“Al escucharnos, saca la mano por los barrotes y nos pide la bendición”

Más de 2 meses lleva el matrimonio Velasco Marín madrugando. Desde el 12 de junio, cuando detuvieron al menor de sus hijos, la vida les cambió. Ahora todos los días el despertador suena, religiosamente, a las 4 de la mañana. A esa hora la madre y la abuela se levantan a cocinar 3 comidas distintas: las que Carlos Julio (18) comerá durante el día. A las 6 de la mañana salen y recorren los 120 kilómetros que hay entre Guarenas y Macarao, donde él está preso. “Cuando llegamos al sitio es un dolor muy grande el que siento por ver a mi hijo en una celda, cual delincuente. Un niño inocente, que debe estar viviendo un infierno. Él no nos lo cuenta para no hacernos sentir mal. Pero ver que tu hijo, cuando te puede oír la voz, saca la mano por medio de unos barrotes y te grita: ‘papá, mamá, la bendición’, eso me revienta el alma”, narra su padre. A las 11 de la mañana, destrozados, vuelven al hogar y comienzan otra lucha: la de conseguir los alimentos con los que prepararle la comida que le llevarán al día siguiente. “Mi trabajo está por el piso desde hace año y medio; vendo materiales eléctricos y económicamente estamos muy precarios”, explica el padre, un hombre destrozado: “No duermo y me deprimo por cualquier cosa. Caí en una depresión severa con ataques de pánico y sufro una neuritis intercostal: tengo comprimidas las costillas del tórax por efecto de la angustia y del stress. Todo esto a raíz de la situación de mi hijo”. Situación que comenzó ese 12 de junio, cuando auxiliando a un anciano ahogado por los gases lacrimógenos, Carlos Julio fue detenido junto con otros 18 manifestantes en las inmediaciones del Centro San Ignacio. Incendio, detentación de sustancias incendiarias, agavillamiento, homicidio intencional en grado de frustración, terrorismo e instigación pública fueron los delitos que un Tribunal de Control les imputó sin prueba alguna: “En el expediente no hay nada que pueda evidenciar ningún tipo de elemento de convicción que pudiera señalar que ellos cometieron algunos de esos delitos”, explica su abogada. Poco importa. Desde ese día, un despertador suena a las 4 de la mañana en Guarenas y dos padres dejan la vida rumbo a Macarao.