Carta a Caracas de Diego Alejandro Torres Pantin

Carta de un fotógrafo a la ciudad de Caracas

Ser fotógrafo en Caracas es algo que mucha gente catalogaría como aventurero. En países normales, los delincuentes son seres que se arriesgan, que luchan en un ambiente hostil en el que ellos tienen que esconderse debido a sus actividades; pero en cambio, aquí son las personas comunes quienes deben actuar con disimulo. A diario se escucha la frase: “No saques el teléfono, te lo van a robar”. Entonces, ¿cómo es posible andar  con una cámara en la capital de Venezuela?

Vivir en Patrialandia es una experiencia difícil, incomprensible para todo el que no haya estado nunca en la Venezuela actual. Una de las cosas más complicadas que nos ha tocado sufrir es el incremento descontrolado de la inseguridad en las décadas del chavismo, la cual terminó sometiendo a la población. Por lo tanto, ser fotógrafo en Caracas es desafiar a las estadísticas. Aquí, la discreción es el principio supremo de todo portador de una cámara, pero también, lo son la prudencia y la intuición. Hay que permitir que la lógica y el instinto te guíen en esta ciudad de peligros.

Sacar una cámara en Caracas siempre trae el dilema: “¿Se puede?”. La respuesta varía. Depende de la zona, el momento, y las circunstancias. En lo personal, a mí me gusta hacer retratos callejeros, siempre en jardines o lugares públicos: me fascina. No me gusta la fotografía de estudio. Entonces eso involucra una serie de condiciones, reglas que uno se impone para sobrevivir. Hacer una instantánea puede convertirse en un tormento, porque es difícil distinguir entre la paranoia y la prudencia.

Hay que aprender a leer los momentos. Esa es la norma básica de la fotografía, pero en Venezuela, su definición se expande. Es por eso que yo nunca hago fotos de noche, como también procuro ver la afluencia de personas caminando por el área, evaluar si hay algún guardia de seguridad allí, entre otras cosas. Y hay zonas en las que no saco la cámara bajo ningún concepto. Luchamos contra una limitación acosadora, es un tema que persigue sin dar descanso. También procuro no sacar a mi “bebé” todos los días. Y lo más importante: no guardarla en un bolso de marca lindo y presentable, sino en una lonchera vieja y sucia que no llama la atención de ningún delincuente. Mientras más discreción, mejor.

Es indispensable tener mucho cuidado con las locaciones. En Caracas no existe ningún sitio en el que el miedo no esté presente, pero no en todos afecta en igual medida. Existen pocas excepciones; y aun así, bajar la guardia no está permitido. Por ende, siempre busco sitos cerrados donde el sol también sea un transeúnte. Centros comerciales, casas, balcones, terrazas: lugares que permitan el paso de la luz natural, pero no de los motorizados.

El tema de la inseguridad en Caracas es trágico. Conozco a personas que no se atreven a salir de sus casas, literalmente, viven en una prisión voluntaria. También tengo conocimiento de otras que no pueden salir sin llevar consigo un nerviosismo crónico, y cada movimiento que ven cuando están fuera de sus hogares lo interpretan como un posible intento de robo o secuestro. Pero si el fotógrafo necesita una comunicación con el mundo externo, ¿qué puede hacer en esta ciudad? La respuesta es simple: aceptar la situación y enfrentar sus miedos, hacerse una estrategia para desenvolverse procurando evitar los peligros.

Muchas veces me han dicho: “Hey, ten cuidado con la cámara, no la andes sacando”. Es un consejo sabio. Esta es la ciudad del crimen. Pero… ¿qué ganaría yo dejando mi cámara prisionera en mi hogar?, ¿cuál sería el punto de ser fotógrafo? En los dos años que tengo haciendo fotos callejeras he vivido experiencias increíbles, de esas que siempre recordaré. No puedo despreciar las anécdotas que he presenciado. Siempre estaré agradecido con las personas que he tenido el gusto de conocer. Además, las sesiones que me han salido han sido gracias a la actividad al aire libre –o relativamente libre- que he hecho. Sin temor a equivocarme, no ha sido una mala decisión sumergirme en Caracas con mi equipo.

Evidentemente, sería irresponsable aconsejar desligarse de la preocupación y confiar ciegamente en la suerte. No, la primera regla para ejercer el oficio en un país como Venezuela es no olvidar nunca el peligro. Y no se trata solo de ser consciente del miedo, también hay que convertirlo en un aliado. Es un gran motivador para aprender a trabajar rápido, o quizás, hacerlo en situaciones de mucho estrés. Quiero creer que en un futuro a National Geograpich, o a algún medio similar, le encantará escuchar esta historia antes de emplearme.

Todos los días sueño con el día en que pueda levantarme, tomar mi cámara y salir a hacer fotos por la ciudad sin ningún problema. Sin embargo, la realidad es otra, y sé que en estos tiempos esa idea resulta utópica. Ahora, también es una  fantasía pensar que dejando la cámara en casa, y limitándome a sacarla en situaciones excepcionales, voy a progresar. Solo la práctica hace posible el avance. Y tristemente, esta es la realidad que nos ha tocado vivir.

Caracas es una capital hermosa, quien la conoce de verdad, puede asegurarlo, pero en estos tiempos, su belleza se hace difícil de ver. No pienso bajar la retaguardia, a paso firme, pienso seguir haciendo fotos de forma discreta, para nutrirme de los rostros de sus transeúntes, porque sin lugar a dudas, eso también es vivir la ciudad.

Gracias, Caracas.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli 

La fotografía de Schemidt jamás será olvidada

Ronaldo Schemidt (@rschemidt) lo logró. Su nombre fue grabado con letras doradas en la historia de la fotografía mundial. El World Press Photo (una suerte de Nobel en la rama) le fue otorgado al venezolano que trabaja en la agencia France Press y que el 03 de mayo del año pasado, en Altamira, en pleno auge de protestas en contra de Nicolás Maduro, capturó con su cámara una foto para la posteridad, en la que retrata a un manifestante en llamas debido a la explosión del tanque de gasolina de una moto que él y su grupo le habían quitado a la GNB y trataban de destruir. El encontrarse prácticamente al lado del manifestante le permitió a Schemidt captar en toda su magnitud el drama de aquel hecho terrible. Su fotografía se impuso ante las otras cinco nominadas a las categoría ‘Photo of the Year’ que retrataban, entre otras cosas, los cuerpos ahogados de unos refugiados, a una niña secuestrada por el grupo terrorista Boko Haram, a una socorrista que ayuda a una víctima del atropello masivo en Londres, a un niño desnudo evacuado de una zona en conflicto con el Estado Islámico (EI), y a un grupo de civiles que se quedaron en un campo de batalla que pretendía recuperar una ciudad tomada por el EI. Las voraces llamas que envolvieron al joven manifestante (inmortalizadas para todos por Schemidt, y galardonada por ‘World Press Photo’) son una alegoría de cómo la dictadura nos va quemando poco a poco. Aquellos días duros y trágicos de 2017, en los que el pueblo pagó con perdigonazos, asfixias y vidas, no podrán ser olvidados jamás, ni por Venezuela, ni el mundo. ¡Felicitaciones, @rschmedit!

Las voces vivas del olvido: ¿Por qué soy fotógrafo?

Por: Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

No sé si sea algo habitual, pero a veces odio mi memoria. Hay días en los que  me siento abrumado por un recuerdo recurrente, y simplemente me hallo indefenso contra sus ardientes manifestaciones. Otras veces sucede lo contrario: a veces olvidó cosas que se suponen que deben importarme, hechos cuyo olvido traen molestias a mi cotidianidad. E inclusive, también me pasa que en algunas ocasiones, sin saber por qué, detalles insignificantes e intrascendentes permanecen en mi mente. ¿Tú también has padecido de los mismos males, verdad? Me imagino que sí, es humano. Todos sufrimos los males de no tener control sobre nuestras memorias.

Aunque sé que es una carga universal, a veces siento que a mí me afecta más por el hecho de ser fotógrafo: se supone que mi labor es manipular  la memoria. Entonces pienso en aquel personaje de Borges llamado Funes el memorioso, un joven que adquirió la “capacidad” de no olvidar absolutamente nada tras un accidente a caballo. ¿Imaginas poder describir cada hoja de un árbol, y todas las frases de un libro? No es de extrañar que el pobre Funes haya fallecido de un derrame cerebral. Para nuestra desgracia, en este tema no hay todo o nada, solo un conjunto de desniveles.

Al pensar en el cuento de Borges, me pregunto por qué no podemos ser capaces de seleccionar qué cosas recordar y qué cosas no. Nuestra vida sería mucho más sencilla si pudiéramos guiar nuestra memoria según nuestras necesidades, tanto en lo práctico como en lo emocional. Sería estupendo no olvidar el lugar donde se dejaron las llaves, o las fechas de las entregas, como también olvidar los traumas y no ser acosado por los recuerdos. No sentir la intensidad de los peores momentos como si éstos se repitieran sucesivamente en el tiempo. Poder dominar la memoria es una habilidad que  creo que todo el mundo desearía, tan inspiradora como volar.

Algunos recuerdos pesan, otros elevan el alma, y otros, sencillamente, se desvanecen. Si te preguntas cómo son los primeros tres años de vida, seguramente también te preguntarás qué consecuencias podría tener la capacidad de manipular la memoria. Quizás, esa carencia de control sobre ella sea necesaria. A Funes el memorioso le costó caro el no poder olvidar.

¿Tiene una utilidad el olvido?

La verdad no lo sé, pero supongo que sí. Desde una perspectiva psicoanalítica, el olvido es una manifestación del inconsciente. No voy a detenerme a hablar sobre qué es eso, sólo diré que es como un profundo pozo de pensamientos no racionales que está dentro de cada ser, y del que no se es consciente de su presencia y movimientos. Éste busca manifestarse y de él emergen los sueños, los chistes, metáforas, etc. Separa y unifica los elementos que le resulten más significativos, unos destacan en el recuerdo, y otros son olvidados. Algunos deben ser olvidados. Sea de forma lógica o no, el olvido viene a ser una fuerza selectiva que le da interpretaciones diferentes a los fenómenos externos. Lo olvidado se convierte en lo “no dicho”.

Lo “no dicho” hace que “lo dicho” se refuerce; crea misterio, expectación, y siempre deja una sensación de incertidumbre. Marca terreno, resta importancia a una cosa y le da mayor trascendencia a otra. Como cuando lees una novela y sientes que el autor oculta algo, e inclusive, ¿no es esa la premisa principal de toda obra de arte, la sensación de que hay algo más? El olvido puede ser similar al de querer averiguar, es un estimulante para la curiosidad, una disfrutable incomodidad que inspira pasión.

Freud mencionó que el olvido puede derivar, inconscientemente, del desinterés. Por ejemplo, si una persona olvida una cita médica probablemente sea por temor a una mala noticia del doctor.  ¿Tú nunca olvidaste una tarea de la materia que detestabas? Varía en función del gusto o disgusto, o, inclusive, de las asociaciones que se generan a partir del contacto externo: “siempre me acuerdo de tu nombre porque me recuerda a…“. Sin uno saberlo, es selectivo, y brinda la capacidad de autoconocimiento: averigua qué cosas desaparecieron de tu mente y quizás puedas saber por qué (siempre tomando en cuenta que el conocimiento de nuestra sombra nos será limitado)

Aunque hoy en día la ciencia le refute muchos planteamiento a Freud, viéndolo desde su perspectiva este asunto cobra más sentido. El olvido tiene una función inconsciente que es inherente al hombre y, por ende, tiene connotaciones que se manifiestan en sus producciones culturales. Se olvidan las cosas debido a nuestra fijación o apatía con diferentes tópicos -y con sus asociaciones-, de modo que la incertidumbre que genera puede alimentar la imaginación. Y su contraparte, el recuerdo, también da mucho de qué hablar en campo del Arte.

Lo que elegimos recordar

Un recuerdo puede marcar una vida, definir un antes y un después e, inclusive, construir o destruir la identidad de la persona. Una despedida queda tatuada en la psique; por ende, la necesidad de manipular la memoria ha conducido muchas de las grandes hazañas del hombre, como es el caso de la invención de la fotografía. Como fotógrafo, tiendo a asociar las épocas del pasado en función de algunas de mis fotos. Del mismo modo, la gente recuerda sus eventos a través de sus capturas, también la esencia de sus seres queridos. La cámara es un instrumento que lucha contra el olvido.

Dudo que exista un mejor ejemplo para hablar de las posibilidades que tiene la fotografía de penetrar el alma humana que La cámara lúcida, de Roland Barthes. Este peculiar libro se compone de dos capítulos largos. El primero habla de algunos de los efectos que pueda generar ésta en un espectador –que la atención se fije en un detalle de forma irracional, que  los elementos en la escena brinden la posibilidad  de entender un contexto, etc-, todo explicado con términos teóricos, pero sin perder la atmósfera poética. Y el segundo navega por aguas mucho más profundas. A través de sus páginas vemos cómo el autor realiza una intensa exploración emocional a partir de una fotografía de su madre cuando ésta era una niña, la cual se niega a mostrar, alegando que esa imagen solamente tiene esas connotaciones en él.

La cámara lúcida ofrece una visión intimista sobre el fenómeno de lo simbólico que puede encontrarse en una imagen. La sola fotografía de su madre a los cinco años de edad en un invernadero adquirió para Barthes un significado mucho mayor debido al fallecimiento de ésta. Y en su caso parece haberse logrado: la captura de su  progenitora le remite a toda la identidad de ésta, al paso del tiempo, al duelo, al dolor, a la soledad. Esa foto se convirtió en un símbolo personal dentro de su mundo.

“El aire (…) es como el elemento inflexible de la identidad, aquello que nos es dado gratuitamente, despojando de toda “importancia”: el aire expresa al sujeto en tanto que no se da importancia. En esta foto de verdad que el ser que amo, que amé, no se encuentra separado de su mismo: por fin coincide. (…)Todas las fotos de mi madre a las que pasaba revistas eran un poco como máscaras; en la última, bruscamente, la máscara desaparecía: quedaba un alma, sin edad pero no al margen del tiempo, puesto que este aire era el mismo que yo veía, consustancial a su rostro, cada día de su larga vida” (Barthes, 1983, páginas 163-164).

Evidentemente, allí Barthes se expresa de su madre como la recordaba, y también como la idealizaba. Lo que el elige recordar de ella, porque dudo que allí la evocara pensándola como una mujer enojada o triste, pese a que evidentemente esos sentimientos no le eran ajenos. Obvia fragmentos de la realidad pasada para centrarse en uno solo: su estado más “puro”. Es una selección, un olvido voluntario de un enorme conjunto de sus características. El redefine su identidad. La memoria y la imaginación juegan en conjunto. Y no es algo que está mal: al fin y al cabo, una frase muy habitual en el vocablo humano es: “Recuérdame por lo bueno y no por lo malo”.

Como fotógrafo, siempre procuro que mis rostros queden esplendidos. Claro, yo busco más que una simple cara bonita, pero eso no quita que a menudo intente hacer ver a mis modelos con rasgos “halagadores”, y efectivamente, así tiendo a recordar (visualmente hablando) a muchas personas. Lo digo muy literalmente: mi memoria es fotográfica, a menudo pienso a mi pareja según la forma en la que la he fotografiado. No por nada es que Regís Durand llama a la fotografía un arte “fetichista”. En su ensayo “El plato y el embudo. Notas sobre la fotografía y lo real”, recopilado en su  libro “La experiencia fotográfica”, comenta que ésta expone realidades que sustituyen a otras, que pretenden hacerse pasar por la realidad tal y como es, que olvidan su carácter de simulacro. Sentimiento común, precisamente por la ilusión de objetividad que toda fotografía pretende dar. Explica el autor:

Gracias a Freud sabemos que el fetichismo se apoya en una operación simbólica  (…) la negación o el rechazo de una realidad traumatizante. El fetiche sería una tentativa precaria (pues siempre será insatisfactoria) de suturar ese pensamiento de pérdida o de carencia de un objeto irreal, al mismo tiempo presencia y ausencia – presencia que niega la pérdida de otro objeto y que no obstante nunca estuvo ahí.  Desde este punto de vista, la fotografía el arte fetichista por excelencia, y  la relación con lo real debe ser asociada a esta fantasmagoría” (Durand, 2012, página 83).

Barthes decía que la foto niega la muerte del objeto, está constituida por un único recuerdo y varios olvidos, y se convierte en fetiche para la memoria ¿Cuánta gente no ve la foto de su pareja anterior para torturarse con el recuerdo y las fantasías que éste le genere? Inclusive, cuando se le pretende dar una intención estética muchas veces estos sentimientos se intensifican. Es el arte del fetiche, de la imagen única como símbolo de todo lo que debería, la que protege de los recuerdos no gratos y de los olvidos ignorados. La que pretendemos dar la pretensión de realidad.

Dicen que la mente es como una película. Siendo así, no quiero imaginar las sucesivas fotografías pasando una después de la otra. Imaginarlo, simple y llanamente, me produce terror. Desde mi mirada personal, creo que el tema del olvido siempre será motivo de curiosidad y frustración. A veces detesto no poder ejercerlo, y a veces detesto no saber en qué escena de mi vida lo ejercí, y por qué. Supongo que con mi andar fetichista seguiré luchando por poder ejercer la manipulación de la memoria, para solo recordar de forma selectiva, pero conscientemente. Para construir mi propio mundo.

A todo fotógrafo le toca ayudar a su inconsciente a unir los nexos de su vida con cada captura, con cada instante que decide eternizar, y, para eso, es necesario olvidar. Ahora es que me doy cuenta de que mi cámara solo me ayuda a no sufrir el destino de Funes el memorioso, cada foto es un gran conjunto de recuerdos con pretensiones de ser reales, pero siempre acompañados de las voces vivas del olvido.

Esta podría ser la mejor foto del año…y la tomó un venezolano

Entrevistado meses después por Revista OJO, Juan Barreto todavía no podía olvidar cómo había sucedido todo. Lo calificaba, de hecho, como el momento más fuerte de una jornada de protestas que se había extendido por meses y había dado mucho en sucesos e imágenes dramáticas. Pero para él, ése, el del muchacho quemándose el 03 de mayo en Altamira, había sido el momento más duro, y así nos lo dijo. En su recuerdo de ese hecho, que vivió en primera fila ya que la moto le explotó cerca, estaba presente la preocupación que sintió por un compañero suyo de AFP que esa tarde estaba cubriendo con él la protesta y se encontraba aún más cerca de las llamas. Tan cerca estaba, de hecho, que al principio Barreto pensó que quien se quemaba era su compañero y no el manifestante. “Yo iba caminando donde estaba el fotógrafo de AFP para coordinar la cobertura, cómo íbamos a cambiarle la tónica, y en ese momento explotó la moto. Pero explotó a metros. Yo de hecho pensé que quien se quemaba era mi compañero. Lo vi tan cerca que pensé que se quemaba él”. Pero no, no se quemaba: disparaba sin cesar su cámara, al igual que Barreto –“es una cuestión de instinto: la cámara, disparar, disparar y ya”-, y sin saberlo y probablemente sin ni siquiera pensarlo, conseguía la que probablemente será la foto de su vida: esa que ayer fue seleccionada, de entre 73.000 que competían, como una de las 6 finalistas del más importante y prestigioso premio del fotoperiodismo del mundo (algo así como el Nobel en esa rama), el World Press Photo. “Tiene mucha energía, movimiento y dramatismo, pero al mismo tiempo está muy bien compuesta. Dice mucho de lo que está pasando en Venezuela”, explicó ayer la presidenta del jurado a EFE, a cuya voz de alabanza se unió, también, la del director de la World Press: “no es fácil tomar una imagen así (…) el fotógrafo estuvo allí en el momento justo y lo captó de una forma muy poderosa”. El próximo 12 de abril tendremos veredicto y sabremos si el nombre del venezolano Ronaldo Schemidt (dejemos ya de decirle el compañero) se escribirá con letras doradas en la historia de la fotografía mundial como el autor de la mejor que se tomó en el año 2017. Sentencia del jurado aparte, ya para nosotros lo está.

La historia que los nietos de Reynaldo Riobueno no se cansarán de escuchar

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si la vida lo premia con largos años y una prole numerosa, Reynaldo Riobueno tendrá forzosamente que contarles a los nietos, una y otra vez, la fascinante e improbable historia de cómo la vida le cambió por completo en el año 2017. El Reynaldo abuelo no podrá pasar mucho tiempo sin mostrarles la Canon T2i (para ese entonces una reliquia) con la que registró las primeras protestas de ese año definitivo para él y cuyo obturador congeló para siempre la imagen de un Hans Wuerich desnudo, lloroso y lleno de perdigones, en medio de la autopista. A juro deberá arremangarse la bota del pantalón y enseñarles a sus vástagos las cicatrices dejadas por los 9 tornillos y la placa de titanio que tuvieron que ponerle  en la pierna izquierda para curarle la fractura de tibia que le produjo un bombazo disparado aposta por una tanqueta de la GNB. Siempre deberá tener una copia, o al menos recorte, del durísimo informe de la ONU con el que colaboró, y que tanto ayudó a desenmascarar la dictadura. Y nunca podrá dejar de repetir, con lujos de detalles, la historia de cómo una ida casual al banco terminó desembocando en una salida madrugadora y casi clandestina del país. Y es que todo lo que vivió en los últimos cinco meses este casi ingeniero con vocación de fotógrafo por osar informar en dictadura es de esas cosas que son dignas de ser recordadas siempre. Para que no haya que esperar el nacimiento de los nietos, @RevistaOJO lo entrevistó largamente en Miami, donde de momento reside. He aquí, en primera del singular, una historia que dentro de dos o tres generaciones los Ryobueno todavía escucharán.

I

DE ESTUDIANTE DE INGENIERÍA A FOTÓGRAFO

“Tienes buen ojo. ¿Por qué no te pones a estudiar fotografía?”

-Mi papá tenía una cámara guardada para los viajes y un día revisando cosas la saqué y le pregunté si podía usarla. Él me dijo que comprara un rollo y viera cómo me iba. Hice unas primeras fotos, las imprimí y mi papá me dijo: ‘Guao, tienes buen ojo. ¿Por qué no te pones a estudiar fotografía?’. Entonces, me compré mi cámara digital, hice un curso con el maestro Roberto Mata, y empecé a salir a fotografiar las protestas, pero como estudiante. En ese momento [2014] estudiaba Ingeniería en Telecom en la USB, era presidente del Centro de Estudiantes e iba con mi franela amarilla y con mi cámara a manifestar. Mis papás estaban aterrados porque tenía dos puntos en contra: ser presidente de un Centro de Estudiante y fotógrafo. Pero no me pasó nada. Luego, me cambié de la USB a la UCAB, por todo el tema de los paros y por problemas con el pensum, y así llegamos a 2017. Cuando empezaron las protestas dije: ‘me toca hacer otra labor, ya no como estudiante sino como fotógrafo’. Había conseguido un trabajo en Unión Radio y IVC, que es un canal internacional, por lo que tenía carnet de prensa, casco, máscara, chaleco, todo, y ya mis papás estaban más tranquilos.

II

DE FOTÓGRAFO A AMENAZADO

“Cuidado con una vaina, carajito”

-Recibí varias amenazas estando en protestas. Una de ellas fue el 20 de abril, cuando le estaba tomando la foto a Hans. La foto en la que él parece un Cristo, llorando con toda la cara llena de perdigones, es mía. Yo me había concentrado tanto en la foto, que me quedé solo. Éramos Hans y yo en medio de la autopista. Entonces, el Comandante de la GNB se me acerca y me pregunta de qué medio soy. Le muestro la franela, que estaba identificada con Unión Radio, y me dice: “No te creo una vaina, muéstrame el carnet”. Se lo saco y me dice: “Cuidado con una vaina más adelante, carajito, y te jodemos”.

III

DE AMENAZADO A VÍCTIMA

“Todavía sueño con lo que pasó ese día”

-Para el 03 de mayo, día en el que la oposición convoca una marcha encabezada por los diputados, yo ya había recibido 3 bombazos: uno en la cabeza (tenía casco, afortunadamente), otro en el pecho (tenía el chaleco y me dejó un morado), y uno en el pie izquierdo (que me dejó otro morado). Por eso en la marcha yo estaba más cauto y no me metía detrás de los muchachos de la Resistencia, por ejemplo, que era de las tomas que más me gustaba hacer. Ya la represión tenía rato y yo estaba en la Francisco Fajardo a la altura de las gotas del CCCT cuando escucho que del parlante de la tanqueta dicen: “Dispárale al de blanco. Dispárale en la pierna”. En el momento yo me veo y digo: ‘No creo que haya sido conmigo’, pero cuando me volteo y me doy cuenta de que soy el único que tiene una franela blanca hasta las muñecas, me asusto y pienso: ‘Me voy a quedar con la prensa’. Esa fue mi medida de precaución: ‘No me voy a ir, pero me voy a quedar con la prensa para cuidarme’. Pasan 5 minutos, salgo al hombrillo a tomar una foto, oigo una detonación y siento un golpe en la pierna: me habían disparado una bomba. Volteo hacia abajo y veo la pierna sangrando; entonces intento caminar, y en el momento en que pongo la pierna en el piso me doy cuenta de que la tengo fracturada porque percibo el crackeo del hueso y siento que está roto. A partir de ese momento no pude volver a pisar.

Unos compañeros fotógrafos me llevan cargado hasta el otro lado de la autopista, por el Sambil, donde hay unas piedras, y me dicen: “Nos quedamos contigo, porque si te dejamos solos te pueden llevar”. La gente de primeros auxilios comienza a curarme la pierna, y cuando me están cargando para llevarme, lanzan una bomba lacrimógena cerca de nosotros. Nos retiramos un poco más, me siento en una de las piedras y llamo al motorizado para que me vaya a buscar, porque no podía caminar del dolor. Entonces se me acerca un GNB y me dice: “¡Camina, camina, porque si no te llevo!”. Yo trato de explicarle, todavía de un modo razonable, que me había golpeado la pierna y no podía caminar. Ni siquiera le dije que me habían disparado ellos. Y él: “No. Camina o te llevo”. Les dije a mis compañeros que se fueran, y yo me fui saltando en una pierna aproximadamente 20 metros hasta que pude conseguir al motorizado. Me monto en la moto todavía con la pierna sangrándome, guardo las cámaras y me voy a Salud Chacao. Allí me hacen el ‘Rayos X’ y confirman que tengo una fractura de tibia; entonces, me inmovilizan la pierna desde el dedo gordo hasta la nalga para evitar que se mueva la fractura. Seis días después, el 09 de mayo, me operan, y cuando abren la pierna se dan cuenta de que está más fracturada de lo que se apreciaba en las radiografías, y me tienen entonces que poner 9 tornillos y una placa de titanio que me la cubre toda. Yo, sencillamente, no me lo podía explicar. Después recordaba las cosas, de hecho todavía sueño con lo que pasó ese día, y fue bárbaro.

IV

DE VÍCTIMA A DENUNCIANTE

“Quería sentirme útil durante el encierro”

-Desde mi casa traté de continuar con mi labor, denunciando lo que tenía que denunciar. Por mis redes publicaba un noticiero cada 3 horas. También comencé a colaborar con medios internacionales: agarraba cortes de videos y se los mandaba a CNN, a la BBC, a ‘El País’, etc. A veces los publicaban y a veces no. Quería sentirme útil durante el encierro de 4 meses que tuve en mi casa. Formé parte de las víctimas de COFAVIC y tuve varias reuniones clandestinas con embajadores y el Alto Comisionado de la ONU. Yo les declaré como víctima, por lo que me había ocurrido. Ellos se interesaron bastante en mi caso y como además había estado cubriendo las protestas, me hacían preguntas sobre lo que estaba sucediendo: si de verdad la GNB disparaba de frente contra los manifestantes, por ejemplo. Yo tenía material sobre eso, y ellos querían constatar que eso realmente estaba pasando en la calle; entonces me pidieron todas las fotos y videos que tenía: eran casi 300 gigas, que estuve como 3 semanas subiendo a la web.

V

DE DENUNCIANTE A PERSEGUIDO

“¡Te están buscando!”

-Dos días después de la publicación del primer informe de la ONU sobre Venezuela, llegaron unas camionetas negras sin placa a mi edificio. De ellas se bajaron unas personas uniformadas de negro y empezaron a preguntar por mí. “Reynaldo Riobueno. El fotógrafo Reynaldo Riobueno”, así decían. En ese momento no había nadie en la casa. Entonces comenzaron a interrogar al conserje y al vigilante, les preguntaron si yo recibía visitas, que quienes vivían conmigo, etc, etc, etc. Ellos le avisaron a mi mamá y ella me llamó desesperada: “Te están buscando, te están buscando”. Yo en ese momento estaba haciendo una diligencia en un banco y lo que pensé fue: ‘me están buscando por colaborar con la ONU y por sacar material hacia afuera; toqué una llaga que no les gusta que les toquen y me quieren joder’. Contacté a unos amigos que tenía en la AN y en COFAVIC, y me dijeron: “Escóndete a ver qué pasa”. Entonces, decidí no volver a mi casa. Yo, como sabía que podía ser blanco de ellos por publicar información en redes y colaborar con la ONU, ya tenía un lugar para esconderme fuera de Caracas y un bolso con ropa en ese lugar, entonces me fui para allá y más nunca volví a mi casa.

VI

DE PERSEGUIDO A ENCONCHADO

“Tú estás colaborando para afuera: te vamos a joder”

-Yo pasé 8 días escondido en el interior del país. Fueron 8 días en los que casi no podía dormir por el terror de sentir que me estaban persiguiendo. Trataba de desconectarme pero era imposible. Con mi familia me comunicaba por medio de una aplicación, pero tampoco daba muchos detalles por allí, ya que no sabía qué tan segura podía ser. No me podían visitar en el lugar donde estaba por razones de seguridad, ya que si los seguían a ellos me encontraban a mí, y podía ser muchísimo peor. Cometí, sin embargo, el error de no sacarle el chip inmediatamente al teléfono, y recibí una llamada de un número desconocido. Cuando la atendí me empezaron a gritar: “Te vamos a joder, carajito. Tú estás colaborando para afuera y te vamos a joder”. Inmediatamente tranqué, saqué el chip del teléfono (porque si lo mantenía me podían rastrear) y lo apagué. Entonces, la recomendación que me dieron COFAVIC y el Alto Comisionado fue que saliera del país lo más pronto posible. Preferí eso antes que verme metido en una cárcel torturado y que mi familia estuviera sufriendo: no podía permitir que pasaran por eso. Con ellos tuve un proceso de despedida a distancia y duro, sobre todo con mi hermanito de 8 años, porque todo fue muy rápido y violento, no hubo nada planificado, y hubo mucho terror y miedo de por medio.

VI

DE ENCONCHADO A EXILIADO

“Gracias a Dios llegué sano y salvo”

-Yo manejaba varias opciones para salir de Venezuela sin pasar por Maiquetía, pero pasaban los días y ninguna cuajaba, y dije: ‘necesito salir lo más rápido posible y sin esperar, porque si no en cualquier momento van a atentar contra mi familia o contra mí’, así que me arriesgué a salir por Maiquetía de madrugada. Luego de una semana escondido, bajé a La Guaira. Lo hice con un carro adelante y uno atrás para prever que no hubiera alcabalas, porque no sabía si mi nombre estaba en alguna lista extraña o algo así. Al llegar, me quedé en un pequeño hotel de bajo perfil en Vargas. Mis papás, para prevenir, bajaron por otro lado y se cambiaron una vez de carro por si los estaban persiguiendo. Tuve que borrar toda la información de mi computadora y de mi teléfono para no levantar sospecha en Maiquetía. Entré a inmigración a las 3 de la mañana y la GNB no me revisó nada. El vuelo salió a las 5 de la mañana y gracias a Dios llegué aquí (a EE.UU) sano y salvo, sin que esos animales me revisaran.

VII

EN EL EXILIO

“Algún día volveremos a encontrarnos allá”

-Luego de varios días aquí es que he ido procesándolo todo, y he llegado a la conclusión de que sí valió la pena: yo dejé mi grano de arena, mi material no es que se quedó en una memoria y ya, sino que se está usando para denunciar al régimen internacionalmente. Que yo esté o no en el país, eso no va a cambiar la situación de Venezuela. Mi salida es circunstancial: cuando la dictadura caiga sin duda voy a volver. Mi país está allá. Mi familia está allá. Mis abuelos están allá. Mis primos están allá. Mis amores están allá. Mis playas están allá. No sé si falte mucho o poco para ese día, pero sé que nada es para siempre y algún día volveremos a encontrarnos allí. Mientras tanto, yo voy a hacer una vida aquí, obviamente, porque no puedo pararla. Pero luego voy a volver para ayudar a rescatar y a reconstruir el país. De hecho, esa es la foto que me falta y que quiero hacer: la de la Venezuela de la reconstrucción y del rescate.

Fotógrafo convierte paisajes en obras cubistas

Las intervenciones de Petey Ulatan bien podrían ser escenas de “Inception”, la ya clásica película de Christopher Nolan; el fotógrafo y diseñador gráfico desafía las leyes de la física y convierte paisajes en figuras cúbicas. Ulatan explicó a The Creators Project que para crear las piezas lo primero que hace es abrir las fotografías en Adobe Photoshop, luego duplica la capa y cambia su orientación, agrega una máscara de capa sobre una parte de la imagen y finalmente selecciona las zonas que desea “cubificar”; los toques finales de estas imágenes de ensueño son agregados en Lightroom. Ciudades, playas y desiertos han sido intervenidas por Ulatan. Aquí pueden ver una muestra de su trabajo:

Never. Stop. Exploring

Un vídeo publicado por ⚡️PETEY ULATAN⚡️ (@peteulatan) el

  

Una foto publicada por Revista Ojo (@revistaojo) el

SUR-FAKE: fotografías de abstracción por dispositivos móviles

Como si se tratara de los dementores de Harry Potter, el fotógrafo francés Antoine Geiger presenta su nueva secuencia fotográfica SUR-FAKE, una serie de retratos de personas utilizando sus distintos dispositivos móviles (celulares, tablets, iPads, etc). La distorsión de los rostros es un elemento que caracteriza a esta serie, en la que quedan plasmados los sentimientos del fotógrafo respecto a las personas a su alrededor que están abstraídas por sus dispositivos móviles.

En una entrevista realizada por The Creators Project, Antoine Geiger explica:

“El proyecto llegó espontaneo. Todo fue repentino, estaba en el metro y en el museo cuando me sentí yo mismo mientras todo estaba lleno de gente. Literalmente podía ver cómo la cara de las personas se derretía en las pantallas, como si su identidad estuviera siendo llevada al no-espacio de la tecnología, como una dimensión espacial del presente.”

Gente adicta a sus celulares, una cámara, la visión, photoshop. Voilà.

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John Malkovich se apodera de la fotografía icónica del siglo pasado con Sandro Miller

El fotógrafo Sandro Miller, inspirado en una escena de Being John Malkovich (1998), toma al reconocido actor y lo representa como muchos íconos históricos en Malkovich, Malkovich, Malkovich: Homenaje a los maestros de la fotografía (2014). Un extraño pero efusivo homenaje a los fotógrafos y los íconos históricos que crearon a través de su cámara, que no solo remiten a la historia sino al arte y a una época. Es imposible no ver todas las interpretaciones de Marilyn Monroe, Warhol, el Che Guevara y Einstein con John Malkovich. En algunas imágenes, es casi imperceptible ver las diferencias entre el original y Malkovich. Read More…