Guaidó

Alguien no cumplió la orden

Son las 11 de la mañana, del cuatro de marzo, en la Plaza Alfredo Sadel y siento que hay muchos que saben algo que yo no sé. Llegué puntual a la cita y me parece que hay pocas personas, pero con el paso de los minutos la asistencia se triplicará. No me queda claro si es que tantos llegan tarde o si, más bien, la mayoría sabe o intuye que hoy la cosa va para largo. El caso es que estoy cerca de la tarima y me siento como en un ring: el sol está a punto de noquearme. El año lleva tres meses y yo hoy amanecí como con siglos de cansancio. Lo peor es que pronto cumpliré años y no sé si voy a tener fuerza para celebrar. La actualidad del país está ocupando cada vez más espacio en mi agenda.

¿Cuántos años caben en tres meses?

Me siento en el piso, me pongo a leer. Luego de la prueba de sonido, el host nos pregunta que cuánto tiempo estamos dispuestos a esperar. La respuesta es tan obvia que me duele: el tiempo que sea necesario. Suena high de Rawayana y se me ocurre que esta vez hay menos detalles cuidados o es que el asunto está tan crudo que se dan el lujo de poner una canción festiva. El caso es que sobre la tarima no veo a ningún actor político. Me pongo de pie y camino hacia atrás, donde está el área de prensa.

No soy amigo de ubicarme en el espacio delimitado para los medios, siento que hacerlo es como meterme en una jaula que me condenará a ver lo que otros quieren que vea y a vivir todo desde cierto ángulo impuesto. También hay códigos y actitudes gremiales de las personas que suelen ponerse en estos sitios que siempre se me escapan. Pero hoy no aguanto el calor, no sé nada del presidente encargado y el cuerpo empieza a dar señales de que si no me pongo las pilas voy a terminar escribiendo sobre la experiencia de ser atendido por paramédicos en una manifestación. Conclusión: me siento, e incluso acuesto, un rato bajo la tarima de prensa.

Suena una saxofonista, ponen música, sigo leyendo, saludo a un pana. Cuando me espabilo, la plaza ahora sí está colmada: desde cualquier punto, el horizonte se ve repleto de personas. Se suben, entonces, diferentes diputados a la tarima.

Si minutos atrás, cuando el host –que es el mismo de todas las manifestaciones– reprodujo un audio del presidente la gente gritó de emoción, cuando el diputado Mejía dice que Guaidó ya está en el aeropuerto de Maiquetía, que acaba de pasar Migración sin problemas, se oyen gritos que aceleran el pulso. La actividad continúa, habla Gilbert Caro, habla el gobernador del estado Bolívar, habla el diputado Américo de Grazia y llega el turno de un representante indígena que dice algo que despierta a las personas: “Al asesino Nicolás Maduro habrá que juzgarlo también en un tribunal indígena para que responda por sus crímenes”.

Luego, llega el turno de Delza Solorzano y, justo en medio de su intervención, un corrientazo comienza a extenderse por toda la plaza: Juan Guaidó parece haber llegado.

Las personas se ponen de puntillas y estiran sus brazos y manos a todo dar. Ubican, al final de los mismos, teléfonos con los que esperan capturar otro de los momentos históricos que nos está regalando esta novela que supera cualquier pretensión literaria. Es como si hubiesen quebrado varias pilas sobre nosotros y un manto de energía nos pusiera eléctricos. Cuando Guaidó sube a la tarima, y lo secuestran decenas de abrazos, siento que el corazón me late con un tumbao que no sé descifrar. Tampoco me propongo a hacerlo. A mí lado está el camarógrafo de un canal árabe y ve, con genuino interés, cómo un par de lágrimas se asoman por mis ojos.

Esta historia me tiene cada día más sentimental.

Ya no salgo a ver y escribir sobre el país: salgo a ver y escribir sobre cómo los sucesos del país me van transformando. Pasará un buen tiempo antes de que pueda hacer un balance.

Guaidó lleva poco más de un mes como presidente encargado de la República, y cada día lo veo con el pelo más canoso. La vida a veces nos pone pruebas que hay que saber superar en tiempo récord. El hombre, eso sí, está dando la talla. Con su sonrisa habitual y un discurso más sólido, pletórico y lúcido que de costumbre, saluda a quienes lo esperábamos.

No sé si la gran cantidad de desmayados que empiezan a aparecer se deben a los jabs del clima o al efecto Guaidó.

—Después de tantas amenazas, que nos iban a detener, que nos iban a secuestrar, que nos iban a matar, aquí estamos. Alguien no cumplió la orden.

Su gesto seguro, su rostro limpio, sus manos a la vista: las palabras junto con su lenguaje corporal hacen galopar el corazón en medio de sonrisas cómplices.

El  80% de las Fuerzas Armadas, dice, rechaza al usurpador. Y su entrada y salida del país es la muestra. Exhorta, entonces, a los militares a cumplir con su deber: “ya basta de por ahora, es ahora”, deben apresar a los colectivos armados que atacaron a los venezolanos el pasado 23 de febrero.

¿Y saben por qué da la orden?

—Porque el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas deriva del voto popular. Y quien usurpa funciones, por más que se quiera disfrazar con una banda porque estamos en carnavales, no es el presidente. Aquí está el presidente encargado de la República de Venezuela.

Es imposible no pensar en el meme de turn down for what.

Guaidó habla con claridad, sin gritar, sin alzar la voz más de lo necesario. Lo hace ante un mapa de gente que ocupa todos los alrededores. Hace días, alguien a quien respeto mucho me dijo que quizá no era momento de convocar a manifestaciones y marchas. Pero estoy frente a esto y se me ocurre que quizá Guiadó no podría haber llegado si en el país tantas personas no se hubiesen concentrado, se me ocurre también que es necesario que el mundo siga viendo el respaldo popular con el que cuenta el Gobierno legitimo. Pero, sobre todo, cuando me siento mareado, fatigado y con ganas de tomar una siesta, pienso en que él y tantos otros están haciendo un esfuerzo tan grande, jugando un partido que de entrada parecía amañado y en el que están logrando hacer pulso, que lo menos que podemos hacer algunos es colaborar con unas horas de calle cuando hagan falta.

Cantamos el himno. Guaidó se sube al andamio de la tarina y, cual pop star, saluda desde lo alto.

Yo entiendo que puede ser difícil para muchos decir “vamos bien”, pero en días así es complicado no sentir que, como dice el presi, “la esperanza nació para no morir”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

La joyería literaria de Caracas

Por : Ezequiel Abdala | @eaa17
Fotos: Ashley Garrido | @ashgarrido

“Somos el reducto cultural y educacional más importante de América”. Así de tajante es Carlos Ugueto, librero del puente de las Fuerzas Armadas, quien en su auto-elogio continental mete tanto a la América del norte como a la del sur, y se explaya explicando que eso que allí pasa de lunes a lunes, en Argentina sucede, si acaso, los domingos, y en Estados Unidos se limita a ventas de garajes. No, jura él, no hay en todo el continente algo como esto que los caraqueños tenemos debajo del famoso puente de la avenida que atraviesa Caracas de norte a sur, de sur a norte, de San Agustín a Cotiza, del Mercado de las Flores a El Helicoide.

Ugueto no se equivoca al hablar de reducto. En una de sus acepciones es definido como lugar de refugio y conservación. Y si bien la intemperie de una gran avenida no pareciera ser el sitio más idóneo para preservar libros en buen estado, lo cierto es que allí están conservadas, hablemos mejor de guardadas, auténticas joyas literarias. “Libros que ya no se editan más, que ya no llegan más. Hay hasta Biblias en ediciones de siglos pasados”, dice.

Un primer y somero recorrido permite notar algo que no es posible hallar ya en las librerías venezolanas: variedad. Con solo un vistazo es notable la gran oferta de títulos y géneros, diametralmente opuesta a las hileras uniformes y monocordes que hay ahora en las grandes cadenas de librerías. Autores -y editoriales- que uno lleva años sin ver en ellas están allí, tan campantes. Y no se trata, precisamente, de imposibles: son Tolstoi, Dostoyevski, Balzac o Dickens, por ejemplo, quienes conviven con las novedades del momento.

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“Ahorita lo que está de moda es la ciencia ficción. Los clásicos han ido decayendo un poco, y en su lugar lo que la gente busca son ese tipo de libros, historias de vampiros o de autoayuda”, me dice Javier Colmenares, quien es ya parte de la segunda generación de libreros de las Fuerzas Armadas. Su padre, toda una referencia, comenzó en el negocio en los 80’s, cuando los libros se guardaban en cajones de latón con cadenas y candados. “Era horrible: nos robaban los libros. Los indigentes se orinaban en las noches. Era una lucha constante”, rememora de aquella dura época.

Hoy todo es diferente: los cajones han dado paso a kioscos ordenados, numerados y pintados. El espacio, nacido en la improvisación y crecido en la tradición, adquirió en 2011 la dignidad de un nombre propio –“Resistencia Literaria”, se llama ahora–, luego de una inversión de 8 millones de bolívares del Gobierno del Distrito Capital. Pero no todo es color de rosas: Caracas sigue siendo Caracas y el centro, el centro. Allí, en plena avenida, dos parqueros están a punto de matarse por parar una camioneta. Hay gritos destemplados, insultos altisonantes y una amenaza de muerte: “No va a haber próxima vez, porque par de puñaladas es lo que te voy a meter, mamagüevo”, amenaza, y bien serio, un parquero a otro, yéndose, parece, a buscar el puñal.

“Las mujeres son las que más roban”, comenta Colmenares y su compañera de trabajo asiente. Nos interrumpe un liceísta de camisa azul que viene, en pleno enero, a buscar un libro de Artística que debió adquirir en octubre. “Quiero cambiar”, dice, y el librero le pregunta qué trae. Le da su libro de Artística del año pasado, Colmenares lo revisa, verifica que esté completo, y le hace la oferta: ‘dame éste, más 300 bolívares’. Trato hecho. Ése, el de los intercambios, es otro de los tipos de transacciones que se dan allí, junto con la compra de libros, a la que muchos puestos están abiertos.

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Otro estudiante, éste universitario, pregunta por textos de programación. Colmenares lo lleva adentro, y lo deja revisando. Al rato sale con dos gruesos volúmenes que suman 10.000 BsF. “¿Tienen punto?”, pregunta. “Claro”, le responde. Atrás también quedaron los tiempos en los que sólo había efectivo: ahora en la mayoría de los puestos se puede pagar con débito. Claro que allí los billetes todavía tienen su utilidad, ya que no faltan –más bien abundan– las mesas de ofertas, desordenadas, heterogéneas y variadas ellas, con un libro a cien, tres por doscientos, y precios semejantes.

En lo que sí no hay variedad es en la respuesta a la pregunta sobre quién es el autor extranjero más buscado bajo el puente: Gabriel García Márquez. Después de él, cada quien tienen su nombre J. K. Rowling para unos, Tolkien para otros, Verónica Roth para los demás, Deepak Chopra, Riso y Coelho, la trinidad de la autoayuda, para los necesitados, que son muchos. El libro imposible de conseguir es ‘Rayuela’, por el que todos claman. En cuanto a autores venezolanos, el primer lugar se lo disputan Rómulo Gallegos y Eduardo Liendo –“los que piden en el colegio”, explica uno de ellos–, aunque no faltan los nombres de Uslar Pietri y Herrera Luque. “¡Todavía quedan lectores!”, exclama aliviado uno de los libreros cuando alguien le compra una antología de cuentos de Guillermo Meneses editada por Monteávila. “Pero son pocos”, remata.

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Cuando un motorizado se detiene a preguntar por el Plan de la Patria, Colmenares me hace una infidencia: “Chávez fue un gran vendedor de libros. A nosotros nos fue muy bien con él. Hablaba de un libro y al día siguiente venían muchos a buscarlo. Aquí no tienes idea de la cantidad de ejemplares que se vendieron de ‘Las venas abiertas de América Latina’, o textos de Marx. Incluso de Vargas Llosa, que una vez lo recomendó antes de que se pelearan”. El fenómeno, sin embargo, duró lo que el presidente. “Ya casi no se vende nada de eso. Ni siquiera los libros sobre él, o de Fidel, de repente viene algún estudiante buscando algo de dialéctica, pero parece que el fenómeno terminó”, comenta.

Para explicarme su oficio, me cuenta lo que le pasó hace poco en Tecniciencias: a tres empleados –cajera, vendedor y portero sabio– les preguntó por ‘Las cuitas del joven Werther’, de Goethe, y todos le dijeron que no, que lo sentían mucho, pero que no lo tenían. El libro, no obstante, estaba en uno de los estantes, sólo que titulado simplemente Werther. “Esa es la diferencia entre un vendedor de libros y un librero. Nosotros sabemos lo que tenemos, y somos consejeros, maestros, guías. Hay que tener buena memoria y leer mucho para poder ser un buen librero”.

Entre sus tesoros, Colmenares me enseña un libro de Shakespeare fechado en 1872, y otro más viejo aún, fechado en 1807. Las obras completas de Pirandello y una revista porno de 2007 que mandaron a recoger apenas salió porque Diosa Canales aparece allí con 17 años –“yo le escribí ofreciéndosela, pero nunca me respondió. Está para el que la quiera por 5.000 bolívares”– reposan en su cofre. Luis Olivares, otro librero, me habla de dos históricos libros de historia que tiene en primera edición y en todos sus tomos: uno de la vida Pública de Simón Bolívar y otro de la Batalla de Carabobo.

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En una segunda vuelta, más detenida, se puede observar la pesada ‘Moby Dick’, de Melville (1.000 BsF); la primera edición de Seix Barral de ‘La guerra del fin del mundo’, de Vargas Llosa (800 BsF), el clandestino ‘Archipiélago Gulag’, de Solzhenitsyn; ‘Un hombre’, de la Oriana Fallaci escritora; los famosos y elogiados ‘Tres tristes tigres’, de Cabrera Infante (200 BsF); la voluminosa ‘Historia de dos ciudades’, de Dickens (600 BsF),  el entrañable ‘Un mundo para Julius‘ de Bryce Echenique (600 BsF); el místico ‘Péndulo de Foucault’, de Umberto Eco (1.000 BsF); cuatro novelas y varios cuentos de Faulkner recopilados en una  de las legendarias ediciones de Aguilar (300 BsF), las obras escogidas de un montón de clásicos como Balzac, Flaubert, Dostoyevski, un libro de principios del siglo pasado de un presbítero que firmaba como Juan Bosco y luego sería un popular santo (100 BsF), entre otros muchas otras joyas, desaparecidas de las librerías, pero disponibles, y a precios accesibles, a una cuadra del metro de La Hoyada, en “el reducto cultural de América”, la joyería literaria de Caracas.