La fama esquiva del valiente Strippoli

En el estudio de televisión confluyen varias cascadas de luces azules. El sonido de los aplausos del público se desvanece y de inmediato solo se escucha la música. La cámara hace un plano general que muestra a Francisco Strippoli: está postrado en el centro del escenario, en una plataforma circular con un par de escaleras cortas al fondo. Visto así –vestido de traje gris satinado, corbata morada, zapatos pulidos, peinado con esmero– no parece cansado, aunque lo está. Agacha la cabeza, la vuelve al frente; tiene la mirada fija, el ceño fruncido. Toma aire y en el momento preciso suelta su voz redonda.

Ya no quiero hablar, ya se dijo todo…

Francisco tenía el pálpito –más bien la convicción– de que no ganaría este concurso. Así que como un guiño escogió Va todo al ganador, un tema de Benny Andersson, para esta gala –la última, la decisiva– de la segunda temporada de Yo sí canto, que transmite Venevisión todos los sábados y comenzó en julio de 2011. Era el tercer reality show en el que se atrevía a concursar para “pegar”, acaso para encontrar la fama.

Duele aún mover, cosas del ayer

No debí soñar un amor tan puro

Qué inocente fue, ir de buena fe

Interpreta esas primeras frases con sutileza. Con cuidado. Hace apenas horas esta presentación era incierta para él, porque estaba en peligro de eliminación. Hace un rato tuvo que enfrentarse a otros dos participantes también amenazados. Solo uno de los tres tendría el pase a la final, pero después que cantaron el jurado decidió darles la oportunidad a todos. En total son cinco los que se disputan el trofeo. La grabación se extiende hasta las 4:00 de la madrugada y por eso Francisco está agotado. Por eso y por la presión: a lo largo de los nueve meses del concurso estuvo en riesgo de salir seis veces. Pero esta vez la angustia era mayor: no llegar al final significaba más que una derrota.

Va todo al ganador, a quien jugó mejor
Me toca a mí perder, qué le voy a hacer

Le da la espalda a la cámara. Camina con determinación hacia el centro del círculo y se detiene bajo los reflectores azules. Francisco convierte su voz en un río torrencial que inunda el estudio 1 de Venevisión. Escala de los graves a los agudos sin lesionar su afinación. Juega con el ritmo. Dosifica el vibrato. Nada de frases terminadas bruscamente: les agrega adornos, las estira, las matiza.

 

Los dioses por placer, eligen sin querer

Los dados al rodar, marcan nuestro azar

 

Arquea el tronco hacia atrás, cierra los ojos, camina por el escenario. Si parece que se desgarra físicamente es porque se lo juega todo en cada nota. Mira a la cámara. Mira al jurado –Manolo de Freitas, Hugo Carregal, Mirla Castellanos–. En el momento cumbre de la canción empuña las manos y suelta un grito potente sostenido por cuatro segundos:

 

Va todo al ganadoooor

Calla.

Y vuelve a tomar aire. Y en una agudísima nota, en falsete, remata. Y vuelve a la sutileza inicial. Y termina arrodillado, en el piso que no tiene garantía de volver a pisar.

Marcelina Infante también sabía que Francisco no iba a ganar. No, no porque creyera que cantara mal, sino porque, dice casi como un secreto, desde el principio la producción no había disimulado su preferencia por Henrys Silva, un moreno de la estatura promedio de un basquetbolista, de voz robusta, proveniente del oriente del país, que también está entre los finalistas.

Marcelina vio la final comiéndose las uñas. Tenía su favorito –el mismo de la producción–, pero ese día sufría porque los vio llorar a todos. A Henrys y a Gabriela Puche –una maracucha, también finalista– les había dado posada en su casa para que no pagaran hoteles en Caracas durante los meses del concurso.

No solo lo hizo con ellos, sino con otros cuatro a quienes fueron eliminando en el proceso. Cuando salían, se ponía triste. Porque para ella todos son talentosos. Marcelina –delgadísima, tez clara, de hablar pausado, cabello por debajo de los hombros, rostro afable– trabaja como productora y mánager de prensa de varios músicos. Por eso maneja algunos contactos. Antes se dedicaba al teatro, pero la música la enganchó. La música y los concursos de canto. Sabe quién ganó en cada uno de los realities, quién quedó de finalista, a quién sacaron de la competencia y en qué momento, a quién rebotaron en el casting, qué cantó cada quién en cada presentación. No los ha contado, pero tiene referencias de los once certámenes de canto televisado que se han transmitido en el país, por señal abierta, desde 2002 hasta 2012. Fueron cuatro por Venevisión, cuatro por el desaparecido Radio Caracas Televisión y siete por Televen. También evoca a Cuánto vale el show, aquel programa de competencia de voz que se mantuvo en la pantalla venezolana por 20 años, hasta 2001. Marcelina no se pierde tampoco los concursos internacionales: The voice, The X factor, American Idol, Latin American Idol, el festival de Eurovisión. Por eso compara y le altera el ánimo que para los egresados de las competencias nacionales, a su juicio talentosos por demás, el reconocimiento masivo se les termine convirtiendo casi en una utopía.

Su fascinación por estos certámenes comenzó en 2005, cuando conoció a Josué García, quien acababa de ganar la séptima y última temporada de Camino a la fama (Televen, 2005). Ya él había recibido muchos portazos en la cara: había entendido que el curriculum –estudios de canto, un primer lugar en un concurso televisado– no era suficiente.

—Ayúdame a entrar en los medios, Marcelina, yo quiero que la gente conozca mi música— le pidió.

—Vamos a intentarlo.

No lo dudó porque su voz le resultó una caricia. Entonces se convirtió en un hada madrina. Lo empujaba a ir a cuánto casting había, y antes de cada audición le decía que sí podía. Fue así que Marcelina comenzó a ser esa columna de apoyo también para muchos otros que, además de empeñarse en vivir de la música, se desvelan por la fama. Un grammy, alfombras rojas, multitudes que griten sus canciones a todo pulmón, fotos en las primeras planas de la prensa, entrevistas a periodistas. Esos sueños. Porque insisten en que  tienen –les sobra– talento. Le quieren gritar al mundo, con sus voces melodiosas, que ellos existen. ¿Es el deseo de nunca morir, de trascender, de permanecer? Lo intentan, una y otra vez y otra vez y otra vez.

En 2008 Josué quedó entre los 20 venezolanos seleccionados para el casting de Latin American Idol en Argentina. En el aeropuerto de Maiquetía, antes de que partieran, Marcelina les dio una palmada en el hombro a todos. Y cuando volvieron, sin éxito, les dio otra. Desde entonces algunos comenzaron a llamarla “tía”. Así se fue conformando el cardumen en busca de fama que ella alienta, y que va de concurso en concurso tratando de “pegar”. Se consiguen en las colas de las audiciones y allí cuentan con el abrazo de Marcelina. Si alguno no queda, ella lo consuela. Si alguno clasifica, ella le presta su casa. Si alguno tiene una presentación, allí está Marcelina, gritando frenéticamente en el público.

Marcelina conoció a Francisco en 2009. Se lo encontró en el reality En busca del cantante plus, patrocinado por Venevisión Plus. Ella apoyaba a Rychard Núñez, quien había concursado en Fama, sudor y lágrimas –RCTV, 2005–, estuvo entre los que fue a Argentina a la audición en 2008; y ahora, como Francisco, estaba entre los cinco finalistas. El premio era llamativo: representar a Venezuela en un concurso en Miami, hospedado en una mansión con todos los gastos pagos y 500 dólares semanales. Francisco ganó. De allí Marcelina tiene referencia de su recorrido. Por eso también lo aplaude.

 —Yo sé todo lo que ha luchado ese muchacho, siempre con su mamá para arriba y para abajo –dice.

—Ya todos sabíamos que él iba a ganar –interrumpe Rychard–. Pero así funciona esto. Aunque, claro, Francisco canta genial.

—No siempre se sabe –lo corrige Marcelina– a veces uno no tiene idea. Fíjate que en la primera edición de Yo sí canto [Venevisión, 2010], donde también participó Josué García, no se sabía que Rassel, una morena espigada que venía de quedar de segundo lugar en la tercera edición de Fama, sudor y lágrimas [RCTV, 2007], iba a ganar.

—En todo caso, Francisco se ha sabido mover, lo que pasa es que el mercado es muy difícil –responde Rychard.

El mercado es muy difícil. El mercado es muy difícil.

En 2005, cuando aún era un estudiante de bachillerato, Francisco participó en un concurso menor, también en Venevisión, cuyo nombre prefiere no recordar. Esa vez el jurado casi lo insultó cuando terminó una de sus presentaciones y lo eliminó. A eso le siguió una depresión. Fue cuando lo vio así que Mary Jane, su madre, entendió que la música era importante para él. Y lo alentó a que siguiera cantando. Años más tarde, cuando ingresó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar la licenciatura en Artes, Francisco se inscribió en la competencia de canto que organiza esa casa de estudios, y ganó. Pero, lo sabía, ese era un concurso sin mayor trascendencia.

Quería medirse en tarimas más profesionales.

Es 2009.

La idea de ser famoso le guiña el ojo a Francisco. Por eso se ha venido preparando. Estudió canto en la academia de Mayré Martínez, la venezolana que ganó el primer Latin American Idol. Tomó clases de teatro con Romano Rodríguez, hermano de la actriz Rudy Rodríguez. Ahí está su madre Mary Jane, haciendo de mánager: lo acompaña a los castings, a sus conciertos, le consigue contactos, presentaciones. Se enteró de que estaban buscando un representante de Venezuela para un concurso internacional en Miami: la idea era seleccionar, entre varios latinoamericanos, a un cantante para una agrupación que se conformaría ex menudos, la banda que se hizo famosísima en la década de los 80 y 90. Pero a Francisco, no sabe por qué, no le llamó la atención de inmediato. Ella insistió, porque está convencida de que su hijo puede ser una estrella.

 —Hay un concurso de Venevisión Plus en el que están buscando un cantante para un nuevo grupo de Menudo.

 —Mamá, no; a mí no me gusta Menudo, yo ni siquiera me sé las canciones de ellos.

 —Anda, no tienes que cantar nada de ellos, puedes ir con cualquier tema.

Francisco, por esos días, estaba ensayando para la que sería su última presentación como voz ucevista, pero ante la insistencia de su madre prefirió irse a Miami a probar suerte. Francisco no habla como canta. Su voz, cuando conversa, no resulta melodiosa y es ligeramente nasal. Se atropella, descuida la articulación de las palabras. Cuando se emociona, aumenta el volumen y entrecierra sus ojos achinados con la mirada perdida. En persona es una contradicción del artista que se monta en una tarima: no tiene la actitud de la fiera que sale a matar a su presa, sino la de un cordero que quiere pasar desapercibido. No viste las pintas estrafalarias, sino que se presenta con jeans roídos, zapatos Converse y chemise. Y luce retraído.

 Quizá por eso comentan que es tímido. O creído, echón. Arrogante. Así llega a la audición de Batalla de las Américas, el concurso de Venevisión Plus: si gana, viaja a Miami. No conversa con los demás aspirantes. Y queda. Pasa uno, dos, tres filtros ante el jurado que integran los cantantes de la banda Guaco. Llega a los cinco finalistas. Y gana.

Ante el reto de representar al país en el exterior, Mayré Martínez, quien le había dado clases en su academia, y el cantante y actor Jhon Paul Ospina, le brindan asesoramiento vocal y escénico. Porque hay que ir bien preparado, le insisten. Cuando se monta en el avión su mente está en blanco: nada de expectativas, de alegría desbordante. Tal vez un poco de ansiedad o miedo ante el desafío. La emoción le llega en Miami. Porque por primera vez se encuentra a sí mismo con la vida de famoso que ya tenía entre ceja y ceja: está en la comodidad de una mansión y comparte criterios musicales con 20 compañeros provenientes de distintos países de Latinoamérica. Puede broncearse en las playas de Miami, pasear por los centros comerciales y gastar los 500 dólares que le pagan. Se siente importante cuando, en televisión (Mega TV y Venevisión Plus), sale acompañado por las bailarinas de Pitbull. Tiene todo el día detrás a un equipo que le dice qué ropa le queda bien, qué canción le favorece.

¿Cómo, entonces, no estar seguro de que puede ser famoso?

—¡Tú estás súper preparado! –le dice su profesora de canto.

“Este mundo es maravilloso y quiero estar aquí siempre”, piensa. A tres meses de su llegada, en la semifinal, en Puerto Rico, a Francisco lo eliminan junto a otros cinco compañeros. Aunque se le acababa la vida de príncipe en un castillo, no deja de reír. No le importa si, como le comentan en chismes de pasillos, le hicieron trampa. O si fue que la producción se gastó el presupuesto antes de tiempo y se vieron obligados a sacar a tantos a la vez, como también escuchó. En el fondo hasta se alegra de su salida porque, supone, al llegar a Caracas tendrá abiertas las puertas de la fama de par en par. Se imagina firmando autógrafos y sonríe. “En este momento, mi carrera va a despegar”, piensa otra vez. Pero lo que encuentra es el silencio del anonimato. Que acaso es como un golpe al caerse desde muy alto.

Entonces se dispone a continuar a la caza de la fama.

 —Yo soy Francisco Strippoli.

—Francisco Strippoli… Strippoli… Strippoli… ¿Por qué tu nombre me suena?… ¿tú has estado haciendo algo en el medio artístico? –le pregunta Manolo de Freitas, miembro del jurado de la segunda edición del concurso Yo sí canto, de Venevisión (2010).

Francisco despliega una sonrisa nerviosa en la que deja ver su dentadura derecha. Sabe que no solo lo recuerda del concurso Batallas de las Américas. Cuando llegó de Miami invirtió el dinero ahorrado en la producción de un tema para lanzarlo en las redes sociales y darse a conocer. Grabó la canción Amar de Nuevo, del compositor Fernando Domínguez, quien además hizo la producción de la canción. Francisco no quedó satisfecho con el resultado; pero Domínguez pensó que sí podía sacarle provecho. Se enteró de que en Venevisión estaban haciendo un casting para la banda sonora de una de las parejas amorosas de la novela La viuda joven, que estaban por estrenar. Y envió el material. Luego los llamaron a una audición: el escritor del dramático, Martin Hans, repitió con los actores varias veces la misma escena con diferentes canciones. Y se quedó con la de Francisco.

—Hace dos años participé en un concurso internacional de Venevisión Plus. Y actualmente tengo una canción en la telenovela de Venevisión –le responde a de Freitas.

—¿Y qué buscas en Yo sí canto? –le dice con desgano De Freitas.

—Mi mánager, que es mi mamá, y yo, hemos tocado muchas puertas. No todas se han abierto, pese a tener un tema en la novela.

Lo había intentado, sin éxito, por ejemplo, en Sábado Sensacional, y nada. Para él, la búsqueda de la fama era ahora como tratar de encontrar un trébol de cuatro hojas –esa florecita verde conocida como señal de suerte–, en medio de la maleza. ¿Acaso alguien sabía que la canción de la novela era suya?

—Cantas muy bien, pero… a ver… hay muchachos que no han dado pasos que tú sí…

—No es tener ventaja. Creo que mi experiencia previa solo es preparación –le replica.

Entonces da su demostración en escasos 10 segundos. Tenía las condiciones, no podían decirle que no. Y queda. Por la experiencia de Miami, Francisco está confiado. “Esto es pan comido”, piensa. Pero en la primera gala de Yo sí canto, después de una presentación en la que trastabilló, lo amenazan. Y comienza a sentir una presión que lo acompaña durante todo el concurso. La agenda copada: todos los días, ensayos en el canal desde las 8:00 de la mañana hasta cualquier hora de la noche. Las grabaciones inician en la mañana y terminan de madrugada. Encuentra malicia, riñas entre grupos, favoritismo descarado. Entiende que ya no es la vida de fama en Miami. En las noches de insomnio piensa: “Después de mi experiencia afuera, y con la canción en la novela, ¿me van a sacar? Yo sé que no voy a ganar, pero me tengo que meter en la final”. Así que decide ser calculador: evalúa la actitud de los otros competidores, lo que le interesa a la producción, al jurado. Y saca sus cartas con astucia. Si el jurado le dice que no adorne los finales de las frases, le hace caso aunque no esté de acuerdo. Si a un concursante le va bien con una canción de José José, busca para él una parecida, pese a que no le guste. Un productor, que conoce su trayecto e imagina cómo se siente, siempre lo ve callado, retraído, pensativo. A veces se le acerca, le da una palmada y le dice: “El valiente Strippoli… pa’lante”. Así siempre le repite. “Porque nadie se va a meter en un concurso como este teniendo un tema en una novela y después de un concurso afuera. Hay que tener bolas”, le insiste.

 Al cantar en la gala final, el jurado le reconoce su perseverancia y aplauden su talento. Igual no le dan la nota máxima.

Y llegó el momento de los resultados.

—…Y el cuarto lugar es para… Francisco Strippoli…  –anuncia el animador.

Francisco pasa al centro. Recibe la placa. Sí, siente que lo estafaron. Cuestiona el resultado. Piensa una pregunta retórica: “¿Era para un cuarto lugar?”. Quizá nunca se está del todo preparado para la derrota. Pero ya sabe que es parte del show. No se aflige. No tiene el semblante de un perdedor. Hasta se ríe. Cree que fue cuestión del destino. Entonces piensa en la calle, en los portazos y sabe que ganar un concurso no es garantía de fama. Sabe que salir en televisión es lo de menos porque no hay disqueras en el país que vean a estos muchachos como un producto. Y no todos cuentan con la suerte de, por ejemplo, Hany Kauam, egresado de Fama, sudor y lágrimas (RCTV, 2006), a quien un productor contrató e invirtió en su carrera hasta posicionarlo. El talento se le queda corto a Francisco, porque tiene para vivir pero no para invertir en la grabación de un tema, en conciertos, sesiones de fotos, en giras de medios. Hay que pagar payola para sonar en la radio y si tuviera los recursos no lo dudaría. Porque no es suficiente posarse bajo las luces, cantar con un gañote afinado para que alguien le pida una foto, un autógrafo.

 

Por Erick Lezama Aranguren | @ericklezama1

*Esta crónica fue publicado en el libro Desvelos y Devociones (Cigarrera Bigott, 2015), editado por Albor Rodríguez y Alfredo Meza.