Entre la fe y la incertidumbre

Tum-tum: tocan mi puerta.

Me queda al menos media hora más de sueño y, desde la ventana, me llega el ruido de pitos y gritos.

—Adelante –digo a mi rommate.

Entra a mi cuarto. Tiene una cara de recién levantada que me hace reflexionar respecto a la contundencia de mis lagañas.

—Revisa tu teléfono, algo debe estar pasando –me insta. Y, sin esperar a que reaccione, se acerca a mi mesita de noche para pasarme mi celular.

Ajá, vamos con calma que no son ni las siete.

En lo que lo enciendo, me llegan varias notificaciones de WhatsApp. Twitter está que arde. El presidente Juan Guaidó se encuentra junto con Leopoldo López (a quien liberó de su arresto domiciliario) en el distribuidor de La Carlota. Lo apoya un comando de militares. “Hoy inicia el cese de la usurpación”, repite sin alzar demasiado la voz frente a la cámara.

—Se prendió –digo en voz alta.

Me ducho, me cambio, chateo. Agarro la hoja con mi lista de tareas para el día: la convierto en una bola de papel y la echo a la basura.

Prioridad uno: ¿tengo comida?

Es curioso como los imprevistos atacan en los momentos de mayor descuido. Ni siquiera los mega apagones de marzo me agarraron tan poco preparado. El bono de desempeño que debían pagarme hace cuatro días se retrasó y quién sabe cuándo va a llegar, Mercantil me debitó una plata que no consumí luego de que el punto diera “transacción fallida” y no me ha dejado aún hacer el reclamo, tengo como una semana sin comprar víveres un poco porque lo dilaté y otro poco porque estaba contando con un dinero que no se ha concretado.

En la cuenta en la que tengo plata es en la Banesco, pero de ella no tengo tarjeta de debito (porque se dañó hace más de un año y las agencias no pueden reponérmela). Ujum. Hablo como mi rommate y entre los dos nos las apañamos para abastecernos en los pocos locales de la zona abiertos.

Prioridad dos: atender el llamado del presidente Guiadó. Nos vamos a La Carlota.

 

Atravesando Sabana Grande un picor de rabia me recorre el estómago: demasiadas personas caminan en dirección contraria hacia donde me dirijo. ¿Será que no saben que la convocatoria es en el este de la ciudad? Claro que lo saben, por eso huyen. Todos queremos un cambio para el país, pero a veces son demasiados los que prefieren verlo cambiar desde sus casas.

De lo que me voy enterando por teléfono es de que la represión está heavy. Me dicen que en Altamira y en la base de La Carlota el cielo se tiñe de humo de bombas lacrimógenas. Estoy deseando llegar al sitio para comprobar lo que sucede, cuando, a la altura de Chacao, un grupo de militares –cuatro o cinco– caminan en fila india mientras son aplaudidos. Están poniéndose al servicio de Guaidó. Teléfonos que los graban, palmas que los celebran.

Y, entonces, suenan las detonaciones.

—¡Cuidado!, ¡están arriba! –repite una mujer de franela blanca y pómulos decorados con las banderas de Venezuela.

Desde el techo del Ministerio Público, ubicado en la avenida Francisco de Miranda, francotiradores presionan los gatillos que me obligan, junto a decenas de personas, a encontrar refugio. Acabo frente a un quiosquito y bajo su toldo de metal. Ahí permanezco un rato, hasta que me animo a seguir.

Objetivo número uno e innegociable: narrar la historia, no que me narren.

 

En Altamira Juan Guaidó habla, a través de un megáfono y sobre una camioneta. A su lado está Leopoldo López. “Es la primera vez que veo a Guaidó”, dice una chama que acaba de pegar el grito de una adolescente reguetonera que se tropieza con Maluma. “Es la primera vez que veo a Guaidó rodeado de militares”, pienso.

No se oye bien lo que dice, pero transmite el mensaje que ha hecho circular desde temprano: hoy empezó la Operación Libertad y el cese de la usurpación. Leopoldo alza los puños como un coronel. No es poca cosa: la última vez que Leopoldo estuvo por esos lares fue para entregarse a las garras de la dictadura. Quién sabe si por querer convertirse en mártir, quién sabe si por otra cosa.

Un hombre pasa a mi lado pidiendo permiso con la autoridad de un comandante en jefe. “¡Café, café!”, anuncia después de que me aparto. Noto que lleva un termo gris guindando de su mano derecha. Coño, que no se diga que los venezolanos no vemos oportunidades en cada esquina.

Los líderes se meten dentro del carro y los militares, en otra camioneta, siguen llegando al sitio. Vítores. Expectativas más alborotadas que las abejas de un panal apedreado. Cantamos el himno, el Alma llanera, Venezuela y otras cosas más. Desde la Francisco Fajardo, mientras, llega el sonido de las detonaciones y una cola de humo negro que se eleva hasta el infinito.

Todos esperamos y yo me consigo con varios panas. Las sonrisas con las que nos saludamos son el vestido que engalana nuestra ansiedad. Decido sentarme: si algo he aprendido, es que en estas cosas hay que saber administrar energías. Y tan equivocado no estoy: luego de una hora, un chamo corre hacia el carro donde está el presidente. Habla con la celeridad del que ha visto fantasmas.

—¡Vengan a ayudarnos a la autopista, vengan a ayudarnos! –aúlla.

El rumor se convierte en “noticia”: una tanqueta hirió a manifestantes. Yo no he puesto un pie en la Francisco Fajardo, pero el olor y los ruidos que llegan llevan escrito la palabra represión. El chamo habla con tanto desespero que lo escuchamos casi que por miedo a que se le pare el corazón. Palabras van y vienen. Las personas comienzan a gritar “¡Autopista, autopista!” y el carro del presidente se mueve en dirección al destino clamado.

—Coño –se queja una jeva–. ¿Esta gente no sabe de inteligencia militar? No puede ser que se caiga en el clamor de las personas. Hay que tener una dirección, un plan y apegarse a él.

Yo hace rato que asumí que el juego de ajedrez me supera: me gano la vida como espectador. O como narrador, que es más de pinga.

Empiezo a caminar hasta la autopista. Trato de decidir cuál calle es las más idónea para bajar. O sea, la menos peligrosa. Me decanto por una en la que veo una lunchería abierta: podría justificar mi decisión desde diferentes ángulos, pero la verdad es que el mediodía se acerca y ya el estómago me está recordando que hoy no he comido tan bien que se diga. Al lado de la lunchería, pillo una fila de personas tan larga que cualquiera diría que ahí está el atajo a la libertad: no soy el único que pensó en víveres y comida.

Antes de que llegue a mi destino siento el picor del gas lacrimógeno. Mejor me quedo donde estoy y rocío una mezcla de agua con bicarbonato sobre un pañuelo que me llevo a la nariz. Me detengo frente a un buhonero que vende banderas de Venezuela. “¡Por la libertad!”, vitorea. ¿Y si mejor nos acompañas en la marcha, panita?

Decido detenerme. El objetivo número uno no sale de mi cabeza: quiero narrar, no que me narren. No es momento para jugar al machito. Escucho las detonaciones y casi estoy por irme cuando veo a un bróder que trabaja en la Asamblea Nacional. Chocamos los puños y le pregunto qué onda. Está tan informado como yo.

—Tú dices que Venezuela está como está porque hay muchos caciques y pocos indios. No: faltan caciques –le dice una chama a quien presumo que es su novio.

Se ven tan cuchis tomados de la mano que me los imagino echándole el cuento de la liberación de Venezuela a sus nietos.

No podemos perder esta lucha.

Camino ahora por la Francisco de Miranda en dirección hacia Chacao. Un par de locales están abiertos y yo creo que es hora de abastecerme: no sé a qué hora llegaré a casa. Estoy decidiendo entre un pan camaleón y uno andino cuando a la distancia una tanqueta corretea a los manifestantes. Termino tras la reja de metal del establecimiento. Compro y enfilo hacia Altamira.

Pido información por teléfono. “Leopoldo López y Guiadó lideraban una marcha hacia el Oeste que se tuvo que regresar por la furia de la represión”. Y en Chacao, me dicen, lo que hay son perdigones, bombas y francotiradores.

—Nos hace falta liderazgo –lamenta alguien en la Plaza Altamira.

Pasa media hora y un hombre con un megáfono nos insta a permanecer en la calle. A estar informados. A insistir.

Los que parece que pueden estar todo el día en plena contienda son quienes están resistiendo en la Fajardo. Ni el tiempo ni los lacayos de la tiranía pueden con ellos. Ya no huele a represión: huele a perseverancia.

 

Recuerdo una cita de Alberto Barrera Tyszka: “La incertidumbre también es una forma de violencia”. Lo que hace falta en la plaza es información y cultura sobre qué consumir y cómo difundirlo. Un grupo de cincuentonas dicen a toda voz que Guaidó ya está llegando a Miraflores y se llenan de aplausos. Alzo el teléfono buscando información:

—Nada de eso, marico –me ataja un pana.

Más bien la cosa está fea en Chacao. 22 estados, según Provea, se activaron. Nadie sabe dónde está Guaidó, quien no se ha pronunciado. Y fuentes de periodistas confiables dicen que este plan se adelantó un par de días.

Pienso en los tantos desesperados que se quejaban de que todo iba demasiado lento, de que Guaidó se achantó, de que el 2019 era demasiado 2017 y, ya se sabe, el 2017 fue demasiado 2014. Si alguien va a dar una estocada, no lo anuncia en rueda de prensa, ¿cierto? Quizá los venezolanos tenemos que aprender a observar más y a opinar menos. A reflexionar más y a joder menos.

 

Funcionarios de Estados Unidos hablan de acuerdos con altos jerarcas que no se están cumpliendo, de negociaciones, continúan sus amenazas vestidas de advertencias (¿blufeo?) y por alguna razón, el grupo de cincuentonas grita que les acaban de decir que están negociando la salida de la dictadura.

Estás tipas tienen 20 años difundiendo información falsa. Ojalá que la transición nos enseñe que las noticias se leen en los medios y no en WhatsApp.

—Vamos para la autopista, nojoda. Hay que entrarnos a coñazos –grita una gorda llena de canas a quien no me imagino deteniendo una tanqueta con su panza.

—¡Ya basta de tanto guabineo! ¡Hay que ir es a Miraflores! ¿Que el problema es el miedo? Vamos los viejitos adelante, y así no nos caen a plomo –esta señora, que transmite la fortaleza de una hoja de papel cebolla, parece que se ha perdido las noticias de los últimos 20 años.

Entre la desesperación y la paciencia dan las cuatro de la tarde. Comienzo a pensar que seré más útil en mi casa. Leopoldo vuelve a ser noticia (que si va a la embajada de Chile, que si no) y se habla de los militares que se rebelaron. Camino hacia el Oeste por el Country Club y un sol amarillo se pone a la distancia: alguien me recuerda que tanta belleza solo puede ser posible gracias al humo que se produjo hoy en la tierra.

Carraspeo un par de veces: huele a lacrimógenas.

 

Cuando llego a casa reviso el smartphone. Creo que ninguno de mis panas de afuera fue productivo hoy en su trabajo. Los pongo al día con lo que sé: nada. Soy un Sócrates con callos en los pies. Guaidó se pronunciará pronto, dice su equipo de prensa. Y unos cuantos pesimistas aparecen por las redes.

El cinismo es la forma de imposición con la que los usurpadores se acostumbraron a aplastar el ánimo de sus contrincantes. En las calles, respiré fe. No esperanza ni optimismo: fe. Por eso, se me ocurre, no habrá cinismo que no haga otra cosa más que alimentar el ánimo de los que quieren cambio. Sobre todo, si ese cinismo viene de su principal valedor, el número uno de los usurpadores, Ni…

Ya va. ¿Y el susodicho dónde anda?

Hay dos reyes protegiéndose. Y hoy 30 de abril de 2019, uno ha estado más escondido que otro.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

El tipo que hizo lo que tenía que hacer

Una de las mejores escenas del Joker de Christopher Nolan, interpretado por Heath Ledger, se presenta en la comisaría de Gotham City, cuando el terrorista es detenido y, para liberarse, provoca a uno de los oficiales diciéndole que había torturado a sus amigos antes de asesinarlos y que, cuando una persona está a punto de morir de manera cruel y despiadada, muestra lo que realmente es.

“Así que básicamente yo conocí a tus amigos mejor que tú”, expresa el villano en tono burlesco.

Quizás eso fue lo que pasó aquel lunes 15 de enero de 2018: Venezuela conoció al verdadero Óscar Alberto Pérez. Sin helicópteros, ni cámaras, ni banderas, ni constituciones, ni asaltos al estilo del Capitán América. Sólo su desesperación y un teléfono a través del cual pedía piedad y exigía su legítimo derecho de ser juzgado por fiscales de la nación, mientras recibía plomo por parte de los matones de la dictadura.

Esa fue la segunda vez que vi algo humano en aquel apuesto sujeto de ojos verdes que enviaba mensajes desde la clandestinidad y que sólo mostraba fortaleza. La primera fue en un artículo publicado por Daniel Lara Farías en La Cabilla, donde este columnista afirmaba que fue profesor de Pérez, a quienes todos le apodaban el “gato”.

“Uno normalmente recuerda a los buenos alumnos y a los malos alumnos. De Óscar Pérez me acuerdo, sin duda. Era uno de esos alumnos que intervenía y preguntaba y discutía. Ni más ni menos que eso. Una o dos veces más supe de él en sus andanzas de ‘comando’ y todo aquello. Ni una opinión política, ni una genialidad sobre el país. No. Un hijo de papá que llegó a policía igual que papá y que le pagaron el curso de piloto con dinero del Estado. Solo eso”, escribió Lara Farías.

“Hago esta incómoda y fatua introducción para poder explicar mi incredulidad, agnosticismo y escepticismo a propósito de las acciones de Óscar Pérez desde el día que salió montado en un helicóptero lanzando explosivos sobre ciertos puntos de Caracas. Me pareció, desde todo punto de vista, una acción desesperada, ridícula y fuera de lugar que una persona con un recurso tan valioso como una aeronave hiciera una ridiculez y no una acción policial real, porque se supone que el señor es policía. Sencillamente, me decepcionó su accionar (…). La pantallería posterior confirma mis sospechas: pura paja. El tipo quiere ser youtuber o instagramer o quién sabe qué. Pero allí no hay sustancia, ni proyecto de país”, agregó.

Yo no sé si el “gato” quería ser youtuber o instagramer. Lo que sí pude confirmar es lo que quería ese lunes: entregarse con la esperanza de volver a ver a Sebastián, Santiago y Dereck, sus hijos. Pero lo acribillaron.

“Sebastián, Santiago, Dereck, saben que hemos hecho esto es por ustedes, por todos los niños de Venezuela. Espero verlos muy pronto, los amo hijos, los amo”, decía en uno de los desgarradores videos.

El asesinato cruel y cobarde de Pérez y su equipo se produjo en medio de publicaciones en redes sociales de una gran cantidad de personas que llamaban show a su masacre, e incluso se burlaban porque se le había acabado “la novela”. Ni siquiera el video de su madre exigiendo que se le respetaran sus derechos los conmovió.

En esos mensajes pude observar a ciudadanos completamente dañados, igual que sus gobernantes. Pero también vi a esos paranoicos que exigen constantemente a sus oficiales que se rebelen contra la dictadura o se quejan de que sean su sostén, pero en cuanto sale algún grupo rebelde optan por la opción más fácil: “es un pote de humo”. Porque no fue sólo Pérez, también otros como Caguaripano, el general Vivas o los de Cotiza.

Cuando Donald Trump habló de este ex inspector, y le dio un micrófono a su mamá para que se expresara durante un discurso en Miami el pasado 18 de febrero, sentí pena por los dirigentes opositores que no hicieron lo mismo en su momento y recordé las veces que mis amigos, no interesados en política, me preguntaban qué coño tenía que pasar para que saliéramos de la pesadilla chavista y mi respuesta siempre fue la misma: cuando todos hagan lo que tienen que hacer.

Porque al final eso fue Óscar Pérez: un venezolano que desde su posición cumplió con su deber al desconocer a Maduro, tomar las armas, llamar a la rebelión y defender la Constitución; esto no es algo que le pides a un civil, a un periodista, a un artista o a un sacerdote. Es algo que le pides a un policía o militar, porque posee entrenamiento pagado por el Estado y juró defender a su gente. Y él estuvo a la altura del compromiso.

Afortunadamente, por estos días muchos hacen su trabajo: Juan Guaidó le planta cara a la pandilla de Maduro y recorre las calles de Caracas con valentía y el traje de un civil que asumió legítimamente ser presidente encargado de Venezuela; la comunidad internacional lo blinda frente al régimen; los ciudadanos, orgullosos de ser llamados así y no “pueblo”, toman las calles; la Conferencia Episcopal de Venezuela, en un gesto de dignidad que aún muchos esperamos de Francisco, desconocen al usurpador y condenan sus violaciones de derechos humanos; algunas universidades hacen lo propio.

Pero, ¿y la FANB para cuándo?

Con suerte el discurso de Trump, la ley de amnistía y el espíritu de Óscar empujará a muchos para que se pongan del lado correcto de la historia.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

RESEÑA: La conspiración de los 12 golpes – Thays Peñalver

“Comandante” o “Supremo” fueron apodos que el único inmortal que se murió jamás se imaginó llevar cuando, siendo un joven militar, “fue despedido del batallón de comunicaciones, despedido de la cocina, de los blindados y de la dirección de personal de cuartel”; un joven que, incluso, pretendió abandonar la academia castrense en detrimento de la Ingeniería. El mito –que él mismo construyó en sus alocuciones en su programa, Aló Presidente– fue desmontado gracias a la precisión de un cirujano plástico y a la paciencia budista que tuvo Thays Peñalver, autora de La conspiración de los 12 golpes, para detectar el perfil de un hombre que tuvo una formación militar limitada, pero que fue maestro en la improvisación y el escapismo: “Si hay algo que no se podrá negar jamás es la extraordinaria habilidad de Hugo para convertir sus arrebatos irresponsables en gestas heroicas”. En el fondo, Thays Peñalver no sólo permite al lector descubrir un perfil oculto por la inmensa propaganda oficialista, sino también expone la ineficiencia y deslealtad del stablishment político de 1998, que no supo frenar a un candidato golpista que, sin realizar mayores esfuerzos de campaña, ganó votos gracias al juego sucio de sus contrincantes. La conspiración de los 12 golpes es un libro, también, de las Fuerzas Armadas, que históricamente han pretendido ostentar el poder en nuestro país cada vez que un civil se encuentra en la silla presidencial, pese a que a lo largo de la historia han sido el sector que, aun hoy, percibe un porcentaje alto en la repartición del presupuesto nacional. Su lectura –en tiempos de revolución, escasez y Socialismo del siglo XXI– forma parte de una perspectiva distinta a la que la cúpula pretende implantar, en la que la lealtad es mejor recompensada que el mérito y en dónde la ambición de poder castrense se exhibe como quien habla mostrando los dientes después de haber utilizado brakets. La conspiración de los 12 golpes es, en esencia, un libro que muestra las costuras de un país dizque preparado para un conflicto bélico, pero que apenas “estallar la Segunda Guerra Mundial tenía un crucero en dique seco”.

 

Por Juan Pablo Chourio |