no siempre podías bañarte.

Rodamos hasta Tumbes, frontera con Perú. La entrada al territorio Inca no tuvo ningún inconveniente. El sello de turistas en nuestros pasaportes fue de seis meses.

Después de viajar seis días y recorrer  4.340 kilómetros, Lima nos recibió con un sol en su máximo esplendor. Con su acostumbrado tráfico. Llegamos y alquilamos una habitación totalmente vacía. Bajé el bolso de mi espalda. Me senté en el piso y comencé a observar las cuatros paredes. Luego cerré los ojos y tuve un flashback de todo lo que viví durante el viaje. Me di cuenta que a mis 26 años no había tenido la oportunidad de salir al extranjero y que lo más lejos que había llegado era a La Gran Sabana y Los Roques. A partir de ese momento, volví a subirme a la montaña rusa de emociones: sentí rabia e impotencia porque la manera en la que salí de Venezuela no fue muy agradable. Siento que no emigré sino que me tocó huir, sin saber cuándo cambiará la situación, cuando superaremos la crisis. Sin saber cuándo volveré a abrazar a mi familia y jugar con mis perras. Sin saber si podré estar en la partida de un ser querido y tenga que consolarme con el envío de dinero para cubrir los altos costos fúnebres.

Llegué a otro país en donde puedo trabajar para comprar lo que quiera en un supermercado, sin necesidad de colocar una huella o de conseguir algún producto sin bachaqueros mediante. Supe que dejé atrás Venezuela porque aborrecí de estar en ella por culpa de terceros, porque vi lo bueno, pero también lo malo: mediocridad, antivalores, viveza y egoísmo.

Entré en la larga lista en la que se encuentran muchos venezolanos: los que desean surgir en el país de acogida y ayudar a los familiares que se quedaron en un barco que se va a pique. Los que recuerdan lo buena que fue la patria querida y lo buena que algún día volverá a ser.

“Ves la hora, se hace tarde ya.
Solo empacas algunos recuerdos
Una llamada sin mucho explicar
Que se den cuenta te da igual

Abres la puerta sin mirar atrás
Con retazos haces tú bandera
No tiene escudos ni estrellas
Solo flechas en una dirección”.

Gaélica- Te vas

 

Por Pierina Sora | @pierast
*Esta nota fue publicada originalmente en Seis grados

Permiso para soñar

“¿Cuándo te vas?”, “aquí no hay nada qué hacer”, “mejor que te vayas”, son algunas de las frases con las que la juventud venezolana tiene que lidiar. Si lo mejor del país se está yendo, qué representa aquella estudiante que madruga a las 4 a.m para cruzar media ciudad en Metro y después autobús, quién es aquel muchacho que se desvive por ser ingeniero y se traslada a un cyber porque en su casa no tiene Internet. Es cierto, el éxodo es apabullante, un alto porcentaje de la población calificada, y no calificada, de este país prefiere (o se ve obligada a) emigrar, pero en dónde quedan quiénes no pueden o, simplemente, deciden no hacerlo: ¿se les niega la oportunidad de soñar?, ¿están destinados a ser amargados?, ¿son unos locos?

Hace unos días, chateando en el  grupo de WhatsApp de la joda, la resignación se dejó colar entre alguno de los miembros mientras se debatía entre la adaptación y el conformismo. Allí, un recién egresado de medicina argumentó lo siguiente: “Yo me adapto a mi consulta, hago trampas de agua con potes para drenar derrames pleurales y hemotórax para mejorar a los pacientes de su condición: me estoy adaptando a las necesidades. ¿Acepto que es lo correcto? No. ¿Entiendo que lo correcto son PleuroVac para todos? Sí. ¿Hay alguna solución inmediata? No. ¿Qué tengo que hacer? Resolver y además hacer las quejas y acciones que lleve a mejoras”. El tema no pudo tener mejor desenlace que una imagen de Quino: ante la sonrisa de un hombre en pleno vagón de Metro con la congestión de la hora pico, otro se preguntaba: “Y ese, ¿tan contento?” A lo que otro respondió: “Algún masoquista”.

Y si de masoquistas, soñadores o ilusos se trata, hubo un encuentro de ellos el pasado martes en el Teatrex de El Bosque. Allí, en una sala repleta de familiares y amigos orgullosos, más la presencia de algunos miembros de la ONG, 40 jóvenes universitarios y cineastas principiantes presentaron sus cortometrajes documentales luego de haber asistido durante un mes a un taller –denominado La Mirada Singular– que organizó la casa productora Tres Cinematografía en alianza con la Embajada de los Estados Unidos.

Luego de recibir aproximadamente 300 postulaciones, Tres seleccionó a 40 jóvenes que tuvieron el permiso de soñar, de recibir clases y después contar historias con el apoyo logístico y económico que las realizaciones cinematográficas tanto necesitan.

La Mirada Singular no sólo logró congregar en un solo sitio a 40 personas sumamente entusiasmadas, sino que les permitió acercarse y producir documentales que narran parte de lo que también ocurre en este país al margen de la crisis: grupos que a través de comedores sociales alimentan a jóvenes en comunidades de escasos recursos (Alimenta la solidaridad), que llevan los valores a los barrios gracias al yoga (Yoga en los barrios), que brindan apoyo a los atletas con discapacidad (Discapacidad Cero), que enseñan a mujeres entre 15 y 21 años conocimientos de programación (Chama tech), que reúnen personas para recorrer Caracas sin que se sientan vulnerables por la delincuencia (CCS en 365), que velan por los derechos sexuales (Avesa), que apoyan a los emprendedores (1001ideas para mi país), que enseñan disciplina a través del boxeo en el barrio La Vega (Escuela de Boxeo Riza), que restauran espacios públicos con niños y adolescentes (Trazando espacios) y que prestan servicios médicos a comunidades con escasos recursos (Cascos azules).

Son historias que no están debajo del reflector, pero que dan permiso para soñar.

 

Por JP