El espíritu también se cansa

Y allí estábamos: bebiendo y riendo, como si hace una semana, el siete de marzo, no hubiese ocurrido un apagón nacional que provocó caos y zozobra en todo el país, pero especialmente en Maracaibo –nuestra Maracaibo–, cuyo territorio entró en una especie de ambiente apocalíptico luego de que se iniciaran saqueos que afectaron a cientos de locales comerciales, con pérdidas que superan los 50 millones de dólares y con negocios que no podrán recuperarse jamás.

A lo mejor y es que no hay nada que el alcohol, amigos y risas no puedan curar. De hecho, la experiencia me dice que precisamente la combinación de estos tres elementos se convierte en el arma de resistencia más noble y sana que existe frente a esa estructura enferma y criminal de la autodenominada Revolución Bolivariana. Era sábado y, aún en dictadura, el cuerpo lo sabía; más aún si había luz.

Yo había visto y vivido situaciones rudas. Como a la mayoría, el blackout me tomó desprevenido, por lo que estuve dos días con la pila descargada en el teléfono: sin saber a qué se debía no tener electricidad por tanto tiempo, o qué estaba ocurriendo en el resto del país.

Cuando pude cargar, recuperar la señal telefónica y ponerme en contacto con mi equipo, regresé al trabajo. Estuve en varios saqueos, presenciando imágenes terribles e insólitas a la vez: vi niños saqueando con el consentimiento de sus familiares, personas destrozando negocios como locos y familias organizadas en camionetas tomando todo lo que podían… aunque “todo lo que podían” significara detergentes o sillas.

El historiador Ángel Lombardi lo catalogó como el Maracaibazo, en alusión al Caracazo, pero yo aún no sé si lo que observé fue hambre.

A la par, escuché relatos conmovedores de comerciantes cuyos negocios habían sido robados por completo y alucinaba con los que decían que, si las autoridades no hacían nada, ellos defenderían lo suyo incluso a plomo. Y así fue: en redes sociales se colaron varios videos de dueños de negocios espantando saqueadores con tiros al aire y en las azoteas de algunos supermercados se observaban sujetos con armas largas pagados por los dueños para cuidar los establecimientos.

Parecía lo único que podían hacer para proteger lo suyo, frente a la nula o prácticamente nula respuesta de las fuerzas de seguridad, que llegaban tarde a los saqueos o simplemente no llegaban; en algunos lugares hasta participaron en ellos, según denuncias.

 

Ese sábado entre juegos y chistes salieron, inevitablemente, las vivencias del apagón. Sin duda, es más duro cuando los testimonios te los dan las personas a quienes quieres: la amiga que se las ingenió para entretener y alimentar a sus dos bebés en medio de la oscuridad; el que tuvo que desayunar, almorzar y cenar carne, en diferentes presentaciones, para que no se le pudriera en la nevera… hasta que se le acabó y luego no sabía qué comer ni dónde comprar; el que recorría la ciudad en su carro buscando señal para el teléfono, mientras observaba, con indignación y sin poder hacer nada, cómo eran saqueados los supermercados o panaderías donde compra a menudo; o a la que aún se le notaba la rabia infinita en sus expresiones cuando contaba cómo su mamá, con problemas en la espalda, tuvo que dormir cinco días en el piso.

Aunque sabíamos que esta tragedia podía repetirse, aquella noche no quisimos pensar mucho en ello.

Y se repitió: fue el lunes 25 de marzo; otro apagón nacional, aunque “afortunadamente” sólo duró poco más de 40 horas.

He podido observar, nuevamente, la destrucción que te puede dejar el simple hecho de estar sin luz por días; parecen consecuencias similares a las de una guerra: al menos tres muertos en hospitales nacionales por culpa de las fallas eléctricas, encontrar negocios para comprar comida es una odisea, pacientes renales en condiciones críticas trancan calles para protestar porque se están muriendo. Aún no hay reportes de saqueos, pero posiblemente esto se deba a que ya no hay nada que saquear.

He visto también los rostros de ciudadanos cansados y resignados que, aunque no lo dicen en voz alta, parecen pedir a gritos piedad y soluciones. Porque el espíritu, por muy fuerte que sea, también se cansa.

Hay quienes dicen que la única explicación para todo esto es que Dios le hace bullying a los venezolanos; yo prefiero decir que no es Dios, sino unos cuantos malandros que secuestraron al país y que están dispuestos a hacernos todo el daño posible.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_